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miércoles, 13 de julio de 2016

Cuatro clavos



Queridos lectores,


Estos días hay un tema que resulta recurrente en las conversaciones que tengo con diversos amigos y conocidos: cuál será, previsiblemente, la evolución económica de España durante los próximos meses. A pesar del tono optimista que se intenta dar desde la mayoría de los medios de comunicación, es evidente que hay ciertas tensiones económicas de importancia ahora mismo, y así un día en una cadena nacional de televisión nos pueden decir que el FMI no descarta que volvamos a entrar en recesión, y al día siguiente, el mismo medio y el mismo presentador nos puede decir, sin despeinarse, que se espera que en España el PIB crezca un 3% este año y cantidades similares en los próximos años. 

La realidad es que en este momento hay no pocos riesgos económicos para España, la mayoría de los cuales comparte con otras economías occidentales pues son de alcance global. Lo más preocupante de los riesgos es su alcance y profundidad, puesto que todos ellos son el resultado de una degradación progresiva de las bases de la economía mundial, a medida que el capitalismo va inexorablemente perdiendo su viabilidad. No es sólo es que estemos explorando nuevos territorios de esta crisis que no acabará nunca, sino que los procesos que ahora comienzan sólo se detendrán para ser sustituidos por otros peores.

Pero analicemos cuáles son estos problemas que se divisan en el horizonte económico español.


