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miércoles, 17 de agosto de 2016

Gente que no quiere viajar a Cancún



Queridos lectores,

Hace unos cuantos meses (casi un año) di una charla en Madrid y después de la misma varios de los asistentes, que hace tiempo que me siguen, propusieron que fuéramos a tomar algo y así podíamos seguir charlando un rato. Yo tenía que regresar pronto a casa (me esperaba una reunión al día siguiente y quería ver a mi familia en Madrid), pero no me pude negar a pasar un momento con ellos. Nos instalamos en una terraza de un pequeño bar no muy lejos del lugar de la charla y comenzamos a hablar. 

Lo cierto es que una reunión de peakoilers es una cosa bastante deprimente vista desde fuera, y también desde dentro: había un general asentimiento de que la situación económica y social sólo podía ir a peor y una cierta resignación por la extendida incomprensión pública de los problemas que se tratan de explicar (aún hoy me encuentro por la red comentarios que resumen mi posición diciendo que yo predigo que el petróleo llegará a los 250 dólares por barril, a pesar de que desde el principio del blog de lo que hablo es de volatilidad). El diagnóstico más común de los peakoilers era que el colapso sera inevitable, así que en ese contexto yo resultaba, prácticamente, ser el más optimista.

En eso estábamos cuando se nos acercaron unas chicas bastante jóvenes y nos pidieron dinero para una conocida ONG, no recuerdo ahora cuál. La razón con la que pretendían mover nuestras consciencias era el drama de los refugiados sirios, en aquel momento en auge mediático (las escenas de barcazas abarrotadas y niños ahogadas ocupaban los telediarios en aquel entonces; ahora que los refugiados están confinados en campos de concentración la cosa es menos visible). Lo interesante del caso es que, a cambio de nuestra aportación económica, las muchachas nos ofrecían unos boletos con los que participaríamos en el sorteo de un viaje a un lugar tropical, no recuerdo si Punta Cana, Cancún o las Bahamas, tanto da. Sin ponernos de acuerdo, todos nosotros les dimos el dinero que nos pedían, más incluso de lo que correspondía por boleto (y por tanto de la aportación esperable) pero pedimos, explícitamente, que no nos dieran el boleto de marras. La estupefacción de las chicas era bien visible en sus caras, e insistían en que debíamos quedarnos con los boletos pues habíamos pagado por ellos. Nosotros insistimos en que no los queríamos, que queríamos aportar el dinero pero sin recibir nada a cambio y menos que nada un sorteo para un viaje que no deseábamos; incluso yo les propuse que se quedasen los boletos para ellas mismas si así lo deseaban. Al final, viendo que realmente no queríamos los boletos y encogiéndose los hombros por la extrañeza, cogieron nuestro dinero y se marcharon.

No puedo hablar por los otros, aunque creo que sus razones para no querer un posible viaje a Cancún no eran muy diferentes de las mías. Está, por supuesto, lo inconsciente y poco solidario con las generaciones futuras que resulta desperdiciar recursos y degradar un poco más el medio ambiente para pasar unos días en un paraíso artificial recreado para satisfacer unas expectativas alienadas de unos alienados occidentales. Además, sabiendo los retos tan importantes que nos depara el futuro, sobre los cuales no se está haciendo nada (por más que los medios a veces difundan noticias para adormecer conciencias), es bastante frívolo (y un tanto culpable) dejarse tentar por una cosa tan fútil y poco interesante como una breve escapada de la realidad. Así mismo, tal escapada sólo es posible si uno anula su capacidad crítica, pues si no verá que detrás del escenario de cartón piedra hay una realidad mucho menos edulcorada.

En el caso concreto de Cancún, la realidad que se encuentra detrás es la de México, una gran nación con un gran potencial pero también con muchos problemas sociales no resueltos en muchas décadas, con grandes desigualdades sociales y con problemas económicos crecientes. Una parte de los problemas económicos de México es debido al inevitable descenso de la producción de petróleo desde hace una década, como se muestra en el siguiente gráfico. 



