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domingo, 30 de julio de 2023

De colapsistas y ecofascistas

 

Queridos lectores:

Hace tiempo que le vengo dando vueltas a la conveniencia o no de discutir en este blog sobre la artificial polémica inflada desde un partido político español contra algunos miembros de la academia española, entre los cuales por desgracia me cuento yo mismo. Hasta ahora he sido bastante reacio a comentarlo, más que de vez en cuando en el momento en que me preguntan por ello en las conferencias, porque no me ha parecido que fuera tema de discusión técnica (que a mi entender es en la que me tengo que centrar) y porque además, al afectarme a mi personalmente, mi visión no puede ser imparcial. Sin embargo, en vista de que la tempestad no amaina sino que arrecia, que esta monserga dura ya más de un año, y por las implicaciones que tiene para nuestro futuro, he creído conveniente escribir esta entrada en mi bitácora para dar mi punto de vista sobre tan desgraciado asunto, máxime porque de otro modo solo se oye el continuo runrún de nuestros detractores sin que en ningún momento nos defendamos nosotros mismos. Va por delante, quede claro, que éstas son solo mis impresiones personales por los hechos que relataré, tal y como los he vivido y entendido yo, y que por tanto es visión de parte: además de esto, lea el lector lo que considere conveniente y sáquese su propia impresión.

Como digo, mi visión sobre este asunto es muy subjetiva, y para entender mejor mi punto de vista haré mi relato cronológico de los hechos que creo relevantes.

El problema se centra en una persona concreta, Emilio Santiago Muiño, aunque algunas otras personas (como Héctor Tejero, Xan López o Jaime Vindel) han tenido un papel destacado en esta historia. Emilio Santiago es en la actualidad Científico Titular del CSIC en el Instituto de Lengua, Literatura y Antropología. Su tesis doctoral versó sobre el Período Especial en Cuba y de cómo la falta repentina de petróleo proveniente de la Unión Soviética tras su colapso indujo un reverdecimiento forzoso de la revolución cubana. Durante años, Emilio Santiago ha estado vinculado a los grupos académicos que han trabajado sobre la crisis ecosocial y la llegada de nuestra civilización a los límites planetarios. Yo le conocí de la mano de Jorge Riechmann, con quien colaboraba, y nuestra relación fue siempre cordial. Con el tiempo fuimos coincidiendo en más seminarios y actos, e inclusive él me invitó a participar en algún acto del colectivo "Rompe el círculo" de Móstoles, la ciudad madrileña donde reside, o el año pasado en un curso organizado en su centro.

En un momento determinado, Emilio Santiago comenzó a implicarse en la política institucional, y me da la impresión de que fue a partir de entonces que la cosa empezó a torcerse. Le nombraron director técnico en el Ayuntamiento de Móstoles y a partir de aquí comienza a involucrarse en profundidad en el partido Más Madrid. En algún momento conoció a Héctor Tejero (quien, según sus propias palabras, lleva más de 20 años trabajando en política) y escribieron juntos un libro que probablemente es la piedra fundacional de su apuesta política personal.

El libro de Santiago y Tejero, que en su día leí (con cierto esfuerzo, dado lo plúmbeo de su prosa y lo escaso de su contenido real) hace una apuesta decidida por lo que ellos denominan el Green New Deal, y de paso denostan las ideas del decrecentismo por no ser "políticamente fértiles" y "propias de las torres de marfil de la academia". A mi, en su día, cuando leía estas cosas, me daba igual, por varios motivos, pero el más importante era porque creo que nadie está en posesión de la verdad, yo tampoco, y quién sabe si su proyecto podría tener éxito: al final, lo mejor es que cada uno intente tirar adelante sus ideas y esperar que entre todos se pueda construir algo mejor. Yo por supuesto les deseaba lo mejor en sus emprendimientos.

Se tiene que decir, empero, que su elección de términos no podía ser más desafortunada. Green New Deal es el mismo término que utiliza la UE para referirse a su iniciativa de capitalismo verde 2.0, e incluso en los EE.UU. es un término que no tiene las mismas connotaciones que tenía para Santiago y Tejero. Su proyecto fue recibido con ésta y otras críticas (yo lo comenté un poco lateralmente), y poco más sucedió.

Pasó el tiempo. El GND de Santiago y Tejero nunca llegó a tener ninguna repercusión más allá de ciertos cenáculos de la izquierda más exquisita. Entre tanto, la incipiente crisis energética hacía que los medios de comunicación de España prestasen más atención al trabajo de algunos académicos y divulgadores españoles, y al mío entre ellos. Comenzó entonces un goteo constante de entrevistas, artículos, apariciones en radio y televisión... Poco a poco, el concepto de decrecimiento comienza a ser más conocido en España, quiero creer que en parte por las menciones que conseguimos colar por aquí y por allá.

En un momento dado, Emilio Santiago anunció a los transitábamos por allá que abandonaba una lista de correo que fundamos hace ya muchos años diversas personas de instituciones y asociaciones preocupadas por la crisis de los recursos y particularmente por los energéticos, aparte de por otros problemas de sostenibilidad. Decía no sentirse cómodo con los planteamientos que en ella a veces se hacían, y que en ocasiones se sentía atacado. En aquel momento me apenó tal decisión, pero al poco supe que había "fichado" de manera más formal por Más Madrid, y entendí que pertenecer a aquella lista de email de frikis pirados podía ser comprometido para su carrera política.

En junio de 2022, Juan Bordera, Alfons Pérez y yo publicamos un artículo en CTXT sobre los previsibles planes de los países del norte de Europa de usar España y otros países del sur como colonias energéticas. Ese artículo fue respondido por otro, publicado en la misma revista, firmado por Emilio Santiago, Héctor Tejero y Xan López, con un tono que solo puede ser clasificado de salvaje y despectivo. A mi me sorprendió y me desagradó el tono tan agresivo de la respuesta, máxime cuando los argumentos en la misma brillaban por su ausencia. Para más inri, se permitían la licencia de decir que con nuestros argumentos les dábamos alas a la ultraderecha: poco más o menos nos venían a acusar de vendidos al capital. Replicamos, claro está, y ahí quedó la cosa, aunque yo ya veía que algo estaba mal, muy mal...

A principios de julio de 2022, un redactor de El País de cuyo nombre no quiero acordarme me solicitó  una entrevista para conocer de primera mano mi opinión sobre la transición renovable y por qué yo veía tantos obstáculos. Aprovechando que yo tenía que ir a Madrid, quedamos en un café cerca de Atocha y conversamos durante una hora y cuarto. Durante esos 75 minutos yo desgrané con mucha minuciosidad los problemas e inconvenientes que plantea el modelo de Renovable Eléctrica Industrial que se nos quiere imponer como único modelo posible y solución de todos los males. En un momento de aquella larga conversación, me preguntó mi opinión sobre el colapso, y yo le dije que ése era un tema que no me interesaba. Como quiera que insistiera, le dije lo mismo que hace años que digo: que el colapso es un proceso, que viene causado por el empecinamiento de las sociedades en soluciones que no funcionan y que siempre es reversible si se abandonan aquellas prácticas que le hacen daño a la sociedad. Nuestra conversación sobre el colapso debió ocupar un par de minutos de aquellos 75 de conversación.

En agosto de 2022 se destapa el pastel: se publicó el reportaje en El País, y fue absolutamente vergonzoso e indignante. Ya el título del artículo dice muy claramente de qué va y con qué intención se ha escrito: "El discurso del colapso divide a los ambientalistas españoles" - no esperen encontrar el enlace aquí, es política de este blog no poner enlaces a medios españoles. En el texto, se me presenta a mi como poco menos que el padre de los colapsistas españoles. De una manera ventajista - y concertada, como se vio en los meses que siguieron - en ningún momento se define el término. Como suele decir Manuel Casal Lodeiro, ya ni siquiera estamos de acuerdo en una definición de lo que es un colapso para empezar. Pero para seguir, ¿qué es un colapsista? ¿Una persona que estudia el proceso del colapso desde una perspectiva académica? ¿Una persona que atisba el riesgo de colapso e intenta prevenirlo? ¿O alguien que desea morbosa y enfermizamente que llegue ese colapso? En ese artículo, como en el abusivo uso que las personas implicadas han hecho del término después, no se dice, pero es obvio que quieren dan a entender la tercera opción. Es decir, un colapsista es una mente enferma y desquiciada que desea que pase lo peor.

