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lunes, 11 de febrero de 2013

Tierra y agua

Queridos lectores,

Gabriel Anz, desde Neuquén (Argentina), nos ha enviado este interesante post analizando la situación de las tierras cultivables y del agua potable en el mundo. Recuerden que Jeremy Grantham decía que en el largo plazo los dos recursos críticos eran, justamente, ésos. Conviene saber, por tanto, de dónde partimos y cuáles son las tendencias, dado que además éste es un tema recurrente en las discusiones de los comentaristas.

Les dejo con Gabriel.
Salu2,
AMT

 LAS TIERRAS Y EL AGUA EN EL MUNDO

El siguiente trabajo es una recopilación de información obtenida de sitios en la WEB, entre los cuales se encuentra el de la FAO (Food and Agriculture Organization of the United Nations), el cual tiene por objetivo contrastar y comparar datos que ilustran la situación acerca del uso de las tierras y del agua en el Planeta.

Dejo al lector la espinosa tarea de sacar conclusiones sobre cómo podrían incidir en nuestras vidas y en las estadísticas futuras, variables como la evolución del crecimiento poblacional, cambio climático y energía decreciente.

Básicamente el agua y la comida (producto de la tierra) han sido, son y serán los movilizadores de los seres vivos a interactuar por los recursos y los espacios, por lo que me parece relevante analizar y contextualizar las estadísticas que aquí se expresan, aunque sean éstas un atisbo apenas de la enorme cantidad de datos e información existente y disponible para quienes deseen buscarla y profundizar en ella.


Gabriel Anz (Técnico Agrónomo)


ESTADO DE LOS RECURSOS DE TIERRAS Y AGUAS DEL MUNDO

Datos básicos de Producción agrícola:
• Aumento de la superficie destinada a la producción de cultivos alimentarios de 1960 a 2010: 12%
• Aumento de la productividad agrícola mundial en el mismo período: 150% - 200%
• Total de la superficie cultivada (secano + riego) en 1961: 1 400 millones de hectáreas
• Total de la superficie cultivada (secano + riego) en 2006: 1 500 millones de hectáreas
• Superficie agrícola de regadío en 1961: 139 millones de hectáreas
• Superficie agrícola de regadío en 2006: 301 millones de hectáreas
• Promedio de hectáreas de tierras agrícolas necesarias para alimentar a una persona en 1961: 0,45 ha
• Promedio de hectáreas de tierras agrícolas necesarias para alimentar a una persona en 2006: 0,22 ha

Uso de la tierra:
• Total mundial de tierras aptas para la agricultura: 4.400 millones de hectáreas
• Porcentaje del total de la superficie agrícola mundial que es de secano: 80% (1.200 millones de hectáreas)
• Total de la superficie actualmente en cultivo: 1 600 millones de hectáreas de las cuales el 20% (300 millones de hectáreas) se encuentra en tierras marginalmente aptas
• Proporción mundial de tierras degradadas: 25%
• Proporción de tierras en condiciones moderadas de degradación: 8%
• Proporción de tierras que se están mejorando: 10%
• En varias regiones, más de la mitad de la superficie agrícola básica afronta limitaciones de calidad de los suelos, notablemente en el África subsahariana, el sur de América, sureste de Asia y norte de Europa.

Uso del agua:
• Porcentaje del total de agua extraída de los acuíferos, ríos y lagos por la agricultura: 70%
• Porcentaje del total de la producción agrícola mundial obtenida en sistemas de secano: 60%
• Cantidad en la cual el riego suele mejorar la productividad agrícola: el doble
• Volumen de las cosechas de cereales de secano en el mundo en desarrollo, en promedio: 1,5 t/ha
• Volumen de las cosechas de cereales de regadío en el mundo en desarrollo: 3,3 t/ha
• Número promedio de cultivos anuales en las tierras de secano en Asia: 1
• Número promedio de cultivos anuales en las tierras de regadío en Asia: 2
• Porcentaje de la población mundial que vive hoy en regiones donde hay escasez de agua: 40%
• Número de países que actualmente destinan más de un 40% de sus recursos hídricos al riego anualmente, umbral que se considera crítico: 11
• Número de países que están retirando del 20% de sus recursos de agua al año, lo que indica una presión considerable y la escasez inminente de agua: 8
• Porcentaje de los recursos hídricos renovables utilizados actualmente en Libia, Arabia Saudita, Yemen y Egipto: 100%+
• Total de los recursos hídricos renovables utilizados actualmente en América del Sur: 1%

