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lunes, 17 de junio de 2013

Un futuro sin más (I): La huida



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

- Gracias; estábamos sedientos - dijo Jan al tabernero

Éste se le quedó mirando un rato, suspicaz, y al cabo dijo:

- Muy pulidas me parecen esas formas. ¿No serás uno de ellos?

Jan enfureció; dió un golpe con la jarra de cerveza a la mesa y rugió:

- ¡Me cago en la puta! ¿No se puede ser un poco educado en este mundo, para variar?

El tabernero retrocedió un poco. Obviamente, no se esperaba esta reacción. Jan lo había hecho muy bien: era un tipo inteligente y en los dos meses que habían pasado desde que se inició la persecución había aprendido rápido. El tabernero ya se iba, mascullando para sus adentros, cuando se fijó en el joven que acompañaba a Jan.

- ¿Y este pimpollo, de dónde ha salido? ¿Qué tienes, chaval, 20 añitos? ¿18?

En realidad David tenía 25 años, pero su aspecto aniñado, barbilampiño e inseguro le hacían parecer bastante más joven. David se aclaró la garganta para responder, pero Jan se le anticipó:

- Tiene 20 años; es mi sobrino, el hijo de mi hermana, que me le ha confiado para que haga de él un hombre. ¿Algún problema?

El tabernero se rascó el cogote, frotó su manazas en el sucio delantal y se marchó despacio, mascullando un "nada, nada...". Cuando estuvo a una distancia prudencial David por fin acertó a decir un "Gracias" dirigido a Jan con el aire de la respiración hasta entonces contenida.

Jan no miraba a David, sino al tabernero y al tiempo lanzaba fugaces miradas alrededor. La taberna estaba prácticamente vacía a aquellas horas de la tarde. Lejos quedaban los días de esplendor que sin duda el local había conocido. Lejos, sí. Lejos quizá como dos o tres meses, pero en la situación actual los días eran como meses y los meses como décadas. Al final, siempre sin mirar a David, Jan habló con voz baja y pausada:

- Si no aprendes a controlar tu miedo nos atraparán, a ti y a mi, y aún podremos dar gracias si simplemente nos matan de una manera rápida. Tenlo muy presente.

- Lo tengo presente, señor - dijo David, cabizbajo.

- ¡No me llames señor! - el tono de Jan era imperioso, a pesar de hablar tan bajo. Prosiguió - llámame Tío Jan o simplemente Jan. Soy Jan López Merchán, y tú David Gutiérrez López. Que no se te olvide.

- No lo olvidaré, señ... ¡Jan! - se autocorrigió David.

Jan no podía culparle. Después de varios años trabajando juntos - tres o cuatro, pensó - se adquirían ciertos automatismos que no era tan fácil de borrar en sólos dos meses. Dos meses de horror y barbarie, siempre huyendo, yendo a trompicones en zig zag hacia la frontera, la frontera que sería su salvación, a sólo ya unos pocos kilómetros. "La frontera que separa la barbarie de este país que se hunde en su miseria de otro país, uno de los pocos reductos de civilización que aún queda".

Jan miró entonces a su protegido. David era un chico inteligente, algo retraído pero con muchas posibilidades. Podría haberle dejado atrás el día del asalto; de hecho, debería haberle dejado atrás. A fin de cuentas David no era nadie, no era una persona conocida; sus perseguidores iban por Jan, solamente por su notoriedad. Era la foto de Jan la que fue distribuida masivamente por la capital de la que tuvieron que escapar de noche, corriendo por las alcantarillas. Seguramente a David no le hubieran hecho nada, pero David no las tenía todas consigo y Jan se apiadó de él. La verdad es que el chaval no hubiera durado ni dos minutos en manos de aquellos energúmenos. Jan, sin embargo, era de otra pasta. Había conocido muchas penalidades cuando fue joven, y sólo ya en su madurez pudo disfrutar de los frutos de tanto esfuerzo.

"Concéntrate, Jan", pensó. Tenía que concentrarse en el paso de la frontera. Hacía años que no había estado en esta zona, aunque la conocía bastante bien. Le había tocado hacer la mili en un cuartel cercano y los días de permiso se los pasaban haciendo el idiota en los pueblos de la costa, e incluso alguna vez cruzando la frontera para chapurrear el idioma del país vecino. Años después, ya con un trabajo digno de tal nombre, Jan había veraneado alguna vez en esas comarcas llenas de preciosos parajes naturales y de demasiados turistas. La masificación le agobiaba, pero al mismo tiempo le gustaba porque en la masa su soledad de hombre con cierto éxito en la vida pero sin compañía pasaba desapercibida.

En fin, fuera como fuera la frontera estaba cerca. La carretera, ahora desierta de coches, había albergado en sus buenos días un tráfico insoportable. Aún hoy en día era un punto de intercambio frecuente de mercancías. Sin embargo, pasar por ahí era arriesgado: los guardas de frontera podrían reconocerle, a pesar de la tupida barba, a pesar de no llevar las gafas, a pesar del aspecto desaliñado de temporero por horas. No podía arriesgarse a que le cogieran. Era mejor pasar por el caminito que había un par de kilómetros más al este de la carretera principal. Una carretera serpenteante, zigzagueante, que antes, cuando el petróleo sobraba, se hubiera considerado una "ruta pintoresca" y ahora se veía como una pérdida de tiempo. Pero lo que poca gente sabía es que un par de kilómetros después de coger esa carretera se abría a su izquierda un pequeño sendero, impracticable para coches y carretas pero transitable a pie, que descendía rápidamente hacia la frontera. En unos pocos centenares de metros se encontrarían en territorio que si bien quizá no sería amigo al menos no sería enemigo. Desde ahí, en un kilómetro o así llegarían al primer pueblo del otro lado de la frontera y escaparían de esta barbarie.