El artículo está estructurado de modo que hay dos bandos: los colapsistas, que son los villanos, y los no-colapsistas, que son gente que está haciendo cosas útiles y tienen una actitud positiva para abordar los problemas que tiene nuestra sociedad. En el bando de los villanos, aparte de un servidor, se encuentra Juan Bordera, Margarita Mediavilla y Alicia Valero; del bando de los héroes, Eloy Sanz, Pedro Fesco, Héctor Tejero y Andreu Escrivá. Es decir, los villanos son un científico, dos profesoras universitarias y un activista ambiental, mientras que los héroes son un profesor universitario (un tanto peculiar, si le conocen), dos cargos políticos y un divulgador ambiental. Aquí ya se ve un rasgo distintivo de la campaña de acoso que comienza con este artículo: el objetivo son principalmente académicos disidentes. Pero hay una perla que redondea el artículo: al final aparece el testimonio de alguien que fue colapsista pero ahora se ha pasado al bando de los héroes. Un arrepentido que ha venido a hacer justicia. Efectivamente, es Emilio Santiago.

En su momento el artículo me pareció un insulto y un atropello, y así lo expliqué en un hilo de Twitter, en el cual acabé ofreciendo al redactor de El País la recompensa de Judas Iscariote (para mayor recochineo, se hizo el ofendido, él, y desde entonces veta mi nombre en cualquier cosa que se envíe a El País: lástima, otro diario en el que nunca se publicará nada de mi). Y aunque me pareció muy sospechosa la coincidencia Tejero-Santiago, no le di más importancia y seguí a mis cosas.

Desde entonces, el acoso ha sido continuo. En cualquier ocasión que pueden, este grupo de personas, con Emilio Santiago a la cabeza, nos moteja de "colapsistas". Parece haber además la consigna de no decir lo que realmente somos (y que es lo que verdad les molesta), "decrecentistas". Se trata de crear un clima de opinión desfavorable contra nosotros, y en ese sentido son tremendamente prolíficos en escritos y artículos, aunque afortunadamente usan una prosa tan pedante y engolada que casi nadie se los lee, solo los de su cuerda. En un momento determinado me di cuenta de que usaban cuestiones que conversábamos en la lista de distribución que había abandonado Emilio Santiago meses antes, o sea que alguien les estaba pasando información, y siempre con el objeto de humillarnos y desacreditarnos. Les tendí una trampa muy burda, poniendo un mensaje muy vejatorio en esa lista, y a las pocas horas el propio  Emilio Santiago me envió un larguísimo mensaje de refutación a mi email, demostrándome así que toda la información de la lista le llegaba puntualmente. Tras eso, obviamente y a mi pesar, tuve que abandonar la lista.

Durante estos meses he tenido ocasión de hablar con el resto de académicos a los que principalmente Emilio Santiago y a veces sus adláteres se dedican a humillar y a acosar en sus escritos. La impresión general es de disgusto y hartazgo, sobre todo porque cuesta comprender qué les hemos hecho a estos energúmenos para que nos molesten de esta manera, máxime cuando nosotros no hemos entrado en la batalla de poder de los partidos políticos (ni ganas tenemos). Parece ser que esta gente entiende que somos un estorbo porque ocupamos un espacio político que a su entender les debe corresponder por derecho. Lo cual es muy absurdo, porque a nosotros eso nos da igual; y como le comenté  a Emilio Santiago hace unos meses, en realidad ellos podrían reivindicar nuestro trabajo como propio y de acuerdo con sus ideas, incluso aunque hubiera contradicciones flagrantes, y nosotros tampoco diríamos nada porque en cualquier caso seguramente les encontraríamos más afines que otras muchas opciones políticas. Pero no. Por algún motivo, eso no les bastó. No les bastaba con que no les obstaculizáramos: tenían una necesidad de derrotarnos completamente, de someternos en el ámbito de una imaginaria batalla intelectual que creen estar librando (en ese sentido, es llamativa la gran cantidad de conceptos bélicos que usan en sus escritos: "ganar", "lucha", "conquista", "batalla", etc).

La guinda del pastel ha sido la reciente publicación de un libro escrito por el propio Emilio Santiago, de infame título: "Contra el mito del colapso ecológico". Todos los grandes periódicos del país han entrevistado a Emilio Santiago sobre su libro, a una o dos páginas, todo un lujo - obviamente el Sr. Santiago Muiño conoce resortes que yo no puedo alcanzar, porque a mi nunca nadie me entrevistó allí por ninguno de mis libros y eso que me da en la nariz de que tienen algo mejor tirada que los de él. El Sr. Santiago Muiño está aprovechando estas entrevistas para seguir echando pestes sobre básicamente toda la gente que en España trabaja a nivel académico y activista desde posiciones que no son la suya propia, tildándolos a todos de "colapsistas", y por supuesto sin definir el significado exacto de ese sambenito.

Yo ni he leído ni voy a leer su libro: ojeé algunas páginas por internet y vi la misma prosa pomposa, plúmbea, autojustificativa (este hombre debe tener muchos remordimientos) y vacía de siempre. Gente con mucho conocimiento y ganas de perder unas horas leyendo esa egocéntrica tabarra han escrito sobre él reseñas muy interesante y completamente demoledoras: Jorge Riechmann, Jordi Marín, Aurora Despierta o Vicente Guedero. Yo comentaré aquí del libro lo único que pienso leer, el título. "Contra el mito del colapso ecológico". Tengo muchos amigos y amigas, investigadores e investigadoras en el ámbito de la ecología, algunos de los cuales han visto literalmente desaparecer el objeto de su estudio, que se han sentido profundamente insultados porque un antropólogo del Instituto de Lengua se atreva a decirles que el problema del que vienen alertando desde hace décadas es un mito. En ese sentido, recomendaría al Sr. Santiago Muiño que por si acaso no pase por ningún instituto ni departamento de ecología si no quieren que le expliquen cuatro verdades, aunque me parece que ya de suyo este señor no frecuenta mucho ningún lugar donde se enseñen o tan solo se comprendan las Ciencias Naturales.

Todo lo que hasta aquí he relatado es mi visión personal y sin duda sesgada sobre lo que ha pasado este último año. Ha sido muy triste, y desagradable: yo a Emilio le consideraba un colega y un amigo, y ahora me ha quedo meridianamente claro que no es ninguna de las dos cosas. Pero con respecto a lo sucedido me gustaría ahora dejar de lado el qué y centrarme en el por qué. Por qué ha pasado esto. Y en particular, por qué exactamente están Emilio Santiago et al haciendo lo que hacen. Obviamente yo no puedo conocer sus razones últimas, pero hay ciertos detalles muy reveladores de la verdadera ideología de estas personas, manifestados en sus escritos y en sus actos.

Emilio Santiago presume de trabajar en el ámbito de la ecología política. A mi personalmente el término "ecología política" nunca me ha gustado, porque la ecología es una disciplina bien diferente y en realidad de lo que trata la ecología política son cuestiones de justicia ambiental. Y en esto ya se observa una interesante anomalía en los intereses reales de Emilio Santiago: una cuestión clave cuando se discute sobre justicia ambiental es los abusos del extractivismo sobre el Sur global. En particular, una cuestión que está emergiendo con cada vez más fuerza es cómo la loca carrera de Europa por conseguir hacer "su" transición renovable implica altos grados de destrucción ambiental en el sur del planeta, en la búsqueda masiva de los escasos materiales que son necesarios para esa transición. Cuando se le ha señalado a Emilio Santiago o a otro de sus iguales estos problemas tienen una clara tendencia a mirar hacia otro lado, a "confiar" en que se mejorarán las técnicas extractivistas para disminuir el impacto ambiental y social y, cosa interesante, a decir que nosotros tenemos que ocuparnos de los problemas de aquí, y que ahora la clave es conseguir nosotros hacer nuestra transición (mención aparte merece que también desdeñan la oposición desde el territorio a la implantación de los macroparques renovables). Es decir, su pensamiento tiene un reconocible tufo de nacionalismo del más rancio, desdeñando o ignorando el mal que se hace en otros lados o incluso aquí en pos de "hagamos España grande de nuevo". En ese sentido, da vergüenza ajena ver cómo manosean el término "ecología política" para justificar sus alharacas: hace unos meses celebraron en Barcelona un "gran encuentro de ecología política en España", al que aparte de nuestros héroes acudieron personajes de diverso pelaje. Del mundo académico solo fue, hasta donde yo sé, el ínclito Eloy Sanz; por supuesto no participó ni un ecólogo ni una ecóloga (lamentable para un encuentro de "ecología", por más "política" que fuera). Y para haberse hecho en Barcelona podrían haber contado con alguno de los interesantes académicos de la Ciudad Condal; obviamente no hablo de mi, que además soy el demonio con cuernos, pero podrían haber contado con Jordi Solé (coordinador del proyecto MEDEAS y alguien con mucho conocimiento sobre las transiciones ecológicas), o con alguna de las personas que trabajan en temas de economía ecológica o justicia ambiental, y que son referencia en Europa, como Joan Martínez-Alier, Mario Giampietro o Giorgos Kallis, por poner solo algunos ejemplos. Pero no. Era un evento de ellos y para ellos, en los que no se buscaba saber más, sino justificarse mejor y de paso posicionarse políticamente (la mayoría de los asistentes eran personas del ámbito de la política).

