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viernes, 28 de marzo de 2025

La amenaza fantasma

 

Queridos lectores:

Un fantasma recorre Europa. Después de décadas de placidez (o al menos así la han descrito los medios), hemos entrado en un estado de pánico, espantados (según nos cuentan) por una inminente invasión desde Rusia - importando a estas tierras aquella máxima atribuida apócrifamente a Kissinger, "El pueblo americano tiene solo dos estados: autocomplacencia y pánico". Desde Bruselas se exhorta a los ciudadanos de la UE a preparar un "kit de emergencia" para sobrevivir 72 horas delante de riesgos de lo más variado, pero entre los que se enumera el de la guerra. Entretanto, Europa lanza su nuevo programa de defensa, denominado "ReARM Europe" (siguiendo con esa práctica, cara a las instancias europeas, de enumerar sus planes en imperativo porque, supongo, lo ven más interpelativo - una colega siempre hace comentarios jocosos sobre esta práctica: "levántate", "dúchate", "desayuna"..., como una madre en día de colegio). En España, el presidente Pedro Sánchez anuncia que el presupuesto de defensa subirá hasta el 2% del PIB (lo cual, teniendo en cuenta que los Presupuestos Generales del Estado (PGE) español son aproximadamente la cuarta parte del PIB, quiere decir que supondrá el 8% de los PGE), y eso lo hará, según él dice, sin afectar a las otras partidas presupuestarias (cosa que todos sabemos que es mentira, pero es igual, seguimos como si tal cosa). Europa quiere avanzar rápidamente al rearmamento porque, según parece, las tropas rusas ya asoman por Helsinki, Praga, Budapest y Varsovia. Hay prisa, prisa, prisa... ¿No ven el riesgo existencial para Europa?

Obviamente, no existe tal cosa como la amenaza rusa. Rusia no se va a lanzar a conquista de Europa y arriesgarse a desencadenar una respuesta de los Estados Unidos. Además, dos países europeos poseen armas nucleares (Francia y el Reino Unido), lo cual es un riesgo excesivo. Y para acabar, hay un problema meramente de aritmética poblacional: aunque el territorio ruso es enorme, Rusia posee solo 140 millones de habitantes, mientras la UE son 450 millones. De hecho, para Rusia ya sería un reto logístico intentar ocupar permanentemente Ucrania, con sus casi 40 millones de habitantes - y es que es muy diferente defenderte en tu territorio que ocupar uno ajeno.

Eso no quiere decir que Rusia sea un corderito, pero obviamente el escenario que se nos plantea no tiene ningún viso, en absoluto, de realidad. Un enfrentamiento con Rusia sería para los eslavos agotador y costosísimo, incluso si no contemplara la ocupación del territorio. Y, total, ¿para qué querría hacer eso Rusia? Europa es, aún hoy tras las quiméricas sanciones europeas, su principal comprador de materias primas. Y hay no pocas personas, no solo en Moscú sino en Frankfurt y en París, que están deseando que las conversaciones entre Putin y Trump sobre Ucrania lleguen a buen puerto (sin contar con la opinión de los ucranianos, por cierto) para reestrablecer el flujo de materias primas a buen precio a los que Rusia nos tenía acostumbrados.

No. El movimiento rearmamentísitico y militarista europeo tiene otro objetivo y otra razón, y hay que entenderlo en el contexto del resto de decretos y directivas que están firmándose en Bruselas en las últimas semanas, como una desesperada respuesta a los cambios geopolíticos telúricos que ha supuesto el Segundo Advenimiento de Trump. Ya comentamos en el post anterior sobre la legislación Ómnibus y sus consecuencias en el plano ambiental. Pero la máquina legislativa europea no se detiene, y así hace unos días nos enteramos de que la UE ha calificado como estratégicos, y por tanto subvencionables, 47 proyectos para la extracción de materiales críticos, 7 de ellos en España (liderados por grandes empresas, muchas con pleitos en materia medioambiental). Estamos hablando, en la mayoría de los casos, de depósitos de escaso tamaño y por tanto de potencial producción, o bien muy dañinos ambientalmente. Si Europa se lanza a acelerar estos proyectos es porque percibe una necesidad desesperada de acelerar. Y es que la crisis energética y de recursos avanza inexorablemente. Mientras algunos necios se entretienen en discutir sobre los galgos y podencos de cuándo será el peak oil, dando entender que "nunca", los CEOs de las principales compañías que explotan el fracking en los EE.UU. (lo único que mantiene la producción mínimamente estable, aunque por debajo de los niveles de 2018) tienen claro que el peak oil es "ahora". En este momento, en Colombia y en Bolivia la situación es bastante complicada (por decirlo de manera suave) por la falta de diésel, un problema que se va extendiendo a toda Latinoamérica y a África (con Nigeria, principal proveedor de petróleo de España) a la cabeza. Lo único que mantiene a Europa protegida de la escasez de diésel es la fuerte recesión industrial alemana, pero eso no durará para siempre - ni tampoco es deseable para nadie. Al tiempo, los problemas que su escasez están originando en zonas críticas para el suministro de ciertos materiales auguran que los problemas de la cadena de suministros de hace unos años podrían ser una broma por comparación con lo que se viene ahora

Europa necesita energía, necesita materiales, y los necesita ya. La tan cacareada transición renovable, el REI, ha fracasado y se está hundiendo, y Europa no dispone de grandes recursos naturales. ¿De dónde sacaremos la energía que necesitamos? La respuesta la podemos encontrar en la primera de las tres preguntas que formulamos hace 9 años

Europa va a invadir el Norte de África.  

O, al menos, ésta es la intención no confesada de nuestros líderes (y aplaudida por empresas como Volkswagen, que ve no solo materia prima barata sino la posibilidad de reconvertirse a la industria militar). Es para eso que quieren las armas, es para eso que quieren militarizar las conciencias, es para eso que necesitan acallar los discursos críticos hasta que ya sea demasiado tarde.

Hablamos de defensa y de rearmamento, pero es un ejemplo claro de doble lenguaje al estilo de 1984, la novela  (en su momento de crítica contemporánea pero cada vez más anticipatoria) de George Orwell. En realidad hablamos de agresión y de preparación para la guerra.

Ni que decir tiene que la propuesta es profundamente inmoral. Europa, en vez de seguir por una vez en su Historia un camino de evolución y trascendencia, quiere volver a escoger lo peor de su pasado - del cual nunca se desentendió, como demuestran tantos episodios vergonzantes en África en las últimas décadas. Pero esta vez las cosas van a ser probablemente muy diferentes.

Europa no puede conseguir la sociedad guerrera que nuestros líderes quieren, al menos no en unas cuantas décadas - pero no tienen décadas para esperar. No tenemos capacidad técnica ni experiencia, ni nuestros jóvenes tienen ese patrioterismo chovinista propio de otros lares que les hacen prácticamente desear morir por la patria. Peor aún, los pocos sentimientos colectivos que podrían ir en una dirección parecida son de corte nacionalista, y para nada paneuropeo: yo no veo a un español, un italiano, un griego o un húngaro yendo a morir "por Europa". De hecho, creo que tampoco encontraríamos en esa trinchera alemanes ni franceses...

Pero es que Europa es un continente, hoy en día, avejentado y sin recursos, y con una juventud desencantada y profundamente enfadada porque la gente de mi generación les ha robado el futuro. ¿Qué alternativas de vida se les está dando a la gente que tiene ahora menos de 30 años - o quizá 40 años?

Por otro lado, los procedimientos profundamente burocráticos que son moneda común en el hacer de la Unión Europea implican que se gastarán muchísimos recursos en informes, evaluaciones, reuniones, etc completamente inútiles pero de los que en modo alguno van a prescindir porque son los que la casta gerencial europea usa para enriquecerse, aparte de para justificar su existencia. Es decir, la manera de funcionar de Europa garantiza la ineficacia absoluta de este esfuerzo bélico.

En realidad, el esfuerzo de guerra, con los 800.000 millones de euros comprometidos para ello, pueden suponer tal sobreesfuerzo y tales pérdidas en el ya relativamente tenue estado del bienestar que Europa podría llegar a implosionar, a colapsar socialmente, como aquellas personas ya de cierta edad que se empeñan en hacer esfuerzos que décadas atrás podían hacer con sencillez y que hoy en día les podrían matar. Es algo repetido en la Historia de la Humanidad: grandes imperios que, en una época de profunda crisis, deciden intentar recuperar la gloria militar del pasado y sucumben ante el peso del gasto militar y la acumulación de problemas internos.

En realidad, deberíamos estar pensando en cosas radicalmente diferentes. En la recuperación de tecnologías humildes, en la relocalización de la actividad, en la regeneración y en la renaturalización, y en la consolidación de la comunidad como unidad de base social. Sobre esto último, es significativo el llamamiento para que los ciudadanos dispongan de su "kit de supervivencia individual de 72 horas". ¿Y por qué 3 días y no 7, o dos semanas? En realidad, dada la complejidad de los riesgos que realmente nos amenazan - que son principalmente ambientales y climáticos - seguramente reforzar tu comunidad, tu grupo local, constituye una respuesta más segura, flexible, adaptable y resiliente. 

Acabo ya. Estamos en una línea roja. Una que no debemos cruzar por un imperativo ético, pero también lógico: la guerra tiene muy mala TRE.

