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viernes, 2 de agosto de 2013

Crisis de nuestros padres




Queridos lectores,

Seguramente algunos de Vds., los más jóvenes, han tenido en más de una ocasión alguna conversación en la que los miembros de mayor edad de su familia critican, de manera genérica aunque a veces personalizando en Vds., el ansia de tener más y más de la gente de hoy en día; y la contraponen con la vida más austera y de mejores valores morales con la que ellos vivieron de jóvenes. Este tipo de conversaciones ya se daba hace años, pero ahora con la crisis se han incrementado en frecuencia puesto que cuando uno cae en una crisis que se prolonga mucho, como la actual, se empieza lógicamente a cuestionar las bases de todo en busca de una posible salida. Hay incluso un texto que ha hecho fortuna en las redes sociales y que yo ya me he encontrado un par de veces, en el que se critica con bastante gracia la hipocresía de la sociedad actual respecto a las cuestiones ambientales cuando las generaciones de nuestros mayores eran, efectivamente, mucho más sostenibles sin tanto pavoneo (pueden leer una transcripción aquí).

La constatación obvia de que nuestros padres y abuelos vivían de una manera más simple, más sostenible y más sensata que nosotros no debe sin embargo llevarnos a un cierto simplismo de naturaleza moralizante. Puesto que muchas veces, basándose en esa mayor austeridad de antaño, se pretende colegir una cierta superioridad moral de los valores de aquella época, y ahí radica el error esencial. Porque lo que es erróneo en nuestro sistema basado en el consumo y el despilfarro ya era erróneo en la época de nuestros predecesores, por la simple razón de que este sistema que ahora nos lleva al desastre es el mismo sistema de entonces. Exactamente el mismo. La única diferencia entre entonces y ahora es que nos encontramos en un punto diferente de su curva de evolución.

Es conocido que la psique humana tiende a modelar la realidad por estados (visión estática), cuando por lo general se describe mejor por procesos (visión dinámica).  Ningún punto de nuestra vida es un momento invariable, sino que siempre se están produciendo cambios; sin embargo, si éstos son lo suficientemente lentos nuestro cerebro tiende a abstraer las variables que caracterizan el momento ("En aquella época no había televisión, los niños sólo tenían un juguete, la ropa te duraba durante años") y a tomarlas como constantes, fijas durante ese período que conservamos, simplificado e idealizado, en nuestra memoria. Lo malo de esta manera de ver las cosas es que creemos que lo que caracteriza un determinado momento es su estado (los bienes que se poseían entonces, el patrón de consumo de la población en aquel momento) cuando con nuestro sistema igual o más importante es su evolución (a qué ritmo aumenta o disminuye el consumo, se expande o contrae la masa monetaria o la disponibilidad de crédito, etc). Dicho de otro modo: porque nuestro cerebro funciona en modo diapositiva no nos damos cuenta de que para entender qué pasa hace falta ver la película.

Una de esas frases típicas que reflejan la incomprensión del momento y del sistema podría ser del estilo de la siguiente: "No hace falta esta locura y despilfarro; por ejemplo, en 1960 no consumíamos lo que se consume ahora, gastábamos mucho menos petróleo, y la verdad es que no vivíamos mal. Había que trabajar mucho, eso sí; lo que le pasa es que la gente ahora no quiere trabajar". Quien formula esta frase no se da cuenta de que no podemos volver a 1960 simplemente adoptando el modo de vida y el patrón de consumo de 1960 y así "no vivir del todo mal aunque fuera trabajando mucho" porque lo que hacía de 1960 un momento vibrante y con empleo no era en realidad la riqueza de entonces, sino más bien el crecimiento de entonces (fíjense en las gráficas siguientes, sacadas de la web Politikon.es).



