lunes, 4 de noviembre de 2019

La casa en llamas en lo alto de la cumbre



Queridos lectores:

"La casa está en llamas" es un eslogan repetido por los integrantes de Friday for Future, desde que la propia Greta Thunberg lo pronunciase por vez primera. Es un aforismo potente, que condensa la urgencia a la que nos lleva el Cambio Climático. La casa está en llamas, tenemos que actuar si no queremos perderlo todo, si no queremos morir. Una idea sencilla que sintetiza la verdad simple de que ya no hay más tiempo para esperar; el tiempo de actuar es ahora.

No es por tanto casual que el último libro de Héctor Tejero y Emilio Santiago lleve el significativo título "¿Qué hacer en caso de incendio?". Se sobreentiende que en este largo ensayo (nada menos que 256 páginas) se pretende abordar, desde el punto de vista de la teoría política (campo al que pertenece esta obra), el que sin duda es el gran reto de nuestro tiempo. Sin embargo, tampoco es casual el epígrafe que lleva este libro: "Manifiesto por el Green New Deal". Es decir, no se trata de dar una perspectiva amplia de cómo abordar el desafío que nos plantea el Cambio Climático, sino que lo que se nos presenta es un manifiesto a favor del Green New Deal.

Hace semanas que llevo ese libro en mi mochila, con el objetivo de acabar de leerlo en algún momento y escribir aquí una reseña. A pesar de que tener tiempo para leer es una cosa siempre difícil con la carga de trabajo que llevo, lo he seguido llevando en mi mochila, esperando avanzar en sus páginas y en la síntesis de lo que para mi es más esencial. Lamentablemente, a estas alturas he perdido la esperanza de acabar de leer el libro y comentarlo. Aunque me sepa mal decirlo (conozco a Emilio y es una persona a la que aprecio y respeto por su trabajo), reconozco que el libro no me interesa en absoluto.

Por lo que respecta al análisis factual que realiza el libro, tomadas aisladamente estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que se comentan en sus páginas pero no tanto en el discurso que se va hilando, ya que, a mi entender, hay grandes omisiones que probablemente obedecen a ese deseo, explícitamente expresado en el libro, de no asustar a la gente para evitar el miedo paralizante. Y en cuanto el libro entra en el discurso político para mi pierde la mayoría del interés. En el libro se propone una estrategia de "negociación" con el statu quo y la adaptación progresiva del actual sistema capitalista, cosas las cuales, sinceramente, yo no las veo posibles. Entiendo el esfuerzo honesto de Héctor y Emilio de buscar una vía posible para salir de este atolladero, pero a estas alturas de la partida ya sabemos que el posibilismo es solo otra forma de rendición.

Huelga decir que no entiendo que se puedan escribir 256 páginas con la excusa de un texto bastante vago, vacuo y prepotente,  y mucho más corto, como fue la propuesta inicial de Alexandria Ocasio-Cortez. Ya discutimos en este blog el contenido de aquellas escasas 14 páginas del Green New Deal: nunca tan poco ha dado para hablar tanto. Quizá porque precisamente unos y otros aprovechan la absoluta vaciedad del texto original para exponer sus filias y fobias, para hablar de lo que ellos quieren hablar, que poco o nada tiene que ver con el espantajo al que dicen referirse. 

El libro de Héctor Tejero y Emilio Santiago ya ha recibido algunas críticas significativas justamente de gente que está lógica e ideológicamente próxima a ellos. En particular, veo muy destacable la prolija crítica de Manuel Casal Lodeiro (se ve que es mentar el Green New Deal y todo el mundo vierte ríos de tinta o de electrones), de la cual querría entresacar un párrafo que creo que sintetiza muy bien la carencia mayor que yo le veo al libro:

Página 27: "En el mismo campo que ello es verdad que el Green New Deal no nos permitirá apagar el incendio. Pero si mitigarlo, conseguir tiempo, forzar una prórroga. Mucho más de lo que ahora tenemos." El problema, aunque parezca mentira tener que decirlo, es que los incendios no se "mitigan": se apagan o no se apagan. Y ellos no hablan de que sea imposible apagarlo, sino que afirman, simplemente, que su propuesta no permitirá hacerlo. ¿Por qué no buscar, entonces, una que sí lo haga? ¿Por qué quedarnos en la"mitigación" o contención del fuego cuando sabemos que otro tipo de abordaje podría permitir su extinción? Además, como ya he señalado antes, ni siquiera explican (ni aquí ni en el resto del libro) cómo se supone que se ganará ese "tiempo" del que tanto hablan, sin abandonar el capitalismo.

Quizá a otras personas les resulte interesante ese libro; a mi, llegado a un punto, simplemente no me aporta nada. Y sin embargo éste es el planteamiento más avanzado que se está haciendo en el mundo político: no en vano el libro lo prologa Íñigo Errejón, líder del nuevo partido de izquierdas Más País. Esto es lo más que podemos esperar de los grandes partidos estatales, aquí en España.

¿Cómo hacer frente al cambio climático? Pues tal y como se nos presenta la cuestión, parece que básicamente hay dos opciones: o se ignora el problema (lo que hacen los negacionistas) o si no tenemos el Green New Deal, es decir, el pactismo con el capitalismo en el que a las malas prácticas de siempre se les da la pátina de "lo verde" para hacerlas políticamente digeribles. ¿Y qué es eso de "lo verde"? Muchas cosas que de verde tienen muy poco: más extracción de materiales, más contaminación, más consumo; y poca reparación ambiental, poca autocrítica y poca contención. Muchos productos presentados como "verdes" se elaboran con procedimientos más contaminantes que sus contrapartidas convencionales. Y no casualmente, mucho más caras.

Al ciudadano de a pie, a fuerza de repetirle los mensajes durante años, y por la mera observación directa de la realidad, ya le ha quedado claro que el mundo está cambiando. El tiempo está loco, las estaciones ya no son lo que eran, los eventos extremos parecen multiplicarse con el paso de los años... También ha llegado a la mayoría de la población el mensaje de que es la actividad humana, sobre todo la industrial, la que está provocando estas graves alteraciones. Los poderes políticos han ignorado mayoritariamente los problemas ambientales durante décadas, especialmente cuando se trataba de algunos bien localizados e identificados (¿cuántas poblaciones no han sufrido en sus carnes los efectos de la contaminación persistente del aire y del agua por parte de fábricas cercanas o de centrales térmicas?). Y sin embargo ahora, por fin, se dice que hay que hacer algo, y más incluso: se dice que hay que emprender una Transición Ecológica. Un cambio completo de la manera de producir y de consumir. Ser menos contaminante, más verde, reciclar más y mejor. Con todo eso el ciudadano común puede estar más o menos de acuerdo. Sin embargo, cuando se han empezado a tomar medidas en la práctica para implementar esa transición, lo que los ciudadanos han visto es que van a salir caras. Muy caras. Y que previsiblemente el coste no se va a repartir de manera justa. No en vano, en los documentos que hablan tanto de Transición Ecológica de manera genérica, como los que hablan de Green New Deal como plan más concreto, se suele poner el acento en que la transición ha de ser "socialmente justa". Obviamente, si se insiste en esto es porque ya se ve venir que no va ser socialmente justa, en absoluto.

La casa está en llamas, sí. Pero si miramos al suelo veremos un reguero de pólvora ardiendo. Un reguero de fuego que viene de Brasil.

A finales de este año, como cada año desde hace un cuarto de siglo, se celebrará la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Clima. La cumbre de este año, la COP25, debía haberse celebrado en Brasil, pero en octubre de 2018 Jair Bolsonaro ganó las elecciones presidenciales y en noviembre Brasil retiró su oferta de albergar la COP25. Alegó dificultades presupuestarias y otros problemas organizativos, pero a nadie se le ocultaba que Bolsonaro, negacionista convencido, no tenía el más mínimo interés en que precisamente la Cumbre Mundial sobre el Clima tuviera lugar en su país. Después de eso, los terribles incendios de la Amazonia este verano y en general el desprecio de su presidente a cualquier cosa que le suene a ecologismo han llevado a que Brasil no sea considerado un país fiable en cuestiones ambientales.

Y, sin embargo, dejando al margen los múltiples aspectos deleznables de la persona de Bolsonaro, Brasil ha seguido una evolución bastante lógica. Es un país muy poblado, con casi 210 millones de habitantes y con todavía altas tasas de desigualdad. La rápida subida de la producción de petróleo durante las últimas décadas hacían augurar un futuro brillante para Brasil, pero la producción tocó techo en 2017, sin haber conseguido cubrir el 100% del consumo doméstico.



Todos los escándalos de corrupción de los últimos años en Brasil tienen que ver de un modo u otro con PetroBras, la compañía de petróleos estatal. Como en tantos otros países latinoamericanos en su misma situación (México, Venezuela, Ecuador, Argentina, ...), en vez de aceptar que el país seguramente ya había rebasado su peak oil, los dedos acusadores apuntaban a que la caída de producción era debida la mala gestión (mala gestión que seguro que había, pero que también estaba ahí mientras la producción subía). Al llegar Bolsonaro al poder se producen cambios drásticos y se aprietan las tuercas en PetroBras. En mayo de este año se consigue romper el techo histórico y que Brasil produjese más de 2,7 millones de barriles diarios, para después caer estrepitosamente en junio, para luego recuperarse en julio y luego volver a caer...



En enero de 2020 podremos hacer el balance anual de 2019 y ver si la táctica de Bolsonaro ha tenido éxito, pero todo apunta a que la  producción media en 2019 podría ser del estilo o incluso inferior a la del 2018.

Como ven, Brasil está luchando para intentar mantener su producción de petróleo, para superar lo que parece el momento histórico de toda la región: la llegada de Latinoamérica en su conjunto a su peak oil regional. Bolsonaro se debe a esas clases medias, descontentas con la gestión del anterior ejecutivo, y que quieren que las lleve a la riqueza y al bienestar. ¿Creen Vds. que puede entretenerse con minucias como el clima del planeta? Si lo hiciera, además, sería hombre muerto desde el punto de vista político.

