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viernes, 7 de mayo de 2021

Distopía XII: Un café en la bahía

 

Joan miró una vez más hacia el mar. El agua se veía limpia, cristalina. A esa hora de la mañana, el reflejo del sol confería un tono dorado a casi toda la bahía; las pequeñas olas dispersaban su brillo, con un tintineo al tiempo irreal y relajante. 

Podría pasarse horas así, mirando la bahía, como había hecho cuando era niño, cuando la miraba casi desde la misma posición que ocupaba él ahora. Aunque de niño los camareros, con discretos puntapiés en el culo, iban sacándole de la tarima de la terraza donde se sentaba junto a Oriol a mirar el amanecer en la bahía.

Treinta años más tarde, era un respetable caballero que en vez de en el suelo se sentaba en una silla de aquella misma terraza, y los camareros no le daban puntapiés en sus posaderas, sino que revoloteban alrededor de él, obsequiosos. Quizá porque aquella fresca mañana de primavera él era el único cliente en todo el café.

Café. Revolviendo con la cucharilla el brebaje que le habían servido se preguntó por qué seguían llamando a estos establecimientos "café". Ya no había café en el pueblo, solo achicoria torrefacta.

Volvió a levantar los ojos hacia su amada bahía, pero en vez del mar y el onírico reflejo del sol se encontró con la figura de un hombre, al que reconoció a pesar del tiempo transcurrido.

- ¡Oriol! - Joan se levantó con ademán de abrazarlo, pero ante la mirada hosca del otro se conformó con estrecharle la mano - Gracias por venir.

Oriol le miraba de hito en hito, desconfiando, sin moverse del sitio, estrechando la mano de manera firme pero un tanto mecánica.

- ¿Cuánto le has pagado al chaval que me ha venido a buscar, Joan? - dijo Oriol.

- Bah... no sé... - respondió despreocupadamente Joan - Una moneda de dos euros.

- ¡Una moneda de dos euros! - exclamó Oriol - Así no me extraña que me haya arrastrado hasta aquí - dijo, señalando de manera vaga al crío de diez o doce años que aún estaba a su lado.

- Toma, chaval - dijo Joan, y para estupefacción de Oriol le lanzó otra moneda de dos euros, que el muchacho cogió al vuelo con la presteza de un urraca, antes de emprender una carrera tan rápida que casi desdibujó el "Gracias, señor".

Oriol se acercó a la mesa, apartó una silla y se sentó en ella.

- Si vas soltando pasta de cuatro en cuatro euros, tendrás a toda la muchachada pululando alrededor de ti todos los días de tu estancia - dijo, mientras acercaba la silla a la mesa y apoyaba sus codos sobre ella.

- Se lo había prometido: dos euros ahora y dos euros cuando me traigas al señor Oriol.

- Pues aquí estoy - dijo Oriol - y no me vas a impresionar con tus modos de ricachón. ¿Qué vienes a vendernos? 

- ¿Yo, Oriol? - dijo Joan - Yo no vengo a venderos nada. Solo quería volver a ver a un viejo amigo de la infancia.

Oriol esbozó una mueca sarcástica con el lado derecho de la cara y se recostó sobre el respaldo.

 - Sí, claro - dijo por fin - un amigo al que no has visto en más de veinte años y que, casualmente, ahora es el alcalde de esta villa. - Oriol posó su manaza de manera brusca sobre la mesa y añadió: - No me vengas con puñetas. ¿Qué narices vienes a buscar? ¿Qué mierda nos queréis vender ahora? ¿No nos habéis hecho suficiente daño ya?

Dijo las últimas palabras ahogando la rabia, con el rostro descompuesto. Joan miró unos segundos fijamente a Oriol y, tras un suspiro, le dijo.

- No, Oriol, no vengo a venderos nada. Solo vengo aquí buscando un poco de paz. Y de paso recuperar mi vida pasada.

- ¿Un viaje sentimental, eh? - dijo, casi apartando de un manotazo a un camarero que se había acercado a preguntarle qué desearía tomar - Pues vaya sitio que has escogido para pasar tus vacaciones, Joan. Este pueblo ahora es un puto agujero. Fue un lugar muy bello, algunos decían que el más bello del mundo, pero ahora es una cloaca - y con un gesto rápido hizo venir al camarero al que casi había agredido antes y le pidió que le trajera un trifásico.

- Yo no lo veo tan mal, Oriol. - dijo Joan, agitando su achicoria con la cucharilla, y levantando su vista hacia la bahía - Sigue siendo un lugar muy bello.

Oriol se miraba a Joan con incredulidad, negando con la cabeza.

- Un lugar muy bello, dices, ¿verdad? - Oriol miraba a su bebida y negaba cada vez más rápidamente con la cabeza. - ¿Tú ves aquellos monstruos de allí, verdad?

- ¿Los aerogeneradores? - dijo Joan - Sí, sí que los veo. Creo que los fabricó la empresa para la que trabajo en Alemania.

- ¿Ves que bien? Así todo queda en casa. - dijo Oriol, apurando la mitad de su trifásico de un solo trago - ¿Y qué te parecen, en tu opinión de ingeniero experto? ¿Cómo se ven?

- Se ven abandonados - dijo Joan, sin sombra de emoción en su voz - Parece que solo uno conserva las tres aspas, pero viendo la mancha de óxido que se distingue desde aquí apuesto a que no puede ni girar.

- Ya no giran, no. Pero bien que giraban el día que tú te fuiste de aquí, perdón, el día que huiste - dijo Oriol, con cierto tono de reproche.

- En realidad inauguraron el parque unos días después de que me fuera. Pero, Oriol, yo no participé en ese proyecto, ni tuve nada que ver - dijo Joan.

- ¿Y qué más da? Seguro que sí que participaste en otros proyectos que destrozaron otros sitios - repuso Oriol.

Joan bajó la cabeza porque lo que decía Oriol era cierto.

- Oriol - dijo al fin - era una situación de crisis. Teníamos el cambio climático, y teníamos una grave escasez de combustibles fósiles encima. Se tenía que hacer algo, y hacerlo con rapidez.

- No, Joan, no te equivoques - dijo Oriol, mientras pedía otro trifásico "me invitas tú, ¿verdad?" y Joan asintió - no se tenía que hacer esto. Esto es lo que tú, y gente como tú, decidisteis hacer, sin consultarnos a la gente del pueblo, sin preguntarnos qué queríamos, sin escuchar nuestras dudas y nuestro miedos. Sin respetar nuestra tierra.

Joan seguía con la cabeza baja, mirando su bebida de achicoria torrefacta, pero por fin levantó la mirada, fijándola en Oriol.

- Sí, Oriol, tienes toda la razón. - le dijo pausadamente, como se dice una verdad que uno ha guardado durante años en el pecho - Fue un error instalar este parque aquí.

- Claro que fue un error, Joanet, claro que lo fue, pero, si al menos ése hubiera sido el único error... - las palabras de Oriol se aceleraban - porque después de plantarnos el puñetero parque vino todo lo demás.

Joan callaba, pero ya no bajó la mirada.

- ¿Ves aquel edificio de allá? Era la subestación terrestre. Los días de bruma y calima se sentían chasquidos de la electricidad en el ambiente, si te acercabas demasiado. Claro, nos instalaron un gigavatio de potencia eólica, nada menos.

- Es normal - dijo Joan - esta zona tiene un gran potencial para la eólica marina.

- Sí, y tanto que tiene potencial - siguió Oriol, con visible sorna - y también diferencia de potencial: tanta diferencia de potencial que cualquiera que se acercara a unos pocos metros del cable submarino quedaba frito. ¿Has visto cómo tiene la mano Albert, el hijo de Quimeta? Pues eso.

- Pero eso no fue todo - añadió Joan.

