viernes, 17 de julio de 2020

Impacto del coronavirus en el consumo energético

Queridos lectores:

JotaEleEne nos ofrecre un nuevo análisis sobre la evolución del consumo de energía en España, centrado en los últimos meses. Aunque no se puede decir que las cifras sean inesperadas, sí que son bastante impactantes por su magnitud. Con el análisis de JotaEleEne se pone nombres y apellidos a lo que está pasando en este país y nos ofrece una idea bastante más clara de hacia dónde estamos yendo.

Les dejo con JotaEleEne.

Salu2.
AMT


Impacto del coronavirus en el consumo energético

Con datos de España vamos a tratar de reflejar cómo ha influido esta pandemia mundial sobre el consumo energético español. En principio la situación de confinamiento de la población ha influido mucho en el consumo energético, como veremos a continuación. 

Es de esperar que después del confinamiento se vaya recuperando el consumo poco a poco, aunque muy probablemente ciertas actividades queden muy afectadas por el cambio de costumbres sociales que nos obliga a mantener esta pandemia. También probablemente la economía va a quedar afectada, lo cual se reflejará en más paro y probablemente menos consumo de energía. Pero esto ahora no lo podemos reflejar, habrá que mostrarlo según vaya saliendo.

Los datos de ahora son muy limitados, solo reflejan cantidades totales; habrá que esperar unos dos años para obtener los más interesantes datos anuales, que reflejan la energía por combustibles y por sectores de consumo. Mientras tanto, con los datos que se tiene se puede intentar hacer algunas estimaciones. 

El objetivo es actualizar las gráficas cuando haya cambios significativos. Las nuevas gráficas y datos nuevos los iré reflejando en el foro The Oil Crash.

También es mi intención, cuando los datos salgan por sectores, hacer otro trabajo en este blog reflejando la situación de forma más global. Aunque es un tiempo estimado para hacer esto es muy largo, más de dos años, y desde luego hasta entonces pueden pasar muchas cosas.


Figura 1: Consumo de GLP en toneladas. Datos de CORES

Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 1,8 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Sector residencial: 69%
  • Comercial y servicios públicos: 15%
  • Industria: 8%
  • Transportes: 5%


Con respecto a los dos años anteriores baja un poco en el mes correspondiente. El GLP es consumido sobre todo en uso residencial. Posiblemente  la caída será debida al sector de servicios públicos que ha parado en gran medida, al consumo en industria y casi totalmente en transportes. Se supone  que habrá subido algo en uso residencial debido al confinamiento de la gente en sus casas. La bajada en el mes de mayo parece confirmar que se está gastando sobre todo en uso residencial y sobre todo como calefacción, ya que la media de temperatura máxima subió cuatro grados de abril a mayo. 


Figura 2: Consumo de gasolinas en toneladas. Datos de CORES

Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 5,9 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Transporte: 99%


Con respecto a los dos años anteriores la caída es espectacular en el mes de abril, baja un 77% desde el promedio de la gráfica. Y esto es debido a que el 99% del consumo de gasolina pertenece al transporte y más concretamente a coches particulares que debido al confinamiento han quedado aparcados. En mayo experimenta una subida coincidiendo con la desescalada.


Figura 3: Consumo de queroseno en toneladas. Datos de CORES

Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 8,1 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Sector transporte: 100%


Con respecto a los dos años anteriores la caída también es espectacular, baja un 93% desde el promedio de la gráfica. Y esto es debido a que prácticamente el 100% del consumo de queroseno pertenece al transporte, y más concretamente al transporte aéreo ya que debido también al confinamiento los vuelos han bajado estrepitosamente. Los meses máximos en consumo julio y agosto representan la fuerte influencia del turismo en el consumo de este combustible, en especial el turismo internacional, ya que el 68 % del consumo de este combustible pertenece a los vuelos internacionales.


Figura 4: Consumo de gasóleos en toneladas. Datos de CORES


Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 32,7 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Transporte: 79 %
  • Sector residencial: 6 %
  • Agricultura: 6 %
  • Industria: 4 %

Con respecto a los dos años anteriores se ve una muy fuerte bajada del consumo, un 37% desde el promedio de la gráfica,  debido también a que el consumo de gasóleos corresponde principalmente al sector del transporte, en especial el transporte por carretera, que domina con un 97 % del consumo. Y el transporte en especial el del coche privado, que es también afectado por el confinamiento igual que la gasolina. La bajada del consumo es menor que en  otros combustibles que también dependen del transporte debido a que se ha mantenido activo bastante transporte de mercancías que dependen prácticamente en su totalidad de este combustible. Posiblemente también haya aumentado algo el consumo en uso residencial debido al confinamiento, aunque de forma poco significativa, ya que el sector residencial supone solo el 6% de este combustible. De igual forma como con las gasolinas se ve una ligera recuperación en mayo.


Figura 5: Consumo de fuelóleos en toneladas. Datos de CORES

Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 1 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Sector transporte: 57 %
  • Industria: 40 %

Con respecto a los dos años anteriores sufre también una fuerte caída. Si tenemos en cuenta que a partir de octubre empezó a bajar el consumo como se ve en la gráfica, no parece que el consumo de este combustible haya sido muy afectado por el confinamiento.


Figura 6: Consumo de otros productos petrolíferos  en toneladas. Datos de CORES

En el 2018 el consumo de otros productos petrolíferos supuso el 1,5 % del consumo de energía final. No hay mucha diferencia con el consumo de años y meses anteriores. Todo el consumo de este producto corresponde a la industria.

Figura 7: Consumo de gas natural en GWh. Datos de CORES

Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 16,4 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Industria: 58 %
  • Comercial y servicios públicos: 20 %
  • Sector residencial: 19 %

En esta gráfica no está incluido el gas usado en generación eléctrica, solamente el gas natural usado como energía final. No hay mucha diferencia con el consumo de años y meses anteriores. El mayor consumo en los meses del invierno representa el gasto en calefacción del sector residencial y comercial + servicios públicos; por eso no habrá caido tanto el consumo residencial, al estar la gente más tiempo confinada se habrá tirado más de la calefacción, compensando en parte el posible menor gasto de energía de la industria y de los servicios públicos.