La casa está en llamas, y el reguero de pólvora ardiente nos lleva a un país cercano, Chile.

Al desistir Brasil, fue Chile la encargada de asumir la COP25. Con poco más de 17 millones de habitantes, Chile es un país bastante menos poblado e industrialmente más diversificado que Brasil. Hace un par de años tuve ocasión de pasar unos días en Chile, y durante mi breve estancia pude comprobar una cosa: para los estándares europeos de los que yo provengo, Chile es un país que profesa una gran fe en el liberalismo económico como mejor sistema para regirse socialmente. Se pretende que la intervención del estado sea mínima, y que los individuos, con su propia capacidad y trabajo, tracen su propio futuro, con las mínimas interferencias externas. Pero Chile tiene una excesiva dependencia en las exportaciones de su mineral más preciado, el cobre. A Chile le ha cogido con el paso cambiado la caída de la demanda mundial de cobre por un lado (fruto de la debilidad económica mundial) y por otro el brutal incremento de los costes de extracción del cobre (síntoma inequívoco del agotamiento de las minas y de la llegada al peak copper). Como resultado, la otrora altamente rentable industria del cobre ha reducido drásticamente sus beneficios, impactando la economía nacional. El continuado deterioro de las condiciones de vida de la mayoría ha provocado que un hecho banal como fue la subida de las tarifas del metro en Santiago de Chile haya degenerado en una revuelta de alcance nacional, que el Gobierno de Chile ha reprimido con dureza sin ser capaz de sofocar.  En estos días,  el presidente Sebastián Piñera se juega su futuro político, lo que le ha llevado a medidas desesperadas, como la de solicitar la dimisión de todo su Gobierno. Y en este contexto el propio Piñera decidió hace unos días cancelar la organización chilena de la COP25. Y de nuevo, es lógico: ¿creen Vds. que los chilenos verían con agrado que se les hable de esa futurible y quimérica economía verde a la que tenemos que transitar para "salvar el planeta", cuando tienen dificultades para llegar a finales de mes?

La casa está en llamas, y el reguero ardiente nos conduce ahora hasta España.

Ante el anuncio de Sebastián Piñera de que Chile no podría organizar la COP25, España se ofreció a hacerse cargo con un plazo muy breve de tiempo antes de que empiece la cumbre (poco más de un mes).

Con 46 millones de habitantes, España es un país con un perfil muy diferente a Brasil y a Chile. No es un gran exportador de materias primas, al contrario: es un gran importador de las mismas. Su principal manufactura son los coches, aunque su principal actividad económica se encuentra en los servicios, destacando el turismo como principal motor económico del país. Un país así, con gran cantidad de palacios de congresos y amplia experiencia en la organización de eventos, está más que preparado para hacerse cargo de la organización de un evento tan importante y en un plazo tan perentorio. Así que nadie ha cuestionado que España asuma la cumbre, y así será.

¿Es España el mejor país para acoger el COP25? En principio es un país con una paz social envidiable y un alto nivel de vida, así que todo indica que sí. Claro que si miramos un poco por debajo de la superficie, empezamos a ver muchos signos bastante preocupantes. Por un lado, tenemos la situación catalana, no tan desmadrada como hace un par de semanas pero aún lejos de estar controlada. Probablemente, para una buena parte de la opinión pública española el problema catalán solo tiene que ver con el seguidismo etnicisma, narcisista y borreguil de una gran masa manipulada por unos desaprensivos, aunque unos pocos pensamos que en realidad la deriva secesionista catalana tiene mucho que ver con la forma particular que tomará el colapso en España. Pero por el otro, hay muchos síntomas de que el español de a pie está bastante harto de ser el que paga todas las fiestas. Las crecientes restricciones a la movilidad privada, prohibiendo con carácter prácticamente inmediato el uso de coches "viejos" en Barcelona y pronto en otras ciudades, y que seguramente se acabará extendiendo a todas las carreteras, implica un gravamen extra sobre las deterioradas economías de muchas familias, máxime cuando en breve los coches se van a encarecer ostensiblemente. Numerosos colectivos, desde taxistas hasta estudiantes, pasando por jubilados, están en pie de guerra, con frecuentes manifestaciones. El futuro se ve incierto, y el panorama político no lo simplifica. Al ser los partidos políticos españoles incapaces de llegar a un acuerdo para gobernar, los españoles nos encaminamos a una repetición de elecciones generales el próximo 10 de noviembre. Para ocultar su mediocridad y la falta de ideas, tanto para proponer un acuerdo viable entre los partidos que se repartirán la representación parlamentaria como ante la crisis que todo el mundo reconoce que está al caer, los partidos políticos se han llenado la boca de... Cataluña, Cataluña y Cataluña, sin que nadie proponga nada útil para salir del atolladero catalán (tampoco los partidos catalanes que se presentan para el congreso español). En este contexto, el partido que mejor está capitalizando el descontento y el malhumor es Vox, formación esencialista para la cual lo español tiene una cualidad transcendente más importante que la democracia. Vox forma parte de eso que yo denominaba "la reacción", movimientos de nuevo cuño que intentan oponerse a la falacia del progreso por la vía quizá más radical pero no exenta de cierta razón. Por eso mismo no es de extrañar que Vox sea furibundamente negacionista del Cambio Climático, ya que intuyen la carga económica que se quiere endosar a la clase media, envuelta en el papel de celofán de la Transición Ecológica o del Green New Deal.

Ahora imaginen que tras las elecciones del 10 de noviembre los votantes le dieran la mayoría a las tres formaciones de derecha, PP, Ciudadanos y Vox, y que éstas pudieran formar gobierno. ¿Se imaginan a este gobierno, con negacionistas acérrimos en él, organizando la Cumbre Mundial del Clima?

Afortunadamente no es posible que se produzca tan forzada situación, ya que los plazos para constitución del Parlamento e investidura del nuevo Gobierno son un poco más dilatados que el tiempo que le resta al actual Gobierno en funciones, pero el mero planteamiento de esta posibilidad nos muestra cuán frágiles son nuestras seguridades. E incluso si el tripartito de derechas no gana las elecciones, lo más probable es que será dificilísimo que se consiga formar un Gobierno estable. En este contexto, y con una crisis económica en ciernes, ¿cree alguien que España tomará medidas eficaces contra el Cambio Climático? ¿Medidas que realmente lo combatan y al tiempo no depauperen a las clases trabajadoras?

La casa está en llamas, y el reguero ardiente continúa corriendo, perdiéndose en el infinito.

¿Qué otro país podría, mejor que España, hacer bandera de la lucha socialmente justa e inclusiva contra el Cambio Climático?

No será Francia, con sus chalecos amarillos que saltaron inicialmente a las calles para protestar por la subida del precio del diésel. Está claro que a esos trabajadores no les importa contaminar más o menos, sino simplemente ganarse la vida.

No será el Reino Unido del Brexit, con su larvado racismo, contra el inmigrante, contra el otro, contra ese ser irreal que en su imaginario les roba el trabajo, ese trabajo que les cuesta tanto de conseguir y que cada vez se paga peor. Hagamos el Reino Unido grande otra vez, aunque sea a costa de hacerlo moralmente pequeño.

No será Italia, donde más gente de la que nos gustaría aplaude a un ministro que deja intencionalmente que personas se ahoguen en el mar; Italia está llena, Italia para los Italianos.

No será, me temo, ningún otro país de Europa, todos ellos apremiados por mil urgencias, en muchos de ellos con movimientos reaccionarios subiendo, si no están ya en el Gobierno.

Tampoco será EE.UU., por razones obvias. Ni Canadá, con su Primer Ministro que cínicamente apuesta por producir los combustibles más sucios del planeta.

No será Latinoamérica, donde ningún país se libra actualmente de las tenazas cada vez más cerradas de la crisis que aquí se describe como futura y allá es bien presente.

No será China, fábrica sucísima del mundo. No será Japón, agobiado desde hace más de 20 años por volver a la senda del crecimiento. Ni ningún otro país de Asia.

No sera Australia, gran productor, y a mucha honra, de carbón. Ni la Indonesia completamente volcada en la destrucción de bosques tropicales para cultivar palma. Ni el resto de Oceanía, por acción o por omisión.

No será Níger, Nigeria, Sudán del Sur, Argelia, Libia o Egipto, cada uno sufriendo una fase diferente de la maldición de los recursos. Ni será el resto de la sufrida África.

Solo nos queda la Antártida. Pero tampoco será allí.

La casa está en llamas, pero si miramos bien, está recorrida por infinidad de regueros en llamas. Y lo que se quema en ellos, en realidad, no es pólvora, sino personas. Personas que se queman, que malviven y sufren para mantener un sistema disfuncional que les está abrasando, simplemente porque no conocen ningún otro, porque no se les muestra ningún otro, solo variantes del mismo en las que lo único que puedes escoger es arder a la llama o a la brasa.

La casa está en llamas, sí. Pero si queremos apagar ese incendio, lo primero que tendríamos que hacer es apagar esos regueros de personas que arden, que son el combustible que mantiene vivas esas llamas que queman la casa.


Salu2.
AMT

lunes, 21 de octubre de 2019

Agitación

Rambla de Figueres, mediodía del 18 de octubre de 2019
 
Queridos lectores:

Como sabrán, hace tiempo que sostengo la idea de que la crisis catalana tiene probablemente mucho que ver con la forma que tomará el colapso en España. A la creciente conflicitividad en Cataluña le he dedicado ya muchos posts en este blog; y, teniendo en cuenta los sucesos recientes en este rincón del mundo donde vivo, parece que es bastante natural que escriba una crónica desde aquí tanto sobre lo que está pasando como sobre lo que no está pasando.

Primera una cuestión de orden: según en que lado de la divisoria entre los defensores de la independencia de Cataluña y los defensores de la unidad de España uno se coloque, suele usarse una cierta terminología para referirse a su propio grupo y al contrario. La terminología escogida por los partidarios de la independencia de Cataluña suele ser "independentistas", para ellos mismos, y "unionistas" (o a veces "españolistas") para los otros, en tanto que para los defensores de la unidad de España la terminología habitual para referirse a sí mismos es "constitucionalistas", en tanto que para los otros se les denomina tanto "independentista" como "separatista" (generalmente dependiendo de la afiliación política de quien habla). En mi caso, como he explicado muchas veces, yo no me sitúo ni a un lado ni a otro (por razones que son fáciles de entender), así que intento usar una nomenclatura con la que todo el mundo se sienta identificado. Por tanto, a los partidarios de la independencia de Cataluña les denominaré "independentistas", término que parece ser bastante aceptable para todo el mundo. En cuanto a los defensores de la unidad de España ningún término me parece aceptable: "constitucionalista" se refiere a una constitución particular, la española de 1978, que no solo reivindica la unidad de España sino que cuela muchas otras cosas de rondón, y además parece un término poco apropiado si el otro grupo se acaba dotando de su "constitución"; "unionista" tampoco me parece acertado, ya que más que defender una unión lo que se defiende es un statu quo; y "españolista" tampoco lo veo acertado por motivos similares a lo anterior y porque además parecería que se quiere achacar al otro grupo, así en su conjunto, una visión rancia y esencialista (como ya discutí en su día) que no tiene porqué ser la que le represente en realidad. "No independentista" tampoco es demasiado bueno como término, ya que daría a entender que hay solo dos grupos cuando, entre medias de ambos, hay gente que como yo que no queremos la independencia de Cataluña y que además creemos que sería contraproducente para los ciudadanos de Cataluña y de España, pero que por otro lado creemos que en una democracia todo se puede hablar y discutir, que una nación moderna se debe definir por un consenso de sus ciudadanos a querer formar libremente parte de ella, y que por tanto defendemos el derecho de los independentistas a pedir un referéndum y a acatar su resultado si es lo que la mayoría de la población de Cataluña quiere. Por tanto, y  a falta de nada mejor, les denominaré "contrarios a la independencia", de Cataluña siempre sobreentendido.

Comencemos por la parte meramente descriptiva de lo que ha pasado estos últimos días: el lunes pasado, el Tribunal Supremo (TS) de España dictó sentencia contra los nueve líderes catalanes que llevaban en prisión preventiva aproximadamente dos años. El TS consideró probado que no había habido una violencia instrumentalmente ligada a la intención de conseguir la independencia de Cataluña; no solo eso, sino que - como muchos defendimos en su momento - no había capacidad real de declarar la independencia y que toda la agitación de aquellos días no fue más que una representación destinada a forzar al Estado español a negociar. Consecuentemente, condena a los acusados con responsabilidad en la gestión del dinero de la Generalitat por malversación, a los cargos que no tocaron el dinero por desobediencia y a todos por sedición. Las penas finales oscilan desde los 13 años de prisión decretada al exvicepresidente Oriol Jonqueras hasta los 9 años para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que entonces eran presidentes de las asociaciones civiles Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, respectivamente.

Como reacción a la sentencia, el mismo lunes 14 surgieron muchas protestas más o menos espontáneas, con multitud de cortes de carreteras y de vías (aquel día volver a casa me llevó ocho horas, en vez de las dos habituales). Sin embargo, en un salto cualitativo sin precedentes en esta historia, apareció un nuevo actor denominado Tsunami democràtic, un grupo organizado a través de las redes sociales y con una gran maestría en la gestión de las mismas; con una capacidad de movilización inaudita, consiguió concentrar a unas 10.000 personas en la Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona con la intención de colapsarlo. Los manifestantes fueron tenidos a raya aunque con gran esfuerzo por los agentes antidisturbios de la Policía Nacional española y de los Mossos d'Esquadra (policía autonómica catalana), pero aún así consiguieron en parte su objetivo al lograr que algunos vuelos fueran cancelados. Después, hacia la medianoche el Tsunami Democràtic ordenó la desmovilización a través de los teléfonos celulares y el grupo se fue disolviendo de manera bastante rápida. Desde entonces, el grupo guarda silencio sobre las futuras acciones, posiblemente para evitar que se le vincule con los altercados de las noches siguientes.

Y es que durante las siguientes jornadas la situación degeneró de manera considerable. Las noches del martes al viernes han sido de auténtica batalla campal entre la policía y los manifestantes más violentos en el centro de Barcelona, con barricadas, contenedores incendiados y continuo lanzamiento de objetos por la parte de los alborotadores, mientras la policía se empleaba con contundencia para contenerlos. Estos altercados de madrugada han eclipsado las manifestaciones que los han precedido (y para los cuales han servido de excusa) y las diversas acciones de protesta pacífica de estos días, incluyendo las largas marchas desde diferentes puntos de la geografía catalan que culminaron en una multitudinaria manifestación el viernes - día para el cual, por cierto, se convocó un día de huelga con desigual seguimiento.

Las dos últimas noches, del sábado y el domingo, han registrado un cierto cambio en el patrón de la violencia callejera. De una parte, los manifestantes se han esforzado en aislar y expulsar a los que quieren aprovechar las protestas para generar disturbios, arrastrando a veces consigo a los más jóvenes e inconscientes; por el otro lado, la policía ha intensificado los filtros para evitar que algunas personas introdujesen en los lugares de concentración objetos apropiados para la batalla campal. Ambas cosas han conseguido que los disturbios de las últimas horas hayan sido prácticamente anecdóticos, aunque la situación continúa siendo tensa.

Respecto al escenario político, las palabras que mejor definen lo que pasa es ruido y confusión. La maltrecha unidad de acción de los partidos independentistas ha acabado por saltar por los aires con estos eventos; mientras el president Quim Torra apuesta por intentar, una vez más, hacer un referéndum de autodeterminación en Cataluña, sus socios de gobierno prefieren la moderación y ampliar la base social del apoyo a las tesis independentistas; en todo caso, ninguno de ellos es capaz de formular un plan para salir de este atolladero. En el ámbito de los partidos estatales, y con la espada de Damocles de las elecciones del 10 de noviembre colgando sobre sus cabezas, el discurso político está dominado por la alharaca; no hay reflexión, solo grandes voces y golpes en el pecho, y continuas llamadas por los partidos actualmente en la oposición a intervenir la desleal autonomía de Cataluña por medios legalmente dudosos, mientras que el presidente del Gobierno español en funciones parece que ni está ni se le espera, y tampoco parece que nadie haga una propuesta lógica sobre cómo detener y revertir la escalada del conflicto.

Éste es el resumen acelerado de los hechos. Analicemos ahora con un poco más de detalle su contenido. 

Comencemos por la sentencia en sí. Es evidente e indisimulable que en su huida hacia adelante de septiembre-octubre de 2017, los partidos independentistas cometieron muchos delitos. Se podría argumentar que estos delitos los cometieron de una forma consciente y justamente para favorecer un cambio en la postura del Estado español, justamente para conseguir un progreso político. A veces en política es legítimo traspasar ciertos umbrales legales como un acto extremo de protesta, pero cuando lo haces aceptas las consecuencias que se derivan de tus actos. Uno de los problemas con la sentencia es que hay muchos delitos cometidos que no han sido juzgados: prevaricación, prevalimiento, abuso de poder... Todos ellos graves y que los acusados difícilmente podrían negar haber cometido. Pero el mayor problema de la sentencia es el delito que se ha escogido para la pena principal, el de sedición. Como han explicado varios catedráticos de derecho, la sedición es un delito arcaico que data de antiguas leyes medievales, y eso se refleja en el uso en su definición de palabras hoy en desuso como "tumulto". En la época de las monarquías absolutas, un grupo de campesinos que se reunían y protestaban públicamente contra los impuestos excesivos podrían ser reos de sedición. Por supuesto se asumía que no había armas de por medio (esto sería ya rebelión), así que lo que diferenciaba una protesta dentro de los límites razonables de una sedición era el carácter "tumultuario" de la concentración, es decir, que fuese ruidosa y/o masiva. Lo que viene siendo una manifestación hoy en día, vamos. En los estados modernos, al recogerse en su legislación el derecho a la manifestación, han desaparecido mayoritariamente los delitos de sedición, siendo España una de las pocas excepciones reseñables (cosa que por cierto va a complicar la extradición del expresidente Puigdemont, huido a Bélgica cuando fue citado a declarar). Siendo como es un delito contra el orden público, llama la atención que el delito de sedición esté castigado con penas tan elevadas comparado con otros delitos semejantes, como el de desórdenes públicos (mención aparte merece el hecho que la sentencia abre la puerta a calificar como sedición cualquier obstrucción a la acción de la justicia, desde las acciones anti-desahucio hasta los cortes de carreteras por protestas por el clima). Destacados penalistas han resaltado la contradicción que supone que en una sentencia que califica los hechos de simulación y de ensoñación acabe condenando a los reos a penas comparables a las de un homicidio. Esta desproporción en las penas (que llega a verdadera saña en el caso de los dos Jordis, pues eran gente sin responsabilidades públicas) aumenta el sentimiento de agravio y de persecución ideológica en la población independentista (que, no lo olvidemos, debe ser al menos de dos millones de personas). Toda la especulación de los últimos días sobre que los reos podrán acceder pronto a un segundo o tercer grado penitenciario es completamente inane desde este punto de vista, aparte de ser evidentemente falsa porque difícilmente se accederán a los beneficios penitenciarios hasta haber cumplido la mitad de las condenas, y eso implica esperar aún dos años y medio en el caso de las condenas más bajas.

