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viernes, 15 de mayo de 2026

Silencio radio

 

Queridos lectores:

Lo cierto es que no tenía intención de escribir un nuevo post hasta dentro de unos diez días. Aparte de toda la carga de trabajo que tenemos ahora mismo, estoy enfrascado en la finalización de mi próximo libro (que tampoco quería escribir, pero que, dadas las circunstancias, me he visto obligado a hacerlo; yo lo hubiera titulado "Trump y la madre que lo parió", pero al final me voy a  decantar por un título más convencional aunque no menos ominoso, "El fondo del pozo").

Llevamos ya dos meses y medio desde que empezó la guerra en Irán, y el estrecho de Ormuz sigue cerrado. De vez en cuando pasa algún barco, pero nada ni remotamente parecido a los 150 barcos diarios que pasaban antes del cierre. Hay una escasez estructural de unos 12-13 millones de barriles diarios de petróleo (el equivalente a un 25% del comercio mundial de esta materia prima energética), por no hablar del gas natural, fertilizantes y otras materias primas que transitaban por allí. En España se han aumentado las importaciones de petróleo desde México, Brasil y Libia, pero han disminuido las provenientes de otros países ya que la competición global por este recurso es muy intensa ahora. Por esa razón, España solo cubre actualmente el 85% de su consumo de petróleo, y el 15% restante lo está sacando de sus reservas, de los depósitos en territorio nacional, que de este modo pierden el equivalente a un día de consumo nacional por cada semana que pasa. Y España está mejor que el resto de los países europeos gracias a sus 8 refinerías, y obviamente está incomparablemente mejor que muchos otros países en el mundo (dado que a nivel global falta el 25% del petróleo exportable, para que aquí "solo" falte el 15%, en otros lados tiene que faltar más del 25%).

En pocas semanas empezará a faltar queroseno en Europa. En pocos meses faltará diésel. Se han perdido ya alrededor de 1.000 millones de barriles de petróleo de consumo en estos casi tres meses, lo cual implica menos movimiento, menos transformación, menos de lo que hace posible la energía. La inflación sube. El precio de los carburantes va subiendo inexorablemente. En el mundo, empieza a haber problemas de producción de medicamentos, con las cosechas, con la metalurgia... Faltan combustibles para los cargueros en los búnkeres internacionales, lo que repercute en el movimiento de todo tipo de mercancías. Algunos países, desde aquí vistos como periféricos, están comenzando a racionar, y no solo combustible.

Y el conflicto bélico realmente no ha acabado. El bloqueo sigue. Los barcos interceptados o atacados, las escaramuzas, los bombardeos aunque sean limitados. Incluso si se reabriese hoy Ormuz, tardarían meses en normalizar el tránsito marítimo, y eso sin contar con la producción de petróleo, gas, etc que se ha perdido de manera más o menos permanente. Por eso precisamente hicimos la campaña de "No normal".

Vamos de cabeza a una crisis económica sin parangón, incomparable a ninguna otra en la historia del capitalismo. Y esa crisis económica puede traer el estallido de las burbujas financieras y convertirse en un desastre económico de dimensiones inabarcables.

Y, sin embargo, la consigna aquí es: silencio radio.

En los medios de comunicación se habla de la guerra de Irán en pasado. Van saliendo noticias esporádicamente de las negociaciones, o sobre si el precio del barril de petróleo se mantiene alto (siempre dando el dato de los futuros a tres meses, nunca el precio del barril de entrega inmediata), pero como noticias menores, como detalles quizá un poco molestos o inquietantes, pero nada que afecte a nuestro diario quehacer. Seguimos pensando en el trabajo, las vacaciones, los planes de futuro... La ministra dice que no hay ni habrá problemas de suministro. Las refinerías, que no han hecho las preceptivas paradas de mantenimiento, van a ajustarse para producir aquello que se necesita. Las bolsas registran máximos. Todo va como debe, todo sigue como ha de seguir. No se ven grandes problemas en lontananza, y mucho menos en proximidad. La guerra, los problemas de suministro, eso son cosa de otros, de esos países que siempre tienen problemas.

La bofetada de realidad va a ser terrible. El despertar va a ser brusco y amargo. 

Entiendo que, dado lo delicado de la situación financiera, del miedo a que estallen las burbujas, hay cierta voluntad de quitar hierro, de evitar el pánico. Pero la realidad física es la que es. Nunca en otra crisis faltó tanto petróleo, por no hablar del resto de materias primas, ni en cifras absolutas ni en cifras relativas. En EE.UU., la inflación del mes de abril llegó al 18% en tasa anualizada. En Canarias, el mes de abril se registró un 7,6% menos de turistas.

La realidad se nos echa encima. Pero, mientras tanto, la consigna sigue siendo: silencio radio.

Eso nos permitirá escuchar mejor el silbido del golpe antes de que nos alcance. Y la algarabía posterior de toda la gente que se despertará, nunca mejor dicho, de golpe.

Salu2.

AMT 

lunes, 6 de abril de 2026

No Normal Tour: Por qué hay que actuar ya

 


Queridos lectores:

Incluso si por algún milagro la guerra de Irán parase hoy, teniendo en cuenta todo el destrozo ya hecho el mundo se enfrentaría a una importante crisis económica, justo cuando acumula una gran cantidad fragilidades y burbujas financieras. Pero es que encima la guerra no está acabando.

Pase lo que pase, no vamos a volver a eso que los medios de comunicación denominan "normalidad" (a pesar que esa "normalidad" esté llena de contradicciones y de prácticas horribles y aberrantes).

No se va a recuperar el statu quo. Su vida, querido lector, va a cambiar para siempre.

Que ese cambio suponga una gran pérdida de calidad de vida o una transformación hacia una sociedad más sana o sostenible, dependerá de cómo reaccionemos a lo que se nos viene encima.

Si seguimos persiguiendo el crecimiento económico, tendremos, en el largo plazo o no tan largo, ruina, paro y escasez, hasta miseria.

Si apostamos por poner las necesidades de la gente en el centro y por la sostenibilidad, podremos construir un mundo mejor.

Es ahora. No es en ningún otro momento: es ahora. Hay que entender, y hacer entender, que no hay vuelta atrás. Antes era necesario cambiar: ahora ya es imprescindible.

Por ese motivo, más de 30 personas (del mundo de la ciencia, la divulgación y el activismo) recorrerán durante una semana (del 13 al 19 de abril) toda España. Dando charlas. Explicando que esto se acabó. Que hay que cambiar. Que es bueno cambiar. Que podemos cambiar.

Todas con la misma presentación. Todas con el mismo mensaje. Cada una, con su manera de entenderlo y explicarlo. Cada una, poniendo su tiempo y su entusiasmo por un objetivo común. 

