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Queridos lectores,
Un compañero de mi laboratorio realiza de tanto en tanto campañas oceanográficas en la Antártida. Hace un par de años tuvo la ocasión de coincidir con sus antiguos camaradas en un entorno que había visitado más de 20 años atrás. Al volver me contó muchas anécdotas de su viaje, de cómo había visto su viejo buque de investigación oceanográfica, los colegas que aún embarcan allí... Después se quedó pensativo y me dijo: "Sabes, lo peor no es que cada vez haya más mar libre. Hace 20 años los icebergs eran blancos; ahora son azules". Yo dije: "Ya", y los dos callamos. El color del hielo está relacionado con la cantidad de aire que está atrapado en su interior; a medida que el hielo queda atrapado a más profundidad y está más apretado, el aire escapa y el hielo se vuelve cada vez más azul. Esos icebergs que había visto mi colega eran de hielo viejo, posiblemente muy viejo, hielo que no había visto la luz del sol desde hacía mucho tiempo, siglos quizá. Trabajando donde trabajo me resulta muy chocante oír el porfiado griterío del negacionismo del cambio climático, ya que día sí y día también mis compañeros me explican anécdotas de sus campañas de trabajo o las de sus colegas próximos, con una cobertura prácticamente global: que si los caltratos de los fondos marinos se están evaporando en ciertos lugares, que si las especies de peces e insectos tropicales se están desplazando hacia latitudes más altas, que si en ciertas especies de peces en las que la temperatura determina el sexo se observa una desproporción de hembras, que si las temperaturas observadas en el Polo Norte y Groenlandia superan en 8ºC de manera consistente la media del siglo XX, que si la mayoría de los glaciares de Groenlandia están acelerando su débito de hielo al tiempo que el frente del glaciar retrocede, que si la capa de hielo del Ártico es cada vez más fina, que si comienza a haber tierra no cubierta de hielo en la Antártida durante el verano austral... Y eso sin contar con efectos más sutiles como el aumento de evaporación y su posiblemente correlado aumento de eventos extremos (precipitaciones más intensas en ciertos lugares y, paradójicamente, sequías más pronunciadas en otros, según los caprichos de la circulación general de la atmósfera). Si hay algo evidente es que se está produciendo un cambio del clima rápido y a gran escala, de una amplitud mayor de lo que los registros del último millón de años nos muestran (quitando las glaciaciones, que son de sentido contrario) y -por más que neciamente insistan en ello los negacionistas- decorrelado de los ciclos de actividad solar.
Comenta Ugo Bardi que ciertos efectos indeseados de la actividad industrial dejan un pesado lastre a la sociedad, en forma de contaminación -entendida ésta en un sentido amplio, como ahora explicaré. Ese lastre es al principio ligero, irrelevante, y la sociedad puede fácilmente hacerle frente, la mayoría de las veces simplemente ignorándolo. Sin embargo, su efecto es generalmente acumulativo, con lo que su presencia acaba siendo generalizada y al final la sociedad ha de ir destinando recursos crecientes simplemente para mantenerlo a raya. Para el momento en que la sociedad entra en una fase de declive energético causada por la llegada del Peak Oil y del Peak Everything (la Gran Escasez) la contención de los efectos de esa contaminación es una necesidad literalmente vital, pero en ese momento la escasez de recursos pone a la sociedad delante de un cruel dilema: o destina recursos a remediar -más bien, paliar- el desastre anterior y entonces disminuye aún más su capacidad productiva, o bien ignora el problema de la contaminación como ha hecho siempre y entonces éste, de proporciones ya gigantescas, se cobra su peaje de vidas humanas e infraestructuras destruidas. En cualquiera de los dos casos, el resultado es un declive de la sociedad más abrupto de lo que se habría anticipado por el propio declive que predicen los modelos de agotamiento de recursos. Es lo que Bardi denomina Efecto Séneca. La consecuencia más inmediata del efecto Séneca es que el colapso de la sociedad es mucho más probable de lo que uno podría anticipar, sobre teniendo en cuenta que el discurso implícito de nuestra sociedad es que las cuestiones medioambientales son secundarias. Aquí es conveniente hacer una aclaración: es verdad que nuestros líderes se llenan la boca con la necesidad de respetar el medio ambiente, la bandera de lo cual es actualmente la lucha contra el cambio climático; del mismo modo, nuestros medios de comunicación repiten también machaconamente que tenemos que proteger el medio ambiente y promueven campañas de concienciación, basadas en pequeños gestos en pro del medio ambiente. Lo cual está muy bien, pero es largamente insuficiente para lo que se tendría que hacer. Sin embargo, cuando se llega al momento de ponerse serios, cuando se deberían de tomar las medidas drásticas y decidir, por ejemplo, reducir drásticamente el volumen de emisiones de CO2, entonces los discursos se llenan de frases huecas y al final no se hace nada. ¿Por qué? Ya se explicó en el post anterior: por cortoplacismo, por temor a comprometer el crecimiento económico que es el sanctasanctórum de la agenda política. Por eso la cumbre de Durban será un nuevo fracaso. A una escala más doméstica, cuando hablas con empresarios, incluso con gente de la calle, a veces llegan a verbalizar explícitamente lo que es un sentir de gran parte de la población: "Sí, está muy bien eso de tener pajaritos y florecitas, el medio ambiente y todo eso, pero lo primero es tener para comer, ¿sabes?, y la economía es la base de todo". El sentir popular es que la preservación del medio ambiente no es una lucha tan vital, del mismo modo que tampoco se percibe la urgencia de superar nuestra dependencia de los recursos no renovables, y en buena parte eso pasa por el mismo motivo: porque no tiene un reflejo inmediato, aquí y ahora, en nuestras condiciones de vida. Nuestra estrategia animal como especie y como individuo nos lleva a fijarnos en los peligros concretos y actuales, esperando para reaccionar a los peligros futuros a que se hagan presentes, sin intentar entender que para cuando llamen a nuestra puerta su magnitud nos desbordará y engullirá. ¿Quiere esto decir que no hay salvación, que el cortoplacismo es un determinante de nuestra conducta y que es imposible que actuemos de otra manera? No. Nuestro cortoplacismo es un resultado lógico de nuestra psique animal, de nuestro comportamiento instintivo; sin embargo, somos seres racionales y como tales podemos superar nuestros impulsos irracionales y sentar las bases para hacer las cosas correctamente. Lo que hace falta es conocer los hechos y afrontarlos serenamente y sin prejuicios. Y como la mejor manera de aprender es por la virtud del ejemplo, expondré seguidamente algunos ejemplos de los costes naturales diferidos que se pueden volver irremontables en la época de escasez y que demandan nuestra atención preferente ya.
- La gestión de los recursos nucleares, particularmente los de alta actividad. Lo comentamos al inicio de este blog, y también hemos hablado de ello el pasado miércoles en la radio. Como ya ha dejado claro tras la tragedia de Fukushima, las centrales nucleares albergan las barras de combustible usado típicamente en piscinas sometidas a refrigeración o bombeo constante mientras éstas van progresivamente enfriándose y esperando a que puedan ser manipuladas. Como el proceso que tiene lugar no es químico sino nuclear, nuestra experiencia del día a día no vale; las cantidades de energía implicadas son enormes y su latencia inverosímil: hacen falta típicamente unos cinco años para que esas barras gastadas puedan comenzar a ser manipuladas, tal es el calor y la radiación que desprenden. Pero eso no quiere decir que ya estén frías: aún deberán de refrigerarse durante varias décadas más, típicamente unos 60 años, antes de poder confinarse en una contención sólida definitiva y sin refrigeración. Está claro que un almacén de residuos de estas características es una instalación que tiene un considerable consumo energético y que requiere una monitorización constante y especializada. Dada la situación de degradación económica que estamos viviendo, y el inevitable descenso energético que se irá acentuando cada vez más, es legítimo poner en duda que se pueda mantener estas instalaciones no productivas operativas por demasiado tiempo. Recuerden que sólo en petróleo en los próximos 10 años se tienen que poner en producción 4 Arabias Sauditas, unos 36 Mb/d, que el gas estará próximo a su cenit, que el carbón posiblemente ya lo habrá superado y que el uranio probablemente también. Y eso a 10 años vista; ¿qué no habrá pasado no ya dentro de los 60 años de "enfriamiento" nuclear, sino de 30? A otro nivel de requerimiento energético están los almacenes permanentes de residuos de media y baja actividad, y los residuos de alta actividad cuando ya no estén tan calientes. ¿Cómo se podrá garantizar su perfecta contención durante los muchos siglos que se tiene que esperar antes de que dejen de ser peligrosos? ¿Quién se encargará de cambiar los bidones cuando sea necesario por el paso del tiempo y la corrosión, en parte generada por los propios residuos? Resulta evidente que en algún punto las actividades relacionadas con la gestión de los residuos cesarán, y éstos serán abandonados a su suerte. A partir de ahí comenzará un proceso, lento en el caso de los residuos fríos, bastante más rápido en el caso de los calientes, de dispersión