Como ven, medida que la producción de petróleo del país disminuye, también lo está haciendo tanto el consumo interno como las exportaciones, lo cual no es un patrón habitual de los países productores de petróleo (generalmente el consumo sigue subiendo hasta que producción y consumo se cruzan). Esta desviación del patrón más comúnmente observado en los países productores demuestra que en México, a pesar de las deficiencias que suelen señalar sus propios nacionales, los gobernantes son bastante conscientes de lo que significa la llegada del Peak Oil y, a la chita callando, sin nunca explicar qué es lo que en realidad está pasando, están adaptando al país a la nueva realidad. Piensen que patrones de este estilo (consumo de petróleo cayendo al tiempo que su producción) son los que presentan países industrializados y más diversificados como, por ejemplo, el Reino Unido, en tanto que países completamente dependientes de las exportaciones petrolíferas y no diversificados se suelen dirigir sin dudar contra el muro de quedarse de golpe sin exportaciones (como el trágico caso de Yemen).

Un viajero de verdad debería tener interés en conocer el México real, pero en tal caso, aparte de las maravillas que guarda ese país y las buenas gentes que allí habitan, se encontraría con la dura realidad de la guerra entre los grandes narcotraficantes y el Estado, o las desapariciones masivas de personas, o el genocidio de mujeres en tantos estados mexicanos, o la sistemática violación de los derechos de los campesinos en otros. Y ver esa dura realidad de primera mano, más el transfondo de la crisis económica a la que la caída de producción de petróleo unido a la caída de precios arrastra a México, llevaría a un verdadero viajero a hacerse preguntas. Preguntas incómodas sobre cuál es el papel de otros países, y en particular el nuestro, en todos estos problemas; y se cuestionaría cosas de nuestra sociedad, cosas que todo el mundo da por sentadas y como correctas pero que, cuando se piensa un poco, se ve que no lo son. Y así le pasaría en tantos otros destinos turísticos internacionales: si uno mira por encima de la valla no sólo verá muchas disfuncionalidades, sino que detectará qué parte de la culpa de esas disfuncionalidades se puede atribuir a sí mismo. Es por eso que los grandes destinos turísticos están estandarizados y convenientemente disociados del entorno de su implantación, para mantener un ambiente aséptico que evite, justamente, cuestionarse todo. Aquellos que dicen que el turismo es importante para la economía de todos esos países deberían de ver que quizá este tipo de turismo de masas, deshumanizado y que alienta ciertos desequilibrios (desde el esquilmado de recursos, pasando por la degradación ambiental y llegando incluso a la explotación sexual) no es el que más les interesa a los países receptores, y quizá sí uno que recuperara sus esencias, aquello que les diferencia en vez de esos escenarios de cartón piedra, y que también mostrara aquellas fealdades que el modo de explotación occidental provoca y que al quedar expuestas seguramente terminarían.

Esa tendencia a la trivialización y a la plastificación de los entornos de ocio no se da sólo en destinos distantes, sino a veces muy cerca de nuestra casa. Hace unos días pasé un fin de semana en la Cerdaña y puede comprobar como el éxodo masivo de personas del área metropolitana de Barcelona a esta comarca de montaña ha configurado una realidad muy diferente de la tradicional, de manera semejante a como sucede en la Sierra de Madrid y en tantos entornos más vivibles de grandes ciudades, modificando el urbanismo, los servicios y tantas otras cosas. En algunos casos los nuevos habitantes de esos entornos exigen que se detengan actividades tradicionales de la zona, típicamente agropecuarias, para evitar molestias olfativas, auditivas o incluso estéticas. No lo digo de broma; me constan, por ejemplo, casos en los que se ha conseguido evitar que un payés abone con estiércol en determinadas zonas, o que le quite el cencerro a las vacas para que no hagan ruido, o que no suene de noche el campanario que lleva siglos tocando, o que se obligue a un payés a tener su parcela "más limpia y ordenada" porque su aspecto ofende a sus vecinos (y, supongo, deteriora el valor de sus propiedades). Así, poco a poco, los que huyen del infierno de la gran ciudad en busca del paraíso de la naturaleza lo van deformando para que se parezca a su ideal pulcro e irreal.


