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viernes, 24 de septiembre de 2021

La crisis del gas

Queridos lectores:

Hace ahora 11 años, en este mismo blog escribí un post que se llamaba "El pico del gas". En aquel artículo, analizaba la situación con respecto a la producción de gas natural en el mundo, y cuándo se estimaba, con los datos de aquel entonces, que se llegaría al pico de producción de gas. De acuerdo con los datos de los que disponíamos, esperábamos que la producción mundial de gas natural llegara a su máximo hacia 2020. También se destacaba en aquel post que, de acuerdo con un informe del Energy Watch Group, Europa empezaría a tener problemas graves de suministro de gas hacia 2015, debido a que el gas se transporta más fácilmente por gasoducto y los principales suministradores de Europa entraban en su declive productivo, y el transporte por buque metanero tiene muchas limitaciones. En aquel post, enseñaba una gráfica (sacada del mismo informe) en la que se mostraba la previsión para el balance entre la demanda prevista en Europa y su suministro:

Es obvio que en 2015 no se produjeron los graves problemas de suministro que se preveían, aunque también es cierto que ha habido en los últimos años una cierta tirantez entra la oferta y la demanda de este hidrocarburo (sobre todo patente en los problemas del Reino Unido durante los pasados inviernos). Lo interesante de la gráfica que muestro arriba es que contemplaba cómo la situación se podría aplazar hasta más o menos 2020 si se conseguía aumentar el máximo hipotético de importación de Gas Natural Licuado (LGN), que es el que se transporta en barco.

De hecho, esto es lo que ha sucedido. Europa ha incrementado de una manera brutal su capacidad de importar gas por vía marítima. En particular España es el país que más ha incrementado su estructura de regasificación, contando con 6 grandes plantas construídas o ampliadas en los últimos años, y que están perfectamente integradas con la red gasística nacional.


Tal despliegue de capacidad de importación de gas vía barco ha supuesto una inversión enorme, que con buena visión estratégica se ha acometido de manera poco conocida por la opinión publica durante estos años. Al fin y al cabo, esta inversión tenía un gran riesgo: solo se podría rentabilizar si la demanda de gas era lo suficientemente importante como para justificar el mayor coste del gas de importación marítima. Y es que los costes operativos son muy elevados, ya que se tiene que licuar el gas en origen, mantener la temperatura de los depósitos del buque metanero en -160ºC durante toda la travesía y volver a regasificar la mercancía en destino.

El hecho ha sido, empero, que la inversión estaba justificada. Se necesitaba esa capacidad extra de gas natural licuado si se quería poder cubrir la demanda europea. Pero con eso solo no bastaba para cubrir una demanda creciente para siempre. Solo permitía ganar 5 años más de ilusión de crecimiento permanente.

La razón por la cual Europa ha llegado a su máxima capacidad de aprovisionamiento de gas, unos años antes de que el mundo llegue a su peak natural gas, es porque los dos países que son sus principales suministradores (por capacidad de producción y proximidad geográfica) están ya en sus respectivos peak natural gas locales. Hablamos de Rusia y de Argelia.

La producción de gas de Rusia ha seguido aproximadamente una suave pendiente creciente (solo rota por la crisis de 2008-2009) durante los últimos 20 años, rematada con un fuerte ascenso en 2017 y 2018, relativo estancamiento en 2019 y descenso en 2020.


Los sucesivos ministros de energía de Rusia vienen avisando desde hace años que la producción de petróleo y de gas de Rusia está tocando techo y que en los próximos años comenzará a declinar. Además, ya se ha dejado claro que Rusia va a priorizar el consumo doméstico a las exportaciones; de hecho, cuando se mira el consumo de gas natural de Rusia se ve que el significativo remonte de 2017 y 2018 básicamente sirvió para cubrir necesidades de autoconsumo.

En Europa, y sobre todo en Alemania, se espera que la reciente puesta en funcionamiento del gasoducto NordStream 2 (que circula por el lecho del Mar Báltico y comunica a Rusia directamente con Alemania) servirá para paliar los problemas de suministro del país teutón y del sistema gasístico europeo. Esto es en parte cierto, ya que Rusia podrá enviar directamente una mayor cantidad de gas para su consumo en Alemania y así evitar tener que pagar por pasar por otros países como Ucrania, que se quedan con una parte del gas en concepto de peaje. Dejando al margen las funestas consecuencias que tendrá para esos países "intermedios" el hecho de que su influjo de gas se reduzca, lo cierto es que Rusia ya está en su máxima capacidad productiva y a partir de ahora cada año nos va a enviar menos gas. Tal y como se anticipaba en el artículo de 2010. Y si el invierno viene frío, Rusia ya ha dejado claro que va a priorizar las necesidades de su propia población. Lo cual anticipa problemas de suministro este mismo invierno porque este año los inventarios rusos de gas están casi vacíos.