- Pero eso no fue todo, en efecto - prosiguió Oriol - porque con el parque montado se dieron cuenta de que no había demanda para tanta electricidad. Así que, ¿qué se podía hacer? Pues una planta de electrólisis y a producir hidrógeno verde.

- El hidrógeno verde se podía aprovechar para mover camiones - dijo Joan, con calma.

- Claro que sí, y por eso nos montaron la plataforma logística allí detrás. Todo ese trozo de playa, a tomar vientos, nunca mejor dicho. - Oriol se espoleaba, recordando la desgracia - Claro que así le dimos utilidad a la playa, ¿no? Porque entonces comenzaban a desaparecer los turistas: total, ¿quién podría querer venir a veranear a una playa con malos olores por el cloro que se desprendía con el hidrógeno, con una agua que desteñía los bañadores por culpa de la sosa cáustica que la planta de electrólisis concentraba en el agua del mar, y con un tránsito interminable de camiones?

- A decir verdad, en aquellos años el turismo cayó en picado en toda Europa - apuntó Joan.

- Sí, lo sé; - Oriol se lo miraba con aquella expresión del que lleva años oyendo y discutiendo los mismos argumentos -  no sabes cuánta gente, de por aquí incluso,  decía: "Si nos quedamos sin turismo, tendremos que reconvertirnos industrialmente". Por eso montaron una pequeña papelera, para aprovechar el cloro, y una fábrica de jabón, para aprovechar la sosa cáustica.

- Y esto trajo nueva prosperidad al pueblo - dijo Joan.

- Sí, claro, Joan - contestó Oriol - pero también vertidos de organoclorados y otras miserias. Conseguimos cargarnos toda la vida de la bahía  - Oriol abría mucho los ojos, casi fuera de sí - ¡Toda la vida, Joan! Fuera las fanerógamas, las algas, los peces, los moluscos. Incluso exportábamos contaminación a otras playas hacia el sur. Un éxito comercial en toda regla.

- Ya ha pasado un tiempo, Oriol - dijo Joan.

- Sí, claro, ya ha pasado un tiempo - la voz de Oriol se fue calmando mientras miraba la taza: aún le quedaba más de la mitad de su segundo trifásico - Resulta que no era tan económico mantener una planta de electrólisis que usa agua de mar, porque todo se corroe y tienes que cambiar muchas piezas cada pocos años. Piezas que empezaron a escasear. Como las de los aerogeneradores. Al final, tu empresa quebró...

- No, Oriol - le corrigió Joan - mi empresa no ha quebrado nunca; en aquel momento el parque y resto de instalaciones habían sido vendidas a otra empresa.

- Sí, claro, tienes razón - dijo Oriol - una tapadera pensada para quebrar y no endilgarle el marrón a tu empresa.

- No te falta razón - concedió Joan.

- Pues eso. Ya no se reparaban los aerogeneradores, todo fue decayendo, y luego vino el temporal del invierno del 32 y... bueno, el resultado está a la vista - dijo Oriol, mirando a la bahía y apretando los dientes con rabia.

Joan miró al mismo punto. Atravesado en medio de la bahía, la gigantesca estructura de un aerogenerador volcado obstruía el paso de toda una sección del antiguo puerto.

- Dijeron que no había habido un temporal como ese en cien años - continuó Oriol, mientras Joan seguía con la mirada fija en el cadáver tecnológico - Después de eso, hemos tenido otros tres - añadió, casi con el tono de un actuario haciendo inventario. - Hey, que aparte de esa bestia que rompió las anclas y llegó prácticamente hasta la orilla, tenemos otras dos bestias hundidas en el fondo.

- ¿Y qué, Oriol? - dijo Joan, mirando a los ojos a un perplejo Oriol - ahora han pasado ya, cuánto hace, ¿cinco años? Las estructuras comienzan a agrietarse. Tardarán años, décadas quizá, en colapsar, pero al final lo harán. Colapsarán. Quedarán reducidas a polvo. Desaparecerán. Y mientras tanto, la vida ha vuelto ya a la bahía. ¿No oyes cómo cantan los pardales? El agua vuelve a estar limpia, cristalina. Han vuelto las algas y los peces. La vida se abre camino.

Oriol dio un buen tiento a su carajillo.

- Pues mira, te voy a dar la razón. - dijo por fin - puesto que al final las aguas van volviendo a su cauce. Pero, eso sí, ahora somos mucho más pobres. No fuiste el único que se fue del pueblo.

- Todo el mundo se volvió más pobre, Oriol. - el tono de Joan tenía algo de solemne - Era algo inevitable.

- No en Alemania. - dijo Oriol, mientras negaba con la cabeza - He oído decir que ganaste tus buenos dineros, y viendo cómo gastas tus euros está claro que es verdad.

- Hacer de ingeniero en Alemania estos años ha sido provechoso económicamente, es cierto - dijo Joan - y a base del hidrógeno que se producía en otros sitios, por ejemplo aquí, pero que se consumía allá, logró Alemania mantener un nivel de vida más alto... por un tiempo. El espejismo también se acaba allí, Oriol, solo que aún no se han dado cuenta. Aún tienen que hacer el proceso que vosotros ya habéis hecho aquí: comenzar de cero, con humildad y con tesón, viviendo de lo que la Naturaleza da.

- ¿Así que has venido a pasar unos días, sin más, no, Joanet? - dijo Oriol tras apurar el trifásico - Pues bueno, hombre, ya me gustará quedar algún rato para hablar de recuerdos de infancia y que me cuentes cómo se vive en Alemania. ¿En qué hotel te quedas? ¿En el Europa o en el Bahía?

- Me he instalado con mi familia en casa de mis padres - respondió Joan.

- ¿En casa de tus padres? - Oriol le miró extrañado - Pero, ¿no la habías vendido?

- Sí, pero la he vuelto a comprar. Nos mudamos aquí. No hay futuro en Alemania. Ya no. Y aquí - dijo mirando de nuevo al mar - al menos tenemos la bahía más bonita del mundo.

Antonio Turiel

Mayo de 2021.


viernes, 31 de enero de 2020

¿Seremos ecofascistas?

Queridos lectores:

El maestro Beamspot nos ofrece esta semana un análisis nada cómodo, nada agradable, sobre cómo se está manipulando el problema (real) del Cambio Climático para imponer una política de exclusión social y de favorecimiento de los intereses de las clases dominantes. Un ensayo en tono muy iconoclasta, no para todos los gustos, pero ciertamente interesante.

Les dejo con Beamspot.

Salu2.
AMT

¿Seremos Ecofascistas? 



 


En los últimos meses se está dando mucha relevancia al cambio climático, con manifestaciones, huelgas estudiantiles y protestas de variada índole, con un nombre relevante por encima de todos: Greta Thumberg.

Se comenta mucho en las redes sociales cómo esta niña de 16 años ha sido invitada a una reunión de la ONU, al foro de Davos, y en otras partes, donde básicamente ha ido leyendo la cartilla a la flor y nata de la diplomacia, las finanzas y el poder político.

Hasta la han nombrado para premio Nóbel de la Paz, que al final no se ha llevado.

Muchos creen, esperan, que sea la fuerza que lleve adelante toda una revolución para frenar, todos juntos, el cambio climático. Ciertamente, los movimientos Fridays For Future (FFF) y Extinction/Rebellion (XR), están captando portadas y muchos minutos en los noticiarios.

Algunos se han extrañado que últimamente se ataca mucho, cada vez más a Greta.

Lo verdaderamente extraño… es que se extrañen.

Obviamente, los que no están de acuerdo (¿en qué? esa es una clave que veremos adelante) no se iban a quedar de brazos cruzados.

Entre los que la atacan, figuran muchos youtubers, una eco-comunista de afilada pluma como es Cory Morningstar, Trump (¿cómo no?), Emmanuel Macron (eso ya es más raro), y otras figuras políticas de renombre.

