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viernes, 13 de agosto de 2021

Limitaciones geofísicas al potencial eólico global


Queridos lectores:

Siguiendo con la discusión en las redes sobre las limitaciones en el aprovechamiento de la energía renovable, uno de los puntos que ha causado bastante fricción últimamente es la referencia que yo suelo hacer al artículo de Carlos de Castro, Margarita Mediavilla, Luis Javier Miguel y Fernando Frechoso que fue publicado en la revista científica Energy Policy en octubre de 2011. En este artículo, Carlos de Castro y sus colaboradores estiman cuál es el potencial eólico global utilizando una aproximación novedosa en estos análisis, la denominada aproximación top-down o "de arriba a abajo", en oposición al enfoque habitual bottom-up o "de abajo a arriba". De acuerdo con los cálculos y las hipótesis que los autores detallan exhaustivamente en el artículo, ellos llegan a estimar que el máximo potencial energético de la energía eólica a escala global es de 1 TW de potencia media equivalente (es decir, 8.760 TW·h de energía anuales). Dicho potencial parece alarmantemente bajo a los defensores del modelo imperante de transición energética, ya que tienen claro que con la energía solar es difícil generar tanta energía como desean y que por fuerza tendrán que recurrir a la eólica. Pero es que 1 TW de potencia media equivalente representa tan solo el 6% de todo el consumo de energía anual, y de ese modo todo el sueño de la transición que no será quedaría truncado. Por ello, no es sorprendente que yo haya recibido furibundas críticas por basarme en el trabajo de de Castro et al, que van desde comentarios más bien bobalicones (literalmente, "ese trabajo es más viejo que los leones de las Cortes" - cuando es de 2011) hasta críticas más elaboradas pero poco fundadas técnicamente, que aluden al hecho de que el trabajo de de Castro et al asume que solo se puede acceder a los 200 primeros metros de la atmósfera cuando ahora ya se están proyectando aerogeneradores más altos e incluso se plantea llegar a  construir algunos de 500 metros de altura. La idea repetida es que este artículo está muy desfasado gracias al "gran progreso tecnológico de los últimos años", meme caro a los proponentes de la transición imposible, que usan para justificar por qué si su sistema era tan bueno hasta ahora no se había hecho.

El trabajo de de Castro et al, como todos los análisis científicos, tiene sus limitaciones, que ellos definen muy bien a lo largo del artículo, al margen de otras que pudieran ser descubiertas más tarde. La ventaja de trabajos bien hechos como éste es que todas las hipótesis están bien formuladas, con lo que resulta fácil revisar, ampliar y corregir el trabajo a medida que nuevos datos vengan a confirmar o desmentir algunas de esas hipótesis. Trabajos posteriores al de de Castro et al amplían el potencial eólico terrestre introduciendo otros factores de consideración, sin que cambie el hecho esencial de que éste es mucho menor que las barbaridades que proponen, entre otros, Mark Jacobson.

En el post de hoy pretendo discutir una serie de consideraciones sobre la mecánica de fluidos geofísicos y en particular de la atmósfera terrestre. Son cuestiones muy simples y fáciles de entender, y que permiten desmontar el mito de la energía eólica infinita para empezar a aterrizar la cuestión en los términos razonables que se debe discutir. Estas cuestiones, además, reivindican la validez y pertinencia de los dos puntos clave el trabajo de Carlos de Castro, Margarita Mediavilla, Luis Javier Miguel y Fernando Frechoso, a saber: la necesidad de utilizar un enfoque top-down y el papel fundamental de la capa límite atmosférica. Cuestiones éstas que nada tienen que ver con el presunto progreso en la tecnología de los aerogeneradores pues refieren al funcionamiento de la atmósfera en el planeta Tierra y que van a afectar a cualquier sistema de captación eólica.

Comencemos.

Para entender la diferencia entre el enfoque top-down y el enfoque bottom-up usaré un ejemplo sencillo, extremadamente simplificado.

Imagínense Vds. que tenemos un curso de agua, en el cual el agua se mueve a una velocidad constante, vamos a decir, a 10 kilómetros por hora.


Queremos aprovechar la fuerza del río y medimos la velocidad del agua en este tramo: en todos los sitios nos sale que el agua avanza a 10 kilómetros por hora. Por tanto, si ponemos muchos molinos en este curso de agua podremos generar mucha energía, ya que en cada punto tendremos un curso del agua con esa velocidad. Por tanto vamos e instalamos el primer molino en el curso alto. Es un molino muy grande, que aprovecha una parte muy grande de la energía de nuestro curso de agua. Una vez en marcha, vemos que, efectivamente, nuestro molino nos produce toda la energía que teníamos previsto. Sin embargo, pasa algo que no nos esperábamos.


 


Nuestro molino es tan grande y tan eficiente, y el curso es tan chico que, después del molino, el agua ya no va tan deprisa como antes. Nos encontramos que, más abajo del molino, el agua va ahora a 7 km/h. 

Es un contratiempo que, bueno, con esa velocidad aún podemos trabajar, así que instalamos un nuevo molino más abajo del primero.



Ahora el agua que llega al curso bajo va tan solo a 4 km/h, pero nadie puede detener el progreso, así que vamos e instalamos un tercer molino.

Ahora el agua sale del tercer molino a una velocidad de solo 1 km/h y ya no nos podemos plantear poner un molino más. Si lo hiciéramos, el agua ya no tendría suficiente fuerza para mover las palas, se acumularía y acabaría por desbordarse por los lados (de hecho, en realidad después de cada molino el cauce se ensancha para que se verifique la ecuación de continuidad) . Hemos saturado la capacidad del curso de agua de darnos energía instalando muchos menos molinos de los previstos. Encima, la cantidad de energía que nos producen los que sí hemos instalados también es menor de la prevista, porque el segundo molino produce bastante menos que el primero, y el tercero aún menos que el segundo.

Este ejemplo sencillo y muy diferente de la realidad eólica (los vientos se mueven en 3 dimensiones, mientras que en el ejemplo solo hay 1) nos muestra sin embargo cuál es el problema de la aproximación botton-up, que es la más comúnmente usada. En la aproximación botton-up se asume que los aerogeneradores no interactúan entre ellos. Se entiende que la distancia entre distintos parques eólicos es tan grande que los efectos de interferencia mutua, de estela, son despreciables. Eso es adecuado cuando estamos pensando en instalar una cantidad relativamente pequeña de aerogeneradores, pero cuando los planes de transición energética para el mundo contemplan la instalaciones de millones de aerogeneradores, uno no puede tan alegremente despreciar estas interacciones, y debe por tanto usar la aproximación top-down. En la aproximación top-down, uno evalúa cuál es la cantidad de energía accesible en la atmósfera y estima cómo se puede llegar repartir entre los diferentes sistemas, partiendo de consideraciones técnicas sobre su distribución (incluyendo qué ubicaciones son accesibles, cuáles tienen más potencial, y no interferir con determinados procesos geofísicos y biológicos en los que el papel del viento es importante).

El problema de la interferencia entre aerogeneradores no es una curiosidad académica, sino algo que se tiene muy en cuenta a diversas escalas. Por ejemplo, cuando se diseña un parque eólico, los aerogeneradores de ese parque se distribuyen en una rejilla orientada según la dirección del viento predominante en esa zona, y se deja una separación entre aerogeneradores que es 4D (donde D es el diámetro del aerogenerador) en la dirección perpendicular a la del viento dominante, y de 7D en la dirección que sigue al viento dominante. Eso se hace así, desde siempre, no por capricho, sino porque ya se sabe que cada aerogenerador genera una estela turbulenta que perjudica a los que tenga detrás, y se ha comprobado experimentalmente que el flujo del viento se recupera cuando se respetan estas distancias (4D en la perpendicular, 7D en la dirección a favor del viento). El problema es que la interferencia no solo se da a pequeña escala entre los aerogeneradores de un mismo parque eólico, sino también entre parques eólicos diferentes. Por ejemplo, a la presentación de nuevos proyectos de parques eólicos en Navarra, Acciona ha presentado alegaciones ya que los nuevos parques disminuirían la producción de los existentes (por supuesto, propiedad de Acciona). Y el problema se extiende a mayores escalas: un reciente estudio sobre los parques eólicos en el Mar del Norte observa efectos de interacción a decenas de kilómetros de distancia que han llevado a que el potencial eólico actual de los parques instalados sea hasta un 25% inferior al que estaba previsto.

Vamos ahora con la segunda cuestión que limita el potencial eólico: el comportamiento de la capa límite atmosférica.

La capa límite es una zona que se extiende desde la superficie de la Tierra hasta una altura variable, típicamente de unos centenares de metros. En esta zona la velocidad del viento se va adaptando desde los valores, generalmente muy elevados, que tiene en la alta atmósfera, hasta el valor nulo que debe tener el viento justo cuando toca la superficie de un sólido. En definitiva, la atmósfera se estructura en dos zonas: una superior, en la que el aire no interactúa con la superficie terrestre y que tiene velocidades más elevadas porque la fricción interna del aire (por el choque de sus moléculas) es muy pequeña, y una inferior, la capa límite, donde la elevada fricción del aire con la superficie terrestre genera un proceso de disipación de energía muy intenso. El tamaño de la capa límite y su estructura (laminar o turbulenta) depende de la temperatura, la cizalla del viento, la geometría local de la superficie terrestre y otros parámetros.