  1. Impacto del Brexit. Aparentemente las clases dirigentes del Reino Unido (y también las europeas) han interiorizado que la salida del Reino Unido de la Unión Europea es un proceso irreversible. Para pesar de todos los que abogan por la repetición de un referéndum cuyo resultado creen poder revertir, lo cierto es que volver a celebrar el referéndum seguramente exacerbaría los ánimos e incrementaría el rechazo a la UE. El proceso de salida, por tanto, parece irreversible. Aunque a muchos efectos prácticos el Reino Unido no abandonará la UE (puesto que el Reino Unido firmará multitud de acuerdos comerciales para preservar un cierta status comercial con la UE), lo cierto es que el Reino Unido recuperará la plena soberanía en cuestiones económicas, fiscales y de circulación de personas. Con el Reino Unido fuera de Europa, existe el riesgo de que el país se decante claramente por ser un paraíso fiscal, como ya apuntábamos antes del referéndum, lo cual parece confirmarse con el reciente anuncio de la reducción de la fiscalidad a las empresas radicadas en las islas. No es sólo esta competencia desleal con Europa casi desde su corazón (que, no nos engañemos, ya se producía en parte con el régimen especial que se le aplicaba a la City londinense) la que va a complicarle la vida a España. En el corto plazo, la salida del Reino Unido de la UE implica que España pasa de ser un receptor neto del presupuesto europeo a ser un contribuyente neto, lo cual ampliará la lista del "debe" español en un momento en que se le está aplicando un expediente por déficit excesivo. Pero es que además los mercados financieros están castigando más en estos días a las economías periféricas del euro que al propio Reino Unido, en una demostración de que el gran capital ve más viable un Reino Unido fuera de la UE que una España o una Italia sufriendo por mantenerse dentro de ella. Justamente, con las otras dificultades crecientes, el peligro de un contagio de los abandonos de la UE, sobre todo por parte de economías más competitivas que la española, aumentaría la presión negativa sobre España. 
  2. Deutsche Bank: La evolución del principal banco de Alemania durante los últimos meses ha sido ciertamente traumática; en más de una ocasión se ha comparado la evolución del precio de sus acciones al de Lehman Brothers en los meses previos a su quiebra.
    Aparte de la mayor o menor arbitrariedad de esta comparación, lo cierto es que DB encadena unos meses muy aciagos con multitud de noticias muy negativas. El secreto a voces de DB es su exposición a derivados financieros dudosísimos, por valor, dicen algunos, de unos 60 billones de euros (para que se hagan una idea, eso es más de 20 veces el PIB anual de Alemania). Si los alemanes se aplicaran a sí mismos el criterio que hasta ahora ha primado en la Unión Europea con los problemas de los sistemas bancarios de Grecia, Italia, Irlanda o España, según el cual cada estado ha de rescatar sus bancos, las compensaciones del Tratado de Versalles iban a parecer una broma de colegiala. Resulta obvio que si el DB llega en algún momento a quebrar, una parte importante de su deuda quedará impagada (con repercusiones a escala global), mientras que el resto de la deuda sería repartida por toda la zona euro y posiblemente por la UE (de nuevo, la salida del Reino Unido parece muy oportuna, y la tentación de nuevas salidas sería aún mayor). Curiosamente, la prensa especializada se centra estos días en los  problemas (comparativamente bastante menores) de los bancos italianos, supongo que porque es un problema más tratable que el del primer banco alemán. ¿Y qué pasa con los bancos españoles? La banca española también es señalada en algunos momentos, ciertamente no con la misma insistencia que la italiana aunque han circulado algunas noticias bastante negativas (por ejemplo, las referentes a la ampliación de capital del Banco Popular). De cómo se afronten, sobre todo desde el punto de la equidad, la crisis del DB por un lado y las crisis bancarias periféricas por el otro depende algo tan crucial como la afección o desafección de los ciudadanos de  Grecia, Italia, España o Portugal al proyecto europeo.
  3.  La desinversión petrolífera: De este problema  ya hemos hablado en repetidas ocasiones en este blog (por ejemplo, en el post "Pasándose de frenada"). Hay un problema muy serio con la desinversión de las empresas dedicadas a la explotación de petróleo. Estas compañías que, no lo olvidemos, perdían dinero a espuertas antes incluso de que el precio del petróleo cayera, no podían continuar invirtiendo como solían y de hecho están contrayendo sus inversiones de manera brutal (un 20% de 2014 a 2015, y se espera que más de un 25% este año con respecto al 2015). Conviene no olvidar que durante los últimos 30 años la inversión global en exploración y desarrollo de nuevos pozos de petróleo y gas se había multiplicado, en términos reales, casi por 10, como muestra la siguiente gráfica:
    En la misma gráfica se ve que desde 2005 las ganancias en la producción de petróleo han sido bastante marginales y sólo rebrotaron un poco a partir de 2011 gracias al petróleo ligero de roca compacta (LTO) que se ha explotado en EE.UU. con la técnica del fracking. Justamente, el mayor peso en la nueva producción de esos hidrocarburos de baja calidad y alto coste es lo que estaba arruinando a las compañías, aún cuando el precio del barril de petróleo se situaba en los 100$. Con el precio actual en casi la mitad, muchas compañías están quebrando y las que sobreviven están paralizando drásticamente sus actividades de búsqueda y desarrollo de nuevos yacimientos. La desinversión ha sido tan fuerte que ya se da por descontado un retroceso de la producción de petróleo en varios millones de barriles de petróleo diarios durante 2016 y 2017, simplemente teniendo en cuenta el tiempo que se tarda en poner en marcha un yacimiento. En este contexto, en tanto que la demanda, aunque estancada, se mantenga, es seguro que el precio del petróleo va a subir como un cohete en algún momento de los próximos meses. Cuando eso suceda, el precio será demasiado alto como para que la economía general lo pueda tolerar demasiado tiempo, y eso generará nueva recesión y precios de nuevo bajos, para mayor desgracia de las compañías petrolíferas: es la maldición de la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda que tantas veces ya hemos comentado. El futuro corresponde a un precio del petróleo volátil, que nunca estará a un nivel satisfactorio al mismo tiempo para productores y consumidores. Lo único que puede evitar ese repunte y posterior caída de los precios del petróleo es que se desencadene una nueva oleada recesiva global por los dos motivos enumerados más arriba, lo cual lo único para lo que serviría es para agudizar la agonía de las compañías productoras de petróleo y que el retroceso de la producción fuese aún más agudo. En suma, que podría postergar el latigazo de precios durante unos meses, so pena de hacerlo más grave. De todos, éste es el riesgo que me parece mayor, pues atenta contra las bases físicas de nuestro sistema económico y acelera la velocidad de nuestro declive energético, el cual puede arrastrar consigo el derrumbe de muchos estados y llevarnos a un punto desde el cual hacer las transformaciones necesarias sea mucho más difícil.
  4. Los problemas de España: Los lectores españoles han oído hablar mucho estos días de las penalizaciones que la UE está estudiando imponer a España por causa de su déficit excesivo en 2015. A parte de la multa que finalmente se pueda imponer a España (de hasta 2.000 millones de euros), se tiene que recordar que España tiene que acometer unos recortes para ajustar su déficit a lo exigido de por lo menos 10.000 millones de euros. Lo cual quiere decir que el próximo Gobierno de España tendrá que acometer toda una nueva serie de recortes en las partidas de su presupuesto y previsiblemente la mayor parte del peso de estos recortes recaerá sobre las partidas sociales. Esto acrecentará el malestar social en España, ahora más latente pero siempre presente. Con el resto de problemas enumerados más arriba, parece claro que España se va a montar en una montaña rusa económica de la cual convendría prevenir a la población para evitar falsas esperanzas que no se van a cumplir. Esto es particularmente importante para el gobernante Partido Popular, que previsiblemente seguirá en el poder después del resultado de las últimas elecciones en las que mejoró su apoyo electoral. Si ahora viene una nueva marejada económica, el PP puede ver deteriorarse a ojos vista su soporte social y encontrarse dentro de cuatro años (o antes) en una situación que hoy en día parece impensable. Desgraciadamente, la estrategia más probable que se va a seguir es la de la huida hacia adelante, confiando en que los problemas se habrán solucionado y olvidado para cuando toque convocar nuevas elecciones. En el contexto actual, tal estrategia no sólo parece desacertada, sino que puede precipitar a España en brazos de un caudillo populista que pudiera emerger en este tiempo y que supiera canalizar el descontento popular, al estilo de lo que ha hecho el Frente Nacional en Francia o el UKIP en el Reino Unido.

