viernes, 25 de enero de 2013

El canto del gallo




- A fin de cuentas - dije yo- si Francia ha entrado en Malí es por el uranio; lo sabes, ¿no?

- Claro que sí. Todo el mundo lo sabe.

Caía la noche, fría, lluviosa y oscura, sobre Burdeos. Me quedé mirando a mi amigo y antiguo jefe. Él miraba al suelo, y prosiguió con voz tranquila:


- Francia tiene 89 centrales nucleares, 59 de ellas comerciales. El 83% de la electricidad es de origen nuclear. No podemos prescindir del uranio.

No dije nada y seguimos caminando. Viví varios años en Francia y aprendí entonces a interpretar esa curiosa muestra de cinismo y pragmatismo con la que los franceses de a pie aceptan algunas barbaridades que hace su Gobierno de turno en pro de la France...

                       *   *   *  *   *

Desde hace varias semanas Francia está en guerra. Varios miles de soldados y decenas de vehículos blindados han sido enviados raudos al frente de batalla en Malí. Objetivo: evitar el avance del frente islamista que se rebeló en el norte del país después de la caída de Gadafi en Libia, so pena de que el país se convierta en un nido de yihadistas que amenace el mundo occidental. O ésta es, grosso modo, la explicación oficial.


Gadafi se mantuvo en el poder con unidades mercenarias formadas a partir de las tribus tuareg del desierto, y al caer el dictador libio esos mercenarios, con adiestramiento y pertrechos militares, se refugiaron con sus primos del lado maliense. En Malí y en Níger desde hace muchos años periódicamente se han levantado grupos armados que reivindican mejores condiciones de vida para los tuareg; esta vez, sin embargo, sus capacidades militares eran sensiblemente mejores. En poco más de un año los tuareg han tomado el control de dos tercios del país, sin que el débil y corrupto ejército maliense pudiera hacer gran cosa para detenerlo. Que el problema tiene carácter de guerra civil lo evidencia también que no pocas unidades del ejército maliense se hayan pasado al otro bando, y muestra también que el gobierno de Malí no tiene el apoyo incondicional de su poblaciónDe hecho, antes de que Francia comenzase el bombardeo el 11 de Enero ambas facciones habían acordado un alto el fuego y estaban negociando un acuerdo de paz. Sin embargo, Francia ha pretendido presentar el conflicto interno como una batalla en pro de la democracia y contra el integrismo islamista, y ha organizado una coalición de países africanos como fuerza defensora para no aparecer como la vieja metrópoli que continúa interfiriendo con los asuntos de su ex-colonia; incluso, ha conseguido una resolución de la ONU para justificar la intervención. El apoyo de sus aliados, sin embargo, ha sido tibio. Más allá de unas palabras de apoyo de los EE.UU. y algunos aviones de carga de sus aliados europeos, Francia se ve sola luchando en Malí mientras las fuerzas de la coalición africana no acaban de llegar. El hecho es que Francia comenzó a desplegar sus tropas sin esperar a nadie más, delante de la tesitura de que el Gobierno maliense cayese y los grupos tuareg se alzaran con el poder.

¿Qué es lo que urge de tal manera a Francia en Malí? No es el petróleo ni el gas, materias de las que las cantidades potencialmente explotables en el país no son significativas y que se pueden obtener más fácilmente en otros lugares. No es tampoco los metales preciosos en los que el país es rico. No. Lo que en este momento urge a Francia a actuar es el uranio, en una doble perspectiva a corto y a largo plazo. A largo plazo, la explotación de las minas de uranio de Malí será clave para saciar el hambre gala del material sobre el que pivota todo su modelo industrial, y del que a menudo se enorgullecen puesto que la energía nuclear se considera autóctona (a pesar de que el combustible de base, el uranio, se consigue fuera del país). Las cantidades de uranio son significativas pero no grandiosas (se piensa que en Falea hay 5.000 toneladas de uranio natural, el equivalente a 10 recargas -una cada 18 meses- de una central nuclear de 1 GW) y ni siquiera se ha pasado de la fase de exploración; sin embargo, esas futuras minas serán imprescindibles algún día. En el corto plazo, sin embargo, por lo que Malí es crítico es para el transporte del uranio de Níger -no confundir con Nigeria-, éste sí clave para la industria francesa: un tercio del uranio que consume la antigua metrópoli sale de territorio de Níger. Y los recursos en uranio de Níger sí que son importantes, de los mayores del mundo:




Francia ha sufrido muchos contratiempos en Níger que, como Mali, es una antigua colonia suya. Durante años los Gobiernos de Níger fueron dóciles y permitieron la explotación de su uranio a bajo precio y sin tener que asumir el desgaste medioambiental -la mayoría de minas son de cielo abierto- que generaba, degradando las condiciones de vida del pueblo nigerí, quien estuvo sometido manu militari cuando fue preciso. Eso ha generado frecuentes revueltas, huelgas y crecientes dificultades para la explotación de las minas por el hostigamiento armado de grupos separatistas en las prospecciones cerca de la frontera con Mali. De hecho, algunos expertos opinan que la necesidad de reforzar la seguridad de las minas está detrás de la precipitación en la actuación francesa, y los hechos lo confirman directamente.


A las dificultades de explotar el uranio nigerí se le ha unido desde hace unos años una competencia sobre el terreno con China, quien ha conseguido algunas concesiones mineras en Níger y expande rápidamente sus operaciones en ese país. Incapaz de echar a un país tan poderoso, la compañía francesa Areva ha optado por buscar vías de colaboración en algunos proyectos mineros, también buscando abaratar costes. De modo que el recurso que Francia tan desesperadamente necesita es cada vez más escaso, caro y peligroso de explotar, y encima ahora lo tiene que compartir.


Toda esta penuria de nuestros vecinos del norte tiene un contexto general a escala mundial nada halagüeño: el uranio se está volviendo caro y escaso. De momento, se está viviendo un relativo estancamiento de su extracción: de acuerdo con los datos de la Asociación Nuclear Mundial 2012 es el segundo año seguido en que la extracción mundial de uranio ha descendido (54.660 toneladas en 2010, 54.610 en 2011 y 52.221 en 2012). Aunque tales oscilaciones en la producción son frecuentes en la serie histórica y el desastre de Fukushima ha disminuido levemente la demanda de uranio, sigue habiendo un salto considerable entre el uranio extraído y el consumido, que hasta ahora se cubría con el uranio reaprovechado de las cabezas nucleares rusas desmanteladas de acuerdo con el programa Megatons to Megawatts. Desafortunadamente, el programa expira este mismo año 2013 y no se renovará, con lo que se espera un déficit de uranio de en torno al 22% del suministro actual. En este contexto sorprende la caída de la extracción de uranio y se anticipa un escenario de problemas de suministro bastante serio; quizá, la llegada precipitada del temido pico del uranio. Y en ese mercado cada vez más tensionado del uranio es donde Francia se está jugando su raison d'être.



