viernes, 17 de mayo de 2019

Respuestas a la emergencia



Queridos lectores:

Estos días de atrás estuve en Milán, en la gran conferencia que organiza la Agencia Espacial Europea (ESA) cada tres años, el Living Planet Symposium (Simposio del planeta vivo). La sesión inaugural del congreso contó con la participación de altos cargos de la ESA, algunos representantes políticos y un chico joven cuya presencia allá en el estrado, al lado de gente tan trajeada e imponente, resultaba un tanto chocante. Cuando por fin tomó la palabra, se identificó como un integrante de Fridays for future (FFF, Viernes por el futuro), el movimiento de protesta en defensa de la preservación del clima que está arrastrando a miles de jóvenes estudiantes por toda Europa y que pretende presionar a los representantes políticos para que tomen medidas decididas para combatir realmente el cambio climático. "La casa está en llamas", nos decía.

Observo con cierto recelo el creciente protagonismo de FFF, en detrimento de muchas otras organizaciones que llevan trabajando mucho tiempo y con más solidez en los mismos temas, o de otras también de nuevo cuño pero con planteamientos que son menos del gusto de nuestros dirigentes (por ejemplo, Extinction Rebellion). Me parece extraordinariamente positiva la capacidad de FFF de haber movilizado a mucha gente joven en tan poco tiempo, dándoles un proyecto ilusionante y motivador; pero el exceso de protagonismo que se les está dando -inmerecido por su falta de experiencia- me hace temer que el poder político y económico pretende manipular a FFF en su propio beneficio. Quizá no directamente, quizá no para hacerles decir lo que quieren oír; pero posiblemente sí desvirtuando el mensaje de FFF, de modo que con la excusa de que "están haciendo caso a los jóvenes" realmente implementen las medidas que quieren desplegar y que no son precisamente lo que FFF reclama. Para muestra, un botón.

Hace unos días, Cataluña se unía a otras regiones europeas y declaraba el "estado de emergencia climática". Con esta declaración, la Generalitat catalana reconoce que el cambio climático es una amenaza real y presente, contra la que hay que tomar medidas inmediatamente, y en ese sentido propone una serie de actuaciones que ahora analizaremos.

Se ha criticado que la declaración del Govern es más estética que efectiva, ya que, por ejemplo, no propone un calendario concreto para la puesta en marcha de esas medidas. Sin embargo, a mi ese problema me parece mucho más pequeño que el hecho de que las medidas propuestas no son verdaderamente adecuadas ni van a la verdadera raíz de los problemas.

Hay que comenzar por entender una cosa. No estamos viviendo una situación de emergencia climática; en realidad, lo que tenemos es una situación de emergencia energética. El problema ambiental (en general, no solo el cambio climático) es grave y reclama medidas urgentes, pero no es una emergencia. Lo que sí que es una emergencia es hacerle frente al descenso energético que ya tenemos no delante sino bajo nuestros pies. Lo que verdaderamente plantea una emergencia seria para los próximos años es el anunciado declive de la producción de petróleo, el peak oil, como reconoce la propia Agencia Internacional de la Energía.

 
Y como consecuencia de lo anterior, lo que ya está a punto de poner de rodillas al sistema de transporte mundial, base de toda la economía globalizada, es el descenso de la producción de diésel.



El declive rápido del petróleo y el aún más rápido de algunos combustibles que de él se derivan nos lleva  una verdadera situación de emergencia (fíjense en este artículo de Financial Times de esta misma semana), que reclaman una actuación ya mismo. Una actuación que de momento está consistiendo en endosar el peso de estos problemas de manera desigual entre países y dentro de cada país, pero que en pocos años más reclamará que se tomen medidas más drásticas.

Es, por tanto, el descenso energético la verdadera emergencia, y se está utilizando el problema del cambio climático, que ciertamente es grave y reclama medidas urgentes, para justificar actuaciones que en realidad van más conducidas a afrontar el problema del peak oil que el del cambio climático. Eso en sí no sería problemático porque ambos problemas necesitan de medidas similares, pero justamente al ningunear que hay un problema energético el planteamiento que se está haciendo conduce a un modelo de transición que no es ni justo ni igualitario. Peor aún, amparándose en la emergencia climática se pretende hacer un verdadero trágala con cosas que no resistirían el más mínimo análisis si se examinasen desde la perspectiva de la verdadera emergencia, la energética.


Examinemos con algo de detalle qué medidas propone el Govern de la Generalitat para hacerle frente a esta emergencia que han declarado.

  • Simplificación administrativa: Para la Generalitat, una de las barreras en la transición energética es el fárrago administrativo al que tienen que hacer frente las diversas medidas (no explicitadas) que deberían reducir las emisiones de CO2 y conducir a la transición energética. Si bien es cierto que en España los trámites administrativo resultan a veces redundantes y generalmente pesados, eso es así igual para cualquier actividad. La insistencia en las diversas leyes, tanto de ámbito estatal como autonómico, en esta "simplificación administrativa" específicamente para estos fines (cuando debería desearse para todas las actividades) hace pensar, más bien, en un deseo de eliminar controles y favorecer ciertos negocios, probablemente oligopólicos, en los que ya se está pensando.
  • Incrementar incentivos y priorizar políticas: De nuevo muy inconcreto, con el único aspecto de contenido que es que se habla explícitamente de "desnuclearización" - esto puede resultar inapropiado para algunos sectores, pero es una consecuencia lógica del cada vez más indisimulable "pico del uranio". De nuevo, esto parece más bien preparar el desvío de recursos públicos a esta "lucha", lo cual puede favorecer, según el modelo renovable al que se dice tender, el acaparamiento por unos pocos.
  • Priorizar en las políticas aquellas opciones de menor impacto climático: El sobreénfasis en la parte "climática" del problema más amplio, el ambiental, es bastante preocupante, porque es bien conocido que algunas de las opciones tecnológicas ahora denominadas "verdes" tienen un alto impacto ambiental, generalmente porque implican el uso de materiales (por ejemplo, tierras raras) que se explotan en condiciones de verdadera devastación ambiental. Aunque, claro, no aquí sino a miles de kilómetros de distancia. De momento.
  • Adoptar medidas para detener la pérdida de biodiversidad y para recuperar ecosistemas: Nada que objetar al fin perseguido, pero esto es algo que se quiere desde hace décadas y nunca se ha hecho nada efectivo. ¿Qué se va a hacer esta vez que vaya a dar un resultado diferente? ¿O es que este punto -muy breve, encima - se pone aquí para figurar?
  • Identificar y acompañar aquellos sectores de la economía que tienen que hacer la transición para que se adapten, promoviendo la economía circular y los puestos de trabajo verdes: Casi se podría decir "todo mal" en este punto. En primer lugar, no hay un solo sector de la economía que no tenga que hacer la transición. Que se plantee que se tienen que identificar ya nos da una idea de que lo que se pretende es solo centrarse en algunos aspectos, que por supuesto son aquellos que se van a ver más comprometidos: la industria del automóvil, el transporte por carretera, la minería del carbón y las centrales térmicas asociadas,... y seguramente poco más. Existe la impresión de que realmente no hay que transformarlo todo, solo algunas cosas clave, al menos durante los primeros años: aquellas cosas a las cuales el peak oil va a golpear primero. El problema es que el declive de la producción energética, si se mantienen las previsiones, puede ser demasiado rápido y entonces esta idea de "evolución lenta" puede fracasar estrepitosamente. Y lo de promover la economía circular es un brindis al Sol: una economía verdaderamente circular, por definición, es incompatible con el crecimiento exponencial que necesita el sistema económico actual, y nadie se está planteando seriamente abandonar el paradigma capitalista tal y como se concibe hoy en día; y ejemplo de eso mismo es la referencia a los puestos de trabajos verdes: se está pensando en el capitalismo verde, una falacia en sí misma pues nada que crezca indefinidamente puede estar en verdadero equilibro ecológico. No se quieren abordar los cambios realmente necesarios, solo poner parches para aguantar unos años más.
  • Adoptar medidas para reducir los impactos sobre los colectivos más vulnerables tanto al cambio climático como a la transición energética: Aunque lo que se dice no deja de ser un brindis al Sol (¿Qué medidas? Si se conocieran, ¿no se estarían aplicando ya?) lo verdaderamente interesante de este punto es el reconocimiento de que la transición energética va a perjudicar a determinados colectivos, que típicamente serán todos aquellos que dependan en mayor o menor medida de los coches, pero que en general acaban siendo toda la clase media por el sobreesfuerzo económico que se tendrá que hacer para pilotar una transición que puede estar más pensada para los intereses de las clases pudientes que para los de las trabajadoras.
  • Asumir un nuevo modelo de movilidad urbana: Se menciona explícitamente el clásico transporte público (ya saturado en las grandes urbanas y sin posibilidad real de progresión); pero se introduce también el vehículo compartido (una necesidad creciente de las clases medias, dada la tendencia al encarecimiento del coche), la micromovilidad (bicicletas y patinetes, a veces eléctricos, que es por donde claramente va a ir la apuesta de movilidad de las grandes ciudades para las clases medias) y los vehículos de emisiones cero (verbigracia coches eléctricos, que serán los vehículos de las clases pudientes).
  • Declarar estratégicas las instalaciones fotovoltaicas más avanzadas: Ésta es una de las propuestas más curiosas, porque, ¿qué quiere decir que sean "estratégicas"? Sin duda, que gozarán de ciertas subvenciones y privilegios, que solo estarán al alcance de personas de alto status socioeconómico - lo que denunciaba Beamspot en su artículo sobre la bomba fotovoltaica de riqueza.
  • Desarrollar una estrategia para la implantación de sistemas fotovoltaicos y eólicos: Aquí se ve que el modelo en el que se piensa es en el capitalismo verde: vamos a cambiar fósiles por renovables. ¿Alguien les ha dicho que las renovables tienen límites y que aunque se consiguiera hacer la transición requerirá mucho esfuerzo y se tendrán que modificar los objetivos de la sociedad, y en particular abandonar la idea del crecimiento económico? ¿Que planificar esa transición es algo muy complejo, que requiere mucho estudio previo (como lo que hacemos con el proyecto Medeas)? ¿Que acumular sin más nuevos sistemas de generación no es necesariamente ir en la buena dirección?
  • Hacer cada año un pleno monográfico sobre el cambio climático en el Parlament: Eso en sí no es malo; hará falta ver la calidad de las discusiones.
  • Revisar la legislación para detectar qué normas favorecen las emisiones de CO2: Ya se lo digo yo: todas. Al menos, todas las de carácter económico. Desde el momento en que el objetivo de la política económica sea el crecimiento, se necesitará siempre consumir cantidades crecientes de energía (pues el ahorro y la eficiencia no sirven si el objetivo es crecer por culpa de la Paradoja de Jevons).