Veamos ahora la situación de Argelia. 

Como se observa en el gráfico de arriba, desde el año 2000 Argelia se encuentra en una situación de relativo estancamiento jalonado con algunas subidas y bajadas significativas. De manera similar a lo que sucede en el caso de Rusia, aunque más acusado en el caso argelino, el repunte que se observa de 2016 a 2018 obedece más a necesidades de consumo interno que a un incremento de las exportaciones.
 

En el caso de Argelia se observa, además, un fuerte incremento del consumo desde 2010, lo que va en detrimento de las exportaciones. Esto en particular ha tenido un gran impacto en el caso de España: si en 2018 el 60% del gas natural consumido en España era de origen argelino, en 2020 y principios de 2021 representaba aproximadamente el 27%, aunque ahora roza el 50% (y esto por no hablar de los problemas en la calidad del gas suministrado). Como en el caso de Rusia, también Argelia tiene un incentivo para no hacer pasar su gas por Marruecos para no pagar el peaje y venderlo, más caro, a Europa; y aunque los gasoductos directos a España e Italia tengan sus limitaciones, si las exportaciones disminuyen Argelia va a dar preferencia a esos gasoductos que al que atraviesa territorio marroquí en dirección a España y Portugal. Esto también añade contexto a las actuales hostilidades entre Marruecos y Argelia.

Argelia, por supuesto, no es Rusia, y eso hace que Europa - y particularmente su antigua metrópoli, Francia - se ingieran de manera más directa en los asuntos internos argelinos. Por ese motivo se hablaba hace casi una década de intentar explotar el gas de shale en la zona sur de Argelia, aunque esos proyectos nunca han llegado a cuajar (seguramente por el escaso rendimiento y las grandes necesidades de agua que requiere ese tipo de explotación). Todo indica que Argelia también ha pasado su peak gas, pero no es solo eso. Su peak oil particular sucedió hacia 2005, y los dos picos combinados han hecho decrecer rápidamente los ingresos de las exportaciones argelinas de hidrocarburos. La inestabilidad social es creciente y recurrente en el país norteafricano, y la sustitución del octogenario Abdelaziz Buteflika en 2019 no ha conseguido apaciguar los ánimos, porque una gran parte del problema es la escasez de recursos. El riesgo de que esa inestabilidad sea aprovechada por las potencias europeas, en una eventual guerra civil argelina, para asegurarse militarmente el acceso a los yacimientos de gas natural (seguramente aliándose con el bando que consideren más fuerte), sigue siendo elevado.

El repaso que acabo de hacer viene a colación porque la realidad es que hace 11 años los problemas que actualmente estamos viviendo en Europa no solo eran previsibles, sino que fueron previstos. Se sabía que iba a pasar, y ahora está pasando. Basta ya, por tanto, de decir que los problemas son coyunturales. No, no lo son en absoluto: son estructurales. No hemos querido tomar medidas más drásticas para evitar lo peor, tan solo incrementamos nuestra capacidad de importación vía marítima y estiramos la situación lo que se podía, cinco años escasos. Y obviamente esto no se ha acabado: ahora viene lo que viene.

¿Y qué viene? Viene una situación de debilidad extrema y estructural, con el riesgo de hacer colapsar las economías e inclusive las sociedades europeas.

En el momento actual, los inventarios de gas natural en Europa (justo antes del invierno, la estación de mayor demanda) están en mínimos de 10 años (y eso que en 2020 se marcaron máximos por el confinamiento durante las primeras etapas de la CoVid-19).


Europa ha tenido que recurrir a la importación masiva de gas por vía marítima, a pesar de que sea muy caro. Eso ha sido muy beneficioso para los EE.UU., que ha conseguido una manera de rentabilizar los de otras forma ruinosos yacimientos de shale gas. Pero por los grandes costos de operación, como comentamos más arriba, ese gas es mucho más caro y ha disparado los precios. Y no solo en Europa: también en Asia. Solo se mantienen bastante baratos en los propios y sobreabastecidos EE.UU. Esto les puede parecer paradójico a los adalides del libre mercado, pero el problema del gas natural, repitámoslo, es que es de transporte difícil. EE.UU. tiene una capacidad limitada de enviar gas por barco, y Europa tiene una capacidad limitada de recibirlo. Por eso en EE.UU. sigue sobrando gas y en el resto del mundo no se puede aprovechar ese exceso.

Fuente: https://www.bbc.com/news/world-europe-58650634
 

Si uno mira la evolución del precio del gas en los diversos países de Europa, se ve que en cuestión de un año se ha multiplicado por 5 o más (en el caso de España, hace un año valía 11€/MW·h; actualmente casi 7 veces más, 71,5 €/MW·h). Incluso comparado con los precios de antes de la pandemia, típicamente se ha multiplicado por 3.

Fuente: https://www.bbc.com/news/world-europe-58650634

Estos altos precios del gas tienen un impacto directo el precio de la electricidad. En toda Europa se utiliza el sistema marginalista para fijar el precio de la electricidad en el mercado mayorista (es el mercado donde las compañías productoras le venden la electricidad a las compañías comercializadoras). Con este sistema, pensado para una época de más estabilidad que la actual, el precio de toda la electricidad de un tramo horario se paga al precio del kilovatio·hora más caro que se pone en juego. El problema viene cuando las centrales de ciclo combinado (las que funcionan con gas natural) entran en funcionamiento continuamente. Dentro de la ceremonia de la confusión que impera en la discusión energética hoy en día, a veces se hace creer al público que si hubiera más potencia renovable el precio de la luz bajaría. Esto es falso por diversos motivos. Por un lado, la escasez de materiales que ya ha comenzado (que empezó con chips y plásticos y ahora se ha extendido a práticamente todo) hace que los futuros parques eólicos y fotovoltaicos serán cada vez más caros (como comentamos con más detalle en su momento), con lo que sus costes de construcción pero también operativos serán cada vez mayores y la electricidad que se genere con ellos también será más cara. Por otro lado, incluso incrementando enormemente la actual capacidad de generación de electricidad renovable, se seguirá necesitando una apreciable capacidad de respaldo. Y ya no solo para cubrir la intermitencia de las renovables (el hecho de que no siempre producen energía), sino otro problema tan o más grave: el de la estabilidad de la red eléctrica. Como comentaba el maestro Beamspot cuando hablaba de efectos relativistas, es muy difícil de mantener la perfecta sincronía de la corriente alterna transmitida por una red de tamaño continental cuando tienes muchas fuentes entrando y saliendo con muchos transitorios y retardos, y al final se necesita contar con centrales que se puedan encender o apagar a voluntad y que puedan entrar con potencia suficiente en cada momento (so pena de causar una catástrofe en la red, peligro que ya se ha bordeado en algunos momentos a nivel de Europa, sin ir más lejos el pasado 8 de enero). Por ese motivo, vamos a seguir teniendo una fracción de la electricidad, que puede llegar a ser pequeña pero que siempre va  a estar ahí, generada con ciclos combinados, y eso, con nuestro sistema de fijación de precios mayoristas, quiere decir que la electricidad se va a mantener cara mientra el gas sea caro. Es decir, prácticamente siempre a partir de ahora.

No solo la carestía y eventual escasez de gas impacta e impactará en la generación de electricidad y en los usos domésticos: impacta también, y fuertemente, sobre la industria. Una gran cantidad de industrias que utilizan calor industrial consumen muchísimo gas natural, como por ejemplo la industria del cemento o la de la cerámica, por no hablar de otras de escala más modesta como las panaderías (saludos al maestro Félix Moreno por la indicación). En el momento actual, la empresa Fertiberia (dedicada a la fabricación de fertilizantes, que precisan de gas natural para su síntesis) ha parado su planta de Palos de la Frontera, en principio por un mes; la razón, los elevados precios del gas natural. Dos plantas de fertilizantes británicas también han parado, mientras China detuvo sus exportaciones de fertilizantes ya en julio. El parón de este tipo de plantas es generalizado en todo el mundo, y ya se anticipan nuevos problemas, carestía y escasez en la producción mundial de alimentos. Se acerca el invierno, y tenemos la despensa medio vacía.