Esta guerra de Francia es una más de las guerras por los recursos, semejante a otras anteriores y a otras que la  seguirán. Lo único que la diferencia a ésta y seguramente a las que vendrán es el grado de desesperación del bando agresor. La Francia industrial que resurgió con fuerza en el siglo XX ahora agoniza; su estado financiero no es tan bueno como presume y posiblemente sea pronto blanco de los mismos buitres que no han dejado de acechar a España aunque ahora se pretenda lo contrario.

Francia se juega una parte importante de la supervivencia de su modelo industrial en asegurarse el suministro de uranio nigeriano y maliense. Si ahora falla, el desfalleciente tejido económico e industrial francés ya no podrá costear otra guerra. Esta guerra es el canto del orgulloso gallo francés. Quizá el postrero.

Salu2,
AMT 

jueves, 24 de enero de 2013

The Oil Crash llega a dos millones de páginas vistas



Queridos lectores,


El 23 de Abril de 2012 The Oil Crash llegaba a su primer millón de páginas vistas. Habían hecho falta dos años y tres meses para conseguir tal marca. Ahora, en 9 meses (el 22 de Enero de 2013, concretamente) se ha llegado al segundo millón. Es obvio que el blog ha seguido durante este período una progresión exponencial, potenciado por cierto momentos clave (como la entrevista para la televisión catalana). Es muy probable que a esta progresión haya contribuido significativamente el agravamiento de las dificultades económicas en los países occidentales, y particularmente en España, que es de donde vienen la mayoría de las visitas, puesto que desgraciadamente esa creciente penuria concuerda con el análisis de los hechos que se hace repetidamente en este blog, y en particular que esta crisis no acabará nunca.

La consecución de estos hitos no nos tiene que hacer perder de vista que aún es una minoría de la población la que tiene consciencia de la gravedad de la actual crisis energética y que entre esa mayoría ignorante hay una fracción mayor que la de los peakoilers que piensa que la producción de petróleo todavía está aumentando cuando lo que está pasando ya es exactamente lo contrario.


El rápido crecimiento del blog ha traído, también, que se haya perdido parte de la compostura inicial que reinaba mayoritariamente en la sección de comentarios de los posts. Esta sección ha sido uno de los activos más interesantes del blog por las variadas y ricas temáticas que en ella se han desarrollado, que han ampliado y creado contenido valioso más allá de los propios posts. Sin embargo, la gestión de una comunidad cada vez mayor se ha ido haciendo complicada, con acusaciones a veces de parcialidad hacia mi persona por no moderar según qué comentarios, y una deriva hacia el insulto y la descalificación. La siempre temida y finalmente realizada llegada de trolles agresivos que por fines espurios se muestran dispuestos a lo que sea con tal de desacreditar el trabajo que aquí se intenta realizar me ha obligado a imponer un sistema de moderación previa y a por primera vez aplicar estrictamente las normas de etiqueta de este blog. Evidentemente esto no gusta a nadie, y al que menos a mi, ya que tengo que aprobar uno por uno los mensajes que vayan a ser publicados. Los trolls siguen lanzando mensajes, a fin de ver si el sistema de moderación ha sido retirado y pueden volver por sus fueros; eso me hace pensar que, por desgracia, no va a ser posible volver a la situación anterior. Teniendo en cuenta que a menudo sólo puedo visitar el blog a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde, y eso si no tengo otras cuestiones, el flujo de comentarios se va a ralentizar bastante. Es ciertamente lamentable pero desgraciadamente necesario. Recuerden, en todo caso, que ya existe un foro asociado a este blog donde pueden explayarse a gusto, y también que está el excelente foro de Crisis Energética.

Se me hace difícil imaginar que la progresión del blog se pueda mantener mucho tiempo en las cifras actuales. El número de visitas diarias, una vez estabilizado el "efecto Singulars", se mantiene por encima de las 1.500 y pasa frecuentemente de las 2.000, que ya es una marca considerable para un blog tan especializado como éste y en ocasiones demasiado técnico. Además, el creciente malestar social y la mayor visibilidad del blog le hacen un blanco apetecible de nuevos y más efectivos ataques. Aún hay muchos temas importantes que abordar y muchas cuestiones clave para nuestro futuro que dilucidar, pero ahora como siempre y más que nunca, el poder llegar a la población general y de contribuir a buscar una solución para esta crisis y para todo el mundo depende de Vds., de los lectores. Éste es, como siempre lo ha sido, su momento.

Salu2,
AMT 

martes, 22 de enero de 2013

Cómo podría ocurrir. Parte 5: La disolución

Queridos lectores,

Y llegamos por fin a la quinta entrega del relato de John Michael Greer sobre la decadencia y hundimiento de los Estados Unidos. Pueden encontrar el artículo original aquí y su traducción al catalán aquí.

Salu2,
AMT

 

Cómo podría ocurrir

Parte V: La disolución



El post de esta semana es la última de las cinco partes de un relato de ficción que bosqueja un posible escenario de la derrota imperial y el posterior colapso de Estados Unidos. A medida que una nación dividida y en bancarrota se dirige tambaleante al encuentro de su destino, la cuestión que queda por dilucidar es si hay algo del experimento estadounidense que pueda salvarse.