Otra de las claves del pensamiento de Emilio Santiago es el posmodernismo, que en sus versiones más extremas se ha convertido en una corriente tóxica de pensamiento que defiende un subjetivismo de la realidad hasta extremos enfermizos. El posmodernismo afirma que cualquier construcción humana es subjetiva y fruto de la realidad cultural en la que se haga, y de esa manera, en las visiones posmo más radicales hasta la ciencia es una construcción cultural y por tanto opinable. Que la ciencia es un fruto de la cultura es algo conocido y evidente: el entorno cultural condiciona tanto los sujetos de estudio en la actividad científica como los métodos de estudio que se aplican. Pero el relativismo llega hasta cierto punto: en Ciencias Naturales, la aplicación del método científico busca garantizar la reproductividad de los resultados observados, y con todas las salvedades y limitaciones que tiene cualquier conocimiento humano es algo bastante más objetivo de lo que los radicales posmo quisieran aceptar. Yo siempre digo que un cierto escepticismo es bueno, pero un exceso de él es puro cinismo: yo a los radicales posmo les invitaría a saltar por la ventana de un quinto piso, porque al fin y al cabo la Ley de la Gravedad es solamente un constructo cultural. Obviamente no lo harán, lo cual demuestra el absoluto cinismo de sus posiciones: posmodernos, sí, pero no idiotas.

El posmodernismo de Emilio Santiago le ha llevado por derroteros bien curiosos. Sin tener la más mínima idea de física, biología, química, geología o ingeniería se permite la ligereza de juzgar la bondad o falta de acierto de las posiciones en ciertos debates académicos en función de su aceptación cultural. Para Emilio Santiago, que Mark Jacobson y toda su red publiquen 180 artículos demostrando que la transición energética al 100% renovable es factible, fácil y económicamente rentable es prueba suficiente de que la cosa es así, porque a ellos opone la veintena larga de artículos publicados por investigadores españoles en los que se describen las deficiencias y limitaciones que aquejan a ese modelo de transición. Rizando el rizo, se cuestiona Santiago Muiño sobre la anomalía que representa que en España se pueda estar haciendo una investigación puntera sobre este tema "y no en otros países", demostrando un complejo de inferioridad ibérico habitual en las tascas de este país pero que no es de recibo en alguien que trabaja en una institución académica. 

A la tesis de Emilio Santiago resulta muy fácil oponer tres argumentos. Primero, en Ciencias Naturales, cuando hay una controversia, la cuestión no se dirime por una especie de votación artículos a favor - artículos en contra. Lo que hay que hacer es examinar con detalle la cuestión, entender cuáles son los motivos de las posibles discrepancias y resolverlas, y eso es así porque no hay múltiples verdades, sino una sola, que puede ser la de un bando, la del otro o la de ninguno de los dos y ser más compleja. Solo el trabajo detallado y la concienzuda aplicación del Método Científico nos llevará a la verdad, a veces tras largos años. Segundo, desconozco los complejos que puede arrastrar Santiago Muiño por su propia actividad en su particular campo de investigación, pero estaría bien que se informara un poco y se enterara de que España es hoy en día un país puntero en múltiples campos de investigación, sobre todo en el ámbito de las Ciencias Naturales. Y tercero, la ofuscación de Emilio Santiago por defender sus posiciones hace que ni se haya molestado en comprobar la literatura científica. En este momento hay un cuerpo creciente de artículos científicos mostrando los múltiples problemas asociados a este modelo de transición energética, publicados por centros de investigación de todo el mundo. Añadir que la reputación de Mark Jacobson ha quedado muy comprometida después del artículo de refutación que escribieron Christopher Clack y otros 20 académicos, al que Jacobson inverosímilmente contestó poniéndole un pleito a Clack y a la Academia Nacional de Ciencias y que le acabó costando a la institución de Jacobson, la Universidad de Stanford, 10 millones de dólares cuando la demanda se consideró improcedente. Quizá también conviene recordar que Jacobson tiene una importante participación económica en una empresa de instalación y gestión de energías renovables y que por tanto tiene un más que evidente conflicto de intereses.

Una de las cosas más cómicas que le he oído a Santiago Muiño a lo largo de los años es el cuestionamiento de la proximidad del peak oil (de nuevo tomado por él como una "anomalía ibérica"), justo en el momento en que nos empieza a azotar con fuerza. La caída de la inversión en upstream de los últimos años garantiza que la producción no va a poder remontar:

 

y más en un contexto en el que muchas compañías como Exxon y Mobil anuncian sustanciosas caída de beneficios (bien es cierto, viniendo de un 2022 en el que el precio del petróleo tocó los 132$/barril). Por más que los medios intentan hacer creer que la producción de petróleo ha llegado a máximos históricos, lo cierto es que la única categoría de hidrocarburos que se asimilan a petróleo que crece son los líquidos de gas natural, que sólo se parecen al petróleo en que sirven para producir plásticos pero no combustibles líquidos.


Y eso mientras ya se anuncia el declive del fracking en los EE.UU. y la caída de producción se va asentando en el resto del mundo. Y es que, por más posmodernos que nos pongamos, los coches van a seguir necesitando gasolina y diésel para funcionar...

Pero ya ha quedado claro que la realidad física del mundo donde vivimos no le interesa a Emilio Santiago y sus compañeros de travesía. Como he explicado al principio del post, una parte muy destacada de la actividad de estas personas durante el último año ha sido el acoso y el desprestigo de los académicos del Estado español (del CSIC, de la Universidad de Valladolid, de la Universidad de Zaragoza, de la Universidad de Barcelona...) que somos críticos con el modelo de transición renovable. Particularmente destacable es la obsesión de Emilio Santiago conmigo, haciendo referencias continuas a mi persona en incontables artículos, siempre para poner de manifiesto mis errores tanto técnicos (qué sabrá él...) como políticos (de nuevo, qué sabrá él, por más que se crea). Yo hasta el día de hoy no había escrito ni una línea sobre esta persona, y espero sinceramente no volver a hacerlo nunca más; pero él me tiene continuamente en su boca y me temo que ahí seguiré. Yo hice un esfuerzo para conseguir una tregua, llamando a un debate amplio sobre el modelo renovable, pero la respuesta fue con el típico tono arrogante, arrogándose para ellos la elección del qué se podía discutir y el qué no.

Complementariamente a este continuo, infundado e inmoral acoso a los académicos que expresan sus dudas sobre la panacea del Green New Deal, hay otro rasgo interesante del pensamiento político de Santiago Muiño. En una conferencia reciente en León, una persona del público (que luego me informaron que tenía vinculación con este colectivo) me preguntó sobre qué pensaba de la afirmación de Emilio Santiago Muiño de que no se debe decir la verdad a la población, porque eso causa parálisis por culpa del miedo que generan las malas noticias sobre la crisis climática y demás crisis de sostenibilidad. Mi respuesta a esta pregunta es que a mi me causa repugnancia que alguien se crea en el derecho de ocultar información a la población y tomar decisiones "por su bien". Máxime cuando me parece de una soberbia sin límites creerse facultado para tomar esas decisiones sin consultarlo a nadie, y no te digo nada si éstas nacen de un enfoque posmo de la realidad. Desde entonces, y viendo repetida la exposición de este enfoque en alguna entrevista que le han hecho, entiendo que una de las cosas que le molesta particularmente a Santiago Muiño es que esos académicos disidentes divulguemos esa información que él considera que, cierta o no, es mejor ocultar. Eso también explica su enfermiza obsesión conmigo, porque yo soy una persona que he conseguido alcanzar cierta visibilidad en esa divulgación. Lo que me parece ya alucinante es que el Sr. Santiago Muiño se crea en el derecho de intentar reprimir la divulgación de la información, de momento con los limitados medios que tiene pero que estoy seguro que si tuviera responsabilidades de gobierno no dudaría en usar métodos más ejecutivos (y expeditivos).

Así pues, sinteticemos las bases del pensamiento cálido de Emilio Santiago Muiño y sus afines: nacionalismo a ultranza, defensa de un Estado fuerte, relativismo en los aspectos técnicos supeditada a la propia visión (fuertemente ideológica) de cómo se debe hacer la transición, acoso y represión del pensamiento disidente por todos los medios posibles, ocultación de la verdadera situación a la población y toma de decisiones por un élite autoescogida y autoproclamada.