En el artículo de de Castro et al, se centran en la parte inferior de la capa límite, que es donde se produce la mayoría de la disipación de energía, y toman un valor de referencia de 200 metros, considerando que hasta mediados del siglo XXI el tamaño promedio de los aerogeneradores instalados y funcionando no superará esta altura. Por ese motivo, los detractores de este trabajo consideran que se quedó muy corto y que está desactualizado, ya que no contemplaba la existencia de aerogeneradores más altos. Sin embargo, no tienen en cuenta tres cosas. La primera es que el propio artículo considera probable que se desarrollen aerogeneradores de más altura (y menciona algunos desarrollos), pero que éstos no serán aptos para todas las localizaciones y que en todo caso lo que ya está instalado se mantendrá hasta que sea decomisionado, con lo que la altura media de todos los aerogeneradores en funcionamiento no superará los 200 metros. La segunda cuestión es que la parte de la capa límite donde se disipa más energía es justamente la que está más cerca de la superficie, así que subir la altura de los aerogeneradores daría como mucho acceso a un poco más de energía disipada (ahora explicaré por qué lo importante es la energía que se disipa). Y la tercera cuestión es que, cuando uno introduce nuevos elementos sólidos fijados al suelo lo que está haciendo es "empujar hacia arriba" la capa límite, sin que necesariamente aumente la cantidad de energía que se disipa en ella: si la superficie de la Tierra se elevase 200 metros respecto al nivel actual no tendríamos acceso a los vientos más fuerte de mayores altitudes, sino que  se configuraría una nueva capa límite con la misma altura de la actual, separando la alta atmósfera de la baja.

Y es que la presencia de aerogeneradores perturba la capa límite, aumentando su extensión espacial sin que ello signifique que su flujo de energía sea mayor. En este artículo de Richard Stevens y Charles Meneveau podemos encontrar un esquema de la interacción de la capa límite con un campo de aerogeneradores.

 

Si se fijan en el lado de la derecha, una sucesión de aerogeneradores de una altura significativamente menor a la de la capa límite acaban elevando la capa límite planetaria. Eso es debido a que los sucesivos aerogeneradores le van detrayendo energía al viento a su altura y eso al final provoca que haya una inyección de energía desde alturas mayores pero dentro de la capa límite (las fechas rojas en la parte de la derecha). Como se ve en la figura, los aerogeneradores crean su propia capa límite interna, que acaba ocupando la mayoría de la capa límite planetaria. Si ponemos aerogeneradores de mayor tamaño, lo único que vamos a conseguir es expandir el tamaño de la capa límite, sin que la cantidad de energía accesible aumente. Vamos a gastar mucho más cemento, acero y neodimio para tener la misma densidad de energía producida por metro cuadrado de instalación que con aerogeneradores más pequeños.

No hay manera de acceder a la energía de las capas altas de la atmósfera por definición: cualquier elemento anclado a la superficie terrestre deformará la capa límite para garantizar esa separación entre la alta y la baja atmósfera. Es como si la capa alta de la atmósfera fuera aceite y la baja agua: siempre se separarán.