Jan pagó al suspicaz tabernero y salieron fuera. Quedaba poco más de una hora para el atardecer, cuando los valles se vuelven umbríos pero aún puedes ver por donde caminas. Desde donde estaban podrían ganar la frontera caminando en menos de una hora. No era difícil pero sí arriesgado. Dedicaron unos minutos a vagar sin demasiado sentido, deteniéndose a mirar los tablones de anuncios, como si buscaran trabajo. Trabajo, ¿de qué?, si esto era un erial. Quizá la falta de futuro y de perspectivas era lo que había llevado a la barbarie. La barbarie... ¿Cómo había comenzado todo?

Jan recordaba. Llevaban ya 7 años de crisis económica implacable, y nadie era capaz de proponer ninguna solución. El Parlamento se había fragmentado en mil pequeños partidos y si ya antes era incapaz de tomar decisiones, entonces se volvió completamente inoperante. Los escándalos de corrupción eran continuos y salpicaban a las altas magistraturas del Estado; llegó un momento en que todos los partidos políticos estaban implicados en algún escándalo: los partidos grandes en escándalos grandes y los partidos pequeños en escándalos pequeños. En la calle el sentimiento de indignación crecía y crecía, y cada vez eran más frecuentes los choques violentos con la policía en plena calle.

Entonces empezaron a aparecer los primeros grupos de acción directa contra los políticos. Al principio eran sólo pintadas y vidrios rotos, pero poco después se rompían huesos y hasta vidas. El grupo reivindicativo "Corrupción cero" o CC, con una ideología ecléctica construida de muchos retales ideológicos, fue ganando popularidad, que crecía a medida que iban encarcelando a algunos de sus miembros más violentos. La declaración de CC como asociación de malhechores no hizo más que hacer crecer su aura de protectores del pueblo, y su popularidad se hizo aún mayor cuando, en un golpe de efecto, comenzaron a desvalijar casas de políticos más o menos corruptos para repartir después el botín entre los pobres. Muchos miembros de CC fueron detenidos, pero eran reemplazados por un mucho mayor número de nuevos integrantes. En los meses previos a las últimas elecciones se constituyó un nuevo partido político, "Ciudadanos contra la corrupción" (CCC), al cual CC dio su apoyo explícito. Este hecho, junto con la similitud de las siglas y del ideario político llevo al Ministerio de Justicia a declarar ilegal CCC, al considerarlo "parte del entramado de CC". A pesar de que la Junta Electoral Central no imprimió ninguna papeleta del CCC éstas, impresas y distribuidas de manera clandestina, inundaron las urnas: según la JEC el 40% de los votos emitidos fueron nulos. A la vista de los resultados, anunciados la misma noche de los comicios, la multitud enardecida saltó a las calles gritando: "Queremos democracia". A las 11 de noche el líder de CCC apareció en el balcón de su improvisada sede electoral, y lo hizo de la mano del líder CC. Fue este último el que se dirigió a la muchedumbre: "Aquí estoy. He abandonado la clandestinidad para deciros que la voz del pueblo no se puede callar. Hoy el pueblo ha dado la mayoría a CCC; esos 40% de votos nulos son en realidad 60% si contamos los votos que dicen que han sido en blanco y los que se callan. No podemos permitir que los corruptos de siempre nos sigan robando; nos roban el dinero, nos roban el futuro y ahora nos quieren robar estas elecciones. ¡No lo permitamos! ¡Marchemos hacia el Palacio Presidencial!"

Algún día los libros de Historia analizarán lo que pasó en aquellas horas, pensaba Jan, pero lo que quedó claro es que CC ejecutó con maestría un plan trazado con mucha anticipación. En realidad el apoyo a CCC, aunque considerable, no superaría el 20 o el 25%, puesto que ciertamente una gran parte del voto nulo era voto de protesta pero los partidarios de CCC no eran tan numerosos. La multitud que se congregó aquella noche en la capital había venido en autobuses desde puntos distantes de la geografía para que la escenificación de la toma del poder fuera más completa. Además, CC tenía mucho apoyo entre los policías y los militares, con lo que no les costó demasiado conseguir que quienes estaban de servicio aquella incómoda noche fueran de los suyos. El caso es que la marcha hacia el Palacio Presidencial fue un paseo triunfal y con el líder del CC a la cabeza la multitud tomó sin resistencia el Palacio justo a medianoche. Aquella misma noche el Presidente, los líderes de los otros partidos democráticos y una buena parte de los diputados fueron ejecutados por las fuerzas revolucionarias del CC. A pesar de algunos conatos de resistencia en ciudades lejanas a la capital al amanecer del día siguiente quedó claro que todo el país se sometía al dictado de CC. Se convocó de urgencia un Parlamento de Electos que sólo contó con miembros de CC; éste modificó en una semana un centenar de leyes fundamentales y proclamó, sin tener atribuciones para ello, una nueva Constitución que entre otras cosas eliminaba el Parlamento "por ser un foco de corrupción, intercambio de prebendas, costoso e inútil". El domingo por la tarde los diputados electos y constituyentes entonaron el himno nacional, reescrito para la ocasión, y abandonaron ordenadamente el Parlamento, que fue clausurado. El nuevo Presidente plenipotenciario comenzó a promulgar sus nuevos decretos. La democracia en este país había llegado a su fin.