Esto tiene un nombre muy claro: ecofascismo. Los postulados ideológicos en los que se basa el pensamiento de Santiago Muiño son los mismos que los del ecofascismo. Él simplemente ha encontrado una coartada narrativa para justificarlo. El libro de Emilio Santiago, en el que él sintentiza y presenta de manera ordenada estas ideas, será probablemente el Mein Kampf del ecofascismo ibérico.

La procedencia de Santiago Muiño mantiene confundidas a algunas personas en el mundo ambiental, activista y político, que creen que Emilio Santiago sigue siendo uno de los suyos y una referencia legítima en las discusiones sobre la transición ecológica. Lo triste, por duro que sea de aceptar, es que ya no lo es. Él escogió un camino más fácil que cree que le dará más poder, aunque para ello tenga que sacrificar sus amigos y sus ideas.

 

Salu2.

AMT

P. Data: Al final, por más paciencia que se tenga, llega un momento en el que hay que decir basta. Basta ya de atropellos y abusos.


miércoles, 26 de abril de 2017

Elegía del crecentismo



Queridos lectores,

Diez años después del inicio de la crisis, los indicadores macroeconómicos españoles nos muestran que el país está por fin saliendo de ese agujero. Durante más de dos años el PIB español ha estado creciendo y a buen ritmo. Lo peor de la crisis, nos dicen, ha pasado; ahora, por fin, avanzamos por la senda del crecimiento y de la recuperación.

Sin embargo, la percepción popular no es en general tan optimista.

Es verdad, dice la gente, que se está notando que la cosa mejora, que hay más empleo, que la gente sale más de vacaciones, que bares y hoteles se llenan... en suma, que hay más negocio y más actividad, y eso finalmente redunda en más empleo. Sin embargo, las condiciones laborales de la mayoría están cada vez más lejos del relumbrón de hace una década. La tendencia es a salarios más bajos y empleo con menos garantías: el salario más habitual en España es de unos 1.000 euros netos al mes, cantidad insuficiente para vivir con cierta holgura en las grandes ciudades, y hasta un 30% de los asalariados cobran menos que eso.

Pero no son sólo las bajas perspectivas salariales las que atormentan al asalariado español, o al que quisiera serlo. El fantasma del desempleo o del subempleo siempre merodean, y nadie puede sentirse relativamente seguro de no caer en ellos: porque ya tienes más de 40 años, porque tienes menos de 35, porque eres mujer, porque eres fácilmente sustituible... Todos saben que cuando se cae en el desempleo o en el empleo precario hay que salir inmediatamente de ahí, como si se hubiera caído en las brasas, pues en nada de tiempo se cae en la pobreza y la exclusión. Nadie quiere hablar de ello, las televisiones se afanan en disimular esa realidad disfrazándola de anécdota cuando es un fenómeno masivo y que, a pesar de la recuperación económica, apenas retrocede. De acuerdo con la última Encuesta de Condiciones de Vida elaborada por el Instituto Nacional de Estadística español, casi un 28% de los habitantes de España está en riesgo de pobreza o de exclusión social. Los medios de comunicación señalan que se ha producido una mejora con respecto al peor momento de la crisis, en 2013, cuando este riesgo llegó a afectar al 29,2% de la población. Poco más de un 1% que puede explicarse fácilmente con esos millones de españoles que han huido de España por razones económicas; de hecho, teniendo en cuenta ese éxodo la población en riesgo ha disminuido poco, quizá también porque los excluidos son poco dados a viajar, porque saben que serán excluidos aquí y en cualquier otra parte. O porque no tienen muchas esperanzas de poder mejorar.

No todos pierden, obvia decirlo. Hay quien ha salido ganando, pero en realidad son los menos. Hay algunos más que creen que podrían salir ganando, que pueden ascender dentro del sistema, y por ello siguen jaleando este absurdo y destructivo orden de las cosas, pero en realidad se autoengañan, porque el sistema necesita cada vez a menos, también de ellos. Pero mientras se engañan a sí mismos, nos engañan también a nosotros, repitiendo desde sus púlpitos mediáticos o sus carpas televisivas los mismos mensajes, modulados por matices aparentes pero con una unidad de fondo. Vivíamos por encima de nuestras posibilidades, nos dicen. Todos podemos mejorar si nos esforzamos, nos dicen. Ya nunca volveremos a la exuberancia de comienzos de siglo, nos repiten, aquello fue una locura y ahora hay que vivir de una manera "más racional", como si aquella exuberancia fuera en modo alguno culpa de los trabajadores. Tenemos que aprender a ser competitivos y adaptativos, nos peroran, tenemos que reinventarnos y, palabra estrella, emprender. Emprender quiere decir que dejemos de pensar en ser ocupados por cuenta ajena y que creemos nuestro propio negocio; trabajando duro y siendo más imaginativos que la competencia podremos medrar. Pero el hecho tozudo es que no hay grandes oportunidades de negocio, y la mayoría de la gente no tiene formación para aspirar a crear un negocio sofisticado con un gran nicho de mercado, entre otras cosas porque el mercado en su conjunto se está haciendo más pequeño con la pérdida de renta efectiva de las clases medias. Pero el consejo cala y algunos deciden "emprender", y así más de uno y más de dos redime todo su prestación de desempleo, pide dinero prestado a familia y amigos, y monta "su negocio": una cafetería, una panadería, una ferretería... La mayoría de estos negocios no duran más de seis meses; los pocos que atraviesan ese umbral temporal sobreviven porque posiblemente un negocio del mismo tipo y mayor trayectoria ha tenido que cerrar.
 

Éste es el panorama general. Consideramos que estamos recuperando "la normalidad", cuando el hecho es que un poco menos de un tercio de la población española malvive. Pero ésos no son los que leen blogs como éste, y si Vd. pertenece a esos dos tercios de la población aún segura y no le ve de cerca los colmillos a la pobreza y la exclusión, pensará que exagero. Algunos más displicentes dirán con sorna: "Ya está ese tipo de ese blog catastrofista diciendo que se acaba el mundo; pero mira, todo sigue igual".

En realidad, no todo sigue igual. Todo sigue su curso, que es un curso lento, como corresponde a los procesos históricos. El proceso histórico que estamos siguiendo es el del fin del crecimiento y el del fin de capitalismo. Si tal fin tendrá lugar de manera caótica u ordenada, revolucionaria o evolutiva, es algo que depende completamente de las decisiones que tomen los seres humanos que conforman esta sociedad. Puede haber muchas maneras de abordar y resolver este problema, algunas mejores y otras peores, algunas más tranquilas y otras más sobresaltadas, y yo no puedo decir cuál es la más conveniente porque no lo sé. Pero cerrar los ojos y negarse a aceptar que hay un problema, ésa sé seguro que no es una solución.

Y el primer paso para solucionar el problema es comprenderlo. Hay que comprender que estamos llegando al fin del crecimiento. Ésta es una realidad difícil de aceptar para quienes se sienten favorecidos por el sistema actual, por el mecanismo de crecimiento sin fin. Y sin embargo, independientemente de nuestros gustos y preferencias, el crecimiento está llegando a su fin porque está topando con los límites físicos que marcan nuestra biosfera.

Ahora mismo ya no hay grandes oportunidades de negocio. La gran esperanza de las TIC está tocando también sus límites, porque resulta difícil conseguir una mayor penetración de los sistemas de información y porque la Ley de Moore ha muerto, así que no se puede seguir integrando sistemas en cada vez menos tamaño. El negocio que da el planeta Tierra es el que es. Es inmenso, proporciona una gran prosperidad (no siempre bien repartida) y seguramente se pueden producir aún incrementos aditivos, pero el crecimiento porcentual, el tan buscado tanto por ciento de crecimiento anual, ya sea del 2 o del 5 por ciento, eso ya no se puede mantener. Ya no hay posibilidad de crecer de manera sostenida a esas tasas de crecimiento anual, sólo se puede crecer cuando primero ha habido una recesión, sólo para volver al mismo sitio de antes o un poco más abajo.  El sistema capitalista se está haciendo cada vez más pequeño, muy lentamente pero cada vez más sensiblemente, y para conseguir el crecimiento del capital el gran nicho que queda por explotar es el de las rentas de trabajo, básicamente reduciendo los salarios en aras de un incremento de productividad cada vez más difícil pues cada vez se valoran menos los productos en un mercado saturado y con menor renta disponible, justamente por la reducción de salarios. El proceso, de mantenerse, sólo podría conducir a la destrucción de la clase media y del Estado del Bienestar, y en el largo plazo ni por ésas se podrá garantizar las tasas de retorno del capital estipuladas. Eso pone una fecha de terminación al capitalismo tal y como lo concebimos ahora, puede que sea 20 años, puede que 50, quizá tan sólo 2, pero en todo caso sus días están contados.