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En cuestión de horas, gracias a los medios de comunicación que informaban minuto a minuto desde Saint Louis, la noticia sobre la propuesta de disolver la Unión se propagó por el planeta como un reguero de pólvora. La reacción más común fue desecharla y tomársela como una broma de mal gusto. Un comentarista escribió esperanzado que el bulo podría provocar que la convención entrase finalmente en razón. Unos pocos artículos detallaron la biografía de los dos delegados que habían propuesto la medida, dándoles sus primeros quince minutos de fama —volvieron a aparecer en las noticias dos años después, esta vez en relación con su boda—, mientras los medios trataban de centrarse en los temas que consideraban realmente importantes.
Durante los días siguientes, sin embargo, la propuesta cobró vida propia. A lo largo y ancho del país, en los bares, las salas de estar y los grange halls, la gente no hablaba de otra cosa; reuniones públicas y mítines atrajeron a grandes multitudes, y cada día que pasaba más personas respaldaban la propuesta. Mientras tanto, el foro lanzado en internet para que el público comentara los debates de la convención se colapsó tres veces en otras tantas horas, inundado de comentarios sobre la disolución de la Unión. Para el 4 de octubre, el día en que estaba prevista la votación de la propuesta en la convención, los comentarios en el foro a favor de la disolución eran diez veces más numerosos que los de quienes se oponían a ella.
Los políticos y expertos estaban descubriendo para su horror lo que observadores más perspicaces habían percibido mucho antes: que Estados Unidos hacía tiempo que se había resquebrajado culturalmente y que el país solo permanecía unido porque el poder del gobierno federal hacía que la secesión fuera algo inalcanzable. Ahora, no obstante, lo impensable era una opción real. Cada región vio la oportunidad de conseguir lo que quería sin tener que bregar con los enormes abismos culturales del país; los estados occidentales, en los que hasta el 90 por ciento de la tierra era propiedad del gobierno federal y, por tanto, estaba exenta de impuestos y tributos estatales, echaron cálculos y vieron cuán fácilmente podrían equilibrar sus presupuestos una vez que todos los terrenos cayeran en sus manos; los políticos estatales más ambiciosos empezaron a soñar con dirigir países independientes, y la idea de quitarse de encima la losa de la astronómica deuda federal mediante la simple disolución del gobierno que cargaba con ella rondaba por la mente de mucha gente. Para ellos y para muchos otros estadounidenses, la disolución parecía ofrecer posibilidades deslumbrantes, y pocos eran los que tenían en cuenta los enormes inconvenientes.
La noche del 3 de octubre, los detractores de la medida echaron cuentas y se percataron de que carecían de los votos suficientes para evitar su aprobación. Gracias a maniobras parlamentarias consiguieron aplazar la votación hasta el día siguiente, pero eso no hizo más que desencadenar una reacción popular que convenció incluso a los observadores más optimistas de que algo drástico estaba en marcha. Previamente ya se habían convocado concentraciones para el 4 de octubre, y estas crecieron en tamaño a medida que se fue sabiendo que la votación había sido aplazada. Aquella noche, a lo largo de todo el país las multitudes se congregaron y corearon consignas en la oscuridad iluminada por el fuego. Saint Louis fue testigo de una de las mayores manifestaciones, con muchedumbres gritando y marchando más allá del centro de convenciones durante más de tres horas. Los delegados miraban el mar de caras preguntándose en qué terminaría todo aquello.
La votación sobre la propuesta de disolución de la Unión llegó finalmente el 6 de octubre. A pesar de los exaltados alegatos de sus detractores, la propuesta se aprobó por una amplia mayoría. Otra votación desestimó la enmienda que hubiese servido para prohibir los programas sin fondos —a falta de un gobierno federal esta propuesta era irrelevante— y una tercera votación puso punto final a la convención. En el momento en que sonó el último mazazo dándola por finalizada, la sala estalló en gritos airados y hubo forcejeos y empujones, pero la suerte estaba echada: la que sería, en caso de ser refrendada, la vigésimo octava y última enmienda a la Constitución iniciaba su andadura hacia la ratificación final.
La decisión del Congreso de exigir que las enmiendas fuesen ratificadas por convenciones estatales en lugar de por las asambleas se estaba volviendo, pues, en contra del establishment de la capital. La balanza de la lucha de poder entre los estados y el gobierno federal se había inclinado en favor del pueblo, y si los delegados que este eligiera para las convenciones de ratificación apoyaban la disolución, no habría forma constitucional alguna de detener la propuesta; por ley, una enmienda a la Constitución estadounidense entraba en vigor en el mismo momento en que era ratificada, sin que fuera necesario promulgar ninguna legislación adicional. A medida que las multitudes marchaban, sin embargo, había al menos una persona que estaba planteándose hacer caso omiso de la Constitución; y en teoría tenía el poder para hacerlo.

* * *

El almirante Roland Waite, presidente del Estado Mayor Conjunto, andaba con paso firme por un pasillo del Pentágono hacia “el tanque”, la sala de conferencias insonorizada donde los miembros del Estado Mayor solían reunirse. El vicepresidente y los altos mandos de las diferentes fuerzas armadas estaban allí, pero también el DCI y el DNS, los directores de la CIA y la NSA respectivamente, junto con los principales funcionarios de los organismos que conformaban el poder ejecutivo. La mayor parte del poder que aún detentaba el gobierno federal estaba concentrado en aquella habitación.
¿Ha visto al presidente? —preguntó el general Mendoza, comandante del Cuerpo de Marines.
Sí. —Waite tomó asiento en una silla de la larga mesa ubicada en el centro de la habitación—. Cada vez que voy allí estos días me pregunto si soy el único adulto en el edificio. —El comentario provocó risas incómodas—. Sigue obstinado en una respuesta militar —continuó Waite, y las risas cesaron—. Hoy me ha ordenado literalmente “poner en marcha el asunto”: movilización de tropas, logística, todo. Tiene a los del Departamento de Justicia trabajando en pretextos legales.
Los necesitarán para imponer la ley marcial —dijo el general Wittkower, el vicepresidente del Estado Mayor.
No se trata solo de la ley marcial. —Waite se inclinó hacia adelante—. Quiere todo el país bajo un régimen militar. El Departamento de Seguridad Nacional está confeccionando una lista de personas susceptibles de ser confinadas en campos de internamiento, ese tipo de cosas.
¡Santo Dios! —dijo Wittkower—. Pretende dar un golpe de Estado.
¿Creen que podríamos lograr que triunfara? —preguntó Mendoza.
El director de la CIA contestó.
En el mejor de los casos sí, pero ahora mismo tenemos que afrontar una gran insurrección en el Oeste respaldada con armas y dinero por China; Beijing no será tan estúpido como para perder una oportunidad como esa. ¿En el peor de los casos? La Guardia Nacional y algunas unidades del ejército se pondrían del lado de la Unión y tendríamos una nueva guerra civil, con China respaldando al otro bando. ¿Podríamos ganar? Demonios, esa es una buena pregunta.
Eso ya se planteó en 1861 —dijo Mendoza.
En 1861 —terció Wittkower— una región quería escindirse y el resto del país dijo que no. ¿Y ahora? El Norte quiere deshacerse del Sur tanto como el Sur quiere hacerlo del Norte, por no mencionar a los estados del Oeste. Me encantaría poder decir que contamos con el ejército, pero lo que estoy oyéndole decir a nuestra gente de seguridad no es nada bueno, y respecto a la Guardia Nacional es peor.
Parece haber un montón de dinero apoyando la disolución —dijo Waite—. ¿Dinero chino?
Esa es una buena pregunta —respondió el director de la CIA—. Estados Unidos se ha creado un montón de enemigos, y China solo es uno más de ellos. Hemos intentado rastrear los fondos, pero quienquiera que sea sabe cómo borrar sus huellas.
¿Qué opina Wall Street de todo esto? —preguntó Wittkower.
Depende de a quién se lo preguntes —dijo uno de los civiles, un burócrata de carrera del Departamento del Tesoro—. Algunas empresas están aterradas ante la perspectiva de la disolución y otras están a la expectativa para sacar tajada. ¿Un gobierno militar? Eso no sería un problema, ellos son conscientes de que pueden trabajar con nosotros. La insurgencia o la guerra civil ya son otro asunto. Aunque ganáramos, dicen, la conflagración arruinaría por completo nuestra economía y pondría el resto del mundo en manos de Beijing. Y si no ganáramos acabarían todos colgados de farolas, y lo saben.
Justo al lado de ti y de mí —dijo Mendoza. Nadie se rió; todos sabían que el comandante de los marines tenía razón.
Hete aquí la cuestión que realmente importa. —Waite miró todas y cada una de las caras alrededor de la mesa—: ¿Alguno de ustedes piensa que podemos conseguir que esto funcione? —Nadie respondió. Tras una larga pausa, Waite dijo—: Bien. —Se puso en pie—. Creo que todos sabemos qué es lo que viene a continuación.

* * *

P. T. “Pete” Bridgeport se presentó a las ocho de la mañana siguiente a su charla semanal con el presidente. Tras una brillante carrera como senador durante tres legislaturas, se había convertido en la opción más clara para asumir la vicepresidencia tras la dimisión de Weed. A Bridgeport no le gustaba Gurney ni confiaba en él, pero la política es la política y un trabajo es un trabajo; adoptó su sonrisa más amigable y cruzó la puerta. Encontró al presidente mirando fijamente en dirección a una pantalla plana, con la cara pálida y la expresión de un hombre recién estrangulado.
Santo Dios, Lon —dijo Bridgeport—. ¿Qué es eso?
El presidente permaneció con la mirada fija en la pantalla y no dijo nada. Bridgeport se acercó para verlo por sí mismo. Un noticiario mostraba al almirante Waite vestido de uniforme en uno de los despachos del Capitolio. El texto “ALMIRANTE WAITE: GURNEY PLANEA UN GOLPE DE ESTADO MILITAR” aparecía a lo largo de la parte inferior de la imagen. “… una idea terrible”, continuó Waite con gesto inexpresivo. El texto de la parte inferior cambió a: “DIMITE COMO PRESIDENTE DEL ESTADO MAYOR CONJUNTO”. “No obstante, si es así como el pueblo estadounidense decide ejercer sus derechos constitucionales, la obligación de los militares es saludar y a la vez decir: ‘Sí, señor; sí, señora’.”
Lon —dijo despacio Bridgeport—, ¿lo has hecho? —El presidente no había comentado nada sobre los planes militares con él, pero le miró y Bridgeport pudo leer la respuesta en su cara—. Será mejor que hagas las maletas —le dijo a Gurney; su sonrisa se había desvanecido y su voz era de repente la del político experimentado que explica la realidad a un novato despistado—. Van a acabar poniendo tus tripas sobre una tostada.
Un presidente con un fuerte respaldo por parte del público o del Congreso podría haber sobrevivido a las noticias, pero Gurney no contaba con ninguno de ellos. A las diez en punto de esa mañana, un macilento presidente de la Cámara de Representantes anunció que se dejaban de lado otros asuntos menos importantes para someter a debate la posibilidad de iniciar un proceso de destitución y enjuiciamiento contra Gurney. Al final de ese día nadie dudaba de que la propuesta sería aprobada, y un recuento en el Senado dejó claro que a la acusación le seguiría una condena. Esa noche Gurney ordenó a su secretario de prensa que anunciara su dimisión y huyó del país en un jet privado.
El presidente Bridgeport juró el cargo unos minutos antes de la medianoche del 12 de noviembre, y en su discurso inaugural hizo un llamamiento a la unidad para conseguir que la nación levantara cabeza. Aunque su popularidad era alta, el mensaje cayó en saco roto. Para la gran mayoría de los estadounidenses, la intentona golpista de Gurney había sido la gota que colmaba el vaso, y los medios de comunicación compararon los esfuerzos de Bridgeport por reavivar el sentimiento patriótico con los intentos de Gorbachov de insuflar vida al comunismo en los estertores de la Unión Soviética. Ni siquiera sus órdenes ejecutivas para traer de vuelta a las últimas tropas estadounidenses desplegadas en el extranjero y desguazar la obsoleta flota de portaaviones sirvieron de nada para modificar los términos del debate.
Poco más había que Bridgeport pudiera hacer, porque el gobierno federal se estaba desmoronando a su alrededor. El colapso del dólar hizo que los sueldos de los funcionarios valieran poco menos que nada, y eso cuando los menguantes ingresos vía impuestos permitían al gobierno pagarlos, de modo que la mayoría de los funcionarios federales fueron simplemente dejando sus trabajos. Mientras tanto, a medida que el dólar estadounidense se acercaba día a día al momento en que su valor final fuese cero, una pragmática mezcla de trueque, vales estatales y dólares canadienses se convirtió en el medio de intercambio en gran parte del país.
El primer estado en ratificar la 28.ª enmienda, en lo que constituyó una fina ironía, fue Carolina del Sur, el mismo que fue el primero en escindirse en 1861. La convención de ratificación se celebró en Charleston el 6 de diciembre, y tardó menos de tres horas en observar todas las formalidades y votar a favor de la ratificación; la multitud cantó “The Bonnie Blue Flag” hasta bien entrada la noche. Dos días después se reunió la convención de Colorado, y aunque tardó algo más —una facción unionista luchó con fuerza—, el resultado fue el mismo. Antes de que Colorado votase, tuvo lugar la convención de Michigan, que sorprendió a los observadores al votar contra la ratificación. Al día siguiente, Iowa y Nuevo México se reunieron y votaron a favor de ella.
Y así fue como sucedió, día tras día, semana tras semana. Un puñado de estados se resistieron a la tendencia, pero solo unos pocos, y la cifra total ascendió constantemente hasta alcanzar la cantidad crucial de 38 estados, tres cuartas partes del total. El 29 de enero, cuando la convención de Nebraska se reunió en Lincoln, el recuento estaba en 37 a favor y 9 en contra. Fue una reunión tranquila, al estilo de una de negocios. Después de que los delegados tomaran asiento y se abordasen los asuntos preliminares, por unanimidad, la convención dio por cerrado el debate y, sin mayores preámbulos, dio inicio la votación nominal. Por 118 votos frente a 32, la 28.ª enmienda fue ratificada y los Estados Unidos de América dejaron de existir.

