Queridos lectores,Hay una cuestión que planea desde hace cierto tiempo por el blog, y es el papel de la población en el dimensionamiento de nuestra crisis energética. La idea subyacente es que plantea Juan en su comentario al último post: "Los límites de las renovables: capital":
El otro día estaba hablando con un conocido sobre la crisis energética, el cenit del petroleo y temas relacionados... Entonces mi amigo, en plan broma, soltó este comentario (disculpas si es algo molesto):
"Oye, pues si no se puede producir mas energía entonces que se reduzca el consumo, para ello que expulsen a todos los inmigrantes y de esta forma se ahorrara electricidad y recursos al haber menor consumo... ¡Y encima al consumir menos energía aumentaría el porcentaje de energías renovables!"
Resumiendo: Reducir población del país para reducir el consumo de recursos.
Me gustaría preguntarte tu opinión sobre la reducción de población en un país para ahorrar energía y recursos. ¿Es una vía factible?
Ha sido, y continua siendo, el deseo de este autor no centrarse en el tema de la población por diversos motivos. El primero, porque mi cualificación técnica para hablar con cierta solidez del tema es nula; sociólogos, economistas y otros especialistas llevan estudiando el problema de la población en general, y específicamente en su conexión con el consumo, desde hace décadas y corresponde a ellos el hacer un balance ponderado de la situación. Eso no evita, por supuesto, que yo tenga mi propia opinión sobre el tema, y es esta opinión la que una y otra vez se me está solicitando, como si mi opinión personal fuese relevante. No puede serlo, no tiene más valor lo que sobre este tema diga que la de cualquiera, porque no tengo más datos que cualquiera otro ni he analizado con detalle esa cuestión. Sin embargo, de cara a zanjar de una vez por todas esta solicitud, voy a expresar en lo que sigue mi opinión sometida a la siguiente salvedad: es la opinión de un ciudadano de a pie, de alguien que no es experto, y como tal no debe tomarse como una opinión técnica y sólidamente fundada; y si ya en las cuestiones técnicas que yo domino o conozco bien me reservo el derecho de adaptar mi opinión a los nuevos hechos que vaya conociendo, en el tema del que hoy hablaré con mayor motivo ejerceré este derecho porque con mayor facilidad conoceré en el futuro nuevos hechos, tan poco es lo que sobre el tema sé. También, intentaré que ésta sea la última vez que me pronuncie sobre el tema y en lo sucesivo remitiré a los nuevos lectores del blog que me cuestionen a este post.
Un tema caro y recurrente en Hank es que la mayor población se da en países donde el consumo de energía per cápita es de los más bajos del mundo. De aquí mi amigo parece colegir que un colapso societario es improbable (éste es nuestro deseo, qué duda cabe) ya que, por un lado, es posible vivir con menos (en eso todos estamos de acuerdo) y por otro no hay relación entre energía abundante y población. Lamentablemente, en ese último punto no puedo estar de acuerdo. Una de las razones de la superpoblación es muchos países es la llegada de medicamentos baratos a esos países, medicamentos cuya producción y distribución en masa propició la energía barata sobre todo del petróleo. Hace años visité la fábrica de Antibióticos en León, mi ciudad natal en España, la cual era prácticamente la única gran industria que había en esa ciudad (130.000 habitantes). Con grandes cubetas donde cultivaban los hongos (y un relevante consumo energético, que duda cabe, para entre otras cosas mantener caliente el caldo de cultivo) esta fábrica llegó, en su mejor hora, a cubrir la mayoría del mercado de antibióticos de Europa (al menos en algunas especialidades, como la penicilina, si no recuerdo mal). Después la compró Mario Conde y comenzaron las desgracias, pero ése es ya otro tema... El caso es que la fabricación a escala de algo tan banal como lo es hoy en día un antibiótico, fabricado en abundancia y distribuido a grandes distancias gracias al aporte energético de los combustibles fósiles, permite combatir eficazmente numerosas infecciones que de otro modo serían mortales. Sólo con eso y con una mejora de la alimentación propiciada por la Revolución Verde se crea una explosión demográfica y una recaída en la trampa maltusiana. ¿Se puede desligar este aumento explosivo de la población del subsidio energético de los combustibles fósiles? Parece poco probable. Además, en muchos países del África Central y Meridional, el gran aumento de la población ha servido para hacer viable la explotación de recursos minerales recónditos, típicamente en minas, para extraer minerales fundamentales para la expansión de la sociedad industrial occidental (para los que ignoran qué llevan en su bolsillo, buscar la palabra "coltan" en Internet puede hacerle comprender que todos tenemos una