Jan pensaba en todo eso mientras caminaban haciéndose los despistados hacia la vieja carretera que les llevaría hacia el otro lado, hacia un país donde aún sabían qué quería decir la palabra democracia. Mientras recordaba aquellos días oscuros Jan no podía evitar esbozar una sonrisa irónica. Mucha gente saludó el nacimiento del nuevo régimen como una esperanza de regeneración, o así lo pusieron en los diarios, y así lo siguieron diciendo muchos de ellos -"una esperanza de regeneración"- hasta el día antes de ser clausurados por decreto presidencial. 


Lo cierto es que el país se había sumido en una dictadura que en poco tiempo demostró ser feroz e implacable. Todas las personas que habían detentado cargos políticos en los años anteriores fueron forzadas a trabajar en "campos de reeducación" donde "devolverían con su sudor todo lo que habían robado o despilfarrado". Los tiempos de estancia en los campos dependían de la importancia y la duración de las responsabilidades que hubieran ejercido, según unas tablas que el Presidente hizo distribuir entre la población. Típicamente quien tenía para más de un año de trabajos forzados no volvía con vida de los campos de reeducación, y los que volvían explicaban verdaderos horrores. Con todos esos trabajadores forzados el Estado intentaba recuperar el esplendor perdido durante los años de crisis económica, ahora que la energía del petróleo y del uranio comenzaba a escasear en los mercados internacionales.

La sombra de la ladera de la montaña se alargaba y ya cubría las últimas casas del pueblo, y prácticamente no había nadie en la calle; tres o cuatro kilómetros más y estarían a salvo. A salvo de la barbarie, de la atrocidad. En su día Jan vio venir lo que les esperaba. "Cualquier recurso renovable explotado de manera no sostenible se convierte en no renovable", una frase que había leído hacía tiempo y que le gustaba repetir. Cualquier recurso renovable. Incluso los seres humanos, se lamentó. Pues el nuevo Estado se había vuelto adicto a la energía muscular humana, y cuando los nuevos esclavos "reeducados" escasearon comenzó una auténtica caza de brujas. Primero fueron a por los políticos, sí; pero después siguieron los banqueros, los notarios, los altos funcionarios...

- ¡Eh! ¿David? ¿David Ros? ¿Eres tú? ¡Soy yo, Felipe Colina!

Jan se quedó helado. Un jovenzuelo del grupo de cuatro o cinco que había junto a la última casa se había acercado y se había parado delante de su pupilo.

- Ehhh.... Hola, Felipe, ¿qué tal? - acertó a decir torpemente David.

Jan rodeó lentamente a los dos muchachos pasando por detrás de David, avanzando discretamente en dirección a la carretera que les tenía que llevar a la salvación. "Tan cerca, tan cerca... por Dios, David, no te distraigas y despacha rápidamente a éste", pensó.

- Te hacía por la capital. ¿Qué haces por aquí? Yo he venido a la frontera a buscar trabajo: está la cosa muy mal, y en casa hay que comer - le dijo Felipe.

- Sí, bueno, yo un poco igual. Cuánto tiempo, Felipe - le dijo David.

- Bah, tampoco tanto; ¿que será, tres años? Cuando acabaste la carrera; me dijeron que con muy buenas notas, no como yo, pero tú siempre fuiste un coquito. Te fuiste a la capital a empezar una tesis, ¿no? ¿Qué pasó? ¿No estabas con aquel científico tan famoso? ¡Vaya cabrón!, ¿no? - dijo Felipe con un gesto de fastidio

Quizá fue la casualidad la que quiso que la mirada de animal acosado en los ojos huraños de Jan se cruzase con la de los ojos de aquel muchacho, o quizá simplemente el chico recordó el nombre del director de tesis de David y evocó en su memoria uno de los muchos carteles con su rostro. El caso es que de golpe se dio cuenta:

- ¡Es Jan Palermo! ¡Chicos, es Jan Palermo, aquel científico cabrón de la capital!

Jan cogió con fuerza a un perplejo David por el brazo y le gritó: ¡corre! Afortunadamente los amigos de Felipe, algo retirados de la escena, estaban hablando de sus cosas cuando éste reconoció al científico y al principio no entendieron qué les decía su amigo; pero pocos segundos más tarde los cinco muchachos se lanzaron a la caza del profesor y de la suculenta recompensa que sin duda les daría.

Jan Palermo. Profesor universitarioy director de uno de los centros de investigación ambiental y energética más importantes del país. Convertido en enemigo público número uno cuando el país se quedó sin otros enemigos con los que justificarse su mediocridad, su incapacidad para "recuperar la senda del crecimiento".

