Mostrando entradas con la etiqueta cambio de paradigma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cambio de paradigma. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de mayo de 2020

Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad




(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo).

Queridos lectores:


He tenido varias semanas de receso por mis múltiples obligaciones; al trabajo ordinario, complicado de mantener en condiciones de confinamiento domiciliario, he tenido que añadir un gran incremento de las fundamentales y a menudo desdeñadas tareas reproductivas (en particular, las tareas del hogar y el cuidado de los niños). Ahora que todo parece haberse estabilizado en un nivel más soportable, retomo el hilo de la serie "Hoja de Ruta" en el punto en el que lo habíamos dejado. En esta ocasión, hablaremos de la importancia de la creación de una comunidad.

Uno de los problemas más graves a los que tendremos que hacer frente durante los próximos años, incluso durante los próximos meses, es a la incapacidad del sistema actual de proveer de medios de sustento a una parte no despreciable de la población.

Fijémonos en el caso de España: ya antes de comenzar esta nueva crisis, el porcentaje de la población en riesgo de pobreza o exclusión social en 2018 era del 26,1% (indicador AROPE), cifra impresionante porque significa que uno de cada cuatro españoles podría verse abocado a la indigencia si las condiciones materiales de la sociedad se deterioran - que es justo lo que está pasando ahora mismo. Con la actual crisis, es más que probable que muchos hogares en España tengan dificultades para llegar a final de mes, en un porcentaje que puede ser incluso mayor que el del indicador AROPE por el drástico cambio de las condiciones laborales para un gran número de trabajadores (según algunas estimaciones, entre parados y afectados por Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, hasta el 34% de la población activa no trabajaría en junio). Muchos de estos ERTEs se acabarán convirtiendo en EREs (lo mismo, pero no temporales), incrementando rápidamente el paro, sobre todo en el sector de servicios y principalmente los de hostelería.

A estas alturas, es evidente que la campaña turística en España este verano será un desastre: vendrán muchos menos turistas, en parte por los problemas económicos que también se viven en otros países y en parte por el temor a contraer la CoVid-19 estando lejos de casa, y eso por no hablar de las múltiples restricciones que aún pueden estar vigentes durante este verano, y que pueden comprometer la rentabilidad de hoteles, bares y restaurantes. Estamos hablando del sector económico que representó en 2019 más del 14% del PIB y del 10% del empleo. Pero no es el único sector severamente afectado: el consumo en general también se están resintiendo, sobre todo en bienes menos fundamentales en estos tiempos de incertidumbre, por ejemplo, la automoción (por poner dos noticias recientes, se anuncian reajustes importantes en el sector: Nissan cerrará su planta de Barcelona, y el Gobierno francés  condiciona las ayudas al sector a la repatriación de puestos de trabajo). Eso hace que el comercio esté también muy debilitado, ya que la gente pospone decisiones sobre el consumo a la espera de ver qué nos depara el futuro, y en el comercio al por menor las medidas impuestas, incluso en los territorios donde avanza la retirada de restricciones, hace que la afluencia de compradores sea mucho más pequeña. A quien esto beneficia es, por supuesto, a la compra por internet, con lo que se está premiando a los grandes distribuidores (Amazon, Alibaba) en perjuicio de los pequeños comerciantes y los pequeños productores. En todo caso, es de prever en los próximos meses el cierre de muchas empresas de todo tipo (desde hoteles y restaurantes hasta concesionarios de coches, pasando por la mercería de la esquina y la librería de al lado, y eso por no hablar de la gran industria). Va a haber un fuerte descenso de la actividad económica y un rápido incremento del paro.

Es completamente inútil esperar que desde las instancias estatales se pueda dar una respuesta efectiva a estos problemas. El Estado funciona bajo unas premisas de continuidad en la actividad, y no está en absoluto preparado para hacer frente a una verdadera transición de fase como la que estamos experimentando. En Física, una transición de fase sucede cuando el sistema analizado experimenta un cambio tan brusco y tan marcado que sus propiedades físicas son completamente diferentes tras la transición: es, por ejemplo, el paso de hielo a agua líquida, o de agua a vapor.  Lo que estamos viviendo no es un simple bache, primero por la crisis sanitaria y después por la económica, sino que realmente muchas cosas no podrán volver al punto de partida, ni siquiera a algo medianamente cercano. En los próximos años algunos engranajes fundamentales del sistema actual saltarán por los aires, y particularmente lo hará la producción de petróleo. No va a haber vuelta para atrás, pero el Estado es un mastodonte que no puede girar. Su manera de funcionar se basa en la recaudación de impuestos, la regulación legislativa y el mantenimiento del statu quo. En un momento en el que las bases físicas y productivas de la sociedad van a sufrir un deterioro tan importante, un Estado, en su concepción clásica, es completamente incapaz de adaptarse; de hecho, lo único que puede hacer es agravar aspectos de la actual crisis (discutiremos con más detalle por qué el Estado está condenado a hundirse en el siguiente post). Los próximos movimientos del Estado serán contraproducentes: intentará aumentar algunos impuestos para poder financiar su plan de choque, pero con una actividad en retroceso los impuestos también caerán y más rápido; recurrirá al endeudamiento, pero el volumen de deuda requerido será tan grande que en seguida el mero pago de los intereses le dejarán prácticamente sin recursos; recortará grandemente los salarios de los funcionarios y al hacerlo se reducirá aún más el consumo; recortará en partidas más "accesorias" desde el punto de vista de lograr la (imposible) recuperación económica y con ello aumentará el malestar - y, lo peor de todo, habrá gente que quedará completamente desprotegida.

¿Qué va a hacer esa gente que no tenga ningún tipo de ingresos a medida que la situación se vaya prolongando a lo largo de los meses? Durante un tiempo podrá vivir de los exiguos ahorros que tenga, de lo que le puedan prestar familiares y amigos, y de malvender algunas pertenencias por las que aún puedan sacar unos reales. Pero todo tiene un límite, y llegará un momento que la única opción para sobrevivir será robar; y a medida que la desesperación crezca, esos robos tendrán que ser más violentos, porque costará más encontrar algo que merezca la pena.

¿Qué puede hacer el Estado delante de esto? Nada. La primera reacción sería aumentar la presión policial, pero sin reclutar más policía, justamente por la falta de recursos. En cuanto el problema se generalice, la policía solo podrá dedicarse a las cosas grandes de verdad, y de vez en cuando atrapará y seguramente apalizará a algunos raterillos, para dar la impresión de que se está haciendo algo.

Este escenario no está tan lejos en el tiempo como podría pensarse, querido lector. ¿Cuánto tiempo falta para que la gente que se ve a quedar sin trabajo y sin cobertura de las diferentes administraciones se vea obligada a robar?

En el contexto actual, esperar a que haya una reacción de las autoridades es completamente suicida. La magnitud del problema es tal que no va  a haber una reacción útil desde el sistema. Y lo peor es que quedarse de brazos cruzados, "porque no me corresponde a mí ocuparme de eso", mientras nuestro vecino pasa hambre, es la mejor manera de minar la cohesión social y de dificultar el establecimiento de esa comunidad que necesitamos constituir.

