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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Entendiendo el Cambio Climático

 
Queridos lectores:

Hace poco participé en la grabación de un programa de una televisión española (de momento no les puedo decir más sobre el programa en cuestión, salvo que se emite este domingo). En un momento dado, el conductor del programa me preguntó sobre qué pensaba sobre un manifiesto difundido hace unos meses, en el que un grupo de científicos italianos vertían vitriólicas críticas contra lo que consideran "la estafa del cambio climático" y que denuncian que éste no es real porque no se han tenido en cuenta diversos factores (ciclos del Sol, erupciones volcánicas, etc). Yo le respondí que dentro de la comunidad científica que se dedica a estudiar el Cambio Climático hay prácticamente consenso (97%) en que el Cambio Climático es real, antropogénico (causado por el hombre con las emisiones de gases de efecto invernadero) y acelerado; y que toda esta gente que "denuncia" que no se ha tenido en cuenta tal o cual factor miente, porque todos esos factores sí que se consideran en los modelos numéricos que se usan para predecir el clima del futuro. Precisamente la presencia de esos factores, que a veces suman y a veces restan, es lo que explica que la temperatura y el resto de variables climáticas que se examinan no sigan un camino simple, sino punteado con numerosas oscilaciones. Vemos un ejemplo: aumento de la temperatura media de la Tierra durante las 17 últimas décadas, tomando como referencia el año 1970:



Un simple vistazo a la gráfica nos muestra que de 1920 a 1970 probablemente la temperatura de la Tierra comenzó a subir gradualmente, y que a partir de 1970 claramente hemos entrado en una fase de aumento de la temperatura bastante acelerado y consistente. Y sin embargo verán que sobre la tendencia general a aumentar hay superpuesta una oscilación bastante importante, con una amplitud variable pero que puede llegar a ser de 0,4 ºC o más. Fruto de la fase ascendente de una de esas oscilaciones un poco más fuerte, en 2016 la temperatura media del planeta subió mucho con respecto a su valor en los años anteriores; lógicamente, durante 2017 y 2018, entrando ya en la fase descendente de la oscilación, la temperatura media volvió a su línea de referencia, que continua siendo una línea ascendente. Y sin embargo no hace mucho me encontré con el argumento de que en realidad vamos a una glaciación porque en los dos últimos años hemos bajado más de 0,4ºC. Cualquiera que mire esta gráfica se da cuenta inmediata de la tergiversación y la manipulación absoluta de la verdad del que eso afirme. Pero ahí están, una pequeña legión de negacionistas que intentan "demostrar" que "la ciencia oficial" está engañando a la ciudadanía por oscuros y perversos motivos. La realidad es que cualquiera que tenga experiencia directa de campo habrá podido comprobar cualquiera de los numerosos indicadores que nos muestran que el clima está cambiando y que lo está haciendo rápidamente.

Al finalizar la grabación, el conductor del programa se disculpó por haberme planteado esa pregunta tan inoportuna. Yo le dije que, al contrario, me parecía una pregunta pertinente y necesaria, puesto que algunas personas tienen la falsa impresión de que la ciencia del Cambio Climático no se está ejecutando con el rigor debido, como si los que son los verdaderos especialistas no hubieran caído en la cuenta de esos factores "que lo cambian todo". Lo cual es bastante poco verosímil, si se paran a pensarlo, teniendo en cuenta que son los mismos "factores no contabilizados" que llevan alegando desde hace 20 años: ¿alguien se cree que a estas alturas no habría habido ya algún equipo científico que hubiera incorporado esos factores para ver si, efectivamente, contradicen lo que los modelos y la propia experiencia de campo nos indican? Incluso aceptando que la mayoría de la comunidad científica son corruptos o imbéciles, ¿no piensan que alguna petrolera no habría financiado ya un estudio de esas características para contrarrestar la mala propaganda del Cambio Climático? Lógicamente, no pueden financiar tal estudio porque todos esos factores que nos dicen que "no se han tenido en cuenta" (desde la variabilidad de la actividad solar hasta los ciclos naturales del planeta) en realidad sí que se incluyen en los modelos estándar que se usan hoy en día en la predicción climática.

Una de las cosas más curiosas que he observado durante los últimos años, en cuestión de realmente muy poco tiempo, 5 años a todo estirar, es que a estas alturas en ningún foro medianamente serio - en Europa, cabe añadir; luego hablaremos de otras regiones - nadie discute la existencia de un Cambio Climático causado por las emisiones de gases de efecto invernadero, ni siquiera las empresas a las que más se señala como responsables de la crisis climática actual. De hecho, en ese debate televisivo en el que participaba nadie cuestionaba la veracidad del Cambio Climático, y eso que había un representante de una petrolera. Parece que ya no es el momento de intentar sembrar la duda sobre lo que parece obvio e inevitable. En lo único que sí que hubo cierta discusión y confrontación en ese debate fue en las medidas a adoptar y el calendario para su adopción; ahí sí que claramente se vio que la posición de la industria es en favor de una transición lenta y moderada, mientras que el mundo científico y el activismo son perfectamente conscientes de que hay que apostar por cambios rápidos y radicales. Viendo como ha ido todo, me da la impresión de que el mundo empresarial europeo quizá no ha llegado aún a aceptar esos cambios rápidos y radicales, pero ya llegará. Pensando en esa evolución paulatina de las posturas oficiales, me acordé de los cambios que ha hecho la propia Comisión Europea: hace 20 años hablaba de "prevención del Cambio Climático"; hace 10 años, la idea clave era la "mitigación"; y ya hace unos 5 años que la posición dominante, sin descartar la mitigación, es la "adaptación". Viendo esta evolución, esa aceptación tácita de que cada vez hay menos en nuestro mano para luchar contra este problema, cabría preguntarse si el concepto definitorio de dentro de 5 años no será "sálvese quién pueda".

Al otro lado del Atlántico y en algunos rincones de Centroeuropa nos encontramos otro tipo de líderes que hacen de la negación del Cambio Climático uno de los puntos importantes de su agenda. Y aunque resulte paradójico, esos tipos probablemente están entendiendo lo que significa el Cambio Climático mucho mejor que muchas otras personas que dicen tener "conciencia ecológica". Porque esas personas que se creen que están "salvando el planeta" porque conducen un coche híbrido o eléctrico, instalan paneles solares en su casa o separan sus residuos y los reciclan, al no seguir el ciclo de vida de los materiales que consumen y de los residuos que generan no se dan cuenta de que a lo mejor sus elecciones de consumo tienen un impacto mayor que otras opciones consideradas más convencionales y "sucias", y en todo caso muchísimo mayores de lo que deberían ser si queremos evitar destruir nuestro hábitat. Por el contrario, Donald Trump, Jair Bolsonaro y todos los incendiarios de esta orilla del Atlántico comprenden perfectamente que el Cambio Climático implica la necesidad de un cambio radical, comenzando por una disminución enorme del consumo: es por eso que furibundamente lo niegan, porque si lo aceptasen saben perfectamente que los cambios a hacer no son meramente cosméticos y destinados a aliviar la propia conciencia.

Pero incluso estos adalides de la Reacción tienen sus días contados, o al menos están condenados a modificar su posición con respecto al Cambio Climático. El propio Trump, persona con mucho olfato político, está empezando a suavizar sus diatribas en esta cuestión (a su estilo: un día da la de cal y otro la de arena). Se comienza a detectar el surgimiento de una nueva Reacción (término que prefiero al simplista y no verdaderamente definitorio de "extrema derecha") en el que sus líderes aceptan la realidad del Cambio Climático y comienzan a configurar su programa de Reacción siguiendo una línea hace tiempo anticipada y temida: el ecofascismo.