Desigualdades mundiales:
• Superficie terrestre del mundo cubierta por países de bajos ingresos: 22%
• Tierras agrícolas per cápita en los países: ingresos bajos: 0,17 ha/per cápita; ingresos medios: 0,23 ha/per cápita; ingresos altos: 0,37 ha/per cápita
• La disponibilidad promedio de tierras agrícolas per cápita en los países de ingresos bajos es menos de la mitad que en los países de ingresos altos y la aptitud de las tierras en cultivo para la agricultura por lo general es más baja.
• Los países de altos ingresos, como grupo, cultivan más del doble de la superficie per cápita (0,37 ha) que los países de ingresos medios (0,23 ha) o de ingresos bajos (0,017 ha).


SITUACIÓN Y TENDENCIAS


Disponibilidad y uso de los recursos de tierras y aguas:

Existe una variación geográfica significativa en la disponibilidad de tierras consideradas aptas para la agricultura. El crecimiento demográfico y la demanda de otros sectores ejercen una presión creciente sobre los recursos disponibles. Suponiendo que se utilicen sistemas bien adaptados de producción, las tierras que actualmente están en cultivo son en su mayor parte de calidad óptima (el 28% del total) o buena (53%). La mayor proporción regional de las mejores tierras cultivadas actualmente está en América Central y el Caribe (42%), seguidos de Europa occidental y central (38%) y América del Norte (37%).
En los países de altos ingresos en conjunto, la proporción de tierras óptimas actualmente en explotación es del 32%. En los países de bajos de ingresos, los suelos muchas veces son  más pobres y sólo el 28% de la superficie cultivada es de calidad óptima.
La superficie agrícola del mundo ha crecido un 12% en los últimos 50 años. La superficie irrigada del mundo se duplicó en el mismo período, lo que representa la mayor parte del aumento neto en las tierras agrícolas. Mientras tanto, la producción agrícola ha crecido entre 2,5 y 3 veces, gracias al aumento significativo de la productividad de los principales cultivos.
Sin embargo, en algunas regiones los resultados mundiales se asocian a la degradación de los recursos de tierras y aguas, y al deterioro de los ecosistemas y servicios relacionados. Estos incluyen la biomasa, la fijación de carbono, el buen estado de los suelos, el almacenamiento y suministro de agua, la biodiversidad, así como servicios sociales y culturales. La agricultura ya utiliza el 11% de la superficie terrestre del planeta para la producción agrícola. También consume el 70% de toda el agua que se extrae de los acuíferos, ríos y lagos. Las políticas agrícolas han beneficiado principalmente a los agricultores que tienen tierras productivas  y acceso al agua, desatendiendo a la mayoría de pequeños productores que siguen atrapados en una pobreza con una gran vulnerabilidad, degradación de las tierras e incertidumbre climática. 

Políticas e instituciones:

Las instituciones responsables de las tierras y las aguas no han seguido el ritmo de la creciente intensidad del desarrollo de las cuencas fluviales y el grado cada vez mayor de interdependencia y competencia por los recursos tierras y aguas. Se necesitan instituciones mucho más adaptables y colaboradoras para responder con eficacia a la escasez de recursos naturales y a las oportunidades del  mercado.

Perspectivas hacia 2050:

Hacia el año 2050 se prevé que el aumento de la población y los ingresos requiera un 70% más de producción mundial de alimentos y hasta un 100% más en los países en desarrollo, en relación con los niveles de 2009. Con todo, la distribución de los recursos de tierras y aguas no favorece a esos países que deberán producir más en el futuro: la disponibilidad media de superficie agrícola per cápita en los países de ingresos bajos es menos de la mitad que en los países de altos ingresos, y la idoneidad de las tierras cultivadas para la agricultura por lo general es más menor. Algunos países cuya demanda de alimentos crece aceleradamente también son los que afrontan elevados niveles de escasez de tierras o agua. Lo más probable es que la mayor contribución al aumento de la producción agrícola se dé por intensificación de la producción en las tierras agrícolas existentes. Para ello será necesaria la adopción generalizada de prácticas sostenibles de gestión de las tierras, y un uso más eficiente del agua de riego a través de una mayor flexibilidad y fiabilidad y una mejor aplicación del agua de riego.