Queridos lectores: éste es uno de esos momentos en los que uno no se puede permitir el lujo de mirar al otro lado. Es el momento de plantar el pie a tierra y decir clara y firmemente: No.

Yo no quiero que maten a mis hijos en una sucia trinchera en medio del desierto para intentar mantener la rueda de esta sociedad insostenible rodando tres o cuatro años más. ¿Y Vd.?


 

NO A LA GUERRA.

Salu2.

AMT

martes, 13 de junio de 2017

España ante el colapso


Queridos lectores,

En el post anterior discutíamos cómo una eventual secesión de Cataluña podría acelerar el colapso de España (posiblemente aderezado con la secesión de más territorios, como comentábamos hace tiempo). Un colapso temprano y precipitado como el que sobrevendría es lógicamente percibido como algo negativo por nuestras élites, por todo por lo que les supondría de pérdida de poder tanto político como económico, y la final y efectiva desintegración de nuestro sistema económico. Justamente por eso, dado su carácter destructivo e inestable (ahora más que insostenible), un colapso rápido de nuestro sistema económico evitaría profundizar más en la degradación ambiental y también en el agotamiento de recursos básicos para nuestra supervivencia futura, ya que cuando los combustibles fósiles avancen en su declive terminal será el medio natural el que, como habitualmente a lo largo de la Historia, nos proveerá de los recursos que necesitemos.

Delante del desafío independentista catalán, desde España sólo se ha sabido dar una respuesta autoritaria y poco abierta a la negociación. Eso, por supuesto, ha espoleado el sentimiento nacionalista e independentista entre una buena parte de la población catalana, ya bastante avivado por los muchos años de agravios en la gestión de la cosa pública que muchas veces miraba a Cataluña como un recurso a explotar y cuyas demandas simplemente se ignoraban. Esa visión extractivista de la periferia que sostienen las élites españolas no se ha dado, por supuesto, sólo hacia Cataluña (durante mi infancia y adolescencia en León, no pocas veces pude escuchar críticas hacia el hipercentralismo, y contra el desdén respecto a las necesidades de los que vivíamos "en provincias"), pero siendo Cataluña un territorio más rico en lo económico y con una cultura y lengua propia en lo cultural es en ese territorio que se ha podido hilvanar un relato más consistente que en otros lugares, un relato que describe el extractivismo centralista de un conflcito de "ellos contra nosotros" (cosa nada fácil de hacer en un lugar como León, por ejemplo, pues tal distinción está lejos de ser evidente). Pero teniendo en cuenta, precisamente, la historia común de Cataluña con España, la disgregación del territorio de Cataluña no es ni mucho menos el único ni necesariamente el más probable de los escenarios en el corto plazo para España.

Cuando escribo estas líneas, el Govern de la Generalitat ha anunciado ya la fecha y pregunta del referéndum que dicen querer realizar el próximo otoño para preguntar a la población de Cataluña sobre la continuidad de esta hoy comunidad autónoma en el seno de España. El Gobierno de España está en una posición de esperar acontecimientos, y es seguro que en cuanto el Govern firme la primera ley o decreto con la que pretenda dar cobertura legal al referéndum y al proceso de autodeterminación, el Gobierno de España comience a recurrir todas esas disposiciones legales ante las instancias jurídicas... españolas, pues, ¿en qué otro lugar podría hacer tal cosa? Pero si justamente éste es un conflicto de legitimidad, y no de legalidad, la respuesta no podría ser más errónea. Pues al final de ese camino sólo queda una salida: si, de acuerdo con la vía que ya ha utilizado anteriormente y que previsiblemente utilizará en el futuro, el Gobierno español consigue que se consideren ilegales todos esos actos de la Generalitat, el paso siguiente e inevitable es la aplicación del código penal español; y en caso de resistencia tendrá que ser usando el monopolio legítimo de la violencia que le da el ser un Estado. Pero, justamente, lo que está en cuestión es la legitimidad, y este choque de legitimidades sólo puede terminar, de proseguir por ese camino, en violencia, violencia legítima contra ilegítima, al decir de unos, o al revés, al decir de los otros (quizá para reclamar el monopolio de la violencia legítima es por lo que el ejecutivo catalán ha incluido de manera alambicada la palabra "Estado" en la pregunta del referéndum). Para el ejecutivo español, la celebración del referéndum es un casus belli absoluto, pues saben de sobras que el resultado del mismo podría perfectamente ser un "sí" a la independencia (las tornas están bastante igualadas, pero la intransigencia española y el grado de corrupción de las altas magistraturas españolas no ayudan demasiado a la causa del "no"). Desde la perspectiva centralista y extractiva del gobierno de Madrid, la eventual secesión de Cataluña es completamente inaceptable, de ahí su completa y rotunda negativa a la celebración del referéndum, usando complicadas perífrasis para intentar justificar que lo más democrático "es no votar".

Mis amigos independentistas están convencidos de que la presión internacional obligará a España a negociar, y que en realidad el proceso de secesión de Cataluña llevará el tiempo, años, que se requiere para hacer efectiva una separación de esta complejidad. Por mi parte, con un pie a un lado y otro de la frontera que separa Cataluña de lo que aún se puede llamar "el resto de España", estoy convencido de que la respuesta española será el uso de la fuerza. Los más enardecidos en el campo nacionalista catalán están deseando que las imágenes de la represión española salten a los noticiarios de los principales países europeos y que al final el clamor de la denominada "comunidad internacional" obligue al Gobierno español a detener la violencia, y como consecuencia a aceptar que no le queda otra que negociar con el separatismo catalán. Que se llegue a tal situación o no depende, fundamentalmente, de los pros y contras económicos de tal secesión, sin olvidar que la eventual separación de Cataluña de España daría brío renovado a tantos movimientos separatistas en Europa,
hasta ahora bastante acallados, desde Escocia hasta la Padania, desde Córcega a Baviera, desde Bretaña hasta Euskadi. 

Aunque no se puede descartar la "salida negociada" a la crisis, creo que, para desgracia de quienes creen en una salida de Cataluña relativamente poco traumática,  los vientos de la Historia hace tiempo que han cambiado en Europa y soplan ahora de proa. Pues hace tiempo que Europa, que en otro tiempo se llenó la boca de "respeto a los derechos humanos", ha caído en una espiral belicista y autoritaria, imparable sin una revolución de base. Una Europa que ignoraría el clamor catalán aunque fuera reprimido a sangre y fuego. Y la razón de este giro deshumanizante radica, a mi entender, en la estrategia de las élites europeas para abordar la escasez de recursos naturales que viene.

El problema de la escasez de recursos naturales, que es sobre el que gravita todo este blog, es conocido desde hace mucho tiempo por las élites europeas. Numerosos son los documentos de trabajo que lo recogen, e incontables las reuniones de diversas comisiones, con asistencia de expertos, donde el tema se ha tratado. Todo es conocido sobradamente, y aunque a veces hay destellos de tecnooptimismo infundado, confiando en la tecnología extractiva del día, lo cierto que es nuestras élites son mucho más conscientes de la magnitud del problema de lo que quieren reconocer públicamente. En los últimos tiempos se ha utilizado el espejismo del coche eléctrico como un elemento discursivo tranquilizador de las clases medias mayoritarias en Occidente, a pesar de que las propias élites son más que conscientes de que el coche eléctrico es una quimera y que no va a la raíz del problema, que es la progresiva disminución de la cantidad de energía que va a llegar a Europa durante las próximas décadas. En todo caso, las élites europeas hace tiempo que saben perfectamente cuál es el camino a seguir, y la elección de Trump en los EE.UU. empuja con más fuerza a Europa a seguir ese camino: el del autoritarismo dentro de sus fronteras y de la guerra fuera.

Los últimos movimientos de Donald Trump en los EE.UU. hacen cada vez más evidente algo que ya señalamos aquí hace tiempo: los EE.UU. están tendiendo a desviar fondos para rescatar a su industria extractiva (fundamentalmente, la petrolera), que está en franca bancarrota. La idea es que, a base de desviar recursos públicos para apuntalarla (indirectamente vía reducción de impuestos, directamente vía subvenciones y rescates), se consiga que los recursos fósiles estadounidenses sean explotados. EE.UU. tiene la suerte (desde el punto de vista de sus élites extractivas) de contar con abundantes recursos autóctonos de combustibles fósiles, pero aquellos de mayor calidad hace tiempo que están en retroceso, y lo que le va quedando es de una calidad tan baja y es tan difícil de explotar que ha llevado a numerosísimas empresas a la quiebra durante la última década, tanto en el sector del carbón como en el del gas y, por supuesto, el del petróleo. Se alude continuamente a que los bajos precios actuales son los que causan esta debacle, cuando se sabe perfectamente que en el período con los precios medios del petróleo más altos de la historia la industria perdía dinero a manos llenas (y obviamente mucho más ahora mismo). Por otra parte, y a pesar de la frecuente alusión al militarismo de Trump, sus acciones son generalmente más dirigidas a un cierto repliegue táctico que no al avance militar. Es en este contexto que se tienen que entender las declaraciones de Trump al poco de tomar posesión de su cargo: los aliados tienen que asumir el coste económico de las aventuras militares en el exterior, pues EE.UU. se ha cansado de hacer el trabajo sucio pro bono. Y es que, en la visión de los halcones que ahora sobrevuelan Washington, EE.UU. tiene recursos para ir tirando durante una temporada larga, aunque eso suponga la reducción de prestaciones sociales y que una parte importante de su población se hunda en la Gran Exclusión, en tanto que los recursos que puede conseguir manu militari en el exterior resultan ser mucho más caros y menos rentables. En suma, EE.UU. no necesita recurrir a las armas para garantizarse durante las próximas décadas un cierto grado de bienestar (menor que el actual, pero aún considerable), mientras que el beneficio de las guerras exteriores no paga en absoluto sus costes. Pero ésa no es, en absoluto, la situación de Europa.

