viernes, 7 de noviembre de 2014

Diario de trinchera: Brussels, Problems as usual




Erráticos mis bautomáticos pasos por la T2, pendientes de hollar la nombrada capital de Europa...

Otra vez en el aeropuerto de Barcelona, a punto de tomar un vuelo de bajo coste para ir a Bruselas, de nuevo para asistir a una reunión organizada por la Oficina COST, en este caso la reunión de arranque de una nueva acción (las acciones COST son redes paneuropeas de colaboración científica, que duran típicamente cuatro años). Al menos esta vez yo sólo soy uno más, sólo un miembre del comité de gestión entre los otros 14 ó 15: los últimos 4 años he aprendido mucho sobre qué es gestionar una acción COST, pero la verdad es que en esta vez me apetece quedarme en la sombra, disfrutar de la discusión científica el poco o mucho tiempo que aún me quede para hacerlo, aprender y hacer cosas nuevas... hacer de científico y no de gestor, para variar.

Como he llegado con tiempo, me aparto un poco de las zonas más bulliciosas y me siento con un cortado descafeinado en una de las terrazas interiores de esta terminal aeroportuaria que, como todas, parece un centro comercial. Refuerza esa impresión que ahora, de hecho, hasta te obligan a pasar por una tienda para llegar a las puertas de embarque. Estos pensamientos me recuerdan un artículo que leí hace poco, en el que explicaban que una buena parte de los ingresos de los aeropuertos viene, precisamente, de estas tiendas... y de sus altos precios, pienso al pagar el cortado (suerte que llevaba la comida de casa y que tuve tiempo de comerla tranquilamente en el tren  - es buena cosa para el BAU aeroportuario que la comida no pueda pasar el punto de control).

Mientras mato el tiempo miro mis correos e intento publicar mi último post, pero ya he agotado la cuota del mes y la estrechez de mi banda ancha me hace imposible esta tarea (consistente básicamente en apretar un botón). Tendré que publicarlo desde el hotel por la noche, qué le vamos a hacer. Pero más que matar el tiempo lo masacro, y para cuando me voy a mi puerta la fila de espera tiene ya varias decenas de metros. Suspiro: no quiero que me obliguen a facturar (gratuitamente, eso sí) el equipaje, como hacen siempre con los últimos de la fila. Dos puestos detrás de mi un chico protesta a grandes voces: no quiere que le facturen su maleta pues no quiere tener que esperarla en la cinta de equipajes de Bruselas, y hace un rápido relato de sus desventuras con esta compañía en concreto (oyéndole hablar así, con una gran carga de epítetos poco cariñosos, me pregunto cómo es que aún usa sus servicios). Pero no hay gran cosa que hacer y al final el personal de la compañía aérea se la facturan; acto seguido, se acercan a mi. Yo disimulo: con una única muda y mi portátil en su interior mi mochila de viaje no abulta gran cosa, y colgada de mi hombro, como si tal cosa, pasa bastante desapercibida. Estoy de suerte: pasan de largo, no porque no hayan reparado en mi mochila sino porque sólo obligan a facturar maletas con ruedas (luego entiendo por qué: mi mochila cabe sin problemas debajo del asiento). Suerte, porque quiero llegar pronto al hotel, cenar y trabajar en la presentación para el instituto de física de la semana que viene.

El viaje en avión transcurre sin incidencias e incluso lo aprovecho muy bien para seguir trabajando, siempre trabajando, sin parar... Llego al aeropuerto de Zavantem sin saber muy bien qué transportes públicos tengo que coger para ir a mi hotel. Es curioso, pienso: hace unos años me preparaba muy bien los viajes, miraba con cuidado cómo debía ir de un sitio a otro y me imprimía planos y croquis necesarios, reservas de hotel, etc. Ahora, aún cuando me agendo una hora en los días previos al viaje para hacer los últimos preparativos, me limito a imprimir las tarjetas de embarque, mirar más o menos si es fácil llegar al hotel, y andando; más de una vez, ni siquiera me he molestado en mirar cómo se tiene que llegar al lugar da la reunión desde el hotel. Supongo que hace unos años viajar ejercía sobre mi la fascinación de la aventura y me lo preparaba un poco como quien idea una expedición a un lugar desconocido; elegir vuelo y hotel podía llevarme un par de días, y preparar la documentación de viaje era un rito casi sagrado que realizaba con una semana de antelación. Ahora estoy mucho más descreído de todo: busco un hotel de precio razonable y no lejos del lugar de la reunión de entre los recomendados por la organización y dedico algo más de tiempo a ver cómo haré el encaje de bolillos entre mi vida familiar y los horarios de los vuelos mientras intento que el precio se mantenga razonable, y ya está bien, que la semana que viene tengo otro viaje, y dentro de tres aún otro, y suerte que los de Toulouse y de San Francisco los he podido cancelar; y en cuanto la documentación de viaje, pues lo arriba dicho: tarjetas de embarque, vistazo rápido a la dirección del hotel, y a otra cosa, que el trabajo se amontona.