Porque, sí, necesitamos constituir comunidades, para nuestro apoyo mutuo, y lo necesitamos con urgencia. Necesitamos crear comunidad para dotarnos de resiliencia en medio de los cambios profundos y terribles que se van a dar en los próximos años. Necesitamos crear cohesión y unión, y en medio de todas las dificultades tenemos que encontrar modos de supervivencia, sí, pero también modos de vida. Y tenemos que hacerlo por nosotros mismos, sin esperar a que venga nadie de fuera o "de arriba" a resolvernos este problema.

El hecho de que no quede memoria viva de lo que es vivir sin un Estado hace que la gente no pueda concebir lo que es vivir sin un Estado, pero desgraciadamente la desaparición del Estado es un hecho inevitable del devenir del descenso energético (de hecho, es una de las fases del colapso). A pesar de lo extraña que nos resulte la idea, es un error pensar que no es viable gestionar el descenso desde la comunidad; lo que de hecho es inviable es hacerlo sin la comunidad y desde fuera de ella, porque solo desde una comunidad bien cohesionada se puede gestionar la producción y los excedentes en una situación de descenso energético.

Hay mucho trabajo para hacer. Para crear una comunidad el primer paso es tener un plan. Hay que comenzar por algo muy concreto, muy centrado en un problema  específico y urgente. No se puede redefinir toda nuestra sociedad en un solo día, y necesitaremos de mucho ensayo y error para conseguir nuestro objetivo. Existen ya muchas iniciativas en todo el mundo, y en particular en el territorio español, que pueden ser buenos puntos de arranque para constituir comunidad, desde las cooperativas de consumo hasta las ecoaldeas, pasando por las iniciativas de transición y los movimientos sociales de base de todo el espectro. Cada uno debe buscar aquélla con la que se sienta más cómodo y comenzar a colaborar con ella en la medida que pueda. Recuerden siempre que el bien más preciado es el tiempo; úsenlo con cabeza.

La transición a la comunidad no va a ser idílica, por supuesto. Existen numerosos ejemplos de iniciativas que han fracasado, a veces por falta de concreción y a veces por exceso de la misma. Otro elemento que suele llevar al fracaso, o como mínimo a la marginalización, es el exceso de carga ideológica. Para evitar eso lo preferible es concentrarse en objetivos directos y concretos, tangibles y de primera necesidad, siendo pragmáticos cuando convenga y no dejando que nuestros posicionamientos ideológicos, que quizá no son tan compartidos como pensamos, pasen por delante del objetivo realmente compartido por los participantes en el proyecto. En la situación que vamos a vivir en los próximos meses y años va a ayudar a consolidar las comunidades que surjan el que poco a poco no habrá otra opción: o se construye alguna cosa o no habrá red de sustento para tanta gente.

Uno de los requisitos para crear una comunidad funcional es la gestión de la producción y del trabajo desde el ámbito local. No quiere decir esto que no pueda haber producción que venga de lejos o que algunas personas no puedan trabajar en lugares más distantes, pero de cara a dar una protección a los que se han quedado sin nada no se puede confiar en un sistema basado en las grandes escalas. Se tiene que garantizar la producción y distribución de alimentos de proximidad, fuera de los grandes circuitos de distribución, y se tiene que crear empleo en actividades ahora ninguneadas como la reparación (de todo tipo de cosas, desde el calzado hasta los electrodomésticos), el reciclaje/reutilización de materiales y piezas (algo muy diferente de lo que se hace ahora) o la fabricación artesanal de productos de primera necesidad. No se trata de crear grandes oportunidades de negocio, sino de dar trabajo y sustento a la gente que se ha quedado sin ellos. Aquí también la comunidad es muy importante, porque debe comprar esos productos y usar esos servicios "de la comunidad" en preferencia a otros de procedencia industrial. Eso es algo fácil y de hecho automático si la comunidad está formada por gente que ha caído en la exclusión, que de esta manera constituirían una economía al margen de la "economía oficial"; pero en el período de transición es importante fomentar esta actividad dirigiéndose preferentemente hacia estos servicios comunitarios. 

La transición tendrá que enfrentarse a muchas dificultades de implementación, y una que quizá a muchos les resulte inesperada proviene del pago de impuestos. Efectivamente, esta economía alternativa no genera excedentes de acuerdo con las expectativas de la actividad económica actual, ya que su objetivo no es la generación de beneficios sino la inserción social de sus miembros y proporcionarles medios de sustento y vida digna. Sin embargo, es difícil evitar que el Estado haga una valoración económica estándar de los beneficios que, a su entender, genera esta actividad y que reclame el justo pago de impuestos, al margen de la capacidad real de estas iniciativas de poder pagarlos. Por eso es muy importante que el uso de moneda y de servicios financieros sean, también, alternativos. De todos modos, eso tampoco impediría que el Estado, una vez que este tipo de actividades ganen volumen, acabe buscando maneras de hacer pagar impuestos, introduciendo las modificaciones legislativas pertinentes. Por ese motivo, cuando una iniciativa comience a tomar un cierto tamaño, debe contar con el asesoramiento legal y contable de expertos (voluntarios, por supuesto) que permitan evitar que la finalidad de la iniciativa se desvíe de sus objetivos de no lucro e inserción social. Esta tarea puede volverse muy compleja en los estadios finales del Estado, cuando en su desesperación por no desaparecer intente apropiarse de todos los excedentes, los reales y los percibidos.

Por todo lo dicho anteriormente, la gestión de los excedentes es una pieza clave en la comunidad. La comunidad ha de generar excedentes para hacer frente a momentos de carestía o de penalidad (como lo está siendo el confinamiento acarreado por el coronavirus). De hecho, justamente para tener resiliencia se requiere una producción deliberada de excedentes, esas reservas necesarias para los años de vacas flacas. Fíjense que el concepto de excedente aquí choca frontalmente con la gestión de excedentes en la actual economía: hoy en día, cuando hay excedentes estos se consideran capital y en la lógica del crecimiento exponencial deben ser inmediatamente invertidos de cara a hacer crecer aún más la actividad económica. En la lógica de la comunidad resiliente del futuro, los excedentes deben ser una despensa, una manera de poder afrontar baches, tanto colectivos como individuales, pero se necesita un plan adecuado para su gestión: quién los genera, quién los distribuye, quién tiene derecho a los mismos y, de nuevo, cómo se conjugan con el cobro de impuestos y con el objetivo de no crecimiento de la comunidad.


Como ven, queda mucho trabajo tanto teórico como, sobre todo, práctico para poder implementar una comunidad adecuada y resiliente en cada lugar. Las estrategias serán diferentes según los lugares de aplicación. Por ejemplo, las grandes ciudades necesitarán reducir su población y esponjar su urbanismo para introducir algunas actividades como la producción de alimentos; esto último implicada modificar la gestión de residuos de cara a producir abonos y también introducir cambios en la gestión del agua. Las urbanizaciones aisladas necesitarán ser repensadas y, en algunos casos, abandonadas. En otros lugares lo que se necesitará será adecuar la habitabilidad para acoger personas venidas de otros lugares, y gestionar adecuadamente problemas como el desarraigo, la añoranza del mundo perdido y los conflictos entre los recién llegados y los residentes tradicionales; eso, entre otras muchísimas cosas.