Gracias a la sentencia del Tribunal Supremo ha quedado acreditado que los hechos de septiembre y octubre de 2017 fueron una farsa a gran escala, una representación si quieren pero muy peligrosa. En estos dos años ha habido muy poca autocrítica desde el bando independentista sobre esta verdad simple, y es que realmente era imposible acceder a la independencia si no era mediante un acuerdo con el Estado y a través de un proceso (este sí, un verdadero proceso) que llevaría años. La lentitud del proceso real de independencia tiene más que ver con su carácter administrativo-logístico, necesario para evitar una salida desordenada y subsecuente caída en el caos; y en todo caso tal proceso es imposible sin forzar al Estado español a negociar. Nada se ha explicado como se debería, y la violencia desmesurada del Estado aquel 1 de octubre ha alimentado en el imaginario independentista la entelequia de que si no se consiguió la independencia fue por la represión salvaje, y no porque simplemente era imposible en los términos en los que se planteaba. Dos años después, las semillas de la frustración entonces plantada han brotado al conocerse las condenas, ejecutadas en la forma de un delito arcaico y con penas excesivas. Durante demasiado tiempo los dos bandos ha alimentado esa frustración que ahora se manifiesta de la peor manera posible: los desórdenes públicos y la violencia.

Se tiene que reconocer que la mayoría del movimiento independentista es de carácter pacífico y cívico. Sin embargo, por demasiado tiempo se ha jugado con fuego y eso ha favorecido que algunos grupúsculo contemplen la violencia como un arma legítima en el camino hacia la independencia de Cataluña. La presencia masiva de las fuerzas antidisturbios, el efecto llamada hacia los grupúsculos radicales que se mueven por toda Europa y, en ocasiones, la presencia de infiltrados y provocadores, generan esa llama inicial que se necesita para inflamar un conjunto ya bastante inflamable. Es entonces cuando comienzan los disturbios. De la parte de los elemento más autoritarios del Estado, los disturbios son positivos porque ayudarán a que los manifestantes no violentos desistan de acudir a las concentraciones y así detener la previsible oleada continua de concentraciones y actos de protesta que se pueden extender durante meses. Ese efecto de desmovilización es un incentivo perverso sobre ciertas prácticas más o menos discutibles. Por su parte, los partidos independentistas y particularmente el Govern de la Generalitat no está sabiendo actuar delante de un fenómeno que, aunque perfectamente previsible, parece desbordarles. Queda la sensación de que no hay un verdadero plan a partir de aquí, de que los partidos independentistas se han vuelto adictos a la adrenalina de la movilización pero no tienen nada claro qué hacer a partir de ahora, mientras que en Madrid menudea la retórica inflamada y la demagogia más zafia. Nadie propone un plan, ni en Barcelona ni en Madrid, y nadie parece estar verdaderamente al mando.

El tratamiento mediático de estos eventos merece un punto de discusión aparte. En los medios catalanes se ha tendido a dar una visión idílica y edulcorada de las movilizaciones, y, aunque no han ocultado la gravedad de los disturbios en general, ha predominado el tono exculpatorio, achacando a agentes externos la gravedad de los altercados. En los medios de ámbito estatal, lo que ha dominando es el morbo informativo, con una recreación absolutamente malsana en los detalles más grotescos y magnificando la gravedad del problema.  En unos y otros se comparte la incomprensión del momento que estamos viviendo y la incapacidad de ofrecer un verdadero debate público, más allá de las astracanadas de los que creen que esto se soluciona en dos patadas de manera autoritaria.

Lo que no está pasando es el retorno al sentido común. Ninguno de los dos bandos puede tener éxito en sus propuestas maximalistas, y si queremos avanzar no se pueden ignorar el uno al otro. Hace falta encontrar aquello que es compartido por unos y otros, y a partir de ahí construir algo nuevo y diferente, mejor. Sin embargo, si en los diez años en los que se ha ido alimentando este conflicto no se ha sido capaz de buscar otra vía que no fuera la de doblar las apuestas e incrementar el conflicto, es más que dudoso que ahora se haga.

Y lo que resulta curioso es que nadie establezca la conexión con otros conflictos ahora en marcha, de Ecuador a Francia, de Chile al Reino Unido, de Argentina a Italia. Las costuras de un mundo tejido con mentiras están reventando bajo el peso de una clase media que cada vez lo es menos, que cada vez es más clase excluida, pero nadie ve la conexión. Y mientras seguimos discutiendo sobre los galgos de la Declaración Unilateral de Independencia y los podencos del artículo 155 de la Constitución española, las fauces de la nueva crisis están a punto de cerrarse sobre nosotros.

Salu2.
AMT

jueves, 10 de octubre de 2019

El gatillo




Queridos lectores:

Hace unos días, mi hija me enseñó un vídeo que quería que viese. Se trataba de la última pieza de un YouTuber más o menos conocido, un chico joven que hace vídeos sobre temas de actualidad y de interés para su público objetivo, que en su caso se trata de gente muy joven. El estilo de este muchacho (me cuesta un poco usar el término, porque aunque aún en la veintena no dejo de considerarle un adulto, joven pero adulto) es muy desenfadado, demasiado en realidad, rondando lo faltón. Aunque a mi me resulte repelente, en realidad es eso lo que espera su público: es así como ha conseguido millones de subscriptores y es así como consigue los preciados "likes" con los que se gana su dinero - "likes" que obviamente no obtendría de (casi) cincuentones como yo.

Como es natural, yo nunca tendría el más mínimo interés en mirarme un vídeo de esta persona, pero mi hija me dijo que era importante que lo viera, porque hablaba de Greta. Mi hija estaba indignada, porque le habían pasado el enlace y no daba crédito a lo que veía: ese individuo se dedicaba a criticar a Greta Thunberg de manera denigrante y por supuesto infundada.

No voy a poner un enlace aquí al vídeo de este señor porque no quiero darle una publicidad inmerecida, que, no olvidemos, es de lo que vive. Aunque, bien mirado, después de ver el vídeo llegué a la conclusión de que probablemente ha conseguido otras vías de financiación. Y es que, en medio de una serie de críticas ramplonas y completamente infantiles (insisto: a los 25 años uno ya es, o debería de ser, adulto), encontré un discurso bien estructurado e intencionado que me resultó muy familiar, completamente disonante con la vulgaridad y falta de profundidad de las críticas anteriores. Mientras que en la primera mitad del vídeo sus críticas son meramente imbéciles (una retahíla de apelaciones al ridículo y argumentos ad hominem sazonados con grititos, vocecitas e imágenes deformadas), en la segunda mitad se dedica a hacer una crítica argumentada contra las energías renovables por caras e ineficientes y una loa a la energía nuclear (en la que no podía faltar la famosa -y falseada- referencia a que a consecuencia del accidente de Chernóbil solo murieron 31 personas). La conclusión de este señor era que "ya hay gente que se está ocupando del cambio climático y no hace falta por tanto que venga una niñata sueca, que llora como una tonta porque le han robado su infancia cuando en realidad es una privilegiada".

No creo que merezca la pena desmontar toda la sarta de tonterías y falsedades que destila el vídeo de este señor (ya llevamos mucho blog para repetir siempre las mismas cosas). Mucho más interesante me parece, sin embargo, ver que la negacionía a sueldo de los grandes think tanks de las petroleras ha intensificado sus actividades delante de lo que podríamos denominar "la amenaza Greta". Por una parte, es obvio que se ha puesto en nómina a "profesionales" de un nuevo segmento comunicativo, el de los YouTubers, influencers y toda la nueva comunicación social. Estos nuevos ingresos en la larga caterva de empleados de la negacionía profesional tienen ciertamente por objeto llegar a la gente más joven, y está claro que se busca contrarrestar el gran predicamente que Greta tiene precisamente sobre ese segmento de la población. Por el otro lado, el gran despliegue mediático y el debate que se ha generado durante estas semanas sobre la joven sueca muestran hasta qué punto los negacionistas han comprendido que estamos en las postrimerías de la guerra climática. Se ha buscado centrar toda la discusión sobre Greta, como si destruyendo el mito montado sobre la pobre niña se pudiera cancelar el problema con la desestabilización climática.

Seamos claros: Greta es irrelevante. Es igual cuáles son las intenciones reales u ocultas de Greta. Es igual si ella es muy coherente o no lo es en su vida personal. No tiene ninguna importancia si ella está recibiendo una atención inmerecida porque lo que ha hecho no tiene tanto mérito al entender de algunos. El hecho de que muchos activistas ambientales en tantos lugares del mundo hayan perdido la vida por defender lo que es justo y que casi nadie lo sepa, tristísimo e indignante como es, no hace ni peor ni mejor a Greta, ni cambia la gravedad e importancia de lo que Greta habla.

Lo cierto y lo verdaderamente importante no es Greta. Es la crisis climática. Es la crisis ambiental. Es la crisis de los recursos. Es la crisis de sostenibilidad. Dejen a la niña en paz. ¿No tienen nada mejor de qué hablar? ¿No creen que deberíamos centrar nuestras energías en el problema gordo y real que tenemos? Y si esta chica inspira y moviliza a la gente más joven y no tan joven, ¿cuál es el problema? ¿Tenemos que exigirle a Greta que sea una santa para que esté a la altura del problema del cual habla? ¿Por qué tanta gente se obsesiona con Greta? En Italia han llegado a ahorcar su efigie (estamos hablando de una niña, no lo olvidemos). No somos pocos que pensamos que lo que más ofende de Greta es que sea tan joven y mujer, aunque eso es ya otra discusión.

Greta es solo un síntoma, la fiebre de una enfermedad largamente larvada. Es la punta del icerberg que sobresale en un mar de malestar, el epítome de una generación que sabe que le están robando el futuro con las peores y más deleznables excusas. Si fueran capaces de entender el momento histórico que estamos viviendo, no perderían energía intentando destruir a Greta: es solo un átomo en lo más alto de una montaña que mañana va a seguir ahí. Bajo Greta están Fridays For Future, By 2020 we rise up y Extinction Rebellion, entre otros, y más abajo todos los grupos ecologistas que han venido trabajando durante décadas para preparar el camino. Y más abajo aún está una parte creciente de la sociedad que está comenzando a comprender lo que está en juego.

En particular, Extinction Rebellion está aquí, y ha venido para quedarse. Extinction Rebellion (abreviado XR) es un movimiento que pretende pasar a una acción más directa para exigir a nuestros veleidosos gobernantes que tomen ya medidas realmente efectivas para atacar la crisis ambiental. No se conforman con hacer meras manifestaciones; XR toma las calles y por sus acciones intenta interrumpir el normal devenir de la economía, porque es el normal devenir de economía el que está causando la normal destrucción de la biosfera. En el Reino Unido es donde el grupo es más numeroso y activo. XR había preparado dos semanas de intensas actividades en las calles del Reino Unido, pero ya antes de comenzar la policía allanó sus locales y detuvo a unas 200 personas; en este momento, hay ya casi 600 detenidos. Se ve que protestar contra la normal destrucción de nuestro futuro es algo que no es aceptable dentro del BAU (o statu quo, como prefiere que se designe mi amigo Sebastián). Cuando ves que la policía detiene preventivamente a centenares de personas, antes incluso de que hagan algo, te das cuenta de hasta qué punto las grandes empresas se sienten amenazadas por la ola de protestas contra la inacción climática. A una escala mas modesta pero significativa, en España varios centenares de personas han acampado delante de la sede del Ministerio de Transición Ecológica e incluso alguno de ellos fue detenido por el grave delito del cortar el tráfico con sus protestas. La gente empieza a levantarse y el capital tiene miedo.

Tiene miedo y más que debería de tener. A la cada vez más palpable evidencia de que nos estamos dirigiendo a la siguiente crisis económica se añaden numerosos nubarrones en el horizonte internacional, que apuntan a que las cosas pueden acabar yendo mucho peor. En particular, hay amenazas muy serias en lo que a la producción de petróleo se refiere. Arabia Saudita ha podido contrarrestar temporalmente las pérdidas de producción que le produjeron los ataques a sus instalaciones, pero sin duda alguna esta normalización del flujo de petróleo se ha conseguido simplemente vendiendo el petróleo que ya tenían almacenado. Esto les da un par de meses de margen antes de tener que reducir drásticamente sus ventas por falta de mercancía, y obviamente depositan su esperanza en que en estos dos meses, trabajando frenéticamente, se pueda reparar lo suficiente las instalaciones para volver prácticamente a los niveles anteriores. Un equilibrio muy precario que en cualquier momento puede desmoronarse como un castillo de naipes: basta un pequeño retraso de un contratista o cualquier accidente menor para que todo se vaya al traste, y no digamos si vuelve a haber otro ataque. Y para añadir más grados de complejidad a la situación, la relativamente tranquila vida del reino saudí está sufriendo últimamente muchas perturbaciones que no auguran nada bueno - una de las últimas, la muerte del guardaespaldas del rey en un incidente bastante turbio. La inestabilidad en el entorno de la casa de Saud alimenta aún más las sospechas de que los ataques a las refinerías no fueron de origen iraní - máxime cuando ya no se habla de atacar al país persa.


Hay otras situaciones que nos tocan más directamente en casa. Aquí en España particularmente uno de los escenarios más peligrosos se sitúa en Argelia, el país que nos suministra el 60% del gas natural que consumimos y que algunos años ha sido nuestro principal proveedor de petróleo y siempre está entre los cinco más importantes. Pero la producción de petróleo llegó a su máximo en 2008, y la producción de crudo es ahora un 25% inferior a entonces. Por otro lado, la producción de gas está estancada desde principios de siglo mientras que el consumo interno ha ido aumentando, dejando cada vez menos gas para la exportación y además la calidad del gas se ha resentido. Todo ello combinado ha llevado a un rápido descenso de los ingresos por la venta de hidrocarburos, y este empobrecimiento sin duda aumenta la inestabilidad social en el país. De momento el Gobierno anuncia una tremenda reducción del 9,2% en los Presupuestos Generales para el año que viene. Si esta situación se prolonga demasiado, Argelia va a estallar. ¿Qué hará España, entonces?

Al otro lado del Atlántico, las revueltas en Ecuador están ocupando actualmente el foco mediático. Las imágenes de los asaltantes tomando el Parlamento han dado la vuelta el mundo. ¿Cuál ha sido el desencadenante de estas protestas? Sin duda ha habido muchos factores, pero uno de los más importantes ha sido el brutal encarecimiento de los precios de los combustibles (la gasolina ha aumentado a más del doble de su precio anterior). Ecuador, país productor de petróleo, no se puede permitir continuar subvencionando la gasolina a sus ciudadanos. Seguramente, los analistas económicos clásicos no vean la clara relación entre la eliminación de los subsidios domésticos y que hace unos días Ecuador anunciara su salida de la OPEP para el año que viene. Sin embargo, la explicación es simple si uno mira la evolución de la producción de petróleo del país.



Ecuador probablemente superó su peak oil particular en 2016 y está haciendo todo lo que puede por remontar la caída que ha sufrido desde entonces, abriendo nuevos campos aunque ello implique una mayor degradación ambiental y que la calidad del crudo sea mucho peor. Pero no le está bastando con eso; así pues, la única manera que tiene de intentar evitar la debacle fiscal es disuadir el consumo interno para tener más petróleo disponible para la exportación. Eso, al mismo tiempo, le implicaba salirse de la disciplina de la OPEP para intentar sacar el máximo beneficio de su petróleo. Así de simple y así de complicado, porque Ecuador no conseguirá vencer a las leyes de la Física y de la Geología, y por más empeño que le ponga no conseguirá mantener de manera duradera su producción de petróleo. Es por tanto de prever mucha más inestabilidad y problemas en el país andino.

Volviendo a Oriente Medio, son éstos días inciertos en Siria. EE.UU. ha decidido retirarse delante de la anunciada ofensiva turca contra los kurdos del norte de Siria. Se trata, sin duda, de un acto de guerra turco, ya que está atacando más allá de sus fronteras, pero obviamente nadie dirá nada: ni el Gobierno sirio, al cual ya le conviene que se debilite a las facciones insurgentes del norte del país, ni Rusia, país aliado de Siria, ni el resto de la comunidad internacional, que harán seguidismo a los norteamericanos. Se puede decir que es cosa hecha y que la autonomía del kurdistán sirio estará en breve liquidada. ¿Quién controlará los campos de petróleo del kurdistán sirio-iraquí? Eso es lo que se tendrá que decidir en las próximas semanas. En todo caso, los EE.UU. se lavan las manos. La segunda fase de la era del petróleo es demasiado costosa para que los americanos intenten mantener el control de todo el mundo.

Y todo eso es solo rascar la superficie de un conjunto de situaciones cada vez más complejas e inestables en todo el mundo. La situación se va degradando en muchos sitios de donde solo nos llegan noticias esporádicas e inconexas o ni tan solo oímos hablar: Yemen (donde la guerra de exterminio sigue), Venezuela (donde la interinidad de tener dos presidentes se ha convertido en algo estructural, dado el equilibrio táctico entre los dos bloques), Brasil (donde la deforestación del Amazonas sigue, aunque no se hable de ella, mientras se atropellan cada vez más los derechos civiles), Argentina (donde se aplican a machamartillo una vez más las draconianas normas del Banco Mundial, para mayor sufrimiento de la población), Chile (donde la preocupación por la caída de la producción de cobre crece a la par que la inquietud por el futuro),... Y podríamos seguir, también por Europa (por ejemplo, mirando al bodevil italiano, el Brexit, el embate de los chalecos amarillos que después de un año no cesa en Francia, etc).

Mucho más cerca de mi, la situación de Cataluña es, ahora mismo, tensa, por decir lo menos. El mundo político y social está en la espera del próximo anuncio de la sentencia que condenará a los líderes independentistas que hace dos años tuvieron la osadía de poner las urnas en la calle y preguntarle a la gente. Nadie duda de que los juzgados serán todos ellos condenados a prisión; solo los más ingenuos creen que las sentencias no serán tan duras como muchos anticipamos. El mundo independentista espera la sentencia para saltar a calle y protestar a una escala nunca antes vista. Yo tengo mis dudas sobre cuál será el alcance y la extensión real de estas protestas, y por su lado el estado español se prepara para lo que tenga que venir enviando más policías a Cataluña. Está claro que vamos a vivir unos días muy turbulentos.

El mundo entero es como un resorte comprimido por un pistón, y alguien está acercando su dedo al gatillo.


Salu2.
AMT

lunes, 30 de septiembre de 2019

Reseña de "Dirección estratégica para el siglo XXI: La gestión ante los límites del crecimiento", de José Anastasio Urra Urbieta


Hace unos meses, Tasio Urra me envió una copia de su manual para la dirección de empresas con la intención, primero, de compartir conmigo su contenido (para su valoración crítica) y, segundo, para que le hiciera una reseña en el blog. Los meses han pasado y mi carga de trabajo no ha disminuido, lo que ha hecho más dificultoso leer y analizar un libro de texto tan profundo y tan minucioso como el que hoy nos ocupa.

Pues "Dirección estratégica para el siglo XXI: La gestión ante los límites del crecimiento" es eso: principalmente, un libro de texto, dirigido a su enseñanza en las Facultades de Economía. Tasio Urra es profesor de Economía en la Universitat de València y su obra es, hasta donde yo sé, la primera que intenta armonizar una asignatura primordial en el programa lectivo de las mencionadas facultades (la dirección estratégica y el análisis de riesgos) con el que posiblemente es hoy por hoy el mayor riesgo al que van a tener que hacer frente las empresas en las próximos décadas: el choque contra los límites del crecimiento.

