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miércoles, 17 de octubre de 2018

Izquierda, derecha, delante, detrás




Queridos lectores:

Años después de que se anunciase el Fin de la Historia, la Historia ha demostrado que no solo sigue vivita y coleando, sino que además está dispuesta a seguir dándole grandes sorpresas a quienes la daban prematuramente por enterrada. Lejos de la ensoñación de un mundo en calma donde nadie le disputaría ya jamás su hegemonía al capitalismo y en el que solo cabría preocuparse de la gestión de la bonanza, el mundo comienza a  caminar en una dirección muy diferente a la que se anunciaba como la Pax Capitalista. Una nueva corriente va tomando fuerza en Occidente, de Hungría a Brasil, de Estados Unidos a Gran Bretaña, de Bélgica a Italia. Es un nuevo movimiento que tiene características e idiosincrasias propias en cada país; pero, en su afán por constreñir la realidad a un marco conocido, los medios de comunicación lo retratan con una serie de adjetivos comunes: neoconservador, populista, ultra derecha, xenófobo, misógino ... Los analistas se preguntan una y otra vez qué está pasando con la ciudadanía occidental, por qué le está dando la confianza, con cada vez más fuerza y en cada vez más países, a movimientos tan retrógrados. Los partidarios de la izquierda tradicional se rasgan las vestiduras al ver a obreros votando por esas opciones, traicionando así sus valores de clase, mientras que la derecha tradicional va sucumbiendo a la tentación de integrar los elementos más reaccionarios del nuevo discurso porque perciben que es eso lo que los votantes quieren, y poco a poco van convirtiéndose en malas copias de lo mismo.

¿Qué está pasando en el mundo? Y más importante: ¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué ahora la ciudadanía está siendo cautivada por discursos que prácticamente no se oían desde los años 30 del siglo pasado? Más inquietante aún: ¿acabará el mundo en una nueva barbarie multitudinaria como las que conocimos entonces?

No conociendo, como no conozco, todas las claves y motivos por las que está pasando lo que está pasando, me propongo en este ensayo analizar la situación socio-política de Occidente, principalmente de Europa, usando un trazo grueso y de seguro con muchas imprecisiones, errores y sesgos personales. A pesar de mi notoriamente insuficiente formación para hablar de estos temas y la imprecisión de lo que ahora comentaré, creo sinceramente que se le debería dar a la cuestión una orientación completamente diferente a la que se le está dando comúnmente, y es eso lo que me ha animado a escribir este ensayo. Comencemos, pues, con la discusión del concepto u orientación derecha-izquierda.

El origen del concepto dicotómico derecha-izquierda puede ser rastreado probablemente al final de la época moderna, cuando en los Estados Generales de Francia los representantes de la nobleza se sentaban a la derecha del rey, y los representantes de las clases menestrales y burguesas de sentaban a su izquierda. Es interesante constatar que, ya en su origen, la derecha y la izquierda representaban solo a una fracción minoritaria de la sociedad, los primeros a los muy privilegiados y los segundos a los bastante privilegiados. Aquella primera derecha se caracterizaba por la defensa a ultranza de la tradición en general y de la monarquía y el sistema estamental en particular. Su contraparte, la izquierda de aquel momento, pretendía introducir muchas reformas, en particular para permitir el florecimiento del comercio y la liberalización económica en general. Es decir, cada una de ellas pretendía defender sus privilegios o, como mínimo, aquello que le daba una ventaja. Es por eso que después de las convulsiones que generó la Revolución Francesa en todo Europa, cuando el polvo de aquella vorágine comenzó a asentarse,  por todo el continente se formuló ese eje derecha-izquierda habitualmente en forma bipartidista, adoptando habitualmente los nombres (con matices según el país) de Conservadores y Reformistas. Recordemos una vez más que en esa fase incipiente de la configuración derecha-izquierda los partidos no representaban, ni pretendían representar, al conjunto de la ciudadanía, ni siquiera a la mayoría de la misma, sino tan solo los intereses de la nobleza de sangre, la derecha, y de la nobleza del dinero, la izquierda.

Se puede argumentar, con cierta razón, que aquella incipiente izquierda representaba mejor los intereses de la mayoría que la derecha, ya que en el fondo las medidas de liberalización favorecían el desarrollo económico y a la postre debían redundar en una mejora general de las condiciones de vida. Sin embargo, carentes de los más elementales sistemas de protección social, la generalización de los nuevos sistemas de explotación económica, con un exilio del campo a la ciudad en muchos casos forzado (recordemos los "enclosures" ingleses) lo que se consiguió fue la explotación laboral de la masa de antiguos campesinos y ahora obreros que carecían de todo y cuya única riqueza era su progenie, su prole (de ahí la palabra "proletariado"). Paradójicamente, el mantenimiento de las estructuras del Antiguo Régimen como propugnaba la derecha de aquel entonces hubiera dejado al campesinado en una cierta miseria, cierto, pero menos abyecta que la que provocó el primer capitalismo. Así que al final aquella derecha tenía una visión más social, porque en el fondo propugnaba un modo de vida más sostenible.

A finales del siglo XIX, con la emergencia de los movimientos obreros, los conceptos de izquierda y derecha comienzan a evolucionar. Por un parte, cada vez más países europeos han dejado atrás la monarquía, mientras que el modelo imperante en las colonias americanas que se independizan es, de manera natural, la república. La defensa de la sociedad estamental al estilo Antiguo Régimen pierde prácticamente todo su sentido, y en los pocos sitios donde pervive una sociedad bastante estamental (como España) la nobleza de sangre y de dinero se fusionan (habitualmente, mediante matrimonios de conveniencia), convirtiéndose así la derecha en la defensora del statu quo. Por su lado, la presión de los movimientos obreristas desencadena la aparición de un nuevo concepto de izquierda que pueda ser realmente antagónico al nuevo concepto de derecha, mientras que los antiguos Reformistas se convirtieron en algo que se denominó Centro pero que era en realidad un apéndice moderado de la derecha. Mientras, la nueva izquierda se nutre de los movimientos socialistas y comunistas. No fue una emergencia nada sencilla, porque con ese nueva dicotomía el eje derecha-izquierda cubría por primera vez a toda la sociedad y además lo hacía de manera muy desigual: la derecha representaba a la mayoría del poder económico y social pero a la minoría de la población, mientras que la izquierda representaba un poder económico-social casi nulo pero con una mayoría de la población. La consecuencia directa de un cambio tan radical fue el rechazo por parte de quien detentaba el poder y la persecución y represión feroz de los izquierdosos, las cuales fueron contestadas con huelgas, sabotajes, secuestros y asesinatos.