Pero no se quiere creer que hemos llegado a este punto y se nos dice: "¿No lo veis? ¡La economía española lleva más de dos años creciendo a buen ritmo!". No es ninguna coincidencia que dos años y medio es el tiempo que el precio del petróleo lleva bajo, después del colapso de precios de septiembre de 2014. Este petróleo barato favorece el despegue de una economía tan basada en el petróleo como la española, donde a pesar de la gran caída general del consumo de energía desde los máximos de 2008 el petróleo aún representa más del 50% de la energía primaria consumida. Aquéllos que quieren creer en el espejismo económico español deberían mirar a Europa y darse cuenta de que en el resto del Viejo Continente no hay tal recuperación, la norma es el estancamiento o el crecimiento muy débil y renqueante. ¿Qué solidez tiene el crecimiento español, si los países más industrializados de su área no levantan cabeza desde el inicio de la crisis?


Mientras aquí se mantiene un modelo económico basado en los servicios de bajo valor añadido y en la construcción, a pesar de saber lo frágil que es delante de las crisis económicas internacionales, el resto de países van discretamente definiendo sus estrategias de cara a un futuro mucho más complejo de lo que aquí se intuye, y para el que nadie aquí se está preparando. Déjenme que analice con un poco de detalle un par de cuestiones asociadas con la crisis energética.

Desde hace casi 10 años Alemania se ha lanzado a un intenso programa de transformación de su matriz energética conocido como Energiewende ("transición energética", en alemán). El objetivo declarado de tal transición es aumentar la producción de energía de origen renovable dentro del objetivo de mejorar la sostenibilidad de la economía alemana y, se aduce, disminuir su huella de CO2. El hecho es que Alemania ha conseguido incrementar su producción energía renovable desde valores casi testimoniales hasta el 36% de la energía eléctrica (valor que no está nada mal, aunque recordemos que la energía eléctrica es sólo una fracción de la energía final consumida, en torno al 20% en los países industrializados y del 14% a escala global; así, en el caso de Alemania, la energía renovable representará menos del 9% de su energía final consumida). Lo curioso del caso alemán es que, a pesar del enorme despegue de la energía renovable las emisiones de CO2 no han disminuido, e incluso han aumentado ligeramente en 2015 y en 2016. ¿Por qué? La razón la podemos ver en el siguiente gráfico, que nos muestra la evolución de la producción eléctrica alemana durante los últimos años.



Si se fijan bien en la gráfica, verán que todo el aumento de energía renovable ha servido fundamentalmente para cerrar centrales nucleares (y en menor medida algunos ciclos combinados de gas). Sin embargo, el consumo de carbón se ha mantenido prácticamente constante, incluso el lignito -altamente contaminante y muy emisor de CO2 - ha aumentado ligeramente. Teniendo en cuenta que la huella de carbono de una central nuclear es muy pequeña, mucho más pequeña que la de una térmica de carbón, está claro que la Energiewende no está pretendiendo la descarbonización de la economía alemana, sino otra cosa. Básicamente, una salida ordenada de la energía nuclear. 

Se puede alegar que abandonar la energía nuclear es algo positivo debido a los riesgos que comporta. Siendo eso verdad, da más bien la impresión de que la urgencia del abandono de la energía nuclear tiene más que ver con la llegada del pico del uranio: como comentamos al analizar el informe anual de la Agencia Internacional de la Energía de 2014, todo apunta a que el pico del uranio ya se ha producido (y probablemente el del carbón también, pero ésa es otra historia). En ese sentido, el movimiento de Alemania contrasta con el de su vecina Francia, país que apostó mucho más fuerte por la energía nuclear. Las dificultades crecientes para conseguir uranio asequible estarían probablemente detrás de que en los últimos 4 años de manera permanente un 25% de las centrales nucleares francesas permanezcan paradas por uno u otro motivo; también estarían en el trasfondo de la intervención militar de Francia en Malí, y tendrían mucho que ver con el episodio del encarecimiento de la electricidad en España a principios de este año. En Francia se dejan oír ahora voces a favor de una rápida implantación de la energía renovable, a la vista de lo cara que resulta la nuclear. En Alemania esta decisión ya la tomaron hace tiempo, y a pesar de que los críticos atacan la Energiewende por haber encarecido la electricidad, probablemente Alemania está prefiriendo pagar más ahora para poder resistir mejor la crisis energética inminente. Una cuestión para meditar.

Los defensores de la energía nuclear suelen desdeñar el problema del pico del uranio alegando que si el precio es suficientemente alto aparecerán recursos de una manera exponencial. Esencialmente, a 200$ por kilo de uranio la producción se podría cuadriplicar. Este argumento resulta bastante miope, pues ya sabemos que hay un límite máximo al coste de la energía. James Hamilton, profesor de la Universidad de California San Diego, lo sitúa en torno al 10% del PIB, lo cual es consistente con los análisis basados en la Tasa de Retorno Energético (TRE) y con los que han realizado otros economistas como Gaël Giraud. De hecho, a 200$ dólares por barril de petróleo la producción de petróleo también podría cuadruplicarse, pero tal precio es simplemente imposible de soportar por la economía, porque en esencia el rendimiento energético de ese petróleo es demasiado bajo como para sostener una sociedad compleja.


De hecho, el escenario de precios altos para el petróleo parece el más probable para los próximos meses, de acuerdo tanto con la Agencia Internacional de la Energía como con el banco HSBC. La razón, analizada tiempo ha en este blog, es la brutal desinversión de las compañías petroleras, en su afán por simplemente sobrevivir (este tema se explica en detalle en la nueva versión del prontuario). En ese momento podremos comprobar si la inversión en explotación petrolífera se recupera o, como parece más probable, entramos en una nueva fase destructiva de la espiral del descenso energético. La crisis económica y financiera mundial que seguirá llevará de nuevo los precios del petróleo a la baja y a los países productores a un paso de las revueltas internas. ¿Invadiremos Argelia? Sólo el tiempo lo dirá.


Y a pesar de la relativa tregua que el petróleo barato le está dando a las economías occidentales, el malestar crece. Un malestar que lleva un día a un (fallido) referéndum en Grecia que habría sacado el país de la zona euro, otro día a un referéndum (exitoso) para sacar al Reino Unido de la Unión Europea, más tarde a la victoria de Donald Trump en la carrera presidencial de los EE.UU. y que en estos días lleva a Marine Le Pen a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, que aunque no gane la ponen un paso más cerca del Elíseo, aunque sea a cinco años vista. Movimientos del mismo corte son generalizados en todo Occidente, hay un avance aparentemente imparable del populismo, de políticos de escasa catadura moral pero que proponen una reforma radical del sistema político, y mucha gente los considera una alternativa atractiva e interesante porque ya no compran el discurso tradicional de una élite vista como corrupta y subsidiaria del poder económico.

Y Vd., querido lector, incluso si es Vd. un afortunado miembro de esos dos tercios de la sociedad que no se ve en la pobreza o en la exclusión social, párese a pensar: ¿qué estamos ofreciendo a la juventud? Incluso los hijos de las clases altas no tienen claro el futuro. Se les pide que se esfuercen, que se sacrifiquen para que, quizá, tal vez, puedan tener un sueldo casi digno, no de emancipación, en algún momento no demasiado temprano de su vida.
Y a medida que vamos vamos más abajo en la escala social el futuro es más negro.

¿En aras de qué mantenemos esta situación? ¿Cuál es la ventaja de mantener un sistema económico que de manera palmaria es ya disfuncional, y que mostrará una mucho peor cara cuando la nueva oleada recesiva emerja?

El problema es la obsesión con el crecimiento económico. No sólo los agentes económicos; también los partidos y sindicatos sólo contemplan la creación de empleo a través del crecimiento económico, y se les hace impensable un escenario en que el crecimiento económico ya no sea posible; y no hablemos ya de abrazar el decrecentismo como fundamento ideológico. Hay demasiado miedo al rechazo social que genera la idea de decrecimiento, a pesar de que el 37% de la población española está ya, a día de hoy, dispuesta a abandonar el crecimiento. ¿Es que su opinión no cuenta? ¿Saben más los presuntos expertos que un día desbarran sobre el falso milagro del fracking en EE.UU. y otro apoyan con oscuros argumentos la austeridad como medida eficaz anti-crisis? En esa misma encuesta que enlazo arriba se muestra que sólo el 4% de la población española apuesta incondicionalmente por el crecimiento, frente a un 16% que apuesta incondicionalmente por todo lo contrario, por detenerlo por completo.

