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viernes, 25 de diciembre de 2020

The Oil Crash: Año 15

 

Queridos lectores:

Llegamos a estas fechas en las que toca hacer resumen y balance de lo que ha sido el año, centrándonos sobre todo en la temática de este blog (la insostenibilidad de nuestra sociedad). Un año que sin duda ha estado marcado a fuego por la pandemia de la CoVid-19. Sin embargo, no he escogido la típica imagen de la bola coronada del virus para abrir este post, o alguna otra imagen al uso, sino que he preferido comenzar nuestro repaso con una imagen bien diferente: la del puente ferroviario reconstruido sobre el río Tordera, el cual ha sido re-inaugurado hace unos pocos días. Esta imagen, más que ninguna otra, representa el signo del año 2020, y de la Humanidad al fin: éste es el tipo de respuesta que damos a los problemas que se nos plantean. Es decir, pretendemos no cambiar nada porque queremos que todo siga igual. Solo que no sigue igual.

Vamos, pues, con el resumen del 2020:

 

- El temporal Gloria golpea fuerte: En un evento inesperado por su fuerza, después de haber pasado por otra gran tempestad tan solo un par de meses antes, el temporal Gloria azotó España causando 13 muertos y grandes destrozos, sobre todo en la costa oriental, para después ir a cobrarse su peaje de destrucción y vidas en Francia e Italia. Infraestructuras construidas en otro tiempo en el que este tipo de eventos no parecían posibles o probables fueron destruidas por la fuerza de la tempestad (ver en la foto el estado del mismo puente ferroviario sobre el Tordera que comentamos antes y del de la carretera adyacente tras el paso del Gloria). Millones de euros se han invertido en reparar esos paseos marítimos, carreteras, vías férreas y urbanizaciones que volverán a ser barridos del mapa con la siguiente tempestad de este calibre, quién sabe si el año que viene, quién sabe si dentro de dos, pero seguramente antes de que pase una década.

 

- La CoVid llegó de repente para cambiarlo todo...: Un nuevo virus surgido en la ciudad china de Wuhan hacia noviembre de 2019 pero que solo tomó proporciones pandémicas a partir de febrero de 2020 ha causado la mayor crisis sanitaria global que se recuerda en muchas décadas. Un virus con una relativa baja mortalidad global (aunque bastante alta en personas mayores y grupos de riesgo), pero con una morbilidad bastante considerable, que ha sometido a los sistemas sanitarios de muchos países a un esfuerzo considerable - sobre todo después de tantos años de recortes. De repente, delante de la emergencia más grave de nuestras vidas, nos hemos dado cuenta de que los trabajadores verdaderamente esenciales son quizá aquéllos que no reciben la mejor consideración de la sociedad, pero que son realidad la gente a la que necesitamos.

- ... y 9 meses después aún sigue aquí: La pandemia no cesa, 9 meses después de comenzada. El verano boreal dio un cierto respiro a los países occidentales, pero la enfermedad nunca se fue del todo, y al llegar el otoño rebrotó con fuerza desigual en los diversos países, aunque a estas alturas del invierno media Europa está cerrada y temiendo escenarios peores; Estados Unidos cuenta los infectados por millones y los muertos por cientos de miles, y la enfermedad se desboca en tantos otros países. La pesadilla está lejos de acabar.

- La crisis económica del 2020: En los primeros embates de la pandemia, las órdenes de  confinamiento más o menos estrictas impuestas en muchos países causaron una caída drástica de la actividad económica. España es de los países europeos peor parados, con uno de los confinamientos más severos durante la primera ola epidémica que no le sirvieron para tener un verano tranquilo (absolutamente necesario para un país cuya principal industria es el turismo), y un rebrote fuerte y temprano en otoño. Las consecuencias económicas se ven terribles: el tráfico aéreo global caerá este año más de un 60%, las ventas de coches en Europa llegaron a caer un 95% en julio, se calcula que el 20% de los bares y restaurantes de España no sobrevivirán a las actuales restricciones, quiebran cines, teatros, salas de fiesta, discotecas... Tan solo está empezando, pero la crisis del 2020 va a dejar muy pequeña a la del 2008.

- El mercado del petróleo ha cambiado para siempre: En abril de 2020, la demanda mundial de petróleo cayó más del 30% con respecto a abril de 2019, y en el conjunto del año 2020 se espera una caída de consumo de al menos el 10% con respecto a 2019. Las quiebras en el sector del fracking de los EE.UU. son tan numerosas y abultadas que se da por descontado que el sector ya no se repondrá en muchos años por la desconfianza de los inversores que han perdido muchísimo dinero. Conviene recordar que 2020 simplemente ha supuesto un cierto acelerón con respecto a una tendencia que se había consolidado desde 2014. La inversión cae en picado mientras los precios se mantienen relativamente bajos.

 

- Viendo el peak oil desde el retrovisor: Siempre se ha dicho que no se podrá reconocer que se ha pasado el peak oil hasta que lo veamos por el retrovisor. Por desgracia, ya estamos en ese punto. Las compañías petroleras llevan reduciendo su inversión en su propio sector desde 2014 (Repsol anunció hace unos días, en la presentación de su plan estratégico 2021-2025, que invertirá en la búsqueda de petróleo 150 millones de euros anuales, menos del 10% de lo que invertía en 2014). Dada la falta de inversión en búsqueda y desarrollo de nuevos yacimientos, está garantizada una caída rápida de la producción de petróleo en los próximos pocos años: nuestro escenario de referencia está entre los dos peores que mostraba la Agencia Internacional de la Energía en su informe de este año (gráfica que acompaña estas líneas). El peak oil fue en diciembre de 2018, y nunca más recuperaremos ese nivel de producción. Algo que han empezado a reconocer a regañadientes BP o el ministro ruso de finanzas, aunque pretendan disfrazarlo de la vieja falacia del "pico de demanda".

 

- Mientras tanto, ahí fuera siguen pasando cosas: Comenzamos el año que aún ardía Australia y este año ha vuelto a haber incendios de gran extensión en la Amazonia. Se han producido grandes inundaciones en Indonesia. La plaga de langosta asuela África y agrava la hambruna. Siguen ahogándose inmigrantes que intentan pasar desde África hacia Europa. La malaria y otras enfermedades evitables siguen matando a centenares de miles de personas cada año. La concentración de CO2 sigue subiendo en la atmósfera, y en todo caso no se reduce. El mundo sigue girando, aunque nosotros no lo miremos.

 

- Mientras el autoritarismo crece, la contestación social también: Al calor de la crisis sanitaria que plantea la CoVid, muchos países van tomando cada vez medidas más duras que restringen las libertades individuales, no siempre justificadas por la necesidad de luchar contra la pandemia. En muchos sentidos, el problema real de la CoVid se está utilizando para continuar deslizándonos por esa peligrosa pendiente que nos lleva al autoritarismo. Paralelamente, grupos de ciudadanos, espontáneamente organizados o no, han comenzado a tomar las calles, denunciando lo que a su juicio es un plan para arrebatarnos las libertades. Desafortunadamente, los argumentos aducidos por estos grupos son, demasiadas veces, bastante temerarios, por no decir directamente absurdos. Teniendo en cuenta las graves dificultades que nos encontraremos adelante, la absoluta desorientación de la ciudadanía y la tendencia de nuestros gobernantes a meter los tornillos a martillazos, se anticipan años muy turbulentos.

 

- Año de transición en lo político: Este año ha visto el final del mandato de Donald Trump, la agonía de la indefinición del Brexit, el bloqueo en Europa de los fondos para la recuperación y el estímulo de la economía, y, yendo a la escala doméstica, los vaivenes del Gobierno de coalición en España y la destitución final de Quim Torra como president de la Generalitat de Catalunya. Todos estos problemas han sido tormentas en un vaso de agua, amenazas de algo que podía haber sido peor pero que de momento se ha quedado en nada. Sin embargo, todas estas cuestiones anticipan problemas que se van a producir en los próximos años. Se está sembrando los vientos hoy que degenerarán en tempestades mañana, regadas por el descenso energético que propiciará el peak oil.