Una cuestión que queda abierta es si se puede forzar un incremento de la transferencia de energía entre la alta y la baja atmósfera con aerogeneradores adecuados (por ejemplo, muy altos). De manera intuitiva, se puede asegurar que esas transferencias serán muy pequeñas porque, de otro modo, se alteraría la circulación y se generaría un desbalance energético. En el planeta Tierra los vientos se producen por el calentamiento de la superficie por los rayos del Sol: como la atmósfera es muy transparente, la mayoría de la radiación solar llega a la superficie terrestre, que se calienta y calienta el aire que tiene encima, favoreciendo que ascienda y que el aire de zonas circundantes no tan caliente ocupe su lugar: eso es el viento. Esa energía cinética que el Sol induce en la atmósfera debe ser disipada de alguna manera, porque si no los vientos serían cada vez más intenso, y efectivamente se disipa, en forma de calor, por la fricción interna del aire (viscosidad) y sobre todo por la fricción con la superficie. Por eso la capa límite es tan importante. Al introducir los aerogeneradores, nosotros estamos intentando que la disipación de la energía del viento que se produce por fricción de manera caótica y homogénea en toda la superficie terrestre se dé de manera ordenada en nuestros aerogeneradores para generar electricidad. Y ciertamente podemos hacerlo, pero solo podemos disponer del flujo de energía que se disipa en la capa límite: 100 TW según el cálculo de de Castro et al. Teniendo en cuenta dónde se puede físicamente colocar aerogeneradores, cuáles son las zonas donde sale más a cuenta, y la eficiencia en la transformación de la energía mecánica del viento en electricidad (con estimaciones en general conservadoras y optimistas) es como se llega a ese valor de 1 TW. Poniendo aerogeneradores de mayor altura podríamos quizá incrementar ese potencial, pero de manera marginal - en todo caso, sería necesario hacer un estudio mucho más detallado, con un modelo numérico de dinámica atmosférica, para estimarlo con precisión. Para acabarlo de complicar, el flujo energético de la capa límite se divide en regiones casi inconexas por culpa de los patrones de circulación de la atmósfera, y solo podremos sacar energía de esas regiones: para cada una de ellas, hay una cantidad máxima de energía disponible, y poner más aerogeneradores lleva a que se la repartan entre todos, tocando cada vez a menos por cada uno de ellos (como el estudio del Mar del Norte que citaba antes ejemplifica).

Y por si todo esto no fuera complicación suficiente, el cambio climático probablemente va a modificar los patrones de circulación del viento: dónde sopla, con qué intensidad, y cuál es la dirección dominante en cada lugar. Por ejemplo, se está observando que el viento sopla cada vez con mayor intensidad en el mar y con menos intensidad sobre tierra, por razones que seguramente de nuevo tienen que ver con la estructura de la capa límite.

Dicho todo lo cual, está claro que el valor de 1 TW de potencia media que estiman de Castro et al es simplemente una primera aproximación. En su trabajo hacen muchas hipótesis y la cifra final puede ser mayor o inclusive menor, pero eso no es lo importante de ese trabajo. Lo importante es que pone el foco en aspectos de este análisis antes ignorados. Así avanza la ciencia: a base de ir haciendo hipótesis, comprobándolas o desmintiéndolas y en el proceso proponiendo nuevas hipótesis que cada vez nos aproximen más a la solución buscada. Me he encontrado recientemente mucha gente que dicen que el trabajo de de Castro, Mediavilla, Miguel y Frechoso es incorrecto porque estamos a punto de superar el límite de 1 TW (algunos, dejándose llevar por su entusiasmo, incluso aseguran que ya lo hemos superado: no aún, en 2020 la energía eólica suposo una potencia media de 0,3 TW). En realidad, el trabajo de de Castro et al es solo una primera aproximación, a ser refinada ulteriormente. Trabajos posteriores que incorporan la Tasa de Retorno Energético (TRE) llegan a la conclusión de que el potencial para TRE>10 estaría alrededor de 3 TW (incidentalmente, es por ese motivo que en las charlas digo que el potencial renovable total - de todas las fuentes - se sitúa entre el 30 y el 40% del consumo actual de energía: ese 10% es groseramente el rango de 1 a 3 TW de eólica). Lo que está claro es que, con las limitaciones que hemos comentado hoy, se va a quedar en los pocos TW de potencia media. Y, desde luego, nada que ver con los 90 TW que algunos gurús de la transición imposible proponen.

Una reflexión final: si el flujo energético eólico accesible es limitado, y la instalación de parques eólicos interfiere a grandes distancias, la transición energética requiere amplios acuerdos internacionales sobre un recurso compartido. De otro modos, los países que se encuentran aguas arriba en el patrón dominante de vientos dejarán casi sin recurso a los que se encuentran más abajo, como en el ejemplo de los molinos con el que empezábamos el post. Un aspecto éste, el de la necesaria cooperación internacional y de acuerdos marco, que hasta ahora ha sido completamente obviado en el debate de la transición energética.

Salu2.

AMT 



sábado, 11 de mayo de 2013

Rápido, lento



El despertador suena a las 4:50. Salto de la cama de un brinco y me doy la ducha más rápida de mi vida. No hay mucho tiempo.

Rápido, rápido.

Suena el teléfono de la habitación. Son las 4:55 y ya me he vestido. Me avisan de recepción que el taxi ya me está esperando. Cinco minutos antes de lo previsto; se ve que el taxista también tiene prisa.

Rápido, rápido.

Atravesamos las calles de Palma de Mallorca, desiertas a esas horas, a toda pastilla; el taxista va oyendo música pop, de ritmos muy vivos. Me deja en el aeropuerto poco después de las 5:10 - impresionante.