Ya lo hemos dicho: queda mucho por hacer, y cuanto antes comencemos a plantearlo, mejor. Hay que entender que lo que no podemos hacer es ignorar el problema, incluso desde un punto de vista del egoísmo bien entendido, porque delante de un problema de una magnitud tan masiva o nos salvamos todos o perecemos todos: no hay margen para soluciones individuales tan caras a los grupos supervivencialistas.

En el próximo post discutiremos con detalle por qué no cabe esperar ninguna reacción útil o eficaz por parte de los Estados, que, al igual que el capitalismo, encaran las décadas finales de su existencia, al menos en su concepción moderna.

Salu2.
AMT 


(Posteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (V): La caída de los Estados).

lunes, 6 de abril de 2020

Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo.

(Nota: en todo el post, al referirme a las profesiones usaré el género masculino como genérico, como es normativo en castellano, pero obviamente me estaré siempre refiriendo a individuos de ambos sexos - como no podría ser de otra manera).



(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (II): Poniéndose en marcha).

Queridos lectores:

Como prometía en el post anterior, en el presente me voy a centrar en qué cosas podemos hacer cada uno de nosotros en una situación en la que nuestra sociedad empieza a perder su funcionalidad, y sobre todo buscando una salida profesional y vital en un mundo nuevo y extraño en el que las cosas ya no van a funcionar como hasta ahora habían funcionado; un mundo en el cual de alguna manera podría parecer que ya no tenemos cabida. El objetivo de este post  es que, en los próximos años, cuando Vd., querido lector, caiga en el desánimo porque piense que ya no sirve para nada, se dé cuenta de que en realidad Vd. tiene mucho que aportar en el nuevo mundo que va a comenzar.

Aunque intentaré dar una perspectiva amplia de todas las cosas que cada uno de nosotros, en función de nuestros conocimientos, capacidades y experiencia, podríamos hacer en este nuevo mundo que tiene que nacer, es completamente imposible dar una visión completa y detallada de todas las posibilidades. Por tanto, la exposición que sigue no es completamente exhaustiva de todas las posibilidades de ocupación y empleo; además, por las limitaciones de mis propios conocimientos e inclusive porque algunos de los aspectos a los que aludiré seguramente no han sido analizados ni estudiados con profundidad, no todo lo que diré será completamente correcto o adecuado. Es por ello que les pido que tomen todo lo que digo más abajo como una mera orientación: tenemos los próximos años para tratar de de ir afinando cada uno de estos nuevos oficios y ocupaciones dentro de una sociedad mucho más local y resiliente, la que se tendrá que ir gestando justamente durante esos años. Noten también que, por deformación de mi propio perfil, tiendo a centrarme en trabajos más tecnológicos e ingenieriles, cuando obviamente hay muchos otros perfiles que sin duda serán necesarios. Tomen por tanto la relación que sigue como una lista abierta a la cual en cada comunidad podrán ir añadiendo aquello que vayan considerando importante y necesario.

Comencemos por lo más básico: la alimentación. No voy a extenderme con la producción de alimentos, ya que éste es uno de los aspectos más tratados en la blogsfera picolera y colapsista; dejemos simplemente dicho aquí que, como es obvio, la producción agrícola tendrá que emplear a mucha más mano de obra de lo que hace ahora; no quizá ese 80% de la población activa que dicen algunos, pero seguramente el 15 y hasta el 20%. No se trata de renunciar a la mecanización del campo, pero es obvio que se va a tener que planificar bien qué mecanización se puede mantener y de qué manera. Motores más sencillos de fabricar y de reparar, que puedan usar combustibles algo más toscos (por ejemplo, aceites no muy refinados), motores que tendrán menos potencia pero que estarán mejor adaptados al mundo al que vamos. Una discusión abierta y sobre la que hace falta profundizar es qué parte de la producción agrícola se tendrá que destinar a la producción de biocombustibles para operar la propia maquinaria agrícola; está claro que se ha de buscar un buen equilibrio entre la producción neta agrícola y un nivel de mecanización suficiente para reducir la penosidad del laboreo agrícola; eso seguramente implicará una mayor interacción entre personas y máquinas, de manera que aquellas tareas que se automatizan de manera menos eficiente sean realizadas por humanos (por ejemplo, las de selección), en tanto que la fuerza mecánica se limitará sobre todo a aquellas tareas donde lo que cuenta es la potencia. Debido a la futura escasez de fertilizantes artificiales, en cada lugar se tendrá que hacer un diseño adecuado de las prácticas de cultivo que den resiliencia a la producción, desde el barbecho, la alternancia de cultivos, el uso de abonos naturales provenientes de una cabaña ganadera local, la armonización entre diversos tipos de cultivos complementarios (incluyendo árboles), los bosques de alimentos, la integración ecosistémica desde microorganismos hasta los insectívoros, pasando por las "malas hierbas" e insectos que atacan a los cultivos y que ahora deberán ser integrados como parte de ese ecosistema, aparte de muchos otros aspectos como la protección de la erosión del suelo, la prevención de la acidificación, el riego y la adaptación a períodos imprevistos de sequías e inundaciones y así un largo etcétera. Muchas de estas cosas han sido estudiadas y analizadas con profusión en los últimos años en infinidad de páginas web y en libros especializados. Y eso sin contar con todas las complejidades de la gestión ganadera, optimizando su integración ecosistémica, desde palomas y gallinas (fundamentales para tener guano para fertilizar los campos) hasta los conejos, ovejas, cabras y en los lugares más productivos vacas y cerdos, así como también animales para el tiro como bueyes, caballos y mulas. Aquí por supuesto hay mucho trabajo para veterinarios, biólogos, farmacéuticos y en general toda la gente que tiene experiencia tratando con ganado.

Aparte de la gente que ya se dedica a actividades agropecuarias, aquí hay una salida para la gente que proviene del campo y ya tiene conocimientos, aunque sean básicos; también, para ingenieros agrícolas, forestales, químicos ambientales y profesiones semejantes, así como para la gente que tiene conocimientos como aficionado e interesado en estos temas. Mención aparte merece el uso de plantas silvestres para la elaboración de remedios, usando conceptos de farmacopea moderna, lo cual también da salida a farmacéuticos y biólogos. 

Una cuestión diferente concierne la pesca, una actividad que va a sufrir una seria reducción, en parte por la falta de petróleo y en parte por el agotamiento de muchos caladeros; diseñar un nuevo modelo de pesca local y sostenible es un trabajo ingente que llevará mucho tiempo pero que será la resultante natural de las restricciones que va a imponer el nuevo mundo; y esa es una ocupación para ingenieros navales (para hacer la reingeniería de los barcos, usando materiales más modestos), biólogos marinos, marinos, pescadores, etc.

Sin salirnos del ámbito de la alimentación pero avanzando en la cadena de consumo, otro aspecto clave será la distribución y tratamiento de las materias primas alimentarias. Aquí hay aspectos logísticos fundamentales, como el de la reutilización de envases, fundamental para minimizar la necesidad de materiales; también, todo lo que pueda ser distribuido a granel debe ser vendido de la misma manera; mucho trabajo para logistas, contables, especialistas en paquetería y similares, sin olvidar los transportistas, que tendrán que utilizar camiones más pequeños y optimizar los recorridos (de nuevo, con una buena planificación logística). Además, trabajar con menos envases y a granel plantea problemas sanitarios ya olvidados por el actual uso masivo de envases individuales, que deben ser también abordados por médicos, enfermeras, farmacéuticos, veterinarios, biólogos, químicos, ingenieros y un largo etcétera de profesiones similares. En el caso del tratamiento de materias primas alimentarias, existe una infinidad de consideraciones que hacer sobre seguridad alimentaria y conservación de alimentos (usando una mucho menor cadena de frío, puesto que ésta es muy costosa energéticamente), y esto también supone muchas posibilidades de trabajo completamente novedosas, y particularmente emplearía mucha mano de obra para el mero acarreo, algo que ahora se considera ineficiente pero en un futuro nada lejano se considerará imprescindible.


Consideraciones semejantes se van a dar en todo tipo de comercio: necesidad de reaprovechar envases, disminución de los envoltorios, mayor cantidad de mano de obra... se van a tener que cambiar los actuales criterios de eficiencia económica por otros de simple viabilidad, aunque eso lógicamente va a repercutir en los precios y en la renta disponible (pero tampoco hay alternativa). Los canales de distribución tendrán que ser mucho más locales, pudiéndose mantener la distribución a larga distancia para solo unos pocos bienes de alto valor. Un factor importante para todo el sector de la distribución, al igual de lo que comentamos en el caso de la agricultura, será  el reaprovechamiento de viejos motores, con todo el trabajo de reingeniería que comporta, y las posibilidades de trabajo para ingenieros, mecánicos y herreros.

En el caso concreto de la ropa, reaparecerán actividades muy arrinconadas actualmente, como el corte y confección, y el arreglo de ropa. Algunos remiendos se harán de manera casera, mientras que otros se harán de manera más profesional. La misma situación se dará con el calzado. Una cuestión interesante es que se requerirán materiales mucho más locales y se volverán a considerar materiales textiles y de otro tipo que ahora no se usan tanto; esto creará una industria local que ocupará a mucha gente en todos los niveles.

Hablando de la ingeniería, la era del descenso energético puede ser una auténtica edad de oro de la ingeniería, porque todo tendrá que ser reconcebido, rediseñando y reimplementado. La maquinaria tendrá que ser fabricada pensando en el uso de materiales sencillos y en la facilidad de la reparación, además de para el mejor aprovechamiento de la energía. Esto puede implicar que se sacrifique la compacidad de los diseños actuales y, sobre todo, la potencia: la cantidad de trabajo hecha por unidad de tiempo será en general inferior, porque a mayor potencia más entropía y por tanto más disipación e ineficiencia. Se necesitarán expertos en metalurgia y en mecanizado, se tendrán que hacer más piezas ad hoc y para cada reparación concreta. Otro aspecto importante será el aprovechamiento de metales de desecho, que actualmente están en las chatarrerías; se necesitará muchísima gente con diversos conocimientos y también mucha mano de obra para separar, preparar, refinar y distribuir los distintos materiales de la manera más eficiente. Otra fuente masiva de materiales de alta calidad, e incluso para el reaprovechamiento de algunas de sus partes y sistemas, son los actuales coches, y en ese sentido se debe incentivar su recuperación y tratamiento: una buena salida para muchos mecánicos, técnicos de ITV y operarios de plantas de ensamblaje de coches.

Un punto importante en nuestro futuro para las próximas décadas es el del mantenimiento de la red eléctrica. Richard Duncan, autor de la teoría de Olduvai, opina que en nuestra sociedad hipertecnificada la primera infraestructura en fallar debido a la escasez de combustibles fósiles será la red eléctrica. Se trata de una infraestructura de una gran complejidad física y operacional (miles de kilómetros de líneas, cientos de estaciones de transformación, decenas de estaciones de monitoreo en tiempo real, centros de gestión centralizada y un ejército de operarios que deben trabajar día y noche para garantizar que todo funcione correctamente), debido a que hoy en día la electricidad se utiliza para muchas actividades industriales y requiere una gran fiabilidad. Aguantar en pie las gigantescas torres de alta tensión, garantizar la estabilidad del flujo que se mueve a través de miles de kilómetros de cables y al tiempo conseguir que se sigan generando inmensas potencias eléctricas que se regulan según la demanda es algo titánico y casi milagroso en condiciones normales, y requerirá un replanteamiento general en una situación de descenso energético. Una cosa positiva es que la caída de los volúmenes de producción en general harán que la demanda eléctrica sea sensiblemente menor, pero en todo caso la transición a un nuevo modelo, más descentralizado, manejable y de menor potencia, será una verdadera contrarreloj durante los próximos años, y muy probablemente las próximas décadas se vean marcadas por repetidos y duraderos apagones en muchas zonas hasta que consigamos un nuevo estado de equilibrio. La generación y distribución eléctrica tendrá que volver a ser parecida a como fue al principio: generación de menor potencia, de proximidad y gestionada de manera mucho más local; todo ello, con la ventaja de los mayores conocimientos y mejores sistemas de control actuales. Nos tendremos que olvidar de LEDs y volver a sistemas de iluminación más sencillos de fabricar, y en general volver a motores más básicos. De las líneas de alta tensión, tendremos que decidir cuáles merece la pena mantener (con el gran esfuerzo que llevará) y cuáles deberán ser desguazadas para aprovechar sus materiales. Aquí de nuevo las oportunidades de trabajo son enormes y muy variadas, desde la ingeniería, la metalurgia, la electricidad, la electromecánica y en general una gran cantidad de mano de obra con todo tipo de especializaciones o prácticamente sin ella. Dado los costes, los usos de la electricidad deberán ser aquéllos que societariamente den el máximo rendimiento porque si no la actividad simplemente no será sostenible.

Yendo ya a la obra en general y a la edificación en particular, existe un gran cantidad de trabajo por hacer: se tendrá que proceder al acondicionamiento y rehabilitación de viviendas, y en algunos casos la mejor opción será la demolición controlada (para aprovechar sus materiales) de viviendas que no tienen sentido en el nuevo escenario (demasiado altas, demasiado masificadas, demasiado alejadas de las rutas de comunicación y suministro que van a pervivir, sin acceso a agua o con problemas para su bombeo, potabilización o depuración de aguas residuales, etc). Se requerirá también una mejor planificación urbana, recuperando ideas hace tiempo denostadas en aras de favorecer la movilidad rápida y masiva con coches utilitarios. Mucho trabajo para arquitectos, aparejadores, albañiles, peones y también para empresas dedicadas a la fabricación y distribución de materiales de construcción, que tendrán que readaptarse para trabajar también el reprocesamiento de los ingentes materiales de los edificios en demolición.

Mención aparte requiere la obra pública. Se tendrá que decidir qué se mantiene y de qué manera, y qué no. Aquéllas infraestructuras críticas tendrán que ser dimensionadas para la capacidad de mantenimiento real que vamos a tener, muy mermada por la disminución (aunque no desaparición, una pequeña parte de biocombustibles se podrá dedicar a esto) de la fuerza mecánica. Se tendrá que inspeccionar qué infraestructuras pueden acarrear un riesgo grave para la población si caen en un estado de abandono (presas hidráulicas, centrales nucleares, balsas de residuos, etc) y adoptar planes para su desmantelamiento controlado (una carga que va a ser muy onerosa en la era del decrecimiento energético, y cuya gestión dará muchos dolores de cabeza). Se requieren ingenieros de caminos y obra civil, planificadores, gestores, logistas y una gran cantidad de mano de obra.

Otro punto crítico, y de tanto más que hablemos de núcleos de población de mayor tamaño, es el saneamiento de las aguas residuales y del propio alcantarillado. En algunos lugares, se tendrá que repensar el alcantarillado y hacer actuaciones urgentes, y en ocasiones drásticas, de cara a evitar la rápida propagación de enfermedades transmisibles por el agua (recordemos que en el siglo XIX las epidemias de cólera y de fiebres tifoideas fueron frecuentes). El tipo de tratamiento que se tendrá que hacer será muy diferente al actual, pues no habrá tantos reactivos químicos como tenemos ahora (derivados del petróleo en muchos casos), pero se podrán encontrar alternativas razonables. Una cuestión también a tratar es la del aprovechamiento de las aguas y lodos residuales: como decía Víctor Hugo en "Los miserables", las cloacas son una fuente inmensa de riqueza, puesto que con las heces van multitud de nutrientes que deben volver a los cultivos para cerrar los ciclos naturales de muchos elementos (Aldous Huxley, en "Un mundo feliz", llegaba incluso a proponer el reaprovechamiento de los cadáveres para evitar perder el fósforo). Finalmente, aparte de la potabilización, el suministro de agua se puede ver afectado por la falta de energía y los problemas de mantenimiento de las conducciones, así que se requiere una gran planificación sobre qué se puede mantener, en qué condiciones y qué usos se permiten al agua. Se puede llegar inclusive a limitar el número de personas que pueden vivir en un cierto núcleo de población. Está también la cuestión de la adaptación al cambio climático, muy compleja y que tendrá que ser analizada municipio a municipio. Con todo lo dicho, queda claro que hablamos de un sector que también dará una gran cantidad de trabajo a todos los niveles: ingeniería, química, bioquímica, microbiología, logística, control de calidad, planificación urbansítica, poceros, albañiles y un largo etcétera.
 
Hablemos ahora de la red de telefonía, una infraestructura muy importante porque facilita la coordinación y la transmisión de información que puede ser crítica. La primera cuestión que merece ser debatida es sobre el tipo de tendido: ¿se debe usar el cobre, que cada vez será más escaso y difícil de conseguir? ¿O utilizar la tecnología de la fibra de vidrio, que se basa en materiales mucho más baratos pero que es más compleja de transmitir y decodificar, requiriendo cierta capacidad microelectrónica? Seguramente se tendrá que buscar un compromiso entre ambas, con un estándar que seguramente se tiene que desarrollar. 

La cuestión de la telefonía suscita también la de las Tecnologías de la Información y las Telecomunicaciones (TIC) en general y la cuestión de los ordenadores y otros sistemas de procesamiento en particular. Es evidente que los actuales niveles de la electrónica de consumo son completamente insostenibles y en el curso del descenso energético se va a producir una simplificación enorme de la informática (el cual hará que estas páginas que he escrito estos años, algún día, se perderán para siempre - no me causa ninguna pena, pierdan cuidado). Se tendrá que establecer una verdadera informática de guerra en los primeros compases del descenso energético, asegurando que los pocos sistemas informáticos que vayan quedando a medida que todos se vayan irreparablemente averiando, lo que nos quede de la actual época de apogeo de las TIC, se usa para aquellos servicios críticos donde la fuerza de computación de un microordenador es fundamental. A medida que pase el tiempo se tendrá que buscar la manera de fabricar chips de mayor tamaño y menores prestaciones pero mucho más fáciles de fabricar, y sobre todo que se puedan elaborar de manera lo más local posible. Se tendrán que recuperar prácticas de programación como las que yo conocí cuando era niño, en el que medías los bits usados al milímetro. Hay una ingente cantidad de trabajo para ingenieros electrónicos y de materiales, expertos en microelectrónica, especialistas en electrónica en general, programadores, diseñadores y una vez más un largo etcétera.

Y volviendo a un tema que acabamos de mencionar, la era del descenso energética será una era donde cobrará una renovada importancia el soporte en papel para los documentos, en una época progresivamente menos eléctrica y menos electrónica. Tendremos que desempolvar las viejas técnicas de indexación de archiveros y bibliotecarios, pues el uso de microinformática quedará restringido en aquellos casos en los que tener una alta capacidad de procesamiento sea estrictamente necesario; de hecho, para bibliotecas, registros y para el papeleo y contabilidad de empresas y similares, lo más práctico será recurrir al archivo en papel de toda la vida: más fiable, razonablemente rápido y tecnológicamente asequible (lástima que esto pasará cuando estábamos completando la digitalización de tantos archivos). Aparte de la gran cantidad de trabajo para los especialistas de biblioteconomía y documentación, hay mucho trabajo en general para contables y administrativos, bastante más que el que hay ahora.

Y todo esto por no hablar de otras profesiones actuales que lógicamente se tendrán que mantener, como médicos, enfermeros, maestros, policías, jueces, abogados, bomberos y así un larguísimo etcétera. Profesiones todas ellas que deberán hacer muchos ajustes en la época de escasez (por ejemplo, el concepto de sanidad tendrá que ser muy diferente) pero que indudablemente de una forma u otra van a pervivir. 

Para quien no encuentro trabajo es para los publicistas, pero seguramente esta gente encontrarán algo productivo a lo que dedicar su talento.

Como ven, en realidad hay muchísimo trabajo por hacer, y mucho trabajo que hacer una vez se establezca la nueva sociedad. Nadie sobra; simplemente, se deben reorientar las carreras profesionales. Tendremos también que desempolvar viejos tratados que nos explican cómo se hacían antes las cosas, y a partir de ellos y con los conocimientos actuales, deberemos desarrollar nuevos métodos y sistemas. Hay una cantidad inmensa de cosas por hacer. Faltará trabajo dentro del mundo que se muere, con sus decadentes maneras de hacer y que cada vez serán más disfuncionales, ineficaces y reducidas; pero en el nuevo mundo que va a nacer habrá muchísimo trabajo y se necesitarán muchísimas manos.

Todo está por hacer, solo que nos hemos acostumbrado tanto a lo que teníamos, que creíamos que era eterno. No lo era. Podemos sentirnos desamparados al principio, pero en realidad tenemos un mundo de oportunidades delante de nosotros. Esos sí, un mundo centrado en lo local, donde una pieza clave es la comunidad. Eso es de lo que hablaremos en el próximo post de esta serie.

Salu2.
AMT

(Posteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad).

miércoles, 1 de abril de 2020

Coronavirus, una razón más para salir del capitalismo.

