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lunes, 23 de marzo de 2026

Dead man walking


 

Queridos lectores:

La guerra de Irán entra en su cuarta semana. Una vez más, para evitar un pánico y hundimiento generalizado de las bolsas al abrir la sesión del lunes, se ha tenido que inventar una noticia para apaciguar al mercado. En este caso, Donald Trump ha decretado una tregua de 5 días (solo de la parte americana, Israel va a la suya), según él, gracias a fructíferas conversaciones con Irán durante este fin de semana (conversaciones ya desmentidas por las autoridades iraníes).

Estamos en tiempo de descuento. En las próximas semanas llegarán los últimos buques que salieron de Ormuz antes del cierre, y cuando esto suceda, la escasez de manifestará con toda su crudeza e intensidad. De hecho, las cosas ya están yendo horriblemente mal. La lista de países que están sufriendo problemas de suministro de combustible o incluso han impuesto medidas de racionamiento (Japón, Australia, Nueva Zelanda, India, Tailandia...) va creciendo a medida que pasan los días. China ha restringido la exportación de fertilizantes, y en los EE.UU. se estima que en esta campaña faltarán entre el 25 y el 35% de los fertilizantes que habitualmente se usan. La escasez de helio va a causar una fuerte caída de la producción de chips en unas semanas, y por no hablar de la desastrosa situación del aluminio o del cobre, por citar un par de materias primas. Pero en realidad todo está afectado. De manera para nada sorprendente para los lectores tradicionales de este blog, en este momento una de las cosas que más escasea es el diésel, y eso afecta a absolutamente todo, a la cadena de suministros de todo tipo de materias primas.

No parece haber una solución sencilla. Irán no va a cejar si no hay un compromiso de no agresión creíble por parte de EE.UU. y de Israel, garantizado por grandes potencias como Rusia y China, y una reparación de guerra a la altura del daño que se ha causado. No puede hacerlo por menos, pues sabe que si cede ahora, dentro de unos meses volverán a atacarle, tras rearmarse. Pero esas condiciones son completamente inaceptables para EE.UU. e Israel. Realmente, no hay ningún tipo de salida sencilla para este atolladero. Todo apunta a que se va causar un daño estructural inmenso en el edificio de la economía mundial.

Poniéndome ahora en el contexto de España y de Europa, siendo honestos, salvo que suceda algo ahora mismo inimaginable (literalmente un milagro) nos vamos a estrellar. No es imaginable ningún otro desenlace. Vamos a sufrir una pérdida muy duradera, quizá incluso permanente, de un 25% o más de nuestro consumo energético, y va a suceder durante los próximos meses. Vamos a ver como una buena parte de nuestras industrias se hunden para nunca jamás recuperarse. Vamos a ver como el paro de dispara. Y en fases avanzadas de esta debacle, vamos a ver escasez de combustibles y hasta de alimentos.

Quizá los amos del mundo tienen resortes que no somos capaces de imaginar, quizá tienen manera de detener en seco esta guerra y con ella este desastre. No lo sé. Yo ni sé ni puedo saber estas cosas. Sí que sé que, sin un cambio radical de rumbo, nos vamos a hundir, y muy hondo. E incluso si se produjera ese milagro, solamente por el destrozo que ya se ha causado, las consecuencias ya serían bastante duras en los próximos años. Aunque, claro, nada por comparación con el hundimiento actual.

Ahora mismo estamos perdiendo alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petrolíferos, que es como el 20% del consumo mundial y, lo que más nos importa a nosotros, eso representa un 40% del petróleo disponible para la exportación. Falta también como el 20% del gas natural licuado, el 30% de los fertilizantes nitrogenados, el 30% del helio, el 30% del aluminio, el 30% del azufre (se necesita para hacer ácido sulfúrico para procesos industriales, incluyendo la obtención de cobre)... Hay un atasco de contenedores increíble en la zona. La falta de petróleo crudo medio de la zona del Golfo Pérsico afecta especialmente a la producción de diésel. Y también a la de queroseno. De hecho, algunas compañías aéreas comienzan a cancelar vuelos. Lo que le pase después al turismo, Dios dirá.

Esto no va a ser una crisis más. Esto va a ser una catástrofe económica. Combinada con el estallido de las burbujas financieras desmesuradas que se han inflado durante los últimos años, resulta difícil alcanzar a comprender la magnitud de lo que va a pasar.

Esto es pura aritmética. No hay ninguna buena salida si Ormuz sigue cerrado. Que el mundo no se precipite en un abismo depende solamente de que se reabra esa vía crítica.

Ciertamente, el cierre de Ormuz deletrea todas las letras del fin del capitalismo necroterminal, sistema destructivo y voraz al que no echaremos de menos. El problema no es tanto el fin del capitalismo, sino el cómo se va a producir este fin. Porque en vez de pasar a un sistema de redes de resiliencia preparadas para acoger a la Humanidad, en la mayor parte de este planeta caeremos literalmente sin red.

Probablemente esto es lo mejor que podía pasar. Con un Cambio Climático desbocado y multitud de otros problemas ambientales, no podíamos hacernos ilusiones de que se produjera un descenso ordenado y controlado. Probablemente tenía que pasar algo así, drástico, una detención violenta, si tenía que haber algún margen de poder construir algo en el futuro. Aún así, la mayor preocupación es cómo garantizar que el hundimiento del capitalismo no se convierta en una hecatombe con millones de muertos.

Dadas las circunstancias, las medidas que se tendrían que estar promulgando a diestro y siniestro tendrían que ir de soberanía alimentaria, de garantizar mínimos vitales, de definir sectores estratégicos, de supeditar todos los bienes al objetivo común de garantizar la supervivencia de todo el mundo, de adaptarnos lo más rápido posible a estos tiempos de tribulación y zozobra que se nos van a echar encima.

Pero no. Nada eso está en la hoja de ruta. 

Ayer pasé una parte de la tarde revisando las líneas principales del decreto de medidas urgentes que el gobierno de España ha propuesto para hacerle frente a esta nueva crisis trumpiana. Lo cierto es que no me esperaba encontrarme ninguna sorpresa, y así la mayoría de las medidas iban por los derroteros esperables. Por un lado, rebaja a la fiscalidad de la energía, una medida poco útil y de efecto limitado en el tiempo, ya que al bajar el precio aumenta la demanda y el precio vuelve a subir hasta ajustarse a la oferta posible, con lo que se vuelve al mismo precio de partida al cabo de un par de semanas, con la diferencia de que las empresas se quedan con un margen mayor y el Estado con uno menor. Por el otro, medidas para acelerar la transición energética, siempre dentro del modelo de la Renovable Eléctrica Industrial (REI), aunque ya hay alguna mención a los gases renovables - de burbuja en burbuja. Algunas sorpresas agradables es que se recupera la distancia de 5 km para definir las comunidades energéticas, que se había intentando introducir en el decreto antiapagón del año pasado; y otras que no lo son tanto, como es la creación de Zonas de Aceleración Renovable, donde se pretende aplicar el rodillo para que de desplieguen rápidamente las macroplantas eólicas y fotovoltaicas.

Leía las medidas y pensaba: ¿y para qué? ¿y qué más da? Estos días, mientras me entrevistaban para diversos medios, volvía a salir el tema de la transición energética y cómo la mayor penetración renovable de España le ha garantizado de momento menores precios de la electricidad que Europa. Menores precios ahora que aún no ha empezado la escasez: ya veremos qué pasa cuando los socios europeos se empiecen a dar bofetadas por el gas. En la mayoría de las entrevistas, se daba por hecho de que el cierre del Estrecho de Ormuz va a favorecer la transición energética, sin entender que todo el sistema depende de una megamáquina industrial que produce todo lo que se necesita para el REI, desde el cemento hasta el metacrilato, los marcos de aluminio o la fibra de vidrio de las aspas, usando cantidades ingentes de combustibles fósiles. Y es esa misma megamáquina industrial la que se va a detener ahora, y no vamos a tener opción ni de fabricar un tornillo.

En medio de la situación que tenemos, plantearse que la respuesta es la transición renovable es como si se declarase un incendio en casa y piensas que es un buen momento para llamar a un albañil para que te instale puertas cortafuegos. Eso podría haber sido útil en otro momento, pero ahora ya no. Ya no hay tiempo para eso. Ahora tenemos que prepararnos de verdad para el impacto. El sistema aún está en pié y sigue dando pasos, pero está muerto, y en cualquier momento va a desplomarse. Deberíamos estar preparándonos para eso.

Y si Vd., querido lector, está pensando que ojalá se produzca el milagro y se reactive el flujo energético y material a través de Ormuz, piense que eso garantizaría un caída peor más tarde. En realidad, lo que ya no puede esperar es organizar el futuro más allá del capitalismo extractivista. 

Salu2:

AMT 

viernes, 16 de febrero de 2024

Si nuestra supervivencia fuera importante


Queridos lectores:

Este no es un post cómodo. No sigan leyendo si no se sienten con la presencia de ánimo adecuado. Avisados quedan.

La semana pasada cayó como una bomba la publicación del último estudio sobre un hipotético colapso del brazo atlántico de la Corriente de Lazo Meridional (AMOC).  Y no es porque este tema no haya sido estudiado con intensidad desde hace décadas, sino porque este estudio cierra un frente que aún permanecía abierto en este debate. Durante los últimos años, con la mayor abundancia de datos y mediciones y con mejores herramientas de análisis, se ha ido acumulando cada vez más indicios de que el Cambio Climático podría llegar a ocasionar el colapso de la AMOC. Particularmente relevante fue un estudio publicado el año pasado en Nature Communications que mostraba que el colapso de la AMOC podría llegar a producirse en cualquier momento de este siglo. En aquel momento yo publiqué un post sobre el tema ("Si no es ahora, será después"), el cual les recomiendo que lean ahora si no saben absolutamente nada sobre esta corriente oceánica y las consecuencias de su detención. Y aún no ha pasado un año cuando ha aparecido el impactante estudio de Westen, Kliphuis y Dijkstra en Science Advances, el cual claramente marca un antes y un después.

La importancia del estudio de Westen et al radica en que por primera vez se consigue reproducir el colapso de la AMOC en un modelo de simulación climática de los que usa el IPCC. En el experimento numérico, se aumenta de manera muy lenta y progresiva el flujo de agua dulce que provendría de la fusión del agua continental en Groenlandia y Canadá, mientras que se mantiene una concentración de gases de efecto invernadero y una temperatura constantes y con valores de antes de la Revolución Industrial. Porque el objetivo del experimento numérico no es reproducir lo que está pasando en el mundo real ahora mismo, sino saber si con el forzamiento adecuado el colapso de la AMOC podría producirse, a qué velocidad sucedería y si existen un indicador temprano que nos alerta de la cercanía al colapso. Y aunque el valor de descarga de agua dulce a partir del cual la AMOC colapsa es elevado (unas 80 veces más grande que la descarga estimada desde Groenlandia), lo que se observa es que la AMOC colapsa muy rápido, de modo que antes de 100 años su valor es casi residual, y el grueso de la caída se verifica en menos de 50 años. Por otro lado, se encuentra que el flujo de agua dulce a través del paralelo 34º S es un indicador fiable de la proximidad al punto de colapso, independientemente de sus causas (si es solo el exceso de agua dulce del deshielo continental u otras causas individualmente o combinadas). En la segunda parte del trabajo se toman medidas del mundo real para hacer estimaciones del flujo de agua dulce a través de 34ºS para ver dónde estamos, y aquí es donde se desatan los demonios: el valor actual de ese flujo revela que estamos muy cerca de llegar al colapso de la AMOC, si no es que ya está en marcha. Y que, en todo caso y si no se toman medidas, el colapso comenzará este mismo siglo, en consonancia con el estudio de Ditlevsen & Ditlevsen del año pasado.

He visto algunas críticas quitando importancia al trabajo de Westen et al debido al hecho de que el flujo de agua dulce que provoca el colapso de la AMOC es muy elevado (alrededor de 0,5 Sv o hectómetros cúbicos por segundo) y que por tanto no es realista y que eso significa que no hay un riesgo real de colapso de la AMOC. En realidad quien dice esto no ha entendido el trabajo: como he dicho más arriba, en la parte del análisis con el modelo numérico Westen et al están buscando tres cosas: 1) saber si un modelo puede reproducir un colapso de la AMOC con el forzamiento adecuado; 2) si tal colapso sería rápido; y 3) si existe un indicador temprano de ese colapso que no dependa del forzamiento. Y la respuesta a esas tres preguntas es sí. Después, van a los datos del mundo real y con ese indicador evalúan en qué punto estamos, y el resultado es clara e indiscutiblemente alarmante. Y es que, en realidad, hay muchos factores que están parando la AMOC. Uno de ellos es el agua del deshielo, pero otro que seguramente está siendo más importante (porque afecta a un área mucho mayor) es la reducción del viento en superficie, porque el  viento vuelve el agua más densa por dos efectos: por que la enfría y porque favorece la evaporación, que la vuelve más salina. Y estamos constatando que el viento está siendo anómalamente bajo en esta zona.


En realidad, es muy difícil contabilizar todos los factores y procesos que están afectando la AMOC, y además mucho de ellos son más difusos y afectan a un área mucho mayor que el modelo simple conceptual que se suele usar (cuña aquí: en mi grupo hemos desarrollado un método pionero para poder medir directamente la formación de aguas profundas a través de datos de satélite, y pronto - cuando acabe de revisar yo el nuevo artículo - mostraremos qué está pasando en el Atlántico Norte). Por tanto, lo más sensato es mirar a los indicadores tempranos como el que se ha analizado en Westen et al (que en realidad no es nada nuevo y que hace tiempo que se utiliza como indicador de la estabilidad de la AMOC).

Como el propio artículo de Westen et al muestra, si la AMOC colapsa los efectos climáticos serían catastróficos. Sin el efecto benéfico de esta corriente oceánica, que aporta calor y humedad a Europa, el continente tendería al clima que le correspondería por la latitud a la que se encuentra, similar a la de Canadá o la del sur de Siberia. Las temperaturas en la Europa Central caerían unos 30 grados, el hielo del Ártico llegaría cada invierno a las puertas de París... El continente no solo se volvería más frío, sino también más seco, y probablemente sería completamente inhabitable. Los países del Sur de Europa se quedarían con temperaturas mucho más aceptables, aunque el reto seguiría siendo la escasez de precipitaciones (lo cual dependería de si la corriente del Golfo se debilita mucho o no). Al otro lado del Mediterráneo y en Mesoamérica, las temperaturas se dispararían porque el exceso de calor atlántico no tendría por dónde liberarse. En general las tempestades se volverían mucho más violentas en todo el Atlántico Norte, y por ajuste geostrófico el nivel del mar en esta zona subiría al menos 70 centímetros. Pero lo peor sucede alrededor del Ecuador: el recalentamiento del Trópico de Cáncer empujaría la Zona de Convergencia Intertropical varios centenares de kilómetros hacia el sur, lo cual desplazaría el monzón sudamericano (acabando con la selva amazónica), el africano (acabando con la selva africana) y el indio (comprometiendo las cosechas en ese subcontinente habitado por 1400 millones de personas). Lo peor del asunto es que hay muchos síntomas de que esto está comenzando a suceder: sequía en Europa y en Mesoamérica, desplazamiento de la ZCIT, sequía en la India, recalentamiento del agua superficial del Atlántico Norte...

Bien, hasta aquí la justificación de por qué el artículo de Westen et al es tan importante y el diagnóstico de la situación.

La pregunta natural ahora es:

¿Qué podemos hacer para evitar esta catástrofe? 

Eso si es que siquiera es evitable; si no, la pregunta es:

¿Qué podemos hacer para adaptarnos a esta catástrofe?

Teniendo en cuenta la magnitud del problema, cualquier propuesta tiene que tener también una dimensión comparable a lo que se quiere hacer frente.

Algunos políticos de poco fuste pero mucha mala fe han intentado aprovechar la noticia para intentar una vez más impulsar su fallida agenda industrialista, apostando de nuevo por más aerogeneradores, más placas, más coches eléctricos, más hidrógeno verde, más país, más planeta y si te descuidas pronto más galaxia. No son conscientes del ridículo que hacen con su cortedad absoluta de miras y su rigidez mental delante de la complejidad  y variabilidad de los retos en el mundo real.

Otros políticos con todavía peor intención, y su caterva de trolls (los que están a sueldo y los voluntarios entusiastas, que también los hay) optan por redoblar los cantos de sirena del negacionismo climático, tildando estos estudios de exagerados y apocalípticos, de dogma climático y de impulsar una agenda de tintes comunistoides con esta excusa.

Pero mientras unos y otros rebufan por los dos lados del espectro político, el poder económico ha tomado buena nota de los estudios y es perfectamente consciente de lo que hay en juego. De hecho, yo diría que en (ciertas) altas instancias hay ahora una visible incomodidad que poco a poco se va tornando en pánico.

Desde el punto de vista de esta gente, la que realmente rige los destinos de nuestra sociedad, la aproximación lógica a este problema es apostar por la geoingeniería, es decir, la modificación artificial del clima basada en un despliegue masivo de medios de todo tipo. Para ellos, éste enfoque es el lógico porque, aparte de implicar no cambiar para nada la deriva del sistema económico actual, se está creando toda una nueva oportunidad de negocio. Ya hace tiempo que se le hace publicidad a este tipo de "solución" y se intenta presentarlo como una opción viable y razonable. Estoy seguro de que a partir de ahora se van a redoblar los esfuerzos para que la opinión pública lo acepte como "la solución natural". El problema con la geoingeniería es doble: por un lado, se generan efectos secundarios indeseables e impredecibles, porque no tenemos ni una comprensión tan completa ni un control tan total sobre los procesos involucrados; por el otro lado, la escala a la que se tendrían que desplegar estas medidas para que tuvieran algún efecto es tan colosal que no es factible físicamente, no digamos ya económicamente. Quizá las únicas medidas que podrían crear un efecto a la altura de lo que se necesita sería quemar todos los bosques del mundo o una guerra nuclear - y creo que en esos dos casos los efectos indeseados resultarían bastante evidentes hasta para los más cerriles.

