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viernes, 8 de enero de 2021

Se acerca el invierno


Queridos lectores:

El día de Reyes de este 2021 asistimos al bochornoso espectáculo de ver a una turba de manifestantes estadounidenses que no aceptan los resultados de las últimas elecciones presidenciales en ese país, y que intentaban detener el proceso de validación que tenía lugar en su Congreso por la fuerza. La continua apelación por parte del presidente saliente Donald Trump a un supuesto fraude electoral ha acabado de espolear a sus seguidores, que finalmente han decidido tomarse la justicia por su mano.

Que en el país que se considera así mismo como referente universal de la democracia se den este tipo de sucesos, más propios de democracias menos consolidadas, es hasta cierto punto sorprendente. No se puede decir que sea una sorpresa completa, porque los cuatro años que ha durado la presidencia de Donald Trump se han caracterizado por el populismo, la difusión de noticias falsas y las astracanadas. Para cualquiera que haya seguido la situación política y social de los EE.UU. era evidente que una gran masa de seguidores de Trump le ven como un mesías salvador, el cual les liberará de la opresión de una cábala demoníaca de líderes políticos y económicos corrupots, y les llevará a una tierra de promisión, en la que América será grande otra vez. Lo que quizá haya sorprendido a algunos es que el delirio y el desatino llevara a una muchedumbre a intentar derribar la democracia mientras creían que estaban intentando salvarla.

Se ha escrito mucho sobre la disociación de la realidad que tienen los seguidores de Trump, y de cómo su fanatismo los está empujando a una radicalidad que pueden acabar llevando al país a una guerra civil. Una tendencia repetida en esos análisis es la de mirar a los seguidores de Trump como una panda de lunáticos, gañanes ignorantes que se dejan embaucar por cualquiera. Sin embargo, tales visiones tienen una considerable falta de autocrítica y por eso mismo no resultan útiles ni para entender el momento actual ni para proponer soluciones válidas. Porque, si bien los partidarios de Trump viven engañados, creyendo en un mundo pasado idealizado al que quieren regresar, ¿viven menos engañados los partidarios de Joe Biden, el nuevo presidente electo? Es decir, ¿creen que Joe Biden va a hacer algo realmente efectivo con alguno de los graves problemas que aquejan a su país? Por ejemplo, ¿va a conseguir reindustrializar su país y que las clases bajas recuperen los salarios dignos de los que disfrutaban hace 40 años? ¿Va a tomar medidas efectivas para la mejora del medio ambiente en general, y particularmente en la lucha contra el Cambio Climático? ¿Va a reducir la conflictividad internacional en aquellos escenarios donde EE.UU. tiene mucho que decir? ¿Pondrá Joe Biden coto a las aspiraciones de las grandes compañías de controlar y esquilmar cada vez más a sus ciudadanos y a los de otros países? Cualquiera que examine la historia reciente de los EE.UU. y la trayectoria del nuevo presidente con un poco de objetividad verá en seguida que nada de eso es de esperar. Habrá, quizá, algunas mejoras en términos de derechos sociales, y algunos gestos significativos en alguno de los temas arriba mencionados, pero poco más. Y, que sea efectivo, no podrá o no sabrá hacer nada realmente efectivo.

Ya lo explicábamos hace cuatro años, cuando Trump salió escogido. Los seguidores de Trump saben que nadie les representa en realidad, y por eso creen, necesitan creer, en que Trump les hará mejorar. Creen en él porque Trump no era el preferido del establishment, era un verso libre, una bala perdida. Con su discurso radical, sin tapujos, faltón e irrespetuoso, diciendo "verdades como puños", Trump se presentaba, para los que están desesperados al ver cómo se están hundiendo, como su última opción. Y por eso se agarran a él con desesperación. ¿Se equivocan acaso los votantes de Trump al pensar que Biden no hará nada por ellos? Pues probablemente no. ¿Quiere eso decir que Trump hará algo útil por ellos? Pues tampoco; en realidad, aparte de sus boutades, durante estos cuatro años no ha hecho ningún cambio sustancial en su país, excepto radicalizar a su electorado con mentiras e insidias (triste legado). Pero a pesar de todo, seguramente muchos de los votantes de Trump se engañan con respecto a su líder menos que los de Biden.

La discusión entre Trump y Biden, entre republicanos y demócratas, es en realidad una discusión vacía de contenido. No es entre estas dos opciones que encontraremos una solución real de los problemas que tenemos. Es la metáfora de la hormiga que nota el olor de una manzana que pende sobre su cabeza pero que no es capaz de llegar a ella porque se mueve en dos dimensiones inútiles cuando debería moverse en la tercera para llegar a la manzana. Es por ese motivo que la sociedad se divide en partes prácticamente iguales entre las dos opciones, porque las dos son igualmente inútiles para resolver el problema y, en el fondo, la elección propuesta es aleatoria, independiente del problema a abordar. Toda la discusión política, en EE.UU. pero también en el resto de los países del mundo, es completamente inútil porque se mueve en las dimensiones inútiles del problema, como si para abordar cómo apagar un incendio discutiéramos si las llamas son rojas o amarillas.

Pero el conglomerado pro-Trump tiene un rasgo crucial: lo que unifica la gran diversidad de opiniones dentro del campo trumpista es su componente fuertemente reaccionaria. En un país con una fuerte tradición cristiana, muchos trumpistas se declaran personas devotas y atribuyen los problemas actuales de EE.UU. a que el país ha dado la espalda a Dios (es siguiendo esa lógica que no es difícil concluir que los demócratas deben ser una banda criminal de adoradores de Satanás, pedófilos y Dios sabe qué más barbaridades, tal y como proponen una de las teorías de la conspiración con más predicamento, la de QAnon). Pero, sin necesidad de llegar tan lejos en la alucinación, lo cierto es que los trumpistas quieren volver a esos tiempos de antaño en que todo era más fácil y uno se podía ganar bien la vida con un trabajo decente. Y resulta evidente que algo se ha torcido durante las últimas décadas; en realidad, todos podemos estar de acuerdo con que algo ha ido horriblemente mal: la inestabilidad económica, el riesgo del desempleo, la creciente inseguridad doméstica e internacional... No sirve de nada negar lo que es evidente: en los países desarrollados hemos ido a peor en los últimos 20 años. Las políticas que se emprendieron, la globalización, la liberalización, etc, nos han llevado a un sitio peor. ¿Qué recetas proponen los demócratas estadounidenses? En el fondo, profundizar en esa vía, la que enfáticamente se denomina la vía del Progreso. Por eso los votantes de Trump consideran que hace falta reaccionar, y no se equivocan en eso: no podemos seguir por esa misma vía porque es una vía muerta. 

Como los lectores de este blog conocen, la verdadera razón de esta creciente penuria, de esta rampante Gran Exclusión, es la escasez de energía. El máximo de producción de petróleo, o peak oil, fue en diciembre de 2018; y debido a que el petróleo más versátil, el petróleo crudo convencional, está en declive desde 2006, el pico de producción del diésel (la verdadera sangre del sistema, porque se necesita para camiones y maquinaria pesada incluyendo tractores) fue en 2015. Años antes de llegar a estos picos ya teníamos problemas porque cada vez costaba más aumentar la producción de petróleo, pero desde que los hemos superado no dejamos de dar bandazos (como los que ha habido con las prohibiciones sobre los coches de diésel). Básicamente, todo lo que llevamos de siglo XXI ha sido una cuesta arriba de dificultades crecientes para mantener en marcha un sistema económico que necesita del crecimiento ilimitado y acelerado para poder seguir adelante. Un sistema que necesitaba un suministro de energía igualmente ilimitado y creciente pero que ha empezado a fallar. Por eso faltaban oportunidades de inversión y crecimiento, por eso florecieron las hipotecas subprime y otros artilugios financieros sin fundamento: porque el mundo real, el mundo físico, no daba para más. Ahora, la ilusión de que podríamos mantener vivo este sistema se están desvaneciendo rápidamente; peor aún, el haber estirado su duración unos años más con dudosos parches nos aboca a una caída más precipitada de lo que debería ser. Y todos lo sabemos: nadie vela por los intereses de los ciudadanos de a pie, que se sienten engañados y machacados por el poder. Por eso tampoco es de extrañar que la gente desconfíe de los cantos de sirena sobre la Transición Ecológica hacia el "paraíso renovable", porque ya intuye que en realidad las renovables tienen sus límites aunque no se hable de ellos, que en muchos casos sirven para transferir más dinero de los pobres a los ricos, y que toda la actual fanfarria sobre el hidrógeno verde solo oculta una estafa a gran escala.

