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jueves, 20 de marzo de 2014

Teoría de la congestión



Queridos lectores,

Luis Cosin nos ofrece esta semana un interesante ensayo sobre los efectos de la congestión, no la nasal a la que estamos habituados en períodos invernales, sino cuando muchos usuarios se bloquean entre así al intentar acceder a un recurso limitado.

Salu2,

AMT  

FENÓMENOS DE CONGESTIÓN
En un post anterior tratamos la relación entre disponibilidad de recursos y libertad de elección, y dimos una pequeña ilustración de lo que en matemáticas se conoce como “grados de libertad”.
Vamos a profundizar un poco en este tema, siguiendo las ideas de Brian Arthur, economista e investigador de Stanford. Una exposición excelente y muy didáctica de lo que vamos a desarrollar en este post se encuentra en el libro “El Átomo Social”, de Mark Buchanan, que usaré como guía.
Intuitivamente, todos sabemos que, en un juego de asignación de recursos a usuarios, cuando el número de recursos que se asignan es más que suficiente para satisfacer todas las necesidades de todos los usuarios, la sensación que tenemos es de libertad de elección, de ausencia de límites y de inexistencia de condicionantes sobre nuestro comportamiento y nuestras elecciones.
Básicamente, podremos hacer “el uso que queramos” sin que encontremos obstáculos ni inconvenientes para ello.
A medida que la relación recursos/usuarios disminuye, empiezan a manifestarse restricciones, que aplican sobre el conjunto de todos los usuarios. Ninguno de los usuarios experimenta directamente estas restricciones, pero en el agregado se producen lo que podemos denominar “cuellos de botella”, que son situaciones puntuales, provocadas por una combinación de decisiones individuales, en las que se da la incapacidad puntual de dar una respuesta satisfactoria a todas las necesidades planteadas.
Llamamos a este fenómeno “congestión”.
Podemos observarlo diariamente en los atascos que se producen en las grandes ciudades en hora punta.
 
Lo que se observa en la realidad es que los episodios de congestión se producen con mucha más frecuencia, y mucho antes de lo que sería de esperar suponiendo un comportamiento “racional” de los usuarios.
Volviendo al caso de los atascos de tráfico, con frecuencia se observa que unas infraestructuras calculadas teóricamente para soportar el tráfico medio diario, e incluso el tráfico en hora punta normal, se colapsan con mucha más frecuencia de lo que sería de esperar.
A la hora de modelizar un comportamiento que es un agregado o suma de comportamientos individuales, todo resulta mucho más sencillo si asumimos que dichos comportamientos individuales son independientes (es decir, que la decisión particular de un individuo no influye en las decisiones de los demás).
En estas condiciones, un resultado muy importante de la estadística matemática denominado “teorema del límite central” afirma que la distribución del agregado sigue una curva muy particular: la distribución normal o gaussiana.
La experiencia confirma este resultado teórico en multitud de fenómenos naturales. Así, son normales: la distribución de tamaños y estaturas en una población, la esperanza de vida, las calificaciones en un examen… etc.
Sin embargo, en multitud de fenómenos sociales, humanos, donde una parte de la variabilidad es explicada por decisiones individuales, se observan lo que se conoce como “colas anchas”, es decir, la probabilidad de aparición de fenómenos extremos es muy superior a la que cabría esperar de una distribución estadística normal:
 