Cuando es mi turno en la taquilla del tren de cercanías, y como siempre me pasa cuando estoy en Bélgica, no sé si hablar en inglés o en francés. Opto por lo primero, por miedo a producir resquemores (la cuestión lingüística en este país es muy delicada). Como siempre (hasta que algún día esto me falle) la persona que me atiende es muy amable, acostumbrada como estará a orientar a extranjeros despistados, y me da indicaciones precisas sobre como llegar a la Avenida Louise, donde están mi hotel y la oficina COST; incluso me da una fotocopia del mapa del metro, que tendré que tomar después. Subo al tren: en media hora estaré en la Estación del Sur, y de allí en metro en un cuarto de hora podría llegar a la Avenida Louise y caminar hasta el hotel. Una hora en total: razonable; me anoto los tiempos pensando en que mañana iré justo para llegar al avión. Y pensando en éstas y otras cosas de repente me doy cuenta de que el tren se ha quedado parado en la Estación Central, sin abrir las puertas. Al cabo de un rato una voz por el altavoz dice, primero en flamenco y luego en francés, que ha habido un incendio en la Estación Central y que está siendo desalojada, por lo que continuamos trayecto a la Estación del Sur sin abrir las puertas. ¿Incidente o sabotaje? (maś tarde, viendo la televisión  en el hotel, vería que la cosa no estaba clara).

La Estación del Sur es más grande de lo previsto y no tengo ni idea de hacia dónde cae el metro, y encima la señalética es muy poco apropiada para los forasteros. Afortunadamente esta estación tiene una estructura que me recuerda a la de las de París, donde viví unos años, y por intuición encuentro la entrada del metro al primer intento. En el andén, mientras espero mi convoy, veo que anuncian por los paneles que mañana será un día movidito: huelga en el metro y en el tranvía, aunque el tren debería funcionar normalmente. Debería.


En unas llamativas pantallas verticales que hay en el metro pasan anuncios de todo tipo, incluido el de una nueva película futurista de exploración espacial, con un lema supuestamente excitante: "El fin de la Tierra no significa el fin de la Humanidad". La frase me deja pensando: queda claro que cada vez más gente asume que este planeta se va al garete, cuando la cosa ya permea al mundo del cine. Esta resignación a la destrucción me recuerda otra frase que digo a menudo: "A mucha gente le cuesta menos imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, e incluso creen que el primero implica el segundo". Y lo que me dice esa película es "Venga, hala, vayamos a destrozar otros planetas sólo para preservar este sistema económico sin sentido".


Me devuelve al mundo real unos gritos repentinos. Desde el otro andén, un hombre de raza negra, ropa algo raída y expresión de furia desesperada, grita en algo que parece francés, renegando de todo y de todos; un hombre blanco a mi lado le grita: "¡Cierra esa bocaza!", aunque el otro parece no oírle. Después de unos segundos bastante tensos el hombre desesperado se va, escaleras arriba, sin dejar de gritar un segundo.

Hace frío hoy en Bruselas, incluso con mi abrigo.

Salgo a la calle a la altura del número 2 de la Avenida Louise, a 200 números de mi hotel. Aprovecho el paseo para ir mirando los comercios: todo parece normal, quizá hay algunos establecimientos más de compra y venta de relojes (en realidad, casas de empeño de toda la vida, que en España ahora se conocen por sus carteles de "Compro oro"). En el hotel me atiende un joven empleado al cual me dirijo en inglés, pero al oírle decir una palabra en francés cambio a ese idioma y la conversación es mucho más distendida. Aprovechando la circunstancia, le pregunto de qué va la manifestación de mañana. Me explica que el nuevo gobierno belga está aplicando muchas medidas de austeridad, y que en particular el tema principal de la manifestación de mañana son los cambios que quieren hacer en el sistema de pensiones. Coincide la manifestación (manifestación nacional, dicen aquí para recalcar que vendrá gente de todo el país) con la huelga de metro y tranvía, con lo que el caos está garantizado. Me aclara que sólo en el mes de Noviembre está previsto tres demostraciones de fuerza como ésta. Bienvenido a Bruselas, me digo.

Dejo las cosas y me voy a cenar algo rápidamente. Los restaurantes de Bruselas siguen siendo bastante caros, como los recordaba. Una mujer ya mayor, de la mesa a mi lado, aprovecha que su acompañante ha salido fuera a fumar para entablar conversación conmigo (en francés). Me cuenta que su marido está ingresado desde hace semanas, y por su expresión veo que está angustiada; creo que saldrá de esta, me dice. Tiene suerte de su primo (el que fuma afuera) que le ha sacado de casa para distraerla. Conoce de España Barcelona y Lanzarote, y la mención de esta última le trae recuerdos agradables, de otros otoños pasados ya. Le pregunto si sabe de qué va esta manifestación de mañana, y me dice que el problema son las pensiones, pero en seguida vuelve con sus recuerdos. Al marcharse me dice: "Adiós, amigo", así, en español.

Sigue haciendo frío en Bruselas.

Vuelvo al hotel, publico ya el dichoso post, respondo e-mails, trabajo un poco y por fin me voy a dormir.

Al día siguiente todo transcurre según lo previsto. Típica reunión de COST, algunas viejas caras conocidas, otras nuevas. Las horas pasan lentas según vamos desgranando las normas, la estructura del presupuesto, las tareas... Vivimos en nuestra burbuja mientras afuera suenan distantes sirenas y un sordo rumor de multitud. Yo, que no quería compromisos, acabo aceptando dos cargos dentro de la Acción: soy un pringado. No se oye gran cosa en la planta 15 de esta torre, aunque la Avenida Louise parece tranquila. 



Yo ya cuento con ir caminando desde la reunión hasta la Estación del Sur, una media hora, y allá coger el tren hasta el aeropuerto, una media hora más. No debería haber problemas.

