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sábado, 28 de enero de 2012

Gestionando los recursos desde una maternidad consciente

Maternidad, de Pablo Ruiz Picasso


Queridos lectores,

En varias ocasiones se ha hablado aquí del control de la población, de cómo gestionar la violencia que viene, de las inevitables guerras, hambrunas o epidemias... todas ellas visiones muy masculinas de cómo deben gestionarse las relaciones interpersonales de la transición, muy viriles, muy "guerreras". Quizá convendría por una vez tener otra visión, de ese 50% de la Humanidad que muchas veces es invisible y que, en particular, raramente participa en este blog. Por eso creo que es una ocasión especial contar hoy con el post que ha escrito Natalia. En realidad su post no va de escasez de recursos o de cómo gestionar la crisis, sino de cosas más básicas y que en realidad están antes. Quizá de ser atendidas cosas antes no habría ese después del que tanto hablamos en este blog.

La visión de Natalia es muy diferente de la que predomina en este blog, y probablemente no será del gusto de muchos lectores habituales. Les invito, sin embargo, a leerla sin prejuicios, a ver un poco más lejos, a ver cómo, en realidad, de lo que habla Natalia es de lo mismo sobre lo que damos tantas vueltas... pero yendo más directamente al grano.

Les dejo con Natalia. Salu2,
AMT

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El presente post se escribe desde el contexto de una crisis que no acabará nunca, tal como nos ha recordado Antonio en otro post anterior, teniendo como posible escenario generalizado una gran exclusión social debida a la crisis económica que, como sabemos los que aquí comentamos, va de la mano de una crisis de recursos, energética y ecológica . Cada vez se hace más urgente gestionar los recursos de que disponemos de una manera consciente, prudente y moderada, para que nuestras necesidades básicas y las de nuestras familias estén cubiertas.


He incluido el término de maternidad consciente ya que las madres somos el núcleo sobre el que nos sustentamos como especie. Somos la urdimbre de este tejido social. Los hombres, padres o no, y las mujeres que no son madres forman la trama de ese tejido humano. Sin urdimbre no hay tejido. Sin trama, tampoco.


Cada vez que aparezca la palabra madre hay que entenderla como persona maternante de una criatura humana, esto es, como persona base de conexión emocional, de alimento y de cuidados de dicha criatura.


El Dr. Michel Odent es un conocido obstetra francés que creó en Londres el “Centro de Investigación de Salud Primal”, centro donde recopilan estudios publicados en revistas científicas y médicas en las que se investiga la relación entre el periodo primal (que comprende desde el embarazo hasta un año después del nacimiento) y la capacidad de amar del individuo. Así, se descubrió que las conductas violentas en edades adultas están asociadas a “complicaciones” durante el nacimiento, junto a una temprana separación de la madre o rechazo por parte de ella.


La hormona oxitocina se encuentra en medio de cualquier aspecto relacionado con el amor. Es primeramente secretada por el hipotálamo; posteriormente, pasa a la glándula pituitaria posterior donde, bajo circunstancias específicas, como puede ser un parto, es liberada repentinamente al torrente sanguíneo de forma pulsátil.

Las betaendorfinas liberan prolactina, una hormona que le da el toque final a la maduración de los pulmones del bebé y que es necesaria para la secreción de la leche materna. A la vez, durante el parto, el bebé libera sus propias endorfinas. Es en este momento en el que se establece esa relación de apego o vínculo.


Sin embargo existen otras hormonas, como la adrenalina, que inhiben a las anteriores y que son liberadas cuando los mamíferos tienen miedo o sienten frío. Estas hormonas nos preparan para un posible caso de huida o lucha, y permite a una madre en fase de parto, detener el mismo y posponerlo. Otro potente inhibidor del parto es el neocórtex. Para que el parto se produzca el neocórtex tiene que reducir su actividad, permitiendo al “cerebro primitivo” tomar el mando. Luces intensas, conversaciones lógicas, ruidos, o un ambiente desconocido, alteran la fluidez durante el parto. Para sentirnos seguros, antes nos debemos sentir protegidos. Lo que consideramos la manera normal de nacer es una manera violenta de venir al mundo, es una manera violenta de dar a luz.