Jan recordaba, en aquellos segundos de carrera precipitada, cómo había huido de la capital. Hacía meses que la prensa alentaba una campaña de desprestigio contra los científicos corruptos que se inventaban resultados para favorecer sus prebendas económicas. Un mes antes de su huída había visto un "reportaje de investigación" en un diario antes serio en el que comparaban el presupuesto acumulado gastado en investigación sobre cambio climático durante los últimos diez años con los daños causados por el cambio climático en ese mismo período (daños calculados de una forma muy peculiar: sólo de "eventos extremos claramente anómalos"). La conclusión: los científicos se estaban llenando los bolsillos inoculando un miedo a un peligro inexistente. El reportaje causó un gran escándalo y los catedráticos e investigadores en ciencias ambientales se vieron obligados a dimitir de sus puestos, con gran escarnio público, y a pasar una temporada en los campos de reeducación. Aquel día Jan comprendió que no pasaría mucho tiempo antes de que vinieran por él, si alguien no paraba esa locura antes.

Los muchachos estaban cada vez más cerca, a pesar de que tanto Jan como David estaban en buena forma y corrían por sus vidas. De vez en cuando alguna piedra pasaba rodando cerca de sus pies. "Mientras usen sólo esos proyectiles...", pensó Jan. Notó que había cierto revuelo en el pueblo, varios cientos de metros más allá, e incluso le pareció divisar de reojo la silueta de una escopeta entre la segunda jauría humana que se había formado. Entonces vio la curva. De aquella curva salía a la izquierda  el caminito de tierra que les llevaría a la salvación, más allá de esta barbarie. El caminito debería estar ahí mismo, ya casi habían llegado. Dios mío, sólo hacía diez años, un camino así no desaparece en diez años, vamos, vamos, vamos. Llegó al pretil y ahí estaba el anhelado camino; entró en él de un salto, seguido por David. Aún podían conseguirlo...

¿Qué hubiera podido hacer para evitar esta situación? Y eso que dos meses antes se había preparado en serio para la eventualidad. Había sacado discretamente una cantidad significativa de dinero del banco, aunque no más del 10% de sus ahorros, para no poner sobre aviso a los que seguramente ya entonces le estaban vigilando. Una parte en dinero, otra en objetos de valor de poco volumen y fáciles de vender. Llevaba a todas partes una mochila con algo de ropa y ese dinero por si tenía que salir corriendo en cualquier momento. Dormía debajo de su cama por si asaltaban de noche su casa. Vivía en un estado de máxima tensión.

El día de su huida un influyente diario publicó un dossier explicando que su instituto no sólo había derrochado dinero sino que además habían obstaculizado desarrollos fundamentales como los dispositivos de energía libre de Tesla. Ilustraban la noticia con varios testimonios. El que más le dolió fue el de su compañero Enrique Pouzas,investigador de su centro pero antes que eso su amigo de muchos años. El doctor Pouzas aseguraba que algunos investigadores habían hecho informes negativos e incluso destruido prototipos factibles de generadores de Tesla "siguiendo el dictado de las grandes compañías petroleras", y daba nombres. Acusaba a cinco o seis investigadores en todo el país, pero afortunadamente no involucraba a Jan, al cual incluso exculpaba.  ¿Por qué Enrique habría dicho tamañas tonterías e invenciones? Los pulmones de Jan le explotaban del esfuerzo; llegaban ya a las primeras casas, pero sus perseguidores no cejaban. ¿Por qué lo hizo Enrique Pouzas? Seguramente por miedo. Pocas cosas hay tan poderosas como el miedo. En todo caso no le sirvió de nada su testimonio, a Pouzas: hacía un par de días había leído en un periódico local que el corrupto científico Enrique Pouzas había muerto intentando escapar de un campo de reeducación.

Recordaba. Recordaba como caminaba leyendo las falsas noticias sobre la corrupción en el centro que dirigía, rojo de ira, mientras subía cada vez más lentamente por el promontorio que llevaba a su centro. Se paró a unos 200 metros. Desde lo alto de la colina donde se encontraba podía divisar decenas de personas entrando a saquear su centro; una jauría humana similar a la que ahora le pisaba los talones, que arrojaba papeles por las ventanas, prendía fuego al edificio y sacaba a empellones a sus pobres colegas. Jan tenía la mochila al hombro, así que no le restaba más que hacer allá,  y se dio media vuelta, topándose de bruces con David, con el mismo David que, acalorado, corría  a su lado por las calles de aquel pueblo donde cada vez más curiosos salían a contemplar aquella cacería humana. La cara de David aquel día también era de súplica; señor profesor, lo han destrozado todo, yo he podido huir por poco, tenemos que escapar... Y Jan se apiadó de él y lo llevó consigo. Si le hubiera abandonado allá mismo aquel día no habría habido un Felipe Colina que  hubiera reconocido a David Ros y después a Jan Palermo, y no se verían como se veían en aquel momento, tan cerca y a la vez tan lejos de su meta.

La cacería llegaba a su fin; sus perseguidores estaban a punto de darles caza. Quizá David podía correr más rápido que Jan, pero por lealtad o por no saber qué hacer sin el profesor seguía corriendo a su lado. Se dio cuenta de que unos de los muchachos había sacado un cuchillo; en unos segundos le daría un golpe no fatal pero suficiente para acabar con esa alocada carrera.