Pero al menos ha servido para abrir el debate sobre ‘hacer algo para frenar el cambio climático’ y una mayor concienciación para actuar.

Eso me comentaba un compañero de trabajo, camino del concesionario a comprarse un muy ecologista SUV.

Otro, me comentaba que lo que hay que hacer es contratar todos la electricidad a una comercializadora de renovables. Claro que éste ya tiene su SUV y bien que cruza la península varias veces al mes. Justo los fines de semana que no coge un avión para irse a alguna parte.



Así van las ventas de coches por tipo. Habida cuenta que los pesados e inestables SUV son los más contaminantes a la par del tipo con mejores márgenes de beneficio, el clima no sale beneficiado, precisamente.



Esos son dos grandes ejemplos de la concienciación que se estila.

Y es que esos que atacan a la Thunberg, o, mejor dicho, al movimiento que tiene detrás, lo tienen fácil. Muy fácil.

Veamos un par de ejemplos notorios.

El primero se produce justo tras la publicación de ‘Venusianos’: justamente se propone en Alemania, y posteriormente en la reunión del G7 (a petición de Alemania, casualmente), la subida  del IVA a todas las carnes. La propuesta no es menor pues del valor reducido que tiene ahora (depende del país), al valor más alto, que en España se situaría al 21%, y creo recordar que al 19% en ese país que tanto gusta de las salchichas, los schnitzel, el leberkäse y otras comidas muy cárnicas.

Al rato salieron críticas a la propuesta por parte de Der Links (La Izquierda), y además, también y en la misma línea, por AfD (Alternativa por Alemania, digamos que de ‘derechas derechas’). Ambos decían algo que al que esto escribe y suscribe, le parece acertado: que eso iba a mermar y dañar mucho a la población más necesitada, que es la que llega justa a fin de mes, y a quiénes esa subida no les viene precisamente a mejorar su situación.


”No es acerca de privarse de todo. Es acerca de crear algo mejor… Podemos imaginarnos cómo mantener nuestros estilos de vida y la salud del planeta si lo hacemos correctamente.” Cámeron Díaz.
Claro que sí, guapi. Los 8000 millones de habitantes del planeta podemos mantener tu ritmo de vida sin fastidiar el planeta.

Si mencionamos que la idea era destinar esas recaudaciones a ‘mejorar el cuidado’ de los animales, pongamos por ejemplo Wagyu, Kobe, entonces la cosa parecía ‘más noble’.

Ciertamente, los de izquierdas son aquellos que deberían vigilar por la igualdad y que las leyes favorezcan a los que tiene menor poder adquisitivo mientras limitan los beneficios de los que tienen más poder adquisitivo.

Que el nacionalista AfD apoye la misma idea puede llevar a pensar en una nueva coalición social-nacionalista (¿o será al revés?). Desde luego, algo de razón llevan.

Tanto es así, que cierta corresponsal española de gran reputación, en la rueda de prensa en la que el G7 explicó precisamente estas intenciones, notó y publicó en Twitter que en dicha rueda de prensas se agasajó a todos los corresponsales con un suculento banquete a base, fundamentalmente, de cárnicos. Pueden consultar el video que se hizo viral aquí.

Un claro indicativo de cuáles son sus intenciones, ¿no les parece?

Una segunda noticia, está más publicada, va sobre una cumbre sobre el clima en Sicilia, donde 300 “celebrities” estaban invitadas para hablar de cómo concienciar a la población de la necesidad de actuar contra el cambio climático.

El evento se realizó gracias a 114 jets privados, un puñado de cruceros de lujo tamaño portaaviones que gastan tanto bunker o fuel oil extrapesado (y sulfurado) con unas emisiones de 3,3 toneladas de CO2 por hora, y un número indeterminado de helicópteros, limunsinas o Maseratis ‘prestados’ por la organización para que sus invitados pudiesen pasearse por la isla y disfrutar de las magníficas vistas sin desmerecer su status en el lujoso complejo de Verdura Resort cercano al parque arqueológico de Selinunte, patrimonio mundial de la UNESCO.




Villa Verdura Resort. Todo un alarde de austeridad en pos del bien del planeta. ¿Ejemplo a seguir?

De esta noticia, justo al contrario que la del G7, hay muchas noticias en Internet. Al menos, en Google me salen un porrón, tal vez porque Google era el organizador de dicho evento, como los pasados 7 eventos.

Evidentemente, el hecho que el príncipe Henry, Enrique para los amigos, diese su charla descalzo, también tendremos que agradecerle que dijera que solamente quiere tener 2 hijos, hace que todos estos detallitos que he mencionado sobre los Maseratis, yates y jets privados sea una pequeño detalle aceptable. Se ve que el clima va a dejar de cambiar porque su Alteza Real Henry no se calce los pies un día.

En resumen: una parte importante del ‘cambio climático’ es postureo, farándula, pose, moda…… y sobretodo, impuestos.

Sí, sí, I-M-P-U-E-S-T-O-S.  cuya orientación no trata de castigar al que emite CO2, el productor industrial de carne, sino al consumidor. No hay manera de saber fácilmente si el G7 aprobó la idea de cobrarnos impuestos por consumir carne, un consumo que NO emite CO2, ya que éste lo emite la producción industrial de la misma.

Ante la propuesta de comer ‘carne vegana’ deberíamos ser críticos y contrastar tanto por que ha recibido tanto apoyo por parte de los mass media, como que hay de verdad en las críticas que reciben incluso desde informes del IPCC.

Tal vez la realidad nos la evidencie algunos de los accionistas que hay tras esos Unicornios, entre otros encontraríamos a Al Gore (y muchos secuaces) y la defensa de cuyos intereses ha conseguido hacer subir las acciones de empresas como Beyond Meat e Impossible Foods más de un 20% sin que exista ninguna seguridad de que sea comida saludable y ni si quiera que su uso generalizado ayudara a mejorar el clima del planeta.  Los movimientos realizados por esos “inversores” creo que ya son un indicativo de por dónde van los tiros.

Una de las principales críticas se centra en lo llamativo que resulta que los nutricionistas defiendan que comamos el mínimo posible de comidas procesadas, y que nos centremos en hacernos nosotros mismos la comida. Pero esos Unicornios lo que hacen, precisamente, es vender comida ultraprocesada, con muchos ingredientes producidos industrialmente. Esa “carnes veganas” son todo lo contrario de lo que representa una ensalada de vegetales. Es más, la fabricación, el procesado y transporte también emite CO2, así que está por ver realmente que ganancias comporta semejante comida.

Otras críticas se centran en el contenido de Organismos Modificados Genéticament (OMG o GMO), que no hay garantías sobre lo saludables o poco saludables que resulta la ingesta de estos alimentos o su calificación como “fake food”.

Otra cara del mismo proceso es la sustitución del azúcar de las bebidas, que se dice que es malísimo, por edulcorantes procesados que también son productos “refinados” y que aunque se venden como saludables en realidad no son garantía de nada. Pero mientras tanto ya tenemos un nuevo impuesto transversal e “igualitario”, es decir que pagan por igual ricos y pobres.

En resumen, se trata de diferentes maneras de conseguir una población más controlable a través de técnicas de control de la alimentación de la población que son sobradamente conocidas por los expertos en sectas.

Que la dieta vegana es desequilibrada y requiere de suplementos como la vitamina B12 debido a la falta de ciertos nutrientes, es de sobras conocido. Nuestro organismo no está genéticamente adaptado a estas dietas.

Las personas con acceso a un nivel inferior de proteínas son mucho más controlables y a ello se pretende llegar mediante la renuncia voluntariamente al consumo de ciertos alimentos, y en favor de los alimentos producido por determinados sectores alimenticios, resuena en mi cabeza el escándalo de la dieta “Ma.Pi”. Y al mismo tiempo que se incrementa el control sobre la población también se incrementa la presión fiscal indirecta, normalizando la aceptación voluntaria de impuestos que son cualquier cosa menos proporcionales al nivel de ingresos.

