Queridos lectores,
Mis muchos compromisos me quitan el tiempo necesario para terminar un post sobre un problema que nos va a afectar y gravemente pronto - el pico del diésel (espero que esté listo para principios de la semana que viene). Entre tanto, Juan Luis Chulilla acaba de improvisar un breve pero interesante post sobre la alienación social que nos produce el bien de consumo por excelencia: el coche. Les dejo con Juan Luis.
Salu2,
AMT
Un resumen urbano de la inevitabilidad del oil crash
Plaza
de Jacinto Benavente, Madrid. 9:50. -2 grados en el termómetro digital
de la marquesina. El autobús se retrasa. Van pasando los minutos, más de
los 9 previstos para esta hora de un viernes. Los futuros pasajeros
miramos hacia la calle de Atocha y descubrimos los motivos del retraso:
dado que el párking está completo, los que quieren acceder a él se
detienen y taponan el principio de la calle de Atocha. Ni un policía.
Poco a poco, los coches van entrando en el párking, pero otros ocupan su
lugar y la calle sigue taponada. Contemplamos nuestro autobús a 20
metros, sin poder moverse, durante 10 interminables minutos. A las 22:15
logramos subir al autobús.
Ver Atasco metafórico del oil crash en un mapa más grande
En su momento me he cabreado, y me ha tentado
severamente acercarme a los que taponaban la calle para describir su
genealogía por el lenguaje de gestos tradicional. Pero una vez que he
entrado en calor en el autobús, la imagen me ha parecido perfecta: los
que estaban generando ese atasco, calentitos dentro de sus coches, ni se
inmutaban ante el atasco que estaban provocando, con los autobuses
parados detrás suyo. Aunque era completamente evidente, aunque era una
obscenidad que con esta ola de frío la gente estuviera esperando en la
calle por culpa suya, no tenía la más mínima importancia. Lo único que
importaba era que esos simpáticos ciudadanos habían decidido ir al
centro de Madrid en coche, y si tenían que parar el tráfico para poder
entrar al párking, pues lo paraban.
El coche ha cambiado nuestras ciudades y a nosotros
de paso. Las boinas de contaminación que tenemos encima, las muertes y
discapacidades sobrevenidas y el resto de efectos negativos que nos
produce el abuso del coche son objetivos e indiscutibles. A poco que se
sigue el desarrollo de los acontecimientos, cada vez es más evidente que
esto no puede durar, porque estamos en las postrimerías de la era del
petróleo barato.
Pero tanto los efectos objetivos como el futuro
inmediato dan igual porque, además de cambiar nuestras poblaciones, nos
han cambiado a nosotros. Y es muy sencillo visualizarlo: al
transportarnos, nos encerramos en el interior de un coche, de un objeto
tan central para nuestras vidas que, a pesar de que tiene ventanas
transparentes, no nos deja ver lo inevitable del presente y del futuro.
En su momento hablé del problema del coche como
símbolo de status, pero es sólo parte de un problema más amplio. El
coche ha condicionado la percepción de la mayoría de la población de los
países desarrollados. Desde su interior no vemos, hasta el punto de que
somos incapaces de imaginar nuestras vidas sin ellos.
Mañana, o pasado, o el año que viene, esos
satisfechos conductores que nos habían dejado ateridos no podrán volver a
hacer lo mismo. Como casi todos, renunciarán forzados al coche.
¿Qué será de ellos, cuando el oil crash les obligue a salir del coche y a ver?