Jorge Riechmann tiene un libro llamado "Gente que no quiere viajar a Marte", en la que critica esta visión centrífuga y tecnooptimista que se transmite recurrentemente desde los medios de comunicación, abogando por la huida de un planeta que no hemos sabido cuidar y en busca de otros paraísos que arruinar. Delante de ese "progresismo" que se sueña todopoderoso pero que solamente es tododestructor, Jorge opone una idea simple: es que algunos no queremos seguir esa absurda senda, no queremos viajar a Marte. Pero es que ni siquiera queremos viajar mucho más cerca. No queremos ir a Cancún, ni a Punta Cana, ni a cualquier otro paraíso artificial con el que, nos prometen, podremos escapar momentáneamente del infierno en que se ha convertido nuestro inmediato entorno, un entorno donde nos sentimos explotados, esclavos, ninguneados y oprimidos. Pues no, no queremos viajar a un paraíso prefabricado en plástico y sufrimiento a medio mundo de aquí; reivindicamos y queremos convertir este infierno de aquí en algo más vivible, quizá no un paraíso pero al menos una tierra.

Salu2,
AMT

lunes, 13 de mayo de 2013

La huella ecológica del Hombre

Queridos lectores,

He aquí el prometido ensayo de Luis Cosin sobre la capacidad ecológica de este planeta para sostener a los seres humanos. Un texto menos técnico y más comprometido de lo que él acostumbra.
Salu2,
AMT 