Con esta munición, es lógico que los partidarios de Greta vean cómo cada vez la atacan más y más duramente.

Pues lo siento. Tal y cómo ya escribió Antonio Turiel, Greta es irrelevante. No se trata de ella. Ese despilfarro de ideas comentado no lo ha creado ella.

Greta es irrelevante.

Esos que atacan a Greta son irrelevantes.

La cumbre de Sicilia es irrelevante.

El IPCC es irrelevante.

El consenso científico es irrelevante.

El Cambio Climático es irrelevante.

Sí, sí. El Cambio Climático es irrelevante.

Lo realmente relevante, lo muy muy realmente relevante, es QUE HACEMOS ANTE ELLO.

Podemos volver de nuevo sobre la pregunta ¿Hay un cambio climático?

Creo que la gran mayoría de la población está de acuerdo con ello. Yo particularmente lo estoy.

¿Ese cambio climático es creado por el hombre?

Ahí ya hay más desacuerdo, aunque personalmente creo que la fracción del cambio debida al ser humano está entre el 60 y el 80%, pero la seguridad que tengo en esa figura es bajísima.

En cualquier caso, esto es relativamente irrelevante. Hay mucha gente que cree que la participación humana es inferior, aunque pocos que digan que es nula.

A falta de datos fiables, y el IPCC no está precisamente muy claro en este punto (no hay demostración física ni científica ni matemática de qué % exacto es debido a nosotros), este punto creo que tiene que quedar como ‘provisional’.

Pero lo dicho, es irrelevante. No debería serlo, pero lo es.

Es irrelevante porque de lo que se trata, de lo que va todo el movimiento de Greta, así como el de la mayoría de sus detractores, NO es de Cambio Climático.



Das Wetter über Alles.

ESTO VA DE CONTROL, DE AUTORITARISMO Y DE IMPOSICIÓN

Imponer. De esa palabra precisamente se deriva el término impuesto(s).

Imponer. No discutir.

Imponer, no dar explicaciones.

Imponer, no consensuar. Por mucho que hablen de consenso.

Imponer, no dialogar.

Imponer, no evaluar diferentes opciones ni las repercusiones de dichas opciones.

Imponer, no evaluar los costes tanto económicos como sociales.

Imponer, pese a quién le pese, e independientemente de la opinión de la mayoría.

Imponer, nunca escuchar ni aceptar discrepancias.

Unos quieren imponer unas cosas. Otros defienden que se mantenga el orden impuesto (que, de hecho, es algo más flexible).

Pero nadie dialoga (a los españoles nos debería sonar y mucho).

En realidad, nada nuevo.

Anteriormente ya hemos visto algunos de los caminos utilizados para ejercer el control e imponer ideas de forma autoritaria, pero se nos ha pasado por alto una que tiene siglos de vida documentada.

El uso de niños en un debate para conmover a la audiencia y lograr que el público se deje llevar más por las emociones que por la razón. LA PEDOFRASTIA.



Un talante muy dialogante, sosegado, maduro, adulto, tranquilo. Un gran ejemplo.


El uso de la pedofrastia es generalizado en el ejercicio del poder, (nunca va a entrar en el código penal, visto que quienes lo usan, los beneficiarios son precisamente los que hacen las leyes) y el control de la población, y recientemente  se puede ver por ambos lados: la Thumberg, claramente la víctima, es un gran ejemplo, prácticamente calcado del de la Cumbre de Río 1992, de la que se recuerda el discurso, pero no las previsiones que se hicieron entonces, ni de contrastarlas.

Pedofrastia que también se puede ver y casi tocar en gran parte de vídeos de youtubers jóvenes donde se ataca a Greta, con más o menos fundamento, muchas veces además de forma denostable, ataques ad hominem realmente feos, y que están dirigidos al público joven. Es decir, videos pedofrastas, perpetradores de pedofrastia.

¿Qué hay de raro en que se devuelva el ataque con la misma moneda? Ambos lados están al mismo nivel. A ninguno de los dos les interesa el debate realmente, ni el razonamiento, no quieren que la cosa salga del ámbito de los sentimientos y por ello usan a las víctimas más indefensas que hay: los niños.

Saben bien lo que hacen. Este truco, como hemos dicho, tiene siglos.

Y dos objetivos: el primero, llegar a los adultos, especialmente a los padres y abuelos, al corazón, que es el órgano que está más cerca de la cartera.

Visto que algunos personajes escriben sobre esto y encima dicen claramente que hay que incentivar que los colegios ‘eduquen’ a los niños en ‘esos valores’ (los de la cuerda del que escribe, y eso vale por ambos lados), es una clara alusión al adoctrinamiento infantil. Ese es el segundo objetivo.

Eso es tan viejo como la pedofrastia. Casi que es lo mismo, sólo que perpetrado por un cierto tipo particular de personas.

Pero si nos centramos solamente en el canal, los niños y la pedofrastia, también nos quedaremos en lo irrelevante. Una segunda capa de irrelevancia que ya les va bien.

Algunos participantes del foro ya han apuntado hacia el objetivo concreto, lo relevante. El uso del lenguaje (visual y oral principalmente) centrado en la forma en que se dicen las cosas, y el cómo se dicen, en este caso, mucho más que en el contenido del mensaje, que simplemente son ordenes concretas que no se aceptarían dichas de otra forma o modo.

De nuevo, y como no, en ambos lados por igual.

Estas técnicas de expresión, muchas de ellas claramente presentes en el lenguaje comercial, de la publicidad, de la venta a domicilio, de las técnicas de márquetin y de algunas otras más ocultas, tampoco son nuevas.

El hecho de ensalzar unas razones claramente morales (que es el único adjetivo aplicable) por encima de otras, articula una base ideológica sobre la cual esa ‘moral última’ o ‘moral superior’ está por encima de cualquier otra cosa.

Eso da permiso, justificación a hacer cosas que de otra manera serían inmorales, inaceptables.

Pongamos por ejemplo a ‘educar’ a nuestros hijos a que, si hace falta, denuncien a sus padres por ‘actos inmorales’, como no reciclar. Ok Boomer.

Eso va directamente a cultivar las diferencias morales, la distinción entre ‘buenos’ y ‘malos’ en base a esa moral última.

Esto fomenta claramente, y como primer paso, la ‘etiquetación’, la discriminación en base a esa etiqueta de ‘buenos’ y ‘malos’, la eliminación de los ‘malos’ del diálogo.

Maniqueísmo puro y duro. Maniqueísmo de base biológica que enlaza con el tribalismo ancestral. Y que afinando un poco más podríamos conceptualizar como de ‘política identitaria’.

 

POLITICA INDENTITARIA

¿Qué es la “política identitaria”?

Como sabéis, trabajo en una fábrica que hace componentes electrónicos para la automoción.

Y voy a contaros un secreto. Pssssst, no se lo contéis a nadie.

El negocio de mi trabajo, el objetivo secreto secretísimo de la multinacional para la que curro, es vender tantos productos electrónicos de la automoción como sea posible.

Resulta que todos los coches llevan de estos productos, como llevan el climatizador, el sistema de audio, asientos, puertas, ventanas y ruedas.

Es más: los coches eléctricos llevan mucha más electrónica, y encima más cara.

Así que a la empresa en la que trabajo, secretamente, le interesa vender cochepilas más que otro tipo de coche.

A mí también me interesa que estos entren y que nos den productos de estos a fabricar. Va en ello mi sueldo.

Lo dicho. Trabajo en el sector de la automoción. Esto me identifica como pro-coches.

Ergo, por definición, por ‘identidad’, yo estoy en contra del cambio climático.