Un tiro sonó en el aire, y tanto perseguidores como perseguidos se pararon en seco. En aquellos días no era tan habitual oír disparos; las balas, como todo lo demás, hacía tiempo que escaseaban. Bueno, escaseaban al otro lado de la frontera, en el reino de la barbarie, en el país donde se caza a los científicos por negarle al pueblo sueños absurdos de recursos infinitos.

El gendarme bajó el cañón de su arma y apuntó hacia los perseguidores.

- No estáis ya en vuestro país.  Volved por dónde habéis venido si no queréis hacerlo en una caja de pino - les gritó en su idioma.

- ¡Son científicos! ¡Son criminales! - gritó Felipe Colina, y los otros le jalearon.

- Y ahora son un asunto de nuestra República. Como he dicho, volveos por donde habéis venido, si no queréis cobrar la recompensa en plomo en vez de en plata.

Los muchachos dudaron un par de segundos, tras los cuales se dieron la vuelta, lamentando su mala suerte. Un poco más tarde bromeaban entre ellos, elaborando la anécdota que explicarían aquella noche a sus amigos, de cómo casi habían capturado al pérfido Jan Palermo, el destructor de la energía libre. Ya casi no se distinguían las voces de los muchachos ni los jadeos de Jan, cuando éste se dirigió al gendarme, estrechándole la mano:

- Soy Jan Palermo, profesor de sistemas energéticos, y éste es mi ayudante David Ros - le dijo en su idioma al gendarme, quien le estrechó la mano con fuerza - gracias por salvarnos de esos bárbaros.

- Profesor Palermo, es Vd. famoso - el gendarme sonreía y le estrechaba fuerte la mano, muy fuerte - Sí, son unos bárbaros. No como nosotros, gente civilizada - le dijo mientras cerraba las esposas en torno a su muñeca y dos gendarmes más rodeaban a David. El gendarme sonrió debajo de su amplio mostacho negro y guiñándole un ojo le dijo: - Aquí tendrá Vd. un juicio justo.

Jan Palermo exhaló, aún jadeante, un profundo suspiro de derrota.

Antonio Turiel
Figueres, Junio de 2013

miércoles, 30 de enero de 2013

Peak oil y doctrina del shock

Imagen de http://coto2.wordpress.com



Queridos lectores,

El post de hoy ha sido escrito por una persona con vocación de historiador que aquí tendrá el sobrenombre de Calícrates. Tiene una visión muy interesante del momento histórico que estamos viviendo, que he considerado oportuno compartir con todos Vds. Espero que sea de su interés.

Salu2,
AMT 


LA VERDADERA DOCTRINA DEL SHOCK



La doctrina del Shock (The Shock Doctrine, 2009) es una película documental basada en el libro homónimo de la periodista e investigadora Naomi Klein. Nos narra que en junio de 1951 representantes de agencias de inteligencia occidentales se reunieron en secreto con profesores universitarios de Montreal. Como resultado se financió una investigación sobre el aislamiento sensorial en la universidad de McGill. El aislamiento es una forma de producir una monotonía extrema, provoca una reducción de la capacidad crítica, nubla la mente, y el sujeto se queja de que ni siquiera puede fantasear (¿les recuerda Guantánamo?). Los investigadores se dieron cuenta del arma tan potencialmente terrible que podía llegar a ser. Algunos abandonaron el proyecto. Pero éste siguió adelante bajo las órdenes del Jefe de Psiquiatría Ewen Cameron y con objetivos mucho más ambiciosos: borrar a los sometidos a tratamiento la mente, dejarla en blanco para reprogramarlos desde cero. Cameron combinaba el electroshock con las curas de sueño y la repetición de mensajes grabados. La CIA no tardó en poner en práctica los hallazgos de Cameron. Se buscaba un momento de máxima tensión o parálisis, en el cual el sujeto está mucho más abierto a la sugestión, mucho más dispuesto a obedecer que antes de sufrir el shock.



En la misma época de los experimentos de Montreal, y tal vez con conocimiento de aquéllos, un partidario de otro tipo de shock trabajaba no muy lejos de allí. Milton Friedman era profesor de economía de la universidad de Chicago. Creía que la terapia de shock económico impulsaría a las sociedades a aceptar un capitalismo más puro y desregulado. Para que nos demos cuenta de su increíble influencia política, especialmente a partir de la década de los ochenta, Klein da cuenta en su libro de que cuando Friedman cumplió 90 años, la Casa Blanca organizó una celebración en su honor y se pronunciaron discursos. El Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que llegó a decir que el homenajeado era “la encarnación de una realidad, la de que las ideas tienen consecuencias”. Ya lo creo. Y bastante dramáticas para los que las experimentaron en sus carnes.



Sin embargo Milton Friedman no podía creer seriamente en el mercado libre, y menos en la capacidad de gestión de las megacorporaciones privadas. Cualquiera que conozca el funcionamiento interno de las grandes multinacionales sabe que la clase dirigente corporativa puede llegar a ser incluso más corrupta e ineficiente que la política. Por no decir que la una no es sino el reverso de la otra. Los fines y objetivos de Friedman, y en general de los economistas de la Escuela de Chicago, eran muy otros.