Un plan sencillo.

Podría pensarse que no hay nada que hacer delante este gigantesco problema, y que por tanto estamos condenados.

Nada más lejos de la realidad, al menos desde el punto de vista material, técnico. Salvo si realmente ya hemos superado un punto de irreversibilidad, aún estamos a tiempo de parar esto. Físicamente, aún es posible. Y ahora explicaré cómo.

Sé bien que los que braman desde lo que ellos llaman izquierda tacharán esta propuesta de "ingenuidad política". Cabe preguntarse si lo que ellos hacen no es todavía de una mayor ingenuidad, teniendo en cuenta que no consiguen cambiar nada. Mejor intentar cambiar algo y fallar que no intentarlo absoluto.

Por su parte, los que braman desde lo que ellos llaman derecha tacharán esta propuesta de "agenda globalista socialista davosiana comunista para acabar con la libertad" y no sé cuántos disparates más. Creo sin embargo que la destrucción de todo restringirá muchísimo más la libertad de las personas y las oportunidades de hacer negocios.

En todo caso, como es más que previsible que habrá una fortísima oposición por motivos ideológicos y para nada basados en la evidencia científica, y debido a que el esfuerzo que se requiere es escala planetaria, la primera cosa que creo que se debe hacer es dedicar un par de años a hacer todo el trabajo científico y técnico de evaluación de la magnitud del problema y llegar a un consenso sobre el estado actual y los riesgos potenciales. Quizá no tenemos esos dos años para perderlos, pero me temo que no tenemos elección, teniendo en cuenta cómo funcionan las comunidades humanas, incluyendo las científicas.

Una vez concluidos los trabajos de la comisión científica, se tendría que celebrar una gran conferencia planetaria, que forzosamente debería durar muchos meses, con grupos de trabajo verdaderamente interdisciplinares y sin la habitual injerencia de intereses espurios rebajando el tono de los textos. Esta conferencia debería salir con medidas concretas, concisas y de carácter fundamentalmente técnico.

En cuanto a las medidas, lo que se podrá discutir cómo se reparten pero la cosa es bastante simple: tenemos que reducir con carácter inmediato las emisiones de CO2 en un 90%. "Inmediato" quiere decir a la mayor brevedad, y por poner un plazo antes de un año. Luego, de manera más paulatina, habría que ir reduciendo el 10% restante. Haciendo eso, y teniendo en cuenta los mecanismos naturales de la Tierra de reabsorción de CO2, en un par de décadas deberíamos comenzar a notar efectos positivos y, si hemos tenido suerte, habríamos evitado el peor escenario.

Para que quede claro, esto no es decrecimiento. Esto es tirar a fondo y a la desesperada del  freno de emergencia. Con el decrecimiento se busca conseguir de manera paulatina y progresiva un descenso material y energético de manera que no se comprometa el bienestar de la gente. Aquí no. Aquí se alteraría de manera drástica y radical las condiciones de vida de todo el mundo,  sobre todo en los países más opulentos. Hay que ser honestos: la calidad de la vida bajaría. Todo estaría racionado, hasta los alimentos y el agua. Sería implementar una economía de guerra, con una obsesión que dominaría todas las acciones e intenciones, luchar para evitar esta catástrofe.

No es un escenario cómodo, agradable y progresivo lo que se ofrece. Es simplemente la única manera que tenemos de intentar evitar lo peor, y  es la única manera que está a la altura del tamaño y la gravedad del problema que nos desafía. Por eso es duro y desagradable, porque el peligro que afrontamos es muchísimo peor.

No es el futuro que querríamos, es el futuro que podríamos tener. El único realmente viable.

Sí, ya sé lo que dirán. Que no es políticamente viable. Que nunca se hará. Ahora vuelvan al principio del post y miren el mapa de cómo quedará el mundo. Piensen en los 3.000 millones de personas que se verán directamente impactadas por esta tragedia y que probablemente tendrán que abandonar sus lugares de residencia. Sí, lo que propongo es una locura. Pero no hacer nada y que sobrevenga esto es una locura mucho mayor. Tendremos que acostumbrarnos a luchar por estas locuras que nos ofrecen un futuro incómodo e indeseable si queremos simplemente tener un futuro.

Ya les dije que éste no era un post cómodo.

Por terminar: siempre me ha fascinado un libro de John Michael Greer que leí hace años. "La riqueza de la naturaleza: economía como si la supervivencia importase". Con mucha finura, JMG plantea el problema desde el propio titulo. Porque efectivamente el planteamiento económico habitual es que la supervivencia, tanto la nuestra como la del resto de seres vivos que nos acompañan en este planeta, no es algo que deba ser tenido cuenta. Por eso no podemos entendernos: nosotros hablamos el lenguaje de la vida y lo vivo, los otros, no. No sé de qué hablan, pero sé que no es de la vida.


Salu2.

AMT

P. Data: Otro día, si acaso, les contaré que por lo que parece el brazo sur de la MOC también está colapsando. Cosa que sé porque en este caso se trata de mi propio trabajo con investigadores del National Oceanographic Center of Southampton.

lunes, 21 de marzo de 2022

Impacto inminente


 

Queridos lectores:

Hace unos días, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) anunció una lista de 10 medidas de emergencia para reducir rápidamente el consumo de petróleo del mundo en aproximadamente 2,7 millones de barriles diarios (Mb/d), cantidad a comparar con los alrededor de 100 Mb/d que se consumen hoy en día en el mundo. Estas medidas solamente son recomendaciones para los países de la OCDE, a los cuales la AIE asesora en materia de energía, y su justificación vendría de que las sanciones que se le están imponiendo y se le van a imponer a Rusia debido a su invasión de Ucrania van a crear un problema de suministro que necesita ser abordado para evitar las peores consecuencias económicas.

La realidad a la que nos enfrentamos es mucho peor de lo que la AIE quiere reconocer, aunque sin duda en esa venerable institución deben comprender muy bien su verdadera naturaleza. La primera cuestión a resaltar es que la caída de la disponibilidad de petróleo no viene principalmente de las posibles sanciones a Rusia. Rusia ya se ha buscado compradores alternativos a los que vender su petróleo, con cierto descuento respecto al barril de Brent pero, como éste está muy caro, en realidad el precio es muy ventajoso. Lo hemos comentado muchas veces: el petróleo es muy fungible y si dejas de comprar a un proveedor éste se busca nuevos compradores y tú acabas comprándole el petróleo a los antiguos proveedores de éstos, y en la práctica nada cambia; como mucho, importar petróleo se vuelve más caro, si viene de más lejos. Sancionar a Rusia con no comprarle petróleo es por tanto un gesto bastante inútil si lo que se quiere es estrangular la economía rusa, aunque esta vez sí que ha tenido consecuencias negativas, pero para los sancionadores:  la India se está planteando pagar el petróleo ruso en yuans chinos, lo que pondría en jaque la hegemonía del petrodólar, la cual es básica para que el resto del mundo financiemos el déficit comercial de los EE.UU. y que así la primera potencia mundial pueda mantener su insostenible tren de vida. 

En cualquier caso, la razón por la que va a faltar petróleo no es por las sanciones a Rusia, sino, simplemente, porque la producción de petróleo está en caída libre. El pico de todos los líquidos del petróleo fue en diciembre de 2018, y debido al fuerte clima de desinversión de las compañías petroleras, lo que hasta la propia AIE prevé es diversos picos de precio del petróleo hasta 2025. Acabamos el año pasado con un déficit de oferta de petróleo con respecto a demanda del 3%, y todo indica que al final de este año el déficit podría ampliarse hasta el 10%. Éste, y no otro, es el motivo de las actuales prisas.

Hay quien ha interpretado las medidas contenidas en la recomendación de la AIE como algo positivo (incluso algún incauto las ve de "fácil aplicación"). Lo cierto es que esas medidas, adoptadas como se podrían  adoptar ahora (con precipitación) son tremendamente negativas para la economía y para la población unas, y simplemente imposibles otras. Echemos un vistazo a las medidas y analicemos por qué en general no son positivas:

1.- Reducir los límites de velocidad en las carreteras en al menos 10 km/h. Ésta ya tuvimos ocasión de analizarla con detalle en 2011, porque en aquel momento el Gobierno de España la adoptó con carácter provisional. Esencialmente es legislar algo que mucha gente ya está empezando a hacer por razones económicas: circular más despacio para ahorrar combustible. Esa medida produce un pequeño ahorro pero, en sí misma, no es mala. Eso sí, siempre es mal recibida por la población (recordemos el malestar que se produjo en 2011).

2.- Teletrabajar desde casa 3 días a la semana: Fantástico para quien se lo puede permitir, que no es el caso de la generalidad de los trabajadores. Encima, en el caso de los que sí que puedan hacerlo resultará que pagarán un incremento de su factura de la luz por el tiempo de más que pasen en casa, que además se incrementará aún más al cocinar en casa y quizá hacer otras tareas en horas que la electricidad no está barata. Ahorra petróleo, ciertamente, pero empobrece a los trabajadores.

3.- Domingos sin coches: Por supuesto ahorra petróleo, pero es una medida de difícil implementación en muchas ciudades pequeñas y ciudades dormitorio de las grandes ciudades. Como siempre, a quien más penaliza es a las rentas menos pudientes.

4.- Transporte público más barato y micromovilidad: Como usuario del transporte público que soy, creo que mucha gente coincidiría conmigo en que el principal problema del transporte público es su escasez, y más si más gente se ve obligada a usarlo. Que se abarate está bien, pero lo más importante sería que se incrementase. La escasez de transporte público a lo que lleva es a que los más pobres paguen con lo que tienen: tiempo.

5.- Acceso alternativo a las grandes ciudades: Sin concretar más, pero seguramente lo que se pretende es que se pueda circular con coche con matrícula par los días pares, y con matrícula impar los días impares. Esta medida produce un gran ahorro de combustible y estimula que la gente comparta coche (en plena era CoVid, pero, bueno, la CoVid ya se ha olvidado). Perjudica poco a quien tiene más de un coche en casa, y mucho más a las familias que necesitan el coche para hacer recados, comprar, ir a buscar a los críos...

6.- Aumentar el uso del coche compartido: Sin duda, de las medidas más eficaces para disminuir el consumo de combustible sin afectar gravemente la vida cotidiana de las personas, aunque solamente respecto al traslado al lugar de trabajo. Sigue sin resolverse el tema de las compras, recogida de niños, etc, a no ser que se busque un acompañante para cada ocasión.

7.- Conducción eficiente de mercancías: Yo creía que los camioneros se las sabían todas en términos de maximizar la eficiencia al tiempo que se cumplían los plazos de entrega. Los camiones tienen la velocidad limitad por ley, con tacómetros que son comprobados regularmente por la policía de carreteras. Claro que quizá lo que se quiere decir es que los camioneros tiene que conducir lento, mucho más lento: de hecho, la velocidad óptima es 40 km/h, porque es justo a esa velocidad en que el comportamiento del flujo de aire circundante deja de ser predominantemente laminar y se vuelve predominantemente turbulento. De nuevo, que los pobres paguen con lo que tienen, con tiempo.

8.- Uso de trenes nocturnos y de alta velocidad en vez de aviones: No ir en avión ahorra mucho petróleo, así que en principio es una medida positiva. Claro que los trenes convencionales gastan mucha menos energía que los de alta velocidad, así que aquí la apostilla "nocturnos" es relevante, de nuevo, para quien no pueda pagar tanto. Los ricos irán en alta velocidad y los pobres pagarán con su tiempo (típicamente, el de estar con la familia) pasando la noche en un tren.

9.- Evite los viajes aéreos de negocios: Única medida que apunta directamente a la clase más pudiente y derrochadora. Por supuesto es una medida eficaz.

10.- Adopción de la electricidad y vehículos más eficientes: Una medidas urgente no puede basarse en la compra de nuevos vehículos. No todo el mundo ni todas las empresas se lo pueden permitir, ni quizá hay suficiente stock como para hacer una sustitución significativa. Esta medida es un brindis al Sol.

Todas estas medidas recuerdan mucho a las que ya formuló la AIE en su "Saving oil in a hurry" en 2008, actualizado 10 años después. Es significativo que ahora vuelvan: la situación es análoga a la del 2008, posiblemente peor. La crisis económica que viene será seguramente peor, mucho peor. En cualquier caso, no hay nada nuevo: son las mismas ideas, remozadas. No hay ninguna medida que apunte a una reforma estructural de la economía, todas apuntan a poner parches y a apuntalar el actual sistema. Son medidas con vocación de transitorias, a ser suprimidas en cuanto la coyuntura mejore. Porque es así: se asume que los problemas actuales son coyunturales. Pero no lo son. Son estructurales, han venido para quedarse y no es nada probable que alivie la situación una sustitución por renovables eléctricas, entre otras cosas porque la falta de energía fósil evidencia que no son tan baratas como creíamos.

Limitadas y parcheantes como son, lo peor de estas medidas es que de momento ningún gobierno ha mostrado ninguna intención de adoptar como mínimo alguna de estas recomendaciones. Todos están a la expectativa, a ver si el problema se resuelve solo, a ver si bajan los carburantes, a ver si la grave crisis alimentaria ya en ciernes acaba por desaparecer ella solita.

Mientras tanto, la crisis del diésel es inminente. Los medios económicos empiezan a hablar de ello con insistencia. Ya viene. Y ésta no es una crisis de encarecimiento (que ya está siendo problemático para múltiples sectores, desde la agricultura hasta la pesca, pasando por el transporte): ésta es una crisis de escasez. De desabastecimiento. De no tener suficiente. Algunos países ya lo están sufriendo. Falta diésel en Paquistán. En Sudáfrica se habla de racionamiento. En Francia, como en España, el precio del diésel supera ya al de la gasolina. En Alemania, BP y Shell ya no venden diésel al contado. En un extraño movimiento, Arabia Saudita (país productor de petróleo) coloca una orden masiva de compra de diésel. Mientras tanto, China suspende las exportaciones de combustible de las refinerías estatales a partir del 1 de abril. Esta próxima crisis no es como las anteriores: no es un shock de precios, es un shock de suministro. Una crisis que anticipamos aquí, producida por la escasez de petróleo de calidad. Cuando llegue, las medidas de la AIE serán insuficientes y tendremos que pasar al siguiente nivel. No estamos preparados psicológicamente ni para una crisis más suave que la que se nos tira encima. Impacto inminente.


Salu2.

AMT

viernes, 7 de junio de 2019

Medidas de emergencia en una crisis petrolera



Queridos lectores:

Hace años que anticipamos desde este blog el desafío que supone la llegada de la crisis energética más grave que tendrá que afrontar la Humanidad seguramente en su Historia. Hace años que intentamos explicar que esta crisis comenzará con el descenso de la producción de petróleo, porque de todas las materias primas energéticas es ésta la más comprometida, aunque el resto de materias primas energéticas no renovables (carbón, gas natural y uranio) le seguirán en un plazo de pocos años. En todos estos años hubo momentos (como el período de 2011 a 2014, cuando el precio medio del petróleo fue el más alto de su historia) en los que había mayor receptividad a los problemas que aquí se explican. Pero los últimos años de relativa y pasajera bonanza han hecho olvidar cuán grave es la situación de base, y justo ahora, cuando estamos a las puertas de un descenso energético que será muy rápido por culpa de nuestra falta de anticipación, es cuando menos preparados estamos para hacer frente a lo que viene.

¿Y cuál es la situación de base? Básicamente la que ilustra la Agencia Internacional de la Energía en su último informe anual.



La AIE está estimando que en los próximos 6 años la producción de hidrocarburos líquidos (a veces denominados "todos los líquidos del petróleo", porque incluye todas las sustancias más o menos asimilables a petróleo) va a descender de manera muy acusada, de manera que si bien ahora mismo estamos en una producción media de unos 93 millones de barriles diarios (Mb/d), hacia el año 2025 la producción estará en torno a los 66 Mb/d, cuando la demanda que se espera para tal fecha es de 100 Mb/d. Es decir, que la producción prevista sería un 34% inferior a la demanda esperada.

Por supuesto esta previsión se basa en determinadas hipótesis y tiene ciertas componentes especulativas. La propia AIE se encarga de matizar su propia previsión haciendo notar que si EE.UU. hiciera el milagro de multiplicar por 3 su producción de petróleo de fracking y además se hicieran otros progresos hoy día impensables en otros países, entonces el déficit en 2025 sería de "solo" del 14% (lo cual aún sería bastante terrible, desde el punto de vista económico). En todo caso, la previsión de la AIE no es una mera charada sin sentido: su proyección se basa en el hecho constatado de la fuerte desinversión de las compañías petroleras durante los últimos años y cómo se va a reflejar en la producción que podrá entrar en línea en los años más inmediatos. Y por desgracia ninguna de las hipótesis de base han cambiado durante los últimos meses: la AIE ha advertido repetidamente en las últimas semanas de que vamos a una situación de mucha tensión en el mercado petrolero, con diversos picos de precio en sucesión.