En resumen: muchas expresiones de buena voluntad y muchas medidas que intentan parchear un sistema económico que hace aguas pensando en una sustitución energética que nunca podría ser completa de la manera que se plantea pero que sí que favorecerá las desigualdades, tal y como se plantea. Lo peor que es con estos planteamientos todos tendremos que aceptar esa manera injusta de repartir el esfuerzo de la transición, en aras de ese objetivo mayor, como sacrificio para poder superar la "emergencia climática".

¿Qué se tendría que hacer?

Habría que empezar por reconocer la verdad. Habría que empezar por decir que tenemos una crisis energética que amenaza nuestra estabilidad como sociedad y que se va a desarrollar con mucha intensidad durante los próximos años. Habría que empezar a decir que hay que hacer cambios profundos, no simplemente cosméticos. Habría que explicar que una verdadera propuesta de futuro ha de contener una reforma radical de toda la sociedad, empezando por el sistema financiero y productivo. 

No se trata de adoptar ningún plan propuesto por alguna parte, pero al menos se tendría que empezar a discutir seriamente sobre los problemas y las posibilidades. La alternativa es no hacer nada, es decir, dejar que el plan actualmente trazado siga su curso y que por tanto nos lleve a algo bien concreto. Algo que no nos va a gustar.

Salu2.
AMT

viernes, 3 de mayo de 2019

Repartiendo el peak oil



Queridos lectores:

Vuelvo al trabajo de divulgación de este blog después de una semanas de receso (motivadas por acumulación de trabajo, motivos personales y, por qué no decirlo, vacaciones), con la esperanza de poder retomar el ritmo de publicación más o menos habitual. El post de esta semana será, sin embargo, algo menos analítico que los que suelo escribir, en buena medida por esa falta de tiempo a la que antes aludía.

Hace unos pocos días, un importante representante de la industria hizo una afirmación bastante curiosa. Se estaba hablando sobre el futuro de la producción y suministro de gas natural en los EE.UU., y él, comentando sobre las dudas y reparos que generaba esta cuestión, dijo: "Estas dudas parecen propias de cuando creíamos en el peak gas". Afirmación curiosa por varios motivos. Primero, porque plantea que el pico del gas es una materia de opinión o, peor aún, de creencia, cuando en realidad la única cosa que es cuestionable es la fijación de la fecha precisa en la cual se producirá esa efemérides. Otra cuestión que plantea esa afirmación es que en última instancia está presuponiendo que la cantidad de gas disponible para su uso industrial en la Tierra es virtualmente infinito, cuando eso es una aberración lógica que además sería indeseable por el problema ambiental que se generaría. Pero en realidad lo que es interesante de esta afirmación es el esfuerzo que se está haciendo en Occidente en negar una realidad que no es ya inminente, sino que ya estamos inmersos en ella.

Podría decirse que la afirmación de que el gas natural es virtualmente infinito (algo completamente absurdo) está motivada por la necesidad. La necesidad es la que plantea la ya indisimulable llegada al peak oil, o máximo de producción de petróleo. Para entender mejor dónde estamos, conviene aquí hacer un pequeño repaso de cómo han evolucionado las previsiones sobre la producción de petróleo que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) - la cual, recordemos, siempre ha intentado ser muy optimista en sus proyecciones de futuro - ha formulado durante los últimos años.

En 2010 la AIE reconocía por primera vez que la producción de petróleo crudo había tocado techo hacia 2005-2006. De acuerdo con la previsión de aquel año, se esperaba que la producción de petróleo crudo se mantuviera estable, constante alrededor de los 70 millones de barriles diarios (Mb/d), hasta 2035 y que por tanto el crecimiento de la producción de petróleo en los años ulteriores al 2010 dependía de la capacidad de producir otros hidrocarburos líquidos alternativos, lo que habitualmente se conoce como "petróleos no convencionales".



En 2012 la AIE reconocía (con bastante discreción, eso sí) que la producción de petróleo crudo ya estaba bajando lentamente, asumiendo que para 2035 la producción de petróleo crudo sería 5 Mb menor que en 2005 (una caída de solo el 7%). Evitar el peak oil de todos los líquidos del petróleo quedaba por tanto fiado a la evolución de los hidrocarburos no convencionales.



En 2013 la AIE, en vista de los anuncios de la industria sobre la reducción de su inversión en la exploración y desarrollo de nuevos yacimientos petrolíferos, mostraba una gráfica tremebunda, en la cual se observaba una caída muy rápida de la producción de todos los líquidos del petróleo si no llegaba una inversión suficiente a tiempo. Aún no era la previsión central de la AIE, simplemente un toque de atención: todo un aviso a navegantes que sin embargo no hizo cambiar los planes de desinversión por parte la industria, la cual obviamente no quería inmolarse por un bien común mayor.

En 2016, por primera vez la AIE muestra una previsión en la que se ve decrecer la producción de todos los líquidos del petróleo. Para no hacer la cosa aún más alarmante la gráfica no muestra la previsión para los siguientes 25 años (que es el horizonte temporal que usa la AIE en sus previsiones) sino que lo dejaba en 9 años escasos, hasta 2025. Con todo, la gráfica era muy significativa.




