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sábado, 21 de marzo de 2020

Hoja de ruta (I): El Cisne Negro



Queridos lectores:

Los que vivimos en cierta parte del mundo constatamos con desolación que la infección por el CoVid-19 es imparable. Pero, mucho más que los cuerpos, con lo que se está cebando esta epidemia es con las mentes y con las vidas. Dada la gravedad de la crisis sanitaria en curso, y las drásticas medidas de confinamiento (aún insuficientes) que ha sido necesario tomar, se hace difícil no estar todo el rato pensando en lo mismo. Nuestras vidas se han interrumpido, se han puesto en suspenso, y queda latente el peligro de muerte, que es pequeño (aunque no insignificante) para la mayoría, y muy elevado para ciertos grupos de riesgo.

Estos días cuesta no pensar en el tema, el único tema que ocupa todas la mentes. Y sin embargo es importante pensar en otras muchas cosas, porque aunque nuestro mundo se haya detenido, el mundo en sí mismo no ha parado. Hay muchas cosas que requieren nuestra atención pero hacia las que ya no miramos, puesto que si ya de siempre tenemos dificultades para prestar atención a varios problemas simultáneos, en estas circunstancias, en las que literalmente lo que peligra es la vida, es una tarea prácticamente imposible.

Puesto que no hay manera de escapar del dichoso coronavirus, que nos mantiene atrapados en nuestros propios hogares, he decidido que durante las próximas semanas, las que durará nuestro confinamiento, me dedicaré a escribir sobre el camino que vamos a recorrer durante los próximos años. Lo haré con el convencimiento de que los años de la concienciación, de los avisos, ya quedan atrás; y que los próximos años han de ser los años de la actuación, de aportar direcciones útiles para guiarnos. Quiero explicar qué va a pasar a partir de ahora, por qué va a pasar y, más importante que eso, qué es lo que podemos hacer para seguir adelante.

En medio del morboso deleite con la tragedia pública de esta epidemia, quiero escribir de una manera vital, esperanzada, mirando a un futuro que se extienda más allá de estas semanas que durará nuestro confinamiento. Supongo que quiero escribir sobre esta hoja de ruta para los próximos años, también, para exorcizar mis propios temores: mi mujer es médico de familia, y cada día la veo marcharse a las siete de la mañana a esa guerra que tan solo está dando las primeras escaramuzas, y sin saber a qué hora volverá a casa. Me consuelo pensando que al menos no está en el hospital, que en Gerona la situación aún no es ni mucho menos crítica. Intento ocupar mi mente con mi trabajo (todo el trabajo que tengo pendiente y que tengo que hacer desde casa), y con mis hijos y sus pequeñas (y no tan pequeñas) preocupaciones, pero sabes que el peligro está ahí, agazapado, e intentas no pensar que alguno de tus seres queridos, tanto aquí como en la otra punta de España, podría no llegar a este verano.

Por eso, en este momento más que nunca, es cuando más hay que pensar en un futuro. Porque hay un futuro, y la mayoría de nosotros lo tiene que transitar. Es un camino complicado y peligroso, y por eso necesitamos un mapa. Una hoja de ruta.

Para saber hacia dónde vamos, lo primero es saber dónde estamos. A esto se dedica el post de hoy.

Todos creemos saber dónde estamos, pero lo cierto es que en cuestión de unos días el lugar donde vivimos ha cambiado de una manera radical y profunda. Parece mentira que una serie de cosas que conforman nuestro día a día, que nos han acompañado durante toda nuestra vida, hayan podido desaparecer, como por ensalmo, en cuestión de unos días. Y no estoy hablando de que las hayamos perdido de momento, de que esto sea un paréntesis como dijo hace dos días el Rey de España. Algunas cosas han cambiado para siempre. Deberíamos de abandonar la idea de volver a "la normalidad", a "lo de antes". Porque lo de antes, en cierto modo, ya no existe. Creíamos estar en un cierto lugar, pero no estábamos en tierra firme, sino un barco al cual la deriva de los vientos ha llevado bastante más lejos de lo que nos pensábamos. Por eso es importante que fijemos la referencia de dónde estamos, porque si no no podremos emprender la marcha.

Para empezar, ha habido un cambio importante en nuestro entorno y en nuestra percepción del entorno.