Resulta evidente que el sistema de libre mercado es claramente disfuncional, especialmente a la hora de calibrar situaciones a medio, y no digamos a largo plazo (pensemos en las actuales extrañas oscilaciones del precio del petróleo). Pero es que además, parte de la base de que todos los actores que acuden al mercado tienen el mismo peso. ¡Como si un broker internacional que controle e invierta capitales de fondos de pensiones por cientos de millones de dólares tuviera la misma capacidad de influir en el mercado que una viejecita que ha ahorrado trescientos euros! Digámoslo claramente. El libre mercado esta hecho a medida a los depredadores comerciales o financieros, que por eso lo predican.



El libre mercado sólo funcionaría correctamente en una situación ideal. Pensemos en una población de reducidas dimensiones donde hubiera tres panaderías, y cada uno de los panaderos dispusiera de establecimientos de muy similar estructura comercial, así como del mismo músculo financiero. Entonces los precios del pan serían los correctos, justos para el consumidor y para los productores, y el mercado estaría perfectamente autorregulado. Pero estas situaciones ideales no se han nunca, ni se darán jamás. Pensemos que uno de los panaderos en cuestión recibiera un suplemento de capital (adquiriera una herencia, le tocara la lotería, etc…), y no anduviera sobrado de escrúpulos. Podría ocurrírsele empezar a vender sus productos a precio de coste, con el fin de hacer quebrar a sus competidores y quedarse a largo plazo con el monopolio del pan en el poblado. Para luego, claro, volver a subir los precios. Esto puede parecer ciencia ficción, o un cuento de Dickens, pero es lo que ocurre diariamente a gran escala en nuestros mercados globalizados. Si alguien te habla de las bondades del libre mercado, o es un ignorante o es un manlintencionado. Cabe también la posibilidad de que se trate de un joven estudiante de económicas, muy entusiasmando con su reciente descubrimiento de Adam Smith, esto es, un teórico sin contacto alguno con la realidad, con lo que bien pudiera ser incluido en la primera categoría. No. Milton Friedman era un gran economista, con vasta experiencia, y no podía creer en estas sandeces. ¿Cuáles eran los verdaderos objetivos de la Escuela de Chicago? ¿Qué buscaban o que querían prevenir?



Vayamos más lejos y entremos en lo políticamente aún más incorrecto. Lo visto en relación al libre mercado ¿no le ocurre igualmente a nuestro deslumbrante sistema partitocrático? ¿Premia verdaderamente la integridad intelectual o la demagogia más ramplona? Vamos a los hechos. En 1979 el Presidente americano James Carter dio el discurso más importante de su presidencia, con el asesoramiento del díscolo Secretario de Energía, James Schlesinger. Alertó a los americanos sobre la excesiva dependencia del país del petróleo, e hizo entrever la necesidad de un cambio radical de política energética, con sacrificios para los ciudadanos. ¿Cuál fue el resultado? ¿Fue sacado a hombros del ruedo por sus alborozados conciudadanos? No. Fue noqueado sin piedad por un vaquero californiano, actor de segunda fila, que probablemente no escribió jamás ni uno solo de sus discursos, y que interpretaba ante el atril con la misma falta de convicción que en la gran pantalla, pero que prometió un nuevo amanecer para América. Seamos honestos. Independientemente de nuestras ideas políticas, que por otra parte no son sino trampas que nos pone el sistema para favorecer la estabulación mental, ante el inevitable declive energético, que afectará dramáticamente a nuestro nivel de vida, si concurriera electoralmente alguien que nos expusiera francamente la necesidad de sacrificios, frente a algún trilero que nos hablase de un nuevo despegue camino del infinito, de la vuelta al crecimiento económico, gracias a la fusión caliente o fría, el motor de agua, o la ayuda de tecnología extraterrestre. ¿A quien votaríamos? Tomémonos unos segundos antes de contestar.



Es la hora de decir abiertamente que el sistema de libre mercado, y la democracia representativa tienen disfunciones por el mismo motivo: alientan el cortoplacismo. Friedman era una persona de gran inteligencia, y no creía ni en lo uno ni en lo otro. Incluso creo que creía aún menos en lo segundo que en lo primero. Pronto lo comprobaremos.


Según el evangelio Friedmanita la economía del libre mercado era indisociable de la libertad y la democracia. Se tiende a pensar que el primer experimento Miltoniano se produjo con los Reaganomics y la política Thatcheriana. Pero, como con escalofriante eficacia demuestra “The Shock Doctrine” esto no es cierto. El primer lugar del mundo que sirvió de tubo de ensayo a los Chicago Boys fue Chile, bajo la dictadura de Augusto Pinochet, y en el marco de una férrea dictadura militar. El plan económico miltoniano, denunció Orlando Letelier, Ministro de Exteriores del último gobierno de Allende, se impuso por medio de miles de asesinatos, el establecimiento de campos de concentración por todo el país y el encarcelamiento de más de 100.000 personas en tres años. Friedman reconoció la importancia del “experimento” chileno y, para mayor escarnio, el año del asesinato de Letelier se le concedió el Premio Nobel de economía. Pero aquello no era más que el principio. El 24 de marzo de 1976 un golpe militar derrocó al gobierno de Isabel Perón en Argentina. Los cachorros de la Escuela de Chicago accedieron inmediatamente a puestos económicos relevantes en el gobierno militar, y aprovecharon la oportunidad para introducir importantes reformas económicas y sociales. Un año después del golpe los sueldos habían perdido el cuarenta por ciento de su valor, se cerraban fábricas y la pobreza se disparó. Como en Chile hubo que aterrorizar al pueblo para que aceptara estas medidas económicas. Se empezó por hacer desaparecer personas, con secuestros perpetrados a plena la luz del día. Los métodos de los militares argentinos, como los de los chilenos, habían sido aprendidos en la Escuela de las Américas, dirigida por militares norteamericanos. Eran técnicas básicas de tortura: desnudar a la víctima, herirla con objetos punzantes, romperles extremidades, marcarla a fuego,… y se emplearon no solo con soldados o terroristas sino contra estudiantes, sindicalistas y todo aquél que se opusiera a la política de libre mercado del régimen. Argentina llevó su régimen de terror un paso más lejos que Chile. Entre los desaparecidos había cientos de mujeres a quienes permitieron dar a luz antes de asesinarlas. La elección de estos dos países citados para iniciar los ensayos probablemente no fue casual. Eran estados con grandes recursos y potencialidad económica.



A principios de los ochenta Friednamitas declarados asumieron el control de los gobiernos británico y norteamericano. Sus métodos, claro está, no fueron los mismos que los aplicados en Latinoamérica. Pero entonces ocurrió algo que nos puede dar luz sobre los verdaderos objetivos de la Escuela de Chicago. A lo largo de dicha década la U.R.S.S. colapsó económicamente. Su enorme burocracia obsoleta, la ineficiente asignación de recursos, y especialmente el escaso rigor en política monetaria, acompañado como es lógico de la imposición de un sistema de precios tasados, condujeron a la escasez y al estraperlo. Aparte, y como ya se ha indicado en algún post, de que maniobras comerciales de ciertas potencias extranjeras expulsaron a los soviéticos del mercado del petróleo, que constituía su principal fuente de divisas, lo que aceleró la catástrofe. Se formaban largas colas ante tiendas de comestibles (otchered), y los mostradores estaban prácticamente vacíos, para desesperación de los pacientes compradores. A pesar de lo cual la implosión del estado soviético se condujo desde arriba, sin explosiones sociales notorias, como consecuencia del rígido esquema autoritario del régimen. Imaginémonos una situación así en un país de Occidente. La rabia y la desesperación serían tan absolutas que podría pasar cualquier cosa. Aquí es donde entra Milton Friedman, y este es el motivo por el que centró el interés de las élites dirigentes desde los años ochenta, sí, desde el momento en que empezaron a tener conciencia de las consecuencias de un futuro escaso de energía.



Ante una situación de falta de recursos lo lógico, quiero decir, lo impepinable, es consumir menos. Esto se puede hacer de dos maneras. Mostrando de forma poco inteligente que el dinero con que pagas los salarios es puro papel mojado, vía soviética, o dándole valor mediante una política monetaria restrictiva, esto es, haciendo más costosa su obtención, por ejemplo bajando salarios, suprimiendo pagas extraordinarias o no revalorizando pensiones. ¿Les suena? Observemos que el resultado es el mismo, el consumo desciende. Pero la percepción psicológica de las masas es completamente diferente.



Entendámoslo con un ejemplo práctico. Faltan recursos. Llegamos a una tienda y hay una cola de media calle. Después de dos horas de espera conseguimos acceder al establecimiento y en el mostrador sólo queda una manzana pasada. ¿Cuál creen que sería la reacción de las multitudes en un poco disciplinado país occidental ante una situación así? Examinemos un segundo supuesto. El hito de partida es el mismo. Faltan recursos energéticos y por ende todos los demás. Sólo tenemos cuatrocientos euros para pasar el mes, porque se nos ha acabado la prestación de paro, y a duras penas cobramos el subsidio. Pero llegamos a un supermercado y… todo es maravilloso, cestas rebosantes de frutas, carnes, pescados envasados bajo luces que realzan su frescura. Aunque de hecho sólo nos llega el presupuesto para una caja de galletas. Conclusión: soy un inútil. No he sabido reciclarme laboralmente, no tengo suficiente movilidad laboral, debería haber aceptado aquel trabajo de picapedrero que me ofrecían en Indonesia. Yo soy el culpable. El Miltonismo es un sistema de control de masas, ante una situación de escasez que se viene previendo desde los años setenta, y que hoy llama a nuestras puertas. Su obsesión privatizadora es secundaria, resultado del componente inflacionario (destructor de valor monetario) que, consideran, tiene la gestión pública de servicios considerados por ellos no esenciales (casi todos) en una fase recesiva (previsión del Peak Oil) y no en una preocupación por la calidad de aquéllos. Las políticas neoliberales nunca han buscado realmente el crecimiento económico, por saber de antemano que éste, a la larga, era insostenible.