A las 14:30 entra el oficial administrativo y nos comunica que ha habido incidentes graves y que no ya no circulan más trenes (más tarde supe que habían quemado unos coches). Decido no arriesgarme (mi avión sale a las 17:40) y dejo la reunión un poco antes de lo previsto y pillo un taxi. Intento entablar conversación con el taxista pero el inglés le cuesta; le pregunto si sabe hablar francés y resulta que es francófono. Toda la conversación hasta el aeropuerto es bastante amena. El taxista me explica que las protestas del día se deben a que el nuevo Gobierno ha elevado la edad de jubilación, y me dice indignado: "¡Están locos! ¡Quieren que trabajemos hasta los 65! ¡E incluso han llegado a decir que podrían subirlo hasta los 67 años!". Yo sonrío y le explico que en España ya estamos ahí, aunque también le cuento que no creo que yo llegue jamás a cobrar una jubilación. De ahí la conversación deriva hacia la crisis económica que no se acaba, los recortes que ahora están llegando al norte de Europa (el taxista tenía clarísimo que lo que está pasando es una lucha entre ricos y pobres) y, cómo no, yo introduzco el peak oil. El taxista se queda pensando unos segundos cuando acabo de contarle brevemente qué está pasando y me dice: "Cuando no haya petróleo esto será una guerra, o peor que una guerra". Llego al aeropuerto con tiempo suficiente.

Voy recorriendo los largos pasillos interiores, tapizados de anuncios de lencería, coches, colonias... Otro centro comercial más. Pero varios anuncios capturan mi (segada) atención: "Dando de comer al mundo" (un proyecto de cooperación con el Tercer Mundo), "Los trenes de alta velocidad de Siemens dan una respuesta para un crecimiento duradero", "Statoil: gasolina noruega que impulsa nuestra economía", "Aseguramos el crecimiento en un mundo en cambio" (BNP)... Se diría que hay una preocupación fundada por la crisis y por la energía. Pero estoy seguro que nadie más que yo ve esta conexión, y probablemente simplemente estoy exagerando.

Después, nada que destacar: avión, tren a Sants y luego otro tren (restaurante de mi frugal cena) de Sants a mi casa, donde aunque tarde aún llegaré a tiempo de leerle un cuento a mi hija. Una cara conocida al bajar del tren: "Qué, el domingo a votar, ¿eh?", en referencia a la consulta catalana sobre la independencia del 9 de Noviembre. Vuelvo a estar en casa, con las obsesiones de casa, los problemas de casa, el proceso de desintegración y colapso de casa... Durante unas horas he estado (someramente) inmerso en otra realidad, en otra "nueva normalidad" que poco a poco se está convirtiendo en la norma por toda Europa, una "normalidad" llena de recortes, de protestas y de problemas... Hemos pasado del "Business as usual" (negocios como siempre) al "Problems as usual" (problemas como siempre).

No pasa nada, sigan con sus asuntos; son los problemas como siempre.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El paso del tiempo




Queridos lectores,

Hace pocos días tuvo lugar una efemérides importante para mi: hace ahora 5 años que di mi primera charla divulgativa sobre el Oil Crash. Fue delante del Departamento de Oceanografía Física del Instituto de Ciencias del Mar, mi departamento en mi instituto.

Aquel seminario fue la culminación de un proceso de varios meses en los que, por fin, me había puesto a estudiar a fondo del problema de los recursos naturales. Recuerdo esos meses de verano en que iba estudiando para preparar el seminario y no me podía creer lo que iba descubriendo. Dato a dato, cada vez quedaba más claro que había una gravísima crisis energética que se estaba comenzando a desarrollar, y que no había soluciones sencillas para hacerle frente; que no se iba a producir una sustitución rápida y eficaz de las viejas energías fósiles por ninguna solución de las que entonces se presumía que iba a coger el relevo, ya fuera renovable o nuclear. Cuando más leía más inverosímil me parecía todo, pero ahí estaban los datos. Hacía años que conocía (y me preocupaba) el problema del peak oil, años en los que de tanto en tanto curioseaba en las páginas de Crisis Energética y en otras webs en inglés (Energy Bulletin, The Oil Drum), pero siempre había mantenido cierta distancia, asumiendo que el problema del petróleo sería resuelto por "los que están al mando". Fue en esos meses que descubrí que nadie está al mando o, quizá peor, que si no se intentaba aplicar una solución es porque ésta no existía.

Concluida mi primera investigación, habiendo llegado a conclusiones que me parecían inexorables, pasé muchos días con una sensación de irrealidad (sensación que sólo empezó a desvanecerse, y muy paulatinamente, cuando empecé a poner en orden mis ideas y plasmarlas por escrito en este blog), de futilidad de todo lo que hasta entonces había ocupado mi tiempo, de miedo por mis seres queridos, de final de la civilización... Buscaba desesperadamente alguna noticia que refutase todos los datos que había leído, y unos días antes de mi charla en el departamento - que impartí con la ayuda de mi compañero Jordi Solé - fui a una conferencia que casual y oportunamente dió Pedro Prieto en el Consorci del Far de Barcelona. Tenía todavía la fatua esperanza de que Pedro, al que conocía de haber leído algunos artículos suyos en Crisis Energética y del que sabía que era un gran estudioso del tema energético, desmontaría mis temores dando buena cuenta de grandes planes de sustitución que se me habían pasado por alto. Obviamente, lo que pasó fue justo lo contrario: Pedro confirmó uno por uno todos mis temores, subrayó mis mismas conclusiones... Unos días más tarde tomé la decisión de dedicarme al menos en el tiempo libre a hacer divulgación de este tema tan crítico.

