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lunes, 8 de noviembre de 2010
El tecnooptimista dentro de cada uno
Queridos lectores,
Estos días en Palma de Mallorca han sido muy, muy intensos: aparte de las muchas horas que me he tirado en la Universitat de les Illes Balears (más concretamente, en la sede del Instituto de Física Interdisciplinar y de los Sistemas Complejos), mi agenda fuera de la Universidad ha tenido también muchas horas, pero no me quejo en absoluto: aparte de las dos conferencias, la oportunidad se presentó de ser entrevistado primero por una televisión local y después por una radio local (experiencia que marcó a fuego a los entrevistadores, como comprobé al ver como iban cambiando sus caras mientras yo iba respondiendo a sus preguntas, y en los comentarios de después off the record). El último día estuve tomando algo con un grupo de doctorandos muy sensiblizados socialmente y receptivos a este tipo de problemas, y estuvimos discutiendo la cuestión del Oil Crash desde una perspectiva más extensa y ampliando algunos conceptos. Y algo que pude comprobar, una vez más, es que incluso entre aquellos que apuestan decididamente por un cambio de la sociedad y que se dan cuenta del problema que representa la depleción de los recursos naturales (entre otras amenazas y desequilibrios de nuestra sociedad) tienden a dar soluciones mas tecnológicas que lógicas. Como yo les decía, el virus industrial está muy enraizado en todos nosotros, incluso en los que nadan contracorriente del mainstream, y perdemos mucho tiempo haciendo discusiones de corte académico sobre cómo solucionar aspectos parciales del desaguisado mediante la implementación de tecnologías ad hoc, en vez de ir primero a las cuestiones más básicas y, sólo después, sólo cuando se haya superado la primera bofetada de la transición a un mundo post-fósil, empezar a plantearnos cómo podemos montar una estructura más o menos tecnificada que sea sostenible y resiliente.
Tengo oído que de mi charla en el IFISC gustó la primera parte, pero no la segunda, que fue considerada demasiado ideológica ya que analizo (con un nivel de detalle demasiado somero, en realidad) algunas adaptaciones clave que será preciso hacer en esta sociedad. Ciertamente, la primera parte está basada en datos, en tanto que la segunda está basada más en el sentido común y tiene un componente subjetivo; no obstante lo cual, las propuestas que yo hago son lógicas, no ideológicas. La única manera de pensar que todo aquello de lo que se habla allí (necesidad de fortalecer la comunidad, disminuir el consumo, fomentar la producción agrícola, cambiar los diseños para favorecer la sostenibilidad...) no es algo estrictamente necesario es si uno decide creer que podremos mantener una estructura industrial funcional con un 10 o 15% de toda la energía que consumimos hoy en día, que sería lo que en el mejor de los casos, sobre el papel, podríamos preservar usando energías renovables. Sin embargo, este tipo de análisis suele no tener en cuenta que en la realidad las cosas son mucho más complejas y más duras. La primera cosa que se suele desdeñar es que las energías renovables típicamente nos suministran energía eléctrica, y ésta no es fácilmente intercambiable ni útil para todos los usos; impepinablemente en algunos casos se tendrá que transformar a otro tipo de energía (por ejemplo, a biofuel para operar maquinaria pesada, que requiere cierta autonomía y una densidad energética mayor de la que puede dar una batería eléctrica) y esta transformación, en virtud del Segundo Principio de la Termodinámica, implica una pérdida de la energía inicialmente disponible. No sabemos exactamente en cuántas pérdidas incurriremos con estas transformaciones necesarias, pero lo que es seguro es que serán significativas y que eso va a complicar aún más nuestra transición. Pero está también el segundo aspecto que la eficiencia de nuestra sociedad industrial hace invisible a la mayoría de la gente, y es la necesidad de tener suficiente base industrial para garantizar la instalación y el mantenimiento de nuestros medios de producción renovables, siendo este segundo aspecto el más crítico en el medio y largo plazo. Damos por sentado que habrá fábricas que fabricarán tubos de acero o aluminio para nuestras conducciones, varas de acero corrugado y cemento para nuestro hormigón armado, factorías donde se mecanizarán las planchas y piezas que necesitaremos, etc. Sin embargo, estas fábricas están dimensionadas al volumen de consumo de la actual sociedad, y a medida que la economía de la misma colapse estas fábricas perderán personal y capacidad, hasta cerrar. Eventualmente, el conocimiento y los medios de producción se perderán, y sin ellos intentar hacer un despliegue a gran escala como el que se pretende con energías renovables es completamente utópico. Es por ello que si el plan fuera realmente éste (si es que hay algún plan) lo natural es que la mayoría de los recursos públicos se destinasen a preservar esa base industrial mínima, incluso aunque ahora mismo fuera deficitaria.