Sea como sea, y viendo el ritmo de evolución de los acontecimientos tanto climáticos como políticos, es bastante probable que en uno o dos lustros ya ninguna personalidad pública defienda el negacionismo climático. En Europa Occidental su retroceso es más evidente, pero también llegará a los EE.UU. y al resto de los países. Yo vislumbro un futuro nada lejano en el que los trolls que se dedican a dar la murga con el manido argumentario negacionista comenzarán a desaparecer como por ensalmo, como si nunca hubieran existido. Los verdaderamente profesionales, los mercenarios de la mentira y la duda, ésos desaparecerán de la noche al día sin dejar ni rastro, fieles a sus contratos. A los trolls que ejercen de tales por convicciones ideológicas les costará un poco más, pero al final seguirán la enseña de su amo y plegarán velas con él, buscando nuevos frentes donde mejor servirle. Al final quedarán solamente, dispersas, las clases bajas del energumenismo climático, el lumpentrolletariado, ciudadanos de a pie que se han abonado a la supuesta teoría de la conspiración, que han caído en el pozo de la radicalización del que siempre es difícil salir. Esos últimos trolls que languidecerán en foros donde nadie les hará caso, luchando por una causa justa que nadie comprende, tontos útiles de los que los poderes políticos y económicos se han aprovechado durante estos años y que entonces quedarán en tierra de nadie.

Incluso entre la gente que me es afín hay quien tiene una posición beligerante con respecto al drama del Cambio Climático. Hace unos días se revitalizó una discusión recurrente en ciertas partes de la esfera peakoiler: la crítica a los escenarios de mayores emisiones contemplados por el informe del IPCC (el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, por sus sus siglas en inglés) porque, simplemente, no hay suficientes combustibles fósiles para producir tanto CO2 como se considera en tales escenarios. La amarga crítica de estos picoleros nace, probablemente, del desdén que les causa ver cómo el Cambio Climático es ahora un tema de consenso transversal en Europa (y, como digo, pronto en todo el mundo), conocido y aceptado desde el ciudadano común hasta las altas esferas políticas y empresariales; mientras que la escasez de recursos  en general y el peak oil en particular sigue siendo, a pesar de su gravedad concomitante con la del Cambio Climático, un tema mayormente desconocido, cuando no ninguneado. Para mi es una discusión sinsentido: los diversos escenarios del IPCC se plantean para estudiar cómo son de sensibles los modelos climáticos a los diferentes valores de la variable de referencia (concentración de gases de efecto invernadero), y no tanto como trayectorias realistas. Por supuesto que no hay suficientes combustibles fósiles para producir tanto CO2 como se asume en el escenario 8.5, pero tampoco existen sistemas de captura y secuestro de CO2 a la escala que los contemplan todos los escenarios del IPCC (al menos un 40% de CO2 capturado); y tampoco contemplan esos modelos el efecto de la liberación rápida del metano contenido en los clatratos marinos y en el permafrost. Todo eso da igual: los modelos del IPCC sirven para ajustar la sensibilidad a ese parámetro y para darnos un cono de incertidumbre, un idea del rango de valores por donde se va a mover la evolución futura del clima de nuestro planeta. No se trata de hacer una predicción realista de dónde vamos a estar dentro de 30 o 50 años, sino estimar correctamente las tendencias a corto plazo e ir corrigiendo y mejorando los modelos.

Últimamente, todo en mi actividad profesional gira en torno al Cambio Climático. Escribo esto en el tren de regreso para mi casa, después de haber estado en una reunión en la sede de la Agencia Espacial Europea (ESA) en Roma. La reunión, o más bien pequeño congreso, iba sobre el uso de métodos de inteligencia artificial para mejorar nuestra predicción climática, dentro de la de la Iniciativa contra el Cambio Climático (CCI), un programa científico y técnico de la ESA en el que yo participo a través de un proyecto con diversas entidades europeas, en nuestro caso estudiando la salinidad superficial del océano y sus cambios. Hay mucho interés y mucha necesidad, es un sector estratégico para los intereses de Europa. Reuniones, proyectos, decisiones... Estando allí me comentaron que la líder de nuestro proyecto CCI ha decidido que a partir de ahora se desplazará a las reuniones en tren, siempre que sea posible. Pensaba en eso mientras las turbulencias que generaba el frente que ha barrido Barcelona las pasadas horas nos iba zarandeando salvajamente en el avión en el que volvía. Odio volar y me encantan los trenes, sobre todo los convencionales, como los que cojo cada día para ir a trabajar en Barcelona. Pero viajar lento es un lujo que no está al alcance de todo el mundo; es un lujo no por el precio, y desde luego no por el impacto ambiental (muchísimo menor al del avión), sino por el tiempo, esa materia prima que nos falta con desesperación. Pero, pensaba, dentro de poco, viajar (es igual si lento o rápido) será simplemente un lujo.

Todo en mi día a día se refiere al Cambio Climático.

Hablando de evidencias del Cambio Climático: en la reunión tuve la ocasión de presentar algunos resultados preliminares del trabajo de mi grupo en el Océano Glacial Ártico. Tenemos vigente un contrato con la ESA para producir datos de salinidad superficial del océano en la región, un contrato que está llevando, con gran éxito, mi compañero Justino Martínez. Yo presentaba, entre otros, sus resultados.

Se acordarán quizás de un post que escribí en 2012, "Las Guerras del Hambre". Allí enseñaba unos mapas bastante preocupantes de la superficie de Groenlandia que se había vuelto líquida durante ciertos días de julio.



Entre el 8 y el 12 de julio de 2012, casi el 100% de la superficie de Groenlandia se volvió agua. Un evento que podríamos calificar de extraordinario, de no ser porque volvió a suceder en 2016 y ha vuelto a suceder este año 2019. La mayoría de ese agua se volvió a congelar en el sitio, pero una cantidad desconocida se filtró por las grietas de la cubierta helada de Groenlandia y seguramente acabó en el mar. Toda ese agua fría y dulce puede causar grandes disrupciones en la circulación oceánica con consecuencias de largo alcance no solo para el clima del Ártico, sino de todo el Hemisferio Norte, pero hasta ahora no habíamos sido capaces de observarla.

La imagen inferior, generada por Justino Martínez, muestra las anomalías (diferencia con el valor típico de la zona) de salinidad observadas entre los días 11 y 19 de julio de 2012; están expresadas en gramos de sal por cada kilo de agua marina. Las zonas marcadas en blanco corresponden con la presencia de hielo marino. La gran mancha azul que va desde Groenlandia hasta Islandia es sin duda debida a la descarga de agua dulce proveniente del deshielo superficial en Groenlandia. Es la primera observación de este fenómeno, y sorprende tanto su extensión como su intensidad. Seguramente Groenlandia está descargando más agua dulce de lo que pensábamos. Y éste es solo uno más de los signos de esta catástrofe global; cuanto más investigamos, más problemas descubrimos.




Mucha suerte, Justino. Mis pensamientos están contigo.

Salu2.
AMT

miércoles, 10 de octubre de 2018

Esperando el golpe

@ Kaija Straumanis: http://www.flickr.com/photos/23558082@N03/


Queridos lectores:

Si siguen Vds. la prensa económica convencional, habrán notado que en las últimas semanas se ha estado hablando cada vez más de la próxima crisis económica, anunciándonos que cada vez está más cerca, aunque con una notable disparidad de opiniones acerca del momento concreto en el que cada analista cree que tendrá lugar. No les pondré referencias a publicaciones españolas porque mi política es no enlazar a la prensa española (por razones en su momento comentadas), pero seguro que no les costará nada encontrar tales referencias. 

En los análisis más simples, la evocación de una nueva recesión viene motivada por la efemérides de la Gran Recesión de 2008: simplemente, como pasó en el pasado, debería volver a pasar en el futuro. "Y ahora no me digan que no se les avisó", vendría a ser su divisa. Son razonamientos por analogía, sin mucho fundamento teórico, que buscan más bien dar una coartada a los analistas económicos que las escriben delante de la más que posible acusación de que no tienen ni idea de cómo funciona el sistema económico. Este tipo de artículos son recurrentes en la prensa, y salen por tandas varias veces al año: al fin y al cabo, lo más seguro es "denunciar" que hay una crisis esperándonos en algún punto del horizonte porque, más pronto o más tarde, tal crisis efectivamente va a llegar, y por tanto ésta es una predicción sin riesgo. Se puede considerar a este tipo de artículos como el "ruido de fondo": ese rumor que siempre está ahí, que tiene algún fundamento pero que en todo caso no permite anticipar absolutamente nada precisamente porque siempre está ahí y es siempre igual.