Hace no tanto nos decían que había cosas que simplemente no se podían hacer, y que ahora simplemente se han hecho. Después de varias décadas de discurso machacón del "No hay alternativa", de que hay que mejorar la eficiencia económica de todos los aspectos de la vida, de que lo público tiene que ser minimizado para dejarlo todo en manos de la iniciativa privada, de repente hemos descubierto que delante de una crisis real lo que funciona es lo público, que lo importante son servicios públicos esenciales, esos mismos que son denostados día sí y día también a través de informaciones sesgadas y venenosas que se vierten en medios de comunicación, cómo no, privados. De repente hemos entendido que la máxima eficiencia no es tener el número justo de camas de UCI de modo que por lo menos el 80% esté ocupado en todo momento, sino tener capacidad de reaccionar a crisis como ésta, cosa que solo se puede hacer mediante un sistema público sustentado por los impuestos de todos, que pueda mantener cierta capacidad excedentaria, "improductiva" a los ojos de los celotes neoliberales. De repente hemos vuelto a aprender que un servicio no es un negocio, que algo que es fundamental no puede estar sometido a lo que esa gente denomina "las reglas del mercado" basándose en un modelo falso y fallido, y que en realidad solo sirve para que se aplique la ley de la jungla. 

Los guardianes de la ortodoxia económica han tenido que recular delante de estas innegables verdades en medio de la crisis actual, descontando que en cuanto pase esta crisis podrán volver a intoxicar con sus mentiras sobre la realidad económica. Confían en que podrán desvirtuar de nuevo la percepción del mundo que tiene la mayoría y así seguir con su plan de monetizar hasta los abrazos. Sin embargo, esa "normalidad" que necesitan para volver por sus fueros, ésa que tanto dinero les hizo ganar, ésa en la que todos, atentos, les escuchaban, ésa no volverá.

Si algo deberíamos de estar aprendiendo es que ninguna previsión se puede hacer ya sobre la base de una situación estacionaria. Estamos inaugurando la época de los imprevistos permanentes: ayer fue el temporal Gloria, hoy es el coronavirus, mañana será la crisis económica y pasado la de la escasez de recursos. Ya no podremos planificar nada como se hizo durante la época geológica que abarca toda la Historia humana, el Holoceno, pues esta época ya está dejando paso a la siguiente, el Antropoceno, caracterizada por el caos y la impredicitibilidad. Hacer planes de la misma manera que antaño sería como intentar rellenar el mar con arena.

Fijémonos en el caso de la actual crisis causada por el coronavirus CoVid-19. Por más que se plantee como una crisis de salud pública a escala global, en realidad es una crisis multifactorial. Por un lado, existen indicios fundados de que el reservorio natural del que provino este virus era una población de murciélagos en cierta región de China. Lo interesantes es que si estos murciélagos han entrado en contacto directo con humanos podría deberse a un serio problema de deforestación provocadas por el expansionismo humano incontrolado, al desplazar el hábitat de murciélagos. Otro dato interesante e inquietante: las mayores tasas de infección y también de mortalidad por el coronavirus, tanto en China como en Italia, se han dado en lugares con una fuerte contaminación atmosférica; y justamente ahora se alerta de que la alta contaminación podría favorecer la expansión y agravamiento de la enfermedad. Es decir, que en la presente crisis sanitaria hay una interacción, y no pequeña, con factores ambientales, generalmente ninguneados, deliberadamente tomados aparte, como si las diferentes facetas de nuestros problemas de sostenibilidad se pudieran aislar. Este problema de interacción múltiple y retroalimentaciones que agravan los problemas se presenta en la mayoría de las crisis que nos aquejan hoy en día, y se amplifican por culpa de la presión excesiva que ejerce la actividad humana sobre la capacidad biofísica del planeta. Por eso hoy tenemos esta grave crisis, pero mañana podría ser literalmente cualquier otra cosa, con una fuerza incluso mayor. Pero en el discurso de nuestros líderes vemos, y en nuestro fuer interno seguimos pensando, que tenemos el control de la situación, de que volveremos a la "normalidad", cuando los indicios se acumulan de que la cosa se nos va cada vez más de las manos.