Esta observación no es baladí: la sonada quiebra del fondo de inversión especulativo Long-Term Capital Management, donde trabajaba lo mejor de la materia gris de Wall Street (incluidos dos premios Nóbel de economía), se debe a que el modelo que utilizaba para predecir la volatilidad de un activo financiero se aproximaba a una distribución normal, y falló estrepitosamente a la hora de predecir la probabilidad de movimientos de gran calado en un periodo de tiempo dado (como finalmente ocurrió).
Un caso particular, definido como “El Bar El Farol”, sirvió de inspiración a Brian Arthur para encontrar un modelo alternativo, que permite explicar mejor el fenómeno de la congestión, y que se engloba dentro de lo que genéricamente se llaman “juegos de la minoría”:
“El problema del bar "El Farol" es un problema planteado en el marco de la teoría de juegos. Se basa en una anécdota real acontecida en un bar de la ciudad de Santa Fe (Nuevo México) llamado "El Farol" y fue planteado inicialmente por el economista Brian Arthur[1] en 1994. El planteamiento del problema es el siguiente: En Santa Fe hay un número finito de personas. El jueves por la noche, todo el mundo desea ir al Bar "El Farol". Sin embargo, "El Farol" es un local muy pequeño, y no es agradable ir si está repleto. Así pues, existen las siguientes "reglas" en el lugar:
  • Si menos del 60% de la población va a ir al bar, entonces es más divertido ir al bar que quedarse en casa.
  • Si más del 60% de la población va a ir al bar, entonces es menos divertido ir al bar que quedarse en casa.
Lamentablemente, todo el mundo necesita decidir si ir o no ir al bar al mismo tiempo y no es posible esperar para ver cuanta gente antes que ellos ha decidido ir.”
Casos como éste muestran que los seres humanos no toman decisiones racionales. La decisión racional en este caso sería ir la mitad de las veces, quizá aleatoriamente, es decir el bar estaría siempre medio lleno, cosa que no ocurre en la práctica.
Lo que propuso Brian Arthur es que, en casos como éste:
  • La gente “aprende” a reconocer patrones y tendencias pasadas.
  • A partir de ellos, elaboran teorías de lo que ocurrirá en el futuro, racionalizando las observaciones.
  • Y dichas teorías son la base de sus decisiones.
En este caso, las “teorías” podrían ser cosas como:
  • “El bar siempre está vacío después de un día de lleno total”.
  • “El bar suele estar lleno a principios de mes”.
  • “El bar está lleno en verano”.
  • …etc.
A poco que pensemos, en realidad el número de teorías “prácticas”, es decir, realmente tenidas en cuenta por una cantidad significativa de personas, es relativamente pequeño.
Basta observar, por ejemplo, el juego “anomalía” propuesto por Richard Thaler en 1987 en una revista económica de gran tirada en la que animaba a cotizar un número entre 0 y 100. El ganador sería quien propusiese el número más cercano a 2/3 de la media propuesta por el resto (una variante del  conocido juego de las 7 y media).
La respuesta racional es “0”, pero sorprendentemente, casi nadie la dio. La mayor parte se quedó a medio camino y contestó 2/3, 4/9… es decir, usó un razonamiento de “racionalidad limitada”, y no llevó la lógica hasta sus últimas consecuencias.
Pues bien, la propuesta de Brian Arthur es que cada uno de los clientes del bar se acoge a una “teoría favorita” de entre un número limitado, finito, de teorías útiles. Cuando el número de usuarios es pequeño, quedan teorías válidas sin “patrocinar”, y como consecuencia, aún resulta interesante entrar en el juego. Un observador cuidadoso puede encontrar un patrón útil.
Sin embargo, cuando el número de participantes es muy grande (o el número de opciones es pequeño) la probabilidad de que queden teorías útiles sin patrocinar tiende a cero.
De hecho, lo que se observa mediante modelización por ordenador es que el juego pierde rápidamente su atractivo, porque los fenómenos de congestión se producen cada vez más frecuentemente y no parecen responder (de hecho “no pueden” responder) a ninguna teoría simple que los explique razonablemente bien.


Referencias:

lunes, 27 de enero de 2014

Potencia versus rendimiento


Queridos lectores,

Hace algún tiempo escribí sobre por qué el problema de esta sociedad no es la energía, sino la potencia, y allí explicábamos que mayor potencia implica menor rendimiento y por tanto peor TRE  y menor viabilidad. Luis Cosin ha retomado el tema y muestra cómo se relaciona la potencia y el rendimiento en unos casos concretos. Un post técnico útil para fijar algunos conceptos básicos.