En lo que se equivocan los seguidores de Trump es en cómo reaccionar. Ellos representan el movimiento reaccionario (la Reacción), que busca volver a algo anterior que, en realidad, tampoco es alcanzable (de hecho, lo idealizan y tampoco es tan deseable, pero ésa es ya otra discusión). Además, la Reacción incluye no solo un retorno a modos antiguos en la producción, sino que de matute se quieren colar retrocesos sociales (sobre todo, pérdida de derechos de minorías) que en realidad no son necesarios para los fines que se dicen perseguir. Como ya explicamos en su día, no se necesita la Reacción como oposición al deletéreo Progreso, sino el Conservacionismo. Pero hay una cosa en la que sí que acierta la Reacción: en superar el eje izquierda-derecha, que no lleva a ningún lado.

El día 20 de enero de 2021, Joe Biden Jr. jurará su cargo como Presidente de los EE.UU. Le esperan cuatro dificilísimos años, en los que tendrá que hacer frente a una peligrosamente rápida caída de la producción global de petróleo, propiciada por la fuerte desinversión de los últimos 7 años. No hay ningún Gobierno de ningún país del mundo que esté preparado para este reto, y Biden, con un país dividido y radicalizado después de Trump, está probablemente en una peor situación que muchos otros países. Cuando la situación económica de los EE.UU. sea un completo desastre y con la definitiva desaparición del fracking se agrave la profunda crisis industrial de los estados del medio Oeste, crecerá el descontento. ¿Qué hará ese white trash que se ve abandonado por el establishment y que verá confirmados sus prejuicios? ¿Qué haran los ex-trumpistas cuando vean que un presidente que consideran deslegitimado en origen les está hundiendo aún más en la miseria? Las revueltas serán el menor de los males; lo duro vendrá cuando en algunos estados aparezcan movimientos secesionistas. ¿Guerra civil en EE.UU. antes de 2030? Hace años plantear la posibilidad parecía un disparate; hoy en día, quién sabe...

¿Y aquí? ¿Cómo estaremos en España? Viendo el tono actual de la discusión política en España, no se puede decir que estemos mucho mejor. La crisis de la CoVid (o, mejor dicho, las medidas que se toman para hacerle frente) están haciendo polvo a los pequeños negocios. Encima, comienzan a menudear los jetas y caraduras, eso sí, de grandes corporaciones; corporaciones que, por ejemplo, serán las grandes beneficiarias del fondo europeo de recuperación económica (por cierto que pronto dedicaré varios posts a hablar de las estafas que vienen en el mundo de la energía). La falta de capacidad real del Gobierno de España de hacerle frente a lo que se viene (recuerden: en 2025 la producción mundial de petróleo podría ser la mitad de la actual) y la penuria de los pequeños empresarios, comerciantes y autónomos y de sus trabajadores levantará cada vez más indignación colectiva contra un Gobierno precario en sus apoyos políticos y en sus ideas de gobierno. Cómo acabará esto, nadie lo sabe, pero bien no parece.

Empieza a hacer cada vez más frío. Se acerca el invierno.

Salu2.

AMT

miércoles, 12 de agosto de 2020

Agitación, propaganda y confusión

 

Queridos lectores:

Durante las últimas semanas, como reacción a la grave crisis sanitaria que ha planteado la epidemia de CoVid-19 en todo el planeta, se está observando un fenómeno de mucha transcendencia: la emergencia de multitud de teorías de la conspiración, a cual más disparatada, sobre las "verdaderas pero ocultas razones" de la CoVid. Que se generen múltiples teorías de las conspiración sobre cada hecho cotidiano no tiene nada de particular (en este blog ya habíamos comentado en su día sobre los chemtrails o sobre las energías libres). Lo inusual del caso en que en esta ocasión la dimensión que están tomando estos movimientos conspiranoicos es mucho mayor que los anteriores, y crecen a un ritmo realmente acelerado, hasta el punto que está comenzando a convertirse en un problema de orden público.

Dentro de un tiempo, cuando se asiente la polvareda de estos convulsos años, el estudio de lo que ha pasado (y está por pasar) será apasionante desde el punto de vista sociológico. Por qué, en medio de una crisis sanitaria como no se había visto en nuestras vidas, la reacción de una parte significativa y creciente de la población es una mezcla de escepticismo, desconfianza, rabia e incluso rebeldía. Lo mejor del caso es que todos esos sentimientos son infundados. Entendámonos: no es que no haya razones, así en general, para el escepticismo, la desconfianza, la rabia e incluso la rebeldía; al contrario, debido a lo disfuncional que es esta sociedad las causas para todo ello abundan. Pero no las hay para decir todas las cosas que se dicen sobre la CoVid. Da la impresión de que la pandemia ha hecho que todo esa montaña de sentimientos negativos, amontonados durante años, ha acabado por desbordarse con toda la tensión extra que ha causado la CoVid y se ha derrumbado caóticamente sobre este tema que, de todos, es el que menos tenía que ver con toda la angustia acumulada.

No se puede negar que a finales de 2019 el mundo vivía una situación de calma tensa, anticipando la debacle económica que se venía. Sabíamos que tarde o temprano se iba a producir una recesión fuerte, fruto de muchas contradicciones no resueltas y de problemas que iban in crescendo. En muchas de esas contradicciones había de fondo, como suele pasar, un problema de energía; pero como de costumbre no afloraba: se distraía la cuestión hablando de coches eléctricos, de la transición renovable, de los objetivos de emisiones, del Green New Deal, de la algarada del diésel (y sus consecuencias)... Sin embargo, todo el mundo económico descontaba un "cambio de ciclo" en algún momento entre 2020 y 2021, y la única cosa en cuestión, más que la fecha, era cuál sería su profundidad.

Así que se puede decir que la CoVid-19 llegó en el momento oportuno. Nadie podía prever que pasaría y por supuesto no es una enfermedad creada en un laboratorio, pero también por supuestísimo se ha aprovechado la CoVid para hacer una serie de "ajustes" que se tenían que hacer de todos modos. Digamos que se aprovechó para "soltar lastre" en medio del hundimiento general: algunas grandes empresas se deshicieron de personas y fábricas y le endosaron la culpa no a su mala gestión anterior, sino a la CoVid, que aparecía así como el villano ideal al cual cargarle todas las culpas. No hay nada de excepcional en esta manera de actuar: es la que se usa siempre. Las crisis y los problemas se suceden continuamente, y más en el contexto de un sistema capitalista que cada vez choca con más fuerza contra los límites biofísicos que nos marca el planeta; esa máxima del gran empresariado de "convertir las crisis en oportunidades" significa, en esencia, hacer exactamente esto: aprovechar la debacle general para hacer la purga particular y encima irse de rositas porque la culpa no es de uno, sino del villano del momento (la CoVid, las hipotecas subprime o la deuda soberana, qué más da).

Esa caradura institucional, la misma de siempre, es lo que alimenta todavía más la sensación de que la pandemia de CoVid es una estafa. Sin embargo, lo que es una estafa es cómo se aprovechan de ella los poderosos, no el problema en sí, que continúa siendo real y presente (y quién no se lo crea, que se pase por las plantas de esos hospitales que vuelven a estar saturados). De hecho, a estas alturas los ricos y poderosos ya han hecho su purga, y ahora la CoVid les empieza a molestar, porque ya ha durado más de la cuenta.  Porque resulta que la excusa conveniente, el villano ad hoc, no ha hecho mutis por el foro cuando ya no se le requería (como hicieron las hipotecas subprime o las deudas soberanas), sino que sigue molestando y amenaza con quedarse por mucho tiempo. Esto se nos ha ido de las manos. Es por ello que esos caraduras institucionales que mencionábamos más arriba han cambiado de planes. Visto que la vacuna (si es que alguna vez llega) aún se va a demorar bastante tiempo y que no hay tratamiento efectivo, algunos de estos poderosos están alentando la idea de que en realidad no hace falta tomarse tan en serio la CoVid, con la simple idea de que la pandemia no continúe haciendo daño a la economía. En sus frías hojas de Excel, la muerte de entre el 1 y el 5% de la población del planeta es algo asumible, pero lo que no es asumible es mantener la economía al ralentí por más tiempo. Claro que el parón de la economía nos perjudica a todos, pero parece que a quien más tiene más le perjudica (por paradójico que pueda parecer). Por ese motivo, en muchos países occidentales algunos partidos políticos de los considerados sistémicos tienen ahora una actitud tibia con la pandemia, en tanto que partidos más contestatarios y reaccionarios alientan la idea de que se está aprovechando la crisis de la CoVid para recortar libertades y avanzar hacia un estado autoritario (lo cual no deja de ser divertido, porque ese retroceso en las libertades individuales en Occidente lleva décadas dándose, y no es que haya empeorado con la CoVid). Y posiblemente esos mismos ricos y poderosos están financiando campañas de desinformación sobre la CoVid, en la esperanza de que pisemos el acelerador, la pandemia se lleve por delante a quien tenga que llevarse por delante y podamos volver pronto al BAU. Mi tesis es, en suma, que una de las razones por las cuales estos movimientos conspiranoicos acerca de la CoVid han ganado tanto peso es debido a una campaña de agitación y propaganda con fines inconfesables promovida soterradamente por algunos poderes económicos.

Por supuesto, no deja de ser una teoría, pero puestos a postular teorías de las conspiración ésta me parece más verosímil que cualquiera de las alternativas que ahora se promueven. Veamos por qué.

En primer lugar, no ha habido en los países occidentales, por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial, una capacidad real de movilización contra ninguno de los problemas graves, de salud y ambientales, que aquejan a la Humanidad. En los años 60 y 70 los movimientos ambientalistas consiguieron tomar cierto impulso, pero cuando comenzaron a ser una preocupación del poder político fueron neutralizados mediante la banalización, la infiltración y la cooptación; y, si todo lo anterior fallaba, directamente con la criminalización. Miren a su alrededor. No hemos reaccionado apenas a décadas de contaminación de todo el planeta. Ha habido problemas gravísimos de salud causados por la irresponsabilidad del Hombre (el DDT, la talidomida,  la acumulación en los huesos del estroncio radioactivo, los efectos del RoundUp en el medio ambiente, etc), por no hablar de grandes desastres ambientales (la tragedia de Bophal, entre otras muchas); pero por no ir más lejos miremos el caso del Cambio Climático. Sabemos de sobra que el incesante incremento de la concentración de CO2 causado por la quema masiva de combustibles fósiles está haciendo aumentar la temperatura media del planeta y está alterando los patrones climáticos, con efectos potencialmente devastadores. ¿Estamos haciendo algo? No, no estamos haciendo nada en absoluto. Decimos que sí, pero es que no. Pasan los años, las décadas, y no hay ninguna mejoría en este aspecto; si acaso, un empeoramiento. Lo que sí que ha habido es toneladas de desinformación y de malas excusas, pero acciones reales y efectivas contra el Cambio Climático, ni una sola: la concentración media de CO2 continúa subiendo, imparable, cada año. Y si con un tema tan crítico no ha habido movilización, ¿cómo se entiende que la haya ahora contra la CoVid, cuando es un tema más cercano y más fácil de verificar que el Cambio Climático? 

El tono general de las teorías de las conspiración con respecto a la CoVid se centra en el recorte de las libertades individuales. La CoVid sería una excusa para limitar las libertades de las personas e imponer un nuevo orden mundial o una dictadura comunista o un orden illuminati y reptiliano o qué sé yo. Lo cierto y verdad es que los Gobiernos han sido extremadamente tímidos a la hora de tomar medidas. Por ejemplo en España, dada la gravedad de la situación que se planteó en marzo, con una total escasez de Equipos de Protección Individual (EPI), mascarillas, respiradores, reactivos específicos para las pruebas mediante PCR, etc el Gobierno podía haber intervenido fábricas y empresas y haber forzado que una parte de la producción nacional se dirigiera a cubrir estos bienes tan necesarios y escasos en ese momento. Pero no se atrevieron, precisamente, para no ser tachados de estalinistas, intervencionistas o lo que fuera. Esto es curioso porque hace 40 años se hubiera considerado normal una intervención de ese calibre, dada la gravedad de la situación, y ahora es algo impensable, una aberración. De hecho, si la enfermedad ha seguido un curso peor del que debería (no en España, sino en todos los países) ha sido, precisamente, porque la vigilancia no ha sido tan estricta como debería, y porque no pocos consideran que el problema no va con ellos y en realidad no les pasa nada por saltarse las normas. Vamos, justo lo contrario de una encarnación de la novela "1984" de George Orwell. A la hora de la verdad, acabada la situación de Estado de Alarma en España, la gente está haciendo básicamente lo que quiere, incluso en localidades como en la que yo vivo, donde el ProCiCat aún recomienda no salir de casa si no es necesario dada la fuerza de un brote que comenzó hace dos semanas pero la gente campa por sus respetos como si tal cosa.

Una de las manías más absurdas de los defensores de la teoría conspiratoria de la CoVid es actualmente la oposición a ser vacunado contra esta enfermedad. Esto es bastante divertido, porque se está dando por hecho que vamos a tener una vacuna pronto y que vacunarse será obligatorio. Con respecto a lo primero, no es seguro que lleguemos jamás a tener una vacuna contra la CoVid: hay muchas enfermedades infecciosas para las que nunca se consiguió una vacuna, y la CoVid no es precisamente una enfermedad de las que lo ponen fácil. Por ejemplo, ahora sabemos que dos o tres meses después de haber pasado la enfermedad la mayoría de los pacientes sufren una considerable reducción de anticuerpos, hasta el punto de volverse indetectables en una buena parte de ellos. Bien es cierto que la respuesta inmune a largo plazo no depende tanto de los anticuerpos en la sangre como de la presencia de linfocitos T que "recuerden" la enfermedad; de momento hay pocos tests analizando si han aprendido o no a luchar contra la CoVid, pero dada la mutabilidad del virus es posible que la CoVid sea una de esas enfermedades "difíciles de recordar", como el resfriado común o la gripe. Así que no podemos dar por hecho que vayamos a tener alguna vez una vacuna efectiva, por más que el presidente ruso vacune a su hija con una vacuna de su invención. Y con respecto a la segunda aseveración, es poco probable que la vacunación sea obligatoria para toda la población: como mucho, lo sería para la población de riesgo, la cual, seguramente, sí querría ser vacunada.

Estas obsesiones insensatas sobre la vacuna de la CoVid encajan bien con un movimiento conspiranoico de ya cierto recorrido en nuestra sociedad, el de los antivacunas. Los antivacunas sostienen que las vacunas no son 100% seguras, que sirven para propagar enfermedades y/o para el control mental y/o para rastrear a la población inyectando un microchip (esto último es de relativo nuevo cuño, y empalma con otra de las conspiranoias de nuestro tiempo, el de las redes 5G, a las cuales, por cierto, otro grupúsculo acusa de causar la CoVid - qué importa que prácticamente no haya antenas de 5G en España). 

Con respecto a lo primero, es cierto: las vacunas no son 100% seguras. Existe un porcentaje, conocido y documentado, de reacciones adversas graves, que en ocasiones son tan graves que pueden ocasionar la muerte. Eso le pasa a cualquier vacuna. Los porcentajes de reacciones adversas graves pueden ser tan bajos como uno cada 10 millones o tan elevados como 1 entre 100.000. Porcentajes más elevados de reacciones adversas que ésos simplemente no se aceptarían, porque con las vacunas se pretende que haya una relación coste-beneficio positiva: se pretende salvar más vidas que las que se ponen en riesgo. Y continuamente se está experimentando y perfeccionando las vacunas para reducir aún más el porcentaje de reacciones adversas graves, que en la mayoría de las vacunas son ya bajísimos, tan bajos que cuesta ya establecer si hay una reacción de causalidad. Pero la clave de todo está en que, si no se vacunase, moriría mucha más gente. Está la cuestión adicional que la vacunación no es solo una cuestión de salud individual, sino también de salud pública: los que se vacunan hacen de barrera para que la infección no se propague, y eso ayuda a la erradicación de la enfermedad. Por cierto, todos los medicamentos pueden provocar efectos adversos; por ejemplo, si se leen Vds. las reacciones adversas documentadas para el ibuprofeno éste puede (muy raramente) causar alucinaciones, meningitis, fallo cardíaco, ictus y hasta la muerte.

