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martes, 11 de junio de 2024

Procapitalismo o muerte (valga la redundancia)

 


Observo, una vez más, la legión de trolls que me acosan en las redes sociales, y más raramente en mi bandeja de entrada. Algunos con más educación que otros, algunos con mayor intento de articular algún argumento, otros solo vomitando su bilis farfullando algo sin sentido (tampoco sintáctico).

Apagones en Ecuador, Colombia, Bolivia, Venezuela... Nueve estados de los EE.UU. sufren un apagón. España, al borde del apagón...

A veces les respondo. A veces no. Pero en ningún caso hablo para ellos. ¿Para qué? Todos ya tienen su idea hecha. No han venido a discutir, han venido solo a acosar (para minar mis fuerzas y mi autoconfianza) y a intentar deteriorar mi imagen (de caras al exterior).

Argentina pierde parte de la cosecha por culpa de la escasez de diésel, a pesar de un productor de petróleo, y raciona el gas industrial a pesar de ser un productor de gas. La gasificación de los pozos de fracking en los EE.UU. anticipa un final abrupto para su producción de petróleo. La producción mundial de petróleo del mundo experimentó una brusca caída de 1,5 millones de barriles diarios en enero.

Cuando contesto a los trolls, en realidad hablo para los que me leen. Intento darles argumentos y estrategias para contestar a esos trolls del mundo real, que aparecen en la más suave variante conocida como cuñado. Además, las redes sociales generan un efecto microscopio: solo unos pocos son tan energúmenos para atacar, la mayoría de los que pasan leen y, estando de acuerdo o no, callan, porque tienen más sentido de la educación (y del ridículo). Lo que vemos son solo unos pocos individuos que creen que tienen que imponer su opinión, incluso en casa ajena, en vez de vivir y dejar vivir.

La producción de las minas de Chile retrocede por cuarto año consecutivo, mientras los costes se disparan. La tonelada de cobre llega ya a los 11.000 dólares. Se multiplican los robos de cobre. Matan a un actor de Hollywood para robarle el platino del catalizador de su coche.

El argumentario de la trollsfera es siempre más o menos el mismo. Hablan de mis profecías fallidas, asignando fechas que yo no he dado a problemas futuros que sí que he descrito, como el racionamiento del diésel o el final de la aviación masiva. Al final, suelen recurrir a un pantallazo fuera de contexto de un post mío de 2010, a falta de un argumento mejor, para acusarme de decir que solo se podrían construir un millón de coches eléctricos, pero hacen el ridículo en cuanto enlazo el post original. Porque los datos que me atribuyen no son míos sino de Jack Lifton, porque hace 14 años (cuando empezaba el blog y nadie me conocía) la mayoría de mis posts eran simplemente comentarios sobre artículos que leía. "Ah, pero por lo menos habrías debido explicar que los datos de Jack Lifton eran erróneos". Claro que sí. Lo hice, ya en 2010, cuando un lector me lo señaló, y rehice los cálculos de Lifton con las estimaciones del Servicio Geológico de los EE.UU., y encima enlacé este segundo post al final del primero, el cual, obviamente, mis trollacos no han leído. A pesar de lo cual, invariablemente, al cabo de unos días otro menguado me repetirá el mismo argumento de mierda con un "¡ajá!".

Después de meses en la cuerda floja, dimite el CEO de Siemens Gamesa y como era de temer se anuncia un ERE. Acciona continua con problemas. Algunas grandes compañías eléctricas comienzan a deshacerse de algunos activos renovables en España.

Otra idea-fuerza que está ganando tracción últimamente en la trollsfera es la de intentar desacreditarme académicamente. El problema es que lo hacen con argumentos de una ignorancia de lo que es la investigación que son simplemente enternecedores. El primer argumento reza que soy un investigador mediocre. Desgraciadamente para ellos, no es verdad. Mis indicadores de desempeño ciertamente no me sitúan entre el 5% más destacado, pero de ahí de calificar mi trabajo de mediocre hay un buen trecho. Mirando por ejemplo mi índice H (un indicador con ciertas limitaciones pero informativo), es actualmente de 33 de acuerdo con Scopus, un servicio de bibliometría aceptado en el mundo académico (el menos riguroso Google Scholar arroja un valor de 39). Según el creador de este índice, de manera orientativa H=20 es el valor de entrada a una posición de catedrático y se considera un valor bueno; H=40 sería excelente y H=60 sería extraordinario; dice también Hirsch que el 86% de los Premios Nobel de Física tenían H=30. También es cierto que el valor se tiene que ajustar por el tamaño de la comunidad en la que desarrollas tu trabajo principal (en mi caso, oceanografía y observación de la Tierra, ambas relativamente pequeñas) y por la edad (en mi caso, ya bastante senior). Sea como fuere, mis indicadores no son malos y están en consonancia con los de mis colegas en posiciones similares. Y eso sin contar con que a lo largo de mi carrera científica he conseguir 4 millones de euros en contratos y proyectos competitivos, y mi contribución a las tareas de asesoramiento científico a las administraciones y empresas españolas y las de desarrollo tecnológico con la Agencia Espacial Europea y algunas empresas.

En la misma semana de mayo, la temperatura llega a 50ºC en algunas partes de México y una tormenta de granizo convierte las calles de Puebla en ríos glaciales. En Delhi, temperaturas de más 50ºC hacen que se acumulen cadáveres a mayor ritmo del que pueden procesar las funerarias, y falta agua en casi todo el país, mientras la costa oriental es azotada por un tifón de fuerza inusitada. La granizada destruye el 30% de un gran parque solar en Texas y los tornados destruyen varios aerogeneradores en Iowa. Todo normal y bien...

El otro argumento, aún más tonto, es que yo no tengo formación específica en energía. Para esta gente, se ve, debería tener un título de energólogo. Se ve que el hecho de ser físico, con un doctorado en física, no me permite entender lo que es la energía. Lo peor del caso es que los temas de los que yo me ocupo caen en un disciplina académica relativamente reciente que en inglés se denomina Energy Policy (en castellano podría traducirse, quizá, como gestión y planificación de sistemas energéticos). Saber mucho de aerogeneradores, de paneles fotovoltaicos o de plantas nucleares no te da una mejor preparación para abordar cuestiones de Energy Policy. De hecho, como no hay un grado en Energy Policy (al menos en España), la conclusión para estos trolles es que nadie puede hablar de energía. Pero resulta que esto no funciona así. En investigación, una parte importante del tiempo se dedica a la autoformación, a través del estudio, los seminarios y la propia investigación, porque se está creando una disciplina nueva (¿qué investigación sería si no, si siempre se hiciera lo mismo?).

Una tormenta de granizo destroza el morro de un avión, que logra aterrizar de manera segura en Viena. Una riada de granizo inunda un túnel en el norte de Francia. El número de tempestades se multiplica en el Hemisferio Norte.