Salu2,
AMT 


POTENCIA Y RENDIMIENTO
Potencia es la rapidez con la que un dispositivo intercambia energía (en cualquiera de sus formas, es decir, genera o absorbe calor o energía eléctrica y/o realiza un trabajo) con otro sistema o con el medio.
En otras palabras, potencia es la energía intercambiada, E, por unidad de tiempo:
    P = E/t
Veremos que, en general:
“Las máquinas más eficientes son las más grandes y/o las que tienen menos potencia”
Dicho de otra manera, para una máquina dada:
“A mayor potencia de trabajo realizado, mayor potencia disipada y menor rendimiento global”
Para ilustrar esta afirmación, vamos a ver la relación que existe entre potencia y eficiencia en dos grandes tipos de máquinas: las térmicas y las eléctricas.
Puesto que vamos a tratar de máquinas, dividiremos por conveniencia la energía en tres grandes trozos: el trabajo realizado (W), el calor disipado (Q) y el resto de energía (E) que puede ser, por ejemplo, energía eléctrica. Asumiremos que el rozamiento es despreciable.
En estas condiciones, en una máquina que produce o absorbe trabajo, se cumple la siguiente igualdad fundamental:
    E + Q + W = 0
Que no es más que una versión del principio de conservación de la energía: la energía absorbida o cedida al medio es igual al calor absorbido o cedido al medio más el trabajo absorbido o cedido al medio (con sus signos correspondientes: normalmente se adopta el “criterio egoísta”, según el cual la energía recibida tiene signo positivo y la cedida, negativo).
Si dividimos por el tiempo, tenemos:
    E/t + Q/t + W/t = 0
Es decir, en términos de potencia, y con el mismo criterio de signos:
    P(utilizada) + P(disipada al medio) + P(trabajo realizado) = 0
Dividiendo por la P(utilizada):
    1 + P(disipada al medio)/ P(utilizada)  + P(trabajo realizado)/ P(utilizada)  = 0
Teniendo en cuenta que el trabajo realizado tiene signo negativo, ya que se realiza sobre el exterior:
    1 + P(disipada al medio)/ P(utilizada)  - Rendimiento = 0
Despejando:
    Rendimiento = 1 + P(disipada al medio)/ P(utilizada)
Que está entre 0 y 1, ya que la potencia disipada tiene signo negativo y es inferior a la potencia usada.

CASO DE MAQUINAS TÉRMICAS
En las máquinas térmicas, cuyo modelo teórico es la máquina de Carnot, se producen intercambios de calor entre la máquina y dos focos: uno caliente y otro frío.
A medida que nos alejamos del ciclo ideal de Carnot, la energía aprovechada (el área roja) disminuye en comparación con el total de energía teóricamente aprovechable (el área dentro de la curva cerrada en el gráfico de presión-temperatura).
Las causas principales son dos:
  • Los intercambios de temperatura son irregulares y no da tiempo a que se alcancen los valores óptimos de presión.

  • Y los intercambios de temperatura en las interfaces con el foco caliente y el foco frío se realizan a diferencias de temperatura mayores y, por tanto, generan más entropía. Notar que cada uno de estos intercambios se produce gracias a que existe una diferencia de temperatura suficiente entre la máquina y cada uno de esos dos focos.

Pero en una máquina de Carnot ideal, esta diferencia debe ser infinitesimalmente pequeña (cosa imposible, en la práctica, si queremos que el intercambio de calor se lleve a cabo en un tiempo finito).
Recordemos que, cuando un sistema absorbe una cantidad de calor Q a una temperatura T, su entropía, S, se incrementa en Q/T.
Ya sabemos que en toda interfaz entre un cuerpo frío y otro caliente en la que se produzca intercambio de calor se genera entropía de forma global:
Pues si una cantidad de calor Q pasa de un cuerpo a temperatura T1 a otro a temperatura T2, la variación global de la entropía es:
    ΔS(global) = ΔS1 + ΔS2 = -Q/T1 + Q/T2 > 0
Pues T1 > T2 (el calor siempre pasa de los cuerpos calientes a los fríos).
Y esta entropía generada es mayor cuanto mayor es la diferencia de temperaturas entre los dos cuerpos.
Recordemos que todo aumento de la entropía global representa una energía disipada, no aprovechable.
En este caso, la energía desaprovechada en la interfaz es ΔS(global)*T2.

Pues bien, para que una máquina térmica produzca más potencia, sólo hay tres opciones:
  • Debe trabajar a temperaturas más altas, para que aumente su rendimiento teórico máximo, dado por el teorema de Carnot:

Rendimiento máximo = 1 – T2 / T1

  • O bien debe trabajar más rápido, en cuyo caso el intercambio de calor debe realizarse a más velocidad, y esto sólo es posible:

    • Incrementando las diferencias de temperatura en las interfaces, es decir, aumentando la entropía global y alejándonos del ciclo ideal de Carnot y, por tanto, reduciendo la eficiencia.