¿Y qué puede hacer Vd., querido lector, querida lectora?

El post que seguirá a este contendrá una lista de días, horas, ciudades y direcciones donde se van a impartir estas charlas. Hemos intentado conseguir salas lo más grandes posible para intentar que venga el máximo de gente.

Y ahí entra Vd., querido lector, querida lectora.

Busque la charla más próxima a Vd. y venga acompañada por una persona, por esa persona que jamás iría a una charla como ésta. Esa persona a la que esta charla quizá le cambiará la vida cuando vengan los eventos que por desgracia tienen que venir.

Ahora es el momento. El de crear momento. Podemos hacerlo.  

Empieza el No Normal Tour. Cuento contigo. 

Salu2.

AMT 

lunes, 5 de enero de 2026

Venezuela y la crisis del modelo imperial estadounidense

 

Queridos lectores:

Con el sorpresivo secuestro de Nicolás Maduro en la madrugada del 2 al 3 de enero de 2026, Donald Trump ha inaugurado una nueva etapa del declive energético en el que llevamos ya dos décadas inmersos, desde que en 2005 la producción de petróleo crudo convencional llegara a su máximo histórico y comenzara un proceso de lento declive. Una etapa que promete ser bastante turbulenta, porque las urgencias de la escasez energética hacen que caigan las caretas y que los países muestren su verdadera cara, lo que están dispuestos a hacer con tal de preservar su situación de dominio económico.

Durante las últimas semanas, la administración Trump ha alimentado el discurso de que Venezuela es una gran plataforma del narcotráfico hacia los EE.UU., responsabilizando personalmente al presidente de Venezuela de este tráfico de cocaína. Las acciones de los EE.UU. han sido progresivamente más agresivas con Venezuela: primero, la destrucción de algunas embarcaciones de narcotraficantes; luego, el cierre del espacio aéreo venezolano; más tarde, el apresamiento de varios petroleros; y ahora el secuestro en su palacio presidencial en Caracas de Nicolás Maduro y su mujer por medio de un grupo especial de ejército americano. Lo cierto es que no se entiende este nivel de agresividad y urgencia con un problema que obviamente hace décadas que dura, y además del cual Venezuela solo es una ruta, mientras que el origen de la cocaína está obviamente en Colombia y Bolivia. Ítem más, se hace extraño que personalice el problema en el presidente del país, que probablemente tenga poca o nula relación con todo esto, pero que en todo caso no se ha aportado ningún elemento de prueba que demuestre que efectivamente está implicado. E incluso si lo estuviera, las relaciones entre los países no se pueden gestionar ni se gestionan de manera expeditiva cargando contra sus representantes, por múltiples motivos pero, entre otros, porque tal manera de hacer difícilmente puede despertar las simpatías de la población. La acción de los EE.UU. ha sido una clara violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, y algo absolutamente extemporáneo e injustificable.

Pero toda la cuestión del narcotráfico pasó rápidamente a segundo plano cuando Donald Trump compareció delante de los medios el día 3 para explicar la operación. Sin solución de continuidad, Donald Trump explicó que las empresas petroleras de EE.UU. van a invertir miles de millones de dólares en el sector petrolífero de Venezuela, de manera que en pocos años puedan garantizar que la producción de petróleo venezolano suba desde los lánguidos 900.000 barriles diarios de hoy en día hasta los 4 ó 5 millones de barriles por día (Mb/d). En su alocución, el presidente Trump mencionó la palabra "petróleo" un total de 29 veces, más del doble de las que mencionó "narcotráfico", dejando meridianamente claro de qué iba todo esto.

La clave de todo está, por supuesto, en la Faja del Orinoco, una zona en la que se supone que hay unas reservas que se publicitan como de hasta 300.000 millones de barriles de petróleo (aunque el geólogo Art Berman siempre insiste que la mayoría de éstas son las famosas "reservas de papel", de la época en la que la OPEP infló sus números, y que en realidad hay más bien unos 100.000 millones de barriles - igualmente, una cantidad nada desdeñable).

La Faja del Orinoco es una región dentro de la cuenca hidrográfica del río Orinoco, situada a una distancia de entre 150 y 300 kilómetros de la costa, en plena selva y en territorio con una pendiente importante. La Faja del Orinoco limita al sur con el Arco Minero, donde hay importantes depósitos de diamantes, níquel y torio y muchos otros minerales estratégicos como el oro.


En la Faja del Orinoco hay petróleo extrapesado, bitumen de características similares al que se explota en Canadá. Venezuela tiene otros yacimientos con petróleo de mejores características, más convencional, sobre todo en la Bahía de Maracaibo, pero esos yacimientos han pasado ya hace mucho tiempo su máximo de extracción. La razón principal por la que la producción petrolífera de Venezuela ha bajado de los 3,5 Mb/d de finales del siglo pasado a menos de 1 Mb/d actualmente es precisamente el agotamiento de sus pozos de aguas poco profundas - y es que Venezuela, efectivamente, hace tiempo que pasó su peak oil. Es cierto que las continuas sanciones y el deterioro económico han perjudicado a la industria local y que posiblemente podría producir más de lo que produce ahora mismo, pero también es cierto que la única manera de aumentar de manera creíble la producción venezolana es mediante el petróleo extrapesado. De hecho, desde hace ya muchos años la producción de petróleo extrapesado representa aproximadamente dos tercios de todo el petróleo extraído en Venezuela.

Al igual de lo que pasa con el bitumen canadiense, el petróleo extrapesado de la Faja del Orinoco es una sustancia muy viscosa y para nada fluida, semejante al alquitrán. Su extracción es muy compleja y costosa, más que en Canadá porque mientras que en el país del arce las arenas bituminosas están en la superficie, en la Faja del Orinoco están enterradas a centenares de metros. Así pues, su extracción y procesado directo tal y como se hace en Canadá (que es más una operación de minería) es inviable en Venezuela, y la única solución es abrir un pozo que inyecte ingentes cantidades de vapor de agua para fluidificar un poco los lodos bituminosos, y al tiempo, desde otros pozos auxiliares, inyectar gases para incrementar la presión y obligar a los lodos a subir a la superficie. Una vez en superficie, se debe de lavar el bitumen para separarlo de la arena. Pero, de nuevo, estamos hablando de algo parecido al alquitrán, que no fluye, así que generalmente lo que se ha hecho es mezclarlo con petróleos ligeros o bien con agua con surfactantes (la famosa Orimulsión) para poder introducirlo en los oleoductos y llevarlo a las refinerías de la costa o bien para ser quemado en centrales térmicas. Venezuela importó durante muchos años petróleo ligero de Argelia para mezclarlo con su bitumen porque con el petróleo que extraían en Maracaibo no tenían suficiente para mover todo el bitumen que producían en la Faja.

