Mostrando entradas con la etiqueta caos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de junio de 2025

El próximo apagón

 


Queridos lectores:

Estaba a punto de levantarme esta madrugada, hacia las 5 de la mañana, cuando de repente se fue la luz. Nos dimos cuenta inmediatamente porque tenemos un dispositivo que pita en cuanto falta el fluido eléctrico. Me levanté para ver si era cosa nuestra, pero en seguida vi que no había luz en la calle. No habían pasado dos minutos que la luz volvió, un par de segundos, para después marcharse de nuevo. Al cabo de cinco minutos, otra vez lo mismo. Al final, al cabo de 45 minutos volvió definitivamente - bueno, definitivamente hasta el siguiente apagón.

Desde hace unos cinco años, quizá un poco más, esto viene siendo moneda común en mi barrio. Un par de veces al año se va la luz, generalmente durante alrededor de una hora, a veces dos. De hecho, el día del apagón del 28 de abril, mi barrio fue el último en recuperar la luz: mientras en buena parte de la ciudad ya había corriente a las 2 de la tarde (estamos muy cerca de Francia y eso favoreció la pronta recuperación), en mi barrio la electricidad no volvió hasta las 2 de la mañana. Yo siempre he atribuido esta inestabilidad a un defecto de la red de baja tensión de la ciudad, posiblemente no lo suficientemente mantenida. Pero a raíz de las informaciones que estos días siguen trascendiendo sobre el apagón del 28 de abril, he comenzado a pensar que quizá no sea la instalación de baja tensión la que falla, sino que simplemente no tolera la baja calidad de la señal que llega de la red de alta tensión. Quizá, después de todo, simplemente sucede que los transformadores de mi barrio cumplen con las especificaciones técnicas y no toleran desviaciones demasiado grandes respecto a los valores nominales de tensión.

Porque en las discusiones, e intercambio de acusaciones, entre los diferentes actores del esperpento que fue el apagón del pasado abril, hay varios detalles que han emergido con fuerza y con claridad. Uno de ellos es que la red eléctrica española es habitualmente inestable, con episodios repetidos de subidas de tensión y de variación de la frecuencia. Ya analizamos en este blog cuál fue la causa última del apagón: la incapacidad de la red para absorber las inestabilidades, fuera cual fuera su origen, debido a la falta de sistemas de estabilización que deberían haber acompañado la instalación de parques fotovoltaicos y eólicos. Éste es un problema muy generalizado en toda Europa, fruto de una normativa muy permisiva europea durante muchos años, más interesada en el fomento de una implementación rápida y agresiva de estas nuevas tecnologías que de mantener unos márgenes de seguridad para operar la red de alta tensión. De hecho, el 8 de enero de 2021 Europa entera estuvo a punto de sufrir un apagón, precisamente por esta incapacidad intrínseca de los sistemas actuales para amortiguar estos problemas. En el incidente del 28 de abril de 2025, España estuvo a punto de arrastrar a toda Europa: solo la desconexión automática del enlace con Francia fue capaz de evitar el desastre, y aún así la frecuencia en Europa quedó perturbada durante más de 30 minutos.

Fuente: EPRI webinar sobre el apagón, ver https://www.youtube.com/watch?v=LNStOXAsiDo


También durante estos días se ha insistido en que en ningún momento faltó inercia en sistema (capacidad de los sistemas de generación para amortiguar fluctuaciones en la potencia entregada a la red, cuestión que el maestro Beamspot ha analizado recientemente en su Substack), y se dice que el sistema español se mantuvo todo el tiempo en un factor de inercia por encima de los 2 segundos, tal y como manda la normativa europea. Dejando al margen la cuestión de si esos 2 segundos son inercia suficiente, lo cierto es que resulta difícil de creer que tal fuera la inercia, toda vez que en el momento del incidente más del 60% de la generación eléctrica era fotovoltaica y eólica; de hecho, un análisis reciente de la Universidad de Oviedo indica que desde las 9 de la mañana, cuando irrumpe la generación de energía fotovoltaica, el factor de inercia cae drásticamente y se mantiene en unos mucho más creíbles 1,3 segundos - hasta el apagón, claro, cuando cae aún más, y luego la recuperación de la red se hizo con sistemas inerciales, por eso va subiendo el factor de inercia. 