Rápido, rápido.

Voy directo al control; nunca se sabe lo que te puedes retrasar ahí y de hecho hay mucha gente, para ser la hora que es. Todo el mundo pasa apresurado. Bien, esta vez no me tengo que quitar los zapatos. Recojo todo sin dilación; el embarque empieza a las 5:45 y los pasillos del aeropuerto de Palma son largos.

Rápido, rápido.

Aún me sobran 10 minutos antes de que empiece el embarque. Un momento de calma y en seguida al avión. Despegamos a las 6:15, la hora prevista. Duración estimada del vuelo: 27 minutos. Antes de embarcar veo un anuncio: "A todos nos gusta volar". No es verdad: yo odio volar.

Rápido, rápido.

El avión aterriza 10 minutos antes de lo previsto, dice el comandante, pero mi reloj dice que son las 7:00. Algo pasa con el tiempo en los aviones: nunca tienes claro a qué se refieren cuando te dicen el tiempo de vuelo. Después, la salida: el avión va abarrotado, y toca esperar un rato antes de salir. Tengo margen: mi tren de vuelta a casa no sale hasta las 9:05.

Rápido, rápido.

Tomo el tren de cercanías a las 7:38, y poco antes de las 8:00 estoy en la estación de Barcelona Sants. Suerte de esos 10 minutos de avance que tuvo el avión; si no, llegaría a Sants media hora más tarde y no podría desayunar. Café, croissant, zumo y un precio que no tiene nada que ver con lo que me costaría en casa. Me voy hacia la zona del AVE. Veo un panel luminoso que nos informa de que hay un servicio especial de trenes para que la gente se pueda desplazar al circuito de Montmeló, donde este fin de semana se disputa un Gran Premio de Fómula 1. Todo va rápido, todo tiene que ir rápido.

Rápido, rápido.

Entro en el tren Avant. Todavía no había cogido el tren rápido de Barcelona a Figueres (o viceversa) desde los meses que hace que lo han inaugurado. Es un tren caro y la única parada en Barcelona queda lejos de mi trabajo, y la de Figueres ni siquiera está en Figueres, sino en el pueblo de al lado (Vilafant). Pero tengo que llegar a casa cuanto antes; sólo he estado un día fuera, pero hay momentos en que las horas son como días y los días como meses. Tengo que volver a casa.

Rápido, rápido.

Por fin llego a mi casa. Saludo a mi mujer y a mis hijos; son las 10 y pico de la mañana. El reloj aún manda; hay varias actividades de cada sábado que deben cumplirse, y aún el ritmo es frenético. Sin embargo, la lógica de las cosas comienza a ser más elástica: el tiempo se dilata, los compromisos se relativizan, las cosas importantes reclaman su lugar en la vida.

Lento, lento.

Subo al hospital. ¿Cómo fue la operación? Bien, bien. Algunas molestias, pero ya nos darán el alta, me dice mi suegra, mañana o si no el lunes. Mañana difícil, porque es domingo: habrá que esperar al lunes. Cinco días en el hospital, parecen una eternidad. En los tres días ya transcurridos yo he tenido tres reuniones, he impartido un curso para el Ayuntamiento de Barcelona y he ido y vuelto de Palma de Mallorca para dar una conferencia. Pero aquí el tiempo no pasa acelerado, sino que se desliza perezoso.

Lento, lento.

Ya se puede ir, le digo a mi suegra, ya me quedo yo. Los niños viven ajenos a las preocupaciones y el ajetreo de los mayores; sólo piensan en sus juegos y en sus preocupaciones infantiles: dientes que caen, lecciones en el colegio, un paso largo, dos cortos... Está bien así.

Lento, lento.

El tiempo pasa despacio, despacio. Parece que se detiene. A ratos me quedo adormilado: me doy cuenta de que he dormido menos de cuatro horas (los amigos de Palma, haciendo preguntas y más preguntas hasta la madrugada...). El tiempo pasa lento, como pasan las cosas importantes...

Lento, lento.

En una sociedad acelerada como la nuestra, todo tiene que ir deprisa porque el consumo tiene que crecer de manera exponencial para que nuestra economía prospere, para que se creen puestos de trabajo, para que la cosa tire... Ese consumo incesantemente rápido de la energía lleva a mayor disipación, mayor desgaste, menor rendimiento... es la termodinámica, no podemos escapar a ella: más potencia, menos rendimiento. Se podría decir incluso que hacemos las cosas peor por culpa de la precipitación.