¿Cuánto espacio físico necesita una persona para sobrevivir?
Esta pregunta es incómoda y a los más mayores pueden encontrar reminiscencias de ideologías basadas en el Lebensraum (o “espacio vital” (3)).
La respuesta no es única, y depende del estilo de vida y del rendimiento que se obtenga de ese espacio.
En este post, voy a seguir un artículo publicado hace más de 10 años por Dale Allen Pfeiffer, titulado “Comiendo combustibles fósiles” (1). En él se hacen una serie de afirmaciones escalofriantes que deberían hacernos reflexionar seriamente.
Los seres vivos (y los humanos no dejamos de ser seres vivos insertos en un ecosistema más o menos alterado por nosotros mismos) necesitamos un suministro de materiales y energía para mantenernos vivos y desarrollar nuestra actividad.
Hasta la aparición de los combustibles fósiles, esta energía y estos materiales venían esencialmente de la agricultura y la ganadería. Esencialmente, los seres humanos aumentaban su población y su nivel de vida a base de reducir el espacio y la energía fotosintética disponible para el resto de seres vivos.
Dale Allen Pfeiffer lo resume perfectamente en unas pocas frases:
“La necesidad de aumentar la producción agrícola fue una de las causas comunes para la mayoría de las guerras en la historia que conocemos, junto con la expansión de la energía básica (y la producción agrícola es verdaderamente una parte esencial de la energía básica). Y cuando los europeos no pudieron ampliar más los cultivos, comenzaron con la tarea de conquistar el mundo. A los exploradores les siguieron los conquistadores y los comerciantes y los colonizadores. Las razones proclamadas para la expansión pueden haber sido el comercio, la avaricia, el imperio, o simplemente la curiosidad, pero en la base de todo ello, estaba la expansión de la productividad agraria.”
África, América y Oceanía eran continentes mucho menos poblados que Asia y Europa, con sistemas de producción agraria menos eficientes (en general) y durante siglos fueron la válvula de escape para los excedentes de población de los dos primeros, que llevaron consigo los sistemas de explotación intensivos propios de sus regiones de origen.
El sistema basado en la propiedad de la tierra y los frutos producidos por ella llega a su máxima expresión en el siglo XVIII. El poder de la época, la aristocracia europea (y la de otras latitudes) esencialmente era terrateniente y comerciante de productos agrícolas y manufacturas. Es el sistema económico que teorizan Víctor Riquetti, Von Hornick  y Adam Smith y que se lleva a la práctica de mano de ministros como el francés Colbert: el Mercantilismo (6), germen del capitalismo moderno.
“El pensamiento mercantilista se puede sintetizar a través de las nueve reglas de Von Hornick:
  1. Que cada pulgada del suelo de un país se utilice para la agricultura, la minería o las manufacturas.
  2. Que todas las materias primas que se encuentren en un país se utilicen en las manufacturas nacionales, porque los bienes acabados tienen un valor mayor que las materias primas
  3. Que se fomente una población grande y trabajadora.
  4. Que se prohíban todas las exportaciones de oro y plata y que todo el dinero nacional se mantenga en circulación.
  5. Que se obstaculicen tanto cuanto sea posible todas las importaciones de bienes extranjeros
  6. Que donde sean indispensables determinadas importaciones deban obtenerse de primera mano, a cambio de otros bienes nacionales, y no de oro y plata.
  7. Que en la medida que sea posible las importaciones se limiten a las primeras materias que puedan acabarse en el país.
  8. Que se busquen constantemente las oportunidades para vender el excedente de manufacturas de un país a los extranjeros, en la medida necesaria, a cambio de oro y plata.
  9. Que no se permita ninguna importación si los bienes que se importan existen de modo suficiente y adecuado en el país.”
Estando así las cosas, surge la tecnología del vapor, basada en el carbón, y el resto de los combustibles fósiles. La revolución industrial viene, hacia 1.750, en un momento de estancamiento en el cual amplias capas de la población habían caído en la pobreza a causa de la incapacidad del sistema (rígido, basado en la productividad de la tierra) para absorber el incremento demográfico. Las guerras y las hambrunas eran frecuentes, como la provocada por la pequeña edad del hielo (uno de cuyos picos fue alrededor de 1.770, y que se llevó por delante a un 5%-10% de la población europea, notar la curiosa coincidencia con la Revolución Francesa, ocurrida 3 años más tarde (4) ). Y es que el sistema estaba al límite (5).
El carbón (y posteriormente el petróleo, el gas natural, la energía nuclear y el resto de fuentes de energía básica no renovables) desligan, por primera vez en la historia, el crecimiento de la población y su nivel de vida de las posibilidades de conseguir energía primaria y materiales de la tierra.
En estos 200 años, la población humana se ha multiplicado por 7 y ha alcanzado un desarrollo tecnológico y social sin precedentes.
El capitalismo moderno (y el socialismo) deben su desarrollo a esta reserva formidable de energía.
Citando a Dale Allen Pfeiffer:
Justo cuando la producción agrícola no ya no pudo extenderse más mediante el aumento de la superficie cultivada, nuevas innovaciones vinieron a hacer posible una explotación más concienzuda de la superficie ya disponible. El proceso de desplazamiento de “plaga” y de apropiación para la agricultura acelerada con la revolución industrial como la mecanización de la agricultura aceleraron la limpieza y el cultivo de la tierra y aumentaron la cantidad de tierras de cultivo que podían ser atendidas por una persona. Con cada incremento en la producción alimenticia, la población humana crecía rápidamente.
En la actualidad, los seres humanos se han apropiado de cerca del 40% de todas las tierras con capacidad fotosintética. En los EEUU se toma más de la mitad de la energía captada por fotosíntesis Hemos acaparado todo el patrimonio real primario sobre este planeta. El resto de la naturaleza se ve forzada a contraer deudas con lo que queda. Este es, sencillamente, uno de los factores principales para la extinción de especies y de la presión sobre los ecosistemas.”
Entre los años 40 y 60 del siglo XX, se produce un gran crecimiento demográfico en los países desarrollados. Es el “Baby Boom”. Las familias de 5, 6 y 7 miembros son relativamente frecuentes en el mundo desarrollado, y la esperanza de vida aumenta casi 20 años (un espectacular 30%).
Pensemos que, sólo 10 años antes, la necesidad de “espacio vital” para una población alemana depauperada  y numerosa, había desencadenado la guerra más mortífera jamás librada.
Este despegue pacífico es posible gracias a que se generalizan una serie de técnicas agrarias conocidas genéricamente como “revolución verde” de la mano de científicos y divulgadores como Norman Borlaug y William Gaud. La revolución verde reposa en 3 patas:
  • Mecanización del trabajo
  • Irrigación artificial
  • Uso intensivo de fertilizantes artificiales (nitrogenados y fosfatados)
Estas tres tecnologías requieren el uso intensivo de energía, que naturalmente no proviene de las propias cosechas, sino de otras fuentes de energía, que no son renovables: petróleo y combustibles fósiles. La productividad por hectárea ha aumentado espectacularmente desde los años 40 (10):