Describir la convulsa evolución de la lucha derecha-izquierda a lo largo del siglo XX sería excesivamente largo y complejo para un ensayo que pretende centrarse en los problemas actuales. Simplificando una barbaridad lo que ha sucedido en el último siglo, podríamos decir que tras años de disputa de la hegemonía del discurso, y con dos guerras mundiales e innumerables más locales de por medio, revoluciones comunistas incluidas, se acabó fraguando un acuerdo de convivencia entre los principales representantes de los dos bandos Por un lado, la derecha aceptó que se tenían que hacer algunas concesiones en materia de prestaciones sociales para poder garantizar la paz social, mientras que la izquierda aceptó no cuestionar en lo esencial el capitalismo mientras se establecieran sistemas estatales de protección social, lo que comúnmente se conoce como "estado del bienestar". Había nacido la socialdemocracia.

Gracias a la bonanza económica (en Occidente, otra cosa sería si mirásemos al conjunto del mundo), el nuevo sistema de equilibrios pudo aguantarse bastante bien durante casi 30 años, lo cual no es nada despreciable. Es en ese momento cuando se asienta la idea de derecha e izquierda que subsiste hoy en día como un sobreentendido. Esencialmente, se considera que la derecha aboga por darle ventajas a las empresas pues considera que ello estimula el crecimiento económico y al final toda la sociedad sale beneficiada, aunque más aquellos que más se lo merecen. Por su parte, la izquierda parte de un posicionamiento más pesimista, considerando que sin la debida protección hay capas muy amplias de la sociedad que sufren y de manera muy injusta, y aboga por el establecimiento de un sistema de ayudas, protecciones y subsidios que ciertamente lastran un poco el crecimiento económico pero que garantiza un mínimo de dignidad a todos los ciudadanos. Por eso se suele considerar que la derecha es mejor gestora de la economía, mientras que la izquierda gestiona mejor los derechos sociales.

Todo este esquema se puedo mantener durante las décadas de la gran expansión, es decir, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945,  hasta el abandono del patrón oro, en 1972. Es un período caracterizado por un crecimiento económico muy constante, impulsado por la disponibilidad creciente de la energía abundante y barata del petróleo y del resto de combustibles fósiles. Sin embargo, en 1971 los EE.UU. llegaron a su cenit de producción de petróleo crudo convencional y el mundo cambió para siempre. No es ninguna casualidad que, en términos reales, la renta disponible de la clase trabajadora  occidental haya disminuido consistentemente desde finales de los años 70, y es que la energía per cápita disponible llegó a su máximo en Occidente también por esas fechas.
 

Imagen de https://ourfiniteworld.com/2012/03/12/world-energy-consumption-since-1820-in-charts/

Es pues en la década de los 70 del siglo XX que el capitalismo se ve confrontado por primera vez con la existencia de límites biofísicos a su expansión, a la obviedad de que no se puede mantener un sistema económico basado en el crecimiento infinito (encima, exponencialmente acelerado) en un planeta finito. No es por tanto una casualidad de que sea justo en ese momento que emerge una doctrina económica que tiene mucho más de ideología que de ciencia: el neoliberalismo. Frente a la obviedad de los límites planetarios, el neoliberalismo propone la desregulación como antídoto, lo cual puede parecer extraño (los cambios en las regulaciones de los hombres no modifican las leyes de la Naturaleza) pero sin embargo es una receta eficaz para evadir a corto plazo esos límites. Y es que con la desregulación, los costes implícitos, no siempre visibles, de la actividad económica no son cargados a aquél que los genera, sino que son distribuidos a otros; y cuanto más artera y disimuladamente se haga esa redistribución, más efectivo será ese endosamiento de las externalidades. Así, las industrias más contaminantes, con mayor peligrosidad laboral o simplemente más penosas se instalan en países con regulaciones más laxas, mientras que los beneficios son rápidamente importados a los países de origen mediante la apropiada desregulación de los movimientos internacionales de capital. La resultante de este movimiento de adaptación del capital es para la mayoría bastante negativo: para aquéllos que viven en países donde se protegen menos los derechos laborales, ambientales e incluso humanos, porque sus condiciones de vida se degradan directamente con el establecimiento de esas empresas; y para aquéllos que viven en los países de origen de esas empresas, ahora deslocalizadas para no tener que pagar los esfuerzos de remediación ambiental y salarios más dignos, porque se pierde empleo y hace crecer el paro.

Así que, en resumen, la respuesta que se viene dando al problema de los límites biofísicos que marca el planeta desde la primera vez que topamos con ellos, hace ya cuatro décadas, es un cambio en cómo redistribuimos los recursos. Porque la economía es, precisamente, la disciplina que se ocupa de la asignación de los recursos escasos. Mientras la disponibilidad de esos recursos creció sin problemas, así subió la población y la prosperidad general. Y cuando en los 70 del siglo XX comenzaron los problemas, lo que se ha hecho es quitarle recursos a las clases populares para garantizar que el capital continuaba teniendo el rendimiento necesario para el mantenimiento de este sistema.


La crisis de los 70 es una crisis en la que la disponibilidad de recursos per cápita llegó a su máximo y por ello la solución pudo ser atribuir menos a cada ciudadano para mantener los rendimientos, siempre crecientes, del capital. Pero ahora nos enfrentamos a una crisis peor. Ahora no es que la disponibilidad de recurso per cápita disminuya: ahora de lo que hablamos es que la disponibilidad total de recursos ha llegado a su máximo y va a empezar a disminuir.

Desde comienzos del siglo XXI, la producción de petróleo crudo convencional comenzó a dar signos de estar llegando a su máximo, al cual llegó finalmente en 2005. Tres años después se desencadenó la Gran Recesión y desde entonces vivimos en un tiempo de prestado. Prestado, literalmente, por las compañías estadounidenses que explotan el fracking a pérdidas para poder mantener este sistema a flote, y como prestatario de última instancia el Gobierno de los EE.UU., que favorece los flujos inversores hacia el fracking apoyándose en la condición de divisa de reserva que tiene el dólar. Todo lo cual significa, sin embargo, leyes humanas que regulan cuestiones humanas; pero las leyes de la Naturaleza siguen siendo las mismas y nos dicen que, simplemente, vamos a ir disponiendo progresivamente, a lo largo de las próximas décadas, de cada vez menos recursos (pues el fracking y demás hidrocarburos alternativos no aumentan la energía neta producida, y el uso de recursos subprime lo que hace es empobrecer a la sociedad). Así que en realidad no se están aumentando los recursos disponibles, sino que lo que se está cambiando es cómo se asignan los recursos. Y se está haciendo lo mismo que en los años 70, solo que con una vuelta de tuerca más. Se trata, al final, de hacer pasar cada vez más estrecheces a una capa de la sociedad cada vez más amplia, mientras progresivamente se va adelgazando la clase media y se profundiza en el proceso de devaluación interna.