La última estrategia de descrédito ha consistido en atacarme en lo que se supone que es mi propio campo. Ha sido a raíz de un artículo de El Independiente en que nos entrevistan a un meteorólogo y a mi acerca de los efectos de una potencial detención del brazo atlántico de la Corriente Meridional de Lazo, la AMOC. El periodista habla en el titular de una posible glaciación, lo cual es un término erróneo: el colapso de la AMOC no llevaría a una glaciación (un estado estable en el cual la mayoría del planeta quedaría cubierto por la nieve), sino a un enfriamiento relativo de buena parte de Europa y una redistribución del calor hacia latitudes más bajas, lo cual traería como consecuencia una alteración muy seria de los patrones de precipitación en las zonas tropicales. Obviamente yo sé perfectamente todo esto: hace meses que escribí dos posts en este blog sobre el riesgo que supondría una detención de la AMOC: "Si no es ahora, será después" y "Si nuestra supervivencia fuera importante". Y obviamente tengo muy claro lo que es una glaciación, habiendo trabajado ya hace tiempo sobre el análisis de series temporales paleoclimáticas de los últimos 800.000 años y publicado dos artículos científicos sobre ello (1 y 2), que ya son 2 más que los de la manada de cuñados y advenedizos que me insultan por no saber lo que es una glaciación. Es además notorio y evidente leyendo el artículo que yo no hablo en ningún momento de glaciación. Y sin embargo, ha habido un tromba de descalificaciones hacia mi persona por haber usado ese término erróneamente, cuando es obvio que no lo he hecho. Lo peor es la gente que se ha abonado a esa cacería: al corifeo habitual de cuñados se le han añadido un meteorólogo de la AEMET, una meteoróloga que presenta un espacio televisivo sobre el tiempo atmosférico y un conocido divulgador ambiental. De una manera gratuita e inflando una polémica espuria por un titular desafortunado de un artículo en un diario generalista, aunque cuando entras dentro y lo lees está razonablemente explicado. A mi me ha dejado desconcertado, sobre todo, el nivel de odio e irracionalidad, y la rotundidad de los ataques sin molestarse a mirar si no ha habido un malentendido, sin intentar leer el artículo en cuestión.

Y es que al final solo hay un hilo conductor en todo este acoso, en todos estos ataques: el odio. El odio irracional e irrefrenable. Contra mi persona.

Pero, ¿acaso soy yo el enemigo a batir? Ésos que intentan por todos los medios despedazarme y desprestigiarme, ¿acosan del mismo modo a Iberdrola, a Forestalia o a CaixaBank? ¿De verdad les parece que el problema principal que tenemos soy yo? ¿De verdad creen que la causa principal de los problemas de sostenibilidad que tenemos es un pobre cretino que trabaja en un instituto de investigación y que tiene nulo poder decisorio?

¿Por qué esta obsesión con alguien tan insignificante e irrelevante?

Yo solo veo una razón: porque yo represento un peligro real, aunque sea ridículamente minúsculo, para los intereses del capital. Porque yo denuncio, con datos, que lo que se está proponiendo no tiene ningún sentido desde el punto de vista técnico, y nadie está pudiendo refutar los argumentos que doy, entre otras cosas porque no son míos, sino de todo un cuerpo de investigación de cientos de científicos del todo el mundo, de los cuales yo simplemente hago divulgación.

Éstos que con furia me atacan no comprenden que los científicos salgan de sus laboratorios, que hagan divulgación no sesgada en favor de los intereses económicos, que participen del debate público. Para ellos, nosotros deberíamos centrarnos en investigar y ya quien está más preparado se dedicará a usar los frutos de nuestra investigación. ¿Qué es eso de tener conciencia social? ¿Qué es eso de poner en evidencia los abusos y manipulaciones?

Centran su ataque en mi porque soy, posiblemente, la cabeza más visible de un grupo de decenas de académicos concienciados en España, un grupo que además va creciendo gracias al empuje de las nuevas generaciones. Les molesta que aparezca en los medios, que me entrevisten en los diarios. Y eso que cada vez estoy vetado en más medios de comunicación, dada la fuerte campaña en mi contra: "Es un catastrofista, es un colapsista, es un profeta del apocalipsis que fracasa siempre en sus predicciones, es un retardista, un enemigo de las renovables". Mismas falacias repetidas una y otra vez por gente cada vez más poderosa. Lo cierto es que cada vez estoy más arrinconado, y aún así todavía aparezco demasiado en los medios para su gusto.

¿Por qué ese odio visceral contra un tipejo insignificante como yo? Porque no se puede criticar al capital, que es lo que yo hago. Y menos que nunca ahora que está entrando en su crisis histórica terminal.

Por eso quien me ataca no entra a discutir mis argumentos, ya que para ellos yo simplemente ataco sus creencias. Porque todos estos que niegan la libertad de expresión y denostan el debate son procapitalistas. Todo se puede hablar, pero siempre desde la perspectiva capitalista y siempre sin salirse de ella.

Y ahora que el viento de la Historia hace conmoverse los cimientos del edificio capitalista, ahora que en la sociedad se generaliza un sentimiento de final de camino, de conclusión histórica, de necesidad de nuevos paradigmas, los fanáticos de esta religión tienen la necesidad de reafirmarse con más fuerza que nunca, cerrando firmemente las filas y condenando al ostracismo al disidente. Ahora que los problemas ambientales se acumulan sin que se les dé solución (al contrario, están empeorando rápidamente); ahora que los recursos y la energía empieza a escasear, ahora que las desigualdades sociales crecen y las guerras se multiplican, ahora más que nunca intentan negar la realidad de que el capitalismo se está resquebrajando y amenaza con hundirse, arrastrándonos a todos en su caída.

Su lema es "Capitalismo o muerte". Valga la redundancia.

Pues yo os digo: ya está bien de agotar nuestra paciencia, procapitalistas. Allá donde estéis, allá donde amenacéis, yo os señalaré con el dedo. Cada vez que, delante de los problemas, recitéis vuestro credo, yo os señalaré. Porque los únicos que deberían de avergonzarse son los que mantienen inconmovible su fe en un sistema ecocida y represor que solo persigue nuestra destrucción.

Antonio Turiel, junio de 2024.

miércoles, 1 de abril de 2020

Coronavirus, una razón más para salir del capitalismo.

Queridos lectores:

Máximo Luffiego me ha enviado este interesante escrito sobre el futuro del capitalismo, espoleado por la crisis que plantea actualmente la pandemia de CoVid. Es un ensayo de naturaleza teórica pero orientada a la adopción de medidas concretas para superar y contrarrestar el capitalismo. Unas reflexiones muy pertinentes en este momento.

Les dejo con Máximo.


Salu2.