Lo que es innegable es que desde el día del apagón se está asegurando que a todas horas haya un porcentaje de generación eléctrica, de entre un 10 y un 30%, a través de plantas de gas de ciclo combinado, las cuales, junto con las hidroeléctricas, son las que proporcionan más flexibilidad, rapidez de respuesta, buena inercia y tienen también capacidad de absorber potencia reactiva. A pesar de que desde los canales oficiales de Red Eléctrica Española se ha insistido en que no se conocen las causas del incidente, simplemente esta manera de actuar, garantizando un cierto porcentaje de electricidad de plantas de ciclo combinado que entra en la generación por restricciones técnicas (más posiblemente lo que se encuentre a mano por si hay una emergencia, en reserva de capacidad), demuestra que saben perfectamente que la operación con tanta renovable descontrolada, podríamos decir que mal instalada, es peligrosa.

Quisiera recordar aquí, una vez más, que no se puede caer en el simplismo de decir que "las renovables son el problema". No es verdad. La tecnología renovable tiene sin duda sus limitaciones y problemas, pero lo que ha pasado aquí es que se ha permitido a las compañías eléctricas su conexión a la red de alta tensión nacional sin acompañarlas de sistemas de estabilización, algunos de los cuales ya los tienen las centrales convencionales (por ejemplo, volantes de inercia). Por decirlo de manera poco sutil, es como si se les hubiera permitido a las eléctricas conectar las placas, a una red tan compleja y de operativa tan complicada como es la red de alta tensión, como el que las conecta a su instalación doméstica. No es un problema de la tecnología: es un problema de cutrez. Y de excesivas prisas, porque al final es la normativa europea, acríticamente traspuesta en la normativa nacional, la que ha permitido este desatino. También por eso, las eléctricas se escudan en que ellas cumplen la norma para argumentar que no les corresponde a ellas pagar los costes de instalar todos esos sistemas de estabilización que ahora faltan.

Pero de alguna manera u otra, esto se tiene que arreglar. Muchas instalaciones fotovoltaicas tienen suscritos PPAs (Power purchase agreements, acuerdos de provisión de potencia), generalmente directamente con grandes consumidores o distribuidoras. Acuerdos privados cuyas cláusulas no conocemos, pero que aparte de fijar un precio convenido para esa electricidad (conveniente para el productor, que evita los vaivenes de la subasta mayorista cuando el precio se desploma; conveniente para el consumidor, que evita los vaivenes de la subasta mayorista cuando el precio se dispara), fijan también una cantidad de energía a ser suministrada. Y si no se cumplen esos compromisos de entrega de energía, se prevén indemnizaciones muy onerosas. Pero no conocemos cuál es el volumen de energía renovable que se tiene que entregar en virtud de esos PPAs. Nadie ha planificado esto, ha sido "el mercado" el que se ha encargado de decidir cuánto se tenía que producir de este modo. Y por tanto nadie se ha preocupado en saber si la cantidad de energía a producir no era excesiva porque haría que no se pudiera garantizar la estabilidad de la red.

Así que estos días estamos viendo cómo, progresivamente, se está disminuyendo la cantidad de electricidad producida mediante la quema de gas, mientras que al tiempo se aumenta la de origen renovable, y poco a poco nos vamos acercando a los porcentajes de generación del día del apagón. No verdaderamente: la generación mediante centrales de ciclo combinado se mantiene aún en el 10%, mientras que en el momento del incidente era de solo el 3,5%. Sin embargo, tengo bastante claro que hay una gran presión económica para incrementar la producción renovable, para garantizar que no se incumplen los compromisos de los PPA's. Los cuales no sabemos a ciencia cierta cuáles son.

Estoy seguro que desde REE se está vigilando con mayor cuidado toda la operación de la red, y que no se correrán riesgos innecesarios, aprendida ya la lección. Pero también estoy seguro de que la presión para forzar la generación renovable continuará, en función de esos compromisos adquiridos sin ningún tipo de planificación, lógica o supervisión. Simplemente, porque como siempre se asumió que los mecanismos de mercado eran los mejores para garantizar la gestión de un bien hoy en día tan básico como es la electricidad.