* * *

Tres semanas después, Pete Bridgeport caminaba hacia el Capitolio para almorzar, saludando a los transeúntes en la avenida Pensilvania. Esos días, las puertas del Capitolio estaban sin vigilancia; se dirigió al ascensor y pulsó el botón de la planta de la cafetería del Senado. Ahora se había convertido en un restaurante, y servía la famosa sopa de alubias del Congreso y bocadillos bautizados con el nombre de los presidentes fallecidos para contribuir así a mantener encendidas las luces del viejo edificio. Bridgeport conocía a los habituales de la hora de la comida, pero esta vez se encontró con una multitud inesperada.
¡Pete! —Una senadora de Pensilvania (ex-senadora, se recordó Bridgeport a sí mismo) se acercó a saludarlo—. Llegas justo a tiempo —dijo—. Estamos inventando un país.
¿En serio?
Pidió una sopa y medio Harry Truman, pagó en dólares canadienses y se acercó a una larga mesa donde una docena de ex-senadores y ex-congresistas estaban sentados con sus almuerzos a medio terminar. Las palabras de la senadora no fueron una sorpresa. Nueva Inglaterra acababa de declararse una república, nueve estados sureños tenían delegados en Montgomery elaborando lo que los bromistas dieron en llamar “Confederación 2.0”, se habían proclamado las repúblicas de Texas y California, y se decía que Florida iba a seguir su ejemplo en breve.
La senadora le llenó el vaso.
Hemos estado toda la mañana en el Edificio de Oficinas del Senado hablando por teléfono con los estados. Los siete del Este que votaron contra la ratificación están con nosotros, y también Ohio y Delaware; ambos suspendieron sus convenciones una vez que la votación de Nebraska las hizo innecesarias. Nueva Jersey solo lo ratificó por lo ocurrido en Trenton y está de nuestra parte, y Kentucky se lo ha pensado y ha decidido que prefiere estar con nosotros a unirse al Sur. Así que lo que estamos diciendo es: de acuerdo, los demás no queréis la Unión, está bien, pero nosotros todavía la queremos.
¿Estáis pensando en utilizar el antiguo nombre? —preguntó Bridgeport.
Sonaría bien, ¿no? Mira, echa un vistazo al mapa.
Le mostró un mapa. Era el antiguo Estados Unidos con una nueva frontera demarcando doce estados en la mitad oriental del continente: desde Nueva York y el Atlántico Medio en dirección oeste a través de Ohio, Virgina Occidental, Kentucky, Illinois, Michigan y Wisconsin, enlazando el Atlántico, los Grandes Lagos y el alto Mississippi. Bridgeport se dio cuenta de que era una nación viable.
La senadora miró por encima de Bridgeport y saludó a alguien.
Hola, Leona. ¿Te importa traerte una silla?
Leona Price había sido delegada sin derecho a voto en el Congreso por el Distrito de Columbia, al que pertenecía Washington DC, y era una habitual a la hora de la comida en el Capitolio. La senadora le sirvió bebida y preguntó:
¿Qué hay del Distrito de Columbia?
¿Qué hay del estado de Columbia? —respondió Price.
Las conversaciones en la mesa se detuvieron un instante, pero solo un instante; las aspiraciones del distrito a convertirse en un estado habían sido de dominio público en el viejo Congreso.
Rhode Island nos ha dejado —dijo un congresista por Ohio—, así que sí, tenemos una vacante para un estado pequeño. ¿Quieres ocuparla?
Price sonrió.
Tengo que consultarlo con los ciudadanos, pero supongo que sí.
Un momento —dijo Bridgeport. Se levantó de la mesa, fue a ver a otro habitual de las comidas en el Capitolio, un antiguo miembro del personal del Senado, y habló con él en voz baja. El tipo abandonó el comedor y volvió cinco minutos después con un rollo de tela. Bridgeport se levantó y dijo:
¿Podemos hacer un poco de espacio por aquí en medio? Esto servirá.
El miembro del personal y él desenrollaron la tela. Trece estrellas en un círculo, trece barras rojas y blancas; una réplica para turistas de la bandera original estadounidense se extendía frente a ellos.
Fue un país muy hermoso —dijo Bridgeport—, cuando solo había trece estados y no intentábamos controlar al resto del mundo. Podría volver a ser un buen país.
Hará falta muchísimo trabajo, señor presidente —dijo la senadora por Pensilvania enfatizando las dos últimas palabras—. Un montón de trabajo.
Bridgeport se dio cuenta de que todos estaban mirándole, no solo los senadores y congresistas, sino también toda la gente que había en el comedor.
Lo sé —dijo—. ¿Por dónde empezamos?

lunes, 21 de enero de 2013

Cómo podría ocurrir Parte 4: Cruzando la línea

Queridos lectores,

He aquí la cuarta parte del relato de John Michael Greer. Pueden encontrar el artículo original aquí, y una traducción al catalán aquí.

Salu2,
AMT


Cómo podría ocurrir
Parte IV: Cruzando la línea


El post de esta semana es la cuarta de las cinco partes de un relato de ficción que bosqueja un posible escenario de la derrota imperial y posterior colapso de Estados Unidos. Una vez finalizada la guerra, hay que pagar el precio correspondiente, y eso será lo que motivará que un Estados Unidos ya fracturado se precipite hacia una crisis que pocos ciudadanos podrían haber imaginado un tiempo atrás.

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Las campanas de las iglesias repicaron toda la noche; completos desconocidos se abrazaban y se besaban o hincaban las rodillas en el suelo para rezar juntos, en función de sus inclinaciones; el boom de natalidad registrado nueve meses más tarde reveló la cantidad de estadounidenses que habían celebrado el descubrimiento de que la vida continuaría. En todo el planeta, los equipos y tripulaciones de los silos de misiles, las bases de bombarderos estratégicos y los submarinos suspiraron aliviados al comunicárseles que el estado de máxima alerta había finalizado. En Estados Unidos, los escasos efectivos de los cuerpos de seguridad y de la Guardia Nacional que todavía defendían barricadas en autopistas o edificios gubernamentales abandonaron sus puestos y se unieron a la alegre multitud. La amenaza de una guerra nuclear había pasado.
Pese a todo, mientras la fría y gris mañana se cernía sobre Washington, Jameson Weed evaluó los restos de su mandato presidencial y, abatido, dejó caer la cabeza sobre las palmas de las manos. Un equipo de negociadores saldría en breve hacia Ginebra, al encuentro de sus homólogos chinos y tanzanos para alcanzar un acuerdo de paz. No importaba lo aplicados e inflexibles que se mostraran allí los diplomáticos estadounidenses; el presidente sabía que aquel tratado significaría una amarga derrota para Estados Unidos, y su sólido conocimiento de la política nacional le indicaba exactamente quién iba a ser culpado de ello.
El tratado, como se comprobó después, fue sorprendentemente indulgente. Ninguno de los contendientes debía admitir ofensa alguna o pagar indemnizaciones; Estados Unidos solo tenía que aceptar el nuevo statu quo en África oriental y ceder sus derechos sobre Diego García —de todas maneras, propiedad del Reino Unido— a la República Popular China. Dado que Estados Unidos no tenía forma alguna de plantear exigencias, quedó claro que no había margen para sutilezas. El tratado se firmó a comienzos de octubre y lo ratificó un sombrío Congreso tres días después.
Sin embargo, antes de que eso ocurriera, dos nuevos acontecimientos ahondaron la crisis que atravesaba el país. El primero se produjo a raíz de la decisión de una cadena de televisión de revelar la historia del desastre naval. En parte se debió a una decisión política —la cadena tenía vínculos estrechos con el más firme candidato presidencial del otro partido— y en parte a una decisión puramente comercial del mundo mediático, pero en cualquier caso fue un duro golpe para la moral nacional. La cadena encontró supervivientes de las tripulaciones que habían sido evacuadas a Europa antes de la caída de Mombasa y emitió el testimonio de analistas que llevaban décadas alertando a la marina de la obsolescencia de los portaaviones en la era de los misiles de crucero. Por supuesto, el resto del mundo mediático se unió enseguida al frenesí informativo.
El segundo evento fue todavía más demoledor. Conforme el mundo empezaba a hacerse a la idea de que Estados Unidos ya no era la nación más poderosa del planeta, el sector financiero empezó a vender activos valorados en dólares. La venta empezó por los productos especulativos de más alto riesgo, pero se extendió rápidamente al resto de los valores, hundiendo la cotización del dólar. Los intentos desesperados de los bancos centrales por frenar el colapso de nada sirvieron ante una espiral de pánico a medida que los inversores estadounidenses y de todo el mundo se apresuraban a deshacerse de sus dólares a cualquier precio. Mientras la moneda nacional se hundía respecto a otras divisas, el precio de la gasolina se disparaba hasta los 12 dólares el galón y continuaba su ascenso a la vez que muchos artículos de importación desaparecían de los estantes por su coste prohibitivo.
Entonces, justo una semana antes de la firma del tratado de paz, uno de los mayores bancos de inversión del país se declaró en quiebra. Antes del estallido de la guerra, sus operadores bursátiles habían hecho uso de sus conocimientos sobre la política norteamericana para iniciar una actividad febril en el mercado de derivados financieros, comprando activos que debían revalorizarse una vez que el cambio de régimen en Tanzania tuviera lugar. La posibilidad de una derrota de Estados Unidos nunca se les pasó por la cabeza, y el riesgo imprevisto los dejó irremisiblemente en números rojos. Los banqueros pidieron entonces auxilio a Washington, solo para darse cuenta de que imprimir miles de millones para un rescate bancario cuando el valor del dólar estaba en caída libre no era la mejor opción. El siguiente viernes, después del cierre de los mercados, un ejecutivo de Goldman Sachs anunciaba con aspecto macilento que su firma estaba en quiebra y que iba a echar el cierre. En las seis semanas siguientes, los índices bursátiles norteamericanos acumularon pérdidas medias equivalentes a un tercio de su valor, volatilizándose así decenas de billones de dólares en títulos y, con ellos, ocho compañías financieras consideradas “demasiado grandes para caer”.
Sin embargo, mucho antes de que este proceso concluyera, el país ya tenía un nuevo presidente. Dos días después de la firma del armisticio, al mismo tiempo que aviones repletos de prisioneros de guerra norteamericanos despegaban de Nairobi rumbo a casa, Jameson Weed compareció por última vez tras el atril presidencial para anunciar su dimisión. Su discurso final fue sencillo y solemne: asumió por entero la responsabilidad de los errores cometidos durante su mandato, expresó su total confianza en su vicepresidente y sucesor y, expresó su deseo de que Dios bendijera a la nación. Tras la comparecencia, el ex-presidente Weed se retiró a sus aposentos, sacó un revólver del cajón de su escritorio y se descerrajó un tiro en la sien.

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El nuevo presidente, Leonard Gurney, probablemente no era el mejor candidato para la difícil tarea que tenía de repente por delante. Lo deseable hubiera sido un comunicador talentoso con dotes para detectar y moldear el pulso de la opinión pública, pero Gurney carecía por completo de tales aptitudes. Vástago de una rica familia y encumbrado con el objetivo de conciliar las distintas facciones de su partido, Gurney apenas comprendía los entresijos de la política práctica ni tampoco la grave situación en que la guerra de África oriental y las consecuencias posteriores habían sumido al pueblo norteamericano. Sus prioridades eran restablecer la autoridad del poder ejecutivo y financiar la reconstrucción de un aparato militar que permitiera a Estados Unidos recuperar el liderazgo que China le había arrebatado y, con ello, su papel de amo y señor del mundo.
Era un programa irremisiblemente desvinculado de la realidad de los tiempos que corrían. Multitudes enfervorizadas dieron la bienvenida en Beijing a un nuevo orden internacional en el que Estados Unidos ya no constituía la única superpotencia mundial, y en el que incluso cabía la posibilidad de que pronto dejara de serlo. Como consecuencia de la guerra en África oriental, un creciente número de antiguos aliados de Estados Unidos invitaron a las tropas norteamericanas estacionadas en su territorio a abandonar el país al tiempo que se ofrecían a los chinos. En realidad, entre la caída de los ingresos fiscales, el hundimiento del dólar y la tendencia a la baja del mercado de letras del Tesoro —los T-bills—, Estados Unidos no podía mantener por más tiempo las bases que tenía a lo largo y ancho del mundo, ni tampoco los grupos de portaaviones que un día fueran la piedra angular de su poder militar, pero que ahora resultaban tan obsoletos como un buque de guerra de vapor. Gurney y sus asesores, incapaces de comprenderlo, solicitaban dinero a los ciudadanos de una nación al borde de la bancarrota para financiar proyectos militares grandiosos que pudieran reavivar el poderío estadounidense, mientras China desguazaba su único portaaviones y lo reemplazaba por una flota de barcos pequeños y veloces de bajo presupuesto, una decisión que sería adoptada por otras potencias emergentes como India y Brasil.
Peor aún, los esfuerzos del gabinete de Gurney coincidieron en el tiempo con un momento en que los problemas económicos ocupaban un lugar cada vez más central en la vida de los ciudadanos. El colapso del dólar y el acusado descenso de las importaciones paralizaron la economía de ambas costas y, a pesar de que los estados del Medio Oeste agrícola estaban experimentando un modesto boom y florecían industrias manufactureras que antaño no habían sido competitivas en el mercado interior, este leve repunte de la actividad económica no era capaz de compensar el empobrecimiento de decenas de millones de norteamericanos cuyo sustento dependía de una manera u otra de un sistema financiero en pleno declive. Desde jubilados con ingresos fijos hasta familias acomodadas con patrimonios heredados —todos aquellos cuya riqueza se basara en activos fiduciarios— se encontraron de pronto sumidos en la pobreza.
Si bien antes de la guerra ya había campamentos de gente sin techo en los suburbios de las mayores ciudades norteamericanas, su número —y el de sus habitantes— se disparó cuando el otoño dio paso al invierno. Relatos sobre muertes por hipotermia y desnutrición comenzaron a aparecer en los medios. El colapso de la economía, añadido a la derrota en la guerra, a la matanza de Trenton y a la completa desconexión entre las acciones de la administración y la realidad de la posguerra, sumió al país en una crisis de legitimidad, una crisis de la que Gurney y sus asesores no parecían percatarse en absoluto. Discurso presidencial tras discurso presidencial insistiendo en que la solución a la crisis económica vendría de la creación de puestos de trabajo relacionados con la defensa y la recuperación del poder estadounidense en el mundo, no hacían otra cosa que generar resentimiento y, peor aún, desafección.
A falta de un liderazgo sólido en la Casa Blanca, la presión sobre el Congreso para que este hiciera algo —o al menos lo aparentase— por solucionar el rápido aumento de la pobreza resultaba cada vez más difícil de obviar. La falta de entendimiento entre ambos partidos, instigada por unos electores que premiaban las posturas más intransigentes, proseguía, y a pesar de que los discursos continuaban subiendo de tono con el agravamiento de la crisis, había pocas soluciones de calado que fueran aceptables para ambas partes. Mientras que un partido insistía en incrementar el gasto público y el otro lo hacía en bajar los impuestos, el hundimiento del mercado de letras del Tesoro dejaba claro que los días del crédito fácil y el consumo no podrían volver sin convertir el hundimiento del dólar en una espiral de la muerte.
Fue así, fruto de la desesperación que suscitaba esta situación de punto muerto, que se aprobó la Ley por la Nueva Prosperidad Americana (LNPA), redactada por una comisión formada por miembros de ambos partidos. Aunque era más gruesa que el listín telefónico de Los Ángeles y estaba repleta de dádivas y prebendas a una plétora de intereses creados y “causas solidarias” para mayor lucimiento de las estrellas mediáticas, la nueva ley también propugnaba la creación de un amplio programa de asistencia social, cuyo coste sería sufragado prácticamente en su totalidad por los estados.
Los unfunded mandates (programas federales impuestos a los estados sin que Washington aportara fondos para su implantación) eran la manzana de la discordia desde hacía décadas. La LNPA no era especialmente gravosa en comparación con otros programas anteriores, pero fue promulgada cuando numerosos estados había suspendido el pago de su deuda y algunos se encontraban en dificultades incluso para pagar las nóminas. Los gobiernos estatales presionaron en vano para impedir la aprobación de la LNPA; la ley fue aprobada por la Cámara de Representantes en enero, ratificada en el Senado a comienzos de marzo y firmada por el presidente unos días después. La semana siguiente, la asamblea legislativa de Arkansas adoptaba por unanimidad el acuerdo de convocar una convención constitucional con el objetivo de aprobar una enmienda que ilegalizara todos los programas federales que no contaran con financiación.