Contrariamente a lo que pretenden algunas absurdas teorías de la conspiración, esta crisis sanitaria ha sido algo fortuito; peor aún, era algo que tarde o temprano debería pasar, máxime teniendo en cuenta la fragilización ambiental y ecosistémica la que hemos sometido el mundo. No se ha creado este virus en un laboratorio secreto para tener una excusa para tomar draconianas medidas de ajuste económico que eran, de todas maneras, inevitables.  Se podría decir que ha sido una coincidencia, pero tampoco es verdad: la emergencia del CoVid-19 ha sido algo casual, pero la manera de aprovecharse de ello no lo ha sido. Los grandes agentes económicos están aprovechando para ejecutar el plan de ajuste previsto, y pasar de causas a consecuencias. Desde este punto de vista, la discusión sobre si la presente crisis es un daño autoinfligido o no es algo inútil: no hay ninguna duda, seguro que ha sido un daño autoinfligido, porque siempre lo sería tanto si se hiciera deliberadamente o accidentalmente. La acumulación de contracciones y la fragilización de nuestro sistema tenían, inevitablemente, que llevarnos a este punto, más tarde o más temprano.


Y si grave es la crisis sanitaria, no lo es menos la crisis económica que ya está empezando. No somos pocos los que pensamos que el daño sistémico que se está causando ahora y que aún se extenderá durante varias semanas es irreparable; que esto es, verdaderamente, el Inicio del Fin del Capitalismo. Hemos visto como el Banco Central Europeo ha roto con un tabú fundacional y va a comprar deuda de los estados, algo que ni en las profundidades de la crisis de 2008 se contempló. La compañía de petróleos de Arabia Saudí, Aramco, planea reducir un 24% su gasto en exploración y desarrollo de nuevos campos petroleros; y recordemos que esta contracción inversora se da cuando ya estaba previsto un retroceso en la producción de petróleo en los próximos años, justamente por su falta de rentabilidad, ya antes de esta crisis. Con el precio del barril del petróleo en mínimos de este siglo, las compañías de fracking norteamericanas reclaman ayudas al presidente Trump, aunque muchas voces importantes se oponen. El daño al sector petrolero ya es irreparable, sin embargo: veníamos de más de 5 años de caída de la inversión, y la situación actual es la puntilla. Entramos en un proceso de histéresis, en el que no es posible retroceder, y el único camino hacia adelante es la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda, mientras la economía global irá progresivamente colapsando. Ya no volveremos a lo de antes.

La consecuencia de esto es que ya no hace falta que nos preocupemos por la fecha del peak oil. Ya está. Ya es seguro que hemos dejado el peak oil atrás. El motivo principal por el que yo abrí este blog hace 10 años, concienciar sobre la llegada del peak oil, ha dejado de tener sentido. No hay ya nada más que discutir, y los datos de los próximos años - cuando la actual crisis sanitaria ya esté superada - mostrarán que, efectivamente, la producción de todos los líquidos del petróleo está retrocediendo.

En cierto modo, es un anticlímax. El peak oil no ha sido como nos lo esperábamos; no ha sido una situación de dificultades crecientes que nos iban a empujar progresivamente por el lado derecho de la curva de Hubbert, sino que un hecho fortuito y aparentemente desconectado ha cambiado repentinamente el curso de los acontecimientos. Aunque, si se analiza, no se trata de un hecho verdaderamente desconectado: la actual crisis es la suma de todas las contradicciones y tensiones que nuestro insostenible sistema ha generado. Si uno pone un cristal bajo una presa hidráulica y va aumentando progresivamente la presión, seguramente no podrá predecir en qué momento toda la tensión acumulada acabará en ruptura, ruptura que será repentina y violenta, una explosión del cristal; pero sí que sabe que tarde o temprano tal desenlace tendrá que suceder. Si nuestro sistema es frágil, no resiliente, es así como tendrá que acabar; no puedes predecir el momento exacto en el que terminará, pero si la forma que adoptará la explosión final. La Historia siempre encuentra maneras sorprendentes para discurrir, como un río al que intentas contener con una pequeña presa de madera que al final el flujo de los acontecimientos consigue desbordar.

Por supuesto, no se va a reconocer inmediatamente que el sistema se quebró y que no volverá a ser funcional. Durante los próximos años, desde las instancias económicas oficiales se dirá que la crisis del coronavirus creó una crisis de confianza, de la que "nos está costando recuperarnos", porque de hecho nunca nos recuperaremos. No se va a aceptar tan fácilmente que la fiesta se acabó. Se usará cualquier excusa antes que aceptar el fin del sistema capitalista. Pero está acabado.