AMT


CORONAVIRUS, UNA RAZÓN MÁS PARA SALIR DEL CAPITALISMO

Por Máximo Luffiego
La propagación del coronavirus es exponencial. Si no se tomaran medidas, en cuestión de meses, se verían afectadas millones de personas. Su capacidad de reproducción es un éxito biológico. No obstante, desde el punto de vista humano, constituye una amenaza y la prioridad de cada país es intentar limitar su propagación mediante medidas de información, higiene, confinamiento, etc.
Nuestra economía capitalista también ha tenido un crecimiento exponencial, gracias a la explotación de los combustibles fósiles y al desarrollo de la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción. Somos 7.600 millones de personas, hemos colonizado todo el planeta y una cuarta parte de la humanidad no para de viajar por tierra mar y aire. Sin lugar a dudas es un hito de la civilización industrial. 
A falta de un dios que nos juzgue, desde una mirada sistémica con perspectiva planetaria, este éxito es la antesala de un fracaso sin parangón que si no corregimos a tiempo -esperemos que lo haga la reflexión sobre esta pandemia- acabará con la civilización y quizá con la especie. El éxito económico del capitalismo equivale, en el otro lado de la ecuación, a la destrucción, también exponencial, de los recursos y de los sistemas vitales del planeta. La crisis energética en ciernes, así como la climática y la ecológica tienen las mismas causas: el crecimiento económico y la expansión humana. También la crisis sanitaria actual es resultado del crecimiento económico y de la expansión humana de los que tanto nos ufanamos; al destruir hábitats por la deforestación, la extracción de recursos naturales, el monocultivo y el consumo de animales salvajes, facilitamos el contacto de patógenos con poblaciones humanas (1). 
Como si GAIA velase por la salud del planeta, la pandemia del coronavirus ha alejado temporalmente las crisis energética y ecológica, al ralentizar el crecimiento económico y la emisión de contaminación. El coronavirus nos ha enseñado que unos meses de frenazo económico han sido mucho más resolutivos que las 25 COPs para mitigar el cambio climático y posponer la crisis energética, aunque sea temporalmente. 
La experiencia muestra que las pandemias no reconocen fronteras pero sí la incapacidad para abordarlas a escala mundial. Además ha dejado en entredicho la política seguida por el neoliberalismo en aras del beneficio económico al concentrar muchas industrias en China -también la sanitaria- lo que ha impedido dar una respuesta eficaz a la pandemia.
Ante las amenazas globales, se requiere una ONU capaz de informar y coordinar a todos los países para tomar las decisiones pertinentes. Ahora bien, si una vez superada esta crisis del coronavirus continúa en los países ricos el deterioro social y económico que diezma la clase media, la próxima pandemia podría ser mucho más grave y desatar el caos, con centenares de miles de muertos, desbordando cualquier acción internacional. 
Una economía de crecimiento continuo, como es la capitalista, no puede solucionar algunas de las amenazas globales que ella mismo provoca, como es el caso del cambio climático, de la crisis ecológica y de las pandemias episódicas.
No habrá transición energética ni ecológica si no hay transición económica
Necesitamos otra economía que detenga la destrucción de nuestro planeta y permita desarrollar otra sociedad con valores más humanos. Precisamos realizar una transición económica hacia otro tipo de economía y de sociedad que cumpla estas condiciones y que, desde nuestro punto de vista, podría ser el ecosocialismo. Sin transición económica para dejar atrás el capitalismo no habrá transiciones energética y ecológica sostenibles.
La transición económica hacia el ecosocialismo implica dos fases: una fase de decrecimiento, que acabará probablemente siendo impuesta por la naturaleza, con dos objetivos principales, la desactivación de la economía capitalista y la creación de las condiciones para que se pueda desplegar la nueva economía, y otra fase de desarrollo de una economía Ecosocialista, cuyo objetivo sería la implantación de esta alternativa económica que debe seguir los principios de sostenibilidad ecológica y, al propio tiempo, mejorar las condiciones sociales en las que se encuentran los países y clases más necesitadas.
Aquí solamente trataremos la fase de decrecimiento.
El decrecimiento y la desactivación del capitalismo
En la década entrante habrá problemas con los combustibles fósiles, especialmente con el petróleo. Seguramente se manifestarán con altibajos brutales del precio de este recurso que alternativamente producirán problemas económicos en países importadores y exportadores. Ahora bien, este vaivén no puede durar mucho tiempo ya que habrá un goteo irreversible de países exportadores que vayan engrosando la fila de los importadores, acelerándose así el declive petrolífero. 
Sin embargo, el agotamiento de los combustibles fósiles y de otros recursos no tiene por qué ser el fin del capitalismo. Si algo ha demostrado este sistema es que tiene una capacidad de adaptación muy elevada. Aunque mengüen los recursos energéticos y minerales, el sistema podría sobrevivir en algunos países varias décadas más transmutando en un capitalismo rentista o, como dice Collins (2), en un capitalismo catabólico que se “alimenta de” y destruye la sociedad intentando sobrevivir de la riqueza de los Estados, mediante la deuda y la adquisición y gestión de infraestructuras y servicios estatales. 
La sustitución de la economía capitalista por una ecosocial supone, en palabras de Carpintero y Riechmann (3): “(…) poner trabas al librecambio y la operación de los mercados, al poder del capital, a la mercantilización del trabajo y de la naturaleza”. Pero eso no es suficiente, hay una necesidad imperiosa de neutralizarlo y que deje de operar en las sociedades. 
El crecimiento exponencial de la economía capitalista depende de la acumulación de capital mediante dos mecanismos: La apropiación de plusvalía de los obreros por parte de los empresarios en la economía productiva y la imposición de dinero en entidades financieras que permite multiplicarlo a tasas de interés positivas. 
Aquí, se proponen dos medidas complementarias para desactivarlo basadas en el control de estos mecanismos de acumulación. 
Regulación de los sueldos en las empresas productivas 
Históricamente la revolución rusa implementó la nacionalización de las empresas productivas, medida revolucionaria propuesta por Marx y justificada porque la parte de riqueza arrancada al obrero por parte del empresario (plusvalía) se considera injusta. Sin embargo, tras la caída de la Unión Soviética, las sociedades actuales difícilmente aceptarían una medida tan centralizada, lo cual no es óbice para nacionalizar los servicios esenciales.
Afortunadamente disponemos de otra posibilidad menos drástica: la regulación de los sueldos en las empresas privadas y, por supuesto, en las nacionalizadas. El gobierno negociaría con los sindicatos unos máximos y mínimos de los sueldos en los distintos sectores y categorías profesionales y todos los trabajadores de la empresa votarían los sueldos, incluido el del empresario. Las cooperativas funcionarían con autonomía, como ocurre en la actualidad. Hoy ya existen empresas que se constituyen como cooperativas. Los cooperativistas se reúnen y tratan y votan diferentes asuntos, entre ellos el abanico de sueldos. En la Economía del Bien Común de Felder (4), son asambleas de ciudadanos las que votan distintas cuestiones del pueblo, o barrio de una ciudad, incluida la diferencia del grado de desigualdad que puede haber entre el mayor y menor sueldo.
La imposición de tasas de interés negativas 
La imposición de dinero a una tasa de interés positiva incentiva la acumulación y la competencia entre capitalistas. Este es un mecanismo esencial para la conversión de dinero en capital en la actualidad, más todavía cuando la economía productiva ha entrado en una atonía que ya no proporciona suficientes beneficios al sistema. 
La modificación de la tasa de interés al alza se ha utilizado históricamente para enfriar la actividad productiva y controlar la inflación y a la baja para activarla y elevar la inflación. 
Pero, según Dierckxsens (5), hay una reforma del sistema financiero que podría encauzar esta transición decrecentista hacia una economía estacionaria y, desde nuestro punto de vista, hacia una economía ecosocialista. Se trata de regular la acumulación de capital mediante el establecimiento de tasas de interés negativas a las entidades financieras impuestas por los bancos centrales de los países y, en el caso europeo, supervisados por el BCE (6). 
Una tasa de interés negativa desincentiva la acumulación ya que el dinero depositado se va devaluando. En estas circunstancias, los capitalistas buscarían invertir su dinero en actividades productivas porque el prestamista, que es el banco, además del crédito le pagaría un interés. Inicialmente habría un aumento de la actividad productiva que originaría más capital, pero este, a tasas de interés negativas, ya no se podría multiplicar lo que frenaría la producción.
La plusvalía pierde su sentido con esta medida ya que es la forma de acumulación de dinero que tiene el capitalista en el sector productivo y, como hemos visto, este dinero se iría devaluando desde el momento en que se ingresara en el banco. Naturalmente el empresario debería tener un salario mayor, tanto por la exposición de su dinero como por la calidad del trabajo que realiza. 
La lógica de una reforma de este tipo es que afecta al mecanismo de la reproducción del capital y, por lo tanto, acaba con la racionalidad económica del capitalismo (7). Estas tasas se podrían modular en función de las cantidades depositadas y de las circunstancias económicas. 
Siendo un contrasentido la acumulación de dinero, las burbujas financieras responsables de crisis en el capitalismo no tendrían posibilidad de formarse. 