Y de ese modo se empieza a entender el interés de los EE.UU. por el petróleo venezolano. Porque, a priori, Venezuela no debería ser el objetivo principal de los norteamericanos, dada la mala calidad (y bajísima TRE) de la mayoría de la producción petrolífera venezolana. Además, EE.UU. es ahora el principal productor de petróleo del mundo, con 13 Mb/d, así que, ¿por qué perder el tiempo con el petróleo de baja calidad de un país cuya producción es cada vez más marginal?

La clave es que, aunque EE.UU. haya conseguido  gracias al fracking aumentar de manera espectacular su producción en los últimos años, el tipo de petróleo que está produciendo no es tampoco de buena calidad. De los 13 Mb/d que produce los EE.UU., algo más de 4 Mb/d provienen de pozos tradicionales que producen petróleo de buena calidad, en tanto que más de 9 Mb/d son de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking. Ese petróleo está formado por hidrocarburos de cadena corta y tiene un menor rendimiento a la hora de producir diésel... justo en el momento en que empezamos a tener problemas con la producción mundial de diésel.

 

 Rendimiento óptimo comparativo de diversos tipos de petróleo, en producción de nafta (gasolinas), destilados medios (gasoil, diésel, keroseno) y residuales. Datos de API. Gráfico generado con Copilot.

 

En general, el petróleo ligero de roca compacta proporciona alrededor de la mitad de diésel que el petróleo convencional, lo que lleva a una sobreproducción de gasolina y un defecto de producción de diésel, comprometiendo la viabilidad económica de las refinerías y creando un problema logístico muy grande. A este problema los EE.UU. le dieron una solución sencilla hace años: importar petróleo extrapesado de las arenas bituminosas de Canadá, que se puede hacer circular por los oleoductos tras mezclarlo con la fracción más ligera de su petróleo extraligero de fracking (en una proporción de 2 a 1, el doble de petróleo extrapesado que de condensado ligero). De hecho, EE.UU. ha adaptado muchas de sus refinerías para trabajar con esa mezcla, con buenos resultados. Pero Canadá hace tiempo que tocó techo con su producción de petróleo extrapesado, con una producción de algo más de 4 Mb/d, y eso se queda lejos de las necesidades de EE.UU. para producir diésel y para aprovechar su petróleo ligero de baja calidad. Recordemos, además, que en EE.UU. se consumen 21 Mb/d, es decir, que aún tiene que importar de manera neta 8 Mb/d o el 40% de su consumo.

Por eso mismo, el petróleo extrapesado de Venezuela les resulta interesante: porque les permitiría rentabilizar su petróleo de fracking y resolver el acceso al diésel. Y esto también explica la urgencia de los EE.UU: la producción mundial de diésel hace tiempo se está moviendo entre un 10 y un 15% menos que el máximo de producción que se consiguió entre 2015 y 2017. Falta diésel en muchos países (miren los problemas en Bolivia, Nigeria o incluso en Irán), y dentro de poco comenzará a faltar también en los países occidentales. 

Hay un bonus para los EE.UU. de su intervención en Venezuela, y es intentar barrer a China fuera de lo que consideran su hemisferio, el hemisferio occidental, en una reedición de la doctrina Monroe. Probablemente no por casualidad, el día antes de que Maduro fuera apresado, éste recibió en Caracas al enviado especial de China.

Pero en realidad toda la maniobra de EE.UU. lo que revela con más claridad es la debilidad de su sistema imperial. Una acción tan precipitada, con una violación tan descarada de la legalidad internacional, no es propia de un país que controla el relato de "garante de la paz" y "faro de la democracia universal". La manera tan grosera con la que directamente Trump relacionó la acción con el petróleo venezolano, sin intentar disimular un poco, dejó claro que ahora lo que mandan son las prisas y no hay tiempo para guardar las formas. Pero es que además es dudoso que el plan les salga bien. De entrada, tienen que conseguir que Venezuela se someta a sus dictados, cosa que no está tan clara que puedan conseguir. Pero incluso si Venezuela abre la mano y permite a las empresas estadounidenses campar a sus anchas en la Faja del Orinoco, la complejidad de la operación en esa zona, con los lodos bituminosos enterrados a centenares de metros, en medio de la selva, en lugares escarpados, hacen que los costes sean astronómicos. Encima, tendrían que transportar el petróleo de fracking en grandes cantidades desde los EE.UU. para disolver el bitumen y poder moverlo hacia la costa. Es dudoso que las empresas petroleras hagan esto si no reciben copiosas subvenciones del estado, y eso obligará a los EE.UU. a implementar nuevas formas recaudatorias, seguramente a imponer al resto del mundo, para poder financiar toda la operación. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal, y encima, como dice Art Berman, se necesitaría al menos una década para desarrollar toda la infraestructura necesaria. Y una década parece demasiado en la situación actual. En la práctica, lo mejor que podría hacer los EE.UU. es mejorar la extracción en los yacimientos de Maracaibo y resto de yacimientos convencionales, y poco más.

En todo caso, mientras no haya una verdadera revolución o guerra en Venezuela, no parece que vaya a haber ninguna influencia en el precio del petróleo. La cuestión es demasiado local, y Venezuela hoy en día no es un actor tan importante a escala global. En realidad, los mayores riesgos para el mercado global de petróleo, y en particular para España, están en otros lugares: en la inestabilidad de Nigeria, en las incipientes revueltas en Irán y en las refinerías rusas bombardeadas por drones ucranianos.

Para concluir mi análisis, no puedo dejar de mencionar que he visto con cierta sorpresa como algunos de los más significados industrialistas o griniudileros patrios (todos ellos ácidos y desabridos detractores de mi persona) han creído oportuno gritar a pleno pulmón que el petróleo tiene poco o nada que ver con lo que ha pasado en Venezuela (para su desgracia, ay, pocas horas antes de que la rueda de prensa de Trump dejara claro que obviamente, sí, tiene todo que ver con el petróleo). En su batiburrilo de argumentos mal hilados y peor pensados insisten en que el triunfo del modelo de Renovable Eléctrica Industrial (REI) hace que el petróleo sea cada vez más irrelevante. Por desgracia para ellos, las muchas contradicciones internas del REI están haciendo que el sector se esté hundiendo, por más que ellos neciamente insistan en lo contrario. Durante 2026, veremos quebrar a muchos promotores de proyectos eólicos y fotovoltaicos, y muchos proyectos ser abandonados, y poco a poco será cada vez más claro que el REI ha fracasado, que el REI está muerto. Pero ellos necesitan seguir gritando con porfía, incluso cuando la realidad nos demuestra que, por desgracia, el petróleo sigue moviendo el mundo y que la preocupación ambiental ocupa un lugar cada vez más relegado en la agenda de los gobiernos. Aunque es normal que griten. Les va literalmente su sueldo en ello. Sinceramente, me parecen dignos de lástima. Ojalá en algún momento reconozcan su error, y pidan perdón por el daño enorme que han causado.

Salu2.

AMT 

jueves, 23 de octubre de 2025

El Gran Salto al Vacío


Queridos lectores:

En este agitado 2025 se van sucediendo eventos que, si bien pueden y van siendo asumidos dentro de "la nueva normalidad", lo cierto es que cada vez van siendo más disruptivos y perturbadores. Desde la creciente escasez de combustibles en América Latina y África hasta el genocidio en Palestina, pasando por la guerra en Ucrania o los abusivos aranceles de los EE.UU. al resto de mundo, con el reciente contraataque de China limitando la exportación de tierras raras, y rematando en asuntos más domésticos con la carestía y escasez de un bien tan fundamental como es la vivienda. Y todo eso sin hablar de la inestabilidad climática y el resto de problemas, mientras los que vivimos a orillas del Mediterráneo contenemos la respiración, deseando que este año no, que este año no nos toque.

Se respira un ambiente de fin de ciclo, pero no de un ciclo cualquiera, sino de uno más importante - no sé si secular, pero de seguro es un fin de etapa importante. El mundo se prepara para una situación que, para mi, tiene mucho que ver con la creciente escasez de recursos y la dificultad de mantener rentabilidades clásicas.

Y precisamente en este momento, quizá precisamente por ser este momento, mis eternos detractores, que dicen que no es verdad que hayamos superado ya los picos del petróleo y del uranio... podrían finalmente tener razón. Aunque sea por poco tiempo, aunque sea de manera breve y poco duradera, y aunque este canto del cisne lleve a una caída más precipitada posterior, todo apunta a que podríamos (aún está por ver si lo conseguimos) pasar las marcas de producción que en el caso del petróleo se consiguió en 2018, y en el caso del uranio en 2016.

Vayamos primero con el petróleo: como nos muestran los últimos datos de la Energy Information Administration sobre la producción mundial de crudo y condensado (la parte del petróleo que puede usarse como combustible, lo cual excluye mayormente los líquidos del gas natural, que se usan para hacer plásticos), estamos a punto de superar el pico de noviembre de 2018 (fíjense en la curva verde). Por primera vez en mucho tiempo, las previsiones que hace la propia EIA (curva roja) parecen creíbles.

Imagen de Peak Oil Barrel: https://peakoilbarrel.com/june-world-and-non-opec-oil-production-rise/ 

 

No se muestra una subida continua, solamente una recuperación ligeramente aumentada de los niveles de 2018. Lo cual es curioso, porque sabemos que la producción del mundo excluyendo a los EE.UU. lleva en ligero declive desde 2015. Y es que, efectivamente, hace ya diez años que todo aumento de la producción total de petróleo depende de los aumentos de producción del fracking estadounidense. Hace 12 años, la mayoría de las empresas que se dedicaban al fracking quebraron, y el sector hubiera desaparecido de no ser por la intensa ayuda gubernamental, especialmente con la primera presidencia de Donald Trump, pero también aunque sea menos reconocido con la de Joe Biden. Sin embargo, ese milagro no podía durar para siempre, y aunque la pandemia de la CoVid dio un respiro momentáneo (al hacer caer la demanda de petróleo) estamos llegando al final del camino. Como explica Quark (alias de Antonio García Asenjo) en su magnífico blog, los aumentos de productividad de los últimos 4 años tienen que ver sobre todo con la finalización de los pozos ya perforados pero aún no completados (los DUC), que básicamente son una despensa que se agota si no se va reponiendo. Y aparentemente el ritmo de consumo de los DUCs es mucho mayor que el de su reposición, al punto de que al ritmo actual de caída nos quedaremos virtualmente sin DUCs el año que viene:

Imagen del post https://futurocienciaficcionymatrix.blogspot.com/2025/10/analisis-produccion-petroleo-usa-shale.html

 

En el fondo, perforar nuevos pozos, pese a las mejoras técnicas (que sin duda las ha habido en todos estos años) ya no es tan rentable, sobre todo cuando las mejores localizaciones para la producción ya están virtualmente agotadas. En esencia, estamos liquidando la inversión hecha ya hace unos años, sin reponer (ni tener intención de reponer) lo gastado. ¿A dónde nos lleva esto? Como dice Quark en su blog, a una caída bastante rápida de producción probablemente a partir de 2026, en función de las medidas que se tomen o no. En suma, la huída hacia adelante lo que va a llevar es a una caída de la producción total más precipitada de lo que hubiera sido de otro modo.

¿Y para qué? Probablemente para que Donald Trump pueda cumplir su promesa de una gasolina barata para los estadounidenses. En el momento actual, con la producción de petróleo apuntando hacia máximos, pero sobre todo con un consumo en decadencia por la fuerte recesión instalada en Europa y cierto parón en China, más el viento recesivo de los aranceles, tenemos un precio del petróleo relativamente bajo (60 dólares por barril de Brent, que tampoco es una bicoca, pero es aceptable hoy en día). En suma, por razones de cortas miras políticas, vamos a aumentar, por un breve momento, la producción de petróleo.

¿Sobrepasaremos la marca de noviembre de 2018? Tampoco es 100% seguro. De un lado tenemos la fortísima crisis de Argentina (que ha forzado un rapídisimo rescate de los EE.UU., posiblemente no solo por afinidad política pero también por la importancia estratégica del petróleo argentino), que pone en peligro el milagro de la producción creciente de fracking en la formación de Vaca Muerta. Por el otro, los crecientes ataques ucranianos a infraestructura petrolera rusa está poniendo en peligro su capacidad de distribución, y por ende de producción. Y no olvidemos el gran "tapado" de las crisis futuras del petróleo, Nigeria, un país superpoblado y de estratégica importancia petrolera para Europa y que es un auténtico polvorín.

¿Se superará el valor de extracción de petróleo de 2018, entonces? Quizá sí, quizá no. Poco importa. Porque sea lo que sea, durará poco, y seguiremos el curso de declive que ya está marcado, como comentábamos en el post anterior. 

Hablemos ahora del uranio: la Asociación Nuclear Mundial (ANM) publicaba cada año, hacia el mes de mayo o junio, la actualización sobre la extracción mundial de uranio. O así lo hizo hasta 2023. Entonces ya veíamos un claro declive desde los valores máximos de extracción de 2016, en buena sintonía con las previsiones que fueron enunciadas hace ya 12 años.

 


Y durante dos años, la ANM no publicó ninguna actualización, lo cual, no nos engañemos, resulta un tanto sospechoso: recordemos que algunas estimaciones previas, de las pocas que publica la Agencia Internacional de la Energía, daban a entender que en los próximos años veremos un declive muy rápido de la producción.

Pero hete aquí que a mediados de septiembre, por fin, publican una actualización. Y una que es muy espectacular:


 

Resulta que en estos dos años la producción mundial de uranio ha pegado un rebote más que considerable, hasta el punto de estar ahora cerca de superar el máximo de 2016.

Cuando uno examina la gráfica, se ve que la razón principal de este repunte es el incremento enorme de la extracción en Canadá. Y al buscar un poco más, se ve que la extracción de algunas minas canadienses había caído en picado en los últimos años debido a sus altos costes (demostrando que el silogismo que suelen aplicar los pro-nucleares de que el precio del uranio tiene poca influencia en los costes operativos no es del todo cierto). Y es que el uranio canadiense es de los más caros del mundo, vendiéndose por encima de los 200 dólares el quilo de óxido de uranio.

En fin, está claro: el mundo está dispuesto a pagar más por el uranio y eso ha llevado a aumentar la producción. ¿Superaremos el pico del 2016? En este caso es algo más difícil que en el del petróleo: Canadá básicamente ya está produciendo a niveles máximos, y en la mayoría del resto de países el declive está bien instalado, y cuando empieza es bastante rápido en el caso del uranio. Todo depende de Kazajistán, el mayor productor mundial, pero dado que hace tiempo que usan masivamente la lixiviación in situ, que es prácticamente el último recurso en extracción, es complicado que pueda mantener su producción mucho tiempo. Y no olvidemos la importancia estratégica de Rusia en este mercado.

Y mirando cómo ha evolucionado el precio del uranio de mina, del hexafloruro y del uranio enriquecido, está bastante claro que estamos disparados en una carrera que es muy difícil ganar. ¿Dónde está el límite de coste?

 


Una vez más,  estamos dando un salto al vacío, que nos deja muy mal preparados para el momento en que la extracción de uranio no pueda mantenerse. No hay anticipación ninguna, solo huida hacia adelante.

Y eso me lleva al tercer tema que quería tratar hoy, éste mucho más doméstico: la situación crítica a la que está llegando la producción de electricidad en España. Como recordarán, el pasado 28 de abril se produjo un apagón que afectó a toda la Península Ibérica (pues arrastramos a Portugal en nuestra caída). Ya comentamos en su día, con la poca información disponible, qué podía haber pasado. Después de enésimas estrategias de desinformación y de confundir a la opinión pública, últimamente se ha venido en convenir en el debate público de que hay un problema con el control de la tensión que está asociado a la manera en la que se ha instalado y se opera la energía renovable de nuevo cuño (eólica y fotovoltaica). El problema de fondo: el control de la potencia reactiva. La potencia reactiva está originada porque la propia red no es un elemento inerte, sino que tiene capacidad de almacenar energía a través de campos tanto eléctricos (debido a su capacitancia) como magnéticos (debido a su inductancia). La red, siguiendo un principio muy básico de acción-reacción, se opone a los cambios. De esa manera, cuando aumenta la demanda eléctrica y se intenta transmitir más potencia a través de ella (lo cual se hace aumentando la intensidad), ella reacciona oponiéndose y robando parte de esa energía. Del mismo modo, cuando disminuye la demanda y se reduce consecuentemente la intensidad, nos encontramos que la red nos devuelve parte de la energía que antes había tomada prestada: ésa es la potencia reactiva que lleva la tensión a dispararse.

Nada de esto es nuevo, lleva habiendo importantes variaciones de tensión desde hace años, a medida que se ha ido instalando más energía renovable, y es que las únicas centrales que están autorizadas a controlar la tensión, absorbiendo potencia reactiva, son las tradicionales que usan alternadores giratorios. Teóricamente, los nuevos inversores que utilizan las centrales fotovoltaicas podrían de manera efectiva absorber la potencia reactiva si se ponen en un modo concreto de funcionamiento (grid forming), pero la programación en una red compleja como la española no es nada sencilla y es conocido que cuando muchos de estos sistemas se conectan de esta manera se pueden producir resonancias entre ellos que conducen a altas sobretensiones y oscilaciones de frecuencia indeseadas, ambas cosas muy peligrosas. El uso de estos inversores en entornos operativos reales es ahora mismo materia de investigación muy intensa, y aún no se tiene una total seguridad de cómo operarlos de manera económica. También es cierto que con la instalación de sistemas adicionales (como compensadores síncronos) disminuyen enormemente los riesgos, pero también es más caro.

Y es en este contexto que en las últimas semanas se ha desatado una auténtica tempestad en el panorama eléctrico español, comenzando por una filtración que apuntaba a un riesgo inminente de un nuevo apagón, noticia que fue desmentida por Red Eléctrica Española (REE) pero solo a renglón seguido pedir a la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC) medidas extra para limitar la manera en la que se operan las renovables, y particularmente que entren y salgan de sistema de manera más progresiva (15 minutos en vez de los 2 actuales), justamente para limitar la generación de potencia reactiva. En seguida las compañías eléctricas comenzaron a protestar, y aquí es donde la cosa se hace compleja técnicamente, pero la razón de fondo es fácil de entender: dinero. Por culpa de los cambios en el modo de operación de la red desde el apagón (con un mayor uso de centrales de ciclo combinado), las renovables no están consiguiendo operar el tiempo suficiente no solo para cobrar por las horas generadas sino para acceder a ciertas bonificaciones estatales, aparte de incumplir ciertos compromisos contractuales (de todo esto hablamos sucintamente hace unos meses). El año se acaba y hay prisa por cumplir algunos objetivos de generación, cada vez más difíciles porque hacia el invierno la iluminación baja y eso afecta dramáticamente a la fotovoltaica. Por todo ello, las compañías, en su intento de arañar minutos de generación y así cumplir objetivos, no quieren oír hablar de entradas y salidas más progresivas de la red, y están forzando la negociación.

Total, que en los últimos días estamos oyendo auténticos disparates y salvajadas. Por ejemplo, REE sugiere cambiar las normas de utilización (la consigna) con la que se usan las centrales clásicas para absorber la reactiva que se genere con la entrada y salida continua de renovables en la red, pero las compañías eléctricas dicen (y tienen razón) que si hacen eso las pueden dañar, porque no son tan rápidas. La contrapropuesta es, dicho así literalmente, "hacer un experimento", que entiendo que es reprogramar los inversores para que las renovables puedan absorber reactiva (y rezar para que no se produzcan las peligrosas resonancias que antes comentaba, cuya aparición es bastante imprevisible porque depende de cuánta energía se produce y consume en cada momento). Pero para poder hacer una cosa o la otra se necesita la autorización de la CNMC, que es quien puede modificar el reglamento.

La situación es caótica, es estúpida pero, sobre todo, está dirigida por el cortoplacismo económico. La único que está importando es los beneficios o pérdidas de este año, y en ningún momento se plantea que lo que se necesita es un rediseño total del sistema y la instalación de costosos (por la gran cantidad de ellos que se requieren) sistemas para garantizar la estabilidad. Mención aparte merecería la discusión de la vulnerabilidad a los ataques informáticos de una red con tantos inversores electrónicos operando en ella.

Nadie va a poner sentido común. Nadie va a dar un puñetazo en la mesa y exigir que se hagan las cosas en pro del bien común, minimizando los riesgos, mejorando la seguridad del suministro.

En este caso, como en los anteriores, vemos que la única lógica es la maximización a corto plazo del beneficio del capital. Es la lógica de la continua huida hacia adelante, pero ahora, adelante, tenemos un vacío. Un agujero enorme causado por la codicia enorme de estos años, que ha ido acumulando problema sobre problema. Ahora, en el momento en el que deberíamos pararnos y reflexionar, para intentar comprender como cerrar ese agujero, cómo seguir de manera viable para la sociedad, para que la sociedad sea viable y sostenible... ahora, precisamente ahora, el capital, en el paroxismo de su búsqueda insaciable del beneficio inmediato, solo ve un camino: el Gran Salto al Vacío, en la esperanza de que lleguemos a la otra orilla, la cual quizá no existe. Vamos a saltar al abismo porque los psicópatas que están tomando las decisiones no son capaces de imaginar otro futuro, uno sostenible y viable.

¿Lo vamos a permitir? ¿Vamos a permitir que esta gente nos destruya sin reaccionar, sin ni siquiera denunciarlo? ¿Qué piensa Vd., querido lector? 


Salu2.

AMT 

domingo, 1 de septiembre de 2024

Inventario de la crisis global: agosto de 2024

 

Queridos lectores:

Como habrán podido comprobar, llevo más de dos meses sin escribir en este blog. Estuve ocupado con la escritura de mi nuevo libro, El futuro de Europa, hasta mediados de julio, y después en acabar el papeleo de diversas convocatorias y otras zarandajas, más una semana de vacaciones a principios de agosto. Desde entonces, voy trabajando en temas pendientes y entre eso, y algunos cambios importantes en mi vida familiar, no me ha quedado mucho tiempo libre para seguir escribiendo. Ahora que las cosas están un poco más calmadas quería aprovechar para ir retomando el ritmo de publicación, pero antes de empezar me ha parecido importante hacer un post de resumen analizando dónde estamos en este momento.

Desde el punto de vista ambiental, es notorio que las cosas no van demasiado bien. La persistencia de una dorsal ártica (asociada a la ralentización de la corriente de chorro polar que ya hace años comentábamos) ha permitido que en España este verano no haya sido especialmente caluroso si lo comparamos con los últimos años, algo parecido a lo que pasó en 2013. Sin embargo, en el resto de Europa ha sido un verano terrible, con temperaturas que han excedido los 50 grados en Grecia que obligaron a cerrar la Acrópolis algunos días y que favorecieron que la capital griega se viera asediada por los incendios a principios de agosto. Y, por supuesto, una sequía que vacía ríos y pantanos de Grecia hasta Italia, pasando por Hungría y otros países. Del otro lado del Mediterráneo, las olas de calor se han cobrado su peaje en centenares de muertos en Egipto, Sudán y Arabia Saudita, y yendo ya más lejos por ejemplo en la India. En el conjunto del planeta, tanto junio como julio y previsiblemente agosto se cuentan entre los meses más calurosos de la Historia de la Humanidad.


La temperatura global del planeta se mantiene en aproximadamente +1,6ºC por encima de los niveles preindustriales, sin que la finalización de El Niño 2023-2024 haya conseguido devolvernos a los niveles de temperatura previos. Y es que todo indica que en este momento, cada vez que sucede ese fenómeno planetario, en vez de equilibrar las temperaturas globales, como hacía antes, lo que tenemos es un nuevo escalón de ascenso. En este contexto también son especialmente alarmantes los récords de temperatura en el Hemisferio Sur, donde actualmente es invierno, con desviaciones de 10ºC sobre la media en Australia, o de 27ºC en la Antártida. Eso está llevando a que la extensión del hielo marino en el Océano Glacial Antártico sea muy inferior a la media de esta estación, solo superada por la de 2023, y eso que, como hemos dicho, estamos en el periodo invernal en ese hemisferio, que es cuando se forma el hielo.


Lo que es paradójico es que también se está en valores récord de anomalía negativa con respecto a la media en el Océano Ártico.

Esto es extraordinario, pues como norma general los dos hemisferios se comportan de manera opuesta, es decir, que cuando el hielo marino disminuye en un hemisferio se encuentra un exceso de hielo marino en el otro, y viceversa. Ese equilibrio energético entre ambos hemisferios parece haberse roto, y ahora en ambos nos encontramos bastante por debajo del nivel habitual para la época del año.

Pero el que quizá es el motivo más inmediato de preocupación y alarma es el extremo calentamiento de las capas superficiales del océano global, que está en niveles de récord desde el año pasado, desviándose brutalmente de la media instrumental.


La finalización de El Niño ha permitido una ligera mejora, pero aún estamos muy desviados de los valores observados durante los últimos 40 años. Algunas personas argumentan que la media instrumental de referencia en este caso es demasiado breve (solo 40 años, básicamente desde que hay satélites), pero no tienen en cuenta que el agua es mucho más densa y capaz de absorber calor que el aire, que los 3 primeros metros del océano tienen la misma capacidad calorífica que toda la atmósfera, y que por eso el océano superficial puede absorber varios centenares de veces más calor que la atmósfera. Cuesta más de calentar el mar, y por eso lo que está pasando en los últimos años, aunque la serie no sea tan larga como la de la temperatura del aire, es muy significativo. Si se fijan en las figuras de más arriba, verán que la temperatura promedio mundial del aire a nivel de la superficie terrestre varía mucho más a lo largo del año (unos 4ºC) de lo que hace la temperatura promedio mundial de la superficie del mar (unos 0,4ºC, unas 10 veces menos). La desviación de +1,6ºC del aire debida al Calentamiento Global, relativa a sus 4ºC de variación a lo largo de las estaciones del año, es comparativamente mucho menor que la desviación de +0,7ºC de la superficie del mar relativa a sus 0,4ºC de variación dentro del año. Es, de hecho, un indicio de que algo muy preocupante le está pasando al mar. Entre otras cosas, que está acumulando energía a un ritmo muy rápido, y que esa energía solo tiene una vía de salida: a través de las tempestades, que se están volviendo más violentas, con vientos extremos, mayores precipitaciones, grandes riadas, granizo de gran tamaño y frecuente generación de tornados.

Intentar hacer un censo de los eventos extremos que se han registrado durante este 2024 sería abrumador, dado su increíblemente grande número este año. Se trata mayoritariamente de eventos muy localizados en zonas concretas pero con un nivel de destrucción en muchos casos nunca visto, y en todos los casos completamente fuera de lo habitual. Llaman particularmente la atención las lluvias extremadamente torrenciales en lugares muy áridos como Arabia Saudita o Yemen, o como la que se anuncia para las próximas horas en una amplia franja del desierto del Sáhara (los 50 litros por metro cuadrado previstos pueden parecer una lluvia importante pero no algo extremo en nuestra latitud, pero en el Sáhara es más que la precipitación media anual). Lluvias torrenciales y las consecuentes riadas y a veces deslizamientos que han arrasado poblaciones se han visto con frecuencia por todo el mundo en lugares para nada habituados a este tipo de eventos. Ningún continente se salva de este tipo de anomalías, que van de China a Pakistán, de Sudán a Marruecos, de Italia a España, de Francia a Polonia, de México a los EE.UU., de Argentina a Chile... Japón acaba de recibir la visita del tifón Shashan, que ha descargado en algunas zonas hasta 1000 litros por metro cuadrado y causado numerosos estragos. Algo completamente inaudito. Por más que algunos se empeñen en argumentar lo contrario, la Crisis Climática está tomando cada vez más fuerza.

En el caso de España, la anomalía de temperatura del Mediterráneo (hasta 2ºC por encima de los niveles de 1982) garantiza que es cuestión de tiempo que una tormenta de gran magnitud cause estragos en alguna ciudad española. 


 

Simplemente es necesario que se produzca una configuración atmosférica adecuada, una DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) de cierta intensidad que venga desde el este hacia la costa española. Una DANA no especialmente intensa causó graves destrozos en Es Mercadal, en Menorca, hace dos semanas. Estamos en tiempo de descuento para que algo así acabe pasando en una gran capital. Será quizá mañana, de aquí en un mes, de aquí en un año o de aquí en cinco, pero tarde o temprano acabará por pasar, mientras que de manera real y efectiva no hacemos nada ni para prevenirlo ni para mitigar sus posibles consecuencias. Lo único en lo que pensamos en ampliar las carreteras, el aeropuerto y poner casinos para atraer más turismo, mientras la fiesta dure. Es el único modelo que hay.

La preeminencia de la Crisis Climática podría hacer pensar que la Crisis Energética ha pasado a un segundo plano, pero no es así. Se informa poco y discontinuamente de cuál es la situación, pero lo cierto es que la Crisis Energética sigue su curso de deterioro, afectando preferencialmente a países periféricos de la gran metrópoli que es aún el Norte global, pero avanzando inexorablemente.

En lo que se refiere al petróleo, la producción global de crudo y condensado (lo que se puede convertir en combustible) continúa bastante estancada y unos 3 millones de barriles diarios (Mb/d) por debajo de los niveles de noviembre de 2018. Las revisiones que el Departamento de Energía de los EE.UU. hace a un año vista siguen dando por hecho que vamos a recuperar los niveles de 2018 de aquí en un año, pero lo cierto es que es poco creíble, teniendo en cuenta que llevamos escuchando esa cantinela ("en un año volvemos a los niveles de 2018") desde por lo menos 2022.

Imagen de Peak Oil Barrel, https://peakoilbarrel.com/april-non-opec-and-world-oil-production-drops-2/


Por supuesto que cuando se añade a la contabilidad de lo que se denomina "todos los líquidos del petróleo" la categoría de "líquidos del gas natural", que en su mayoría solo sirve para hacer plásticos, se obtiene que hemos recuperado los niveles de 2018. Publicidad engañosa para disimular la realidad en la que estamos. Y es que, al margen del precio del petróleo, el mundo está en una situación de penuria desde hace tiempo. Hace unos días, Art Berman mostraba un gráfico muy revelador: cuánto petróleo hay en almacenamiento flotante, es decir, en petroleros que no estén circulando.


Prácticamente no hay margen, no hay petróleo almacenado en los petroleros, todo lo disponible está en movimiento. No hay reservas ni capacidad de hacer frente a imprevistos. Las últimas veces que pasó esto fue en 2008, cuando el precio del barril se fue a casi 150$, y en 2022, cuando llegamos a los 132$. El precio del petróleo ha oscilado mucho en las últimas semanas, a veces al alza y a veces a la baja, pero está claro que se intenta mantenerlo en esos 80$/barril con los que la OPEP se siente cómoda, suficiente para compensar sus gastos y no demasiado caro para estrangular la maltrecha economía global. A pesar de lo cual, la industria europea continúa su proceso de destrucción sobre todo en Alemania, y los indicadores manufactureros de la Unión Europea, EE.UU. y China indican una tendencia a la contracción.

Pero, al margen de si la energía es suficientemente barata para una industria de producción masiva (que probablemente ya no, y eso explica tanto la progresiva desindustrialización europea como la persistente inflación), el descenso de la producción de petróleo tiene ya efectos muy directos en la disponibilidad de combustibles, y sobre todo y más preeminentemente, el diésel. Aún faltan unos meses para la nueva edición de nuestro análisis ahora ya anual, "El pico del diésel" (pueden consultar el del año pasado), pero un simple vistazo a los datos de la Joint Organisations Data Initiative muestra que la producción mundial de diésel sigue un proceso de lento declive y se encuentra actualmente en torno a los 22 Mb/d, lejos del máximo de los 27 Mb/d que se marcó en el período 2015-2017 (casi un 20% menos). No es por tanto de extrañar que muchos países estén experimentando problemas de acceso a combustibles, no solo diésel sino también gasolina y keroseno para aviación. En América Latina podemos destacar los casos de Bolivia, Colombia y Venezuela,  y el encarecimiento en Ecuador después de varios meses de problemas y la decisión gubernamental de retirar subsidios, lo que ha provocado una cierta caída del consumo. Argentina ha conseguido remontar una situación de escasez de petróleo y ahora está aumentando vertiginosamente su producción, algo muy interesante a lo que le dedicaré un post próximamente. En África el problema es endémico y muy extendido, con un epicentro fundamental: Nigeria. Los problemas de este superpoblado país son numerosos y crecientes, y muy preocupantes para el futuro. Javier Pérez le dedicó un análisis hace unos años y probablemente volveremos a hablar de Nigeria en el futuro. En Asia, los problemas son graves en Myanmar, Paquistán, Kazajistán,... por no hablar de la situación en Líbano, Yemen o por supuesto en Palestina, donde la situación es gravísima por motivos que van más allá de los problemas geológicos de extracción del petróleo. En Europa no hay problemas dignos de reseñar con la excepción de Hungría, y en Norteamérica ha habido algunos problemas en México, aunque lo más importante en ese país es su pérdida (aún no completamente) de condición de país exportador. En todo el mundo, el problema más repetido es la falta de combustible de aviación. Prominentemente ha faltado en Colombia, en Nigeria y en Japón, donde la industria turística local no ha podido despegar (dicen) por falta de keroseno. La escasez de keroseno, reflejo especular de la del diésel, es un problema cada vez más extendido, pero es algo de lo que se habla también en voz baja.

De lo que se ha hablado en voz algo más alta es del último informe de Exxon, del cual Quark ha hecho un buen análisis. Lo más impactante ha sido una gráfica ampliamente publicitada sobre cómo podría evolucionar la producción de petróleo de aquí al 2030 sin más inversión.


Como ven, una escalofriante caída del 70%. Esto en realidad no es nada nuevo, y se ilustra mejor con otra gráfica, más técnica y con menos infografía, contenida dentro del informe.

En realidad, el mensaje de Exxon es que sin ningún tipo de inversión, en 2030 solo habrá un 30% de la producción de petróleo actual: una caída del 70%. Por otro lado, invirtiendo solamente en el mantenimiento y mejora de los pozos existentes, el declive sería de un 25%: tremendo, pero no tan catastrófico. Pero hay un tercer escenario, fijado por su escenario previsto de demanda (la curva "Global Outlook"), la cual se mantiene prácticamente constante (en realidad, con un pequeño aumento) hasta 2050, y para la cual, como dice el informe, debería haber nuevos proyectos. Varios comentarios son pertinentes aquí:

  • Exxon considera que la demanda se va a mantener alta, en niveles incluso ligeramente superiores a los actuales, porque no ve posible una substitución al nivel que prevén los planes de transición energética como los que se manejan en Europa. Por supuesto se puede pensar que Exxon es parte interesada en ver las cosas de esta manera, pero por desgracia lo que está pasando le da al menos parcialmente la razón.
  • El informe no dice de dónde van a salir este petróleo. Identifica que hace falta, pero es terra incógnita saber de dónde viene. Obviamente, Exxon utiliza este informe para intentar captar fondos para invertir en esto, pero eso no quiere decir que haya recursos explotables en el volumen requerido para satisfacer toda la demanda de la línea "Global Outlook". De hecho, es de sospechar que no hay suficiente para evitar cierto declive, que se irá materializando en los proximos años.
  • El informe dice que sin inversión la producción de los campos existentes cae a un ritmo del 15% anual. Esto es casi el doble que el ritmo que asume la Agencia Intenacional de la Energía (8%), como bien apunta Quark en su post, y es algo especialmente preocupante.
  • Está claro que el gran caballo de batalla de los próximos años va a ser el mantenimiento y mejora de los campos existentes. Con él, la caída hasta 2030 será del 25%, suponiendo que todo salga perfecto. Es una caída en línea con la que anticipaba la OPEP hace dos años, y similar a la que anunciaba BP. A falta de una proliferación de "milagros" como el argentino, está claro que los tiros van a ir probablemente por ahí.

La conclusión del informe de Exxon es que la fase actual, de caída ligera/prácticamente estancamiento de la producción de petróleo está tocando a su fin, y que vamos a entrar en la fase de aceleración. La cual agravará la crisis del diésel y los problemas con la industria global. Que las economías más desarrolladas entren en recesión (cosa que podría pasar este mismo otoño) no frenaría este problema sino que lo aceleraría, al hacer menos rentable la costosa explotación de los recursos restantes de petróleo. Y también está claro que de aquí a 2030 va a haber cambios radicales en nuestra sociedad.

Los problemas energéticos, por supuesto, no se acaban aquí. La lista de países que por diversos motivos han sufrido apagones más o menos extensos es bastante larga en este 2024, revelando la fragilidad de muchos sistemas, su fuerte dependencia sobre todo el gas y los recursos hidroeléctricos (en muchos sitios comprometidos por la sequía) y el mayor consumo de electricidad por el uso de aires acondicionados en un verano bastante bochornoso en todo el Hemisferio Norte. Entre los lugares menos esperables están Texas, los Balcanes, Italia o Japón. Al tiempo, en muchas regiones de Francia y España se están experimentando cortes de luz de pocas horas de duración y limitada extensión geográfica pero repetitivos y con pinta de apagones rotatorios (es muy difícil enlazar ninguna noticia sobre ello, porque nadie se ha molestado en hacer una verdadera investigación periodística sobre el caso, solo tenemos testimonios dispersos de personas afectadas). Y aunque los inventarios de gas natural están altos y la demanda baja, de nuevo se anticipan problemas para Europa si el invierno viene frío - y no siempre podremos confiar en que los inviernos sean templados, y más si ya se acabó El Niño.

La clave sería, está claro, acelerar la transición energética, tanto por los problemas climáticos como por los de escasez de energía. Sin embargo, los planes de transición están derrapando. La mayoría de las compañías automovilísticas han puesto sus planes de transición al vehículo eléctrico en el congelador, mientras que países como Alemania han retirado sus subsidios a este tipo de coche y las ventas caen con fuerza en todo el Viejo Continente. La red eléctrica está saturada de electricidad no gestionable y los curtailments y otros problemas van en aumento. Y por si eso fuera poco, los fabricantes no chinos de aerogeneradores están hundiéndose: aún está pendiente de litigación la demanda contra Gamesa, quien tras un ERE anuncia que volverá a vender turbinas onshore el mes que viene después de casi un año sin fabricar (posiblemente, intento desesperado de no desaparecer); Vestas amplía sus pérdidas, Nordex reduce pérdidas pero no levanta cabeza y General Electric se enfrente a una demanda de 900 millones de dólares por sus turbinas defectuosas. En cuanto a los promotores, después de los movimientos contractivos de Iberdrola y Orsted durante el último año, ahora le toca a Equinor retirarse de algunos proyectos eólicos importantes en España y Portugal. Está claro para cualquiera que quiera verlo que el sector eólico está en una grave crisis, y con él todo el modelo de transición energética prevista.

Y eso no es todo. Los próximos meses prometen estar trufados de noticias impactantes, de los cuales iremos informando. Permanezcan en sintonía.

Salu2.

AMT

G
M
T
Y
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