Aquí está el principal apagón en esta sociedad. Con tal de proteger los intereses de mercado de ciertas empresas, se permite todo tipo de barbaridades y desarreglos, sin que sea posible tener una información detallada de qué estamos hablando aquí, y no digamos ya tener mecanismos de control y supervisión para garantizar el bien común.

Es esta ceguera, es esta incomprensible dejación de todo en manos del lucro incontrolado, lo que puede llevar a todo tipo de fallos en nuestra sociedad, desde apagones eléctricos perfectamente evitables y absurdos, hasta la escasez de materias primas, medicamentos, chips y hasta alimentos.

Y aparentemente así seguiremos, hasta el siguiente fallo, hasta el próximo apagón, el cual nos cogerá con la misma expresión de incredulidad y estupefacción, simplemente porque no hemos entendido que la primacía del bien común, como cualquier derecho en democracia, no es una concesión, sino una conquista, y que como tal se debe defender. 

Salu2.

AMT 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Nadie al timón

  

Queridos lectores:

Se acerca el final del verano en el hemisferio septentrional, y esta efemérides astronómica va a marcar muchos cambios en este agitado año 2020.

Las inquietudes de muchos están centradas en el impacto que el cambio de estación tendrá sobre la propagación de la CoVid en los países del norte (y también se dilucidará si, con suerte, la llegada de la primavera austral supone una mejora de la situación en los países del sur). La pandemia de este nuevo virus ha puesto patas arriba nuestro mundo, agravando la crisis económica que de todos modos tenía que sobrevenir. La angustia personal de las personas económicamente más vulnerables y la inseguridad que ha generado este evento inesperado han favorecido el afloramiento de discursos simplistas y falaces de escasa base científica y contraproducentes para lidiar con las dificultades del momento.

Pero mientras se discute intensamente sobre los galgos y los podencos de la CoVid, muchos otros fenómenos de impacto telúrico sobre nuestro mundo tienen lugar de manera bastante acallada.

Tenemos, por un lado, las quiebras masivas de compañías petrolíferas de mediano (y no tan mediano) tamaño. Solo en EE.UU., las quiebras de este año representaban, a principios de agosto, un pasivo de 55.000 millones de dólares.


La caída del sector petrolífero estadounidense es muy relevante porque, como comentábamos recientemente, la producción de petróleo de todo el resto del mundo lleva estancada desde 2015. Pero ni siquiera se puede echar la culpa de todo este hundimiento económico a la CoVid: lo cierto es que en EE.UU. las quiebras de compañías petroleras son muy onerosas desde al menos 2015, aunque bajaron desde 2016 gracias al apoyo de la Administración Trump.

Y ahora que el fracking muerde el polvo se empieza a hablar más alto y claro de las consecuencias del frenesí de la última década, y en particular el envenenamiento masivo de las aguas subterráneas. Pero ahora ya es tarde para lamentarse. 

La debacle no acaba aquí. Con la actual crisis económica y caída de la demanda, la degradación del sector petrolero está tomando una aceleración que va mucho más allá del ruinoso fracking estadounidense. A mediados de agosto quebró Valaris, la mayor compañía del mundo en operaciones de pozos de petróleo en el mar. La mayor compañía mundial de servicios al sector petrolíferos, Schlumberger, despide 21.000 personas y reduce drásticamente sus actividades. Y una de las grandes compañías petrolíferas del mundo, Exxon, se ha visto expulsada del Dow Jones después de un siglo formando parte de ese selectivo índice bursátil. Los días de gloria de la industria del petróleo quedan atrás, y no volverán. Y con la caída de la industria del petróleo, no hay esperanza para la recuperación de la economía.

