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viernes, 3 de mayo de 2019

Repartiendo el peak oil



Queridos lectores:

Vuelvo al trabajo de divulgación de este blog después de una semanas de receso (motivadas por acumulación de trabajo, motivos personales y, por qué no decirlo, vacaciones), con la esperanza de poder retomar el ritmo de publicación más o menos habitual. El post de esta semana será, sin embargo, algo menos analítico que los que suelo escribir, en buena medida por esa falta de tiempo a la que antes aludía.

Hace unos pocos días, un importante representante de la industria hizo una afirmación bastante curiosa. Se estaba hablando sobre el futuro de la producción y suministro de gas natural en los EE.UU., y él, comentando sobre las dudas y reparos que generaba esta cuestión, dijo: "Estas dudas parecen propias de cuando creíamos en el peak gas". Afirmación curiosa por varios motivos. Primero, porque plantea que el pico del gas es una materia de opinión o, peor aún, de creencia, cuando en realidad la única cosa que es cuestionable es la fijación de la fecha precisa en la cual se producirá esa efemérides. Otra cuestión que plantea esa afirmación es que en última instancia está presuponiendo que la cantidad de gas disponible para su uso industrial en la Tierra es virtualmente infinito, cuando eso es una aberración lógica que además sería indeseable por el problema ambiental que se generaría. Pero en realidad lo que es interesante de esta afirmación es el esfuerzo que se está haciendo en Occidente en negar una realidad que no es ya inminente, sino que ya estamos inmersos en ella.

Podría decirse que la afirmación de que el gas natural es virtualmente infinito (algo completamente absurdo) está motivada por la necesidad. La necesidad es la que plantea la ya indisimulable llegada al peak oil, o máximo de producción de petróleo. Para entender mejor dónde estamos, conviene aquí hacer un pequeño repaso de cómo han evolucionado las previsiones sobre la producción de petróleo que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) - la cual, recordemos, siempre ha intentado ser muy optimista en sus proyecciones de futuro - ha formulado durante los últimos años.

En 2010 la AIE reconocía por primera vez que la producción de petróleo crudo había tocado techo hacia 2005-2006. De acuerdo con la previsión de aquel año, se esperaba que la producción de petróleo crudo se mantuviera estable, constante alrededor de los 70 millones de barriles diarios (Mb/d), hasta 2035 y que por tanto el crecimiento de la producción de petróleo en los años ulteriores al 2010 dependía de la capacidad de producir otros hidrocarburos líquidos alternativos, lo que habitualmente se conoce como "petróleos no convencionales".



En 2012 la AIE reconocía (con bastante discreción, eso sí) que la producción de petróleo crudo ya estaba bajando lentamente, asumiendo que para 2035 la producción de petróleo crudo sería 5 Mb menor que en 2005 (una caída de solo el 7%). Evitar el peak oil de todos los líquidos del petróleo quedaba por tanto fiado a la evolución de los hidrocarburos no convencionales.



En 2013 la AIE, en vista de los anuncios de la industria sobre la reducción de su inversión en la exploración y desarrollo de nuevos yacimientos petrolíferos, mostraba una gráfica tremebunda, en la cual se observaba una caída muy rápida de la producción de todos los líquidos del petróleo si no llegaba una inversión suficiente a tiempo. Aún no era la previsión central de la AIE, simplemente un toque de atención: todo un aviso a navegantes que sin embargo no hizo cambiar los planes de desinversión por parte la industria, la cual obviamente no quería inmolarse por un bien común mayor.

En 2016, por primera vez la AIE muestra una previsión en la que se ve decrecer la producción de todos los líquidos del petróleo. Para no hacer la cosa aún más alarmante la gráfica no muestra la previsión para los siguientes 25 años (que es el horizonte temporal que usa la AIE en sus previsiones) sino que lo dejaba en 9 años escasos, hasta 2025. Con todo, la gráfica era muy significativa.