De todos estos problemas, como digo, el más grave en el medio y largo plazo es el de la producción de petróleo en descenso por la falta de inversión. Es muy importante que los analistas y los autoproclamados expertos dejen de mirar el dedo del precio y miren la Luna de la producción. El precio puede mantenerse bajo aún durante un tiempo, lo cual sería síntoma de una demanda estancada o en leve retroceso, mientras que la producción va cayendo y probablemente lo haga de manera irreversible. Contrariamente a lo que suelen afirmar muchos "expertos", cuando la producción de una materia prima sin sustitutos conocidos y con una demanda bastante inelástica comienza a escasear, el precio no se mantiene continuamente alto sino que va haciendo picos no muy prolongados de precios muy altos, seguidos por amplios valles de precios bajos. Desde hace 6 años hemos explicado este fenómeno en este blog, y es parte de la espiral de destrucción de oferta-destrucción de demanda que antes comentaba. Este problema puede acelerar el declive energético de nuestra civilización, lo cual quiere decir el declive y eventual derrumbe de la misma. Nada está escrito en piedra y nada nos impide reaccionar, antes de que la bancarrota petrolífera arrase a los productores, antes de que los efectos nolineales nos lleven donde no queremos ni tenemos por qué ir. Pero para eso hay que superar la teoría económica clásica y empezar a reaccionar: hay alternativas y hay medios para evitar lo peor. Lo único que nos falta hoy en día es comprender el problema y, más importante, tener la voluntad de querer cambiar las cosas.
 


Salu2,
AMT

miércoles, 15 de junio de 2016

Causas y consecuencias de la salida del Reino Unido de la Unión Europea: la perspectiva energética.



Queridos lectores,

No hace aún un año analizaba desde este blog la situación que se planteaba en Grecia con el referéndum que el Gobierno de Syriza le planteaba a su población sobre si estaba dispuesta a aceptar más recortes a cambio de un nuevo crédito a corto plazo (mal llamado siempre "rescate") o bien quería romper la baraja. En aquel momento yo contaba con que, si el pueblo de Grecia escogía rechazar el "rescate" asfixiante, Grecia estaría condenada a salir de la zona euro. No contemplaba yo que la extorsión ejercida por la troika, con la colaboración necesaria del Banco de Grecia, llevaría al Gobierno de Alexis Tsipras a rendirse incondicionalmente y a aceptar aún más deuda para pagar deuda, en contra de la opinión mayoritariamente en contra expresada por su pueblo. El caso es que, un año después, los problemas de Grecia no han terminado sino que, obviamente, se han seguido agravando tal y como anticipábamos. La claudicación de Tsipras delante de la troika llevó a varios ministros a abandonar el gobierno (incluyendo Yanis Varoufakis, el mediático ministro de Economía) y a la convocatoria de elecciones anticipadas, que volvió a ganar una descafeinada Syriza. Desde entonces, se han producido varias huelgas generales y manifestaciones en protesta por las inclementes medidas de reducción de derechos y de prestaciones que el Gobierno griego ha copiado con buena letra de los dictados de la troika. A diferencia de España, donde el incremento del endeudamiento público ha permitido una cierta mejora económica durante 2014 y 2015, en Grecia la recuperación económica ni está ni se la espera. En el transcurso de los próximos años Grecia tendrá que continuar renegociando cada vez más onerosos contratos de usura vendidos como "rescates", y eventualmente en algún momento tendrá que plantearse su salida de la zona euro.