Tan grave es la situación del sector del petróleo, y tan incierto el mercado de la energía, que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha tomado dos decisiones sin precedentes con respecto a su próximo informe anual, el World Energy Outlook 2020. Por una parte, adelante su publicación un mes (saldrá el 13 de octubre). Por la otra, aunque mantengan la proyección temporal de sus escenarios de previsión en los próximos 25 años, el foco de la discusión se centrará en los próximos 10; más aún, ofrecerán datos detallados de esos escenarios (que yo analizaré gustoso cuando llegue el momento). Tal cambio de perspectiva en la predicción es un claro indicio de que estamos en un punto de transición: en cualquier sistema físico, un cambio de fase significa un límite en el horizonte predictivo. La nueva estrategia de la AIE es un reconocimiento implícito de que, llegando al peak oil, no se pueden hacer predicciones a largo plazo. Forzada por las circunstancias, la AIE reconoce, a su manera, que estamos en el umbral de un cambio de grandes dimensiones.

Y si mala es la situación en el sector de la energía, que alimenta a tantos otros, ¿qué decir del resto de actividades económicas? En España el tráfico áereo se ha reducido a menos del 10% de lo que llegó a ser (sí, una caída del 90%), y en el mundo en su conjunto se le estima una caída de alrededor del 60%, en consonancia con la caída del turismo mundial. El sector del automóvil (principal manufactura de los países más desarrollados) registra un hundimiento de más del 95% en Europa y del 90% en EE.UU. Y todo así. Se intenta mantener una apariencia de normalidad, pero cuando en octubre se proyecten los balances anuales, muchas compañías de todos los sectores económicos y de todos los países quebrarán, con consecuencias funestas. Estamos en medio de una crisis económica que hará palidecer a la del 2008.

Esta hecatombe económica, tan profunda y tan rápida, obviamente está creando una oleada de pobreza y riesgo de exclusión. La tensión social va a ir creciendo, inevitablemente, en los próximos meses, y si no se gestiona correctamente se pueden crear nuevos problemas de inseguridad ciudadana, sobre todo en aquellos países con menores sistemas de protección social...

Entre tanto, la crisis ambiental no da tregua. Este agosto vimos un fenómeno inusual: dos huracanes entraron simultáneamente en el Golfo de México. Entre tanto, los incendios en la Amazonia son aún mayores que el año pasado (aunque los medios no lo publiciten tanto) y en California la extensión de los fuegos forestales es tal que las estampas de San Francisco recuerdan a la película Blade Runner 2049.

 

Y en el Ártico, la evolución de la extensión del hielo marino ese año se ha parecido mucho a la del 2012, año que marcó el mínimo por culpa de una tormenta persistente que destrozó grandes extensiones de hielo (circunstancia que no ha concurrido este 2020).



Y así todo; las noticias ambientales tampoco dan un respiro.

Como ven, el mundo parece ir de mal en peor, en un proceso que no acaba de comenzar, sino que lleva ya años e incluso décadas de desarrollo.

Delante de este caos creciente (y recientemente acelerado), no es raro encontrarse con dos posiciones extremas, opuestas pero paradójicamente con un nexo común. Una de esta posturas es la habitual entre los neoliberales y anarcocapitalistas: lo que sucede es normal y todo se autorregulará, típicamente gracias al mercado y al ingenio humano. La otra postura es más del gusto de los amantes de las teorías de la conspiración: todo lo que sucede es fruto de un plan malvado, ideado por odiosas corporaciones.

Ambas ideas pecan de simplistas, de negar la existencia del caos en el orden establecido. En ambos casos existe la ilusión del control, la idea infundada de que alguien está al cargo y, o bien ya se encargará de arreglarlo todo (según los primeros), o bien es el culpable de que todo haya ido mal (según los segundos). En ambos casos la idea de que hay cierto control es reconfortante, incluso en el segundo: es preferible creer que todo esto es orquestado, porque así habría alguna posibilidad de re
conducir la situación. Alimenta esta segunda posición el hecho cierto de que los grandes poderes económicos se aprovechan de situaciones como ésta para aumentar su riqueza y su poder; pero de ahí a creer que todo es un plan perfectamente preparado media un abismo total. Por ejemplo, en el caso de la actual pandemia de CoVid-19, pensar que el virus fue preparado en un laboratorio para causar la situación actual no tiene ni pies ni cabeza: como arma biológica es una auténtica birria, con su baja mortalidad; como mecanismo de extorsión económica tampoco es muy eficaz, porque al final acaba afectando a todos los países y no puedes evitar infectarte tú mismo. Y sin embargo hay un montón de gente que insiste en que todo responde a un plan, porque en el fondo les da mucho más miedo que no haya un plan y que en realidad lo que tenemos son las limitaciones que nos imponen el mundo físico y la cutrez gestionando las crisis habituales al género humano.
 