Queridos lectores:

Máximo Luffiego me ha enviado este interesante escrito sobre el futuro del capitalismo, espoleado por la crisis que plantea actualmente la pandemia de CoVid. Es un ensayo de naturaleza teórica pero orientada a la adopción de medidas concretas para superar y contrarrestar el capitalismo. Unas reflexiones muy pertinentes en este momento.

Les dejo con Máximo.


Salu2.

AMT


CORONAVIRUS, UNA RAZÓN MÁS PARA SALIR DEL CAPITALISMO

Por Máximo Luffiego
La propagación del coronavirus es exponencial. Si no se tomaran medidas, en cuestión de meses, se verían afectadas millones de personas. Su capacidad de reproducción es un éxito biológico. No obstante, desde el punto de vista humano, constituye una amenaza y la prioridad de cada país es intentar limitar su propagación mediante medidas de información, higiene, confinamiento, etc.
Nuestra economía capitalista también ha tenido un crecimiento exponencial, gracias a la explotación de los combustibles fósiles y al desarrollo de la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción. Somos 7.600 millones de personas, hemos colonizado todo el planeta y una cuarta parte de la humanidad no para de viajar por tierra mar y aire. Sin lugar a dudas es un hito de la civilización industrial. 
A falta de un dios que nos juzgue, desde una mirada sistémica con perspectiva planetaria, este éxito es la antesala de un fracaso sin parangón que si no corregimos a tiempo -esperemos que lo haga la reflexión sobre esta pandemia- acabará con la civilización y quizá con la especie. El éxito económico del capitalismo equivale, en el otro lado de la ecuación, a la destrucción, también exponencial, de los recursos y de los sistemas vitales del planeta. La crisis energética en ciernes, así como la climática y la ecológica tienen las mismas causas: el crecimiento económico y la expansión humana. También la crisis sanitaria actual es resultado del crecimiento económico y de la expansión humana de los que tanto nos ufanamos; al destruir hábitats por la deforestación, la extracción de recursos naturales, el monocultivo y el consumo de animales salvajes, facilitamos el contacto de patógenos con poblaciones humanas (1). 
Como si GAIA velase por la salud del planeta, la pandemia del coronavirus ha alejado temporalmente las crisis energética y ecológica, al ralentizar el crecimiento económico y la emisión de contaminación. El coronavirus nos ha enseñado que unos meses de frenazo económico han sido mucho más resolutivos que las 25 COPs para mitigar el cambio climático y posponer la crisis energética, aunque sea temporalmente. 
La experiencia muestra que las pandemias no reconocen fronteras pero sí la incapacidad para abordarlas a escala mundial. Además ha dejado en entredicho la política seguida por el neoliberalismo en aras del beneficio económico al concentrar muchas industrias en China -también la sanitaria- lo que ha impedido dar una respuesta eficaz a la pandemia.
Ante las amenazas globales, se requiere una ONU capaz de informar y coordinar a todos los países para tomar las decisiones pertinentes. Ahora bien, si una vez superada esta crisis del coronavirus continúa en los países ricos el deterioro social y económico que diezma la clase media, la próxima pandemia podría ser mucho más grave y desatar el caos, con centenares de miles de muertos, desbordando cualquier acción internacional. 
Una economía de crecimiento continuo, como es la capitalista, no puede solucionar algunas de las amenazas globales que ella mismo provoca, como es el caso del cambio climático, de la crisis ecológica y de las pandemias episódicas.
No habrá transición energética ni ecológica si no hay transición económica
Necesitamos otra economía que detenga la destrucción de nuestro planeta y permita desarrollar otra sociedad con valores más humanos. Precisamos realizar una transición económica hacia otro tipo de economía y de sociedad que cumpla estas condiciones y que, desde nuestro punto de vista, podría ser el ecosocialismo. Sin transición económica para dejar atrás el capitalismo no habrá transiciones energética y ecológica sostenibles.
La transición económica hacia el ecosocialismo implica dos fases: una fase de decrecimiento, que acabará probablemente siendo impuesta por la naturaleza, con dos objetivos principales, la desactivación de la economía capitalista y la creación de las condiciones para que se pueda desplegar la nueva economía, y otra fase de desarrollo de una economía Ecosocialista, cuyo objetivo sería la implantación de esta alternativa económica que debe seguir los principios de sostenibilidad ecológica y, al propio tiempo, mejorar las condiciones sociales en las que se encuentran los países y clases más necesitadas.
Aquí solamente trataremos la fase de decrecimiento.
El decrecimiento y la desactivación del capitalismo
En la década entrante habrá problemas con los combustibles fósiles, especialmente con el petróleo. Seguramente se manifestarán con altibajos brutales del precio de este recurso que alternativamente producirán problemas económicos en países importadores y exportadores. Ahora bien, este vaivén no puede durar mucho tiempo ya que habrá un goteo irreversible de países exportadores que vayan engrosando la fila de los importadores, acelerándose así el declive petrolífero. 
Sin embargo, el agotamiento de los combustibles fósiles y de otros recursos no tiene por qué ser el fin del capitalismo. Si algo ha demostrado este sistema es que tiene una capacidad de adaptación muy elevada. Aunque mengüen los recursos energéticos y minerales, el sistema podría sobrevivir en algunos países varias décadas más transmutando en un capitalismo rentista o, como dice Collins (2), en un capitalismo catabólico que se “alimenta de” y destruye la sociedad intentando sobrevivir de la riqueza de los Estados, mediante la deuda y la adquisición y gestión de infraestructuras y servicios estatales. 
La sustitución de la economía capitalista por una ecosocial supone, en palabras de Carpintero y Riechmann (3): “(…) poner trabas al librecambio y la operación de los mercados, al poder del capital, a la mercantilización del trabajo y de la naturaleza”. Pero eso no es suficiente, hay una necesidad imperiosa de neutralizarlo y que deje de operar en las sociedades. 
El crecimiento exponencial de la economía capitalista depende de la acumulación de capital mediante dos mecanismos: La apropiación de plusvalía de los obreros por parte de los empresarios en la economía productiva y la imposición de dinero en entidades financieras que permite multiplicarlo a tasas de interés positivas. 
Aquí, se proponen dos medidas complementarias para desactivarlo basadas en el control de estos mecanismos de acumulación. 
Regulación de los sueldos en las empresas productivas 
Históricamente la revolución rusa implementó la nacionalización de las empresas productivas, medida revolucionaria propuesta por Marx y justificada porque la parte de riqueza arrancada al obrero por parte del empresario (plusvalía) se considera injusta. Sin embargo, tras la caída de la Unión Soviética, las sociedades actuales difícilmente aceptarían una medida tan centralizada, lo cual no es óbice para nacionalizar los servicios esenciales.
Afortunadamente disponemos de otra posibilidad menos drástica: la regulación de los sueldos en las empresas privadas y, por supuesto, en las nacionalizadas. El gobierno negociaría con los sindicatos unos máximos y mínimos de los sueldos en los distintos sectores y categorías profesionales y todos los trabajadores de la empresa votarían los sueldos, incluido el del empresario. Las cooperativas funcionarían con autonomía, como ocurre en la actualidad. Hoy ya existen empresas que se constituyen como cooperativas. Los cooperativistas se reúnen y tratan y votan diferentes asuntos, entre ellos el abanico de sueldos. En la Economía del Bien Común de Felder (4), son asambleas de ciudadanos las que votan distintas cuestiones del pueblo, o barrio de una ciudad, incluida la diferencia del grado de desigualdad que puede haber entre el mayor y menor sueldo.
La imposición de tasas de interés negativas 
La imposición de dinero a una tasa de interés positiva incentiva la acumulación y la competencia entre capitalistas. Este es un mecanismo esencial para la conversión de dinero en capital en la actualidad, más todavía cuando la economía productiva ha entrado en una atonía que ya no proporciona suficientes beneficios al sistema. 
La modificación de la tasa de interés al alza se ha utilizado históricamente para enfriar la actividad productiva y controlar la inflación y a la baja para activarla y elevar la inflación. 
Pero, según Dierckxsens (5), hay una reforma del sistema financiero que podría encauzar esta transición decrecentista hacia una economía estacionaria y, desde nuestro punto de vista, hacia una economía ecosocialista. Se trata de regular la acumulación de capital mediante el establecimiento de tasas de interés negativas a las entidades financieras impuestas por los bancos centrales de los países y, en el caso europeo, supervisados por el BCE (6). 
Una tasa de interés negativa desincentiva la acumulación ya que el dinero depositado se va devaluando. En estas circunstancias, los capitalistas buscarían invertir su dinero en actividades productivas porque el prestamista, que es el banco, además del crédito le pagaría un interés. Inicialmente habría un aumento de la actividad productiva que originaría más capital, pero este, a tasas de interés negativas, ya no se podría multiplicar lo que frenaría la producción.
La plusvalía pierde su sentido con esta medida ya que es la forma de acumulación de dinero que tiene el capitalista en el sector productivo y, como hemos visto, este dinero se iría devaluando desde el momento en que se ingresara en el banco. Naturalmente el empresario debería tener un salario mayor, tanto por la exposición de su dinero como por la calidad del trabajo que realiza. 
La lógica de una reforma de este tipo es que afecta al mecanismo de la reproducción del capital y, por lo tanto, acaba con la racionalidad económica del capitalismo (7). Estas tasas se podrían modular en función de las cantidades depositadas y de las circunstancias económicas. 
Siendo un contrasentido la acumulación de dinero, las burbujas financieras responsables de crisis en el capitalismo no tendrían posibilidad de formarse. 