Cuando el proceso del nacimiento se vea como un período importantísimo en nuestra capacidad de amar, nuestra visión de la violencia cambiará.


Frederick Leboyer en su precioso libro “Por un nacimiento sin violencia”, nos acerca al nacimiento desde la perspectiva del bebé, otorgándole el papel protagonista que le pertenece.


John Bowlby escribió un artículo titulado "The Nature of the Child's Tie to his Mother". Por su parte Harry Harlow publicó el mismo año "The Nature of Love”. Ambos escribieron sobre el apego y su función primordial en la salud del bebé.


Otros estudios antropológicos realizados por Margaret Mead en su extensa obra, Jean Liedloff en su obra “El concepto del continuum”, o Meredith F. Small en “Nuestros hijos y nosotros”, nos recuerdan que las sociedades más apegadas y cuidadosas con la naturaleza, en las que predomina la armonía, son aquellas que tratan a los niños con igualdad, dignidad y respeto. Los niños están incluidos en todos los ámbitos de la vida y se les tiene en cuenta para la organización de cada aspecto de la misma. Sin embargo en las sociedades guerreras, los niños son tratados con dureza y educados para ese fin en su vida futura.


Se puede concluir, por lo tanto, que si deseamos una sociedad más justa, donde las personas sean tratadas con dignidad, respeto e igualdad, hemos de tratar amablemente a los niños.









De la misma manera, las madres que están criando necesitan sentirse protegidas y cuidadas, para poder cuidar adecuadamente de su criatura. Es por esto que se dice que para criar a un niño hace falta toda una tribu. Antonio escribió en un post anterior sobre lanecesidad de la comunidad para resolverse en los duros tiempos que se avecinan, y las madres y sus bebés son especialmente vulnerables a la falta de esa comunidad.


A su vez, tienen mucho que aportar. Ya nuestro cuerpo durante el embarazo, momento especial en el que se ha de nutrir a otro ser vivo, se vuelve más efectivo con los alimentos que ingiere la madre. Lo que antes alimentaba a uno, ahora lo hace para dos personas.


Cuando nace el bebé, aprendemos a utilizar las dos manos para tareas en las que antes sólo sabíamos utilizar una sola, como comer, por ejemplo. Aprendemos de manera exponencial a prestar atención a dos, tres o incluso más tareas a la vez. Nuestro cuerpo se prepara para cobijar durante muchos meses a la criatura recién nacida. Nuestra mente focaliza la atención en todas las áreas cerebrales que impliquen una mayor efectividad para ofrecer cuidados y atención. Otras áreas tales como las implicadas en el lenguaje, son relegadas a un segundo plano. (Ver “El cerebro femenino” de la neurobióloga Louann Brizendine).


Hay numerosos autores que han publicado el resultado de sus investigaciones y sería demasiado extenso mencionarlos y resumir el aporte de cada uno de ellos en un solo post, por lo que intentaré aumentar la información en los comentarios. 

En nuestra sociedad disponemos actualmente de una gran cantidad y variedad de recursos. Éstos han moldeado la cultura en la que vivimos, con sus límites e ideas. Recuerdo el parto de mi primera hija. Venía de nalgas y esta posición está considerada como “peligrosa”, por lo que la solución a este problema es practicar una cesárea. Sin embargo yo tenía suficientes conocimientos como para elegir con conciencia qué opción tomar. Mi hija nació de nalgas en un parto natural que duró unas tres horas en una maternidad muy especial donde mi elección fue respetada. Mi segunda hija nació en casa, frente al fuego del hogar. La recogieron su padre y una amiga que nos acompañaba esa noche. La matrona se presentó unos minutos más tarde para observar que mi evolución y la de mi hija fueran las adecuadas. No necesité nada más, así que liberé recursos para que repercutieran en el resto de la sociedad. 



