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miércoles, 10 de abril de 2024

El marco mental del enemigo

Queridos lectores:

"Entonces, ¿cuáles son las soluciones?" 

Ésta es la pregunta frecuente que oigo al finalizar cualquier acto en el que participo. Una pregunta muy lógica en el marco mental que nos movemos, y que por tanto es muy repetida.

En cualquiera de estos actos empleamos, aún, una cantidad increíble de tiempo en hacer el diagnóstico de la situación, y queda siempre poco margen de tiempo para hablar sobre el qué hacer. Pero no hay remedio: hay que repetir y profundizar una y otra vez en la explicación de qué es lo que pasa, por culpa de la abrumadora sordina mediática sobre la verdadera dimensión de la crisis biofísica de nuestra civilización (la policrisis como a veces se dice, fruto del choque repetido y obstinado contra los límites biofísicos del planeta). Porque la gente no sabe lo que está pasando en realidad. Ven que las cosas no funcionan, que no van bien, pero no entienden. Más aún: hay tal cantidad de basura comunicativa, de cachivaches (des)informativos, que resulta tan difícil avanzar en la discusión como lo es moverse en medio del desván de la abuela: a cada paso, alguien te saca una "noticia" que leyó o escuchó (a veces hace ya años, pero nunca fueron desmentidas), cáscaras vacías que siempre envejecen muy mal pero que continúan ocupando espacio en la discusión: que si grafeno, que si fusión, que si torio, que si combustibles sintéticos, que si hidrógeno verde, que si metanol, que si baterías de sodio, que si litio-fosfato, que si geotermia, que si undimotriz... Y en medio de ese espeso follaje de medias verdades y clamorosas mentiras, yo me encomiendo a nuestro patrono, San Brandolini, y voy paciente pero penosamente abriéndome camino con el machete de los datos y el análisis técnico. Y así, cuando por fin y ya sin tiempo llegamos a la claridad de comprender la situación, es cuando llega la pregunta de marras.

"Entonces, ¿cuáles son las soluciones?"

Esta frase es, en realidad, una falacia más, pero de un tipo diferente a las anteriores. Y es que si bien las anteriores se pueden refutar desde un punto de vista técnico, con argumentos científicos y datos contrastados, en este caso el problema es conceptual. Es una pregunta mal formulada porque parte de un marco conceptual erróneo.

El marco conceptual del enemigo.

Porque, después de una farragosa discusión técnica, sobre cuestiones técnicas, contrastando datos del mundo real, se plantea el "¿y entonces qué?" como si la respuesta debiera darse en el mismo plano conceptual, es decir, en el técnico.

Pero eso es una falacia.

Todo el trabajo previo, todo el trabajo que he hecho en estos 14 años de divulgación, se resume en que no hay ninguna manera técnica de mantener el capitalismo. No es posible, físicamente, seguir con el mismo sistema socieconómico. Faltarán recursos, faltará energía, y los problemas ambientales y el Cambio Climático en particular ya están causando desastres en cascada que afectan a la "normal" ejecución del sistema económico. Solo cabe esperar fallos y más fallos, cada vez más concatenados y al final en cascada, hasta que en la práctica el capitalismo, tal y como lo entendemos hoy en día, haya desaparecido de una manera u otra, bien porque haya evolucionado hacia un sistema democrático o - más probablemente - autoritario que sí que nos mantenga dentro de los límites biofísicos del planeta, bien porque la civilización colapse (y en el caso extremo la especie humana se extinga).

"Entonces, ¿cuáles son las soluciones?"

Esa pregunta contiene, implícita, la idea de que se den soluciones técnicas para mantener el sistema tal cual. Al formular esa pregunta de esta manera, se da por hecho que hay que mantener el capitalismo y solo se acepta escuchar sobre desarrollos científicos y tecnológicos.

Llevamos atascados en este punto literalmente décadas. Hace 50 años que sabemos que no hay soluciones científico-técnicas que permitan mantener el capitalismo, pero llevamos 50 años poniendo todo el peso de la discusión en las soluciones científico-técnicas. Es la doctrina del solucionismo.

Es el marco mental del enemigo. 

Pensamos con el marco mental del enemigo, lo cual imposibilita encontrar ninguna solución.

Los industrialistas (de los que ya hablamos hace unas semanas), esas personas que piensan que el único modelo de transición energética posible es uno basado en instalaciones de energía renovable a escala industrial para producir energía a escala industrial con el objetivo único y declarado de mantener la actual civilización industrial a la misma escala de hoy en día, no aceptan que pueda haber ningún otro marco de discusión. Continuamente vociferan y porfían que éste es el único marco de discusión, y que quienes se salen de él son catastrofistas, colapsistas o, en el mejor de los casos, políticamente ingenuos. Mientras tanto, como ya comentamos, avanzamos con paso firme hacia otro shock de precios en el petróleo y posiblemente en el gas natural, mientras que la repetición de curtailments y precios cero o negativos no solo en España sino en toda Europa evidencian que el modelo de Renovable Eléctrica Industrial (REI) está fracasando, con el lógico nerviosismo generalizado, ataques mutuos entre diversos generadores de electricidad, y larguísimas y aburridísimas (aparte de técnicamente endebles) explicaciones por parte de presuntos gurús energéticos sobre por qué esto no es un problema y que hay un futuro brillante para el REI (y no será porque no se hubiese avisado, yo mismo en el Parlament de Catalunya en septiembre de 2022 en un rato que las honorables personas que me oían pudieron dejar de mirar sus móviles).

Por si esto fuera poco, la crisis ambiental sigue su curso. El desbalance radiativo del planeta llega a los 2 vatios por metro cuadrado, un valor extraordinariamente elevado (la última glaciación terminó por un desbalance, temporal, cuatro veces menor). La AMOC podría colapsar. Innumerables ecosistemas en todo el mundo podrían desaparecer. Los plásticos y otras sustancias tóxicas entran en nuestro torrente sanguíneo. El agua dulce escasea. La sequía es un fenómeno global que pone en peligro alimentario a millones de personas. Problemas todos ellos que el REI no solo no ayuda a resolver, sino que los agrava (incluyendo la presunta reducción de emisiones de CO2). Problemas que no admiten ningún tipo de aplazamiento

"Entonces, ¿cuáles son las soluciones?"

Solo hay una.

Salir del marco mental del enemigo.

No hay solución posible dentro del capitalismo. Simplemente, no la hay.

El crecimiento económico es incompatible con la preservación ambiental. Lo dice la propia Agencia Europea del Medio Ambiente, que es un organismo dependiente de la Comisión Europea. 

No hay ninguna negociación posible con el capitalismo. Lo único que podemos discutir es su finalización, si es que queremos tener un futuro.

Hay soluciones, pero no son de carácter técnico. Eso no quiere decir que la ciencia, la técnica y el desarrollo tecnológico no sean útiles. Lo son; más aún, son parte imprescindible de la solución. Pero fuera de un marco capitalista.

Los industrialistas continúan haciendo ruido una y otra vez para evitar que nos paremos y nos demos cuenta de que el problema está mal planteado. Que el problema no se podrá resolver con más tecnología, sino con más cultura, más sociedad, más personas verdaderamente humanas. El solucionismo nos distrae de la discusión real.

Durante estos meses yo sigo hablando con representantes de muchas empresas muy diferentes, todas ellas en el sector productivo. Todas ellas son conscientes de la gravedad del momento. De hecho, para todas ellas (dicho por los propios directivos con los que he conversado) la clave ahora mismo no está en el crecimiento, sino en la supervivencia. No tienen claro si podrán sobrevivir, están buscando desesperadamente métodos y maneras, de todo tipo, para sobrevivir. 

Entonces, si la industria tiene claro que la batalla es otra, ¿a quién le interesa este solucionismo impuesto a grito pelado de los industrialistas, el mismo que nos está arrastrando al foso?

El solucionismo solo le interesa al poder financiero, puesto que en un mundo postcapitalista no tiene futuro. El sector financiero es el único que no acepta ni aceptará nunca que el mundo ha cambiado, porque aceptarlo significa aceptar que su negocio se ha terminado.

Los industrialistas, con su solucionismo machacón, están hablando solo en representación del poder financiero. Es al único al cual realmente representan. 

Mientras, en el mundo real, el cambio que más desesperadamente necesitamos es social y es cultural. Da vergüenza ajena ver personas que dicen venir del ámbito de las ciencias sociales claudicando a las exigencias del industrialismo, aceptando que el momento no está "políticamente maduro" para abandonar el capitalismo (en una muestra más de insultante y condescendiente paternalismo). 

Pues no. El cambio que necesitamos es cultural, es social, es económico, es político y es radical, ya que se necesita ir a la raíz del problema. Necesitamos salir del marco mental del enemigo, y empezar a pensar por nosotros mismos, a ser libres, a respirar.

Y a éstos que no se ven capaces de abandonar el marco mental del enemigo les diría que si no van a ayudar, que se aparten y no estorben - si es que su ego se lo permite.

Salu2.

AMT

P.Data: Quizá habrán notado que, a pesar de mi promesa de escribir más durante este 2024, el ritmo de publicación de posts continua siendo bastante ralo. Pero en realidad sí que estoy cumpliendo mi promesa, solo que no estoy escribiendo aquí: continúo preparando mi próximo libro, de título provisional "El futuro de Europa", que debería entregar en un par de meses (por cierto, el libro intenta dar respuesta al solucionismo que se plantea en este post, centrándome sobre todo en la cuestión técnica). Así que discúlpenme que me prodigue menos por aquí y permanezcan en sintonía.

domingo, 2 de mayo de 2021

Centro versus periferia


Queridos lectores:

Una de las mayores dificultades para articular una transición energética adecuada y eficaz reside en ciertas ideas preconcebidas de cómo debe ser esta transición. Esas ideas, adecuadas para aprovechar las características de los combustibles fósiles mientras éstos han sido abundantes, nos llevan ahora a intentar aprovechar la energía renovable de una manera que no solo no es la más eficaz, sino que es tan mala que puede ser hasta incompatible con una sociedad funcional. Pero cuando señalamos esta incompatiblidad, y antes de que se nos permita explicarnos mejor, habitualmente nos encontramos con un muro: un muro de incomprensión y un muro de oposición cerril, el cual desdeña nuestros argumentos porque los toma como un ataque a la única salida al grave problema de sostenibilidad actual, sin darse cuenta de que en realidad hay muchas más salidas. Tal es la cerrazón que, cuando se les muestra la imposibilidad lógica de "su" solución, creen que lo que estamos diciendo es que "estamos perdidos" o que queremos "condenar a la Humanidad a volver a las cavernas" - sin ir más lejos, estos dos comentarios me los han dicho en la última semana. Me sorprende encontrarme con gente que de nada me conoce que cree que me gusta ser catastrofista o que piensa que digo que no podremos tener ni luz ni agua corriente (dos ejemplos reales también recientes).

La realidad no puede ser más lejana. No es que no haya solución. Al contrario, sí que hay soluciones alternativas, más de una. Pero son soluciones muy diferentes a las que ellos sueñan, aunque no peores. De hecho, en realidad son mejores, empezando por el simple hecho de que son posibles.

Comencemos por el principio. Entendamos cuál es el paradigma actual, y hasta qué punto es prisionero de la mentalidad de los combustibles fósiles.

Los combustibles fósiles tienen una característica que los hace muy interesantes: tienen una gran densidad energética. Contienen mucha energía concentrada en un volumen pequeño. Eso favorece que se pueda transportar la energía extraída en un punto para consumirla en otro punto, aunque sea muy lejano, y con un gran aprovechamiento. En el caso concreto del petróleo, se añade otra gran ventaja: es un líquido, como también son los combustibles que de él se derivan. Eso hace muy fácil su manipulación: para trasvasar grandes cantidades de energía de un recipiente a otro simplemente se deja fluir y en cuestión de pocos minutos el depósito se ha llenado de una cantidad inaudita de kilovatios·hora. Además, al ser líquido es más fácil de hacerlo reaccionar químicamente para sacar un alto rendimiento. El carbón tiene una manipulación un poco más difícil, pero también se puede transferir grandes cantidades de energía gracias a él. Y el gas natural es el más difícil de manipular de los tres, pero aún con él tenemos un increíble saldo energético en las operaciones de transferencia.

