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miércoles, 30 de marzo de 2016

Planificar la transición versus caída libre


Queridos lectores,

Hace un par de semanas recibí un interesante enlace, en el que de modo resumido se transcribe el trabajo desarrollado por Daniel Cohan de la Rice University. En él se explica que desde finales de 2014 se está produciendo una rápida disminución de la contaminación atmosférica en forma de dióxido de azufre (SO2), provocada por el descenso del consumo del carbón en China, y también por la fuerte disminución del tráfico marítimo de los últimos meses. Es posible localizar cuáles son los principales focos de emisión de SO2 en el mundo porque ciertos sensores especializados a bordo del satélite Aura de la NASA nos permiten medir dónde su concentración es mayor en cada momento, y desde hace muchos años se tiene bien localizado que los principales focos de emisión se sitúan en China (debido al alto contenido de azufre de una parte del carbón que allí se quema), más recientemente en la India (debido a su aumento de consumo de carbón) y sobre las principales rutas marítimas del globo (debido a la baja calidad del combustible usado por los grandes cargueros, el cual, por cierto, origina no pocos problemas de corrosión en los motores de estos barcos en plazos de pocos años). Lo interesante del trabajo de Daniel Cohan es que, según parece, el SO2 es un gas que produce un cierto efecto de apantallamiento de la radiación solar. Gracias al SO2, el exceso de calor atrapado en la atmósfera debido a los gases de efecto invernadero no llega totalmente a la superficie y se queda en capas más altas de la atmósfera (un efecto que en inglés se conoce con el nombre de "dimming"). Por ese motivo, en las zonas donde se ha estado emitiendo más SO2 en las últimas décadas no han estado experimentando todo el incremento de temperatura que corresponde al incremento de gases de efecto invernadero, lo cual principalmente ha beneficiado a los países más desarrollados y de forma más general a todo el Hemisferio Norte. Sin embargo, como es natural la circulación atmosférica dispersa rápidamente el SO2, y sin una emisión continúa de éste y otros gases de efecto pantalla el exceso de radiación retenida tiende a ir elevando la temperatura superficial del Hemisferio Norte de una manera abrupta. Ésta sería la razón, concluye Daniel Cohan, por la que llevamos más de un año de temperaturas récord en el Hemisferio Norte y en general en todo el planeta, que ha llevado a que este año haya sido prácticamente "un año sin invierno" en muchos lugares.

Al margen de que aún hay que determinar con exactitud el peso de la disminución del dimming en el incremento de temperaturas observado durante hace más de un año (da peso a esta hipótesis que el presente episodio de incremento de temperaturas empezó unos meses antes del actual fenómeno El Niño de este año, de una especial intensidad) y aceptando en beneficio de la discusión que sigue que el dimming es, en efecto, importante, esta cuestión ilustra de manera elocuente el riesgo de no actuar de una manera reflexiva pero también decidida delante de los graves problemas de sostenibilidad a los que se enfrenta nuestra civilización. Un exceso de contaminación atmosférica es obviamente nocivo para la salud (recordemos que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud una de cada ocho muertes en el planeta son atribuibles a la contaminación del aire); en el caso concreto del SO2, se trata de un gas particularmente dañino porque, aparte de causar problemas respiratorios, al combinarse con el agua origina ácido sulfúrico y por ese motivo las emisiones de SO2 dan lugar a la denominada "lluvia ácida". Sin embargo, este exceso de contaminación estaba apantallando la radiación solar y por ello las temperaturas eran más moderadas; simplemente una reducción de las emisiones de SO2 nos lleva a un punto de calentamiento que es más allá de dónde creíamos estar (y que podría ser la causa por la cual nos encontramos ahora probablemente atravesando uno de los temidos "puntos de inflexión" - tipping points - climáticos). ¿Se debería haber seguido contaminando irreflexivamente para beneficiarse del efecto apantallamiento mientras manteníamos un BAU que no va a ninguna parte? ¿O más bien deberíamos haber aprovechado la afortunada coyuntura para preparanos racional y escalonadamente a un estado menos contaminante y al tiempo menos desestabilizador del sistema climático? No sorprendentemente, y siguiendo con la línea de actuación que caracteriza a nuestra sociedad, no se ha anticipado nada y se ha actuado de manera oscilante, de manera que al final recibimos el perjucio por partida doble, primero como un exceso de contaminación sin un objetivo de viabilidad a largo plazo y después con una aceleración abrupta del calentamiento de la superficie terrestre.

La temeridad de actuar como si no pasase nada, confiando en que todo se arreglará por si sólo gracias a la capacidad autorreguladora del mercado, es también lo que está también llevando a una destrucción acelerada del sector petrolero y con ella minando la viabilidad económica de nuestra civilización. A la previsible (y prevista desde hace años) espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda de petróleo se está añadiendo la total improvisación de nuestro sistema financiero, que está llevando a una caída más precipitada de la producción de petróleo de lo que habría sido de otro modo. Mientras la Agencia Internacional de la Energía comienza a reconocer a regañadientes que la producción de petróleo en los EE.UU. está cayendo debido a la desinversión y que así seguirá por lo menos otros 24 meses, lo previsible en este escenario de colapso de la inversión en nueva producción (reducción que ahora se reconoce que fue del 24% el año pasado y que se espera que sea del 17% éste, aumentando las cifras que se daban hace sólo un mes) es que las caídas de producción de petróleo a escala global serán más grandes de lo que se quiere reconocer, sobre todo a partir del año que viene. El mayor riesgo de este colapso inversor es que la oferta caiga de manera demasiado rápida y se produzca un nuevo pico de precios, dañando rápidamente la economía mundial, agravando la recesión que ya está en marcha y destruyendo aún más demanda, lo que llevaría a una nueva bajada de precio del petróleo y una aceleración de la espiral mencionada más arriba.
 