Y en 2018 la AIE parece arrojar definitivamente la toalla. De entrada, preve que de aquí a 2025 la producción de todos los líquidos del petróleo sea hasta un 34% inferior a la demanda esperada para aquel año, guarismo que se podría reducir a un aún grave 14% si EE.UU. pudiera multiplicar su producción de petróleo de fracking por 3 y se produjeran algunas otras mejores inverosímiles en el resto del mundo. En este contexto, la AIE alerta que una sucesión de picos de precios de aquí a 2025 es inevitable.


En el mismo informe de 2018 se muestra una gráfica, ésta sí sobre el horizonte de 25 años, que enseña como evolucionaría la producción de petróleo si no se recupera la inversión. Creo que la gráfica se comenta sola.


Por tanto, hay una cosa que debe de quedar clara: la discusión ya no es cuándo se va a producir el peak oil. La fecha exacta puede todavía variar en algunos meses, pero de manera práctica ya se ha producido. Es algo que ya está aquí. Seguir discutiendo cuándo se va a producir es contraproducente. No solo eso: es una distracción. Una distracción que a algunos interesa, pero que en realidad no sirve a nadie. Porque en este momento la cuestión no es cuándo va a comenzar a bajar la producción de petróleo, sino cómo se va a repartir ese descenso de producción. O, dicho de otro modo, quienes tendrán que asumir una mayor reducción de su disponibilidad de petróleo mientras que otros mantienen la suya intacta o incluso crece.

El reparto del peak oil no solo no es una cuestión accesoria, sino que de hecho va a ser lo más importante en la discusión. Los medios de comunicación están transmitiendo y continuarán haciéndolo una imagen confusa de la realidad, lo cual no solo es lo más conveniente para los grandes poderes económicos, sino que por desgracia  acomoda bien con los intereses de las clases medias de Occidente, que van a preferir creer que no pasa nada hasta que la debacle petrolera les llegue de pleno. Como tantas veces me he encontrado, mucha gente en España asume que el problema del peak oil ni es tan importante ni es tan urgente porque simplemente no les está afectando a ellos, a pesar de que, como digo, no es algo que esperemos sino que ya ha pasado.

El reparto del peak oil se está haciendo, y se va a hacer, en dos frentes: uno externo y otro interno. O si lo prefieren, uno entre países y otro dentro de cada país.

Lo que le corresponde a cada país en el reparto internacional es bastante diferente, pero en absoluto tiene nada que ver con la suerte o la mala gestión, que son las excusas que se suelen utilizar para explicar por qué pasa lo que pasa. Analicemos primero la cuestión de los países productores de petróleo.

Hay países que esencialmente se consideran agotados y prescindibles. Es el caso de Yemen que, de ser productor significativo de petróleo, ha pasado a ser abandonado, cuando no llevado al exterminio. No es ninguna coincidencia: la caída de producción en Yemen fue muy abrupta por razones geológicas (petróleo somero y de fácil acceso, lo cual permitió llegar a altos niveles de producción pero que también llevó a una caída rápida de la producción una vez superado su peak oil). Yemen ya solo podría servir como consumidor y como consumidor no interesaba. Éste es también un destino cercano y  probable de Sudán y de Sudán del Sur, que explicaría los movimientos que actualmente tienen lugar en ambos países. Éste sería también, con el tiempo, el destino probable de Argelia o de Nigeria.

Hay otros países productores de petróleo que muestran graves síntomas de agotamiento, pero que por diversas razones no conviene o no se pueden hundir en guerras de exterminio. Es el caso de Venezuela o de México. En el caso de Venezuela, la estrepitosa caída de la producción de petróleo (que de ser más de 2,5 Mb/d a principios de siglo se encuentra ya por debajo de 1,3 Mb/d actualmente) está llevando a una gravísima crisis económica, crisis que se agudiza por el hecho de que la mayoría del petróleo que actualmente producen procede de los petróleos extrapesados de la Franja del Orinoco (petróleo de bajísima calidad y con escaso rendimiento energético y económico). Aún así, las inmensas reservas venezolanas de ese mal subproducto del petróleo y la cercanía geográfica parecen seguramente tentadoras a los EE.UU., que necesita petróleo pesado para combinar con su petróleo extremadamente ligero proveniente del fracking. Así pues, en vez de dejar a Venezuela sumirse en el inevitable caos de su bancarrota petrolífera, hay un cierto interés internacional, y particularmente de los EE.UU., en meter las narices en los asuntos venezolanos. Una situación diferente es la de México: con una producción petrolífera también en caída libre desde hace más de una década (sobre todo por la agonía del campo supergigante de Cantarell), pero que por su proximidad a los EE.UU. no interesa que se suma en el caos en el que están los países del primer grupo (so pena de desencadenar un flujo migratorio hacia el norte muchas veces mayor que el actual). El caso de México es interesante, porque las diferentes reformas energéticas (ahora en signo contrario con la llegada de un nuevo presidente de mayor sensibilidad hacia los temas sociales) están evidentemente fracasando en su objetivo de evitar el inescapable descenso energético, a pesar de que casi nadie dentro de México se dé cuenta de que ésa es la causa principal de sus problemas, más allá de gasolinazos y huachicoleo. Este grupo de países van camino de convertirse en Estados fallidos, donde restos de estructuras de poder mantendrán un cierto orden pero en los que las condiciones de vida de la mayoría van a degradarse (como ya lo están haciendo).

Están también los países que aún exportan o pueden producir cantidades significativas de petróleo. Estos países gozan aún de cierto respeto, pero su futuro en los próximos años es muy incierto, y en general es más probable que acaben como países del primer tipo que como del segundo. Tenemos en este grupo a Libia, donde las recientes ofensivas militares despiertan ahora mayor interés de los medios que toda la guerra civil que se desarrolla desde 2011, quizá porque se ve que Libia aún tiene un gran potencial para producir petróleo de calidad en un momento en que nos comienza a faltar. Tenemos también en este grupo a los países de Oriente Medio en general (con la ostensible excepción de Yemen, comentado arriba), principalmente Irak, Irán y la propia Arabia Saudita. Son países que van a ser respetados durante un tiempo, pero cuyo futuro es más bien negro (y no por el color del petróleo precisamente).

Tenemos, por último, los países productores pero que necesitan importar grandes cantidades de petróleo para mantener su pujante industria. En este grupo se encuentran básicamente los EE.UU. y China, las dos grandes potencias que se van a disputar la hegemonía del mundo, con Rusia (que aún exporta petróleo y tiene su propia potencia industrial y militar) como fiel de balanza.


Recuerden: la disminución de la producción de petróleo de todos estos países poco o nada tiene que ver con la buena o mala gestión que realizan de ella. Es un fenómeno de naturaleza geológica, que se ha verificado en decenas de países en todo el mundo, de todo tipo, y de la que no escapa ni Arabia Saudita. El único país que ha conseguido invertir esa tendencia es EE.UU., y eso a costa de arruinarse económicamente, porque en realidad están explotando un petróleo que no sale ni nunca podrá salir a cuenta. No se dejen engañar por los economistas engolados que salen por la televisión. Aquí quien manda es la ciencia, y la Economía no es una ciencia.
 
Por el lado de los países importadores de petróleo, la clasificación es mucho más simple. Están los países que van a ser arrinconados o lo están ya, y están los países que, por su potencial industrial y militar conseguirán estar algún tiempo más en el candelero. De estos últimos los países de Europa son los mejores representantes. Europa, sin embargo, está condenada a sufrir grandes cambios en las próximas décadas e incluso se arriesga a acabar sojuzgada por un poder superior. Y es que todo aquello que permitió a Europa dominar el mundo en el siglo XIX no solo hace tiempo que se ha desvanecido, sino que en el siglo XXI Europa es probablemente, debido a sus niveles de consumo, un lujo suntuario que el mundo ya no se puede permitir. Cuando más tiempo se tarde en comprender que la actual stravaganza europea no tiene futuro en un mundo agobiado por los límites biofísicos peor le irá a Europa.