La tarea particular de mantener la base industrial es algo que está completamente fuera del alcance de lo que cada uno de nosotros con nuestras acciones individuales podemos conseguir, y es algo por tanto que no podemos ni debemos considerar. No estoy diciendo que la sociedad post-fósil sea completamente desindustrializada, pero como de lo que se trata ahora es de sobrevivir a la transición, nuestros esfuerzos deben dirigirse a garantizar que en caso de un fallo sistémico de toda la base industrial nosotros podremos continuar adelante. Evidentemente la sociedad industrial nos ha dado muchas ventajas; yo suelo destacar los antibióticos, que por sí solos explican una parte sustancial no sólo de la disminución de la mortalidad sino también de la morbilidad. Cuando hace poco discutíamos que en términos absolutos no habrá ganadores con el Oil Crash, uno de los comentarios señalaba que seguramente vivía mejor un señor feudal que un banquero de Wall Street. Teniendo en cuenta que la esperanza de vida de un señor feudal era de unos cuarenta o cincuenta años, y que posiblemente una parte de su vida la pasaría atormentada por sarpullidos, eccemas, infecciones mal curadas, heridas deformantes, frío y sabañones, comida que no siempre estaba en condiciones óptimas, cocinas con mala combustión que acorta la vida de los que las usan (como señala en el apartado de "Pobreza energética" el último WEO de la Agencia Internacional de la Energía), etc estoy convencido de que cualquier señor feudal se cambiaría con gusto por un gris chupatintas de un oscuro negociado ministerial, con su casa climatizada, su luz nocturna y su nevera y botiquín. Y es que en nuestra visión romántica de cómo fueron las sociedades pasadas tendemos a desdeñar el peso de la enfermedad y la aflicción en las vidas de esa gente, como sin embargo está continuamente referido en las diversas obras literarias de esas épocas (¿nunca se han preguntado cómo tantas veces los protagonistas o secundarios cogían esas extrañas y violentas fiebres?). Cualquier médico de la audiencia, sobre todo aquellos que han trabajado en países en vías de desarrollo, podrán certificar que la condición humana es mísera, sometida al imperio de la enfermedad y los gérmenes, y sólo con los avances en higiene, desinfección, los antibióticos y las vacunas se ha podido contener tanto sufrimiento (al fin y al cabo, uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis es la peste, enfermedad que hoy en día se cura completamente con antibióticos).
Y no obstante todo esto, una y otra vez las conversaciones sobre cómo será la sociedad post-fósil giran en torno a qué energías pueden ir sustituyendo a otras. Todos vemos que esta sociedad es injusta y consumista, pero en el fondo de nuestro corazoncito queremos seguir teniendo algunos de sus conforts: electricidad, agua cuya potabilidad esté garantizada, internet y un ordenador para conectarnos, una amplia red de transporte público, medicamentos,... Cosas con las que ni por asomo contaron nuestros bisabuelos pero que cuando pensamos en ellas hoy en día nos parecen necesidades básicas, irrenunciables. Bien, quizá son bienes más que deseables (sobre todo el agua potable), pero el hecho de que los querramos o incluso que los necesitemos no garantiza en absoluto que los vayamos a tener. Así pues, lector, tiene dos opciones claramente diferenciadas. O bien se va preparando para un futuro de grandes carencias o bien se moviliza para forzar el establecimiento de un plan que garantice ese mínimo industrial y para todo el mundo que en las sociedades occidentales creemos indispensable. Si quiere mi consejo, yo seguiría las dos opciones la vez. La segunda por ser la deseable, y la primera por si las moscas.
Salu2,
AMT
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