La gráfica de abajo nos da la visión estática (nivel del PIB en cada momento) mientras que la de arriba nos aporta una visión más dinámica (variación anual del PIB). Incluso después de varios años de crisis nuestro PIB en paridad de poder de compra es unas cinco veces mayor (sí, ¡cinco veces!) que el PIB en 1960. Sin embargo, si miramos a la variación del PIB per cápita vemos una historia muy diferente entre la década de los 60 del siglo pasado y los últimos años. Ahora estamos en una situación de decrecimiento forzado porque esta crisis no acabará nunca, con lo que en vez de aumentar las oportunidades de empleo y de inversión, en vez de tener la economía vibrante de los 60, tenemos la situación contraria: contracción, destrucción, parálisis. Encima, ahora la población es mayor, con lo que en realidad a mismo nivel del PIB la relación per cápita sería inferior, y para mantener el nivel de entonces hace falta un mayor PIB. Tenemos que pensar, también, que en realidad los salarios disminuyen en términos reales desde principios de los 80, con lo que aunque la renta media haya aumentado la renta típica (es decir, la que tiene la mayoría de la gente, los asalariados) lleva disminuyendo desde hace 30 años. Como vemos, uno idealiza el pasado, sobre todo porque en esa época uno era joven, las oportunidades menudeaban y todo le parecía maravilloso.

La prueba más clara de que el discurso colectivo de entonces no es moralmente superior al de ahora se ve en la España de ahora con la recomendación insistente de "invertir los ahorros" para "comprar un pisito" que hace unos años e incluso aún hoy solían hacer los padres al hijo que llega a la edad de emancipación. Más de un padre ha reprendido al hijo que acaba de estrenar su trabajo mileurista y eventual porque cuando él era joven se sacrificó para poder comprar el piso familiar y que lo que el hijo tiene que hacer es exactamente lo mismo. Con ese discurso está claro que el padre asume que las variables macroeconómicas de entonces y de ahora son las mismas, y que por tanto los únicos factores importantes para conseguir el fin soñado son la capacidad de sacrificio y el esfuerzo de su hijo (hay un hilo en burbuja.info que explica muy bien este colosal error de concepto). Esta presión social, ejercida desde todos los estratos pero también desde el de esa generación anterior que se cree moralmente superior, ha contribuido a que una gran masa de trabajadores se estrelle contra la burbuja inmobiliaria más grande de Europa, y que acaben empeñados de por vida, cuando no deshauciados.

Va siendo hora de que nos sacudamos ciertos atavismos morales judeo cristianos, que nos llevan a reprender al que sufre las consecuencias como si éstas fueran culpa suya y sólo suya, pues el problema es de valores morales e incumbe a toda la sociedad. Como hemos visto, el problema comenzó hace tiempo, poco en escalas históricas (poco menos de dos siglos) pero mucho en escalas humanas (unas seis generaciones). La relación entre las sucesivas generaciones se podría asimilar al juego del globo de agua: los jugadores forman una fila y se van pasando un globo que cada vez está más lleno de agua que le llega por una manguera a la que está conectado. Nadie discute las reglas del juego, nadie discute su moralidad; todo el mundo aguanta el globo el tiempo que le toca y se lo pasa al siguiente. En algún momento a un pobre idiota le revienta el globo y acaba empapado, por pura casualidad; a alguien tenía que pasarle y fue a él.

Curiosamente yo estoy bastante de acuerdo en que esta crisis es una crisis de valores, y que sólo cambiando los valores saldremos de ellos. Pero esta crisis de valores empezó hace mucho y para superarla no hay que mirar al pasado reciente sino hacia el futuro; no hay ninguna persona viva que haya vivido en un sistema diferente al actual, y eso ha demolido todos los valores tradicionales de respeto a los límites naturales salvo en algunas zonas rurales, más "atrasadas". Por eso hay que precaverse frente a las recetas simplistas de los más populistas, que dicen querer volver a los buenos y viejos valores, pero que en realidad sólo intentan retroceder puestos en la cadena de los que inflan el globo, y no se cuestionan dejar de inflarlo. Porque además por desgracia el globo ya reventó y ni eso es posible.