Es precisamente en Europa, y en general en Occidente, donde tendrá mayor importancia el frente interno de la repartición del peak oil. Porque la mejor manera de conducir a las masas dócilmente por el camino del descenso inevitable de su consumo es adormecerla con quimeras imposibles y mentiras mientras se va consumando el declive de las clases medias y por ende el de su nivel de consumo. Por eso, se vende la idea absolutamente quimérica e irrealizable de que todo el mundo tendrá un coche eléctrico cuando, al mismo tiempo, se prevé encarecer y mucho los coches en general, las empresas automovilísticas anuncian nuevas rondas de despidos y los gobiernos preparan nuevos impuestos al diésel y demás carburantes (como hace poco ha anunciado el gobierno socialista en España). No se va a explicar que realmente ya falta diésel (primera consecuencia del peak oil) y que no hay planes adecuados de alternativas energéticas porque, simplemente, el saco de los milagros está vacío. En vez de explicarle la verdad a la ciudadanía, se prefiere ir tomando medidas aparentemente no conectadas pero que todas ellas redundan en un descenso del consumo, a veces justificándose en la necesaria lucha contra el cambio climático. Cualquier cosa antes que reconocer que nuestro descenso es inevitable y que sería imprescindible debatir cómo vamos a repartir lo que queda. 
 
Estamos en el umbral de la gran crisis. Una crisis que, los que abordamos los problemas de sostenibilidad de nuestra sociedad, llevamos años explicando. Algunas personas que nos han acompañado en estos largos años han comenzado a abandonar o como mínimo cuestionar la causa justo en este momento. Es normal: todos somos humanos, y, al cansancio de mantenerse en esta lucha, se une el lógico y normal deseo de encontrar salidas menos onerosas en lo personal, aunque ese deseo no tenga sustento racional. Dadas las circunstancias, es un momento poco oportuno para la defección, justo cuando los problemas de los que hemos hablado durante tantos años están a punto de mostrarnos su peor cara. Pero, como digo, es algo humano; en realidad, es otra consecuencia del desigual reparto del peak oil. Los que estamos mejor situados en esta sociedad decadente tenemos todos los incentivos para negarnos a creer aquello que puede echar a perder nuestras cómodas vidas. En cambio, quienes se han adentrado sin remedio en la senda del descenso energético, y los jóvenes, a los que ya no se les va a dar ninguna otra opción más que el descenso, comprenden que ésta es la lucha necesaria. A aquéllos que ahora marchan solo me resta decirles que les estaremos esperando aquí, con los brazos abiertos, cuando la realidad y la cordura se impongan.


Salu2.
AMT

viernes, 5 de abril de 2019

Adulterando la verdad

Queridos lectores:

Hace unos días participé en un programa de Radio Nacional de España, en el que discutimos acerca del futuro del petróleo y los problemas asociados a su declive (por ejemplo, el pico del diésel). En la tertulia participaba un representante de la industria española de los hidrocarburos; una persona educada, correcta y muy respetuosa, por ser justos. Sin embargo, para mi fue bastante decepcionante que el argumento de base para esta persona fuera la cifra de reservas probadas de hidrocarburos líquidos (no le llamemos a eso petróleo, ya que son muchas cosas diversas). Volvimos a repetir que el problema no son las reservas sino la producción, explicamos una vez más el concepto de peak oil, pero eso no cambió el argumento de base de nuestro interlocutor (que acabó haciendo recurso al manido y bastante mal traído aforismo de "la Edad de Piedra no acabó por falta de piedras"). Me resultó curioso, a la par de frustrante, que él no disputó en ningún momento mis argumentos, que reconoció incluso que eran sólidos pero que no parecía que tuvieran que hacerle cambiar en nada su posición. Así que de nada sirvió, en aquella conversación, que yo comentara que el propio presidente de Repsol afirmara hace meses que su compañía ya no buscará más yacimientos de petróleo y que se centraría en otras actividades (fenómeno éste, el de la desinversión en petróleo, que se está dando con intensidad en todo el mundo); o que la propia Agencia Internacional de la Energía (AIE) anticipe una caída en la producción total de "petróleo" (léase "hidrocarburos líquidos de todo tipo") de aquí a 2025 (¡solo 6 años!) que causarán varios picos de precio. Nada de eso modificó la postura de nuestro contertulio, basada en lo grandes que son las reservas probadas, y que de hecho fue el único dato que aportó.

Es completamente imposible que a estas alturas de la película, cuando la producción de petróleo crudo lleva ya más de 13 años en caída (leve, pero caída) y que sea bien conocida la ruina económica que es el fracking, en la industria aún no se hayan enterado de cuáles son los problemas y los riesgos de cara al futuro. Es obvio que, delante de una realidad incómoda - y que cada vez lo será más - se ha escogido cerrar los ojos a la verdad y se pretende que no pasa nada. Pero pasa.

No hace mucho dos refinerías coreanas rechazaron varios envíos de petróleo ligero estadounidense por su baja calidad. Noticia muy interesante por un par de motivos.

La primera cosa que llama la atención es que EE.UU., un país cuya producción de petróleo solo representa el 60% de su consumo a pesar de la "revolución del fracking", pueda estar exportando petróleo. La razón es que en EE.UU. lo que verdaderamente ha subido en los 8 últimos años es la producción mediante fracking del petróleo ligero de roca compacta (light tight oil, LTO, a veces también designado como shale oil), un hidrocarburo líquido muy ligero que, por ejemplo, no sirve para producir diésel y que proporciona una gasolina de baja calidad. Llamarle a eso "petróleo" solo sirve para alimentar la confusión, porque en EE.UU. se necesita petróleo, sí, pero del que sirve para refinar diésel, keroseno y otros productos. Por ese motivo los EE.UU. tienen que importar del exterior más de lo que se podría suponer, ya que una parte de su LTO no lo pueden aprovechar; y por ese motivo ese LTO excedente lo deben exportar, a ver si en algún sitio les sirve para algo.

La segunda cuestión es por qué ese petróleo estaba contaminado, hasta el punto de que en esas refinerías no lo quisieron (cabe notar que más tarde una parte de esos envíos se pudo redirigir a una refinería en Malasia donde no fueron tan remilgados). Se cita en el artículo la presencia de diversos contaminantes, entre los que se citan metales pesados, limpiadores y unos compuestos en particular inconvenientes, identificados como oxigenados. Se ve que estos compuestos oxigenados se usan como aditivos en la gasolina, pero su presencia en el proceso de refinado degrada la calidad del producto final e inclusive pueden causar daños al equipamiento de la propia refinería. Mientras que la explicación que se está dando de esta contaminación es que se han usado oleductos que se habían usado previamente para transportar otros tipos de combustible, la presencia de los oxigenados es inquietante puesto que no son aditivos que se usen con el petróleo crudo, solo con productos refinados como la gasolina - que no se suelen distribuir por oleductos - y tampoco es probable que se estén usando como limpiadores. Cabe plantearse si la presencia de oxigenados es debido a su uso en el propio proceso de extracción del LTO, con lo que la calidad de este tipo de hidrocarburo, ya baja per se, se degradaría aún más. Y es que es posible que los yacimientos de shale oil que van quedando, una vez agotados los sweet spots que se explotaron masivamente hace unos años, sean ya tan marginales que requieran el uso de sustancias más agresivas para la extracción de este hidrocarburo, sustancias que a la postre degradan el producto extraído. Un problema añadido a la presunta bonanza del shale oil del que seguramente no oirán hablar en los medios de comunicación, pero que probablemente va a acelerar la caída en desgracia de este tipo de explotación. Y recuerden que en este momento el shale oil es la única tabla de salvación que encuentra la AIE para amortiguar, tan solo parcialmente, las crisis de precios del petróleo que tendremos que aquí a 2025.