Y en 2018 la AIE parece arrojar definitivamente la toalla. De entrada, preve que de aquí a 2025 la producción de todos los líquidos del petróleo sea hasta un 34% inferior a la demanda esperada para aquel año, guarismo que se podría reducir a un aún grave 14% si EE.UU. pudiera multiplicar su producción de petróleo de fracking por 3 y se produjeran algunas otras mejores inverosímiles en el resto del mundo. En este contexto, la AIE alerta que una sucesión de picos de precios de aquí a 2025 es inevitable.


En el mismo informe de 2018 se muestra una gráfica, ésta sí sobre el horizonte de 25 años, que enseña como evolucionaría la producción de petróleo si no se recupera la inversión. Creo que la gráfica se comenta sola.


Por tanto, hay una cosa que debe de quedar clara: la discusión ya no es cuándo se va a producir el peak oil. La fecha exacta puede todavía variar en algunos meses, pero de manera práctica ya se ha producido. Es algo que ya está aquí. Seguir discutiendo cuándo se va a producir es contraproducente. No solo eso: es una distracción. Una distracción que a algunos interesa, pero que en realidad no sirve a nadie. Porque en este momento la cuestión no es cuándo va a comenzar a bajar la producción de petróleo, sino cómo se va a repartir ese descenso de producción. O, dicho de otro modo, quienes tendrán que asumir una mayor reducción de su disponibilidad de petróleo mientras que otros mantienen la suya intacta o incluso crece.

El reparto del peak oil no solo no es una cuestión accesoria, sino que de hecho va a ser lo más importante en la discusión. Los medios de comunicación están transmitiendo y continuarán haciéndolo una imagen confusa de la realidad, lo cual no solo es lo más conveniente para los grandes poderes económicos, sino que por desgracia  acomoda bien con los intereses de las clases medias de Occidente, que van a preferir creer que no pasa nada hasta que la debacle petrolera les llegue de pleno. Como tantas veces me he encontrado, mucha gente en España asume que el problema del peak oil ni es tan importante ni es tan urgente porque simplemente no les está afectando a ellos, a pesar de que, como digo, no es algo que esperemos sino que ya ha pasado.

El reparto del peak oil se está haciendo, y se va a hacer, en dos frentes: uno externo y otro interno. O si lo prefieren, uno entre países y otro dentro de cada país.

Lo que le corresponde a cada país en el reparto internacional es bastante diferente, pero en absoluto tiene nada que ver con la suerte o la mala gestión, que son las excusas que se suelen utilizar para explicar por qué pasa lo que pasa. Analicemos primero la cuestión de los países productores de petróleo.

Hay países que esencialmente se consideran agotados y prescindibles. Es el caso de Yemen que, de ser productor significativo de petróleo, ha pasado a ser abandonado, cuando no llevado al exterminio. No es ninguna coincidencia: la caída de producción en Yemen fue muy abrupta por razones geológicas (petróleo somero y de fácil acceso, lo cual permitió llegar a altos niveles de producción pero que también llevó a una caída rápida de la producción una vez superado su peak oil). Yemen ya solo podría servir como consumidor y como consumidor no interesaba. Éste es también un destino cercano y  probable de Sudán y de Sudán del Sur, que explicaría los movimientos que actualmente tienen lugar en ambos países. Éste sería también, con el tiempo, el destino probable de Argelia o de Nigeria.

Hay otros países productores de petróleo que muestran graves síntomas de agotamiento, pero que por diversas razones no conviene o no se pueden hundir en guerras de exterminio. Es el caso de Venezuela o de México. En el caso de Venezuela, la estrepitosa caída de la producción de petróleo (que de ser más de 2,5 Mb/d a principios de siglo se encuentra ya por debajo de 1,3 Mb/d actualmente) está llevando a una gravísima crisis económica, crisis que se agudiza por el hecho de que la mayoría del petróleo que actualmente producen procede de los petróleos extrapesados de la Franja del Orinoco (petróleo de bajísima calidad y con escaso rendimiento energético y económico). Aún así, las inmensas reservas venezolanas de ese mal subproducto del petróleo y la cercanía geográfica parecen seguramente tentadoras a los EE.UU., que necesita petróleo pesado para combinar con su petróleo extremadamente ligero proveniente del fracking. Así pues, en vez de dejar a Venezuela sumirse en el inevitable caos de su bancarrota petrolífera, hay un cierto interés internacional, y particularmente de los EE.UU., en meter las narices en los asuntos venezolanos. Una situación diferente es la de México: con una producción petrolífera también en caída libre desde hace más de una década (sobre todo por la agonía del campo supergigante de Cantarell), pero que por su proximidad a los EE.UU. no interesa que se suma en el caos en el que están los países del primer grupo (so pena de desencadenar un flujo migratorio hacia el norte muchas veces mayor que el actual). El caso de México es interesante, porque las diferentes reformas energéticas (ahora en signo contrario con la llegada de un nuevo presidente de mayor sensibilidad hacia los temas sociales) están evidentemente fracasando en su objetivo de evitar el inescapable descenso energético, a pesar de que casi nadie dentro de México se dé cuenta de que ésa es la causa principal de sus problemas, más allá de gasolinazos y huachicoleo. Este grupo de países van camino de convertirse en Estados fallidos, donde restos de estructuras de poder mantendrán un cierto orden pero en los que las condiciones de vida de la mayoría van a degradarse (como ya lo están haciendo).

Están también los países que aún exportan o pueden producir cantidades significativas de petróleo. Estos países gozan aún de cierto respeto, pero su futuro en los próximos años es muy incierto, y en general es más probable que acaben como países del primer tipo que como del segundo. Tenemos en este grupo a Libia, donde las recientes ofensivas militares despiertan ahora mayor interés de los medios que toda la guerra civil que se desarrolla desde 2011, quizá porque se ve que Libia aún tiene un gran potencial para producir petróleo de calidad en un momento en que nos comienza a faltar. Tenemos también en este grupo a los países de Oriente Medio en general (con la ostensible excepción de Yemen, comentado arriba), principalmente Irak, Irán y la propia Arabia Saudita. Son países que van a ser respetados durante un tiempo, pero cuyo futuro es más bien negro (y no por el color del petróleo precisamente).

Tenemos, por último, los países productores pero que necesitan importar grandes cantidades de petróleo para mantener su pujante industria. En este grupo se encuentran básicamente los EE.UU. y China, las dos grandes potencias que se van a disputar la hegemonía del mundo, con Rusia (que aún exporta petróleo y tiene su propia potencia industrial y militar) como fiel de balanza.


Recuerden: la disminución de la producción de petróleo de todos estos países poco o nada tiene que ver con la buena o mala gestión que realizan de ella. Es un fenómeno de naturaleza geológica, que se ha verificado en decenas de países en todo el mundo, de todo tipo, y de la que no escapa ni Arabia Saudita. El único país que ha conseguido invertir esa tendencia es EE.UU., y eso a costa de arruinarse económicamente, porque en realidad están explotando un petróleo que no sale ni nunca podrá salir a cuenta. No se dejen engañar por los economistas engolados que salen por la televisión. Aquí quien manda es la ciencia, y la Economía no es una ciencia.
 
Por el lado de los países importadores de petróleo, la clasificación es mucho más simple. Están los países que van a ser arrinconados o lo están ya, y están los países que, por su potencial industrial y militar conseguirán estar algún tiempo más en el candelero. De estos últimos los países de Europa son los mejores representantes. Europa, sin embargo, está condenada a sufrir grandes cambios en las próximas décadas e incluso se arriesga a acabar sojuzgada por un poder superior. Y es que todo aquello que permitió a Europa dominar el mundo en el siglo XIX no solo hace tiempo que se ha desvanecido, sino que en el siglo XXI Europa es probablemente, debido a sus niveles de consumo, un lujo suntuario que el mundo ya no se puede permitir. Cuando más tiempo se tarde en comprender que la actual stravaganza europea no tiene futuro en un mundo agobiado por los límites biofísicos peor le irá a Europa.