A veces me pregunto si todos mis esfuerzos y desvelos merecen la pena, este ritmo vertiginoso, esa sensación de estar, como Charlot, atrapado en el engranaje de una máquina que todo tritura. Y sin embargo después vuelvo a lo importante, a lo lento, a lo que merece la pena... Sí, esto es lo que merece la pena; esto es por lo que se tiene que luchar.


Figueres, 11 de Mayo de 2013
(tiempo para la escritura de este post: 16 minutos).

jueves, 17 de mayo de 2012

Energía a escala galáctica


 
Queridos lectores,

Del excelente blog "Do the Math!" (en inglés), escrito por el profesor de astrofísica Tom Murphy, suelo destacar un post que considero crucial: "Galactic-scale energy". De una manera clara y contundente ese post muestra que la falacia economicista del crecimiento ilimitado es simplemente imposible por la inviabilidad material de hacer crecer indefinidamente la energía que consumimos (sé perfectamente qué alegarán nuestros queridos amigos del ramo, que se puede crecer desmaterializando la economía, cosa que no ha pasado en ningún lugar del planeta Tierra ni tiene visos de suceder nunca, pero de lo cual ya hablaremos en un post posterior). Sin llegar a esas discusiones tan sofisticadas, el post de Murphy deja bien claro que resolver el problema no significa buscar nuevas fuentes de energía, sino dejar de pretender crecer a toda cosa.

Mi más sincero agradecimiento a Gerard, Ignacio y El Erial han traducido el post para Vds. en un tiempo récord. Agradecerle también a Marga Vidal por adaptar las figuras. Espero que lo disfruten.

Salu2,
AMT

Energía a escala galáctica

Desde el inicio de la Revolución Industrial, hemos visto un impresionante y sostenido crecimiento en la escala del consumo energético por parte de la civilización humana. La gráfica abajo, elaborada con los datos de la EIA (Agencia de la Información sobre la Energía), muestra que la energía usada en los Estados Unidos desde 1650 (incluyendo madera, biomasa, combustibles fósiles, hidroeléctrica, nuclear, etc.) ha seguido una trayectoria de crecimiento notablemente constante, caracterizada por un crecimiento anual del 2,9% (ver gráfico). Es importante comprender la evolución en el futuro de esta trayectoria de crecimiento energético, ya que gobiernos y organizaciones de todas partes trabajan con la suposición de que esta tendencia de crecimiento sostenido continuará igual que ahora durante siglos- y una ojeada a la figura sugiere que es una suposición perfectamente razonable (algunos matices se discuten en esta actualización).

Consumo energético total en los Estados Unidos desde 1650. La escala vertical es logarítmica, por lo que una curva exponencial resultado de una tasa de crecimiento constante aparece como una línea recta. La línea roja se corresponde con una tasa de crecimiento anual del 2,9%. Datos: EIA.

El crecimiento se ha convertido en un pilar tan básico de nuestra existencia que damos por sentada su continuidad. El crecimiento aporta muchísimos beneficios, como coches, televisión, transporte aéreo, iGadgets... La calidad de vida mejora, la sanidad mejora, y a pesar de la proliferación de contraseñas a recordar, la vida tiende a ser más cómoda con el tiempo. El crecimiento trae consigo una promesa de futuro que proporciona razones para invertir en desarrollo, anticipando el rendimiento de la inversión. El crecimiento es el fundamento que justifica las tasas de interés, créditos y, por tanto, la actividad financiera.

Debido a que el crecimiento ha estado presente durante “innumerables” generaciones – es decir, ha sido experimentado por cualquier persona conocida por nosotros o nuestros abuelos- el crecimiento es el argumento central de nuestra propia narrativa sobre quiénes somos y qué hacemos. Por lo tanto nos sentimos incómodos al imaginar una trayectoria diferente. 


Este post aporta un impactante ejemplo de la imposibilidad de un crecimiento sostenido con las tasas actuales- incluso a una escala de tiempo familiar. Por simplificación de los cálculos, bajaremos la tasa de crecimiento energético del 2,9% al 2,3% anual; de esta forma vemos un incremento de factor diez cada 100 años, es decir, el consumo de energía total se multiplica por diez cada 100 años. Ponemos el reloj a cero en el presente, con un uso global de la energía de 12 terawatts (por lo que cada habitante de este planeta de media disfruta de una parte del pastel de 2.000 W) 


Comenzaremos con valoraciones cuasipragmáticas, para luego dejar volar por etapas nuestra imaginación - incluso entonces veremos que chocamos con nuevos límites antes de lo que esperaríamos a priori. De antemano voy a admitir que las premisas en que se basa este estudio son enormemente deficientes. Pero de hecho al final se trata justamente de eso.