En los últimos meses, sin embargo, han aparecido otros artículos, en los que se realizan análisis más profundos y que realmente sí que aportan una señal diferente a la del ruido del fondo. Por ejemplo, éste sobre el análisis que hace JP Morgan, quien ve aparecer una grave crisis hacia 2020 de acuerdo con sus modelos numéricos. Otros analistas, sin necesidad de tanta sofisticación matemática, son capaces de ver venir la crisis debido a las múltiples debilidades financieras estructurales. Este tipo de noticias se diferencian de las anteriores en que hace tiempo ya que ubican la crisis en un marco temporal bien definido, el año 2020 - dato que coincide con alguna estimación que más de una vez ha dado Juan Carlos Barba - y lo hacen sobre la base de indicadores que van revisando a medida que pasa el tiempo y que consistentemente apuntan hacia la misma fecha. A pesar de que estos estudios tienen un contenido y significatividad muy superior a los que forman el ruido de fondo, resultan difíciles de percibir precisamente por la presencia de este último, y así la opinión pública suele ser escasamente consciente de su existencia. Peor aún, hay personas que son conscientes que la situación actual deberá acabar de manera abrupta y en la búsqueda de información no es capaz de distinguir la señal del ruido - entre otras cosas, porque los medios de comunicación no lo hacen nada fácil -  y pueden llevarse una falsa impresión de que la próxima crisis se anuncia continuamente pero nunca llega, cuando en realidad los indicadores más fiables siempre han apuntado a la misma fecha. Lo que lleva al riesgo de que acabe pasando como Pedro y el lobo.

Tanto el ruido de fondo como las verdaderas señales de la nueva crisis forman lo que podríamos denominar el paisaje estándar en lo que a este tema (la futura crisis económica) se refiere. Es lo que uno se espera encontrar en el canal informativo en cualquier momento, y que en el fondo es lo que siempre se ha encontrado allí. Hay, sin embargo, otro tipo de señal mucho menos recurrente, que lleva cogiendo fuerza en los últimos años y que se ha intensificado ligeramente durante este último año. Son los estudios, mucho más detallados y profundos, que apuntan a que el modelo capitalista, tal y como lo entendemos hoy en día, tiene los días contados. No se trata de una crisis que haya de sobrevenir este año o el que viene, o en este lustro. No se trata de un nuevo final de ciclo, más o menos traumático pero que vendrá seguido de un nuevo momento alcista. No, esos otros estudios nos informan de que estamos llegando al final de un trayecto que comenzó hace dos siglos y que ya no va a poder continuar más. Hace poco fue un informe encargado por Naciones Unidas a un grupo de científicos, que llegaron a una conclusión que hemos repetido aquí a menudo: el capitalismo ya no es viable, y cuanto más tiempo se intente mantener, peor. Este nuevo informe, este nuevo estudio, llega después de otros, también bastante recientes, también bastante impactantes. Fue la introducción de nuevos modelos numéricos que indican que un colapso puede sobrevenirnos, si mantenemos el rumbo actual. Fue la renovada advertencia de los científicos a la Humanidad, 25 años después de la primera. Son los abundantes signos de la degradación ambiental por doquiera. Son, en suma, los signos de un cambio de época. Es el fin del crecimiento. Y todas esas noticias, que los medios generalistas tratan de hacer pasar con la mayor sordina posible, es ese canto, antes rumor y mañana posiblemente fragor, que va creciendo, como una música ominosa para los estamentos económicos: "Se acaba el crecimiento, es el fin del crecimiento". Los líderes políticos y los grandes poderes económicos se niegan a aceptarlo, pero es una verdad que poco a poco se va imponiendo: se acaba el crecimiento. Por buscar ejemplos cercanos, dos tercios de los ciudadanos españoles aceptarían que se abandonase la búsqueda del crecimiento económico como un objetivo de la sociedad, y la cuestión del decrecimiento ha llegado a ser debatida en el Parlament del Catalunya (aunque ahora estemos entretenidos con otras cosas). Inclusive, hace pocos días tuvo lugar en el Parlamento Europeo una conferencia sobre "Post-crecimiento", en la que participaron destacados pensadores del decrecentismo y algunos comisarios europeos; todo un hito, a pesar de que se ha tenido que usar el eufemismo "post-crecimiento" para no asustar las delicadas sensibilidades de los políticos en la sala. Es también en esa clave de senescencia de la idea de crecimiento, de decadencia de nuestras élites, que debe ser interpretada la reciente concesión del Premio Nobel de Economía a William Nordhaus y Paul Romer, por sus contribuciones a, justamente, compatibilizar crecimiento con innovación y cambio climático. Máxime cuando especialmente Nordhaus ha minimizado el problema del cambio climático en más de una ocasión, y como siempre como algo supeditado al crecimiento económico; en su caso lo que es de destacar es que, a pesar de ser tan talibán del crecimiento haya reconocido que hay que reaccionar al cambio climático (aunque sea temperadamente).

Hay, finalmente, un cuarto tipo de noticia que nos habla de la inminente crisis pero que pasa desapercibida porque, fundamentalmente, se trata de lo que lo que se denomina un no-hecho. Es algo que, aunque pasa, se pretende que no está pasando. Hablamos, por supuesto, del tema central que se trata en este blog, de la crisis energética. A pesar de que se van acumulando los indicios de que vamos a estrellarnos muy pronto contra el muro de la dura realidad geológica, cada vez que se produce una noticia relacionada se le da una interpretación sesgada hasta el absurdo o simplemente se silencia. Como a esta información es más difícil de acceder que a las de los otros tipos, déjenme que les comente con algo más de detalle algunas noticias actuales sobre el tema.

Como hemos comentado varias veces, en este momento se está produciendo una brutal desinversión en el sector de la explotación del petróleo y resto de hidrocarburos líquidos. Este fenómeno lleva varios años de recorrido (lo comentamos en este blog a principios de 2016), pero recientemente la cosa ha tomado ya tintes dramáticos: en este momento, Norteamérica invierte más que el resto del mundo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos.
Que una región que produce menos del 20% de todo el petróleo mundial invierta más del 50% del gasto global en exploración y desarrollo ha sido posibilitado por dos factores. Por un lado, porque después de una pequeña contracción en 2015 y 2016, el gasto en nueva exploración y explotación se ha disparado en los EE.UU., gracias fundamentalmente al fracking. Por el otro lado, en el resto del mundo la inversión cae consistentemente debido al hecho de que se acepta que no quedan ya nuevos yacimientos que merezca la pena explotar. Como ahora explicaré, ambos factores son terriblemente negativos.

Con respecto al primero, el auge del fracking no es, en absoluto, una buena noticia, y no hablo aquí en términos medioambientales (para los que también es negativo) sino financieros.. No es ninguna novedad decir que el fracking es un negocio ruinoso: yo ya lo explicaba en este blog allá por el 2013. Las compañías que se dedican al fracking no solo no consiguen beneficios, sino que acumulan cuantiosas pérdidas que financian con más endeudamiento.