Un día cualquiera en nuestras vidas puede transcurrir aproximadamente así:


Nos levantamos con el sol y desayunamos unas mandarinas, algo de pan tostado y yo me preparo un café, que me tomo con la conciencia de estar disfrutando de un lujo. La mañana se nos pasa en encender el fuego y preparar la leña, dar de comer a las gallinas y al gato, recoger los huevos, leer algún libro y practicar alguno de los últimos conocimientos que hayamos adquirido. En mi caso hace poco he aprendido a tejer. Mi hija está fascinada con las matemáticas y utilizamos garbanzos, lentejas, macarrones o piedras para resolver los problemas. Posiblemente también realice algún juego creativo donde se invente historias, o comience una manualidad que le permita adquirir una habilidad o un conocimiento nuevo. Mientras tanto he amamantado varias ocasiones a mi bebé, que habrá dormido alguna que otra vez. Su papá ocupa el tiempo fuera del trabajo en finalizar aquellas tareas que se hayan quedado pendientes, o en atender a alguna de sus hijas. Preparamos la comida, que en escasas ocasiones llevará carne. Después de comer, si el tiempo lo permite, recogeremos ramas secas del bosque que tenemos cercano a casa, o quizá esparto para alguna manualidad. Con facilidad nos cruzaremos con alguno de los pastores del pueblo y yo intentaré concluir algún trueque de leche o lana por otros alimentos. A su vez visitaremos a los vecinos de al lado para darles mandarinas a cambio de las patatas que recibimos hace unas semanas atrás. Llegará la noche y cenaremos aprovechando el horno de leña unas patatas asadas, que acompañaremos de los huevos que hemos recogido de nuestras gallinas. Cuando llegue la hora de dormir, a pesar del cansancio, tendremos la sensación de que faltó tiempo para todas las cosas que deseábamos hacer. Con calma, nos acostamos sabiendo que mañana comienza un nuevo día y que miles de nuevas opciones se abren ante nuestros ojos.



Buenas noches.

martes, 20 de septiembre de 2011

Por qué se despilfarra tanto


Queridos lectores,

Hay un tema que recurre en las últimas discusiones y tiene que ver con la posibilidad de mantener una sociedad estable y viable disminuyendo voluntariamente el consumo. Tal afirmación es innegablemente cierta: siempre digo que resulta ridículo hablar de escasez de energía cuando se están consumiendo en el mundo cada día 85 millones de barriles de petróleo de 159 litros cada uno de ellos; piénsenlo: son más de 156.000 litros por segundo en todo el planeta, y cada litro de ese elixir mágico contiene la misma energía que un hombre sano y fuerte (100 vatios de potencia media) podría producir trabajando sin parar durante casi 4 días y medio (durante unas 106 horas aproximadamente). En suma, el monstruoso flujo de energía sólo del petróleo en el planeta equivale diariamente al trabajo de 60 millardos de fornidos esclavos energéticos de los de a 100 vatios infatigables la unidad: ocho y medio por cada habitante de este planeta, y eso sólo de petróleo (dado que el consumo global de energía primaria es de unos 14 Tw la media mundial contando todas las fuentes es de 20 esclavos energéticos por persona; la media europea llega a 45 esclavos energéticos per cápita, mientras que en EE.UU. la media es de 120 esclavos por patrón humano). Juzguen Vds. ahora si se puede hablar de escasez con esos números, sobre todo teniendo en cuenta cómo se derrocha la energía.

Y sin embargo se está produciendo una situación de escasez. Esta escasez no es técnica, como tantas veces se ha discutido en el blog, ni es material (porque aunque en el futuro habrá menos energía se tiene tanta que podríamos pilotar un lento y suave descenso hasta llegar a un suelo firme renovable; con un consumo uno o dos órdenes de magnitud inferior al actual, eso sí). El problema de la escasez viene de que energía y economía están íntimamente ligadas, y pretender ver las dos variables separadamente, hasta el punto de intentar resolver los problemas de una independientemente de los de la otra, impide ver la profundidad del abismo al que como sociedad global (y no sólo occidental) estamos abocados.