Resulta, por tanto, que mientras se celebra que el mundo ha superado, algunos meses, la marca de 95 millones de barriles diarios de "petróleo" producido, no se tiene en cuenta que en esa contabilidad se acumulan sustancias muy dispares, alguna de ellas de tan baja calidad como es este shale oil americano. Se inflan, por tanto, las estadísticas oficiales y no se entiende que lo que estamos amontonando en esa cuenta no es todo bueno y no todo vale para cualquier uso. Un problema de especial gravedad, que ya hemos abordado en este blog, es el del máximo de producción y declive del diésel. Y es que muchos de los "petróleos no convencionales", léase hidrocarburos líquidos alternativos que se han introducido para compensar la inexorable caída del petróleo crudo convencional, no son tan versátiles como el líquido al que pretenden sustituir. En particular, algunos de estos "petróleos no convencionales" no sirven para refinar diésel, o pueden producirlo en cantidades muy pequeñas, o de manera excesivamente cara. Eso está creando una verdadera crisis global con la producción de diésel (producción que habría comenzado a descender hace unos 3 años) y con la del resto de fuelóleos (que llevan ya 7 años en caída y acumulan una pérdida del 25% respecto a su máximo). Es por esta razón que se necesitan tomar medidas de choque para intentar reducir el consumo de diésel y poder afrontar su escasez aunque solo sea por unos pocos años, y por ese motivo se demoniza actualmente al coche privado de diésel. Un problema verdaderamente grave que queda oculto detrás de la cortina de humo de la producción global de petróleo, entendiendo como petróleo cosas que ciertamente lo son y otras que sin duda no deberían considerarse como tal.


Esa manía de camuflar la verdad para intentar aparentar que estamos mejor de lo que verdaderamente estamos no se restringe exclusivamente a la producción de sucedáneos de petróleo, sino también afecta al petróleo propiamente dicho, es decir, al crudo convencional.  La adulteración de la verdad llega a su súmmun, en lo que al petróleo se refiere, con el reciente reconocimiento de Arabia Saudita (una vez superada su auditoría interna, la cual plantea más incógnitas que respuestas) de que campo supergigante de petróleo por excelencia, el campo de Ghawar, está en una fase de declive productivo mucho más pronunciada de lo que nadie se esperaba. Si bien hace unos años Arabia Saudita afirmaba que ese campo producía más de 5 millones de barriles diarios (ahí es nada, más del 6% de la producción mundial de petróleo él solito), resulta que en realidad en la actualidad produce 3,8 millones de barriles diarios. Una marca impresionante aún, pero que evidencia que este viejo campo dejó atrás ya sus mejores momentos, y que anticipa que Arabia Saudita está a punto de superar su peak oil particular, si no es que lo ha pasado ya. Una noticia de tanta relevancia y que inexplicablemente ha pasado bastante desapercibida en los medios generalistas. ¿No les parece relevante que el principal exportador de petróleo del mundo haya tocado techo y que a partir de ahora exportará menos petróleo cada año a nuestras economías, necesitadas del líquido negro para su normal funcionamiento? ¿Creen de verdad que el inexorable declive de Arabia Saudita no va a traer graves consecuencias globales? ¿Piensan que nos va a salvar de este problema el quimérico y completamente accesorio coche eléctrico?
 
El problema es tan generalizado que no se habla de lo que está pasando ni siquiera en los países donde el problema no es algo en un futuro probablemente próximo, sino que ya es algo del pasado. Hace unos pocos meses México dejó de ser un exportador de petróleo. No es algo que sea verdaderamente una sorpresa; antes al contrario, este evento hacía más de una década que se había anticipado. El precipitado declive del campo de Cantarell, el más importante del Golfo de México, anunciaba a las claras lo que iba a pasar. Y, sin embargo, ¿han oído Vds. mencionar este hecho en las noticias? ¿Creen Vds. que los mexicanos, que se están enfrentando a diversas crisis de suministro de gasolina en los últimos años, tienen presente esta realidad, consecuencia inexorable de la geología y la física? En medio de las recurrentes discusiones que tienen lugar en ese país acerca de la reforma energética, ¿creen Vds. que alguien explica a la población que no va a ser con más inversión y tecnología que se va a poder revertir una situación que viene totalmente condicionada por los límites a la capacidad de extracción de petróleo? Y ya no solo en México; vayamos directamente a mi país, España. ¿Qué piensa el gobierno español de todo esto? ¿No le interesa saber que el país que fue el segundo proveedor de petróleo de España en 2018 ha dejado de exportar petróleo? ¿Qué piensan, que el problema se solucionará importando aún más petróleo de Nigeria, nuestro primer proveedor? ¿No se han enterado de cuál es la situación de ese país? ¿Con quién contamos si no, con Argelia? Teniendo en cuenta el escenario de fuerte declive global de producción que anticipa la AIE, como hemos comentado más arriba, ¿nadie en España se ha planteado que deberíamos tomar medidas preventivas delante de los problemas de aprovisionamiento de petróleo que se pueden producir en un plazo nada dilatado de tiempo?

Y ya que hablamos de los problemas de aprovisionamiento de España, sería quizá conveniente empezar a discutir la cuestión del aprovisionamiento del gas natural y Argelia. España importa alrededor del 60% del gas natural que consume desde este país norteafricano, pero Argelia no ha conseguido incrementar su producción de gas desde el año 2003 (con una bajada pronunciada de entre 2005 y 2015), mientras que su producción de petróleo cae desde 2008.

Datos del Departamento de Energía de los EE.UU. Imagen del blog de Jean-Marc Jacovici, https://jancovici.com/en/energy-transition/societal-choices/italy-and-energy-a-case-study/. 

En España (y Francia) se alimenta la quimera de que con más inversión se podría aumentar la producción de gas en Argelia ya que se explotarían algunos campos nuevos. Lo cierto es que los datos apuntan a que Argelia está prácticamente en su máximo productivo, y aunque podría mantenerse en estos mismos niveles durante algunos años, al aumentar su consumo interno las exportaciones decaerán (y eso asumiendo que la creciente inestabilidad interna del país no le lleve a una nueva guerra civil). Siendo la cuestión del gas argelino tan importante para la economía de España, ¿cómo es que no se habla públicamente más sobre este tema? ¿Cómo es que no es está discutiendo qué alternativas tendremos cuando los suministros que nos vengan de Argelia inevitablemente decrezcan? ¿Nos creemos que por no hablar de este problema simplemente no va a suceder? La adulteración en el caso argelino no solamente es la de la verdad y del necesario debate, sino incluso del propio gas natural. Es un secreto a voces que varias de las interrupciones de suministro del Medgaz (el gasoducto que conecta España con Argelia), atribuidas a causas técnicas, tenían más que ver con la deficiente calidad del gas que nos llegaba desde el país norteafricano. Esa adulteración del gas probablemente tiene mucho que ver con las dificultades que está teniendo Argelia para mantener su nivel de producción y de exportaciones (recuerden lo que pasó en enero de 2017 en España y Francia). Mientras desde algunos gabinetes de estudio en España se venden las bondades de la inversión en nuevas explotaciones gasísticas en Argelia, lo cierto es que los indicios apuntan a una realidad mucho más desagrabale contra la que vamos a darnos de bruces en unos pocos años. Un problema al que deseo más que espero que no le demos la falsa respuesta habitual.

Engañarnos a nosotros mismos de la manera que lo estamos haciendo solo puede traer consecuencias nefastas. Los grandes agentes sociales y económicos se están comportando como niños, poniéndose los dedos en los oídos mientras gritan "La, la, la, no te escucho", como si esconder la cabeza debajo del ala fuera a hacer desaparecer el grave problema que tenemos por delante. Mientras estos agentes sigan utilizando información de tan baja calidad, que se acepta acríticamente sin ningún análisis, harán que los problemas que vienen sean inevitables. No solo la adulteración de los combustibles fósiles es mala para la sociedad; posiblemente lo es mucho más la adulteración de la verdad.