Imagen cortesía de SRSrocco report, https://srsroccoreport.com/

Se trata, obviamente, de un burbuja especulativa que en cualquier momento puede explotar, pero también es algo más que una burbuja. Si no fuera por el fracking, la producción de todos los líquidos del petróleo del mundo estaría ya estancada o incluso en declive. Así que lo que EE.UU. ha hecho es subsidiar al resto del mundo el mantenimiento de nuestro estilo de vida pródigo en gasto energético. ¿Y hasta cuándo durará esta burbuja? Durante el año 2016 se observó un descenso de la producción de petróleo de fracking en los EE.UU., signo de que los productores tiraban la toalla y no querían perder más dinero. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la implantación de numerosas medidas fiscales favorecedoras, la producción repuntó durante 2017 y lo que llevamos de 2018. Sin embargo, si miramos la evolución reciente de las gráficas de producción de las principales cuencas del fracking estadounidense (ver el último Drill Productivity Report del Departamento de Energía de los EE.UU.) observamos una tendencia al estancamiento en todas ellas, incluso en Permian. Durante el último mes, la producción aún ha crecido un poco, pero cada vez lo hace a menor ritmo.




Las gráficas también muestran de manera aproximada las tres fases que ha experimentado la burbuja del fracking

La primera fase fue entre 2009 y 2011, y se podría denominar la fase de tentativa. Básicamente, se tenía que intentar ver si el recurso era rentable, porque era ya la última posibilidad factible. Esta fase se caracteriza por un ascenso suave de la producción. Al final de esta fase se ve que no hay manera de hacer rentable el fracking a gran escala, pues ni siquiera con precios por encima de los 100$/barril sale rentable salvo en unas pocas localizaciones más productivas y en todo caso poco duraderas.

La segunda fase, de 2011 a 2016, es la fase de burbuja especulativa. Al principio de esta fase el precio del petróleo sube por encima de los 100$ y los grandes brokers de Wall Street consiguen convencer a muchos inversores que a esos precios todo el fracking es rentable, cuando en realidad solo lo es en determinados y escaso sitios. Esta fase se caracterizar por el fácil acceso al crédito, crecimiento exponencial de la producción y del endeudamiento de las compañías. Hacia 2014 se constata (como ya comentamos en "La ilógica financiera") que ni a 100$/barril el fracking era rentable y que las compañías petroleras de todo el mundo (no solo las dedicadas al fracking: todas) estaban perdiendo mucho dinero porque los yacimientos que quedan por explotar no son rentables a precios que la sociedad se pueda permitir. Aquí comienza una fase de contracción de la inversión global en exploración y desarrollo de nuevas explotaciones de hidrocarburos (46% menos a escala global entre 2015 y 2017), que también se da en EE.UU.: la producción de fracking cae un 10% y todo apunta a que esta burbuja se está desinflando.

La tercera fase, que comienza en 2017 y dura hasta ahora, se podría denominar la fase política o de ultima ratio. No hay duda de que el fracking no es rentable ni de que no lo será jamás, pero no se puede permitir que la producción de petróleo mundial comience ya su declive terminal, así que por razones políticas se re-impulsa la burbuja del fracking. Esta tercera fase está probablemente llegando al final debido al hecho de que los yacimientos de fracking no duran mucho tiempo y que cada vez cuesta más compensar la caída de los yacimientos actualmente en producción, como muestran las siguientes gráficas sobre la evolución de la producción de pozos preexistentes en las mismas tres cuencas indicadas arriba.




Se da la circunstancia de que el declive de los pozos en Permian es más acelerado que en las otras cuencas, como es bien conocido en el sector. Esto va a provocar que la caída del fracking será más acelerada de lo que muchos prevén, ya que Permian es y ha sido la más productiva de las cuencas asociadas a este tipo de explotación.

El final de la tercera fase del fracking va a ser doblemente negativo. Por un lado, por el descenso de la producción de petróleo, lo que va a implicar una grave crisis económica por el nuevo giro en la espiral del declive energético. Y por el otro, por la crisis financiera que va a desencadenar directamente: los inversores que han apostado fuerte al fracking están esperando a que un repunte de precios haga rentables sus inversiones y recuperen las pérdidas acumuladas, pero cuando se vea que la producción declina irremisiblemente comprenderán que no hay la más mínima esperanza de que recuperen su dinero y se desatará el pánico financiero.

Habrá más de un experto despistado que piense que la solución podría venir de fuera de los EE.UU., en esos inmensos campos de petróleo que algunos dicen que aún están por explotar. Sería mejor que se lo piensen dos veces, porque las señales que llegan del sector muestran claramente lo contrario. Circunscribiéndonos al caso de España, son bastante significativas las recientes declaraciones de Antonio Brufau, presidente de la petrolera REPSOL, en las cuales reconoce que no resulta rentable invertir en nuevas explotaciones porque cuesta mucho recuperar la inversión. De hecho, anuncia que REPSOL va a ir abandonando el negocio del petróleo, lo cual va en la línea de su reciente adquisición de centrales hidroeléctricas y su nuevo negocio como operadora eléctrica (en la misma línea que Gas Natural, ahora reconvertido en Naturgy). Según Brufau, lo que pasa es que la demanda de petróleo va a caer en los próximos años gracias a la irrupción del coche eléctrico. Lo cual es absurdo, porque ahora mismo no se ve tal irrupción y de hecho lo que sí que hay es un repunte en la demanda de petróleo que está empujando los precios hacia arriba. Aparte está el hecho de que un tipo bien informado como Brufau debe saber perfectamente que el coche eléctrico no es una opción viable a gran escala. En todo caso, la mención al fetiche del momento, el coche eléctrico, le sirve para justificar su proceso de desinversión y evitar, por el momento, el pánico financiero mientras va anunciando qué van a hacer los próximos años.

No solo es España: ayer mismo el economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, alertaba que el precio del petróleo está entrando en la zona de peligro, y que el problema viene, precisamente, de la falta de inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos a escala global. En un desesperado intento por revertir la situación, Birol llama a la OPEP a "abrir los grifos" para bajar el precio del petróleo, y les avisa de que si permiten que el precio escale a la larga les perjudicará también a ellos, porque los altos precios del crudo desencadenarán una crisis económica, y la crisis hará bajar el consumo y por tanto los precios del crudo y al final la OPEP también recibirá lo suyo. En esencia, Birol parece que por fin ha descubierto la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Claro que si Birol hubiera leído las declaraciones de Brufau que enlazaba más arriba sabría que probablemente Arabia Saudita ya no tiene capacidad ociosa: la OPEP probablemente ya no puede abrir más los grifos porque los tienen abiertos del todo.


Por resumir, tanto el ruido de fondo, como las noticias más analíticas, como los estudios más detallados sobre el capitalismo y como el análisis de la situación actual de la crisis energética nos indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis. Para unos, esto solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Para otros, los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada. Así que, ahora mismo, estamos ahí quietos, plantados, esperando a que nos llegue el siguiente golpe.



Salu2.
AMT

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Tus vecinos no se conformarán con un YA OS LO DIJE



Queridos lectores,

Con su característico estilo iconoclasta, Javier Pérez nos ofrece hoy su visión, nada agradable, de cómo se puede desarrollar el colapso y de cómo no sirve de nada caer en la autocomplacencia del que al final tuvo razón.

Les dejo con Javier. 