Es precisamente en Europa, y en general en Occidente, donde tendrá mayor importancia el frente interno de la repartición del peak oil. Porque la mejor manera de conducir a las masas dócilmente por el camino del descenso inevitable de su consumo es adormecerla con quimeras imposibles y mentiras mientras se va consumando el declive de las clases medias y por ende el de su nivel de consumo. Por eso, se vende la idea absolutamente quimérica e irrealizable de que todo el mundo tendrá un coche eléctrico cuando, al mismo tiempo, se prevé encarecer y mucho los coches en general, las empresas automovilísticas anuncian nuevas rondas de despidos y los gobiernos preparan nuevos impuestos al diésel y demás carburantes (como hace poco ha anunciado el gobierno socialista en España). No se va a explicar que realmente ya falta diésel (primera consecuencia del peak oil) y que no hay planes adecuados de alternativas energéticas porque, simplemente, el saco de los milagros está vacío. En vez de explicarle la verdad a la ciudadanía, se prefiere ir tomando medidas aparentemente no conectadas pero que todas ellas redundan en un descenso del consumo, a veces justificándose en la necesaria lucha contra el cambio climático. Cualquier cosa antes que reconocer que nuestro descenso es inevitable y que sería imprescindible debatir cómo vamos a repartir lo que queda. 
 
Estamos en el umbral de la gran crisis. Una crisis que, los que abordamos los problemas de sostenibilidad de nuestra sociedad, llevamos años explicando. Algunas personas que nos han acompañado en estos largos años han comenzado a abandonar o como mínimo cuestionar la causa justo en este momento. Es normal: todos somos humanos, y, al cansancio de mantenerse en esta lucha, se une el lógico y normal deseo de encontrar salidas menos onerosas en lo personal, aunque ese deseo no tenga sustento racional. Dadas las circunstancias, es un momento poco oportuno para la defección, justo cuando los problemas de los que hemos hablado durante tantos años están a punto de mostrarnos su peor cara. Pero, como digo, es algo humano; en realidad, es otra consecuencia del desigual reparto del peak oil. Los que estamos mejor situados en esta sociedad decadente tenemos todos los incentivos para negarnos a creer aquello que puede echar a perder nuestras cómodas vidas. En cambio, quienes se han adentrado sin remedio en la senda del descenso energético, y los jóvenes, a los que ya no se les va a dar ninguna otra opción más que el descenso, comprenden que ésta es la lucha necesaria. A aquéllos que ahora marchan solo me resta decirles que les estaremos esperando aquí, con los brazos abiertos, cuando la realidad y la cordura se impongan.


Salu2.
AMT

domingo, 23 de octubre de 2016

Los escenarios peligrosos: Nigeria

Queridos lectores,

Javier Pérez nos ofrece una nueva entrega de sus análisis sobre la situación de países en los cuales las actuales turbulencias en el mercado de petróleo y su propia idiosincrasia productiva les está llevando a problemas graves. Esta semana, el país analizado es Nigeria.

Les dejo con Javier.

Salu2,
AMT


Los escenarios peligrosos: Nigeria

 