Los problemas mencionados dependen de muchas variables que tienen escalas temporales más largas que el ciclo de negocios o incluso que el ciclo político, y por tanto requieren una cierta capacidad de análisis y de anticipación. El problema es que tan pronto como se comienza a hablar de "planificación", los acólitos del neoliberalismo comienzan a bramar indignados delante de tamaña herejía. Desde el punto de vista del pensamiento económico imperante hoy en día, se ha de dejar que el mercado regule por sí sólo las necesidades materiales de las personas y otros agentes económicos, sin comprender que no hay ningún motivo para pensar (más bien al contrario) que el mercado sea capaz de regular siempre estos intercambios, sobre todo cuando las "externalidades negativas" tienen escalas tanto espaciales como temporales muy dilatadas (y eso sin contar con que el mercado que defienden en realidad no es libre). Defender que el libre mercado es un buen sistema porque es capaz de autorregularse es una necedad, teniendo en cuenta que es bien conocido en la dinámica de ecosistemas que el colapso es un mecanismo de autorregulación perfectamente natural. En suma, que la autorregulación no es una virtud per se, sino una característica natural no siempre positiva. Por ejemplo, la caída de la producción industrial en Japón y en general su estancamiento económico trae, de manera natural, un incremento de la pequeña delincuencia (a escalas de epidemia) entre los mayores de 60 años, que buscan ir a la cárcel para tener techo, comida y asistencia médica garantizada y que de otro modo no se podrían procurar. Yo no veo entendimiento posible con alguien que considere eso una virtud autorreguladora del libre mercado...



Cuando se habla de planificar el proceso que por fuerza tendremos que seguir durante los próximos años, el de la transición a un mundo con muchos límites y problemas, no se trata de dar carta blanca al intervencionismo (el cual no es intrínsecamente maléfico como defienden los neoliberales pero tampoco necesariamente benéfico, ya que podría comportar excesos). Se trata de estudiar la cuestión seriamente, sin intentar adulterarla con cuestiones espurias ni propaganda interesada, y buscar realmente una vía de salida, que debería ser lo más consensuada posible, pero sin que este consenso le reste efectividad (no valen los acuerdos vacíos de contenido, de lo cual la COOP 21 en París ha sido un buen ejemplo). Hay que conseguir que los actores económicos relevantes abandonen su habitual actitud irracional, no fundamentada: no pueden negarse, simplemente, a considerar la evidencia, construyendo excusas ad hoc para considerar que los problemas descritos simplemente no pasan, pagando para ello campañas de relaciones públicas y ejércitos de trolls que viven de intoxicar las redes sociales. No pueden por más tiempo rehuir el problema, para evitar enfrentarse a lo que más temen: la aceptación de que lo que llaman libre mercado simplemente no funciona cuando estamos hablando del futuro de la Humanidad y de la Civilización.


¿Nos sentamos a hablarlo?
Salu2,
AMT

lunes, 23 de febrero de 2015

Declive energético y asignación de recursos


Queridos lectores,

Durante las últimas semanas he percibido una cierta oleada de comentarios, en diversos foros de internet (en el foro Crashoil por supuesto, pero también en comentarios de noticias en diarios y otros medios digitales) en los que se pretende hacer de menos el problema del declive energético. En general, estos comentarios - muchas veces, de tono despectivo y vejatorio, a veces incluso personalizando sus ataques contra las personas que, como yo, nos dedicamos a hablar de estos temas - suelen basar su "contra-argumentación"  a los graves problemas aquí expuestos en una u otra maravilla tecnológica o recursos fabulosos que están a punto de llegar a nuestros hogares. Así, un día se recurre a la vieja falacia de la "siempre pendiente" revolución de los hidratos de metano o clatratos, mientras que otro se le da un eco desmedido al último anuncio comercial de la compañía Tesla Motors o se le da vueltas a la quintaesencia del grafeno. Hace unos meses los temas de moda eran los reactores de fusión de bolsillo  o el reaprovechamiento de los plásticos para hacer combustible casero  (tema, por cierto, ya abordado tiempo ha en este blog). Siguiendo el orden habitual en las rondas de mesías energéticos, en los próximos meses oiremos hablar del gran potencial del aprovechamiento de los residuos y probablemente alguna cosa relacionada con el hidrógeno, la fotosíntesis artificial o las mejoras en el rendimiento de los paneles solares. Y así en una rueda perpetua en el que las tecnofantasías se suceden sin fin, de entre un conjunto de ellas que después de todo, según se comprueba por lo mucho que se repiten, es bastante limitado.

Es relativamente habitual, cuando se empieza a discutir con cierta profundidad de los problemas energéticos de nuestra sociedad, que algún comentarista se descuelgue con alguna idea leída aquí o allá acerca de la solución-milagro de su personal preferencia. Pero en el caso presente llama la atención la gran cantidad de comentarios que menudean en estos días, así como lo extremo de algunas exageraciones (por ejemplo, dando por descontado que la siguiente revolución energética está prácticamente a semanas vista), y también el encono, en ocasiones bastante brutal, contra los que no sustentamos esa visión de vino y rosas (el epíteto más suave que he leído dedicado a mi estos días es "asustaviejas"). Más allá de los insultos me he encontrado algunas cosas curiosas, como  algunas groseras tergiversaciones de mi posición real sobre la crisis energética y el problema de los recursos (gente que de repente se entera -y se felicita por "mi cambio de opinión"- de que yo pienso que el problema es más social que técnico, a pesar de los años que llevo diciéndolo) o el que me repite una y otra vez cómo de errado estaba el informe "Continously less and less", en el que - según esta persona- "Turiel se basa para sacar sus conclusiones sobre el peak everything", aludiendo a posts que yo escribí hace cinco años, como si en este tiempo Alicia Valero no hubiera defendido su tesis, no se hubiera publicado "Thanatia" o Jeremy Grantham, entre otros muchos, no hubiera analizado el problema. ¡Si hasta la Agencia Internacional de la Energía comienza a reconocer tímidamente que varias materias primas están cerca de su máximo productivo!