Figura 8: Consumo de energía eléctrica  en GWh. Datos de REE

Con datos del 2018: Porcentaje de consumo en energía final: 23,6 %

Sectores de consumo más importantes:

  • Industria: 33 %
  • Sector residencial: 31 %
  • Comercial y servicios públicos: 31 %       

No hay mucha diferencia con el consumo de años y meses anteriores. Posiblemente también el consumo disminuido en sectores de industria y comercio + servicios haya sido compensado  en parte por el mayor aumento en sector residencial debido al confinamiento.

Quedan solamente dos energías por reflejar, de las cuales no tengo datos. El carbón, que con un 1,8 % de consumo prácticamente no tiene interés. Y las renovables no eléctricas, que con un 7,2 % son algo más significativas. Dentro de las renovables y siguiendo las pautas anteriores habrá crecido un poco en uso residencial, que representa casi la mitad de este consumo; y habrá bajado en uso industrial y uso comercial + servicios públicos. En general no creo que haya variado mucho.

La bajada en tonelaje entre abril del 2018 y abril del 2020 es de un 43%. La bajada de energía del gas de esos mismos meses es de un 18%. Y la bajada de energía eléctrica de esos meses es de un 20%. Si tomamos todo como energía,  da una bajada de energía total aproximada de un 27%, un poco más quizás teniendo en cuenta las renovables no eléctricas.


Conclusiones

Una bajada de un 27% es una cantidad considerable, pero todavía muy lejos de un consumo sostenible de energía. ya que en el 2018 la participación renovable de la energía primaria fue de un 14%. Si tenemos en cuenta el posible aumento de gasto energético residencial, prácticamente la mayor parte de la energía recortada habría sido casi todo en el transporte, y más concretamente por la inmovilización del coche particular.

Esta experiencia en materia de energía si algo hay que aprender es que el coche como transporte individual no ha sido indispensable. Probablemente bastante se podría sustituir por transporte público, vehículos compartidos y teletrabajo. Con el beneficio adicional de la bastante menos contaminación que hemos disfrutado en entornos urbanos.

La pandemia no ha afectado mucho en el gasto energético, al menos en países desarrollados. Habrá que ver como irá afectando a nivel económico y como se irá reflejando en la energía.

Saludos

miércoles, 8 de julio de 2020

Año novedoso para Latinoamérica: la producción cae por debajo del consumo

Queridos lectores:

Una vez más, Demián Morassi nos ofrece un ensayo sobre la evolución de la producción y consumo de energía en Latinoamérica. Un imprescindible análisis esperado cada año y cada vez más importante, pues proporciona importantes pistas sobre la creciente inestabilidad en la región y por qué ésta no tiene visos de mejorar en un futuro próximo.

Pero mejor les dejo con Demián, quien se lo explicará mejor.

Salu2.
AMT


Año novedoso para Latinoamérica: la producción cae por debajo del consumo

Yermán Rojas (microfibra y acuarela sobre papel)

Latinoamérica y el Caribe durante 2019 terminaron con varios episodios que fácilmente podemos denominar caóticos: medidas políticas drásticas, movilizaciones multitudinarias, crisis políticas por doquier, oficialismos que pierden las elecciones, enfrentamientos con detenciones, heridos y muertos y hasta un golpe de Estado.

De fondo están los problemas económicos y políticos particulares de cada país pero también problemas que afectan a la región en general. Uno de los problemas, para nosotros central, es el declive energético. Para entender este declive es siempre interesante revisar los datos aportados por el BP Statistical Review of World Energy.

La matriz energética

La región tiene una matriz energética muy dependiente del petróleo (44,5%); en segundo lugar depende del gas y, como tercera fuente, de la energía hidroeléctrica (que es la principal fuente de generación eléctrica).

La organización productiva alrededor del petróleo tiene sus lógicas geológicas, geográficas y también históricas. Si nos detenemos a observar cómo fue evolucionando la producción y el consumo de petróleo en los últimos años, entenderemos que el declive poco tiene que ver con causas económicas, con problemas en la demanda o con cambio de hábitos. Se trata de una causa eminentemente geológica.


Los países exportadores casi no han notado este problema hasta 2015 ya que desde el pico en 2006 el precio del crudo no ha dejado de aumentar, lo que permitió compensar los dólares perdidos por la caída en la cantidad, por los dólares ganados por el aumento del precio. Desde el desmoronamiento en el precio comenzaron a verse los problemas. Un punto nodal tiene que ver con el abastecimiento al mercado interno, no sólo para los países productores. Para ello las medidas han sido grabar con más impuestos ("gasolinazo" en México en 2017), aumentar el precio directamente (por esta medida tuvo que dimitir el primer ministro de Haití en 2018) o quitar subsidios ("paquetazo" en Ecuador en 2019, medida que se retrotrajo tras las protestas). Con la aparición de la pandemia se desplomó el consumo y atado a ello se ralentizaría la producción, más allá de que la nueva normalidad en el mundo del petróleo lleva varios años.

Las necesidades con respecto al gas son dispares en la región pero es claro que esta fuente de energía pasó a cubrir diversos usos a medida que aumentaba su producción relativa y mejoraba la infraestructura de distribución. Hoy es fundamental en muchos hogares para la calefacción, cocina y calentamiento del agua pero también y sobre todo para la generación eléctrica. Dos pequeñas economías son altamente dependientes de la producción de este hidrocarburo y su declive puede cambiar sus futuros por completo: hablamos de Bolivia y de Trinidad y Tobago. Por su parte, es interesante el caso de Argentina que tiene al gas como principal insumo energético, y con el objetivo de desarrollar la extracción de gas por fracking en Vaca Muerta, movió los hilos para que algunas empresas abandonen la extracción petrolera para concentrarse en esta región, a cambio de mejores subsidios y leyes más flexibles.