Seamos honestos: la idea de abandonar el crecimiento es ya bastante madura en la población, y el próximo recrudecimiento de la crisis hará que esta opción se convierta en mayoritaria. En realidad, hace una falta urgente un plan de decrecimiento. Pero tal cosa no va a suceder en tanto que nuestros dirigentes políticos y económicos no superen la fase de duelo en la que están respecto al crecentismo, es decir, la ideología del crecimiento. Ya está bien de maquillar estadísticas, ya está bien de mirar hacia otro lado, ya está bien de intentar ver con el prisma crecentista la evidencia que se acumula y que muestra que el crecimiento se acabó.

Así es, señores. Se acabó el crecimiento. Dejen de soñar quimeras, dejen de imaginar soluciones tecnológicos que nunca cuajan y no responden a los problemas que tenemos ya, aquí y ahora. No es una situación coyuntural, sino un problema estructural. Si lo necesitan, lloren por el crecimiento perdido; pero después séquense las lágrimas y pónganse a trabajar, pues nos falta, entre otras cosas, tiempo.

Si Vd., querido lector, es un responsable político y ha llegado aquí porque tiene dudas, sepa que tiene dos preguntas sobre la mesa: 
  1. ¿Es el crecimiento económico deseable? 
  2. ¿Es el crecimiento económico posible?
No se trata, no, de que conteste a estas dos preguntas: la respuesta a ambas ya es conocida y es un rotundo NO; este blog rebosa de la evidencia que avala estas respuestas. Lo importante es que piense cuál es el orden en que se plantea estas dos preguntas. Si se las plantea en el orden en que están escritas, probablemente Vd. comprenda los innumerables problemas que plantea el crecimiento, y con la segunda pregunta está intentando justificar la primera. Si las plantea en el orden inverso, probablemente comprende las limitaciones que imponen los límites biofísicos del planeta, y propone la segunda pregunta para consolarse. Si es así, aún está superando su fase de duelo. Dése su tiempo y supérelo. 

La ideología del crecimiento ha muerto, ¡Larga vida al decrecentismo!





Salu2,
AMT

jueves, 10 de noviembre de 2016

El colapso social



Queridos lectores,

Había pensado inicialmente titular este post "Causas y consecuencias de la victoria de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses: la perspectiva energética", para dar una cierta continuidad a los posts que en su día escribí sobre Grecia y el Reino Unido. Sin embargo, creo que será más interesante hacer que este artículo verse sobre un fenómeno de alcance mucho más global. Pero antes de pasar a esa escala, analicemos qué ha sucedido en EE.UU.

Como saben, el candidato republicano Donald Trump ha ganado las elecciones presidenciales de 2016 en los EE.UU., pasando muy por delante de la candidata demócrata Hillary Clinton. La victoria es tan abultada (a la hora que esto escribo, Trump se asegura 290 de los votos electorales, frente a los 228 se su contrincante, aunque el porcentaje de voto sea muy similar y de hecho ligeramente mayor para Clinton) que parece mentira que no se reflejara en las encuestas. La campaña electoral ha sido terriblemente atípica: la nominación de Trump fue ya sorpresiva y levantó ampollas, pero la victoria en las primarias del tupé más famoso del mundo después del de Tintín fue clara. Sin embargo, en las últimas semanas la campaña se había vuelto auténticamente esperpéntica, con muchos episodios de guerra sucia. Por el lado de Trump, se aireó convenientemente comentarios del Sr. Trump de hace más de 10 años, comentarios tremendamente desagradables y denigrantes pero que eran bien conocidos (se grabaron en un programa de radio, aunque no fueran emitidos); por el lado de Clinton, los problemas asociados a la filtración de sus emails y algunos wikileaks comprometedores, que mostraban una personalidad prepotente y con ciertos rasgos psicopáticos. A pesar de la enorme asimetría entre unas y otras acusaciones (que Trump es un grosero y un zafio, aparte de un ególatra, es algo conocido desde el principio, en tanto que las acusaciones sobre Clinton eran mucho más graves y fundadas), muchas voces en el partido republicano presionaron para que Trump renunciara, e incluso aceptaban la inevitable derrota frente a Clinton. Dada la negativa de éste a renunciar, las encuestas de los principales medios anunciaban una holgada victoria de la Clinton, que al final se ha acabado convirtiendo en una holgada derrota. ¿Qué ha pasado aquí?

A posteriori el análisis es simple, pues el fenómeno lleva meses de recorrido y quién ha querido verlo lo había visto desde hacía mucho tiempo (vean, por ejemplo, este lúcido análisis de John Michael Greer de enero pasado).  La cosa parece clara: la mayoría de los trabajadores de los EE.UU. no se están beneficiando de la tan cacareada recuperación económica, sino más bien al contrario: cada vez viven peor, con menos dinero y más penuria, y la amenaza constante de quedarse en el paro. De manera machacona los medios de comunicación repiten las consignas que recogen los puntos de vista de la élite del país, que allí como aquí culpabilizan a los excluidos por su exclusión mientras venden una fantasía según la cual los bravos y decididos "emprenden" y que si no nadas en la abundancia es culpa tuya. Tal sermón de los rectores de la Santa Iglesia del Perpetuo Crecimiento acaba siendo insultante para las humildes y honradas gentes que viven en el mundo real y trabajan de sol a sol para vivir en la frontera de la indigencia, cuando no por debajo de ella. Sobre todo porque, a la vista de todos, las élites se corrompen y aceptan favores, a cambio de desviar fondos públicos (fruto directo e indirecto del sudor de los trabajadores) para apuntalar grandes empresas que generan poco empleo y para pagar retribuciones obscenas a sus cuadros directivos, los cuales a menudo nutren y se nutren de la élite política. Y toda esa corrupción y desvíos de fondos pasa allí como pasa aquí, y en realidad en todo el mundo occidental. Así que la gran masa de trabajadores siente cada vez más resentimiento con unas élites cada vez más insensibles con su sufrimiento, y al final deciden optar por salirse de las opciones preestablecidas: en vez de optar por el mal A o el mal B, deciden escoger el mal C, que al igual que el A o el B será malo para ellos (lo cual no es novedad) pero también lo será para las élites, y ahí reside su atractivo. Si los votantes de EE.UU. han preferido a Donald Trump no es porque sean mayoritariamente misóginos o xenófobos; muchos lo serán, sin duda, pero lo que les atrae del discurso demagógico del Sr. Trump es la promesa de un futuro mejor; como mínimo, si no porque les dé algo mejor a ellos, porque les promete algo peor para las élites.

No cabe esperar que el Sr. Trump vaya a hacer algo significativamente diferente a lo que han hecho sus predecesores, entre otras cosas porque todo el entramado de poder de las élites no permite implementar fácilmente cambios sustanciales. En añadidura, la gran crisis global que lleva ya muchos meses gestándose acabará de explotar durante su mandato y su capacidad de maniobra será reducida, y bastante tendrá con evitar que la implosión económica se le lleve por delante. Donald Trump es tan sólo el síntoma de la enfermedad, y no su cura. Una enfermedad simple y comprensible: las clases trabajadoras se sienten cada vez menos representadas y más traicionadas por las élites tanto políticas como económicas. Y en tanto que los sistemas políticos occidentales continúen siendo democráticos es previsible una cada vez mayor desafección de las clases populares respecto al discurso y los intereses de la élite, y que vayan optando por opciones de voto cada vez más radicales y previsiblemente populistas.

Como decimos, el fenómeno es global: en todo el opulento mundo occidental vemos manifestaciones del creciente espacio que ocupan las opciones que se reclaman rupturistas con el sistema, que atacan de manera abierta a las élites ("la casta", se suele decir en España), y que propugnan un cambio radical de las relaciones económicas y sociales de modo que se pueda recuperar la prosperidad perdida, ese contrato social que favoreció, durante las décadas de expansión económica, el establecimiento del llamado "Estado del Bienestar". Y mientras no se produzca una vuelta al anterior status quo, la animadversión de las masas contra las élites será cada vez mayor y las soluciones que irán surgiendo serán cada vez más radicales y eventualmente violentas.