No creo que esta ofensiva sea casual, en absoluto. Hay una gran necesidad de nuevos ídolos y de nuevas revoluciones en un año, este 2015, que si no se produce un cambio radical de tendencia pasará a la historia como el año en que la producción de hidrocarburos líquidos llegó a su máximo volumétrico (ya sabemos que el máximo en energía fue hace unos años). Aquellas personas que apostaban todo a que la denominada "comunidad picolera" estaba radicalmente equivocada, y entre ellos algunos que viven de desinformar sobre estos temas, están buscando ansiosamente un asidero, un punto de apoyo para evitar que la gente comience a cuestionarse aspectos básicos de nuestro modelo energético, lo cual irremediablemente lleva a cuestionarse aspectos básicos de nuestro sistema económico (y eso es intolerable según para quién). Por tanto, existe cierta desesperación y necesidad de cubrir el enorme agujero que está dejando el derrumbamiento de la última "revolución energética": el fracking. Los signos de que el boom del fracking en los EE.UU. está llegando a su fin se multiplican día a día, y ya empieza a ser de dominio público que el número de pozos de petróleo activos en los EE.UU. ha caído más de un 30% desde su máximo de finales de año pasado, como muestra el siguiente gráfico.


Imagen de http://wolfstreet.com/2015/02/21/fracking-bust-deepens-sets-records/

Al mismo tiempo, hasta los analistas más rezagados se han dado cuenta de que el actual "exceso de oferta de petróleo" se debe más a la caída de la demanda de petróleo a escala global que a un gran incremento de la oferta por razón de una ofensiva saudí o alguna otra teoría conspiratoria, fruto de una ilusión de control. Como anticipábamos, muchos analistas están complementamente perdidos con respecto a la evolución del precio del petróleo, y sobrereaccionan a los movimientos de los últimos días, pensando unos que ya se va a disparar a valores en dólares por barril de tres cifras mientras que otros creen que puede caer por debajo de la mitad de su valor actual. Y prácticamente nadie quiere contemplar la posibilidad de que estemos iniciando una peligrosa espiral de destrucción de demanda - destrucción de oferta que amenaza con subvertir una gran parte de nuestro mundo.

Si es 2015 el año en que comenzará nuestro inevitable descenso energético a escala global o no es algo que sólo sabremos dentro de unos años. Aunque cada vez peores, aún existen algunas opciones para estirar la situación actual unos poco años más (Ugo Bardi se refería hace poco a la posibilidad de usar carbón para convertirlo en hidrocarburos líquidos, un proceso poco rentable que es conocido desde hace décadas). Cada una de estas opciones implica implícitamente destinar o desviar recursos de unas actividades a otras, y dado que las fuentes de energía residuales son de menor TRE (con lo que ello implica a nivel económico) apostar por estos parches significa que llegará menos energía a la sociedad y que ésta en su conjunto será más pobre. Por poner un ejemplo concreto y particular, si decidimos apostar por convertir el carbón en un mal sucedáneo del petróleo nos encontraremos con que tendremos que destinar mucho más dinero a esta actividad del que destinamos actualmente a comprar petróleo, y eso implicará más recortes sociales, más bajadas de sueldo y más paro. Pero por otro lado, si no encontramos algún hidrocarburo líquido que se pueda producir a buen precio habrá muchas actividades económicas que no podrán continuar, se cerrarán fábricas y habrá más paro, se recaudarán menos impuestos y se producirán más recortes sociales. En suma, que según parece podemos escoger entre el fuego y las brasas.

Eso no es del todo cierto. Si uno comprende y asume que el escenario más realista que tenemos por delante es el del descenso energético, se puede a partir de ahí adoptar medidas conducentes a gestionar los recursos restantes de una manera más eficiente o socialmente más equitativa. En suma, que sí que hay una cierta libertad para escoger cómo queremos realizar nuestro descenso energético. Pero para ello es muy importante comprender que estamos embarcados ya en el proceso de descenso energético, porque de otro modo la asignación de recursos no sólo será altamente ineficiente, sino socialmente muy destructiva. Nuestro actual sistema económico se basa en una premisa básica: que la cantidad de energía disponible aumentará cada año y tendrá precios asequibles. Por eso, su modelo de asignación de recursos es expansivo: se tiene que generar cada vez más actividad económica para aprovechar esa plétora de energía y materiales que tenemos a nuestra disposición. Y por eso mismo, dejando de lado la cuestión ambiental - que también es grave- este modelo es potencialmente catastrófico cuando la tendencia en la disponibilidad de energía se invierte, que es justamente lo que está pasando ahora.

Definir las pautas de la asignación de recursos en el descenso energético no es tarea simple. Como siempre cuando abordo temas de esta índole, propondré una serie de cuestiones generales que justificaré argumentalmente, y las dificultades que implican su implementación. Pero por supuesto nada de lo que ahora diré es la última palabra sobre el tema y todo es revisable; se trata de comenzar un debate largamente aplazado pero imprescindible.

He aquí la lista de cuestiones que deberían tomarse en cuenta a la hora de asignar recursos en una situación de descenso energético.