Nadie está dirigiendo la desbandada de las compañías petrolíferas. No hay un plan para rentabilizar el hundimiento de la industria automovilística. No se están consiguiendo beneficios con el parón de los aeropuertos. Nadie gana con el desastre ambiental. 

No hay nadie al timón. En primer lugar tenemos que entender esto. No para cambiar el rumbo, sino para tener uno. 

Salu2.

AMT



lunes, 31 de enero de 2011

Revueltas del hambre, antesala del caos

La cosecha perdida, de Charles de Groux. Imagen de Myartprints.co.uk
Queridos lectores,

Un fantasma recorre la ribera meridional del Mediterráneo, desde Marruecos hasta Turquía, dejando pocos países al margen de este movimiento de alcance global. Cientos, miles, incluso decenas de miles de ciudadanos saltan a la calle, a pesar del férreo y sanguinario control de los regímenes autoritarios, cuando no abiertamente dictaduras, que los controlan. En Túnez han conseguido ya que caiga el odiado presidente Ben Alí; en Egipto, Hosni Mubarak, después de sacar los tanques a la calle, sacrifica su Gobierno, en un desesperado intento de evitar caer él también a su vez. Con mayor o menor intensidad, las protestas se reproducen en Marruecos, Argelia, Yemen, Arabia Saudita, Jordania, Siria... ¿Cómo es posible que de una manera tan concertada los ciudadanos de todos estos países se hayan decidido a decir "basta" por fin, y todos a la vez? Internet, las redes sociales, los móviles... los analistas insisten en estos medios para explicar la coordinación, pero no son capaces de justificar cuáles son las causas últimas. Sólo, si se rasca un poco en las noticias, se encuentra cuál es el denominador común de esta crisis: en todos estos países la gente protesta por el incremento de precio del pan, del aceite y del azúcar (en algunos casos, de más del 30%),

Los países árabes tienen una situación muy delicada en lo que se refiere a los alimentos. Viviendo en una zona poco productiva (mayoritariamente desierto) y con una demografía en continuo crecimiento, y muy joven, nos encontramos con que el mundo árabe importa más de la mitad de los alimentos que consume, como denunciaba un informe del Banco Mundial en 2009, donde se alertaba del peligro para los países árabes asociado a su dependencia alimentaria exterior. Este problema estructural con el aprovisionamiento de los alimentos tiene dos tipos de interacción con la crisis energética del cual tanto se discute aquí: una interacción de entrada y una de salida, como ahora explicaremos.

Interacción de entrada: el precio de los alimentos (medido con el índice de los alimentos elaborado por la FAO) está bastante correlado con el precio del petróleo, como muestra Paul Chefurka en esta gráfica:




No es de extrañar, porque la agricultura occidental, que es la que está dando de comer a una buena parte del mundo, y en particular al mundo árabe, consume una gran cantidad de petróleo, así como otras fuentes de energía; una buena ilustración es la siguiente imagen: cuánto petróleo cuesta criar un buey.

National Geographic: El buey Grandview Rebel de Marina Wilson, a punto de ser subastado, ha pesado 567 kilogramos. Los barriles a la derecha representan cuánto petróleo se ha consumido en su crianza: 1.071 litros. En global, cada kilo de carne de buey necesita 6,25 litros de petróleo.


Con esos números de este caso concreto, Jason Bardford estima que se están necesitando 26 calorías de petróleo para producir cada caloría de carne de buey. Y eso sin contar los otros insumos de energía consumidos en el proceso (gas usado para generar fertilizante y en los secaderos de grano, electricidad para operar diversa maquinaria, etc). Para acabarlo de agravar, últimamente el precio de la gasolina y del gasoil sube más rápido que el del petróleo (no sólo en España, por más que los análisis que por aquí se escuchan se centran exclusivamente en la cuestión de las subidas de impuestos locales), debido al aumento del margen de las refinerías, que en buena medida viene dado por la subida de precio en las subastas de refinados al haber mayor demanda de los mismos proveniente de países como China e incluso Irán, que no son capaces de refinar suficiente petróleo; y como lo que se consume en la agricultura industrial es principalmente refinados, eso explica porqué los alimentos están subiendo ahora más rápido que el petróleo en la gráfica de Paul Chefurka. Falta decir, además, que la subida de los precios de los alimentos parece preceder en unos meses la subida del precio del petróleo. El precio de los alimentos es, por tanto, un ominoso presagio para el 2011, otro más.