¿Qué es lo que ha cambiado en cinco años?

Si pudiéramos mirar las cosas con la suficiente perspectiva, veríamos que ha habido muchísimos cambios y muy radicales, pero nos cuesta aceptarlo, porque nuestra mente tiende a aferrarse a lo que tiene y no a lo que puede perder. A nivel local, en 2009 el paro en España comenzaba a ascender con fuerza, pero a principios de aquel año estaba aún en el 14%, casi 10 puntos por debajo de donde está ahora (y podríamos estar peor si la emigración no estuviese "aliviando" este problema, aunque sea a costa de dejar a España más debilitada de cara al futuro). Ha habido un empobrecimiento generalizado, una clara disminución de la renta media: sueldos congelados de trabajadores públicos y reducciones de sueldo masivas vía recontratación más precaria en el sector privado, y dos tercios de los españoles sufren carencias en aspectos esenciales (según el informe FOESSA de Cáritas). En estos años se ha hablado varias veces de un posible rescate y de los problemas de la deuda pública. Las mal llamadas "políticas de austeridad" se han convertido en norma, generando mucho desencanto, movimientos de protesta generalizados (del cual el 15M fue su mayor exponente) y una ira creciente contra la clase política y las instituciones, cada vez más percibidas como intrínsecamente corruptas, cada vez más denostadas porque la mayoría cree que son las causantes de nuestra desgracia. En España el sentimiento de rabia crece, sin que la prometida recuperación (que probablemente se hundirá en los próximos meses) consiga calmar los ánimos, y eso está desencadenando procesos inimaginables hace 5 años. Por ejemplo, hace 5 años era impensable que Cataluña se separase de España, y ahora en esta comunidad prácticamente no hay otro tema de discusión en la calle, en los días previos a la consulta que no es una consulta pero es una consulta del 9 de Noviembre. Cataluña ha optado por regenerarse por la vía de cortar por lo sano, cortar con la pobre y denostada España, y dejar que el resto se pudra. Y ese resto ha optado por su propia vida regenerativa, con un desplazamiento masivo de electores hacia una nueva fuerza política, Podemos, de orientación progresista y martillo dialéctico (en ocasiones con tono populista)
de "la casta política". La irrupción de Podemos provoca cada vez más inquietud y congoja en los partidos tradicionales, y es que según algunas encuestas recientes Podemos se ha convertido ya en la primera fuerza política de España por intención de voto.

Pero si abrimos el zoom y nos fijamos en Europa, nos daremos cuenta de que España no está experimentando un fenómeno aislado. En la vecina Francia se aventura que un movimiento populista, en este caso escorado a la derecha, podría conseguir la próxima presidencia de la República; Italia y Grecia, intervenidas en lo económico y habiendo sufrido, ambas, cambios no muy diferentes a un golpe de Estado; Alemania, que ha aguantado mejor el tipo pero ve negros nubarrones en su futuro... Si uno mira el factor petróleo, cómo la demanda está cayendo en medio de una crisis que no puede jamás acabar, se entiende que la escasez de energía y en particular de petróleo probablemente tiene mucho que ver con lo que está pasando. Alemania ha podido recurrir al carbón para disminuir su propia caída energética, utilizando en demasía a su propio lignito, en un camino sin mucho recorrido e incierto final; y los demás han tenido que afrontar la caída, que en algunos casos (Italia, España, Portugal) ha sido simplemente brutal.

Imagen extraída de "Energy briefing: Global Crude oil demand & supply ", de Yardeni Research: http://www.yardeni.com/pub/globdemsup.pdf

Ampliando más el zoom y yendo ahora a las puertas de Europa, podemos ver en este momento varias guerras civiles: Ucrania, Libia, Siria, Egipto, ahora Irak... Y si miramos por fin el panorama global, hay numerosas fuentes de preocupación, en Latinoamérica, en Asia, en África... Sólo un puñado de países, que incluyen a los EE.UU. y China, han conseguido capear, con no pocas dificultades, a lo peor de estos años, aunque ahora mismo tampoco se divisan en lontananza días de vino y rosas para este selecto grupo (viendo por ejemplo el deterioro de las perspectivas económicas para los dos países).



Dramático como ha sido el curso de los acontecimientos durante el último lustro, no ha sido tan malo como temíamos muchos de los que nos dedicábamos a la divulgación de la crisis energética. Hay que reconocer que ha surgido un freno imprevisto a la caída de la producción de petróleo, un recurso con el que no contábamos y que explica la relativa estabilidad del suministro de petróleo y de su precio (aunque haya sido elevado) durante los últimos 5 años: la irrupción del fracking en los EE.UU. Gracias a la introducción de esta técnica a escala masiva, primero en la búsqueda del gas de esquisto y luego para extraer el mucho más interesante y rentable petróleo ligero de roca compacta (Light Tight Oil), los EE.UU. han conseguido invertir la tendencia al declive de su producción de petróleo, que ya estaba en torno a los 5 millones de barriles diarios (Mb/d) y añadir en un tiempo récord 3 Mb/d de LTO y condensados, y aún el Departamento de Energía de los EE.UU. sueña que el año que viene los EE.UU. podrían alcanzar su máximo histórico de producción de petróleo crudo de 1970, que fue de 10 Mb/d.