  • Planificación: Si los recursos no son tan abundantes como queramos, y si cada año tendremos en realidad menos a nuestra disposición, es necesario racionar su posesión y racionalizar su uso. No podremos soportar cualquier actividad económica que consuma recursos, ya que no hay para cubrir todas las opciones que podemos imaginar. Así pues, se tiene que decidir qué actividades son prioritarias y cuáles son accesorias o prescindibles. No sólo eso: se tiene que hacer una previsión informada y realista de cómo irá evolucionando en los años siguientes la disponibilidad de recursos puesto que actividades que hoy en día nos podemos permitir quizá nos será imposible mantenerlas el año que viene. Peor aún: quizá para mantener una cierta capacidad de satisfacer las necesidades de la población en los años venideros tendríamos que comenzar ahora a destinar parte de los recursos que tenemos en este momento y que si no hacemos esta inversión no tendremos en el futuro (en la línea de las conclusiones del trabajo que hicimos hace unos años). Nuestro futuro puede depender críticamente de las acciones que emprendamos en el presente; sin una adecuada planificación, nuestra evolución más probable no será ni mucho menos óptima. Por ejemplo, puede ser que interese invertir ahora en sistemas de producción de energía renovable, o en mejoras en el aislamiento de las viviendas, o en reagrupar población, o cambiar los usos del suelo, o en otras múltiples formas de conseguir una sociedad menos dependiente de la energía. Todos esos cambios serían mucho más fáciles de hacer con toda la energía que tenemos ahora; incluso, puede que algunos de ellos sean imposibles si no hemos hecho las transformaciones adecuadas a tiempo. Por eso, se tiene que analizar el problema con detenimiento sobre la base de las necesidades locales (ver más abajo) y hacer un plan de transición, consensuado con todos los actores. El problema más grave que plantea la planificación en la asignación de los recursos es que choca frontalmente con ideas muy asentadas durante los años de abundancia de materias primas, fundamentalmente con dos: el ideal del libre mercado y el temor a un excesivo intervencionismo por parte del Estado. El ideal del libre mercado es una hipótesis compartida por la mayoría de los economistas y responsables políticos según la cual un mercado libre es el mejor sistema de asignación de recursos. Justamente por eso, cualquier intento de controlar el mercado lleva a ineficiencias y a un desperdicio de recursos; y de todas las formas de intervención la que habitualmente se considera la más dañina es la intervención del Estado, en parte porque su gran tamaño le permite desequilibrar más el mercado que otros actores, y en parte porque, según esta parcial visión de las cosas, los entes públicos son los más ineficaces en la gestión económica. Quienes sustentan este tipo de argumentos suelen basar su visión en largas retahílas de datos que muestran la bondad de sus hipótesis, pero en general la premisa está contenida en sus conclusiones (lo cual las hace no falsables). En realidad las cosas son mucho más complicadas: aún cuando el libre mercado, como ente ideal, podría ser eficiente en la asignación de recursos, lo que se tiene en la práctica es un mercado natural, que se parece más a la ley del más fuerte.  Se defiende que el mercado es libre, cuando si uno lo observa con detalle ve que está fuertemente intervenido por los actores económicos más poderosos. En cuanto al papel del Estado, muchas veces éste actúa en cooperación con los grandes poderes económicos (yo voy aún más lejos: según mi modo de ver, Estado y capitalismo se necesitan mutuamente). El Estado es intervencionista, sí, pero con demasiada frecuencia en favor de intereses privados, y eso se refleja no sólo en el mercado sino en muchas otras relaciones humanas ahora "mercantilizadas"; con todo, ese intervencionismo del Estado todavía está un paso por detrás de lo que pasaría en el contexto de un mercado completamente natural, en el que los fuertes impondrían sus reglas. Por otro lado, la planificación ya es una parte esencial del capitalismo: las grandes empresas planifican con meses de anticipación los patrones de consumo de la siguiente temporada y maniobran para compensar cualquier desviación; la supuesta satisfacción plena de los deseos de los consumidores no es más que una ficción. En realidad, lo único que hace falta cambiar son los objetivos de esa planificación, que en vez de ser la maximización del beneficio del capital deberían ser la satisfacción de las necesidades básicas de la población con criterios de verdadera sostenibilidad.
  • Reforma financiera: Simplificando un tanto arteramente, podríamos decir que en un sistema económico feudal el señor feudal tenía derecho a recibir una remuneración anual que era un porcentaje de la producción de sus vasallos, típicamente un 10%. Nuestro sistema económico se caracteriza por que el capital, por el simple hecho de existir, tiene derecho a una remuneración anual que es un porcentaje del propio capital, típicamente el 5% nominal (de manera efectiva, ese porcentaje se reduce a un 3% teniendo en cuenta diversos efectos de reducción del capital: inversiones fallidas, inflación, desgaste del patrimonio, etc). Con todas las injusticias que tenía el sistema feudal (y el continuo estira y afloja entre señor y vasallos y el ir y venir de alguaciles que se aseguraban del correcto pago a su señor) era un sistema sostenible: si la producción era menor, la remuneración era menor, y si la remuneración era mayor era como consecuencia de una mayor producción. En cambio, el sistema capitalista es intrínsecamente insostenible: cada remuneración que recibe el capital le hace crecer, y eso obliga a que el año siguiente la remuneración exigida sea aún mayor, pues ésta es proporcional al tamaño del capital. A un ritmo efectivo del 3% el capital se multiplica casi por 20 en un siglo, lo cual obliga a que la producción crezca en la misma proporción solamente para poder pagar sus intereses. Eso obliga a crecer y a crecer, a aumentar la producción sin parar para satisfacer las ansias de un nuevo señor feudal cuya glotonería no conoce límites y crece a ritmo exponencial. El grave problema que se plantea en la actual situación de declive energético es que es imposible hacer crecer la producción; al escasear la energía y finalmente las materias primas la producción no puede seguir aumentando. Sin embargo, el señor capital exige el pago de las obligaciones, que vienen impuestas a través de títulos de deuda (préstamos e hipotecas), y tiene al Estado de alguacil para asegurarse que cobrará. Esta imposibilidad física de continuar pagando las deudas hará que el capital, incapaz de alimentarse de una producción que ya no crecerá sino que además disminuirá al disminuir la renta disponible de los que deberían pagar por ella, canibalizará - como ya lo está haciendo - al resto de actores, principalmente a la clase media (la Gran Exclusión) y al propio Estado (a través de forzados rescates de empresas consideradas estratégicas cuyas deudas tienen su origen último en la fagocitación del gran capital). Lo primero que hay que entender, por tanto, es que no tiene sentido mantener el actual sistema de deuda, porque lo único a lo que puede llevar en una situación de descenso energético es a la liquidación precipitada de activos que serán valiosos en la transición, únicamente para engordar el capital y hacer