Por supuesto, soy varón, blanco, hetero, europeo, español para más señas, de mediana edad y de clase media – alta, aunque sea un ‘soldado raso’.

Por tanto, según la política identitaria, soy machista, racista, homófobo, elitista, colonialista, retrógrado casposo – conservador, y burgués.


La foto robot de mi DNI según la política identitaria. Aplica a casi la mitad de la población. Sin embargo, no cuadra con las estadísticas de voto. ¿Manipulación?



Evidentemente, haga lo que haga, me guste lo que me guste, diga lo que diga o escriba, opine lo que opine, o vote lo que yo vote, por identidad, me corresponde votar a Vox.

Y si no lo voto (como es el caso), entonces peor: soy un traidor a mi identidad.

Que casi la mitad de casi todos los países (excluyamos el Vaticano) sean hombres, importa un pimiento.

Que la mayoría de españoles, más de la mitad, sean de clase media, importa un higo.

Que la mayoría de españolas y españoles seamos heterosexuales, importa un rábano (o un higo, según el género que cada cual guste).

Que sea un ‘soldado raso’ no importa un carajo. Ese es el concepto de ‘identidad política’.

No puedes hacer nada para escapar de ella… excepto la obediencia y seguimiento ciego de los preceptos de aquellos que la aplican.

Eres culpable hasta que obedezcas se demuestre lo contrario, es decir que acates la disciplina.

Siempre habrá alguna etiqueta o identificación que te hará ‘culpable’ o ‘malo’.

Otra cosa parecida ocurre con los términos, conceptos y valores ‘morales’ de la ‘escala de valores’ de la ‘doctrina’ sobre el Cambio Climático.

Dichos conceptos son deliberadamente difusos, indefinidos, genéricos, inconcretos, imprecisos. Eso permite la libre interpretación por parte de los que dirigen.

Cambio climático: Como estar “contra” el Cambio Climático si el clima cambia de un día para otro!!

Crisis Climática: Aplicar un concepto suficientemente abstracto para poder diluir la culpa entre todos. Ahora ya la culpa de la crisis no la tiene el capitalismo, ni si quiera los políticos; el problema, “la crisis”, es de origen climático; NOS AFECTA A TODOS Y TODOS SOMOS CORRESPONSABLES:

Emergencia climática: El problema, la crisis no permite reflexionar, hay que actuar. URGENCIA!! PRISA!! Lo contrario de lo que el razonamiento impondría.

Migraciones climáticas: Los migrantes ya no son económicos o políticos, son climáticos y como todos somos culpables todos estamos obligados a acogerlos con los brazos abiertos.

Escépticos del cambio climático: malos malosos, malditamente malvados.

Negacionista: aquel que se niega a aceptar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de la doctrina. Dan igual los hechos, son irrelevantes.


”Pero yo nunca he dicho que necesitamos matar, descartar o desmantelar el capitalismo para combatir el cambio climático”. Esto lo cambia todo, ¿no?

Fascismo: todo sistema político que no me gusta, que no es el mío.

Fascista: todo aquel ser que no opina lo mismo que yo, y que no atiende a razones y no se ‘doblega’ ante la evidente superioridad de mi credo-dogma-ideología-gusto-orden, todo aquel que es capaz de discutirme, independientemente de que tenga o no razón.

Aplicar esos conceptos difusos permite reinterpretarlos y adecuarlos a los cambios y gustos del poder establecido.

Este mismo léxico, además, tiene otro tipo de armas arrojadizas verbales que podríamos definir como ‘matapensamientos’.

No sólo se trata de léxico en sí, pero se basan también en la identidad política y se aplica para impedir el razonamiento del adversario. Para impedir entrar en el debate.

Unos cuantos han salido ya en la lista anterior.

¿Que no apoyas el rango de medidas contra el cambio climático que yo propongo? Eres un negacionista climático (y por eso te mereces lo peor).

¿Que tienes un diésel? Eres un criminal, un homicida (y por eso te mereces lo peor).

¿Que te parece que Greta es un producto comercial? Eres un fascista sin corazón (y por eso te mereces lo peor).

¿Que crees que hay que poner límites al uso industrial y las emisiones? Eres un marxista redomado.

¿Que eres europeo? Entonces eres un racista contra las razas indígenas de otras regiones del mundo.

¿Que me pones en evidencia porque soy una celebrity de esas que va en jet privado a un evento contra el cambio climático? Eres un fascista envidioso (y por eso te mereces lo peor).

Como eres ‘malo’, ninguno de tus argumentos y razones importará ya. Simplemente, se olvida y así la fe del que lo lanza cual conjuro, queda debidamente protegida contra todo aquello que le pueda causar una duda, una ‘crisis de fe’.

Como diría un periodista “No dejes que la realidad te estropee un buen titular” que traducido al marketing político pasaría a un “No dejes que los hechos se opongan a tu ideología”

Así resulta que, si como yo, crees que hay un cambio climático, que hay mucho que hacer, que sólo llegaremos a paliarlo, no a revertirlo, y que las soluciones que se promueven (cochepilas, renovables eléctricas intermitentes, gentrificación de los cascos antiguos de las grandes ciudades sufragados por todos nosotros), especialmente las impositivas, no son el camino adecuado, entonces eres un ecofascista (y por tanto, me merezco lo peor).

Y aquí llego al punto al que quería llevarles a todos ustedes, pacientes lectores que han sido tan valientes de leer hasta aquí.

Y es que todo lo que estoy diciendo es viejo y probado, demostrado, utilizado e historiografiado. Se usó extensivamente hace ahora un siglo en Europa, y posteriormente en parte de Asia.

Nazismo, comunismo, Jemeres Rojos, Grandes saltos hacia adelante, fascismo. Todos ellos usaron, sin excepción, estas técnicas. Incluyendo la de la prisa: hay que actuar, no es tiempo de pensar, ya, ya, ya. La casa está en llamas. Corre, actúa.

Obedece. Paga. Acata.

Shock. Histeria.

Ario/otra raza, o comunista/cualquier otra ideología económica, proletario/kulak, chino/uigur (si, y eso es actual), etc. Hay gran cantidad de ‘etiquetas’ o ‘identidades’ que se han usado, pero todos estos han aplicado exactamente el mismo tipo de técnicas.

La situación hoy en día aplica exactamente al tema del cambio climático. Y a muchos más.

Se está forzando la radicalización de la población. Se la obliga a sentir en vez de a razonar, pasando por encima del pensamiento, el diálogo, la planificación y la crítica.

Se exacerba la necesidad de los adolescentes de pertenencia a un grupo o ‘tribu’ para acentuar los sentimientos tribales. Incluso de volverse contra sus padres (“Ok Boomer”).

Se apela a las conversaciones con un elevado tono y carga emocional para incitar al ‘cerebro reptiliano’, a los sentimientos, a las partes más primitivas de nuestro sistema nervioso, a que actúen, a que tomen una decisión binaria, maniquea: eres presa o depredador, come o huye, blanco o negro, bueno o malo.

Si después es necesario, el sistema nervioso superior y más avanzado, ya racionalizará y buscará los argumentos para dar soporte a una decisión que se ha tomado en un nivel mucho más primitivo, antiguo, ancestral.

La neurociencia actual explica unos conocimientos que tienen siglos y que se han ido mejorando y perfeccionando con la tecnología y el conocimiento, la psicología, pero que no son nuevos.

Se está aplicando una doctrina comunicativa que pretende radicalizar y atrapar a la sociedad entre dos fuegos cruzados, ambos radicales, ambos minoritarios.

¿Cuál es la sorpresa? Me preguntaran algunos.

Pues que una mayoría de población no se siente representada ni por los secuaces de Greta ni por sus detractores. De hecho, la mayoría piensa como yo, que sí que hay un cambio climático, que nos estamos cargando el planeta, y que hay que hacer algo, pero que el planteamiento no nos parece el correcto, las soluciones, las imposiciones carecen de lógica.