Europa dispone de escasos recursos fósiles propios, los que hay están muy explotados (petróleo y gas del Mar del Norte, carbón en Alemania y Reino Unido) y se están usando todo lo que se puede (véase, por ejemplo, el recurso creciente al carbón nacional en Alemania, en medio de su famosa y muy publicitada pero poco conocida Energiewende). Para Europa, continuar con algo parecido a la sociedad industrial actual implica conseguir fuera de sus fronteras los recursos fósiles y el uranio que necesita para mantener sus fábricas en marcha. Pero, ay, el mundo en su conjunto ya está muy explotado, y aunque las cantidades de recursos que quedan por explotar son aún vastísimas, ya no dan para satisfacer el voraz apetito de tantos comensales; encima, los que se han unido más recientemente al banquete reclaman con fuerza (y con razón) su parte. A Europa, que hasta ahora había confiado en el denominado "libre mercado" como vía principal para garantizarse el acceso a esos recursos, no le queda ya más remedio que ir a la guerra para asegurarse que estas materias van a donde deben ir. Así se metió Francia en la guerra de Malí y por motivos similares en la de Siria, y así se irán metiendo progresivamente las potencias europeas en otras guerras, en ocasiones contratando los servicios mercenarios del ejército de los EE.UU., el cual su presidente ha puesto a disposición del mercado. En esencia, EE.UU. no va ayudar a Europa a salir de su pozo, sino que se va a centrar en no caer él mismo en esa sima; pero si los europeos quieren contratarles, pues perfecto: a fin de cuentas, el estadounidense es el ejército mejor pertrechado del mundo y de hacer la guerra saben un rato largo.

No falta demasiado tiempo para que las restricciones que imponen la escasez de recursos comiencen a manifestarse indisimulablemente en Europa en general y en España en particular. De momento, Europa adopta un plan de abandono nada progresivo y sí muy agresivo de los coches de diésel, con el aliento del pico del diésel en el cogote. El problema que plantea la caída de la producción de diésel, más temprana y más precipitada que la del petróleo, era algo que se podía haber anticipado hace años, pero la doctrina neoliberal que impera en el pensamiento económico hoy en día hace imposible hablar de mecanismos de ajustes entre oferta y demanda diferentes de los de un mercado presuntamente libre y eficiente. De la misma manera, se empieza a hablar de manera abierta de que los milennials tendrán menos coches y recorrerán menos kilómetros, y que la fórmula de movilidad del futuro que adoptarán estas nuevas generaciones de jóvenes decididos son la compartición de vehículos y el redescubrimiento de lo local, toda una loa a hacer de la necesidad virtud. Por la misma razón, la imposibilidad de los países occidentales de incrementar su consumo de petróleo por el estancamiento, si no declive, de la producción mundial, y la competencia de otras regiones por esos mismos recursos, se vende bajo el falaz discurso del "pico de demanda" o peak demand (cosa que sabemos que los datos no sustentan mínimamente). Estamos viendo que el relato colectivo que poco a poco se va haciendo permear, en el que las sociedades occidentales van siendo lentamente adoctrinadas, es uno en el que se aceptan como decisiones razonables de consumidores concienciados y responsables lo que no es más que una imposición externa, una imposibilidad de seguir creciendo en nuestro consumo, una necesidad de adaptarse a un mundo con límites.


No todo va a ser tan sencillo; la publicidad o propaganda tiene una efectividad muy grande, pero no ilimitada. Al recurrir a recursos con Tasas de Retorno Energético (TRE) cada vez más bajas, una proporción cada vez mayor de la población tendrá que trabajar en la mera producción de energía y mucha gente se verá reducida a la mera subsistencia. De hecho, el intento de mantener un sistema económico orientado a la producción y al consumo a pesar de la evidencia creciente de la escasez de recursos lleva a plantearse graves dilemas sobre el futuro del orden social, y en última instancia sobre la viabilidad o incluso el interés de mantener este sistema económico y productivo. Dada la inercia mental y social de las élites, que ven cualquier posible cambio como una amenaza a su status quo, lo más probable es que intenten mantener a ultranza el sistema actual, usando para ello los resortes de la violencia legítima de los Estados, los cuales ya hace tiempo que han cooptado (¿a quién se le oculta que los Estados legislan y ejecutan más en favor de las grandes corporaciones que de los ciudadanos de a pie?). Por eso, a medida que una proporción mayor de la población caiga en la semiesclavitud y la exclusión, simplemente para mantener lo que se pueda mantener de la sociedad industrial, será necesario usar cada vez dosis mayores de represión y legislación cada vez más autoritaria, eventualmente llegando a la supresión de derechos civiles hoy en día considerados irrenunciables e inalienables.

¿Cómo queda España en este contexto? Teniendo en cuenta el seguidismo cerril que hacen nuestras élites de las élites europeas, y que en Europa el escenario que se prefigura es el del autoritarismo y el belicismo, lo más probable es que España acabe embarcándose en aventuras militares en el exterior, de la mano de sus aliados, al tiempo que incrementa la presión interior para reprimir la disidencia. No debemos olvidar que en Francia el estado de emergencia (que se prolonga ya desde hace dos años) permitió una represión violenta de los grupos ecologistas que quisieron manifestarse contra la farsa de los acuerdos de la cumbre sobre el clima de París, en diciembre pasado. En España tenemos ya una ley, denominada por muchos "mordaza", que permite a la policía perseguir y encausar a personas que osen fotografiarlos por la calle, o incluso simplemente protestar verbalmente por abusos patentes de la autoridad. Tal y como están las cosas, no debería extrañarnos ver dentro de unos años una misión militar europea con la participación de España a Argelia o algún otro país norteafricano (o incluso más al sur), intervención que será jaleada por los medios de comunicación sin duda.

El gran problema de las guerras como método de asegurarse recursos es que solamente el pillaje tiene un retorno energético y económico suficientemente bueno. Pero asegurarse el flujo de recursos minerales, particularmente petróleo, implica un gran esfuerzo de control sobre el terreno, pues las minas se han de mantener abiertas y los pozos bombeando, y eso tiene un coste y un desgaste enorme, como se ha visto con la intervención militar de los EE.UU. en Irak. Sin ese control férreo, la producción del país "liberado" cae en picado en medio del colapso social y la lucha abierta entre facciones dirigidas por señores de la guerra. Como ejemplo próximo en el espacio y en el tiempo, fíjense en la situación de Libia, actualmente dividida en dos grandes facciones y decenas de otras más pequeñas, y donde la producción de petróleo pasó de los 1,6 millones de barriles diarios en la época de Gadafi a los poco más de 200.000 de ahora mismo, la mayoría de los cuales usados para engrasar el conflicto interno, que tiene todos los visos de enquistarse ad eternum. Por tanto, las campañas militares que emprenderá España junto con sus igualmente desesperados aliados europeos serán costosísimas en términos económicos y humanos, y sus costes no serán compensados por los beneficios conseguidos. Beneficios, además, que serán cada vez repartidos entre menos, lo cual acrecentará el descontento social en España (y por ende en Europa), y eso obligará a más autoritarismo y más represión.

A la larga, después quizá de una o dos décadas de campañas militares ruinosas, probablemente después de un desastre militar (pues el propio ejército se resentirá después de años de restricciones también en su presupuesto), el Estado español colapsará, de manera rápida, dramática y probablemente violenta. En ese proceso de colapso, todas las nacionalidades reprimidas aflorarán con fuerza, con lo cual lo más probable es que la nación española se disgregue en al menos media docena de nuevas naciones. Este escenario de colapso tardío, cuando procesos similares estarán teniendo lugar en Europa, es mucho peor que un escenario de colapso rápido y relativamente temprano que proporcionaba la secesión de Cataluña que comentábamos en el post anterior, entre otras cosas porque la probabilidad de que muchas de las nuevas naciones acaben en un régimen de tipo feudal será más elevado. Por eso, no es evidente que la más que previsible represión del separatismo catalán sea el mejor camino por el que pueda transitar España.

En cuanto a mi, y reflexionando en todo lo que arriba he expuesto, creo que quizá dentro de unos meses tenga que pasarme una temporada en el campo, en la masía, recluido y alejado del fragor de lo que pase 150 kilómetros más al sur (esta distancia sí que me la sé), a esperar que las aguas se calmen. Ojalá que cuando eso suceda lo que nos encontremos no sea un cenagal.


Salu2,
AMT

jueves, 26 de noviembre de 2015

Europa ante la guerra




Queridos lectores,

Resuenan con fuerza los tambores de la guerra en Europa, y los ciudadanos europeos, amedrentados por la omnipresente amenaza del terror integrista, se unen fervorosos al clamor contra el yihadismo, o bien callan por temor a ser tachados de blandos, cuando no de estúpidos.