Pero, a pesar de la profundidad y alcance de estos cambios, los partidos políticos anclados en la dicotomía derecha-izquierda no han modificado en lo esencial su discurso. Los unos siguen confiando en que, con las mínimas pero necesarias concesiones, se podrá mantener la cohesión y la paz social. Los otros creen que, aceptando lo fundamental del capitalismo, se podrá repartir una parte de la riqueza generada para proteger a las clases más desfavorecidas. Tanto derecha como izquierda asumen que el crecimiento va a continuar, lo cual es fundamental para que sus estrategias tengan sentido. Pero si, como parece, estamos llegando al final del crecimiento, las dos estrategias son completamente erróneas. Son erróneas hasta el punto de que no están dando respuestas a los problemas de los grupos a los que representan. Eso es especialmente grave en el caso de la izquierda, porque la clase obrera a la que creen representar es una entidad en vías de extinción, mientras la mayoría de los anteriormente obreros van cayendo progresivamente en la Gran Exclusión. En suma, la izquierda está más desconectada de la que debería ser su base electoral de lo que lo está la derecha, simplemente porque ésta era antaño más numerosa.

El error de la derecha y la izquierda es aún más grave porque no se han dado cuenta de que el neoliberalismo se mueve en un eje que no es ni derecha ni izquierda. Más allá de las cuestiones de regulación económica, el discurso del neoliberalismo se basa en un concepto que tanto la izquierda como la derecha han hecho propio hasta el punto de no darse cuenta de que no es algo que corresponda a su orientación, sino que se mueve en un eje transversal, prácticamente perpendicular con el eje derecha-izquierda. Ese concepto es el del progreso.

Nadie, ni en la izquierda ni en la derecha, quiere ser tachado de reaccionario o de retrógrado, y todos asumen que el progreso es por sí una cosa buena. Pero, analicemos: ¿qué es el progreso? Progreso, por definición, es la continuación en la dirección que uno ya llevaba: es avanzar en la misma dirección. Durante las décadas de expansión económica, progreso fue aumentar la actividad económica, aumentar el PIB, aumentar la extracción de recursos, aumentar la población. Y mientras la disponibilidad de recursos aumentaba esta estrategia podía ser más o menos discutible (debido a todos los desequilibrios que genera en materia de inequidad o degradación ambiental, por ejemplo) pero era posible, y aseguraba una mejora progresiva para la clase media de Occidente. Y ahora que la disponibilidad de recursos ya no es creciente, progresar ya no significa una mejora para la mayoría, y en particular no lo supone para la clase obrera ni para la clase media ni para las clases menestrales ni para los pequeños empresarios ni para los empresarios de medio tamaño y al final ni siquiera para los grandes empresarios (¿ya vieron la quiebra de Sears?). En suma, no es bueno para la base electoral ni de la derecha ni de la izquierda. El único que sale beneficiado de proseguir la misma dirección, aunque sea por tiempo limitado, es el gran capital financiero. Es a éste a quien sirve y protege la doctrina neoliberal, y por su falta de comprensión del momento actual, también la derecha y la izquierda.

Sin embargo, la ciudadanía ha comprendido bastante mejor que los que se dicen sus representantes políticos quién es el enemigo y cómo le está perjudicando. Los ciudadanos se han dado cuenta de que ese "progreso" que se está vendiendo como algo deseable significa más deslocalización, más contratos basura, más explotación laboral, menos oportunidades para las pequeñas y medianas empresas, más ayudas para grandes capitales sin actividad productiva, más cargas para todos excepto para el sector financiero... Escuchan lo que dicen los representantes de la derecha y la izquierda y lo único que oyen y que ven es que se sigue en la dirección del progreso, es decir, de favorecer al gran capital en detrimento de la ciudadanía, sea esta obrero o empresario, profesional liberal o funcionario. Cada vez más ciudadanos han comprendido que la discusión se ha salido de la dimensión derecha-izquierda y avanza en otra dirección que en realidad no tiene que ver, la dirección denominada del progreso. Así que el terreno estaba abonado para alguien que propusiera avanzar en la dirección contraria a la del progreso. Si el progreso era "delante", la nueva dirección a la cual moverse está "detrás" (o, por ponerles nombres más adecuados, podríamos hablar de Progreso y Conservación).

Y exactamente eso es lo que está pasando: una parte creciente de la ciudadanía occidental le está dando la espalda a la concepción política convencional y está apostando por movimientos de corte reaccionario. Porque efectivamente eso es lo que son, movimientos de reacción, reacción a un progreso en la destrucción económica, ciudadana y ambiental. Y ése es el único rasgo realmente en común a todos los movimientos que surgen por todo lo ancho de Occidente: que son reaccionarios, frente un progreso sin sentido. 

En sí, "reaccionar" contra ese "progreso" no es mala idea, viendo lo que se está entendiendo como "progreso". Lo malo es lo que se está colando en el pack, sin realmente tener ninguna justificación para ello: xenofobia, homofobia, antifeminismo, neoconservadurisimo... Nada de eso tiene que ver propiamente con la reacción necesaria al progreso (lo que debería ser la Conservación, en el sentido positivo del término: conservar aquello que es bueno y útil). Pero la percepción popular sí que engloba esos conceptos negativos con "lo que había antes", en épocas más atrasadas en las que el "progreso" no había aún arrasado todo. Y la gente compra la idea: si el lugar al que hemos avanzado es malo, el lugar de donde venimos tiene que ser forzosamente mejor. De manera intuitiva se comprende por dónde se debe tirar, aunque no tanto qué es exactamente lo que se busca.

En estos tiempos en los que está cuajando la nueva dicotomía "delante-detrás", "Progreso vs Conservación", ni desde la izquierda ni desde la derecha son capaces aún de reaccionar, incapaces como son de salirse del paradigma neoliberal. Lo que se está intentando es, a lo sumo, es negociar. Negociar una salida, algún pequeño cambio que permita prolongar el esquema habitual de las cosas sin cambiar nada de verdad. Están tan convencidos del mito del progreso que no se dan cuenta de que quizá no hay nada que negociar, que lo más probable es que no haya ninguna mejora real que se pueda hacer manteniendo el programa del progreso. Se negocia cuando desde el Gobierno de España se propone subir el salario mínimo a 900 euros al mes, y en seguida el Fondo Monetario Internacional le envía una advertencia. Pero, ¿realmente España no se puede permitir pagar un salario mínimo que apenas da para sobrevivir en una gran ciudad? Y si es así, ¿qué sentido tiene seguir adelante con este sistema? Se negocia también cuando se anuncia la próxima llegada de los coches eléctricos, a pesar de que se sabe de sobra que por sus limitaciones nunca serán una opción de masas; pero lo que sí que llegan y ya tenemos encima son nuevas medidas restrictivas para los coches de diésel, respuesta desde el Progreso al inevitable pico del diésel. Se negocia cuando se asegura que se pueden substituir sin problemas y en breve plazo las actuales fuentes de energía no renovables por sistemas de captación de energía renovable (con la idea de combatir el cambio climático, aunque por lo bajini se reconoce que también para adaptarse al declive de las fuentes no renovables), cuando las limitaciones de las energías renovables son tan evidentes que en Alemania la Energiewende ha sido un fracaso en términos de descarbonización de la economía alemana, y nadie quiere perder competitividad por introducir demasiada energía renovable en su mix. Se negocia, se negocia, se negocia, se negocia sin fin, pero al final no hay una mejora real, solo hay progreso. Esa negociación infructuosa, esos parches inútiles a un sistema que hace aguas, solo sirven para alimentar una frustración continua, y para convencer aún más a la ciudadanía de que la senda a seguir es la de la Reacción.