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La reacción inicial del establishment de Washington y de los medios de comunicación ante el proyecto de ley aprobado por Arkansas fue mofarse de él. La Constitución estadounidense concedía a las asambleas estatales la facultad de convocar una convención constitucional si dos tercios de los diputados respaldaban la propuesta, e incluso permitía aprobar la enmienda si tres cuartas partes de los estados le daban el visto bueno, pero nunca se había hecho uso de esta potestad; había pasado más de un siglo desde el último intento. La burla más común al respecto en los debates televisivos especulaba sobre la posibilidad de volver a redactar la Constitución en el dialecto de Arkansas.
A la semana siguiente, Montana y New Hampshire aprobaron resoluciones idénticas, así que las chanzas cesaron al instante. Expertos de toda índole hacían declaraciones tratando de explicar que la reforma de la Constitución era en cualquier caso una potestad del Congreso. Los datos que reflejaban algunas encuestas manipuladas insistían en que la mayoría de los norteamericanos se oponían a la convención, pero las asambleas estatales hicieron caso omiso de ellos: tenían sus propios medios para evaluar el sentir de la opinión pública, y lo que detectaron fue que los ciudadanos ansiaban que la Constitución fuera enmendada. Además, ya no se trataba solo de la imposición de programas federales sin fondos, sino que en el último año había arraigado entre los ciudadanos la percepción de que el sistema estaba corrompido de arriba abajo y de que necesitaba algo más que un cambio cosmético.
Cuatro estados más apoyaron la convocatoria de una convención constitucional una semana después, y otros cinco lo hicieron la siguiente. En ese punto, los gobiernos estatales, viendo que la posibilidad de forzar un cambio de calado estaba en sus manos, dieron rienda suelta a sus anhelos. Pasadas otras dos semanas, solo faltaban unos pocos votos más para alcanzar el mágico número de treinta y cuatro estados favorables a la convención.
En ese momento el Congreso entró en pánico, abrogó la LNPA y empezó a redactar una enmienda propia que limitaría, pero no prohibiría, los programas federales desprovistos de fondos. Sin embargo, fue un gesto que se quedó muy corto y que llegaba tarde: la idea de que la Constitución necesitaba una revisión a fondo cobraba cada vez más fuerza; los políticos de todos los estados apoyaban una reforma u otra, y a la agitación se unieron incluso algunos miembros de la Cámara de Representantes capaces de notar en qué dirección soplaba el viento político. El presidente Gurney criticó repetidamente la celebración de una convención constitucional en sus discursos semanales colgados en la página web de la Casa Blanca, pero tenían escasos lectores.
El 24 de abril, Oregón se convirtió en el trigésimo cuarto estado en apoyar la convocatoria de la convención, y otros cinco estados se unirían a él a lo largo del mes siguiente, impidiendo así cualquier argucia legal en su contra. El gobierno federal intentó que la convención se celebrara en Filadelfia, pero no lo logró; los delegados se reunirían en Saint Louis, en el estado de Missouri, a principios de septiembre. El Congreso ejerció su derecho a decretar que cualquier nueva enmienda debía ser ratificada mediante referéndums en tres cuartas partes de los estados, en lugar de ser aprobada por tres cuartas partes de las asambleas estatales, con la esperanza de que eso dificultara que los gobiernos estatales se hicieran con el poder. Meses más tarde se demostraría el garrafal error de cálculo que esta medida suponía.
Los mítines, discursos y manifestaciones marcaron unos comicios que, estado a estado, condujeron a la elección de los 250 delegados llamados a reinventar la Constitución. Más de doscientos libros abogando por una u otra reforma vieron la luz durante aquellos meses de frenesí, y ciudadanos de todo el espectro político, incluidos los identificados con las más disparatadas fantasías progresistas y liberales, depositaron esperanzas extraordinarias y a la vez incompatibles en la convención. Años más tarde, los mentideros alimentaron el rumor de que habían sido los grandes partidos nacionales los que habían fomentado esa proliferación de puntos de vista extremistas y facilitado la elección de delegados radicales, con la esperanza de conseguir así bloquear la convención. De ser ello cierto, constituyó un error de cálculo aún mayor.

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La convención constitucional [repárese en la similitud con la Convención de Filadelfia de 1787; n. de los t.] inició sus sesiones el 5 de septiembre, en medio de un gran despliegue de los medios de comunicación internacionales. Al principio todo fue como la seda; la enmienda destinada a prohibir los programas federales sin fondos, así como otras medidas contra los abusos del poder federal contra los estados, fueron discutidas y aprobadas sin dificultad. Los líderes de las facciones más moderadas trataron entonces de que se pusiera punto final a la convención y de que se decretara que era el momento de volver a casa.
La moción fue rechazada por una mayoría aplastante. La mayor parte de los delegados que se habían desplazado a Saint Louis, así como la mayoría de sus electores, querían más, mucho más. Así, conforme la convención proseguía, las dificultades empezaron a aflorar, constatándose así que las aspiraciones de la gente diferían tanto que encontrar puntos en común era imposible. Los estados republicanos querían reforzar el derecho a tener armas, mientras que los estados demócratas lo querían erradicar. Algunos querían salvaguardar a toda costa el derecho a decidir sobre el aborto, mientras que otros exigían una enmienda que garantizase los derechos del feto. Prácticamente cualquier cisma social que existiera en el seno de la sociedad estadounidense salió a relucir en los debates. Otras propuestas polémicas, como imponer férreos límites al poder del presidente para impulsar acciones de guerra sin el visto bueno del Congreso, limitar estrictamente la potestad de este último para aprobar leyes sin el consentimiento de los estados y sus ciudadanos, así como muchas otras iniciativas, vinieron a añadirse a las discrepancias ya existentes y encendieron aún más los debates.
Se daba la circunstancia de que los delegados de la convención se sentaban por estados, en orden alfabético. Así, una de las delegadas por Utah se sentaba junto a otro que lo era por Vermont. Al final de la tarde del 18 de septiembre, tras un día de debates encarnizados, la delegada por Utah se recostó en la silla y dijo con hastío:
Tengo una idea. ¿Por qué no disolvemos la Unión para que cada uno pueda tener lo que quiere?
Podría aceptarlo —soltó el delegado por Vermont.
Ella se quedó pensativa por un momento.
Estoy empezando a pensar que bastantes de nosotros podríamos hacerlo.
Ambos trabajaron en los detalles de esa idea en la vacía sala de reuniones, acompañados de comida tailandesa para llevar. Ambos eran licenciados en derecho y tenían un ejemplar de la Constitución con todas las enmiendas que habían sido distribuidas entre los delegados, de modo que no les llevó demasiado tiempo redactar lo que terminaría siendo la 28.ª enmienda:

Art. 1: La Unión queda disuelta, y los estados tendrán la libertad de decretar las medidas que crean convenientes para garantizar su bienestar.

Art. 2: Todos los bienes del antiguo gobierno federal en cada uno de los estados, en el momento en que esta enmienda sea ratificada, pasarán a ser propiedad de dicho estado.

Art. 3: Todos los bienes del antiguo gobierno federal fuera del territorio de la Unión serán repartidos con arreglo a acuerdos entre los estados.

A la mañana siguiente, ambos delegados presentaron la enmienda ante el comité pertinente. La respuesta fue un largo silencio lleno de estupefacción. La enmienda cumplía todos los requisitos formales y sería debatida al día siguiente. Mucho antes de que eso sucediera, todos los allí presentes, desde los delegados hasta el personal de cocina del centro de convenciones, tuvieron la sensación de que algo extraordinario había ocurrido. Se había cruzado una línea y ya no había marcha atrás.