Sin embargo, una reforma de este tipo del sistema financiero no está exenta de problemas. Por ejemplo, los depositantes minoristas podrían aducir que los ahorros son necesarios para hacer frente a la inflación en el futuro. A este sector, se le podría aplicar tasas positivas. Los países pobres también podrían acogerse a este privilegio, con el fin de atraer capitales para su desarrollo, a condición de no llegar a superar su biocapacidad. Los bancos actualmente pueden crear dinero electrónico; habría que prohibir taxativamente esta capacidad de emitir dinero que debe ser exclusiva de los bancos centrales. Así mismo, habría que eliminar los paraísos fiscales, prohibiendo los depósitos en ellos como un flagrante delito.
Pero el problema de mayor envergadura es que para ser eficaz esta reforma debería implantarse mundialmente. De otra manera el capital migraría hacia otros países rápidamente. Junto a las movilizaciones de jóvenes a escala mundial de estos últimos años para hacer frente al cambio climático, la crisis del coronavirus puede posibilitar una mayor toma de conciencia a escala mundial para implantar otro sistema económico capaz de solucionar los problemas globales. 
A continuación, discutiremos algunos cambios económicos, sociales y ecológicos que podrían derivarse de esta reforma y que constituyen condiciones, seguramente necesarias pero no suficientes, para implantar una economía ecosocialista. 
  1. Permite disminuir el metabolismo económico:
En el contexto de esta reforma, la ganancia estaría regida por la suficiencia y no por la acumulación por lo que la competencia entre las empresas productivas y su metabolismo económico se reducirían notablemente. La renovación tecnológica de las empresas se ralentizaría al ser la competencia mucho menor, aunque esta renovación podría regularse para aumentar la eficiencia tecnológica. De esta manera, el sistema evitaría la sobreacumulación, o sea, la imposibilidad de rentabilizar el capital invertido en tecnología por verse obligado el empresario a cambiarla para poder competir, lo cual puede conducir ocasionalmente a crisis que asolan a las empresas productivas en el capitalismo.
Se impondría con el tiempo la tendencia a producir objetos duraderos. En lugar de crear nuevas necesidades y de fomentar el consumo mediante la publicidad, las modas y la obsolescencia programada, esta reforma promovería el cuidado de las cosas, la reparación de las mismas y el hecho de compartirlas estimulando así la economía solidaria. De esta forma, la seguridad y la esperanza no dependerían tanto del trabajo personal como del colectivo ya que residirían en la economía solidaria y no en acumular dinero individualmente. El sistema fomentaría la creación de cooperativas, en las que la propiedad de los medios de producción sería social y la toma de decisiones democrática.  
Si en estas circunstancias acumular dinero en un banco carecería de sentido, también lo sería acaparar objetos y mercancías; por lo tanto, el intercambio en los mercados se realizaría según su valor de uso y no de cambio. El dinero obtenido en la venta por un vendedor sirve para adquirir en otros mercados las mercancías que necesita, no para acumularlo en un banco. 
La competencia global y extrema que existe en la actualidad menguaría, ya que una tasa de interés negativa desincentiva la competencia pues no tiene objeto trabajar para no poder acumular dinero. Amén de los problemas energéticos que ya comienzan a afectar al comercio global amenazando con la disolución de la red mundial de rutas comerciales, la economía tendería a ser cada vez más local puesto que sería contraproducente la fusión y el gigantismo empresarial al estar sancionada la acumulación. A medida que las economías se fueran haciendo más locales perduraría cierto grado de competencia tanto en la elaboración de productos como en la compraventa de mercancías en los mercados.
  1. Permite hacer frente al paro y a la desigualdad:
Una cuestión primordial es el paro. En la fase de decrecimiento, la actividad económica disminuirá necesariamente aumentando el paro y, por tanto, la desigualdad. Esto sería una tragedia si todavía dominara el capitalismo. 
Hay dos maneras de combatir el paro: reduciendo la jornada de trabajo o/y mediante el Trabajo Garantizado por el Estado. En este último caso, a medida que el decrecimiento de la producción avance y aumente el paro, el balance de obreros a cargo del Estado respecto a la cantidad de obreros empleados en empresas privadas será cada vez mayor. La productividad se ralentizará ya que los obreros contratados por el Estado no están especializados para realizar trabajos tan diversos (8). En ausencia de una competencia exacerbada a escala local o regional, esto no debe representar un problema.
Con el paso del tiempo, la imposición de tasas de interés negativas en esta fase decrecentista nos acercaría a la sostenibilidad social y económica.
  1. Frena el deterioro ecológico:
Otro resultado crítico de esta reforma es que la economía sería mucho más respetuosa con el medio ambiente que la actual. Si los objetos fueran más duraderos se reduciría la extracción de recursos naturales, la actividad industrial, el consumo de energía y la producción de desechos y contaminación, o sea, el metabolismo económico. Con el paso del tiempo, se iría aminorando la tendencia derrochadora de “usar y tirar” y se lograría encarrilar el metabolismo económico hacia una tendencia decreciente adecuándose a los recursos locales, hasta lograr la sostenibilidad ecológica. Entonces el ritmo metabólico acabaría ajustándose a los principios de sostenibilidad ecológica y a la biocapacidad del territorio, logrando la circulación cuasi cerrada de los desechos no renovables. El decrecimiento económico también debería acompañarse, si fuera necesario, de un control poblacional mediante estímulos positivos. 
La restricción de la competencia a una escala local se adapta a lo que ocurre en la Biosfera. En los ecosistemas también se da cierto grado de competencia pero está limitado a las poblaciones que interaccionan entre sí en cada uno de ellos. En consecuencia, para evitar la extralimitación y atendiendo al principio de biomímesis (9), o más propiamente ecomímesis, es aconsejable eliminar la competencia a escala global y restringirla a un tamaño local o regional. Y esta sería una reforma eficaz para hacerlo. 
  1. Permite abordar una reforma agraria: 
Otra medida crucial es la de diseñar y llevar a cabo una reforma agraria desde una perspectiva social y ecológica. Hay que evitar el acaparamiento de tierras por parte de capitalistas. Dado que no puede producirse acumulación de capital en una economía de tasas de interés negativas, en una situación de un paro importante, algunos capitalistas reconvertidos en terratenientes podrían intentar acumular tierras y tener una relación con los trabajadores cuasi esclavista, sobre todo si el gasoil comenzara a escasear, como parece que puede suceder. La tierra, el agua, los bosques y otros ecosistemas deben ser de titularidad pública. La agroecología permite conservar estos sistemas mediante una gestión que siga los principios de sostenibilidad: conservación y regeneración de suelos, minimización del consumo energético, fomento de la biodiversidad y reducción de transporte gracias a la proximidad de mercados (10). La formación de cooperativas locales sería lo más adecuado para dar trabajo, gestionar y comercializar los productos cosechados. El objetivo final sería, en palabras de González Reyes, (11): “articular un mundo rural vivo y agroecológico”.  
Estas breves reflexiones no pretenden ser sino un modelo esquemático que anime a los economistas a elaborar una alternativa económica ecosocial rigurosa ante el incremento de riesgos derivados de las crisis que atraviesa este sistema. 
Lo que se ha propuesto en estas líneas es una posible vía para cambiar el sistema socioeconómico actual dominado por el capitalismo por otro más humano y reconciliado con la naturaleza con el fin de eludir lo peor del colapso. Sin embargo, hay otra alternativa que niega lo que está ocurriendo y justifica este sistema hasta las últimas consecuencias. 
Negacionismo y neofascismo
El contexto nacional e internacional no es proclive a poner en marcha una transición económica que renuncie al capitalismo. En todos los países hay una clase pudiente organizada internacionalmente que pretende continuar con el saqueo de la sociedad y la naturaleza y conservar su estatus caiga quien caiga, aplicando la máxima de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. El discurso del odio contra el emigrante, la conquista del alma de la gente con el consumismo, el auge del nacionalismo apelando a la seguridad de cada país y el negacionismo del cambio climático y de la catástrofe ecológica, son los ejes del discurso que airea el neofascismo. 
Defender la seguridad de cada país, “America first”, y negar la validez de las instituciones mundiales boicoteando las decisiones planetarias son los ejes de la política neofascista, a sabiendas de que los problemas globales existen. Esta política conduce al exterminio de media humanidad y al agotamiento del planeta, es decir, a un genocidio y ecocidio difícilmente imaginables.
Sabemos que la élite, los superricos, conocen los problemas globales; disponen de la mejor información acerca de la escasez de los recursos naturales y de las crisis climática y ecológica que empezaremos a afrontar en esta década y ya prevén sus “planes de salvación” ante lo que denominan el “acontecimiento”, es decir, el colapso (12). La derecha política fascista se está organizando a escala internacional gracias a la mediación de Steve Bannon. Las élites norteamericana y europea ya saben cuál es el camino a seguir: el autoritarismo dentro de sus fronteras y la guerra fuera de ellas (13). 
Quizá la crisis sanitaria que estamos padeciendo todos los países del mundo pueda ser un punto de inflexión en la toma de conciencia para abordar los problemas globales en un foro mundial, como la ONU. Por de pronto, la mayoría de los Estados han valorado más la vida de sus ciudadanos que la economía (14) y los paladines del neoliberalismo que no lo hicieron inicialmente, Reino Unido y Estados Unidos, han tenido que rectificar, lo cual constituye un avance extraordinario. 
Referencias y notas:



  1. Duch, G (2020). Un virus de monocultivo alimentario. https://rebelion.org/un-virus-del-monocultivo-alimentario/

  1. Collins, C. (2020). Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará. https://rebelion.org/cuatro-razones-por-las-que-nuestra-civilizacion-no-se-ira-apagando-colapsara/
  2. Riechmann, J. y Carpintero, O. (2014). ¿Cómo pensar las transiciones poscapitalistas? En los inciertos pasos de aquí hasta allá. Alternativas socioecológicas y transiciones poscapitalistas. Ed. Universidad de Granada. https://www.traficantes.net/libros/los-inciertos-pasos-desde-aqu%C3%AD-hasta-all%C3%A1-alternativas-socioecol%C3%B3gicas-y-transi
  3. Felber, Ch. (2014). Dinero de fin a medio. Deusto (Grupo Planeta)
  4. Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/
  5. A raíz de la crisis de 2008, la economía ha entrado en un periodo de estancamiento secular, caracterizado por una atonía económica duradera. Para estimular la economía se han utilizado tasas de interés negativas. Esta política financiera se está aplicando en Suiza, Dinamarca, Zona euro, Japón y Suecia (este país acaba de abandonar las tasas de interés negativas en diciembre del 2019 para situarse en tasas de interés nulas). En todos estos casos, se trata de una herramienta reguladora temporal de la actividad económica dentro del marco del capitalismo. 
  6. Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/
  7. Unti, B. (2014). Ecología política, capitalismo actual y políticas de pleno empleo. (Una visión postkeinesiana-marxista del decrecimiento). Sin Permiso. 12 de enero 2014. http://www.sinpermiso.info/Autores/Brandon-Unti
  8. Riechmann, J. (2005). Biomímesis. Respuestas a algunas objeciones. http://institucional.us.es/revistas/argumentos/9/Art1-RIECHMANN.pdf
  9. Mediavilla, M. (2019). Agroecología para alimentar al mundo. 
  10. Rushkoff, D. (2018). La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco. http://sinpermiso.info/textos/la-supervivencia-de-los-mas-ricos-y-como-traman-abandonar-el-barco
  11.  Turiel, A. (2017). España ante el colapso. http://crashoil.blogspot.com/2017/06/espana-ante-el-colapso.html
  12.  Mediavilla, M. (2020). Coronavirus vs crisis ecológica: cuestión de amor. https://www.15-15-15.org/webzine/2020/03/20/coronavirus-vs-crisis-ecologica-cuestion-de-amor/




martes, 17 de diciembre de 2019

Duelo, tabú y capitalismo



Queridos lectores:

La vigésimo quinta Conferencia de Partes, también conocida como COP25 o Cumbre del Clima de Chile-Madrid, ha fracasado estrepitosamente.

¿Por qué?

Respuesta simple y breve:

Dentro del capitalismo es imposible dar una solución a la crisis climática, porque es el capitalismo quien la genera, necesariamente. 

Ampliando un poco la respuesta:

La situación es ya tan apurada que ni siquiera se puede intentar maquillar. En esta cumbre, al contrario de las anteriores, no se ha podido hacer ver que se hace algo cuando en realidad no se hace nada. Ya estamos en el tiempo de descuento, y ya está claro que no hay manera. Cualquier medida estructural de las que se tienen que tomar ya atenta directamente contra el capitalismo, así que al final no se toma ninguna medida.

Pero si sigue el capitalismo, no seguirá el clima. No seguirá la civilización. No seguirá la Humanidad. Y, obviamente, tampoco seguirá el propio capitalismo, pero para cuando eso pase ya será demasiado tarde.

Como ven, la cosa es muy simple. Hemos fracasado porque con el planteamiento que había era imposible triunfar. Si no empezamos por el abandono del capitalismo no hay absolutamente nada que hacer. En la lucha contra el Cambio Climático ése debe ser el primer y principal paso. Cualquier otra estrategia está condenada al fracaso.

La pregunta clave ahora es:

¿Cómo se siente Vd. después de leer esto?

Si es Vd. un lector asiduo de este blog, nada de lo que he escrito arriba le habrá sorprendido. Ya hemos presentado a lo largo y ancho de estas páginas sobradamente datos para hacer comprender que no hay ninguna solución a nuestros problemas de sostenibilidad (de los cuales la crisis ambiental solo es una parte) que no pase por el abandono del capitalismo.

Pero si es Vd. un lector casual o accidental, seguramente se siente ahora mismo... incómodo. Incómodo, sí, porque he entrado directo a decir, sin paños calientes, que hay que abandonar el capitalismo. 

Si Vd. no me conoce, pensará quizá que soy un idealista, o un ingenuo, o un radical con una fuerte agenda política, o un loco con ansias destructivas, o qué se yo. Pero en realidad soy un científico, y he llegado a esta conclusión simplemente analizando los datos.

Si ha llegado hasta aquí, estará planteándose dejar de leer. Alguien que critica así al capitalismo no sabe de lo que habla, por más científico que diga ser, así que todo lo que haya escrito debajo debe ser absurdo. 

En ese caso, tengo otra pregunta para Vd.

¿Por qué le molesta que se critique al capitalismo?

Al fin y al cabo, tenemos libertad de expresión, ¿no?, así que podemos hablar de todo, siempre que se haga de una manera respetuosa y razonable. Además, Vd. mismo sabe de sobras que hay cosas que no funcionan bien en el capitalismo, no es un simple ni un fanático. Quizá esté Vd. pensando que, bueno, el capitalismo ha demostrado ser un sistema que funciona, y si lo abandonásemos, como digo yo, sería el desastre, habría desempleo, hambre, revueltas... No hay otros sistemas alternativos, el comunismo demostró ser mucho peor y mucho más autoritario. ¿Qué estoy proponiendo yo, entonces? ¿Pretendo colar un discurso marxista haciéndolo pasar por ecologista, aprovechándome de los males del planeta para colarla bien gorda? ¿Qué alternativas estoy dando yo? Además, se tendría que preguntar a la gente, no intentar imponerle nada a nadie, por más científico que sea.

Y aquí de nuevo se estará planteando dejar de leer.

Tranquilícese. Yo no he venido a proponer una alternativa, porque los sistemas sociales se tienen que construir por consenso. En particular, yo no vengo a venderle el comunismo, porque el sistema comunista, tal y como ha funcionado en la Tierra, es capitalismo de estado y por tanto adolece exactamente de los mismos problemas en materia de sostenibilidad, con el agravante de que encima es represivo y no democrático.

Yo solo he venido a explicarle por qué el capitalismo ya no funciona. Por qué, a pesar de sus logros del pasado, solo va traer sufrimiento y eventualmente nuestra destrucción en el futuro. Por qué tenemos que abandonarlo.

Yo solo soy el doctor que viene a darle el diagnóstico. Lo que haya que construir después es una cosa que tendremos que hablarla entre todos. Pero lo primero es entender por qué el capitalismo es el problema.

Y por qué Vd., si aún se atreve a seguir leyendo, se siente tan incómodo.

Por qué el capitalismo es insostenible.

Por algo muy sencillo.

El capitalismo necesita del crecimiento exponencial.

Le pongo un ejemplo sencillo. Coja una calculadora y sígame.

Hemos oído miles de veces que para que España cree empleo neto, el PIB tiene que crecer como mínimo un 2,2% anual. Que por debajo del 2% de crecimiento en España se destruye empleo.

Vamos a suponer que en España el Productor Interior Bruto anual o PIB (valor monetario de todos los bienes y servicios producidos en un territorio durante un período de tiempo) creciera siempre un 2% de media.

Crecer un 2% anual significa multiplicar por 1,02 cada año. Si multiplicamos ese 1,02 anual 25 veces, para saber que nos da al cabo de 25 años, nos sale 1,64. En suma, que el PIB tendría que crecer un 64% cada 25 años. Y si lo miramos a 100 años vista (es decir, multiplicamos 4 veces por 1,64) nos da 7,24 o, lo que es lo mismo, aumentar el PIB un 624 %. 

Fíjense bien lo que estamos diciendo: cada siglo, para que no aumente el paro, tendríamos que multiplicar el PIB por más de 7. Si Vd. no está habituado a trabajar con números quizá no vea la enormidad de esto, pero realmente es algo grave. Para producir tanto PIB España tendría que incrementar varias veces (no 7, pero fácilmente 4 o 5 veces) su consumo de energía y materiales. A veces se explica el cuento de que se puede incrementar el PIB disminuyendo el consumo de energía, pero no es verdad y no ha pasado (de manera consistente) en ningún país del mundo. Encima, la mejor manera de hacer crecer el PIB es aumentando la población. ¿Vd. se imaginan una España con 5 veces más población dentro de un siglo, es decir, con unos 250 millones de habitantes? Y lo peor es que al siglo siguiente debería volver a multiplicarse por 4, hasta los 1250 millones, y en un siglo más ya sería de 6.250 millones, como cuatro veces y media la población actual de la India y el 80% de la población del planeta. Y cada siglo subiendo exponencialmente, de esa manera.

Es obvio que eso no es posible en un planeta finito. Al principio, cuando comenzó la Revolución Industrial, era fácil crecer tanto: éramos pocos, no teníamos de nada, y además disponíamos de muchísimos combustibles fósiles y minerales fáciles de extraer. Pero a medida que la población ha ido creciendo y nos hemos ido desarrollando la cosa se ha ido poniendo cada vez más complicada. Hasta el punto que se está volviendo imposible. Los combustibles fósiles ya no son capaces de seguir nuestro ritmo y, al contrario, su producción empieza a bajar. Los gases resultantes de su quema hacen que el planeta retenga más radiación y se caliente. Hemos contaminado todos los mares, arrasado la mayoría de las pesquerías, polucionado el mismo aire que respiramos. Y ahora tendríamos que multiplicar todo eso por 5 en el próximo siglo. No vamos a poder. No hay recursos suficientes, y el planeta no puede absorber más residuos. Y este planeta es todo lo que tenemos: deje de soñar con colonizar otros planetas.

Pero el capitalismo necesita del crecimiento económico. Entienda esto: lo necesita. Lo define. Sin crecimiento económico no hay capitalismo; habrá otra cosa, pero no será capitalismo.

El capitalismo se caracteriza porque el capital tiene derecho a una remuneración.

En las sociedades precapitalistas, se pagaba por un trabajo, por un servicio. A veces el servicio era impuesto, como la protección que daba el señor feudal a sus vasallos, pero en todo caso se pagaba de lo que había, de lo que se producía. No había necesidad de crecer.

En el capitalismo, al capital que se invierte se le paga un interés. Fíjese bien: el interés es un porcentaje. Yo te dejo el dinero y tú me lo devuelves y además me das un 2% adicional, o el interés que se haya estipulado. Es decir, tú has de trabajar para producir por tanto como te he dejado más un 2% adicional. Has de multiplicar la producción por 1,02 al menos, si quieres devolverme la deuda. Y si el año que viene te vuelvo a dejar dinero para mantener tu actual producción, que ya es un 2% más grande que la del primer año, tendrás que volver a multiplicar por 1,02 para poderme pagar. Y así todo el rato, en 25 años tu producción habrá crecido un 64%, y en un siglo se habrá multiplicado por 7,24, y así todo el rato. Hasta que algo reviente. Las crisis recurrentes del capitalismo, les dicen: hay un momento que algo se rompe, algo no puede seguir creciendo. Entonces se hace borrón y cuenta nueva, y volvemos a comenzar.

Por eso necesitamos crecer siempre: porque los capitalistas necesitan colocar su dinero en múltiples inversiones y que les den rendimiento. Pero el mundo está ya saturado, agotado. No da más de sí. Y los síntomas de este agotamiento se multiplican. Los ríos envenenados, el clima desestabilizado, los recursos agotándose... El capitalismo está llegando a su fin, porque no puede seguir, porque físicamente es imposible seguir. Hasta aquí lo hizo más o menos bien, al menos desde la óptica de los países más desarrollados, pero ya está, estamos llegando al final del trayecto.

Y no se equivoque: los primeros que saben esto son los propios capitalistas. El gran capital internacional es perfectamente consciente de que hemos llegado al final del camino.

El Duelo.

El capital está de luto. Está pasando un proceso de duelo. La doctora Kübler-Ross hizo un modelo para describir las fases típicas por las que se pasa en un proceso de duelo, es decir, las reacciones psicológicas cuando te comunican una noticia grave, y son por estas fases por las que ahora mismo están pasando los principales agentes económicos del mundo, a los que por simplificar llamaremos los capitalistas.
 
  • Negación. En esta fase se encuentran, aún, los pequeños capitalistas. Es propia de gente de ya cierta edad, que ya poco tienen que perder -piensan-, y de algunas personas muy cerriles. También de algunos políticos de poco fuste. Consiste en negar que esté pasando nada malo. Esta postura es cada vez más minoritaria porque la evidencia la contradice.
    No hay cambio climático: el clima de la Tierra siempre ha variado. No se está agotando el diésel: los motores son cada vez más eficientes y necesitan menos. No hay problema con las materias primas no renovables: la innovación hace que se puedan explotar nuevas materias. La contaminación no es para tanto, y la innovación tecnológica la remediará. Nadie va a renunciar a sus privilegios. Todo va bien.

  • Rabia. En esta fase se encuentran la mayoría de los analistas económicos y cuadros medios. Consiste en actuar con despecho delante de los problemas que ya no se pueden ocultar, echando la culpa a otros o alegando que otros sistemas económicos tampoco lo harían mejor.
    El comunismo mató a millones y tuvo mucho peor impacto ambiental. ¿Y tú, qué pretendes, que volvamos a las cavernas? Si no eres capaz de dar soluciones, ¿para qué hablas? Lo que deberías hacer es volver a la escuela y dejar a los verdaderos profesionales encargarse de esto. No sabes lo que es llevar un negocio de verdad, nunca has arriesgado tu dinero.
  • Negociación. En esta fase se encuentra la mayoría del gran capital. Saben que el problema es de verdad, pero en vez de asumirlo y actuar en consecuencia, lo que pretenden es poner pequeños parches sin cambiar nada de lo sustancial. Sus gran propuesta fue el Capitalismo Verde y ahora lo apuestan todo al Green New Deal.
    El cambio climático
    es en realidad una gran oportunidad de negocio. Con sistemas de compensación de emisiones podemos hacer una descarbonización ordenada; el libre mercado lo puede regular. Podemos descarbonizarnos a un ritmo del 7,6% anual a base de sustituir energía fósil por renovable y ser más eficientes.
  • Depresión. Ésta es la posición de la gente más rica, de los ricos entre los ricos. Ellos cuentan con la mejor información y comprenden mejor que nadie que no hay solución dentro del capitalismo. En lo único que están pensando es en difrutar estos últimos años (o décadas) del capitalismo y prepararse un retiro a salvo del colapso de la civilización, el cual consideran inevitable. Si no lo conocen, les recomiendo que lean el artículo de Douglas Rushkoff, "Survival of the richest" (traducido por CTXT como "Supervivencia de los más ricos", busquen por Google, yo no pongo enlaces a diarios españoles).
  • Aceptación: En algún momento, los capitalistas comprenderán que no existe salvación si no es colectiva, que no podrán mantener el control en cualquier paraíso artificial que quieran construir, y que hay que buscar una solución para todos o al menos para la mayoría. Una solución en la que puedan preservar la mayoría de sus privilegios, pero que implique el abandono del capitalismo. No sé si hay alguien en esa fase, posiblemente sí, pero seguramente es gente discreta.
Y mientras el capital tiene su Duelo, el resto de los mortales tenemos el Tabú. El Tabú de no poder decir que el capitalismo no es bueno. 


El Tabú.

Todos nosotros, desde muy jóvenes, hemos sido adoctrinados en el discurso del capitalismo. Asumimos de manera natural ciertos aspectos del capitalismo que atribuimos a la naturaleza humana, aunque no sea cierto. Aunque el capitalismo per se sea una cosa relativamente nueva en la historia de la humanidad (no llega a los dos siglos de vida), no queda nadie vivo que pueda recordar ninguna otra cosa, y eso se utiliza para fijar esta idea que los valores del capitalismo (individualismo, egoísmo, competición, obsesión por el consumo y el dinero, despreocupación por las generaciones posteriores...) son realmente sustanciales a los humanos desde siempre.

A esas ideas más o menos concretas y a escala humana, se le une otra idea más abstracta y a una escala social, que es la del crecimiento. Todos tenemos inculcada la idea de que el crecimiento es bueno, porque identificamos crecimiento con bienestar, desarrollo, mejora de las condiciones de vida, libertad... Sin embargo, el crecimiento por sí mismo no significa nada de eso; y resulta obvio que un exceso de crecimiento puede ser negativo (por ejemplo, intentando meter más cosas en un espacio ya lleno, o también si pensamos en una enfermedad o en un tumor). Sin embargo, todos sabemos (porque se nos ha repetido mil veces) que cuando no hay crecimiento nos va mal: hay desempleo, pobreza, crimen, hambre... Se asocia la idea de Crecimiento con la idea de Progreso (la cual es también una idea travestida, porque se asocia el Progreso con la Mejora).

El capitalismo está tan infiltrado en todos los aspectos de la vida que criticarlo nos hace sentirnos incómodos. Todos sabemos que los anticapitalistas son gente marginal, inadaptados, destructivos e incluso parásitos. A quien ataca directamente al capitalismo se le suele criticar que sus hábitos de consumo son posibles gracias al capitalismo, inclusive en aquéllos que se creen más desconectados del mismo, y que eso evidencia la hipocresía de los anticapitalistas. La idea subyacente es que realmente no hay nada fuera del capitalismo, incluso entre los que se empeñan en lo contrario; que el anticapitalismo no deja de ser una excentricidad y un lujo que solo se pueden permitir los que viven en una sociedad capitalista, y que si quisieran ser coherentes deberían irse a vivir a las cavernas y vestirse con taparrabos. Por todo esto, criticar el capitalismo implica superar la vergüenza de la estigmatización, de tener un comportamiento socialmente inaceptable.

Se podría discutir en extenso cuál es el origen de este tabú, y cómo la aparición de la socialdemocracia consolidó la legitimidad del capitalismo ya que la izquierda renunció a intentar superar el capitalismo a cambio del mantenimiento de un Estado del Bienestar (renuncia que por cierto ahora se le paga considerando "radicales de izquierda" a partidos que defienden posiciones socialdemócratas mientras que a un tiempo se va desmantelando el Estado del Bienestar). Lo cierto es que el capitalismo ha conseguido la Hegemonía del Discurso, de modo que actualmente es muy difícil ser tomado en serio cuando se critican las bases mismas del capitalismo (por ejemplo, cada vez que se habla de hacer ciertas reformas que suenan muy radicales hay que aclarar rápidamente que mediante renovables o tecnología en general se va a poder mantener la competitividad y el crecimiento). Quien se sale del guión marcado es criticado con dureza (por ejemplo, a los que hablan de redistribuir la riqueza se les dice que en realidad quieren redistribuir la pobreza) y así todos aprendemos que hay cosas que no podemos decir porque no son de buen tono en las reuniones sociales. Nadie nos ha dicho que no podamos hablar de estos temas, supuestamente tenemos libertad de expresión, pero la Hegemonía del Discurso del capitalismo es tal que nos autocensuramos cuando detectamos que nos vamos a dar de bruces con algunos de los límites impuestos. Y así, aceptando esas convenciones sociales no escritas,  vivimos nuestras vidas, esperando ser sujetos productivos y dichosos y no meternos en líos innecesarios.

El problema comienza cuando, investigando, uno encuentra alguno de los múltiples síntomas de que el capitalismo se está estrellando con los límites biofísicos del planeta, y que no va a ser posible seguir manteniéndolo; más aún, que si no paramos el capitalismo cuanto antes van a sobrevenir grandes calamidades a la humanidad. Puede ser por el cambio climático, puede ser por la crisis energética, puede ser por la contaminación de los mares, o por la polución atmosférica, la pérdida de biodiversidad, el envenamiento por plásticos o metales pesados, la disminución de la cantidad de agua potable, la Sexta Extinción, la degradación de las condiciones laborales, el drama de la emigración masiva, la desertización... Y así mil temas mas. Escoja cualquiera, profundice y la misma verdad emergerá: no podemos seguir de la misma manera. Y cuando intente entender por qué seguimos de la misma manera, por qué seguimos emitiendo CO2 y tirando plástico, por qué no nos anticipamos a la crisis energética o a la de desposesión, llegará inevitablemente a la cuestión de que hace falta decrecer. No decrecer para siempre, claro está: decrecer lo justo y necesario para tener un nivel adecuado para todo el mundo y estable, y entonces mantenerlo. Porque, al final, ¿para qué uno quiere crecer siempre?