Salu2.
AMT

miércoles, 27 de marzo de 2019

Coches tengas y los pagues



Queridos lectores:

Hace unos días, causó cierta sensación en la red el podcast de un programa de Catalunya Ràdio, en el que Josep Lluís Merlos, un periodista especialista en el mundo del motor, afirmaba con cierta rotundidad que a partir de 2020 ya no podremos comprar coches nuevos porque serán demasiado caros. La cual cosa es bastante impactante, teniendo en cuenta la importancia que tiene el coche privado en el día a día de tanta gente y que estamos hablando del año que viene.

La primera cosa que cabe destacar es que el Sr. Merlos no es ningún indocumentado. Es un periodista con trayectoria y respetado en el ámbito del periodismo del automóvil. Si el Sr. Merlos dice lo que dice, comprometiendo su buen nombre y credibilidad, algún motivo debe tener.

Yendo a los argumentos que indica el Sr. Merlos, el periodista apunta a una normativa europea que entra en vigor el año 2020, según la cual las compañías automovilísticas tendrán que pagar onerosa multas si los coches que fabrican son demasiado contaminantes. Más concretamente, si la media de emisiones de los coches que vendan supera los 95 gramos de CO2 (gCO2) por kilómetro recorrido, tendrán que pagar 95 euros por coche vendido y por gramo que supere la media ese valor umbral de 95 gCO2/km. En el programa se comentan que las multas podrían ascender a miles de millones de euros, y que eso hará que las automovilísticas quieran vender menos coches de los más contaminantes, y que pongan en el mercado otros vehículos, de menores emisiones pero también más caros. La consecuencia final sería que el precio de los coches va a subir, y que subirá hasta el punto que sea impagable para el consumidor de a pie.

Se podría decir que cuando el río suena, agua lleva. Algo de razón tiene el Sr. Merlos en lo que dice, y seguramente la tendencia al encarecimiento de los coches nuevos sea algo inevitable, pero existen muchísimos detalles que matizan el cuadro general y que apuntan a que esta tendencia podría ser bastante más paulatina. 

En la página web de la Comisión Europea podemos encontrar un resumen de las medidas ejecutivas respecto a los coches hasta 2020 (más tarde me referiré a la normativa a partir de 2020). Leyendo la normativa, vemos que la situación es algo más compleja.

En primer lugar, los objetivos de emisión dependen de la masa del vehículo. Vehículos más pesados tienen permiso para tener emisiones más elevadas. Eso es significativo y relevante sobre todo en el tramo de coches de alta gama: un SUV o una pick up tendrían, en principio, derecho a emitir más CO2/Km que un vehículo más utilitario. Esto es interesante, porque una estrategia de las automovilísticas para escapar de las limitaciones es centrarse en el sector de los vehículos de más alta gama e ir progresivamente abandonando los de más baja gama. Lo cual confirmaría la tendencia que explica Josep Lluís Merlos.

En otro apartado, la CE garantiza una exenciones en las multas de hasta 7 gCO2/km si la compañía está equipando sus vehículos con tecnologías innovadoras para la reducción de emisiones. La interpretación de qué es una de esas eco-innovaciones (término que ellos usan) y cuánto se debe invertir en ellas queda en gran medida al arbitrio de la Comisión, con lo que en la práctica podrán favorecer a quienes ellos quieran (lo que presumiblemente beneficiará a las grandes compañías europeas). En la misma dirección, si la compañía produce vehículos con emisiones muy bajas (50 gCO2/km), cada uno de esos vehículos fabricados permitirá descontar completamente las emisiones de una cierta cantidad de otros vehículos, cantidad que decrece con el tiempo (va de 3 a 1). De nuevo, este tipo de supercréditos (así los llaman) favorecen a las grandes compañías. 

Bien es cierto que hay ciertas otras medidas que están pensadas para ayudar a los fabricantes más modestos, pero solamente benefician a compañías muy pequeñas, que obviamente ocupan un segmento del mercado muy diferente, para nada generalista.

Yendo ya a los objetivos de emisiones concretos, en las medidas hasta 2020 se propone llegar a ese límite de 95 gCO2/km (para el vehículo típico, recuerden que a los vehículos más pesados se les permite emitir más). El precio de la multa va subiendo con los años y ese valor de 95 euros por gCO2/km y vehículo en exceso se aplica ya desde este año 2019, con lo que realmente el problema no es en 2020, sino que ya está vigente - aunque, como luego veremos, las normas a partir de 2020 empeoran rápidamente la situación. 

Es muy interesante que, a título indicativo, la Comisión indica a qué consumo equivalen aproximadamente esos 95 gCO2/km para un coche típico: 5,6 litros de gasolina por cada 100 kilómetros (l/100 km) o 4,3 l/100 km, en el caso del diésel. Teniendo en cuenta que los consumos reales de los coches son como un 20% mayores, podemos contar que las emisiones de un coche típico deben ser unos 20 gCO2/km mayores que el objetivo de 95 gCO2/km. Eso implica aproximadamente unos 2.000 euros de multa por vehículo vendido, pero teniendo en cuenta todos los descuentos que he comentado más arriba el sobrecoste real por vehículo acabará siendo entre 1.000 y 1.500 euros por vehículo. Es de esperar que las compañías cargarán la mayor parte de este sobrecoste en el precio del vehículo que paga el comprador. Esto sin duda es un encarecimiento significativo, pero que no hace prohibitivos los coches. Además, el fabricante podría redistribuir ese sobrecoste, de modo que los coches más baratos se encarezcan menos y los más caros - cuyos compradores tienen más capacidad de pagar el sobrecoste - se encarezcan más. En todo caso, recordemos, eso se ha ido implantando progresivamente desde 2012 y hoy, en 2019, ya estamos en el valor máximo para este período.

¿Y qué nos espera a partir de 2020? En el documento correspondiente, la Comisión fija los objetivos con el horizonte del año 2030. Como novedad, se fijan límites también para las furgonetas. Se explicitan que los objetivos de emisiones para 2020 son para coches de 95 gCO2/km y para furgonetas de 147 gCO2/km (entiendo que vacías). Con la excusa de que se va a implementar un nuevo esquema de medición de emisiones (WLTP) y que cuando se implemente las mediciones podrían no coincidir con las del método actual, se establecen objetivos de reducción porcentuales, no absolutos: del 15% de 2020 a 2025 y del 30% de 2020 a 2030. 

Si tomamos como referencia los valores de consumo de combustible que indiqué más arriba, en 2030 estaríamos pidiendo para el coche típico un consumo de 3,9 l/100 km en un coche de gasolina o de 3 l/100 km para un coche de diésel. Consumos tan bajos son probablemente imposibles de conseguir con motores de combustión interna, a no ser que aligeremos enormemente la carrocería usando fibra de carbono y actuaciones semejantes, y aún así podría no bastar, ya que el efecto del rozamiento del viento no depende del peso y, dependiendo de la velocidad que se tome como referencia, el mero rozamiento del aire puede representar entre 1 y 3 l/100 km, incluso en coches muy aerodinámicos. E incluso si se consiguiera tal hito de la ingeniería, los coches resultantes serían de fabricación carísima. Alternativamente, estos objetivos se podrían conseguir con coches híbridos (aunque no en todas las condiciones de conducción) o bien con eléctricos - alternativas que también pueden acabar siendo muy caras.

En ese documento también explican que la penalización seguirá siendo de 95€ por cada gCO2/km en exceso, pero a diferencia del caso anterior, que se tomaba la diferencia de las emisiones deseadas con la media de los coches que vende el fabricante y se multiplicaba por el número de coches vendidos, en este caso a cada coche vendido que emita más del objetivo marcado se le aplica la penalización. Es un cambio muy sustancial. Imagínense un fabricante cuyas ventas consistiesen en una mitad de coches que emiten menos que el umbral y la otra mitad que emiten más, pero que el promedio de emisiones de sus coches le diese justo ese umbral. Con el primer método, no pagaría ninguna penalización. Con el método que se aplicará a partir de 2020, tendrá que pagar por esa mitad que contamina más del umbral, y cada uno de ellos en función de por cuánto excede el umbral. A pesar de que se mantienen algunos descuentos que ya había del período anterior, este nuevo método de cómputo de la penalización va a encarecer aún más los coches.

Por otro lado, partiendo de los 95 gCO2/km que supuestamente se tienen que tener en 2020 (recuerden: eso equivale típicamente a un consumo de 5,6 litros de gasolina o 4,3 litros de diésel a los 100 kilómetros, que no está nada mal) y asumiendo un 30% de disminución hasta 2030, eso supone reducir unos 28,5 gCO2/km hasta llegar a los 66,5 gCO2/km. Si nuestro fabricante no consiguió bajar de los 115 gCO2/km en los que estamos con el coche típico ahora mismo, tendrá que pagar en 2030 una penalización de 4.600 euros por coche. Lo cual, claramente, empieza a ser demasiado.

Todo este esquema tan complejo (y del que solo he arañado la superficie) lo que implica esencialmente es que efectivamente los coches se van a encarecer aunque lo harán de manera progresiva, y que eso implicará la exclusión progresiva de la clase media de la posesión del coche privado. Se podrá extender la ilusión de posesión del coche entre el ciudadano de a pie con parches: por ejemplo, lanzando al mercado coches más pequeños y ligeros y con limitador de velocidad (a velocidades bajas es más fácil cumplir con los criterios de emisiones), por ejemplo en 40 km/h. Una velocidad muy baja pero suficiente para desplazamientos dentro de la ciudad. Otra opción consiste en la masificación de los coches híbridos, aunque éstos no tengan unas emisiones tan buenas a velocidades más elevadas, y tienen el inconveniente de que requieren tierras raras que ya van muy demandadas y que podrían encarecerse mucho, con lo que no es tan evidente que se puede hacer asequible al gran público si la demanda crece mucho. 

Otra cuestión es qué pasa con los coches que ya circulan por nuestras calles. Lo más probable es que a éstos se les aplicarán progresivamente diversos estigmas; al principio será que se basan en una "tecnología obsoleta" y con el tiempo simplemente que son "viejos". Es más que probable que la normativa se irá endureciendo también sobre estos coches hasta hacer imposible o demasiado cara su utilización.

Al final, todo apunta a que en el fondo el Sr. Merlos tiene razón, y que no vamos a poder tener coche propio.

Por cierto que si se fijan, los parámetros de emisiones de CO2 que se están poniendo son, al final, parámetros sobre el consumo de combustibles fósiles. Sabemos que la producción mundial de diésel está comenzando a caer, y la de gasolina lo hará en unos pocos años más. Por tanto, todas estas medidas buscan adaptarse a una realidad muy incómoda, la del peak oil, sin reconocerla. Lo que sucede es que estas medidas son tremendamente insuficientes para lo que hay en juego: si se cumplen los peores temores de la Agencia Internacional de la Energía, todos estos ajustes serán demasiado poco demasiado tarde. Estos parches, adoptados solo en Europa, no ayudan a resolver el problema del transporte por carretera, ni el de toda la maquinaria que funciona con diésel (incluyendo los tractores). Hay que hacer cambios, sí, pero mucho más importantes y más profundos. Y para poder hacerlos es tiempo de dejar de disimular la verdad y explicar sin tapujos a la ciudadanía qué es lo que está en juego.


Salu2.
AMT

viernes, 22 de marzo de 2019

Carta a quienes la puedan leer



Queridos hijos míos:

Os digo "hijos" porque por mi edad bien podríais serlo, aunque mis hijos biológicos sean más jóvenes (tardé en formar una familia, como suele pasarle a tantas personas que se dedican a la ciencia). Sois la gente joven, los que tenéis veintipocos años o menos, que ahora estáis saliendo a manifestaros a exigir que se adopten soluciones a la crisis climática que vosotros no comenzasteis pero que sin duda vais a sufrir con toda su intensidad. Sois los hombres y las mujeres, los chicos y las chicas, que cada viernes os declaráis en huelga en vuestros estudios y salís a la calle a reclamar lo que es de sentido común, lo que es vuestro derecho.

Para los que somos más viejos, de generaciones anteriores a la vuestra, sois nuestra última esperanza de construir un mundo mejor y más justo. Pero como somos más viejos y hemos visto pasar ya muchas cosas, no podemos evitar sentir temor. Por vosotros y por nosotros.

No quisiera ponerme demasiado paternalista y presuntuoso, diciéndoos que solo veis una parte del problema; que el cambio climático, siendo como es grave, no es más que uno de los múltiples problemas ambientales que tenemos; que los problemas ambientales, siendo como son gravísimos, no son más que una parte de los problemas de sostenibilidad a los que se enfrenta la Humanidad. No creo que sea necesario: lo que no conozcáis, ya lo conoceréis; y trataros con la arrogante suficiencia de la gente más experimentada no es la mejor manera de apoyaros, cuando lo que todos deseamos es que triunféis donde nosotros fracasamos.

Sin embargo, os ruego que entendáis nuestros miedos, nuestros temores, igual que el padre teme que el hijo cometa los mismos errores que cometió él.

Cuando yo nací, el Mayo del 68 estaba en sus postrimerías. En los años 60 del siglo pasado, la creciente concienciación estudiantil explotó en un movimiento que fue casi una revuelta, en contra del orden establecido. En contra de los abusos de poder, de los privilegios de clase, de las guerras encubiertas por intereses inconfesables. Este movimiento sacudió en mayor o menor medida todo el mundo occidental, pero fue especialmente intenso en Francia. "Seamos realistas: pidamos lo imposible", decían. Los jóvenes de entonces querían cambiar el mundo, porque se daban cuenta de que el mundo se dirigía hacia un lugar al que no querían ir.

El movimiento se mantuvo con cierta fuerza unos pocos años, mientras los poderes políticos alternaban la represión con la incorporación de algunas reformas - mínimas - buscando hacerse más aceptables. Pero en 1973 comenzó una grave crisis económica, y las ilusiones juveniles tuvieron que ser aparcadas. El idealismo está bien, vendrían a decir, pero ahora tenemos que estar por las cosas serias. Con la actividad económica cayendo en picado y un paro rampante las sociedades occidentales tenían otras necesidades más graves a las que atender. Y con las dificultades que experimentaba el ciudadano de a pie nadie osó continuar cuestionando al poder. Eso tendría que quedar para mejor ocasión. Y así se silenció el grito de una generación. Los años 70 y principios de los 80 fueron años de mucho retroceso en lo social, del "No hay alternativa" a las medidas neoliberales. El sueño del 68 murió.

Años más tarde, cuando yo era un poco más mayor de lo que vosotros sois ahora, hubo un nuevo movimiento, de nuevo fundamentalmente estudiantil, de reacción contra el estado de cosas el mundo. Es el surgimiento de los movimientos antiglobalización de finales del siglo pasado. En aquella época era ya evidente que la globalización de la economía, vendida por los medios de comunicación como el mayor bien deseable, estaba exacerbando las injusticias y la destrucción de la Naturaleza. "Otro mundo es posible", decían los manifestantes. En esa ocasión no hubo negociación, solo represión. Pero aquellos jóvenes de entonces no se arredraron y siguieron manifestándose. Hasta que estalló la burbuja especulativa asociada a las nuevas tecnologías, entonces en plena expansión, lo que se llamó la "burbuja punto com", y empezó una nueva crisis económica. De nuevo, no era momento para perder el tiempo con idealismos. Acto seguido se cometieron los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York y con una nueva legislación antiterrorista global las manifestaciones al estilo de los años precedentes se volvieron imposibles. Una vez más, el sueño de una generación de construir un mundo mejor fue enterrado por el pragmatismo de la crisis económica, con el añadido una vez más de un fuerte retroceso de las libertades individuales en aras de la lucha contra el terrorismo.