Nota para los que se sientan confusos porque han leído que EE.UU. ya supera a Arabia Saudita en producción de petróleo: esas noticias se refieren a "todos los hidrocarburos líquidos" o, dicho a veces en abuso de notación, "todos los líquidos del petróleo", lo que incluye los biocombustibles (que no aportan energía neta) y los líquidos del gas natural (que sólo parcialmente pueden sustituir al petróleo).

Pero si una cosa no ha cambiado en los últimos 5 años son las estrategias de negación de que pueda existir un problema con la energía. Continuamos con los mismos disparates y tecnofantasías: seguimos hablando de la energía nuclear (convencional, de cuarta generación, de fusión...) o del inmenso futuro de las renovables, con repetidas noticias fuera de contexto y exageradas que hacen pensar al lector desinformado que una revolución energética está próxima y que todos los problemas se van a resolver pronto... y aquí estamos un lustro después, empantanados en problemas sociales y económicos crecientes y en vísperas de una nueva oleada recesiva que nadie quiere aceptar que ya está aquí.
La opción nuclear ha perdido fuerza después del desastre de Fukushima y el progresivo abandono de la nuclear convencional en Europa; por otro lado, sin embargo, aún hoy oímos cantos de sirena que nos prometen llevarnos a un paraíso renovable. Es verdad que el Gobierno de España, éste y el anterior, han boicoteado esta alternativa, pero no es menos cierto que los nuevos sistemas de energía renovable tienen muchas limitaciones pocas veces reconocidas (empezando por el hecho de que no es electricidad lo que nos falta, sino ese 79% de energía final no eléctrica que es difícil de electrificar; y a pesar de eso cada vez que se habla de energía en los medios de comunicación se insiste en el sector eléctrico). La única revolución energética que realmente se ha hecho es la del fracking, y ha sido a un coste inhumano: con los EE.UU. exportando inflación a los países proveedores, explotando yacimientos de rentabilidad económica a pesar de ello más que dudosa, incurriendo en cada vez más problemas económicos... ¿Y todo para qué? Para llevar a las 127 compañías productoras de gas y petróleo más grandes del mundo al borde de una bancarrota que no se hará esperar mucho, sobre todo ahora que la débil demanda fruto de la recesión en ciernes arrastra los precios del crudo hacia abajo. Hemos ganado unos años simplemente para ponernos en una situación peor cuando todo reviente, porque los Estados se verán obligados a intervenir y rescatar un montón de empresas estratégicas por su vinculación con la energía. Pero ahí siguen las estrategias de negación (la última consiste en decir que es Arabia Saudita la que está aumentando su producción para hundir los precios del petróleo y así acabar con el fracking americano, cuando en realidad Arabia Saudita redujo su producción en Septiembre para contener la actual sangría de precios).

No sólo las estrategias de negación de la crisis energética no han cambiado en los últimos 5 años, a pesar de los problemas cada vez más graves que nos aquejan. También se sigue acusando a los que alertamos del problemas y de que no hay soluciones sencillas de ser unos catastrofistas; quizá con mayor virulencia y violencia verbal últimamente, eso sí. Y sin embargo, si en el año 2009 hubiéramos contado que hoy íbamos a estar como estamos en este momento nos habrían tomado por locos agoreros y nos habrían denigrado por catastrofistas irredimibles. Y, en realidad, aquí estamos, a pesar de tanto brindis al Sol, a pesar de tantos anuncios hechos en este lustro (como en todos los precedentes) de que Eldorado energético ya estaba a nuestro alcance. ¿Qué han aportado, qué están aportando los que apodan la mera descripción de nuestra realidad como "catastrofismo"? Se podría decir que nada, pero no es verdad. Toda esta gente que reacciona con agresividad cuando se les habla de la crisis energética, esa gente que me escribe airada y con aire jactancioso, con un "¡Ja!" en la boca, cada vez que leen una noticia en el diario de un nuevo avance que creen definitivo pero que nunca saldrá del laboratorio o de pruebas piloto; toda esa gente que cree con la fe del carbonero en las mismas tonterías y en las nuevas tecnofantasías que hemos visto en los últimos 40 años, y que dentro de 5 años serán sustituidas por otras al tiempo iguales y nuevas; todas esas personas que siguen engañadas y ciegas a una triste y desagradable realidad, soñando en un futuro "Lleno de energía" mientras que en el mundo real el consumo de energía de España sólo cae... todas esas personas en suma, sin pretenderlo obviamente, están haciendo un daño terrible y están poniendo en peligro nuestro futuro. Puesto que el tiempo de tomar decisiones, de manera adulta, valorando correctamente la situación, tanto si nos gusta como si no, es ahora. Los verdaderos catastrofistas no somos los que denunciamos un sistema destructivo que se está desintegrando y está haciendo sufrir a tanta gente, no. Los verdaderos catastrofistas son aquellos que niegan a mirar la realidad a la cara; los verdaderos catastrofistas son los que rechazan que pueda haber un cambio y prefieren seguir en esta desgracia y profundizar en ella; los verdaderos catastrofistas son aquellos a los que les cuesta menos imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, y que de hecho creen que ambas cosas son equivalentes cuando en realidad no es así, cuando en realidad puede haber un futuro brillante para la Humanidad si decide dejar de ser adolescente (intentando el imposible de crecer sin límites en un planeta finito) y asume una serena madurez. Acusan a los que hablamos como adultos de ser catastrofistas cuando son ellos los que nos arrastran a una catástrofe perfectamente evitable, simplemente porque no quieren imaginar otra posibilidad, y encima se ensueñan con ella.
 