Sin embargo, una reforma de este tipo del sistema financiero no está exenta de problemas. Por ejemplo, los depositantes minoristas podrían aducir que los ahorros son necesarios para hacer frente a la inflación en el futuro. A este sector, se le podría aplicar tasas positivas. Los países pobres también podrían acogerse a este privilegio, con el fin de atraer capitales para su desarrollo, a condición de no llegar a superar su biocapacidad. Los bancos actualmente pueden crear dinero electrónico; habría que prohibir taxativamente esta capacidad de emitir dinero que debe ser exclusiva de los bancos centrales. Así mismo, habría que eliminar los paraísos fiscales, prohibiendo los depósitos en ellos como un flagrante delito.
Pero el problema de mayor envergadura es que para ser eficaz esta reforma debería implantarse mundialmente. De otra manera el capital migraría hacia otros países rápidamente. Junto a las movilizaciones de jóvenes a escala mundial de estos últimos años para hacer frente al cambio climático, la crisis del coronavirus puede posibilitar una mayor toma de conciencia a escala mundial para implantar otro sistema económico capaz de solucionar los problemas globales. 
A continuación, discutiremos algunos cambios económicos, sociales y ecológicos que podrían derivarse de esta reforma y que constituyen condiciones, seguramente necesarias pero no suficientes, para implantar una economía ecosocialista. 
  1. Permite disminuir el metabolismo económico:
En el contexto de esta reforma, la ganancia estaría regida por la suficiencia y no por la acumulación por lo que la competencia entre las empresas productivas y su metabolismo económico se reducirían notablemente. La renovación tecnológica de las empresas se ralentizaría al ser la competencia mucho menor, aunque esta renovación podría regularse para aumentar la eficiencia tecnológica. De esta manera, el sistema evitaría la sobreacumulación, o sea, la imposibilidad de rentabilizar el capital invertido en tecnología por verse obligado el empresario a cambiarla para poder competir, lo cual puede conducir ocasionalmente a crisis que asolan a las empresas productivas en el capitalismo.
Se impondría con el tiempo la tendencia a producir objetos duraderos. En lugar de crear nuevas necesidades y de fomentar el consumo mediante la publicidad, las modas y la obsolescencia programada, esta reforma promovería el cuidado de las cosas, la reparación de las mismas y el hecho de compartirlas estimulando así la economía solidaria. De esta forma, la seguridad y la esperanza no dependerían tanto del trabajo personal como del colectivo ya que residirían en la economía solidaria y no en acumular dinero individualmente. El sistema fomentaría la creación de cooperativas, en las que la propiedad de los medios de producción sería social y la toma de decisiones democrática.  
Si en estas circunstancias acumular dinero en un banco carecería de sentido, también lo sería acaparar objetos y mercancías; por lo tanto, el intercambio en los mercados se realizaría según su valor de uso y no de cambio. El dinero obtenido en la venta por un vendedor sirve para adquirir en otros mercados las mercancías que necesita, no para acumularlo en un banco. 
La competencia global y extrema que existe en la actualidad menguaría, ya que una tasa de interés negativa desincentiva la competencia pues no tiene objeto trabajar para no poder acumular dinero. Amén de los problemas energéticos que ya comienzan a afectar al comercio global amenazando con la disolución de la red mundial de rutas comerciales, la economía tendería a ser cada vez más local puesto que sería contraproducente la fusión y el gigantismo empresarial al estar sancionada la acumulación. A medida que las economías se fueran haciendo más locales perduraría cierto grado de competencia tanto en la elaboración de productos como en la compraventa de mercancías en los mercados.
  1. Permite hacer frente al paro y a la desigualdad:
Una cuestión primordial es el paro. En la fase de decrecimiento, la actividad económica disminuirá necesariamente aumentando el paro y, por tanto, la desigualdad. Esto sería una tragedia si todavía dominara el capitalismo. 
Hay dos maneras de combatir el paro: reduciendo la jornada de trabajo o/y mediante el Trabajo Garantizado por el Estado. En este último caso, a medida que el decrecimiento de la producción avance y aumente el paro, el balance de obreros a cargo del Estado respecto a la cantidad de obreros empleados en empresas privadas será cada vez mayor. La productividad se ralentizará ya que los obreros contratados por el Estado no están especializados para realizar trabajos tan diversos (8). En ausencia de una competencia exacerbada a escala local o regional, esto no debe representar un problema.
Con el paso del tiempo, la imposición de tasas de interés negativas en esta fase decrecentista nos acercaría a la sostenibilidad social y económica.
  1. Frena el deterioro ecológico:
Otro resultado crítico de esta reforma es que la economía sería mucho más respetuosa con el medio ambiente que la actual. Si los objetos fueran más duraderos se reduciría la extracción de recursos naturales, la actividad industrial, el consumo de energía y la producción de desechos y contaminación, o sea, el metabolismo económico. Con el paso del tiempo, se iría aminorando la tendencia derrochadora de “usar y tirar” y se lograría encarrilar el metabolismo económico hacia una tendencia decreciente adecuándose a los recursos locales, hasta lograr la sostenibilidad ecológica. Entonces el ritmo metabólico acabaría ajustándose a los principios de sostenibilidad ecológica y a la biocapacidad del territorio, logrando la circulación cuasi cerrada de los desechos no renovables. El decrecimiento económico también debería acompañarse, si fuera necesario, de un control poblacional mediante estímulos positivos. 
La restricción de la competencia a una escala local se adapta a lo que ocurre en la Biosfera. En los ecosistemas también se da cierto grado de competencia pero está limitado a las poblaciones que interaccionan entre sí en cada uno de ellos. En consecuencia, para evitar la extralimitación y atendiendo al principio de biomímesis (9), o más propiamente ecomímesis, es aconsejable eliminar la competencia a escala global y restringirla a un tamaño local o regional. Y esta sería una reforma eficaz para hacerlo. 
  1. Permite abordar una reforma agraria
Otra medida crucial es la de diseñar y llevar a cabo una reforma agraria desde una perspectiva social y ecológica. Hay que evitar el acaparamiento de tierras por parte de capitalistas. Dado que no puede producirse acumulación de capital en una economía de tasas de interés negativas, en una situación de un paro importante, algunos capitalistas reconvertidos en terratenientes podrían intentar acumular tierras y tener una relación con los trabajadores cuasi esclavista, sobre todo si el gasoil comenzara a escasear, como parece que puede suceder. La tierra, el agua, los bosques y otros ecosistemas deben ser de titularidad pública. La agroecología permite conservar estos sistemas mediante una gestión que siga los principios de sostenibilidad: conservación y regeneración de suelos, minimización del consumo energético, fomento de la biodiversidad y reducción de transporte gracias a la proximidad de mercados (10). La formación de cooperativas locales sería lo más adecuado para dar trabajo, gestionar y comercializar los productos cosechados. El objetivo final sería, en palabras de González Reyes, (11): “articular un mundo rural vivo y agroecológico”.  
Estas breves reflexiones no pretenden ser sino un modelo esquemático que anime a los economistas a elaborar una alternativa económica ecosocial rigurosa ante el incremento de riesgos derivados de las crisis que atraviesa este sistema. 
Lo que se ha propuesto en estas líneas es una posible vía para cambiar el sistema socioeconómico actual dominado por el capitalismo por otro más humano y reconciliado con la naturaleza con el fin de eludir lo peor del colapso. Sin embargo, hay otra alternativa que niega lo que está ocurriendo y justifica este sistema hasta las últimas consecuencias. 
Negacionismo y neofascismo
El contexto nacional e internacional no es proclive a poner en marcha una transición económica que renuncie al capitalismo. En todos los países hay una clase pudiente organizada internacionalmente que pretende continuar con el saqueo de la sociedad y la naturaleza y conservar su estatus caiga quien caiga, aplicando la máxima de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. El discurso del odio contra el emigrante, la conquista del alma de la gente con el consumismo, el auge del nacionalismo apelando a la seguridad de cada país y el negacionismo del cambio climático y de la catástrofe ecológica, son los ejes del discurso que airea el neofascismo. 
Defender la seguridad de cada país, “America first”, y negar la validez de las instituciones mundiales boicoteando las decisiones planetarias son los ejes de la política neofascista, a sabiendas de que los problemas globales existen. Esta política conduce al exterminio de media humanidad y al agotamiento del planeta, es decir, a un genocidio y ecocidio difícilmente imaginables.
Sabemos que la élite, los superricos, conocen los problemas globales; disponen de la mejor información acerca de la escasez de los recursos naturales y de las crisis climática y ecológica que empezaremos a afrontar en esta década y ya prevén sus “planes de salvación” ante lo que denominan el “acontecimiento”, es decir, el colapso (12). La derecha política fascista se está organizando a escala internacional gracias a la mediación de Steve Bannon. Las élites norteamericana y europea ya saben cuál es el camino a seguir: el autoritarismo dentro de sus fronteras y la guerra fuera de ellas (13). 
Quizá la crisis sanitaria que estamos padeciendo todos los países del mundo pueda ser un punto de inflexión en la toma de conciencia para abordar los problemas globales en un foro mundial, como la ONU. Por de pronto, la mayoría de los Estados han valorado más la vida de sus ciudadanos que la economía (14) y los paladines del neoliberalismo que no lo hicieron inicialmente, Reino Unido y Estados Unidos, han tenido que rectificar, lo cual constituye un avance extraordinario. 
Referencias y notas:



  1. Duch, G (2020). Un virus de monocultivo alimentario. https://rebelion.org/un-virus-del-monocultivo-alimentario/

  1. Collins, C. (2020). Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará. https://rebelion.org/cuatro-razones-por-las-que-nuestra-civilizacion-no-se-ira-apagando-colapsara/
  2. Riechmann, J. y Carpintero, O. (2014). ¿Cómo pensar las transiciones poscapitalistas? En los inciertos pasos de aquí hasta allá. Alternativas socioecológicas y transiciones poscapitalistas. Ed. Universidad de Granada. https://www.traficantes.net/libros/los-inciertos-pasos-desde-aqu%C3%AD-hasta-all%C3%A1-alternativas-socioecol%C3%B3gicas-y-transi
  3. Felber, Ch. (2014). Dinero de fin a medio. Deusto (Grupo Planeta)
  4. Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/
  5. A raíz de la crisis de 2008, la economía ha entrado en un periodo de estancamiento secular, caracterizado por una atonía económica duradera. Para estimular la economía se han utilizado tasas de interés negativas. Esta política financiera se está aplicando en Suiza, Dinamarca, Zona euro, Japón y Suecia (este país acaba de abandonar las tasas de interés negativas en diciembre del 2019 para situarse en tasas de interés nulas). En todos estos casos, se trata de una herramienta reguladora temporal de la actividad económica dentro del marco del capitalismo. 
  6. Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/
  7. Unti, B. (2014). Ecología política, capitalismo actual y políticas de pleno empleo. (Una visión postkeinesiana-marxista del decrecimiento). Sin Permiso. 12 de enero 2014. http://www.sinpermiso.info/Autores/Brandon-Unti
  8. Riechmann, J. (2005). Biomímesis. Respuestas a algunas objeciones. http://institucional.us.es/revistas/argumentos/9/Art1-RIECHMANN.pdf
  9. Mediavilla, M. (2019). Agroecología para alimentar al mundo. 
  10. Rushkoff, D. (2018). La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco. http://sinpermiso.info/textos/la-supervivencia-de-los-mas-ricos-y-como-traman-abandonar-el-barco
  11.  Turiel, A. (2017). España ante el colapso. http://crashoil.blogspot.com/2017/06/espana-ante-el-colapso.html
  12.  Mediavilla, M. (2020). Coronavirus vs crisis ecológica: cuestión de amor. https://www.15-15-15.org/webzine/2020/03/20/coronavirus-vs-crisis-ecologica-cuestion-de-amor/