Según estimaciones que publica Dale Allen Pfeiffer:
“En los EEUU, se gastan anualmente 400 galones de petróleo equivalente (1.514 litros según la equivalencia del galón estadounidense; 1 galón = 3’785 litros; n. del t.) para alimentar a cada estadounidense (datos proporcionados en 1994). El consumo de energía agrícola se descompone como sigue:
  • 31% para la fabricación de fertilizantes inorgánicos.
  • 19% para el funcionamiento de la maquinaria agrícola.
  • 16% para el transporte.
  • 13% para regadíos.
  • 8% para aumentar la ganadería (no se incluye la alimentación del ganado).
  • 5% para el secado de cultivos.
  • 5% para la producción de pesticidas.
  • 8% gastos diversos
No se incluyen en este gráfico los costes del embalaje, la refrigeración, el transporte hacia los puntos de venta al por menor y el uso de la cocina doméstica.
Para dar al lector una idea de la intensidad energética de la agricultura moderna, la producción de un kilo de fertilizante de nitrógeno requiere la energía equivalente de 1,4 a 1,8 litros de combustible diesel. No se considera el gas natural como materia prima. De acuerdo a The Fertilizer Institute (http://www.tfi.org), en el período anual del 30 de junio de 2001 al 30 de junio de 2002, los Estados unidos utilizaron 12.009.300 de toneladas cortas de nitrógeno fertilizante Usando la cifra inferior de 1,4 litros de diesel equivalente por kilo de nitrógeno, esto equivale a la energía contenida en 15.300 millones de litros de combustible diesel o 96,2 millones de barriles.
Por supuesto, eso es sólo una comparación aproximada para dar una idea de la energía que la agricultura moderna requiere.”
Se estima que alimentar a un ciudadano estadounidense (y, por extensión a un habitante de un país desarrollado) requiere 0,5 hectáreas de terreno cultivable de calidad por habitante con los métodos de la agricultura industrial.
Según estimaciones de la ONU, la máxima capacidad de carga (“carrying capacity” (7), (9) ) sostenible de todas las áreas de cultivo actuales en el mundo es:
  • 10.000 millones de personas con un estilo de vida de la India.
  • 8.000 millones de personas con un estilo de vida de China.
  • 6.000 millones de personas con un estilo de vida de Latinoamérica.
  • 4.500 millones de personas con un estilo de vida de Europa.
  • 1.500 millones de personas con un estilo de vida de Norteamérica.
Sin los métodos de la agricultura industrial, quizá tengamos que dividir estas cifras por un divisor entre 2 y 3… En la naturaleza, el recurso fundamental (luz solar) regula la capacidad de caga de la mayor parte de las especies, cuya población sigue ciclos anuales:
Los seres humanos tenemos algo más de control sobre esto. Deberíamos ser capaces de usar nuestra inteligencia para ello.
En palabras de Dale Allen Pfeiffer:
“Actualmente, hay 1,8 acres de tierra cultivable disponible para cultivar alimentos por cada ciudadano estadounidense. Hacia 2050, esto disminuirá a 0,6 acres. Se requieren 1,2 acres para mantener los actuales niveles dietéticos.
Actualmente, sólo dos naciones en este planeta son grandes exportadores de grano: los Estados Unidos y Canadá. Hacia 2025 se espera que los EEUU cesen de ser un exportador de alimentos debido a la demanda interna. El impacto sobre la economía de los EEUU podría ser devastador, ya que las exportaciones de alimentos reportan anualmente 40 mil millones de dólares a los EEUU. O todavía más importante, millones de personas en todo el mundo podrían morirse de hambre sin las exportaciones de alimentos de los EEUU.”
Recomiendo el documental “How many people can live n planet Earth”, de la BBC, conducido por David Attemborough (8).


Aún tenemos algo de margen para reconducir la situación. Las fuentes de energía fósil estarán con nosotros algunos años más. Del buen juicio en su uso depende nuestra supervivencia como sociedad desarrollada o una vuelta al siglo XVIII (o algo peor).


Referencias: