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jueves, 19 de agosto de 2010

Gestionar la incertidumbre

Queridos lectores,

Con este post estoy batiendo un récord personal; nunca antes había escrito tres posts en tres días consecutivos y además de esta extensión. Lamentablemente no podré mantener este ritmo en un futuro próximo, así que mejor aprovechar lo que hay en este momento.



Como cabía esperar, mi último post, "El peor escenario posible", ha creado una reacción bastante intensa: en pocas horas tiene ya 18 comentarios de lo más diverso. El tema tratado en ese post es proclive a generar angustia, ya que se trata de delinear un escenario posible en el que todo lo que pudiera ir mal fuera mal, aunque dentro de un orden. Los límites declarados de tal escenario son asumir que los cénits de producción de energía de todos los combustibles fósiles son los más cercanos en el tiempo de entre los que proponen los diferentes análisis y estudios que sobre el tema existen, y que delante de una situación de escasez magnificada como ésta la reacción sea intentar continuar con el Bussiness as Usual (Negocios como Siempre, BAU), o sea, como si tal cosa. Lo que se pretende con este análisis es mostrar la cara más negra que pueden tomar los acontecimientos para, como muy bien indica el comentarista Jose, "para mi es un escenario posible y aleccionador sobre lo que puede ocurrir. Para gente que no tenga mucha imaginación sobre cuánto pueden torcerse las cosas, puede abrirle los ojos". En cierto modo, era también un post-experimento, para suscitar reacciones en los lectores con las cuales construir el siguiente post, éste que ahora leen. Pues aparte de plantear un escenario, posible aunque improbable, de caos y destrucción, quería ver cómo la gente que ya tiene un mínimo nivel de conciencia sobre el problema reaccionaba. Todas las reacciones comparten un rasgo en común: todas eligen un modelo, aunque diferente, de gestión de la incertidumbre sobre el futuro. La cuestión ahora es si esa elección es óptima y racional.


No sorprendentemente, la reacción de mi amigo Hank Rearden (el cual ya se ha identificado como empresario en un comentario anterior, con lo que yo ya no revelo nada) es absolutamente contraria, hasta las vísceras, al planteamiento expresado en este post. Él califica el escenario de imposible, y el primer argumento que da para respaldar esta afirmación de imposibilidad es que las previsiones de producción de materias energéticas no se ajustan a las del informe ITPOES de este año, particularmente porque las espectativas que estoy usando para el gas no son tan malas en el informe ITPOES (para los recién llegados, el Industry Taskforce on Peak Oil and Energy Security es un grupo de trabajo constituido por algunas empresas británicas de importancia para tratar el Peak Oil y exigir a su Gobierno la toma de medidas de mitigación, evidentemente dirigidas a preservar el BAU). Sin embargo, tengo la impresión de que mi amigo ha asimilado aquellas partes del informe ITPOES que mejor cuadran con sus deseos y expectativas. El único análisis en profundidad sobre el gas que hay en el informe en cuestión se encuentra en el capítulo "Opinion A: Chris Skrebowski", que recoge la opinión de uno de los dos expertos designados por el ITPOES. En la página 24 y siguientes el señor Skrebowski analiza la cuestión del gas, valorando pros y contras y analizando el hecho que tiene revolucionada la industria durante los últimos dos años, que es la creciente producción de gas de pizarra en los EE.UU. Sin embargo, el Sr. Skrebowski evoca toda una serie de dificultades y restricciones que amenazan a esas fuentes de gas, como que en particular su producción decae muy deprisa y en poco años se hacen no rentables; su conclusión final es que el gas puede ser una opción a corto plazo, pero que hay no pocas dudas sobre él. Sin salirnos de los análisis que está haciendo la industria, en términos más duros se expresan los autores del informe de Lloyd's, más reciente que el de ITPOES, "SUSTAINABLE ENERGY SECURITY: Strategic risks and opportunities for business". Que nadie se deje engañar por el título; este informe pinta un panorama bastante complicado para los próximos años, y en cuanto al gas, y particularmente el de pizarra, identifica multitud de otros problemas, incluyendo los ambientales y los geoestratégicos. Se puede añadir, incluso, que la presunta "inundación" (glut) de gas en los mercados mundiales por la incorporación masiva del gas de pizarra es un gigantesco espejismo orquestado por la industria para engañar a los inversores, como argumenta Dave Cohen en Decline of the Empire, ya que como Cohen dice, ¿cómo se puede argumentar que la producción ha aumentado un 10% cuando el consumo + almacenamiento ha disminuido ligeramente? Claramente las cifras están manipuladas, y eso aumenta la incertidumbre.