Una carrera hacia la Galaxia

Siempre me ha impresionado el hecho que a la Tierra llega tanta energía solar en una hora como la que consumimos en todo un año. ¡Con cuánta esperanza nos ilumina este hecho! Pero no nos dejemos llevar... todavía.

Solamente el 70% de la luz solar que incide en la Tierra entra en su balance energético – el 30% restante rebota de inmediato en la nubes, la atmósfera y la superficie sin ser absorbida. También, al ser criaturas terrestres, podríamos asumir que la instalación de paneles solares estará retringida al suelo continental,  que ocupa el 28% de todo el globo terrestre. Finalmente, sabemos que los paneles fotovoltaicos y las plantas termosolares  tienden a operar con una eficiencia de alrededor del 15%. Vamos a suponer incluso un 20% para nuestros cálculos. El resultado final es de 7.000 TW disponibles, alrededor de 600 veces nuestro consumo actual. Muchísimo margen, ¿no?
¿Cuándo chocaríamos con este límite con un crecimiento del 2,3% anual? Recordad que nos expandimos con un factor de diez cada cien años, por lo que en 200 años consumiremos 100 veces el nivel actual, y llegaríamos a los 7 000 TW en 275 años. 

275 años pueden parecer muchos para la escala de tiempo de un ser humano, pero no lo es tanto para una civilización. Y pensad en el mundo que acabamos de crear: ¡Todo metro cuadrado de superficie cubierto de paneles fotovoltaicos! ¿Y dónde hacemos crecer la comida?

Ahora vamos a relajar un poco los límites. Seguramente en 275 años seremos suficientemente inteligentes para exceder la eficiencia del 20% de tan importante recurso. Vamos a reírnos en la cara de los límites de la termodinámica y usaremos una eficiencia del 100% (sí, ya ha empezado la parte fantasiosa de este viaje). Esto nos quintuplica el recurso, o 70 años más. ¿Pero quién necesita los océanos? Recubrámoslos todos con paneles solares con una eficiencia del 100%. 55 años más. En 400 años, ya chocamos con el límite solar de la superficie terrestre . Esto es muy significativo, ya que la biomasa, viento y generación hidroeléctrica se derivan de la radiación del sol, y los combustibles fósiles representan una batería en la Tierra cargada a lo largo de millones de años. Solamente la energía nuclear, geotérmica y mareomotriz no provienen de la radiación solar- y los dos últimos son despreciables para el análisis, conjuntamente representan unos pocos terawatts.

 Pero la principal limitación del anterior análisis es el área de la superficie terrestre... Deseo concedido. Si captamos el 30% extra que ha rebotado en la atmósfera ganamos solamente 16 años, por lo que el gran esfuerzo de rodear la atmósfera con paneles solares quizá no vale la pena. ¿Pero para qué limitarnos a la Tierra, si ya estamos flotando en el espacio?

Seamos ambiciosos: rodeemos el sol con paneles solares, y que sean 100% eficientes. No importa que esta estructura, de unos 4mm de grosor, que rodea el sol a la distancia de la órbita terrestre, requiera una cantidad de materiales equivalente a la masa de la tierra, y materiales especiales además. Pues haciéndolo nos permitiría continuar con el crecimiento anual del 2,3% durante 1.350 años más a partir del presente.
Llegados a este punto podemos darnos cuenta de que el Sol no es la única estrella de nuestra galaxia. En la Vía Láctea hay alrededor de 300.000 millones de estrellas. Muchísima energía simplemente vertida al espacio, disponible para su uso. Recordemos que cada factor de diez son cien años más que podemos seguir en la autopista del crecimiento. 300 000 millones son once factores de diez, por lo tanto tenemos 1100 años más. Por lo que en unos 2500 años estaríamos usando la energía producida en toda una gran galaxia. Conocemos con cierta precisión lo que hacían los humanos hace 2.500 años. Creo que puedo afirmar sin titubear lo que no estaremos haciendo en 2.500 años.
Demanda de energía global con un crecimiento sostenido de 2,3% en un gráfico logarítmico. En 275 y 345 años usaríamos toda la radiación solar que llega a la superficie terrestre emergida con una eficiencia del 20% y 100%, respectivamente. Si cubrimos toda la superficie de la Tierra encontraríamos el tope en 400 años, con una eficiencia del 100%. En 1350 años usaríamos toda la energía producida por el Sol. En 2450 años, consumiríamos tanta energía como la producida por los 300 000 millones de estrellas que contiene la Vía Láctea. Las notas verticales, en verde, muestran una perspectiva histórica de la situación de estas referencias en el contexto de la civilización
¿Porqué simplemente la solar?
Algunos lectores pueden molestarse por un enfoque centrado en la energía solar/estelar. Si soñamos a lo grande, olvidémonos de las timoratas restricciones de la energía solar y adoptemos la fusión. La abundancia del deuterio en el agua común nos permitiría disponer aquí mismo en la Tierra de una fuente energética aparentemente inagotable. No entraremos en un detallado análisis de esta posibilidad por resultar innecesario. El crecimiento despiadado mostrado arriba implica que en 1400 años contados a partir de ahora, cualquier fuente de energía que consiguiésemos tener habría de eclipsar al Sol.
Permítanme resaltar ese importante punto. Independientemente de la tecnología, una tasa de crecimiento energético sostenida del 2,3% nos exigiría dentro de 1400 años producir tanta energía como el Sol. Aviso: una planta de producción así estaría más bien caliente. La termodinámica impone que si generamos en la Tierra una cantidad de energía comparable a la del Sol, la superficie de nuestro planeta - siendo más pequeña que la del astro rey - ¡debería ponerse más caliente que la del Sol!
Límites termodinámicos