Ésa es otra de las motivaciones para escribir esta serie de posts. Para explicar cuál es el camino que tendríamos que seguir, para ofrecer una hoja de ruta,  algunas direcciones útiles a pesar de tantas incertidumbres e incógnitas que tendremos que resolver. Y, sobre todo, para dar argumentos a oponer a la explicación oficial, que cada vez será más inoperante, desconectada de la realidad y ajena a las dificultades reales de la gente real.

La crisis del CoVid es lo que los especialistas de teoría de juegos denominan un "cisne negro" (en honor del famoso libro de Nassim Nicholas Taleb): un evento de baja probabilidad pero que tiene un gran impacto. No he elegido la imagen que abre este post al azar: hay dos cisnes en ella. Porque después de la crisis del CoVid vendrá la crisis económica causada por la actual paralización de la actividad, y después de ésta vendrá una grave crisis con el petróleo, y ésta arrastrará otras crisis en las materias primas, y probablemente también generará una nueva crisis alimentaria global mucho mayor que las precedentes. Y cuando nos hayamos más o menos acostumbrado a esta "nueva normalidad", las diversas crisis ambientales largamente larvadas nos golpearán sucesivamente. Nuestros dirigentes, incompetentes para prepararse a un único evento de alto impacto, se verán incapaces de gestionar una sucesión de eventos, cada uno de un impacto mayor que el anterior. El Inicio del Fin del Capitalismo se va a parecer a un redoble de tambor.

En este contexto, ¿hay lugar para la esperanza?


Sí. Rotundamente sí. Porque si algo ha demostrado estos días es que cuando se quiere, se puede reaccionar. Que se pueden introducir muchos cambios en nuestras vidas. Cambios que de momento se han hecho en la esperanza de volver pronto a la anormalidad cotidiana, pero que revelan una fuerza que se puede aprovechar en el futuro que nos viene para operar los cambios necesarios. Cambios que serán duros, y camino que será difícil y lleno de penurias, pero que se puede transitar, si tan solo tenemos la hoja de ruta.

Por ejemplo, frente al discurso de la imposibilidad de oponerse a los intereses económicos de los grandes poderes, estos días han ejemplificado una lucha entre el amor y el dinero que ha ganado el primero. Si paramos ahora, no es tanto por el temor a perder la propia vida (poco probable para la mayoría de la población) como por el temor de que personas a las que queremos pierdan la vida. A pesar de todas las vacilaciones iniciales, todos los países van progresivamente frenando y confinando a sus poblaciones. China, un país comunista y una dictadura, se dice, despiadada, paró de golpe, sabiendo como sabía - en medio de su guerra comercial con EE.UU. - el coste económico que le supondría. Habrá quien diga ahora, viendo el éxito del confinamiento absoluto en China, que lo hicieron más por cálculo y pragmatismo que por altruismo y bondad, pero si hacen un poco de memoria se recordarán de las cosas que no hace ni un mes se decía sobre China - y cómo no pocos consideraban que los chinos "exageraban" y que no "valoraban las consecuencias de su reacción desmesurada". En Europa, con más o menos renuencia, vamos siguiendo progresivamente el camino chino, aunque el grado de confinamiento es aún insuficiente para ser eficaz (curiosamente, en Europa han sido los países de tradición católica los que más rápido han adoptado las medidas de contención extremas, mientras que los de tradición protestante han sido más reacios a hacerlo: algo que, llegado el momento, podría dar lugar a un intereante análisis sociológico). Como decía en una ocasión Jorge Riechmann, somos una especie biofílica: amamos la vida. Nos enternecemos al ver los cachorros de otros animales, y, a pesar de la crueldad que a veces demostramos con otras especies, nos mueve proteger a los animales. Amamos la vida, a pesar de que la alienante cultura occidental intente arrebatarnos ese instinto, tan primordial más que primario. Sabemos que nos abocamos a una crisis económica profunda, sabemos que muchos tendrán problemas para mantener el empleo de aquí unos meses, y, a pesar de eso, sabemos que nuestro deber - y lo que queremos hacer - es proteger a nuestros seres queridos, porque si sacrificamos eso nada tendría ya sentido.

