Queridos lectores,
Al leer las discusiones que en los diversos foros en internet se encuentran sobre cómo afrontar la crisis energética que ya tenemos encima, con excesiva frecuencia se encuentra uno con discusiones un tanto bizantinas sobre la posibilidad de implementar determinadas soluciones tecnológicas que permitirían esquivar este o aquel aspecto concreto de la Gran Escasez que se viene. Aunque desde el punto de vista más holístico de un peakoiler todas esas propuestas son sólo formas más o menos acabadas de tecnooptimismo (es decir, de una fe irracional en la capacidad del ser humano de diseñar soluciones tecnológicas para cualquier problema), cualquier peakoiler se ve obligado a aventurar un análisis de por qué la concreta propuesta tecnológica no puede sacarnos de este histórico atolladero. Esto genera gran ruido y confusión, en tanto en cuanto los análisis apresurados no suelen tener en cuenta todas las variables del problema, y a veces se anticipan problemas que no son reales, o que probablemente no se manifestarán de la manera tan nociva que se pretende. Eso lleva a que, a su vez, el proponente de la solución-milagro se reafirme en que su propuesta es en realidad la solución de todos los problemas de la crisis energética, y sólo cuando pasan los años y se ve que su tecnología propuesta no acaba de despegar los argumentos concretos que en su momento se dieron en favor en la potencia invencible de la Diosa Razón se van desvaneciendo; lamentablemente, son inmediatamente sustituidos por otra nueva propuesta, y así ad nauseam, mientras el tiempo va pasando sin que seamos capaces de articular una respuesta coherente y válida para gestionar este riesgo al que estamos sometidos. Así sucedió con la tan cacareada "Economía del Hidrógeno" con la que se nos martilleaba hace unos años, y así pasará con el modelo basado en los coches eléctricos y las redes inteligentes (smart grids) dentro de unos años. El público compra esas maravillas tecnológicas que se venden con su gran aparatosidad técnica, convencidos que de manera inevitable el siglo XXI será una ampliación y mejora del espectacular desarrollo tecnológico del siglo XX, sin comprender que aparte del ingenio humano lo que ha catapultado el progreso en el siglo pasado fue la gran abundancia de energía barata. Y mientras nos entretenemos con estos florilegios tan fuertemente publicitados, defendidos por grandes especialistas de la industria y las universidades, seguimos perdiendo ese precioso tiempo que necesitamos para adaptarnos...
Delante de estas tan improductivas discusiones, es imprescindible entender que la factibilidad técnica es sólo la mitad del problema. En realidad nuestra capacidad técnica actual va mucho más allá de lo que la gente se imagina; podemos construir objetos increíbles con maravillosas propiedades: casas indestructibles, bombillas de muy bajo consumo y eternas, coches eléctricos de gran potencia, ordenadores mucho más potentes que los que usamos, etc. ¿Por qué no tenemos todas estas maravillas a nuestro alcance, entonces? Sencillo: porque cuestan muy caras. Y es que para explotar comercialmente un determinado bien necesitamos no sólo ser técnicamente capaces de producirlo, sino saber cómo producirlo económicamente. Es decir, tenemos que ser capaces de producirlo con un coste unitario lo suficientemente bajo como para que se venda en una cantidad lo suficientemente grande como para que el beneficio sea adecuado. El beneficio será adecuado si permite pagar las amortizaciones y los costes de innovación y desarrollo, y al tiempo deja un margen que haga la inversión en esta actividad más interesante que en cualquier otra. En suma, que el negocio sea rentable. Existen infinidad de variables que repercuten en que un negocio sea rentable: la demanda del bien producido, la calidad del mismo, el equilibrio óptimo entre oferta y demanda, la competencia, la capacidad de innovación, el ciclo de vida del producto,... y eso hace también que determinados negocios que son rentables en un momento determinado dejen de serlo con el tiempo y viceversa. Sin embargo, hay un factor que resulta clave cuando se intenta producir un bien dirigido a un gran mercado potencial: el precio. Si queremos que muchos clientes consuman nuestro producto, como abarcamos un rango más amplio de la distribución de rentas necesitamos que su precio sea lo más competitivo posible. La manera más simple de reducir el precio es reducir costes, lo que se consigue reduciendo el uso de mano de obra y aprovechándose de los beneficios de la economía de escala, fundamentalmente a través de la producción en cadena. Sin embargo, se ha de tener en cuenta de que la producción en serie o en cadena no persigue optimizar el rendimiento del trabajo o energía empleado en la fabricación del producto, sino esencialmente sustituir un tipo de energía cara (mano de obra) por otra barata (petróleo, gas, electricidad). Por tanto, a medida que la energía que antes era barata se vaya volviendo cara esta estrategia de taylorización de la producción se va volviendo cada vez más contraproducente, si no se consigue mejorar, y mucho, la eficiencia energética. La hipótesis de que nuestras fuentes de energía son esencialmente baratas y abundantes está tan imbricada en la manera de hacer de nuestra sociedad que no tenemos presente hasta qué punto son fundamentales para que las cosas funcionen. Por eso, cuando la gente discute sobre las alternativas tanto de fuentes de energía como de modos de usar la energía no tienen en cuenta los costes, tanto económicos como energéticos, implícitos de las mismos, que cuando se consideran muestran que esas propuestas típicamente son inviables. Como las cosas se entienden mejor por la virtud del ejemplo, pondré ahora mismo dos ejemplos de cómo una mera consideración de costes hace dudosa la posibilidad de estas soluciones.