Cabe recordar que la AIE es una agencia de la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, organismo que reúne a los países más desarrollados del mundo, y que la función de la AIE es la de asesorar en materia de energía a los gobiernos de los países miembros. No solo eso: en los órganos directivos y los grupos de trabajo de la AIE participan representantes de las principales instituciones y empresas de los países de la OCDE. Por ejemplo, en el último informe anual figuran como revisores personas de todos los países de la OCDE, representantes de ministerios, de la Comisión Europea, del Banco Mundial, del Departamento de Energía de los EE.UU. y de muchísimas grandes empresas; y concretamente de España encontramos a Carlos Guascó, Francisco Laverón (ambos de Iberdrola), Pedro Antonio Merino (Repsol), Eduardo Roquero (Siemens Gamesa), María Sicilia (Enagas) y Luiz Augusto (Universidad Pontificia de Comillas). En definitiva: no solo no se deben tomar a la ligera las advertencias de la AIE, sino que en realidad sus observaciones y recomendaciones son la referencia en las que se basa (o debe basar) la política energética de nuestro país y nuestras empresas. Una cosa es que no se quiera hablar en voz alta de las malas previsiones para los próximos años y otra muy diferente es que estas previsiones no sean conocidas: lo primero es evidente, lo segundo es necesariamente falso, teniendo en cuenta quién participa en la elaboración de estos informes.

Pero a pesar de ello, aparentemente nuestros representantes políticos no se hacen una idea clara de cuál es nuestra situación real y qué se debe hacer. En parte por la estrategia de silencio que imponen los grandes poderes económicos por miedo a que la difusión de estas malas noticias deprima la economía; en parte porque aún se espera que sobrevenga un milagro que resuelva el día. Aún no se acepta en los altos cenáculos que nos rigen que esta vez hay que hacer una reforma de la sociedad y del sistema productivo que vaya mucho más allá de lo estético. Justo en el momento más crítico, en el que nos tendríamos que estar preparando para lo no ya inevitable sino inminente, simplemente no tenemos nada. Nada oficialmente, y probablemente tampoco nada o poca cosa extraoficialmente.

Con la intención de como mínimo comenzar la discusión sobre estos temas, en este post haré el ejercicio de describir cómo hacer frente a una situación de eventual crisis petrolera permanente. Comentaré las medidas que yo creo que se deberían de tomar y las compararé con las que creo que se van a tomar. 

Este ejercicio tiene muchas limitaciones. La primera es la imprecisión temporal. Es difícil saber en qué momento comenzarán a manifestarse los problemas de los que voy a hablar porque es bastante evidente que la carestía petrolera no se va a distribuir por igual según los países. Yo voy a pensar en el caso concreto de España, que probablemente llegará más tarde a los problemas que describiré justamente por formar parte de la aún bastante poderosa Unión Europea. No solo los problemas causados por la escasez de petróleo se retrasarán unos años en el caso de España, sino que probablemente su evolución será algo más lenta aquí que en otros lugares menos protegidos, lo cual dará un poco más de margen para tomar las medidas de adaptación. 

Otra limitación importante de este ejercicio es que es imposible de saber cómo van a reaccionar exactamente los diferentes sectores económicos y sociales delante de esta escasez, así que hay una cierta componente de especulación (más o menos razonable, pero especulación) en lo que diré. Añádase que, como es lógico, yo tengo un conocimiento limitado (tanto en datos como en conceptos) de los mecanismos que gobiernan nuestro sistema económico y social, con lo que como mucho puedo dar recomendaciones generales, sin entrar en los detalles, y no siempre estarán correctamente orientadas, por lo que todo lo que se comente tiene que ser revisado críticamente si quisiera implementarse. Por último, hay una cierta componente inverificable en estas medidas: dado que probablemente muchas de las cosas no se van a hacer, ni aquí ni en ningún lado, no vamos a poder comprobar si hubieran sido más eficaces que las cosas que realmente vamos a hacer.

Hechas todas estas salvedades, comencemos por diseñar nuestro escenario.

Como sabemos, en los próximos 6 años se va a producir una cierta caída de la oferta de petróleo. La AIE dice que puede ser de hasta 27 Mb/d respecto a la producción actual, cifra que rebaja a 7 Mb/d si se producen una serie de mejoras. Mejoras portentosas que son poco verosímiles; pero tampoco es mucho más creíble a caída de 27 Mb/d, que solo tiene sentido si no se toma ninguna medida correctora, cosa poco verosímil. En particular durante el último año se ha observado un ligero repunte de la inversión en exploración y desarrollo; insuficiente, sí, pero como mínimo algo remonta. Por tanto, como escenario de referencia, voy a tomar un valor intermedio de una caída de 15 Mb/d de aquí a 2025, es decir, pasaríamos de los 93 Mb/d actuales a 78 Mb/d. Estoy por supuesto descartando que haya una guerra importante en Oriente Medio o algún otro evento disruptivo de escala global, aunque admito que haya problemas graves a escalas más locales.

Una caída de 15 Mb/d representa un descenso de la producción de petróleo del 16% con respecto a los niveles actuales, disminución que se tendría que dar entre ahora y 2025. Pensemos que, a pesar del papel que tuvo la llegada del peak oil del petróleo crudo convencional en 2005 sobre la crisis de 2008, hasta ahora la producción de petróleo (todos los líquidos) ha crecido siempre. Como comenta el profesor James Hamilton, en la Gran Depresión de 2008 y en la Gran Recesión de 2011 el petróleo tuvo un gran papel, pero en esos dos casos no fue porque su producción de todos los líquidos bajara, ni siquiera que se estancara: es que no creció lo suficientemente deprisa. Imagínense por tanto el impacto que va a tener una caída del 16% en 6 años.

Dada la magnitud de la caída, y de su gran impacto global, es de suponer que el consumo de petróleo en España va a caer drásticamente. Durante la crisis de 2008 el consumo de petróleo de España cayó más de un 25%, y aún hoy está lejos de recuperar los niveles de antes de la crisis.


Imagen extraída de Statista, https://es.statista.com/estadisticas/501056/consumo-de-petroleo-en-espana/

Por tanto, en una situación de caída de disponibilidad del petróleo a escala global del 16% en los próximos 6 años no sería de extrañar ver una contracción del consumo de petróleo en España aún más fuerte que el que empezó en 2008. Sin embargo, es cierto que de 2008 a 2014 el consumo de petróleo que se ha perdido es el más crematístico, el que aportaba menos valor añadido a la economía. También es cierto que la tensión que va a originar la caída global de esos 15 Mb/d (unas 12 veces el consumo de España) puede a forzar a nuestro país a bajar aún más su consumo.¿Cuánta será, pues, la caída del consumo en España de aquí a 2025? Difícil de saber. En lo que sigue considero que será muy importante y que tendrá un impacto económico profundo en nuestro país.

Y después de todas estas consideraciones iniciales, esbocemos por fin nuestro escenario. Lo que describo no tiene porqué tener lugar en 5 años; bien podrían ser 10 o 20, pero probablemente es lo que acabará pasando si no reaccionamos adecuadamente.

Fase 1: Primer shock de precios.

Síntomas:  

El precio del petróleo comienza a subir aceleradamente, y en cuestión de meses supera los 120 $/barril. La actividad económica se ralentiza a escala global, y particularmente en España. Se disparan las cifras de paro.

Reacción estándar:  

Se considera que es una crisis económica más, reconociendo, eso sí, que los altos precios del petróleo son un ingrediente importante en ella, pero solamente uno más. Se toman nuevas medidas para estimular la transición a la "economía post carbono", pero en la práctica las necesidades presupuestarias y  el día a día hacen que no se haga nada realmente efectivo a ese respecto.

El Gobierno toma medidas clásicas para estimular la actividad económica: rebajas de impuestos a las empresas, incentivos a la contratación, líneas de crédito públicas... Como consecuencia del incremento de gasto que suponen estas medidas y de la caída de ingresos se reducen las prestaciones sociales. Se vuelve al discurso de "vivíamos por encima de nuestras posibilidades" y de la austeridad.

A pesar de todo cierran muchas fábricas y bajan las exportaciones. El paro sube al 20%, y el PIB cae un 10%.

La crisis dura entre un año y dos años. Tras la crisis, los ingresos fiscales no se recuperan y eso hace que no se retiren la mayoría de medidas de austeridad.

Reacción más apropiada:

Se reconoce públicamente que la crisis energética es la mayor componente de esta crisis, y que durante los próximos años se sucederán más crisis como ésta. Se discute abiertamente la situación entre todos los partidos, hasta que se consigue un consenso político sobre la gravedad de la situación y la necesidad de una reacción concertada delante de la crisis energética.

Se introducen cambios legislativos para reconocer un nuevo estado de emergencia nacional, en el que las condiciones de necesidad son permanentemente graves y requieren ajustes y sacrificios por la parte de todos. Se declara el estado de emergencia nacional por la crisis energética.

Se crea una mesa de diálogo con las empresas, para que comprendan la gravedad de la situación y lo drástico de las medidas que se tienen que tomar por su propio interés a medio y largo plazo.

Se toman medidas taxativas para reducir el consumo de petróleo. Se limita la velocidad de los coches en ciudad a 30 km/h y en carretera a los 80 km/h. Eso incluye las autopistas; los concesionarios no reciben compensación debido a la emergencia nacional.