Con respecto a las otras manías de los antivacuna de la CoVid (control mental, rastreo) son completamente estúpidas. Nuestras capacidades tecnológicas no llegan tan lejos; esos planes suenan a película mala de ciencia ficción. Además, ¿para qué recurrir a métodos tan complejos cuando los métodos actuales ya son lo suficientemente eficaces? Por ejemplo, ¿qué sentido tiene meterle a alguien un microchip para rastrearle - microchip que se puede inutilizar, quedar sin batería, ser destruido por el organismo o quedar alojado en un hueso y perder cobertura - cuando todo el mundo lleva encima dócilmente un móvil que le permite a los operadores de telefonía e incluso a los grandes operadores de internet rastrearle? ¿Cuando instaló Vd. la actualización del Google Play dio a aceptar en una lista de permisos, incluyendo el de los servicios de ubicación? ¿Sabe Vd. que Google usa los micrófonos de los móviles y de los dispositivos Google Home para grabarle sin su permiso? Si hasta La Liga de fútbol española usa una aplicación que usa el micrófono de los móviles para detectar en qué bares se ve fútbol sin pagar el canon (lo siento, en este caso no puedo poner enlace porque sería de un medio español y hace años que no lo hago por estas razones).

Con todo, lo más descorazonador de esta rebelión de chichinabo de los anti-CoVid (a ver cuándo aparece un grupo que decide no creer en las paredes o en la Ley de la Gravedad; sería igualmente absurdo pero al menos más divertido) es que los que participan en ella se creen que son algo así como luchadores por la libertad o libertadores. Nada de eso. Son tontos peones movidos por otro, y en cuanto a su faceta de "luchadores" simplemente habría que verla enfrentada a un movimiento autoritario de verdad. En una sociedad que ha comulgado con auténticas ruedas de molino y que, salvo honrosas excepciones, nunca se ha rebelado (y quien lo ha hecho bien que lo ha pagado), ¿acaso hay quien crea que todos estos "libertadores" aguantarían el tipo delante de una verdadera represión? Todos sabemos, ellos los primeros, que se volverían a su casa con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas antes de que les cayera el primer garrotazo. 

No va a ser con estas revoluciones de sofá como se va a cambiar a la sociedad. No es rebelándose contra hechos de la Naturaleza como se conseguirá  un avance. No es perdiéndose en disputas espurias como llegaremos a algo. A todos ésos más les valdría abandonar esas ínfulas de revolucionario del tres al cuarto y pararse a pensar cuáles son nuestros problemas reales.

Salu2,

AMT 

 

Post Data: Mientras escribía este post, se me planteó la duda de si merecía la pena escribir algo más informal y con capacidad de llegar a más gente, o seguir con el tono habitualmente neutro y analítico de este blog. Las dos opciones tenían sus méritos y desventajas, y no me supe decidir entre ellas. Así que al final decidí que iba a hacer las dos. Éste es el post analítico y justo detrás viene su mellizo, aunque, no sé, quizá me he pasado un poco con lo de su tono informal...

 

 

sábado, 30 de diciembre de 2017

Predicciones para 2018


Queridos lectores,

Una vez más, como por estas fechas, me enfrento al difícil ejercicio de intentar adivinar cuáles son las tendencias que configurarán el año que empieza en un puñado de horas. Lo haré atendiendo, como es del interés de este blog, al problema de los recursos y ambientales, y a sus consecuencias socioeconómicas. Como siempre, debido a lo corto del plazo comparado con los tiempos propios de los procesos que pretendo describir, así como la multiplicidad de factores que intervienen, hacen de este ejercicio una pirueta difícil y arriesgada, pues las probabilidades de equivocarse son mucho más elevadas que las de acertar. Aún y con todo, creo que el ejercicio de plasmar cuáles son mis ideas sobre la actual situación es interesante por sí, más que nada con una función de prevención de los peores problemas que se podrían dar y también ejemplarizante.

Pero antes de empezar con la previsión de este año propiamente dicha, haremos como siempre un repaso de las previsiones que hicimos el año pasado, analizando cuán acertadas o equivocadas fueron.


  • Comienzan a notarse la caída de la producción de petróleo: Lo cierto es que no, aún no se ha notado, justamente por el aspecto que se consideraba improbable: el aumento de inversión en fracking en los EE.UU. Aunque sea una locura, no sólo por cuestiones ambientales sino también porque es financieramente ruinoso, es exactamente eso lo que está pasando. Considero esta previsión fallida en lo esencial.
  • EE.UU. lo apuesta todo al fracking: A pesar de que las explotaciones de fracking son desesperamente ruinosas, ciertamente los EE.UU. lo están apostando todo a esto, y como se preveía han conseguido remontar el máximo de producción de 2015. Esta previsión ha sido completamente correcta y más aún, hasta el punto de arruinar la anterior.
  • Recesión, por fin: Llevo desde 2014 avanzando esta recesión y este año tampoco ha llegado. Previsión completamente fallida
  • Auge del populismo: Esta previsión ha sido al menos parcialmente acertada. En Europa está habiendo claramente un resurgir de la xenofobia y el populismo, sobre todo en Centro Europa.
  • Nuevas guerras: Afortunadamente no. Se trataba de una posibilidad más que de una certidumbre; aún así, la considero fallida.
  • La España ingobernable (segundo acto): Lo cierto es que, a pesar de que todos los problemas que se apuntaban se han dado y siguen ahí, la legislatura nacional ha conseguido tirar adelante todo el año, y eso que con la cuestión catalana hubo momentos en que pareció que se hundiría. Considero la previsión parcialmente fallida (muchas de las cosas que se comentaban han estado presentes y continuarán estando ahí).
  • Cataluña, colisión inminente: Previsión completamente acertada, por desgracia, ya que ha ido mucho más lejos de lo que yo acertaba a atisbar.
  • El cambio climático no descansa: Desgraciadamente muy acertada, con posibles derivadas (sequía en España, si al final se demuestra que es un efecto del cambio climático) que nos afectan muy de cerca.
  • Cierre de este blog: Se consideraba poco probable y afortunadamente hemos acertado.
Seguramente las previsiones de 2017 han sido las peores que he hecho nunca, pues las he marrado, y por mucho, sobre todo en los aspectos más importantes, los relacionados con el tema principal de este blog.

Vayamos con las de 2018. Nada difícil de verbalizar, porque voy a hacer básicamente las mismas que hice en 2017, esperando que este año sean más acertadas.

  • Caída de la producción de petróleo: Actualmente la compensación del declive del volumen total de hidrocarburos producidos se está realizando principalmente gracias al repunte del petróleo de fracking en los EE.UU. Pero los problemas han continuado aumentando en muchos productores principales y la tensión es máxima, la desinversión es generalizada excepto en el fracking, y en los EE.UU. el fracking no podrá mantenerse por mucho tiempo más con los números ruinosos que tiene. A pesar del previsible pico de precios (ver más abajo), 2018 cerrará con un descenso apreciable de la producción de hidrocarburos líquidos, que podría llegar, en el peor de los casos, a ser de alrededor de 2 millones de barriles diarios (Mb/d) menos que el máximo, actualmente conseguido en agosto de 2016.
  • Pico de precios del petróleo: Considero bastante probable que el precio del petróleo crudo, por culpa del declive productivo ya anunciado, llegue a máximos no vistos desde 2008. No sé si llegaremos a tocar un precio tan elevado como los 150 dólares por barril de aquel año (aunque no es descartable que esta vez fuera incluso mayor), pero en todo caso asumo que el precio superará la barrera de los 120 dólares por barril, lo más probable hacia el mes de julio y en todo caso antes de cerrar el año, para luego precipitarse a precios mucho más bajos en medio de la grave crisis económica que desencadenará.
  • Grave crisis del fracking en los EE.UU. con fuertes consecuencias políticas: Dilapidar dinero en el fracking de la manera que se está haciendo no puede seguir para siempre, y considero bastante probable que el año que viene, a pesar de que los fugaces altos precios del petróleo hagan pensar que por fin el fracking va a producir beneficios, acabe en una gravísima crisis en el sector cuando se vea que ni por ésas se realizan los beneficios esperados. El hundimiento final del fracking (que, por ser sinceros, lo más probable es que no se verifique hasta principios de 2019) generará una crisis política de grandes dimensiones, que puede lastrar de forma definitiva la presidencia de Donald Trump.
  • Recesión, por fin: Un pico de precios del petróleo como el que estoy previendo desencadenaría una gran recesión global, como en 2008. En el caso concreto de las economías occidentales, incluyendo España, esta crisis arruinará todas las previsiones macroeconómicas y disparará el paro Quizá, después de tres años de repetirla infructuosamente, esta vez la previsión se cumpla.
  • Nuevas guerras: Por desgracia, considero que la probabilidad del estallido de nuevas guerras, con el factor de control de los recursos más o menos explícito, va ser muy elevada durante el año que viene. Desde escaramuzas y revueltas hasta verdaderas guerras, la lista de países donde podría estallar conflictos es bastante larga: Argelia, Nigeria, Libia de nuevo, Sudán del Sur, Venezuela e incluso Arabia Saudita. Veremos qué nos depara 2018 en este aspecto.
  • La España ingobernable (tercer acto): La consolidación de Ciudadanos como fuerza alternativa al PP, la revalidación de la mayoría independentista en el Parlament de Catalunya, y por último la crisis económica con el consecuente descontento social, hacen muy probable que el actual Gobierno del PP acabe finalmente por caer. Ante la perspectiva de una caótica moción de censura, el Gobierno del PP convocará elecciones anticipadas hacia el final del año, de las que saldrá un Congreso de los Diputados más fragmentado que nunca, haciendo todavía más difícil la formación de coaliciones para gobernar España.
  • Cataluña, rebelión de baja intensidad: La situación de Cataluña va a volverse aún más compleja de lo que lo ha sido durante los últimos años. El punto central de la estrategia independentista será, probablemente, intentar restituir a Carles Puigdemont como President de la Generalitat. Aquellos diputados electos que todavía estén en la prisión o huidos de España para esquivar a la justicia española acabarán probablemente renunciando a sus actas para garantizar la mayoría independentista en el Parlament, con la sola excepción de Carles Puigdemont (actualmente en Bruselas) y quizá la de Oriol Junqueras (en prisión), de manera que se garantice la mayoría absoluta del bloque independentista aunque haya dos que nunca estarán en el Parlament (aunque eso les implicará apoyarse mucho en la CUP). El bloque independentista intentará que se proclame a Puigdemont presidente aunque no llegue a estar presente nunca, proponiendo una modificación del reglamento e intentando escenificar, si no lo consiguen, la anomalía que representa que el candidato con mayor apoyo parlamentario no pueda tomar posesión del cargo de President por la persecución judicial. Lo que pase después no sé que será, pero tiene pinta de que será bastante complejo: un President (o Presidenta) comodín, que representará el papel aunque "obedecerá" las órdenes de Carles Puigdemont (con amplia escenificación de las teleconferencias en los consejos de gobierno); una nueva hoja de ruta hacia la proclamación de la República Catalana pero de menor intensidad, intentando forzar los límites legales pero sin traspasarlos, una acción continua en todos los frentes jurídicos nacionales e internacionales y, para mantener la tensión en la calle, una nueva fecha a como mucho un par de años vista en la que deberá pasar algo muy importante y definitivo, de modo que actúe como acicate y tótem ilusionante. Un Procès 2.0, vaya. Debido a la crisis del Gobierno de España, lo más probable es que los independentistas catalanes aprovechen la situación para sacar mayor beneficio para sus fines. En todo caso, como digo, la situación que se dibuja parece extremadamente compleja.
  • La sequía en España se agrava: Normalmente las fases agudas de las sequías en España duran un par de años y eso hace probable que la actual se prolongue aún un poco. Los problemas que tal prolongación de la sequía puede generar a nivel social no deben ser desdeñados, porque ya estamos en una situación bastante extrema, y tiene un impacto económico nada despreciable. Quizá eso sirva para hacer más evidente en la población general la necesidad de tomar medidas decididas para combatir el cambio climático. Otra cosa es que las medidas que se implementen al final sirvan para algo.
  • Cierre de este blog: Los lectores más antiguos habrán observado una disminución en el ritmo de publicación, sobre todo en la recta final del año. Esto es debido a que mi trabajo principal cada vez me toma más tiempo y me implica viajar mucho más (he hecho 5 viajes sólo en el último mes). Durante el año que viene no creo que la situación varíe mucho respecto al nivel actual, con lo que veo probable que mi ritmo de publicación pase de uno a la semana que más o menos mantenía a uno cada dos semanas. Pero tengo en la recámara unos cuantos buenos posts de Beamspot y de otros autores nuevos, aparte de tres posts comenzados sobre diversos temas de interés, y confío en que con otras contribuciones que irán llegando podamos mantener el nivel de publicación en un post a la semana o más. En todo caso, no creo que haya presiones para cerrar el blog, y menos este año en que los temas que aquí se tratarán recobrarán mucho interés
En resumen, creo que 2018 será un año que marcará un hito, un cambio de tendencia bastante fuerte, una etapa destacada en nuestro declive energético.

Salu2,
AMT

lunes, 29 de mayo de 2017

Diario de trinchera: atrapar la oscuridad con las manos





- ¿Qué distancia hay entre León y Granada?

A pesar de que me esperaba cualquier cosa, la pregunta me pilló a contrapié. Estaba algo aturdido por el largo viaje; el jetlag aún no me había hecho efecto, pero había madrugado mucho aquel día y para mi cuerpo, a pesar del pleno día que hacía afuera, ya estaba casi anocheciendo. Aunque en aquella habitación sin ventanas fuera imposible saber si era de día o era de noche. Se diría que todo el ambiente estaba pensado para causar una sensación de irrealidad a los allí retenidos, deprivados de estímulos sensoriales, aunque al fin y al cabo los que por allí pasábamos sólo estaríamos una hora o así, mientras que los funcionarios que trabajaban en aquella sala tenían que pasarse su jornada laboral durante días y días; cabría preguntarse a quién perjudicaba más ese ambiente, a la postre.

Con ésta y otras cavilaciones había ocupado mi tiempo, mientras miraba mi reloj viendo que iba a perder mi correspondencia, antes de esa fatídica pregunta sobre la geografía española de la que aparentemente dependió mi futuro aquel día. Y es que durante la hora y cuarto que permanecí retenido allí antes de ser interrogado tuve mucho tiempo para pensar; al fin y al cabo, no se permitía el uso de móviles en aquella habitación (aunque vi a una chica escribir whatsapps a hurtadillas, escondiendo el aparato y sus manos dentro de su bolso). Lo único que había para entretenerse era una televisión, con la CNN siempre, pero los asientos estaban colocados de espaldas a ella, para hacer deliberadamente incómodo intentar mirar al aparato. Pero la televisión hace tiempo que no me interesa, así que tampoco me había apetecido pasar los minutos de angustiosa espera fijando mi vista en tan incómodo aparato.