Pero antes de eso un nuevo factor de incertidumbre ha aparecido en la escena europea. En este caso se trata de la posible salida de la Unión Europea del Reino Unido (también conocida como Brexit). A diferencia de Grecia, cuyo PIB representa menos del 0,2% del de la UE, el PIB del Reino Unido está alrededor del 17% de toda la Unión. A pesar de que el Reino Unido no pertenece al núcleo monetario de la Unión, la zona euro, es una economía de mucho peso en Europa y su eventual salida desestabilizaría mortalmente la Unión Europea. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Analicemos la situación con unos argumentos que raramente son los que se utilizan en esta discusión, los de la crisis energética.


Situación actual:

El auge de UKIP, el partido nacionalista y euroescéptico, y la contestación dentro de su propio partido llevó al primer ministro británico David Cameron a plantear la necesidad de hacer un referéndum para consultar a la población de las islas sobre su interés en permanecer en la Unión Europea. Seguramente los estrategas de su partido consideraron que era necesario plantear este referéndum, en parte porque la larga tradición democrática del Reino Unido no permitía ignorar el creciente clamor popular (como se suele hacerse sin embozos en otras latitudes) y en parte porque tal referéndum permitiría desactivar una de las principales bazas el UKIP. Desactivaría el argumento, obviamente, si el "Sí" a la UE gana el referéndum; pero cuando faltan ocho días para la consulta, algunas encuentras apuntan a que el "No" aventaja al "Sí" en casi 10 puntos (aunque con un porcentaje importante de indecisos). Los partidos tradicionales han comenzando a comprender el riesgo que están corriendo y estos días han puesto toda la carne en el asador para intentar parar lo que sería un movimiento telúrico a nivel mundial tanto por sus consecuencias políticas como por las económicas.


Lo que en principio era una buena estrategia política para dejar sin argumentos a una fuerza política emergente podría volverse completamente en contra del partido conservador y por ende del establishment político. Demasiado tarde ha comprendido el Gobierno británico que David Cameron tiene mala prensa entre las clases populares que secundan masivamente el Brexit, ya que le atribuyen muchos de sus presentes males. Por eso la campaña del Gobierno se centra ahora en mostrar las opiniones de personalidades de prestigio, incluyendo científicos, e incluso dan eco mediático a las declaraciones pro-UE del hasta hace poco muy demonizado nuevo líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn.


Causas:

A posteriori es fácil decir que el movimiento del Partido Conservador británico de llamar a sus conciudadanos a las urnas ha sido un error; sin embargo, la visión un tanto clásica de la situación social británica no concedía ningún margen de credibilidad a este posible revés. De hecho, la misma estrategia de desactivar los conflictos permitiendo que se debatan abiertamente y que al final el pueblo vote le sirvió hace menos de un año para desarmar otro conflicto político de gran potencial desestabilizador: la independencia de Escocia. Ocurre, sin embargo, que la cuestión escocesa tocaba un tema más localizado y menos asociable a los actuales problemas económicos en las islas, lo cual favorecía la diversidad de opiniones entre los escoceses y que finalmente triunfase (aunque por un margen tampoco extremadamente holgado) la opción más conservadora y menos arriesgada. La salida de la Unión Europea, por el contrario, es un tema mucho más transversal y que hace mucho tiempo que en el Reino Unido se asocia con los presuntos perjuicios económicos originados por la pertenencia a la Unión que perciben la población. Un tema que es recurrente es el que la UE favorece los flujos migratorios hacia el Reino Unido, tema que preocupa actualmente fundamentalmente no tanto por la  escasez del trabajo (el paro es sólo del 5%) como por la caída de los salarios. Estamos hablando nuevamente del problema de la devaluación interna: debido al incremento del coste de la vida y la caída de la renta disponible de la clase media, la vida en el Reino Unido es cada vez menos asequible.