Pero tanto el gas como el carbón llegaron a su cenit productivo en el año 2014. Esta casualidad geológica nos lleva a un efecto ya menos azaroso que es la caída del consumo de estos recursos (en el mismo año 2018).


Como podemos ver, hay un país ultradependiente de su producción que es Colombia. Si bien no ha experimentado una gran caída, su economía está y estará atada en gran medida a las exportaciones de esta fuente de energía ya en declive. Nos llama la atención un aumento del 55% del consumo de carbón en “otros”; en el detalle del informe aparece la región del Caribe como la responsable aunque no pudimos averiguar a qué país/es hace referencia.

Las energías no hidrocarburíferas.

Mientras todas las energías derivadas de los hidrocarburos tocaron su techo y también lo ha hecho la energía hidroeléctrica, comienzan a desplegarse a gran velocidad las energías alternativas (eólica, solar, geotérmica y biomasa). 

Para el uso de estas energías se han desarrollado novedosas tecnologías que impulsan a (y dependen de) la electrificación del sistema tecnológico industrial. A los países que no cuentan con hidrocarburos les ha ofrecido una salida estratégica a la dependencia histórica y un objetivo de desarrollo para competir tecnológicamente en el futuro. Uruguay ya es el cuarto país del mundo con mayor generación eléctrica a partir del combo eólico-solar (30%). Sin embargo lo que observamos es que el costo de esta infraestructura es alto y los beneficios energéticos escasos en el corto plazo y aún no sabemos en el largo, cuentan con subsidios y con la propaganda de ser "verdes" o "renovables" cuando en la realidad son otro artificio del sistema industrial para su mantenimiento en el tiempo. Aún no hay un claro ejemplo de que estas tecnologías se utilicen para disminuir la extracción y consumo de las otras fuentes de energía que están afectando el sistema climático, lo que sí podemos observar es un aumento en la extracción de minerales claves para esas industrias: litio, cobalto, grafito y tierras raras. Sólo entre Chile y Argentina cuentan con el (curioso) 66,6% de las reservas mundiales y Chile por sí solo con el 55,5%, aunque entre las dos naciones producen por ahora el 29,8% del total global. En cuanto al cobalto, el único país que figura en la lista es Cuba, que posee el 7,4% de las reservas globales pero, por suerte para su ecosistema insular, sólo produce el 4,8% del total. Brasil y México son los únicos países que figuran en la lista de producción de grafito (8,3% el primero y 0,4% el segundo) y Brasil posee el 22,8% de las reservas globales. Este mismo país posee el 17,7% de las tierras raras aunque su producción no llega al 0,5% del total global.

El consumo total de energía

Al comenzar este tan peculiar año, ya el pico de consumo energético parecía confirmarse en 2017 pero también se puede leer como una meseta de siete años comenzando en 2013.

Si tenemos en cuenta que el consumo energético es un pilar fundamental para entender el bienestar económico, podríamos decir que, a pesar de la caída en la producción, la región pudo mantener un nivel de consumo parejo y por tanto no queda claro por qué fue tan caótico el 2019. Lo mismo puede verse en los gráficos sobre el PBI de la región, se han mantenido parejos desde 2014 (e incluso con un leve aumento hacia 2018). ¿Qué ha sucedido? Si bien parte de la economía latinoamericana, y sobre todo del Caribe, está muy atada a la economía estadounidense, que venía creciendo a buen ritmo, el gran motor para mantener el PBI y el consumo energético amesetado ha sido un enorme endeudamiento. La deuda externa de la región se duplicó entre 2009 y 2018. Esos dólares que dejaron de entrar por las exportaciones de hidrocarburos comenzaron a entrar por créditos que luego deberían pagarse. Así, en 2019, se encuentran los gobiernos teniendo que dedicar un buen porcentaje del PBI en pagar los intereses de esas deudas en lugar de volcarlos en mejoras para la sociedad como sucedía hasta hace unos pocos años. Ahora el sector trabajador y el medioambiente serán los encargados de pagar el costo de haberse endeudado sin haber podido desarrollar grandes cambios estructurales. Con este descontento popular de trasfondo es fácil entender que una medida aislada pueda ser la gota que rebalse el vaso del malestar, y se transforme en protestas masivas que no parecen tener solución para los gobiernos, de manera tal que, uno a uno, irán cayendo, y sus reemplazantes correrán más o menos la misma suerte.

De hecho, si tenemos en cuenta el crecimiento poblacional, a pesar de esa meseta que mencionamos, vienen cayendo sin prisa y sin pausa tanto el PBI como el consumo energético per cápita. 

El lado positivo

Entendemos que el problema climático es un problema macro que arrastrará consigo a todas las otras crisis. No está de más recordar que para disminuir los efectos del cambio climático la única solución demostrada es detener, antes que nada, las emisiones de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, comenzar a restaurar los ecosistemas vivos (sean bosques nativos, arrecifes de coral o demás ecosistemas frágiles). Observamos que a pesar del conocimiento público de éste problema, ningún gobierno ha decidido tomar medidas efectivas para encarar el decrecimiento, ni siquiera en un plan de largo plazo. Por tanto, la única esperanza no ingenua es que a gran velocidad se detenga la producción de hidrocarburos y su consumo por el propio declive natural de los yacimientos. En Latinoamérica y Caribe esto está sucediendo (en 2019 las emisiones de CO2 cayeron un 1,15%) pero al no ser de conocimiento público, ni estar ampliamente difundido, nuestros gobiernos lo presentan como si el declive fuese un paréntesis temporal que en cualquier momento comienza a reactivase. Cada año que intentemos mantener el mismo nivel de consumo se transformará en un ejercicio más costoso para la sociedad en su conjunto: ya la producción propia no puede sostener esa demanda estancada.

La epidemia de covid-19 ha logrado ser un modo de detener el consumo energético (sobre todo el más innecesario) pero el costo en precarización de la vida y el costo en vidas en la región ha sido catastrófico, ya no por culpa de la geología sino por otra actitud, semejante en magnitud al problema energético, es decir, hacer políticas sin tomar en cuenta los datos básicos para mitigar los efectos del problema.

El conocimiento del declive energético debería ser la piedra angular para una política económica de plazos más largos, centrada en las necesidades humanas y ambientales, fundamentales para mantener una vida digna, menos dependiente de los vaivenes globales y con un tejido social más fuerte. Esperamos que este trabajo sea un aporte en ese sentido.

miércoles, 1 de julio de 2020

Hoja de ruta (V): La caída de los Estados


(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad).

Queridos lectores:

A medida que van pasando las semanas y los meses se va haciendo más patente la incapacidad de los Estados para hacer frente a la crisis que, más que desarrollarse, va arrollando todos los sectores productivos de la economía. Empresas de todo tipo se ven abocadas a la quiebra: desde la compañía de coches de alquiler Hertz hasta varias aerolíneas (y las que vendrán), desde el Cirque du Soleil hasta la petrolera Chesapeake. Precisamente esta última quiebra es de alto impacto, porque es el símbolo del fin del fracking en los EE.UU.: Chesapeake es (era) la mayor compañía especializada en fracking. Caída Chesepaeke, el futuro que le espera al resto de compañías del sector está claramente marcado; y con el fracking agonizando solo cabe esperar un brusco descenso de la producción de petróleo en los próximos pocos años.

No solo estas cadenas de quiebras totales y parciales (es en este contexto que se tiene que incluir el abandono de Nissan de su planta de Barcelona, preludio de otros que vendrán) anticipan una aceleración en el proceso de hundimiento de nuestro sistema económico, incapaz de sobreponerse a los límites biofísicos del planeta. También son un buen ejemplo de la inoperancia de los Estados que, aunque están dotados legal y moralmente de los mecanismos para intervenir la economía, no se atreven a traspasar ciertas líneas "de libre mercado" (ya saben, esa falacia lógica). Cualquiera con perspectiva histórica se puede dar cuenta de que hasta la Segunda Guerra Mundial  e incluso las décadas posteriores el concepto de que los recursos del territorio estaban supeditados al bien general se tenía bastante más claro, y nadie se atrevía a desafiar al Estado cuando se intervenía y movilizaba la economía por un fin superior. Pero eso se terminó. Que delante del mayor reto que seguramente han conocido los países occidentales en muchas décadas se sea incapaz de coartar los espurios intereses del gran capital y no se hayan tomado, ni siquiera por aquellos gobiernos considerados más progresistas, medidas intervencionistas adecuadas para hacer frente a la magnitud del desastre es una muestra clara de la decadencia moral e intelectual en la que estamos inmersos - pues nadie osa desafiar a los poderes supremos de nuestra sociedad, los cuales son obviamente algo diferente al Estado y las instituciones democráticamente elegidas.

Un ejemplo de la falta de capacidad de intervenir de manera real y efectiva por parte de los gobiernos tiene que ver con la discusión sobre el Ingreso Mínimo Vital y la más ambiciosa propuesta de Renta Básica Universal (RBU). Aparte del ruido y las alharacas que ha generado la salida a escena de la RBU, este debate es un ejemplo perfecto de falso debate. Al margen del coste real que acarrearía implementar la RBU y los supuestos efectos negativos sobre el mercado del trabajo (según dicen algunos, porque la gente no querría trabajar si puede vivir sin hacerlo)), el mayor problema de una RBU sería que generaría un efecto inflacionario que neutralizaría su efectividad. Efectivamente, si la gente dispone de mayor cantidad de dinero gracias a esta renta extra, el precio de bienes y servicios subiría hasta llegar a un nuevo precio de equilibrio, sin que de manera práctica nada hubiera cambiado. En realidad, la verdadera solución al problema de creciente penuria que padecen tantas familias que ahora se han quedado sin trabajo y sin ingresos serían los Servicios Básicos Universales; es decir, no monetizar la ayuda, sino hacer la ayuda física y concreta sobre los problemas que se quieren contrarrestar (alimentación inadecuada, falta de acceso a energía asequible, educación de calidad...). Unos Servicios Básicos Universales serían probablemente más baratos que la RBU y irían a la raíz de los problemas reales, pero nadie propone esto en el debate público. Y es que los Servicios Básicos Universales atentarían, de nuevo, contra ese mercado que tiene que regular todos los aspectos de la vida de las personas;  esos servicios gratuitos para todo el mundo quitarían "oportunidades de negocio" a tantos emprendedores (y, sobre todo, a las grandes empresas). Por tanto, es un debate que no se abre, y se centra toda la discusión en una dirección diferente, equivocada y fallida, con lo que nos encontramos una vez más con la situación de la hormiga bajo la manzana. Por demás, la falta crónica de recursos del Estado (por una parte por esa concepción de que se tiene que vivir al día sin excedentes, y ahora agravado por el descenso de ingresos vía impuestos) hacen la vía del rescate imposible. No se va a poder organizar el rescate desde arriba, cuando para empezar ni siquiera vamos a la montaña donde se encuentran las personas que esperan ese rescate.

La imposibilidad de tapar con las manos las grietas en el dique de la economía capitalista que está colapsando se manifiesta en las repetidas llamadas desde los diversos sectores económicos afectados (que al final son todos) para que se efectúe un rescate, cada uno para su sector, con dinero público; cuando lo que en realidad se debería plantear es la reconversión y si llega el caso  la liquidación de según qué actividades. Hay quien llega a reclamar un nuevo Plan Marshall, y como ahora no hay unos EE.UU. económicamente pujantes para financiarlo, se pide que este Plan Marshall sea de Europa para Europa. Es una concepción económica completamente viciosa y casi se podría decir onanista: recuerda a la falsa discusión sobre la necesidad de retirar las subvenciones que perciben los combustibles fósiles, sin entender que son los combustibles fósiles los que proporcionan los excedentes que permiten financiar todo lo demás. Pensar que el dinero es en sí mismo un fluido mágico capaz de obrar cualquier milagro que se pretenda es no comprender los flujos físicos del mundo, de dónde sale la energía y cómo ésta se invierte para realizar todas las actividades económicas y sociales. Sin duda la culpa del predominio de esta visión mágica la tiene en que se conceda excesiva importancia a los economistas clásicos, los cuales basan sus deducciones en una extrapolación de tendencias pasadas bien tabuladas pero cuyas causas realmente no entienden, precisamente por su desdén hacia el mundo físico que es en realidad el que hace y posibilita el fenómeno económico (y todos los otros fenómenos, en realidad).  Hay que superar la teoría económica predominante hoy en día, hay que abandonar el crecentismo antes de que nos arrastre al abismo, pero, ¿cómo lo vamos a hacer si los Gobiernos están trufados de economistas, que replican con tanto desdén como ignorancia cuando se les habla de las limitaciones físicas que impone el finito mundo real?

Nadie habla de decrecimiento, solo se habla de recuperar la normalidad. Y, a medida que va siendo más evidente que las contradicciones larvadas de nuestro sistema que la CoVid ha expuesto y acelerado significan que no se podrá volver a lo de antes, e incluso que se inicia un camino de descenso secular que ya no podrá ser detenido, se habla de "nueva normalidad", en un intento de crear un discurso que haga aceptable lo que cada vez será menos aceptable, una situación en el que la Gran Exclusión de la clase media tomará fuerza, inexorable, con el paso de los años y las décadas. Se dirá, durante décadas incluso, que los problemas y dificultades que experimentaremos serán consecuencia de "la crisis de la CoVid" y de la pérdida de confianza que generó en la gente. En ningún momento se reconocerá que el gran problema era el inevitable descenso energético; en modo alguno se reconocerá que la degradación ambiental pasaría una factura impagable; de ninguna manera se aceptará que las reglas económicas tradicionales no solo no podían funcionar, sino que nos abocaban al desastre - a este desastre... Nada de eso se reconocerá, y se querrá mantener la ficción de que todo ha sido un accidente (la CoVid) y que en cuanto superemos este trauma todo volverá a ser leche y miel. De hecho, los Estados no pueden salir de este discurso, porque sin el entramado actual (actividad económica, impuestos, centralización de las decisiones, concentración del poder...) no podrían funcionar. No se puede esperar que sin más un cuadrado encaje en un hueco triangular.

De hecho, el mismo modo como se ha desarrollado la crisis sanitaria nos muestra la fragilidad de los Estados modernos. En el pasado las cuarentenas eran habituales, y la gente se adaptaba a ellas, sin más. Las mejores obras de Isaac Newton y de William Shakespeare fueron escritas durante largas cuarentenas. No es que todo fuera un camino de rosas:  con excesiva frecuencia moría mucha gente, pero a pesar de ello todo seguía. Algunas epidemias fueron tan graves que causaron un retroceso duradero durante décadas - especialmente ignominioso es el recuerdo de las epidemias de la Peste Negra - pero el sistema cambiaba de escala y seguía virtualmente funcional, a pesar de - o precisamente por - lo primitivo que era.  Comparemos esto con la situación actual. Tenemos una capacidad técnica y científica que a nuestros ancestros les parecía propia de dioses, y sin embargo tenemos un sistema muy frágil. Y no es por la ciencia y la técnica en sí que es frágil, sino por esa idea predominante del justíssim in time, de la enfermiza obsesión por el beneficio creciente.  Es en aras del matenimiento de la tasa de regeneración del capital que el sistema se ha vuelto muy poco redundante ("¿Para qué? Eso es un desperdicio de recursos y una pérdida de beneficios") y por tanto muy frágil. Delante de una pandemia con tan baja mortalidad que en épocas pretéritas no se hubiera tomado en serio, nuestro tejido productivo tiembla y nuestros Estados no tienen mecanismos para evitar el hundimiento de la economía. Seguramente,  no merece la pena salvar algo tan poco práctico y tan poco resistente, además de poco duradero.

También es ilustrativo el caso de algunos Estados que, en vista de la desgracia económica que se venía encima y sabiéndose incapaces de hacerle frente con los únicos mecanismos a su alcance, han decidido negar la evidencia y con argumentos torticeros convencer a su población de que no hacía falta hacer nada. Para hacer aceptable una idea tan obscena (dejemos que la epidemia se propague y que muera quien tenga que morir, antes de sacrificar en lo más mínimo la actividad económica), se han manipulado conceptos científicos y técnicos de manera abominable. Por ejemplo, se ha "tomado prestado" el concepto de inmunidad de grupo que se aplica para explicar los beneficios de la vacunación  (si hay suficiente gente inmunne en una población, ésta hace de escudo que evita que la enfermedad se propague a otras personas susceptibles de enfermar) y se ha dado por hecho que dejando circular la enfermedad más o menos libremente se podría conseguir esa inmunidad de grupo; ésta ha sido la estrategia inicial del Reino Unido o de Suecia. Pero mientras en el caso de una vacuna uno sabe, después de años de estudio y desarrollo de la vacuna, que esa inmunidad se consigue, no existe ninguna garantía de que la mera infección por la CoVid vaya a proporcionar esa inmunidad; además, no existe manera de controlar una infección para que se propague solo por la población "no de riesgo" sin afectar a la de riesgo. Por no hablar de que dejar que una enfermedad nueva se propague de manera tan masiva por un territorio puede causar que se vuelva endémica, o que origine nuevas mutaciones más peligrosas o muchos otros efectos indeseados. En suma, es de una suprema inconsciencia e irresponsabilidad no tomar medidas de contención. Los países que inicialmente apostaron por ese laissez passer vírico y luego rectificaron, como los EE.UU. o el Reino Unido, están teniendo problemas para contener el avance de la CoVid en sus respectivos territorios pero por lo menos sus mortalidades están en retroceso; otros países que optaron por no hacer nada o muy poco, como Suecia o Brasil, no están controlando la propagación de la enfermedad, y aunque el verano ayuda a disminuir la mortalidad tienen ya las mayores mortalidades de sus regiones respectivas y esperan un repunte terrible en cuanto superemos el equinoccio otoñal.