Todo esto nos reporta a otra cuestión clave, y es la de la independencia de los analistas. La gente que trabaja con ASPO u otras organizaciones científicas que analizan la cuestión del cénit de la energía no tiene intereses económicos o corporativos a los que atender; al contrario, tienen todos los estímulos para ser conservadores y prudentes, dala la mala experiencia previa del Club de Roma. Por el contrario, la industria general, la productora de energía en particular y los órganos gubernamentales tienen una malla de intereses cruzados que hace que les sea más difícil reconocer la verdad, cuando la simple aceptación de que las reservas son menores de lo esperado puede hacer caer las acciones de una compañía o aceptar que habrán restricciones generalizadas hundiría las bolsas mundiales. Justamente es por eso que prefiero respaldar mis afirmaciones con informes surgidos del mundo académico antes que del mundo de los negocios, aunque saludo iniciativas como las de ITPOES o de Lloyd's que comienzan a abordar el problema; añádase que estos últimos no hacen el análisis de las fuentes de energía, simplemente toman los datos de la literatura existente, con objetividad y sin aspavientos. En este contexto, me resulta interesante en el comentario de mi amigo Hank la siguiente frase: "supongo que habrás leído también otras cosas que te han llevado a pintar este escenario". Dejando al margen el hecho de que el propio informe ITPOES cita tanto los trabajos de ASPO (en línea con las fechas que yo doy) como los de CERA (el lobby de la industria, que defiende la sumaria estupidez de que la producción de petróleo permanecerá en una meseta durante un siglo, sin respaldarlo con ningún dato objetivo y verificable), no deja de ser reseñable que, siguiendo con mi costumbre de referenciar profusamente, en mi apocalíptico post citaba varios trabajos que permiten fijar la fecha del cénit del gas en 2015. Sin embargo, ese filtro de paso bajo que tiene Hank le impide haber sido consciente de esos enlaces o haber intentado leer lo que hay detrás, no siendo el caso que desmonte su fe en el libre mercado ;) . Ironías aparte, delante de la incertidumbre que suscita la amenaza de la Gran Escasez, Hank decide gestionarla usando aquellos datos que le son más favorables para continuar con el BAU, y de tal manera no intentar adaptarse a la misma. Esta estrategia asegura un daño terrible cuando la Gran Escasez se presente al fin (si no lo está haciendo ya), ya que nunca será el momento de comenzar la adaptación. Llevamos 40 años negando la necesidad de adaptación a un mundo con menos energía.


En una línea relacionada, el comunicante Fernando cree que la producción de gas podrá mitigar los problemas específicos de declive de producción de Venezuela lo suficiente como para alejar el fantasma de la invasión por parte de los EE.UU. El lector atento habrá observado que en la parte geopolítica del escenario que yo planteaba no hacía ninguna mención explícita al impacto de los diversos cénits en la mala adaptación del BAU a ellas. En realidad, la proximidad de todos los cénits me sirve para saber que no habría posible transferencia de recursos entre unas fuentes y otras, así que cada sector debería lidiar independientemente su guerra por la falta de su materia prima, sin poder esperar subsidios de las otras. Esto está implícito en la suposición de que Canadá en un momento dado intentaría reducir su producción de petróleo de arenas bituminosas por una declarada lucha contra el desastre medioambiental; en realidad Canadá lo que haría sería dejar de desviar gas para la síntesis de petróleo a partir del bitumen y usarlo directamente como fuente de energía que ya se estaría haciendo escasa. En los mismos términos, para Venezuela no habría posibilidad de cubrir con una fuente declinante (en ese escenario) como el gas la falta de otra fuente declinante (en el caso de Venezuela, desde el año 2000) como el petróleo. No tiene sentido, además, hacer ese planteamiento en términos locales, cuando Venezuela no está produciendo petróleo para su solo autoconsumo sino sobre todo con vistas a la exportación, y nada indica que debiera hacer diferentemente con el gas, con lo que la escasez global de gas sería tan nefasta para Venezuela como la escasez global de petróleo. En ese sentido nuestro lector Fernando ha decidido gestionar la incertidumbre sobre la Gran Escasez pensando en términos locales, como si tuviéramos compartimentos estancos y en tal casos los recursos de Venezuela, donde él vive, se pueden quedar sin más dentro de Venezuela. Sin embargo, el hambre energética de los EE.UU. puede acabar poniendo un lobo a su puerta, como se comenta en el escenario, y esta estrategia deja a los pobres venezolanos a merced de una contingencia muy desagradable.


Otra cuestión no planteada explícitamente en el escenario pero que explica su precipitado ritmo, y que sirve para acrecentar la incertidumbre y para hacer naufragar cualquier hipótesis de adaptación técnica a la Gran Escasez es la insuficiencia de capital y el exceso de riesgo para atacar en los dos frentes fundamentales en los que se basa esa solución técnica: evitar que la producción de las materias energéticas no se desplome rápidamente por falta de inversión y facilitar la transición a gran escala a otros motores y máquinas que funcionarían con un combustible alternativo al usado actualmente. Una de las consecuencias indeseables de la actual crisis financiera acoplada a la económica acoplada a la energética es la falta de fondos para financiar nuevos proyectos que tienen una rentabilidad dudosa para los estándares aceptables para los bancos. Atención al siguiente dato, que suelo dar en mis charlas sobre el Peak Oil: la Agencia Internacional de la Energía alerta que de 2008 a 2009 la inversión en el segmento upstream (exploración y desarrollo de nuevos pozos) de gas y petróleo había decaído un 19%. Algunos indicios que he leído apuntan a que de 2009 a 2010 el descenso sería de hasta un 40%. Es bastante lógico, ya que la volatilidad hace cualquier inversión en prospección demasiado arriesgada (y eso sin contar con el riesgo de accidentes como el de BP en aguas del Golfo de México) y los grandes inversores prefieren productos más clásicos, como bancos, eléctricas o empresas de informática, porque ofrecen mejor seguridad y rentabilidad... error, porque todas esas empresas se irán al garete sin energía, pero el cortoplacismo domina la visión en el mundo de los negocios. Sé que Hank no estará de acuerdo con esta última afirmación, pero tengo tan innúmeros ejemplos de ello y experiencias relatadas por gente bien colocada a la que respeto que estoy completamente persuadido del imperio soberano y absoluto del cortoplacismo sobre la actual gestión empresarial. Hay razones profundas para ello, siendo fundamentalmente la necesidad de rendir cuentas anualmente y de mejorar los resultados de la compañía a corto plazo los principales motores de este comportamiento. Por tanto, la gestión del la incertidumbre por parte de los inversores les lleva a centrarse en los beneficios a corto plazo, aún cuando esto comprometa los beneficios del medio y largo plazo. La incapacidad de aceptar una modificación del BAU (salvo las honrosas aunque limitadas excepciones de ITPOES y Lloyd's) les lleva a ponerlo en mayor peligro con posterioridad.


Hank apunta aún a otra razón por la cual mi ejercicio de geopolítica-ficción es imposible. En primer lugar, por la rapidez con la que se describe el colapso. Estoy de acuerdo; quizá la escala de tiempo a usar no es la del semestre sino el año, aunque eso no suponga un gran cambio. Mi ritmo acelerado responde a una escasez acelerada y simultánea de recursos, la primera parte del escenario, que como ya se ha explicado impide que se puede convertir de manera práctica unos en otros. Se ha de añadir, además, que dados los subsidios del petróleo en la maquinaria usada para la extracción de todos los demás recursos, el más avanzado declive del petróleo favorecerá el declive extractivo de todos los demás, aún cuando geológicamente la producción pudiera mantenerse más elevada. Esta interacción en red compleja hace al sistema más vulnerable y proclive a las reacciones en avalancha. Fuere como fuere, el tempo preciso del ejercicio presentado no cambia la esencia de lo que se dice. Colapsos rápidos, que tienen lugar en el plazo de menos de una década, se han visto en la Historia y se ven cada día en el mundo. El ejemplo que pone Gabriel del yacimiento Loma de La Lata muestra como en pequeña escala una pequeña comunidad puede ser golpeada con fuerza por un cambio radical de la abundancia a la escasez. Que esto pueda pasar a la escala de todo un país o de una civilización no es tan improbable como podría parecer al lector bienpensante occidental; recomiendo a mis lectores la lectura del "Collapse", de Jared Diamond, para encontrar más ejemplos.


En todo caso, mi macabro ejercicio de geopolítica-ficción no pretendía describir ni plazos ni una secuencia necesaria de hechos, sino un curso fatal que no es, ni mucho menos, imposible, aunque sea horriblemente necio (como necio fue el colapso de la Isla de Pascua, y sin embargo ocurrió). Y además de las razones que expuse para justificar la presentación del escenario, está el análisis que ahora propongo sobre cómo gestionar la incertidumbre.


El ser humano está poco preparado, por naturaleza, a gestionar la incertidumbre. Delante de una situación de peligro, nuestros niveles de adrenalina se disparan, el ritmo cardíaco se acelera, la glucosa circula rápidamente para poder dar energía a nuestros músculos, que se tensan. Todo nuestro cuerpo se prepara para pasar a la acción, en una previsible lucha por la vida. Qué pasa, sin embargo, cuando el fatal enemigo no aparece inmediatamente, y van pasando las horas y los días y las semanas y los meses... Incapaz de soportar tal carga, nuestro cuerpo se relaja al cabo de unos minutos, pero nuevas señales de peligro desencadenan de nuevo la reacción descrita arriba. Y así durante horas, días, semanas, meses... el resultado es el estrés. Así como la reacción de preparación para el ataque es útil y evolutivamente ventajosa, un exceso de reacción daña el cuerpo, el corazón sobre todo. Nuestro cerebro superior nos ha proporcionado vías de escape al estrés, que son la base de muchos mecanismo psicológicos de defensa: si el problema es terrible pero tiene una gran escala de tiempo lo mejor es no estresarte y vivir tranquilamente. Éste es el mecanismo que nos permite por ejemplo vivir tranquilamente aún con la certidumbre de nuestra propia muerte. Este mecanismo puede ser conveniente para el individuo, al menos a corto plazo, pero sin duda es perjudicial para la especie; sin embargo, transcender del individuo a la especie es un paso aún más complicado para nosotros. Por otro lado, la necesidad somática de no someter el cuerpo a más estrés del que puede soportar confrontada a una mente consciente que comprende la realidad que le rodea lleva frecuente a producir un estado conocido como disonancia cognitiva; esencialmente, es esa disonancia la que hace que Hank lea sin ver la evidencia que se acumula en contra de la posición que somáticamente le es más aceptable. En mi entorno observo repetidamente esta actitud de disonancia cognitiva cuando el tema del Peak Oil se pone sobre la mesa, que van desde la ironía (bien ejemplificada por el comentarista GA con unas gotas de cinismo) hasta el cambio automático de tema (a veces uno llega a observar una especie de reset en la persona interpelada, en la que la persona vacila uno o dos segundos y mueve rápidamente sus párpados, mientras su sistema operativo neuronal carga el nuevo tema del que hablar).


Gestionar la incertidumbre implica un esfuerzo de racionalización superior, de cierto desprendimiento material y, hasta cierto punto, de alcanzar un nirvana intelectual. Poder mirar las cosas de manera distante, como si no fueran con nosotros, como si fueran un problema de lógica completamente teórico y abstracto de cualquier realidad que nos pueda afectar.

Gestionar la incertidumbre implica asignar a cada evento un valor de probabilidad (en función de cuán probable es que ocurra finalmente) y otro de impacto (en función de cómo afectará a nuestras vidas) y seguir una estrategia destinada a minimizar el impacto negativo de un evento tal; nuestra estrategia es simplemente una colección de pesos estadísticos (números positivos que sumados dan uno) y su eficacia simplemente consisten en multiplicar cada peso por la probabilidad e impacto del evento relacionado, y hacer la suma. Es sólo eso. Un ejercicio de matemáticas, de aritmética elemental. Chris Martenson propone en la parte final de su Crash Course un ejercicio de este estilo, todavía más simple, basado en variables categóricas y no numéricas.


Gestionar la incertidumbre es, por tanto, minimizar el riesgo, lo cual implica un esfuerzo para luchar contra ciertas disonancias cognitivas habituales: dado que el Peak Oil implica una realidad desagradable y la pérdida de las comodidades actuales, la reacción natural es la negación, manifestada de diversas maneras: desde la más irracional (negarse a hablar del tema) hasta la más racionalizada (pensar que los informes negativos están sesgados o exagerados, actitud ésta ejemplificada nuevamente por mi pobre amigo y continuo sparring Hank Rearden. Nota: Hank, espero que me perdones por darte tanta cera. He de reconocer públicamente la gran utilidad de Hank al asumir naturalmente el rol de contraparte dialéctica, porque eso nos permite progresar en la discusión y corregir errores). Sin embargo, si de riesgo estamos hablando lo natural es minimizarlo; si una cosa tiene poca probabilidad pero un alto impacto (por ejemplo, un accidente en una central nuclear), lo lógico es intentar disminuir su probabilidad al máximo y al tiempo disponer tantos mecanismos paliativos como sea posible para cubrir esa eventualidad. Eventualmente, si el impacto resulta inaceptable dado el beneficio de nuestra acción, aún cuando el evento desfavorable sea muy improbable lo natural es rechazar la misma acción (ejemplo que pongo siempre: te doy esta manzana a cambio de que con una posibilidad entre un millón tu familia sea masacrada. Respuesta: quédate con tu manzana). No se puede negar que llegar al Peak Oil con una sociedad mal adaptada supone un riesgo cuya probabilidad es difícil de cuantificar (aunque cuanto más tiempo pase esta probabilidad será mayor, hasta que llegue a ser una certidumbre), pero lo que es indiscutible es que su impacto puede ser catastrófico, en función de lo mal adaptada que esté la sociedad y lo errónea que sea su respuesta (y éste era el objeto del ejercicio de "El peor escenario posible": evaluar el peor impacto para la sociedad). Por tanto, lo razonable es superar nuestra natural repulsión al Peak Oil, superar la parálisis actual e ir tomando las medidas necesarias para adaptarnos. No debemos cargar esta responsabilidad sobre los hombros ajenos (aunque siempre se puede pedir consejo, como hizo Elisa) ni tampoco debemos continuar engañando a la sociedad ocultándole los hechos como se preguntaba retóricamente Gabriel, ya que eso dificulta si no impide su adaptación; esa negación a gran escala en los medios de comunicación de masas es lo que nos lleva a esta sociedad actual tan mal preparada. Sobre estas medidas para gestionar el riesgo seguiremos hablando en posts futuros.


Salu2,

AMT