La llegada de esta crisis también ha permitido darle un mejor uso a las TIC (sí, ésas mismas que tienen un negro futuro). Al principio se usaron principalmente para enviar memes y chascarrillos (y algún que otro bulo). Lo cierto es que eso sigue más o menos igual, pero también los usos se han vuelto más prácticos y también más sociales: las familias hacen teleconferencias, los amigos y familiares hablan con frecuencia con aquellos que están confinados en soledad. Esta crisis nos ha hecho recordar que no solo somos individuos, sino también comunidad. Es ese espíritu el que vamos a necesitar en los años que vienen: recordar que somos comunidad, y que para prevalecer necesitamos trabajar juntos y para todos.


No vamos a volver a la "normalidad", que en realidad es la "anormalidad cotidiana". Esa anormalidad donde gente muere ahogada en medio del mar intentando huir del creciente caos en el Sur global, esa anormalidad donde algunos niños no comerían si no fuera por el comedor escolar, esa anormalidad donde los salarios se reducen a la par que los servicios mientras en otros países avanza la degradación ambiental y la desigualdad social es salvaje. Esa anormalidad, en suma, que nos estaba matando lentamente. Esa anormalidad ya no volverá. A partir de la semana que viene discutiremos qué tenemos que hacer para construir una nueva situación que no sea otra anormalidad, sino, por fin, algo verdaderamente humano.

Salu2.
AMT 
 

(Posteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (II): Poniéndose en marcha).

domingo, 15 de marzo de 2020

La balanza



Queridos lectores:

Algunos lectores habrán reparado en un cambio sustancial en la barra lateral de este blog, donde se enumeran las conferencias que voy a dar próximamente. Si se han fijado, habrán visto que las conferencias que tenía previsto dar durante las próximas semanas aparecen ahora con un aviso de "pospuesta". Por supuesto, todas estos actos se han aplazado con motivo de la epidemia de CoVid-19, que se está extendiendo rápidamente por toda España y ha obligado a tomar urgentes medidas de contención, medidas que sin duda se tornarán más drásticas en los próximos días, comenzando por las ya anunciadas con el decreto de estado de alarma en España.


La extensión de la epidemia de CoVid en España ha producido sustanciales cambios. De una cierta autocomplacencia contenida en los medios de comunicación se ha pasado, en menos de una semana, a una situación prácticamente de histeria, una vez que se ha comprobado que la progresión de la epidemia mostraba el típico patrón exponencial en la curva de personas infectadas. Las autoridades españolas (desde el estado a las administraciones locales) han pasado de una cierta reticencia a tomar medidas más drásticas (por miedo a las consecuencias económicas que se derivarían) a solicitarlas o ejecutar medidas aún más drásticas de las que se habían barajado hasta ahora y encima por la vía de urgencia. Y los ciudadanos españoles han pasado de hacer y enviar miles de chascarrillos y memes (bueno, esto lo han seguido haciendo) a la compra histérico-compulsiva en los supermercados (la obsesión por un producto de importancia menor como es el papel higiénico daría para mucho análisis sociológico de la disociación de la realidad que tiene la opulenta sociedad occidental) y a escapar de las grandes ciudades, contribuyendo en su inconsciencia a diseminar la enfermedad. En mi situación particular, he pasado de tener una agenda apretada de viajes, eventos y reuniones a estar prácticamente confinado en casa (el CSIC ha ordenado que todo el que pueda teletrabajar se quede en casa) y con mis hijos por aquí rondando, pues se han suspendido las clases.

¿Tiene sentido sentido este miedo al CoVid-19? Pues sí y no. Ya lo comentamos en el post anterior: esta epidemia plantea un grave problema de salud pública, y no tanto de salud individual para la mayoría de la población. La mortalidad para los menores de 50 años ronda el 0,3%, un porcentaje que no es en absoluto despreciable (y, recordemos, siempre hay personas perfectamente sanas que mueren, quizá por sobrerreacción de su sistema inmunitario), pero que está lejos de suponer el fin de la Humanidad. Sin embargo, para los mayores de 80 años la mortalidad supera el 15%, y además entre el 5% y el 10% de los infectados desarrollarán complicaciones serias que requerirán atención médica más intensa e inclusive hospitalización. Si se añade a eso que se trata de una enfermedad muy contagiosa, existe un riesgo real de colapsar el sistema sanitario (riesgo que ya se está empezando a materializar), debido a que ese 5-10% de casos complicados puede ser una cifra enorme si la infección se extiende, y en ese caso aumentaría mucho la mortalidad directa (la que causaría el CoVid en los casos complicados no tratados como se debe) y la indirecta (las que causan otras patologías, que obviamente siguen produciéndose pero que no se atenderían adecuadamente en hospitales colapsados). De ahí los esfuerzos de contención y las actuales restricciones de movimiento.