Dadas las características de los combustibles fósiles, y particularmente del petróleo, se ha podido llevar la lógica de las economías de escala hasta prácticamente su límite físico. El principio de la economía de escala es aumentar el volumen de producción de un objeto hasta el máximo rendimiento económico. Cuando ponemos una fábrica, debemos hacer una gran inversión para crear el edificio, comprar la maquinaria, tener las infraestructuras necesarias, etc, y esa inversión es prácticamente la misma hasta un cierto volumen de producción; por tanto, es mejor producir ese máximo volumen que cualquier cantidad inferior, porque así el coste por unidad producida será menor. Incluso, una vez hecha la inversión inicial, aumentar la producción partiendo de la fábrica inicial suele comportar un incremento de costes menor que poner una nueva fábrica en otro sitio, porque ciertas infraestructuras (carreteras, líneas eléctricas, etc) no necesitan ser ampliadas porque pueden aumentar su capacidad. Así que la lógica de la economía de escala se basa en aumentar la producción de una fábrica hasta su máximo rentable.

La gran cantidad de energía concentrada en los combustibles fósiles, y su gran abundancia, ha favorecido que se creen grandes centros de producción, que en algunos casos abastecen el mercado global. Concentrar más y más la producción en pocos lugares ha seguido siendo beneficioso, hasta que en algunos productos se abastece el mundo con una o unas pocas fábricas. La lógica de la hipercentralización de la producción ha sido una consecuencia del petróleo abundante y barato, en suma.

Por contraste, la producción de energía renovable es por definición muy distribuida y de pequeña densidad energética. Además, es difícil de manipular y transportar  a grandes distancias. El viento sopla aquí, y las zonas más insoladas están allá, y tomar esa energía y llevarlo para otro lado no es nada simple. Se pueden crear sistemas de aprovechamiento renovable que tomen esas fuentes de energía renovable y las conviertan en electricidad. En el proceso, se aprovecha solamente entre el 15% y el 20% de la energía renovable disponible; y luego el transporte comporta pérdidas adicionales, más el hecho de que la disponibilidad de la red eléctrica hace que no siempre se pueda aprovechar la energía producida o producible. Se puede intentar soslayar ese problema convirtiendo la electricidad en hidrógeno, pero entonces se tienen que añadir otro 30-50% de pérdidas adicionales en la producción del hidrógeno, y encima, si se intenta utilizar en un motor, habrá de nuevo un recorte del 50% de la energía, de modo que al final se habrá aprovechado solamente un 4% o menos del flujo renovable inicial. La alternativa es usar baterías u otros sistemas como el bombeo incerso, con pérdidas mucho más pequeñas (del orden del 10-15%) pero con un alto coste económico y energético en materiales escasos o en limitaciones de localización, con lo que encima tampoco se puede garantizar que estarán disponibles a gran escala.

La pregunta es: ¿y no se puede aprovechar esa energía renovable de una manera mejor? Y la respuesta es que sí.

Ya comentamos al hablar de la entropía que siempre que se produce una transformación de un tipo de energía a otro tipo de energía, en virtud del Segundo Principio de la Termodinámica, se tiene que pagar un peaje energético, es decir, se va a perder parte de la energía en el proceso. Esa pérdida energética es de tanto mayor que más diferentes sean los tipos de energía inicial y final. Por ejemplo, la transformación del impulso mecánico del viento o del río en electricidad implica pérdidas de hasta el 75% de la energía que incide en la turbina o aerogenerador. Sin embargo, si esa energía mecánica lineal del flujo de agua o aire se convierte en energía mecánica de rotación para accionar los engranajes de una fábrica, las pérdidas son mucho menores, del 20% o incluso más bajas. Quizá esto les suene un poco a ciencia ficción, pero lo cierto es que las primeras villas industriales a principios del siglo XX usaban esos procedimientos para mantener en marcha la maquinaria; yo siempre comento el caso de las fundiciones de la villa de Olot, ciudad perdida en la montaña de Gerona y que no tenía precisamente buenas comunicaciones terrestres con el resto del país, y que sin embargo tenía una gran capacidad industrial precisamente por ese tipo de aprovechamiento mecánico de la energía hidráulica de los abundantes saltos de agua de la zona.

Lo cierto es que existen tecnologías apropiadas que requieren materiales y procesos constructivos mucho más sencillos que las renovables eléctricas, que son mucho más fáciles de instalar y mantener, y que son entre 2 y 3 veces más eficientes que producir electricidad. Con la ventaja añadida de que la energía se puede aprovechar de manera más final, además.

Yendo al caso de España, las posibilidades son infinitas. En las zonas con mayor insolación, como Andalucía, Extremadura o el sur de Castilla- La Mancha, la energía solar se puede concentrar para cocer ladrillos y, más concentrada aún, para fundiciones metalúrgicas. En el norte de España, la proliferación de saltos de agua proporciona una potencia mecánica que permite la instalación de muchas industrias donde se requiera; y de manera similar las regiones con viento intenso. En cuanto a las praderas que ocupan las mesetas, pastizales y paja proporcionarían una fuente inmensa de compuestos para la síntesis de química orgánica, y  semejantemente los bosques.

¿Cuál es el inconveniente de esta aproximación? Que la producción se vuelve distribuida. Pero eso es lógico: es que se está intentando aprovechar una energía, la renovable, que ya es de suyo distribuida, que se encuentra repartida por todo el territorio, y no precisamente en los actuales centros de consumo. Con estos modelos no eléctricos de aprovechamiento renovable, que tienen una eficiencia mucho más alta que la de las renovables eléctricas, en vez de tener grandes fábricas en pocos sitios, la economía de escala asociada a una energía muy distribuida haría proliferar muchas pequeñas fábricas, con mucho menor impacto y presión ambiental sobre su entorno, asegurando además la riqueza y el empleo local. La introducción de la renovable no eléctrica es por tanto más vertebradora y redistributiva.

¿Por qué hay, entonces, esta obsesión con electricidad? Porque no se ha abandonado el paradigma fosilista, y se sigue queriendo llevar la energía desde los lugares de generación energética a los actuales centros de producción industrial. Por este motivo, el debate sobre la transición renovable está viciosamente y erróneamente centrado en la producción de electricidad, de modo que hemos llegado a un punto en el que la gente cree que las renovables son para producir electricidad, y que el actual discurso político pretende alcanzar la descarbonización con un 100% eléctrico renovable. Poco importa a ese discurso que la electricidad sea solo el 20% del total de energía final consumida, que lleve décadas así sin que se vea como aumentar ese porcentaje, y que se sepa que hay una parte que no puede ser electrificado. Y poco importa, como hemos visto, que el aprovechamiento eléctrico sea altamente ineficiente en la transformación energética.

La centralización de la producción industrial durante los dos últimos siglos ha llevado a una centralización del poder político, y se usa ese centralismo para intentar forzar que la transición renovable también sea centralista. Pero a la Naturaleza no se la puede contradecir, y si la energía renovable es distribuida, no será posible centralizarla. Encabezonarse en hacer algo imposible no logrará hacerlo, pero sí que nos puede hacer colapsar como sociedad.

La fijación de la agenda en la renovable eléctrica y el completo ninguneo de las alternativas renovables no eléctricas (hasta el punto de que son un no tema, y que hasta las organizaciones ecologistas adoptan la agenda eléctrica renovable) es una manera de mantener el centralismo imposible en la época del descenso energético. Por eso, no nos equivoquemos: la renovable eléctrica busca apuntalar los centros de consumo/producción frente a la periferia de generación energética. Es un modelo de expolio del territorio, es un modelo colonial intramuros y extramuros.

La transición renovable, la verdadera, la posible, debe basarse en el aprovechamiento local y eficiente de la energía renovable. Un aprovechamiento que hará renacer al territorio. Renacer del territorio que debe ser a costa del abandono del centralismo metropolitano. Ceterum censeo Metropolem esse delendam.

Salu2.

AMT 

jueves, 11 de mayo de 2017

Anticapitalismo y postcapitalismo



Queridos lectores,

Es una historia repetida. Una persona concienciada comienza a investigar sobre las graves cuestiones de sostenibilidad y de viabilidad que aquejan a nuestra sociedad, y a medida que se va acercando a las causas profundas de los problemas observados se va dando cuenta poco a poco de que el problema es completamente estructural, que surge de un grave error de diseño del edificio social. Es sólo cuestión de tiempo que pase de hablar de vaguedades (como "el sistema", "escala de valores", "hábitos" o "alienación social") a hablar claramente de la raíz última de los problemas: "capitalismo". Da igual si esta persona se interesa por los problemas de la desigualdad social, de la superpoblación, la pérdida de biodiversidad, el acceso al agua, la alimentación, el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la gestión de las ciudades, las pesquerías, los recursos boscosos, la conservación del patrimonio artístico, la exclusión social, la gentrificación, la especulación inmobiliaria, la locura de los derivados financieros, la corrupción política, la gestión del territorio... Al final, al cabo de mucho tiempo y aunque a veces sea de manera reluctante todos acaban yendo a cuestionar el capitalismo.

No somos niños, hemos crecido y hemos sido educados en esta sociedad y sabemos qué significa hablar mal del capitalismo. Es criticar al capitalismo y surgen sarpullidos en nuestros oyentes. Incluso aunque uno haga una exposición pausada, poco emocional, basada en datos y argumentos, en el momento en el que uno pone en cuestión el capitalismo se suele producir una reacción contraria, en ocasiones virulenta.

Para mucha gente, el capitalismo forma parte de un conjunto de verdades aprendidas, y que no puede ser cuestionada porque es la base de nuestro edificio social. De manera muy poco crítica, estas personas interpretan que criticar el capitalismo significa querer destruir esta sociedad, sin que a quien está criticando le importe el caos que suponen que sobrevendría al fin del capitalismo. Por esa razón, en no pocas ocasiones pronunciar ciertas palabras desencadena toda una retahíla de clichés, de respuestas aprendidas y estandarizadas, que intentan reducir tal tipo de razonamientos y posiblemente a quien los sustenta a la categoría de inadaptado social, enfatizando el peligro que supondría para la sociedad seguir tan estrambóticas, alocadas y poco reflexionadas ideas. 

El adjetivo habitual con el que se cuelga un sambenito al crítico del capitalismo es el de "radical". No quiere decir eso que no se pueda ejercer un cierto grado de crítica, pues hasta los más adeptos al presente sistema se dan cuenta de sus muchas disfunciones, pero lo que separa la crítica socialmente aceptable de la locura revolucionaria se marca con ese adjetivo, "radical". Se puede ser "ecologista"  y defender la conservación de la naturaleza, los pajaritos y las flores y todas esas cosas, pero no se puede ser "ecologista radical" y pretender cosas como poner en peligro el crecimiento económico por futesas como el equilibrio térmico del planeta o el envenenamiento de ríos y océanos. Se puede ser "de izquierdas" y tener cierta preocupación social, afán redistributivo e inclinación hacia el igualitarismo, pero no se puede ser "de izquierda radical" y dejarse ir en una orgía estatalista y comunistoide que mataría al loado y muy eficiente libre mercado. Se puede, en suma, hacer una crítica social, pero no se puede ser radical y pretender cambiar todo, o peor que eso, lo que es intocable.

Dentro de la general perversión del lenguaje que domina nuestro tiempo (fenómeno éste, como otros observados, propio de las civilizaciones decadentes) está la confusión de términos. La palabra "radical" debería ser percibida como algo positivo, pero su uso repetido y único en cierto contexto la ha desposeído de su significado original y le atribuye otro diferente y negativo. Como tantas veces le he escuchando decir al maestro Pedro Prieto y a otros (hace unos días, a Marcel Coderch), ser radical es algo positivo, puesto que la palabra radical significa "aquello que va a la raíz". Justamente es de análisis superficiales de lo que vamos sobrados, y lo que más se necesita es ir a la raíz de los problemas, entender su origen último para poder corregir los problemas, actuando ya desde su comienzo.

Es también común que la persona concienciada que comentábamos al principio del post, si persevera en su empeño, se vuelva radical en el sentido propio de la palabra (es decir, que se afane en buscar el origen último de los problemas); pero al encontrar una y otra vez reacciones desabridas a sus reflexiones y comentarios, y al desesperarse viendo la vigencia y urgencia de actuar contra los problemas que tiene bien identificados se acabe volviendo radical en el sentido impropio (es decir, alguien inadaptado socialmente y con una actitud combativa y deletérea con respecto al sistema social vigente), esencialmente adoptando el role que los otros le atribuyen. Lo cual contribuye a cerrar el círculo y ayuda justamente a perpetuar el mito del peligro de la radicalidad en sentido propio, al asociarse a su sentido impropio.

Un ejemplo de esta adopción en falso de la radicalidad impropia por la propia lo encontramos en el uso del término anticapitalista. El término anticapitalismo en sí mismo es una demostración acabada de la radicalidad impropia, puesto que define una posición ideológica (seguramente muy rica y fundada teóricamente) sobre la base de una oposición a algo, en este caso al capitalismo. Formulado así, el anticapitalismo no puede existir sin la existencia del capitalismo, al cual se opone y combate. De ese modo, la denominación anticapitalista lleva asociada la derrota implícitamente, pues lo que evoca es la oposición a todo aquello que la gente asocia al capitalismo (sea o no parte de él), que al final es la oposición a todo lo que la gente común es y aspira a ser. Y no es que no haya multitud de cosas en el capitalismo a las que se necesita oponerse firme y frontalmente; incluso, es lógicamente defendible que los problemas del capitalismo son tan fundamentales, están tanto en su raíz, son tan radicales en suma, que no queda más remedio que oponerse a su idea misma desde los primeros principios. Sin embargo, la denominación "anti", por su carácter iconoclasta y de oposición, sólo puede generar el rechazo de los socialmente integrados y de los que sin serlo aspiran a ello; y rizando el rizo de la perversión lingüística, actúa como imán de ciertos inadaptados que, ellos sí, buscan la destrucción de todo por la destrucción misma. La perversión intelectual llega a su paroxismo cuando, ayunos de otros apoyos, las corrientes anticapitalistas abrazan a esos balas perdidas como "de los nuestros", en algunos casos haciendo propias sus muchas veces absurdas y destructivas causas. Llegados a punto, la derrota intelectual y moral es completa.

No caer en las trampas del lenguaje que con cierta habilidad van tejiendo los adalides del capitalismo resulta fundamental si uno quiere que la empresa de superación de los errores del capitalismo tenga la más mínima oportunidad de éxito. Por esa razón, es preciso abandonar denominaciones como "anticapitalismo" en beneficio de otras más adecuadas, como por ejemplo podría ser "postcapitalismo". Pues el objetivo final del activista social, ecológico o científico no es, o no debería ser, la destrucción del capitalismo, sino su superación. No se trata de destruir un edificio social que es fruto de una evolución con cierta lógica histórica y que ha cosechado muchos éxitos (aunque llevando consigo también muchos y muy graves fracasos), sino de hacerlo evolucionar para superar los problemas cada vez más graves y de abordamiento inaplazable. No se trata tanto de hacer una causa general contra los ganadores de la globalización y la hiperfinanciarización del mundo como de construir nuevas maneras de organizarse socialmente y de asignar los recursos en un mundo acuciado por tantas dificultades y limitaciones que impedirán que el capitalismo pueda durar ni tan sólo unas pocas décadas más, un mundo con unas reglas del juego nuevas que provocarían nuestro colapso si no somos capaces de abandonar el capitalismo por un sistema mejor adaptado a los retos del siglo XXI. 

Es verdad que algunos sectores aspiran a propinar un cierto castigo de los promotores del capitalismo, pero, ¿quiénes han sido? ¿Hablamos de hombres que vivieron hace doscientos años o de los que hoy en día siguen haciendo las cosas del mismo y suicida modo?. Y si miramos el problema desde la perspectiva de quién se ha beneficiado, ¿a quién contaremos, a aquellos que se han beneficiado más? ¿Más con respecto a qué? Posiblemente un occidental de clase media se ha beneficiado mucho más que el 80% de la población del planeta. El revanchismo conlleva una cierta carga de moralización, de sentimiento de superioridad moral de la parte de quien aplica el castigo sobre el castigado, y es por tanto subjetivo y completamente opinable. Quizá, y dada la urgencia y necesidad del momento, convendría más concentrar los esfuerzos en la transición inaplazable y si acaso señalar con el dedo no aquéllos que percibimos, y que son, los claramente beneficiados en el momento actual, sino a aquéllos que ponen trabas para efectuar esta transición.

Pero volviendo a la cuestión terminológica, hay gente que lleva muchos años en la brega del activismo social, ecológico o científico que mira con recelo la adopción de la terminología "postcapitalista" por su tibieza, y que con cierta razón señalan que tal término puede ser cooptado por los mismos de siempre y que su significado sea pervertido (análogamente a lo que pasó con el término "verde", que dio origen al de "capitalismo verde", o al de "sostenible", que dio lugar a la aberración conceptual del "crecimiento sostenible" o del ligeramente menos aberrante "desarrollo sostenible"). Eso es cierto, y además es lógicamente esperable que cuando el duro choque contra los límites biofísicos del planeta vaya haciéndose más evidente e innegable veamos aparecer propuestas "postcapitalistas" emanadas de think tanks crecentistas: recuerden cómo el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy habló de "refundar el capitalismo", aunque en realidad seguramente pensaba en hacer los cambios mínimos posibles para que la cosa continuase. Pero es que en realidad el postcapitalismo no es una ideología sino una categoría; no es un término para condensar todas las posibles corrientes de pensamiento económico-social, sino más bien un trazo descriptivo que las agruparía a todas, incluyendo a las más continuistas. Además, el postcapitalismo es un término transitorio, pues aunque no se posiciona contra el capitalismo se sitúa justamente después de él, y por tanto lo sigue tomando como referencia. Poscapitalismo sólo marca una dirección a seguir y que sólo vale ahora, mientras estemos donde estamos; pero una vez alejados de los arrabales del capitalismo conviene designar aquello de que se trate exclusivamente por un término propio, que le designe por sí mismo y no con respecto a otra cosa, ya sea ecosocialismo, ecofeminismo, decrecentismo, municipalismo radical o lo que se quiera. También, el término "postcapitalismo" debe entenderse como un rasgo de toda proposición constructiva para superar el capitalismo, que busca más dotarnos de herramientas para superar el actual reto histórico que no un ajuste de cuentas moral. Es, en ese sentido, que al discutir de los límites del crecimiento y al buscar nuestro camino incierto para la transición, todos deberíamos considerarnos con orgullo radicalmente postcapitalistas.


Salu2,
AMT

miércoles, 8 de junio de 2016

Dinámica de quiebra



Queridos lectores,

Es curioso constatar que, después de seis años de singladura en este blog y de tantas actividades de divulgación en las que he participado, hay varios obstáculos graves para conseguir la comunicación del problema de los recursos naturales que no sólo me sigo encontrando, sino que de hecho son el principal impedimento para que el esfuerzo que realizo sea más efectivo. Tengo el pobre consuelo de saber que estos obstáculos son, por lo que comentan, idénticos a los que tantas otras personas que han intentado el mismo fin se han encontrado, así que probablemente estos obstáculos no son nada fáciles ni evidentes de salvar y no todo es culpa mía. Pero, dada la importancia de lo que se pretende, no puedo conformarme con saber que nuestra incapacidad es común; y por ello intento una y otra vez intentar entender las causas de estos obstáculos, escuchando conversaciones en el tren, o leyendo comentarios por aquí y por allí en internet, especialmente cuando se descalifican el tipo de argumentos que aquí se usan (a veces directamente artículos publicados en este blog).

En la esfera peakoiler es moneda común describir como principal obstáculo que uno se encuentra en la divulgación del peak oil el denominado "síndrome de Casandra", o sea, la dificultad de ser creído cuando uno anticipa un futuro que no es tan de color de rosa como generalmente se está haciendo creer desde los principales medios de comunicación. El "síndrome de Casandra" es ciertamente un obstáculo importante: a la mayoría de la gente le resulta difícil aceptar que los problemas que se describen en éste y otros foros puedan ser tan graves como se anticipan, por más que se avalen los diagnósticos con profusos documentos públicos y datos provenientes de reconocidas instituciones públicas y privadas, por una lógica bien sencilla: si realmente fuera tan importante este tema haría repetidamente la primera página de los diarios y se comentaría con frecuencia en los telediarios, ergo, debe ser que quien habla está manipulando datos reales, posiblemente escogiendo aquellos que mejor cuadran con una posición previa, para presentar una visión sesgada de la realidad. Por ejemplo, en uno de los comentarios de aquellos posts de hace seis años, un comentarista me acusaba de leer del revés informes de la CIA y otras prácticas cabalísticas y libreinterpretativas, y siguió dándome la brasa hasta que yo le envié a, digamos, hacerse una revisión proctológica no profesional (curiosamente, aquel post trataba sobre el eventual pico de producción del carbón, el cual posiblemente hayamos superado ya o superemos en breve).

El "síndrome de Casandra" no es nada sorprendente teniendo en cuenta la autista dinámica bautómata de nuestra sociedad: la necesidad de mantener la manera de funcionar convencionalmente aceptada como correcta (el Business as Usual, o BAU) hace que automáticamente se filtren todas las noticias que podrían cuestionar este estado de los negocios, y es por ello que blogs como éste tienen que ser marginales por definición. Sin embargo, la degeneración social subsecuente a esta crisis que no acabará nunca ha llevado a una creciente desconfianza de una parte de la población occidental, principalmente la que se está viendo más azotada por la crisis permanente pero también aquélla que, sin aún estar preso de ella, teme estarlo en un futuro no tan distante. Incrementa la sensación de desconfianza la constatación repetida de la ocultación deliberada de los problemas que se suceden en otras partes del mundo y que de repente algunas personas se encuentran para su sorpresa: hace unos años era el ninguneo sistemático de las crónicas negras que si uno buscaba podía encontrar sobre la situación en Grecia, en Ucrania o en Siria; ahora mismo en España el foco de la negación de la realidad próxima está en Francia, donde se está viviendo un verdadero levantamiento popular contra la reforma laboral que el gobierno francés quiere imponer como un trágala y que está desencadenando una fuerte represión policial; a pesar de los paros en las refinerías, el cierre de centrales nucleares y de otras infraestructuras críticas y la evidencia de la respuesta de mano dura, en España se está haciendo una deliberada sordina mediática a todos estos problemas, comentándolos muy de pasada si es que siquiera se llegan a mencionar. Y si en el caso de las crisis en los otros países que antes mencionaba (Grecia, Ucrania, Siria) aún en algunos momentos ha habido cierto eco (para luego ser silenciado durante años, a pesar de que los problemas han seguido), pregúntese el lector si sabe cuál es la actual situación en Libia (donde una eventual intervención militar occidental parece cada día más probable), en Malí (donde hay tropas españolas) o en Nigeria, por poner tres ejemplos (más allá del de Venezuela, que ocupa la obsesión mediática española estos días). En este momento, es esa desconfianza de saberse deliberada y sistemáticamente desinformado lo que favorece que la discusión detallada que se hace en este blog y en páginas similares sea tomada en mayor consideración, sobre todo teniendo en cuenta que la evidencia avala las cosas que tanto tiempo llevamos explicando (por ejemplo, que la escasez de petróleo lleva a la volatilidad de precios, y no a un precio continuamente elevado como neciamente aún repiten los adalides del libre mercado). Así que cada vez somos menos Casandra, aunque aún falta un largo trecho que recorrer.