Este libro no trata de aleccionar sobre la gravedad del problema de la crisis de sostenibilidad de nuestra sociedad (el cual es sobradamente conocido por su autor) sino que, simplemente, acepta ese hecho - hasta ahora ninguneado en los textos más clásicos - y lo integra como un factor más en la gestión empresarial. Y aquí radica unos de los grandes méritos de este libro: es una mirada desapasionada al problema de los límites del crecimiento, en la que lo que se intenta extraer de éste todas las consecuencias lógicas que se derivan para la gestión empresarial. No se espere el lector, por tanto, un texto que adoctrine sobre la maldad intrínseca del capitalismo o que concluya sobre lo físicamente (y casi diríamos moralmente) erróneo de emprender. Al contrario, este manual nos dice cómo tenemos que integrar el hecho y de qué manera, integrándolo, podemos conseguir que nuestra empresa funcione. Funcione, lógicamente, de una manera muy diferente a cómo lo hacen las empresas de hoy en día, pero en todo caso proveyendo una estrategia racional para su gestión y su continuidad. En ese sentido, este libro de texto es valiosísimo, porque normaliza ese hecho, el de los límites del crecimiento. No es ya un tabú casi pecaminoso, que es como se suele tratar por los economistas neoliberales. No, los límites del crecimiento son un simple hecho más, como lo son las necesidades de capital o el correcto análisis del mercado hacia el que nos dirigimos.

Dado que nos encontramos con un manual dirigido a la enseñanza universitaria, el primer capítulo del mismo es una extensa introducción y discusión de los conceptos básicos de estrategia empresarial: por qué es importante, cuál ha sido su evolución histórica, de qué aspectos se ocupan. Todo presentado de una manera convencional, citando textos clásicos reconocidos. Esta parte, de enfoque más clásico, tiene sin embargo una amplitud de miras a la que no llegan los textos de hace 20 o 30 años, con una mayor y mejor discusión sobre las teorías morales (sobre la función de la empresa y su responsabilidad social) y cognitivas (sobre los sesgos y principios heurísticos en la toma de decisiones; particularmente interesantes son las discusiones sobre el optimismo infundado y el riesgo que conllevan). Incluso sin integrar la cuestión de los límites del crecimiento, el manual es un texto concienzudo y moderno. 

Después de este primer capítulo introductorio de conceptos, el manual pasa a un segundo de definición de los modelos de análisis, utilizando herramientas de análisis y gestión de riesgos y particularmente el modelo PESTEL (iniciales de Política, Económica, Social, Tecnológica, Ecológica y Legal, que son las seis dimensiones que se pretenden abordar). En este capítulo se empiezan a introducir índices numéricos, discutidos en la literatura, para poder cuantificar y hacer comparables - aunque siempre sea de manera aproximada y convencional - estos riesgos. Desde mi perspectiva de científico, en esta parte hay aún demasiados aspectos discursivos y convencionales y aún pocos aspectos cuantitativos y canónicos, pero se tiene que reconocer que el trabajo de compilar el conocimiento del campo es meritorio, lo que, de nuevo, hace de este manual un gran libro de texto.

A partir de estas herramientas, en el tercer capítulo se introduce el diseño de estrategias, mientras que el cuarto se dirige a la implementación práctica de dichas estrategias. Al margen de algunas discusiones interesantes (como por ejemplo cuando se habla de la resonancia de ciertas variables cuando se acerca una crisis, un descripción muy acertada de lo que es una no-linealidad), se trata de dos capítulos de estructura más clásica y más práctica.

Con esos primeros cuatro capítulos se cierra la primera parte del libro, y se pasa a  la segunda parte, dedicada a la aplicación de estos conocimientos generales a "un mundo en transición". Comenzando por el quinto capítulo del manual, se hace un análisis estratégico de la globalización usando el modelo PESTEL. Es aquí cuando, hablando de energía, comenzamos a ver citados muchos de los autores muy conocidos en este blog: Hall, Campbell, Laherrère, Capellán, García-Olivares, Hamilton, Prieto... Hasta se menciona a este blog. Sigue una extensa discusión sobre clima, con extensas citas al IPCC; después, se habla de la situación ecológica y por último de la tecnológica - y curiosamente, en vez del triunfalismo habitual de tecnoquimeras como la robotización y la singularidad, se muestra la gráfica de Huebner que indica que hace tiempo que superamos el cenit de la innovación.

Con estos mimbres, el sexto capítulo tiene el significativo título de "La necesidad de un nuevo paradigma económico y empresarial". Este capítulo, apoyándose en datos claros e incontestables, es una concatenación de puñetazos a los paradigmas que aún hoy dominan la visión en las grandes empresas, desde la mala definición de contornos adecuados para las teorías económicas vigentes hasta la falta de validación empírica de muchos postulados que, en realidad, cuando se examinan los datos crudos se ve que son radicalmente falsos. 

Entramos por fin en la tercera y última parte del libro: "Dirección estratégica para el siglo XXI". El capítulo 7 introduce la economía ecológica y el 8, la economía del bien común, siendo mucho más detallada la discusión de la segunda ya que en cierto modo el autor la considera como una implementación práctica de la primera. El capítulo 9 discute los valores de la Economía Ecológica y la Economía del Bien Común en la práctica, con ejemplos como el de La Fageda o el Celler La Muntanya - y yo aquí añadiría algunos ejemplos cercanos a mi, aquí en el Ampurdán. El manual se cierra con unas conclusiones que merece la pena que las lean Vds. mismos, y  unos anexos útiles con los criterios de balance a aplicar en casos prácticos.

La lectura de este manual es, para personas como yo, muy alentadora, porque lo que Tasio Urra ha demostrado es que se puede enseñar en nuestras facultades economía con sentido común. Ojalá que las personas que hoy en día están en los consejos de ministros o en los de administración se hubieran podido formar con este manual.
 

martes, 17 de septiembre de 2019

Aceleración



Queridos lectores:

El pasado sábado 14 de septiembre de 2019, al menos 10 drones atacaron las instalaciones petrolíferas de Arabia Saudita en Abquaiq y Khurais, afectando gravemente refinerías, depósitos de almacenamiento y sistema de distribución en esos lugares. Como consecuencia de esos ataques, la producción de petróleo saudí se ha reducido a menos de la mitad, o lo que es lo mismo en más de 5 millones de barriles diarios (Mb/d). Dado que la producción total de todos los líquidos del petróleo es de unos 95 Mb/d, eso supone retirar del mercado mundial algo más del 5% del petróleo que se consume hoy en día. Las milicias hutíes que combaten a Arabia Saudita en Yemen han reivindicado el ataque, aunque los EE.UU. se han apresurado a señalar con el dedo a Irán como probable financiador y cerebro de la operación. Ésta es, más o menos, la descripción oficial de lo que ha pasado.

Existen muchas dudas sobre el verdadero origen y naturaleza de los ataques. Las instalaciones petrolíferas de Arabia Saudita llevan ya tiempo siendo objetivo de ataques por parte de grupos radicales que buscan desestabilizar a la monarquía saudí atacando al corazón de su economía, y por ese motivo estas instalaciones están dotadas de numerosos sistemas de vigilancia, control y defensa, que en el caso particular de los drones incluye inhibidores de frecuencia y sistemas antiaéreos. Hasta la fecha se habían producido más de media docena de ataques con drones de origen yemení que habían sido completamente inefectivos gracias, justamente, a esos sistemas de defensa. Resulta por tanto sorprendente la eficacia, simultaneidad y número de estos ataques, que han dejado a Arabia Saudita de rodillas. Yo no quiero entretenerme a discutir aquí otras hipótesis alternativas sobre lo que realmente ha pasado, pero sí que querría apuntar diversos datos para su consideración. Por una parte, Yemen es hoy en día un país devastado por una terrible guerra civil, guerra que agrava la participación de una coalición extranjera con Arabia Saudita a la cabeza y que pretende un objetivo nada claro. Eso hace muy difícil que los hutíes puedan disponer de algo tan sofisticado como unos drones militares tan precisos. Mantener la premisa de que han sido los hutíes lleva al corolario de que necesariamente han sido ayudados desde el exterior, al menos financieramente; el problema es que no hay sospechosos razonables. Para los iraníes, embarcarse en una campaña de destrucción de las instalaciones petrolíferas de su gran rival en la región es prácticamente suicida, ya que ellos también tienen muchas instalaciones igualmente vulnerables; además, Arabia Saudita permanece bastante tibia frente a las acusaciones a Irán, lo cual indica que el reino de Saud no ve probable que los iraníes estén detrás (y el propio presidente Trump ya ha dejado claro que no piensa atacar Irán, aunque lo vigilarán de cerca). Hay quien ha indicado que el ataque podría ser un atentado de falsa bandera de los EE.UU. para catapultar el precio del petróleo y así favorecer la industria del fracking estadounidense. Sin embargo, es dudoso que tal maniobra fuera beneficiosa para el gigante americano: como comenta Matthieu Auzzaneau en su último artículo, la producción de petróleo de los EE.UU. probablemente ya ha tocado techo y la previsible escalada de precio del petróleo poco va a ayudar a resolver ese problema. Además, una subida del precio del petróleo muy brusca probablemente generará una recesión económica global, que tampoco beneficia a los EE.UU. Por acabar, Arabia Saudita es un aliado estratégico de los EE.UU. en la región y no parece sensato poner en peligro esa relación especial, cuando sería mucho más conveniente ejecutar ataques de ese estilo en el lado iraní para conseguir el mismo efecto de subida de precios. Además, significativamente Arabia Saudita tampoco ha señalado con el dedo a los EE.UU.. Existe una tercera posibilidad bastante más agobiante, y es que en realidad este ataque haya sido un sabotaje de una facción de los propios saudíes, que buscan desbancar del poder al actual príncipe y sus previsibles herederos. Si fuera un conflicto interno saudí (en el que posiblemente ni hubiera habido drones, lo que explicaría la precisión y simultaneidad), todo el mundo tendría interés en crear cortinas de humo mientras la situación se aclara internamente. Sea como sea, éste es terreno abonado para la especulación y sin demasiado interés para las cosas que prefiero discutir.