Aquéllos que creen que el Progreso aún es algo útil, que no está pasando nada, harían mejor en comprobar sus hipótesis y dejar de encandilarse con unas cifras macro que solo sirven al Capital, pero no a la Ciudadanía. Por su parte, la Ciudadanía sabe perfectamente lo que está viviendo y sabe por qué opta por lo más parecido que hay a la Conservación, que ahora mismo es la Reacción. Quienes no entienden lo que está pasando son la derecha y la izquierda. Y disfrazan su incomprensión de la realidad con grandes dosis de paternalismo mediocre con el que atizan a esa Ciudadanía a la que consideran desinformada y desorientada.

¿Es el retroceso en los valores fundamentales y democráticos la única respuesta posible al Progreso? ¿Es inevitable que la Reacción conlleve caer en un pozo del que nos costó tantos siglos salir? No, no lo es. Pero lo será si el discurso que se articula a nivel político continua centrado en el viejo eje derecha-izquierda, sin entender que el objetivo a alcanzar se encuentra en otra dirección.


Para la derecha, la Reacción le deja la opción de volver a conceptos de hace dos siglos, el de la vieja derecha de después del Antiguo Régimen que se unificó con la izquierda de entonces, recuperando los aires de los viejos tiempos, cuando las cosas se hacían "como Dios manda". Y es por eso que para la derecha es más fácil integrarse en el discurso de la Reacción. Por su lado, el mero retroceso en el tiempo desbanca a la izquierda, pues como hemos explicado al principio de este ensayo en los primeros tiempos no había una izquierda como se entiende ahora, basada en el movimiento obrero. Por ese motivo no puede haber una izquierda reaccionaria, ya que cualquier ideal de izquierda moderna ha de chocar forzosamente con la idea de izquierda que se tenía hace dos siglos. Por tanto, para la izquierda no cabe el retroceso, ha de buscar y construir algo nuevo; ahí radica la dificultad que está encontrando, el reto que tiene que superar. 

Pero en realidad, la construcción de un nuevo discurso, que supere el eje derecha-izquierda y que se oponga a lo negativo del Progreso, es un reto para todos. Hay que sentar las bases de un Conservacionismo que responda a los problemas reales de la sociedad. Es preciso, aquí y ahora, construir, desde una base social amplia, un discurso alternativo. Sin miedo y sin complejos. Radicalmente democrático e irrenunciablemente decrecentista (y, aunque a mucha gente le sorprenda, debe por supuesto ser ecologista y feminista). Y se debe tener, por fin desde las instituciones, el valor de llamarle a las cosas por su nombre y proponer los cambios que se tienen que hacer. Aunque algunos piensen que no es atractivo y que con ello no se ganan votos. Hay mucho más en juego.

Salu2.
AMT

domingo, 8 de noviembre de 2015

Neoliberalismo y límites del crecimiento

Queridos lectores,
Aníbal Hernández, autor del blog Peak Oil Colombia, me ha pasado este interesante análisis sobre una idea sobre la que alguna vez hemos comentado de pasada: si el capital es el actor mejor preparado para la llegada de los límites del crecimiento.
Les dejo con Aníbal
Salu2
AMT
El neoliberalismo es una adaptación a los límites del crecimiento o porqué los 70's lo cambiaron todo 
El marco habitual de análisis de la deriva neoliberal normalmente obvia las relaciones entre el desarrollo del neoliberalismo a partir de los 70's y la crisis ecológica que se visibiliza con mayor crudeza justo en ese mismo momento. Revisamos esta relación para entender las relaciones entre ambos hechos y de esa forma ver con más claridad la situación en la que estamos y posibles alternativas con las que enfrentarnos a esta deriva. Vamos allá a ver que tal se da. 
El origen común  
Entre finales de los 60's y principios de los 70's el mundo cambio radicalmente en muchos sentidos, la economía, la política, la ecología... las relaciones entre todos esos cambios son tremendamente interesantes a la vez que inesperadas. 
1970 fue el año en el que por primera vez la huella ecológica superó la biocapacidad de la tierra, es decir, empezamos a consumir cada año más de lo que la biosfera puede producir y contaminamos más de lo que ésta puede absorber. Nuestra huella ecológica no ha vuelto a superar el nivel al que llegó a mediados de los 70's pero la biocapacidad de la tierra, las hectáreas productivas disponibles per cápita, han caído aún más rápido, de forma que el déficit ecológico es cada vez mayor. Este es, sin duda, un cambio notable y desde el punto de vista que sostengo en este ensayo es el momento clave para entender lo que pasa ahora.
Esto tiene un reflejo muy evidente en la capacidad de extraer recursos de todo tipo. Centrémonos, por ejemplo, en los energéticos. Por ejemplo, muy poco después de entrar en déficit ecológico, en 1971, Estados Unidos llegó a su pico de extracción de petróleo. Algo que, por otra parte, ya había visto venir Hubbert, uno de los geólogos más influyentes del siglo pasado.
  
En el mismo ámbito y también en el mismo tiempo el ritmo de crecimiento exponencial de la producción de crudo en los países de la OPEP paró en seco (línea naranja), luego cayó (crisis petroleras del 73 y del 79) y solo se ha recuperado muy recientemente, aunque con visos de volver a empezar a caer pronto, como mostraba Laherrere hace un par de años.
Por estos dos parones de la producción tanto de la OPEP como de Estados Unidos, en ese momento los dos mayores productores de petróleo del mundo, el patrón de crecimiento de la producción global de hidrocarburos (excluyendo los extra pesados, que tampoco van a significar una gran diferencia) cambió radicalmente (línea marrón más alta). 
Las otras dos grandes energías fósiles, el carbón y el gas, presentan patrones diferentes pero vinculados. Entre las tres representan más de tres cuartas partes de la energía primaria global y su expansión fue anterior en el caso del carbón y posterior en el caso del gas. Sin embargo debido al aumento de la población el consumo de energía per capita global también dejó de aumentar exponencialmente durante esta década y se estancó a partir de entonces: 
Toda esta abrupta limitación en la disponibilidad de recursos energéticos y ecológicos en general tiene consecuencias muy prácticas. En mayo de 1969, por ejemplo, se estableció el record de velocidad en una nave tripulada, fue el Apolo X volviendo de la luna: 39.897 km/h. Este también fue el año en el que el Concorde voló por primera vez: el avión comercial más rápido de la historia y el único junto con el Tupolev que superó la velocidad del sonido. El concorde se retiró hace ya unos años y todavía no hay un avión comercial más rápido.


Graeber lo relaciona con un cambio de paradigma en la investigación científica y con el lastre de la burocracia, más bien relacionados con decisiones políticas. Murphy, un matemático interesado en los límites del crecimiento, llama a la época que empieza en 1970 la época post-innovación (post-invention world), afirmando que la inmensa mayoría de los grandes inventos se hicieron justo antes de ese momento. La relación entre estas dos cosas parece evidente. 