Salu2,
AMT

Tus vecinos no se conformarán con un YA OS LO DIJE



No hace mucho publiqué una novela sobre los años treinta, titulada “Violín negro en orquesta roja”. El argumento gira en torno a la gran Purga de Stalin de 1937 y en cómo esta se originó en el temor de Stalin de que su propio ejército estuviese organizando un golpe de Estado contra él. Esos eran los hechos, aderezados de espionaje, enfrentamiento político y novela negra, pero la idea central era analizar el miedo como agente. Algo muy actual, me temo.
El miedo es una especie de tigre desbocado, muy difícil de cabalgar. Cuando el miedo se desata, ni siquiera el que lo desencadena puede sentirse libre de su zarpazo, porque el que hace temer, teme a su vez, originando una espiral difícil de detener.
Y hoy, vivimos en el miedo. Quizás no sea todavía un miedo con todas las letras, claro y nítido como la hoja del cuchillo con que te amenazan en una calle oscura, pero hay miedo. Hay miedo a seguir en la pobreza después de encontrar un trabajo. Hay miedo a que el esfuerzo no se vea recompensado de ninguna manera. Hay miedo a que el futuro sea cada vez más gris, o más frío, o menos tranquilo.
Algunos nos esforzamos en tratar de identificar los orígenes del problema y, con más o menos acierto, nos juntamos en sitios como este para debatir si es la energía, o la deuda, o la superpoblación, o la  gestión del agua lo que está tras esa sensación de desasosiego. La mayoría, sin embargo, quizás con mayor pragmatismo, no se preocupa de aquello que considera fuera de su control y sostiene una sana higiene psicológica negando cualquier problema o achacando la situación a un ciclo más de los de toda la vida.
Y así, por mucho que nos esforcemos en hablar de energías renovables, comunidades de base, permacultura y agricultura sostenible, todas esas alternativas al sistema siguen y seguirán siendo minoritarias, probablemente hasta dos minutos antes del colapso, o más probablemente, hasta diez días después.
La cuestión es que todos los que se burlan del peak oil, de la escasez de recursos y de los problemas del agua seguirán ahí cuando llegue el momento de la caída. El problema es que todos los tecnooptimismas, los cornucopianos, los que creen que ya se inventará algo o que hay recursos para todos por tiempo ilimitado, también seguirán ahí. Su error no los va a disolver. Su irresponsabilidad no los va a multiplicar por cero: seguirán ahí, manteniendo su mayoría.
Y cuando llegue el gran batacazo no se van a conformar con un “ya te lo dije”. Los que se rieron de los que les explicaban la situación real, los que se burlaron de todas las advertencias no se van a encoger de hombros y limitarse a desaparecer: van a extender el miedo, buscar un culpable y reaccionar por encima, muy por encima, de lo necesario y lo razonable. ¿Y sabéis por qué? Porque no tendrán ni idea de lo que ha sucedido, no estarán preparados para asumir lo que se les viene sobre sus cabezas y no estarán en modo alguno dispuestos a reconocer que se han equivocado. Como mucho, dirán que un grupo malvado lo planeó todo en una oscura sala gótica, porque es mejor pensar que hay alguien a los mandos que sospechar que el avión va sin piloto.
Y aunque estuviesen dispuestos a asumir su error, ¿de qué serviría? Creo que lo que mejor ilustra el núcleo del asunto es lo que me respondió un amigo al que traté de hablarle de la situación energética: “Mientras quede algo, hay que disfrutar de ello, y cuando no quede nada, habrá que pelear por sobrevivir, como los demás, como los que prefirieron ahora renunciar a las últimas migas”. Y en su visión simple y cortoplacista, tenía razón.
Ser consciente de lo que sucede no te va a librar de las puñaladas el día que todo se vaya al carajo. Conocer  la agricultura ecológica no te va a librar de los saqueadores cuando llegue el hambre. Tu vecino, el que ahora se descojona de ti a mandíbula batiente cuando le dices que las cosas van muy mal, no se va a conformar con un “ya te lo dije” y se presentará a tu puerta, armado, con otros energúmenos como él, para llevarse lo que pueda quedar en tu casa.  Y ese día, lo mismo que te sucede hoy, no te servirán de nada tus razones. Lo único que te librará ese día es haberte hecho amigo de otros energúmenos, también armados, que hablen su mismo idioma y los pongan en fuga a tiros o cañonazos.
Cuando haya cinco patatas y treinta bocas, el primero que sobrará será el que tenga la feliz idea de decir “aquí no sobra nadie”.  Cuando se enfrenten las culturas para imponer un modo de vida, el primero que sobrará será el que diga que todas las culturas se equivalen. Cuando llegue la hora de la desconfianza y el sacrificio, y se necesiten comunidades locales fuertes, el primero que sobrará será el cosmopolita, porque las comunidades locales fuertes, con lazos sociales sólidos,  esas que tanto alabamos y proponemos como solución, no son ni abiertas ni cosmopolitas. Cuando llegue la hora de recordar cómo se suma y cómo se resta, los que ahora pasan de todo y se burlan del problema seguirán siendo mil contra uno, seguirán mirando a su alrededor en busca de su propio beneficio, como ahora, y seguirán sin aceptar que puede haber más razones que las suyas.
El día del gran debate, cuando llegue la realidad a arbitrar quién estaba en lo cierto, te pasará como hoy: igual que se burlan de tus razones porque estás en minoría se burlarán de tus derechos si no puedes defenderlos de una manera efectiva. Será como en mi novela: el miedo se impondrá a cualquier consideración, y unos por supervivencia y otros por placer, impondrán la ley del “me da igual lo que dijiste. Hoy han cambiado las reglas”. Y será de nuevo la gran purga.
La de los inocentes, los ingenuos, y los comeflores.

lunes, 29 de abril de 2013

La venda en los ojos

 
Queridos lectores,

Javier Pérez me ha hecho llegar una lúcida reflexión sobre nuestros mecanismos de disonancia cognitiva colectivos. Atención a la última gráfica: esclarecedora.

Salu2, 
AMT

Por qué no queremos saber nada. Información y bienestar.


Si nos ponemos a buscar un buen libro que leer, probablemente el más breve, que cumple además la condición de ser uno de los más antiguos, es el Eclesiastés. Los hay más antiguos e igual de buenos, pero no tan breves. Los hay igual de breves, pero no tan buenos.
    Dependiendo de la traducción, hay un párrafo del Eclesiastés en el que se afirma que el número de los necios es infinito. Pues bien: se quedó corto.
    Bromas aparte,  no es esa la cita que yo buscaba, sino esta otra, concretamente de Eclesiastés 1:18: “Donde hay mucho conocimiento, hay mucho dolor. Donde hay mucha ciencia, hay mucho sufrimiento”
    Así de antigua, como veis, es nuestra preferencia por esconder la cabeza, tirar para adelante, y no saber nada. El hombre convertido en vaca, que pasta, rumia y muge sólo de vez en cuando, es el ideal de felicidad. Y quizás sea cierto; tal vez la simplificación nos haga más felices y la inconsciencia nos permita vivir más tranquilo, pero algunos nos preguntamos si ese es el camino que bajó al mono del árbol, o justamente el contrario.
No hay discusión posible: el deseo de olvidarnos de todo y esconder la cabeza está ahí y es ancestral. Con el tiempo hemos disfrazado, o aderezado, ese mismo impulso con mil teorías psicológicas, pero la esencia central es la misma: la lucidez es fuente de angustia, y comer del árbol de conocimiento te convierte en culpable y te destierra del Paraíso. Por algo uno de los nombres del Demonio es Lucifer, que significa el portador de la luz, nada menos…
    Pero tranquilos, que no me voy a poner teológico ni estáis leyendo mi examen de ingreso en la escuela de telepredicadores. Mi única intención con estas citas es ilustrar la antigüedad y carácter antropológico del problema.
    El hecho de que la información disponible sea mayor en nuestros días no implica que nuestra naturaleza haya variado de modo que estemos dispuestos a aceptar esa información, y aún menos a integrarla. Nuestra mente es la que es y  cambia a una velocidad que nada tiene que ver con lo que sería necesario para los nuevos usos que le damos. Lo cierto, nos pongamos como nos pongamos, es que somos un producto evolutivo capaz de dominar un cierto grado de complejidad, prever acciones y reacciones de una manera limitada, y asumir riesgos hasta un punto muy concreto y  de muy baja escala. Y ahí, precisamente, en los sesgos de nuestra mente, es donde podemos buscar la raíz de este gran problema que nos conduce a no querer saber nada.
Algunos ya lo habréis oído antes, pero una buena manera de ilustrar lo que es la confianza en el  futuro y en las posibilidades de la tecnología, es la vida de un pavo. Un pavo cualquiera.
El pavo nace en una granja, o en una incubadora industrial. Mira a su alrededor, y no ve a nadie. Entonces un bicho enorme y feísimo lo atrapa, y está seguro de que se lo comerá, con plumas y todo, y en ese mismo instante. Pero no se lo come, sino que lo mete en una jaula con otros muchos pavitos como él, y allí, hacinado, esperando morir en cualquier momento, pasa unas cuantas horas con el corazón acelerado, mientras una fuerza exterior parecida a un terremoto, lo lanza a veces contra las paredes de su prisión o contra sus compañeros de infortunio. Y la pesadilla dura hasta que se ve al aire libre, en un lugar donde pasan muchos monstruos peludos y grandotes.
Después de un tiempo horrible, el bicho enorme vuelve a agarrarlo, por las patas y por el cuello, y el pavo vuelve a despedirse de la vida. Pero no: lo meten en un sitio oscuro y luego lo agitan durante un rato en un lugar ruidoso, hasta que lo dejan en un corral, donde hay otros animales parecidos a él, pero más grandes, y a los que oye llamar gallinas.
¿Cual es en ese momento la confianza del pavo en el futuro? NINGUNA. Esos somos nosotros en las épocas convulsas, en el año mil, en los momentos de varias pestes y guerras consecutivas…
Pero el pavo consigue sobrevivir a aquel día de horror, y el segundo día es un poco menos malo. El bicho enorme y horrible le da de comer por la mañana, y aparta a las gallinas que le molestan. Incluso impide que el perro, otro monstruo espantoso, se acerque a él.
Y el tercer día es un poco mejor, porque se empieza a acostumbrar a su nuevo hogar.
Y poco a poco el pavo va creciendo, siempre bien alimentado y bien cuidado. Y su confianza en el futuro crece al mismo tiempo que va creciendo él. Porque vive tranquilo, sin sobresaltos, y se ha hecho el más grande y orgulloso del corral. Lo tratan mejor que a nadie y las gallinas ni se atreven a acercarse.
Su optimismo y su confianza en el futuro y en sus propias fuerzas crecen sin parar.
¿Y cual es el día de mayor fuerza, confianza y optimismo en el futuro del pavo? La víspera de Nochebuena, por supuesto…
    No parece muy tranquilizador, ¿verdad?
Pero no se trata sólo de reacciones biológicas. También hay mucha gente interesada en hacer disminuir la información asumida, limitando cualquier conato de preocupación. Desde los grandes centros comerciales, que eliminan las ventanas y los relojes de su diseño, para evitar que la gente vea que está lloviendo o que se le está haciendo tarde, los que manejan cualquier tipo de gestión tienen como primera norma evitar la ansiedad de sus administrados.
    Y no es mala fe, sino algo completamente normal. Cualquier gerente competente, trabaje en una empresa o en un gobierno, sabe que existe un umbral de ansiedad a partir del cual la gente pierde los estribos y se vuelve irracional. Y cuando la gente se vuelve irracional las pérdidas se multiplican, las suyas y las de todos.
    Los políticos democráticos temen a sus electores y saben que decirles la verdad puede cerrarles cualquier camino hacia la reelección. Los economistas temen a los pánicos bancarios y bursátiles, con sus profecías autocumplidas y sus hundimientos producidos por la simple falta de confianza en los mercados. Hasta los militares temen a la desmoralización de sus tropas, que induzca una rápida retirada por la escasa voluntad de luchar. Todo, como veis, induce a matar al mensajero que no se avenga a traer buenas noticias o, como poco, a callarse la puñetera boca.
    Para ilustrar lo que sucede, no hay como mostrar un ejemplo gráfico. Quizás así comprendamos a los que nos enfrentamos los que hemos decidido no dar la espalda al problema de la escasez de energía barata.
El gráfico muestra la evolución del índice bursátil Dow Jones entre 1920 y 1940. Echadle un ojo, o mejor aún, miradlo detenidamente. ¿No encontráis nada raro?
En 1929 llega el crack bursátil y la gran Depresión. Eso ya lo sabíamos todos. De 1929 a 1932 se acentúa la caídas, hasta los mismísimos infiernos, con pérdidas superiores al 80% y un desánimo terrorífico.
Pero lo que casi nadie suele ver en esta gráfica es que la segunda Guerra Mundial comienza en septiembre de 1939, ¡y a nadie parece importarle un carajo!
En marzo de 1938 los nazis orquestan una extraña fusión con Austria, o más bien su invasión . ¿Baja la bolsa? No demasiado. Sólo un poco. ¿A quién le importa? En noviembre de 1938 los nazis ocupan los sudetes checos. ¿Y la bolsa? Baja un poquito, pero nada importante. ¿Y en 1939? En 1939 ya no se trataba de malas vibraciones, sino de una guerra enorme ya declarada. Los alemanes y los rusos, coordinadamente, invaden Polonia. Inglaterra y Francia declaran la guerra inmediatamente a Alemania, pero como no se declara también la guerra a Rusia, todo el mundo lo interpreta como una especie de cachondeo para quedar bien, y la bolsa ni se inmuta. Esa es, por supuesto, una de las explicaciones que he leído. Hay ocho o diez más, pero la conclusión no varía.
Si la gente consiguió quitarle importancia a una guerra ya declarada, todo para poder seguir pensando que las cosas irían bien y no pasaría nada, ¿qué puñetas esperamos que digan de la advertencia de que el fin del petróleo barato supondrá un gran desastre?
Y no es derrotismo: es un baño de realidad.
Javier Pérez (www.javier-perez.es)

martes, 19 de marzo de 2013

Mi vida y el dichoso Peak Oil



Queridos lectores,

Parroquiano (aka Anónimo del Sur) ha escrito este ensayo en el que plantea una cuestión que seguramente a muchos de Vds. les ha asaltado alguna vez: cómo afrontar el resto de nuestras vidas después de saber que algún día nada lejano el Peak Oil  lo desordenará todo. Pertinentes reflexiones que seguro que les interesarán.

Salu2,
AMT
 

Como ser pikolero y no morir (o enloquecer, o deprimirse) en el intento. 

No es sencillo asumir, para nosotros “gente de a pie”, que desde que conocemos y aceptamos como cierto el fenómeno del peak oíl, aceptamos, igualmente, que al menos parte de la realidad en que hoy nos movemos es, necesariamente, una ilusión temporal. Dicho de un modo más preciso, el peak oil, si es difícil aceptarlo, más difícil es vivirlo.

Erróneamente nos planteamos que el problema, que surge con la adquisición del conocimiento del FDPO (entiéndase “fenómeno del peak oil”), termina con la superación de la última fase del modelo de Kubler Ross. La travesía por el desierto, que comienza en la Negación y termina en la más descorazonadora Aceptación, solo es la antesala, el purgatorio purificador que nos lleva al centro de la verdad libertadora, al paraíso pikolero, a Shangri-La, al Walhalla de la quintaesencia de la realidad…nada mas errado, pues recién comienza la gran aventura… porque, después de aceptar el peak oil, se debe vivir el peak oil.