Corren malos tiempos para los que tratan de invocar la cordura, en medio de tantas tertulias de bajo perfil, sostenidas sobre la base de argumentos torpes y manidos. Cuesta tomar perspectiva, cuesta tener unos minutos para reflexionar con calma y tratar de entender qué está pasando, cómo ha pasado en tan poco tiempo Europa de ser un baluarte de prosperidad y entendimiento a ser presa del miedo y del ardor guerrero.

¿Es fruto este cambio del brutal atentado vivido en París hace dos semanas? Aún tengo amigos en la capital francesa, y varios me han referido escenas de un horror indescriptible vividas por personas allegadas a ellos, algunas de las cuales no sobrevivieron. Pero, ¿realmente actúan los gobiernos cegados por la indignación de la indiscriminada matanza, más difícil de asumir en un territorio ya no habituado a estas atrocidades?

Con una celeridad desconcertante, a las horas de haberse cometido los atentados de París y tenerse los primeros datos sobre los asesinos, se atribuyó por la vía sumarísima, sin juicio previo, la culpa al Estado Islámico, antes denominado ISIS, ahora Daesh (pues parece que esta palabra tiene connotaciones despectivas en árabe, y alguien con conocimientos de relaciones públicas habrá aconsejado el cambio). Incluso aunque el Estado Islámico haya reivindicado los atentados, resulta sorprendente que se le atribuya sin más discusión, sin más investigación, toda la culpa de lo sucedido. Los asesinos eran ciudadanos franceses; ¿no tiene el Estado francés ninguna responsabilidad por tanto? Se arguye que combatieron en Siria, pero, ¿demuestra ese simple hecho que fueron enviados aquí por el Estado Islámico? No malinterpreten mis palabras: estoy convencido que ISIS o Daesh o como quieran llamarle instigó los atentados, si no es que dio apoyo logístico y dinero para su comisión, pero aún así, el más elemental sentido de la prudencia indicaría que debería investigarse un poco más antes de lanzarse a una cosa tan grande y tan terrible como es hacer la guerra, con un coste tan elevado, tanto humano como económico. Una guerra que para Francia comenzó no tras los atentados de París, sino hace varios meses, en septiembre, cuando Hollande declaró que Siria era una amenaza para la seguridad nacional de Francia y comenzó a bombardear posiciones de Daesh en Siria

Como explicaba Christian Gebauer en el post anterior, la zona de Siria e Irak es "el ombligo del mundo", un lugar estratégico para el paso de oleoductos y que contiene algunos de los mayores yacimientos, que no han sido explotados al máximo rendimiento por las sanciones que recayeron sobre Irak durante años. Ahora que en el resto del mundo escasea el petróleo fácil de producir, esas reservas son demasiado golosas, demasiado necesarias para el futuro de tantos países importadores de petróleo, que necesitan ese petróleo para mantener sus elevadas cuotas de desarrollo, para no hundirse de forma irremediable en esta crisis que no acabará nunca.


¿Por qué se produjo otro sangriento atentado en Bamako, la capital de Malí, unos días después? Como comentamos hace casi tres años en el post "El canto del gallo", Francia tiene un grandísimo interés en mantener el control de Malí para garantizar la estabilidad de sus minas de uranio en Níger. Malí es, por tanto, otro frente importante para Francia, de cara a mantener el suministro de los combustibles vitales (en este caso, uranio) con los que mantener su economía. Quienes atentaron en Malí estaban, consciente o inconscientemente, haciéndolo contra el poder de Francia, y así este atentado era una lógica continuación del de París.

Pero cubrir dos frentes de guerra, y tan distantes de la metrópoli, es demasiado para una potencia crepuscular como Francia, así que ha pedido ayuda para que le cubran el frente menos activo y menos problemático, el de Malí. España se ofreció de inmediato a relevar a Francia en Malí, pero el Gobierno español ahora duda en dar ese paso inmediatamente. Seguramente en la decisión del gabinete de Mariano Rajoy ha pesado las duras jornadas vividas entre el 11 y el 15 de marzo de 2004, en las que el propio Rajoy, quien iba primero en todas las encuestas, perdió las elecciones después de los terribles atentados de Madrid del 11 de marzo. En aquel entonces, en España aún se agitaban los rescoldos del movimiento contra la guerra en Irak, en la cual el Gobierno del también conservador Jose María Aznar (del cual Rajoy era ministro) había involucrado a España un año antes, a pesar del mayoritario rechazo por la opinión pública española. El Gobierno de España vive en el temor de que los movimientos anti-guerra, tan activos hace una década, se pudieran reactivar por culpa de una torpeza en la gestión mediática de la actual crisis internacional, y por ello camina con pies de plomo. Sobre todo, porque en España hay previstas elecciones legislativas para el 20 de diciembre.


Si se confirma lo que indican las encuestas y se impone una coalición entre las dos opciones más conservadoras, PP y Ciudadanos, lo más probable es que España entre en la guerra de Siria, ya sea directamente sobre el propio teatro de operaciones, ya sea cubriendo la retaguardia de Francia en Malí. Tampoco tiene muchas más opciones desde una perspectiva BAU: estas guerras son para controlar el acceso a las últimas grandes bolsas de recursos naturales; no las más abundantes sino las de mejor calidad. Quien las controle podrá mantenerse un poco mejor que aquellos que no lo consigan. Ésta es la verdadera razón detrás de ésta y de las otras guerras que la seguirán, y es por ello que España entrará junto con sus aliados en las guerras que vienen. Guerras que se irán multiplicando, por una sola razón, que se puede sintetizar en un gráfico extraído del informe anual de 2015 de la Agencia Internacional de la Energía y que recientemente comentamos.



Ahí lo pueden ver: incluso de acuerdo con los infladísimos escenarios de la AIE, Europa está condenada a decrecer en su consumo energético un 12% adicional a lo que ya ha decrecido. Nos dicen que eso lo va a hacer aumentando su PIB un 50% en términos reales, pero como tal cosa (crecer económicamente mientras se decrece energéticamente) no sólo no se ha visto jamás sino que además es imposible, nadie con un poco de conocimiento le da la más mínima importancia al eje horizontal de la gráfica. Lo importante, por tanto, es esa caída en el eje vertical, y la desasosegante certeza de que encima ese escenario es optimista...

Europa está condenada a decrecer energéticamente, simplemente, porque no hay para todos, porque, según reconocía la AIE en ese mismo informe de 2015, la producción de carbón y petróleo va a decaer a partir de 2020 (disfrazada, a su decir, de pico de demanda). Europa no necesita que se lo diga la AIE; en la Comisión Europea ya saben que actualmente el nivel de consumo de energía primaria de todo tipo está a niveles de principios de los años 90 del siglo XX, y ya saben que de seguir así en pocas décadas estará en niveles de los años 70. Pero Europa se resiste a agonizar energéticamente. Y se resiste porque no hay plan B. No hay alternativa al crecentismo. Y no las hay porque no existan propuestas (y algunas de una gran calidad); no las hay, simplemente, porque es políticamente inaceptable.

Así las cosas, la conciencia pública española tendrá que irse volviendo cada vez más bélica para poder adaptarse al único plan de futuro que hay ahora mismo sobre la mesa. Vendrán más guerras, inevitablemente. Guerras que se librarán en países extranjeros para asegurar el flujo de los vitales recursos, principalmente de combustibles fósiles. Guerras que causarán dolor, destrucción y muerte, y no sólo en los pobres países que asediemos; una pequeña pero dolorosa parte del mal que causaremos se volverá contra nosotros, en nuestros hijos que volverán en ataúd de una lejana colina, en nuestros parientes y amigos que morirán por culpa de una pequeña bomba que un miserable y desesperado traerá de esas recónditas tierras para explotar en nuestro mercado, en nuestro tren, en nuestro trabajo. Y esa bomba que tanto daño nos hará servirá para justificar que los tambores de guerra redoblen aún con más fuerza, que destrocemos aún más sanguinariamente aquellas tierras lejanas que guardan el petróleo que tanto necesitamos, el gas natural que nos calienta, el uranio que pone en marcha nuestras decrépitas centrales nucleares.


Seguramente en el curso de los años que vendrán veremos como España, probablemente del brazo de Francia, entrará en guerra en Argelia. La situación en el país norteafricano se ha ido degradando, especialmente desde que el precio del petróleo ha bajado tanto y el país se acerca a su bancarrota petrolífera, mientras hay cada vez más personas que hablan de que podría reproducirse la sangrienta guerra civil de los años 90; la presencia sobre el terreno de grupos vinculados al Estado islámico no hace más que acrecentar el temor a la vuelta a un conflicto interno argelino. Cuando dentro de unos años España entre en Argelia, dirán que vamos a pacificar aquellas tierras, nuevamente asoladas por otra cruel guerra civil; dirán que hay que dar soporte a la democracia en el norte de África, sin cuestionar la legalidad factual de las elecciones en Argelia; dirán, por último, que es vital evitar la formación de un estado fallido tan cerca de casa. No se dirá nunca que España obtiene el 60% del gas natural que consume de Argelia, ni que por culpa de la llegada a su cenit productivo las exportaciones de gas de Argelia cayeron en 2014 un 4,8%. 