Con todo, a mi modo de ver no es el "síndrome de Casandra" el mayor obstáculo para la difusión de la problemática del peak oil. El mayor problema, al menos para mi, es la dificultad de hacer comprender cuál es mi objetivo último. Con demasiada frecuencia me he encontrado con respuestas airadas de lectores casuales de alguno de los apuntes de este blog, en las que pretenden que yo soy un catastrofista por decir que el futuro de progreso ilimitado no está en absoluto garantizado. Peor aún, cuando me limito a analizar datos (como hice recientemente en el post sobre el pico de la energía) se me suele acusar de tener una motivación oculta para decir lo que digo (que, generalmente, es un simple análisis de los datos), simplemente porque lo que digo (lo que se deriva de los mismos datos, en realidad) no coincide con una serie de expectativas previas. También, en no pocas ocasiones, cuando indico que en la actualidad se está produciendo una cierta tendencia particularmente negativa, se me acusa de apocalíptico e incluso de morboso, como si por el simple hecho de destacar que algo va mal yo estuviera deseando que la cosa continuara así indefinidamente hasta que todo reventase.

Como digo, el gran problema es que mucha gente no entiende por qué digo lo que digo. Paradójicamente, el hecho de que yo no declare un sesgo evidente hace que mi actitud sea más molesta, y no menos: si yo actuase de acuerdo con una cierta agenda política mi comportamiento sería, de alguna manera, más aceptable desde un punto social; simplemente se acepta o se rechaza una agenda que corresponde con un cliché estándar (ecologista, decrecentista, socialista, liberal...) y se ha acabado la discusión, ya no hace falta razonar más. Sin embargo, dado que yo no me caso con nadie y que sólo me interesan los argumentos lógicos y no los ideológicos, mi actitud resulta más extraña a algunas personas a las cuales mis argumentos no les gustan. Eso les lleva a atacarme con más virulencia, y en el paroxismo para intentar desacreditarme se llega con descaro a poner en mi boca o en mis dedos palabras que yo nunca pronuncié o escribí.

Mi motivación, lo he explicado mil veces, no puede ser más simple: yo quiero un futuro que merezca la pena ser vivido para mis hijos. Y ya puestos, para los hijos de todos, para toda la Humanidad que nos ha de seguir. Ya sé que a algunos esto les puede parecer muy tonto o muy banal; qué quieren que yo les diga, no doy para más: simplemente no hay nada más importante para mi.

¿Y por qué me dedico a hacer divulgación y no confío en lo que hagan las autoridades o expertos competentes? Pues porque no veo una reacción lógica delante de los retos cada vez más evidentes, y me parece que hay demasiado en juego para tomarse las cosas con tanta ligereza. Yo veo problemas graves en el horizonte, problemas que en realidad pueden ser abordados de forma eficaz, seguramente de varias maneras diferentes. Yo no soy quién para decirle a la Humanidad o a una comunidad cuál de esas respuestas es la mejor: no me corresponde y además, sinceramente, no sabría cuál elegir. Lo que me frustra es que en la discusión de los problemas energéticos la mayoría de las veces no veo análisis racionales, ni respuestas lógicas y creíbles, ni tan siquiera serias, a las cuestiones que se plantean: sólo humo y distracciones, que en el fondo, lo único que buscan es que nada cambie de lo que realmente le importa a quien promueve esos falsos debates. Lo que me alucina es el esfuerzo que se hace por negar que la energía está en la raíz de muchos de los problemas económicos que sufrimos actualmente, a pesar de la abrumadora evidencia; y que en particular las limitaciones con la energía son la causa por la cual no podamos salir de la actual crisis económica, al menos no mientras mantengamos el actual paradigma. Finalmente, lo que me enerva es comprobar cuántas mentiras y falsos argumentos se emplean, con el único objetivo de mantener a la gente engañada y tranquila mientras lentamente se va degradando su nivel de vida.

Este continuo esfuerzo de distracción hace que sea aún más difícil la gestión de riesgos, que en el fondo es lo que yo humildemente pido desde esta página. Que uno señale riesgos no quiere decir que desee que se materialicen; en realidad es exactamente al contrario: se quiere advertir del peligro para evitarlo. Curiosamente, hay personas que, aunque yo repita esto mil y una veces, insisten en que lo que deseo es que haya una catástrofe y luego me reprochan que ésta no se haya producido (?) y en unos plazos que obviamente yo nunca he dado (!). Con tal error de juicio sobre lo que yo y otros como yo pretendemos entenderán Vds. que se complica aún más la posibilidad de darle una respuesta adecuada a los problemas.

Si hablamos de cosas más actuales y concretas, hay de hecho un riesgo creciente que me preocupa más cada día que pasa, un nubarrón negro que no para de crecer en el horizonte, y es el de que se acabe produciendo una caída abrupta de la producción de petróleo debido a que hemos caído en una trampa económica que describía hace unos posts, a saber: que debido a la debilidad de la demanda el precio del petróleo ha caído demasiado, y al caer tanto se está desinvirtiendo demasiado rápido y en demasiada cantidad en el sector de búsqueda y desarrollo de nuevos yacimientos; y en un tiempo relativamente breve nos podríamos ver delante de una bajada demasiado brusca de la producción. Esa caída de la producción aceleraría la velocidad de rotación de la espiral de destrucción de oferta - destrucción de la demanda, acelerando nuestro descenso energético hasta el punto de volverlo completamente incontrolable.

Antes de profundizar más en el análisis de este problema, déjenme que repita lo obvio: esta caída acelerada con consecuencias potencialmente desastrosas no es lo que yo deseo, y si quiero hablar de ello es precisamente para que se entienda que este riesgo es real y se tomen las medidas adecuadas (para lo cual hay varias posibilidades) para evitarlo o como mínimo mitigarlo todo lo que se pueda.