Llevaba un libro conmigo, una novela, justamente para entretenerme durante los momentos en que no pudiera usar algún sistema de ocio electrónico: la poco reconocida ventaja de lo analógico, que funciona siempre y que es menos sospechoso que los dispositivos con chips y procesadores. Lamentablemente la novela que llevaba, regalo del último Sant Jordi, no me pareció apropiada para ser exhibida en ese preciso ambiente: "El pacifista que pretenia volar una discoteca". Me habían recomendado ese libro, que explica la radicalización política de un chaval apenas adulto en las postrimerías de la dictadura de Franco, y que para mi tenía el atractivo adicional de que los hechos descritos, que sucedieron realmente, transcurren en lugares muy familiares, en la comarca catalana en la que vivo. Pero, claro, sacar semejante libro en la sala de retención del control de fronteras de los EE.UU. en el aeropuerto de Newark podría hacerme parecer aún más sospechoso, sobre todo cuando más de uno y más de dos de los policías de fronteras hablaban un español decente y podrían entender el título del libro; si encima luego comprobasen que el texto está escrito en una lengua vernácula más incomprensible, la posibilidad de que acabase en un filtro de tercer nivel me pareció bastante real. Así que había dejado el libro en la mochila y había esperado pacientemente a que llegara mi turno para ser interrogado, sin yo ser capaz de imaginármelo, sobre la geografía española. Al fin y al cabo, estaba en un agujero donde uno sabe que si mantiene la calma acabará saliendo al cabo de un buen puñado de minutos, pero a pesar de lo cual te queda siempre la sorda inquietud de que te encuentren algo, de que una extraña pieza de información te haga parecer aún más sospechoso y caigas a un agujero aún más profundo del cual sea bastante más difícil salir. Y es que en realidad uno siempre es sospechoso. ¿Qué pasaría si ese agente que hablaba español se dedicaba a buscar información sobre mi en internet, y consideraba que mis posicionamientos sobre el capitalismo o la transición socioeconómica son demasiado disruptivos y peligrosos? ¿O si accediese a una hipotética ficha de seguimiento de algún cuerpo o fuerza de seguridad del estado español y viera que he mantenido contactos, aunque hayan sido completamente anecdóticos y de carácter técnico, con partidos políticos tan poco recomendables como Bildu, la CUP o Podemos? O vete a saber, quizá lo que no les gustase de mi fuera cualquier otra cosa que yo haya podido hacer durante mis 47 años de vida, cosas a las que yo no les he dado importancia pero que podrían parecerles poco convenientes o sospechosas. Podía leer ese mismo pensamiento en los ojos de muchas de las personas, unas dos docenas, retenidas en aquella sala. Había de todo: jubilados con marcapasos, madres con bebés en portabebés, estudiantes, hombres de negocios, un piloto de avión, un músico, un oficinista... y de todas las razas y credos, algunos más evidenciados externamente y otros menos. Era bastante obvio que se trataba de un control aleatorio y rutinario, pero, al final, ¿quién puede estar completamente seguro de que nada de lo que esté registrado sobre uno, vete a saber dónde, no te puede acabar arrastrando a ese lugar al que no quieres ir?

¿Cómo había ido a parar allí?

Hacía meses que sabía que se celebraba un importante congreso sobre salinidad oceánica en una de las más prestigiosas instituciones ocenográficas del mundo, el Woods Hole Oceanographic Institution. Sin duda era un contexto más que apropiado para mostrar los grandes avances que mi equipo ha desarrollado durante los últimos años, y eso mismo pensaron en la Agencia Espacial Europea, con la que trabajamos, por lo que nos insistieron en que participáramos. Así que una compañera del trabajo y yo nos registramos, hicimos los preparativos del viaje y nos habíamos encontrado en el aeropuerto de Barcelona aquella misma mañana, dispuestos a emprender el largo viaje desde Barcelona hasta Falmouth, Massachusetts, donde nos íbamos a alojar esos días.

Ya antes de salir de Barcelona a mi compañera le tocó un control aleatorio, junto con un buen puñado de otros pasajeros, a los que llevaron a una sala apropiada. Le hicieron preguntas breves y corteses, le revisaron someramente la maleta y ya está, todo rápido y discreto. Eso sí, le avisaron, si se aprueba la normativa que prepara el Congreso de los EE.UU., pronto no se podrán llevar portátiles en el equipaje de mano, sino que deberán ser facturados, y que incluso podría suceder tal cosa antes de que emprendiéramos el viaje de vuelta.

Después, ocho horas de vuelo hasta llegar a Newark y allí, al pasar el control de fronteras, fui seleccionado para un segundo cribaje; afortunadamente, esa vez mi compañera se salvó. Así fue como acabé en el pozo sensorial de aquella sala, mientras los minutos pasaban y mi correspondencia con el vuelo a Boston peligraba.

Cada pocos minutos alguno de los allí retenidos era interpelado para acercarse al mostrador donde un guardia de fronteras hablaba con él o ella, generalmente brevemente; después, le devolvían el pasaporte y le dejaban marchar. Era un goteo lento pero constante, y por lo que pude comprobar cada persona pasaba en media poco más de una hora en aquella sala. Según mis cálculos, eso me dejaba unos 20 minutos para llegar al avión a Boston antes de que comenzase el embarque, 40 minutos antes de la salida del avión. Estando en un aeropuerto que no conocía, las posibilidades de perder mi enlace eran muy elevadas. Y entonces, ¿qué? ¿Quién respondería por ello?

Coincidiendo prácticamente con el plazo que había estimado me llamaron. "Antonio María Turiel Martínez". Me levanté y fui al mostrador, intentando mostrar una sonrisa cordial y confiada. El escritorio de los agentes estaba en una tarima, de manera que el agente de fronteras queda muy por encima de la cabeza del interrogado, lo que incrementa la sensación de intimidación. 

El agente hablaba español, con fuerte acento estadounidense y mexicano. "¿Es Vd. de León?". "Sí", dije yo. "¿Cómo se llaman sus padres?". Le contesté. Y entonces llegó la pregunta de marras:

- ¿Qué distancia hay entre León y Granada?

Un segundo de titubeo, y contesté:

- No sé. Mucho. Qué sé yo, 800 kilómetros -respondí por fin. 


Sabía que de León a Madrid hay poco menos de 350 kilómetros, y de Madrid a Granada, pensaba, podría haber unos 400 o 500, de ahí mi respuesta.

- ¿Unas diez o quince horas manejando? - me preguntó entonces. 

- Hombre - dije yo - si fueran diez o quince horas conduciendo la distancia sería mayor.

- Muy bien, Sr. Turiel. Aquí tiene su pasaporte. Que tenga una feliz estancia.

Cogí mi pasaporte y me alejé torpemente del mostrador, en dirección a la puerta. En seguida me encontré con mi compañera, la cual había preguntado por mí y quizá había acelerado mi salida de aquel lugar. Más tarde pude comprobar que entre León y Granada hay 765 kilómetros por carretera, así que mi respuesta había sido bastante acertada. No pude evitar pensar qué hubiera pasado si me hubiera equivocado por mucho con esta distancia...

Faltaban 45 minutos para la salida de nuestro vuelo, pero aún nos quedaban muchos obstáculos. Tuvimos que pasar la declaración de aduanas, la cual afortunadamente fue muy rápida; después, salir a los mostradores de facturación, pues no nos daban la opción de hacer la correspondencia directamente; después, en medio de un gentío delirante, localizar nuestro vuelo. Afortunadamente, el vuelo a Boston sufría un retraso de nada más y nada menos que una hora y media, así que el hecho de que el vuelo no hubiera aterrizado en la mismo terminal de la correspondencia no fue tan grave. Tras orientarnos, cogimos el tren automático hasta el otro terminal y ahí llegamos a las puerta de embarque, con una fila portentosamente larga. 20 minutos de cola y ya llegamos al control de equipajes. Desafortunadamente, mi mochila se fue por un camino diferente a las de los demás: otra vez un control extra.

Me puse al final de la cola de desvío, a esperar que la agente de control de equipajes revisase el mío. Una familia con niños pequeños esperaba delante de mi. La agente se estaba mirando los pequeños botecitos que llevaban en su equipaje, probablemente jabones y champús, y ese gesto fue una muestra acabada de la absurdidad e impotencia de tanto control. ¿Cómo podría saber esa mujer si esas substancias era peligrosas sólo mirándolas? Era un total ejercicio de inutilidad.

Por fin me llegó el turno y la agente empezó a revisar mis cosas. La única cosa que le interesó fue mi portátil. Me asaltó una vaga inquietud: si me obligaban a encender el ordenador verían que utilizaba el sistema operativo Linux, y una cosa tan extraña me haría seguramente parecer muy sospechoso. Ya me veía dándole explicaciones a un agente malencarado en otra sala oculta de la vista del mundo, cuando la agente acabó de revisar mi portátil: tan sólo había escaneado la batería. Para cuando hube recogido todas mis cosas y vuelto a atarme los zapatos era exactamente la hora a la que estaba previsto que saliese nuestro vuelo de correspondencia.

Tan ajetreado paso por los controles había hecho mella en nuestro ánimo, pero nos consolaba la suerte de que el avión saliese con retraso y no lo hubiéramos perdido (lo cual hubiera desencadenado un pequeño tsunami de papeleo y reclamaciones, a diversas bandas encima ya que en el CSIC los viajes son tramitados obligatoriamente por una conocida agencia de viajes y se ha de pasar por ellos necesariamente para todo). Para nuestra desgracia, el retraso final fue aún mayor, pues ya en el avión éste aún tardó una hora más en salir. Para cuando llegamos a Boston, el último autobús a Falmouth, nuestro destino final, ya había partido y empezaba a ser un poco tarde (hora local, porque para mi reloj interno la hora era tardísima).