aún mayor el problema de la devolución de deudas futuras (ya que ese capital ahora incrementado, por virtud de nuestro sistema financiero, será prestado para poner en marcha otros proyectos y emprendimientos que también fracasarán por culpa del descenso energético). En tanto en cuanto se mantenga la estructura actual de nuestro sistema financiero, el bombeo de recursos con el único objetivo de la acumulación improductiva de capital continuaría hasta que virtualmente no quede nada más que bombear; en el camino, se destruirían todas las estructuras que sirven para crear la cohesión social (en particular, que todos nos creamos parte de un proyecto común al que llamamos sociedad). Es obvio que tal manera de asignar los recursos provocaría hambrunas, epidemias, revueltas y eventualmente guerras, tanto civiles como con otros países. Por otra parte, cuando la succión de recursos por parte del capital llegase al límite del sustento mínimo vital de la mayor parte de la población, ya excluida, el capitalismo como tal dejaría de existir y se convertiría, probablemente, en un sistema feudal tradicional, en el que la democracia resultaría definitivamente abolida. Es por ello que resulta imprescindible romper una dinámica tan nociva. La manera más lógica de hacerlo es "hackear" completamente el sistema financiero. El primer paso sería, obviamente, reestructurar todas las deudas: si la perspectiva es que no habrá crecimiento, devolver los préstamos será cada vez más complicado hasta volverse imposible (como no se cansa de repetir Gail Tverberg). Pero el mero jubileo de la deuda no es suficiente. Dado que la economía en su conjunto se contraerá por la pérdida de capacidad productiva que implica la pérdida de energía disponible, no se puede aspirar a sacar adelante proyectos que se basen en una financiación en la que el capital tenga un interés porcentual por exactamente el mismo motivo: aunque uno ponga la deuda a cero, la falta de viabilidad financiera de los nuevos proyectos se manifestaría desde el primer minuto, porque en un mundo en contracción energética la mayoría de los proyectos no tienen rentabilidad suficiente para garantizar el pago de intereses (Gail Tverberg ha escrito recientemente un extenso ensayo sobre por qué eliminar las deudas pendientes no sirve en un mundo con energía limitada). Este problema de escasa rentabilidad es una manifestación de la disminución generalizada de la TRE de las fuentes energéticas de las que nos abastecemos, y está en el origen del escaso entusiasmo inversor actual en proyectos de producción de energía renovable en muchos países del mundo; y sin embargo quizá son esos proyectos los que podrían garantizar un acceso razonable a la energía en las próximas décadas. Dado que la iniciativa privada, siguiendo con la lógica financiera aprendida durante los dos últimos siglos de prosperidad energética, nunca invertirá en la mayoría de proyectos, se hace necesario no sólo cancelar las deudas previas e impagables, sino también establecer un sistema público de financiación, sin interés asociado, cuyo deber sería fomentar el rápido establecimiento de aquellos sistemas y actividades que se consideren más convenientes para garantizar un descenso energético razonable. Más aún, se tendría que prohibir todo préstamo con interés e incluso aquél no destinado a los fines prioritarios dada la urgencia de la situación, lo que en la práctica significaría la prohibición o tutela muy estrecha del crédito privado y la persecución de la usura (entendida como solicitar cualquier interés por un préstamo). El problema de esta reforma tan profunda del sistema financiero es todavía mayor que con la planificación que planteábamos más arriba; si la anterior ponía trabas a la expansión del comercio no tutelado, esta reforma atenta contra el corazón mismo del capitalismo. Quien intente promover estos cambios será denostado de comunista trasnochado o algo peor, ya que tal grado de intervención suena a apropiación y estatalismo. Crítica esa un tanto a la ligera, pues el comunismo de corte estatalista que ha conocido el mundo es tanto o más nocivo que el capitalismo (como ya discutimos en su momento); pero ciertamente hay un sustrato de razón en ella, ya que los marxistas clásicos atacaban a los derechos remunerativos del capital y en ese sentido la coincidencia con lo arriba expuesto es plena. Dado que la enorme carga ideológica del debate capitalismo-comunismo durante las décadas de la Guerra Fría aún no se han disipado del todo y podrían reavivarse en medio del general cuestionamiento de las bases teóricas y prácticas de nuestro sistema económico, me parece prácticamente inalcanzable tener un debate ciudadano razonable sobre la imposibilidad lógica de mantener el crédito con interés y la imperiosa necesidad de las reformas arriba expresadas: cualquier intento de avanzar en esa discusión se empantanará en diatribas inacabables con los viejos tópicos de hace 30 años. Como vía más práctica, mi sugerencia sería, simplemente, prescindir de todo tipo de financiación convencional, recurriendo al apoyo de comunidades locales para sacar adelante pequeños proyectos concretos, mientras el sistema financiero colapsa por sí mismo. Esta estrategia tiene el riesgo de que el Estado puede lanzar algunas iniciativas legislativas para perseguir esos caminos alternativos (los recientes movimientos del Gobierno español para regular el crowfunding son un indicio de esa posibilidad); por tanto, las comunidades tendrán que tantear muy bien el terreno que pisan y asegurarse de que sus iniciativas sean siempre escrupulosamente legales y así pasen por debajo del radar.
  • Cambio del sistema productivo: En un mundo con la energía disponible en franco descenso y recursos cada vez más escasos es imposible mantener un sistema orientado a la producción. Estrategias como la obsolescencia programada tendrán que ser progresivamente abandonadas, y los esfuerzos se tendrán que ir dirigiendo a conseguir nuevos diseños que aseguren una mayor reparabilidad, reciclabilidad y reutilización.  Eso crea un problema para las empresas, que deberán reorientar sus modelos de negocio, de modo que su cuenta de resultados no dependa de vender más sino de vender mejor. En el caso de empresas que produzcan bienes de consumo masivo, ya materiales o inmateriales, cuya clientela objetivo sea la menguante clase media, tendrán el problema adicional de adaptarse a la disminución de la capacidad de compra de sus clientes y la disminución objetiva de su mercado potencial. En añadidura, las empresas tendrán que recurrir cada vez más a sus recursos financieros propios ya que su perspectiva no será la de crecer, sino inicialmente menguar y eventualmente, con suerte, estabilizarse; eso hará todo mucho más difícil y la evolución general de los proyectos mucho más lenta, a no ser que cuenten con financiación participativa a interés cero (y que sorteen los problemas indicados más arriba). Añádase a todo lo mencionado que asignar recursos para rescatar empresas cuya viabilidad en el largo plazo es dudosa es una estrategia condenada al fracaso. Por ejemplo, pensando en el medio y largo plazo no tiene sentido ayudar al sector del automóvil, como seguramente tampoco tiene sentido apuntalar a las compañías aéreas o al sector del transporte por carretera, a pesar del peso económico tan importante que tienen estos sectores ahora mismo. El gran problema con el cambio del sistema productivo es que las reformas propuestas son también muy radicales y contradicen diametralmente todo lo que se enseña hoy en día en las escuelas de negocios de todo el mundo; los especialistas en ellas formados argüirán que todos estos cambios llevan a una enorme pérdida de productividad y de eficiencia económica. Y tienen toda la razón; lo que pasa es que el problema es de imposibilidad, no de conveniencia: con recursos limitados y en descenso su modelo simplemente no funciona. Dudosamente aceptarán tales argumentos, así que sólo cabe esperar que la fuerza de los hechos les acabe convenciendo. También es verdad que, mientras dure la transición, una empresa que apostase fuertemente por el cambio de modelo sería menos competitiva mientras aún haya cierta abundancia energética, y por tanto tendría muchos problemas para sobrevivir hasta el momento en que el modelo fósil actual deje de funcionar. Por ese motivo muchos autores dan por hecho que la sociedad industrial acabará necesariamente con el fin de los combustibles fósiles. Que la industria se tendrá que redefinir es evidente; que desaparezca por completo dependerá de las decisiones que se tomen, y en cada lugar la historia será diferente. 
  • Gestión de las infraestructuras: En el momento en que fueron creadas, las infraestructuras aportaron un gran valor tanto económico como social: los ferrocarriles comunicaban ciudades antes lejanas, los puertos permitían transportar grandes volúmenes de mercancías sobre grandes distancias, la red eléctrica traía la luz en medio de la noche... Pero a medida que las infraestructuras fueron creciendo en tamaño y extensión, y al tiempo envejecían se han ido convirtiendo, progresivamente, en una mayor carga, lo que implica un mayor consumo de recursos. Salvo honrosas excepciones, en la mayoría de las infraestructuras ha faltado una planificación a largo plazo, y la ganancia marginal que suponía cada nueva capa de infraestructuras ha ido disminuyendo (y posiblemente en algunos casos se ha vuelto negativa). Reasfaltar periódicamente las carreteras es muy oneroso, la red eléctrica necesita ser revisada y mantenida, los ferrocarriles requieren un mantenimiento continuo - especialmente en las vías de altas prestaciones... hasta mantener encendidas por la noche las farolas implica un gasto constante. Pero si los recursos disponibles menguan la parte necesaria para mantener todas las infraestructuras simplemente no estará ahí. Delante de este problema hay dos posibilidades. La primera es pretender hacer ver a la opinión pública que no hay ningún problema pero por la vía de hecho descuidar algunas infraestructuras, de manera poco ordenada, con lo que los problemas se van agravando - y son por tanto más costosos de arreglar - con el tiempo (lo que nos llevaría a un abrupto precipicio de Séneca, como ya explicamos en estas páginas). La segunda opción consiste en tomar decisiones atrevidas -  no siempre bien recibidas por la opinión pública - y avanzar en un desmantelamiento ordenado de algunas infraestructuras con la intención de sustituirlas por otras menos costosas y más resistentes. Por ejemplo, la decisión que han tomado algunos condados de los EE.UU. de no reasfaltar las carreteras bajo su responsabilidad y, al contrario, volver a convertirlas en caminos de tierra y grava. De entre todas las infraestructuras en peligro de abandono voluntario o involuntario, las relacionadas con el transporte están especialmente en riesgo: en un mundo con menos energía la hipermovilidad que ha caracterizado las últimas décadas está condenada a desaparecer, con lo que se pierde el sentido de tanta y tanta carretera, puerto, aeropuerto y hasta vía férrea, que además son muy costosos. Lo ideal, de nuevo, sería diseñar un plan de descenso energético y, conforme a él, decidir qué hay que abandonar, qué hay que substituir y qué hay que mantener; y también tomar decisiones sobre qué es lo que no existe ahora pero que es necesario construir de cara al futuro (por ejemplo, puertos fluviales). El problema mayor para que se cambie el modelo de gestión de infraestructuras radica, sobre todo, en la gran capacidad de presión e influencia que tiene el sector del transporte, que interpretará cualquier decisión en línea con el declive energético que le afecte como una agresión, negándose probablemente a aceptar que no sólo los días de gloria del transporte no volverán, sino que cada vez las cosas irán a peor. También es problemática la tendencia al elitismo, que irá convergiendo hacia la creación de medios de transporte para ricos y medios de transporte para pobres.
  • Relocalización: Justamente, si falta energía ni la materia ni las personas podrán viajar grandes distancias. Por otro lado, al disminuir el tamaño de la economía también disminuirán las ligaduras de largo alcance, y será la actividad local la que generará una parte cada vez mayor de la renta de las personas. En suma, el dinero no viajará grandes distancias, y la industria local será la que cree el empleo local y satisfaga el consumo local, formando un ecosistema económico cerrado en si mismo y cada vez de menor tamaño. Para evitar el desabastecimiento de bienes y servicios críticos, como lo son los alimentos o el vestido pero también la sanidad y la educación y cosas más prosaicas pero fundamentales como motores básicos y máquinas elementales, así como vehículos automóviles sencillos, se debería planificar cuidadosamente qué se va a producir y en dónde, de manera que se asegure un mínimo nivel de funcionalidad sin tener que salir de la escala local.  El gran problema con la relocalización es que la palabra ya está, a estas alturas, bastante manoseada, y muchas veces se queda en discurso vacío, sin contenido; es mucho más fácil hablar de ello que hacer algo positivo en su dirección.
  • Rehumanización: Se requiere la introducción de valores más sólidos para las relaciones humanas y el respeto a los demás, para no tener que discutir cosas obvias como que un sistema no está funcionando bien si hay niños cuya única ingesta de alimentos se produce en el comedor de la escuela, o que es más importante tener menos desahucios que más productividad, o que si el problema del desempleo crónico afecta a varios millones de personas no es porque estas personas sean unas inútiles o unos vagos, sino porque algo está profundamente mal en el reparto y la estructura del trabajo, en particular su completa sumisión a un sistema económico inflacionario y suicida; o que satisfacer los banales caprichos de los consumidores de hoy es menos relevante que proteger la calidad de vida de las generaciones aún por venir. Más aún, hace falta mejorar la calidad de la prensa: es completamente imposible que los ciudadanos puedan ejercer como tales si no se pone el acento en la necesidad y la obligación de difundir información completa y veraz, y mucha menos propaganda meramente al servicio de unos intereses económicos no siempre confesables. El problema más grave con la rehumanización es que choca con valores promovidos por el capitalismo para crear una sociedad acrítica y consumista: en el fondo, promover nuevos valores para una nueva sociedad es, de todas, la propuesta más subversiva. Se puede trabajar en este ámbito con menos peligro que, por ejemplo, en el ámbito financiero pues estamos hablando del ámbito de las convicciones personales y es intangible; pero al tiempo es más difícil salvar el inmenso escollo de la propaganda en contra, el descrédito, la ridiculización y el ninguneo.


