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miércoles, 3 de diciembre de 2025

Liquidación de excedentes


Queridos lectores:

A medida que nos acercamos al final del año 2025, se va haciendo cada vez más evidente que va a haber un ajuste muy fuerte en el modelo de transición energética basado en la Renovable Eléctrica Industrial (REI) en Europa, y más específicamente en España. 

Aunque jamás se va a reconocer, el modelo REI ha fracasado y lo ha hecho estrepitosamente. Ha fracasado por las mismas razones que llevamos años contando, y en el caso particular de España, porque simplemente el consumo de electricidad continúa bajando mientras que se sigue instalando más sistemas de producción de electricidad renovable. La siguiente gráfica, elaborada por el profesor Sergi Saladié de la Universitat Rovira i Virgili, sintetiza muy bien la cuestión.

 


La línea de color sepia es la previsión del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima del estado español (PNIEC). La línea marrón, la realidad de por dónde ha evolucionado el consumo estos años. En 2024 había ya una desviación del 20% hacia abajo entre la expectativa y la realidad, y este 2025 la cosa irá a peor, porque según los datos disponibles hasta ahora el consumo de electricidad habrá caído al menos otro 1% este año.

No vamos a abundar una vez más en las razones de este fracaso. La clave ha estado, por supuesto, en la ausencia de tecnologías palanca adecuadas para poder hacer la tan cacareada sustitución/transición energética: ni el coche eléctrico ni el hidrógeno verde han resultado ser lo que se suponía, y al tiempo la crisis energética latente, particularmente por la falta global de diésel y de energía asequible para Europa, está acelerando la desindustrialización del Viejo Continente y con ello la caída del consumo eléctrico. No hay transición, ni la va a haber. Llevamos demasiados años instalados en la falta de decisión, las excusas y los paños calientes, y como diría Churchill, ahora nos estamos adentrando en la era de las consecuencias.

El 31 de diciembre concluye el programa NextGenerationEU y con él la brutal inyección de dinero, sobre todo en España, para favorecer la transición energética. Al mismo tiempo, y particularmente desde el apagón del 28 de abril, las renovables están teniendo problemas para llegar al mínimo de horas para cobrar la prima, problema que ya comentamos cuando decayó el primer intento de decreto del Gobierno con el que se intentaba mitigar ese problema (luego sacaron otro con agostidad y, por lo que se ve, mayor aquiescencia de los actores políticos). Se añade a estos problemas la dificultad que van a tener algunas productores de satisfacer sus compromisos contractuales de provisión de "energía verde" a grandes consumidores industriales, que necesitan justificar sus emisiones de CO2 o si no pagar por los derechos de emisión. Y si incumplen estos compromisos, tendrán que pagar sustanciosas indemnizaciones.

Y, al margen de todo esto, lo que está claro es que va a haber un parón en los nuevos proyectos. No hay mercado. Hace tiempo que no lo hay. La rentabilidad de los proyectos no solo no está garantizada: es que está garantizado que no la tendrán. Nada indica que se vaya a producir un cambio de tendencia en el consumo de electricidad, a pesar de lo mucho que se publicitan los centros de datos por la irrupción de la IA para precisamente dar la impresión contraria. Pero los datos son inapelables: el consumo de electricidad continúa cayendo. Y es que incluso si el mercado repuntara, se necesitarían unos cuantos años para que se absorbiera la capacidad excedentaria actual.

Por supuesto, nadie va a reconocer que todo ha sido un mayúsculo bluff. Nadie va a reconocer que la transición al REI estará parada unos cuantos años, quien sabe si para siempre. Del mismo modo que, en la cumbre de Bélem, la UE y la propia España siguen hablando del objetivo de no superar los +1,5ºC de calentamiento cuando el último dato diario que tenemos indica que estamos a +1,8ºC y si miramos los últimos 365 días estamos por encima de +1,6ºC. No se va a reconocer la evidencia, ni con el Calentamiento Global, ni con el fracaso del REI, porque simplemente no hay narrativa alternativa. Tenemos que mantener el discurso porque no hay ningún otro, al menos a nivel oficial y políticamente aceptable.

2025 acabará, probablemente, en un baño de sangre en el sector eléctrico, en el que muchos pequeños promotores, muchos pequeños productores y algunos pequeños distribuidores van a quebrar. Eso servirá para reajustar el mercado, pero no va a permitir continuar al ritmo que se iba. Durante un tiempo parecerá que no pasa nada, o que pasa poco, por todos los proyectos que ya estaban en marcha, licitados o adjudicados y para los que el dinero necesario ya estaba comprometido. Pero poco a poco será evidente que prácticamente no se introducen proyectos nuevos. El grueso del sector aspira ahora a retoques del sistema: introducir baterías y que entren en el mix en condiciones favorables, proyectos de sistemas de estabilización (designados eufemísticamente como "mejoras de la red"), proyectos de hibridación (pequeños parques renovables con baterías, para poder desempeñar la función de producción y regulación de estabilidad), repotenciación de parques ya existentes... y poco más: algún proyecto nuevo, de tanto en tanto, pero lejos de la enorme cantidad de ahora. El REI no desaparece, pero se va a reducir, y mucho, en el curso de los próximos dos años. El volumen de negocio va a ser bastante más pequeño del que ha sido estos años, y también la carga de trabajo. No va a haber trabajo para tantos ingenieros, y los despidos van a ser norma.

Sobran ingenieros, sí. Y también sobran voceros. 

Todas esas personas que se dedican a hacer activamente lobby en favor del modelo REI durante estos años, personas muy activas en el frente comunicativo, con contactos en los medios, con capacidad de influencia. Personas que han estado acosándonos, a mi y al resto de personas que en el mundo académico hemos intentando explicar este sinsentido. Personas y organizaciones pensadas para la promoción del REI, ahora, van a sobrar. Ahora que el REI va a pasar a un discreto plano, la intensidad de su promoción tendrá que ajustarse a su nueva dimensión real.

Las últimas semanas han sido prolijas en manifestaciones esperpénticas de la impotencia de los proREI. Algunos intentan contrarrestar las malas noticias, particularmente las que cuelgo yo en mis ahora más escasas interacciones en las redes sociales, con argumentos cada vez más bobalicones (como que en 2025 ha aumentado la capacidad fotovoltaica instalada, eso sí, sin que sirva para nada). Otros siguen con su cruzada en pro del REI sin saber que ya está muerto: estos días un diario local se hacía eco de los resultados finales del Biopaís, un proyecto científico financiado por la Fundación Biodiversidad y que cuantifica de manera inequívoca el enorme e inaceptable impacto ambiental que tendría un parque eólico en la Bahía de Roses; pero, para contrarrestar el revés, lo contrapone a un folleto propagandístico de una asociación no científica que intenta promover el REI a toda cosa en Cataluña, al cual presenta como "otro estudio científico". Una manipulación tan artera y grosera que llama la atención por lo palurda, pero a la que por desgracia ese diario, bien engrasado por los intereses del REI, nos tiene acostumbrados. Este (enésimo) lamentable incidente me recordó al que vivimos hace unos años cuando sobre este mismo tema fuimos a hablar al Parlament de Catalunya, y, aparte de la manipulación mediática descarada (en la nota de prensa aparecía la opinión de la empresa y desapareció por completo mi intervención), tuvimos que soportar la actitud cínica, sesgada y de muy mejorable educación de la que ahora es Consellera del ramo, que contraponía a nuestros estudios científicos los trabajos de la empresa ("los otros científicos", según ella) y que nos designó de manera despectiva como "más activistas que científicos" (aparte de la falsedad evidente del aserto, da qué pensar que alguien que pertenece a un partido que se dice de izquierdas considere peyorativa la palabra "activista"). O sea, que para esta gente seguimos con la miseria de siempre. No saben, sin embargo, que los cheques dejarán de llegar.

Incidentalmente, también en estas semanas alguien me hizo notar que una buena parte de esta gente (pero muchos: hagan los deberes y lo verán meridianamente claro) están siendo financiados o lo han sido por la European Climate Foundation, una organización que parece respetable (al fin y al cabo, tiene la palabra "Climate" en su nombre) hasta que te das cuenta de que entre sus primeros financiadores se encuentra la Fundación Rockefeller. La cual tiene todo el derecho legítimo a financiar lo que quiera, pero obviamente no se puede negar de que probablemente tenga un sesgo inevitable en sus fines. Como dice Juan Bordera a los proREI que dicen defenderlo por razones ambientales: "Si tus intereses coinciden con los de Iberdrola, tienes que hacérterlo mirar".

Pero, como decimos, esto se acabó. Hay un excedente de lobbystas del REI. Y ahora viene la hora del ajuste, muchachos. Aunque no os lo queráis creer. Aunque no lo queráis aceptar. 

Algunos quedarán como grupo básico de presión del REI, a menor escala, adecuado a la nueva escala del REI. 

Otros, más cínicos y oportunistas, se apuntarán a la nueva burbuja renovable (como ya lo están haciendo algunos), alabando las bondades del biogás y los gases renovables, e introduciendo ya la falca de la biomasa. Ambas cosas, aberraciones abominables, de las que ya hemos hablado y de las que hablaremos a menudo en los próximos años. 

Para el resto, lo mejor es que se vayan buscando otro trabajo. Sobran tontos útiles. Gracias por los servicios prestados, pero ya os podéis ir a casa, muchachos.

Salu2.

AMT  

viernes, 11 de octubre de 2024

Colapsismo, o más de lo mismo



Queridos lectores:

Hemos discutido ya varias veces en este blog sobre la obsesión de los industrialistas en que su modelo de transición energético es el único válido y aplicable, y que todos los que señalamos sus deficiencias y limitaciones somos como mínimo derrotistas y posiblemente tenemos, a su modo de ver, algún tipo de tara mental. Esta gente, por supuesto, no entran nunca a discutir la sustancia técnica de las pegas señaladas, entre otras cosas porque su formación tampoco les permite, en muchos casos, entender de qué problemas se hablan, menudeando en el colectivo industrialista gente del ámbito de las humanidades y no siendo tan frecuentes las personas formadas en las ciencias naturales. Es cierto que en este colectivo encontramos también cierta cantidad de ingenieros, todos ellos trabajando para empresas del sector, pero éstos tampoco entran en la sustancia de las críticas y prefieren distraer la atención con otros datos no pertinentes a las cuestiones suscitadas, entre otras cosas porque son bien conscientes de que las críticas son ciertas y pertinentes. De hecho, conozco no pocos ingenieros que han trabajado en el sector y que lo han abandonado por una elemental cuestión de ética profesional y personal.

Viene esto a colación por el hastío que me ha producido leer el enésimo artículo, firmado por tres personas que dicen ser ecologistas, en el que se hace una defensa acrítica del modelo de Renovable Eléctrica Industrial (REI). Repiten, una vez más, que solo mediante una apuesta total por el REI podremos detener el desastre ambiental en ciernes, que tenemos que cumplir con nuestros compromisos internacionales, que tenemos que reducir nuestra dependencia exterior... Y delante de la evidencia que se acumula de que el modelo está fracasando, sacan a pasear uno de sus espantajos favoritos. La culpa de que haya oposición en el territorio es de los que ellos denominan "colapsistas", que están difundiendo ideas falsas, confundiendo a la población, ofuscando el debate, entorpeciendo nuestra salvación climática, energética y económica...

Esta anomalía de puro cuño ibérico, de denominar "colapsistas" a quienes argumentan que el REI está desnudo, a quienes muestran que esta transición no funciona, se gestó en el seno del partido político Más Madrid. Una élite no electa de gente con excesiva buena opinión sobre sí mismos y sus capacidades intelectuales, a pesar de que no tienen particulares méritos académicos, decidió convertir la descalificación de los argumentos contrarios al REI motejando así, "colapsista", a quien los exponía. Por supuesto en ningún momento definieron qué se quería decir con la palabra "colapsista", con la intención de dar a entender que quien defendía esa posición apostaba, por pura locura, por que la sociedad colapse. Dado que no eran capaces de proporcionar una argumentación rigurosa a favor de sus tesis, y dado que cada vez se hace más patente el atropello y la apropiación colonial del territorio, los másmadrileños de esta cuerda apostaron por la descalificación, esperando que de esa manera quedara expedito el espacio político que querían ocupar y que de alguna manera sentían en peligro.

Llevamos ya más de dos años con esta monserga, y algunas cosas están cambiando. En los últimos tiempos detecto que el manoseo del término "colapsista" por parte de los másmadrileños y su entono está consiguiendo que se devalúe tanto el término en sí como quien lo utiliza. Básicamente, cuando no tienen argumentos que oponer a la crítica, recurren al término de marras, con lo que cada vez está más claro que quien lo usa simplemente no tiene argumentos.

Algo que me ha llamado la atención desde el principio es la falta de profundidad intelectual de las personas que han escogido librar esta batalla terminológica. Viendo sus argumentos, uno se da cuenta de lo escasas, mal escogidas y peor digeridas que son sus  lecturas - en realidad no solo en este ámbito: causa repetido sonrojo las posiciones dóciles y sumisas, reminiscentes del entreguismo del período entreguerras del siglo pasado en muchas otras cuestiones de la discusión pública. Pero en el caso del colapsismo, es particularmente ridículo lo menguado de su bagaje intelectual y la total ignorancia de los que son y han sido referencia tanto en la discusión del riesgo del colapso de la sociedad como los que han defendido, incluso, la conveniencia del colapso.

La discusión intelectual sobre la decadencia y caída de la civilización occidental empezó por lo menos en los años 70 del siglo pasado, y no hablo aquí de los trabajos del ámbito de las ciencias naturales como "Los límites del crecimiento", sino de los realizados en los campos de la filosofía, la sociología y la antropología. Yendo ya a este siglo, hablando de colapso sería obligado mencionar a Pablo Sevigne o a referentes intelectuales nacionales como Jorge Riechmann o Carlos Taibo, que han abordado la cuestión en diversas ocasiones, incluso argumentando sobre la conveniencia tanto ambiental como social de un colapso temprano, en la línea de aquel "colapse ahora y evite las aglomeraciones" de John Michael Greer, otro referente intelectual ignorado, como lo son Josep Tainter o Jared Diamond, ambos también completamente ausentes de sus disquisiciones. Llama también al atención, de nuevo en clave doméstica, la deliberada omisión a Félix Moreno y su manifiesto colapsista, o versiones más argumentadas sobre la necesidad de la "Incivilización" del Black Mountain Project. Nada de esto se escucha en los argumentos másmadrileños, únicamente una garrula y agañanada repetición del mantra "eres un colapsista" cuando alguien les lleva la contraria, sin obviamente saber qué narices están diciendo.

Como también he comentado muchas veces, básicamente esta gente llama "colapsista" a los decrecentistas, y particularmente a los que venimos del ámbito académico. Es decir, quienes les molestamos somos los que defendemos la necesidad de una sociedad en equilibrio con la naturaleza y que satisfaga las necesidades de su población sin necesitar el crecimiento hasta el infinito y más allá del capital. Es decir, gente que no defendemos nada que se parezca al colapso de la civilización, aunque probablemente sí sea el colapso del capitalismo.

Porque ése es el problema real. La razón por la que molestamos y nos incordian es porque somos enemigos de su amo.

El problema es que se les está viendo demasiado el plumero a estas alturas. Es obvio que el REI está fracasando: las ventas de coches eléctricos se desploman en Europa mientras las compañías automovilísticas ponen sus planes de electrificación en el refrigerador, los curtailments de extienden, el consumo eléctrico sigue bajando y ahora, para colmo de males, el Gobierno español penalizará a las instalaciones de autoconsumo, obligándolas a instalar caros sistemas de estabilización para permitir que accedan a la red (lean esta interesante entrada del maestro Beamspot sobre el tema). Mientras tanto, tanto la producción de cobre como la de plata ya bajan, anticipando un futuro en el que las renovables eléctricas serán un lujo no al alcance de cualquiera.

Y mientras tanto, estos buenos para nada, estos salvadores de la patria por nadie elegidos, estos fascistas de medio pelo, siguen apostándolo todo a un modelo que, ése sí, nos puede hacer colapsar si nos empeñamos a seguirlo a pies juntillas. Precisamente, como nos avisa el último informe sobre el estado del planeta, en el que los científicos ambientales más reconocidos del planeta nos previenen del peligro inminente del colapso de nuestra civilización si no hay un cambio de rumbo mucho más profundo que instalar renovables.

Vosotros, (eco)fascistas, sois los colapsistas.


Salu2.

AMT

domingo, 30 de julio de 2023

De colapsistas y ecofascistas

 

Queridos lectores:

Hace tiempo que le vengo dando vueltas a la conveniencia o no de discutir en este blog sobre la artificial polémica inflada desde un partido político español contra algunos miembros de la academia española, entre los cuales por desgracia me cuento yo mismo. Hasta ahora he sido bastante reacio a comentarlo, más que de vez en cuando en el momento en que me preguntan por ello en las conferencias, porque no me ha parecido que fuera tema de discusión técnica (que a mi entender es en la que me tengo que centrar) y porque además, al afectarme a mi personalmente, mi visión no puede ser imparcial. Sin embargo, en vista de que la tempestad no amaina sino que arrecia, que esta monserga dura ya más de un año, y por las implicaciones que tiene para nuestro futuro, he creído conveniente escribir esta entrada en mi bitácora para dar mi punto de vista sobre tan desgraciado asunto, máxime porque de otro modo solo se oye el continuo runrún de nuestros detractores sin que en ningún momento nos defendamos nosotros mismos. Va por delante, quede claro, que éstas son solo mis impresiones personales por los hechos que relataré, tal y como los he vivido y entendido yo, y que por tanto es visión de parte: además de esto, lea el lector lo que considere conveniente y sáquese su propia impresión.

Como digo, mi visión sobre este asunto es muy subjetiva, y para entender mejor mi punto de vista haré mi relato cronológico de los hechos que creo relevantes.

El problema se centra en una persona concreta, Emilio Santiago Muiño, aunque algunas otras personas (como Héctor Tejero, Xan López o Jaime Vindel) han tenido un papel destacado en esta historia. Emilio Santiago es en la actualidad Científico Titular del CSIC en el Instituto de Lengua, Literatura y Antropología. Su tesis doctoral versó sobre el Período Especial en Cuba y de cómo la falta repentina de petróleo proveniente de la Unión Soviética tras su colapso indujo un reverdecimiento forzoso de la revolución cubana. Durante años, Emilio Santiago ha estado vinculado a los grupos académicos que han trabajado sobre la crisis ecosocial y la llegada de nuestra civilización a los límites planetarios. Yo le conocí de la mano de Jorge Riechmann, con quien colaboraba, y nuestra relación fue siempre cordial. Con el tiempo fuimos coincidiendo en más seminarios y actos, e inclusive él me invitó a participar en algún acto del colectivo "Rompe el círculo" de Móstoles, la ciudad madrileña donde reside, o el año pasado en un curso organizado en su centro.