Imagen de la web Flujos de energía: http://mazamascience.com/OilExport/index_es.html


Nunca se explicará que estamos allí para asegurarnos de que el petróleo y el gas argelino sigan fluyendo hacia España, a pesar de la caída geológica de la producción, a pesar de que poco puede hacer la voluntad de los hombres para oponerse a las leyes de la Física. Al final, el punto clave consiste en apropiarse de esos recursos, de manera que lleguen antes a nosotros que a los propios argelinos, si es que no hay suficiente para todos. Hace poco un diario español expresó esta misma idea con una pasmosa e involuntaria claridad: "¿Está en peligro el gas español en Argelia?". Fíjense qué frase: el gas español. Como si Argelia tuviese alguna obligación de garantizar que de sus pozos seguirá manando y al mismo ritmo un gas natural que, por algún motivo, resultar ser en origen español, y no argelino.

De todos modos, el papel que España está llamada a desempeñar en estas guerras cenitales no es demasiado destacado, debido a que rápidamente los conflictos se van a volver multilaterales. Ya lo hemos podido comprobar hace poco con el caso del derribo del cazabombardero ruso por parte de dos cazas turcos mientras bombardeaba posiciones rebeldes en Siria. Resulta que los intereses de Rusia y de Occidente en Siria no son los mismos: Rusia quiere mantener en el poder a Bashar el Assad, su aliado natural en la zona, y por ello aprovecha los bombardeos sobre Siria no sólo para atacar a Daesh, sino también a otros grupos opositores a el Assad. Pero resulta que a Occidente le interesa favorecer a algunos de esos grupos, en la esperanza de no sólo derrotar a Daesh sino también de derrocar a el Assad y garantizarse el control de una zona geostratégicamente fundamental. Y en este juego de equilibrios Turquía también tiene sus preferencias: el avión ruso que derribaron estaba justamente bombardeando las posiciones de un grupo pro-turco. 

Esta multilateralidad de intereses se irá haciendo cada vez más evidente, a medida que los recursos escaseen más y ya no den para cubrir las necesidades de los hoy aliados. Cuando el botín de estas neoguerras de conquista sea más magro, algunas potencias menores irán quedando arrinconadas del reparto. En el caso particular de España, en un momento determinado no se le invitará a participar en las operaciones militares, e incluso se le pedirá que abandone ciertos escenarios donde ya se encontraba sobre el terreno. Y si España, o cualquier otra potencia menor, no accede a irse de grado, se usará la misma fuerza militar contra ella. Esto degradará aún más la TRE de la guerra, pues dado lo magro de los recursos el número de países invasores tendrá que irse reduciendo, sin que por ello se reduzcan las dificultades sobre el terreno, con lo que el rendimiento de estas aventuras militares caerá doblemente: porque habrá menos recursos militares, y eso hará que los flujos serán más pequeños e irregulares; y porque, agotadas las otras opciones, se pondrán los ojos en países con menores recursos naturales.
 

Convertir la guerra en el principal instrumento para garantizar el flujo de recursos naturales hacia las economías occidentales tendrá también un coste importante para los países invasores. En lo que respecta a las derechos de los ciudadanos, se impondrán cada vez mayores restricciones a las libertades individuales, necesarias para acallar las críticas a aventuras bélicas cada vez más dudosas y menos rentables. Las sociedades en guerra prolongada sufren de un proceso de militarización de la conciencia ciudadana, en la que el clima de guerra lo preside todo y lo justifica todo; no se puede cuestionar no ya la legitimidad sino la utilidad de lo que se hace, so pena de ser considerado un traidor y, eventualmente, tener que afrontar penas de prisión. La disidencia es acallada y, con el paso del tiempo, puede acabarse convirtiendo en insurgencia, a medida que el flujo menguante de recursos sea distribuido de manera poco equitativa entre la sociedad. Con el incremento del gasto militar, es inevitable un incremento de los recortes sociales; estos mayores recortes sociales ya sobrevendrían por razón del declive energético inevitable, pero serán más grandes por la cantidad de recursos destinados a sostener el ejército. El coste nada despreciable de las aventuras militares lo hemos podido comprobar recientemente, cuando Francia ha conseguido que la Comisión Europea le permita no cumplir con su objetivo de déficit público para este año por la razón explícita de sus necesidades militares.

Muchos de los grandes imperios de la Historia colapsaron al ser incapaces de sostener sus últimas aventuras militares, a veces un tanto esperpénticas. La lógica subyacente de muchas guerras de conquista era que la economía se había vuelto dependiente de la expoliación de recursos en los territorios conquistados. Esta es una situación en mucho análoga a la que tenemos actualmente. Los lugares en disputa son aún hoy atractivos desde el punto de vista de los recursos, pero el inevitable declive de la producción mundial de hidrocarburos llevará a países cada vez más remotos, más poblados, mejor defendidos y con menos recursos. Al final, exhaustos por el esfuerzo e incapaz de sostenerse con los magros frutos de las últimas guerras, todas las potencias occidentales irán colapsando.

Digámoslo alto y claro: el colapso de la sociedad europea es inevitable si continuamos por la vía militar. Será un colapso económico, sí, pero también, y mucho antes, moral, si por mor de mantener unos pocos años más un sistema insostenible renunciamos a los valores fundamentales en los que hace tiempo decidimos creer. 


La guerra no es la única opción para Europa, y desde luego no es la mejor. Europa puede y debe aspirar a mucho más que a intentar robar violentamente los últimos despojos de la era fósil. Tendremos que decrecer, ciertamente, pero podemos hacerlo desde ya y con dignidad, en vez de emborracharnos en una orgía de sangre que sólo retrasará lo inevitable hasta mañana y entonces nos hará caer de una manera más brutal y precipitada. No permitamos que el continente que una vez fue un ejemplo de democracia se convierta en sinónimo de barbarie y de abyección. No mancillemos el nombre de Europa a ojos de las próximas generaciones. Guardemos para nosotros nuestro recurso más valioso: nuestro honor.

Salu2,
AMT

lunes, 2 de septiembre de 2013

La excusa del día

 
Imagen de http://blogs.publico.es/dominiopublico/2653/la-espana-del-avestruz/


Queridos lectores,

Estados Unidos se apresta para ir a la guerra contra Siria por razones humanitarias, después de muchos meses de dejar pudrirse la situación en aquel país. Seguramente el país americano prefería que la cosa se resolviese a una escala mucho menor, forzando la caída de la tiranía de Al Assad con un discreto apoyo a los insurgentes sirios, cuya legitimidad y motivos tampoco son revisados de manera demasiado escrupulosa. Pero de repente hay mucha prisa, y algunos analistas apuntan a la razón de fondo: el petróleo. El precio del petróleo comienza a subir rápidamente mientras resuenan los tambores de guerra, y su alza, se admite abiertamente, puede impedir la recuperación económica de la que tan necesitada está Occidente.


Justamente para saber más sobre esa misma escalada de precios hace unos días, mientras estaba visitando a la familia, me llamaron de la emisora de radio RAC1. Querían hacerme unas preguntas sobre la evolución del precio del petróleo y su relación, en ese caso, con las revueltas en  Egipto. Quizá porque yo estaba un poco desconectado de los medios en esos días la breve entrevista fue un tanto confusa: a mi interlocutora le sorprendían mis respuestas y a mi sus preguntas. Comprendí durante la entrevista que el leit motiv de la misma era mostrar que el precio del petróleo subía por culpa de las revueltas en el país árabe, mientras que yo le explicaba que el precio del petróleo llevaba subiendo unas seis semanas, un par de dólares por semana; ella me hablaba de precios de futuros mientras que yo me refería a precios spot o inmediatos... En fin, un desastre de comunicación. Una cosa curiosa de aquella entrevista fue que me preguntaron si yo creía que lo que estaba pasando en Egipto podría llevar a una crisis del petróleo como las de los años 70. Yo les contesté que el mayor problema era, obviamente, el Canal de Suez y todo el petróleo que pasa por allí, que la necesidad de hacerlo pasar por otras rutas podría crear problemas a algunas naciones y que ningún país estaba en condiciones de suplir el posible faltante que se originara. Y una vez más surgió la cuestión de si al subir los precios del petróleo la recuperación económica (inexistente en realidad en España) se podría ir al traste, delante de lo cual mi respuesta fue un categórico "sí".


Los problemas sobre el terreno que se mencionan más arriba efectivamente son reales. Siria es un verdadero avispero: es importante por el proyecto de gasoducto que controla Rusia (y que EE.UU., que ha fallado en sus alternativas, tiene interés en controlar) y muchos países tienen allí intereses cruzados (EE.UU., Rusia, la Unión Europea, Arabia Saudita, Irán, China...). En el caso de Egipto, por otro lado, el cierre del Canal de Suez  y del oleducto SUMED tendría un gran impacto ya sólo en el mercado del petróleo (por no hablar del comercio en general) dado que unos 3,8 millones de barriles de petróleo pasan por allí cada día. Lo cual, comparado con los 90 Mb/d en total que consume el mundo puede parecer poca cosa (un 4,2% del total) pero esos 3,8 Mb/d en realidad representa más del 8% del petróleo disponible a la exportación, y que en el caso de algunos países (como la China) el tráfico por Egipto llega a suponer el 25% del petróleo que importa.  Y obviamente, si en cualquiera de esos dos lugares (o en los dos) se da el peor escenario posible el precio del barril de petróleo subiría mucho como consecuencia directa. Sin embargo, no es eso lo que está empujando al alza el precio del petróleo en este preciso momento (como no lo hicieron los problemas de Occidente con Irán que según los medios parecían tan graves el años pasado); al contrario, nos estamos pasando por alto que el precio del barril hace semanas que sube y nos damos estas explicaciones ramplonas para eludir la razón de fondo.  