- Sale a la venta "Petrocalipsis": Para mi también ha sido un año importante, porque se ha publicado mi primer libro de ensayo "Petrocalipsis: Crisis energética global y cómo (no) vamos a solucionarla". Un libro en el que repaso, de manera más divulgativa que en este blog, las distintas alternativas a ese petróleo que ya nos comienza a escasear, simplemente para mostrar que no hay ninguna solución sencilla al alcance, y que la única salida de esta crisis no es cambiar de fuentes de energía, sino de sistema.


En el siguiente post, como también viene siendo tradicional, abordaré mis previsiones para el año que comienza en una semana. Permanezcan en sintonía.


Salu2.

AMT

P. Data: Les deseo una Feliz Navidad y que pasen las mejores fiestas posibles.

domingo, 15 de marzo de 2020

La balanza



Queridos lectores:

Algunos lectores habrán reparado en un cambio sustancial en la barra lateral de este blog, donde se enumeran las conferencias que voy a dar próximamente. Si se han fijado, habrán visto que las conferencias que tenía previsto dar durante las próximas semanas aparecen ahora con un aviso de "pospuesta". Por supuesto, todas estos actos se han aplazado con motivo de la epidemia de CoVid-19, que se está extendiendo rápidamente por toda España y ha obligado a tomar urgentes medidas de contención, medidas que sin duda se tornarán más drásticas en los próximos días, comenzando por las ya anunciadas con el decreto de estado de alarma en España.


La extensión de la epidemia de CoVid en España ha producido sustanciales cambios. De una cierta autocomplacencia contenida en los medios de comunicación se ha pasado, en menos de una semana, a una situación prácticamente de histeria, una vez que se ha comprobado que la progresión de la epidemia mostraba el típico patrón exponencial en la curva de personas infectadas. Las autoridades españolas (desde el estado a las administraciones locales) han pasado de una cierta reticencia a tomar medidas más drásticas (por miedo a las consecuencias económicas que se derivarían) a solicitarlas o ejecutar medidas aún más drásticas de las que se habían barajado hasta ahora y encima por la vía de urgencia. Y los ciudadanos españoles han pasado de hacer y enviar miles de chascarrillos y memes (bueno, esto lo han seguido haciendo) a la compra histérico-compulsiva en los supermercados (la obsesión por un producto de importancia menor como es el papel higiénico daría para mucho análisis sociológico de la disociación de la realidad que tiene la opulenta sociedad occidental) y a escapar de las grandes ciudades, contribuyendo en su inconsciencia a diseminar la enfermedad. En mi situación particular, he pasado de tener una agenda apretada de viajes, eventos y reuniones a estar prácticamente confinado en casa (el CSIC ha ordenado que todo el que pueda teletrabajar se quede en casa) y con mis hijos por aquí rondando, pues se han suspendido las clases.

¿Tiene sentido sentido este miedo al CoVid-19? Pues sí y no. Ya lo comentamos en el post anterior: esta epidemia plantea un grave problema de salud pública, y no tanto de salud individual para la mayoría de la población. La mortalidad para los menores de 50 años ronda el 0,3%, un porcentaje que no es en absoluto despreciable (y, recordemos, siempre hay personas perfectamente sanas que mueren, quizá por sobrerreacción de su sistema inmunitario), pero que está lejos de suponer el fin de la Humanidad. Sin embargo, para los mayores de 80 años la mortalidad supera el 15%, y además entre el 5% y el 10% de los infectados desarrollarán complicaciones serias que requerirán atención médica más intensa e inclusive hospitalización. Si se añade a eso que se trata de una enfermedad muy contagiosa, existe un riesgo real de colapsar el sistema sanitario (riesgo que ya se está empezando a materializar), debido a que ese 5-10% de casos complicados puede ser una cifra enorme si la infección se extiende, y en ese caso aumentaría mucho la mortalidad directa (la que causaría el CoVid en los casos complicados no tratados como se debe) y la indirecta (las que causan otras patologías, que obviamente siguen produciéndose pero que no se atenderían adecuadamente en hospitales colapsados). De ahí los esfuerzos de contención y las actuales restricciones de movimiento.

Cabe añadir aquí un mensaje a mis lectores: si Vd. tiene síntomas leves (tos, algo de fiebre) no acuda a su centro de salud o al hospital: no podrán hacer nada por Vd. (no se le puede hacer la prueba a todo el mundo, menos si no hay indicación para ello, y ya bastante atareados van ahora mismo como para centrarse en un paciente esencialmente sano) y su desplazamiento solo servirá para contagiar o ser contagiado. Quédese en casa, tal y como se está recomendando. Solamente si sus síntomas empiezan a ser serios avise inmediatamente a sus servicios de salud y siga sus instrucciones. Recuerde también que aproximadamente el 80% de la población infectada pasará la enfermedad con síntomas leves: razón de más para evitar todo contacto mientras dure el confinamiento. Estas simples indicaciones, de puro sentido común, chocan con la manera de hacer de una sociedad atolondrada e infantilizada, cegada y cebada en el sobreconsumo, pero es lo que hay que hacer ahora. Como dice en el meme que ahora circula: "A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra, a nosotros solo nos están pidiendo que nos quedemos en casa".

La reticencia inicial de las autoridades a actuar con más contundencia ha alimentado una cierta desconfianza de la ciudadanía, que tiene la impresión de que se le está ocultando algo. De alguna manera es cierto: no es tanto que no se haya dado la información, pero es obvio que el tono de las primeras semanas ha sido un tanto blando, y las explicaciones un tanto timoratas por el miedo a las consecuencias económicas. E inclusive ahora, que ya no se ha podido evitar adoptar las decisiones que no se querían tomar, no se dice toda la verdad por temor, aún, a las consecuencias económicas. En particular, es completamente evidente que la actual situación de paralización social y económica en España durará más de 15 días (todas las curvas que siguen las podrán encontrar, actualizadas en https://www.worldometers.info/coronavirus/): el número de casos sigue un patrón exponencial,


carácter exponencial que se evidencia cuando se toma una escala logarítmica en el eje vertical:



Como se ve de las curvas, se está lejos de llegar a una saturación, a un pico. Si Italia es una referencia (España está siguiendo su mismo patrón, pero con 11 días de retraso), dentro de 11 días se verá una ligerísima bajada del ritmo exponencial


y con mucha suerte podríamos llegar al máximo epidémico (momento en el que el número de nuevos casos diarios deja de aumentar) dentro de 15 días. Por tanto, con mucha suerte dentro de 15 días la epidemia estaría en su apogeo, y en esas condiciones obviamente no se van a retirar las medidas de confinamiento. Siendo muy afortunados, se podría comenzar a plantear el fin del confinamiento dentro de un mes. Y si seguimos el patrón de China (país, por cierto, que tomó medidas expeditivas bastante pronto) nos faltan no menos de 50 días. Ésta es la realidad. Si se está hablando ahora de restricciones durante 15 días es porque no se quiere decir aún lo que durarán realmente, de nuevo por miedo a dañar aún más a la economía. La única cosa que podría acortar plazos es que el aumento de insolación que se va a producir durante las próximas semanas con la llegada de la primavera esterilice el ambiente y contenga eficazmente la propagación.

Pero a estas alturas es evidente que el daño para la economía, tanto la española como la mundial, es brutal. No es ya por la catastrófica caída de los índices bursátiles durante esta semana, caída que refleja una creciente desconfianza en la capacidad de las compañías de seguir aumentando sus beneficios. Las empresas, tanto las grandes como las pequeñas, se verán obligadas a deshacerse temporalmente de sus plantillas, dada la imposibilidad de continuar su actividad, en parte por las disrupciones en la cadena de suministros, en parte por la total paralización de las ventas con el cierre generalizado de comercios. En países como España, donde el turismo es la principal industria, el daño va a ser doble. De entrada, porque cuanto más dure la crisis sanitaria menos gente viajará a nuestro país, y ya de entrada la campaña de Semana Santa (muy importante para el turismo interior) se ha ido al garete. Pero, además, la contracción económica general hará que mucha gente decida no irse de vacaciones este año, simplemente porque tendrá menos dinero o inclusive porque estará en el paro (la crisis del CoVid afecta masivamente a Europa, mercado turístico principal, de España).