Los límites del "Progreso" 
Profundicemos un poco. ¿Cómo se relacionan todos estos cambios con los cambios socio-político-económicos? 
Vayamos un poco hacia atrás, aunque sea muy someramente para arañar un poco la superficie. Los estados nación aparecieron en el siglo XVII, pero solo se consolidaron y se definieron en una forma que no ha cambiado demasiado, en el siglo XVIII, con la Revolución Francesa de 1789. Esto coincide con la primera revolución industrial que tuvo lugar entre otras cosas gracias a la explotación y uso industrial del carbón. Los estados democráticos y de derecho y la sociedad del bienestar se desarrolló exactamente en el periodo en el que el consumo per capita de energía se disparó. Es decir justo después de la segunda guerra mundial. Poco antes había empezado la segunda revolución industrial: la del petróleo. La creciente presencia del estado y el mercado global solo fueron posibles gracias a la creación de la tupidísima red de comunicaciones y transporte (y control) que permitió la abundancia de energía barata y de otros recursos. Mantener el control sobre un territorio y una población es algo que requiere mucha energía y muy barata, pero proveer sistemas de seguridad social, educación y empleos bien pagados es solo posible gracias a una economía que crezca (mucho) y esta a su vez requiere de energía excepcionalmente abundante y aún más barata (esto es algo que Gail Tverberg trata extensamente en todos y cada uno de sus posts en Ourfiniteworld.com). 
Como hemos visto todo esto empezó a terminarse hace más de 40 años, es decir, en los años 70. Las crisis del petróleo de los 70's llevaron a recesiones globales muy duras que trajeron cambios igualmente duros. Es el fin del "Progreso", al menos entendido en la forma más habitual: la trayectoria lineal que se supone que siguen las sociedades "occidentales" tal vez desde el "renacimiento". 
Neoliberalismo 
Si vives en España, Portugal, Grecia, Irlanda o en cualquier país latinoamericano o africano lo habrás notado: el neoliberalismo se extiende primero por los lugares más vulnerables. ¿Qué relación tiene con todo esto? 
La siguiente es la tasa de crecimiento del PIB global desde 1961 hasta 2014 (viene de aquí). Hay una meseta de crecimiento por encima del 6% desde 1964 hasta 1973, a partir de ahí hay un descenso claro cuyo techo esta, ahora, por debajo del 4% anual de media y bajando con caídas bastante habituales por debajo del 2%, esto incluso durante el período en el que China ha crecido por encima del 10% de media:image (41) 
El neoliberalismo como teoría aparece a finales de los años 30, pero no tuvo su primer experiencia práctica hasta que los chicago boys de Friedman empezaron a apoyar la dictadura de Pinochet en... 1973, la última vez que el crecimiento del PIB superó el 6%. A partir de ahí el neoliberalismo se fue expandiendo y consolidando por todas partes. Entre 1978 y 1980 la ideología neoliberal se convirtió en la principal justificación para la política económica en todo el mundo. Deng Xiaoping en China empezó, en 1978, a hacer algunos cambios para liberalizar la economía China, Paul Volcker en 1979, como presidente de la reserva federal empezó una política montaria muy agresiva siguiendo los principios neoliberales, siendo apoyado luego por Reagan que ganó las elecciones en 1980. Por último Margaret Thatcher fue elegida en 1979 con el mandato de frenar a los sindicatos y a la inflación y de revitalizar una debilitada economía. A partir de aquí hubo proyectos neoliberales en casi todo el resto del mundo. La crisis del petróleo de 1979 fue la primera antesala de los experimentos neoliberales de esa época. No había otra alternativa, decían. 
La historia estándar dice que el ascenso del neoliberalismo a finales de los 70s fue una reacción a la estanflación y recesión de los años precedentes, que fue además, la crisis del modelo keynesiano de intervención estatal, un modelo que emergió después de la Gran Depresión del 29 y que está en el origen de los estados del bienestar en Europa Occidental. Es decir, que fue una crisis de deuda y de exceso de oferta, es decir, una clásica crisis capitalista... Nadie negaba que el precio del petróleo fuera una de las causas, pero incluso Reagan en su discurso de posesión dijo que el problema para la economía era el Estado... no la finitud de los recursos. 
"In this present crisis, government is not the solution to our problem; government is the problem."
Sin embargo esta explicación obvia el hecho de que se estaban superando ciertos límites insostenibles. De hecho esta narrativa, puramente economicista es la que crearon los neoliberales para mantener un sistema de crecimiento, pero sobretodo un sistema de distribución de la riqueza que beneficiaba más a unos que a otros. Y la razón es clara: no hay alternativa si lo que se quiere es seguir acumulando riqueza. Si el pastel deja de crecer, y eso es exactamente lo que empezó a pasar en los 70s, y alguien quiere tener una parte mayor de este, solo puede hacerlo a costa de los demás. Es lo que Harvey llama acumulación por desposesión, solo que Harvey no lo relaciona mucho con temas ecológicos. Es algo que ha pasado de alguna forma siempre, desde los cercamientos de la edad media hasta ahora, solo que sobrepasado el punto en el que la cantidad de recursos disponibles deja de crecer esa desposesión se empieza a hacer cada vez más necesaria y más dramática. Esta llegando a Europa lo que en el tercer mundo llevan sufriendo toda una vida. 
¿Cómo controlar esto? 
Al mismo tiempo (aquí vuelven Murphy y sobretodo Graeber) la investigación científica cambia de sentido: ya no se investiga para conseguir naves más rápidas, distancias mayores o cualquier aparato que sirva para ir más lejos, llegar más alto o ir más deprisa, o por la misma razón, controlar más eficazmente a la naturaleza. Por el contrario el tipo de investigación y de tecnología que se prioriza es aquella relacionada con el control social y de ahí que, según Graeber, estemos hasta arriba de burocracia. Porque ¿qué es la burocracia sino la técnica y las tecnologías del control social? 
Suicidio 
Visto así parece obvio: si eres parte de la élite y estas viendo que los recursos disponibles decrecen y que si quieres seguir acumulando tienes que arrebatárselos a alguien más; tienes que asegurarte de alguna forma de que estas personas estén ocupadas en otras cosas, en sus trabajos de mierda, rellenando formularios, pagando facturas, haciendo filas, etc. y por lo tanto no estén pendientes de averiguar quien se está quedando con su parte. 
Es cierto, el neoliberalismo es un suicidio a largo plazo. Pero en el corto plazo tiene mucho más sentido que la retórica y que el proyecto socialista o social demócrata de repartir equilibradamente el producto del crecimiento. En realidad ese crecimiento es cada vez menor y las posibilidades de que vuelva son más pequeñas cada día. De una forma muy cruda y cínica los neoliberales tienen un proyecto más adaptado al decrecimiento inevitable que los socialdemocratas, los socialistas, los comunistas y muchas otras tendencias más o menos reformistas o revolucionarios. Estos proyectos también son un suicidio, para todos, porque no reconocen ni siquera el problema de la indisponibilidad de recursos, viven aún en el mundo de la infinitud. 
Los neoliberales, en cambio, son los ideólogos del capitalismo del decrecimiento. Los que leyeron "the limits to growth" (que, por cierto, fue escrito en 1972 por un grupo de burócratas y técnicos, no muy anticapitalistas) y lo entendieron, lo criticaron, lo ridiculizaron y lo invisibilizaron. Creyeron que el problema de los límites del crecimiento era verdad, que era irresoluble y que ellos iban a aprovecharse de las dos cosas (tal vez no fue una decisión meditada ni consciente, sino más bien una adaptación pragmática, pero eso ya es mucho más que lo que han hecho casi todas las demás grandes corrientes de pensamiento), a costa de que los demás. El movimiento por el decrecimiento sostenible y de izquierdas más o menos radical, es solo su contra parte, la de los que creen que tiene solución y que tiene que haberla para todos. Son los que además de leer a Meadows, leyeron a Illich, solo que ni tienen tantas fuerzas ni un plan tan factible como los neoliberales. En realidad ni siquiera entiende a su enemigo al que critica más por una ceguera que no es tal, que por su egoísmo y su pragmatismo homicida. 
Las bicicletas y los coches o como se ve esto en las ciudades 
Sorprendentemente las bicicletas y los coches tal y como los conocemos se popularizaron más o menos en la misma época, a principios del siglo XX porque ambos dependían de una tecnología que no llegó hasta entonces: el rodamiento. 
"La invención del rodamiento señala una cuarta revolución. Creó la opción entre más libertad en equidad y más velocidad." Ivan Illich, Energy and Equity (1974:61) 
Hemos elegido abrumadoramente la velocidad, pero no solo eso, hemos elegido unas tecnologías y unas instituciones paralizantes para la mayoría solo para darle más movilidad, más capacidad y más poder a la minoría. Lo hemos elegido y parecemos estar a gusto con esto. 
El Neoliberalismo en las ciudades significó un urbanismo cada vez más agresivamente a favor de satisfacer las necesidades del mercado, convirtiendo cada metro cuadrado en un lugar mercantil o mercantilizable, arrebatando a las personas cada vez una fracción mayor de sus capacidades productivas para entregárselas después en forma de productos empaquetados a cambio de un módico precio para beneficio de productores cada vez mas grandes. Por eso, también la preferencia por los coches: la movilidad rítmica, fluida, cada vez más rápida y más predecible es imprescindible para acelerar también el ritmo de los intercambios, para llevar a los trabajadores a las oficinas de telemarketing o para que puedan ir con facilidad de su casa al supermercado, a su trabajo precario y luego al cine low cost los miércoles después de trabajar. Y por eso mismo también el uso de la bicicleta se puede convertir en una herramienta del sistema (aunque este es otro debate del que ya he escrito suficiente: 1, 2, 3 y 4). 
La clave sin embargo esta en la capacidad productiva: para seguir desposeyendo unos pocos a otros muchos, estos muchos tienen que tener cada vez más limitadas sus posibilidades de satisfacer sus necesidades por sí mismos. Y llegados a cierto punto estas personas ya no son útiles ni como consumidores, porque el dinero progresivamente pierde valor frente a activos fijos, que son lo único que tendrá valor real en un futuro capitalista sin crecimiento. Es la cruel vuelta del valor de uso (una vez más hay que releer este post de AMT). Por eso cualquier proyectos transformador factible tiene que tener en cuenta dos cosas: que no habrá más crecimiento que repartir, sino todo lo contrario y que las grandes estructuras redistributivas del siglo pasado no serán viables en este entorno. A partir de aquí todo son incógnitas.

viernes, 3 de octubre de 2014

La ficción de la elección



Queridos lectores,

En el curso de una discusión reciente con una persona honestamente convencida por las tesis de ciertas corrientes económicas que simplificando excesivamente llamaríamos "liberalismo económico" una idea que surgió repetidamente fue el concepto de libertad, obviamente en su acepción económica. Y es que una de las ideas centrales del liberalismo económico es que se le ha de dar plena libertad de elección a los agentes económicos para que las relaciones entre ellos vengan mediadas por un mercado, libre por supuesto, como medio más eficiente para la regulación de tales relaciones. Planteada de esta manera, yo no tengo grandes objeciones a esta formulación. Que los agentes gocen de libertad para elegir, no ya en cuestiones económicas sino que en cualquier otro aspecto de su vida - a veces los neoliberales parecen olvidar que hay vida más allá del mercado -, parece completamente deseable, con la única salvedad de que sus acciones deben ser respetuosas con la ley y en particular no deben ser lesivas con los derechos de algún otro. Por otro lado, parece completamente lógico y razonable que en general las relaciones económicas las medie un mercado libre. 

En realidad aquí está parte de la trampa de la frase anterior: el mercado libre es una entelequia. Los neoliberales aceptan que no existe tal mercado libre en la práctica, pero según ellos lo ven eso es debido al exceso regulatorio y las extralimitaciones del Estado, y que lo que hay que hacer es desregular el mercado y minimizar el Estado. En realidad lo que sucede es que, independientemente del Estado, el mercado tiene ineficiencias intrínsecas (como se explicaba en detalle en la serie Ciudadano K del discontinuado Acorazado Aurora), cosa que se conoce y se puede explicar teóricamente desde hace siglos, aunque actualmente los neoliberales escriben ríos de tinta para justificar lo injustificable olvidando deliberadamente todo el trabajo anterior. Por otro lado, como ya explicamos en este blog, cuando los liberales reclaman un mercado libre en realidad por lo que abogan es por un mercado natural, puesto que sin ningún tipo de regulación el mercado tiende a ser la ley de jungla, en los que los más poderosos acaban por la vía de los hechos imponiendo sus reglas, como veremos después en algunos ejemplos. 