También hace ahora 5 años desde que la misión europea SMOS despegaba desde una base rusa; era el primer satélite capaz de medir la salinidad superficial del océano desde el espacio. Este lanzamiento supuso un gran cambio en mi vida, pues mi actividad profesional se ha ido alineando progresivamente con la gestión de nuestra actividad en la misión, y en la actualidad consume una buena parte de mi jornada laboral. Una nueva realidad, la de la gestión de un grupo de investigación, que me lleva a tener que viajar continuamente, cumpliendo compromisos y buscando dinero para mantener en marcha mi equipo, un grupo de gente muy capaz y competente (y, por encima de todo, buenas personas) que tiene la desgracia de padecer a un jefe esquizofrénico que durante el día mantiene una intensa actividad bautomática mientras por la noche y en las horas muertas de los aeropuertos escribe sobre el fin de la sociedad industrial en este blog.

En estos 5 años mi vida personal también ha cambiado mucho. Entonces tenía una hija, ahora también un hijo. Durante este lustro perdido pelo y vista pero no mucho peso, sólo un poco cuando estuve a punto de perder la vida hace tan sólo seis meses. También ese terrible evento ha cambiado mi vida. Ya no me quedo escribiendo de madrugada, ya no pico entre horas para mantenerme despierto e intento hacer una vida más sana, sólo una pizca, sólo una miaja. Con mayor frecuencia me da por pensar en qué será de mi familia cuando yo no esté; a veces atisbo que a la larga solo puedo meterme en problemas (como las amenazas de muerte de un loco que tuve que soportar hace algo más de un año, y como las cosas que sin duda están por venir en estos tiempos turbulentos que ya se adivinan) y que no merece la pena continuar para lo poco o nada que vamos a conseguir. Pero todavía, me digo, sigo estando vivo.

¿Qué pasará en los próximos 5 años? No lo sé. Difícil es de saber. Muchas de las estrategias de huida hacia adelante que se han emprendido en los últimos años parecen estar llegando a su fin, sin haber mejorado la situación global y en muchos casos habiéndola empeorado, habiendo creado más estrés en el sistema y haciendo más probable una caída precipitada y desordenada. Hace 5 años creía que estaremos peor de lo que en realidad  estamos. Hoy creo que dentro de 5 años estaremos en una situación francamente nefasta; ojalá me equivoque. En realidad, allá a donde lleguemos depende completamente de nosoros. Siempre ha dependido de nosotros.

Salu2,
AMT

P. Data: De momento me tengo que ir a Bruselas un par de días (aunque no podré escuchar a Ugo Bardi allí). Y dentro de una semana tenemos una cita anual importante: la salida del World Energy Outlook 2014, la que para mi marca el cambio del año "Oil Crash". Yo estaré esos días entre Valencia y Castellón y por eso mi análisis del informe de referencia en el mundo de la energía se demorará probablemente más de lo habitual; espero que sepan disculpármelo

jueves, 30 de octubre de 2014

Docuficción: el recurso narrativo para el declive de los recursos

Queridos lectores,

Demián Morassi nos ofrece un nuevo ensayo, en este caso sobre la narración dramatizada del Peak Oil en la gran y pequeña pantalla.

Salu2,
AMT 

Docuficción: el recurso narrativo para el declive de los recursos



El Peak Oil (cenit de producción de petróleo) parece estar cambiando nuestra forma de narrar el futuro. El futurismo clásico deja paso a un futurismo de transición, un modelo narrativo bisagra. Por futurismo clásico tomaré aquellas previsiones que se hacen siguiendo las tendencias lineales de la sociedad en algún sector (tecnología, política, genética, etc.) y prolonga esa tendencia hacia el futuro de manera exponencial. Por ejemplo, George Orwell en 1984, teniendo en cuenta el creciente control de los medios de comunicación por parte del poder en 1948, estiró ese cabo y describió un mundo futuro en el que ese control es casi total, gracias a tecnologías aún más desarrolladas y conocimientos de la psicología de masas aún mayores.

Después de ver algunas películas futuristas que toman en cuenta el Peok Oil me he encontrado con una forma de narrar que se despega del futurismo tradicional.

Las tres películas que considero más representativas son The Age of Stupid (F. Armstrong, 2009), Earth 2100 (R. Bednar, 2009) y Collapse (N. Dockstader, 2010) y utilizan el método denominado docuficción.

En estas docuficciones hay escenarios inventados y actores, hay entrevistados e imágenes documentales actuales. Escenarios futuristas creados por ordenador o decorados y personajes representados por actores en The Age of Stupid y en Collapse, mientras que en Earth 2100 la parte de ficción se narra mediante dibujos de estilo comic con la voz de su protagonista ficticia.
En las tres hay entrevistas reales (a especialistas) que narran los problemas actuales (o los colapsos en sociedades del pasado) y dan la base para que podamos comprender las escenas de ficción. En las tres hay personajes del futuro que reflexionan sobre las cosas que fallaron en nuestra época e investigando los restos de la sociedad industrial cubiertas por la tierra o hundidas bajo el agua. En las tres hay imágenes documentales actuales de distintas partes del mundo: coches llenando autovías, aviones low cost o fumigadores y surtidores de gasolina, ruinas mayas, romanas o anasazis, montañas que pierden sus glaciares o ríos reales que se están quedando sin agua.