Por tanto, vamos a una grave crisis económica en el conjunto del mundo y a una total debacle económica en el caso de España. De una manera prácticamente inmediata se va a producir un repunte del paro, y no se va a recuperar la ocupación cuando pase la crisis sanitaria. A finales de este año se tendrán que empezar a implementar serios recortes.

Comentábamos en el post anterior que una de las necesidades de este año era encontrar una manera de domesticar una crisis económica que era ya inevitable mirando la evolución de los indicadores económicos a finales de 2019. La actual crisis sanitaria era una buena excusa para imponer ciertos ajustes que permitieran pasar rápidamente de las causas a las consecuencias finales, pero se está viendo que al final la crisis no está siendo tan domesticada como parecía: el bajón económico se nos ha ido de las manos, y estamos en una verdadera situación de decrecimiento repentino, impuesto por las circunstancias. Mostrábamos la semana pasada el brusco descenso de emisiones contaminantes en China; esta semana podemos mostrar una imagen análoga del muy polucionado norte de Italia.


Concentración de óxidos de nitrógeno troposférico sobre Italia en enero (izquierda) y marzo (derecha).

A nadie se le escapaba que las medidas necesarias para la contención del virus implicaban un descenso económico profundo, y eso explica la actitud cínica que se ha adoptado en algunos países, como Francia y EE.UU., y especialmente en el Reino Unido. En estos países se está dejando que la infección progrese sin ningún control, poniendo excusas de lo más variopinto y tomando medidas de pequeño impacto, con la idea de llegar a un punto en que ya no se pueda hacer nada. Mientras Francia y EE.UU. aún intentan, hipócritamente, disimular un poco, en el Reino Unido reconocen abiertamente su estrategia genocida, e incluso lo intentan justificar con argumentos pseudocientíficos como el de "inmunidad de manada". Pero como explica Nafeez Ahmed, no existen ninguna evidencia científica que avale ese concepto, más bien al contrario. En realidad, es un posicionamiento ideológico, y sí, hay que decirlo, es un posicionamiento ideológico psicópata y genocida. En el Reino Unido se le ha dicho a la gente que tiene que asumir que habrá muertes, y ya está. No es casualidad que las tres personas que rigen los destinos de esas tres naciones sean adeptos al liberalismo económico: simplemente han echado mano a la calculadora, y han hecho sus cuentas. Una enfermedad que al 80% de la población no le hace nada, y que se ceba en la gente mayor - que precisamente son los "económicamente improductivos" - frente a una parálisis económica de varias semanas y el desencadenamiento de una grave crisis económica. Sin embargo, estos psicópatas no se han dado cuenta de que su estrategia les puede producir una carambola inesperada, y que al final la factura de muertos sea mucho más elevada de lo que su puñetero Excel les enseña; y que los ciudadanos de esos países, cuando comparen lo que les ha pasado a ellos con lo que ha pasado en otros países como China, Italia o España, acaben exigiéndoles cuentas. Yo solo espero que todos ellos acaben en la cárcel acusados de genocidio.

Es simplemente alucinante comprobar que la lentitud inicial en nuestro país, o la directa inacción en otros países, está motivada por la obsesión de mantener el leviatán económico en marcha, siempre consumiendo y produciendo, siempre creciente.  Todo el rato se pone en una balanza, de un lado la actividad económica, del otro cualquier otra consideración; pero la balanza está trucada para que una cosa pese mucho más que otra. No deja de ser significativo que, en su alocución de ayer, el Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, comenzara haciendo hincapié en las medidas económicas que se tomarán para paliar los efectos de las medidas de confinamiento que se decidieron ayer, y que en realidad era lo que venía a anunciar.

Incluso sin salir de la esfera económica, la realidad que se nos viene encima no tiene nada que ver con la que se imaginan en los gabinetes ministeriales. Como avanzábamos en el post sobre los pronósticos para este año, la prolongación de los bajos precios del petróleo va a acelerar el proceso de descenso de producción que ya anticipaba la Agencia Internacional de la Energía en 2018. Ya hay quien está pidiendo al Gobierno de los EE.UU. que rescate el ruinoso sector del fracking (sector que, por cierto, siempre ha sido una ruina), pero tal medida es inútil porque es un sector condenado, y con su caída la producción de petróleo comenzará a bajar drástica e irremisiblemente. Esto no sale en los dichosos Excel del Ministerio de Economía, pero es la realidad: en la segunda mitad del año vamos a chocar contra un muro, una nueva crisis del petróleo que será muchos más intensa y más duradera (de hecho, permanente) de lo que nunca se haya visto. La inacción de años y la absoluta incomprensión de la realidad física y geológica de los recursos han cocinado la tormenta perfecta, el petrocalipsis. Tanto que dicen preocuparse por la economía y no han visto venir algo tan obvio, de lo que llevamos hablando en este blog en los últimos 10 años.

Grave como es la crisis del CoVid-19, no es, en absoluto, la más grave de las crisis que está padeciendo la Humanidad, ni siquiera los países occidentales. Y sin embargo ahora mismo ocupa todo el espacio mediático, ya no se habla de nada más. Es, verdaderamente, una crisis para esconder todas las otras, y en particular la crisis climática, que, ésta sí, puede exterminar a la Humanidad. No deja de ser curioso que hace unos meses, en el curso de la COP 25, parecía imposible reducir las emisiones de CO2, y sin embargo en el plazo de unas pocas semanas las emisiones del mundo se ha reducido drásticamente (aún poco para lo que se debería, pero mucho más de lo que se anunciaba). Se ve que sí que se podía. Porque, lo que no se decía, es que no se podían reducir las emisiones "si se quería mantener el crecimiento económico", ésa era la cláusula escondida. Ya se ha visto que es perfectamente posible hacerlo, si se quiere. De nuevo, hemos puesto en la balanza trucada de un lado el crecimiento económico y del otro la supervivencia de la Humanidad, y contrariamente al sentido común ha pesado más el primero.


Con todo, lo más interesante de estos días es el experimento decrecentista al que nos hemos visto abocados. De golpe, nos hemos visto obligados a vivir otra vida. Lo que ayer era tan importante hoy ha podido ser aplazado; lo que ayer era frenesí y necesidad hoy se percibe como algo relativo. Podemos reducir nuestro metabolismo social, consumir menos, y todo puede seguir adelante. Cierto, vamos a una gran crisis económica, y mucha gente quedará en el paro: es esto sobre lo que tenemos que trabajar. Pero es concebible hacer un esfuerzo de autocontención, algo que se nos ha repetido por activa y por pasiva que, simplemente, no se podía hacer. No era verdad: sí que se puede hacer, como estamos viendo. Queda mucho por hacer, y en particular ver cómo se relocalizan los trabajos y se reducen las redes, cómo se consigue ocupar a todo el mundo y disminuir nuestro impacto ambiental y de recursos, pero lo que muestra esta situación excepcional es que sí que hay un camino, y que si como sociedad tenemos claro hacia donde ir podemos reaccionar en tiempo récord. Por eso, más que nunca, es importante explicar que el decrecimiento es la única posibilidad de supervivencia de la Humanidad; una vez comprendido eso, ya hemos demostrado que podemos reaccionar al unísono y en la dirección adecuada (aunque faltará mucho camino por recorrer, ya lo sé, entre otras cosas para rehabilitar de tantos malos hábitos). Y es fundamental destacar un aspecto: el daño económico que se está generado hoy probablemente ya no es recuperable, dada la debilidad estructural del sistema. Durante demasiados años hemos huido hacia adelante, poniendo parches para mantener el sistema económico crecentista en marcha a pesar de su inviabilidad. Esta crisis supone una herida de muerte, de la que nunca va a poder recuperarse. El paro será elevado de manera estructural, y la energía y las materias primas comenzarán a escasear. Comenzamos ahora una nueva etapa de la Historia, y cuando antes lo comprendamos y empecemos a adaptarnos mejor nos irá.