Interacción de salida: En contraste con las revueltas por los alimentos vividas en 2008, ahora los principales países afectados están en el mundo árabe. En 2008 el principal cereal afectado por la carestía fue el maíz; según se dice, desviado en un momento de carestía de petróleo para fabricar bioetanol que se consumía sobre todo en los EE.UU., donde desde hace tiempo tienen el objetivo de que la gasolina tenga un 15% de bioetanol. En la actualidad, el principal cereal afectado es el trigo, oficialmente por las malas cosechas recogidas en los EE.UU. y sobre todo en Rusia (por culpa de la sequía y los incendios de este verano), aunque otra vez la asociación del alza de precios con precios altos del petróleo alimenta la sospecha de que también esta vez se esté desviando trigo para hacer bioetanol; al mismo tiempo que el trigo, está habiendo carestía de azúcar (fácil de convertir en etanol) y de aceite de oliva (convertible en biodiésel), aunque no se oye hablar de malas cosechas de remolacha o de aceitunas. En 2008, el foco de las protestas estaba en América Latina, México principalmente por la fuerte subida de las tortas de maíz (creo recordar que triplicaron su precio); en 2011, el cereal más afectado tiene su foco de consumo en el Mediterráneo y hacia aquí se han desplazado las protestas. El problema es que mucho de los países que están ahora en el ojo del huracán tienen una importancia estratégica en la distribución regional y global de energía. Por ejemplo, Argelia, donde de momento la represión ha sido capaz de contener los movimientos, es la fuente de alrededor de la mitad del gas que se consume en España. Otro lugar crítico es Yemen, país abocado al colapso desde hace tiempo por sus grandes desequilibrios internos, y que produce unos 300.000 barriles de petróleo diarios pero que pronto dejará de exportar, dado el ritmo de declive que sufren sus campos de petróleo y el aumento de su consumo propio (el efecto del llamado Modelo de territorio exportador, ya discutido en este blog). Si Yemen colapsa en medio de sus revueltas internas, esos 300.000 b/d tendrán un efecto notable sobre el precio del petróleo. Y el miedo de todos y de cada uno se centra sobre todo en Arabia Saudita, país productor de más de 9 millones de barriles diarios, con un rey anciano y enfermo, que en este momento convalece en Marruecos de una operación en los EE.UU., con graves conflictos internos por la injusta distribución de la riqueza y el ascenso del islamismo radical, rodeado de países ahora mismo en efervescencia social y con sus propios conatos de levantamiento. En este contexto, aunque no se pueda reconocer muchas cancillerías occidentales respirarán si Mubarak consigue reprimir las protestas en Egipto, porque de ese modo se evitará que el contagio continúe. De momento, el precio del petróleo, que las últimas semanas había descendido, especialmente en los EE.UU., ha experimentado alzas importantes y los futuros sobre él crecen debido a la inestabilidad.


Está claro que el futuro no es demasiado halagüeño, y la conexión petróleo-alimentos puede ser uno de esos factores no lineales que pueden precipitar una crisis de alcance global. Posiblemente la tensión actual se resuelva cuando se produzca el siguiente pico de precios del petróleo y con la nueva ola de contracción económica que acarreará caiga la demanda y baje el precio del petróleo, y las cosas vuelvan a este estado de agitación de base que a partir de ahora será la normalidad. Eso sí, algunos analistas dicen que la era de los alimentos baratos ha terminado. La tensión, por tanto, subsistirá. Mientras tanto, continuamos ensoñándonos con soluciones tecnomágicas que resolverán todo, y no nos damos cuenta de que nuestro reloj no nos guarda tantas horas como querríamos...


Salu2,
AMT