Es verdad que durante las últimas décadas de manera continua ha habido problemas, inconvenientes e inestabilidad asociados a los países productores de petróleo. De alguna manera, ya se paga una cierta prima en el precio del barril - menor de lo que muchos se piensan - por ese motivo. En algunos casos concretos (embargo árabe de 1973, revolución islámica en Irán en 1978, guerra Irak-Irán en 1979, colapso de la URSS en 1991) el precio del barril ha registrado un aumento considerable de precio debido a los problemas geopolíticos, pero en contra de lo que se suele presentar en los medios (ya discutimos algo de eso cuando hablamos sobre el futuro de la OPEP) el precio del barril no ha sido, hasta el año 2008, excesivamente volátil, y el impacto de sus relativamente pequeñas variaciones sobre la economía ha sido bastante limitado (con ciertas excepciones). En la época pre-2008 el trauma de los años 70 hacía que con mucha frecuencia se hayan usado las subidas del precio del petróleo como excuse du jour (excusa del día) para justificar el mal comportamiento de la economía; en esta época post-2008, en el que realmente el precio del petróleo se mantiene continuamente a un precio muy elevado para lo que nuestra economía se puede permitir (de acuerdo con el umbral de Hamilton que ya discutimos) se sigue citando el precio del petróleo como factor amenazante para la economía mundial pero se magnifica la importancia de las variaciones de un momento determinado como el actual sin ver que el proceso de subida tiene ya semanas de recorrido, y se las relaciona inmediatamente y sin reflexión a factores geopolíticos coyunturales. En suma, que el problema que ocupa la centralidad mediática del momento se convierte a su vez en la excusa del día para justificar que el precio del petróleo está caro (abusando del hecho de que la mayoría de los ciudadanos no van siguiendo la evolución del precio y no sabe a cuánto está el petróleo si los medios no lo destacan).

Pero la razón profundad de esta carestía es simple: muy probablemente la cantidad de energía neta que nos está dando el petróleo ya está disminuyendo. Explicamos esta cuestión con profundidad en el post "El ocaso del petróleo" hace unos meses y a él me remito para la discusión a fondo, pero querría traer aquí las dos gráficas de ese post que mejor definen qué es lo que pasa. Por un lado, la evolución que seguiría la energía neta que nos proporciona el petróleo según el propio escenario de referencia de la Agencia Internacional de la Energía publicado en su último World Energy Outlook:


Previsión de la evolución de la energía neta proveniente de todos los líquidos del petróleo de acuerdo con el escenario de referencia (New Policies) del WEO 2012; la energía se expresa en millones de barriles equivalentes a petróleo por día.

Las diferentes franjas de color representan los diferentes tipos de petróleo según su procedencia, tal y como se explicaba en aquel artículo. Como se ve, tan pronto como se expresan los valores en términos de energía neta, y no de volúmenes brutos producidos, se observa que ya estaríamos en una situación de estancamiento con un próximo declive de la energía procedente del petróleo que le va a quedar disponible a la sociedad. Pero es que si además corregimos tan sólo el maquillaje más burdo de este escenario (esencialmente descontando la injustificada dulcificación de la tasa de declive de los campos actualmente en explotación respecto al valor usado en previos informes y substituyendo los valores irrazonablemente altos de aprovechamiento de algunas fuentes por otros aún optimistas pero físicamente alcanzables) lo que se obtiene tiene aún peor aspecto.


Misma gráfica pero con las correcciones indicadas en el texto, corresponde a un escenario más realista sobre la evolución de la energía neta proveniente de todos los líquidos del petróleo.

Éste declive de la energía neta procedente del petróleo que ya está en marcha, y cuya primera manifestación es la disminución del volumen de petróleo crudo producido que hasta la propia Agencia Internacional de la Energía reconoce, es lo que está llevando el precio del petróleo a un alza sostenida que sólo acabará cuando la recesión se instale en un número suficiente de países. Es justamente debido a la reactivación de la economía en varias potencias que la demanda de petróleo ha subido pero la producción neta (no la total, sino la que realmente llega al mercado) no consigue aumentar porque ya es físicamente imposible hacerlo, lo cual empuja el precio hacia arriba y "amenaza la recuperación". También por razón de lo justo de la oferta actual el precio del petróleo sigue un patrón estacional, siendo más elevado en las épocas de mayor demanda (sobre todo verano y también algo en invierno) y menor en las de demanda más baja (aunque nadie parece darse cuenta de esta variación a lo largo del año y prefieren ir sacando cada año excusas: el año pasado y el anterior era Irán). Al final, la escasez de petróleo es la causa última y no la coyuntura geopolítica, la cual efectivamente puede cambiar este estado de cosas pero sólo en una dirección: a peor.


Este autoengaño sobre las verdaderas causas de la escasez creciente de hidrocarburos opera también a escala más local con excusas del día más locales. Por ejemplo, las empresas petroleras que operan a Nigeria advierten a las autoridades de ese país que si siguen adelante con su plan de subir los impuestos la producción de ese país caerá un 25% "debido a la falta de inversión" (y no porque Nigeria ya esté llegando a su propio peak oil). Mientras, al otro lado del Atlántico México se enfrenta a una caída vertiginosa de su producción de petróleo con anuncios de que se buscan inversores extranjeros para sacar una gran rentabilidad con el previsto "incremento de la producción" en los próximos años; semejante estrategia de negación de su realidad la podemos encontrar también en Argentina, donde las exportaciones de petróleo prácticamente se han desvanecido mientras se hacen continuos y a veces contradictorios anuncios sobre la inversión extranjera en sus yacimientos de petróleo no convencional (como dice Pedro Prieto, cuando los países que tenían sus recursos nacionalizados se abren así a la inversión extranjera es que ya queda poco más por arañar). En otros lugares, como en Polonia, se apunta a los problemas de regulación para justificar que el gas de esquisto no fluye (como en esta noticia que más parece publicidad engañosa) en vez de al hecho conocido de que las reservas de gas esquisto de Polonia sólo son marginalmente explotables. Y así podrían encontrar un sinfín de noticias similares en países donde su producción de hidrocarburos lleva ya algún tiempo disminuyendo. Pero no deja de ser verdad que con más inversión y menos regulación se puede conseguir más petróleo y más gas. Un petróleo y un gas más caros, tanto energética como económicamente. Los que los explotan se dan cuenta de que sus costes marginales crecen sin que haya un aumento de la producción, con lo que su beneficio baja. La ceguera de 150 años de producción de petróleo barato y la necesidad de amortizar la maquinaria lleva a continuar explotando recursos cada vez peores con beneficio bruto tendiendo a cero. Pero las pequeñas excusas del día que se citan en cada caso no dejan ver una realidad global de escasez de recursos y de recursos de peor calidad, con TREs cada vez más pequeñas.


A medida que los recursos escasean crece la crispación. Los problemas de hoy en Egipto y en Siria y los que se desencadenen en un futuro en otros países son realmente guerras por los recursos. En el caso de Egipto se trata de una bomba malthusiana, mientras que Siria es un productor menor de petróleo (menos de 0,2 Mb/d, muy por debajo de su peak oil que fue en 2002 con algo más de 0,6 Mb/d) pero que es estratégico para que los rusos puedan aumentar su exportación de gas. Mientras las grandes potencias libran en estos tableros prestados sus partidas actúan como si los problemas fueran coyunturales, pasajeros, cuando en realidad son estructurales, permanentes. La crisis de recursos no se va a resolver, la crisis económica no acabará nunca. No aceptar estas verdades simples puede provocar que la lucha soterrada por los recursos acabe siendo no tan soterrada, con consecuencias imprevisibles pero seguro que nada favorables.


Salu2,
AMT

lunes, 1 de julio de 2013

Un futuro sin más (V): Destino es a donde vas.



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero y cuarto]


A pesar de que solía dar largos paseos por los montes cercanos a Zurich, la subida a la montaña fue dura y penosa para un Jan en el ecuador de la cincuentena. A sus pies podía ver Lausana y en la lejanía se intuía Ginebra. Ginebra estaba perdida; las tropas francesas entrarían por ese paso natural entre los Alpes y la cordillera del Jura, eso estaba claro.

Jan subía con un pelotón de reconocimiento que se había apostado en aquella montaña. Quería ver con sus propios ojos a qué tenían que hacer frente. Al capitán que estaba al cargo no le hizo mucha gracia llevar un civil, pero Jan llevaba una autorización del Ministerio y el capitán, simple y disciplinadamente, acató la orden.

Desde lo alto de la montaña Jan podía ver una gran extensión de la llanura central de Francia. Con la ayuda de unos prismáticos identificó inmediatamente donde se había concentrado el ejército francés. Le pareció que el conjunto de tropas presentes era bastante escaso. ¿Pensaban quizá atacar también desde el lado alemán? Pero Francia había sometido sólo la parte norte de la antigua Alemania, así que para llegar a Suiza por esa ruta tendría que atravesar tierra hostil. No parecía demasiado verosímil. Por otro lado David, quien seguramente estaba al mando de las tropas, no tenía ni idea de estrategia militar (al fin y al cabo sólo era un empresario, y antes había sido un científico) y confiaba ciegamente en su superioridad mecánica. Todo apuntaba a que intentaría entrar directamente en Suiza vía Ginebra, bordeando el lago Léman.