EL PIKOLERO Y LA FE PIKOLERA

Para ser pikolero, por fuerza, se debe tener cierto grado de sentido crítico de la realidad, cierta autonomía reflexiva para entender el mundo y su contexto, quizá cierta y natural “desadaptación”. No quiero decir con esto que seamos, efectivamente, unos desadaptados, pero sí que muchos de nosotros estuvimos -y estamos- más dispuestos a buscar respuestas donde una gran mayoría no sería proclive a hacerlo. A modo de ejemplo: el blog de Antonio Turiel, al día de hoy, tiene más 2.000.000 millones de visitas, quizá esos 2 millones de visitas hayan dado 2000 pikoleros convencidos, de los cuales unos 200 nos turnamos para escribir y comentar…¿por qué?, ¿por qué tan pocos?. ¿Porque siendo el peak oíl un fenómeno racional, relativamente fácil de explicar como de entender, existe una disposición mínima a ser aceptado por nuestras familias, nuestros colegas y vecinos? Mas allá incluso del modelo de Kubler Ross, que es capaz de explicar parte de la negativa inicial- recordemos que ,después de todo, no estamos hablando de aceptar un cáncer que nos va a quitar la vida en un año, sino de un fenómeno, en principio, de orden impersonal- el peak oil produce indiferencia y desinterés en personas que por formación, cultura y capacidad intelectual, debieran estar en posición de aceptar, sin gran trabajo, la completa dimensión de la problemática que se les presenta con la exposicion del fenómeno de marras…¿Por qué?...permítanme aventurar una respuesta; a saber:

Como si fuera una religión cualquiera, para creer en el FDPO se necesita un acto de fe (Hebreos 11:1 “certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve”). No pudiendo, ninguno de nosotros, acceder a un gran estanque con todo los hidrocarburos del mundo y observar cómo, a medida que se consumen, bajan de nivel metro por metro, necesariamente hemos de creer en los gráficos y estadísticas que nos son presentados en este blog o en otros, hemos de creer en los signos y símbolos ocultos en la realidad, que resplandecen en ella y que confirman nuestra fe… una guerra por aquí, una fusión por allá, una quiebra por aquí, el precio del Crudo Brent por acá. Somos, al fin, “los racionales creyentes del peak oil”. Pero claro, existe una diferencia sustancial entre el creyente de una religión cualquiera y el creyente en el FDPO; porque mientras los primeros acceden a una fe “luminosa”, que depara a sus fieles el cielo y la eternidad; la fe del pikolero, en cambio, es una fe negra, negra como el petróleo que se consume cada día, negra como el futuro y sus nubes de tormentas en el horizonte.

El ¿cómo llegamos todos aquí? no tiene importancia, seguramente encontraremos tantos caminos como pikoleros existan, lo trascendental es que aquí estamos y no podemos volver sobre nuestros pasos. Permítanme detenerme un minuto en esta última expresión; descreerse del FDPO implicaría, necesariamente, o el nihilismo, esto es dejar de creer en todo, FDPO incluido; o más probablemente cambiar la fe del peak oil por otra fe, ya sea en el ser humano(“la humanidad unida saldrá de este momento aciago”, “nuestras autoridades tomaran las medidas adecuadas”, “podemos , todos juntos, cambiar el rumbo de las cosas”) o la tecnología ( energía de fusión, el motor de agua, o “ya inventaremos lo que sea necesario”).Mas, para un pikolero convencido, la realidad del peak oil no es negociable, “en esencia” la sabemos tan cierta como que el sol sale cada mañana y de esa nueva realidad cognitiva surgen, a mi entender, tres hipótesis básicas de trabajo:

PRIMERA HIPOTESIS: EL PEAK OIL existe, ES REAL y si en este momento no es un problema, para todos o cada uno de nosotros, lo será en algún momento en el futuro.

SEGUNDA HIPOTESIS: Desde la perspectiva del FDPO, la realidad cotidiana, que actualmente se desarrolla con distintos matices en el mundo, particularmente en los países occidentales, es lo suficientemente frágil para que la podamos considerar, en algún sentido, ILUSORIA.

TERCERA HIPOTESIS: Muy probablemente, el conocimiento y/o aceptación de la primera y la segunda hipótesis, nos lleve a una situación de aislamiento, al menos, en algunos ámbitos de nuestras vidas.

Entonces…”Breve resumen mordaz de la vida de un pikolero”: Un día tengo un todoterreno que cambiare cada 2 años, una casa a pagar en 20 años en “Las lomas del Aglomerado” (irónico nombre del barrio donde vive Homero Simpson). Tengo hijos que vivirán mejor que yo y nietos que vivirán mejor que ellos. Las deudas son un detalle, porque lo verdaderamente importante es que el futuro será siempre luminoso, siempre mejor que el presente…(visita por error a The Crash Oil Blogspot)… y al otro día, lo que tengo es un futuro que, caótico o fascista, es en cualquier caso un futuro de carestía y miseria, por no hablar de violencia y muerte…Permítanme detenerme también en este punto; quizá, para la mayoría de nosotros, las consecuencias que pueda traer en el futuro el FDPO, ni siquiera signifiquen un gran cambio en relación a nuestra actual forma de vida ( recordemos que 1000 millones de personas ya pasan hambre, y otro par de miles de millones apenas vivimos con lo justo; luego, esa terrible economía de sobrevivencia que, eventualmente, nos espera en el futuro, es la realidad cotidiana de la mitad de este planeta ). Pero en donde efectivamente se produce la transfiguración alquímica de un alma pikolera es en que, desde la perspectiva de donde la sociedad apuesta hoy sus fichas de futuro, el pikolero es un hombre, un ser, sin esperanza. Y los hombres sin esperanza son islas, en cuyas costas, nadie quiere fondear sus naves. No se puede maquillar la realidad de un pikolero, nos tocará vivir un futuro solitario y sin ilusión –o para puntualizar, ninguna ilusión socialmente masiva- con mucha incertidumbre y sí, posiblemente, con una que otra certeza que seguramente desearíamos no tener.

Entonces, ¿cómo lidiar con esta nueva realidad y no sentirnos abrumados? Antes de “rifarme” en una propuesta detengámonos, primeramente, en las dos reacciones vitales propias de un pikolero dispuesto a no dejarse vencer por las circunstancias del peak oíl.

La primera: Asumir, equivocadamente por cierto, que el colapso es inminente, cosa de semanas o meses; el mundo se desmorona y nuestras vidas, como hoy se desarrollan, no pasaran del siguiente estío.

La segunda: Salir, cual “pescador de almas”, a convencer a cuanto cristiano se nos cruce en el camino de esta nueva verdad y que, únicamente, un esfuerzo de la humanidad unida nos podrá sacar del peligro en que esta, ignorante, está sumida.

Las dos primeras batallas de un pikolero y la derrota, en ambas, segura.

Vamos por la primera. En efecto, si bien este proceso de desintegración social en un sentido cósmico, o terráqueo si se quiere, durará un “abrir y cerrar de ojos” o “un chasquear de dedos”, en relación a la extensión de nuestras vidas, la espera puede implicar, tranquilamente, la totalidad de las mismas. No, el colapso no llegará mañana, y por tanto la hipoteca, el jefe hdp (sigla que dice relación con la profesión femenina más antigua del mundo), la pensión de alimentos de la ex, la cuota del auto y los caprichos de la noviecita estarán, como cualquier lunes, esperándonos. Eso sí, ahora con la certeza que nuestro futuro no será mejor que el presente…aquí, en este punto, el que no se ha tirado por la ventana (aunque sea la del primer piso y que da al jardín) tiene, sí señor, las bolas amarradas con alambre (como diría mi abuelo).

Ni que decir de la segunda reacción vital frente al FDPO; reúno a mi familia en pleno, hermanos, padres, sobrinos; invito incluso al cuñado puntudo y fresco que nadie en la familia quiere ver, nadie sobra en esta cruzada… otro vano esfuerzo destinado al fracaso…los mas tozudos, antes de darse por vencidos, aún lo intentaran con los compañeros de trabajo, el jefe y los amigos de pachanga. La cruda verdad es la siguiente: tendremos suerte si nuestra mujer no pone mala cara cuando, en vez de vacaciones en la playa, le propongamos invertir en cocinas a leña, cursos de permeacultura, invernaderos y crianzas de gallinas… muchos no llegaremos ni a eso.

…en este punto quien no ha caído en la locura, o para no ser tan dramáticos, la depresión, la desadaptación, la indolencia, o sencillamente la confusión y el hastío, es, sencillamente, un portento espiritual y filosófico. Frente a ese panorama de debacle, que puede ser en algún momento la vida de un pikolero, la pregunta es: ¿existe una salida?, ¿existe un camino para librar de la rabia y la decepción? …y si la hay, ¿nos puede servir a todos los pikoleros?. Digo, somos personas distintas, de mundos, de países diferentes, con realidades dispares, con vidas y posibilidades disímiles, con edades, proyectos, situaciones económicas y culturales distintas… ¿existe, entonces, un esbozo de respuesta que nos aproveche a todos? Bueno, según mi filosofía, si no la hay, mejor razón para “jugarse la vida” en encontrarla.

COHERENCIA VITAL

Para vivir tranquila y serenamente, sobre todo en tiempos tumultuosos e inquietantes como estos, que hoy nos tocan hoy vivir, se debe ser, ante todo, coherente…pero coherente ¿con que? y ¿con quién?...la respuesta: con nuestras circunstancias y con uno mismo. (Sí, es más fácil decirlo que hacerlo). Ayudémonos, entonces, con uno que en su época, posiblemente, se sintió tan desamparado como nosotros.

Kant, Inmanuel Kant, nació el momento justo en que moría Dios, hijo de la Ilustración, precursor de la Modernidad; el siglo XVIII despegaba sus alas dejando atrás el cadáver de una iglesia y una religión que arrastraba en su muerte el único horizonte que conocían los cristianos del mundo. La pregunta vital de Kant fue su propio peak oil: Si muerto Dios este no puede guiar los pasos del hombre ¿qué lo hará entonces? (“Si acabado el petróleo este no puede mover las maquinas, ¿qué las moverá entonces?”) Por respuesta Kant estableció un concepto complejo, los imperativos, y reconoció tres en el actuar humano. A dos de ellos les asigno el carácter de hipotéticos y a un tercero le señaló el carácter de categórico. Los Imperativos Hipotéticos son las conductas que se enmarcan en la definición de LO QUE QUIERO SER y LO QUE PUEDO SER. Los llamó hipotéticos, pues entendió que se trataba de conductas relativas, dadas por la voluntad del hombre y no por una regla externa (o interna) con el carácter de ineludible…lo que quiero y lo que puedo (hacer, decir, dar, etc.)…lo defino yo. En contraposición a los anteriores, señala Kant, se encuentra el imperativo categórico LO QUE DEBO SER (hacer, decir, dar, etc.), este no es relativo es absoluto no depende de mi voluntad crearlo, moldearlo o modificarlo, sino solo captarlo o percibirlo. Así, mientras que el “quiero” y el “puedo” son relativos, pues como ya señalé dependen de la voluntad de cada persona y por tanto no son de obligado cumplimiento en cualquier situación y desde cualquier planteamiento; el imperativo categórico, el deber ser, es independiente e inmutable, en cualquier tiempo y circunstancia.

Para cerrar el punto anterior decir, solamente, que en filosofía este concepto tríadico, lo que quiero, lo que puedo, lo que debo, ha sido desarrollado desde distintos ángulos por otros tantos autores en sus propios sistemas filosóficos; el mismo Kant estableció la idea de tesis, antítesis, síntesis; Foucault lo designó dentro de su modelo como construcción, desconstrucción, reconstrucción; Hegel se refirió a los términos afirmación, negación, confirmación. Por último, será la psicología y el psicoanálisis (hermanos pequeños de la filosofía) quienes legitimen modernamente la triada de imperativos kantianos al establecer los conceptos base de “ello” “yo” y “súper yo”.

Ahora bien, acercándome al núcleo de mi respuesta, permítanme salirme de las letras y plantear el argumento siguiente desde un punto de vista geométrico, el más universal de los idiomas.

Supongamos que tenemos una hoja en blanco de 30 cm por 30 cm. Realicemos entonces el siguiente ejercicio: marque dos puntos punto, “a” y punto “b” y luego trace una línea entre ellos; descubriremos que no importa en qué lugar de la hoja los haya marcado siempre el resultado será una línea recta, una línea coherente, coherente porque esa línea, proyectada sobre los puntos originales, seguirá siendo recta al igual que la que le dio origen, tan sencillo y de Perogrullo, que casi no tiene ciencia. Pero ahora inténtelo con tres puntos, puntos “a”, “b” y “c”… ahora la tarea ya no es tan fácil, si el punto “b” no está sobre la línea que se dibuja entre el punto “a” y “c” ó si “c” no está en el camino proyectado de una línea trazada entre “a” y “b” la línea recta se transforma una línea quebrada, la coherencia es incoherencia, la tranquilidad deviene en sufrimiento.

Lo mismo sucede con los 3 imperativos de Kant, lo que quiero, lo que debo, lo que puedo. Es cierto que Kant le dio una importancia superlativa al imperativo categórico por sobre los hipotéticos, pero es dable recordar que, originalmente, lo que Kant buscaba en este ejercicio era una norma de reemplazo, de carácter humano pero con la fuerza de un mandato divino. Aquí no aspiramos a tanto, solo a salir de pie del atolladero en que nos encontramos; por tanto, a diferencia de Kant, para nosotros ninguno de ellos es superior al otro; al contrario, el éxito de nuestro ejercicio parte en considerar, en su justa medida, a cada uno de ellos de acuerdo a quiénes somos y cuáles son nuestras propias y particulares circunstancias. De eso se trata, de hacernos cargo de cada uno de ellos ponderándolos según seamos nosotros y sean nuestras circunstancias. ¿Quiere hacer lo mismo un hombre de 30 años que uno de 60?, ¿puede hacer lo mismo un millonario que un “mileurista”? ¿DEBE hacer los mismo un soltero que un hombre casado y con cuatro hijos?; ¿Quiere, puede y debe hacer lo mismo un pikolero que vive en Europa a uno que vive en Sudamérica?

Definámonos, primeramente, a nosotros mismos y definamos, luego, nuestras circunstancias de vida. Sobre el resultado obtenido apliquemos, entonces, los factores de corrección que nos entregan los ya consabidos “¿qué quiero hacer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo hacer?”. Cuando encontramos en nosotros una línea recta, una línea coherente, una línea intelectual y espiritual que se hace cargo de cada uno de esos tres imperativos, uno empieza a posicionarse, frente a la vida y el futuro, con cierta calma y serenidad… lo anterior, no porque la decisión a que nos lleve esa línea coherente y proyectada hacia adelante, sea, esencialmente, la correcta; sino porque la dirección vital que le da nacimiento es la correcta… porque es una solución que nace en nosotros y se aplica a nuestras circunstancias, y no una solución que surge de nuestras circunstancias y se aplica en nosotros. Encontrar la tranquilidad sobre nuestro futuro, en lo exterior, es una alternativa destinada al fracaso, no existirán tantas hectáreas de tierra, toneladas de comida y arsenales de armas que puedan comprar nuestra tranquilidad (y, ojo, que no digo que no sean necesarios). Pero para lo que nos importa, la coherencia que nos lleva al equilibrio y la ecuanimidad va, necesariamente, en el camino contrario; desde el interior para con el exterior, y en ese punto lo que resulte del axioma lo que quiero, lo que debo y lo que puedo (según soy yo y según son mis circunstancias) deben tener un encadenamiento, de tal manera lógico y metódico, que impida que frente a los más simples o extremos sucesos nos encontremos tomando decisiones que son: las que quiero y puedo , pero no las que debo ; que son las que quiero y debo, pero no son las que puedo; o, aun, son las puedo y debo, pero no son las que quiero. Frente al peak oil, más que nunca, debemos estar preclaros y adelantados en las decisiones que adoptemos para nuestras vidas, cualquiera sean ellas. Para que esas decisiones nos entreguen tranquilidad y confianza deben ser las que queremos, las que debemos y las que podemos tomar. Esos tres puntos cardinales de la psique, deben hoy, mas que nunca, proyectar una línea recta que sea guía y norte, que nos señale la dirección sobre las que hemos de avanzar, donde fijemos nuestras metas y nuestros pocos sueños, donde se redoblen nuestras fortalezas y callen nuestros temores. Esa línea trazada y proyectada, por nuestra mente y nuestro espíritu, sobre el quiero, el debo y el puedo, será el haz de luz que nos muestre el camino y el porvenir, ahí, donde todas las noticias y todos los gráficos del mundo nos digan que no hay ninguno.

Parroquiano (Ex-Anónimo del Sur)