Pase lo que pase, nuestro sistema económico está condenado. También es cierto que, pase lo que pase, al final todos moriremos. La diferencia está en que cada minuto extra de una vida humana es un tesoro, sobre todo para sus seres queridos. En cambio, cada minuto extra que dure este sistema económico continuará avanzando en su lógica destructiva y ecocida.

Tomemos una balanza justa y equilibrada, y pesemos.


Salu2.
AMT


miércoles, 21 de agosto de 2019

Fatalidad



Queridos lectores:

A medida que los signos de que se avecina una nueva crisis económica se consolidan, va creciendo en la ciudadanía un sentimiento de malaise, de resignación delante de lo que ha de venir. Sabemos que vamos a estar peor, mucho peor. Intuimos que estamos llegando al final de un largo camino que ha durado décadas, que la opulencia con la que hemos vivido no podrán disfrutarla nuestros hijos ni soñarla nuestros nietos; pero preferimos no movernos por el temor culpable de perder más rápidamente aquello a lo que, en buena lid, tampoco tendríamos derecho. Preferimos quedarnos quietos y callar, sabiendo que poco a poco seremos desposeídos, en vez de protestar y quizá sufrir una caída más rápida - sí, aunque más digna. 

Vemos cada día morir a cientos delante de las puertas de Europa y, para no amargarnos delante de lo miserable de la situación y de lo miserables que somos por aceptarla sin levantarnos, inventamos excusas miserables para intentar demostrar que en realidad los miserables son los otros: los desgraciados que huyen, pagando lo que sea a mafias para escapar con sus familias de infiernos que muchas veces hemos creado nosotros; los que sobre el terreno recogen puñados, solo puñados, del agua de esta lluvia que no amaina, quizá también para acallar sus maltrechas conciencias; los Gobiernos que reaccionan tarde, mal y nunca, tratando como problemas puntuales, como casos aislados, este rayo que no cesa... Todos, nos decimos, actúan por oscuros intereses; ninguno, pensamos, es trigo limpio. Queremos demostrar que los miserables son los otros, porque mirar a los muertos, reales y bien reales, que se estrellan contra el dintel de nuestra casa, no es una visión agradable. Es otro quien tiene la culpa. Los que mueren de alguna manera se lo han merecido. Eso es lo que queremos demostrar.

¿Demostrar, a quién? ¿A quién le interesan nuestros gallináceos argumentos? En realidad, no le interesan a nadie, particularmente a nadie que esté viviendo ese drama. Solo nos interesan a nosotros, son el analgésico con el que intentamos calmar nuestra dolorida conciencia. Es doloroso pensar en esta cruda y desgraciada realidad, y por eso es mejor zanjar rápido el tema, aunque sea de mala manera, con malos argumentos. A veces encontramos una vía razonable y no tan dolorosa de abordar este problema: es cuando nos decimos, y es verdad, que hay que actuar en origen, que hay que conseguir mejorar las condiciones de vida de esta gente para que no quieran huir de su país. Pero en la mayoría de los casos la manera más eficaz de conseguir esa mejora sería que, simplemente, les dejáramos en paz y no intentáramos apropiarnos de sus recursos, ya sea por medio de gobiernos títere que nos vendan barato, ya por medios más directos si a mano viene. Pero, no, eso no se puede discutir. Ese comercio asimétrico, lo sabemos todos, es la base de nuestro bienestar. Es más fácil echarle la culpa a los gobiernos endémicamente corruptos de la región (sin ver que son nuestros gobiernos no mucho menos corruptos quienes los apuntalan) o las guerras recurrentes que se dan en esos países (aunque estén financiadas y provistas por nuestras empresas). Llegados a esas conclusiones desagradables, se cierra el ciclo y se vuelve atrás. No, los miserables son los otros.

Está muriendo gente. ¿Cómo puede ser que unas vidas valgan más que otras?

Ojalá nunca nos traten ellos, a nosotros y a nuestras familias, como les estamos tratando nosotros, a ellos y a sus familias.

Vamos bajando lentamente por la pendiente del colapso. El colapso, ya lo sabemos, es un proceso, no un momento. Se desarrolla en escalas de tiempo históricas: al menos varias décadas, y eso si va rápido. Y no siempre es un colapso completo: todo depende de la inteligencia colectiva de la gente de cada territorio, pues el colapso va por barrios y no en todos los sitios pasará lo mismo.

Vamos bajando lentamente, como digo. En Europa, los vientos más fríos vienen de su locomotora, Alemania. En el país teutón (y por ende en todo el resto del continente) crece el miedo a la recesión. También, recientemente se anunció que el Gobierno alemán plantea crear impuestos a la carne, leche y huevos - para luchar contra el Cambio Climático, dicen. Y con el telón de fondo de la Huelga Mundial por el Clima del próximo 27 de septiembre, en Alemania se ha reabierto el debate para limitar la cantidad de vuelos internacionales que podrán hacer sus ciudadanos, y no solo eso: sorprendentemente, la propia Asociación de la Aviación Alemana apoya el fomento del ferrocarril para la eliminación de vuelos domésticos.

¿Que tienen en común esos tres hechos - recesión, impuesto a los alimentos y limitación de los vuelos? Las tres, obviamente, implican una disminución de las emisiones de CO2 de Alemania. El más efectivo para la reducción de las emisiones es, curiosamente, el primero: en las últimas décadas, no ha habido nada que consiguiera reducir tanto las emisiones en un solo año que la Gran Depresión de 2008-2009 (aunque solo fuera algo temporal).



La reducción del número de vuelos, obviamente, también es eficaz reduciendo las emisiones de CO2, aunque no sea el sector de la aviación el principal emisor. Y en cuanto a los impuestos a la alimentación (y al margen de los beneficios para la salud de reducir el consumo generalmente excesivo de carne en el mundo occidental), su efecto es discutible: si bien la ganadería industrial implica grandes consumos de energía y por tanto de emisiones, la propia agricultura industrial es también altamente consumidora de energía, y la reducción porcentual de emisiones podría no ser tan alta como se piensa.

Hay otro factor que unifica estos tres hechos (recesión, alimentación y vuelos), y que obviamente no se le ha pasado desapercibido a los lectores habituales de este blog: las tres cosas tienen que ver con la necesidad urgente de adaptarse al rápido descenso de la disponibilidad de petróleo que sin duda se va a sufrir durante los próximos años.

Pero hay un último factor que unifica los tres hechos, uno que todo el mundo empieza a percibir, a veces de manera inconsciente.  ¿A quiénes perjudican más estos hechos?  A los más pobres, lógicamente. La recesión, por motivos obvios: la ola de despidos que ya se vive en la banca y en el sector de la automoción vendrá seguida de una oleada más amplia que afectará a todos los sectores productivos; son los trabajadores, sobre todo los menos cualificados, los que más probabilidades tienen de sufrir en sus carnes, y con mayor intensidad, la recesión que viene. Los impuestos a la alimentación perjudican, sobre todo, a quienes dedican una mayor parte de su renta a comprar comida, es decir, a los pobres (evidenciando de paso lo inane de la espuria diferencia entre pobreza energética y pobreza a secas). Y la limitación de volar se aplicará a quien no pueda pagar los cargos por los viajes "extra", que de nuevo son las clases menos pudientes.

¿No les recuerda a algo todo esto?

Es la misma historia que subyace en el caso de la demonización del diésel. 

Tenemos, por una parte, la razón aducida: los coches de diésel (solo los coches, nada de camiones, barcos o resto de maquinaria) son muy contaminantes y dañinos.

Tenemos la razón real: el problema, apremiante, de la falta de recursos, pues la producción de diésel cae más rápido que las de otros combustibles porque faltan petróleos de calidad para producirlo. Es el pico del diésel.



Y tenemos, por fin, la solución asimétrica, que en el caso del diésel es la Algarada del Diésel (como magistralmente la definió Beamspot): el plan de que el necesario abandono del vehículo privado de diésel lo paguemos todos, aunque solo lo disfruten algunos.

Éste es el planteamiento que se está haciendo, es lo que se ha hecho hasta ahora y es lo que previsiblemente se va a seguir haciendo: se difunde la razón aducida para ocultar la razón real y así imponer una solución asimétrica. La ocultación de la razón real (que en todos los casos es la escasez de recursos originada por el peak oil) es fundamental, porque si discutiéramos las causas reales de los problemas que sufrimos veríamos que lo que se presenta como parches inconexos para problemas aislados y puntuales es en realidad una pobre respuesta al problema real, que no solo no lo aborda sino que acaba siendo una excusa para la desposesión de las clases medias, para empujarnos a la mayoría a La Gran Exclusión

Si estuviéramos discutiendo las causas reales de los problemas entenderíamos que con quitar los coches de diésel no solucionaremos nada de manera duradera, porque nos va a faltar diésel para los camiones, los barcos, las excavadoras, los tractores y las cosechadoras. Si la producción de diésel va a disminuir drásticamente será necesario racionar, y se tendrá que abandonar la Globalización, se tendrá que reducir drásticamente el comercio internacional, se tendrá que prestar una atención preferente a las necesidades locales y, en última instancia, se tendrá que abandonar un modelo económico basado en el crecimiento.

No será que no se haya repetido esto hasta la saciedad. Por ejemplo, un reciente informe encargado por la ONU a un grupo de científicos muestra que la energía barata ha llegado a su fin y que el capitalismo ya no es viable. Hay que emprender una gran transformación de nuestro sistema económico y productivo.

Hace años que sabemos eso, y no solo lo sabemos los científicos. También lo saben los grandes poderes económicos. Esos mismos que promueven la Algarada del Diésel, los impuestos a la alimentación, la limitación de los desplazamientos, y los que sin duda aprovecharán la nueva oleada recesiva para precarizar aún más el empleo y degradar aún más a la clase media. En suma: estos poderes económicos ya están, por la vía de facto, promoviendo un nuevo sistema económico y productivo, uno que pueda ser viable en un mundo en decrecimiento forzoso por la falta de recursos. Lo que pasa es que ese modelo no es justo, ni equitativo, ni probablemente sea democrático. Es otra cosa.


Siempre me han hecho gracia aquellas personas que me acusan de catastrofista y de deprimente. No, señores y señoras, deprimente es aceptar que esto es así y que no se puede hacer nada para cambiar. Deprimente es esa manida idea del "No hay alternativa". Deprimente es decir "Esto es lo que hay" y "no podemos hacer nada para cambiarlo". Deprimente es ver el curso actual y previsible de los acontecimientos como una fatalidad, una desgracia inevitable. Deprimente es ver como la vida se vuelve más precaria y no atreverse a siquiera soñar con algo mejor que esto.

Yo creo que podemos cambiar. Yo creo que, de hecho, podemos mejorar. Yo estoy convencido de que, con nuestros conocimientos y capacidad técnica, podemos dejarles un futuro espléndido a nuestros hijos y mucho más equitativo, no solo en nuestro país sino a escala global. Un futuro con una calidad de vida semejante, si no mejor, a la que disfrutamos hoy en día en Occidente. Precisamente porque tengo una formación técnica yo veo que el problema principal no es técnico, sino social. Y lo primero que hace falta cambiar es esa actitud derrotista que hace interpretar esta miseria perpetrada como el signo de los hados, como si que nosotros mismos echemos este planeta a rodar por un acantilado fuese una fatalidad.



Salu2.
AMT

viernes, 22 de marzo de 2019

Carta a quienes la puedan leer



Queridos hijos míos:

Os digo "hijos" porque por mi edad bien podríais serlo, aunque mis hijos biológicos sean más jóvenes (tardé en formar una familia, como suele pasarle a tantas personas que se dedican a la ciencia). Sois la gente joven, los que tenéis veintipocos años o menos, que ahora estáis saliendo a manifestaros a exigir que se adopten soluciones a la crisis climática que vosotros no comenzasteis pero que sin duda vais a sufrir con toda su intensidad. Sois los hombres y las mujeres, los chicos y las chicas, que cada viernes os declaráis en huelga en vuestros estudios y salís a la calle a reclamar lo que es de sentido común, lo que es vuestro derecho.

Para los que somos más viejos, de generaciones anteriores a la vuestra, sois nuestra última esperanza de construir un mundo mejor y más justo. Pero como somos más viejos y hemos visto pasar ya muchas cosas, no podemos evitar sentir temor. Por vosotros y por nosotros.

No quisiera ponerme demasiado paternalista y presuntuoso, diciéndoos que solo veis una parte del problema; que el cambio climático, siendo como es grave, no es más que uno de los múltiples problemas ambientales que tenemos; que los problemas ambientales, siendo como son gravísimos, no son más que una parte de los problemas de sostenibilidad a los que se enfrenta la Humanidad. No creo que sea necesario: lo que no conozcáis, ya lo conoceréis; y trataros con la arrogante suficiencia de la gente más experimentada no es la mejor manera de apoyaros, cuando lo que todos deseamos es que triunféis donde nosotros fracasamos.

Sin embargo, os ruego que entendáis nuestros miedos, nuestros temores, igual que el padre teme que el hijo cometa los mismos errores que cometió él.

Cuando yo nací, el Mayo del 68 estaba en sus postrimerías. En los años 60 del siglo pasado, la creciente concienciación estudiantil explotó en un movimiento que fue casi una revuelta, en contra del orden establecido. En contra de los abusos de poder, de los privilegios de clase, de las guerras encubiertas por intereses inconfesables. Este movimiento sacudió en mayor o menor medida todo el mundo occidental, pero fue especialmente intenso en Francia. "Seamos realistas: pidamos lo imposible", decían. Los jóvenes de entonces querían cambiar el mundo, porque se daban cuenta de que el mundo se dirigía hacia un lugar al que no querían ir.

El movimiento se mantuvo con cierta fuerza unos pocos años, mientras los poderes políticos alternaban la represión con la incorporación de algunas reformas - mínimas - buscando hacerse más aceptables. Pero en 1973 comenzó una grave crisis económica, y las ilusiones juveniles tuvieron que ser aparcadas. El idealismo está bien, vendrían a decir, pero ahora tenemos que estar por las cosas serias. Con la actividad económica cayendo en picado y un paro rampante las sociedades occidentales tenían otras necesidades más graves a las que atender. Y con las dificultades que experimentaba el ciudadano de a pie nadie osó continuar cuestionando al poder. Eso tendría que quedar para mejor ocasión. Y así se silenció el grito de una generación. Los años 70 y principios de los 80 fueron años de mucho retroceso en lo social, del "No hay alternativa" a las medidas neoliberales. El sueño del 68 murió.

Años más tarde, cuando yo era un poco más mayor de lo que vosotros sois ahora, hubo un nuevo movimiento, de nuevo fundamentalmente estudiantil, de reacción contra el estado de cosas el mundo. Es el surgimiento de los movimientos antiglobalización de finales del siglo pasado. En aquella época era ya evidente que la globalización de la economía, vendida por los medios de comunicación como el mayor bien deseable, estaba exacerbando las injusticias y la destrucción de la Naturaleza. "Otro mundo es posible", decían los manifestantes. En esa ocasión no hubo negociación, solo represión. Pero aquellos jóvenes de entonces no se arredraron y siguieron manifestándose. Hasta que estalló la burbuja especulativa asociada a las nuevas tecnologías, entonces en plena expansión, lo que se llamó la "burbuja punto com", y empezó una nueva crisis económica. De nuevo, no era momento para perder el tiempo con idealismos. Acto seguido se cometieron los atentados de las Torres Gemelas en Nueva York y con una nueva legislación antiterrorista global las manifestaciones al estilo de los años precedentes se volvieron imposibles. Una vez más, el sueño de una generación de construir un mundo mejor fue enterrado por el pragmatismo de la crisis económica, con el añadido una vez más de un fuerte retroceso de las libertades individuales en aras de la lucha contra el terrorismo.