En lo que sigue explicaré algunos conceptos que muestran hasta qué punto no podemos desligar energía de economía en nuestra sociedad, y cómo pretender resolver el problema energético sin antes cambiar el modelo económico está inevitablemente abocado al fracaso. No demostraré nada en concreto ni cuantificaré de manera precisa el balance energético-económico de las transacciones humanas descritas; sólo pretendo por la vía de algunos casos y ejemplos hacerles comprender cuán necesario es un tratamiento holístico de esta cuestión y cómo las típicas soluciones simples de ahorro y eficiencia que se proponen desde las tascas de nuestros pueblos hasta en las más altas magistraturas del Estado pecan de una cortedad de miras que las hace inútiles, cuando no contraproducentes, en la práctica.

Una primera cuestión a tener en cuenta, comentada frecuentemente en el ámbito del Peak Oil, es la paradoja de Jevons. Para los que no conozcan la historia: Willam Stanley Jevons, lord inglés que vivió hace cosa de dos siglos, observó que en el siglo XIX a medida que se introducían mejoras en las máquinas de vapor de modo que se aumentaba su eficiencia el consumo de carbón subía, en vez de la esperada disminución. La razón es que se produce lo que en economía se llama un efecto rebote: si disminuyes el coste de un producto (coste en dinero o en energía) sin modificar otros factores resulta que se está dando un incentivo para consumir más de ese producto si su mayor consumo nos reporta una ventaja, ya que con la misma renta disponible podremos consumir más; peor aún, quien antes no podía acceder a este consumo por tener una renta insuficiente ahora podrá hacerlo. Por supuesto que el efecto rebote no suele afectar a áreas donde no hay una ganancia real por el mayor consumo del producto (por ejemplo, no es cierto que si cambiamos las bombillas por unas de mayor eficiencia se esté dando pie per se a poner más bombillas; si se compran más es por otros motivos), pero sí que el rebote está presente y es muy determinante sobre todo en la adquisición de bienes de equipo destinados a la producción de bienes y servicios, es decir, a la actividad económica. Se ha de entender, por tanto, que el repetido llamamiento a la mejora de la eficiencia es contraproducente si no está acompañado de otras medidas, porque en vez de dar un estímulo a consumir menos da un estímulo a consumir más. Un ejemplo: si un coche gasta 20 l/100 Km y la gasolina está cara menos gente se comprará un coche, pero si el mismo coche, a precio semejante, gasta 5l/100 Km automáticamente una mayor cantidad de gente considerará que es una buena idea comprar el vehículo. La realidad está trufada de ejemplos similares, en los que las mejoras en la eficiencia en general (no sólo energética) y no sólo en el consumo de los aparatos sino de los medios de la producción ha disparado el consumo de muchos productos (¿quién se planteaba comprar un PC hace 30 años?). El problema es que las medidas que han de acompañar a la mejora en la eficiencia han de ser medidas de planificación, de racionamiento. El problema del racionamiento ya lo hemos comentado en estas páginas: si se intenta hacer compatible con una economía de mercado, o incluso en su ausencia, se origina un mercado negro que puede desestabilizar el sistema al favorecer el crecimiento de mafias que acaban fagocitando al Estado en los casos extremos. Con todo, ya saben que el Gobierno británico, que está prestando más atención que otros al problema del Peak Oil, ha considerado la posibilidad de implantar cartillas de racionamiento para la energía. Sea como fuera, la eficiencia sólo tiene sentido si se limita el acceso a las materias primas desde arriba, y eso casa mal con nuestra economía de libre mercado. Además, el aumento de la eficiencia implica una disminución del coste de producción (coste energético y también coste económico) con lo que el valor de lo producido en realidad no aumenta, el PIB es constante. Es decir, con una limitación de acceso a los recursos al mejorar la eficiencia se suministran más bienes y servicios pero simplemente porque el coste unitario (económico y de recursos) de los mismos disminuye. En esencia, una tal economía no crece. Y no crecer, ahora lo veremos, es veneno para  nuestro sistema económico.


Otra posibilidad que se suele comentar, y es a la que se ha abonado el comentarista Darío Duarte, es que con la adecuada concienciación social se puede ahorrar muchísimo y así postergar el colapso mientras la sociedad se adapta a una nueva realidad de recursos materiales más escasos. Todos somos conscientes de que en nuestra sociedad occidental se malgasta muchísimo. Tiramos comida en buen estado que sólo sirve para engordar las alimañas de los vertederos, gastamos agua a raudales sin ton ni son, cambiamos continuamente de ropa, de móvil, de coche... en España hubo una época no tan lejana en que casi se cambiaba de casa cada cierto tiempo. No necesitamos tanto, qué duda cabe. Posiblemente con la décima parte, incluso la centésima parte de eso podríamos tener una vida digna y funcionalmente muy parecida a la actual. Ahorraríamos los esenciales recursos y nos sería hasta asequible montar un sistema de energías renovables a esa escala, y en cuanto al resto de materias primas, añadido al descenso de consumo, su uso más racional y el reciclaje integral podríamos postergar los problemas de agotamiento varios milenios, mientras aprendemos a sintetizar materiales eficaces a través del carbono y de otros átomos abundantes. En suma, he aquí un camino claro y expedito a la solución, a la evitación segura de cualquier riesgo de degradación social y de caos. Pero, ¿por qué no le seguimos? Simplemente, porque no podemos. No es posible dejar de consumir a este ritmo, y es necesario consumir a un ritmo creciente. Es una necesidad del sistema financiero. Sin ese consumo creciente una masa que acabaría siendo mayoritaria se encontraría sin empleo y sin medios de subsistencia, y dado el modelo de deuda y de propiedad privada que tenemos sin una total subversión del orden imperante, sin una revolución en la que la gente tomase por la fuerza las propiedades y el poder, el destino de toda esa gente es el de agonizar y morir. Puede parecer estúpido, pero de hecho es algo repetido en la historia de la Humanidad: Jared Diamond lo comenta en su libro "Colapso: por qué algunas sociedades deciden fracasar y otras tienen éxito". Sabemos de 26 civilizaciones antiguas que colapsaron porque no fueron capaces de encontrar un modelo alternativo a la gestión de sus recursos, en algunos casos por falta de imaginación, por estar demasiados atrapados en su Bussines As Usual, su BAU; perecieron por la disminución de los recursos disponibles pero no por la falta de recursos propiamente dichos. Un caso paradigmático es el de los Mayas en Yucatán, que se lanzaron a una serie de guerras de dominio sin tener suficientes recursos para sostenerlas (fundamentalmente maíz en su caso), y al final colapsaron hasta desaparecer de aquellas tierras aunque el territorio aún era capaz de soportar una población semejante a la que colapsó. Y es que en la guerra se gastó todo el maíz y se destruyeron algunas obras de irrigación fundamentales para mantener una buena productividad, y los combatientes no pudieron aguantar hasta la siguiente, y más exigua, cosecha. ¿Se parece nuestra situación a la de los mayas? Veamos algunos ejemplos ilustrativos.