Sistemas en peligro:

Es necesario hacer un examen crítico de las pautas predominantes de producción agrícola. Una serie de sistemas de tierras y aguas corre actualmente el riesgo de deterioro progresivo de su capacidad productiva, por una combinación de excesiva presión demográfica y prácticas agrícolas insostenibles. Los límites físicos de la disponibilidad de tierras y agua en estos sistemas pueden agudizarse aún más en algunos lugares por causas externas, como el cambio climático, la competencia con otros sectores y los cambios socioeconómicos. Estos sistemas en peligro exigen una atención prioritaria de medidas correctivas, simplemente porque no hay sustitutos.

Condiciones favorables:

Hay potencial para ampliar la producción de manera eficiente para abordar la seguridad alimentaria y la pobreza a la vez que se limitan las repercusiones en otros valores de los ecosistemas. Hay espacio para que los gobiernos y el sector privado, así como los agricultores, intervengan en forma mucho más dinámica para avanzar en la adopción general de prácticas sostenibles de gestión de las tierras y  el agua. Las medidas no sólo incluyen opciones técnicas para promover la intensificación sostenible y reducir los riesgos de la producción, también comprenden un conjunto de condiciones para eliminar las limitaciones e incrementar la flexibilidad. Estas incluyen: (1) la eliminación de deformaciones en el marco de los incentivos, (2) mejora de la tenencia de la tierra y el acceso a recursos, (3) instituciones de las tierras y las aguas fortalecidas y más colaboradoras, (4) servicios de apoyo eficientes, con intercambio de conocimientos, investigación adaptativa, y finanzas rurales, y (5) un acceso mejor y más seguro a los mercados.

Cooperación internacional, inversión y políticas:

La adopción  generalizada de prácticas sostenibles de gestión de las tierras y las aguas también requerirá que la comunidad mundial tenga la voluntad política para aportar el apoyo financiero e institucional necesario para fomentar la adopción generalizada de prácticas agrícolas responsables. Es necesario dar marcha atrás a la tendencia negativa de los presupuestos nacionales y la ayuda oficial para el desarrollo asignada a las necesidades de las tierras y las aguas. Algunas posibles nuevas opciones de financiación son el pago por servicios ambientales (PSA) y el mercado de carbono. Por último, existe una necesidad de integración mucho más eficaz de las políticas internacionales e iniciativas relacionadas con la gestión de las tierras y las aguas. Sólo con estos cambios el mundo podrá alimentar a sus ciudadanos a través de una agricultura sostenible que produzca dentro de los límites del medio ambiente.


¿Sabías que en el mundo...?

  • La superficie agrícola en el mundo era en 2001 de 5.016.729 miles de hectáreas (incluyendo pastos), lo que representa el 38,4% de la superficie terrestre. El 65,2% de la superficie agrícola se encuentra en países en desarrollo.
  • El VAB (Valor Agregado Bruto) de las ramas primarias en el mundo representa el 6,2% de su PIB, alcanzando para el caso de los países en desarrollo el 11,9%.
  • En el mundo hay aproximadamente 1.100 millones de personas empleadas en las ramas primarias, de ellos el 40% son trabajadores asalariados por cuenta ajena.
  • La media mundial de tractores por cada mil empleados en agricultura es de 20, aunque las diferencias son gigantescas entre regiones. En la Unión Europea alcanza los 920 mientras que en África sub-sahariana sólo es de 1 tractor por mil agricultores.
  • El suministro de energía alimentaria medido en calorías por persona al día se situó en 2002 en 2.803, en los países desarrollados alcanza las 3.314 mientras que en los países en desarrollo el promedio es de 2.674 calorías.
  • El consumo de carne en los países en desarrollo ha pasado de los 10 kilos anuales por persona entre 1964-66 a los 26 kilos de 1996-97. La leche y los productos lácteos han experimentado también un crecimiento rápido, pasando de los 28 Kg. anuales por persona en 1964-66 a los 45 kg. actuales.
  • La producción mundial de la pesca de captura y la acuicultura suministró alrededor de 101 millones de toneladas de pescado para el consumo humano en 2002, lo que equivale a un suministro per cápita aparente de 16,2 kg.
  • Si no se tiene en cuenta la producción de China, el suministro total de pescado para consumo humano ha ido creciendo más lentamente que la población mundial; como consecuencia de ello, el suministro medio de pescado per cápita, excluido el de China, disminuyó de 14,6 kg en 1987 a 13,2 kg en 1992 y se ha mantenido estable desde entonces.


Fuentes: FAO (Naciones Unidas), Banco Mundial, INE, Ministerio de Agricultura y Pesca.



EL SUELO Y SU USO AGRÍCOLA

Históricamente, el aumento de producción agrícola se ha logrado por expansión del área cultivada y por incrementos en los rendimientos por unidad de cultivo. Hasta la década de los cincuenta la expansión de la superficie cultivada desempeñaba un papel más importante en el aumento de producción. En cambio, las décadas de los sesenta y setenta se caracterizan por el hecho de que la intensificación de los cultivos por unidad de superficie pasó a ser, paulatinamente, el factor principal en los aumentos de producción. Se estima que la contribución de la intensificación de los aumentos de la producción agrícola mundial es del orden de 80%. En la década de los setenta la superficie arable del mundo aumentó en forma lenta, con excepción de Oceanía, y disminuyó en el caso de Europa occidental.
En los países en desarrollo la expansión de las áreas cultivadas siguió desempeñando un papel importante, si bien decreciente. Es así como, ya a fines de los setenta, aproximadamente dos tercios de la producción adicional se originaba en cultivos intensivos, reflejando una tendencia diferente a la de los años cincuenta. La situación se ilustra con el caso latinoamericano. El 80% del incremento anual de cultivos durante la década de los cincuenta tenía su origen en el aumento de la extensión del área cultivada; en cambio, en la década de los setenta, con excepción de Brasil, sólo 25% del incremento es atribuible a esa causa.
La reducción en el ritmo de expansión de la frontera agropecuaria coincide, históricamente, con elevadas tasas de crecimiento de la población, que resulta en una decreciente relación tierra agrícola-hombre. En el área dedicada al cultivo de cereales se ha reducido esa relación de 0.24 hectáreas por persona en 1950 a 0.18 hectáreas por persona en 1975, y a 0.13 en 1990, reducciones significativas ya que los cereales ocupan el 70% del área total mundial destinada al cultivo de granos. Obviamente, se dan diferencias importantes entre países. Para África la FAO señala que la tierra utilizada para la producción de alimentos es inferior a 0.10 hectáreas per capita en Rwanda, de 0.20 a 0.29 hectáreas en Etiopía, y es superior a 0.50 en Chad.
Asociado al proceso de pérdida de tierras agrícolas, se da un proceso de deterioro de aquellas actualmente en uso o de utilización potencial. La FAO señala que los suelos aptos para uso agrícola son sólo un porcentaje relativamente reducido de las disponibilidades globales de suelos. Según Kovda (nombre de la organización que agrupa a diversas localidades rurales de Rusia), aproximadamente el 70% de la tierra disponible dista mucho de ser ideal para la producción agrícola y, por lo tanto, requiere mejoras de diferentes tipos. Sólo 11% de los suelos del mundo están libres de limitaciones serias para el uso agrícola. Las limitaciones más importantes son la sequía, que afecta a 28% de los suelos, la resistencia mineral y problemas químicos afecta a 23%, mientras que la escasa profundidad es un problema que caracteriza a 22% de los suelos; el exceso de agua y las heladas son las limitaciones que afectan principalmente a 10% y 6%, respectivamente, de los suelos del mundo.
Lo anterior implica que las posibilidades de incorporar tierras nuevas al cultivo son cada vez menores, o que las inversiones que ello significa, así como el costo de su conservación, son bastante elevados. De las tierras actualmente en uso, la gran mayoría están sometidas a fuertes presiones para aumentar su productividad y, además, expuestas a fuerte deterioro, que en casos extremos puede dar lugar a la pérdida irreversible del recurso.
La degradación de los suelos, o sea «la pérdida total o parcial de su capacidad productiva, tanto para su utilización presente como futura» (FAO), se debe fundamentalmente a los siguientes procesos: erosión, sedimentación, anegamiento, salinización y alcalinización, contaminación química, uso indiscriminado de fertilizantes, herbicidas, pesticidas, etc., uso inadecuado del recurso y, finalmente, la desertificación.
Recursos mundiales de suelos y sus limitaciones
para la agricultura (porcentajes)

Sequía
Estrés mineral
Turberas
Exceso de agua
Heladas
Sin limitación
Norteamérica
20
22
10
10
16
22
América Central
32
16
17
10
--
25
América del Sur
17
47
11
10
--
15
Europa
8
33
12
8
3
36
Asia del Sur
43
5
23
11
--
18
Asia del Norte
17
9
38
13
13
10
Asia Se
2
59
6
19
--
14
Australia
55
6
8
16
--
15


Total suelos:
28
23
22
10
6
11
 Fuentes: FAO, Dimensions of need, op. cit.
 Obviamente, con el crecimiento poblacional es inevitable que las relaciones tierra agrícola-hombre sigan disminuyendo, alcanzando sus valores más bajos en países como Egipto y Rwanda, donde es inferior al 0.1. Esta situación inevitable es manipulada y alimenta los argumentos neomalthusianos. Sin ignorar la importancia de la disminución del recurso tierra por habitante, lo importante es recordar que muy pocos países han sido y pueden llegar a ser autosuficientes en producción de alimentos. Es por eso que las magnitudes globales son importantes.
La información existente revela que la producción de alimentos ha aumentado más rápidamente que la población, siendo la producción per capita actual 18% superior a la de hace 30 años, como se muestra en el gráfico adjunto. Esto no quiere decir que el problema alimentario no existe, sino simplemente que tiene diferentes dimensiones: una, la capacidad interna de producción de alimentos, y otra, la capacidad para acceder a la producción de los países excedentarios. El primer aspecto orienta la política sobre el mejor uso del recurso tierra de cada país de acuerdo a sus posibilidades de importar aquello que no pueden producir.
No sólo hay pérdidas irreversibles de tierra fértil por conversión a otros usos, sino que las disponibles tienen limitaciones y además su mala gestión se traduce en deterioro, con disminución de sus capacidades productivas y eventualmente pérdida, de allí la importancia de examinar algunos aspectos de gestión del suelo.
Un estudio comisionado por el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente) calcula que cerca de 1 200 millones de hectáreas de tierra agrícola sufren procesos de degradación, de éstas algo más de un millón de hectáreas lo son por efectos de la erosión. Las diferentes formas de degradación están asociadas o se derivan de las modalidades de intervención y uso que lleva a cabo el ser humano. El total de área degradada en el mundo es calculado por dicho estudio en 1 964.4 millones de hectáreas, de las cuales 1 215 millones de hectáreas lo son con carácter de moderada, grave y extrema; estas cifras representan, respectivamente, 17% y 10.5% de la tierra con vegetación.
En términos absolutos, la mayor degradación se da en Asia, con 747 millones de hectáreas, o alrededor de 20% de su superficie cubierta con vegetación; en términos porcentuales, sin embargo, la mayor degradación se da en América Central y México, con 24.8% de su área cubierta por vegetación degradada y 24.1% moderada, grave y extremadamente degradada; en términos absolutos, estos porcentajes corresponden a 62.8 y 60.9 millones de hectáreas. En América del Sur el área degradada ha sido calculada en 243 millones de hectáreas, 14% de su superficie cubierta con vegetación, de las cuales 138.5 lo son con carácter de moderada, grave y extrema.
El uso de los elementos del sistema natural, en este caso suelos, y la explotación de sus recursos llevan aparejadas transformaciones inevitables del ecosistema, su estructura y funciones. De estos cambios lo que el ser humano percibe directamente son los que experimenta el paisaje, sobre todo cuando estos tienden a perpetuarse y acentuarse, terminando por ser ya modificaciones prácticamente irreversibles.
Las transformaciones dependen de los cambios en las estructuras económicas y sociales y del creciente poder de transformación que proporciona el mayor conocimiento científico y tecnológico. El paisaje contemporáneo que se percibe, sobre todo en el Viejo Mundo y en Europa en particular, dista mucho de ser natural, es en realidad un continuo natural-social-cultural y tecnológico resultante de la interacción milenaria del sistema social con el natural a lo largo de la historia.
La tecnología es, sin duda, el instrumento más poderoso con que cuenta la sociedad para utilizar su sistema natural; su aplicación ha estado asociada a grandes e irreversibles modificaciones del ecosistema y su expresión visual: el paisaje. Los rasgos típicos del ecosistema se mantienen debido a parámetros climáticos, ecológicas, situación geográfica, topografía, diversidad de especies y otros, así como por la forma como estos elementos se asocian. Pero la explotación de la naturaleza altera su complejidad, la importancia relativa de sus componentes y de sus interrelaciones se modifica, el hombre común llega, en algunos casos, a percibir cambios en el paisaje, pero por lo general no sabe, o no se da cuenta, de que ellas son reflejo de alteraciones más profundas que sufre el ecosistema. Estas últimas van asociadas a pérdidas de diversidad, cambios en la estructura del suelo, mayores flujos de energía, menor persistencia de los ciclos de la materia y la creciente madurez del ecosistema.
Algunos sistemas naturales están dotados de gran resiliencia de manera que, de interrumpirse la interferencia antrópica que origina la modificación, pueden recuperarse, retornando, si no a un estado preexistente, al menos a uno muy similar a ese estado original. Otros sistemas, en cambio, no se recuperan y se mueven hacia nuevas posiciones de equilibrio con condiciones de funcionamiento y sustentabilidad diferentes. En ambos casos la dimensión temporal es fundamental ya que, en periodos largos, cualquiera que sea la resiliencia del sistema, los cambios tienden a incorporarse en forma permanente, de manera que todo ecosistema, y su expresión visual, es decir el paisaje, aun conservando sus rasgos típicos fundamentales, o su «personalidad», como decía González Bernáldez, lleva incorporadas modificaciones provocadas en diferentes periodos históricos y como respuesta a diferentes situaciones socioeconómicas y culturales: «En un mismo paisaje encontramos siempre retazos de épocas distintas, partes de edad diferente, superpuestas y entremezcladas. Es el resultado de la distinta histéresis o persistencia de procesos muy variados».
Una consecuencia de lo anterior es que los ecosistemas fuertemente intervenidos, y por periodos muy largos, tienden a hacerse dependientes de la intervención humana. Es decir, la conservación de ese ecosistema está supeditada a la acción humana ya sea a través de suministros regulares de energía (por ejemplo, fertilizantes), de acciones de protección (uso de plaguicidas), del suministro regular de agua o finalmente por la conservación de las modificaciones topográficas y zonales introducidas, como terrazas y bancales. Esta dependencia se observa claramente por el deterioro que sufren ciertos paisajes cuando se abandonan o cesan en ellos las actividades económicas.
Desde el punto de vista espacial todo proceso de transformación tiene un epicentro en el que se produce la intervención directa desde el cual, a través de interconexiones espaciales y temporales, se originan una serie de efectos, a menudo insospechados y a veces indeseados, en otros sistemas tanto adyacentes como distantes.
La agricultura ha tenido efectos de transformación importantes que se iniciaron varios milenios antes de la era cristiana. Las poblaciones de animales y plantas, las pendientes y los valles, la cubierta de suelo fértil, la cubierta vegetal de bosques, las praderas, han sido alteradas continuamente en una forma que es hoy prácticamente irreversible: la roturación de los campos, los barbechos, las terrazas y bancales, el riego y la desecación de zonas húmedas han tenido un impacto decisivo en las características, las estructuras y funciones, las disponibilidades de recursos, sobre la productividad de los sistemas naturales y, finalmente, sobre el paisaje.
Los medios y las formas de utilización de los recursos del sistema natural y los cambios que introducen son variados; sin intención de hacer una enumeración exhaustiva, y limitándose a aquellos inherentes a la agricultura, se pueden recordar:
  1. La eliminación de la cubierta forestal, ya se sea por medio del fuego, por el método tradicional de roza, tumba y quema, por simples talas o eliminación destructiva con bulldozers y cadenas;
  2. La manipulación del suelo mediante herramientas manuales, arados o equipos mecanizados de gran envergadura, con profundos efectos sobre sus características estructurales y funcionales; o mediante nivelaciones de tierras, etcétera.
  3. Modificaciones provocadas por los sistemas de regadío, incluyendo la incorporación de tierras marginales a la agricultura;
  4. Alteraciones por aportes de subsidios energéticos y químicos, en particular fertilizantes sintéticos y plaguicidas;
  5. La delimitación artificial del espacio mediante cercos, diques, acequias o canales;
  6. Desecación de zonas húmedas, explotación de acuíferos y construcción de sistemas de riego;
  7. Construcción de terrazas y bancales;
  8. Construcción de vías de acceso, silos, edificios, establos, etcétera;
  9. Agricultura intensiva, homogeneización de cultivos;
  10. Colonización de ecosistemas por especies o variedades ajenas, o por especies híbridas o modificadas genéticamente;
  11. El desarrollo de la ganadería estabulada y sus efectos indirectos en la conversión de usos del suelo: conversión de bosques a pastizales, conversión de cultivos alimentarios a cultivos forrajeros.
Algunas transformaciones afectan a pocos componentes del sistema y de sus ciclos, por lo general los más breves, como por ejemplo los de algunas variedades de animales y plantas; pero otras repercuten sobre la estructura y funcionamiento del sistema propiamente, alterando sus ciclos básicos, como el hidrológico.
Así, la agricultura altera inevitablemente el suelo. Los cultivos obligan a remover la vegetación natural o a su modificación drástica; los cultivos itinerantes con largos periodos de barbecho permiten la recuperación de los bosques naturales, pero pueden causar cambios en las especies y composición de la vegetación secundaria. Otras formas implican la eliminación total de la cubierta vegetal original y la eliminación de especies y/o variedades nativas; por ejemplo, la producción de cereales en la agricultura moderna mecanizada ha eliminado no sólo la vegetación original, sino además los setos y árboles que un tiempo fueron plantados alrededor de tierras arables y pasaron así a ser el hábitat de diversas especies vegetales y animales, y además cumplían funciones microclimáticas en relación con los vientos y la evaporación, o antierosivas en relación con el suelo.
La agricultura moderna tiende a la simplificación del ecosistema y, por lo tanto, del paisaje. La roturación ha alterado los suelos, se han añadido o removido nutrientes, se ha reducido la acidez mediante la adición de cal, se drenan los suelos para eliminar el exceso de agua, se remueven piedras y rocas para facilitar las operaciones agrícolas y recuperar tierras, se nivela para facilitar el riego y la mecanización; se cambian, en fin, la estructura de los suelos y el paisaje. Estas modificaciones están a menudo respaldadas o justificadas por la posibilidad de incorporación de recursos al sistema económico. Por ejemplo, tierras inundadas de llanura padana en Italia, los polders holandeses, y los fenlands ingleses han sido incorporados a la agricultura y se las incluye entre las tierras de la mejor calidad. Las pendientes de las laderas montañosas, en particular aquellas muy empinadas, no favorecen la agricultura, pero la construcción de terrazas y bancales han hecho posible plantar esas pendientes en las culturas más diversas a lo largo de la historia. A su vez, el riego ha alterado los paisajes de amplias zonas áridas y semiáridas en muchas partes del mundo como Egipto, Iraq, Israel, Estados Unidos, etcétera.
Fuente: http://www.eurosur.org/