Desde entonces, ha habido algunos intentos esporádicos de recuperar el espíritu altermundista, como fueron el 15M en España o Occupy Wall Street en EE.UU. A diferencia de los casos anteriores, estos movimientos de protesta no se acabaron por una crisis económica sino que comenzaron precisamente a raíz de una de ellas, la Gran Recesión de 2008. Y más que como búsqueda de una justicia global para todo  el planeta, surgen como una reacción más local y más egoísta, simplemente denunciando el empobrecimiento de las clases medias. Por eso mismo, en este caso no servían las llamadas al pragmatismo con las que se desactivaron los movimientos de finales de los 60 y 90 del siglo pasado; y solo se ha podido desactivar estos movimientos con la (pequeña) mejora económica de los últimos años.

Y así llegamos aquí. Y así llegamos a vosotros.

Vosotros, que estás viendo que el clima del planeta está cada vez más desestabilizado, mientras que los poderes públicos hablan mucho y pretenden hacer creer que están haciendo algo cuando en realidad no hacen nada. Y una vez más surge un movimiento de reacción, de protesta, que busca cambiar las cosas, que de una vez se haga lo que es debido.

Y yo, y tantos otros como yo, miramos atrás al camino, y nos inunda el temor de que, una vez más, con los argumentos de siempre, se pueda desarticular vuestro movimiento, tan necesario como lo fueron todos los anteriores.



En toda esta historia que os acabo de explicar, hay una clave a la vista y otra que se intenta ocultar. 

La clave a la vista es que los anhelos de cambio y de reforma son siempre ahogados por la irrupción de una grave crisis económica, que obliga al mal llamado "pragmatismo" de aceptar auténticas barbaridades para poder salir adelante, para evitar caer en la miseria.

La clave que se intenta ocultar, o como mínimo maquillar, es que detrás de estas crisis hay siempre el mismo problema: el petróleo.

El petróleo es un recurso finito y del cual depende críticamente nuestra economía, pero, contrariamente a lo que se suele hacer pensar, los problemas con el petróleo no comienzan el día en que se agota por completo. Y es que el petróleo no se produce siempre a la misma velocidad. A medida que vamos extrayendo más y más, lo que queda es más residual y es más difícil de extraer. Por eso, en cualquier país hay un momento en el que se llega al máximo de extracción, o peak oil, y a partir de ese momento la producción de petróleo empieza a caer. Lo cual es un problema grave para ese país, porque tiene que aprender a pasar con cada vez menos petróleo: sus ingresos disminuyen, sus finanzas se resienten y eventualmente entra en crisis.

En 1972 los EE.UU. llegaron a su peak oil. Un año más tarde se desencadenó una crisis global.

En 2001, varios productores importantes llegaron a su peak oil. La producción de petróleo del mundo, que había crecido con fuerza desde 1980, empezó a frenarse, y se produjo una crisis global.

A finales de 2005 o principios de 2006, la producción mundial de petróleo crudo convencional llegó a su máximo. Dos años más tarde, comenzó la mayor crisis económica en décadas. 

Análisis más detallados, como los que ha hecho el profesor James Hamilton de la Universidad de California San Diego, muestran que el petróleo ha estado siempre detrás de las grandes crisis económicas de los últimos cincuenta años.

La última de estas crisis, La Gran Recesión, fue tan profunda que hizo tambalearse el actual sistema económico, hasta el punto de que el propio presidente francés de entonces, Nicolas Sarkozy, llegó a plantear la necesidad de refundar el capitalismo. El caso es que, tras la caída de consumo de petróleo que supuso el inicio de La Gran Recesión, hacia 2011 el consumo se estaba recuperando... pero la producción no. Así que en EE.UU. se sacaron de la manga el petróleo de fracking: un petróleo de baja calidad, demasiado ligero y tan caro de explotar que las empresas que se dedican a ello han perdido dinero desde el principio, apalancándose en cantidades monstruosas de crédito. Un esquema tan absurdo que amenaza con derrumbarse en cualquier momento.

Para acabarlo de agravar, el petróleo crudo convencional sigue bajando su producción poco a poco, y los hidrocarburos líquidos no convencionales que se han añadido para compensarlo son de tan baja calidad que en su conjunto no son buenos para destilar diésel... y eso está haciendo que la producción de diésel haya comenzado a caer

El diésel es la sangre del sistema, lo que mueve todo el transporte de mercancías. Si la producción de diésel disminuye, el sistema amenaza con derrumbarse. Y esto no es un detalle menor. No es algo que se pueda resolver de manera sencilla.

Con energías renovables, pensaréis quizá, como se dice y se repite en los medios de comunicación. Pues quizá sí o quizá no. Las energías renovables tienen muchas limitaciones, y no bastan para substituir de manera sencilla a los combustibles fósiles. No es evidente que podamos producir la misma cantidad de energía con fuentes renovables como lo hacemos ahora con no renovables, y en todo caso hacer la transición requeriría comenzar desde ya un esfuerzo semejante al de una guerra y durante al menos 30 años.

Por tanto, se tienen que hacer cambios mucho más profundos que lo que se habla. No tenemos alternativas sencillas por delante. No se puede mantener un sistema económico y social como el actual basándose en renovables y coches eléctricos. De hecho, no se puede generalizar el modelo del coche eléctrico. Nada es tan sencillo como se cuenta, y los cambios deberían ser muy profundos, no meramente cosméticos.

Ése es el reto que tenemos por delante. Ése es el reto que tenéis por delante. Y éstas son las dificultades.

Estamos a punto de entrar en otra grave recesión económica, en la que el petróleo y el diésel van a desempeñar un papel central. No podéis dejar que os desactiven con el argumento habitual, el del pragmatismo, ése que dice: "primero resolveremos la crisis económica, después ya vendrá lo demás", porque la crisis económica a partir de ahora será la situación habitual: el capitalismo se dirige a su fase final, porque los recursos empiezan a fallar y no le permiten seguir creciendo. Así que la crisis económica será en breve algo recurrente, continuo, instalado. Pero la crisis ambiental tampoco va a parar, aún menos la de los recursos, ni todas las otras crisis de sostenibilidad. No podemos esperar más, no valen excusas. Y si el sistema no funciona, tendremos que cambiar el sistema.

No os dejéis engañar con los parches que se cacarean desde los medios. Demonizar el coche de diésel solo sirve para ganar unos pocos años, sin resolver el problema real. El modelo de paso al coche eléctrico puede estar pensando para favorecer a los ricos y empobrecer aún más a los pobres. Y algo parecido pasa con determinados modelos de explotación de energías renovables. No hay una evolución simple desde donde estamos hacia donde deberíamos estar. Ir añadiendo sistemas renovables, con la idea de que algo vamos avanzando, no es necesariamente avanzar en la buena dirección. Hay que estudiar bien el problema y hacer propuestas meditadas, pues el problema es complejo. Quien os proponga soluciones simples, tenedlo por seguro, os está intentando engañar. Porque ése es nuestro gran temor: que os intentarán engañar. Os intentarán manipular. Intentarán que defendáis modelos simples que parecen funcionar (que os han hecho creer que funcionan) pero que en realidad perjudican a los más y benefician a los menos. 

Y si descubrís la trampa y reaccionáis ante eso, si sois capaces de proponer soluciones que vayan a la verdadera raíz de los problemas, os atacarán con furia. Es lo mismo que pasó en 1968. Es lo mismo que pasó en 1997. Pero vosotros no sois los mismos que entonces fallamos. Confiamos en vosotros.