    • O bien aumentado la superficie de contacto en las interfaces, para que el intercambio de calor se pueda hacer sin aumentar la diferencia de temperaturas (y así no empeorar el rendimiento).

En general, esto sólo se consigue aumentando el tamaño de la máquina. Aumentar el tamaño no siempre es posible, por limitaciones de los materiales y la temida ley cuadrado-cúbica.
Así, pues, existen límites a la potencia entregada por una máquina térmica si no se quiere deteriorar el rendimiento, y estos límites vienen dados por la velocidad a la que puede trabajar, y por el tamaño que ésta puede tener.

CASO DE MAQUINAS ELÉCTRICAS
En las máquinas eléctricas, se da otro tipo de restricciones, debidas al efecto Joule. El efecto Joule es:
“Un fenómeno irreversible por el cual, si en un conductor circula corriente eléctrica, parte de la energía cinética de los electrones se transforma en calor debido a los choques que sufren con los átomos del material conductor por el que circulan, elevando la temperatura del mismo.”
El efecto Joule es el que hace que las estufas eléctricas calienten:
La potencia disipada por el efecto Joule es:
    P(disipada al medio) = I2 R
Donde I es la intensidad (carga instantánea, es decir, carga por unidad de tiempo) que circula por el dispositivo y R la resistencia del dispositivo.
Notar que la potencia disipada crece con el cuadrado de la intensidad, es decir, una máquina eléctrica eficiente tiene que reducir al mínimo necesario la intensidad que circula por sus internos.
Habitualmente, los motores eléctricos funcionan con corriente alterna o conmutada, y su rendimiento es superior al de un motor de corriente continua, por una serie de razones técnicas, un poco largas de explicar en el breve espacio de un blog.
Para simplificar la exposición, vamos a suponer una máquina que funciona con corriente continua.
Una máquina eléctrica se parece a una máquina térmica en que trabaja también entre una fuente de electrones y un sumidero, situados a diferente potencial eléctrico (a la diferencia de potencial eléctrico se la denomina Voltaje, V).
En este caso, la energía total tomada del medio por la máquina eléctrica es la carga instantánea que circula por ella, multiplicada por la diferencia de potencial interna (el voltaje del aparato):
    P(utilizada) = I V
Así pues:
    Rendimiento = 1 – ( I2 R ) / ( I V ) = 1 – I R / V
Esto es una (buena) aproximación, aunque la intensidad final de la corriente dependerá tanto de la potencia útil del motor como del voltaje al que se trabaje (según la Ley de Ohm).
A una diferencia de potencial constante, para aumentar la potencia utilizada ( I V ), tenemos que aumentar la intensidad de la corriente.
Pero entonces el rendimiento disminuye porque se disipa más calor.
Además, el efecto Joule tiene una consecuencia negativa adicional: a medida que la temperatura de los internos aumenta, las propiedades aislantes de sus componentes se deterioran y pueden aparecer cortocircuitos o derivaciones.
En un aparato eléctrico, se habla de potencia nominal, que es:
“La máxima potencia que puede suministrar sin que la temperatura de los internos llegue a los límites admitidos por los materiales aislantes empleados
Por encima de esa potencia, se dice que la máquina trabaja a sobrecarga.
Para aumentar la potencia de una máquina eléctrica:
  • O bien se aumenta su tamaño, como en el caso de la máquina térmica.

  • O bien se aumenta el voltaje al que trabaja. De hecho, las máquinas eléctricas más potentes trabajan a voltajes más altos. De este modo, consiguen mayor potencia con una intensidad de la corriente más baja y disipando menos calor.
Sin embargo, una máquina eléctrica no puede trabajar de forma segura a cualquier voltaje.
Dentro de un motor eléctrico existe un compromiso delicado entre el aislamiento de los hilos que forman las bobinas, la necesidad de reducir holguras al máximo para aprovechar eficientemente el flujo magnético y la necesidad de conducir y disipar el calor que inevitablemente se genera dentro del mismo.
Diferencias de potencial demasiado altas pueden anular el efecto de los materiales aislantes (todo material se convierte en conductor de la electricidad a medida que aumenta el voltaje, según dicta la ley de Ohm), mientras que los materiales aislantes más sofisticados, que soportan tensiones mayores (por ejemplo, ciertas cerámicas), son inadecuados para su uso en los internos de un motor eléctrico.

Referencias: