Queridos lectores,
Y llegamos por fin a la quinta entrega del relato de John Michael Greer sobre la decadencia y hundimiento de los Estados Unidos. Pueden encontrar el artículo original aquí y su traducción al catalán aquí.
Salu2,
AMT
Cómo
podría ocurrir
Parte
V: La disolución
El
post de esta semana es la última de las cinco partes de un relato de
ficción que bosqueja un posible escenario de la derrota imperial y
el posterior colapso de Estados Unidos. A medida que una nación
dividida y en bancarrota se dirige tambaleante al encuentro de su
destino, la cuestión que queda por dilucidar es si hay algo del
experimento estadounidense que pueda salvarse.
*********
En
cuestión de horas, gracias a los medios de comunicación que
informaban minuto a minuto desde Saint Louis, la noticia sobre la
propuesta de disolver la Unión se propagó por el planeta como un
reguero de pólvora. La reacción más común fue desecharla y
tomársela como una broma de mal gusto. Un comentarista escribió
esperanzado que el bulo podría provocar que la convención entrase
finalmente en razón. Unos pocos artículos detallaron la biografía
de los dos delegados que habían propuesto la medida, dándoles sus
primeros quince minutos de fama —volvieron a aparecer en las
noticias dos años después, esta vez en relación con su boda—,
mientras los medios trataban de centrarse en los temas que
consideraban realmente importantes.
Durante
los días siguientes, sin embargo, la propuesta cobró vida propia. A
lo largo y ancho del país, en los bares, las salas de estar y los
grange
halls,
la gente no hablaba de otra cosa; reuniones públicas y mítines
atrajeron a grandes multitudes, y cada día que pasaba más personas
respaldaban la propuesta. Mientras tanto, el foro
lanzado en internet para que el público comentara los debates de la
convención se colapsó tres veces en otras tantas horas, inundado de
comentarios sobre la disolución de la Unión. Para el 4 de octubre,
el día en que estaba prevista la votación de la propuesta en la
convención, los comentarios en el foro a favor de la disolución
eran diez veces más numerosos que los de quienes se oponían a ella.
Los
políticos y expertos estaban descubriendo para su horror lo que
observadores más perspicaces habían percibido mucho antes: que
Estados Unidos hacía tiempo que se había resquebrajado
culturalmente y que el país solo permanecía unido porque el poder
del gobierno federal hacía que la secesión fuera algo inalcanzable.
Ahora, no obstante, lo impensable era una opción real. Cada región
vio la oportunidad de conseguir lo que quería sin tener que bregar
con los enormes abismos culturales del país; los estados
occidentales, en los que hasta el 90 por ciento de la tierra era
propiedad del gobierno federal y, por tanto, estaba exenta de
impuestos y tributos estatales, echaron cálculos y vieron cuán
fácilmente podrían equilibrar sus presupuestos una vez que todos
los terrenos cayeran en sus manos; los políticos estatales más
ambiciosos empezaron a soñar con dirigir países independientes, y
la idea de quitarse de encima la losa de la astronómica deuda
federal mediante la simple disolución del gobierno que cargaba con
ella rondaba por la mente de mucha gente. Para ellos y para muchos
otros estadounidenses, la disolución parecía ofrecer posibilidades
deslumbrantes, y pocos eran los que tenían en cuenta los enormes
inconvenientes.
La
noche del 3 de octubre, los detractores de la medida echaron cuentas
y se percataron de que carecían de los votos suficientes para evitar
su aprobación. Gracias a maniobras parlamentarias consiguieron
aplazar la votación hasta el día siguiente, pero eso no hizo más
que desencadenar una reacción popular que convenció incluso a los
observadores más optimistas de que algo drástico estaba en marcha.
Previamente ya se habían convocado concentraciones para el 4 de
octubre, y estas crecieron en tamaño a medida que se fue sabiendo
que la votación había sido aplazada. Aquella noche, a lo largo de
todo el país las multitudes se congregaron y corearon consignas en
la oscuridad iluminada por el fuego. Saint Louis fue testigo de una
de las mayores manifestaciones, con muchedumbres gritando y marchando
más allá del centro de convenciones durante más de tres horas. Los
delegados miraban el mar de caras preguntándose en qué terminaría
todo aquello.
La
votación sobre la propuesta de disolución de la Unión llegó
finalmente el 6 de octubre. A pesar de los exaltados alegatos de sus
detractores, la propuesta se aprobó por una amplia mayoría. Otra
votación desestimó la enmienda que hubiese servido para prohibir
los programas sin fondos —a falta de un gobierno federal esta
propuesta era irrelevante— y una tercera votación puso punto final
a la convención. En el momento en que sonó el último mazazo
dándola por finalizada, la sala estalló en gritos airados y hubo
forcejeos y empujones, pero la suerte estaba echada: la que sería,
en caso de ser refrendada, la vigésimo octava y última enmienda a
la Constitución iniciaba su andadura hacia la ratificación final.
La
decisión del Congreso de exigir que las enmiendas fuesen ratificadas
por convenciones estatales en lugar de por las asambleas se estaba
volviendo, pues, en contra del establishment de la capital. La
balanza de la lucha de poder entre los estados y el gobierno federal
se había inclinado en favor del pueblo, y si los delegados que este
eligiera para las convenciones de ratificación apoyaban la
disolución, no habría forma constitucional alguna de detener la
propuesta; por ley, una enmienda a la Constitución estadounidense
entraba en vigor en el mismo momento en que era ratificada, sin que
fuera necesario promulgar ninguna legislación adicional. A medida
que las multitudes marchaban, sin embargo, había al menos una
persona que estaba planteándose hacer caso omiso de la Constitución;
y en teoría tenía el poder para hacerlo.
*
* *
El
almirante Roland Waite, presidente del Estado Mayor Conjunto, andaba
con paso firme por un pasillo del Pentágono hacia “el tanque”,
la sala de conferencias insonorizada donde los miembros del Estado
Mayor solían reunirse. El vicepresidente y los altos mandos de las
diferentes fuerzas armadas estaban allí, pero también el DCI y el
DNS, los directores de la CIA y la NSA respectivamente, junto con los
principales funcionarios de los organismos que conformaban el poder
ejecutivo. La mayor parte del poder que aún detentaba el gobierno
federal estaba concentrado en aquella habitación.
—¿Ha
visto al presidente? —preguntó el general Mendoza, comandante del
Cuerpo de Marines.
—Sí.
—Waite tomó asiento en una silla de la larga mesa ubicada en el
centro de la habitación—. Cada vez que voy allí estos días me
pregunto si soy el único adulto en el edificio. —El comentario
provocó risas incómodas—. Sigue obstinado en una respuesta
militar —continuó Waite, y las risas cesaron—. Hoy me ha
ordenado literalmente “poner en marcha el asunto”: movilización
de tropas, logística, todo. Tiene a los del Departamento de Justicia
trabajando en pretextos legales.
—Los
necesitarán para imponer la ley marcial —dijo el general
Wittkower, el vicepresidente del Estado Mayor.
—No
se trata solo de la ley marcial. —Waite se inclinó hacia
adelante—. Quiere todo el país bajo un régimen militar. El
Departamento de Seguridad Nacional está confeccionando una lista de
personas susceptibles de ser confinadas en campos de internamiento,
ese tipo de cosas.
—¡Santo
Dios! —dijo Wittkower—. Pretende dar un golpe de Estado.
—¿Creen
que podríamos lograr que triunfara? —preguntó Mendoza.
El
director de la CIA contestó.
—En
el mejor de los casos sí, pero ahora mismo tenemos que afrontar una
gran insurrección en el Oeste respaldada con armas y dinero por
China; Beijing no será tan estúpido como para perder una
oportunidad como esa. ¿En el peor de los casos? La Guardia Nacional
y algunas unidades del ejército se pondrían del lado de la Unión y
tendríamos una nueva guerra civil, con China respaldando al otro
bando. ¿Podríamos ganar? Demonios, esa es una buena pregunta.
—Eso
ya se planteó en 1861 —dijo Mendoza.
—En
1861 —terció Wittkower— una región quería escindirse y el
resto del país dijo que no. ¿Y ahora? El Norte quiere deshacerse
del Sur tanto como el Sur quiere hacerlo del Norte, por no mencionar
a los estados del Oeste. Me encantaría poder decir que contamos con
el ejército, pero lo que estoy oyéndole decir a nuestra gente de
seguridad no es nada bueno, y respecto a la Guardia Nacional es peor.
—Parece
haber un montón de dinero apoyando la disolución —dijo Waite—.
¿Dinero chino?
—Esa
es una buena pregunta —respondió el director de la CIA—. Estados
Unidos se ha creado un montón de enemigos, y China solo es uno más
de ellos. Hemos intentado rastrear los fondos, pero quienquiera que
sea sabe cómo borrar sus huellas.
—¿Qué
opina Wall Street de todo esto? —preguntó Wittkower.
—Depende
de a quién se lo preguntes —dijo uno de los civiles, un burócrata
de carrera del Departamento del Tesoro—. Algunas empresas están
aterradas ante la perspectiva de la disolución y otras están a la
expectativa para sacar tajada. ¿Un gobierno militar? Eso no sería
un problema, ellos son conscientes de que pueden trabajar con
nosotros. La insurgencia o la guerra civil ya son otro asunto. Aunque
ganáramos, dicen, la conflagración arruinaría por completo nuestra
economía y pondría el resto del mundo en manos de Beijing. Y si no
ganáramos acabarían todos colgados de farolas, y lo saben.
—Justo
al lado de ti y de mí —dijo Mendoza. Nadie se rió; todos sabían
que el comandante de los marines tenía razón.
—Hete
aquí la cuestión que realmente importa. —Waite miró todas y cada
una de las caras alrededor de la mesa—: ¿Alguno de ustedes piensa
que podemos conseguir que esto funcione? —Nadie respondió. Tras
una larga pausa, Waite dijo—: Bien. —Se puso en pie—. Creo que
todos sabemos qué es lo que viene a continuación.
*
* *
P.
T. “Pete” Bridgeport se presentó a las ocho de la mañana
siguiente a su charla semanal con el presidente. Tras una brillante
carrera como senador durante tres legislaturas, se había convertido
en la opción más clara para asumir la vicepresidencia tras la
dimisión de Weed. A Bridgeport no le gustaba Gurney ni confiaba en
él, pero la política es la política y un trabajo es un trabajo;
adoptó su sonrisa más amigable y cruzó la puerta. Encontró al
presidente mirando fijamente en dirección a una pantalla plana, con
la cara pálida y la expresión de un hombre recién estrangulado.
—Santo
Dios, Lon —dijo Bridgeport—. ¿Qué es eso?
El
presidente permaneció con la mirada fija en la pantalla y no dijo
nada. Bridgeport se acercó para verlo por sí mismo. Un noticiario
mostraba al almirante Waite vestido de uniforme en uno de los
despachos del Capitolio. El texto “ALMIRANTE WAITE: GURNEY PLANEA
UN GOLPE DE ESTADO MILITAR” aparecía a lo largo de la parte
inferior de la imagen. “… una idea terrible”, continuó Waite
con gesto inexpresivo. El texto de la parte inferior cambió a:
“DIMITE COMO PRESIDENTE DEL ESTADO MAYOR CONJUNTO”. “No
obstante, si es así como el pueblo estadounidense decide ejercer sus
derechos constitucionales, la obligación de los militares es saludar
y a la vez decir: ‘Sí, señor; sí, señora’.”
—Lon
—dijo despacio Bridgeport—, ¿lo has hecho? —El presidente no
había comentado nada sobre los planes militares con él, pero le
miró y Bridgeport pudo leer la respuesta en su cara—. Será mejor
que hagas las maletas —le dijo a Gurney; su sonrisa se había
desvanecido y su voz era de repente la del político experimentado
que explica la realidad a un novato despistado—. Van a acabar
poniendo tus tripas sobre una tostada.
Un
presidente con un fuerte respaldo por parte del público o del
Congreso podría haber sobrevivido a las noticias, pero Gurney no
contaba con ninguno de ellos. A las diez en punto de esa mañana, un
macilento presidente de la Cámara de Representantes anunció que se
dejaban de lado otros asuntos menos importantes para someter a debate
la posibilidad de iniciar un proceso de destitución y enjuiciamiento
contra Gurney. Al final de ese día nadie dudaba de que la propuesta
sería aprobada, y un recuento en el Senado dejó claro que a la
acusación le seguiría una condena. Esa noche Gurney ordenó a su
secretario de prensa que anunciara su dimisión y huyó del país en
un jet privado.
El
presidente Bridgeport juró el cargo unos minutos antes de la
medianoche del 12 de noviembre, y en su discurso inaugural hizo un
llamamiento a la unidad para conseguir que la nación levantara
cabeza. Aunque su popularidad era alta, el mensaje cayó en saco
roto. Para la gran mayoría de los estadounidenses, la intentona
golpista de Gurney había sido la gota que colmaba el vaso, y los
medios de comunicación compararon los esfuerzos de Bridgeport por
reavivar el sentimiento patriótico con los intentos de Gorbachov de
insuflar vida al comunismo en los estertores de la Unión Soviética.
Ni siquiera sus órdenes ejecutivas para traer de vuelta a las
últimas tropas estadounidenses desplegadas en el extranjero y
desguazar la obsoleta flota de portaaviones sirvieron de nada para
modificar los términos del debate.
Poco
más había que Bridgeport pudiera hacer, porque el gobierno federal
se estaba desmoronando a su alrededor. El colapso del dólar hizo que
los sueldos de los funcionarios valieran poco menos que nada, y eso
cuando los menguantes ingresos vía impuestos permitían al gobierno
pagarlos, de modo que la mayoría de los funcionarios federales
fueron simplemente dejando sus trabajos. Mientras tanto, a medida que
el dólar estadounidense se acercaba día a día al momento en que su
valor final fuese cero, una pragmática mezcla de trueque, vales
estatales y dólares canadienses se convirtió en el medio de
intercambio en gran parte del país.
El
primer estado en ratificar la 28.ª enmienda, en lo que constituyó
una fina ironía, fue Carolina del Sur, el mismo que fue el primero
en escindirse en 1861. La convención de ratificación se celebró en
Charleston el 6 de diciembre, y tardó menos de tres horas en
observar todas las formalidades y votar a favor de la ratificación;
la multitud cantó “The
Bonnie Blue Flag”
hasta bien entrada la noche. Dos días después se reunió la
convención de Colorado, y aunque tardó algo más —una facción
unionista luchó con fuerza—, el resultado fue el mismo. Antes de
que Colorado votase, tuvo lugar la convención de Michigan, que
sorprendió a los observadores al votar contra la ratificación. Al
día siguiente, Iowa y Nuevo México se reunieron y votaron a favor
de ella.
Y
así fue como sucedió, día tras día, semana tras semana. Un puñado
de estados se resistieron a la tendencia, pero solo unos pocos, y la
cifra total ascendió constantemente hasta alcanzar la cantidad
crucial de 38 estados, tres cuartas partes del total. El 29 de enero,
cuando la convención de Nebraska se reunió en Lincoln, el recuento
estaba en 37 a favor y 9 en contra. Fue una reunión tranquila, al
estilo de una de negocios. Después de que los delegados tomaran
asiento y se abordasen los asuntos preliminares, por unanimidad, la
convención dio por cerrado el debate y, sin mayores preámbulos, dio
inicio la votación nominal. Por 118 votos frente a 32, la 28.ª
enmienda fue ratificada y los Estados Unidos de América dejaron de
existir.
*
* *
Tres
semanas después, Pete Bridgeport caminaba hacia el Capitolio para
almorzar, saludando a los transeúntes en la avenida Pensilvania.
Esos días, las puertas del Capitolio estaban sin vigilancia; se
dirigió al ascensor y pulsó el botón de la planta de la cafetería
del Senado. Ahora se había convertido en un restaurante, y servía
la famosa sopa de alubias del Congreso y bocadillos bautizados con el
nombre de los presidentes fallecidos para contribuir así a mantener
encendidas las luces del viejo edificio. Bridgeport conocía a los
habituales de la hora de la comida, pero esta vez se encontró con
una multitud inesperada.
—¡Pete!
—Una senadora de Pensilvania (ex-senadora, se recordó Bridgeport a
sí mismo) se acercó a saludarlo—. Llegas justo a tiempo —dijo—.
Estamos inventando un país.
—¿En
serio?
Pidió
una sopa y medio Harry Truman, pagó en dólares canadienses y se
acercó a una larga mesa donde una docena de ex-senadores y
ex-congresistas estaban sentados con sus almuerzos a medio terminar.
Las palabras de la senadora no fueron una sorpresa. Nueva Inglaterra
acababa de declararse una república, nueve estados sureños tenían
delegados en Montgomery elaborando lo que los bromistas dieron en
llamar “Confederación 2.0”, se habían proclamado las repúblicas
de Texas y California, y se decía que Florida iba a seguir su
ejemplo en breve.
La
senadora le llenó el vaso.
—Hemos
estado toda la mañana en el Edificio de Oficinas del Senado hablando
por teléfono con los estados. Los siete del Este que votaron contra
la ratificación están con nosotros, y también Ohio y Delaware;
ambos suspendieron sus convenciones una vez que la votación de
Nebraska las hizo innecesarias. Nueva Jersey solo lo ratificó por lo
ocurrido en Trenton y está de nuestra parte, y Kentucky se lo ha
pensado y ha decidido que prefiere estar con nosotros a unirse al
Sur. Así que lo que estamos diciendo es: de acuerdo, los demás no
queréis la Unión, está bien, pero nosotros todavía la queremos.
—¿Estáis
pensando en utilizar el antiguo nombre? —preguntó Bridgeport.
—Sonaría
bien, ¿no? Mira, echa un vistazo al mapa.
Le
mostró un mapa. Era el antiguo Estados Unidos con una nueva frontera
demarcando doce estados en la mitad oriental del continente: desde
Nueva York y el Atlántico Medio en dirección oeste a través de
Ohio, Virgina Occidental, Kentucky, Illinois, Michigan y Wisconsin,
enlazando el Atlántico, los Grandes Lagos y el alto Mississippi.
Bridgeport se dio cuenta de que era una nación viable.
La
senadora miró por encima de Bridgeport y saludó a alguien.
—Hola,
Leona. ¿Te importa traerte una silla?
Leona
Price había sido delegada sin derecho a voto en el Congreso por el
Distrito de Columbia, al que pertenecía Washington DC, y era una
habitual a la hora de la comida en el Capitolio. La senadora le
sirvió bebida y preguntó:
—¿Qué
hay del Distrito de Columbia?
—¿Qué
hay del estado de Columbia? —respondió Price.
Las
conversaciones en la mesa se detuvieron un instante, pero solo un
instante; las aspiraciones del distrito a convertirse en un estado
habían sido de dominio público en el viejo Congreso.
—Rhode
Island nos ha dejado —dijo un congresista por Ohio—, así que sí,
tenemos una vacante para un estado pequeño. ¿Quieres ocuparla?
Price
sonrió.
—Tengo
que consultarlo con los ciudadanos, pero supongo que sí.
—Un
momento —dijo Bridgeport. Se levantó de la mesa, fue a ver a otro
habitual de las comidas en el Capitolio, un antiguo miembro del
personal del Senado, y habló con él en voz baja. El tipo abandonó
el comedor y volvió cinco minutos después con un rollo de tela.
Bridgeport se levantó y dijo:
—¿Podemos
hacer un poco de espacio por aquí en medio? Esto servirá.
El
miembro del personal y él desenrollaron la tela. Trece estrellas en
un círculo, trece barras rojas y blancas; una réplica para turistas
de la bandera original estadounidense se extendía frente a ellos.
—Fue
un país muy hermoso —dijo Bridgeport—, cuando solo había trece
estados y no intentábamos controlar al resto del mundo. Podría
volver a ser un buen país.
—Hará
falta muchísimo trabajo, señor presidente —dijo la senadora por
Pensilvania enfatizando las dos últimas palabras—. Un montón de
trabajo.
Bridgeport
se dio cuenta de que todos estaban mirándole, no solo los senadores
y congresistas, sino también toda la gente que había en el comedor.
—Lo
sé —dijo—. ¿Por dónde empezamos?