Os deseo mucha suerte y mucho coraje.

Mis afectuosos respetos.

Antonio Turiel
Marzo de 2019

miércoles, 10 de octubre de 2018

Esperando el golpe

@ Kaija Straumanis: http://www.flickr.com/photos/23558082@N03/


Queridos lectores:

Si siguen Vds. la prensa económica convencional, habrán notado que en las últimas semanas se ha estado hablando cada vez más de la próxima crisis económica, anunciándonos que cada vez está más cerca, aunque con una notable disparidad de opiniones acerca del momento concreto en el que cada analista cree que tendrá lugar. No les pondré referencias a publicaciones españolas porque mi política es no enlazar a la prensa española (por razones en su momento comentadas), pero seguro que no les costará nada encontrar tales referencias. 

En los análisis más simples, la evocación de una nueva recesión viene motivada por la efemérides de la Gran Recesión de 2008: simplemente, como pasó en el pasado, debería volver a pasar en el futuro. "Y ahora no me digan que no se les avisó", vendría a ser su divisa. Son razonamientos por analogía, sin mucho fundamento teórico, que buscan más bien dar una coartada a los analistas económicos que las escriben delante de la más que posible acusación de que no tienen ni idea de cómo funciona el sistema económico. Este tipo de artículos son recurrentes en la prensa, y salen por tandas varias veces al año: al fin y al cabo, lo más seguro es "denunciar" que hay una crisis esperándonos en algún punto del horizonte porque, más pronto o más tarde, tal crisis efectivamente va a llegar, y por tanto ésta es una predicción sin riesgo. Se puede considerar a este tipo de artículos como el "ruido de fondo": ese rumor que siempre está ahí, que tiene algún fundamento pero que en todo caso no permite anticipar absolutamente nada precisamente porque siempre está ahí y es siempre igual.

En los últimos meses, sin embargo, han aparecido otros artículos, en los que se realizan análisis más profundos y que realmente sí que aportan una señal diferente a la del ruido del fondo. Por ejemplo, éste sobre el análisis que hace JP Morgan, quien ve aparecer una grave crisis hacia 2020 de acuerdo con sus modelos numéricos. Otros analistas, sin necesidad de tanta sofisticación matemática, son capaces de ver venir la crisis debido a las múltiples debilidades financieras estructurales. Este tipo de noticias se diferencian de las anteriores en que hace tiempo ya que ubican la crisis en un marco temporal bien definido, el año 2020 - dato que coincide con alguna estimación que más de una vez ha dado Juan Carlos Barba - y lo hacen sobre la base de indicadores que van revisando a medida que pasa el tiempo y que consistentemente apuntan hacia la misma fecha. A pesar de que estos estudios tienen un contenido y significatividad muy superior a los que forman el ruido de fondo, resultan difíciles de percibir precisamente por la presencia de este último, y así la opinión pública suele ser escasamente consciente de su existencia. Peor aún, hay personas que son conscientes que la situación actual deberá acabar de manera abrupta y en la búsqueda de información no es capaz de distinguir la señal del ruido - entre otras cosas, porque los medios de comunicación no lo hacen nada fácil -  y pueden llevarse una falsa impresión de que la próxima crisis se anuncia continuamente pero nunca llega, cuando en realidad los indicadores más fiables siempre han apuntado a la misma fecha. Lo que lleva al riesgo de que acabe pasando como Pedro y el lobo.

Tanto el ruido de fondo como las verdaderas señales de la nueva crisis forman lo que podríamos denominar el paisaje estándar en lo que a este tema (la futura crisis económica) se refiere. Es lo que uno se espera encontrar en el canal informativo en cualquier momento, y que en el fondo es lo que siempre se ha encontrado allí. Hay, sin embargo, otro tipo de señal mucho menos recurrente, que lleva cogiendo fuerza en los últimos años y que se ha intensificado ligeramente durante este último año. Son los estudios, mucho más detallados y profundos, que apuntan a que el modelo capitalista, tal y como lo entendemos hoy en día, tiene los días contados. No se trata de una crisis que haya de sobrevenir este año o el que viene, o en este lustro. No se trata de un nuevo final de ciclo, más o menos traumático pero que vendrá seguido de un nuevo momento alcista. No, esos otros estudios nos informan de que estamos llegando al final de un trayecto que comenzó hace dos siglos y que ya no va a poder continuar más. Hace poco fue un informe encargado por Naciones Unidas a un grupo de científicos, que llegaron a una conclusión que hemos repetido aquí a menudo: el capitalismo ya no es viable, y cuanto más tiempo se intente mantener, peor. Este nuevo informe, este nuevo estudio, llega después de otros, también bastante recientes, también bastante impactantes. Fue la introducción de nuevos modelos numéricos que indican que un colapso puede sobrevenirnos, si mantenemos el rumbo actual. Fue la renovada advertencia de los científicos a la Humanidad, 25 años después de la primera. Son los abundantes signos de la degradación ambiental por doquiera. Son, en suma, los signos de un cambio de época. Es el fin del crecimiento. Y todas esas noticias, que los medios generalistas tratan de hacer pasar con la mayor sordina posible, es ese canto, antes rumor y mañana posiblemente fragor, que va creciendo, como una música ominosa para los estamentos económicos: "Se acaba el crecimiento, es el fin del crecimiento". Los líderes políticos y los grandes poderes económicos se niegan a aceptarlo, pero es una verdad que poco a poco se va imponiendo: se acaba el crecimiento. Por buscar ejemplos cercanos, dos tercios de los ciudadanos españoles aceptarían que se abandonase la búsqueda del crecimiento económico como un objetivo de la sociedad, y la cuestión del decrecimiento ha llegado a ser debatida en el Parlament del Catalunya (aunque ahora estemos entretenidos con otras cosas). Inclusive, hace pocos días tuvo lugar en el Parlamento Europeo una conferencia sobre "Post-crecimiento", en la que participaron destacados pensadores del decrecentismo y algunos comisarios europeos; todo un hito, a pesar de que se ha tenido que usar el eufemismo "post-crecimiento" para no asustar las delicadas sensibilidades de los políticos en la sala. Es también en esa clave de senescencia de la idea de crecimiento, de decadencia de nuestras élites, que debe ser interpretada la reciente concesión del Premio Nobel de Economía a William Nordhaus y Paul Romer, por sus contribuciones a, justamente, compatibilizar crecimiento con innovación y cambio climático. Máxime cuando especialmente Nordhaus ha minimizado el problema del cambio climático en más de una ocasión, y como siempre como algo supeditado al crecimiento económico; en su caso lo que es de destacar es que, a pesar de ser tan talibán del crecimiento haya reconocido que hay que reaccionar al cambio climático (aunque sea temperadamente).

Hay, finalmente, un cuarto tipo de noticia que nos habla de la inminente crisis pero que pasa desapercibida porque, fundamentalmente, se trata de lo que lo que se denomina un no-hecho. Es algo que, aunque pasa, se pretende que no está pasando. Hablamos, por supuesto, del tema central que se trata en este blog, de la crisis energética. A pesar de que se van acumulando los indicios de que vamos a estrellarnos muy pronto contra el muro de la dura realidad geológica, cada vez que se produce una noticia relacionada se le da una interpretación sesgada hasta el absurdo o simplemente se silencia. Como a esta información es más difícil de acceder que a las de los otros tipos, déjenme que les comente con algo más de detalle algunas noticias actuales sobre el tema.