Que nos suban el IVA de la carne que los mismos políticos dan a los periodistas (¿sería eso entonces un tipo de soborno?) mientras nos dicen al populacho que comamos gusanos e insectos, tal y como recomienda la FAO.

Que nos crujan a impuestos por tener un coche, aunque sea uno de segunda mano, o un modesto Dacia, mientras que subvencionan y dan privilegios a aquellos que pueden permitirse un Tesla de 80.000€. Pagarles la electricidad mientras están aparcados en una plaza en la que no podemos poner nuestro coche sin pagar, probablemente ni podemos siquiera acercarnos, mientras además de la electricidad gratis, también tienen la plaza gratis durante todo el día. Peajes gratis. Eso a alguien que gana una pasta gansa para gastarla en cochazos que son de lujo y que están en el 12.5% (el octavo) superior de los coches vendidos por precio.

No nos parece lógico ni razonable.

Que se demuestre que en Noruega la aplicación de estos privilegios no hace otra cosa que bombear dinero de las clases pobres, que tienen que ir en transporte público a un trabajo, pero que llegan tarde porque su carril bus está lleno de cochepilas, de sus jefes que llevan el cochepilas de turno.

Que un país donde el 25% de mayor poder adquisitivo tiene 17 veces más coches que el 25% inferior, y que hace que se adopten políticas que les permiten dejar de mezclarse con el populacho, ya sea en los transportes públicos u en otros servicios. Una élite que una vez se compra ese segundo o tercer coche, el utilitario eléctrico (que mayormente es comprado por quién ya tiene uno o dos térmicos), con el que hace un 40% del kilometraje como mucho olvida al resto de la población y solamente se ocupa de como preservar sus privilegios.

Hace ya tiempo que vengo diciendo que esto del cochepilas, y también el autoconsumo, las renovables eléctricas intermitentes, y ahora ese plan de reurbanizar las almendras centrales de las grandes ciudades con el dinero de todos para el privilegio de unos pocos, con la excusa del cambio climático, se ha convertido en una lucha de clases encubierta y favorecida precisamente por aquellos que, dicen, luchan por la igualdad y la reducción de las diferencias de clase y de salariales, la ‘izquierda del cava y el caviar’.





Como de costumbre, hacen lo contrario de lo que predican.

El viejo lema de las instituciones religiosas “Haced lo que os digo, no lo que hago”. Hipocresía en estado puro.

Una hipocresía que se está interiorizando por los que estamos en el lado que ‘recibe’ los varapalos mientras nos gritan que somos ‘malos’. Los soldados “rasos” formamos esa mayoría que cada vez se siente menos identificada con ninguno de los mensajes (activistas climáticos y negacionistas). Somos esa mayoría que está empezando a despertar del sueño y las falsas promesas del sistema.

Por eso, de momento, la gente se cansa de que la insulten a la cara, que le tomen el pelo, que los juzguen por el grupo en el que se mueven y no por su valía personal. Una mayoría cada vez más desafecta que está cansada de que la acusen, la insulten, la humillen, la idioticen, y encima le enciendan el odio.

Todo esto cansa, y causa desapego. La polarización funciona…-- durante un tiempo. Pero estar permanentemente enfrentándose es cansino, agotador. Y mentalmente muy muy peligroso.

Una moda que no tiene mucho recorrido mientras se tenga la barriga llena. Algo que deja a una gran mayoría desamparada políticamente, y que generalmente es causante del desapego político y de la abstención.

Una moda que, sin embargo, se vuelve muy peligrosa cuando las estrecheces empiezan a arreciar. Una moda que exige que cada vez se sea más y más radical para seguir forzando la radicalización. De ahí el despegue de Vox en las últimas elecciones.

Hace ya mucho tiempo empecé a escribir una serie sobre el discurso del sistema, de la que se han publicado ya las dos primeras partes, y desde entonces estoy enfrascado en la tercera, la mayor, la que explica precisamente todo esto.

Uno de los objetivos de escribir, es que me ayuda mucho a aclararme las ideas, dejar aparcado a un lado el sentimiento, mientras pongo a trabajar las partes más evolucionadas del cerebro, que son precisamente las facultades que hacen falta a la hora de escribir.

Ayuda a pensar, a aclarar las cosas.

Enfrascado en ese ‘mensaje’, en ese discurso, cada día que pasa me doy cuenta de lo extenso y enrevesado que es. Y entre las cosas que he ido descubriendo, está una obvia, que más o menos entendí justo en las mismas fechas en que uno de mis referentes, John Michael Greer, publicaba exactamente el mismo desenlace: este movimiento ambientalista es una moda que en pocos años va a pasar.

Igual que el monofuturo en el que hasta ahora hemos creído, y que vemos cómo se va desvaneciendo.

Justo antes que se conociese el caso del Google Camp y sus 114 jets privados.

Todos aquellos que tienen dificultades para llegar a fin de mes y ven como la factura de la luz no para de crecer, por gentileza de las renovables (¿pero, no iban a bajar dicha factura?), que la carne se pone por las nubes y les cuesta llega la barriga de sus hijos, a los que ven cómo los adoctrinan, mientras se quitan de encima un coche por el que no conseguirán ni un duro por ser ‘sucio’, y que no tienen claro que coche comprarse porque no pueden permitirse uno ‘limpio’, mientras sospechan que los ‘sucios’ que aún se venden podrían quedar obsoletos legalmente en breve, mientras el coste de mantenimiento los hace casi tan prohibitivos como los ‘limpios’.

Gente que ve como el transporte público sigue denostado y cada vez sale más caro. Gente que vive de un turismo que ven cómo cada día que pasa está más amenazado, y que son más del 20% de la población asalariada.

Gente que vemos (incluso llevamos años diciendo) que el cochepilas no va a sustituir el coche normal, que la gente va a ir a pie o en patinete chino, y que el futuro de la automoción europea está más negro que el petróleo, y que somos el 10% de la población asalariada.

Gente que se dedica al transporte y ven como, tarde o temprano, el hecho que generen el 60% de NOx y muchas emisiones de CO2 les va a pasar factura, a la vez que la economía se enfría. Otro 5% de empleos. Cabe añadir aquí transportes portuarios (el 7.6% de NOx de Barcelona) y aeroportuarios.

Un 35% de gente que ve peligrar su futuro laboral antes que su futuro medioambiental. Algunos vamos a tener que elegir entre morir de hambre ahora porque no pueden pagar una comida nutritiva porque contamina o morir por ‘calentamiento global’ dentro de 20, 30, 40 años (ni el IPCC dice que el cambio en 10 años sea catastrófico), van a tomar una decisión.

Ciertamente, en España nadie se muere de hambre. Y dudo que eso suceda en 20 años. Pero no hace falta llegar a extremos para que la gente se conciencie que el futuro, este presunto ‘futuro verde’, no es para ellos.

Hace más de cien años, el premio Nobel Svante Arrhenius (creo que pariente de Greta, por cierto) ya avisó que los efectos secundarios de la sociedad, nominalmente las emisiones de CO2, podían pasar factura en el futuro.

Ciertamente, los efectos secundarios que se obviaron en su momento por ser negligibles en frente de los beneficios son los que nos han llevado aquí.

Efectos secundarios que también tienen las renovables, como por ejemplo el impacto ambiental de la hidroeléctrica, o la eólica. Problemas de intermitencia. Efectos secundarios que los partidarios minimizan igual que hicieron en su momento con el tema de los combustibles fósiles.

Problemas secundarios, físicos, medioambientales, económicos, sociales, que muchos que los que nos hallamos atrapados en el fuego cruzado, pedimos que se nos explique cómo no nos van a llevar a otra situación similar en el futuro.