parte de responsabilidad en el genocidio de África Central -Ruanda, Uganda, Congo- de hace una década). En el caso de materias energéticas de bajo EROEI (o TRE, en español), los esclavos energéticos de Occidente son substituidos por esclavos físicos y bien reales, y de esa manera las cuentas acaban saliendo. Lo siento, es duro de tragar, pero es la puñetera verdad. La conclusión final que a mí se me antoja, en mi completamente subjetiva opinión, es que 1) el subsidio energético de los combustibles fósiles ha favorecido la superpoblación y 2) esta superpoblación es útil para mantener nuestros excedentes energéticos en Occidente. Un último apunte: se calcula que durante las últimas inundaciones unos 20 millones de paquistaníes están en riesgo vital debido a la falta de alimentos, las infecciones y las epidemias (típicamente propagadas por agua no potabilizada). La comunidad internacional ha enviado numerosa ayuda para tratar de mitigar este problema, y como en particular alimentos y medicinas son baratos en nuestro esquema energético, es posible que con el relativamente magro aporte económico se pueda reducir considerablemente el riesgo de muerte para esos 20 millones de almas. Ahora imagínense que en una situación de carestía energética mundial no les pudiéramos proporcionar esa ayuda. Resultado: posiblemente 20 millones de muertos (en un país de 180 millones es el 11% de su población). Ahora sumen mentalmente las mayores catástrofes que recuerden de solamente el último año: inundaciones en China, el terremoto de Haití, los sucesivos huracanes,... Sin un gran aporte energético cada vez que un gran desastre azotase una parte del mundo causaría allá una gran mortalidad, y al cabo de unos pocos años veríamos rápidamente reducida la superpoblación. De la peor manera posible, eso sí.
Volviendo a la cuestión que plantea el amigo de Juan, hay varios errores de concepto, a mi parecer, en esa observación. Si descontamos el consumo de los coches privados, el consumo energético de los hogares es, en todos los países occidentales, menor del 10%. La parte del león del consumo energético se la lleva la actividad industrial, incluyendo el consumo del transporte de mercancías. Se puede pensar que en última instancia la producción industrial y su consumo son un gasto energético de los ciudadanos, y es verdad, pero un gran parte de él es discrecional (no tengo más remedio que comprar comida y ropa, pero puedo pasarme sin el iPad) y por tanto no se distribuye homogéneamente sobre toda la población: aquellos con rentas más altas consumen más que los de rentas más bajas (al fin y al cabo, la energía es un proxy o comodín del dinero). Encima, parte de la producción se exporta a otros países, y parte de la energía que consumimos se gasta en importar de otros países. Lo cierto y verdad es que dentro del consumo energético de un país hay una componente extensiva con la población (es decir, que crece linealmente con la población - a doble población, doble consumo) y una componente no extensiva, aunque no independiente. La prueba más simple de este hecho es que mientras España ha duplicado de 1993 a 2008 su consumo energético (es decir, un incremento del 100%, según datos del prof. Josep Puig de la Universitat Autònoma de Barcelona, aunque no los tengo de primera mano) no ha duplicado su población en ese mismo período (pasó de unos 40 millones a 44 millones, un 10%). Lo cual sugiere que la componente intensiva en población del gasto energético español representa alrededor del 10% en la estructura actual (este porcentaje no sería constante, y en una sociedad más colapsada y menos industrial el porcentaje correspondiente a la población iría subiendo). Por tanto, expulsar a los inmigrantes -unos 4 millones en España- produciría un ahorro quizá del 10% de la energía consumida, lo cual es poco. Pero es que además esos inmigrantes son mayoritariamente mano de obra barata, con lo que su expulsión agravaría probablemente la crisis. He de añadir que se está constatando un retorno espontáneo a sus países de origen de inmigrantes que no encuentran trabajo, así que la parte ociosa de la población inmigrada ya se va ella solita; expulsar a los que quedan, que seguramente trabajan en tareas que los españoles no quieren hacer, y menos por el sueldo que se les da, sólo puede profundizar nuestra crisis económica. España tiene el funesto precedente histórico de la expulsión de los moriscos y la crisis económica que le siguió, no seamos tan necios esta vez. Por acabar con esta cuestión, decir además que el consumo energético de estos inmigrantes no es gratis; ellos pagan, al igual que nosotros, por la energía que consumen, y con su consumo estimulan la economía nacional. Por todos estos motivos, y por otros de naturaleza moral, esta expulsión que propone tu amigo es una barbaridad, además de un despropósito.