La carestía de la vida es más acuciante para los perceptores de rentas más bajas, que corresponden a las personas que desempeñan empleos menos cualificados. Estas personas se sienten especialmente amenazadas por la llegada de emigrantes mayoritariamente no europeos, los cuales pueden fácilmente acceder a las cuantiosas ayudas sociales que el Reino Unido ofrece a sus clases sociales más desfavorecidas. No pocos asocian sus crecientes dificultades con un "exceso de inmigrantes" y creen que se deberían endurecer los filtros fronterizos, para que "la gente de aquí" pueda mantener su estándar de vida "de siempre". Y de este poso de descontento popular ha bebido el UKIP, adoptando una bandera ramplona y populista.

Visto desde una perspectiva europea (y no digamos ya española), el nivel de ayuda social del Reino Unido continúa siendo increíblemente elevado y por tanto asombra un tanto tanta reacción ante las tímidas reformas que se han introducido en él. Desde el continente se comprende mal, en todo caso, qué tiene que ver el problema son los inmigrantes no europeos con la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Sin embargo, desde el Reino Unido la UE ha sido siempre percibida como una molestia, a veces conveniente pero generalmente fastidiosa. En particular, muchas veces se le ha echado la culpa a la UE de la implantación de cierta legislación demasiado bienintencionada y generalmente nociva para los intereses del Reino Unido, y pocas veces se ha explicado que la trasposición de directivas europeas muchas veces ha respondido a los intereses de la elite británica y en algunos casos, en los que las directivas europeas podían favorecer los intereses populares, justamente no se han traspuesto. Lo mismo da. Ese espantajo de la UE es lo que agita el UKIP cuando dice que con la salida de la Unión Europea y el restablecimiento de estrictos controles en las fronteras se evitaría la llegada masiva de desposeídos que anhelan el paraíso británico y que están perjudicando a sus nacionales, y muchos así lo creen.

En clave nacional, un aspecto interesante del referéndum sobre la permanencia en la UE es que ha puesto de manifiesto el creciente rechazo al primer ministro Cameron. Muchos de sus compatriotas no le perdonan que haya aprobado leyes para reducir la asistencia social a las rentas más bajas y en general medidas de ajuste y recortes, todos ellas en realidad bastante tímidas y que dejan el nivel de estos servicios a una escala suntuaria visto desde aquí. Lo cual demuestra que el camino del descenso es más duro de transitar que el del ascenso.

La generalización de los servicios sociales que protegen las rentas más bajas arrancaron con fuerza en los ochenta, con la bonanza del petróleo. Es la época en la que el Reino Unido empieza a explotar masivamente el petróleo que extraía en los campos del Mar del Norte, los del petróleo tipo Brent que aún hoy se usa de referencia de precios en Europa a pesar del indisimulable y precipitado descenso de su producción.
Como pueden ver en la gráfica que sigue a estas líneas, durante los años 80 el Reino Unido comenzó a exportar petróleo y vivió un tiempo de una bonanza económica que Margaret Thatcher supo atribuirse con habilidad.




Para conseguir la paz social, durante los años 80 los ayuntamientos comenzaron a ofrecer múltiples ayudas, comenzando por viviendas de alquileres muy moderados o incluso costeadas por el municipio. Hoy, más de 30 años después, la bonanza del petróleo es un recuerdo (el Reino Unido llegó a su peak oil a finales de los años 90 del siglo pasado y desde 2005 ha de importar petróleo), pero ese período único de la historia británica ha originado hogares británicos de clase más baja que albergan hasta tres generaciones en las cuales ninguno de sus miembros ha trabajado jamás.