Pero esto no se queda aquí. El problema del peak oil sigue estando presente. Es una de las causas detrás del encarecimiento del transporte tanto marítimo como por carretera, y eso indirectamente causa la escasez de conductores de camiones, que es especialmente aguda en el Reino Unido (el Brexit amplifica todos estos problemas en las islas) pero que se va extendiendo al resto de Europa y a los EE.UU. ¿Por qué? Porque al incrementarse los costes de todo, la manera que tienen los transportistas de reducir gastos es reducir el sueldo de los chóferes, hasta que éstos, hartos de las malas condiciones laborales y con sueldos a la baja, deciden dedicarse a otra cosa. De manera insensible el precio del petróleo sigue subiendo y ya se va acercando a los 80$ por barril, una primera barrera más física que psicológica, porque a partir de 80$ las partes menos competitivas de la economía empiezan a sufrir. Teóricamente, a partir del cálculo del profesor James Hamilton, el máximo precio que la economía puede tolerar antes de entrar en recesión es alrededor de 120-130$ por barril, pero por desgracia la maltrecha economía mundial probablemente no podrá soportar ya tanto y entrará en recesión en algún punto no demasiado lejano de los 100$.

La combinación entre el pico del petróleo/pico del gas (particularmente en Europa, el pico del suministro de gas) garantiza que el proceso de desestabilización económica se acelerará. La falta de una materia agrava la escasez de suministros esenciales para la otra, y la de ésta genera una nueva cascada que repercute en la primera y así sucesivamente. La falta de resiliencia de nuestro sistema económico y productivo, con su absoluta y ciega dependencia en los combustibles fósiles, nos aboca a un proceso de decadencia acelerada. Podemos estar en los primeros compases de un proceso muy rápido que sacudirá a Europa primero y luego al resto del mundo. De momento, en el Reino Unido se está racionando el combustible y ya se ven las primeras colas en las gasolineras (de nuevo, el Brexit ha acelerado su caída). Se anticipa que podría haber interrupciones momentáneas del suministro de gas en Europa durante este invierno, particularmente si es frío. Y pase lo que pase se anticipa una intensa crisis económica con graves consecuencias para el Viejo Continente, como alerta Nafeez Ahmed.

No queda tiempo para dudar. No hemos hecho caso a las advertencias y ahora vienen ya, atropelladamente, las consecuencias. No hay tiempo, sobre todo para más errores. Es hora de abandonar grandilocuentes y megalomaníacos planes de transición que están abocados al fracaso y a causar más destrucción y penalidades. Llegó el otoño y se acerca el invierno. Construyamos ya el refugio, si queremos sobrevivir.

Salu2.

AMT




domingo, 25 de abril de 2021

La transición que no fue

 

Queridos lectores:

Desde mi comparecencia en el Senado de España, algunas personas me han remitido diversos informes sobre el estado de algunos sectores industriales en España. Todos ellos están relacionados con un tema que mencioné en mi comparecencia y sobre el que ya escribí aquí, el fin del plástico barato. Los informes mencionan siempre lo mismo: encarecimiento más que significativo en el último año de los plásticos y otras materias primas (maderas, aluminio, acero laminado, etc), empresas declarando fuerza mayor para no cumplir con sus contratos de suministro, ruptura de stock en algunos casos... Y en general, nadie espera que estos problemas se vayan a resolver antes de 2022 o 2023.

Si uno lee los análisis sobre las causas de estos problemas de suministro, suele encontrar toda una diversidad de problemas aducidos. Suele mencionarse la escasez de materia prima (a veces presentada de manera elíptica; por ejemplo, "desajustes entre la oferta y la demanda"), pero también se mencionan muchas cuestiones coyunturales de influencia variable pero que claramente se exagera en esos informes: se habla de la tormenta de nieve en Texas, la obstrucción del canal de Suez o el incremento del consumo de ciertos productos higiénicos derivados de las medidas contra la CoVid. Lo cierto es que en 2020 el consumo en general se redujo muchísimo, y los problemas de escasez ya eran notorios a finales de 2020, así que todos esos problemas mencionados suenan a excusas más que a la verdadera causa de tanto desarreglo. Todos, excepto la escasez de materia prima.

Y es que en la raíz de todos estos problemas está el acelerado descenso de la producción de petróleo en el que ya estamos inmersos. No voy a repetir aquí una vez más los mismos argumentos con todo detalle; consulten, si lo consideran necesario, lo que se discutió en el post "El Gran Despilfarro". El resumen del argumento es el siguiente: las compañías petroleras descubrieron hace unos años que no quedan yacimientos de petróleo rentables, porque a pesar de estar en precios récord perdían dinero a manos llenas; así pues, desde 2014 están reduciendo drásticamente sus inversiones y por ese motivo la propia Agencia Internacional de la Energía anticipa una caída de la producción de petróleo muy importante y ya imparable, que podría llegar a ser hasta del 50% en 2025 si no reaccionamos. Incluso si hay una fuerte reacción, una caída del 20% parece inevitable. Una caída tan grande de la producción de petróleo augura un auténtico desastre económico. Solo este año, la producción podría caer ya un 10%. La escasez de ciertas materias primas que se está observando nos indica que efectivamente vamos por ese camino. El precio del barril de petróleo aún no se ha disparado de precio, pero por culpa de la ley de Liebig de las refinerías (que comentábamos al hablar de la escasez de plásticos) el plástico ya escasea. La escasez de otras materias primas, como los microchips o algunos metales, tiene una componente energética y otra que depende de muchos otros factores, pero en todo caso será agudizada por el descenso del petróleo.

Y aún en este momento, en el que la producción de petróleo cae desde 2018 sin posibilidades de recuperarse nunca más, en el que sabemos que ya hemos pasado el temido peak oil, aún sale algún langrán diciendo que eso del peak oil ya fue desmentido, o el típico avispado que dice una variante de aquello de "Llevan años diciendo lo mismo. Siempre dicen que quedan 30 años para que se acabe el petróleo". Dejando al margen que ningún científico ha dicho nunca que el petróleo se fuera a acabar en 30 años (no, ninguno nunca lo ha dicho: nómbrese uno) y que quien dice eso tiene una supina ignorancia de qué es exactamente el pico del petróleo o peak oil (para quien le interese, aquí encontrará un sencillo vídeo explicativo), es absolutamente grotesco que en un momento tan delicado como el actual, en el que la producción de petróleo ya cae y que por culpa de la espantada de las petroleras va a seguir cayendo y encima más rápido de lo que debería haber sido, en un momento en que se nos viene encima una bofetada de realidad histórica con una Gran Escasez de casi todo, se pretenda de manera tan autosuficiente ignorar un problema que ya nos está explotando en las narices. Por poner una analogía: imaginen un fumador empedernido al que amigos y familiares le han dicho durante años que deje de fumar  porque al final contraerá un cáncer. El fumador siempre les había respondido, burlonamente, que llevan años diciéndole lo mismo pero que el cáncer nunca llega. Hasta que un día va al médico porque tiene unas molestias y el médico le dice que tiene un cáncer. Ahora imagínense que delante de ese diagnóstico, nuestro fumador se burlase del médico y le dijera que no le venga con la misma cantinela de siempre, de asustarle con que tendrá un cáncer. Sin entender que ya tiene el cáncer. Pues igual de grotesco es que en este momento tan delicado aparezcan algunos aturdidos diciendo que eso del peak oil es la misma cantinela de siempre. Pues no, señores: el peak oil ahora ya ha pasado. El tiempo de prevenirlo ya ha pasado; ahora es el tiempo de adaptarnos. Igual que con el ejemplo del fumador, ya no es simplemente cuestión de dejar de fumar: ahora tendremos que emprender tratamientos agresivos para parar el cáncer. Y lo último que necesitamos es a unos zangolotinos que solo quieren seguir arrastrando los pies un rato más.

Pero, por ese mismo motivo, porque ya estamos iniciando el descenso, ya no hay tiempo para las soluciones que se están proponiendo para la Transición Energética, motivada por la lucha contra el Cambio Climático pero que también deberían valer para hacer frente a la escasez energética y material que se nos viene encima. Llevamos muchos, demasiados, años discutiendo los pros y contras de la transición renovable. Llevamos muchos, demasiados, años discutiendo los límites de las renovables, con discrepancias legítimas que aún no se han resuelto. No se hizo nada cuando se tenía que hacer porque, en el fondo, no nos parecía tan urgente. Y ahora, simplemente, lo que teníamos planeado ya no se puede.

Latinoamérica pasó su pico de la energía en 2016, y justo antes de la CoVid su consumo de energía  sobrepasó su producción. Con el actual agravamiento global del problema energético, ¿va a poder Chile seguir enviándonos su cobre, sobre todo ahora que sus costes se han disparado por la pobreza de ley de las minas? ¿Va a seguir Argentina exportando su litio para las baterías? ¿Va a seguir México enviándonos su petróleo? Esto último ya sabemos que no: el consumo de petróleo de México ya supera a su producción desde hace un par de años.

¿Seguirán viniendo los paneles solares de China como hasta ahora? ¿Y el neodimio? ¿Y el cobalto desde el Congo? ¿El uranio de Níger?