En el mostrador de las líneas de bus urbano explicamos nuestra situación y la opción que nos dieron fue que cogiéramos un autobús hasta Sagamore, que distaba unos 30 kilómetros de nuestro destino final, y que desde allí buscáramos el medio de llegar a Falmouth. Mientras mi compañera se informaba sobre los horarios yo llamé a un colega que sabía que ya estaba en Falmouth y que había tenido el buen criterio de alquilar un coche. Le expliqué la situación y muy amablemente se ofreció a venir a buscarnos a Sagamore.

El viaje en autobús estuvo también salpicado de anécdotas, sin mayor relevancia para lo que aquí se explica. En EE.UU. casi todo el mundo tiene coche y el autobús es un medio de transporte marginal y, para lo que es, relativamente caro. Tras hora y pico de trayecto nos dejaron, al azote del frío y de la lluvia, al lado de una gasolinera en medio de ninguna parte cerca de Sagamore. Al final nuestro colega nos rescató y pudimos llegar al hotel. Para cuando pude meterme en la cama hacía 25 horas que me había levantado, por lo que me fui a dormir, en horario español, a la hora en la que generalmente me levanto.

El congreso transcurrió bien, sin novedades reseñables; presentamos nuestro trabajo, pudimos conocer el trabajo de nuestros colegas, y tuvimos tiempo para discutir con ellos. Por la tarde paseábamos brevemente por Falmouth y cenábamos. Contrariamente a muchos lugares comunes que se dicen de los norteamericanos, la gente que nos encontramos fue amable y agradable, muy serviciales y comprensivos con el hecho de que al ser extranjeros no siempre comprendíamos todo lo que nos decían.

Llegó el día de la vuelta, y aún nos esperaba una nueva prueba con los controles obsesivos. Resultó que la agencia de viajes había contratado un vuelo Boston-Montreal-Barcelona, pero al llegar al mostrador de facturación nos informaron de que para pasar por Canadá debíamos haber solicitado una especie de visado electrónico y sin él no podían imprimirnos las tarjetas de embarque. "No se alarmen", nos dijo el amable empleado de Air Canada, "el formulario se completa online, se pagan 7 dólares canadienses y generalmente al cabo de unos minutos ya te dicen si puedes o no viajar". Así que nos fuimos a sentarnos a un banco e intentamos rellenar el formulario de marras con la wifi del aeropuerto, pero ésta iba demasiado sobrecargada y el proceso de pago fallaba siempre. Tras una hora de infructuosos intentos,  al final yo acabé llamando a mi mujer en España y le fui dictando los datos del extensísimo formulario, mientras mi compañera consiguió que le dejasen una tablet conectada a su red interna en el mostrador de Air Canada. Al cabo de unos minutos conseguimos la confirmación para viajar y pudimos sacar las tarjetas de embarque.

El acceso a las puertas de embarque fue caótico y desorganizado, con multitud de problemas y muestras de improvisación bastante ibéricas, y en el control de equipajes retuvieron esta vez el de mi compañera. Habíamos llegado al aeropuerto con cuatro horas de antelación, pero para cuando nos sentamos en el vestíbulo de las puertas de embarque faltaba menos de una hora para nuestro avión.


Ni mi compañera ni yo osábamos decirlo, pero ambos éramos conscientes de que si al pasar por Canadá nos sometían a los mismos controles obsesivos que habíamos sufrido durante todo el viaje perderíamos la conexión a Barcelona (sólo teníamos hora y cuarto para la correspondencia), y seguramente ya no habría ningún otro vuelo hasta el día siguiente. Así que cruzamos los dedos.

Al llegar a Canadá vimos una larguísima y serpenteante cola para pasar por el control de pasaportes y nos temimos lo peor; sin embargo, los ocho agentes que trabajaban en ella sólo se demoraban unos pocos segundos por viajero y al final, al cabo de pocos minutos y para nuestra incredulidad estábamos llegando a la zona internacional del aeropuerto internacional de Canadá, limpia y luminosa en contraste con todo lo que habíamos visto en EE.UU. Mi compañera no pudo evitar decir: "Por fin estamos en un país civilizado".

El vuelo a Barcelona transcurrió sin mayor sobresalto, y al llegar al Prat vimos una lenta y larguísima cola para pasar el control de pasaportes de los ciudadanos no comunitarios. Esta vez no nos tocaba a nosotros pasar por esa penalidad; en cuestión de pocos minutos atravesamos el control para los ciudadanos comunitarios. Por fin estábamos en casa, a salvo de controles obsesivos y de oscuros agujeros en los que caes sin saber por qué y sin saber si saldrás de ellos.


El mundo en colapso es un mundo muy diferente al que hemos vivido durante las décadas de la triunfante globalización. El miedo global, el terrorismo sin fronteras, la proliferación de guerras por los últimos recursos, todo ello nos arrastra insensiblemente hacia una supresión de las libertades civiles y un aumento de los controles obsesivos pero inútiles. Nuestra condición colapsante nos va arrastrando a la negrura, y los gobiernos, como las personas que se están ahogando en medio del mar, chapotean frenéticamente intentando salir de ese marasmo. Intentan atrapar la oscuridad con las manos sin darse cuenta de que son ellos mismos quien la crean, que son sus acciones, sus muchas manos levantadas, las que tapan la luz.

Antonio Turiel
Mayo de 2017



viernes, 30 de diciembre de 2016

Predicciones para 2017



Queridos lectores,

Llegamos una vez más a ese punto del año en el que hacemos el complicado ejercicio de intentar aventurar qué nos deparará el año que está por comenzar. Entre los que nos dedicamos a alertar de las graves consecuencias que tendrá la continuada y deliberada ignorancia de los problemas que está causando y que causará el inevitable declive energético, es moneda común hacer estos ejercicios de prospección, anticipación o adivinación (así calificados según la indulgencia de quien los valora), a pesar de la dificultad intrínseca que comportan y del riesgo de descrédito que se sigue cuando las cosas no van como estaban "previstas". La razón de hacer este ejercicio, a pesar de su dificultad y riesgo, radica en la necesidad que tiene la actual sociedad, infantilizada y acomodaticia, de fijar plazos concretos para reaccionar a los problemas anunciados, incluso plazos excesivamente breves (un año, en este caso) para la dinámica propia de los procesos en marcha. Así que, un año más, intentaremos anticipar qué es lo que nos pueden deparar los próximos 365 días, teniendo en cuenta las actuales tendencias energéticas y económicas.

Antes de pasar a hacer las previsiones para el 2017, echemos un vistazo a cómo fueron las que hicimos en 2015 sobre cómo iría 2016.

  •  Situación del precio del petróleo: Correcto en lo que se refería a que la situación de precios bajos se prolongaría, equivocado en esperar que a partir del verano el precio remontaría con fuerza: algo remontó, pero mucho menos de lo esperado, probablemente porque ni ha quebrado una empresa productora suficientemente grande aún, ni ha colapsado un país productor importante. Considero esta previsión esencialmente fallida.
  • Estallido de la burbuja del fracking: Si bien la burbuja del fracking se ha ido desinflando a lo largo del año (con una caída de la producción de casi el 20% del petróleo ligero de roca compacta o LTO, que se produce mediante fracking, en los EE.UU.), en los últimos meses se ha producido una ligera recuperación de la producción de LTO en el gigante americano, motivada más por las expectativas que por las capacidades reales del mercado o el abaratamiento real de los costes de producción. A pesar de las continuas quiebras de empresas productoras en los EE.UU., el capital financiero aún apuntala a las empresas de fracking y no se ha producido la anunciada implosión financiera. Esta previsión ha sido completamente errónea.
  • Será cada vez más difícil ocultar que se ha producido el peak oil: A pesar de las peculiaridades del último informe de la Agencia Internacional de la Energía, especialmente en lo que se refiere al peak oil, lo cierto es que es un tema del que no se habla (aunque hay una preocupación creciente entre los expertos por el futuro de la producción de petróleo, dado lo agresivo de la desinversión petrolera). El esperado declive de producción de hasta 2 Mb/d no se ha producido, aunque 2016 probablemente se cerrará con una producción inferior a 2015. Previsión fallada en lo principal.
  • Recesión europea: Completamente equivocada. Puede que las economías europeas en su conjunto estén más o menos en estado letárgico (no, por cierto, España, cuya economía crece a buen ritmo), pero no hay tal recesión.
  • Las guerras europeas: Ni tanto ni tal calvo. Siguen los problemas que había, se intuyen algunos nuevos, pero no hay conflictos en ciernes - con los que hay ya estamos bastante servidos en miseria y terror. Previsión bastante fallida.
  • ¿Y la española?: Si algo es cierto es que España no ha entrado en ningún nuevo despliegue militar, pero no por las razones indicadas en esta previsión (falta de gobernabilidad) sino porque no ha habido necesidad. Fallida.
  • España, ingobernable: Sorprendentemente, muy acertada, defenestración de Pedro Sánchez incluida.
  • Cataluña, camino a la independencia: Con matices, previsión acertada. En 2016 se ha seguido por el mismo camino por el que se iba, con una tensión creciente entre España y Cataluña, y se han dejado los platos fuertes para 2017, como se preveía.
  • Desestabilización climática: Acertada en la evolución del hielo ártico y el alza de temperaturas, pero no se ha dado ni el año sin verano (que en todo caso era sólo una posibilidad) ni demasiados extremos climáticos (aunque depende de dónde viva el lector no estará de acuerdo, por ejemplo si lo hace en Valencia). Considero la previsión esencialmente acertada, con matices.
  • Cierre de este blog: No se consideraba probable y no ha pasado. 

En resumen, puede que mis previsiones para 2016 hayan sido las peores que he hecho desde el comienzo de este blog, pues la gran mayoría han fallado. En mi opinión, porque el plazo fijado era demasiado breve para lo que se quería describir, así que ya pueden imaginar por dónde van a ir mis previsiones para 2017, que ahora enuncio.
 
  • Comienzan a notarse la caída de la producción de petróleo: La combinación del declive natural de producción de los campos maduros, los costes crecientes para la producción de nuevos yacimientos y sobre todo la brutal desinversión en el sector provocará que en 2017 la caída en producción de todos los líquidos del petróleo no sea una cosa sutil, sino algo bien marcado y definido. La magnitud de la caída dependerá de cuánto dinero público decida gastarse Donald Trump en el fracking (ver más abajo), pero parece poco probable que EE.UU. dilapide la monstruosidad requerida para evitar que la caída de producción sea ya evidente en 2017. Con todo, la caída desde máximos no llegará aún a los 2 Mb/d y por tanto los medios especializados lo considerarán un simple bache que puede ser remontado. Es decir, 2017 aún no es el año del reconocimiento público del peak oil, aunque seguirá ganando fuerza el hablar de la falacia del peak demand.
  • EE.UU. lo apuesta todo al fracking: Dado el gabinete que ha configurado Donald Trump y su apuesta por relocalizar toda la actividad productiva posible a su país, y teniendo en cuenta la cantinela sobre la presunta abundancia energética de los EE.UU. de los últimos años, es más que probable que la nueva administración norteamericana apostará fuerte por el relanzamiento del extractivismo en su suelo patrio. Eso implicará una relajación de la regulación y de los impuestos a pagar por las empresas extractivas, y en el caso concreto del petróleo eso afectará con fuerza a las explotaciones en el mar, en la Reserva de Alaska y a las múltiples explotaciones de fracking. Pero estas últimas son desesperamente ruinosas, con lo que el propio Estado, mediante créditos blandos y otros mecanismos financieros, financiará los costes de exploración y desarrollo. Lógicamente, eso implicará desviar dinero de otros sitios, pero si como prometió Trump EE.UU. se repliega militarmente (o cobra peaje por su protección a sus vasallos) la cosa puede durar un tiempo. Esta financiación pública puede camuflar el efecto del peak oil durante todo 2017, e incluso la producción de LTO podría recuperar su máximo histórico.
  • Recesión, por fin: Una de las cosas que puede precipitar el fin del apoyo público estadounidense al fracking es el comienzo de una nueva crisis económica (aunque, por poner las cosas en su justa medida, tengan en cuenta que desde este blog llevamos vaticinando esa crisis desde finales de 2014 y aún no ha asomado su pata en Occidente). A pesar de la mucha tensión financiera acumulada en el sistema y otros problemas, dadas las tendencias actuales no creo que la recesión se manifieste en Europa hasta finales de 2017; pero cuando llegue lo hará con fuerza, con quiebras de algunos bancos importantes. En el caso concreto de España, la bolsa se mantendrá prácticamente plana, como este año, subiendo muy pocos puntos porcentuales con respecto a la apertura del año, hasta que probablemente hacia finales de año experimentará una caída bastante fuerte, de alrededor de un 20% por debajo de los valores del principio de año. Poco antes el paro comenzará a repuntar otra vez, y lo hará con fuerza, lo cual hará crecer el descontento.
  • Auge del populismo: Europa se enfrenta a nuevas citas electorales clave, como las presidenciales francesas, y algunas elecciones menores podrían acabarse convirtiendo en cuestiones de confianza de más de un gobierno. La manera en la que se gestione el Brexit puede desencadenar nuevos conflictos. Entre tanto, los problemas con los refugiados y los atentados de corte islamista harán que la xenofobia y el populismo ganen cada vez más peso político.
  • Nuevas guerras: El escenario bélico global seguirá extendiéndose, y el año que viene se añadirá un conflicto armado en al menos un nuevo país clave en el juego geostratégico de los recursos. Cuál es difícil de saber, aunque algunos como Nigeria (aquí sería más bien una escalada) tienen más bazas. Conviene no perder de vista tampoco Venezuela, donde las tensiones son crecientes, aunque espero que en este caso los problemas no tomen la forma de una guerra civil y más bien sean revueltas.
  • La España ingobernable (segundo acto): La crisis de gobernabilidad de España de este año se ha cerrado en falso, con un gobierno en minoría y con no demasiado margen de maniobra, dependiente de lo que haga ese pecio a la deriva en el que se está convirtiendo el PSOE. El presupuesto del año 2017, que se tendrá que aprobar en enero, conllevará un considerable coste político para el Gobierno y para quienes le apoyen, pues se tendrán que tomar nuevas medidas restrictivas del gasto. Para cuando estalle la previsible recesión, el Gobierno se volverá muy impopular y quienes ahora le apoyan se cuestionarán si merece la pena mantener el apoyo o ir a unas nuevas elecciones. El gobernante PP cuenta con la ventaja de que el PSOE está en proceso de redefinir su nuevo liderazgo, Ciudadanos lucha por preservar un espacio propio y Unidos Podemos se pierde en luchas internas lejos de las necesidades de los ciudadanos. Aún así, la  amenaza de nuevas elecciones será continua y se podría acabar materializando por cualquier futesa a priori irrelevante.
  • Cataluña, colisión inminente: El calendario de los problemas económicos no va a ayudar al ejecutivo español en su gestión de la amenaza separatista en Cataluña: de acuerdo con la hoja de ruta actualmente trazada por el ejectivo autonómico catalán, en septiembre de 2017 se tendría que celebrar por fin el ansiado referéndum sobre la independencia - algo complicado de materializar, dado que la Generalitat no tiene competencias reconocidas en esa materia y el Gobierno de España no desea hacer tal cosa ni en sueños, y  tampoco es cuestión repetir el vodevil del 9N. La estrategia actual de encausar a cargos públicos catalanes por diversos motivos no ayuda a rebajar la tensión, sino al contrario, puede producir el efecto contrario y empujar a los indecisos hacia el bando independentista.
  • El cambio climático no descansa: La situación con el hielo ártico y antártico no va a mejorar, sino que más bien tenderá a empeorar. Si se consolida el cambio de fase observado este año, el descenso de la cobertura del hielo marino global podría acelerarse. Las temperaturas globales seguirán su lenta pero decidida ruta de ascenso, y probablemente se vivan nuevos fenómenos extremos locales.
  • Cierre de este blog: Aunque este blog no es demasiado simpático para ciertas personas, aún es demasiado pronto para su cierre.

En resumen: 2017 será un jalón más del declive energético que ya ha comenzado, y no podemos descartar que durante el próximo año se produzcan algunas perturbaciones importantes.


Salu2,
AMT