El ejército popular suizo estaba formado por hombres fuertes y orgullosos, amables en el día a día pero tenaces cuando lo necesitaban. Sin embargo, aquel clima tan extraño que se había ido instalando con el pasar de los años hacía que muchas de sus viejas estrategias no tuvieran sentido. Por ejemplo, los inviernos raramente eran rigurosos, así que ya no podían contar con el General Invierno; de hecho, David les iba a asaltar en pleno invierno. Jan veía claro que los franceses los iban a a aplastar. Sin embargo, del lado francés algo pasaba. Hacía un día desde que expiró el plazo para entregar a Jan y todavía no habían asaltado la plaza. Algo raro en alguien tan arrogante como David.

Con la ayuda reticente del profesor Strauss, Jan consiguió convencer al Gobierno suizo para solicitar a Francia una reunión en tierra de nadie de dos delegaciones, "como último intento de evitar una guerra que ninguna de las dos naciones desea". El emisario fue enviado al campamento de los franceses y sorprendentemente la respuesta fue positiva. La única condición que impusieron los franceses es que Jan debía participar en la delegación suiza. A pesar de los recelos que tal petición causó tanto Jan como el Gobierno accedieron. Se acordó que cada delegación constaría de 20 delegados, 10 de los cuales serían soldados armados. La reunión tendría lugar en las afueras de Ginebra, a unos 40 kilómetros del campamento francés, y los delegados franceses tendrían que recorrer los últimos 4 kilómetros a pie mientras que sus vehículos se tendrían que retirar. Jan no se sorprendió de ver al General Ros al frente de la comitiva francesa; desde luego si algo no le faltaba a David Ros era audacia.

El Gobierno suizo había puesto al frente de su delegación al Secretario de Estado de Defensa, pero con notable mala educación David Ros le ignoró y se dirigió a Jan:

- Volvemos a vernos, Jan - le dijo

- No contaba con otra cosa, General Ros.

- Vamos - dijo David encogiendo los hombros y mostrando las palmas - no te dejes impresionar por el abrigo y los galones. Sigo siendo David Ros, tu antiguo estudiante de doctorado.

- Hace mucho tiempo que no tengo nada que enseñarte, y lo que has aprendido yo nunca te lo hubiera enseñado - Jan ponderó su desprecio para no traer mayores males hacia su nación de acogida, y prosiguió: - Supongo que quieres que me entregue. Si me aseguras que no atacarás Suiza volveré con vuestra delegación.

Jan estaba cansado. Más que viejo se sentía cansado, y asqueado del mundo. Pasase lo que le pasase entregarse le parecería un precio asequible si conseguía que aquella mala bestia no profanase el último reducto del saber y la civilización que quedaba en Europa.

- Me parece estupendo que vuelvas con nosotros, Jan. De hecho en la República todos te recibirán con los brazos abiertos. - el tono de David era cálido, paternal, pero impostado - Además, es lo mejor para tu seguridad personal.

- ¿Qué quieres decir? Mi vida no peligra en Suiza... - Jan miró directamente a los ojos de David - ... o quizá sí. No me lo puedo creer. ¡No me lo puedo creer! ¡¡Pensáis invadir Suiza de todas maneras!!

Habían estado hablando en español, idioma que en la delegación suiza sólo Jan conocía, pero la última frase Jan la pronunció en francés. David sonrió y abrió los brazos, pretendiendo mostrarse como una persona indulgente, y continuó en francés, en un francés ahora fluido y seguro.

- ¡Vamos, vamos, no dramaticemos! No tiene por qué haber una invasión en el sentido estricto de la palabra. Es obvio que el experimento suizo no puede mantenerse por más tiempo en los tiempos que corren; la Gran República tiene planes para Suiza, de los cuales la nueva provincia helvética saldrá también beneficiada.

Jan no daba crédito a lo que oía. David había insistido en que él participase en la delegación suiza porque pretendía asegurarse de tenerlo en su poder antes de que comenzaran los por otra parte inevitables cañonazos. No dejaba pasar una; el chico era un verdadero águila de los negocios. El Secretario de Estado estaba rojo de la ira, pero aún así habló con educación; ásperamente, sí, pero con educación:

- ¡Usted no puede venir un día diciendo que sólo pretenden la extradición del profesor Palermo y al día siguiente decirnos que igualmente van a someternos! ¿Qué clase de país son? ¡No pueden hacer eso! - le espetó a David.

- Sí, sí que podemos - David respondía calmadamente - Somos la República. Nosotros lo podemos todo.

- ... hasta que se os acabe el magnesio - apostilló Jan.

David lanzó una mirada fulminante a Jan, a lo que el profesor se echó a reír:

- Vamos, hombre, vamos; ¿te crees que he revelado un secreto? - y no pudo evitar coger por el hombro a David, en un gesto de humillante familiaridad, como si fueran un par de amigos contándose chistes gruesos en una taberna - ¿Te crees que el resto del mundo es idiota? Aquí se dieron cuenta de la farsa hace muchos años, y no hizo falta que yo les dijera nada. Simplemente sumaron dos más dos. Estás tan acostumbrado a estar rodeado de asnos que piensas que todo el mundo rebuzna - y quitó la mano del hombro de David dos segundos antes de que éste se la retirara con fuerza.

David ignoró la provocación de Jan y se centró en lo siguiente que quería decir. Miró al Secretario de Estado:

- Suiza tiene ahora un clima más benigno que otras partes de Europa; los veranos no son tan cálidos y aún la precipitación es bastante estable. Suiza está llamada a ser el granero de Europa, el granero de la Gran República. No tienen elección, señor Secretario. Pueden someterse o ser invadidos, pero el caso es que su futuro pasa necesariamente a través de la República.

Nadie tuvo humor para contradecir las bravatas de aquel hombre. A pesar de mantener un buen nivel técnico y estar bien pertrechado, el ejército suizo no era rival para el de la República. Eso sí: esta invasión no iba a ser un paseo militar como las anteriores; el ejército francés aniquiliaría el suizo, sí, pero sufriendo bajas significativas. Todos los asistentes sabían eso, y quizá pensando en esas bajas inevitables y el sobrecoste de la invasión, pensó Jan, es por lo que la República aceptaba negociar la rendición en vez de aplastar cual era su costumbre.

- ¿Sabes una cosa, David? - dijo Jan de repente, dejando de lado el tratamiento de general - Dices que eras mi estudiante, ¿verdad? Pues te voy a dar otra lección hoy. ¿Te acuerdas cuando hace años discutíamos sobre la Tasa de Retorno Energético, la TRE?

David asintió levemente. No veía claro dónde quería ir a parar Jan.

- ¿No te has dado cuenta de que la guerra no es más que un sistema a gran escala para obtener recursos? Recursos y, más en particular, energía. La guerra es un sistema de generación de energía más. De una energía que no es renovable, porque una vez que esquilmas un país ya no puedes continuar su explotación. Y, como pasa con todos los sistemas de generación de energía no renovable, su TRE tiende a disminuir con el paso del tiempo; ya sabes, lo que los economistas llaman "la ley de los retornos decrecientes".

David le miraba atónito.

- Fíjate - prosiguió Jan - en lo que le ha pasado a la República con sus guerras de conquista. Al principio invadió los países más débiles y con grandes reservas de magnesio, lo cual permitió a la República expandirse con rapidez; pero una vez que los países más rentables desde el punto de vista energético fueron ocupados y expoliados tuvisteis que buscar otros países, mejor defendidos, más complicados de invadir por su orografía u otros factores, y con menos depósitos de magnesio porque habían conservado un sistema industrial funcional durante más tiempo. Vuestro rendimiento energético cayó, la TRE disminuyó. Y pasó en el peor momento, cuando la "masa" de la República había aumentado mucho y necesitaba mantener un influjo mayor de nutrientes. Así que ya ves, David: ni "por otros medios" - dijo evocando la conversación de la última vez que se habían visto en el CIET - se puede uno escapar de la Termodinámica. Tu empresa está sucumbiendo porque no entendiste mis lecciones, porque a pesar de tu talento fuiste un mal alumno. Mírate y date cuenta de que te has convertido en un monstruo ciego y brutal; ¿era esto lo que querías hacer con tu vida cuando escapaste de Madrid conmigo?


- ¿Y tú, eximio profesor? - David respondía cortante, al contraataque; el discurso del profesor le había impactado, ya que nunca había considerado la termodinámica  de la guerra - ¿qué es lo que has hecho tú? Encerrarte en tu torre de marfil a jugar con tus maquinitas y tus diseños inútiles, mientras el mundo a tu alrededor se descomponía. No fuiste capaz de ver que el cerco alrededor nuestro se estrechaba, y cuando te preparaste para huir sólo pensaste en ti. En cierto modo, yo no he hecho otra cosa que huir desde que escapamos de Madrid hace doce años. ¡Y todo eso fue culpa tuya! - un trueno sonó en la distancia al mismo tiempo que David recalcaba la última palabra, ese "tuya" lleno de rencor y reproche.