Problemas que, al denunciarlos, nos sitúan no en el lado de los negacionistas (no pueden, creemos en el cambio climático), sino en el de los eco-fascistas, a ojos de aquellos de defienden, intentan imponer, cierto tipo de ‘soluciones’.

Problemas que están empezando a calar en esa mayoría de la población que no es radical ni en uno ni en otro sentido.

Problemas que nos conciencian que hay más de un futuro posible, y que tanto unos como otros bandos se están montando su Bizancio mientras nos empujan al resto hacia Somalia.

Esa concienciación es lo que me está sorprendiendo. Y sin embargo, ni es rápida, ni gratis. El costo es brutal.

La mejor manera de acabar con una causa, es defenderla por las razones equivocadas.




Cuando este asunto pase de moda, dejará un poso positivo, pero también una herida negativa que no cicatrizará.

El poso positivo es que la gente empieza a tener claro que para cualquier acción diaria, hay que tener en cuenta el medio ambiente, el planeta, la sostenibilidad. Que la sociedad actual es insostenible.

Y que es muy necesario el pensarse bien, muy bien, estudiar a fondo, un debate adulto, sobre cómo debe ser esa sociedad del futuro.

Un poso que será la base de otra sociedad, todavía por ver, muy lejos de las generaciones actuales, en otro momento de la historia. Otra sociedad posible, que surja de las ruinas de esta, tras hacer tabula rasa de la sociedad actual, que morirá por las heridas que va acumulando día a día, autoinfligidas.

Y es que el discurso del sistema lo que está haciendo es sembrar líneas de falla, líneas de fractura, rupturas y descosidos en el tejido social.

El ambientalismo es uno más, como lo es también el conflicto de moda en la península ibérica.





Va prendiendo fuegos, radicalizaciones, sentimientos negativos, resentimientos.

Amplían el catálogo de fuegos para que cada uno de nosotros escoja el suyo.

Fuegos que van ardiendo lentamente en nuestro interior, esperando a que caiga el próximo varapalo económico, alimentados ya por un crecimiento anémico, sectorial, de múltiples velocidades, por barrios y clases sociales.

Un crecimiento que es un reflejo de una TRE cada vez más baja, de un problema físico, termodinámico, de retornos y recursos decrecientes, que nos aboca, queramos o no a un decrecimiento económico generalizado.

Una situación que favorece estos fuegos que son convenientemente atizados por unos grupos aspirantes al poder y que no tienen ningún escrúpulo en hacer lo que sea para obtenerlo. Fuegos que no apagan aquellos que están en el poder que constatan que el teatrillo social para mantenerse en su puesto es cada vez más difícil de mantener.

Fuegos que se avivan por el uso y abuso del poder por parte de aquellos que lo tienen, sin miramientos ni escrúpulos, para mantenerse en el poder y alejar a los pretendientes que lo acosan, sin importarles lo más mínimo aquellos que estamos por debajo: somos deplorables, carne de cañón, generadores de prole que acaban con ‘sus’ recursos. Irrelevantes como personas, como el cambio climático. Neomalthusianismo.

Fuegos que se avivarán a medida que la economía vaya fallando.

Fuegos que prenderán a lo grande cuando alguien apriete el gatillo.

Fuegos que atizan el odio.

Sembrad odio y recogeremos cadáveres.





Deseo equivocarme.

Beamspot.

martes, 2 de julio de 2019

Distopía XI: En verdad heredarán la Tierra



Es difícil saber cuándo exactamente empezó a ser tan insoportable. Quizá fue a principios de la década de los 20, o quizá fue un poco más tarde. Es difícil acordarse, porque si algo hace el calor extremo, el pesado y abrumador calor de nuestro planeta, es que sea difícil hasta pensar. O quizá precisamente es pensar lo más difícil de hacer, con tanto calor.

No dejó de haber inviernos, como decían algunos extremistas, pero lo cierto es que en invierno no hacía frío. La temperatura era agradable y se podía salir de casa prácticamente cada día en mangas de camisa. Lo cual era, aunque pudiera parecer  paradójico a un habitante de la Tierra del siglo XX, mucha menos ropa que la que había que ponerse en verano.

El verano era extremo. Lo era siempre. Lo era cada verano. Inexorable, como una condena cíclica que se repetía cada año. 

Las noches de verano eran agobiantes, calurosas hasta lo exasperante. Si no tenías medios de climatización adecuados y si no podías evitar que el aire recalentado hasta doler de la jornada se acumulara en tu casa, era completamente imposible dormir. Estirarse sobre una cama era condenarse a nadar en un charco de húmedo y recalentado sudor, con esa característica sensación de medio ahogo de las noches sin tregua canicular.

Pero los días eran mucho peores.

Permanecer fuera durante el día era simplemente imposible si no contabas con algún medio de protección. Al principio se desaconsejó, luego prohibió, que la gente saliera "en las horas centrales del día". Esas "horas centrales fueron creciendo en extensión hasta que al final se convirtieron en las que van desde al alba hasta el ocaso. Los primeros rayos de Sol del día resultaban ya abrasadores, porque el aire no podía evacuar tanto calor acumulado en las jornadas anteriores y la radiación del nuevo día hacía imposible estar fuera.

No se sabe cuánta gente murió en los primeros veranos, cuando nuestra sociedad se resistía a aceptar que el mundo había cambiado para siempre y que quizá ya no era vivible para los humanos, al menos no 100% vivible. Seguro que fueron muchas las personas que fallecieron. Serían cientos de millones, probablemente. Es difícil de saber: se habló poco de ello, como si fuera una fatalidad inevitable. Cada persona trataba de hacer lo posible para que no le tocara a ella, y eso era todo. Imperaba un cierto sentimiento de desesperanza colectiva, de paraíso perdido, de añoranza de una vida mejor. Pero nadie hizo nada, nada más que adaptarse a lo que había. De hecho, no se cambió nada de lo importante, de lo que nos había llevado a este desastre, y solo se cambió lo más accesorio, para seguir haciendo lo mismo de la manera que aún fuera posible.

La gente se acostumbró a vivir de noche, a trabajar de noche. Se cambiaron los turnos y las costumbres; por ejemplo, durante el verano se trabajaba también durante el fin de semana, pero se libraba una semana al mes, siempre entorno a la luna nueva porque eran las noches más oscuras y que por tanto requerían de más iluminación artificial, por aquel entonces ya muy restringida. A esa semana de luna nueva se la llamaba "fin de luna", y eran noches de fiesta y de pasiones, de crímenes y embarazos. Decimos noches, porque los días simplemente no existían, para nadie.

Pero como el ingenio humano no tiene límites, en poco tiempo los mejores científicos y los mejores ingenieros idearon la manera de poder sobreponerse al infierno en la Tierra en que se habían convertido los veranos. Los primeros trajes antitérmicos eran aún demasiado aparatosos, demasiado parecidos a los monos de submarinista que aún se empleaban para entrar en el bullente mar; pero a medida que la técnica mejoraba se convirtieron en vestimentas muy estilizadas. El necesario casco de protección, inicialmente metálico y aparatoso, se convirtió con el tiempo en una elegante escafandra de cristal y finalmente en una delgada tela transparente. Al final, los grandes diseñadores lanzaron sus líneas de trajes antitérmicos, porque la supervivencia no está reñida con la elegancia.

Gracias a los trajes antitérmicos, los amos del mundo, los grandes propietarios de las pocas corporaciones mundiales que habían sobrevivido a los procesos de fusión y absorción, pudieron salir de sus climatizados coches y poner el pie en el desolado erial en el que habían convertido a la Tierra, sin importarles  si era de día o de noche. Incluso, se convirtió en un signo de distinción y de status social el participar o incluso organizar picnics en pleno sol de julio (en una carpa climatizada, eso sí). Solo los más ricos y poderosos podían permitírselo, y el hecho de estar allí, bajo ese sol abrasador, era la mejor demostración de la separación entre la clase pudiente y el populacho. Las únicas personas que, sin ser adineradas, podían permitirse estar ahí fuera eran los policías y guardaespaldas, con sus más funcionales antitérmicos provistos por la corporación de turno, aunque en medio de aquella desesperante solana sus servicios no eran en realidad necesarios: no había mejor guardián que el agobiante calor.