Dentro de la confusión en parte deliberada, aún no sabemos cuánto tiempo llevarán las reparaciones de las instalaciones afectadas. Algunos analistas apuntan a que harán falta muchas semanas, lo que puede acabarse traduciendo en unos cuantos meses, y eso suponiendo que se pueda mantener un clima de estabilidad adecuado. La cuestión de la estabilidad social del reino no es menor porque Arabia Saudita no puede permitirse perder tantos ingresos de manera prolongada. Comentábamos ya hace unos años que para mantener su balanza fiscal equilibrada Arabia Saudí necesita que el precio del barril de petróleo se mantenga consistentemente por encima de los 100 dólares. Pero desde 2014 el precio medio es aproximadamente la mitad, lo cual ha hecho que Arabia Saudita haya conocido sus primeros déficit fiscales en décadas, que vinieron acompañados con ciertos recortes sociales que hicieron crecer el malestar. Pero una reducción de la producción de petróleo a la mitad, sobre todo si es prolongada, puede ser catastrófica para Arabia Saudita, un país con muchas desigualdades. Si la situación se prolonga demasiado, el riesgo de que haya una revolución aumentará.  Si se produce un segundo ataque tan exitoso como éste, la revolución será prácticamente inevitable. Así que una pieza clave de la siguiente fase del declive energético pende, literalmente, de un fino hilo.

Se debe tener en cuenta, además, que Arabia Saudita está probablemente llegando ya, si no estaba allí aún, a su máximo de producción de petróleo. Hace años comentábamos que Arabia Saudita no sacaba al mercado el petróleo de su campo de Manifa, a pesar de que se podían extraer hasta 1 Mb/d de él, debido a que ese petróleo estaba excesivamente contaminado por vanadio. Se esperaba entonces que las nuevas refinerías, que tendrían que estar listas a finales de la década de los 20, podrían procesar este crudo. Pero la situación de la producción saudí no pudo esperar tanto tiempo, y ya en 2014 el campo de Manifa se puso en producción. ¿Cómo se resolvió el problema de su baja calidad? Simplemente, mezclándolo con el resto de crudos saudíes, rebajando la calidad global de su petróleo pero manteniéndolo en unos niveles que eran aceptables para las refinerías. Pero después de Manifa ya no quedan ni se esperan nuevos grandes yacimientos. Los ataques del pasado sábado van a servir, entre otras cosas, para cubrir con una sábana el elefante de que uno de los mayores productores de petróleo del mundo ha pasado ya su peak oil. Cuando pasen los años y la producción de Arabia Saudita nunca se recupere del todo se alegará que todo es culpa de aquellas instalaciones destruidas y con eso podremos ocultar la realidad quizá diez años más y ganar otra década de excusas.

Mirando ahora el panorama global, un descenso del 5% de la producción mundial de petróleo hará que la crisis (cada vez más reconocida) que se avecina sea extremadamente aguda. Cuando se produjo la crisis de 2008 la caída del consumo de petróleo fruto del parón económico fue solo del 2%, así que pueden imaginarse qué efecto sobre la actividad puede tener un caída del crudo disponible de más del doble.





Hace ya algunos años, David King y James Murray publicaron un artículo en Nature en el cual analizaron, entre otras cosas, cuál era la elasticidad de la producción del petróleo, es decir, la capacidad de la producción de petróleo de responder a los incrementos de demanda.





El artículo fue publicado en 2012, con lo que obviamente no se tiene en cuenta la capacidad del fracking de mejorar un poco esa elasticidad. De acuerdo con la estimación de King y Murray, la elasticidad de la producción de petróleo se encuentra en torno a los 25 $/barril por cada Mb/d adicional que se quiera producir. Por tanto, una caída de la producción de 5 Mb/d tiene el potencial de hacer subir el precio 125 $ más de lo que estaba hace unos días, es decir, hasta los 185$. Aceptando que el fracking haya conseguido reducir la elasticidad quizá a solo 20 $/barril por cada Mb/d, estaríamos igualmente ante una subida potencial del precio del petróleo de unos 100$ $/barril, hasta los 160 $/barril. Es decir, la situación actual, de prolongarse, tiene el potencial de llevar el precio del barril por encima de los máximos absolutos de 2008, justo cuando se desencadenó la Gran Recesión. De momento, tanto Arabia Saudita como EE.UU. van a movilizar sus reservas de petróleo almacenadas, pero eso solo puede conceder un balón oxígeno momentáneo, de un par de meses. Si la reparación de las instalaciones saudíes se prolonga más de ese período (lo que es probable) la subida del precio inmediato (no las especulaciones a futuro, que es lo que se está viendo ahora mismo) será inevitable y muy fuerte.

La coincidencia temporal entre esta caída súbita de la producción y la recesión ya inminente va a agravar esta última. Si no hay una forma rápida de reparar las refinerías y depósitos saudíes, la subida de precio del petróleo durante las próximas semanas va a acelerar nuestra caída en la recesión. Justamente porque la recesión está ya a las puertas resulta improbable que la subida de precio del petróleo llegue a su máximo potencial (los 185 $ por barril que comentábamos antes) porque la demanda va a caer fruto de la recesión y el precio no podrá llegar tan alto; pero a diferencia de 2008 el precio del petróleo no va a caer hasta los 40$ por barril en el momento de más intensa recesión económica, sino que se va a mantener alrededor de los 100$, en el umbral del dolor para la economía mundial. Cómo se va a conjugar con la crisis saudí y con la siguiente ronda de recesión, y los posibles conflictos dentro de los países y entre ellos, es algo que iremos descubriendo en los próximos meses.

Salu2.
AMT

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Entendiendo el Cambio Climático

 
Queridos lectores:

Hace poco participé en la grabación de un programa de una televisión española (de momento no les puedo decir más sobre el programa en cuestión, salvo que se emite este domingo). En un momento dado, el conductor del programa me preguntó sobre qué pensaba sobre un manifiesto difundido hace unos meses, en el que un grupo de científicos italianos vertían vitriólicas críticas contra lo que consideran "la estafa del cambio climático" y que denuncian que éste no es real porque no se han tenido en cuenta diversos factores (ciclos del Sol, erupciones volcánicas, etc). Yo le respondí que dentro de la comunidad científica que se dedica a estudiar el Cambio Climático hay prácticamente consenso (97%) en que el Cambio Climático es real, antropogénico (causado por el hombre con las emisiones de gases de efecto invernadero) y acelerado; y que toda esta gente que "denuncia" que no se ha tenido en cuenta tal o cual factor miente, porque todos esos factores sí que se consideran en los modelos numéricos que se usan para predecir el clima del futuro. Precisamente la presencia de esos factores, que a veces suman y a veces restan, es lo que explica que la temperatura y el resto de variables climáticas que se examinan no sigan un camino simple, sino punteado con numerosas oscilaciones. Vemos un ejemplo: aumento de la temperatura media de la Tierra durante las 17 últimas décadas, tomando como referencia el año 1970:



Un simple vistazo a la gráfica nos muestra que de 1920 a 1970 probablemente la temperatura de la Tierra comenzó a subir gradualmente, y que a partir de 1970 claramente hemos entrado en una fase de aumento de la temperatura bastante acelerado y consistente. Y sin embargo verán que sobre la tendencia general a aumentar hay superpuesta una oscilación bastante importante, con una amplitud variable pero que puede llegar a ser de 0,4 ºC o más. Fruto de la fase ascendente de una de esas oscilaciones un poco más fuerte, en 2016 la temperatura media del planeta subió mucho con respecto a su valor en los años anteriores; lógicamente, durante 2017 y 2018, entrando ya en la fase descendente de la oscilación, la temperatura media volvió a su línea de referencia, que continua siendo una línea ascendente. Y sin embargo no hace mucho me encontré con el argumento de que en realidad vamos a una glaciación porque en los dos últimos años hemos bajado más de 0,4ºC. Cualquiera que mire esta gráfica se da cuenta inmediata de la tergiversación y la manipulación absoluta de la verdad del que eso afirme. Pero ahí están, una pequeña legión de negacionistas que intentan "demostrar" que "la ciencia oficial" está engañando a la ciudadanía por oscuros y perversos motivos. La realidad es que cualquiera que tenga experiencia directa de campo habrá podido comprobar cualquiera de los numerosos indicadores que nos muestran que el clima está cambiando y que lo está haciendo rápidamente.

Al finalizar la grabación, el conductor del programa se disculpó por haberme planteado esa pregunta tan inoportuna. Yo le dije que, al contrario, me parecía una pregunta pertinente y necesaria, puesto que algunas personas tienen la falsa impresión de que la ciencia del Cambio Climático no se está ejecutando con el rigor debido, como si los que son los verdaderos especialistas no hubieran caído en la cuenta de esos factores "que lo cambian todo". Lo cual es bastante poco verosímil, si se paran a pensarlo, teniendo en cuenta que son los mismos "factores no contabilizados" que llevan alegando desde hace 20 años: ¿alguien se cree que a estas alturas no habría habido ya algún equipo científico que hubiera incorporado esos factores para ver si, efectivamente, contradicen lo que los modelos y la propia experiencia de campo nos indican? Incluso aceptando que la mayoría de la comunidad científica son corruptos o imbéciles, ¿no piensan que alguna petrolera no habría financiado ya un estudio de esas características para contrarrestar la mala propaganda del Cambio Climático? Lógicamente, no pueden financiar tal estudio porque todos esos factores que nos dicen que "no se han tenido en cuenta" (desde la variabilidad de la actividad solar hasta los ciclos naturales del planeta) en realidad sí que se incluyen en los modelos estándar que se usan hoy en día en la predicción climática.

Una de las cosas más curiosas que he observado durante los últimos años, en cuestión de realmente muy poco tiempo, 5 años a todo estirar, es que a estas alturas en ningún foro medianamente serio - en Europa, cabe añadir; luego hablaremos de otras regiones - nadie discute la existencia de un Cambio Climático causado por las emisiones de gases de efecto invernadero, ni siquiera las empresas a las que más se señala como responsables de la crisis climática actual. De hecho, en ese debate televisivo en el que participaba nadie cuestionaba la veracidad del Cambio Climático, y eso que había un representante de una petrolera. Parece que ya no es el momento de intentar sembrar la duda sobre lo que parece obvio e inevitable. En lo único que sí que hubo cierta discusión y confrontación en ese debate fue en las medidas a adoptar y el calendario para su adopción; ahí sí que claramente se vio que la posición de la industria es en favor de una transición lenta y moderada, mientras que el mundo científico y el activismo son perfectamente conscientes de que hay que apostar por cambios rápidos y radicales. Viendo como ha ido todo, me da la impresión de que el mundo empresarial europeo quizá no ha llegado aún a aceptar esos cambios rápidos y radicales, pero ya llegará. Pensando en esa evolución paulatina de las posturas oficiales, me acordé de los cambios que ha hecho la propia Comisión Europea: hace 20 años hablaba de "prevención del Cambio Climático"; hace 10 años, la idea clave era la "mitigación"; y ya hace unos 5 años que la posición dominante, sin descartar la mitigación, es la "adaptación". Viendo esta evolución, esa aceptación tácita de que cada vez hay menos en nuestro mano para luchar contra este problema, cabría preguntarse si el concepto definitorio de dentro de 5 años no será "sálvese quién pueda".

Al otro lado del Atlántico y en algunos rincones de Centroeuropa nos encontramos otro tipo de líderes que hacen de la negación del Cambio Climático uno de los puntos importantes de su agenda. Y aunque resulte paradójico, esos tipos probablemente están entendiendo lo que significa el Cambio Climático mucho mejor que muchas otras personas que dicen tener "conciencia ecológica". Porque esas personas que se creen que están "salvando el planeta" porque conducen un coche híbrido o eléctrico, instalan paneles solares en su casa o separan sus residuos y los reciclan, al no seguir el ciclo de vida de los materiales que consumen y de los residuos que generan no se dan cuenta de que a lo mejor sus elecciones de consumo tienen un impacto mayor que otras opciones consideradas más convencionales y "sucias", y en todo caso muchísimo mayores de lo que deberían ser si queremos evitar destruir nuestro hábitat. Por el contrario, Donald Trump, Jair Bolsonaro y todos los incendiarios de esta orilla del Atlántico comprenden perfectamente que el Cambio Climático implica la necesidad de un cambio radical, comenzando por una disminución enorme del consumo: es por eso que furibundamente lo niegan, porque si lo aceptasen saben perfectamente que los cambios a hacer no son meramente cosméticos y destinados a aliviar la propia conciencia.

Pero incluso estos adalides de la Reacción tienen sus días contados, o al menos están condenados a modificar su posición con respecto al Cambio Climático. El propio Trump, persona con mucho olfato político, está empezando a suavizar sus diatribas en esta cuestión (a su estilo: un día da la de cal y otro la de arena). Se comienza a detectar el surgimiento de una nueva Reacción (término que prefiero al simplista y no verdaderamente definitorio de "extrema derecha") en el que sus líderes aceptan la realidad del Cambio Climático y comienzan a configurar su programa de Reacción siguiendo una línea hace tiempo anticipada y temida: el ecofascismo.

Sea como sea, y viendo el ritmo de evolución de los acontecimientos tanto climáticos como políticos, es bastante probable que en uno o dos lustros ya ninguna personalidad pública defienda el negacionismo climático. En Europa Occidental su retroceso es más evidente, pero también llegará a los EE.UU. y al resto de los países. Yo vislumbro un futuro nada lejano en el que los trolls que se dedican a dar la murga con el manido argumentario negacionista comenzarán a desaparecer como por ensalmo, como si nunca hubieran existido. Los verdaderamente profesionales, los mercenarios de la mentira y la duda, ésos desaparecerán de la noche al día sin dejar ni rastro, fieles a sus contratos. A los trolls que ejercen de tales por convicciones ideológicas les costará un poco más, pero al final seguirán la enseña de su amo y plegarán velas con él, buscando nuevos frentes donde mejor servirle. Al final quedarán solamente, dispersas, las clases bajas del energumenismo climático, el lumpentrolletariado, ciudadanos de a pie que se han abonado a la supuesta teoría de la conspiración, que han caído en el pozo de la radicalización del que siempre es difícil salir. Esos últimos trolls que languidecerán en foros donde nadie les hará caso, luchando por una causa justa que nadie comprende, tontos útiles de los que los poderes políticos y económicos se han aprovechado durante estos años y que entonces quedarán en tierra de nadie.

Incluso entre la gente que me es afín hay quien tiene una posición beligerante con respecto al drama del Cambio Climático. Hace unos días se revitalizó una discusión recurrente en ciertas partes de la esfera peakoiler: la crítica a los escenarios de mayores emisiones contemplados por el informe del IPCC (el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, por sus sus siglas en inglés) porque, simplemente, no hay suficientes combustibles fósiles para producir tanto CO2 como se considera en tales escenarios. La amarga crítica de estos picoleros nace, probablemente, del desdén que les causa ver cómo el Cambio Climático es ahora un tema de consenso transversal en Europa (y, como digo, pronto en todo el mundo), conocido y aceptado desde el ciudadano común hasta las altas esferas políticas y empresariales; mientras que la escasez de recursos  en general y el peak oil en particular sigue siendo, a pesar de su gravedad concomitante con la del Cambio Climático, un tema mayormente desconocido, cuando no ninguneado. Para mi es una discusión sinsentido: los diversos escenarios del IPCC se plantean para estudiar cómo son de sensibles los modelos climáticos a los diferentes valores de la variable de referencia (concentración de gases de efecto invernadero), y no tanto como trayectorias realistas. Por supuesto que no hay suficientes combustibles fósiles para producir tanto CO2 como se asume en el escenario 8.5, pero tampoco existen sistemas de captura y secuestro de CO2 a la escala que los contemplan todos los escenarios del IPCC (al menos un 40% de CO2 capturado); y tampoco contemplan esos modelos el efecto de la liberación rápida del metano contenido en los clatratos marinos y en el permafrost. Todo eso da igual: los modelos del IPCC sirven para ajustar la sensibilidad a ese parámetro y para darnos un cono de incertidumbre, un idea del rango de valores por donde se va a mover la evolución futura del clima de nuestro planeta. No se trata de hacer una predicción realista de dónde vamos a estar dentro de 30 o 50 años, sino estimar correctamente las tendencias a corto plazo e ir corrigiendo y mejorando los modelos.

Últimamente, todo en mi actividad profesional gira en torno al Cambio Climático. Escribo esto en el tren de regreso para mi casa, después de haber estado en una reunión en la sede de la Agencia Espacial Europea (ESA) en Roma. La reunión, o más bien pequeño congreso, iba sobre el uso de métodos de inteligencia artificial para mejorar nuestra predicción climática, dentro de la de la Iniciativa contra el Cambio Climático (CCI), un programa científico y técnico de la ESA en el que yo participo a través de un proyecto con diversas entidades europeas, en nuestro caso estudiando la salinidad superficial del océano y sus cambios. Hay mucho interés y mucha necesidad, es un sector estratégico para los intereses de Europa. Reuniones, proyectos, decisiones... Estando allí me comentaron que la líder de nuestro proyecto CCI ha decidido que a partir de ahora se desplazará a las reuniones en tren, siempre que sea posible. Pensaba en eso mientras las turbulencias que generaba el frente que ha barrido Barcelona las pasadas horas nos iba zarandeando salvajamente en el avión en el que volvía. Odio volar y me encantan los trenes, sobre todo los convencionales, como los que cojo cada día para ir a trabajar en Barcelona. Pero viajar lento es un lujo que no está al alcance de todo el mundo; es un lujo no por el precio, y desde luego no por el impacto ambiental (muchísimo menor al del avión), sino por el tiempo, esa materia prima que nos falta con desesperación. Pero, pensaba, dentro de poco, viajar (es igual si lento o rápido) será simplemente un lujo.

Todo en mi día a día se refiere al Cambio Climático.

Hablando de evidencias del Cambio Climático: en la reunión tuve la ocasión de presentar algunos resultados preliminares del trabajo de mi grupo en el Océano Glacial Ártico. Tenemos vigente un contrato con la ESA para producir datos de salinidad superficial del océano en la región, un contrato que está llevando, con gran éxito, mi compañero Justino Martínez. Yo presentaba, entre otros, sus resultados.

Se acordarán quizás de un post que escribí en 2012, "Las Guerras del Hambre". Allí enseñaba unos mapas bastante preocupantes de la superficie de Groenlandia que se había vuelto líquida durante ciertos días de julio.



Entre el 8 y el 12 de julio de 2012, casi el 100% de la superficie de Groenlandia se volvió agua. Un evento que podríamos calificar de extraordinario, de no ser porque volvió a suceder en 2016 y ha vuelto a suceder este año 2019. La mayoría de ese agua se volvió a congelar en el sitio, pero una cantidad desconocida se filtró por las grietas de la cubierta helada de Groenlandia y seguramente acabó en el mar. Toda ese agua fría y dulce puede causar grandes disrupciones en la circulación oceánica con consecuencias de largo alcance no solo para el clima del Ártico, sino de todo el Hemisferio Norte, pero hasta ahora no habíamos sido capaces de observarla.

La imagen inferior, generada por Justino Martínez, muestra las anomalías (diferencia con el valor típico de la zona) de salinidad observadas entre los días 11 y 19 de julio de 2012; están expresadas en gramos de sal por cada kilo de agua marina. Las zonas marcadas en blanco corresponden con la presencia de hielo marino. La gran mancha azul que va desde Groenlandia hasta Islandia es sin duda debida a la descarga de agua dulce proveniente del deshielo superficial en Groenlandia. Es la primera observación de este fenómeno, y sorprende tanto su extensión como su intensidad. Seguramente Groenlandia está descargando más agua dulce de lo que pensábamos. Y éste es solo uno más de los signos de esta catástrofe global; cuanto más investigamos, más problemas descubrimos.




Mucha suerte, Justino. Mis pensamientos están contigo.

Salu2.
AMT