La estructura de nuestros Estados no está preparada para producir y gestionar excedentes para las épocas de vacas flacas, y no puede adaptarse a nada que no sea ir al mismo ritmo desbocado. Pero justamente, por entrar en la época del descenso energético que forzará un descenso del ritmo económico, y la concomitancia de otras crisis como la climática o la ecológica (de la que la CoVid es simplemente una manifestación), los Estados no pueden adaptarse a la nueva situación. No cabe esperar ninguna reacción correcta por parte de ningún Estado; solo podemos adaptarnos - y apartarnos- para que no nos arrastren en su caída.  Cosa de la que hablaremos en el siguiente post, con el que cerraré esta serie.


Salu2.
AMT

(Posteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (y VI): Navegando en aguas turbulentas).

Post Data: Los lectores habrán observado que me he tirado más de un mes sin publicar un post, seguramente el mayor receso que haya hecho nunca en este blog, incluso más que cuando en 2014 tuve un grave trance de salud. Algunos incluso, preocupados, me han escrito para interesarse precisamente por mi estado de salud. Estoy bien; la razón de este receso ha sido una combinación de carga de trabajo y las dificultades para conciliarlo con la telescuela de mis hijos y el cuidado de la casa en general, aparte del acompañamiento de los míos, sobre todo teniendo en cuenta que al ser mi mujer médico ella sí que no tiene tiempo libre para nada. Con el curso académico acabado y algunas entregas de los contratos que llevo realizadas la carga ha disminuido; aún es bastante pesada, pero espero que me permita ir sacando los diversos posts que tengo comenzados.

lunes, 18 de mayo de 2020

Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad




(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo).

Queridos lectores:


He tenido varias semanas de receso por mis múltiples obligaciones; al trabajo ordinario, complicado de mantener en condiciones de confinamiento domiciliario, he tenido que añadir un gran incremento de las fundamentales y a menudo desdeñadas tareas reproductivas (en particular, las tareas del hogar y el cuidado de los niños). Ahora que todo parece haberse estabilizado en un nivel más soportable, retomo el hilo de la serie "Hoja de Ruta" en el punto en el que lo habíamos dejado. En esta ocasión, hablaremos de la importancia de la creación de una comunidad.

Uno de los problemas más graves a los que tendremos que hacer frente durante los próximos años, incluso durante los próximos meses, es a la incapacidad del sistema actual de proveer de medios de sustento a una parte no despreciable de la población.

Fijémonos en el caso de España: ya antes de comenzar esta nueva crisis, el porcentaje de la población en riesgo de pobreza o exclusión social en 2018 era del 26,1% (indicador AROPE), cifra impresionante porque significa que uno de cada cuatro españoles podría verse abocado a la indigencia si las condiciones materiales de la sociedad se deterioran - que es justo lo que está pasando ahora mismo. Con la actual crisis, es más que probable que muchos hogares en España tengan dificultades para llegar a final de mes, en un porcentaje que puede ser incluso mayor que el del indicador AROPE por el drástico cambio de las condiciones laborales para un gran número de trabajadores (según algunas estimaciones, entre parados y afectados por Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, hasta el 34% de la población activa no trabajaría en junio). Muchos de estos ERTEs se acabarán convirtiendo en EREs (lo mismo, pero no temporales), incrementando rápidamente el paro, sobre todo en el sector de servicios y principalmente los de hostelería.

A estas alturas, es evidente que la campaña turística en España este verano será un desastre: vendrán muchos menos turistas, en parte por los problemas económicos que también se viven en otros países y en parte por el temor a contraer la CoVid-19 estando lejos de casa, y eso por no hablar de las múltiples restricciones que aún pueden estar vigentes durante este verano, y que pueden comprometer la rentabilidad de hoteles, bares y restaurantes. Estamos hablando del sector económico que representó en 2019 más del 14% del PIB y del 10% del empleo. Pero no es el único sector severamente afectado: el consumo en general también se están resintiendo, sobre todo en bienes menos fundamentales en estos tiempos de incertidumbre, por ejemplo, la automoción (por poner dos noticias recientes, se anuncian reajustes importantes en el sector: Nissan cerrará su planta de Barcelona, y el Gobierno francés  condiciona las ayudas al sector a la repatriación de puestos de trabajo). Eso hace que el comercio esté también muy debilitado, ya que la gente pospone decisiones sobre el consumo a la espera de ver qué nos depara el futuro, y en el comercio al por menor las medidas impuestas, incluso en los territorios donde avanza la retirada de restricciones, hace que la afluencia de compradores sea mucho más pequeña. A quien esto beneficia es, por supuesto, a la compra por internet, con lo que se está premiando a los grandes distribuidores (Amazon, Alibaba) en perjuicio de los pequeños comerciantes y los pequeños productores. En todo caso, es de prever en los próximos meses el cierre de muchas empresas de todo tipo (desde hoteles y restaurantes hasta concesionarios de coches, pasando por la mercería de la esquina y la librería de al lado, y eso por no hablar de la gran industria). Va a haber un fuerte descenso de la actividad económica y un rápido incremento del paro.

Es completamente inútil esperar que desde las instancias estatales se pueda dar una respuesta efectiva a estos problemas. El Estado funciona bajo unas premisas de continuidad en la actividad, y no está en absoluto preparado para hacer frente a una verdadera transición de fase como la que estamos experimentando. En Física, una transición de fase sucede cuando el sistema analizado experimenta un cambio tan brusco y tan marcado que sus propiedades físicas son completamente diferentes tras la transición: es, por ejemplo, el paso de hielo a agua líquida, o de agua a vapor.  Lo que estamos viviendo no es un simple bache, primero por la crisis sanitaria y después por la económica, sino que realmente muchas cosas no podrán volver al punto de partida, ni siquiera a algo medianamente cercano. En los próximos años algunos engranajes fundamentales del sistema actual saltarán por los aires, y particularmente lo hará la producción de petróleo. No va a haber vuelta para atrás, pero el Estado es un mastodonte que no puede girar. Su manera de funcionar se basa en la recaudación de impuestos, la regulación legislativa y el mantenimiento del statu quo. En un momento en el que las bases físicas y productivas de la sociedad van a sufrir un deterioro tan importante, un Estado, en su concepción clásica, es completamente incapaz de adaptarse; de hecho, lo único que puede hacer es agravar aspectos de la actual crisis (discutiremos con más detalle por qué el Estado está condenado a hundirse en el siguiente post). Los próximos movimientos del Estado serán contraproducentes: intentará aumentar algunos impuestos para poder financiar su plan de choque, pero con una actividad en retroceso los impuestos también caerán y más rápido; recurrirá al endeudamiento, pero el volumen de deuda requerido será tan grande que en seguida el mero pago de los intereses le dejarán prácticamente sin recursos; recortará grandemente los salarios de los funcionarios y al hacerlo se reducirá aún más el consumo; recortará en partidas más "accesorias" desde el punto de vista de lograr la (imposible) recuperación económica y con ello aumentará el malestar - y, lo peor de todo, habrá gente que quedará completamente desprotegida.

¿Qué va a hacer esa gente que no tenga ningún tipo de ingresos a medida que la situación se vaya prolongando a lo largo de los meses? Durante un tiempo podrá vivir de los exiguos ahorros que tenga, de lo que le puedan prestar familiares y amigos, y de malvender algunas pertenencias por las que aún puedan sacar unos reales. Pero todo tiene un límite, y llegará un momento que la única opción para sobrevivir será robar; y a medida que la desesperación crezca, esos robos tendrán que ser más violentos, porque costará más encontrar algo que merezca la pena.

¿Qué puede hacer el Estado delante de esto? Nada. La primera reacción sería aumentar la presión policial, pero sin reclutar más policía, justamente por la falta de recursos. En cuanto el problema se generalice, la policía solo podrá dedicarse a las cosas grandes de verdad, y de vez en cuando atrapará y seguramente apalizará a algunos raterillos, para dar la impresión de que se está haciendo algo.

Este escenario no está tan lejos en el tiempo como podría pensarse, querido lector. ¿Cuánto tiempo falta para que la gente que se ve a quedar sin trabajo y sin cobertura de las diferentes administraciones se vea obligada a robar?

En el contexto actual, esperar a que haya una reacción de las autoridades es completamente suicida. La magnitud del problema es tal que no va  a haber una reacción útil desde el sistema. Y lo peor es que quedarse de brazos cruzados, "porque no me corresponde a mí ocuparme de eso", mientras nuestro vecino pasa hambre, es la mejor manera de minar la cohesión social y de dificultar el establecimiento de esa comunidad que necesitamos constituir.

Porque, sí, necesitamos constituir comunidades, para nuestro apoyo mutuo, y lo necesitamos con urgencia. Necesitamos crear comunidad para dotarnos de resiliencia en medio de los cambios profundos y terribles que se van a dar en los próximos años. Necesitamos crear cohesión y unión, y en medio de todas las dificultades tenemos que encontrar modos de supervivencia, sí, pero también modos de vida. Y tenemos que hacerlo por nosotros mismos, sin esperar a que venga nadie de fuera o "de arriba" a resolvernos este problema.

El hecho de que no quede memoria viva de lo que es vivir sin un Estado hace que la gente no pueda concebir lo que es vivir sin un Estado, pero desgraciadamente la desaparición del Estado es un hecho inevitable del devenir del descenso energético (de hecho, es una de las fases del colapso). A pesar de lo extraña que nos resulte la idea, es un error pensar que no es viable gestionar el descenso desde la comunidad; lo que de hecho es inviable es hacerlo sin la comunidad y desde fuera de ella, porque solo desde una comunidad bien cohesionada se puede gestionar la producción y los excedentes en una situación de descenso energético.

Hay mucho trabajo para hacer. Para crear una comunidad el primer paso es tener un plan. Hay que comenzar por algo muy concreto, muy centrado en un problema  específico y urgente. No se puede redefinir toda nuestra sociedad en un solo día, y necesitaremos de mucho ensayo y error para conseguir nuestro objetivo. Existen ya muchas iniciativas en todo el mundo, y en particular en el territorio español, que pueden ser buenos puntos de arranque para constituir comunidad, desde las cooperativas de consumo hasta las ecoaldeas, pasando por las iniciativas de transición y los movimientos sociales de base de todo el espectro. Cada uno debe buscar aquélla con la que se sienta más cómodo y comenzar a colaborar con ella en la medida que pueda. Recuerden siempre que el bien más preciado es el tiempo; úsenlo con cabeza.