Pero los trajes antitérmicos no dejaban de ser muy limitados y también limitantes. Los vaporosos guantes no dejaban de ser eso, guantes, con lo que nunca se tenía un tacto real de las cosas. Ni siquiera podías sacarte un zapato, aunque fuera unos minutos, so pena de perder la climatización del traje. Estabas en el mundo exterior, pero había una barrera entre tú y él. Pasearse por la Tierra con trajes antitérmicos era parecido a pasearse por la Luna con un traje de astronauta. Y estaba, siempre, el riesgo de que el traje fallase, o de que un mal tropezón o un buen golpe rasgase la tela o afectase a los sistemas de soporte vital, con lo que convenía no alejarse demasiado del climatizado coche, la última tabla de salvación. Hubo una vez una señora de la más alta sociedad que había muerto porque su traje había fallado y ella, en vez de buscar refugio, había permanecido en su sitio recibiendo a sus invitados. Fue un caso curioso, porque de hecho fue el único fallecimiento por el calor registrado en muchos años entre la clase alta pero tuvo un altísimo impacto en los medios de comunicación, mientras cada día el calor mataba a cientos de personas normales, la mayoría sin ni siquiera salir al exterior, algunos incluso durante las más temperadas noches. En contra de cualquier lógica, los esfuerzos de la sociedad se dirigieron a resolver los problemas menores de los menos, en vez de atender los problemas acuciantes de la mayoría.

Se invirtieron muchos esfuerzos para conseguir hacer algo mejor y más definitivo que los trajes antitérmicos. Y se consiguió: los adaptadores biónicos.

Los adaptadores biónicos eran unos simples dispositivos que se instalaban en el cuerpo mediante una sencilla operación quirúrgica. Utilizaban baterías de alta duración, que eran sencillas de reemplazar. Generalmente se instalaban tres adaptadores en la misma persona, de manera que la redundancia neutralizaba los riesgos: si uno de los adaptadores fallaba, cualquiera de los otros dos tomaba el relevo (los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, sin embargo, solo llevaban un único adaptador, aunque más resistente). Los adaptadores monitorizaban constantemente las constantes vitales y aseguraban una adecuada homeostasis, de manera que la temperatura corporal no aumentaba nunca por encima de los 36.5 grados centígrados y el exceso de calor ambiental era eficazmente disipado. Al tener un control tan eficaz de las funciones corporales, el adaptador biónico no solo permitía a su usuario soportar condiciones ambientales extremas, sino que diagnosticaba e incluso neutralizaba enfermedades, anulaba la fiebre y hasta era capaz de mantener tonificados los músculos y deshacerse de la grasa excesiva, la cual le servía de combustible; de hecho, al comer el usuario alimentaba también a su adaptador biónico, o ad-bio, como la gente los empezó a llamar. Con el tiempo se desarrollaron ad-bios autorreparantes y evolutivos, que podían ser instalados en niños y que crecían con ellos. El software de control era revisado exhaustivamente de manera continua, y periódicamente se hacían actualizaciones (sobre todo de seguridad, que era lo que más obsesionaba a las élites), que los ad-bios descargaban automáticamente y sin molestias mientras los usuarios dormían.

Quizá la temperatura del planeta subió medio grado más, tal fue el esfuerzo industrial que hubo que hacer para poder extraer los preciados materiales que se necesitaban, para fabricar y finalmente para mantener los ad-bios. Pero mereció la pena. Al cabo de unos pocos años, una nueva raza de seres inteligentes poblaba de nuevo la faz de la Tierra: los biónicos o, como les gustaba llamarse a sí mismos, los Bios. Los Humanos vivían en cavernas, escondidos en las entrañas de la Tierra la mayor parte del año (excepto en algunos reductos cerca de los polos, donde campaban libres y salvajes) y trabajaban como las bestias brutas que eran para mantener a sus amos, los Bios. Los Bios eran los propietarios de todo lo que era y de lo que alguna vez será, y podían moverse a sus anchas por todo el planeta, de día y de noche. Aunque externamente eran parecidos a los Humanos, los Bios eran más altos, más inteligentes, mucho más fuertes, mucho más rápidos y mucho más resistentes, pudiendo soportar sin esfuerzo condiciones ambientales que matarían en cuestión de minutos a un Humano. Era pues lógico, y todo el mundo aceptaba, que fueran los amos del mundo, pues sin duda eran una raza superior en todos los sentidos.

Así fue durante décadas. Al final, los Bios prescindieron de policías y ejércitos, porque su superioridad era tan abrumadora que nadie podía cuestionarla. Muchos Bios se dedicaron a cultivar en la superficie de la Tierra, para ocupar su tiempo libre, y en muchos lugares remediaron en gran medida el daño ambiental que sus ancestros comunes con los Humanos habían causado mucho tiempo atrás. Y aunque el clima mejoró un poco, los Humanos siguieron relegados a sus cavernas, excepto en las lejanas y salvajes tierras polares. Los Humanos soñaban con la Tierra perdida y explicaban cuentos y leyendas de lo que había sido el planeta, pero aprendieron a vivir bajo el yugo de los Bios y nunca se rebelaron.

¿Cómo sucedió, entonces? ¿Por qué un día desaparecieron los Bios?

Algunos dijeron que los Bios habían venido del espacio para remediar el mal que hicieron nuestros ancestros, y que una vez que la Tierra volvió a ser habitable se marcharon, dejándonos un nuevo planeta y la advertencia de que debíamos cuidarlo.

Otros dijeron que en realidad los Bios eran dioses, que vinieron a ayudar a la Humanidad en su momento de mayor necesidad y que continuaban viviendo en la Tierra, en la montaña más alta e inaccesible del mundo, lejos de la vista de los mortales pero siempre vigilantes, por si algún día volvíamos a necesitar su ayuda.

La realidad fue mucho más simple y prosaica, en realidad. Tan confiados estaban los Bios en su superioridad que descuidaron la formación técnica, y en particular la de las personas que debían ocuparse del mantenimiento de los ad-bios. Alguien cometió un grave error en la programación de una actualización de seguridad  (por lo demás innecesaria, porque realmente nadie intentaba hackear los sistemas vitales de los Bios). Nadie hizo las verificaciones pertinentes, nadie hizo el control de calidad ni el testeo en un entorno controlado. La actualización fue subida a la red y en el plazo de unas horas los ad-bios helaron el corazón de sus huéspedes. Como la muerte no sobrevenía hasta el cabo de unas horas y una vez iniciado el proceso era irreversible, para cuando los Bios se dieron cuenta de que algo iba rematadamente mal ya era demasiado tarde. Quizá sobrevió algún Bio que tuvo la suerte de estar en algún lugar aislado, desconectado de la red, cuando se produjo el Error Fatal. De hecho, circulan muchas leyendas sobre seres sobrehumanos que viven aislados y que ayudan a los humanos en momentos de gran necesidad. Pero, de nuevo, todo eso no son más que leyendas.

A los Humanos les llevó días darse cuenta de que sus amos habían desaparecido, semanas atreverse a salir a la superficie, meses comenzar a asentarse en ella y años volver a poblar la Tierra. Pasarán siglos antes de que se comprenda qué eran los Bios en realidad y qué fue lo que pasó.

Quizá no era el planeta que habían anhelado, ni tampoco la manera como hubieran querido conseguirlo, pero al final los desposeídos en verdad heredaron la Tierra.

Antonio Turiel.
Julio de 2019.