Cabe añadir aquí un mensaje a mis lectores: si Vd. tiene síntomas leves (tos, algo de fiebre) no acuda a su centro de salud o al hospital: no podrán hacer nada por Vd. (no se le puede hacer la prueba a todo el mundo, menos si no hay indicación para ello, y ya bastante atareados van ahora mismo como para centrarse en un paciente esencialmente sano) y su desplazamiento solo servirá para contagiar o ser contagiado. Quédese en casa, tal y como se está recomendando. Solamente si sus síntomas empiezan a ser serios avise inmediatamente a sus servicios de salud y siga sus instrucciones. Recuerde también que aproximadamente el 80% de la población infectada pasará la enfermedad con síntomas leves: razón de más para evitar todo contacto mientras dure el confinamiento. Estas simples indicaciones, de puro sentido común, chocan con la manera de hacer de una sociedad atolondrada e infantilizada, cegada y cebada en el sobreconsumo, pero es lo que hay que hacer ahora. Como dice en el meme que ahora circula: "A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra, a nosotros solo nos están pidiendo que nos quedemos en casa".

La reticencia inicial de las autoridades a actuar con más contundencia ha alimentado una cierta desconfianza de la ciudadanía, que tiene la impresión de que se le está ocultando algo. De alguna manera es cierto: no es tanto que no se haya dado la información, pero es obvio que el tono de las primeras semanas ha sido un tanto blando, y las explicaciones un tanto timoratas por el miedo a las consecuencias económicas. E inclusive ahora, que ya no se ha podido evitar adoptar las decisiones que no se querían tomar, no se dice toda la verdad por temor, aún, a las consecuencias económicas. En particular, es completamente evidente que la actual situación de paralización social y económica en España durará más de 15 días (todas las curvas que siguen las podrán encontrar, actualizadas en https://www.worldometers.info/coronavirus/): el número de casos sigue un patrón exponencial,


carácter exponencial que se evidencia cuando se toma una escala logarítmica en el eje vertical:



Como se ve de las curvas, se está lejos de llegar a una saturación, a un pico. Si Italia es una referencia (España está siguiendo su mismo patrón, pero con 11 días de retraso), dentro de 11 días se verá una ligerísima bajada del ritmo exponencial


y con mucha suerte podríamos llegar al máximo epidémico (momento en el que el número de nuevos casos diarios deja de aumentar) dentro de 15 días. Por tanto, con mucha suerte dentro de 15 días la epidemia estaría en su apogeo, y en esas condiciones obviamente no se van a retirar las medidas de confinamiento. Siendo muy afortunados, se podría comenzar a plantear el fin del confinamiento dentro de un mes. Y si seguimos el patrón de China (país, por cierto, que tomó medidas expeditivas bastante pronto) nos faltan no menos de 50 días. Ésta es la realidad. Si se está hablando ahora de restricciones durante 15 días es porque no se quiere decir aún lo que durarán realmente, de nuevo por miedo a dañar aún más a la economía. La única cosa que podría acortar plazos es que el aumento de insolación que se va a producir durante las próximas semanas con la llegada de la primavera esterilice el ambiente y contenga eficazmente la propagación.

Pero a estas alturas es evidente que el daño para la economía, tanto la española como la mundial, es brutal. No es ya por la catastrófica caída de los índices bursátiles durante esta semana, caída que refleja una creciente desconfianza en la capacidad de las compañías de seguir aumentando sus beneficios. Las empresas, tanto las grandes como las pequeñas, se verán obligadas a deshacerse temporalmente de sus plantillas, dada la imposibilidad de continuar su actividad, en parte por las disrupciones en la cadena de suministros, en parte por la total paralización de las ventas con el cierre generalizado de comercios. En países como España, donde el turismo es la principal industria, el daño va a ser doble. De entrada, porque cuanto más dure la crisis sanitaria menos gente viajará a nuestro país, y ya de entrada la campaña de Semana Santa (muy importante para el turismo interior) se ha ido al garete. Pero, además, la contracción económica general hará que mucha gente decida no irse de vacaciones este año, simplemente porque tendrá menos dinero o inclusive porque estará en el paro (la crisis del CoVid afecta masivamente a Europa, mercado turístico principal, de España).

Por tanto, vamos a una grave crisis económica en el conjunto del mundo y a una total debacle económica en el caso de España. De una manera prácticamente inmediata se va a producir un repunte del paro, y no se va a recuperar la ocupación cuando pase la crisis sanitaria. A finales de este año se tendrán que empezar a implementar serios recortes.

Comentábamos en el post anterior que una de las necesidades de este año era encontrar una manera de domesticar una crisis económica que era ya inevitable mirando la evolución de los indicadores económicos a finales de 2019. La actual crisis sanitaria era una buena excusa para imponer ciertos ajustes que permitieran pasar rápidamente de las causas a las consecuencias finales, pero se está viendo que al final la crisis no está siendo tan domesticada como parecía: el bajón económico se nos ha ido de las manos, y estamos en una verdadera situación de decrecimiento repentino, impuesto por las circunstancias. Mostrábamos la semana pasada el brusco descenso de emisiones contaminantes en China; esta semana podemos mostrar una imagen análoga del muy polucionado norte de Italia.


Concentración de óxidos de nitrógeno troposférico sobre Italia en enero (izquierda) y marzo (derecha).

A nadie se le escapaba que las medidas necesarias para la contención del virus implicaban un descenso económico profundo, y eso explica la actitud cínica que se ha adoptado en algunos países, como Francia y EE.UU., y especialmente en el Reino Unido. En estos países se está dejando que la infección progrese sin ningún control, poniendo excusas de lo más variopinto y tomando medidas de pequeño impacto, con la idea de llegar a un punto en que ya no se pueda hacer nada. Mientras Francia y EE.UU. aún intentan, hipócritamente, disimular un poco, en el Reino Unido reconocen abiertamente su estrategia genocida, e incluso lo intentan justificar con argumentos pseudocientíficos como el de "inmunidad de manada". Pero como explica Nafeez Ahmed, no existen ninguna evidencia científica que avale ese concepto, más bien al contrario. En realidad, es un posicionamiento ideológico, y sí, hay que decirlo, es un posicionamiento ideológico psicópata y genocida. En el Reino Unido se le ha dicho a la gente que tiene que asumir que habrá muertes, y ya está. No es casualidad que las tres personas que rigen los destinos de esas tres naciones sean adeptos al liberalismo económico: simplemente han echado mano a la calculadora, y han hecho sus cuentas. Una enfermedad que al 80% de la población no le hace nada, y que se ceba en la gente mayor - que precisamente son los "económicamente improductivos" - frente a una parálisis económica de varias semanas y el desencadenamiento de una grave crisis económica. Sin embargo, estos psicópatas no se han dado cuenta de que su estrategia les puede producir una carambola inesperada, y que al final la factura de muertos sea mucho más elevada de lo que su puñetero Excel les enseña; y que los ciudadanos de esos países, cuando comparen lo que les ha pasado a ellos con lo que ha pasado en otros países como China, Italia o España, acaben exigiéndoles cuentas. Yo solo espero que todos ellos acaben en la cárcel acusados de genocidio.

Es simplemente alucinante comprobar que la lentitud inicial en nuestro país, o la directa inacción en otros países, está motivada por la obsesión de mantener el leviatán económico en marcha, siempre consumiendo y produciendo, siempre creciente.  Todo el rato se pone en una balanza, de un lado la actividad económica, del otro cualquier otra consideración; pero la balanza está trucada para que una cosa pese mucho más que otra. No deja de ser significativo que, en su alocución de ayer, el Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, comenzara haciendo hincapié en las medidas económicas que se tomarán para paliar los efectos de las medidas de confinamiento que se decidieron ayer, y que en realidad era lo que venía a anunciar.

Incluso sin salir de la esfera económica, la realidad que se nos viene encima no tiene nada que ver con la que se imaginan en los gabinetes ministeriales. Como avanzábamos en el post sobre los pronósticos para este año, la prolongación de los bajos precios del petróleo va a acelerar el proceso de descenso de producción que ya anticipaba la Agencia Internacional de la Energía en 2018. Ya hay quien está pidiendo al Gobierno de los EE.UU. que rescate el ruinoso sector del fracking (sector que, por cierto, siempre ha sido una ruina), pero tal medida es inútil porque es un sector condenado, y con su caída la producción de petróleo comenzará a bajar drástica e irremisiblemente. Esto no sale en los dichosos Excel del Ministerio de Economía, pero es la realidad: en la segunda mitad del año vamos a chocar contra un muro, una nueva crisis del petróleo que será muchos más intensa y más duradera (de hecho, permanente) de lo que nunca se haya visto. La inacción de años y la absoluta incomprensión de la realidad física y geológica de los recursos han cocinado la tormenta perfecta, el petrocalipsis. Tanto que dicen preocuparse por la economía y no han visto venir algo tan obvio, de lo que llevamos hablando en este blog en los últimos 10 años.

Grave como es la crisis del CoVid-19, no es, en absoluto, la más grave de las crisis que está padeciendo la Humanidad, ni siquiera los países occidentales. Y sin embargo ahora mismo ocupa todo el espacio mediático, ya no se habla de nada más. Es, verdaderamente, una crisis para esconder todas las otras, y en particular la crisis climática, que, ésta sí, puede exterminar a la Humanidad. No deja de ser curioso que hace unos meses, en el curso de la COP 25, parecía imposible reducir las emisiones de CO2, y sin embargo en el plazo de unas pocas semanas las emisiones del mundo se ha reducido drásticamente (aún poco para lo que se debería, pero mucho más de lo que se anunciaba). Se ve que sí que se podía. Porque, lo que no se decía, es que no se podían reducir las emisiones "si se quería mantener el crecimiento económico", ésa era la cláusula escondida. Ya se ha visto que es perfectamente posible hacerlo, si se quiere. De nuevo, hemos puesto en la balanza trucada de un lado el crecimiento económico y del otro la supervivencia de la Humanidad, y contrariamente al sentido común ha pesado más el primero.


Con todo, lo más interesante de estos días es el experimento decrecentista al que nos hemos visto abocados. De golpe, nos hemos visto obligados a vivir otra vida. Lo que ayer era tan importante hoy ha podido ser aplazado; lo que ayer era frenesí y necesidad hoy se percibe como algo relativo. Podemos reducir nuestro metabolismo social, consumir menos, y todo puede seguir adelante. Cierto, vamos a una gran crisis económica, y mucha gente quedará en el paro: es esto sobre lo que tenemos que trabajar. Pero es concebible hacer un esfuerzo de autocontención, algo que se nos ha repetido por activa y por pasiva que, simplemente, no se podía hacer. No era verdad: sí que se puede hacer, como estamos viendo. Queda mucho por hacer, y en particular ver cómo se relocalizan los trabajos y se reducen las redes, cómo se consigue ocupar a todo el mundo y disminuir nuestro impacto ambiental y de recursos, pero lo que muestra esta situación excepcional es que sí que hay un camino, y que si como sociedad tenemos claro hacia donde ir podemos reaccionar en tiempo récord. Por eso, más que nunca, es importante explicar que el decrecimiento es la única posibilidad de supervivencia de la Humanidad; una vez comprendido eso, ya hemos demostrado que podemos reaccionar al unísono y en la dirección adecuada (aunque faltará mucho camino por recorrer, ya lo sé, entre otras cosas para rehabilitar de tantos malos hábitos). Y es fundamental destacar un aspecto: el daño económico que se está generado hoy probablemente ya no es recuperable, dada la debilidad estructural del sistema. Durante demasiados años hemos huido hacia adelante, poniendo parches para mantener el sistema económico crecentista en marcha a pesar de su inviabilidad. Esta crisis supone una herida de muerte, de la que nunca va a poder recuperarse. El paro será elevado de manera estructural, y la energía y las materias primas comenzarán a escasear. Comenzamos ahora una nueva etapa de la Historia, y cuando antes lo comprendamos y empecemos a adaptarnos mejor nos irá.

Pase lo que pase, nuestro sistema económico está condenado. También es cierto que, pase lo que pase, al final todos moriremos. La diferencia está en que cada minuto extra de una vida humana es un tesoro, sobre todo para sus seres queridos. En cambio, cada minuto extra que dure este sistema económico continuará avanzando en su lógica destructiva y ecocida.

Tomemos una balanza justa y equilibrada, y pesemos.


Salu2.
AMT