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lunes, 18 de mayo de 2020

Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad




(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo).

Queridos lectores:


He tenido varias semanas de receso por mis múltiples obligaciones; al trabajo ordinario, complicado de mantener en condiciones de confinamiento domiciliario, he tenido que añadir un gran incremento de las fundamentales y a menudo desdeñadas tareas reproductivas (en particular, las tareas del hogar y el cuidado de los niños). Ahora que todo parece haberse estabilizado en un nivel más soportable, retomo el hilo de la serie "Hoja de Ruta" en el punto en el que lo habíamos dejado. En esta ocasión, hablaremos de la importancia de la creación de una comunidad.

Uno de los problemas más graves a los que tendremos que hacer frente durante los próximos años, incluso durante los próximos meses, es a la incapacidad del sistema actual de proveer de medios de sustento a una parte no despreciable de la población.

Fijémonos en el caso de España: ya antes de comenzar esta nueva crisis, el porcentaje de la población en riesgo de pobreza o exclusión social en 2018 era del 26,1% (indicador AROPE), cifra impresionante porque significa que uno de cada cuatro españoles podría verse abocado a la indigencia si las condiciones materiales de la sociedad se deterioran - que es justo lo que está pasando ahora mismo. Con la actual crisis, es más que probable que muchos hogares en España tengan dificultades para llegar a final de mes, en un porcentaje que puede ser incluso mayor que el del indicador AROPE por el drástico cambio de las condiciones laborales para un gran número de trabajadores (según algunas estimaciones, entre parados y afectados por Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, hasta el 34% de la población activa no trabajaría en junio). Muchos de estos ERTEs se acabarán convirtiendo en EREs (lo mismo, pero no temporales), incrementando rápidamente el paro, sobre todo en el sector de servicios y principalmente los de hostelería.

A estas alturas, es evidente que la campaña turística en España este verano será un desastre: vendrán muchos menos turistas, en parte por los problemas económicos que también se viven en otros países y en parte por el temor a contraer la CoVid-19 estando lejos de casa, y eso por no hablar de las múltiples restricciones que aún pueden estar vigentes durante este verano, y que pueden comprometer la rentabilidad de hoteles, bares y restaurantes. Estamos hablando del sector económico que representó en 2019 más del 14% del PIB y del 10% del empleo. Pero no es el único sector severamente afectado: el consumo en general también se están resintiendo, sobre todo en bienes menos fundamentales en estos tiempos de incertidumbre, por ejemplo, la automoción (por poner dos noticias recientes, se anuncian reajustes importantes en el sector: Nissan cerrará su planta de Barcelona, y el Gobierno francés  condiciona las ayudas al sector a la repatriación de puestos de trabajo). Eso hace que el comercio esté también muy debilitado, ya que la gente pospone decisiones sobre el consumo a la espera de ver qué nos depara el futuro, y en el comercio al por menor las medidas impuestas, incluso en los territorios donde avanza la retirada de restricciones, hace que la afluencia de compradores sea mucho más pequeña. A quien esto beneficia es, por supuesto, a la compra por internet, con lo que se está premiando a los grandes distribuidores (Amazon, Alibaba) en perjuicio de los pequeños comerciantes y los pequeños productores. En todo caso, es de prever en los próximos meses el cierre de muchas empresas de todo tipo (desde hoteles y restaurantes hasta concesionarios de coches, pasando por la mercería de la esquina y la librería de al lado, y eso por no hablar de la gran industria). Va a haber un fuerte descenso de la actividad económica y un rápido incremento del paro.