Los valores que necesitamos para reconstruir la sociedad tienen sus raíces en nuestro pasado un poco más distante, cien o doscientos años de antigüedad, pero no son aquellos mismos valores. Los valores de la época preindustrial necesitan ponerse al día, porque sería también muy necio creer que todos los valores de una época predemocrática y dominada por la superstición y el beatismo puedan o deban ser transplantados tal cual hoy en día. Como digo, tenemos que construir el futuro, rescatando de manera crítica aquellos valores del pasado más distante y al tiempo salvando nuestro conocimiento técnico y nuestro convencimiento moral actuales, más allá de la hipocresía de nuestros días.

Tenemos que encarar este problema seriamente, sin soberbia y sin una mirada simplista y autocomplaciente del pasado. Sólo se puede salir con recetas nuevas, con una mejor comprensión de qué es el hombre y cómo se relaciona con su entorno, entendiendo al fin que el hombre no tiene ningún derecho divino para avasallar ilimitadamente a la Naturaleza


Salu2,
AMT

viernes, 17 de agosto de 2012

Mirando el dedo

Imagen de http://grupoeupsike.wordpress.com


Queridos lectores,

Hace tiempo defiendo una curiosa y por lo que veo poco ortodoxa teoría, que tiene además la virtud de enfadar a la gente con la que la comento. Desde que comenzó esta crisis que no acabará nunca se ha ido instalando un sentimiento de indignación y de rabia hacia la clase dirigente, comprensible dada su incapacidad de aportar soluciones reales y su contrastada capacidad de aportar más sufrimiento. Lo que me resulta llamativo es que con cada vez mayor frecuencia muchos de mis interlocutores caen en una curiosa trampa lógica: dado que existe un cierto nivel de corrupción en nuestras instituciones y en nuestros políticos, materializada en enormes sumas de dinero público desviados a espurios y egoístas fines (cuando no directamente robados), los problemas del país se solucionarían, o al menos se atenuarían, cuando se acabe con esta corrupción. Es en ese momento que yo formulo mi teoría y entonces mis interlocutores pierden los nervios conmigo, y me cuesta poder acabar de formularla con corrección y con concreción. Dado que ahora la formularé de nuevo, esta vez por escrito, les ruego paciencia en la lectura; no se salten renglones y  lean todo lo que tengo que decir, y sólo después valoren.

La corrupción y el despilfarro (generalmente unidas, puesto que se invierte en cosas superfluas porque dan un beneficio injusto a alguien) son, sin duda, inmorales e injustas desde el punto de vista distributivo, pero contrariamente a lo que piensa la mayoría de la gente el dinero gastado en cosas estúpidas y el directamente robado por los vivales de turno no se evapora. Ese dinero sigue circulando por el sistema, sólo que ahora lo tiene alguien que se lo apropió indebidamente y que lo gasta en su beneficio, ya sea en comprarse un yate o un coche nuevo, ya en hacerse una casita en la playa, ya en inversiones que aumenten aún más su patrimonio. Si yo hago un aeropuerto inútil, he dado dinero a la constructora, pero también a los operarios que trabajan para ella, a la fábrica de ladrillos, a la de alicatados, a los electricistas, a los fabricantes de componentes electrónicas, etc. Esos gastos generan actividad económica, y he ahí la observación que yo suelo hacer: que la corrupción y el despilfarro no suponen una total anulación de la actividad económica asociada al dinero "perdido", sino que también generan actividad ("crecimiento", desde una perspectiva pro-BAU). Es decir, que el dinero no se pierde y que la corrupción, al nivel que la soportamos por estos lares, no justifica la presente crisis.