Aunque la configuración de un sistema social más igualitario y con un mejor reparto de la riqueza sin duda favorece la cohesión social, no es la desigualdad del reparto de la renta la que ha favorecido este cambio tan abrupto de la percepción social. Simplemente, porque la desigualdad del reparto de la renta siempre ha existido, en cualquier escala histórica que se quiera mirar, por lo menos desde la Edad Antigua. Lo que realmente ha cambiado es un descenso relativamente rápido desde unos niveles de renta bastante elevados para amplios estratos de la sociedad occidental. Ciertamente, los niveles actuales son aún más elevados que los que se disfrutaban en Occidente hace tan solo 4 ó 5 décadas, pero no venimos del vacío sino que tenemos un pasado. Y si nuestros padres y abuelos pudieron aceptar unas condiciones más precarias con la esperanza de conseguir una vida mejor para sus hijos, en la actualidad lo que se ofrece de manera poco disimulada son unas condiciones cada vez peores y menos garantizadas: ya comentamos que es mucho más difícil adaptarse a un mundo en decrecimiento que a uno en crecimiento. Si de golpe desapareciera toda la población occidental y fuera reemplazada por población de los denominados países emergentes, aceptarían la situación actual y la considerarían un privilegio, incluso sabiendo que el descenso era inevitable. Es justo esta generación criada en la fase creciente la que tiene más dificultades para aceptar el decrecimiento, sobre todo con el modelo de gestión que se propone desde la élite. Y es por eso que la batalla es aquí y ahora: la generación de nuestros hijos ya habrá crecido en la costumbre de decrecer y para ellos aceptar lo que se da porque "es lo que hay" será algo natural. Por eso es tan importante decidir aquí y ahora cuál es el modelo de decrecimiento que vamos a adoptar, es por eso que es tan urgente abrir públicamente este debate antes de que por la vía de hecho se adopten falsas soluciones aún más devastadoras de la mano de caudillos surgidos por aclamación popular.

Porque ésta es la cuestión de fondo, la que no se quiere discutir pero está en la base de todo lo que está pasando: que estamos decreciendo porque es algo inevitable, algo que es consecuencia de la imposibilidad de continuar expandiendo la base energética y material de nuestra economía. Y si no podemos consumir más energía y más materiales, aún cuando podamos mantener un nivel muy alto, nuestro sistema económico-social tiende a colapsar, pues necesita que el consumo siga creciendo. De otro modo nuestro sistema entra en barrena, entra en una crisis, en la que ya estamos desde 2008, que no acabará nunca, no dentro de este paradigma económico.

Durante los largos años que ya llevamos de esta crisis, que en realidad tiene mucho de crisis energética no reconocida, no pocos han teorizado sobre cómo se tiene que manifestar una crisis energética centrándose en aspectos meramente económicos, tomando éstos en completo aislamiento en el cual transcurre el hecho económico. Pero eso no tiene nada que ver con cómo pasan las cosas en el mundo real. Si la cantidad total de energía anualmente disponible en el planeta Tierra deja de crecer (punto al que todavía no hemos llegado pero al que nos estamos acercando), entonces el PIB de todo el globo, tan estrechamente ligado al consumo de energía, deja de crecer. Y el día que la cantidad de energía disponible en la Tierra disminuya, entonces el PIB agregado de todas las naciones del mundo comenzará un imparable descenso que durará décadas. Los prestidigitadores económicos continuarán insistiendo en que se puede, gracias al ingenio humano, seguir creciendo consumiendo menos energía, pero es una falacia: como muestran los datos y ya hemos discutido aquí, la única desmaterialización que se puede producir es la de la clase media. Su destrucción, vaya. Así que no es de sorprender que en estos años de progresiva ralentización del consumo energético global a quien le haya tocado recibir el peso de la crisis sea justamente a las clases trabajadoras, y que sean éstas las que estén propiciando el maremoto político que estamos viviendo, desde Grecia hasta EE.UU. pasando por el Reino Unido, Hungría o Polonia, y quién sabe si mañana Francia, Alemania o España.

Y si esto ha pasado mientras la producción total de energía en el mundo aún subía, aunque fuera más lentamente, y mientras la producción del sector energético más crítico y más afectado, el de los hidrocarburos líquidos (llamados, en abuso de notación, "petróleo", como si todos lo fueran) estaba aún llegando a su cenit, ¿qué creen que pasará ahora que todo indica que ya hemos comenzado el descenso de la producción de todos los líquidos del petróleo? ¿Qué pasará cuando la lógica del beneficio inmediato, que causó una gran descapitalización del sector de los hidrocarburos en los últimos años, conlleve una caída rápida, irreversible y sin precedentes de la producción por razón de la excesivamente fuerte caída de la inversión? Nuestros despistadísimos expertos energéticos continúan hablando del milagro del fracking y la quimera de la independencia energética de los EE.UU. cuando estamos a punto de presenciar un colapso sin precedentes del sector. Un colapso que se va a dar en un contexto de precios bajos, no altos, contrariamente a lo que dice la ortodoxia económica, porque no han entendido qué significa entrar en la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Mientras la clase media se desintegra, como consecuencia inevitable del descenso energético y el mantenimiento de las políticas actuales, nuestros expertos siguen esperando la llegada de una señal de precios que no va a venir por donde ellos esperan: para cuando el precio del petróleo se vuelva a disparar (algo que inevitablemente va a suceder en los próximos años) será ya demasiado tarde: algo se habrá roto para siempre. ¿El qué?, se preguntarán. Pues el tejido social que sustenta este sistema económico. El fin del contrato implícito entre las élites y las masas, lo que implica el colapso social. Un colapso del cual la Humanidad sólo ha demostrado ser capaz de salir por tres vías: mediante el aislacionismo totalitario (hacia lo que parece tender el Reino Unido y quizá el EE.UU de Trump), hacia el militarismo predatorio (el camino que más tiempo ha seguido EE.UU. y el que parece ser el preferido de Europa, y sobre el que España tendrá que definirse) o hacia la movilización popular en busca de la resiliencia y la simplicidad voluntaria - el camino más difícil e imposible mientras se siga la ortodoxia económica dogmática actual.

¿Se preguntaban qué era el Oil Crash? El Oil Crash era esto: no precios altos, sino el colapso social. Aunque en realidad lo que estamos viviendo es sólo el comienzo.

Salu2,
AMT 

P. Data: Por cierto que precisamente en las próximas semanas se proyectará en diversas localidades de España el documental "Decrecimiento" de los hermanos Picazo; quizá es el momento de llevar a ver su proyección a ese familiar que aún cree que lo que le explica son cuentos de terror para niños.

jueves, 4 de junio de 2015

Mayo de 2015: las grietas sociales



Queridos lectores,

El evento más destacado en este pasado mes de Mayo en España es la celebración de las elecciones municipales y autonómicas que tuvo lugar el día 24. Los resultados de estos comicios muestran una esperable y creciente fragmentación del panorama político. Por una parte, el gobernante Partido Popular (PP) sigue siendo, a escala española, el partido más votado, pero su retroceso es más que considerable: se podría decir que grosso modo el apoyo con el que cuenta es alrededor de la mitad de aquél con el que contó en las últimas elecciones legislativas. El segundo partido habitualmente en pugna con el PP, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), no ha recogido el voto de castigo hacia el PP y ha retrocedido también, siguiendo un proceso iniciado hace ya años, cuando gobernaba el país: se ve que el castigo al PSOE no ha terminado todavía. A la luz de los resultados recogidos, se ve que el voto, más bien, se ha dispersado hacia otras opciones, la mayoría de las cuales de nuevo cuño y nacidas de los masivos movimientos de descontento popular que se reconocieron a sí mismos hace 4 años en la Puerta del Sol de Madrid. De repente muchas ciudades de España, y en particular las tres de mayor tamaño (Madrid, Barcelona y Valencia) podrían estar gobernadas por coaliciones integradas y a veces lideradas por ciertos líderes emergentes que repetidamente son tildados de "radicales" y "populistas" en según qué medios de comunicación. Cunde el nerviosismo. Por una parte, el PP intenta transmitir una imagen de normalidad y al tiempo anuncia cambios en el Gobierno de la nación, afirmando que ha escuchado la voz de la calle; sin embargo, hacer cambios sustanciales y efectivos es complicado, sobre todo cuando el descontento popular nace fundamentalmente por la frustración que causa esta crisis que no acabará nunca, y a la que obviamente ni el PP ni el PSOE ni ninguna otra opción política podrá poner fin por vías convencionales, pues lo que se necesita es un cambio completamente estructural. Por otro lado, las empresas de diversos sectores se muestran nerviosas porque los nuevos actores puedan poner en cuestión modelos y formas de negocio, y así se concede una atención desmedida a si la probable futura alcaldesa de Barcelona apoya que en el futuro se siga realizando una convención mundial de móviles en la Ciudad Condal (atención completamente desproporcionada si se tiene en cuenta cuál es el impacto real de ese evento concreto en la actividad económica de una ciudad que, a pesar o gracias a su primera regidora, seguirá siendo un importante polo de atracción turística en los próximos años). Más calado tiene el anuncio desde algunas formaciones con visos de tocar poder real de no negociar con bancos que se estén beneficiando de los continuos desahucios que se dan a lo largo y ancho de la geografía española, lo cual es casi decir no negociar con ningún banco; la medida, si realmente se llevara a cabo, comportaría inesperadas e interesantes derivadas en la línea de ciertas modificaciones sociales necesarias en la transición, como la relocalización y la creación de monedas locales. Y en el trasfondo, la preocupación cada vez más generalizada por el devenir de las próximas elecciones generales, a celebrarse a finales de este año, en las que el resultado más probable es que la gobernabilidad de España salte en pedazos. Pensando en el crítico sector de la energía (más allá de la electricidad, que como sabemos representa sólo el 20% de toda la energía final consumida en España pero que se usa como faro cegador para confundir a los incautos), síntoma de ese cambio de signo y creciente incertidumbre es la sobrevenida modificación de la ley de hidrocarburos de 1998, publicada en el Boletín Oficial del Estado sólo dos días antes de las elecciones, casi se podría decir que con alevosía. Y no se trata de una modificación banal: en su extenso articulado podemos encontrar una serie de sustanciales cambios fiscales dirigidos a beneficiar a la explotación del fracking en España, incluyendo la reducción de impuestos, el reparto de la recaudación con los ayuntamientos (para que sean proclives a aceptarlo) y el pago a los propietarios del suelo (cosa insólita en España). Casi se podría decir que el objetivo de la apresurada modificación fuera fomentar la burbuja del fracking. La cual, por cierto, ya está reventando: una rápida revisión del informe de Baker Hughes sobre pozos activos en los EE.UU. nos muestra que a 29 de Mayo había un 55% menos de pozos activos que en Octubre del año pasado. Y ya sabemos qué viene a continuación...