    Siguiendo con mi recorrido por las casillas más peligrosas del tablero mundial, hoy quiero acercarme a la situación de Nigeria.
Antes de nada, y con perdón, vamos a poner un par de mapas del país, porque aunque la mayoría (cof, cof…) sepan dónde está, nunca viene mal situar geográficamente el centro de atención de lo que se dice.
Luego, si nos acercamos un poco, nos encontramos ante este otro mapa:
Aunque, con diferencia, el más complicado es este tercero que voy a insertar, que señala las lenguas y grupos étnicos del país:
Lo de la multiculturalidad de los países suena muy bien, muy cosmopolita y muy plural, pero en la práctica genera toda una gama de problemas que ya iremos abordando, y con buen cuidado de no salirnos de Nigeria ni entrar a ver cual es la Nigeria buena y cual la Nigeria mala. Por prudencia, más que nada…
Visto, pues, un pequeño esbozo geográfico del país del que hablamos, vayamos a su historia para ponernos en antecedentes:
A finales del siglo XV, llegó a las costas nigerianas la expedición del portugués  Joao Alfonso De Aveiro, que introdujo en el país las primeras armas de fuego y las primeras semillas de coco, aunque su intención era dedicarse al tráfico de esclavos, una actividad que alcanzó tal importancia que  toda la costa nigeriana, y de parte del resto del golfo de Guinea, se llegó a conocer como “Costa de los esclavos”. Ya entonces comenzó la rivalidad entre los Yoruba, los Fausa y los Igbo, intentando todos ellos controlar el tráfico de esclavos, pues eran las propias autoridades del país las que cazaban a los seres humanos para venderlos a los europeos, sin que estos se aventurasen casi nunca a hacerlo por su cuenta. Así surgieron varios centros económicos de importancia. La organización consistía fundamentalmente en ciudades Estado, entre las que destacó Oyo, en el siglo XVII, que detuvo los avances musulmanes y se impuso a sus vecinos al ser capaz de organizar un ejército con fuerzas de caballería, especialmente en las praderas libres de mosca tse-tsé.
Entre 1500 y 1800, buena parte de su economía giró en torno a la captura y comercio de esclavos. De hecho, gran parte de las frecuentes guerras que sacudieron la zona se explican por la necesidad de capturar prisioneros que poder vender en los florecientes mercados, sin que importase gran cosa la razón por la que comenzaban las guerras para las que, en ocasiones, ni siquiera se buscaba pretexto alguno. Simplemente se iba a cazar personas para venderlas a los europeos y a los tratantes musulmanes del Norte de África.
La situación prosiguió de este modo hasta la gran crisis que supuso la abolición de la esclavitud. El rey de Bonny, Opubu el Grande (1790-1830) reconvirtió la economía del país hacia la producción de aceite de palma. Los británicos se interesaron entonces por la zona, lanzaron a sus exploradores y en 1861, con la excusa de detener una de las innumerables guerras entre los pueblos africanos, atacaron la ciudad de Lagos y la convirtieron en colonia británica.
La gran depresión económica de 1873 a 1895 marca el comienzo de la crisis del aceite de palma, al reducirse su precio a la mitad. Entonces, los británicos se lanzan hacia el interior del país, compitiendo con franceses y alemanes, que trataban de extenderse desde el interior de África, y enfrentándose a los señores de la guerra locales, que al ver reducidos los ingresos del aceite de palma, se habían lanzado de nuevo al tráfico clandestino de esclavos, el cobro indiscriminado de tributos y el vasallaje y saqueo de amplias zonas del interior agrícola.
    Tras largas y complejas vicisitudes y guerras entre franceses, británicos,  líderes  locales y compañías privadas europeas, el 1 de enero de 1900, los británicos establecen oficialmente el protectorado sobre el Norte de Nigeria. Este protectorado combate enérgicamente el tráfico de esclavos, que aún en el siglo XX había sido retomado por los fulani y consigue imponer cierto orden en el país. En el sur se establece otro protectorado, que se fusiona a Benín. Posteriormente, ambos protectorados se unen, bajo la norma de que los europeos no puedan poseer tierras, los líderes locales musulmanes controlen el orden en el norte, y los cristianos en el sur.
    En 1920, tras la derrota alemana en la I guerra Mundial, Camerún es anexionada a Nigeria. En esta época se hace sentir de nuevo la inmensa diversidad o división cultural, étnica y religiosa, de la que finalmente salen fortalecidos los igbos, que se convierten en élite intelectual, por ser más propensos a asistir a las escuelas y enviar a sus hijos a formarse en Europa, ya que tenían contactos desde hacía cuatro siglos con los misioneros cristianos, mientras los musulmanes rechazaban la influencia de Occidente. Nnamdi Azikiwe, un igbo educado en Pennsylvania, sería el primer gran líder político del país y el impulsor del movimiento de independencia, que finalmente se verificaría el 1 de octubre de 1960.
    En 1962 se declararon las primeras hostilidades entre los musulmanes del norte y los cristianos del sur y en los años siguientes se sucedieron diversas tensiones políticas, tanto entre norteños y sureños como entre los partidarios de la federación y quienes preferían partir el país en multitud de estados que reflejasen mejor la diversidad lingüística y étnica de Nigeria, para crear así estados más homogéneos. En 1966 hubo revueltas y un intento de golpe de Estado por estos mismos motivos, lo cual desembocó en la guerra civil de 1967 a 1970, conocida también como guerra de Biafra, que causó algo más de un millón de muertos.
    Posteriormente, entre 1975 y 1990, hubo al menos media docena de golpes de estado de todo signo, que no tenemos espacio para detallar aquí. De hecho, los golpes de Estado se sucedieron también en 1993, 1995 y el vacío de poder de 1998. Desde entonces, y para resumir, no ha cesado el caos político, la violencia étnica ni los enfrentamientos entre distintas facciones.
    Los gobernadores de los estados del norte impusieron en 2003 la sharia o ley islámica, obligando a su cumplimiento también a los no musulmanes. Por todo el país  se extendió la creación de milicias y ejércitos privados, ya fuese con base étnica, religiosa, o como grupos armados para asegurar la explotación de recursos y las rutas comerciales. Algunos de estos grupos, como el integrista musulmán Boko Haram (que significa “la educación occidental es pecado”) se han hecho tristemente famosos por sus ataques y secuestros de niñas.
    Sin embargo, desde 2011, a pesar de la corrupción rampante y de la violencia sectaria, se aprecia cierta mejoría, ya que por primera vez en la historia del país ninguno de los partidos políticos contendientes en las elecciones acusó de fraude a sus adversarios.