En una situación en que la urgencia energética afectará a todo el globo, en la que todo el mundo tendrá que hacer de alguna manera su transición energética, ¿se va a poder mantener el tráfico mundial de las esenciales materias primas para la transición energética? Rotundamente, no. Con una producción de petróleo en descenso, ¿cómo funcionarán las máquinas que operan en las remotas minas de cobre, litio, platino, plata, oro? ¿Cómo trabajará la maquinaria que se usa para procesar en neodimio, el disprosio o el praseodimio? ¿Qué coste tendrá transportar esas materias de las minas a otros países donde se procesan? ¿Qué coste el transporte de las materias ya procesadas hasta llegar a Europa? Si ya sería extremadamente complejo si solo Europa emprendiera la transición energética, en el contexto al que vamos la competencia por esas materias será global. Porque no se trata ya de luchar contra el Cambio Climático, contra el cual hay países más comprometidos y concienciados que otros; aquí, es verdaderamente una guerra de todos contra todos. Y, además, por nuestro propio interés necesitaríamos que algunos países fuera de Europa hicieran también su transición, porque si no sus minas cerrarían y nos quedaríamos sin esos materiales.

Las hojas Excel de nuestros economistas de guardia, aquellos que asesoran a nuestros gobiernos y grandes empresas, no contemplan ningún problema. El mercado proveerá. Si se les señalan las dificultades, alegan que el ingenio humano no tiene límites y que el mercado siempre encuentra sustitutos eficientes para todo, y que el que no entienda eso es que es un ignorante en economía. Pero son ellos los que no saben nada. No saben que hace tiempo que se hicieron modelos complejos para describir la interacción entre todos los factores, tanto los económicos como los físicos, con mayor realismo. No saben nada del modelo World3, no saben nada de MEDEAS, no saben nada de Locomotion. Para ellos, su Excel es más que suficiente para describir la complejidad del mundo.

Ahora, al calor de los fondos NextGenerationEU, en España las grandes empresas y los grandes fondos de inversión se han lanzado a promover enormes proyectos de parques renovables, para generar una electricidad que no sabemos si necesitamos, y si no la necesitamos la usaremos para hacer hidrógeno. El hidrógeno, que como reconocía un ponente de unas conferencias a las que asistí hace unos días, se había intentado introducir hace 20 años y se fracasó, que se volvió a intentar hacer 10 años y se volvió a fracasar, y que esperan a ver si a la tercera va la vencida. Todos esos parques y esas plantas de hidrólisis, que necesitan de materias primas y elaboradas que tienen que venir de tan lejos y que no podrán llegar, si falta petróleo. En la Ley del Cambio Climático y la Transición Energética se habla de la descarbonización total de la economía española en 2050, y de un avance significativo para 2030; por ello, el plan es hacer todos estos parques y sistemas, que ya antes no sabíamos si serían adecuados, pero que ahora sabemos que simplemente no será posible ni instalarlos. Hablamos de transicionar parcialmente en 2030 y totalmente en 2050, cuando quizá el año que viene haya cosas que ya estén fallando.

Hemos esperado demasiado tiempo. En medio del incendio no es el momento de hacer una junta de vecinos para aprobar la instalación de una escalera de incendios. En un avión gravemente averiado, cuando el comandante dice "brace, brace" no es el momento para discutir qué visitaremos primero cuando lleguemos a nuestro destino. Ya no hay tiempo para eso.

Quizá haya tiempo de instalar en los próximos años algunos, unos pocos, de estos parques renovables y otros sistemas. Sin embargo, el foco debería estar en otro lado. Deberíamos dotarnos, a la mayor brevedad, de la capacidad de ser autosuficientes en la producción de alimentos. Deberíamos de asegurar el suministro de agua, en condiciones de potabilidad, y la capacidad de depurar las aguas residuales. Deberíamos relocalizar la producción de todo lo que sea relocalizable. Deberíamos abrir nuestros vertederos y chatarrerías para reaprovechar todo lo reaprovechable. Reciclar todo lo que sea reciclable y hacer una reingeniería de los procesos industriales para favorecer el reciclaje, sobre todo de ciertos metales. Deberíamos abandonar la megalomanía de esos proyectos que a día de hoy son imposibles y centrarnos en salvar lo más pequeño, lo fundamental. Hay que olvidar esa transición que soñamos, que quizá pudiera haber sido hace 20 años pero que hoy ya no será. Es mejor que la dejemos ir. La transición que no será. La transición que no fue. Porque ya no hay tiempo.

Salu2.

AMT