Como ven, la mayor dificultad para implementar los modelos de asignación necesarios chocan con la ideología imperante. Es por eso que para poder hacer el cambio de modelo económico tendrá que producirse un cambio del modelo cultural. Pero eso será asunto a abordar en otro post.

Salu2,
AMT

jueves, 16 de mayo de 2013

Rumbo de colisión

Querido lectores,

En un post reciente concluía que uno de los problemas mayores que tenemos es la incapacidad de hacer un diseño inteligente de partida y en vez de eso adaptamos soluciones evolutivas. Lo que hacemos, por tanto, es adoptar soluciones que aquí y ahora están bien aunque no lo estarán en un futuro; y cuando las circunstancias cambian y los problemas aparecen hacemos variaciones a partir de las soluciones vigentes para encontrar nuevas soluciones que aborden nuestro problema satisfactoriamente. Tal aproximación, por lógica que parezca, puede llevarnos hacia una colisión inevitable contra un escollo que se encuentra al final de la cadena evolutiva que hemos seguido; y que si hubiéramos podido ver el problema en su conjunto hubiéramos podido escoger otra solución siguiendo un rumbo perfectamente diferente.

Este tipo de lógica evolutiva (o más bien, de huida hacia adelante) está presente en muchos problemas que hoy abordamos desde la tecnología. Introducimos tecnologías que resuelven problemas sin darnos cuenta de que esas mismas tecnologías introducen otros problemas para los cuales proponemos más tecnología y así sucesivamente, hasta que chocamos contra los límites de nuestro ingenio o de los recursos disponibles. Este problema se engloba dentro del llamado Principio de las Consecuencias Imprevistas, que fue introducido por el sociólogo Robert Merton el siglo pasado. Veamos ahora un ejemplo práctico.

Sabemos que a día de hoy hay un problema grave con el diésel: la producción mundial de diésel podría haber llegado a su máximo en 2008 porque, a pesar de que esos sucedáneos de petróleo a los que llamamos "otros líquidos" han conseguido disimular la caída de la producción de petróleo crudo, el hecho es que para hacer diésel hace falta petróleo crudo y además la mezcla que se usa para refinar diésel tiene que tener cierta proporción de petróleo ligero, del cual cada vez hay menos (Irán ya no produce, Venezuela produce muy poco y en Arabia Saudita comienza a escasear). Todo esto ha hecho que la producción de diésel se esté resintiendo ya: algunas refinerías en el mundo occidental están haciendo grandes inversiones para adaptarse a la falta de petróleo ligero y a los altos costes de la materia prima y de la energía (vean aquí un ejemplo en el Reino Unido) mientras que muchas otras refinerías directamente cierran (pueden encontrar una lista en esta página web). En suma, la por fin reconocida llegada del peak oil ha generado muchos efectos no lineales en nuestro complicado mundo, y entre ellos el cierre de refinerías y la disminución aún mayor del acceso a los combustibles.

Uno de los aspectos reconocidos que han hecho más grave esta crisis del diésel es el cambio histórico de coches de gasolina por coches de diésel en Europa durante las últimas dos décadas. Tal movimiento ha respondido a una lógica evolutiva, del mercado: dado que de manera natural se producía en las refinerías una cierta cantidad de diésel y el diésel de automoción tiene mejor economía de combustible que la gasolina, de manera natural el mercado ha tendido a buscar un hueco al relativamente más abundante y más económico diésel. Como ven, todo lógica evolutiva y todo libre mercado.

Sin embargo, por las razones explicadas más arriba la llegada del pico del diésel se ha anticipado a la del pico de la gasolina y en este momento se ve el error de haber fomentado tal dieselización masiva del parque automovilístico. Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer? Volver a la gasolina no es fácil: los motores de diésel no son compatibles con la gasolina, y forzar un cambio masivo de vehículos particulares en medio de una crisis que justamente está acarreando una caída de ventas de coche no parece ni fácil ni muy popular. Por otro lado, dejar que el libre mercado regule esta situación tampoco es la mejor opción, puesto que el transporte por carretera y la maquinaria en general usan el mismo tipo de gasoil; ya está habiendo problemas con el transporte por carretera, que se está desplomando por los altos costes del transporte y la caída de la demanda de productos, como para permitir que se agrave aún más y acabe disparando la inflación, lo que traería una mayor caída del consumo y  el agravamiento de la crisis. En suma, hemos llegado a un callejón sin salida: cualquier opción que se escoja provocará muchas consecuencias desagradables. Vamos en rumbo de colisión inevitable.

Es significativa la evolución del Gobierno francés respecto a este problema. A mediados del año pasado hubo cierto revuelo y debate público incubado por los medios de comunicación sobre la conveniencia de arrinconar el diésel, al menos en las grandes ciudades. De acuerdo con el relato que repitieron machaconamente los medios de comunicación galos, un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud ratificaba lo nocivo que es para la salud los gases de los motores de diésel, y eso abría el debate "urgente" sobre la necesidad del cambio. En realidad, desde hace varias décadas se sabe que los motores de diésel son más contaminantes que los de gasolina, a pesar de las muchas mejoras significativas que se ha hecho en su ingeniería; por otra parte, en Francia como en el conjunto de la OCDE (y no hablemos ya de España) el tráfico rodado ha disminuido como consecuencia de la crisis, lo cual retrae relativamente la urgencia de este debate (al menos desde una perspectiva política; el tema de la contaminación del diésel es ciertamente serio y debería haber sido abordado seriamente hace muchos años). Por tanto, da más la impresión de que este debate espoleado por los medios obedece a la necesidad de trasladar a la ciudadanía la necesidad de deshacerse del diésel aunque los motivos reales de esta necesidad se presentan maquillados.

Casi un año después, el Gobierno francés aún sigue deshojando la margarita, sin saber muy bien por dónde tirar. Saben que quieren deshacerse del diésel, pero dentro del Gobierno galo hay sensibilidades contrapuestas sin que nadie sea capaz de proponer un plan realista y viable para hacer ese abandono. Tal impasse ha llevado a algunos hasta hacer bromas sobre la supresión radical del diésel en Francia (inocentada de la que erróneamente yo mismo me hice eco). Mientras tanto, la disponibilidad de diésel sigue bajando, se prevén nuevos cierres de refinerías este año y la situación es cada vez más apurada... pero no hay ni un solo avance.

Un Gobierno debidamente informado hubiera tenido 40 años para anticipar este problema, y la sociedad hubiera podido adaptarse paulatinamente y con cierto éxito. Tal estrategia es la que se conoce como "diseño inteligente": se ve el problema en su globalidad y se diseña la mejor respuesta, con una monitorización constante del resultado. Sin embargo, la estrategia que hemos seguido es la de la respuesta evolutiva: ir dando respuestas a los problemas que se iban presentando, uno por uno, hasta llegar a un callejón sin salida (como el que se puede estar presentando ahora en Venezuela o en Egipto). Es la estrategia del corto plazo, del beneficio inmediato. Éste es el producto de la lógica de lo que llamamos libre mercado (aunque en realidad sea mercado natural, como ya discutimos).

La estrategia evolutiva se puede comparar a una escalera que construimos añadiendo un peldaño cada vez; escalera que vamos remontando sin tener garantías de llegar a ninguna parte en concreto. Y a veces estas escaleras acaban abruptamente, precipitándonos la vacío. Esto también pasa con la evolución de las especies: que a veces se llega a puntos muertos, y las especies asociadas se extinguen. Aquí se ve, una vez más, la lógica perversa de imponer una cierta concepción del darwinismo a la esfera social, y es que la selección del más apto en cada momento no es una garantía de éxito, sino que a veces lo es de un fracaso final y definitivo. Lo más cruel de este fracaso total -la extinción- es que es la coronación de una larga sucesión de éxitos.

Si queremos pervivir como especie, si queremos darle una continuidad al experimento humano, tenemos que intentar superar la lógica del cortoplacismo y encarar los problemas globalmente. Toda la gente que propone pequeños parches (esta nueva fuente de energía aquí, esta nueva fiscalidad allá...) para "resolver el problema" no se dan cuenta que la clave está en "replantear el problema". Y el primer paso es decir la verdad, cruda, a la cara. Y el segundo, pasar a la acción.


Salu2,
AMT