La transición a la comunidad no va a ser idílica, por supuesto. Existen numerosos ejemplos de iniciativas que han fracasado, a veces por falta de concreción y a veces por exceso de la misma. Otro elemento que suele llevar al fracaso, o como mínimo a la marginalización, es el exceso de carga ideológica. Para evitar eso lo preferible es concentrarse en objetivos directos y concretos, tangibles y de primera necesidad, siendo pragmáticos cuando convenga y no dejando que nuestros posicionamientos ideológicos, que quizá no son tan compartidos como pensamos, pasen por delante del objetivo realmente compartido por los participantes en el proyecto. En la situación que vamos a vivir en los próximos meses y años va a ayudar a consolidar las comunidades que surjan el que poco a poco no habrá otra opción: o se construye alguna cosa o no habrá red de sustento para tanta gente.

Uno de los requisitos para crear una comunidad funcional es la gestión de la producción y del trabajo desde el ámbito local. No quiere decir esto que no pueda haber producción que venga de lejos o que algunas personas no puedan trabajar en lugares más distantes, pero de cara a dar una protección a los que se han quedado sin nada no se puede confiar en un sistema basado en las grandes escalas. Se tiene que garantizar la producción y distribución de alimentos de proximidad, fuera de los grandes circuitos de distribución, y se tiene que crear empleo en actividades ahora ninguneadas como la reparación (de todo tipo de cosas, desde el calzado hasta los electrodomésticos), el reciclaje/reutilización de materiales y piezas (algo muy diferente de lo que se hace ahora) o la fabricación artesanal de productos de primera necesidad. No se trata de crear grandes oportunidades de negocio, sino de dar trabajo y sustento a la gente que se ha quedado sin ellos. Aquí también la comunidad es muy importante, porque debe comprar esos productos y usar esos servicios "de la comunidad" en preferencia a otros de procedencia industrial. Eso es algo fácil y de hecho automático si la comunidad está formada por gente que ha caído en la exclusión, que de esta manera constituirían una economía al margen de la "economía oficial"; pero en el período de transición es importante fomentar esta actividad dirigiéndose preferentemente hacia estos servicios comunitarios. 

La transición tendrá que enfrentarse a muchas dificultades de implementación, y una que quizá a muchos les resulte inesperada proviene del pago de impuestos. Efectivamente, esta economía alternativa no genera excedentes de acuerdo con las expectativas de la actividad económica actual, ya que su objetivo no es la generación de beneficios sino la inserción social de sus miembros y proporcionarles medios de sustento y vida digna. Sin embargo, es difícil evitar que el Estado haga una valoración económica estándar de los beneficios que, a su entender, genera esta actividad y que reclame el justo pago de impuestos, al margen de la capacidad real de estas iniciativas de poder pagarlos. Por eso es muy importante que el uso de moneda y de servicios financieros sean, también, alternativos. De todos modos, eso tampoco impediría que el Estado, una vez que este tipo de actividades ganen volumen, acabe buscando maneras de hacer pagar impuestos, introduciendo las modificaciones legislativas pertinentes. Por ese motivo, cuando una iniciativa comience a tomar un cierto tamaño, debe contar con el asesoramiento legal y contable de expertos (voluntarios, por supuesto) que permitan evitar que la finalidad de la iniciativa se desvíe de sus objetivos de no lucro e inserción social. Esta tarea puede volverse muy compleja en los estadios finales del Estado, cuando en su desesperación por no desaparecer intente apropiarse de todos los excedentes, los reales y los percibidos.

Por todo lo dicho anteriormente, la gestión de los excedentes es una pieza clave en la comunidad. La comunidad ha de generar excedentes para hacer frente a momentos de carestía o de penalidad (como lo está siendo el confinamiento acarreado por el coronavirus). De hecho, justamente para tener resiliencia se requiere una producción deliberada de excedentes, esas reservas necesarias para los años de vacas flacas. Fíjense que el concepto de excedente aquí choca frontalmente con la gestión de excedentes en la actual economía: hoy en día, cuando hay excedentes estos se consideran capital y en la lógica del crecimiento exponencial deben ser inmediatamente invertidos de cara a hacer crecer aún más la actividad económica. En la lógica de la comunidad resiliente del futuro, los excedentes deben ser una despensa, una manera de poder afrontar baches, tanto colectivos como individuales, pero se necesita un plan adecuado para su gestión: quién los genera, quién los distribuye, quién tiene derecho a los mismos y, de nuevo, cómo se conjugan con el cobro de impuestos y con el objetivo de no crecimiento de la comunidad.


Como ven, queda mucho trabajo tanto teórico como, sobre todo, práctico para poder implementar una comunidad adecuada y resiliente en cada lugar. Las estrategias serán diferentes según los lugares de aplicación. Por ejemplo, las grandes ciudades necesitarán reducir su población y esponjar su urbanismo para introducir algunas actividades como la producción de alimentos; esto último implicada modificar la gestión de residuos de cara a producir abonos y también introducir cambios en la gestión del agua. Las urbanizaciones aisladas necesitarán ser repensadas y, en algunos casos, abandonadas. En otros lugares lo que se necesitará será adecuar la habitabilidad para acoger personas venidas de otros lugares, y gestionar adecuadamente problemas como el desarraigo, la añoranza del mundo perdido y los conflictos entre los recién llegados y los residentes tradicionales; eso, entre otras muchísimas cosas.

Ya lo hemos dicho: queda mucho por hacer, y cuanto antes comencemos a plantearlo, mejor. Hay que entender que lo que no podemos hacer es ignorar el problema, incluso desde un punto de vista del egoísmo bien entendido, porque delante de un problema de una magnitud tan masiva o nos salvamos todos o perecemos todos: no hay margen para soluciones individuales tan caras a los grupos supervivencialistas.

En el próximo post discutiremos con detalle por qué no cabe esperar ninguna reacción útil o eficaz por parte de los Estados, que, al igual que el capitalismo, encaran las décadas finales de su existencia, al menos en su concepción moderna.

Salu2.
AMT 


(Posteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (V): La caída de los Estados).