Como hemos comentado varias veces, en este momento se está produciendo una brutal desinversión en el sector de la explotación del petróleo y resto de hidrocarburos líquidos. Este fenómeno lleva varios años de recorrido (lo comentamos en este blog a principios de 2016), pero recientemente la cosa ha tomado ya tintes dramáticos: en este momento, Norteamérica invierte más que el resto del mundo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos.
Que una región que produce menos del 20% de todo el petróleo mundial invierta más del 50% del gasto global en exploración y desarrollo ha sido posibilitado por dos factores. Por un lado, porque después de una pequeña contracción en 2015 y 2016, el gasto en nueva exploración y explotación se ha disparado en los EE.UU., gracias fundamentalmente al fracking. Por el otro lado, en el resto del mundo la inversión cae consistentemente debido al hecho de que se acepta que no quedan ya nuevos yacimientos que merezca la pena explotar. Como ahora explicaré, ambos factores son terriblemente negativos.

Con respecto al primero, el auge del fracking no es, en absoluto, una buena noticia, y no hablo aquí en términos medioambientales (para los que también es negativo) sino financieros.. No es ninguna novedad decir que el fracking es un negocio ruinoso: yo ya lo explicaba en este blog allá por el 2013. Las compañías que se dedican al fracking no solo no consiguen beneficios, sino que acumulan cuantiosas pérdidas que financian con más endeudamiento.

Imagen cortesía de SRSrocco report, https://srsroccoreport.com/

Se trata, obviamente, de un burbuja especulativa que en cualquier momento puede explotar, pero también es algo más que una burbuja. Si no fuera por el fracking, la producción de todos los líquidos del petróleo del mundo estaría ya estancada o incluso en declive. Así que lo que EE.UU. ha hecho es subsidiar al resto del mundo el mantenimiento de nuestro estilo de vida pródigo en gasto energético. ¿Y hasta cuándo durará esta burbuja? Durante el año 2016 se observó un descenso de la producción de petróleo de fracking en los EE.UU., signo de que los productores tiraban la toalla y no querían perder más dinero. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la implantación de numerosas medidas fiscales favorecedoras, la producción repuntó durante 2017 y lo que llevamos de 2018. Sin embargo, si miramos la evolución reciente de las gráficas de producción de las principales cuencas del fracking estadounidense (ver el último Drill Productivity Report del Departamento de Energía de los EE.UU.) observamos una tendencia al estancamiento en todas ellas, incluso en Permian. Durante el último mes, la producción aún ha crecido un poco, pero cada vez lo hace a menor ritmo.




Las gráficas también muestran de manera aproximada las tres fases que ha experimentado la burbuja del fracking

La primera fase fue entre 2009 y 2011, y se podría denominar la fase de tentativa. Básicamente, se tenía que intentar ver si el recurso era rentable, porque era ya la última posibilidad factible. Esta fase se caracteriza por un ascenso suave de la producción. Al final de esta fase se ve que no hay manera de hacer rentable el fracking a gran escala, pues ni siquiera con precios por encima de los 100$/barril sale rentable salvo en unas pocas localizaciones más productivas y en todo caso poco duraderas.

La segunda fase, de 2011 a 2016, es la fase de burbuja especulativa. Al principio de esta fase el precio del petróleo sube por encima de los 100$ y los grandes brokers de Wall Street consiguen convencer a muchos inversores que a esos precios todo el fracking es rentable, cuando en realidad solo lo es en determinados y escaso sitios. Esta fase se caracterizar por el fácil acceso al crédito, crecimiento exponencial de la producción y del endeudamiento de las compañías. Hacia 2014 se constata (como ya comentamos en "La ilógica financiera") que ni a 100$/barril el fracking era rentable y que las compañías petroleras de todo el mundo (no solo las dedicadas al fracking: todas) estaban perdiendo mucho dinero porque los yacimientos que quedan por explotar no son rentables a precios que la sociedad se pueda permitir. Aquí comienza una fase de contracción de la inversión global en exploración y desarrollo de nuevas explotaciones de hidrocarburos (46% menos a escala global entre 2015 y 2017), que también se da en EE.UU.: la producción de fracking cae un 10% y todo apunta a que esta burbuja se está desinflando.

La tercera fase, que comienza en 2017 y dura hasta ahora, se podría denominar la fase política o de ultima ratio. No hay duda de que el fracking no es rentable ni de que no lo será jamás, pero no se puede permitir que la producción de petróleo mundial comience ya su declive terminal, así que por razones políticas se re-impulsa la burbuja del fracking. Esta tercera fase está probablemente llegando al final debido al hecho de que los yacimientos de fracking no duran mucho tiempo y que cada vez cuesta más compensar la caída de los yacimientos actualmente en producción, como muestran las siguientes gráficas sobre la evolución de la producción de pozos preexistentes en las mismas tres cuencas indicadas arriba.




Se da la circunstancia de que el declive de los pozos en Permian es más acelerado que en las otras cuencas, como es bien conocido en el sector. Esto va a provocar que la caída del fracking será más acelerada de lo que muchos prevén, ya que Permian es y ha sido la más productiva de las cuencas asociadas a este tipo de explotación.

El final de la tercera fase del fracking va a ser doblemente negativo. Por un lado, por el descenso de la producción de petróleo, lo que va a implicar una grave crisis económica por el nuevo giro en la espiral del declive energético. Y por el otro, por la crisis financiera que va a desencadenar directamente: los inversores que han apostado fuerte al fracking están esperando a que un repunte de precios haga rentables sus inversiones y recuperen las pérdidas acumuladas, pero cuando se vea que la producción declina irremisiblemente comprenderán que no hay la más mínima esperanza de que recuperen su dinero y se desatará el pánico financiero.

Habrá más de un experto despistado que piense que la solución podría venir de fuera de los EE.UU., en esos inmensos campos de petróleo que algunos dicen que aún están por explotar. Sería mejor que se lo piensen dos veces, porque las señales que llegan del sector muestran claramente lo contrario. Circunscribiéndonos al caso de España, son bastante significativas las recientes declaraciones de Antonio Brufau, presidente de la petrolera REPSOL, en las cuales reconoce que no resulta rentable invertir en nuevas explotaciones porque cuesta mucho recuperar la inversión. De hecho, anuncia que REPSOL va a ir abandonando el negocio del petróleo, lo cual va en la línea de su reciente adquisición de centrales hidroeléctricas y su nuevo negocio como operadora eléctrica (en la misma línea que Gas Natural, ahora reconvertido en Naturgy). Según Brufau, lo que pasa es que la demanda de petróleo va a caer en los próximos años gracias a la irrupción del coche eléctrico. Lo cual es absurdo, porque ahora mismo no se ve tal irrupción y de hecho lo que sí que hay es un repunte en la demanda de petróleo que está empujando los precios hacia arriba. Aparte está el hecho de que un tipo bien informado como Brufau debe saber perfectamente que el coche eléctrico no es una opción viable a gran escala. En todo caso, la mención al fetiche del momento, el coche eléctrico, le sirve para justificar su proceso de desinversión y evitar, por el momento, el pánico financiero mientras va anunciando qué van a hacer los próximos años.

No solo es España: ayer mismo el economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, alertaba que el precio del petróleo está entrando en la zona de peligro, y que el problema viene, precisamente, de la falta de inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos a escala global. En un desesperado intento por revertir la situación, Birol llama a la OPEP a "abrir los grifos" para bajar el precio del petróleo, y les avisa de que si permiten que el precio escale a la larga les perjudicará también a ellos, porque los altos precios del crudo desencadenarán una crisis económica, y la crisis hará bajar el consumo y por tanto los precios del crudo y al final la OPEP también recibirá lo suyo. En esencia, Birol parece que por fin ha descubierto la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Claro que si Birol hubiera leído las declaraciones de Brufau que enlazaba más arriba sabría que probablemente Arabia Saudita ya no tiene capacidad ociosa: la OPEP probablemente ya no puede abrir más los grifos porque los tienen abiertos del todo.


Por resumir, tanto el ruido de fondo, como las noticias más analíticas, como los estudios más detallados sobre el capitalismo y como el análisis de la situación actual de la crisis energética nos indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis. Para unos, esto solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Para otros, los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada. Así que, ahora mismo, estamos ahí quietos, plantados, esperando a que nos llegue el siguiente golpe.



Salu2.
AMT