Se crean diversas tablas sectoriales para la adopción de medidas urgentes para el ahorro energético. Por ejemplo, se propone reducir el volumen de mercancías transportadas por carretera a un 25% del actual y el de los barcos a un 10%, en un plazo de 10 años. Se fomenta la relocalización de actividades. Se toman medidas estratégicas para garantizar el suministro de recursos básicos y estratégicos. Se toman medidas para incrementar la soberanía alimentaria. Se obliga a la disminución y reutilización de envases. Se plantean planes para la reconversión industrial de muchos sectores que verán su demanda bajar drásticamente en los siguientes años, comenzando por el turismo.

A pesar de todas las precauciones tomadas y todos los consensos conseguidos, las medidas despiertan un gran rechazo y oposición entre la ciudadanía y muchas de las empresas, así que se requiere muchísima pedagogía y repetir numerosas veces el trasfondo del mensaje: o hacemos esto juntos o nos vamos al garete juntos.

A consecuencia de todas estas medidas, el PIB se contrae un 20%. Hay bastante descontento pero al final del período de crisis (que dura entre un año y dos) se relajan ligeramente algunas de las restricciones. La gente comienza a acostumbrarse a vivir de otra manera y modifica expectativas.


Fase 2: Segundo shock de precios.

Síntomas:  

Tras uno o dos años de relativa tranquilidad (precio del barril relativamente alto pero asequible) el precio del petróleo se vuelve a disparar. Esta vez supera los 150$/barril en muy poco tiempo, y encima se mantiene en esos niveles durante meses (esto es debido a que no se destruye demanda tan rápidamente porque ya no quedan tantos sectores de bajo valor añadido).

Reacción estándar:

El Gobierno comienza una reacción al estilo de la anterior, pero pronto se ve que esta crisis es más grave que la anterior y que hay que tomar medidas más drásticas. Después de muchos nervios y rumores sobre la caída del Gobierno, al final se aprueba un paquete de medidas urgentes para la contención del gasto en petróleo y el impulso de la energía renovable. Se limita la circulación de vehículos (por ejemplo, por el número de matrícula) y se penaliza a los coches en los que viaja solo el conductor. Se mejoran ostensiblemente la bonificaciones a la producción renovable; desde el sector eléctrico se avisa que están saturados de producción y que esa nueva producción agravará los problemas existentes sin resolver ningún problema, pero el Gobierno los ignora.

El turismo entra en una recesión muy profunda, porque la crisis es global y los turistas no vienen. Las playas están vacías y, lo que es peor, también lo están bares y restaurantes. El paro en el sector de la hostelería se dispara.

La crisis económica se hace muy intensa. El paro supera el 25% y se acerca peligrosamente al 30%. Hay manifestaciones continuamente en las calles y menudean los robos y los hurtos. El Gobierno implanta nuevas medidas de orden público, con el incremento de la plantilla de policías; a pesar de la reducción de salarios de los funcionarios públicos, es una salida profesional para mucha gente.

Al final de este período se empiezan a aplicar medidas de choque muy drásticas, con recortes sociales y de libertades individuales. Se restringe el derecho a la manifestación, se penalizan gravemente las convocatorias no autorizadas. Se empiezan a poner en marcha las primeras plantas de creación de combustibles líquidos a partir de carbón, con el objetivo de aprovechar el carbón nacional. España amenaza varias veces a Argelia por su falta de compromiso en el suministro de gas natural, y crea una comisión conjunta con Francia para seguir la crisis argelina.

La crisis dura tres largos años, con una contracción del PIB desde los niveles pre-crisis del 20%. Al final de la crisis se ve un ligero repunte de actividad y el Gobierno se felicita por la eficacia de sus buenas medidas. Acto seguido, cae el Gobierno, pero el Gobierno entrante no cambia en nada el rumbo marcado por el anterior.

Reacción más apropiada:

Se reconoce públicamente que la nueva crisis de precios es un síntoma del declive inevitable de la producción de petróleo. Se propone profundizar en las medidas tomadas en el período anterior.

Se cambian los planes de estudios y de capacitación profesional, de manera que se aprendan nuevas técnicas que tengan en cuenta la necesidad de reparar, reutilizar y reciclar. Se introducen asignaturas obligatorias de horticultura desde la primaria. Se fomenta la extensión de huertos urbanos y de proximidad; todos los municipios deben destinar un área mínima a huertos, y se cambian las leyes para incentivar el paso de terrenos urbanos a rústicos. Se dan incentivos para la producción alimentaria nacional, y se carga con grandes aranceles la importación de alimentos del exterior, y con fuertes tasas la exportación de alimentos de los que España no es excedentaria. 

Se modifica la red eléctrica para hacerla más local y operar con menos pérdidas, y que pueda integrar pequeños sistemas locales. Se desincentiva la actividad industrial de alto consumo energético. Se crean planes para la recuperación de materiales útiles en vertederos. Se cierran todas las centrales nucleares, reconociendo que el coste de gestionar los residuos nucleares es muy oneroso y que no conviene hacerlo crecer. La red eléctrica está perfectamente cubierta con el resto de sistemas, y más ahora que el consumo eléctrico es mucho menor.

Se fomenta la creación de economías lo más locales posible. 

Se establece un plan para el abandono total del coche y la disminución drástica del transporte de carretera. Los vehículos desechados se aprovechan por piezas para la reparación y mantenimiento vehículos de emergencia y maquinaria indispensable Se establecen unas cuotas para la producción de biocombustibles, que están reservadas para el uso exclusivo de los vehículos y maquinaria que se mantienen.

Son años de ajustes duros, y el PIB está ya por debajo del 50% de los años pre-crisis, pero de acuerdo con la percepción social general la crisis es menos profunda de lo que se esperaba. La sensación de crisis en España dura menos de dos años y aunque el mundo en su conjunto sigue en crisis un año más, en ese último año las cosas van mejor en España: de hecho, el paro disminuye y se queda por debajo del 10%. Se abandona la medición del PIB.

Francia presiona para formar un grupo de trabajo para abordar el problema argelino, pero España descarta inmiscuirse en problemas de otros países. El consumo de gas natural ha descendido con la reconversión industrial y se comienza a producir gas natural nacional en biodigestores y pequeños yacimientos.

Fase 3: Tercer shock de precios.

Síntomas:  

La tranquilidad dura menos de un año; el precio del petróleo empieza a dispararse de nuevo, pero esta vez muestra un comportamiento salvajemente errático: algunas semanas toca los 200$ por barril, para después caer hasta los 80$. Empieza a haber conflictos internacionales de envergadura y eso hace que las líneas de suministro dejen de ser fiables y que se origine escasez: no hay suficiente petróleo, es igual el precio que se quiera pagar.

La contestación interna es muy fuerte. La contracción económica es brutal. El paro supera el 30% y avanza peligrosamente hacia el 40%. El PIB está alrededor del 40% de lo que era en los años pre-crisis. Los debates al Parlamento son muy broncos. En medio de una intensa presión al Gobierno para que reaccione a la crisis de suministro, España decide formar una fuerza aliada con Francia e Italia, e invade Argelia con la intención de "pacificar el país" (envuelto en una cruenta guerra civil entre dos facciones del ejército) y "llevar la democracia".

La guerra en Argelia es un desastre, porque es un país fuertemente armado y la invasión está lejos de ser un paseo militar. España reestablece la recluta obligatoria y comienza a enviar soldados no profesionales a Argelia. En algunas ciudades, como Barcelona, la marcha de los quintos degenera en graves disturbios; hay combates con fuego real por las calles. El Gobierno tiene que destinar parte de las tropas para apaciguar el país.

Empieza a haber problemas de abastecimiento de alimentos en las ciudades, lo que origina tumultos y asaltos a comercios. La población comienza a abandonar las ciudades. El Gobierno cae y le suceden otros de manera muy caótica. En algunas zonas no se pueden celebrar elecciones dado el grado de la revuelta. Cataluña se proclama independiente y el Gobierno de turno envía el ejército a sofocar la rebelión, cosa que consigue pero a un alto precio: falto de efectivos, el ejercito español en Argelia es aniquilado. Cae el Gobierno. El País Vasco amenaza con declararse independiente, pero el Gobierno no es capaz de enviar tropas y se ve forzado a aceptar ciertas imposiciones. En Cataluña, somatenes populares hostigan permanentemente al ejército.

Tras meses de arduas negociaciones, sin saber quién tiene el poder realmente, acaba habiendo un acuerdo mutilateral en el que se hacen muchas concesiones al País Vasco y a Cataluña. Se comienzan a distribuir a gran escala combustible derivado de carbón, pero se limita por ley su uso; de hecho, se prohíbe el coche privado. Se estable un servicio agrario obligatorio para toda la población, para garantizar la producción de alimentos nacionales. Se nacionalizan muchas empresas y se hacen requisas de recursos indispensables. España se convierte en una humeante autarquía muy autoritaria, con pequeños oasis de libertad relativa, sobre todo en el País Vasco y Cataluña.

Esta crisis se hace permanente. Nadie vuelve a mirar el precio del petróleo, ni confía en que se pueda reestablecer su mercado.

Reacción más apropiada:


Se reconoce que estamos llegando a una fase terminal de la crisis del petróleo, y que el mercado internacional no puede garantizar ni siquiera el abastecimiento de lo que se produce.