Pero ¿cuál es la diferencia narrativa fundamental?

Una película futurista de ficción (que busca ser masiva) debe partir de un común acuerdo con una gran cantidad de espectadores. En una película de naves espaciales de los 70 dan por supuesto que el espectador concibe un avance tecnológico aeroespacial que nos llevará a escenarios como los de Star Wars o Solaris, el espectador no necesita de ningún experto que le argumente que las tecnologías están permitiendo superar obstáculos a gran velocidad, lo saben y lo  experimentan en sus propias vidas. En los 80 sucedía lo mismo con la robótica, el espectador percibía avances espectaculares y por lo tanto podía aceptar un futuro de Terminators o Robocops. A finales de los 90 el desarrollo de la informática y la realidad virtual  nos proyectaba hacía una vida virtual dentro de Matrix y a principio de Siglo XXI ya advertíamos en Wall-E la posibilidad de un futuro en el que nuestro hábitat quedaría convertido en basura.

Hoy en día el espectador común no concibe el Peak Oil, no existe propaganda que pueda aprovechar la idea de un futuro sin combustibles, de hecho el Peak Oil destruye todos los cuentos futuristas que hemos mamado desde niños, aún estamos esperando ver un coche volador o la mochilita con propulsión para vuelos individuales. Y, para confundir, la propaganda de los coches híbridos o eléctricos parece tener más que ver con evitar las emisiones de gases de efecto invernadero que con la falta de petróleo a futuro.

Desde esa base es muy complicado armar una película de ficción post petróleo. El futuro aún parece percibirse en una línea ascendente de grandes inventos o micro descubrimientos (la genética o mutaciones por radiación ha generado innumerables obras), y se espera seguir trepando indefinidamente: "nuestro abuelos ni se imaginaban la clonación o internet y nosotros no podemos imaginar las maravillas tecnológicas del futuro que nos inventarán. Incluso el cambio climático despierta  la fantasía de un avance tecnológico para salvar el planeta.

Como en el caso de la novela 1984, las distopías de control social también seguían esa línea ascendente: Un mundo felíz o Farenheit 451 se pueden comprender desde la base de los "avances" científicos en manos de unos pocos aprovechando el combo tecnología + psicología de masas. No hay nada que preexplicar, el lector viene palpando el avance de los medios audiovisuales y de las técnicas asociadas de márketing (o propaganda política), de la adicción al consumo o la aceptación del horror ajeno a cambio de seguridad laboral y bienestar familiar. Línea ascendente que deriva en mundos de pesadilla, pero línea ascendente al fin y al cabo.

El cenit del petróleo romperá esa carretera hacia el cielo, llenándola de curvas descendentes y peligrosos acantilados.

En cuanto a los documentales puros tenemos varios dedicados al tema del cenit del petróleo (quizás A Crude Awakening: The Oil Crash, del 2006, sea el más específico y Home, del 2009, el más distinguido) pero principalmente hacen el diagnóstico y luego, en mucha menor medida, prevén los posibles escenarios. El punto es que esos escenarios son tan diferentes a nuestra realidad o a nuestro pasado que es muy difícil intuirlos sólo a partir de algunas palabras de especialistas. Hay que movilizar la imaginación y hacer buenas descripciones de esos escenarios. No es fácil, y además, si queremos lograr cierta objetividad (lo que busca el documental expositivo clásico) es muy probable que nos equivoquemos. 

En el muy didáctico documental animado No hay mañana (del Post Carbon Institute) enlazado en este blog sólo se limita a este pronóstico:
"Es posible que la sociedad retroceda a un estadío más sencillo en el cual se utilice una cantidad de energía muy inferior. Esto significaría una vida más dura para la mayoría. Más trabajo físico, más trabajo agrícola y producción local de bienes, alimentos y servicios."

Luego propone algunas cosillas para irnos preparando y termina con esta frase
"Ninguno de estos pasos evitará el Colapso pero podrían mejorar las posibilidades en un futuro de baja energía, uno en el que tendremos que ser más autosuficientes tal y como nuestros ancestros lo fueron una vez."

El límite de un documental que trata de ser objetivo es que no podemos saber mucho más que eso, los demás son escenarios (¿neo feudalismos o redes de ecoaldeas?) entran ya en el terreno de la ficción, si hay colapso catabólico o decrecimiento sostenible, depende de nuestras reacciones como sociedad y las posibilidades son innumerables.

Ahí es donde entran estas películas citadas arriba. También ahí entra este blog con los textos distópicos de Antonio Turiel (I, II, III, IV y V) o el blog de John Michael Greer (el autor más traducido en el foro de este blog) entremezclando esa ficción con artículos documentados (con datos fríos) sobre la situación actual o histórica. Algo semejante nos ofrece Ugo Bardi en su blog Resource Crisis con una serie de artículos sobre Cli-Fi (ciencia ficción climática) a la que le ha dedicado una serie de entradas (1) (2) (3) mientras documenta la "crisis de los recursos". Y mientras corregíamos este texto aparecía el ejemplo más claro, la revista 15/15\15 ambientando sus textos en 2030.