El monetarismo a ultranza, la regla o disciplina monetaria, es la única verdad de las doctrinas Miltonianas. Todo lo demás es relleno falso, excipiente para tragar mejor la medicina y que no resulte tan amarga. Las teorías de Friedman, las de verdad y no las de cartón piedra de camuflaje, fueron promovidas como respuesta a las convulsiones sociales que produciría la futura e inevitable escasez energética. Por eso gozaron de especial aceptación durante el periodo Reagan-Thatcher, esto es, después de la defenestración política de Carter y de optarse sin empaques por el mantenimiento a cualquier precio del BAU, aun a pesar de conocerse de antemano del desenlace del largometraje. Pero el sistema debía se puesto a punto. Requería ensayos y ajustes, a través del método de prueba y error, para encontrarse perfectamente operativo cuando debiera ser aplicado por pura necesidad. El medio: la terapia del shock. La provocación artificial de conflicto y la experimentación de lo que podría hacerse para parar el primer golpe cuando asomase la penuria petrolera. En principio podemos pensar que, en efecto, es útil evitar o mitigar el caos que se cierne sobre nosotros. O tal vez no. ¿A quien beneficia que no se desencadene la anarquía y la sublevación social? Podríamos pensar que a todos. Pero ¿a todos por igual? No, a algunos más que a otros.



La teoría Miltoniana, a pesar de sus declamaciones en favor del capitalismo popular, especialmente en su aplicativo thatcheriano, muy influido también por el “orden espontáneo” de Friedrich Hayek, es básicamente una doctrina elitista. Fue promovida, mimada y aplicada por las oligarquías político-corporativas, para la defensa de sus intereses en lo inmediato, y ante las crisis por venir. Por esto mismo consta, como el célebre bajo relieve de Notre Dame de Paris, de un libro abierto y otro cerrado, esto es, de una formulación pública para la ilustración o más bien desinformación de las masas, y de una agenda oculta, reservada a los iniciados en el culto Friednamita, sus futuros beneficiarios.



¿De verdad creemos que nuestra clase dirigente (corporativa y política, insisto son lo mismo) no conocen de hace largo tiempo la situación a la que nos dirigimos? Recuerdo que hace ya lustros, por una carambola no fácil de explicar, tuve acceso a cierta documentación de una persona de esas que acceden a los aeropuertos a través de la zona Vips. Se trataba de unos dossieres, elaborados por una empresa especializada, de la que nunca había oído hablar. Me quedé embobado leyendo. En un tono asertivo, no como artículo de opinión, te explicaba el como, cuando y porqué de la situación política de aquél entonces, los verdaderos motivos de ciertas decisiones, y lo que con toda certeza ocurriría en el próximo futuro, con la contundencia no ya de una previsión, sino de una auténtica profecía autocumplida. Quitémonos la venda de los ojos. Quienes se mueven en ciertos niveles, lo saben todo. Y multitud de informaciones no alcanzan nunca las páginas de los diarios. Y eso que, presumo, sus directores son suscriptores de publicaciones como la que aquél día, puntualmente, llegó a mis manos.



Milton Friedman, sus excelentemente pagados apóstoles y discípulos, sus think tanks de apoyo, y la prensa económica comprada de saldo, no son otra cosa que las fuerzas de choque de la plutocracia internacional. Ellos son los primeros interesados en el mantenimiento a cualquier precio de un atisbo de orden social, porque son los que más tienen que perder de su destrucción. ¿Qué tiene esta pseudoaristocracia planetaria postmoderna? Esencialmente liquidez, dinero, invertido en paraísos fiscales. El mantenimiento del valor de sus activos monetarios es el pilar de su supremacía económica y social.



Es cierto que los elitistas tienen otros activos. Obras de arte, joyas y metales preciosos, acciones de empresas que no valdrán nada en caso de colapso económico, así como propiedades inmobiliarias. También redes clientelares, bastante soberbia y un inmenso desprecio por lo que califican como “la masa sucia”, esto es, todos nosotros. Pero nada de esto se come. Sus propiedad rústicas pueden producir alimento, pero alguien tendrá que cultivarlas. Siempre necesitarán mano de obra semiesclava. Y por mucha “seguridad privada” que contraten para defender sus lechugas tras vallas electrificadas saben que las masas enfurecidas y hambrientas arrasaran con todo lo que se les ponga por delante. Por todo lo cual es muy probable que la apuesta a largo plazo no les salga bien. Y ellos lo saben. El monetarismo Friedmaniano no es más que una primera trinchera. Luego tendrán que recurrir a otros métodos más contundentes.



Hemos llegado al final del camino Friedmanita. Al momento de la verdad. La actual crisis, que como sabemos no terminará nunca, ya no es una terapia, un experimento. Es el shock real que esperaban desde hace décadas los eminentes economistas de la Escuela de Chicago, y la verdadera razón por la que despreciaban las teorías Keynesianas (desde este punto de vista, tal vez con cierto conocimiento de causa). El decrecimiento de nuestras disponibilidades energéticas, hace ya imposible el crecimiento económico, necesario para mantener en pié el BAU. ¿Cuánto tiempo mantendrán las “ideas dinámicas” del profeta de los elitistas a raya a las masas? Depende de nosotros. De momento los fogones están al mínimo. Pero no nos engañemos. Todo irá a peor. Y los que cuecen la rana, esto es, a todos nosotros, tarde o temprano se verán obligados a abrir la espita. La ignorancia es nuestro mayor enemigo. Y no puede haber peor demostración de incompetencia que la de quien se deja cocinar en agua hirviendo, pudiendo desde el principio salvarse con solo dar un buen salto. Eso sí, al vacío.





Calícrates