Es entonces cuando se produce otra manifestación de la Hegemonía del Discurso del capitalismo, conocida como TINA (There is no alternative, No hay alternativa). El convencimiento de la Hegemonía del capitalismo es tal que la mayoría gente cree que, efectivamente, no hay alternativa al capitalismo. Este mensaje, TINA, es repetido frecuentemente en los medios de comunicación, y particularmente cuando los costurones por los que está reventando el capitalismo se hacen más evidentes. TINA tiene un importante efecto desmovilizador: es habitual oír decir que no hay nada que podamos hacer, que no podemos cambiar las cosas, que de nada sirven las pequeñas acciones individuales o colectivas. No es cierto en absoluto, y en la historia de la humanidad un grupo de personas que se decide a levantarse y actuar son capaces de arrastrar a una gran masa que no se atrevía a actuar pero que tenía las mismas motivaciones. Sin embargo, cuesta mucho luchar contra TINA, y requiere mucha pedagogía y paciencia.

Otra de las características de la Hegemonía del Discurso es la del establecimiento de un marco conceptual erróneo. Es común ver en definiciones del capitalismo que se trata de un sistema basado en la propiedad privada de los bienes de producción y en el libre mercado, cosas que son ciertas e importantes para el capitalismo, pero que no lo definen en absoluto ya que tales cosas han existido antes que el capitalismo y seguramente seguirán existiendo una vez el capitalismo desaparezca. La característica verdaderamente distintiva y definitoria del capitalismo es que el capital tiene derecho a recibir una remuneración, que es proporcional a su propio tamaño. Estos errores de planteamiento llevan a una gran confusión en la discusiones: no será la primera vez que me encuentre a alguien a quien no le gusta que yo "ataque el capitalismo" (en realidad, yo critico o más bien expongo sus inconsistencias) porque estoy "atacando" (en el sentido de "querer acabar con") el libre mercado o la propiedad privada. En realidad, el mantenimiento del libre mercado o la propiedad privada es una cuestión de discusión política, pertinente sin duda, pero en realidad independiente (en bastante extensión) de la viabilidad o no del capitalismo, y en todo caso es un tema en el que yo no entro.

También es común encontrarse con quien cree que lo opuesto al capitalismo es el comunismo, y que si uno critica al capitalismo defiende el comunismo. El eje capitalismo-comunismo no tiene nada que ver con el problema de la inviabilidad del capitalismo, entre otras cosas porque el comunismo es también inviable; esa visión es por tanto otro ejemplo más de la reducción de la discusión a única dimensión que es en realidad ajena a la del verdadero problema. Ítem más cuando el paradigma de lo que muchos consideran hoy en día un país comunista es China, que es donde se fabrican los objetos que se consumen en todo el mundo capitalista. A decir verdad, China es hoy en día un sistema de capitalismo de Estado, en el que el Estado detenta la propiedad de todos los medios de producción y ésta se dirige a la acumulación de capital (¿o es que alguien cree que el estado chino dedica sus recursos a satisfacer las necesidades de sus ciudadanos?); la diferencia principal de China con las democracias occidentales es que China es una dictadura, lo cual le hace ser, paradójicamente (o no), más eficiente desde el punto de vista de la producción y la acumulación de capital.

El Tabú del Capitalismo, que como hemos visto va desde la autocensura hasta el derrotismo, pasando  por la confusión conceptual, lleva a la futilidad de tantas acciones. Hace poco participé en un grupo donde se discutía hacer un comunicado para denunciar el fracaso de la COP25. En un momento dado, se convino eliminar de él la palabra "capitalismo" porque, según alguien dijo, "los sistemas comunistas también están agravando el problema y particularmente China es el mayor emisor de CO2 del mundo". De modo que al final se descafeinó completamente el comunicado por mor de una absurda linearización del problema, que no entiende que es a través de las otras dimensiones que quedan completamente inexploradas que se debe buscar la solución.


Estar a estas alturas del problema intentando contemporizar con el capitalismo y no llamar a las cosas por su nombres nos lleva, básicamente, a perder un tiempo que ya no tenemos. No hay negociación posible con y en el capitalismo, y en particular con eso que se ha dado en llamar neoliberalismo. No hay ninguna posibilidad de éxito sin salirse previamente de ese marco conceptual. Seamos un poco menos arrogantes: no somos los primeros que hemos intentado "humanizar" el capitalismo. ¿Por qué no íbamos a fracasar como hicieron nuestros mayores? Tendríamos que leer un poquito la Historia y comprender que por esa vía no vamos a ningún lado, no estamos yendo a ningún lado. 

La Salida:

Hay que superar el capitalismo. No hay que destruirlo: hay que salir de su trampa lógica. Explicar, mostrar, demostrar y comprender por qué seguir en la línea de progresión que nos marca el capitalismo solo nos va llevar a nuestra destrucción, a nuestra extinción.

Necesitamos comprenderlo para poder pasar página, para empezar a articular una respuesta que merezca la pena. No podemos seguir escribiendo y (limitadamente) divulgando más comunicados que son rápidamente ignorados, ahogados en el fragor de la propaganda que no cesa. ¿De qué sirve que salga mi compañero Jordi Solé diciendo aquello de que "la fiesta se acabado" si a continuación, en la misma tele, en el mismo telediario, te asaltan con el anuncio de una marca de agua, colonia o coche? Y es que, como dice Marcel Coderch, la publicidad debería ser considerada delito de incitación al consumo y completamente prohibida.

Hay que movilizar a la gente, sí, a la ciudadanía. Y se le tiene que hacer comprender que con "el sistema" no se puede negociar. Porque lo que deseamos, porque lo que necesitamos, aunque no lo entendamos, supondría su muerte. ¿Qué podemos negociar, entonces?

Tenemos además el problema de que nuestros representantes no nos representan. Delante del grave problema ambiental, de recursos, de sostenibilidad en suma, que tenemos nuestros representantes se embarcan en discusiones aparentemente técnicas que tras el fárragos de articulados, disposiciones y leyes lo único que procuran es la distracción y la inacción. Todos los términos de la discusión política actual son completamente erróneos: no vamos a solucionar el problema con coches eléctricos, ni con renovables, ni con centrales nucleares, ni con gas natural como combustible de transición, ni con captura y secuestro de carbono, ni con fusión nuclear, ni con eficiencia y ahorro, ni con grafeno, ni con hidrógeno, ni con helio 3 de la Luna, ni con combustibles artificiales, ni con biocombustibles, ni con fracking, ni con carbón limpio, ni con smart grids, ni con el 5G, ni con nada de nada de todo lo que se está oyendo hablar. Solo hay una opción real: decrecer. El decrecimiento es la única salida del atolladero. Y es la única que no se discute seriamente. Nuestros representantes políticos lo saben, pero no quieren llevar la discusión a los términos lógicos, los únicos razonables, los únicos posibles. No se atreven a transitar ese camino, por miedo a la incomprensión ciudadana, sí, pero también y sobre todo por miedo al rechazo y hostilidad del mundo económico. Y, por tanto, no nos representan. No están haciendo aquello para lo que los elegimos, que es buscar nuestro bien. No lo buscan. Únicamente evitan meterse en problemas ellos, al menos durante los 4 años que estén en el cargo.

No podemos negociar con "el sistema", ni podemos esperar que nuestros representantes nos representen. Solo nos tenemos a nosotros mismos para intentar sobrevivir.

No es éste un llamado per se a la desobediencia, pero si a la exigencia. Tenemos que explicar, tenemos que hacer entender, y tenemos que reaccionar ya. Si la ciudadanía no entiende los términos exactos de lo que está pasando y por qué está pasando, seguiremos como los burros dando vueltas a la noria que extrae la vida del planeta.

Salu2.
AMT