Se implementa un plan de abandono total del petróleo, y de reducción drástica del carbón y gas natural (el uranio ya no se consume desde la crisis anterior).


Se profundizan las medidas de las fases anteriores. A pesar de la gravedad de la crisis internacional, España evoluciona de una manera suave porque tiene una muy baja, y decreciente, dependencia exterior. La producción se estabiliza en una valor adecuado para satisfacer las necesidades de la población. Al cabo de pocos años, para sorpresa del caótico entorno internacional, España logra prácticamente el pleno empleo.


España no está interesada en los suministros energéticos exteriores y su comercio exterior se basa en el intercambio de productos no indispensables. España rechaza implicarse en ninguna aventura militar exterior, y de hecho reduce su industria armamentística.


España ha logrado un economía de estado estacionario y la paz social interna. Su gran reto de futuro es hacer frente a las amenazas exteriores.




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Éste es el resumen de las medidas, las que probablemente se tomarán y las que se tendrían que tomar. ¿Cuáles creee Vd., querido lectores, que se adoptarán al final? En realidad, eso depende de todos nosotros.




Salu2.
AMT

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hecho y opinión



Queridos lectores:

Hace unos días fui consultado por una persona vinculada con un movimiento ambientalista sobre cuáles debían ser, en mi opinión, las medidas que se deberían proponer a cierta administración española para hacer frente a la emergencia climática. Al empezar a leer su mensaje pensé por un momento que me invitaba a comenzar una discusión sobre cuáles son las causas últimas de los problemas y qué medidas se podrían proponer para empezar a atacarlos de verdad. Sin embargo, en su mensaje esta persona circunscribía toda la discusión a decidir qué porcentaje anual de reducción de emisiones de CO2 se tendría que producir hasta 2030, y en paralelo cuál debería ser el porcentaje del presupuesto de esa administración a destinar a tal fin. De hecho, el margen de discusión, tal y como lo planteaba, me pareció aún más estrecho, circunscribiéndose a si yo consideraba que una reducción de emisiones de CO2 del 7% anual era el adecuado o si debía ser aún mayor.

Lo cierto es que el planteamiento de ese email me desconcertó bastante, como expliqué a mi interlocutor (por demás, una persona muy correcta a la que agradezco su consideración al pedirme mi opinión). Centrarse en la reducción de emisiones de CO2, como si éstas estuvieran desconectadas de la realidad física de un sistema económico y social cuyo objetivo es crecer sin parar (lo cual implica el crecimiento constante del consumo de energía), me pareció un planteamiento completamente absurdo. Lo cierto es que es dudoso que podamos no ya aumentar, sino simplemente mantener nuestro consumo de energía mientras va descendiendo el consumo de combustibles fósiles, cuya quema produce el denostado CO2. Las energías renovables, que son lo que debería sustituir a los combustibles fósiles, tienen límites que raramente son tenidos en cuenta. Hacer la sustitución energética es algo complicado, que requiere grandes dosis de planificación y coordinación internacional y tener herramientas adecuadas para planificarlo (por ejemplo, el modelo MEDEAS). Incluso haciendo la sustitución de la manera correcta, existen multitud de dificultades y problemas logísticos que deben ser solventados (particularmente en el transporte) y en última instancia sería para acabar en un sistema económico estacionario, sin crecimiento, y en el que se debería ejercer un control muy férreo sobre las materias primas no energéticas para evitar degradarlas en demasía (como ya indicaba nuestro trabajo de 2012).

Frente a esta realidad, la de la dificultad y complejidad de la transición energética, y el inevitable cambio de un sistema económico basado en el crecimiento a uno de estado estacionario, nos encontramos con una banalización de la discusión. Mayoritariamente, las asociaciones ecologistas y ambientalistas dan por hecho que lo que hay que hacer es pasar de los combustibles fósiles a las renovables, como si fuera una cuestión de simple sustitución. En el colmo de la confusión, no son pocos los que han abrazado, como gran solución a los males que aquejan a nuestra sociedad, al coche eléctrico, sin entender que no soluciona nada de lo que realmente importa y que en realidad, con el modelo que se plantea hoy en día, sería una transferencia de renta de los más pobres hacia los más ricos.

La cosa, en realidad, es mucho peor. Como explicaba en el post anterior, la verdadera emergencia es la energética. Estamos en medio de una crisis energética de grandes dimensiones, y en medio del creciente ruido sobre el hundimiento económico del fracking estadounidense, y de las reiteradas advertencias de la Agencia Internacional de la Energía de que se va a producir un problema de suministro de petróleo a escala global en los próximos meses, nadie, absolutamente nadie en esas asociaciones concienciadas con nuestros problemas de sostenibilidad, ni mucho menos en nuestros gobiernos, está hablando del verdadero problema, el energético. Solo 10 años separan las dos siguientes gráficas, ambas de los respectivos informes anuales de la Agencia Internacional de la Energía: la del informe de 2008, donde se preveía que la producción de petróleo crecería sin parar hasta 2035,



y la del informe de 2018, que prevé una caída de la producción de un 34% sobre la demanda prevista para 2025 si no se produce un milagro con el fracking (lo cual, vistas las últimas noticias, no va a pasar).



¿Nadie está prestando atención? ¿Nadie en los respectivos gobiernos o asociaciones se lee los informes de la AIE? Si los leen, ¿nadie los entiende?

El gran problema aquí es que ya se han establecido los términos de la discusión, y el problema energético solo entra de una manera muy concreta: la sustitución completa de las energías fósiles por las renovables. Poco importa si las energías renovables tienen la capacidad real de cubrir el hueco que dejan detrás las energías fósiles, y menos aún si el inevitable descenso de la producción fósil por razones físicas y geológicas marca un calendario muy acelerado de sustitución que ni de broma es abordable con energía renovable. Eso no entra en la discusión. Y ello es debido a que se ha fijado un marco de opinión sobre este tema, en el que se puede adoptar una posición o la contraria, pero siempre siguiendo un eje unidimensional que no describe en modo alguno la mucho más rica y compleja realidad.

El estrechamiento de la discusión no solo se produce en la fijación de qué y cómo se puede discutir (con dos opiniones aparentemente contrarias pero ambas instrumentales a intereses no siempre claros). Cuando alguien como yo quiere mostrar que hay más direcciones en las que moverse para abordar una discusión (en el caso de la transición ecológica, el eje de la crisis energética) se enfrenta al problema de la relativización de los hechos. Básicamente, que todo es considerado como opinable o como una opinión, aún cuando en realidad sea un hecho o se fundamente en hechos. Éste es el problema que querría discutir esta semana.

Desde un enfoque muy simplista, los argumentos que se pueden usar en una discusión pueden ser opiniones o hechos. Un hecho es una descripción de una realidad objetiva (y que, por tanto, existe al margen de las preferencias de los interlocutores). Un opinión, sin embargo, es una afirmación basada en percepciones personales. Las opiniones pueden ser discutibles, pero los hechos no.

Por supuesto, esta visión tan simplificada que acabo de presentar requiere de muchos más matices. Un hecho ha de estar bien contrastado para poder ser tomado como tal. Una opinión puede estar basada de manera lógica y consecuente sobre hechos (opinión fundada) o no (opinión infundada). En última instancia, existen multitud de problemas epistemológicos que se derivan de todo esto: si es posible determinar la frontera entre la opinión y el hecho (y dónde está); si existe una realidad objetiva u objetivable; si el hecho es el hecho en sí o depende de su descripción, la cual es totalmente opinable... 

De manera muy grosera se podría decir que la ciencia se basa en hechos y la (praxis) política en opiniones. La ciencia se basa en la objetivización de hechos y de las consecuencias que lógicamente se derivan de ellos, y por tanto aspira a hacer una descripción e inclusive predicción de la realidad de manera objetiva. En cambio, en la práctica política hoy en día (y quizá siempre) la realidad es siempre interpretada bajo el prisma de la percepción interesada o afín a los intereses de grupo, y por tanto se centra más en la interpretación o valoración subjetiva de los hechos que en su realidad objetiva. Se podría decir por tanto que la ciencia y la práctica política tienen puntos de vista contradictorios e irreconciliables sobre la realidad.


Por supuesto la ciencia no es infalible, y no está escrita en piedra. Ciertamente a veces se producen cambios radicales de paradigma en la ciencia, porque la ciencia, como cualquier otra verdad humana, es forzosamente provisional y revisable -  y tales cambios se han producido no pocas veces en la historia de la Humanidad. Como todo científico que se precie sabe, es necesario mantener siempre un cierto grado de escepticismo y una disposición a abandonar viejos paradigmas cuando los nuevos demuestren su mayor o mejor pertinencia. Y aquéllos que se aferran irracionalmente a paradigmas dados, que convierten los resultados científicos en verdaderos postulados de fe, no están adoptando una posición verdaderamente científica, sino todo lo contrario.