Situación actual:
Tras este recorrido, no sé si demasiado corto o demasiado largo, por la historia de Nigeria, echamos un vistazo a su situación actual y la evolución de sus datos.
Lo primero, para mí, es su evolución demográfica.  Nigeria es el país más poblado de África y el séptimo del mundo en esta magnitud. Aunque los datos varían de unas fuentes a otras, cuenta con alrededor de 180 millones de habitantes y una densidad de 190 habitantes por kilómetro cuadrado (923.000 Km2). Lo impresionante del asunto es que, en 1960, en el momento de obtener su independencia, contaba con apenas 40 millones de habitantes y la tendencia, como se ve en la gráfica, aún no ha comenzado a moderarse.
En cuanto a creencias religiosas, la población se divide en un 50% de musulmanes, un 40% de cristianos y un 10% que siguen los cultos tradicionales.   
    El crecimiento económico, basado en el petróleo, la industria del cine, la telefonía móvil y una curiosa mezcla de economía de subsistencia y sectores punteros, es de más del 8% anual, lo que no impide que el PIB per cápita se siga situando  en menos de 2500$, con un 40% de la población viviendo en la pobreza extrema, con menos de 1 dólar al día.
    Como dato favorable, su deuda es solamente el 11% del PIB, pero la extremada corrupción hace que el país ocupe uno de los últimos lugares en todos los índices de desarrollo, dificultando la inversión y cerrando las opciones de negocio a una inmensa mayoría, tanto de población local como de empresas extranjeras.
    El gasto público apenas alcanza el 10% del PIB, con lo que los servicios son en general muy deficientes. Aún así, más del 10% del gasto público se destina a defensa, ante la necesidad de combatir a las distintas facciones armadas, especialmente a Boko Haram, que en los últimos años ha causado más de 15.000 muertos, decenas de miles de secuestrados y casi un millón de desplazados.
    En cuanto a la energía, las exportaciones de crudo de Nigeria han sufrido una triple merma: por una parte, al reducirse la producción, por otra, al reducirse los precios y, por último, al incrementarse el consumo interno, razón por la cual el Gobierno trató de reducir las subvenciones a los carburantes, lo que desembocó en importantes disturbios a mediados de este mismo años:
Su consumo energético, por otra parte, sigue siendo limitado y procedente de fuentes tradicionales:
Lo que ha conseguido mantener el volumen de sus exportaciones:
Nigeria es un país importador de alimentos, pero la importante extensión del país, de casi un millón de kilómetros cuadrados, y la fertilidad de sus tierras, fuera de la zona desértica, le permitiría autoabastecer sin problemas a la población, siempre que el crecimiento demográfico se moderase y se acometieran a fondo la lucha contra la corrupción y viejas costumbres que frenan este apartado. A día de hoy, casi la mitad de la extensión cultivable del país se dedica a plantaciones de caco, un producto más orientado al mercado internacional que a la alimentación de la población local.
Uno de los mayores problemas del país es el abastecimiento de agua, especialmente en las grandes urbes. Lagos, la antigua capital, es una megaurbe que engloba otras poblaciones hasta sumar cerca de 22 millones de habitantes, y las autoridades no han conseguido siquiera el acceso universal al agua potable. La contaminación en algunas zonas del país, el cambio climático, y la ausencia de inversión en infraestructuras básicas agudizan cada día este problema.
La foto de abajo no muestra un atasco, sino un día cualquier en Lagos.

Conclusión:
-Nigeria cuenta con recursos, tanto naturales como humanos, para ser una superpotencia. Según los últimos datos ha superado ya ha Suráfrica y es la primera potencia del continente africano.
-Desde el punto de vista energético, su producción sigue siendo alta, pero al mantenerse limitado el desarrollo humano, y con una población rural muy elevada, el consumo energético per cápita es bajo aún, con lo que no me parece probable un colapso energético de este país.
-Casi el 90% de las exportaciones de Nigeria son petróleo. Si los precios se mantienen a la baja durante mucho tiempo (cosa bastante esperable), la economía del país se resentirá sin remedio. Los intentos de diversificación han conseguido sólo resultados limitados, lo que supone un riesgo muy elevado.
-Nigeria es una verdadera bomba demográfica. El paso, en 50 años, de 40 a 180 millones de habitantes, supone una sobreexplotación de recursos y un conjunto de tensiones que fragilizan enormemente el país.
-A mi juicio, los principales riesgos de este país son económicos, políticos y climáticos.
Por una parte, en un país con más de cien millones de personas al borde de la economía de subsistencia, cualquier pequeño recorte presupuestario puede tener consecuencias devastadoras, y los precios de los recursos naturales, principal riqueza del país, no llevan al optimismo. Los disturbios relacionados con la reducción de subsidios a los combustibles son un buen ejemplo de esta inestabilidad.
Los enfrentamientos sectarios y la persistencia de milicias integristas como Boko Haram son un riesgo permanente que se puede agudizar en cualquier momento con una crisis económica. El separatismo, que pretendía dividir el país en decenas de pequeños países más homogéneos, parece de momento superado, pero cualquier enfrentamiento por los recursos puede reavivarlo en cualquier momento, con consecuencias imprevisibles si se mezclan con cuestiones étnicas y religiosas.
El cambio climático está acelerando la desertización de todo el norte del país, y por su escasez de infraestructuras y la sobreexplotación de las selvas del sur del país, cualquier episodio climático agudo podría suponer una catástrofe de proporciones descomunales, máxime en un país con un deficiente acceso al agua y una población tan elevada.
A mi juicio, Nigeria es un país muy fuerte, pero terriblemente frágil, expuesto a cualquier contratiempo agudo, ya sea en lo económico, lo político, o lo climático. Su situación, en condiciones normales, no es tan grave como la de Egipto, pero en caso de que apareciese cualquier cambio inesperado, uno de los famosos cisnes negros, creo que su deterioro sería mucho más rápido y grave que el que pudiera padecer país de los faraones. La carga demográfica del momento actual hace que, a mi parecer, este posible evento no fuese comparable a los sufridos por el país en otros momentos de su convulsa historia.
Como en el caso anterior, cuando hablamos de Egipto, confiemos en su demostrada resiliencia.