El pensamiento liberal se distingue por cuatro características peculiares:
  •  Muchas de sus afirmaciones son de carácter no empírico y no verificable; por ejemplo, cuando se postula las bondades de entes inexistentes y muy probablemente inalcanzables como el libre mercado, la perfecta competencia o la infinita sustitubilidad de los factores de producción.
  •  Se basa en conjunto de ideas abstractas, al margen del mundo físico y en abierta contradicción con él; por ejemplo, la idea de postular y aceptar como beneficiosa la idea del crecimiento infinito en un planeta limitado, o que el mercado se hará cargo de las externalidades, no importa como sean de dañinas, a pesar de la abundante evidencia en contrario.
  •  Siempre encuentra múltiples y complejas explicaciones a posteriori para justificar por qué las cosas no se producen según sus postulados. Ejemplos hay a punta pala: si el empleo sube es según unos gracias a las políticas del Gobierno y según otros debido a la favorable coyuntura internacional; si la balanza comercial es positiva es debido a la mejora del sector exterior, aunque en realidad lo que más cae es el consumo interior, etc. Casi nadie se molesta en examinar los datos que avalen las afirmaciones hechas, y en casi ningún caso nadie se cuestiona que es imposible que todos los países del mundo sean exportadores netos, o que se pueda crecer infinitamente en un planeta finito. Un caso particular del interés de este blog es la evolución del precio del petróleo; casi cada día aparece un sesudo artículo dando la excusa del momento para justificar lo que se denominan "enormes subidas" o "bajadas en picado" del precio, cuando lo cierto es que el precio se ha mantenido en torno a los 100$ desde hace casi tres años. Y aunque ahora ciertamente hay una cierta tendencia a la baja, síntoma de la próxima oleada recesiva, no se puede analizar su evolución día a día sino que se tiene que mirar en el largo plazo, y es que los movimientos significativos se ven en el plazo de meses (excepto cuando se produce un infarto del sistema, como en Julio de 2008 que el precio aumentó de 100$ a 150$ en un mes).
  • Utilizan un lenguaje oscurantista, con términos abstrusos para explicar cosas simples. Además, se abusa de las cantidades relativas (porcentajes) sin ponerlos en contexto y sin dar una idea de cómo ha ido cambiando la cosa con el tiempo. El objetivo es dejar fuera a los no iniciados, hurtar de la vista las discusiones para los profanos, es decir, para los que no comparten esta manera de hacer las cosas y pueden presentar objeciones muy fundadas. Ejemplos hay a porrillo; tomo uno de ellos al azar: "El resultado previsto para PGE en 2009 supone incumplir el objetivo de un superávit del 0,02 por ciento del PIB aprobado para la Administración Central por las Cortes Generales en junio de 2008", según reconoce el propio Gobierno en el proyecto legislativo de los PGE. Un objetivo que fue "fijado en base al contexto macroeconómico recogido en el informe sobre la posición cíclica de la economía española elaborado por el Ministerio de Economía y Hacienda en abril, de acuerdo con los datos disponibles en ese momento""


Todo lo anterior muestra que en realidad la teoría económica dominante es en realidad un pensamiento de tipo doctrinario o, como explicamos, una religión.

La otra trampa que se esconde en ese falso concepto de libertad es que la elección no es libre en realidad. Aunque la idea es sobradamente conocida, se suele abusar de ejemplos concretos para dar la impresión de que la gente realmente escoge libremente lo que escoge, cuando en realidad está fuertemente condicionada, con habilidosos trucos de ingeniería social y comercial, a "necesitar" determinados productos que son de su "utilidad". Precisamente éstos tres son los conceptos clave en la discusión sobre la presunta eficacia e idoneidad de los actuales mecanismos de distribución económica: necesidad, utilidad y elección.

En un sistema capitalista como el nuestro, el diseño del sistema se dirige a maximizar el retorno del capital, lo cual implica maximizar el beneficio de cualquier actividad económica. Esto se puede conseguir aumentando precios hasta un cierto punto, pero esta estrategia tiene un recorrido limitado puesto que precios excesivamente altos destruyen la demanda y a partir de un cierto punto también la ganancia. Alternativamente, se puede maximizar el beneficio disminuyendo costes. Aquí hay varias estrategias posibles, una de las cuales es la explotación de economías de escala y el encontrar usos diversos para un producto principal que sea económico de producir. Uno de esos productos cuyo proceso productivo se ha maximizado es el maíz. El sirope de maíz se utiliza en multitud de productos alimentarios para darles gusto, color, valor nutritivo, etc; se sorprendería Vd. de la cantidad de alimentos y otros productos que utilizan el maíz en su producción. Como comentaban en el documental Food Inc, "Todos los productos de un supermercado remiten a un campo de maíz en Iowa". ¿Realmente ha escogido Vd. que todos los productos que hay en el súper estén hechos, entre otras cosas, de maíz? ¿Está Vd. seguro de que es sano añadirle sirope de maíz a prácticamente cualquier alimento preparado que consuma Vd.? ¿O más bien esta proliferación en el uso del maíz tiene que ver con que ha sido muy barato de producir durante todos estos años?

Si Vd. ha seguido la evolución del sector de la alimentación en los últimos años sabrá que en estos momentos aproximadamente el 80% del comercio mundial está en manos de cinco empresas. Este fenómeno no es exclusivo del sector de la alimentación; cada vez menos empresas cada vez mayores controlan una fracción creciente del mercado mundial. Esa concentración de la actividad en manos de muy pocos agentes podría llevar a pensar que de manera natural, en aras de la optimización productiva y el aumento de beneficio, la cantidad de productos diferentes que se ofrecen debería disminuir; sin embargo, basta con ir a un supermercado o a cualquier otro comercio para ver una increíble diversidad de productos, pequeñas variantes de la misma idea. ¿Qué significa esta proliferación de productos? La respuesta es bien conocida: es una estrategia de márketing para incitar al consumo, es sólo un estímulo a las partes más primitivas de nuestro cerebro: en realidad muchos productos son el mismo con diferentes envases. Y esa es sólo una de las estrategias de manipulación de masas para llevarles a consumir más y más. ¿Es Vd. plenamente libre cuando decide consumir en un ambiente creado especialmente para incitarle al consumo?

No sólo el márketing actúa como fuerte condicionante de las decisiones de consumo, sino también los hábitos y las convenciones sociales que se van estableciendo, oportunamente moldeadas cuando se detecta en ellas un mercado potencial ¿Elige la gente tener coche? No siempre; según dónde uno viva y dónde y en qué trabaje tener un coche es imprescindible. Las redes de transporte público no siempre cubren las necesidades de movilidad creadas a la población. ¿Ha elegido Vd. vivir donde vive o se ha visto obligado a ir a determinado sitio en función de su renta disponible y de dónde tiene Vd. su lugar de trabajo? Es un caso típico: persona joven encuentra un trabajo en una gran ciudad y busca algún lugar cercano donde residir, pero lo más cercano que es asequible a su renta está a 20 kilómetros de su lugar de trabajo y si se traslada en transporte público necesita más de una hora para llegar, pero puede reducir el trayecto a 15 minutos si se compra un coche de segunda mano, que le resulta muy asequible (casi nadie tiene en cuenta los costes reales por kilómetro de un coche, incluyendo combustible, amortización del vehículo, seguros, párking, averías, revisiones, multas...). La estructura social favorece determinadas elecciones, que no son sólo socialmente aceptables sino completamente naturales dados los condicionantes.