En una reciente conferencia en Barbastro, un defensor de las soluciones de base sólo tecnológica a nuestro problema de sostenibilidad comentó que en España cada persona consume en media 20 kilos de ropa al año. Una cantidad que consideró desmesurada, y si en vez de dedicarle tantos recursos materiales y energéticos a esa producción, un gasto bien frívolo, se destinasen a preparar la transición todo sería mucho más fácil. Sin embargo, el proponente de esta idea (similar, todo sea dicho de paso, a otras que centran sus críticas en otra actividades mas o menos crematísticas que son norma en nuestra sociedad) no caía en la cuenta de que si de golpe y porrazo en España se pasase de consumir 20 kilos de ropa por persona y año a, pongamos, un solo y frugal kilo, nos encontraríamos que el 95% de la producción actual de las compañías textiles que operan en nuestro países tendría que desaparecer. Qué liberación de recursos, pensarán Vds., pero eso seguramente implicaría la quiebra y desaparición del 95% de estas empresas (bueno, de su negocio en España) y el 95% de sus empleados se irían a la calle. Además, también se irían a la calle el 95% de los empleados del sector logístico especializado en la distribución del textil. Tendrían por supuesto que cerrar el 95% de las tiendas de ropa y las secciones de confección de los grandes almacenes  se reducirían en un 95%. Ésto sería sólo el impacto directo de esa caída del consumo, pero después se ha de contabilizar el indirecto: ese 95%, o más, de disminución de impuestos que cobraría el Estado de los sectores afectados; esa pérdida de clientes de los bares que están en las calles comerciales, esa disminución de la venta de otros bienes y servicios debido al ingreso en la lista de parados de todos esos contingentes; los cuales, además, supondrán un coste extra al Estado, que aparte de disminuir ingresos aumenta así gastos y por tanto tiene que recortar de otras actividades, generando más paro y más contracción económica en los sectores auxiliares afectados. En fin, es obvio que tal cambio no se puede hacer de la noche a la mañana, so pena de causar un daño mayor. Esencialmente, nuestro sistema económico es un obeso mórbido con la tensión altísima cuya vida corre peligro pero al que no se puede hacer adelgazar demasiado rápidamente so pena de inducirle tales descompensaciones que igualmente lo mataríamos. Así que lo tenemos que adelgazar poco a poco, mientras vamos desinflando los gastos superfluos y vamos invirtiendo en los esenciales. ¿Y cuáles son los esenciales, dirán Vds.? Bueno, invertir en renovables, invertir en huertos... El problema es que no pueden esperar que ese cambio suceda espontáneamente; ya explicamos aquí que a partir de un cierto punto invertir en renovables no es rentable con los criterios económicos estándar, y que de hecho las renovables no pueden resolver la crisis energética tal y como se está planteando su implantación. Como no se puede obligar a los inversores a gastar su dinero en algo que ahora mismo no perciben como rentable, y el Estado no tiene dinero ni para subvencionar el despliegue (no digamos ya financiarlo), el hecho es que no se va a financiar las actividades fundamentales para el cambio de modelo productivo, económico y social. Y para cuando sea evidente que es necesario hacerlo el nivel de degradación del mercado será tan acusado que faltará capital y faltarán algunos suministros básicos, con lo que será una tarea ardua y penosa, si no directamente imposible.


Seamos francos: no hay una apuesta real por un cambio del sistema. Sí, se va invirtiendo algo en energías renovables, pero con criterios de rentabilidad clásicos. ¿Qué repiten los gestores de inversión sobre las renovables? Que han de mejorar tecnológicamente para que sus costes bajen y sean rentables. Y cuando dicen rentables no quieren decir que cubran gastos, no; lo que quieren decir es que han de tener tiempos de retorno de la inversión de unos pocos años y que la rentabilidad sea como mínimo del 5% anual. En suma, no se quiere jugar a otro juego que no sea el BAU de siempre, no se acepta que las reglas han cambiado, y se intenta forzar la Termodinámica para que las renovables renten en función de esas cifras que acabo de comentar. Pero la Termodinámica es muy tozuda...


¿Cuál es, por tanto, la realidad del patrón que se sigue? La de intentar aumentar el consumo, no de reducirlo. ¿Se acuerdan? Al principio de esta crisis se dijo que consumir es patriótico; lo dijo incluso Gordon Brown, entonces primer ministro del Reino Unido. Y es que sin aumento del consumo no hay crecimiento económico, y sin crecimiento económico no se pueden pagar las deudas. ¿Y qué creen que pasará ahora que estamos entrando en una nueva ola recesiva? Pues que con más problemas de deudas que no podemos pagar poco o nada vamos a pensar en desmantelar actividades más o menos rentables por otras que lo son mucho menos, y encima con la deuda a cuestas. ¿Saben cuántas veces he oído que con esta crisis que tenemos no es momento de hacer inversiones en energías verdes, que eso después, cuando se supere la crisis? No se les puede culpar, es lógico, no son rentables. Cuando se supere la crisis, dicen, cuando acabe esta crisis que no acabará nunca. Así es fácil de entender que yo crea que de esta espiral de degradación económica sólo se pueda salir mediante una explosión social, mediante una revolución. Alternativamente, mediante el colapso.

Salu2,
AMT