Esta forma de narrar no sólo se da entre los especialistas, sino que el sólo hecho de navegar por el Foro Crashoil o por las respuestas a los blogs citados anteriormente se percibe que esta narrativa está presente en cada individuo que se empapa o chapotea por la idea del planeta finito: "¡Uh! después de leer esto me veo criando cabras en una pista de esquí abandonada en la montaña, defendiéndome de bandas de hambrientos o creando redes de producción comunitaria" ¿Cómo no nos va a afectar individualmente? Es un tema que nos atraviesa y que nos coloca en otra dimensión, no sólo es el declive energético, es un virtual cambio de hábitat, el fin de nuestro oficio para el que hemos estado especializándonos durante años, es un ajedrez en simultáneas con veinte rivales que atacan todos juntos y nos angustia saber si tendremos el tiempo de ir moviendo todas las fichas antes de que se termine la arena del reloj.

Pero el límite de las narraciones que buscan ser masivas es la perversidad con la que fuimos criados con respecto a la centralidad humana en el planeta y nuestro privilegio como especie superior. Y ahí es donde resulta muy difícil ser masivo y no terminar en un "final feliz humano". En todas estas películas hay debacle poblacional pero en las películas no nos identificamos con ninguno de los que ha muerto. Observamos desde afuera como arqueólogos del 2210 o del 2055 (en Collapse y The Age of Stupid) o desde el relato de la niña que nace en 2009 y llega al 2100 sorteando todos los obstáculos y viviendo en una granja autosustentable con su hija y su nieto en el 2100. Creo que si nos sacamos ese antropocentrismo podemos superar mejor todas las crisis-crash-colapsos y hasta crear escenarios más vibrantes.

Con el cenit de los recursos de uso humano va a disminuir la velocidad de depredación de las otras especies. Las previsiones del IPCC son negativas porque aunque frenemos en este siglo las emisiones de gases de efecto invernadero seguirá (varias décadas) aumentando la acidificación de los mares, la desertificación de algunas zonas, la devastación de otras por tifones cada vez más fuertes, etc. Sin embargo el hecho de haber sido nuestra generación la que ha sostenido la depredación ambiental puede hacernos pensar que los individuos (o personajes de ficción) del futuro puedan ser seres que vivan con otro sentido, sin la culpa que se nos achaca (y nos achacamos) a cada uno de nosotros hoy ("Sí, tú eres el culpable de la extinción de la foca monje del Caribe y de la desaparición de 500 hectáreas del Amazonas y de una parte del agujero de ozono ¿niégamelo?"). Esos individuos de nuestro futuro(ismo) van a estar con otra cabeza, otra psicología los va a rodear, otra espiritualidad. Ahí es donde más nos cuesta hacer ficción. ¿Y si a la naturaleza se la vuelve a colocarse por encima del ser humano? ¿Y si otorgan pena de muerte a quien ose talar un árbol milenario? ¿Si se conformaran con vivir plenamente cuarenta años sintiendo el resto de su vida como un regalo divino?
En las tres docuficciones que he puesto como ejemplo los protagonistas de la ficción pertenecen al ámbito de la investigación, no son "gente de la tierra". Las tres películas son anglosajonas, no son de pequeñas islas ni de países con poblaciones que siguen tradiciones milenarias. Y sin embargo ese relato que irrumpe empieza a parecerse a los textos religiosos que mezclan elementos de la realidad con catástrofes futuras, lecciones a corto, mediano y largo plazo, la fuerza de la naturaleza contra la arrogancia humana... cuando comience el momento de actuar,  quizás las narraciones dejen de ser tan importantes como en el presente, la trama de la vida nos hará más protagonistas y ahí es cuando en el 2042… me tomarán como esclavo para la cosecha de algas, para salvar la corte del Dictador Supremo de la pandemia de anemia, luego seré enviado cientos de kilometros al norte para junto con otros esclavos, cuyas lenguas me serán confusas, buscar teléfonos móviles para recuperar sus minerales divinos en ciudades abandonadas, pero nos revelaremos y huiremos a la montaña donde las comunidades nos abrazarán e integrarán en sus permacavernas y viviremos una buena época de silencio en compañía y magia de la divertida entre humanos y no humanos.

Perdón, se me escapó… Un ejemplo interesante para pensar el futuro desde otra cabeza es el logrado en la película de ficción El planeta libre (La Belle Verté, Colene Serreau, 1996) ambientada en otro planeta que ya superó la era industrial, el uso del dinero, hubo boicot a los productos que dañaban su planeta, luego guerra civil y ahora viven en armonía con su ambiente, se los ve muy felices. Algunos de estos extraterrestres (con rostro humano) viajan a la Tierra para ver en qué estadío andamos y tratar de ayudarnos. Caen en París y notan lo atrasados y enfermos que estamos como de pasada conocen una tribu en África que desde hace 2000 años viven en armonía con su territorio, no usan dinero y logran entenderse perfectamente con ellos. Digamos que el método es hacer futurismo optimista en el otro planeta y ficción realista en el nuestro (pero dando una pista que en nuestro presente hay divergencias de modos de concebir la vida).

Quizás, entre desesperación post industrial y el camino al buen vivir de los pueblos originarios andinos haya baches en nuestra capacidad de futurología. Pero recalco, más que construir escenarios visuales impactantes, lo difícil es construir la psicología y espiritualidad de esos personajes que vivirán en ese futuro después del crash de lo superfluo. Cómo seremos por dentro puede hacer que todo eso que evidentemente nos va a faltar quizás ni siquiera lo queramos o quizás sí, quién sabe.

 

Por Demián Morassi, con la colaboración y traducción (argentino-español ibérico) de Alberto Campos