No es por ello casual que, cuando la producción de petróleo comenzó a acelerar, el Reino Unido consiguió generar un importante superávit comercial (ver figura bajo estas líneas). Tras el bache de producción de finales de los ochenta, el Reino Unido recupera brevemente su superávit comercial, pero la llegada de su peak oil envía definitivamente al Reino Unido al terreno del déficit comercial permanente, poco antes de dejar de exportar petróleo hacia 2005. No es tampoco casual que desde 2005 el consumo de petróleo del país comenzara una ligera caída, en un intento de evitar un incremento más acelerado del déficit. Obviamente el Reino Unido tuvo que acometer un importante cambio en su estructura económica y social para poder conseguir esa reducción de consumo, algo que comentaremos con más detalle después.



No sólo la producción de petróleo empezó su declive con el cambio de siglo; también lo hizo la del gas, combustible fundamental para la generación eléctrica y para la industria británica. Como en el caso del petróleo, el Reino Unido ha ido reduciendo su consumo durante la última década para evitar incrementar su déficit comercial.

 
Tal descenso relativamente abrupto en dos fuentes de energía sólo se ha podido capear cambiando la estructura industrial del país. Efectivamente, desde 1990, explotando con habilidad los excedentes de la época del petróleo, el Reino Unido consiguió hacer una gran transición económica centrándose en el sector de los servicios financieros, con la City londinense como mascarón de proa. Entre tanto, el Reino Unido ha reducido su industria, sobre todo la más pesada y más intensiva en energía. De ese modo ha conseguido aumentar su PIB y al tiempo mantener su consumo de energía relativamente constante: el sueño de la desmaterialización de la economía hecho realidad, vamos. 

La razón por la cual el Reino Unido no se usa como ejemplo de desmaterialización es que su modelo no es exportable a ningún otro país: el Reino Unido ha conseguido concentrar una parte muy significativa de la intermediación financiera mundial en Londres, a costa de que obviamente quede menos negocio en el sector para cualquier otro posible actor (y los británicos defienden su nicho de negocio con una fina mezcla de agresividad y pragmatismo). Lo cierto es que sin esta financiarización del Reino Unido el país hubiera caído en una grave crisis económica del estilo de las que describíamos en el post "La bancarrota petrolífera". Pero conseguir este milagro económico no se ha hecho a coste cero: el Reino Unido sufrió una de las reconversiones industriales más duras de Europa durante los 80 y los 90 que destruyó la industria pesada que la crisis de los 70 había respetado, y que dejó humillada y de rodillas una clase trabajadora a la que sólo se pudo apaciguar con las políticas sociales que comentábamos más arriba.


Hasta hoy. La paz social comprada con las medidas masivas de cobertura social, financiadas primero con los excedentes del petróleo, después con los del sector financiero, no da mucho más de sí: los primeros entraron en crisis con el cese de las exportaciones petrolíferas en 2005, y los segundos con el hundimiento del sector financiero en 2008. Es en este contexto que David Cameron ha tenido que comenzar a hablar de recortes, esos que las clases populares no le perdonan. Entre tanto, esa clase social que en España formaría parte del 20% de la población en peligro de pobreza y exclusión, en el Reino Unido aún disfruta de cierto bienestar pero está desnortada y ha perdido en parte su conciencia de clase, a veces recuperada con destellos como la explosión de violencia de 2011: miles de chavs saqueando no en busca de una dignidad de clase sino de smartphones y zapatillas de marca, manjares del banquete de hiperconsumo al cual no están convidados, generaciones zombies del "No future" post-punk. Un caldo de cultivo perfecto para el populismo del UKIP, y un ejemplo más de que la política del resentimiento social que comenta John Michale Greer avanza con fuerza en el mundo occidental.

Consecuencias:


Si al final las fuerzas favorables al "Sí" consiguen enderezar la situación (quizá hasta ahora no se habían tomado en serio el reto, quizá el anuncio del avance del "No" se hace intencionadamente para movilizar a los indecisos) el Reino Unido continuará en la Unión Europea, lo cual se percibirá desde los círculos económicos y financieros como algo positivo, pues justamente lo que más interesa a la principal industria del Reino Unido es que el capital pueda circular libremente. Dada la inevitable decadencia del modelo económico occidental, el Reino Unido seguirá el mismo camino que el resto de la UE, hasta que algún día eventualmente sus caminos comiencen a divergir.


Pero si al final el resultado del referéndum es el "No", se abriría un inesperado y proceloso rumbo tanto para el Reino Unido como para la UE y el mundo. De entrada los mercados financieros entrarían en modo pánico, pues los costes de la secesión serían muy elevados a ambas orillas del Canal de la Mancha, con ramificaciones que llegarían a lugares muy lejanos. Dado que hace tiempo que se multiplican los signos de debilidad económica mundial y que las bolsas europeas no acaban de levantar cabeza (con el sector bancario en el punto de mira, también en España), toda la tensión acumulada acabaría por estallar y arrastraría las bolsas de medio mundo a explorar niveles no vistos ni en la recesión de 2008; con todo, ése sería sólo el efecto a pocos meses vista.

El Reino Unido, celoso de su soberanía, nunca cedió a la tentación de abrazar la moneda única europea, el euro, y eso facilitaría la transición, la cual en todo caso llevaría bastantes meses (se dice que un par de años). La presión para detener el proceso durante todo ese tiempo sería muy intensa, pero si a pesar de ello la secesión llegase a buen puerto se abrirían perspectivas completamente nuevas. De entrada para los presupuestos de la Unión, pues el Reino Unido es un importante contribuyente neto a las arcas europeas. También afectaría gravemente a la economía de la UE y más aún a la del Reino Unido el que todos los intercambios transfronterizos se vieran dificultados.

El Reino Unido lleva sufriendo hace años las consecuencias de haber llegado a sus no muy publicitados peak oil y peak gas; prácticamente cada invierno la Red Eléctrica Nacional emite comunicados avisando sobre restricciones en el suministro de electricidad, justamente porque las bajas temperaturas disparan el consumo pero el suministro de gas no aumenta. Hasta ahora el problema se ha abordado con interrupciones de suministro a las empresas, pero no sería de extrañar que se acaben produciendo restricciones al consumo doméstico. En este contexto, por tanto, resulta extraño que el Reino Unido haya cerrado varias centrales nucleares



Es extraño, o quizá con su flema británica los gobiernos del Reino Unido están demostrando un pragmatismo desconocido en otros lares. A estas alturas es evidente que hay problemas recurrentes con el suministro de uranio, y como vimos  al analizar el pico de la energía la nuclear es una fuente en clara decadencia desde hace décadas. Mientras el gobierno francés opta por una huida hacia adelante que le lleva un día a invadir Malí para salvaguardar sus minas de uranio en Níger y al otro a rescatar, por segunda vez, a la compañía suministradora francesa de uranio Areva, quizá los británicos han decidido que ya es hora de soltar lastre de una energía que será complicado de gestionar en una situación de descenso energético.

Al fin y al cabo, el Reino Unido es de los pocos países que tiene una comisión parlamentaria para analizar los límites del crecimiento, y desde hace años su gobierno ha tomado numerosas iniciativas para abordar el problema que representa el cenit del petróleo, organizando encuentros con la industria y ONGs o proponiendo medidas adecuadas para la gestión de la escasez energética que superan el credo liberal en que el libre mercado será capaz de gestionar una situación de recursos menguantes con eficacia (cuando probablemente lo que haría sería acelerar el colapso).

Es posible que, más bien al contrario, una parte de las elites del Reino Unido hayan comprendido que para adaptarse al descenso energético hay que trabajar con un modelo no convencional de sistema económico y de país. Y para ello el primer paso es zafarse del dogal de la UE, quien obstruiría todas las reformas que se deben emprender. En todo caso, el futuro más sencillo y natural a corto plazo para un Reino Unido fuera de la UE sería aumentar aún más su industria financiera e incluso convertirse con descaro en un paraíso fiscal, para atesorar recursos mientras los demás colapsan más rápido.

Todo eso, por supuesto, es una visión completamente especulativa. Lo que no es especulativo es que un Reino Unido fuera de la UE estaría mostrando el camino a tantos otros países en los que la permanencia no ya en la UE sino en el euro está en tela de juicio. Y si el Reino Unido consiguiese medrar relativamente al resto de la UE, aunque sea con un modelo que no se puede imitar, estaría dando incentivos para que al final más países acaben abandonando la UE. 

Salu2,
AMT