En un momento determinado, Emilio Santiago comenzó a implicarse en la política institucional, y me da la impresión de que fue a partir de entonces que la cosa empezó a torcerse. Le nombraron director técnico en el Ayuntamiento de Móstoles y a partir de aquí comienza a involucrarse en profundidad en el partido Más Madrid. En algún momento conoció a Héctor Tejero (quien, según sus propias palabras, lleva más de 20 años trabajando en política) y escribieron juntos un libro que probablemente es la piedra fundacional de su apuesta política personal.

El libro de Santiago y Tejero, que en su día leí (con cierto esfuerzo, dado lo plúmbeo de su prosa y lo escaso de su contenido real) hace una apuesta decidida por lo que ellos denominan el Green New Deal, y de paso denostan las ideas del decrecentismo por no ser "políticamente fértiles" y "propias de las torres de marfil de la academia". A mi, en su día, cuando leía estas cosas, me daba igual, por varios motivos, pero el más importante era porque creo que nadie está en posesión de la verdad, yo tampoco, y quién sabe si su proyecto podría tener éxito: al final, lo mejor es que cada uno intente tirar adelante sus ideas y esperar que entre todos se pueda construir algo mejor. Yo por supuesto les deseaba lo mejor en sus emprendimientos.

Se tiene que decir, empero, que su elección de términos no podía ser más desafortunada. Green New Deal es el mismo término que utiliza la UE para referirse a su iniciativa de capitalismo verde 2.0, e incluso en los EE.UU. es un término que no tiene las mismas connotaciones que tenía para Santiago y Tejero. Su proyecto fue recibido con ésta y otras críticas (yo lo comenté un poco lateralmente), y poco más sucedió.

Pasó el tiempo. El GND de Santiago y Tejero nunca llegó a tener ninguna repercusión más allá de ciertos cenáculos de la izquierda más exquisita. Entre tanto, la incipiente crisis energética hacía que los medios de comunicación de España prestasen más atención al trabajo de algunos académicos y divulgadores españoles, y al mío entre ellos. Comenzó entonces un goteo constante de entrevistas, artículos, apariciones en radio y televisión... Poco a poco, el concepto de decrecimiento comienza a ser más conocido en España, quiero creer que en parte por las menciones que conseguimos colar por aquí y por allá.

En un momento dado, Emilio Santiago anunció a los transitábamos por allá que abandonaba una lista de correo que fundamos hace ya muchos años diversas personas de instituciones y asociaciones preocupadas por la crisis de los recursos y particularmente por los energéticos, aparte de por otros problemas de sostenibilidad. Decía no sentirse cómodo con los planteamientos que en ella a veces se hacían, y que en ocasiones se sentía atacado. En aquel momento me apenó tal decisión, pero al poco supe que había "fichado" de manera más formal por Más Madrid, y entendí que pertenecer a aquella lista de email de frikis pirados podía ser comprometido para su carrera política.

En junio de 2022, Juan Bordera, Alfons Pérez y yo publicamos un artículo en CTXT sobre los previsibles planes de los países del norte de Europa de usar España y otros países del sur como colonias energéticas. Ese artículo fue respondido por otro, publicado en la misma revista, firmado por Emilio Santiago, Héctor Tejero y Xan López, con un tono que solo puede ser clasificado de salvaje y despectivo. A mi me sorprendió y me desagradó el tono tan agresivo de la respuesta, máxime cuando los argumentos en la misma brillaban por su ausencia. Para más inri, se permitían la licencia de decir que con nuestros argumentos les dábamos alas a la ultraderecha: poco más o menos nos venían a acusar de vendidos al capital. Replicamos, claro está, y ahí quedó la cosa, aunque yo ya veía que algo estaba mal, muy mal...

A principios de julio de 2022, un redactor de El País de cuyo nombre no quiero acordarme me solicitó  una entrevista para conocer de primera mano mi opinión sobre la transición renovable y por qué yo veía tantos obstáculos. Aprovechando que yo tenía que ir a Madrid, quedamos en un café cerca de Atocha y conversamos durante una hora y cuarto. Durante esos 75 minutos yo desgrané con mucha minuciosidad los problemas e inconvenientes que plantea el modelo de Renovable Eléctrica Industrial que se nos quiere imponer como único modelo posible y solución de todos los males. En un momento de aquella larga conversación, me preguntó mi opinión sobre el colapso, y yo le dije que ése era un tema que no me interesaba. Como quiera que insistiera, le dije lo mismo que hace años que digo: que el colapso es un proceso, que viene causado por el empecinamiento de las sociedades en soluciones que no funcionan y que siempre es reversible si se abandonan aquellas prácticas que le hacen daño a la sociedad. Nuestra conversación sobre el colapso debió ocupar un par de minutos de aquellos 75 de conversación.

En agosto de 2022 se destapa el pastel: se publicó el reportaje en El País, y fue absolutamente vergonzoso e indignante. Ya el título del artículo dice muy claramente de qué va y con qué intención se ha escrito: "El discurso del colapso divide a los ambientalistas españoles" - no esperen encontrar el enlace aquí, es política de este blog no poner enlaces a medios españoles. En el texto, se me presenta a mi como poco menos que el padre de los colapsistas españoles. De una manera ventajista - y concertada, como se vio en los meses que siguieron - en ningún momento se define el término. Como suele decir Manuel Casal Lodeiro, ya ni siquiera estamos de acuerdo en una definición de lo que es un colapso para empezar. Pero para seguir, ¿qué es un colapsista? ¿Una persona que estudia el proceso del colapso desde una perspectiva académica? ¿Una persona que atisba el riesgo de colapso e intenta prevenirlo? ¿O alguien que desea morbosa y enfermizamente que llegue ese colapso? En ese artículo, como en el abusivo uso que las personas implicadas han hecho del término después, no se dice, pero es obvio que quieren dan a entender la tercera opción. Es decir, un colapsista es una mente enferma y desquiciada que desea que pase lo peor.

El artículo está estructurado de modo que hay dos bandos: los colapsistas, que son los villanos, y los no-colapsistas, que son gente que está haciendo cosas útiles y tienen una actitud positiva para abordar los problemas que tiene nuestra sociedad. En el bando de los villanos, aparte de un servidor, se encuentra Juan Bordera, Margarita Mediavilla y Alicia Valero; del bando de los héroes, Eloy Sanz, Pedro Fesco, Héctor Tejero y Andreu Escrivá. Es decir, los villanos son un científico, dos profesoras universitarias y un activista ambiental, mientras que los héroes son un profesor universitario (un tanto peculiar, si le conocen), dos cargos políticos y un divulgador ambiental. Aquí ya se ve un rasgo distintivo de la campaña de acoso que comienza con este artículo: el objetivo son principalmente académicos disidentes. Pero hay una perla que redondea el artículo: al final aparece el testimonio de alguien que fue colapsista pero ahora se ha pasado al bando de los héroes. Un arrepentido que ha venido a hacer justicia. Efectivamente, es Emilio Santiago.

En su momento el artículo me pareció un insulto y un atropello, y así lo expliqué en un hilo de Twitter, en el cual acabé ofreciendo al redactor de El País la recompensa de Judas Iscariote (para mayor recochineo, se hizo el ofendido, él, y desde entonces veta mi nombre en cualquier cosa que se envíe a El País: lástima, otro diario en el que nunca se publicará nada de mi). Y aunque me pareció muy sospechosa la coincidencia Tejero-Santiago, no le di más importancia y seguí a mis cosas.