Ese carácter provisional connatural a la ciencia, ese estado de permanente construcción y revisión, es usado a menudo por los diversos agentes políticos para manipular los hechos científicamente validados como si éstos fueran materia más de opinión que de hecho, más fruto de la subjetividad que de la objetividad. Y aunque un cierto grado de escepticismo siempre es sano, un exceso de escepticismo es puro cinismo, sobre todo si uno no está abandonando el paradigma científico que le da sentido a los datos. Y si se va a poner en cuestión el paradigma, cabe recordar que afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias; es decir, que se puede sustentar cualquier teoría, con la condición de que sea validada por los hechos.

Con respecto al cambio climático, como sabemos existen grupos no muy numerosos pero sí muy ruidosos de personas al servicio de grandes poderes económicos que intentan crear una imagen de controversia falaz, calificándose a sí mismos de escépticos (como si dudaran de la interpretación de los hechos) cuando en realidad son negacionistas (niegan ciertos hechos, a veces ignorando lo que no les conviene, a veces manipulando la información y mintiendo descaradamente). Hablando de la crisis energética, yo mismo me he encontrado con ciertas personas - el perfil típico es economista - que basándose en los datos de las reservas de petróleo niegan que pueda haber un problema de suministro (la vieja falacia Q/P); o bien, que afirma sin despeinarse que en realidad estamos llegando a un cenit de demanda de petróleo (cuando es evidente que tal cosa no pasa).

Lo malo de estas discusiones, que siempre tienen lugar en foros públicos, es que tanto estos señores (porque sí, siempre son varones) como yo somos presentados indistintamente como "expertos". Y siguiendo con la tónica del debate de ideas, sobre todo en los medios de comunicación, se contraponen, en pie de igualdad, las "opiniones de los expertos". Dado que hay una renuncia intelectual de la sociedad a entender los conceptos en discusión, a intentar comprender de qué se discute, se hace imposible que nadie valore el mayor o menor mérito de los argumentos que se exponen, lo mejor o peor fundadas de las opiniones que se dan, y la corrección o no de los hechos expuestos. Nada de eso importa: todo es simplemente etiquetado como "opinión" y se transmiten en bruto, sin valoración, sin contexto; y sin que se pueda saber, cuando dos argumentos son aparentemente contradictorios, cuál es cierto o cuál es falso, o si ambos son paradójicamente ciertos o desafortunadamente falsos ambos. La discusión se emborrona y no aporta nada a los desconocedores, y solo reafirma a los ya convencidos de antemano.

Contribuye a esta degradación de la discusión pública (que no es exclusiva de cuestiones tan graves como las que aquí tratamos, afecta a todos los temas) la velocidad de transmisión a la que se obliga, el consumo acelerado de contenidos. No hay tiempo ni espacio para la discusión sosegada y en profundidad de problemas que por su naturaleza son complejos. La industrialización de la producción de contenidos, sean información o mero entretenimiento, obliga a una producción creciente que satisfaga las expectativas de crecimiento de la inversión inherente al capitalismo. Y si ya es malo que los temas no se aborden con calidad, aún peor es que los ciudadanos, rebajados a meros "consumidores de contenido", se han acostumbrado tanto a estas digestiones ligeras de conceptos que toleran mal otros formatos más extensos. ¿Cuántas veces no habré leído críticas a mis artículos porque son "demasiado largos"? ¿Demasiado comparados con qué? ¿Con la capacidad de retentiva y atención del usuario medio de internet? Si una persona no es capaz de mantener su atención los cinco minutos que en media se necesitan para leer un artículo mío, ¿qué comprensión de la realidad puede tener una persona que no puede parar cinco minutos a reflexionar sobre un tema complejo?

El embrutecimiento de la capacidad crítica de los ciudadanos no se limita a su incapacidad de mantener su atención fija en un tema por un tiempo no infinitesimal; también se emborrona el debate a la hora de atribuirle la categoría de experto a cada persona que participa en él. ¿Quién designa a los expertos? ¿Quién valora su mérito? ¿Quién a posteriori audita la calidad de su contenido, de sus exposiciones, para saber si es sensato seguir considerando a esa persona como un verdadero experto? La realidad es que los medios de comunicación configuran su selección de expertos basándose más bien en consideraciones superficiales, a veces meramente estéticas. En el fondo, ¿qué importa? Nadie se queja y los contenidos funcionan, se producen bien. ¿Por qué se deberían preocupar si la producción no se detiene y se gana dinero?

Esta falta de rigor a la hora de plantear los debates facilita la inclusión de expertos que en realidad son sicarios al servicio de intereses económicos determinados. Discutir con estas personas, aparte de una pérdida de tiempo, es una experiencia francamente desagradable y descorazonadora. Es norma encontrarse en esos "expertos" una total falta de honestidad en las discusiones, en las que presentan sin rebozo datos falsos o manipulados, al tiempo que simulan desconocer datos que desmontan su posición. Y es que estas personas no buscan la verdad, sino defender a su señor. Por ello no es extraño que la discusión, en vez de circunscribirse a un intento honesto de delimitar cuáles son los hechos y sus consecuencias, acabe siendo un ataque a las personas que hablan de esos hechos: delante de la imposibilidad de cambiar los hechos se intenta desacreditar al mensajero, para que lo que esta persona presenta se vea como una mera opinión fruto de sus sesgos e inconfesables intereses - es decir, achacan a los demás sus propios vicios. Es por ese motivo que de manera machacona se recurre a las falacias del hombre de paja y ad hominem (me las encuentro a menudo en el foro de este blog y en muchos otros); y es una práctica tan extendida y aceptada que muchas veces los moderadores dan por hecho que los propios intereses de todos los contertulios dominan la discusión y que por tanto no intentan alcanzar una verdad más o menos objetiva, sino que se limitan a expresar las opiniones que mejor casan con sus preferencias. Por ello mismo, los escasos puntos de consenso son interpretados como los hechos objetivos, cuando en realidad esa convergencia puede ser fruto de un sesgo en la elección de los expertos (esto es lo que pasa con el actual consenso de que el problema de la transición ecológica se reduce a cambiar fósiles por renovables y que ese cambio puede ser hecho de manera progresiva).

La enorme perversión de nuestra civilización es la de relegar todo a la categoría de opinión y aceptar que no hay hechos sino intereses personales. La opinión se convierte en el sustituto del hecho. Las opiniones se ponen en el mismo plano que las cuestiones factuales. Ese relativismo moral e intelectual es el que nos condena a nuestra ruina, pues permite a los grandes poderes económicos fijar el marco de las discusiones, como comentábamos más arriba, y aplastar cualquier intento de abordar los problemas de manera diferente.

Volviendo al tema con el que abría el post, hace unos años mostramos en un artículo científico que, si se quisiera mantener el crecimiento económico, solo para compensar el declive del petróleo el número de nuevas instalaciones renovables debería crecer a un ritmo de al menos el 7% anual en media hasta 2040. Por supuesto las emisiones de CO2 se reducirían mucho menos del 7% anual que proponía mi interlocutor, pero ya aumentar un 7% anual de media las instalaciones renovables es tremendamente ambicioso. ¿Podemos hacer simplemente eso? Yo creo que no - y sin embargo aquí no se trata de un ritmo de cambio que podamos escoger, porque de lo que se trata es de compensar la caída natural del petróleo. Seguimos hablando de reducir las emisiones de CO2 cuando el problema es otro. Las emisiones se van a reducir, drásticamente, porque no hay petróleo asequible. Nuestro problema no es la reducción de emisiones, sino escapar del Horizonte 1515. ¿Queremos hablar seriamente de la transición energética? Pues empecemos por plantear esto.

Piensen que, a pesar de todos los problemas que hemos tenido estos años, la producción de petróleo continuó subiendo hasta ahora; renqueante, con limitaciones, pero subió. Es decir, a pesar de las crisis, a pesar de la devaluación interna, hasta ahora todo iba bastante bien. Es a partir de ahora, en los próximos años, meses incluso, que las cosas se van a empezar a torcer y mucho. Y en este momento crítico, en el que además se habla con intensidad de la necesidad de la transición energética, nadie está planteando esto en el debate público.

Nuestra sociedad no está preparada para discutir, pues confunde hecho con opinión. No hay margen para razonar. No se va a plantear ninguna discusión seria sobre la crisis energética porque no se desea hablar de temas que nos desagradan porque no podemos hacer nada para remediarlos, solo podemos adaptarnos. No le gusta a la ciudadanía y no le interesa al poder político y al económico. Por tanto, lo vamos a ignorar. Al borde del tobogán del descenso energético no vamos a hacer nada para cambiar el rumbo, para adaptarnos a la situación. Solo nos queda ir sufriendo las consecuencias de ignorar este problema. Y lo peor es que estoy convencido es que incluso en las primeras fases del duro descenso energético aún encontraremos excusas ad hoc para no aceptar la realidad. Solo cuando caiga la careta de tanta hipocresía y cuando vuelva la honestidad a las discusiones podremos hablar de lo que realmente nos pasa en vez de lo que nos gustaría que nos pasase.


Salu2.
AMT