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miércoles, 24 de agosto de 2016

Aspectos éticos y políticos de la divulgación científica: el caso del peak oil





Queridos lectores,

A raíz de la publicación del último post se ha suscitado una pequeña discusión con los lectores, en la que se abordaron diversas cuestiones. De entre todas ellas, hay una especialmente que quisiera comentar esta semana. En el transcurso de la conversación, un lector comentaba que a él no le gusta el sesgo ideológico que, según él, yo demuestro en ese artículo en cuestión, y que según parece hace bastante tiempo que demuestro claramente, hasta el punto que según su opinión al menos una parte de lo que hago no se puede distinguir de la mera propaganda. Este sesgo, al decir de este lector, compromete la utilidad del trabajo de divulgación que hago, y por ello él se quejaba de que mis artículos no proyecten un punto de vista más neutro y técnico; peor aún, que quizá yo estoy abusando de mi condición de científico para propagar ideas de mi propia agenda política, de acuerdo con cierta ideología que yo tengo (aunque este lector no pudo o no quiso identificar).

La cuestión de fondo, al final, es la conveniencia de que yo escriba y publique posts en los que doy una valoración bastante personal de cuestiones que no son directamente técnicas (en el caso del último post, los problemas éticos que suscita viajar a destinos prefabricados en países distantes). Digamos que para el gusto de este lector, y probablemente para el de muchos otros, lo preferible es que me centre en analizar datos y más datos, extrayendo de ellos las conclusiones directas, y probablemente sin deducir las previsibles consecuencias a más largo plazo de mantener las actuales tendencias negativas. Vamos, que lo ideal es que me centre en posts áridos y difíciles de digerir, sin tratar de sacar lecciones para el futuro, dejando a otras personas (nuestros líderes, me imagino) el utilizar esa información para diseñar las políticas adecuadas que las tengan en cuenta.

En una sociedad educada, la discrepancia en algún aspecto no impide que el lector, informado y con criterio, pueda escoger aquello que encuentra útil y desdeñar aquello que considera accesorio o incluso equivocado. Sin embargo, hoy en día se considera normal que cualquier persona que intenta aportar a la discusión organizando la información, incluso quien lo hace pro bono en su tiempo libre como es mi caso, tenga una especie de obligación implícita de cumplir con unos estándares de calidad. Aparte de la dificultad de conseguir llegar a ese nivel de calidad (no siempre lo que escribo está a la altura siquiera de mis propias expectativas, por falta de tiempo principalmente), lo curioso es que las quejas suelen venir no tanto por la fiabilidad de los datos o de los análisis como por la derivación de conclusiones que van más allá de los números fríos. En suma, que lo que parece más inapropiado y polémico es entretenerse en razonamientos de naturaleza ética y política, hasta el punto de que algunos consideran tal proceder impropio de un científico y que me desacredita por completo.

Yo discrepo absolutamente de esa visión, y en particular afirmo rotundamente que mi trabajo de divulgación tiene, por encima de todo, una naturaleza ética y una naturaleza política; las cuales son tan esenciales a lo que hago que, de hecho, si no fuera por ellas simplemente no existiría. Y me parece alarmante que algo que debería ser por un lado evidente y por el otro algo natural y comprensible sea considerado como algo "impuro" en un trabajo de divulgación científica, incluso como algo obsceno que hace que todo lo que digo se vaya al traste. Hay dos razones que explican ese "horror por la condición ética y política de la divulgación científica". El primero es la confusión de lo que significan los términos "ética" y "política", que hace que el lector desavisado confunda lo que digo con otros usos más sobados y desmadejados de esas palabras. El segundo, más perverso, es el trasfondo ideológico de la corriente de pensamiento que domina nuestra sociedad, que pervierte el papel de la ciencia como algo instrumental a su servicio y que convierte en algo desviado todo aquello que lo cuestione, incluso si es una simple conclusión lógica. Seguidamente analizaremos estas dos cuestiones.
 

Todo este blog es una cuestión de ética. Nadie me obliga a escribir aquí; no me pagan por ello ni está previsto en mi contrato que me dedique a estas tareas. Las hago cuando acabo con mi trabajo convencional, en mi tiempo libre, a veces quitándome horas de sueño. Precisamente por eso, porque no tengo ninguna obligación de hacer esto, hay algunas personas que buscan explicaciones extrañas, intentando encontrar una justificación un tanto torticera a mis intenciones, típicamente en forma de una agenda oculta. En realidad, mis intereses y motivaciones son bastante simples: dado que entiendo y creo las cosas que explico, me preocupa el futuro de mis seres queridos. De hecho, cuando uno trabaja en diversas ramas de la ciencia (no olvidemos que mi trabajo convencional se desarrolla en un instituto de investigaciones ambientales) es fácil que uno vea situaciones graves y tendencias preocupantes; y es por ello natural que surja el impulso de explicar estos problemas y de intentar ayudar a resolverlos: al menos fue por eso, por intentar resolver los problemas de la gente, que yo hace muchos años decidí meterme a científico. Por tanto, el compromiso de divulgar estos problemas es ético: uno se preocupa por el bienestar de los demás, cree que el curso actual de los acontecimientos es muy peligroso y pretende ayudar para evitar como mínimo lo peor de lo que se está preparando. 

Que adopte la posición que tomo por razones éticas no quiere decir que tenga intenciones moralizantes. A veces me encuentro, cuando doy charlas divulgativas, que algunas personas me comentan que tienen coche, que lo usan por tal o cual motivo, y prácticamente se me disculpan por ello. Lo cual es un tanto absurdo: yo no soy un gurú espiritual, yo no considero intrínsecamente perverso utilizar el automóvil o cualquiera otra de las comodidades del mundo moderno; es más, considero lógico, en el contexto en el que se encuentran la mayoría de las personas, que hagan aquello que está mejor adaptado a su realidad (personal, laboral, familiar). De hecho, no se trata de ser "bueno" o "malo" en un sentido maniqueo; se trata de escoger lo más conveniente y discutir entre todos un plan eficaz para hacer la transición de la manera menos traumática posible. No se trata, por tanto, de esa moralización tonta que hacen algunos grupos ecologistas, intentando convencernos de que debemos cuidar de la Naturaleza como si fuera un ser inferior. Que va. En el caso de los problemas ambientales, al igual que en el caso del peak oil, es por nuestro propio interés que nos interesa hacer cambios (y no sólo ni principalmente individuales, sino colectivos y societarios). Una vez más, creo oportuno rescatar esta viñeta que resume los términos de nuestra situación de manera magistral.



 Todo el blog es, además, político por definición. El uso común de la palabra "política" ha pervertido su significado. De acuerdo con la wikipedia: "La política (< latín politĭcus < griego antiguo πολιτικός politikós, femenino de πολιτική politikḗ [‘de, para o relativo a los ciudadanos’]) es el arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.1 Constituye una rama de la moral que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por personas libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Es un quehacer ordenado al bien común.". Por tanto, ya etimológicamente la política trata de las cuestiones que importan a los ciudadanos y, como destaca la wikipedia, es una rama de la moral, que justamente trata de cómo resolver los problemas colectivos. La llegada de la producción de recursos naturales no renovables a su máximo y la incapacidad de sostener un sistema económico y social basado en el crecimiento, amén de los impactos ambientales de este sistema productivo, son cuestiones políticas por definición, pues plantean problemas serios y objetivos para la convivencia colectiva. Una cuestión diferente es la toma de posiciones de tipo partidista, es decir, en favor de una u otra ideología ("conjunto de ideas acerca del sistema social"), que como tal son opinables y convencionales. Yo evito al máximo la toma de posiciones partidistas; yo no me caso con ninguna ideología, con ningún "ismo" (recuerdo hace años como, en un debate en la Universidad de Valladolid, algunas personas del público se escandalizaron un poco cuando dije que a mi no me interesaba el ecologismo y que yo no era ecologista). Como he dicho muchas veces, a mi no me interesan las razones ideológicas, sólo las lógicas; y en suma sólo me interesan los datos y las conclusiones que de ellos se derivan, y definiendo muy claramente su marco de aplicación. Alguien podrá alegar que, si bien la llegada al máximo productivo del petróleo, carbón y demás materias no renovables es un hecho probable, todavía es incierto en qué momento se llegará a ese máximo, si no se ha llegado ya; y tiene razón: justamente de eso va este blog, de la discusión de los datos de los que se dispone y la valoración de los problemas que de ellos se derivan, siempre en continua revisión y reevaluación, pues nada es cierto y seguro por siempre.  

A pesar de lo anteriormente dicho, hay quien considera, como mi lector, que yo muestro cierto sesgo ideológico en mis análisis y escritos, y posiblemente en la elección de temas  y por supuesto la manera de presentarlos. La presencia de tal sesgo es posible, pues yo soy humano y aunque intento dar un tratamiento el más ecuánime posible a las cosas de las que hablo y centrarme en las cuestiones factuales y descriptivas, inevitablemente algún sesgo debo tener. Debo decir, empero, que me cuesta identificarme ideológicamente, pues discrepo profundamente con todas las corrientes de pensamiento que conozco, aunque con algunas más que con otras; así que me resulta un tanto chocante la facilidad con la que algunos parecen adjudicarme una u otra etiqueta. A no ser, claro, que el sesgo ideológico esté en el lector, que interpreta como sesgado ideológicamente aquello que contradice su sistema de creencias.

Y aquí entra la otra cuestión que explica el "horror por la condición ética y política de la divulgación científica": la de la contradicción del discurso socialmente hegemónico. De acuerdo con la visión del mundo comúnmente aceptada en la sociedad moderna, la ciencia tiene un carácter meramente instrumental: la ciencia es el paso previo para el desarrollo tecnológico. Es por eso que hoy en día a los sistemas de ciencia se les conoce como sistemas de I+D (Investigación y Desarrollo, a los que en España originalmente se le añade un "+i", de "innovación", con minúscula por algún motivo). Esto deja claro lo que se espera de la ciencia: que ayude a construir los inventos del mañana. Lo último que se espera de la ciencia, por tanto, es que muestre límites e imposibilidades, y lo que ya es intolerable es que la ciencia demuestre la imposibilidad de continuar con el sistema económico vigente, precisamente porque en el modelo social actual se le ha dado a la visión imperante de la economía el papel de agente principal de toda la sociedad, con el mercado en su centro. Por tanto, aquellas actividades científicas que entran en contradicción con la visión imperante suelen ser relegadas en dotación de recursos (véase el caso de lo que pasó con los estudios de dinámica de sistemas después de la publicación del denostado "Los límites del crecimiento"). Aquellas disciplinas que durante tiempo fueron bien financiadas (por el interés del sistema) y por tanto crecieron fuertes, pero que al final han entrado en conflicto con el discurso hegemónico son ahora denostadas y usando para ello muchos recursos (es el caso de la ciencia del cambio climático). Y, en general, cualquier estudio que analice, precisamente, la inviabilidad y sostenibilidad de la sociedad actual suele ser caracterizado como "poco neutral", "sesgado ideológicamente" e incluso "poco científico". Porque en suma lo que requiere el  discurso hegemónico es que la ciencia se centre en crear nuevas máquinas y cosas útiles para mantener el crecimiento económico. Por otro lado, en aquellas disciplinas en las que inevitablemente se observa la degradación ambiental del planeta o se muestra la imposibilidad material de mantener el crecimiento, lo que se pide a los cienficos es que se mantengan "neutrales", es decir, que practiquen una suerte de esquizofrenia que les permita permanecer indiferente por la suerte de la Humanidad, incluyendo la de sus seres queridos y de ellos mismos; así, se espera que expliquen la degradación de los bosques de la Amazonia, la desecación de mares y ríos o los cambios en el Ártico y su impacto en el clima del Hemisferio Norte de la misma manera que el empleado de un almacén recitaría el recuento del último inventario. Y por supuesto se considera inaceptable y poco riguroso que se extraigan conclusiones triviales de los hechos observados.

Y aquí entra el trasfondo último, ético y político, de esta cuestión. ¿Se debe aceptar como verdad indiscutible unas premisas sociales cuando nuestro trabajo nos muestra los problemas que se están causando? ¿No tiene uno que reaccionar delante de tanta barbaridad? Como se suele decir: ¿es saludable estar bien adaptado a un sistema enfermo? Y aún una implicación ética más urgente y grave: ¿no se vuelve uno cómplice de un sistema suicida si, viendo de manera evidente los problemas, ni siquiera los denuncia?

Los años que vendrán plantearán dilemas éticos continuos, cada vez mayores. Como tantas veces se ha discutido en este blog sabemos que, si no cambiamos nuestra manera de hacer, se producirán más guerras, hambrunas, revueltas y muerte. ¿Qué debemos hacer? 

¿Debe el científico dejar de extraer consecuencias sociales de sus análisis? Al margen de que éstas se puedan calificar de científicas o no. 

Pero el problema no es sólo para el científico.

¿Debe el periodista manipular groseramente la información, a veces más sutilmente sesgando la agenda, o contar la verdad y toda la verdad, aunque eso le pueda costar el trabajo?

¿Debe el policía reprimir a los manifestantes que reclaman una vivienda digna, si así se lo ordenan? ¿Y a los que protestan por los desahucios producidos al amparo de leyes abusivas aprobadas por parlamentos que parecen estar antes al servicio de los grandes capitales que de los ciudadanos que los han elegido? Se podría decir que todos esos colectivos tienen otros cauces para conseguir sus fines, pero, ¿qué pasará cuando haya revueltas por falta de suministros básicos? ¿Cuando haya hambre, enfermedades y muertes?

¿Debe el médico omitir la asistencia al necesitado sin recursos? ¿Y debe callar ante las cada vez más clamorosas deficiencias materiales y de personal de los servicios?

¿Debe el maestro aceptar que cada año se cambien los libros de texto, aunque a las familias les cueste comprarlos? ¿Y es aceptable que se cierren los comedores escolares durante el verano, a pesar de que algunos niños sólo reciben una comida decente en el colegio gracias a las cada vez más exiguas becas de comedor?

¿Debemos aceptar, cada uno en nuestro lugar de trabajo, que se contrate a gente por un sueldo cada vez menor para hacer un trabajo igual que el nuestro, sin protestar, sin reaccionar, contentos con nuestra suerte y rezando para que el día de mañana no nos encontremos en esa misma situación, o incluso en el paro? ¿Y qué será de nuestros hijos?

En resumen, ¿es aceptable cerrar los ojos delante de desmanes previsibles? ¿es lógico callarse mientras los problemas se van haciendo cada vez peores? Esa pasividad es la que nace de aquella visión tradicional en España, propia de la generación de mis padres: "Hijo mío, no te metas en líos". Demasiado tarde: ya estamos metidos en muchos líos (crisis, paro, guerras, hambrunas, atentados) y más que van a venir, precisamente por no haber hecho nada durante todos estos años, por haber permitido que un sistema claramente insostenible, suicida y temerario se ensoree de nuestras vidas. Como se ha visto, ser pasivo no evita los problemas; al contrario, los favorece. No tiene sentido seguir siendo sumiso a unos intereses que no dudan en sacrificarte en cuanto lo necesitan, como ya se ha demostrado tantas veces. Por eso yo, personalmente yo y no otra persona, hace ya unos cuantos años decidí pasar de ser servil a intentar servir, y estar al servicio de la sociedad que me ha dado todas las oportunidades para formarme. Para ayudar a conseguir el cambio que todos necesitamos, un cambio que nos permita vivir en equilibrio con nuestro planeta. 

Ahora, querido lector, examine sus propias opciones y considere qué es lo que debe hacer Vd.


Salu2,
AMT


jueves, 3 de abril de 2014

Imparcialidad y dignidad




Queridos lectores,

Desde hace ya algún tiempo me encuentro con una crítica recurrente a este blog. A algunas personas les parece bien que haga un análisis técnico (la palabra que suelen usar es "científico") de aspectos concretos de la crisis energética, particularmente los asociados a la producción de materias primas, la rentabilidad energética y económica que tienen, etc. Sin embargo, a estas personas les suele molestar cuando trato otros temas de índole más social, a pesar de que uso las mismas técnicas analíticas cuando hablo de exclusión social que cuando hablo del suministro de hidrocarburos. Entienden que un blog técnico ("científico") no debería tocar temas que, en su concepción, son más de opinión antes que de hecho. Incluso a veces se dice que son "demasiado políticos" (particularmente cierto si hablo de Cataluña).

Por el contrario yo creo que soy bastante coherente con mi línea editorial (que sólo rompo cuando publico artículos de otros, artículos por cierto con los que no siempre estoy de acuerdo pero que difundo aquí en aras de una pluralidad que no suelo encontrar en otros lugares). Los temas que abordo los trato (o intento tratar en la medida de mis posibilidades) desde una perspectiva lo más técnica y objetiva posible, y además los temas tratados son pertinentes, incluso fundamentales, para la discusión de este blog. Sin embargo, entiendo que se me hagan estas críticas partiendo de donde partimos, puesto que hoy en día los medios de comunicación en general y la prensa escrita en particular no tienen en absoluto una manera semejante de discutir estas cuestiones.

Hoy en día en los medios de comunicación se ha impuesto una suerte de falsa equidistancia: delante de cada tema de debate en la sociedad, ya sea la ley del aborto o la producción de hidrocarburos, se recaban las opiniones de los diversos sectores y se presentan tal cual, dejando que sea el lector quien elabore sus propias conclusiones. Se dice que tal manera de presentar las discusiones es imparcial, puesto que no se toma partido por ninguno de los sectores implicados. Tal estrategia, que podría tener cierto sentido (aunque se le apliquen algunas salvedades que detallo más abajo) para la discusión de cuestiones de opinión, es completamente absurda y nociva cuando se discuten cuestiones de hecho. Y es que los hechos no admiten discusión: pueden ser más difíciles o más fáciles de conocer -y es legítimo centrar el debate ahí en algunos casos-, pero una vez conocidos no son opinables. Peor aún, en aras de una supuesta representatividad equilibrada de todas opiniones en realidad se da un peso desmedido a las opiniones más repetidas, las cuales (dinero mediante) son las más representadas. Hace años que las grandes compañías comprendieron que esta aproximación al periodismo les favorecía, puesto que creando fundaciones, centros de estudios, etc, además de sus propios gabinetes de comunicación y medios políticos afines, podían hacer escuchar la opinión que favorecía sus intereses por encima de cualquier otra, y por eso atacan con fiereza cuando en un medio de comunicación no hay lo que denominan una "representación proporcionada de todas las opiniones" - es decir, sus propias consignas no son repetidas varias veces desde sus diversas antenas.

Este tipo de periodismo que se limita a recoger y transcribir opiniones, y que tanto abunda hoy en día, es indiscutiblemente una muestra de dejación del periodista de su labor primera: informar. Informar no es hacer una relación de opiniones como si uno estuviera haciendo un inventario; informar es buscar la verdad y presentarla correctamente a los lectores. Es lo que hace tiempo llamaban "periodismo de investigación"; lo otro no pasa de mera crónica o gaceta, cuando no directamente de publirreportaje. Y es posible que la decadencia de los medios de comunicación tradicionales se deba en parte a esta falta de compromiso con la verdad, a veces por la influencia directa de los grandes intereses económicos, pero otras veces por esa falta de búsqueda de la verdad que explicamos, y que es lo que hace que cada vez más personas busquen en la red medios alternativos donde encontrar una verdadera elaboración a partir de los hechos, un verdadero intento de llegar a la verdad.

La primera cosa a comprender es que no se puede hacer de igual manera una crónica de sociedad que la discusión de hechos medibles y observables. No hay posible equidistancia entre hecho y opinión. Y menos aún si hablamos de fenómenos naturales: la Naturaleza no negocia, y le es igual nuestra opinión. Y sin embargo te encuentras a menudo que esta visión de relatividad absoluta de los hechos, este mundo del todo es opinable, impregna todo discurso, hasta el punto de que hay una total y absoluta falta de práctica en la discusión de hechos. Muchas veces me he encontrado que después de hacer una exposición de hechos alguien me dice: "Muchas gracias por su opinión". La presentación de hechos está tan desvirtuada que la gente no distingue hecho de opinión, porque está acostumbrada a que hablando de un tema concreto los "hechos" dependan completamente de quién los transmite. En el fondo es un problema de decadencia moral de nuestra sociedad: en los debates públicos se debería exigir que las partes actuasen con honestidad, presentando los hechos de manera no sesgada y objetiva, en vez de dar una visión particular que favorezca una cierta visión. Sin embargo, la opinión pública encuentra perfectamente aceptable que la presentación de los hechos sean manipulada para favorecer intereses particulares, y eso hace que a estas alturas hecho sea indistinguible de opinión.

Esa manipulación de los hechos se manifiesta de muchas maneras. Cuando un tema afecta a grandes intereses económicos es frecuente encontrarse con campañas de confusión deliberadas, en las que se hace selección interesada de hechos -cherry picking- para hacer ver las cosas con un prisma completamente desvirtuado. A modo de ejemplo, es normal encontrarse entre los voceros del fracking ciertos argumentos, como por ejemplo que la producción de petróleo de fracking en los EE.UU se ha multiplicado por 18 en los últimos 10 años (sin decir que hace 10 años era prácticamente insignificante) y escribir eso hábilmente en una frase en la que se dice que los EE.UU. son ya independientes energéticamente (cosa radicalmente falsa hoy y que tampoco será cierta en un futuro) y sin decirlo explícitamente dando a entender que una cosa ha llevado a la otra. Cuando uno lee frecuentemente lo que dice esta gente detecta el fraude de mezclar medias verdades con mentiras porque las frases son siempre idénticas (y es que el engaño sólo funciona con unas frases especialmente construídas para ello, que por tanto se tienen que repetir prácticamente literalmente), pero al lector desavisado le puede pasar por cierto, y ese es justamente el objetivo de tales desinformaciones. Como además estas opiniones construidas con la presentación sesgada de hechos escogidos está sobrerrepresentada en los medios de comunicación, se consigue emborronar el debate y que la verdad nunca sea conocida.

La verdad, lo que creemos que es la verdad objetiva de las cosas no es, por supuesto, nunca completamente objetiva: siempre los propios sesgos cognitivos de la persona que la busca y la transmite, sus propias preferencias, influyen en lo que ésta considera "la verdad". Pero esta subjetividad inevitable en la presentación de los hechos no nos puede hacer caer en un escepticismo recalcitrante: yo siempre digo que una cierta dosis de escepticismo es conveniente, pero un exceso del mismo es puro cinismo. Lo que hay que hacer es simplemente centrarse en los hechos. La presentación de los mismos puede estar voluntaria o involuntariamente sesgada pero al menos son hechos; lo que tiene que hacer el lector crítico es buscar otros hechos que corroboren o complementen en su caso la parte de la verdad que se le había presentado. Por eso es importante que el lector sea parte activa y crítica de lo que lee; otra de las grandes deficiencias de nuestro tiempo es que los lectores y espectadores son pasivos y apáticos, y básicamente se tragan más o menos acríticamente lo que les echan, sin buscar razonar, sin comparar con informaciones previas, sin buscar inconsistencias; en suma, sin ser críticos y responsables, como corresponde ser a un buen ciudadano.

En el colmo del despropósito, a los pocos periodistas que comprenden que hay que ir más allá e informar de verdad, a los que realmente buscan la verdad y la presentan basada en hechos, no en las declaraciones de unos y otros, se les suele acabar llamando "activistas", como si su objetividad se viera empañada justamente por su búsqueda de los hechos y de la verdad. Este tipo de periodista suele tener problemas en los medios para los que trabajan, tanto da cuál sea su orientación política formal, puesto que al final todos están en manos del gran capital.
 

Y justamente una de las cosas que suceden cuando uno se centra en los hechos, cuando uno se centra en la verdad, es que se le acusa de meterse en discusiones políticas aunque uno esté hablando de ciencia, ya sea de recursos naturales o del clima; y siempre hay quien te reprocha que eso es inadecuado e impropio de alguien que se llama científico, puesto que los científicos deben permanecer puros, imparciales. Esta crítica en particular es especialmente absurda. Resulta que los estudios científicos del medio ambiente o los recursos naturales, como en realidad los de cualquier otra materia, son esencial e irrenunciablemente políticos. Pues por definición la política es la discusión de los asuntos que interesan a los ciudadanos. Como he dicho muchas veces, este blog, todo lo que en él se discute, es político, porque se trata de cosas que les interesan a los ciudadanos. Lo que no es, o no debe ser, es partidista: no se puede, desde una perspectiva meramente técnica, tomar partido por una u otra opción, entre otras cosas porque las dinámicas de partido suelen llevar a que tarde o temprano se sacrifiquen ciertas ideas en aras del pragmatismo.

¿Debe por tanto la ciencia intentar dar respuesta a cuestiones políticas? La respuesta es sí, y en realidad siempre ha sido así. La ciencia intenta dar respuesta a problemas que preocupan al hombre, y que a menudo afectan a la organización social, es decir, a los aspectos políticos. El científico no es quien para tomar las decisiones de cómo gestionar ese conocimiento, pero sí quien debe decir qué es lo que hay y qué es lo que puede funcionar y lo que no en base a su conocimiento. Conocimiento incompleto y siempre provisional, por supuesto, pero que es lo único que tenemos en cada momento, y que es mejor guía que otros intereses mucho más espurios en base a los cuales se toma tan a menudo decisiones con consecuencias lamentables.

La opinión pública está tan poco educada en el debate de los hechos, en el debate científico, que cada vez que se aborda desde una perspectiva científica un determinado tema causa extrañeza lo que se considera una rotundidad excesiva. Pasa que el debate de opiniones es siempre subjetivista y por tanto las normas de cortesía implican que los interlocutores tienen que estar dispuestos a conceder cierto beneficio de la duda al contrario; quien no lo hace así se le considera un grosero y un bruto. Sin embargo, en el debate de los hechos no hay ni medias tintas ni consideraciones; el debate científico es en ese sentido implacable pues sólo le interesa la verdad. No hace mucho me encontré, discutiendo por internet con una persona, que tras ir yo presentando hecho tras hecho, artículo tras artículo, a pesar de que siempre fui educado en mi tono el otro me repuso de forma un poco áspera: "Tienes todas las respuestas". Y es que en un debate de opiniones no es admisible ser contundente; sin embargo, hablábamos de hechos. Como le dije, la cuestión era simple: lee mis hechos y refútamelos con datos, si crees que no son correctos. Es así como se discute en ciencia. La ciencia, digámoslo aún otra vez, no es opinable. No podemos someter a votación el resultado de hacer dos más dos; siempre tendrá que ser cuatro, siempre será cuatro, independientemente de nuestras preferencias u opinión al respecto.

La enorme confusión sobre lo que es hecho y lo que es opinión, el colosal y  cínico relativismo moral de nuestra época, es lo que lleva a algunas aberraciones lógicas, como por ejemplo las que discutimos en este blog al hablar de precaución y garantía. A modo de anécdota, recuerdo haber leído hace tiempo un artículo sobre el infausto e-CAT (que el tiempo se ha encargado de mostrar que era una estafa). Quien lo escribía asumía que lo que decían los "inventores" era cierto por un "Principio de inocencia científica". Por supuesto que en ciencia no existe tal principio: los hechos se discuten por sí mismos, implacablemente; las críticas son siempre afiladas, precisas, quirúrgicas: se busca la verdad, sin concesiones; no hay presunción de inocencia: hay hechos que probar, mostrar o refutar. A veces me encuentro también, en la discusión de la magufada de turno, que hay quien me dice que "la crítica siempre tiene que ser constructiva", y de nuevo la afirmación es errónea. La crítica a las personas siempre tiene que ser constructiva, puesto que a una persona no la podemos desechar y empezar con otra: hay que intentar mejorarla partiendo de lo que se tiene, y por tanto la crítica tiene que dirigirse a construir, no a destruir. Sin embargo, la crítica a las hipótesis, a las ideas, ha de ser descarnada, implacable, lógica, feroz; y si las hipótesis no son refrendadas por los datos, si la teoría resulta falsada, se la desecha por completo y se busca una nueva. Es así como se avanza en el conocimiento.

La razón de tal confusión, de tal falta de comprensión de los aspectos básicos de la ciencia y su elaboración, vienen en una parte del exceso de peso de unas ramas concretas de las Humanidades (concretamente el Derecho y las Ciencias Económicas tradicionales) en la dirección de la sociedad, pero en una parte mayor del gran interés de los rectores de nuestro sistema económico en alimentar una confusión que sirve mejor a sus propios intereses. El primer paso para poder construir una sociedad más equilibrada y menos cínica es recuperar el respeto por el debate científico y aplicar una imparcialidad implacable en la discusión de los hechos. Es necesario para comprender cabalmente dónde estamos y hacia dónde podemos dirigirnos, y es imprescindible para recuperar nuestra dignidad como seres humanos.

Salu2,
AMT