Es completamente inútil esperar que desde las instancias estatales se pueda dar una respuesta efectiva a estos problemas. El Estado funciona bajo unas premisas de continuidad en la actividad, y no está en absoluto preparado para hacer frente a una verdadera transición de fase como la que estamos experimentando. En Física, una transición de fase sucede cuando el sistema analizado experimenta un cambio tan brusco y tan marcado que sus propiedades físicas son completamente diferentes tras la transición: es, por ejemplo, el paso de hielo a agua líquida, o de agua a vapor.  Lo que estamos viviendo no es un simple bache, primero por la crisis sanitaria y después por la económica, sino que realmente muchas cosas no podrán volver al punto de partida, ni siquiera a algo medianamente cercano. En los próximos años algunos engranajes fundamentales del sistema actual saltarán por los aires, y particularmente lo hará la producción de petróleo. No va a haber vuelta para atrás, pero el Estado es un mastodonte que no puede girar. Su manera de funcionar se basa en la recaudación de impuestos, la regulación legislativa y el mantenimiento del statu quo. En un momento en el que las bases físicas y productivas de la sociedad van a sufrir un deterioro tan importante, un Estado, en su concepción clásica, es completamente incapaz de adaptarse; de hecho, lo único que puede hacer es agravar aspectos de la actual crisis (discutiremos con más detalle por qué el Estado está condenado a hundirse en el siguiente post). Los próximos movimientos del Estado serán contraproducentes: intentará aumentar algunos impuestos para poder financiar su plan de choque, pero con una actividad en retroceso los impuestos también caerán y más rápido; recurrirá al endeudamiento, pero el volumen de deuda requerido será tan grande que en seguida el mero pago de los intereses le dejarán prácticamente sin recursos; recortará grandemente los salarios de los funcionarios y al hacerlo se reducirá aún más el consumo; recortará en partidas más "accesorias" desde el punto de vista de lograr la (imposible) recuperación económica y con ello aumentará el malestar - y, lo peor de todo, habrá gente que quedará completamente desprotegida.

¿Qué va a hacer esa gente que no tenga ningún tipo de ingresos a medida que la situación se vaya prolongando a lo largo de los meses? Durante un tiempo podrá vivir de los exiguos ahorros que tenga, de lo que le puedan prestar familiares y amigos, y de malvender algunas pertenencias por las que aún puedan sacar unos reales. Pero todo tiene un límite, y llegará un momento que la única opción para sobrevivir será robar; y a medida que la desesperación crezca, esos robos tendrán que ser más violentos, porque costará más encontrar algo que merezca la pena.

¿Qué puede hacer el Estado delante de esto? Nada. La primera reacción sería aumentar la presión policial, pero sin reclutar más policía, justamente por la falta de recursos. En cuanto el problema se generalice, la policía solo podrá dedicarse a las cosas grandes de verdad, y de vez en cuando atrapará y seguramente apalizará a algunos raterillos, para dar la impresión de que se está haciendo algo.

Este escenario no está tan lejos en el tiempo como podría pensarse, querido lector. ¿Cuánto tiempo falta para que la gente que se ve a quedar sin trabajo y sin cobertura de las diferentes administraciones se vea obligada a robar?

En el contexto actual, esperar a que haya una reacción de las autoridades es completamente suicida. La magnitud del problema es tal que no va  a haber una reacción útil desde el sistema. Y lo peor es que quedarse de brazos cruzados, "porque no me corresponde a mí ocuparme de eso", mientras nuestro vecino pasa hambre, es la mejor manera de minar la cohesión social y de dificultar el establecimiento de esa comunidad que necesitamos constituir.

Porque, sí, necesitamos constituir comunidades, para nuestro apoyo mutuo, y lo necesitamos con urgencia. Necesitamos crear comunidad para dotarnos de resiliencia en medio de los cambios profundos y terribles que se van a dar en los próximos años. Necesitamos crear cohesión y unión, y en medio de todas las dificultades tenemos que encontrar modos de supervivencia, sí, pero también modos de vida. Y tenemos que hacerlo por nosotros mismos, sin esperar a que venga nadie de fuera o "de arriba" a resolvernos este problema.

El hecho de que no quede memoria viva de lo que es vivir sin un Estado hace que la gente no pueda concebir lo que es vivir sin un Estado, pero desgraciadamente la desaparición del Estado es un hecho inevitable del devenir del descenso energético (de hecho, es una de las fases del colapso). A pesar de lo extraña que nos resulte la idea, es un error pensar que no es viable gestionar el descenso desde la comunidad; lo que de hecho es inviable es hacerlo sin la comunidad y desde fuera de ella, porque solo desde una comunidad bien cohesionada se puede gestionar la producción y los excedentes en una situación de descenso energético.

Hay mucho trabajo para hacer. Para crear una comunidad el primer paso es tener un plan. Hay que comenzar por algo muy concreto, muy centrado en un problema  específico y urgente. No se puede redefinir toda nuestra sociedad en un solo día, y necesitaremos de mucho ensayo y error para conseguir nuestro objetivo. Existen ya muchas iniciativas en todo el mundo, y en particular en el territorio español, que pueden ser buenos puntos de arranque para constituir comunidad, desde las cooperativas de consumo hasta las ecoaldeas, pasando por las iniciativas de transición y los movimientos sociales de base de todo el espectro. Cada uno debe buscar aquélla con la que se sienta más cómodo y comenzar a colaborar con ella en la medida que pueda. Recuerden siempre que el bien más preciado es el tiempo; úsenlo con cabeza.

La transición a la comunidad no va a ser idílica, por supuesto. Existen numerosos ejemplos de iniciativas que han fracasado, a veces por falta de concreción y a veces por exceso de la misma. Otro elemento que suele llevar al fracaso, o como mínimo a la marginalización, es el exceso de carga ideológica. Para evitar eso lo preferible es concentrarse en objetivos directos y concretos, tangibles y de primera necesidad, siendo pragmáticos cuando convenga y no dejando que nuestros posicionamientos ideológicos, que quizá no son tan compartidos como pensamos, pasen por delante del objetivo realmente compartido por los participantes en el proyecto. En la situación que vamos a vivir en los próximos meses y años va a ayudar a consolidar las comunidades que surjan el que poco a poco no habrá otra opción: o se construye alguna cosa o no habrá red de sustento para tanta gente.

Uno de los requisitos para crear una comunidad funcional es la gestión de la producción y del trabajo desde el ámbito local. No quiere decir esto que no pueda haber producción que venga de lejos o que algunas personas no puedan trabajar en lugares más distantes, pero de cara a dar una protección a los que se han quedado sin nada no se puede confiar en un sistema basado en las grandes escalas. Se tiene que garantizar la producción y distribución de alimentos de proximidad, fuera de los grandes circuitos de distribución, y se tiene que crear empleo en actividades ahora ninguneadas como la reparación (de todo tipo de cosas, desde el calzado hasta los electrodomésticos), el reciclaje/reutilización de materiales y piezas (algo muy diferente de lo que se hace ahora) o la fabricación artesanal de productos de primera necesidad. No se trata de crear grandes oportunidades de negocio, sino de dar trabajo y sustento a la gente que se ha quedado sin ellos. Aquí también la comunidad es muy importante, porque debe comprar esos productos y usar esos servicios "de la comunidad" en preferencia a otros de procedencia industrial. Eso es algo fácil y de hecho automático si la comunidad está formada por gente que ha caído en la exclusión, que de esta manera constituirían una economía al margen de la "economía oficial"; pero en el período de transición es importante fomentar esta actividad dirigiéndose preferentemente hacia estos servicios comunitarios. 

La transición tendrá que enfrentarse a muchas dificultades de implementación, y una que quizá a muchos les resulte inesperada proviene del pago de impuestos. Efectivamente, esta economía alternativa no genera excedentes de acuerdo con las expectativas de la actividad económica actual, ya que su objetivo no es la generación de beneficios sino la inserción social de sus miembros y proporcionarles medios de sustento y vida digna. Sin embargo, es difícil evitar que el Estado haga una valoración económica estándar de los beneficios que, a su entender, genera esta actividad y que reclame el justo pago de impuestos, al margen de la capacidad real de estas iniciativas de poder pagarlos. Por eso es muy importante que el uso de moneda y de servicios financieros sean, también, alternativos. De todos modos, eso tampoco impediría que el Estado, una vez que este tipo de actividades ganen volumen, acabe buscando maneras de hacer pagar impuestos, introduciendo las modificaciones legislativas pertinentes. Por ese motivo, cuando una iniciativa comience a tomar un cierto tamaño, debe contar con el asesoramiento legal y contable de expertos (voluntarios, por supuesto) que permitan evitar que la finalidad de la iniciativa se desvíe de sus objetivos de no lucro e inserción social. Esta tarea puede volverse muy compleja en los estadios finales del Estado, cuando en su desesperación por no desaparecer intente apropiarse de todos los excedentes, los reales y los percibidos.

Por todo lo dicho anteriormente, la gestión de los excedentes es una pieza clave en la comunidad. La comunidad ha de generar excedentes para hacer frente a momentos de carestía o de penalidad (como lo está siendo el confinamiento acarreado por el coronavirus). De hecho, justamente para tener resiliencia se requiere una producción deliberada de excedentes, esas reservas necesarias para los años de vacas flacas. Fíjense que el concepto de excedente aquí choca frontalmente con la gestión de excedentes en la actual economía: hoy en día, cuando hay excedentes estos se consideran capital y en la lógica del crecimiento exponencial deben ser inmediatamente invertidos de cara a hacer crecer aún más la actividad económica. En la lógica de la comunidad resiliente del futuro, los excedentes deben ser una despensa, una manera de poder afrontar baches, tanto colectivos como individuales, pero se necesita un plan adecuado para su gestión: quién los genera, quién los distribuye, quién tiene derecho a los mismos y, de nuevo, cómo se conjugan con el cobro de impuestos y con el objetivo de no crecimiento de la comunidad.


Como ven, queda mucho trabajo tanto teórico como, sobre todo, práctico para poder implementar una comunidad adecuada y resiliente en cada lugar. Las estrategias serán diferentes según los lugares de aplicación. Por ejemplo, las grandes ciudades necesitarán reducir su población y esponjar su urbanismo para introducir algunas actividades como la producción de alimentos; esto último implicada modificar la gestión de residuos de cara a producir abonos y también introducir cambios en la gestión del agua. Las urbanizaciones aisladas necesitarán ser repensadas y, en algunos casos, abandonadas. En otros lugares lo que se necesitará será adecuar la habitabilidad para acoger personas venidas de otros lugares, y gestionar adecuadamente problemas como el desarraigo, la añoranza del mundo perdido y los conflictos entre los recién llegados y los residentes tradicionales; eso, entre otras muchísimas cosas.

Ya lo hemos dicho: queda mucho por hacer, y cuanto antes comencemos a plantearlo, mejor. Hay que entender que lo que no podemos hacer es ignorar el problema, incluso desde un punto de vista del egoísmo bien entendido, porque delante de un problema de una magnitud tan masiva o nos salvamos todos o perecemos todos: no hay margen para soluciones individuales tan caras a los grupos supervivencialistas.

En el próximo post discutiremos con detalle por qué no cabe esperar ninguna reacción útil o eficaz por parte de los Estados, que, al igual que el capitalismo, encaran las décadas finales de su existencia, al menos en su concepción moderna.

Salu2.
AMT 


(Posteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (V): La caída de los Estados).

lunes, 17 de septiembre de 2018

Las buenas noticias



Queridos lectores:

A lo largo y ancho de este blog se han discutido en numerosas ocasiones los problemas que a la sociedad industrial le va a causar la disminución de la energía disponible. Con harta frecuencia, nos hemos entretenido a analizar hasta qué punto el descenso energético puede comprometer la misma continuidad de nuestra sociedad, y si al final vamos a colapsar o no. Todo el discurso que hemos hecho hasta ahora es que la paulatina pérdida de la energía disponible es un problema gravísimo y que solo nos va a deparar pesar y sinsabores, permitiéndonos solo matizar si éstos serán más o menos profundos, más duros o más sobrellevables. El caso es que, después de los más de ocho años desde que abrí esta bitácora, aún no hemos analizado la parte positiva del descenso energético.

Y sin embargo existe, realmente, un lado positivo asociado al declive energético. El hecho de que en las próximas décadas tengamos que vivir con menos energía implica que necesariamente en ciertos aspectos se van a suceder una serie de mejoras bastante sustanciales con respecto a la situación actual. Estas mejoras, por supuesto, no cancelan o eliminan los deterioros que vamos a sufrir en otros ámbitos; pero tener constancia de estos efectos benéficos puede ayudarnos tener una perspectiva más correcta de cuál es el escenario con el que vamos a tener que lidiar. Y es que muchas veces creemos que en el futuro todo será mucho más difícil porque asumimos que tendremos que continuar destinando los mismos recursos a hacer las mismas cosas que hacemos ahora, cuando en realidad es probable que algunas cosas mejoren por sí solas y así nos aligeren en parte la pesada carga que se nos viene encima.

Nunca antes habíamos hablado de esto, y posiblemente es un buen momento para tratar este tema. Es el momento de hablar de las buenas noticias. En lo que sigue, haré una enumeración no exhaustiva de las mismas, explicándolas y contextualizándolas.

+ Vamos a limitar el Cambio Climático: En la actualidad el incremento de la concentración de CO2 atmosférico continua por encima de las 2 partes por millón (ppm) al año. En recientes declaraciones, el Secretario General de Naciones Unidad, Antonio Guterres, afirmó que "el cambio climático avanza más rápido que nosotros" y que las sociedades humanas se han de conjurar para evitar lo peor de esta amenaza, y en todo caso antes de 2020. Por supuesto, no hay ni el más mínimo indicio de que se vaya a proceder a una descarbonización tan drástica y rápida en los próximos dos años. Sin embargo, el inevitable y probablemente precipitado descenso de la producción de petróleo, justamente con la crisis económica que se desencadenará, tendrán un efecto demoledor sobre la demanda y consumo del petróleo (ya saben, la espiral) y provocará un efecto similar al que vimos en 2009 y los años siguientes: un sensible descenso de las emisiones de CO2. Pero en este caso, a medida que la crisis se vuelva sistémica e instalada, el descenso no será puntual, sino permanente. Bien es cierto que, en la desesperación del capitalismo actual por sobrevivir un poco de tiempo más, en el corto plazo se recurrirá sin duda a fuentes de energía más contaminantes y con mayores emisiones de CO2 por julio de energía producido, pero aún así nuestra curva final de emisiones va a ser sensiblemente inferior a la que prevén los modelos climáticos. 

Cabe hacer dos matizaciones importantes a esta última afirmación. La primera, que todos los modelos del IPCC sobre la previsión de la evolución del clima del planeta contemplan un gran porcentaje de absorción de las emisiones de CO2 a través de tecnologías de captura y secuestro de carbono, tecnologías que no están desarrolladas ni mucho menos implantadas a una escala significativa. Así pues, la caída de emisiones asociada al descenso energético del petróleo y demás materias primas no renovables no va a mejorar mucho las previsiones climáticas que se hacen actualmente, porque éstas contemplan esa captura de carbono que no se va a producir. La segunda matización es que, dada la inercia del clima, incluso aunque ahora mismo se detuvieran las emisiones el planeta seguiría calentándose durante muchas décadas, y no se compensarían los efectos del actual cambio climático en marcha hasta que no pasase por lo menos un milenio, que es el tiempo que necesita la Tierra para deshacerse del actual exceso de CO2 atmosférico. 

A pesar de todo ello, el descenso energético va implicar, sin duda, que no vamos a desestabilizar el clima tanto como lo haríamos si pudiéramos, si tuviéramos más combustibles fósiles disponibles; y esto seguro implica que el problema tendrá una magnitud más manejable (dentro de lo difícil que será gestionarlo en todo caso).

+ Vamos a detener (en parte) la contaminación: Relacionado con lo anterior, el descenso energético va a implicar un descenso del comercio global, del transporte de mercancías, de producción de las mismas y de generación de residuos. La actividad industrial se va a reducir enormemente y tendrá que volverse mucho más eficiente en el aprovechamiento de las materias primas. Por todo ello, la cantidad de residuos generados va a ser mucho menor que la actual, probablemente varios órdenes de magnitud inferior. Lo cual va a ser muy conveniente, porque la enorme presión humana sobre el planeta está creando problemas gravísimos, y aunque tendremos que lidiar con muchos de los problemas generados por nuestros residuos durante muchas décadas, posiblemente incluso milenios, el hecho de no generar más será sin duda muy útil. Además, al dejar de generar más residuos le vamos dando una oportunidad a la capacidad de reciclaje/regeneración del planeta que aún no hemos dañado de irlos eliminando.

+ Vamos a reducir nuestra presión sobre los ecosistemas: El potencial destructivo de la Humanidad está enormemente amplificada por la abundancia de energía asequible. El esquilmamiento de las pesquerías, el acoso a las últimas reservas de animales salvajes, la profunda transformación de la biosfera planetaria para acomodar las masivas actividades agro-ganaderas... todo eso va ir disminuyendo de intensidad a lo largo de las próximas décadas porque simplemente no vamos a tener suficiente energía para continuar con la actual borrachera extractiva y destructiva. Aquellos ecosistemas más dañados, desestabilizados o directamente destruidos irán siendo progresivamente sustituidos por otros nuevos, que pueden ser muy diferentes a los anteriores y no necesariamente muy ventajosos para los seres humanos. La principal salvedad es que en el corto plazo, en la agonía del capitalismo financiero global, lo más probable es que se intenten explotar de manera muy insostenible algunos ecosistemas fundamentales (por ejemplo, con la tala incontrolada de bosques para producir leña que se queme tanto para calefacción como para producir calor de uso industrial o gases combustibles para vehículos). Pero en el medio y largo plazo, la necesidad de adaptarse a los límites biofísicos, que además serán más territorializados, hará que se alcancen nuevos equilibrios (que en algunos casos implicarán la erradicación local de la especie humana).

+ No se va a producir la Singularidad: Una de las obsesiones recurrentes de los especialistas tecnológicos y económicos de nuestro tiempo es que, con las progresivas mejoras en el desarrollo de la Inteligencia Artificial (AI) y con la extensión de internet, en un momento próximo se producirá la Singularidad: un momento a partir del cual la AI será capaz de automejorarse de manera exponencial y que hará que la AI supere a toda la capacidad intelectual humana, lo cual llevará de manera natural a que la AI tome el control del planeta. La hipótesis de la Singularidad Tecnológica tiene dos graves problemas, hoy por hoy. El primero es que los avances en AI, importantes como son, están siendo bastante exagerados por la prensa generalista, y lo cierto y verdad es que aún estamos muy lejos de que la AI sea capaz de hacer cosas que un humano encuentra básicas (al margen se encuentra la objeción no resuelta planteada por Roger Penrose de que la inteligencia humana no es de naturaleza algorítmica y por tanto no es imitable por las AI clásicas). El segundo problema, poco estudiado en general, reside en el hecho de que los grandes expertos están dando por hecho que la AI sería un ente con poca carga material o prácticamente inmaterial, cuando es justamente lo contrario: en la actualidad, las operaciones ordinarias de internet suponen aproximadamente el 5% del consumo de electricidad mundial, y de seguir aumentando al ritmo actual serían ya el 20% del consumo eléctrico en 2025. Pero si uno tiene en cuenta el coste energético de fabricación de todos esos equipos (desde los grandes centros de datos a los miles de millones de ordenadores y teléfonos móviles, pasando por los centenares de miles de kilómetros de cableados diversos), las cantidades de energía consumidas anualmente son varias veces mayores, de modo que en la actualidad las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) implican el consumo de más del 4% de toda la energía (no solo electricidad) del mundo, y de seguir así llegaría rápidamente a más del 25% antes de una década. En modo alguno las TIC son inmateriales; peor aún, las más avanzadas tecnologías utilizan elementos químicos difíciles y caros de producir, las denominadas tierras raras, las cuales no solo llevan a importantes guerras comerciales entre los países, sino que comportan un gran consumo de energía en su extracción y procesamiento. El caso es que la Singularidad no se va a producir porque el planeta no puede soportar su inmensa huella energética y material.

+ No se van a destruir empleos por culpa de la robotización: Como una derivada a menor escala de lo anterior, otra de las amenazas con la que los expertos nos amedrentan no se va a producir: la de la substitución masiva de empleos por culpa del avance tecnológico y la robotización. Entendámonos: la robotización - más bien, la automatización - de muchos procedimientos fabriles no es algo que se vaya a producir, sino que hace ya décadas que se produjo, principalmente en aquellas tareas que se podían fácilmente automatizar; es el caso, por ejemplo, de muchas cadenas de montaje fabriles. Y sin embargo, en muchos procesos la supervisión humana sigue siendo algo fundamental, porque los actuales sistemas de AI siguen siendo demasiado imperfectos, demasiado limitados para lidiar con la enorme diversidad y casuística de los problemas físicos reales que uno se encuentra en el mundo real. Eso explica, por ejemplo, los sucesivos problemas que se ha encontrado el fabricante de coches eléctricos Tesla, que de prometer grandes producciones de coches gracias a la automatización extrema de sus fábricas se ha encontrado que la automatización extrema es menos eficiente que el uso de humanos para tal fin - pero, claro, a los humanos hay que pagarles un sueldo. Y si la cosa no acaba de pitar en una línea de ensamblaje, pueden hacerse Vds. una idea de lo lejos que estamos de que se sustituyan otros empleos más sofisticados en entornos menos controlables. El tema de la robotización es muy caro a los sumos sacerdotes de esa secta religiosa destructiva conocida como liberalismo, porque justamente les permitiría conseguir una productividad por trabajador infinita (al no tener trabajadores), pero es una completa falacia lógica. Y es que robotizar todos los ámbitos implicaría una inversión de recursos descomunal, de entrada para crear la AI, pero también para desarrollar todos esos programas que se adapten a entornos complejos (y los entornos meramente verbales no son menos complejos que los completamente físicos) y para crear los sistemas físicos que, al final, tienen también una base material.

+ Vamos a relocalizar los empleos: Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es la hipermovilidad: nos movemos continuamente, rápidamente, por todas partes. Nos vamos de vacaciones a, literalmente, el otro extremo del mundo (bueno, los que pueden permitírselo), pero incluso para ir a trabajar y el resto de actividades cotidianas nos desplazamos decenas, a veces incluso centenares de kilómetros. Los trabajadores son expulsados del centro de las ciudades por culpa de los altos precios de la vivienda, sobre todo en aquéllas que padecen ese proceso denominado "gentrificación", y se ven obligados a vivir en la periferia y a incrementar su tiempo de transporte diario (ya se sabe, los ricos pagan con dinero y los pobres con tiempo). Los trabajadores menos cualificados, encima, han perdido su trabajo ya que las fábricas se han trasladado a otros países de mano de obra más barata, y los productos ya elaborados se traen desde allí en grandes cargueros. Es un flujo rápido y constante de personas y materiales.

Todo este desenfreno ha sido posible gracias a los combustibles fósiles, a la enorme cantidad de energía barata de la que disponíamos. Pero eso es justamente lo que se está acabando. En los años que vendrán, en el transcurso de las próximas décadas, la producción de cualquier bien que se quiera comercializar aquí tendrá que radicarse en algún lugar cercano, porque transportar bienes y personas ya no será tan barato - a veces ni tan siquiera será posible. Y eso implica que se va a volver a crear empleo localmente, empleo que va a estar bastante menos automatizado - porque algunos procesos automáticos implican un gran gasto energético. Quizá no sean grandes empleos, quizá los salarios no serán tan grandes, pero cuando el fragor del derrumbe de nuestro castillo de naipes haya cesado habrá muchas oportunidades de trabajo para los que se sepan adaptar.



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Los riesgos del descenso energético siguen siendo los mismos que eran: podemos sucumbir al autoritarismo y a las guerras, podemos colapsar en mayor o menor medida, puede haber problemas de escasez de alimentos o de agua potable, podemos destruir aún muchos ecosistemas al aferrarnos a un modelo inviable, y tendremos que lidiar en todo caso con un cambio climático que va a persistir durante mucho tiempo. Y sin embargo, saber que a pesar de todo habrá efectos efectos benéficos, puede ayudar a centrar nuestra atención en esos otros aspectos cuyo devenir es más incierto o de seguro peor.

Nos centramos tanto en lo que perdemos (o en lo que creemos perder) que no vemos aquello que ganamos. Entre otras cosas porque la ganancia en muchos casos se produce mediante la eliminación de algo; algo que es malo en realidad, pero que es algo que se pierde, de las misma manera y por la misma razón que perderemos cosas buenas. Lo más curioso es que habrá no pocas personas que interpretarán esa eliminación de algo malo como una pérdida cuando en realidad es una ganancia (como si, por ejemplo, nos disgustase la eliminación de un tumor porque, al fin y al cabo, el tumor era "parte de nuestro cuerpo"). Tenemos tan subvertidos los valores que no sabemos siquiera qué es lo que tiene sentido defender, qué es lo que verdaderamente deberíamos preservar y qué en realidad deberíamos eliminar. Así que quizá la primera cosa a recuperar es el sentido común.

Salu2.
AMT