No se me malinterprete. Seguramente desde el punto del mejor aprovechamiento de la inversión la corrupción genera importantes costes de oportunidad (si yo construyo un aeropuerto donde no aterrizan aviones, dejo de construir 5 hospitales o un centro de investigaciones oncológicas que sería el más avanzado del mundo con ese dinero) y en ese sentido es un mal uso del dinero. Además, un altísimo nivel de corrupción, como el que se vive en algunas naciones del Tercer Mundo, evidentemente daña a la economía, puesto que se asfixia tanto a la sociedad con el pago de "mordidas" que al final se destruye la mayoría de la actividad económica circundante. Y por último, la corrupción evidentemente es una injusticia desde el punto de vista de la distribución, ya que a unos pocos se les da una cantidad de dinero que la sociedad percibe como inmerecida, dejando a otros con recursos insuficientes para vivir (aunque lo que la sociedad percibe como justo y como no es un tanto relativo desde un punto de vista filosófico e ideológico: un marxista te dirá que la posesión del capital por los capitalistas también es injusta). En cierto modo, la desigualdad distributiva que implica la corrupción es similar a que todo el mundo participase en una lotería en la que obligatoriamente tuviese que comprar un boleto de 20 euros, y que el que ganase se llevase los 20 euros de todo el mundo. Eso generaría también una gran desigualdad distributiva, aunque curiosamente no sería percibido como algo (tan) injusto como la corrupción, donde el agraciado en realidad ha amañado los bombos;  y sin embargo, desde el punto de vista económico el impacto de una concentración de capital por una lotería o por una abuso sería más o menos equivalente. Pero, volviendo a la idea central del post, la corrupción no explica por qué estamos en esta crisis tan profunda, cuando además la economía ha funcionado largo tiempo con su dosis de corrupción incluida.

Se ha vuelto costumbre alegar que es que en la actualidad el nivel de corrupción es mayor en España que lo que lo había sido históricamente. Teniendo en cuenta que vivimos 40 años de dictadura militar, viciosa y estraperlista, más corrupta que lo que lo fue la débil Segunda República anterior pero similar al régimen bipartidista de principios del siglo XX (por no comentar la dictadura de Primo de Rivera), resulta complicado alegar que la corrupción sea ahora mayor en cifras relativas a lo que fue entonces (en cifras absolutas sí, porque el país tiene más habitantes y genera más PIB, pero ésa es una comparativa absurda a la que sin embargo suelen recurrir los periódicos). En realidad, en el caso de España, ha habido un nivel de corrupción bastante alto a lo largo del tiempo, pero sólo molesta en los momentos en los que, como ahora, los recursos escasean (piensen, por ejemplo, en el Regeneracionismo, que nace durante el siglo XIX después de una grave decadencia económica y moral, fruto de las tremendas convulsiones políticas y la pérdida de poder colonial durante todo ese siglo que llegó a su culmen con la pérdida de Cuba y Filipinas en el desastre del 98). Es decir, que sólo nos fijamos en la corrupción cuando queda menos pastel para repartir, porque es entonces que la consideramos odiosa (pero la ignoramos cuando hay para todos "los de aquí", aunque los efectos de esa corrupción rebajen las condiciones de vida de otras personas en lugares remotos).

Otra cosa que me llama la atención es el tremendo ombliguismo de los opinadores profesionales en España, atribuyendo al problema de la corrupción en este país una dimensión singular. Quizá porque son gente poco viajada o poco informada ignoran que casos importantes de corrupción y malversación de fondos públicos abundan en todos los países del mundo, incluso en aquéllos que se consideran más avanzados. Yo personalmente conozco bastante bien los del país en el que viví como post-doc durante tres años y con el que mantengo aún fuertes lazos: Francia. Cuando yo vivía allá, el presidente de turno (Jacques Chirac) era conocido públicamente y de manera muy notoria como "l'escroc" (el estafador), posiblemente por el hecho de que siete causas diferentes por escándalos de corrupción le esperaban a su salida del Elíseo; y eso por no hablar del caso Clearstream (por citar uno importante de los relativamente recientes; si toman otros asuntos menores y retroceden Vds. en el tiempo encontrarán mierda como para abonar todos los campos de cultivo de Francia). Pero si se toman la molestia de informarse, pestilencias semejantes se encontrarán si cruzan el Canal de la Mancha o el Ródano, o al atravesar el Atlántico de Norte a Sur o allende el Pacífico (no voy aquí a inventariarlas, pero seguro que algunos lectores pueden aportar sus favoritas de EE.UU., Alemania, el Reino Unido o Japón, por ejemplo). Las personas más razonables aceptan que la corrupción está extendida por todo el ancho mundo, pero suelen también alegar que en las naciones más avanzadas el porcentaje de corrupción es inferior que en España. Tal cosa de entrada es confusa, porque no hay una vara de medir uniformizada para la corrupción. ¿Cómo se mide? ¿Como porcentaje sobre el PIB? Pero ya hemos dicho que la corrupción también genera una cantidad no despreciable de PIB. ¿Cómo PIB perdido por la mala inversión? Pero eso es muy complicado de estimar y harto discutible de definir. Además, cuanto mayor es la economía el efecto de la corrupción puede relativamente al PIB ser inferior aunque en cifras absolutas y per cápita sea más. De nuevo, mi impresión, a falta de poder precisar más, es que el nivel de corrupción es significativamente alto en todas las naciones occidentales, y sólo reparamos en él cuando los recursos comienzan a escasear.

A mi me parece que la fijación con la corrupción en los momentos de crisis (fijación la cual por cierto se repite a lo largo de la historia y de los países) tiene mucho que ver con el deseo de recuperar el antiguo status quo, para lo cual se busca un chivo expiatorio, una víctima fácil, la inmolación de la cual aplacará al terrible Dios de la Crisis. A veces la gente llega a verbalizarlo explícitamente, como genialmente expresaba la viñeta que encabezaba el post Resignación: "Seguid robando, ¡pero dandnos trabajo!". En el fondo, no queremos hacer ningún cambio, y buscamos una vía fácil, un enemigo bien identificado en el que ciframos todo el mal que sufrimos. Y una vez la explicación simple y populista encontrada, estalla la rabia irracional, en este caso contra todo político o forma de Gobierno organizada.

Seamos realistas: la decadencia de España en el siglo XIX tuvo mucho que ver con la pérdida de recursos que le supuso su ocaso colonial; y la decadencia de España en este principio del siglo XXI no es un fenómeno aislado y tiene que ver con el agotamiento de los recursos para todas las naciones de la Tierra, España incluida, sólo que España está lógicamente peor colocada en el reparto de las últimas migajas que otras naciones más potentes (por desgracia esto que acabo de decir de España es también válido para la mayoría de las naciones de Latinoamérica de las que vienen una parte importante de mis lectores). Y aunque quememos en efigie o en persona a todos los corruptos de este ancho mundo esta situación no va a cambiar. La única manera de salir de esta trampa mortal que es la deuda es comprender que el problema es fundamentalmente de recursos, y que por tanto debemos abandonar un sistema económico perverso basado en el despilfarro de lo que en realidad es precioso. De ahí la importancia, aún, de este blog: de explicar que no hay falsas salidas y que ninguna opción energética actualmente disponible ni previsiblemente disponible en un futuro cercano puede evitar un decrecimiento forzado y, más importante, el final de un sistema basado en el crecimiento infinito.

Y sin embargo hay quien está forzando la interpretación de que la corrupción es el mal primigenio y que solucionada ésta todo volverá a funcionar, como si con una aspirina fuéramos a curar un cáncer cerebral. E insisto para los más cerriles: yo no justifico la corrupción, que sin duda es inmoral e injusta. Simplemente digo que no es el origen del mal que discutimos, que es esta crisis imposible de acabar; sólo es un achaque más de este sistema viciado e irresponsable que debe acabar. Y observo con preocupación la cantidad de disparates que se dicen para justificar la fuerza del silogismo perverso ("si se acaba la corrupción se acaba la crisis"): un día se dice que los problemas de las empresas son los liberados sindicales; al otro se repite con ansia que en España hay 445.000 políticos (cosa que radicalmente es mentira); un poco más tarde se nos da a entender que no sólo se ha de suprimir el espurio Senado español, sino que se tiene que reducir el número de diputados en el Congreso; otro día se comparan las cifras de gastos presuntamente suntuarios de nuestros representantes políticos con los recortes en ciertas áreas (pasando por alto que las cifras de los rescates bancarios son entre 10 y 100 veces mayores); etc. Y a mi no me deja de sorprender ese ansia y ese afán por reivindicar un nuevo proceso constituyente para España (el cual seguramente es necesario) sin mencionar la necesidad de reformar el sistema económico al mismo tiempo o mejor en primer lugar. Porque la impresión que todo ello me causa es que, cambiando las reglas del juego político y volviéndolas más restrictivas con la excusa de acabar con la corrupción y todos "los que chupan del bote" lo que en realidad se está preparando aquí es un movimiento de concentración de poder en pocas manos, preludio de una verdadera dictadura. Y si no, al tiempo.

Salu2,
AMT

martes, 9 de febrero de 2010

Replantear el problema


Queridos lectores,

Esta mañana una compañera del trabajo me ha comentado que leyendo mi blog uno se lleva una impresión muy negativa, catastrofista. Y que este catastrofismo causa un sentimiento de incredulidad en el lector. Estoy seguro de que éste es el caso, que algún lector casual del blog puede llegar a la conclusión, por lo extremo de los hechos que aquí se discuten, que de algún modo estoy exagerando, aunque sea con buena voluntad por mi parte. Nada más lejos de la realidad; si alguien se toma la molestia de buscar los datos (que para ello referencio profusamente) verá que en realidad me quedo en un primer nivel del impacto de la crisis energética que ya se está desarrollando, y cada día que pasa los hechos son más elocuentes. Pero se ha de querer escuchar, y estamos educados, casi diría adoctrinados, para no escuchar este tipo de mensaje.

Un problema curioso de la cultura global que se ha impuesto en Occidente, incluso en este país que por tradición tienen una asentada cultura del fatalismo, es la de que con ingenio y buena voluntad todo problema puede resolverse. Desde el discurso político monocorde (que sólo piensa en volver a la senda del crecimiento económico como única vía de resolver esta crisis) hasta las películas de Hollywood y las sitcoms americanas (donde los protagonistas resuelven cualquier situación por crítica que llegue a ser con grandes dosis de ingenio y de arrojo), nuestro paradigma es el del problem solving: nuestra cultura es que podemos y debemos resolver cuantos problemas se nos plantean.

Sin embargo, no todos los problemas se pueden resolver, simplemente porque hay problemas insolubles. Incluso los problemas de pura matemática. Últimamente pongo siempre el mismo ejemplo: encuentre el astuto lector dos números pares cuya suma sea 5. ¿Imposible, verdad? Y claro, sabemos que la suma de dos números pares ha de ser par, con lo que difícilmente pueden sumar 5, que es impar. Está claro, "he hecho trampa", porque he planteado un problema que no tiene solución porque su enunciado está mal planteado, ya que es intrínsecamente contradictorio. Pero es que ésta es exactamente nuestra situación. Cuando la gente "busca soluciones" para el problema energético, hay siempre un sobrentendido: lo que se busca es alguna fuente de energía que pueda substituir al petróleo para que todo siga como es ahora mismo. En suma, lo que queremos es encontrar una manera de mantener un sistema económico de crecimiento infinito en un planeta finito. Y no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que este problema, también, está mal planteado. Y ésta es exactamente nuestra situación.

No esperen encontrar "soluciones al problema" en este blog. Justamente este blog va de que "no hay soluciones" al problema, simplemente porque "el problema" está mal planteado. Cuanto antes lo admitamos todos, cuanto antes lo entendamos todos, mejor nos irá. Porque el primer paso para poder resolver esta crisis es comprender que tenemos que cambiar el planteamiento, cambiar el problema para que esté bien planteado, para que tenga una solución. Porque sí que puede haber una solución, pero esta pasa por reconocer que no podemos crecer indefinidamente, que en algún momento tenemos que estacionar, que quedarnos igual garantizando el máximo bienestar al máximo de población. Y el problema ahora mismo es que todo indica que hemos pasado, y por mucho, el límite de sostenibilidad, y que tenemos que bajar mucho para poder alcanzar un nivel que sea sostenible, que se pueda mantener de forma continua.

Sé que lo que digo suena a grotesco, a inverosímil, a que si el problema tuviera la magnitud que digo yo aquí los poderes políticos y económicos estarían tomando medidas expeditivas para combatirlo. El problema es que los poderes tradicionales intentan buscar soluciones tradicionales, en buena medida por su incapacidad para reconocer que el verdadero problema es este planteamiento de imposible solución. Y he aquí la función pedagógica y analítica de este blog: mi objetivo es, poco a poco, analizando las noticias recientes, mostrar que no hay solución, de ningún tipo, dentro del paradigma actual. Y no porque a mí me dé la gana y quiera caprichosamente intentar imponer una visión de la realidad (¡qué más no quisiera yo que esto no fuera cierto!), sino porque el tema está tan profusamente analizado que ya hace tiempo que se sabe que, insisto, no hay solución. El lector con más presencia de espíritu, que se lea el informe "Searching for a miracle" ("Buscando un milagro") de Richard Heinberg, y cuando acabe habrá entendido que no hay ningún milagro a la vista, que ninguna combinación de renovables de todos los tipos posibles habidos y por haber, y nuclear, y lo que sea, va a "solucionar el problema". Si se ha entendido esto, no hay más necesidad de hablar ni de leer este blog. Pero mientras la sociedad se niegue a aceptar que pueda pasar que no hay solución, este blog será necesario, e intentaremos poco a poco demostrar que el emperador está desnudo, que las presuntas soluciones tecnológicas jamás conseguirán, ni de lejos, rellenar el vacío del petróleo. Y lo mostraremos analíticamente, apuntando a todas las debilidades de los planteamientos que "se debaten" en los diversos foros. Para intentar que alguien pueda recoger aquí los datos y los análisis, que, insisto, son bien conocidos, y pueda usarlos para, poco a poco, centrar el debate en lo que realmente se puede debatir, y que es el cambio de modelo económico.

Ya sabemos que delante de una noticia grave experimentamos las cinco fases del lamento de Kübler-Ross: Negación, Rabia, Negociación, Depresión y Aceptación. Señores lectores, he aquí la noticia dolorosa e inaceptable: La sociedad industrial que tanto bienestar nos ha proporcionado está condenada a desaparecer, o como mínimo a disminuir sensiblemente su tamaño, en un plazo de como mucho 20 años. A mi tampoco me gusta, pero no por eso tengo el derecho, tenemos el derecho de mirar a otro lado. El poder político y el económico están en la primera fase del lamento: Negación. Tienen los datos, pero se niegan a creerlos. Esto hace que la sociedad esté en el estado cero: Ignorancia. La sociedad ni siquiera sabe qué se cuece. Tenemos que darnos prisa si queremos llegar a la quinta fase, la de Aceptación, y el camino va a ser doloroso. Tenemos que cambiar, pero tenemos que cambiar de verdad, no de boquilla. Tenemos que vivir con mucha menos energía y muchos menos recursos de los que disponemos ahora, y tenemos que aprovechar lo que tenemos ahora para pilotar una transición ordenada, para evitar que en vez de pilotarla sobrevenga espontáneamente de manera caótica. Y cuánto más tardemos habrá más probabilidad de que sea caótica. Por el amor de Dios, comencemos cuanto antes.

Por terminar: que no haya solución no quiere decir que no haya esperanza. Lo que quiere decir es que tenemos que ser más inteligentes que de costumbre. Creo firmemente que si se explica a la sociedad lo que pasa la gente lo acabará por aceptar y pedirá lo que es razonable: planificar, racionar, optimizar, proteger a los sectores más débiles, etc.

Bienvenidos al mundo sin soluciones simples para problemas complejos.

AMT