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martes, 17 de diciembre de 2019

Duelo, tabú y capitalismo



Queridos lectores:

La vigésimo quinta Conferencia de Partes, también conocida como COP25 o Cumbre del Clima de Chile-Madrid, ha fracasado estrepitosamente.

¿Por qué?

Respuesta simple y breve:

Dentro del capitalismo es imposible dar una solución a la crisis climática, porque es el capitalismo quien la genera, necesariamente. 

Ampliando un poco la respuesta:

La situación es ya tan apurada que ni siquiera se puede intentar maquillar. En esta cumbre, al contrario de las anteriores, no se ha podido hacer ver que se hace algo cuando en realidad no se hace nada. Ya estamos en el tiempo de descuento, y ya está claro que no hay manera. Cualquier medida estructural de las que se tienen que tomar ya atenta directamente contra el capitalismo, así que al final no se toma ninguna medida.

Pero si sigue el capitalismo, no seguirá el clima. No seguirá la civilización. No seguirá la Humanidad. Y, obviamente, tampoco seguirá el propio capitalismo, pero para cuando eso pase ya será demasiado tarde.

Como ven, la cosa es muy simple. Hemos fracasado porque con el planteamiento que había era imposible triunfar. Si no empezamos por el abandono del capitalismo no hay absolutamente nada que hacer. En la lucha contra el Cambio Climático ése debe ser el primer y principal paso. Cualquier otra estrategia está condenada al fracaso.

La pregunta clave ahora es:

¿Cómo se siente Vd. después de leer esto?

Si es Vd. un lector asiduo de este blog, nada de lo que he escrito arriba le habrá sorprendido. Ya hemos presentado a lo largo y ancho de estas páginas sobradamente datos para hacer comprender que no hay ninguna solución a nuestros problemas de sostenibilidad (de los cuales la crisis ambiental solo es una parte) que no pase por el abandono del capitalismo.

Pero si es Vd. un lector casual o accidental, seguramente se siente ahora mismo... incómodo. Incómodo, sí, porque he entrado directo a decir, sin paños calientes, que hay que abandonar el capitalismo. 

Si Vd. no me conoce, pensará quizá que soy un idealista, o un ingenuo, o un radical con una fuerte agenda política, o un loco con ansias destructivas, o qué se yo. Pero en realidad soy un científico, y he llegado a esta conclusión simplemente analizando los datos.

Si ha llegado hasta aquí, estará planteándose dejar de leer. Alguien que critica así al capitalismo no sabe de lo que habla, por más científico que diga ser, así que todo lo que haya escrito debajo debe ser absurdo. 

En ese caso, tengo otra pregunta para Vd.

¿Por qué le molesta que se critique al capitalismo?

Al fin y al cabo, tenemos libertad de expresión, ¿no?, así que podemos hablar de todo, siempre que se haga de una manera respetuosa y razonable. Además, Vd. mismo sabe de sobras que hay cosas que no funcionan bien en el capitalismo, no es un simple ni un fanático. Quizá esté Vd. pensando que, bueno, el capitalismo ha demostrado ser un sistema que funciona, y si lo abandonásemos, como digo yo, sería el desastre, habría desempleo, hambre, revueltas... No hay otros sistemas alternativos, el comunismo demostró ser mucho peor y mucho más autoritario. ¿Qué estoy proponiendo yo, entonces? ¿Pretendo colar un discurso marxista haciéndolo pasar por ecologista, aprovechándome de los males del planeta para colarla bien gorda? ¿Qué alternativas estoy dando yo? Además, se tendría que preguntar a la gente, no intentar imponerle nada a nadie, por más científico que sea.

Y aquí de nuevo se estará planteando dejar de leer.

Tranquilícese. Yo no he venido a proponer una alternativa, porque los sistemas sociales se tienen que construir por consenso. En particular, yo no vengo a venderle el comunismo, porque el sistema comunista, tal y como ha funcionado en la Tierra, es capitalismo de estado y por tanto adolece exactamente de los mismos problemas en materia de sostenibilidad, con el agravante de que encima es represivo y no democrático.

Yo solo he venido a explicarle por qué el capitalismo ya no funciona. Por qué, a pesar de sus logros del pasado, solo va traer sufrimiento y eventualmente nuestra destrucción en el futuro. Por qué tenemos que abandonarlo.

Yo solo soy el doctor que viene a darle el diagnóstico. Lo que haya que construir después es una cosa que tendremos que hablarla entre todos. Pero lo primero es entender por qué el capitalismo es el problema.

Y por qué Vd., si aún se atreve a seguir leyendo, se siente tan incómodo.

Por qué el capitalismo es insostenible.

Por algo muy sencillo.

El capitalismo necesita del crecimiento exponencial.

Le pongo un ejemplo sencillo. Coja una calculadora y sígame.

Hemos oído miles de veces que para que España cree empleo neto, el PIB tiene que crecer como mínimo un 2,2% anual. Que por debajo del 2% de crecimiento en España se destruye empleo.

Vamos a suponer que en España el Productor Interior Bruto anual o PIB (valor monetario de todos los bienes y servicios producidos en un territorio durante un período de tiempo) creciera siempre un 2% de media.

Crecer un 2% anual significa multiplicar por 1,02 cada año. Si multiplicamos ese 1,02 anual 25 veces, para saber que nos da al cabo de 25 años, nos sale 1,64. En suma, que el PIB tendría que crecer un 64% cada 25 años. Y si lo miramos a 100 años vista (es decir, multiplicamos 4 veces por 1,64) nos da 7,24 o, lo que es lo mismo, aumentar el PIB un 624 %. 

Fíjense bien lo que estamos diciendo: cada siglo, para que no aumente el paro, tendríamos que multiplicar el PIB por más de 7. Si Vd. no está habituado a trabajar con números quizá no vea la enormidad de esto, pero realmente es algo grave. Para producir tanto PIB España tendría que incrementar varias veces (no 7, pero fácilmente 4 o 5 veces) su consumo de energía y materiales. A veces se explica el cuento de que se puede incrementar el PIB disminuyendo el consumo de energía, pero no es verdad y no ha pasado (de manera consistente) en ningún país del mundo. Encima, la mejor manera de hacer crecer el PIB es aumentando la población. ¿Vd. se imaginan una España con 5 veces más población dentro de un siglo, es decir, con unos 250 millones de habitantes? Y lo peor es que al siglo siguiente debería volver a multiplicarse por 4, hasta los 1250 millones, y en un siglo más ya sería de 6.250 millones, como cuatro veces y media la población actual de la India y el 80% de la población del planeta. Y cada siglo subiendo exponencialmente, de esa manera.

Es obvio que eso no es posible en un planeta finito. Al principio, cuando comenzó la Revolución Industrial, era fácil crecer tanto: éramos pocos, no teníamos de nada, y además disponíamos de muchísimos combustibles fósiles y minerales fáciles de extraer. Pero a medida que la población ha ido creciendo y nos hemos ido desarrollando la cosa se ha ido poniendo cada vez más complicada. Hasta el punto que se está volviendo imposible. Los combustibles fósiles ya no son capaces de seguir nuestro ritmo y, al contrario, su producción empieza a bajar. Los gases resultantes de su quema hacen que el planeta retenga más radiación y se caliente. Hemos contaminado todos los mares, arrasado la mayoría de las pesquerías, polucionado el mismo aire que respiramos. Y ahora tendríamos que multiplicar todo eso por 5 en el próximo siglo. No vamos a poder. No hay recursos suficientes, y el planeta no puede absorber más residuos. Y este planeta es todo lo que tenemos: deje de soñar con colonizar otros planetas.

Pero el capitalismo necesita del crecimiento económico. Entienda esto: lo necesita. Lo define. Sin crecimiento económico no hay capitalismo; habrá otra cosa, pero no será capitalismo.

El capitalismo se caracteriza porque el capital tiene derecho a una remuneración.

En las sociedades precapitalistas, se pagaba por un trabajo, por un servicio. A veces el servicio era impuesto, como la protección que daba el señor feudal a sus vasallos, pero en todo caso se pagaba de lo que había, de lo que se producía. No había necesidad de crecer.

En el capitalismo, al capital que se invierte se le paga un interés. Fíjese bien: el interés es un porcentaje. Yo te dejo el dinero y tú me lo devuelves y además me das un 2% adicional, o el interés que se haya estipulado. Es decir, tú has de trabajar para producir por tanto como te he dejado más un 2% adicional. Has de multiplicar la producción por 1,02 al menos, si quieres devolverme la deuda. Y si el año que viene te vuelvo a dejar dinero para mantener tu actual producción, que ya es un 2% más grande que la del primer año, tendrás que volver a multiplicar por 1,02 para poderme pagar. Y así todo el rato, en 25 años tu producción habrá crecido un 64%, y en un siglo se habrá multiplicado por 7,24, y así todo el rato. Hasta que algo reviente. Las crisis recurrentes del capitalismo, les dicen: hay un momento que algo se rompe, algo no puede seguir creciendo. Entonces se hace borrón y cuenta nueva, y volvemos a comenzar.

Por eso necesitamos crecer siempre: porque los capitalistas necesitan colocar su dinero en múltiples inversiones y que les den rendimiento. Pero el mundo está ya saturado, agotado. No da más de sí. Y los síntomas de este agotamiento se multiplican. Los ríos envenenados, el clima desestabilizado, los recursos agotándose... El capitalismo está llegando a su fin, porque no puede seguir, porque físicamente es imposible seguir. Hasta aquí lo hizo más o menos bien, al menos desde la óptica de los países más desarrollados, pero ya está, estamos llegando al final del trayecto.

Y no se equivoque: los primeros que saben esto son los propios capitalistas. El gran capital internacional es perfectamente consciente de que hemos llegado al final del camino.

El Duelo.

El capital está de luto. Está pasando un proceso de duelo. La doctora Kübler-Ross hizo un modelo para describir las fases típicas por las que se pasa en un proceso de duelo, es decir, las reacciones psicológicas cuando te comunican una noticia grave, y son por estas fases por las que ahora mismo están pasando los principales agentes económicos del mundo, a los que por simplificar llamaremos los capitalistas.
 
  • Negación. En esta fase se encuentran, aún, los pequeños capitalistas. Es propia de gente de ya cierta edad, que ya poco tienen que perder -piensan-, y de algunas personas muy cerriles. También de algunos políticos de poco fuste. Consiste en negar que esté pasando nada malo. Esta postura es cada vez más minoritaria porque la evidencia la contradice.
    No hay cambio climático: el clima de la Tierra siempre ha variado. No se está agotando el diésel: los motores son cada vez más eficientes y necesitan menos. No hay problema con las materias primas no renovables: la innovación hace que se puedan explotar nuevas materias. La contaminación no es para tanto, y la innovación tecnológica la remediará. Nadie va a renunciar a sus privilegios. Todo va bien.

  • Rabia. En esta fase se encuentran la mayoría de los analistas económicos y cuadros medios. Consiste en actuar con despecho delante de los problemas que ya no se pueden ocultar, echando la culpa a otros o alegando que otros sistemas económicos tampoco lo harían mejor.
    El comunismo mató a millones y tuvo mucho peor impacto ambiental. ¿Y tú, qué pretendes, que volvamos a las cavernas? Si no eres capaz de dar soluciones, ¿para qué hablas? Lo que deberías hacer es volver a la escuela y dejar a los verdaderos profesionales encargarse de esto. No sabes lo que es llevar un negocio de verdad, nunca has arriesgado tu dinero.
  • Negociación. En esta fase se encuentra la mayoría del gran capital. Saben que el problema es de verdad, pero en vez de asumirlo y actuar en consecuencia, lo que pretenden es poner pequeños parches sin cambiar nada de lo sustancial. Sus gran propuesta fue el Capitalismo Verde y ahora lo apuestan todo al Green New Deal.
    El cambio climático
    es en realidad una gran oportunidad de negocio. Con sistemas de compensación de emisiones podemos hacer una descarbonización ordenada; el libre mercado lo puede regular. Podemos descarbonizarnos a un ritmo del 7,6% anual a base de sustituir energía fósil por renovable y ser más eficientes.
  • Depresión. Ésta es la posición de la gente más rica, de los ricos entre los ricos. Ellos cuentan con la mejor información y comprenden mejor que nadie que no hay solución dentro del capitalismo. En lo único que están pensando es en difrutar estos últimos años (o décadas) del capitalismo y prepararse un retiro a salvo del colapso de la civilización, el cual consideran inevitable. Si no lo conocen, les recomiendo que lean el artículo de Douglas Rushkoff, "Survival of the richest" (traducido por CTXT como "Supervivencia de los más ricos", busquen por Google, yo no pongo enlaces a diarios españoles).
  • Aceptación: En algún momento, los capitalistas comprenderán que no existe salvación si no es colectiva, que no podrán mantener el control en cualquier paraíso artificial que quieran construir, y que hay que buscar una solución para todos o al menos para la mayoría. Una solución en la que puedan preservar la mayoría de sus privilegios, pero que implique el abandono del capitalismo. No sé si hay alguien en esa fase, posiblemente sí, pero seguramente es gente discreta.
Y mientras el capital tiene su Duelo, el resto de los mortales tenemos el Tabú. El Tabú de no poder decir que el capitalismo no es bueno. 


El Tabú.

Todos nosotros, desde muy jóvenes, hemos sido adoctrinados en el discurso del capitalismo. Asumimos de manera natural ciertos aspectos del capitalismo que atribuimos a la naturaleza humana, aunque no sea cierto. Aunque el capitalismo per se sea una cosa relativamente nueva en la historia de la humanidad (no llega a los dos siglos de vida), no queda nadie vivo que pueda recordar ninguna otra cosa, y eso se utiliza para fijar esta idea que los valores del capitalismo (individualismo, egoísmo, competición, obsesión por el consumo y el dinero, despreocupación por las generaciones posteriores...) son realmente sustanciales a los humanos desde siempre.

A esas ideas más o menos concretas y a escala humana, se le une otra idea más abstracta y a una escala social, que es la del crecimiento. Todos tenemos inculcada la idea de que el crecimiento es bueno, porque identificamos crecimiento con bienestar, desarrollo, mejora de las condiciones de vida, libertad... Sin embargo, el crecimiento por sí mismo no significa nada de eso; y resulta obvio que un exceso de crecimiento puede ser negativo (por ejemplo, intentando meter más cosas en un espacio ya lleno, o también si pensamos en una enfermedad o en un tumor). Sin embargo, todos sabemos (porque se nos ha repetido mil veces) que cuando no hay crecimiento nos va mal: hay desempleo, pobreza, crimen, hambre... Se asocia la idea de Crecimiento con la idea de Progreso (la cual es también una idea travestida, porque se asocia el Progreso con la Mejora).

El capitalismo está tan infiltrado en todos los aspectos de la vida que criticarlo nos hace sentirnos incómodos. Todos sabemos que los anticapitalistas son gente marginal, inadaptados, destructivos e incluso parásitos. A quien ataca directamente al capitalismo se le suele criticar que sus hábitos de consumo son posibles gracias al capitalismo, inclusive en aquéllos que se creen más desconectados del mismo, y que eso evidencia la hipocresía de los anticapitalistas. La idea subyacente es que realmente no hay nada fuera del capitalismo, incluso entre los que se empeñan en lo contrario; que el anticapitalismo no deja de ser una excentricidad y un lujo que solo se pueden permitir los que viven en una sociedad capitalista, y que si quisieran ser coherentes deberían irse a vivir a las cavernas y vestirse con taparrabos. Por todo esto, criticar el capitalismo implica superar la vergüenza de la estigmatización, de tener un comportamiento socialmente inaceptable.

Se podría discutir en extenso cuál es el origen de este tabú, y cómo la aparición de la socialdemocracia consolidó la legitimidad del capitalismo ya que la izquierda renunció a intentar superar el capitalismo a cambio del mantenimiento de un Estado del Bienestar (renuncia que por cierto ahora se le paga considerando "radicales de izquierda" a partidos que defienden posiciones socialdemócratas mientras que a un tiempo se va desmantelando el Estado del Bienestar). Lo cierto es que el capitalismo ha conseguido la Hegemonía del Discurso, de modo que actualmente es muy difícil ser tomado en serio cuando se critican las bases mismas del capitalismo (por ejemplo, cada vez que se habla de hacer ciertas reformas que suenan muy radicales hay que aclarar rápidamente que mediante renovables o tecnología en general se va a poder mantener la competitividad y el crecimiento). Quien se sale del guión marcado es criticado con dureza (por ejemplo, a los que hablan de redistribuir la riqueza se les dice que en realidad quieren redistribuir la pobreza) y así todos aprendemos que hay cosas que no podemos decir porque no son de buen tono en las reuniones sociales. Nadie nos ha dicho que no podamos hablar de estos temas, supuestamente tenemos libertad de expresión, pero la Hegemonía del Discurso del capitalismo es tal que nos autocensuramos cuando detectamos que nos vamos a dar de bruces con algunos de los límites impuestos. Y así, aceptando esas convenciones sociales no escritas,  vivimos nuestras vidas, esperando ser sujetos productivos y dichosos y no meternos en líos innecesarios.

El problema comienza cuando, investigando, uno encuentra alguno de los múltiples síntomas de que el capitalismo se está estrellando con los límites biofísicos del planeta, y que no va a ser posible seguir manteniéndolo; más aún, que si no paramos el capitalismo cuanto antes van a sobrevenir grandes calamidades a la humanidad. Puede ser por el cambio climático, puede ser por la crisis energética, puede ser por la contaminación de los mares, o por la polución atmosférica, la pérdida de biodiversidad, el envenamiento por plásticos o metales pesados, la disminución de la cantidad de agua potable, la Sexta Extinción, la degradación de las condiciones laborales, el drama de la emigración masiva, la desertización... Y así mil temas mas. Escoja cualquiera, profundice y la misma verdad emergerá: no podemos seguir de la misma manera. Y cuando intente entender por qué seguimos de la misma manera, por qué seguimos emitiendo CO2 y tirando plástico, por qué no nos anticipamos a la crisis energética o a la de desposesión, llegará inevitablemente a la cuestión de que hace falta decrecer. No decrecer para siempre, claro está: decrecer lo justo y necesario para tener un nivel adecuado para todo el mundo y estable, y entonces mantenerlo. Porque, al final, ¿para qué uno quiere crecer siempre?

Es entonces cuando se produce otra manifestación de la Hegemonía del Discurso del capitalismo, conocida como TINA (There is no alternative, No hay alternativa). El convencimiento de la Hegemonía del capitalismo es tal que la mayoría gente cree que, efectivamente, no hay alternativa al capitalismo. Este mensaje, TINA, es repetido frecuentemente en los medios de comunicación, y particularmente cuando los costurones por los que está reventando el capitalismo se hacen más evidentes. TINA tiene un importante efecto desmovilizador: es habitual oír decir que no hay nada que podamos hacer, que no podemos cambiar las cosas, que de nada sirven las pequeñas acciones individuales o colectivas. No es cierto en absoluto, y en la historia de la humanidad un grupo de personas que se decide a levantarse y actuar son capaces de arrastrar a una gran masa que no se atrevía a actuar pero que tenía las mismas motivaciones. Sin embargo, cuesta mucho luchar contra TINA, y requiere mucha pedagogía y paciencia.

Otra de las características de la Hegemonía del Discurso es la del establecimiento de un marco conceptual erróneo. Es común ver en definiciones del capitalismo que se trata de un sistema basado en la propiedad privada de los bienes de producción y en el libre mercado, cosas que son ciertas e importantes para el capitalismo, pero que no lo definen en absoluto ya que tales cosas han existido antes que el capitalismo y seguramente seguirán existiendo una vez el capitalismo desaparezca. La característica verdaderamente distintiva y definitoria del capitalismo es que el capital tiene derecho a recibir una remuneración, que es proporcional a su propio tamaño. Estos errores de planteamiento llevan a una gran confusión en la discusiones: no será la primera vez que me encuentre a alguien a quien no le gusta que yo "ataque el capitalismo" (en realidad, yo critico o más bien expongo sus inconsistencias) porque estoy "atacando" (en el sentido de "querer acabar con") el libre mercado o la propiedad privada. En realidad, el mantenimiento del libre mercado o la propiedad privada es una cuestión de discusión política, pertinente sin duda, pero en realidad independiente (en bastante extensión) de la viabilidad o no del capitalismo, y en todo caso es un tema en el que yo no entro.

También es común encontrarse con quien cree que lo opuesto al capitalismo es el comunismo, y que si uno critica al capitalismo defiende el comunismo. El eje capitalismo-comunismo no tiene nada que ver con el problema de la inviabilidad del capitalismo, entre otras cosas porque el comunismo es también inviable; esa visión es por tanto otro ejemplo más de la reducción de la discusión a única dimensión que es en realidad ajena a la del verdadero problema. Ítem más cuando el paradigma de lo que muchos consideran hoy en día un país comunista es China, que es donde se fabrican los objetos que se consumen en todo el mundo capitalista. A decir verdad, China es hoy en día un sistema de capitalismo de Estado, en el que el Estado detenta la propiedad de todos los medios de producción y ésta se dirige a la acumulación de capital (¿o es que alguien cree que el estado chino dedica sus recursos a satisfacer las necesidades de sus ciudadanos?); la diferencia principal de China con las democracias occidentales es que China es una dictadura, lo cual le hace ser, paradójicamente (o no), más eficiente desde el punto de vista de la producción y la acumulación de capital.

El Tabú del Capitalismo, que como hemos visto va desde la autocensura hasta el derrotismo, pasando  por la confusión conceptual, lleva a la futilidad de tantas acciones. Hace poco participé en un grupo donde se discutía hacer un comunicado para denunciar el fracaso de la COP25. En un momento dado, se convino eliminar de él la palabra "capitalismo" porque, según alguien dijo, "los sistemas comunistas también están agravando el problema y particularmente China es el mayor emisor de CO2 del mundo". De modo que al final se descafeinó completamente el comunicado por mor de una absurda linearización del problema, que no entiende que es a través de las otras dimensiones que quedan completamente inexploradas que se debe buscar la solución.


Estar a estas alturas del problema intentando contemporizar con el capitalismo y no llamar a las cosas por su nombres nos lleva, básicamente, a perder un tiempo que ya no tenemos. No hay negociación posible con y en el capitalismo, y en particular con eso que se ha dado en llamar neoliberalismo. No hay ninguna posibilidad de éxito sin salirse previamente de ese marco conceptual. Seamos un poco menos arrogantes: no somos los primeros que hemos intentado "humanizar" el capitalismo. ¿Por qué no íbamos a fracasar como hicieron nuestros mayores? Tendríamos que leer un poquito la Historia y comprender que por esa vía no vamos a ningún lado, no estamos yendo a ningún lado. 

La Salida:

Hay que superar el capitalismo. No hay que destruirlo: hay que salir de su trampa lógica. Explicar, mostrar, demostrar y comprender por qué seguir en la línea de progresión que nos marca el capitalismo solo nos va llevar a nuestra destrucción, a nuestra extinción.

Necesitamos comprenderlo para poder pasar página, para empezar a articular una respuesta que merezca la pena. No podemos seguir escribiendo y (limitadamente) divulgando más comunicados que son rápidamente ignorados, ahogados en el fragor de la propaganda que no cesa. ¿De qué sirve que salga mi compañero Jordi Solé diciendo aquello de que "la fiesta se acabado" si a continuación, en la misma tele, en el mismo telediario, te asaltan con el anuncio de una marca de agua, colonia o coche? Y es que, como dice Marcel Coderch, la publicidad debería ser considerada delito de incitación al consumo y completamente prohibida.

Hay que movilizar a la gente, sí, a la ciudadanía. Y se le tiene que hacer comprender que con "el sistema" no se puede negociar. Porque lo que deseamos, porque lo que necesitamos, aunque no lo entendamos, supondría su muerte. ¿Qué podemos negociar, entonces?

Tenemos además el problema de que nuestros representantes no nos representan. Delante del grave problema ambiental, de recursos, de sostenibilidad en suma, que tenemos nuestros representantes se embarcan en discusiones aparentemente técnicas que tras el fárragos de articulados, disposiciones y leyes lo único que procuran es la distracción y la inacción. Todos los términos de la discusión política actual son completamente erróneos: no vamos a solucionar el problema con coches eléctricos, ni con renovables, ni con centrales nucleares, ni con gas natural como combustible de transición, ni con captura y secuestro de carbono, ni con fusión nuclear, ni con eficiencia y ahorro, ni con grafeno, ni con hidrógeno, ni con helio 3 de la Luna, ni con combustibles artificiales, ni con biocombustibles, ni con fracking, ni con carbón limpio, ni con smart grids, ni con el 5G, ni con nada de nada de todo lo que se está oyendo hablar. Solo hay una opción real: decrecer. El decrecimiento es la única salida del atolladero. Y es la única que no se discute seriamente. Nuestros representantes políticos lo saben, pero no quieren llevar la discusión a los términos lógicos, los únicos razonables, los únicos posibles. No se atreven a transitar ese camino, por miedo a la incomprensión ciudadana, sí, pero también y sobre todo por miedo al rechazo y hostilidad del mundo económico. Y, por tanto, no nos representan. No están haciendo aquello para lo que los elegimos, que es buscar nuestro bien. No lo buscan. Únicamente evitan meterse en problemas ellos, al menos durante los 4 años que estén en el cargo.

No podemos negociar con "el sistema", ni podemos esperar que nuestros representantes nos representen. Solo nos tenemos a nosotros mismos para intentar sobrevivir.

No es éste un llamado per se a la desobediencia, pero si a la exigencia. Tenemos que explicar, tenemos que hacer entender, y tenemos que reaccionar ya. Si la ciudadanía no entiende los términos exactos de lo que está pasando y por qué está pasando, seguiremos como los burros dando vueltas a la noria que extrae la vida del planeta.

Salu2.
AMT


miércoles, 11 de diciembre de 2019

Escondida y a la vista de todos


Queridos lectores:

Como muchos de Vds. sabrán, estos días he estado en la COP 25. Bueno, en realidad no he asistido propiamente a la presente edición de la Convención de Naciones Unidas sobre el Clima (que eso propiamente es la COP 25), sino a un evento paralelo que ha montado el Gobierno de España en el mismo recinto ferial donde estaba la cumbre real. Este evento paralelo (albergado en lo que han denominado "zona verde") es un espacio financiado y ocupado en su mayoría por empresas. Yo he pasado unos días en el stand del CSIC, ubicado en esa "zona verde" de libre acceso al público general, mientras la verdadera cumbre tenía lugar en la "zona azul", a la que no se podía acceder sin acreditación tramitada por la ONU. Mi trabajo estos días ha consistido en atender al público general y a medios de comunicación que se acercaba al stand, explicándoles que el CSIC es el mayor organismo de investigación de España, con más de 120 centros y 11.500 trabajadores (la mayoría de la gente desconoce esto, e inclusive que en el CSIC se realiza investigación de muy alto nivel), explicándoles también mi propio trabajo y contestando preguntas sobre el Cambio Global. Eso, en un stand pequeñito, compartido con otros Organismos Públicos de Investigación españoles (el stand era del Ministerio, no del CSIC) y en un lugar un tanto arrinconado de la zona verde (tanto que pasó Greta Thunberg con todo su revuelo por la zona verde y ni me enteré). La mayor parte de la zona verde estaba ocupado por grandes empresas, sobre todo españolas, en cuyos mostradores contaban a todo quien les quisiera escuchar cómo se están esforzando ya en disminuir sus emisiones y lo mucho más que las van a disminuir en los próximos años.





El camino desde el metro hasta el pabellón de la zona verde no es que fuera mucho mejor, en cuestión de hipocresía empresarial.








El resto del espacio estaba organizado en diversos auditorios más o menos separados, donde se efectuaban mesas redondas y charlas, algunas de las cuales eran ligeramente interesantes; por desgracia, dado que el pabellón era un espacio diáfano, sin tabiques, la acústica era horrorosa y en algunos momentos de mayor afluencia el simple rumor de los visitantes hacía difícil inclusive hablar de tú a tú en nuestro stand (no digamos ya seguir las ponencias de los auditorios). A las 6 de la tarde comenzaban los ensayos de los conciertos que se retransmitían por Radio Nacional desde el auditorio central, y a partir de esa hora ya no tenía sentido continuar allí, en parte porque ya no pasaba nadie y en parte por el estruendo.

En suma: una feria en la que las grandes empresas han intentado convencer al gran público de que están haciendo realmente algo para hacer frente a la crisis climática, y en la que los que realmente trabajamos en estos temas fuimos arrinconados y ninguneados. Teniendo en cuenta que para el público general ésta era la única parte accesible, no sé qué impresión se habrán llevado de lo que es una COP. Para mi, el mejor resumen de lo absurdo que era todo es la imagen que COTEC había puesto justo en frente de mi stand.



Para quien no conozca la historia de esa foto, se denomina "pálido punto azul", y es una imagen captada por la sonda espacial Voyager 1 a 6.000 millones de kilómetros de distancia de la Tierra. Se le dio la orden a la sonda de girarse y transmitirnos esa imagen justo cuando estaba a punto de abandonar el Sistema Solar. A esa distancia, la Tierra se ve como un punto de color azul pálido, casi imperceptible (la imagen se ha mejorado para resaltarlo). Esta imagen, una de las más emblemáticas de la exploración espacial, dio lugar a una famosa reflexión de Carl Sagan que si desconocen les recomiendo leer (en el enlace de la Wikipedia, por ejemplo). Todo el texto es imprescindible, pero quiero rescatar aquí las frases finales: 

"Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de los conceptos humanos que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos mejor los unos a los otros, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido".

Después de leer esto, relean el mensaje que el "creativo" ha puesto al lado de tan emblemática imagen. Sinceramente, no sé si reír o llorar. En todo caso, creo que la absoluta disfuncionalidad comunicativa de ese cartel ilustra perfectamente qué ha sido la zona verde de la COP.

¿Y qué pasa con la zona azul, la verdadera COP25? Pues de momento poca cosa, aunque las sesiones durarán aún hasta el viernes. La discusión está centrada en farragosas cuestiones "técnicas", entendidas como tales las componendas y chalaneos de las partes negociadoras sobre aspectos que se nos presentan como fundamentales cuando son en realidad accesorios y que no abordan el fondo de la cuestión: que si cuáles son los plazos para la comprobación de los objetivos, que cuáles son los mecanismos para la compra y venta de derechos de emisiones, etc. En esencia lo que se está haciendo es cerrar aspectos legales de cuestiones que quedaron en el aire en el Acuerdo de París (que ya tiene bemoles que estén aún abiertos, cuatro años después). En suma: no cabe esperar nada realmente útil de esta COP25.

Y sin embargo es obvio que algo se mueve, y mucho. En la opinión pública, es cierto, gracias a figuras como Greta Thunberg entre otras; pero sobre todo entre los grandes agentes económicos y políticos. Al fin y al cabo, la opinión pública es fuertemente influenciable a través de los medios de comunicación de masas, y es muy destacable la campaña continua que están haciendo los medios para poner por fin de relieve la gravedad de la crisis climática. En sí, tal énfasis no me parece mal: hace años que digo que el problema del Cambio Climático (así como el del Peak Oil, pero eso es harina de otro costal) es tan grave que debería ser noticia de portada cada día en los noticieros. Y justamente eso está pasando ahora mismo: exacerbado estos días con la cumbre de Madrid "capital de Chile" (Pedro Sánchez dixit), por supuesto; pero que en realidad se ha venido fraguando desde hace ya unos cuantos meses, y presumiblemente va a continuar, aunque sea con menor intensidad, en el futuro. Lo que para mi es importante es que la opinión mayoritaria ahora en el mundo empresarial (principalmente el español, que es el que conozco de primera mano, aunque sé que pasa también internacionalmente) es que el cambio climático es cierto. Este cambio de posición es muy significativo, porque ese mundo empresarial ha mayoritariamente defendido hasta hace poco justo lo contrario, y ahí están los voceros de la intoxicación y desinformación climática, bien pagados por esas mismas empresas, aún gritando sus mentiras  (los más avispados ya han plegado velas, mientras que los más cerriles, por falta de agilidad mental o mera estulticia, perseveran contumazmente en lo que estaban, sin comprender que sus amos ya no ven con buenos ojos lo que hacen y que ya no les van a pagar el estipendio por unos servicios que ya no desean).

Lo que se ve claramente, en todo caso, es que hay un reposicionamiento del gran capital, que aspira a convertir el cambio climático en una nueva "oportunidad de negocio". No lo digo yo: esa misma expresión se ha podido encontrar en muchas de las "mesas de debate", tanto en la zona verde como en la azul de la COP25. Al mismo tiempo, veo en los medios un masivo bombardeo a la ciudadanía de ciertas consignas, y particularmente que va a hacer falta hacer "sacrificios", "hacer cambios importantes en nuestro estilo de vida", "priorizar la protección del planeta al bienestar" y otras ideas-fuerza del mismo jaez. Es decir, que los empresarios están pensando en la "oportunidad de negocio", mientras que a los ciudadanos se les pide "sacrificios". Y como guinda de este pastel, una idea que cada vez se repite con mayor fuerza: el Green New Deal.

El Green New Deal se ha convertido en poco tiempo en la bandera bajo la cual se quiere agrupar a todo el mundo, es la respuesta a nuestros problemas que todo el mundo parece aceptar. La última sesión de la COP25, este viernes, está dedicada al Green New Deal. No casualmente, el Parlamento Europeo, a instancias de la nueva Presidenta de la Comisión Europea, va a debatir hoy mismo un Green New Deal para Europa. El Green New Deal es el Plan A, es la tabla de salvación, es la gran solución a nuestros problemas, es el programa de futuro al cual todos debemos adherirnos.

Solo hay un problema.

El Green New Deal es un fiasco total. No tiene ningún sentido, no aborda en absoluto los problemas reales que tenemos. El documento original es de una vaciedad hiriente. La falta de contenido real, siquiera de comprensión de la situación general, hace que esas palabras, Green New Deal, realmente no signifiquen nada en absoluto. O en realidad sí. Porque el planteamiento que de una manera cada vez más o menos abierta se está haciendo del Green New Deal es una idea ya conocida y en su momento denostada porque no iba a la raíz del problema y en realidad lo agravaba: el Capitalismo Verde. El Green New Deal es, ciertamente, el Capitalismo Verde versión 2.0; pero incorpora algunas ideas nuevas que son muy preocupantes. Así, si en el Capitalismo Verde versión 1.0 el planteamiento era que podíamos mantener tal cual el capitalismo (a pesar de que la finitud del planeta contradice por completo un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo), simplemente substituyendo las energías fósiles por energías renovables, el planteamiento del Green New Deal es que no basta con esa substitución, sino que además va a hacer falta algunos sacrificios, sobre todo a corto plazo. Sacrificios que se le están pidiendo a la ciudadanía, porque sobre todo lo que no se puede comprometer es el crecimiento económico.

Ese discurso del "sacrificio necesario" obviamente no es muy estimulante y por supuesto genera contestación social, que probablemente se irá haciendo más fuerte a medida que se vaya implementando este plan. Está claro que es algo que se ha intentado evitar tanto como se ha podido, pero ya estamos en una situación de emergencia y no va a quedar más remedio que tomar medidas drásticas, duras e impopulares. Pero la emergencia no es la climática (ésa es una urgencia, pero no es algo realmente inesperado). La verdadera emergencia es el peak oil.

Recordemos los hechos clave.

La Agencia Internacional de la Energía lo avisó claramente en el informe anual de 2018 (aunque este año lo hayan disimulado): de aquí a 2025 la producción de petróleo podría llegar a caer de tal manera que no cubriese hasta el 32% de la demanda en el peor de los casos. Según la propia AIE, se espera que se produzcan diversos picos de precios antes de 2025 y puede haber problemas de suministro en algunos países.



De hecho, si las petroleras continúan su desinversión creciente la situación de la producción de petróleo para 2040 podría ser catastrófica.



Conviene no olvidar que el petróleo representa un tercio de toda la energía primaria consumida en el mundo, que el carbón (segunda fuente en importancia, con casi el 30%) también está en retroceso, que exactamente lo mismo le pasa al uranio y que el gas natural llegará a su máximo probablemente la década que viene. Las fuentes de energía que nos proporcionan el 90% de toda la energía que se consume hoy en día están tocando su máximo producción, y en las próximas décadas irán dándonos cada vez menos energía, en una caída que a veces será más paulatina y otras veces será más rápida. Y a pesar de tantas exageraciones publicitadas en los medios, las energías renovables no están en disposición de producir tanta energía, y mucho menos en tan breve plazo.

El hecho es que las compañías petroleras están retirándose del negocio del petróleo, pero no por conciencia ecológica, sino simplemente porque no hay negocio. Las fuentes de hidrocarburos líquidos que nos quedan son cada vez más caras y poco rentables (no solo económicamente, también energéticamente). Ya lo dijo Antonio Brufau, presidente de Repsol, en unas declaraciones al Financial Times el año pasado: Repsol ya no va a invertir en buscar nuevos yacimientos porque no son rentables. Y cuando hace unos días Jon Josu Imaz, Consejero Delegado de Repsol, anunció que van a provisionar casi 5.000 millones de euros este mismo año (lo que les mete en pérdidas) para cubrir la devaluación de sus activos (yacimientos de gas y petróleo) no es por su objetivo de ser "neutrales en carbono" para 2050, como anuncian, sino porque simplemente saben que en realidad la mayoría de ese gas y petróleo no es producible porque no es rentable ni energética ni económicamente.

La situación es, en realidad, muy apurada. Al inminente (si no se ha producido ya) peak oil del mundo le acompaña la situación aún más grave del diésel: la producción de diésel lleva ya cuatro años estancada y probablemente ha comenzado ya su declive, anticipándose por tanto al declive del petróleo.



Ese declive más temprano del diésel es debido a que los petróleos no convencionales, introducidos en los últimos años para compensar la caída del petróleo crudo convencional (recordemos que el petróleo crudo convencional ha caído desde su máximo de 70 millones de barriles diarios -Mb/d- en 2005 a menos de 67 Mb/d actualmente), no son tan buenos para producir diésel. Por eso la producción de diésel cae antes. Y recordemos las graves consecuencias económicas que tiene ya y va tener el retroceso del diésel.

Ésta es la situación, y ésta es la verdadera emergencia, el problema que pasa desapercibido al común de la ciudadanía: nos estamos quedando sin energía fósil y las renovables no pueden, ni de lejos, cubrir un vacío tan grande. Un problema que, si se entendiera de verdad, explica por qué el Green New Deal es solo una capa de maquillaje para evitar abordar el problema de fondo, a saber, que no se puede mantener el capitalismo tal y como lo hemos entendido en las últimas décadas. Porque si se aceptase que en realidad hemos empezado el inevitable declive energético, entonces se tendría que empezar a hablar sobre cómo afrontar el postcapitalismo, en qué vamos a hacer a partir de ahora. Y en ese caso seguramente el esfuerzo a hacer se tendría que repartir de otra manera, porque ya no valdría el argumento de que se tiene que proteger a las empresas para mantener el crecimiento económico, ya que solo con crecimiento económico se pueden resolver problemas como el paro o las desigualdades sociales. En un mundo en decrecimiento energético, el decrecimiento económico es inevitable: ésta es la realidad física inexorable. Por tanto, si el crecimiento económico ya no será posible (no de manera duradera), el debate cambia de raíz, y el foco se tendría que poner en el replanteamiento del sistema productivo, económico y social; en cómo garantizar el bienestar y los derechos a la mayoría de los ciudadanos. Porque mientras que el foco se ponga en favorecer la actividad económica y a las empresas para poder tener ese crecimiento económico ya imposible, lo que va a suceder es que se van a reducir ese bienestar e incluso esos derechos; encima, a pesar de ello y de todas maneras, sobrevendrá el decrecimiento económico.

Ése es el debate que se hurta de todas las miradas aunque sus signos sean evidentes, a plena luz del Sol. El decrecimiento es inevitable, pero se intenta disfrazar de otra cosa para no cambiar las estructuras de poder, para no tener que hablar de cómo distribuir esta carga de una manera más equitativa. Por eso se dicen las cosas que se dicen, para disfrazar los síntomas de nuestro inevitable declive. Por eso se anuncia el pico de la demanda de petróleo y en general de energía, porque "los consumidores, concienciados, pretenden disminuir las emisiones de sus coches", cuando en realidad el grueso de las emisiones lo produce el transporte y no el vehículo privado. Se pretende hacer creer que los ciudadanos se van a pasar a la quimera imposible del coche eléctrico, cuando en realidad lo que va a pasar es que no van a poder permitirse tener un coche propio (excepto los ricos, claro, que esos sí que van a tener coche que alimentarán con placas fotovoltaicas subvencionadas por todos nosotros). Se nos dice que la conciencia ciudadana va a hacer que en las grandes ciudades se utilice más el transporte público, sin explicar que ya está saturado y que es insuficiente para cubrir las necesidades de tanta gente que viven en ciudades dormitorio y urbanizaciones crecidas al calor de la pasada abundancia energética. En suma, se hace creer a la ciudadanía de que se van a poder hacer ajustes para mantener el sistema capitalista tal cual, cuando en realidad éste está tocado de muerte y si nos empeñamos en mantenerlo va a causar mucho más dolor y sufrimiento, y pondrá en peligro hasta el concepto mismo de democracia.

Como colofón de mi implicación en los actos que el CSIC ha organizado con motivo de la COP25, ayer participé en una mesa redonda celebrada en la Residencia de Estudiantes, en la que un grupo de científicos proponíamos a los políticos medidas concretas para luchar contra el Cambio Climático (en realidad, yo siempre voy más allá y hablo de Crisis de Sostenibilidad, que incluye todos los problemas ambientales - no solo el Cambio Climático - y también el problema de la escasez de recursos, de biodiversidad, de acceso al agua, de salud, de equidad, y así un largo etcétera). 

Yo incidí en un dato que me parece preocupante: unos días antes de la COP25 la ONU anunció que para tener un 66% de no superar el peligroso umbral de 1,5ºC de calentamiento respecto a la temperatura de la época preindustrial se necesitaba que de 2020 a 2030 las emisiones de CO2 se redujeran un 7,6% anual. Eso quiere decir que de aquí a 2030 tendríamos que reducir las emisiones un 55%. Como comenté, con la tecnología que tenemos hoy en día y en tan breve lapso de tiempo, eso no es posible si no va acompañado de una disminución del consumo de energía de un tamaño semejante, quizá no del 55% pero desde luego no lejos del 40%. Piensen que la Gran Recesión supuso una caída (momentánea) del consumo de energía global del orden del 8%; aquí estamos hablando de 5 veces más y además con carácter permanente. Es difícil imaginar la magnitud de la contracción de la actividad económica que sería necesaria para conseguir tal objetivo, pero eso es a lo que deberíamos de aspirar. Eso solo tiene un nombre, por más que se quiera ocultar: Decrecimiento. Una periodista asistente quiso que cada uno de los miembros de la mesa (éramos 8) dijéramos qué, concretamente, propondríamos a los políticos para hacer frente a esta crisis de sostenibilidad. 6 de nosotros lo dijimos con toda claridad: Decrecimiento. Ésa es la realidad, no solo necesaria pero inevitable. Ésa es la verdad que se esconde cuando está a la vista de todos.

Salu2.
AMT

lunes, 4 de noviembre de 2019

La casa en llamas en lo alto de la cumbre



Queridos lectores:

"La casa está en llamas" es un eslogan repetido por los integrantes de Friday for Future, desde que la propia Greta Thunberg lo pronunciase por vez primera. Es un aforismo potente, que condensa la urgencia a la que nos lleva el Cambio Climático. La casa está en llamas, tenemos que actuar si no queremos perderlo todo, si no queremos morir. Una idea sencilla que sintetiza la verdad simple de que ya no hay más tiempo para esperar; el tiempo de actuar es ahora.

No es por tanto casual que el último libro de Héctor Tejero y Emilio Santiago lleve el significativo título "¿Qué hacer en caso de incendio?". Se sobreentiende que en este largo ensayo (nada menos que 256 páginas) se pretende abordar, desde el punto de vista de la teoría política (campo al que pertenece esta obra), el que sin duda es el gran reto de nuestro tiempo. Sin embargo, tampoco es casual el epígrafe que lleva este libro: "Manifiesto por el Green New Deal". Es decir, no se trata de dar una perspectiva amplia de cómo abordar el desafío que nos plantea el Cambio Climático, sino que lo que se nos presenta es un manifiesto a favor del Green New Deal.

Hace semanas que llevo ese libro en mi mochila, con el objetivo de acabar de leerlo en algún momento y escribir aquí una reseña. A pesar de que tener tiempo para leer es una cosa siempre difícil con la carga de trabajo que llevo, lo he seguido llevando en mi mochila, esperando avanzar en sus páginas y en la síntesis de lo que para mi es más esencial. Lamentablemente, a estas alturas he perdido la esperanza de acabar de leer el libro y comentarlo. Aunque me sepa mal decirlo (conozco a Emilio y es una persona a la que aprecio y respeto por su trabajo), reconozco que el libro no me interesa en absoluto.

Por lo que respecta al análisis factual que realiza el libro, tomadas aisladamente estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que se comentan en sus páginas pero no tanto en el discurso que se va hilando, ya que, a mi entender, hay grandes omisiones que probablemente obedecen a ese deseo, explícitamente expresado en el libro, de no asustar a la gente para evitar el miedo paralizante. Y en cuanto el libro entra en el discurso político para mi pierde la mayoría del interés. En el libro se propone una estrategia de "negociación" con el statu quo y la adaptación progresiva del actual sistema capitalista, cosas las cuales, sinceramente, yo no las veo posibles. Entiendo el esfuerzo honesto de Héctor y Emilio de buscar una vía posible para salir de este atolladero, pero a estas alturas de la partida ya sabemos que el posibilismo es solo otra forma de rendición.

Huelga decir que no entiendo que se puedan escribir 256 páginas con la excusa de un texto bastante vago, vacuo y prepotente,  y mucho más corto, como fue la propuesta inicial de Alexandria Ocasio-Cortez. Ya discutimos en este blog el contenido de aquellas escasas 14 páginas del Green New Deal: nunca tan poco ha dado para hablar tanto. Quizá porque precisamente unos y otros aprovechan la absoluta vaciedad del texto original para exponer sus filias y fobias, para hablar de lo que ellos quieren hablar, que poco o nada tiene que ver con el espantajo al que dicen referirse. 

El libro de Héctor Tejero y Emilio Santiago ya ha recibido algunas críticas significativas justamente de gente que está lógica e ideológicamente próxima a ellos. En particular, veo muy destacable la prolija crítica de Manuel Casal Lodeiro (se ve que es mentar el Green New Deal y todo el mundo vierte ríos de tinta o de electrones), de la cual querría entresacar un párrafo que creo que sintetiza muy bien la carencia mayor que yo le veo al libro:

Página 27: "En el mismo campo que ello es verdad que el Green New Deal no nos permitirá apagar el incendio. Pero si mitigarlo, conseguir tiempo, forzar una prórroga. Mucho más de lo que ahora tenemos." El problema, aunque parezca mentira tener que decirlo, es que los incendios no se "mitigan": se apagan o no se apagan. Y ellos no hablan de que sea imposible apagarlo, sino que afirman, simplemente, que su propuesta no permitirá hacerlo. ¿Por qué no buscar, entonces, una que sí lo haga? ¿Por qué quedarnos en la"mitigación" o contención del fuego cuando sabemos que otro tipo de abordaje podría permitir su extinción? Además, como ya he señalado antes, ni siquiera explican (ni aquí ni en el resto del libro) cómo se supone que se ganará ese "tiempo" del que tanto hablan, sin abandonar el capitalismo.

Quizá a otras personas les resulte interesante ese libro; a mi, llegado a un punto, simplemente no me aporta nada. Y sin embargo éste es el planteamiento más avanzado que se está haciendo en el mundo político: no en vano el libro lo prologa Íñigo Errejón, líder del nuevo partido de izquierdas Más País. Esto es lo más que podemos esperar de los grandes partidos estatales, aquí en España.

¿Cómo hacer frente al cambio climático? Pues tal y como se nos presenta la cuestión, parece que básicamente hay dos opciones: o se ignora el problema (lo que hacen los negacionistas) o si no tenemos el Green New Deal, es decir, el pactismo con el capitalismo en el que a las malas prácticas de siempre se les da la pátina de "lo verde" para hacerlas políticamente digeribles. ¿Y qué es eso de "lo verde"? Muchas cosas que de verde tienen muy poco: más extracción de materiales, más contaminación, más consumo; y poca reparación ambiental, poca autocrítica y poca contención. Muchos productos presentados como "verdes" se elaboran con procedimientos más contaminantes que sus contrapartidas convencionales. Y no casualmente, mucho más caras.

Al ciudadano de a pie, a fuerza de repetirle los mensajes durante años, y por la mera observación directa de la realidad, ya le ha quedado claro que el mundo está cambiando. El tiempo está loco, las estaciones ya no son lo que eran, los eventos extremos parecen multiplicarse con el paso de los años... También ha llegado a la mayoría de la población el mensaje de que es la actividad humana, sobre todo la industrial, la que está provocando estas graves alteraciones. Los poderes políticos han ignorado mayoritariamente los problemas ambientales durante décadas, especialmente cuando se trataba de algunos bien localizados e identificados (¿cuántas poblaciones no han sufrido en sus carnes los efectos de la contaminación persistente del aire y del agua por parte de fábricas cercanas o de centrales térmicas?). Y sin embargo ahora, por fin, se dice que hay que hacer algo, y más incluso: se dice que hay que emprender una Transición Ecológica. Un cambio completo de la manera de producir y de consumir. Ser menos contaminante, más verde, reciclar más y mejor. Con todo eso el ciudadano común puede estar más o menos de acuerdo. Sin embargo, cuando se han empezado a tomar medidas en la práctica para implementar esa transición, lo que los ciudadanos han visto es que van a salir caras. Muy caras. Y que previsiblemente el coste no se va a repartir de manera justa. No en vano, en los documentos que hablan tanto de Transición Ecológica de manera genérica, como los que hablan de Green New Deal como plan más concreto, se suele poner el acento en que la transición ha de ser "socialmente justa". Obviamente, si se insiste en esto es porque ya se ve venir que no va ser socialmente justa, en absoluto.

La casa está en llamas, sí. Pero si miramos al suelo veremos un reguero de pólvora ardiendo. Un reguero de fuego que viene de Brasil.

A finales de este año, como cada año desde hace un cuarto de siglo, se celebrará la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima. La cumbre de este año, la COP25, debía haberse celebrado en Brasil, pero en octubre de 2018 Jair Bolsonaro ganó las elecciones presidenciales y en noviembre Brasil retiró su oferta de albergar la COP25. Alegó dificultades presupuestarias y otros problemas organizativos, pero a nadie se le ocultaba que Bolsonaro, negacionista convencido, no tenía el más mínimo interés en que precisamente la Cumbre Mundial sobre el Clima tuviera lugar en su país. Después de eso, los terribles incendios de la Amazonia este verano y en general el desprecio de su presidente a cualquier cosa que le suene a ecologismo han llevado a que Brasil no sea considerado un país fiable en cuestiones ambientales.

Y, sin embargo, dejando al margen los múltiples aspectos deleznables de la persona de Bolsonaro, Brasil ha seguido una evolución bastante lógica. Es un país muy poblado, con casi 210 millones de habitantes y con todavía altas tasas de desigualdad. La rápida subida de la producción de petróleo durante las últimas décadas hacían augurar un futuro brillante para Brasil, pero la producción tocó techo en 2017, sin haber conseguido cubrir el 100% del consumo doméstico.



Todos los escándalos de corrupción de los últimos años en Brasil tienen que ver de un modo u otro con PetroBras, la compañía de petróleos estatal. Como en tantos otros países latinoamericanos en su misma situación (México, Venezuela, Ecuador, Argentina, ...), en vez de aceptar que el país seguramente ya había rebasado su peak oil, los dedos acusadores apuntaban a que la caída de producción era debida la mala gestión (mala gestión que seguro que había, pero que también estaba ahí mientras la producción subía). Al llegar Bolsonaro al poder se producen cambios drásticos y se aprietan las tuercas en PetroBras. En mayo de este año se consigue romper el techo histórico y que Brasil produjese más de 2,7 millones de barriles diarios, para después caer estrepitosamente en junio, para luego recuperarse en julio y luego volver a caer...



En enero de 2020 podremos hacer el balance anual de 2019 y ver si la táctica de Bolsonaro ha tenido éxito, pero todo apunta a que la  producción media en 2019 podría ser del estilo o incluso inferior a la del 2018.

Como ven, Brasil está luchando para intentar mantener su producción de petróleo, para superar lo que parece el momento histórico de toda la región: la llegada de Latinoamérica en su conjunto a su peak oil regional. Bolsonaro se debe a esas clases medias, descontentas con la gestión del anterior ejecutivo, y que quieren que las lleve a la riqueza y al bienestar. ¿Creen Vds. que puede entretenerse con minucias como el clima del planeta? Si lo hiciera, además, sería hombre muerto desde el punto de vista político.

La casa está en llamas, y el reguero de pólvora ardiente nos lleva a un país cercano, Chile.

Al desistir Brasil, fue Chile la encargada de asumir la COP25. Con poco más de 17 millones de habitantes, Chile es un país bastante menos poblado e industrialmente más diversificado que Brasil. Hace un par de años tuve ocasión de pasar unos días en Chile, y durante mi breve estancia pude comprobar una cosa: para los estándares europeos de los que yo provengo, Chile es un país que profesa una gran fe en el liberalismo económico como mejor sistema para regirse socialmente. Se pretende que la intervención del estado sea mínima, y que los individuos, con su propia capacidad y trabajo, tracen su propio futuro, con las mínimas interferencias externas. Pero Chile tiene una excesiva dependencia en las exportaciones de su mineral más preciado, el cobre. A Chile le ha cogido con el paso cambiado la caída de la demanda mundial de cobre por un lado (fruto de la debilidad económica mundial) y por otro el brutal incremento de los costes de extracción del cobre (síntoma inequívoco del agotamiento de las minas y de la llegada al peak copper). Como resultado, la otrora altamente rentable industria del cobre ha reducido drásticamente sus beneficios, impactando la economía nacional. El continuado deterioro de las condiciones de vida de la mayoría ha provocado que un hecho banal como fue la subida de las tarifas del metro en Santiago de Chile haya degenerado en una revuelta de alcance nacional, que el Gobierno de Chile ha reprimido con dureza sin ser capaz de sofocar.  En estos días,  el presidente Sebastián Piñera se juega su futuro político, lo que le ha llevado a medidas desesperadas, como la de solicitar la dimisión de todo su Gobierno. Y en este contexto el propio Piñera decidió hace unos días cancelar la organización chilena de la COP25. Y de nuevo, es lógico: ¿creen Vds. que los chilenos verían con agrado que se les hable de esa futurible y quimérica economía verde a la que tenemos que transitar para "salvar el planeta", cuando tienen dificultades para llegar a finales de mes?

La casa está en llamas, y el reguero ardiente nos conduce ahora hasta España.

Ante el anuncio de Sebastián Piñera de que Chile no podría organizar la COP25, España se ofreció a hacerse cargo con un plazo muy breve de tiempo antes de que empiece la cumbre (poco más de un mes).

Con 46 millones de habitantes, España es un país con un perfil muy diferente a Brasil y a Chile. No es un gran exportador de materias primas, al contrario: es un gran importador de las mismas. Su principal manufactura son los coches, aunque su principal actividad económica se encuentra en los servicios, destacando el turismo como principal motor económico del país. Un país así, con gran cantidad de palacios de congresos y amplia experiencia en la organización de eventos, está más que preparado para hacerse cargo de la organización de un evento tan importante y en un plazo tan perentorio. Así que nadie ha cuestionado que España asuma la cumbre, y así será.

¿Es España el mejor país para acoger el COP25? En principio es un país con una paz social envidiable y un alto nivel de vida, así que todo indica que sí. Claro que si miramos un poco por debajo de la superficie, empezamos a ver muchos signos bastante preocupantes. Por un lado, tenemos la situación catalana, no tan desmadrada como hace un par de semanas pero aún lejos de estar controlada. Probablemente, para una buena parte de la opinión pública española el problema catalán solo tiene que ver con el seguidismo etnicisma, narcisista y borreguil de una gran masa manipulada por unos desaprensivos, aunque unos pocos pensamos que en realidad la deriva secesionista catalana tiene mucho que ver con la forma particular que tomará el colapso en España. Pero por el otro, hay muchos síntomas de que el español de a pie está bastante harto de ser el que paga todas las fiestas. Las crecientes restricciones a la movilidad privada, prohibiendo con carácter prácticamente inmediato el uso de coches "viejos" en Barcelona y pronto en otras ciudades, y que seguramente se acabará extendiendo a todas las carreteras, implica un gravamen extra sobre las deterioradas economías de muchas familias, máxime cuando en breve los coches se van a encarecer ostensiblemente. Numerosos colectivos, desde taxistas hasta estudiantes, pasando por jubilados, están en pie de guerra, con frecuentes manifestaciones. El futuro se ve incierto, y el panorama político no lo simplifica. Al ser los partidos políticos españoles incapaces de llegar a un acuerdo para gobernar, los españoles nos encaminamos a una repetición de elecciones generales el próximo 10 de noviembre. Para ocultar su mediocridad y la falta de ideas, tanto para proponer un acuerdo viable entre los partidos que se repartirán la representación parlamentaria como ante la crisis que todo el mundo reconoce que está al caer, los partidos políticos se han llenado la boca de... Cataluña, Cataluña y Cataluña, sin que nadie proponga nada útil para salir del atolladero catalán (tampoco los partidos catalanes que se presentan para el congreso español). En este contexto, el partido que mejor está capitalizando el descontento y el malhumor es Vox, formación esencialista para la cual lo español tiene una cualidad transcendente más importante que la democracia. Vox forma parte de eso que yo denominaba "la reacción", movimientos de nuevo cuño que intentan oponerse a la falacia del progreso por la vía quizá más radical pero no exenta de cierta razón. Por eso mismo no es de extrañar que Vox sea furibundamente negacionista del Cambio Climático, ya que intuyen la carga económica que se quiere endosar a la clase media, envuelta en el papel de celofán de la Transición Ecológica o del Green New Deal.

Ahora imaginen que tras las elecciones del 10 de noviembre los votantes le dieran la mayoría a las tres formaciones de derecha, PP, Ciudadanos y Vox, y que éstas pudieran formar gobierno. ¿Se imaginan a este gobierno, con negacionistas acérrimos en él, organizando la Cumbre Mundial del Clima?

Afortunadamente no es posible que se produzca tan forzada situación, ya que los plazos para constitución del Parlamento e investidura del nuevo Gobierno son un poco más dilatados que el tiempo que le resta al actual Gobierno en funciones, pero el mero planteamiento de esta posibilidad nos muestra cuán frágiles son nuestras seguridades. E incluso si el tripartito de derechas no gana las elecciones, lo más probable es que será dificilísimo que se consiga formar un Gobierno estable. En este contexto, y con una crisis económica en ciernes, ¿cree alguien que España tomará medidas eficaces contra el Cambio Climático? ¿Medidas que realmente lo combatan y al tiempo no depauperen a las clases trabajadoras?

La casa está en llamas, y el reguero ardiente continúa corriendo, perdiéndose en el infinito.

¿Qué otro país podría, mejor que España, hacer bandera de la lucha socialmente justa e inclusiva contra el Cambio Climático?

No será Francia, con sus chalecos amarillos que saltaron inicialmente a las calles para protestar por la subida del precio del diésel. Está claro que a esos trabajadores no les importa contaminar más o menos, sino simplemente ganarse la vida.

No será el Reino Unido del Brexit, con su larvado racismo, contra el inmigrante, contra el otro, contra ese ser irreal que en su imaginario les roba el trabajo, ese trabajo que les cuesta tanto de conseguir y que cada vez se paga peor. Hagamos el Reino Unido grande otra vez, aunque sea a costa de hacerlo moralmente pequeño.

No será Italia, donde más gente de la que nos gustaría aplaude a un ministro que deja intencionalmente que personas se ahoguen en el mar; Italia está llena, Italia para los Italianos.

No será, me temo, ningún otro país de Europa, todos ellos apremiados por mil urgencias, en muchos de ellos con movimientos reaccionarios subiendo, si no están ya en el Gobierno.

Tampoco será EE.UU., por razones obvias. Ni Canadá, con su Primer Ministro que cínicamente apuesta por producir los combustibles más sucios del planeta.

No será Latinoamérica, donde ningún país se libra actualmente de las tenazas cada vez más cerradas de la crisis que aquí se describe como futura y allá es bien presente.

No será China, fábrica sucísima del mundo. No será Japón, agobiado desde hace más de 20 años por volver a la senda del crecimiento. Ni ningún otro país de Asia.

No sera Australia, gran productor, y a mucha honra, de carbón. Ni la Indonesia completamente volcada en la destrucción de bosques tropicales para cultivar palma. Ni el resto de Oceanía, por acción o por omisión.

No será Níger, Nigeria, Sudán del Sur, Argelia, Libia o Egipto, cada uno sufriendo una fase diferente de la maldición de los recursos. Ni será el resto de la sufrida África.

Solo nos queda la Antártida. Pero tampoco será allí.

La casa está en llamas, pero si miramos bien, está recorrida por infinidad de regueros en llamas. Y lo que se quema en ellos, en realidad, no es pólvora, sino personas. Personas que se queman, que malviven y sufren para mantener un sistema disfuncional que les está abrasando, simplemente porque no conocen ningún otro, porque no se les muestra ningún otro, solo variantes del mismo en las que lo único que puedes escoger es arder a la llama o a la brasa.

La casa está en llamas, sí. Pero si queremos apagar ese incendio, lo primero que tendríamos que hacer es apagar esos regueros de personas que arden, que son el combustible que mantiene vivas esas llamas que queman la casa.


Salu2.
AMT