y contaminación; los residuos llegarán al acuífero y a áreas de tierra circundantes, contaminándolas. Ello no significa que la vida cese por completo en esas zonas (el nivel de radiación no será tan alto como para esterilizarlas) pero sí que la vida será más corta en general y amenazada por tumores e intoxicaciones. El alcance de esta contaminación dependerá del tipo de residuos y cómo colapse la instalación de contención, pero fácilmente el área severamente comprometida será de varios kilómetros a la redonda. En este sentido, es probable que muchas centrales nucleares actualmente en uso acaben por ser abandonadas a su suerte tras dejar de ser operativas, con lo que también se las ha de contar como posibles almacenes fallidos y contaminantes. Mención especial merecen aquí las centrales gravemente afectadas por un accidente nuclear, como la de Chernóbil en Ucrania (donde se está construyendo actualmente un segundo sarcófago de contención, habiendo fallado estructuralmente ya el anterior) o los tres reactores colapsados de la central de Fukushima en Japón. Las tareas de contención de estos reactores fallidos parecen ser muy intensivas en medios -en el caso de Chernóbil, dos grandes estructuras de hormigón en 25 años, más todas las tareas de descontaminación y vigilancia adicionales-, y en este caso su no contención implica una contaminación de las más nocivas en el área circundante. También conviene destacar que la propia gestión de las armas nucleares (esos miles de cabezas atómicas que están repartidas por el ancho globo) puede presentar problemas importantes en caso de un grave colapso societario; yo anticipo que un escenario probable - a décadas vista, eso sí- sería el desmantelamiento de los misiles para aprovechar el combustible propulsor y el almacenamiento de las cabezas en algún almacén militar; pero poco a poco el coste de ir reemplazando las contenciones puede ser muy prohibitivo. En todos los casos, además, se tendrá que contar con personal y equipamiento especializados, cada vez más caros de conseguir en un entorno de declive energético y económico. En suma, los costes crecientes de todas estas instalaciones permiten aventurar que su abandono al menos parcial es prácticamente inevitable, con lo que extensas áreas productivas de muchos países quedarán finalmente arrasadas, haciendo el declive más rápido de lo previsto.
- La gestión del agua: Los problemas de contaminación ambiental son bastante graves, y todos requieren sistemas de monitorización y paliación para evitar tener un impacto no sólo social, sino económico, en nuestra sociedad. Destaca en particular el tratamiento del agua, ya que es el agua es un vehículo para la dispersión de sustancias a gran escala y un perfecto vector para su entrada directa o indirecta en el organismo de las personas. Nuestros sistemas de potabilización de agua para el consumo humano y para el riego de vegetales requiere grandes cantidades de energía, en parte porque fruto de nuestra actividad industrial nuestros ríos están más contaminados y se tiene que realizar una especial vigilancia y tratamiento para eliminar sustancias tóxicas antes de que lleguen a cualquier punto de la cadena trófica, y no sólo al agua de beber. Problemas recurrentes de contaminación del agua son la presencia de arsénico por sobreexplotación de acuíferos, de metales pesados como el cadmio, cinc, plomo y mercurio por la actividad industrial, de purines por la actividad ganadera, de dioxinas de diversa procedencia, y la ya de por sí natural de bacterias y otras sustancias. Tratar el agua antes y después del consumo es hoy en día una tarea compleja que requiere instalaciones especializadas, intensivas en capital, en reactivos químicos y, cómo no, en energía. Ya en la situación actual de estrechez económica hay una cierta tendencia al descuido de una parte de este tratamiento de aguas, típicamente el de aguas residuales, como comentamos en una ocasión anterior en el caso de España. A medida que el declive energético vaya dejando menos recursos energéticos disponibles, se exigirá mayores pagos a la población hasta que en un momento esos servicios dejarán de ser prestados a escala masiva. El no tratamiento del agua multiplicará los problemas de salud de la población, que en ocasiones serán muy graves, lo cual obligará a desviar otros recursos al tratamiento de los enfermos y disminuirá la mano de obra disponible. Debido a la concentración de problemas alrededor de las instalaciones industriales, grandes ciudades y poblaciones muy industrializadas se verán especialmente amenazadas por este problema, lo cual seguramente comportará una creciente sensación de insalubridad por vivir en esos lugares y que una parte creciente de la población los abandone, precipitando el declive de la sociedad.
- Efectos directamente asociados al cambio climático: Lo que suele pensar la gente en este capítulo es en la subida del mar, o eventualmente en fenómenos extremos (sequías prolongadas, temperaturas letales en el verano, huracanes en latitudes medias, tormentas devastadoras,...). Todo lo cual es posible pero no es necesariamente lo que más pronto pueda llevar a un "efecto Séneca". Hay, sin embargo, una miríada de otros efectos sutiles, realizables en escalas más cortas de tiempo, que pueden convertir grandes extensiones de la Tierra en poco aptas para la vida humana, al menos en la extensión actual, y de una manera bastante más prosaica. Uno de esos efectos son la subida a mayores latitudes de insectos propios de climas más tropicales. Muchos de esos insectos son vectores de enfermedades inauditas en nuestros predios, no sólo las humanas, también las animales: infinidad de virus, bacterias, hongos y parásitos diversos para los que la aglomeración de hombres y bestias de la que somos tan pródigos puede ser el equivalente a acercar la paja a la llama. Algunas de estas plagas no tienen porqué afectar a hombres y ganado, sino a sus pastos: al haber reducido la diversidad genética de nuestros sembrados la hemos hecho más vulnerable a agentes que no son habituales por aquí, pero que podrían comenzar a serlo. ¿Creen que exagero? ¿Han oído hablar del hongo que está destrozando los cultivos de trigo en África y que avanza poco a poco hacia el norte? ¿Y de la emergencia de nuevos insectos resistentes a las cepas de maíz insecticidas de Monsanto? Otro de esos efectos sutiles es algunas alteraciones climáticas regionales nada espectaculares pero determinantes para la viabilidad agrícola de ciertos territorios. Por ejemplo en Europa, la constatada disminución del caudal de la Corriente del Golfo que transcurre por el Atlántico Norte evidencia que este flujo de agua caliente podría acabar por detenerse. Si eso acaba sucediendo Europa se volvería más seca y más fría, con lo que la agricultura europea vería reducir sensiblemente su rendimiento. Y, como digo, éstos son sólo un par de la miríada de efectos nocivos que van a complicar nuestra existencia en las próximas décadas y contra los cuales no podremos oponer la potencia magnífica que nos proporcionaron los combustibles fósiles.
- Erosión del suelo y pérdida de suelo cultivable: El modelo de agricultura extensiva que se ha practicado durante años nos ha llevado en muchos aspectos a un callejón sin salida. Algunos estudios apuntan a que la agricultura industrial que practicamos acaba a la larga rindiendo menos que cultivos con técnicas más tradicionales (un reciente estudio de Naciones Unidas afirma que la agricultura ecológica podría rendir hasta el doble que la industrial). De hecho uno de los graves problemas de la agricultura industrial es el abuso de fertilizantes y del laboreo de la tierra. El fertilizante en exceso va a parar al acuífero y a los ríos, contaminando amplias zonas e incluso generando zonas muertas en el mar por culpa de la eutrofización; y el exceso de laboreo deja expuesta capas de terreno fértil que pueden ser arrastradas por el viento. La realidad es que la zona fértil de la tierra de labor tiene en la mayoría del planeta unos cuantos centímetros de espesor, y que regenerar un par de esos centímetros lleva alrededor de un siglo de depósito natural de materia orgánica, pero nosotros lo estamos erosionando y degradando mucho más deprisa. Lo normal sería evitar sobre-laborear las tierras cultivadas para no reducir su fertilidad, pero con el aporte de los fertilizantes naturales la estrategia del laboreo intensivo era muy rentable. El problema es que tras décadas de estas prácticas amplias zonas de EE.UU. y del Reino Unido tienen un suelo cultivable que es como una esponja: están desprovistos de nutrientes naturales y sólo sirven si se añaden fertilizantes artificiales. Fertilizantes los nitrogenados que se sintetizan a partir del gas natural y los fosfatos que se derivan de la roca de fosfato, la cual superó pico extractivo hace años (peak phosphorus). Sin suficientes insumos materiales y energéticos el rendimiento agrícola caerá drásticamente, especialmente en aquellas tierras que ya sin aporte extra no funcionan; y careciendo de la capacidad de mantener una población alimentada ésta se desbandará (la cuestión obviamente es a dónde). Como parece que nunca se puede evitar estar peor, resulta que también se ha abusado de los recursos hídricos en muchos entornos, siempre en pos de los rendimientos crecientes; lo cual puede traer épocas de aciago recuerdo y cuyas lecciones parecen haberse olvidado, como el Dust Bowl. No es una exageración: algunos granjeros de EE.UU. denuncian que el actual modelo de explotación podría llevar a un nuevo Dust Bowl, como si una maldición bíblica nos llevara a repetir el escenario de los años 30 del siglo pasado tanto en lo económico como en lo ambiental. Sólo que esta vez el problema se reproduciría en muchos puntos del Globo, como por ejemplo en Arabia Saudita.
- Gestión no renovable de los recursos renovables: Porque aunque pueda parecer paradójico, un recurso renovable puede agotarse si se explota de manera desmesurada (sobreexplotación). La gente percibe intuitivamente este problema cuando se trata de un bosque (si lo talamos más rápido de lo que crecen los árboles acabaremos por arrasarlo), pero es un problema generalizado: pescamos peces más rápido de lo que se reproducen (ya hemos comentado que a ritmos de pesca actual exterminaríamos todos los peces de todos los mares entre 2030 y 2050), talamos bosques para hacer nuevos cultivos, abusamos del agua de acuíferos, ríos y pantanos, etc. De hecho, es bastante difícil saber a priori si una escala concreta de explotación de un recurso será sostenible o no; por ejemplo, cuánta biomasa se puede detraer de un bosque o área, sobre todo teniendo en cuenta que procesos como la deprivación de fósforo son lentos y no son siempre evidentes. En todo caso, hay siempre un límite máximo de explotación si no queremos degradar y eventualmente destruir un recurso renovable. Pero escaseando los recursos no renovables, mientras se mantenga el Business as Usual lo natural es quemar todo lo quemable, sin importar el futuro; eso precipitará la caída, a la Séneca, puesto que la respuesta de los recursos renovables no estará a la altura de nuestras expectativas, creadas en la época dorada de los combustibles fósiles.
Nada de todo esto es nuevo. El añorado Quim ya se refería a este problema en su post "Sucedió en 1980", en el cual comentaba un artículo de la prestigiosa Proceeding of the National Academy of Sciences, que lleva por título "Tracking the ecological overshoot of the human economy", por Mathis Wackernage y sus colaboradores. La gráfica lo dice todo: desde 1980 no tenemos suficiente planeta Tierra para mantener nuestro ritmo de vida.
Se puede resumir esta historia con conceptos inteligibles para los economistas: hemos pasado de vivir de las rentas de la Tierra a vivir de su capital. Lógicamente esta situación no puede durar indefinidamente, y de alguna manera el efecto Séneca lo que refleja es la necesidad de saldar esa deuda que hemos acumulado. Porque de nuevo se trata de un problema de deuda: hemos tomando prestado del futuro para vivir mejor el presente, sin importarnos cargar las consecuencias sobre las generaciones futuras. La misma lógica de la burbuja financiera pero sobre una escala temporal mayor. Por tanto, el déficit ecológico es la versión en el mundo de los recursos del problema de la deuda, y el efecto Séneca viene a ser el defaulting sobre la deuda ecológica.
Por supuesto las cosas no tienen por qué tomar el peor curso posible, pero lo que sí que está claro y es lo que evidencia el efecto Séneca es que cuando más tardemos en ponernos manos a la obra menos recursos tendremos y más nos costará. El cortoplacismo analizado en el post anterior explica por qué estos temas no son tomados en consideración, ya que el objetivo es crecer a toda costa aún cuando despilfarremos. Otra cosa importante es que si contabilizásemos correctamente estos costes futuros se vería que preservar el medio ambiente y combatir las externalidades es, en realidad, un buen negocio, incluso desde el punto de vista financiero ya que ahorra costes futuros, los cuales no sólo serán crecientes en absoluto, sino que lo serán mucho más relativos a unos PIBs que no pueden crecer sino caer, ya que esta crisis no acabará nunca.
Salu2,
AMT