Es curioso qué pronto hemos olvidado los ufanos españoles de hoy en día que sólo una generación nos separa de aquellos españolitos que se iban a Europa o a las Américas (que yo en mi familia también tengo), y qué rápidamente hemos adoptado actitudes xenófobas o supremacistas. El supremacismo español es, encima, absolutamente idiota, pues si hay un país en Europa donde la mezcla racial a lo largo de los siglos haya sido intensa es España. Sólo por la parte de los pueblos que invadieron España de una u otra manera, los españoles son descendientes de árabes, judíos, germanos, suevos, alanos, vándalos, fenicios, griegos, romanos, celtas, íberos y de todas las razas que sepamos que se dieron cita en esta península. Mi nombre es de origen griego y significa "digno de estima", mi primer apellido significa "roca de Dios" en hebreo, mi segundo apellido es de origen germánico y significa "hijo de Martín", tengo una bisabuela francesa y mi mujer tiene antepasados alemanes que huyeron a España en los turbulentos años de la Revolución Francesa. Esa mezcla continúa hoy en día con la llegada de gente de otros pueblos que buscan aquí una vida mejor; no es nada nuevo ni nada malo per se. Sin embargo, en una situación de dificultad es muy fácil dejarse llevar por el miedo irreflexivo contra el extraño, el diferente, el que no pertenece a nuestra comunidad, el que no es uno de los nuestros.
Esos miedos son hábilmente explotados por los grupos que hacen demagogia populista y acaban asentándose en la población, incluso aquella que defiende los intereses de los inmigrantes pero que dice, por ejemplo, que hay más delincuentes entre los inmigrantes que entre los naturales del país. La verdad es que lo lógico sería que la proporción de delincuencia fuera mayor en este colectivo, pues está constituido por más hombres y en edades medias, que es el colectivo donde siempre se practica más la delincuencia; encima, mayoritariamente pertenecen a estratos sociales más bajos, donde la delincuencia también es mayor, fruto de las mayores carencias. Sin embargo, recuerdo haber leído hace ya unos años un artículo publicado en una irreverente web que llevaba como nombre Sonotone, en el que el autor analizaba los datos objetivos de la incidencia de la delincuencia y se veía que la incidencia absoluta de población delincuente entre los inmigrantes es varias veces menor que entre la población nativa española. Lo cual también es lógico, porque la mayoría de la gente viene para trabajar para ayudar a su familia en su país, y lo último que quiere son problemas. Sin embargo, las noticias se fijarán en ese clan de carteristas rumanos (¡qué malos que son los rumanos!) porque los miles de honrados trabajadores rumanos que se dejan la piel en la construcción o haciendo de camareros, haciendo su trabajo día a día y sin ruido no son noticia y por tanto no se ven.
Pero el discurso xenófobo no se detiene ahí, y se acusa a los inmigrantes de saturar los servicios médicos, como si no tuvieran derecho a usarlos, como si no los pagaran ellos también, como si no contribuyeran a la riqueza del país. Un bienpensante llegará a una consulta en la que esperan cuarenta personas, de entre los cuales estadísticamente tendrá que haber 4 que serán inmigrantes (o 8 si vive en una gran ciudad, o 20 si vive en según que barrio de esa gran ciudad) y se fijará en lo que para él aporta más información, aquello que es diferente, y se sacará la impresión de que sólo usan el servicio inmigrantes, ignorando la mayoría nativa que no le llamó la atención "porque son gente normal". También se acusa, y se acusará más cuando la crisis se agrave, a los inmigrantes de arrebatar el trabajo a los locales, cuando los salarios que se les ofrece y la dureza del trabajo que desempeñan, como hemos dicho, son inaceptables para los locales. La próxima vez, lector, que oiga una de estas arengas, piense en los datos objetivos y mire si el hecho que le perturba es estadísticamente significativo o sólo la proporción esperable, y aún en realidad por debajo de ella.
La escasez de recursos que trae consigo el Peak Oil implica un riesgo de intentar dar respuestas simplonas a problemas complejos; en la presentación suelo enfatizar esto y el riesgo de que los medios de comunicación fijen la agenda, espoleando más este debate, "que está en la calle", como dicen, como si no fuera creado por esos mismo medios. Porque si no sabemos repartir la carestía no tendremos posibilidades de gestionar el descenso, de crear las comunidades que nos serán tan vitales. Sólo un ejemplo para acabar, que siempre me comenta Quim: En la comarca del Maresme de Barcelona, tradicional huerto de donde se nutría la capital, el saber de los campesinos locales, o payeses, se ha perdido entre la población local, y sólo se ha preservado en los africanos que trabajan de sol a sol partiéndose allí el espinazo. Si echamos a esos "negros de mierda", ¿quién nos dará de comer? Ya expulsamos a los moriscos, no cometamos ese error dos veces.
Salu2,
AMT