Desde entonces, ha habido algunos intentos esporádicos de recuperar el espíritu altermundista, como fueron el 15M en España o Occupy Wall Street en EE.UU. A diferencia de los casos anteriores, estos movimientos de protesta no se acabaron por una crisis económica sino que comenzaron precisamente a raíz de una de ellas, la Gran Recesión de 2008. Y más que como búsqueda de una justicia global para todo  el planeta, surgen como una reacción más local y más egoísta, simplemente denunciando el empobrecimiento de las clases medias. Por eso mismo, en este caso no servían las llamadas al pragmatismo con las que se desactivaron los movimientos de finales de los 60 y 90 del siglo pasado; y solo se ha podido desactivar estos movimientos con la (pequeña) mejora económica de los últimos años.

Y así llegamos aquí. Y así llegamos a vosotros.

Vosotros, que estás viendo que el clima del planeta está cada vez más desestabilizado, mientras que los poderes públicos hablan mucho y pretenden hacer creer que están haciendo algo cuando en realidad no hacen nada. Y una vez más surge un movimiento de reacción, de protesta, que busca cambiar las cosas, que de una vez se haga lo que es debido.

Y yo, y tantos otros como yo, miramos atrás al camino, y nos inunda el temor de que, una vez más, con los argumentos de siempre, se pueda desarticular vuestro movimiento, tan necesario como lo fueron todos los anteriores.



En toda esta historia que os acabo de explicar, hay una clave a la vista y otra que se intenta ocultar. 

La clave a la vista es que los anhelos de cambio y de reforma son siempre ahogados por la irrupción de una grave crisis económica, que obliga al mal llamado "pragmatismo" de aceptar auténticas barbaridades para poder salir adelante, para evitar caer en la miseria.

La clave que se intenta ocultar, o como mínimo maquillar, es que detrás de estas crisis hay siempre el mismo problema: el petróleo.

El petróleo es un recurso finito y del cual depende críticamente nuestra economía, pero, contrariamente a lo que se suele hacer pensar, los problemas con el petróleo no comienzan el día en que se agota por completo. Y es que el petróleo no se produce siempre a la misma velocidad. A medida que vamos extrayendo más y más, lo que queda es más residual y es más difícil de extraer. Por eso, en cualquier país hay un momento en el que se llega al máximo de extracción, o peak oil, y a partir de ese momento la producción de petróleo empieza a caer. Lo cual es un problema grave para ese país, porque tiene que aprender a pasar con cada vez menos petróleo: sus ingresos disminuyen, sus finanzas se resienten y eventualmente entra en crisis.

En 1972 los EE.UU. llegaron a su peak oil. Un año más tarde se desencadenó una crisis global.

En 2001, varios productores importantes llegaron a su peak oil. La producción de petróleo del mundo, que había crecido con fuerza desde 1980, empezó a frenarse, y se produjo una crisis global.

A finales de 2005 o principios de 2006, la producción mundial de petróleo crudo convencional llegó a su máximo. Dos años más tarde, comenzó la mayor crisis económica en décadas. 

Análisis más detallados, como los que ha hecho el profesor James Hamilton de la Universidad de California San Diego, muestran que el petróleo ha estado siempre detrás de las grandes crisis económicas de los últimos cincuenta años.

La última de estas crisis, La Gran Recesión, fue tan profunda que hizo tambalearse el actual sistema económico, hasta el punto de que el propio presidente francés de entonces, Nicolas Sarkozy, llegó a plantear la necesidad de refundar el capitalismo. El caso es que, tras la caída de consumo de petróleo que supuso el inicio de La Gran Recesión, hacia 2011 el consumo se estaba recuperando... pero la producción no. Así que en EE.UU. se sacaron de la manga el petróleo de fracking: un petróleo de baja calidad, demasiado ligero y tan caro de explotar que las empresas que se dedican a ello han perdido dinero desde el principio, apalancándose en cantidades monstruosas de crédito. Un esquema tan absurdo que amenaza con derrumbarse en cualquier momento.

Para acabarlo de agravar, el petróleo crudo convencional sigue bajando su producción poco a poco, y los hidrocarburos líquidos no convencionales que se han añadido para compensarlo son de tan baja calidad que en su conjunto no son buenos para destilar diésel... y eso está haciendo que la producción de diésel haya comenzado a caer

El diésel es la sangre del sistema, lo que mueve todo el transporte de mercancías. Si la producción de diésel disminuye, el sistema amenaza con derrumbarse. Y esto no es un detalle menor. No es algo que se pueda resolver de manera sencilla.

Con energías renovables, pensaréis quizá, como se dice y se repite en los medios de comunicación. Pues quizá sí o quizá no. Las energías renovables tienen muchas limitaciones, y no bastan para substituir de manera sencilla a los combustibles fósiles. No es evidente que podamos producir la misma cantidad de energía con fuentes renovables como lo hacemos ahora con no renovables, y en todo caso hacer la transición requeriría comenzar desde ya un esfuerzo semejante al de una guerra y durante al menos 30 años.

Por tanto, se tienen que hacer cambios mucho más profundos que lo que se habla. No tenemos alternativas sencillas por delante. No se puede mantener un sistema económico y social como el actual basándose en renovables y coches eléctricos. De hecho, no se puede generalizar el modelo del coche eléctrico. Nada es tan sencillo como se cuenta, y los cambios deberían ser muy profundos, no meramente cosméticos.

Ése es el reto que tenemos por delante. Ése es el reto que tenéis por delante. Y éstas son las dificultades.

Estamos a punto de entrar en otra grave recesión económica, en la que el petróleo y el diésel van a desempeñar un papel central. No podéis dejar que os desactiven con el argumento habitual, el del pragmatismo, ése que dice: "primero resolveremos la crisis económica, después ya vendrá lo demás", porque la crisis económica a partir de ahora será la situación habitual: el capitalismo se dirige a su fase final, porque los recursos empiezan a fallar y no le permiten seguir creciendo. Así que la crisis económica será en breve algo recurrente, continuo, instalado. Pero la crisis ambiental tampoco va a parar, aún menos la de los recursos, ni todas las otras crisis de sostenibilidad. No podemos esperar más, no valen excusas. Y si el sistema no funciona, tendremos que cambiar el sistema.

No os dejéis engañar con los parches que se cacarean desde los medios. Demonizar el coche de diésel solo sirve para ganar unos pocos años, sin resolver el problema real. El modelo de paso al coche eléctrico puede estar pensando para favorecer a los ricos y empobrecer aún más a los pobres. Y algo parecido pasa con determinados modelos de explotación de energías renovables. No hay una evolución simple desde donde estamos hacia donde deberíamos estar. Ir añadiendo sistemas renovables, con la idea de que algo vamos avanzando, no es necesariamente avanzar en la buena dirección. Hay que estudiar bien el problema y hacer propuestas meditadas, pues el problema es complejo. Quien os proponga soluciones simples, tenedlo por seguro, os está intentando engañar. Porque ése es nuestro gran temor: que os intentarán engañar. Os intentarán manipular. Intentarán que defendáis modelos simples que parecen funcionar (que os han hecho creer que funcionan) pero que en realidad perjudican a los más y benefician a los menos. 

Y si descubrís la trampa y reaccionáis ante eso, si sois capaces de proponer soluciones que vayan a la verdadera raíz de los problemas, os atacarán con furia. Es lo mismo que pasó en 1968. Es lo mismo que pasó en 1997. Pero vosotros no sois los mismos que entonces fallamos. Confiamos en vosotros.

Os deseo mucha suerte y mucho coraje.

Mis afectuosos respetos.

Antonio Turiel
Marzo de 2019