El hecho de que al final se materialicen parte de los peligros que yo anticipaba tampoco me ofrece ningún consuelo, teniendo en cuenta lo que está en juego. El hecho de que se haya recurrido estos años a un petróleo poco asequible que estaba hundiendo económicamente a las empresas del sector (con pérdidas continuadas de más de 100.000 millones de dólares al año durante los años anteriores a la caída de precios actual) ha llevado a que, al final, probablemente el año 2015 haya sido en el que se ha producido el peak oil de todos los hidrocarburos líquidos, cosa que yo llevo diciendo desde hace años (al menos desde 2011). Lo cierto es que a efectos prácticos hubiera dado exactamente igual si al final el peak oil se hubiera producido en 2012 o en 2018 (y de hecho aún no podemos confirmar que 2015 haya sido el pico máximo, aunque la acelerada caída de producción en EE.UU. durante el último año prácticamente lo garantiza): lo grave es estar ya tan cerca del momento en el que la producción de hidrocarburos líquidos empieza a bajar, paulatinamente durante los primeros años, un poco más rápido después. Complica encima esta situación la habitual confusión entre "petróleo crudo" e "hidrocarburos líquidos": algunas personas creen que lo que digo está mal porque afirmo aquí que el peak oil de todos los hidrocarburos líquidos seguramente fue el año pasado y al mismo tiempo que el peak oil del petróleo crudo fue en 2005. Ha sido gracias a los petróleos no convencionales que durante 10 años se haya podido compensar la caída del petróleo crudo, pero como sabemos, a qué coste: la actual aceleración de la espiral

Y en realidad saber la fecha exacta del peak oil es difícil y en todo caso no cambia el problema, no modifica lo que se tendría que hacer desde el punto de vista de gestión de riesgos, especialmente porque la incertidumbre en la fecha final es de pocos años y no sobra tiempo para implementar cualquier medida de contingencia. Sin embargo, una parte desproporcionada del sesgado debate sobre este tema se fija en torno a dar la fecha concreta; y ahora que parece que sí, que ciertamente fue 2015 el año del peak oil, la discusión se desvía a minimizar su importancia: "Mira, parece que hemos llegado al peak oil y no ha pasado ninguna de las desgracias vaticinadas". De nuevo, que las peores consecuencias para Occidente aún no se hayan manifestado es poco relevante: sin un cambio radical de rumbo acabarán notándose más pronto que tarde; pero es que, de nuevo, no había predicción concreta para lugares concretos, sólo una paulatina y a veces más acelerada degradación económica para el conjunto de países. De hecho, si uno pregunta a un habitante de Yemen o de Siria si creen que su país ha colapsado en los últimos diez años no tendrán dudas en decir que sí, y el problema es que la nómina de colapsantes sólo puede crecer con el tiempo si no se empieza a poner remedio desde ya mismo.
 
La dinámica que sigue el agotamiento de los recursos es diferente de la socialmente esperada, aunque completamente natural en realidad. Lo que se espera desde las instancias económicas es que cuando la demanda sube el precio suba con ella, y que si el producto escasea el precio subirá lo suficiente para equilibrarse con la demanda o para que el mercado acabe proporcionando un substituto eficiente. No está contemplado en los libros de texto de Economía que tal substituto no exista, y eso hace que no se comprenda la dinámica actual, en la que no queremos pasar sin petróleo pero tampoco podemos aceptar que nos lo vendan por encima de un precio, el cual es insuficiente para el productor, que cada vez tiene mayores costes. Algo tiene que acabar cediendo, y en el momento actual es la producción: ya se estima que a finales de 2017 habrá una caída de producción de petróleo de 3 millones de barriles diarios (3 Mb/d) simplemente teniendo en cuenta los proyectos ya aplazados, y esta nómina sólo puede ir creciendo durante este año. Si la Agencia Internacional de la Energía nos informó de que en 2015 la inversión en exploración y desarrollo de nueva producción petrolífera cayó un 16% respecto a 2014, en 2016 se estima que respecto a 2015 caerá un 26% adicional. Tales tasas de caída se justifican por la lucha por la mera supervivencia de muchas compañías: se estima que en el primer trimestre de 2016 las compañías que operan en EE.UU. (donde se decía que se estaba produciendo una milagrosa revolución energética, el fracking, que ha demostrado ser una quimera) han tenido que destinar el 86% de sus beneficios solamente a pagar los intereses de la deuda. Y lo peor es que en 2016 expiran créditos por valor de 5.000 millones de dólares, pero en 2017 lo hacen 25.000 millones. Que estas empresas puedan devolver el principal parece dudoso, teniendo en cuenta los problemas que tienen ya sólo con el pago de intereses; y conseguir refinanciar la deuda será difícil, viendo lo mal que le va el sector. Todo hace anticipar, pues, el estallido de una nueva burbuja financiera (pues hay muchos derivados asociados al mercado energético), más recesión y por tanto menos demanda de petróleo, y de ahí precios más bajos para el petróleo y una profundización en la desinversión productiva en el sector petrolífero. Si un año y medio de precios bajos hace anticipar caídas fuertes de producción en pocos años, alargar la situación actual puede precipitarnos catastróficamente en el descenso energético.

He ahí los datos. ¿Es inevitable la caída? No, no lo es. ¿Existen soluciones para evitar o compensar los problemas? Sí, sí que las hay. Por ejemplo, se puede esperar a que la cosa empiece a degenerar y entonces los Estados pueden rescatar estas empresas petrolíferas a cambio de endeudarse más y reducir aún más sus prestaciones (más recortes), aumentando el descontento de sus poblaciones y tensando más la cuerda social. O también se podría decidir intervenir en el mercado del petróleo, de una manera más ligera como describía hace algunos posts, o de otras más intervencionistas, e intentar repartir la carga mientras la sociedad se adapta a la nueva situación. O bien utilizar este tiempo extra para planificar una transición, bien fantasiosa (asumiendo que las renovables todo lo pueden - sea o no cierto - y que se mantendrá el status quo actual) o siendo conscientes de que hace falta un cambio de paradigma. También se puede decidir no intervenir en absoluto y aceptar que la cosa irá a donde vaya.

Como ven, opciones hay muchas, y seguramente hay unas cuantas más. La clave es no matar al mensajero, sino comprender que hay decisiones que la ciudadanía tiene que tomar, y que para ello tiene que estar correctamente informada (evitando tratarla con paternalismos pretenciosos a los que muchas veces tiende los partidos políticos). Negar que se está produciendo el peak oil y que se nos agota el tiempo para reaccionar ciertamente no ayuda mucho en este contexto. En el fondo, calificarnos de catastrofistas a los que todo esto explicamos es una manera sibilina de hurtar un debate social que no debería ser ignorado por más tiempo, sobre qué modelo de sociedad queremos y el que tendremos si no reaccionamos.


Salu2,
AMT