"Por la puerta que salió la caridad entró la peste", pensó Jan. Pero el reproche de David era justo, después de todo. Sí, había estado ensimismado en sus investigaciones sin darse cuenta de que formaba parte de una sociedad que sufría. Cuando en España los jóvenes salieron a las calles para protestar por la falta de trabajo, cuando lo hicieron los viejos para quejarse de las menguantes pensiones y la disminución de las ayudas, cuando amplios sectores de la sociedad protestaron contra los recortes en educación, sanidad, servicios sociales y la corrupción... Jan siguió trabajando, como si tal cosa, en su laboratorio. Sí, le había molestado que le bajaran el sueldo, pero lo único que hacía era seguir trabajando, seguir investigando y de vez en cuando firmar una petición o un escrito de protesta, nada más. Se había justificado su actitud delante de si mismo diciendo que lo mejor que podía hacer por la sociedad era continuar con su investigación, pero lo cierto es que ese trabajo no le había llevado a nada práctico, y todo lo que había hecho en España se había perdido cuando la barbarie contra la que no había luchado se enseñoreó de todo. En Francia había tenido una segunda oportunidad, pero había repetido el mismo error. David tenía razón: se encerraba siempre en su torre de marfil. Y en Suiza estaba haciendo, una vez más, lo mismo. Había siempre pecado de academicismo y siempre le había faltado empatía, preocupación social. "Si no tengo amor, no soy nada", repitió, evocando sus años de escuela.

David sonreía, viendo tan pensativo al viejo profesor, pero de repente éste le espetó, en español:

- ¿Y Colette, qué piensa de todo esto?

David se tambaleó un poco, como si tal pregunta fuera un golpe que no se esperase. El problema de pelearte con un viejo amigo es que te conoce demasiado bien y con poco te puede atizar allí donde más te duele.

- Colette... - vaciló en la respuesta, y por unos segundos Jan vio al David tímido e inseguro con el que huyó de España - ... obviamente querría que pasase más tiempo con ella y con los niños. El mayor tiene ya diez años, ¿sabes? Ella dice que conseguiré que me maten, si sigo así. Que me tomo demasiado en serio la República - y sonrió - ¡y eso que es ella la que es francesa! - David se dio cuenta de que estaba bajando la guardia - Pero yo todo lo hago por ella y por los niños. No como tú; ¿qué tienes tú? Si yo muero sé que habré dejado algo detrás de mi, ¿y tú? - y tras una pausa - Ven conmigo, Jan; podrías vivir con nosotros, podrías ser el abuelo que los niños nunca han tenido.

- No, David, no - dijo Jan meneando la cabeza - a donde tú vas yo no puedo seguirte; yo no quiero seguirte. Prefiero morir luchando en estas montañas, defendiendo lo poco que queda de decencia y dignidad en este mundo, aunque sepa que caeré en el intento.

- Muy bien - dijo David, dándose la vuelta - si eso es lo que deseas. Tenéis una semana para cambiar de opinión. Después, vendré con mis hombres y os destruiremos.

La comitiva francesa se retiró a paso vivo, mientras los suizos permanecían callados, de pie, mirándoles irse. Al cabo de un rato, Jan preguntó al Secretario de Estado de Defensa, sin volverse a él:

- ¿Por qué nos dan una semana más de plazo, si todo está ya decidido?

El Secretario de Estado tomó aire unos segundos y respondió:

- Porque no tiene tropas suficientes y tiene que esperar a reunirlas. El Ejército de la República está disperso por media Europa y esta nueva aventura militar les requerirá un importante sobreesfuerzo. Suiza es un país bien pertrechado, y sólo nos derrotarán si reúnen un ejército de gran entidad.

Durante aquellos últimos días en Suiza se prepararon para una guerra que sabían perdida de antemano, mientras que el destacamento francés crecía a ojos vista. A pesar de la adversidad y la contrariedad la gente estaba más unida que nunca; habían trascendido los planes que tenía la República para esclavizarlos y convertirlos en sus granjeros, y eso había inflamado el corazón del pueblo suizo, nacido libre y dispuesto a morir libre. Los planes de ataque y contrataque fueron estudiados y re-estudiados y las defensas se establecieron de manera que se pudiera sacar el máximo provecho de ellas. Suiza podría resistir durante unas semanas el embate del Ejército francés, mientras rezaba por un milagro. En la otra parte del país, Jan no tenía humor para nada, y con discreción se preparaba para su huida del país. Pero, ¿a dónde podría huir? Los países de Europa que no estaban controlados por la República eran todos dictaduras; se trataba por tanto de escoger una sinuosa ruta para salir de Europa, a través del Mediterráneo tal vez, y después emigrar a América. Muy complicado, y muy caro, pero lo tenía que intentar.

Fue la noche del cuarto día de ultimátum, tres antes de que se cumpliese la amenaza de David. Suiza se vio azotada por una lluvia y un viento intensísimo, huracanado, como nunca se había visto antes en el país. En las zonas bajas del país hubo inundaciones y algunos edificios se hundieron. Estaba visto que el clima, en guerra con la Humanidad desde hacía años, no iba a conceder tregua a los hombres, por más que éstos estuvieran enfrascados en sus propias guerras. Una de las ciudades suizas más damnificadas fue Ginebra, el primer objetivo militar del invasor, por su ubicación fuera de las cordilleras montañosas. Pero según fueron llegando los informes de los observadores avanzados se supo que fuera de Suiza la cosa fue mucho peor; la llanura central francesa había sido barrida por un verdadero huracán de gigantescas dimensiones. Y para sorpresa y regocijo de los suizos, el Ejército de la Gran República había sido desbandado por los elementos. La mayoría de los vehículos acorazados habían volado por los aires como si se tratase de juguetes abandonados por un niño, la mayoría de los pertrechos se habían perdido y entre las tropas había habido numerosas bajas. Durante unos días el Gobierno suizo dudó si atacar a los franceses aprovechándose de su debilidad para darle a su ejército la puntilla, pero con buen criterio decidieron que Suiza no cambiaría su estatus de nación no agresora. Cuatro días después de la hecatombe climática una segunda tormenta, de menor intensidad que la primera pero aún así bastante violenta, acabó de desbandar los restos del Ejército de la República.

En Zurich Jan no daba crédito a las noticias que le llegaban sobre la increíble derrota francesa. Se habían preparado para luchar contra hombres, pero no se dieron cuenta de que tenían que hacer frente a un enemigo mayor, contra el que no sirven ni balas ni amenazas. Después de aquello, los acontecimientos se precipitaron. Francia retiró a toda prisa tropas de los países ocupados para reconstituir su gran Ejército, pero escaseaban los recursos y muchas infraestructuras críticas habían sido seriamente dañadas por la Tempestad de San Ildefonso, como la llamaron. Para poder recuperar operatividad militar el Presidente de la República ordenó requisas forzosas de numerosos recursos en los territorios ocupados y en la propia Francia, sin darse cuenta de que la gente sufría para reponerse de la misma tempestad, que había causado estragos en el campo y en las ciudades. La insensibilidad del Gobierno de la República ante las dificultades de sus ciudadanos y de los pueblos sometidos desencadenó una oleada de revueltas en todo el continente ocupado, revueltas que se transformaron en verdaderas revoluciones. El primero de los territorios en recuperar su independencia fue el norte de Alemania, que se autoconstituyó en la República de Prusia (sin intentar reunificarse con Baviera y los otros lander del sur). El castillo de naipes de la República colapsó con rapidez, emergiendo una plétora de nuevos países puesto que cada país ocupado se descomponía en como mínimo cuatro nuevas naciones, de un tamaño menor, más razonable para la nueva época de recursos escasos. La propia Francia, sucumbiendo a sus propias revueltas, se dividió en seis naciones.

Una cálida mañana de otoño Jan supo que un tribunal popular de París había juzgado y condenado a muerte al Gobierno de la República. Entre los condenados estaba el Ministro de Energía y Guerra, el General David Ros. Los reos habían sido ejecutados en la guillotina, siguiendo la tradición nacional, cuatro días antes.

Por primera vez en su vida, Jan no lamentó haber llevado a David consigo. Porque aquel joven ambicioso le había evitado a él cometer todos esos errores. David había sido el reflejo oscuro de Jan, aquello en lo que hubiera podido convertirse. David había ocupado el lugar que de otro modo hubiera asumido Jan. Y Jan hizo lo que no había hecho en muchos años: esbozó una simple oración rogando por el descanso del alma de su antiguo estudiante. Después de eso, contactó con Colette por carta; afortunadamente, no habían cambiado de dirección. Temía que Colette le echase la culpa de la perdición de su marido, pero la viuda se mostró amistosa, cercana como siempre lo había sido, e incluso agradecida de que contactara con ella a pesar de la adversidad. Como con la desaparición del Estado francés y el hundimiento de las plantas de Tesla la familia se había quedado sin recursos económicos, Jan se encargó de que la mitad de su sueldo de Profesor Titular de la Universidad Técnica de Zurich le llegase a Colette.

Europa se había quedado sin recursos; la locura de la República había sido el último destello, el brillo de una fulgurante y efímera bengala. Todo lo que los hombres pudieran hacer a partir de ahí tendría que ser con sus manos desnudas, o prácticamente. Jan decidió dedicarse en cuerpo y alma a mejorar, de manera práctica, las condiciones de vida de la gente, comenzando por las de sus ahora compatriotas suizos. "Si no tengo amor, no soy nada".




Antonio Turiel
Julio de 2013