En el resto de Europa las perspectivas no son demasiado boyantes. Grecia se enfrenta, una vez más, a un ultimátum: o acepta hacer una serie adicional de impopulares reformas o no se le dará dinero para pagar su deudas... dinero que igualmente no es gratis y generará nuevas deudas, en crescendo. La docilidad con sus amos de los medios de comunicación de estos lares oculta que estas imposiciones, aparte de ser injustificadas desde el punto de vista meramente fiscal (es meramente extorsión: qué tiene que ver reducir los derechos laborales y sociales con el pago de la deuda), encima buscan encerrar a Grecia en una lógica de deuda financiada con deuda, es decir, deuda creciente en volumen y en falta de legitimidad. Mientras tanto, el país se vuelve a sumir en la recesión económica. El resto de Europa ve cómo su actividad económica ha crecido considerablemente durante el primer trimestre del año, destacándose precisamente España con un 0,9% de incremento del PIB en esos tres meses. Hito jaleado por la información oficial como muestra de que la crisis está a punto de acabar, aunque esta recuperación económica no acaba de beneficiar al trabajador común, que ve como su renta disminuye año a año al tiempo que crece su precariedad e inquietud por el futuro. ¿Es el futuro en Europa tan boyante? En realidad la relativa  bonanza actual se debe en una buena parte a los precios del petróleo, que de momento se mantienen moderados, y en muchos países, al igual que en España, la mejora no acaba de llegar a la clase media (aunque en los países del norte de Europa ésta no haya visto su renta tan deteriorada como en los países del sur de Europa). Cuando la caída de la producción de petróleo americana se vuelva indisimulable, el precio del petróleo y con él los precios en general volverán a subir, y con esa subida se irán las mejores perspectivas de futuro. Y eso sin contar con el efecto demoledor que para la zona euro tendría la salida de Grecia. Así pues, no es de extrañar el crecimiento del apoyo a partidos xenófobos y euroescépticos en países como el Reino Unido, Francia o Finlandia

El colapso de la producción de petróleo que está empezando en los EE.UU. tenía que pasar forzosamente factura a ese país, y ya se está empezando a notar, con el anémico crecimiento del PIB del primer trimestre. Todo indica que se avecina un crack financiero de cierta intensidad debido al apalancamiento de la deuda asociada a los activos de fracking, pero aún tendremos que esperar unos meses para que se manifieste con plena intensidad, y algo más de tiempo para ver el alcance real de la misma. En todo caso, en el momento que se desencadene se producirá al tiempo una crisis financiera y una subida de los precios del petróleo que sólo podrá agravar la misma, con consecuencias no del todo predecibles aunque de seguro indeseables. A corto plazo, como mínimo, se observará una disminución de la inversión en las compañías petrolíferas, que es justo lo contrario de lo que la Agencia Internacional de la Energía consideraba imprescindible hace tan sólo dos años. Sin un cambio de tendencia la probabilidad de que 2015 sea finalmente el año del pico de los hidrocarburos líquidos en volumen, el peak oil en suma, se hace cada vez mayor.

Los problemas en Europa y en los EE.UU. son en realidad minucias cuando uno echa un vistazo a lo que pasa en otros lugares. El malestar social y los cambios políticos parecen juegos de niños cuando uno desplaza la vista a lugares que hace un puñado de años eran relativamente pacíficos y ahora están asolados por la guerra. En Ucrania se han reanudado los combates tras la precaria paz de las últimas semanas, mientras en Irak y Siria el Estado Islámico consolida sus posiciones y recupera la iniciativa en una guerra que tiene todos los visos de enquistarse durante años. En Yemen la situación es lamentable, como evidencia una mirada fugaz a los titulares del otrora (es decir, hace un año) bastante convencional Yemen Times; la injerencia saudí en la guerra civil yemení que venía gestándose desde hacía tiempo (como comentábamos en estas mismas páginas) ha levantado no pocas críticas, pero si uno mira el mapa de la zona se da cuenta de que Arabia Saudita está cada vez más rodeada por conflictos que acabarán por anegarla cuando ella misma llegue a su peak oil y con él sus ingresos por la venta del petróleo caigan dramáticamente, al igual que les pasó a Siria y a Yemen. La anunciada presencia del Estado Islámico en Libia ha conllevado que España se haya unido a una coalición para combatirla en ese país. Libia es un país estratégico para España y aún más para Italia: hace tan sólo 4 años Libia era uno de los cuatro principales suministradores de petróleo de España y el primero de petróleo y gas de Italia. Actualmente Libia es un estado fallido sumido en la anarquía y donde la producción de hidrocarburos no es ni el 10% de lo que era hace tan sólo cinco años. Y dentro de esta cadena de desgracias crecientes, asociadas en una buena parte a la creciente escasez mundial de petróleo crudo (más allá de la ficción contable de los hidrocarburos líquidos, que ha servido para confundir a los políticos y para que la mayoría de los analistas no entiendan qué está pasando) un país que está presentando su firme candidatura a ser el siguiente productor de petróleo importante que se sume en el caos es Nigeria. La presencia de dos grupos terroristas muy activos, el MEND y Boko Haram, es sólo el síntoma de una creciente inestabilidad social, salpimentada por numerosos atentados contra la población civil y una grave crisis energética que ya está asomando. Las enormes desigualdades sociales en un país tan poblado y con tanta violencia hacen anticipar que seguirá el camino de Siria y Yemen más pronto que tarde. Siendo cínicos, desde una perspectiva occidental completamente ensimismada en sus asuntos domésticos y el malestar relativo de su propia población, debería causar preocupación la posibilidad de que desaparezca la capacidad exportadora de petróleo del sexto productor mundial y primero de África.

Y mientras todo lo demás se va deslizando por la senda de la autodestrucción social, el monstruo del cambio climático continúa su curso imparable. El mes de Mayo de 2015 ya es, oficialmente, el más cálido de la historia en muchos lugares del mundo, incluida Australia, amplias zonas de los EE.UU. y posiblemente España, y en cuanto se acaben de hacer los cálculos pertinente seguramente quedará anotado entre los más cálidos registrados a escala global. El desquiciamiento climático del planeta nos ha traído durante este mes de Mayo una brutal ola de calor en India y lluvias torrenciales e inundaciones inauditas en Texas, mientras que la pertinaz sequía prosigue en California. Destaco estos dos estados de los EE.UU. en la esperanza de que las inclemencias climáticas, dos más en una larga serie en todo lo largo y ancho del país, mueva a la opinión pública de la gran nación americana a reflexionar sobre qué está pasando y por qué. Pero mientras los eventos climáticos cercanos nos preocupan y ocupan nuestras conversaciones (incluida la amenaza latente del año sin verano), poca gente mira al Polo Norte. Si lo hicieran comprobarían que la extensión de la banquisa polar es este año menor de lo que lo fue en el peor año hasta la fecha, 2012, lo que es un mal presagio para la presente estación de deshielo.


Se quiebra la paz social en Occidente, se quiebran los fragilizados estados exportadores de petróleo y se quiebra la banquisa polar ártica. Las grietas son cada vez mayores. Cabe preguntarse cuánto más deberán agrandarse antes de que como sociedad que aún somos decidamos actuar.


Salu2,
AMT