Yendo a cosas más superfluas: ¿Elige la gente tener móvil? Si uno se pasa fuera de casa muchas horas, tener un móvil es una buena manera de estas siempre localizable por sus seres queridos; además, con los sistemas de chateo electrónico actuales uno puede mantener un contacto con los amigos que le sirve para sobrellevar una jornada cargada de muchos sinsabores y cada vez menos motivaciones. No es estrictamente necesario, pero, ¿qué persona joven elegiría no tener móvil y además del tipo smartphone? Parecería un extraterrestre en su comunidad social. ¿Es una elección verdaderamente libre la de comprar un móvil? Y así la lista de elecciones bastante discutibles se va alargando, en todos los casos condicionados por un ambiente social que le empuja en una dirección determinada: ¿Se elige libremente comprar un piso en vez de alquilar? ¿Elige uno en total libertad la ropa que se pone, o tiende a escoger aquello que es socialmente más aceptado para el estrato en el que uno está? ¿Son completamente libres todas las decisiones que se hacen al comprar alimentos, productos de limpieza, muebles, vacaciones, etc?  Los valedores del libre mercado dirán que a nadie se le pone una pistola en el pecho, y eso es verdad, y también es cierto que cualquier persona puede decidir "salirse de la convencionalidad" y tomar una decisión que choca con las habituales, pero justamente de lo que hablamos es de condicionamiento, no de determinación: desde el punto de visto económico no importa si unos pocos individuos eligen otro camino si la mayoría va por la senda trazada. Hay una cuestión clara desde el punto de vista estadístico: si millones de personas toman decisiones dentro de un arco pequeño de opciones teniendo literalmente millones de posibilidades a su disposición eso significa que realmente no hay tantos grados de libertad como los aparentes, sino muchísimos menos. Realmente, son muy pocos los individuos realmente libres, puesto que desde hace mucho tiempo se mercantiliza la diferencia, y el mercado se apropia de la estética hippie, altermundista, eco, hipster... Se crean diversidad de nichos en el mercado para que aquellos individuos más críticos crean que son diferentes porque están clasificados dentro de una categoría igualmente mercantilizada pero menos numerosa.

Los adalides de las bondades de lo que ellos llaman libre mercado aceptan a veces que efectivamente la influencia social condiciona fuertemente muchas decisiones, pero que en eso el libre mercado no tiene la culpa, sino que es la sociedad, como si fuera un sujeto, quien toma sus decisiones, y como si los agentes económicos no influyeran en moldearlas. Sin embargo, resulta difícil creer tal cosa cuando los medios de comunicación se dedican a difundir continuamente publicidad en cuñas publicitarias y propaganda de un determinado modo de vida en todo el resto de contenidos. ¿Se ha sentido Vd. alguna vez identificado con los modos de vida y consumo de tanta y tanta serie televisiva o película cinematográfica? ¿Ha aspirado a ser como los personajes que tanto le gustan? ¿Se ha fijado que a veces el personaje lleva un tren de vida impropio para lo que deberían ser sus ingresos? La presión social existe, pero ésta se configura también a través de los mass media. En añadido, los medios de comunicación de masas sirven para crear, a veces, cuando es necesario, la ilusión de libertad: en algunos momentos se pone el foco en una pequeña anomalía y se hace creer que tiene una importancia que, a la luz de las estadísticas, no la tiene, todo con el fin de mantener la ilusión de libertad. 

La falta de libertad de elección no es fruto únicamente de la presión social y de las estrategias de márketing, sino también de la falta de información. Un mercado no puede ser, nunca, realmente libre si todos los agentes que en él participan no tienen la misma información y la misma capacidad de negociación, y ése no es el caso en muchos servicios básicos prestados por grandes compañías. ¿Entiende Vd. el recibo de la luz? ¿Tiene Vd. capacidad para negociarlo? Cuando va al súper, ¿tiene Vd. conocimiento de lo dañinas que son algunas prácticas de producción de los productos que consume? ¿Tiene realmente capacidad de elegir algo mejor, por ejemplo, ecológico? Todo ello es el resultados de un mercado mucho más natural que libre. 

Todo lo arriba expuesto nos ilustra cuál ha sido nuestro margen real de libertad durante las últimas décadas, pero ahora que estamos llegando a los límites del planeta, ahora que estamos inmersos en una crisis que no acabará nunca, un murmullo que se oía desde hace mucho pero permanecía oculto en las capas profundas de la sociedad se hace cada vez más insistente: quizá hay demasiado consumismo, quizá hay que acabar con hábitos de derroche, quizá tendríamos que abandonar lo superfluo. En los últimos tiempos, a medida que la crisis impide al capital alcanzar por medio de la producción sus tasas históricas de regeneración, éste va depauperando las rentas del trabajo y las administraciones públicas para continuar expandiéndose al ritmo habitual (huida hacia adelante con corto recorrido y potencialmente muy explosiva, pero que de momento nos hace avanzar rápidamente hacia La Gran Exclusión). Y en el fondo para favorecer esta expansión interna del capital se insiste en que los ciudadanos tienen que aprender a diferenciar entre necesidades estrictas y consumos superfluos. En algunos casos, se llega a culpabilizar al ciudadano por sus hábitos de consumo, lo que a veces llega al extremo de confundirle sobre el peso económico real de sus elecciones. ¿Cree Vd. que porque disminuya su factura eléctrica un considerable 10% va a mejorar la situación general? Aunque todos los domicilios redujeran un 10% su consumo eléctrico, el residencial es sólo el 10% del consumo total, o sea que ese gran esfuerzo repercutiría un 1% del consumo eléctrico total. ¿Y eso qué más da, además, en un país como España donde hay un exceso de capacidad instalada, donde sobra electricidad y a pesar de ello el consumo baja, porque no es electricidad lo que la sociedad necesita para funcionar, sino ese 80% de energía final no eléctrica y difícilmente electrificable que depende, mayoritarimente, del petróleo? Y, ¿es superfluo el coche? ¿Puede Vd. atender sus obligaciones diarias sin él? ¿Y qué haría sin la nevera, si no puede comprar los alimentos día a día por falta de tiempo? ¿Puede lavar menos ropa, por ejemplo usando el mismo atuendo más de un día seguido; se lo aceptarían en su entorno social y laboral? El hombre, como todos los seres vivos, está adaptado a su hábitat, pero una parte del mismo ha sido creado y recreado por la mano del Hombre y necesita también estar adaptado a él, a su tecno-hábitat, que le resulta tan vital como el hábitat de base propiamente biológica.
En realidad se tiene que intentar mantener la ilusión de libertad para evitar que la gente se revuelva contra lo que hay. La economía está más planificada que nunca: no sólo se planifica la producción, sino que se decide qué nuevos productos tendrán que consumir los ciudadanos. Ésta es la realidad de nuestra economía. Por eso un país comunista como China ha podido hacer una transición tan eficiente hacia el sistema actual: porque, en los aspectos claves, no hay una diferencia profunda; y China tiene además la "ventaja competitiva" de no ser una democracia. Y por eso es tan preocupante que se tome continuamente a China como baremo, como referente con el que compararnos: porque la diferencia más importante entre ellos y nosotros es el grado de autoritarismo.


La única elección real que se puede hacer (y que por tanto se ha de ocultar) es si queremos seguir con el sistema actual o intentamos construir uno nuevo, más igualitario y sostenible, algo diferente a todo lo que ha existido hasta ahora. Ésa es la elección real.





Salu2,
AMT