Podemos explorar con mayor precisión los límites termodinámicos del problema. La Tierra absorbe abundante energía del Sol - en exceso, dadas nuestras actuales actividades humanas -. La Tierra se libera de su energía radiándola al espacio, principalmente en forma de ondas infrarrojas. No hay otro camino para librarse del calor. De hecho, la absorción y emisión se hallan en un balance cuasi perfecto. Si no fuera así la Tierra se calentaría o enfriaría lentamente. De hecho, hemos disminuido la capacidad de escape de tales radiaciones, llevándonos al calentamiento global. Aún así, todavía estamos desviados menos del 1% respecto al equilibrio perfecto.


Como la potencia radiada aumenta como la cuarta potencia de la temperatura si la expresamos en términos absolutos (grados Kelvin), podemos calcular la temperatura de equilibrio de la superficie de la Tierra dada una carga adicional de actividad social.
Temperatura de la superficie terrestre dado un crecimiento energético sostenido del 2.3%, asumiendo que empleemos otra fuente distinta del Sol para proveer nuestras necesidades y que su uso se disipa sobre la superficie del planeta. Incluso una fuente energética de ensueño como la fusión desatará condiciones inviables en unos cientos de años en caso de seguir creciendo. Reparen en que la escala vertical es logarítmica.



El resultado se muestra arriba. Como ya sabemos, si nos ceñimos a la superficie de la Tierra, en 400 años agotaríamos nuestro potencial solar. A fin de continuar nuestro crecimiento energético más allá de ese punto, deberíamos abandonar la renovables -derivadas prácticamente todas ellas del sol- por la fisión y/o fusión nuclear. Pero el análisis termodinámico nos dice que de todas maneras estamos fritos. 

¡Detengan esta locura!

El objeto de esta disertación es señalar lo absurdo que resulta asumir que podemos incrementar nuestro uso de la energía, incluso si lo hiciésemos más modestamente que durante los últimos 350 años. Este análisis será un blanco fácil para determinadas críticas, dada lo estrecho de miras de su premisa. Disfrutaría triturándolo yo mismo. Básicamente, el crecimiento continuado de la energía sería innecesario si la población se estabilizase. Al menos se mitigaría un 2,9% del crecimiento energético que hemos venido experimentando a medida que el mundo se ha ido saturando de población. Pero no soslayemos el asunto clave: El crecimiento continuado en el uso de la energía se torna imposible en períodos de tiempo que la mente humana puede abarcar. El análisis precedente brinda una hermosa forma de demostrar este argumento. Encuentro que se trata de un argumento que fuerza a la gente a darse cuenta de los límites genuinos del crecimiento infinito.

Una vez que reconozcamos que el crecimiento físico debe cesar (o invertirse) algún día, podremos darnos cuenta de que todo el crecimiento económico debe igualmente acabar. Este último punto puede que sea difícil de digerir, dada nuestra habilidad para innovar, mejorar la eficiencia, etc. Pero dejaremos este asunto para otro post. 

AGRADECIMIENTOS: GRACIAS A KIM GRIEST POR SUS COMENTARIOS Y POR PLANTEAR LA IDEA ORIGINAL DE QUE EN 2500 AÑOS USAREMOS TODA LA VIA LÁCTEA, Y GRACIAS A BRIAN PIERINI POR SUS ÚTILES COMENTARIOS.

Tom Murphy