- En un hilo de Crisis Energética se destacaba la noticia del reciente anuncio por parte de la marca automovilística Mercedes de la salida del nuevo modelo Mercedes-Benz SLS AMG E-Cell, que entre otras características tiene un motor de 525 CV, que se consiguen con 324 batería de litio-polímero. Algunos comentaristas denostaban lo absurdo de esta propuesta, en tanto que otros veían en la noticia una demostración de que no sólo el coche eléctrico tiene futuro (lo que es más que dudoso) sino que incluso podremos llegar a tener camiones y maquinaria eléctrica. Evidentemente, ese Mercedes-Benz SLS es un prototipo sin gran salida comercial, ya que el precio unitario, con la capacidad tecnológica actual, será desorbitante (se estima que entre 50 y 100 mil dólares más caro que el modelo con motor convencional). Es una estrategia lógica por parte de Mercedes-Benz, habitual en la industria, de comenzar a desarrollar una tecnología que al principio será cara, pero con el tiempo, y ganando experiencia podrá ser abaratada, fundamentalmente gracias a la taylorización del proceso productivo. Es decir, cuando las diversas fases de la construcción actual de este coche dejen de ser artesanales y puedan ser mecanizadas se podrá abaratar sensiblemente los costes, reducir el precio y conseguir la expansión comercial deseable. Dejando al lado las cuestiones no menores de la necesidad de reforzar enormemente la red eléctrica, de producir energía eléctrica en grandes cantidades en un momento de declive y de la escasa producción de litio como para poder producir coches a escala masiva, está la cuestión fundamental de que la premisa de todo el modelo productivo ("la producción en serie abarata costes") no está garantizada en un entorno de costes energéticos crecientes debidos a la escasez energética rampante que puede desencadenarse durante los próximos años. Evidentemente, este problema (la inviabilidad de la fórmula productiva que ha funcionado tan bien hasta ahora) no es privativo de la producción de coches eléctricos, sino de los coches de cualquier tipo y en realidad de la producción de cualquier bien. Pero, por eso mismo, teniendo en cuenta las grandes dificultades de mantener una base industrial suficiente como para sufragar nuestras necesidades más básicas futuras, centrar toda la discusión sobre los vehículos eléctricos resulta tan procedente como discutir si son galgos o son podencos.
- Cuando se discute sobre la proximidad del cenit de extracción de uranio y los problemas asociados al desbalance del consumo actual (casi un tercio de lo que se consume viene de uranio extraído durante los ochenta, pero los almacenes civiles están a punto de agotarse y los militares están controlados por EE.UU. y Rusia), un argumento que suele recurrir es el de la enorme cantidad de uranio que hay en el agua del mar. Bernard Cohen, profesor de Física de la Universidad de Pittsburgh, hizo en 1983 un célebre artículo en el que calculaba que con el uranio que hay en los mares del mundo se podrían cubrir las necesidades energéticas del mundo hasta la extinción del Sol. Así es: con más de 4.000 millones de toneladas disueltas en el agua del mar daría para producir los 650 Gw de electricidad que se consume hoy en día en el mundo durante 7 millones de años, pero teniendo en cuenta el aporte constante de los ríos Cohen llega a estimar que el uranio daría para 5.000 millones de años de consumo eléctrico actual, más que lo que le resta de vida al Sol. Dejando al margen que el consumo eléctrico es un porcentaje mínimo del consumo energético total, está el punto clave de si se puede extraer uranio tan diluido (el uranio en el agua del mar tiene una concentración de 3,3 partes por mil millones en peso). Y aunque es tecnológicamente factible y se ha realizado en laboratorio, subsisten las dudas de si se puede realizar a gran escala de manera rentable. Se suelen citar precios de extracción de entre 260 y 1.000$ por libra de uranio extraída del agua del mar, lo que teniendo en cuenta el escaso impacto del precio del uranio en la energía nuclear sería perfectamente asumible; sin embargo, esas cifras esconden un coste energético que seguramente es más difícil de asumir, sobre todo en una época de escasez energética. De hecho, la mejor manera de no consumir mucha energía en el proceso es producir evaporación y decantación natural del precipitado que nos interese... pero ése es un proceso lento, con lo que producción sería pequeña. Por lo tanto, es más que dudoso que se pueda extraer uranio del mar a una escala económicamente viable.
Se podrían sacar tantos otros temas a colación: si es económicamente viable producir biocombustibles con algas o con las partes celulósicas de las plantas, si son viables los reactores basados en torio, etc, etc. Todas esas cosas son técnicamente viables y ya se han hecho, pero no han dado nunca el salto a la producción en gran escala por su escasa viabilidad económica. Por supuesto que los defensores de una u otra alternativa argumentarán que es una cuestión de precio, que si el petróleo u otras materias aumentan suficientemente de precio entonces serán interesantes... el problema es que nuestro sistema económico no puede soportar cualquier precio para una materia precursora e imprescindible como es la energía, cosa que discutiremos en otro post.
Salu2,
AMT
P. Data: Por razones personales, durante los próximos días estaré ausente del blog. Comenten lo que quieran, pero tengan en cuenta que yo no podré contestar más que de manera muy discontinua.