Desde entonces, el acoso ha sido continuo. En cualquier ocasión que pueden, este grupo de personas, con Emilio Santiago a la cabeza, nos moteja de "colapsistas". Parece haber además la consigna de no decir lo que realmente somos (y que es lo que verdad les molesta), "decrecentistas". Se trata de crear un clima de opinión desfavorable contra nosotros, y en ese sentido son tremendamente prolíficos en escritos y artículos, aunque afortunadamente usan una prosa tan pedante y engolada que casi nadie se los lee, solo los de su cuerda. En un momento determinado me di cuenta de que usaban cuestiones que conversábamos en la lista de distribución que había abandonado Emilio Santiago meses antes, o sea que alguien les estaba pasando información, y siempre con el objeto de humillarnos y desacreditarnos. Les tendí una trampa muy burda, poniendo un mensaje muy vejatorio en esa lista, y a las pocas horas el propio  Emilio Santiago me envió un larguísimo mensaje de refutación a mi email, demostrándome así que toda la información de la lista le llegaba puntualmente. Tras eso, obviamente y a mi pesar, tuve que abandonar la lista.

Durante estos meses he tenido ocasión de hablar con el resto de académicos a los que principalmente Emilio Santiago y a veces sus adláteres se dedican a humillar y a acosar en sus escritos. La impresión general es de disgusto y hartazgo, sobre todo porque cuesta comprender qué les hemos hecho a estos energúmenos para que nos molesten de esta manera, máxime cuando nosotros no hemos entrado en la batalla de poder de los partidos políticos (ni ganas tenemos). Parece ser que esta gente entiende que somos un estorbo porque ocupamos un espacio político que a su entender les debe corresponder por derecho. Lo cual es muy absurdo, porque a nosotros eso nos da igual; y como le comenté  a Emilio Santiago hace unos meses, en realidad ellos podrían reivindicar nuestro trabajo como propio y de acuerdo con sus ideas, incluso aunque hubiera contradicciones flagrantes, y nosotros tampoco diríamos nada porque en cualquier caso seguramente les encontraríamos más afines que otras muchas opciones políticas. Pero no. Por algún motivo, eso no les bastó. No les bastaba con que no les obstaculizáramos: tenían una necesidad de derrotarnos completamente, de someternos en el ámbito de una imaginaria batalla intelectual que creen estar librando (en ese sentido, es llamativa la gran cantidad de conceptos bélicos que usan en sus escritos: "ganar", "lucha", "conquista", "batalla", etc).

La guinda del pastel ha sido la reciente publicación de un libro escrito por el propio Emilio Santiago, de infame título: "Contra el mito del colapso ecológico". Todos los grandes periódicos del país han entrevistado a Emilio Santiago sobre su libro, a una o dos páginas, todo un lujo - obviamente el Sr. Santiago Muiño conoce resortes que yo no puedo alcanzar, porque a mi nunca nadie me entrevistó allí por ninguno de mis libros y eso que me da en la nariz de que tienen algo mejor tirada que los de él. El Sr. Santiago Muiño está aprovechando estas entrevistas para seguir echando pestes sobre básicamente toda la gente que en España trabaja a nivel académico y activista desde posiciones que no son la suya propia, tildándolos a todos de "colapsistas", y por supuesto sin definir el significado exacto de ese sambenito.

Yo ni he leído ni voy a leer su libro: ojeé algunas páginas por internet y vi la misma prosa pomposa, plúmbea, autojustificativa (este hombre debe tener muchos remordimientos) y vacía de siempre. Gente con mucho conocimiento y ganas de perder unas horas leyendo esa egocéntrica tabarra han escrito sobre él reseñas muy interesante y completamente demoledoras: Jorge Riechmann, Jordi Marín, Aurora Despierta o Vicente Guedero. Yo comentaré aquí del libro lo único que pienso leer, el título. "Contra el mito del colapso ecológico". Tengo muchos amigos y amigas, investigadores e investigadoras en el ámbito de la ecología, algunos de los cuales han visto literalmente desaparecer el objeto de su estudio, que se han sentido profundamente insultados porque un antropólogo del Instituto de Lengua se atreva a decirles que el problema del que vienen alertando desde hace décadas es un mito. En ese sentido, recomendaría al Sr. Santiago Muiño que por si acaso no pase por ningún instituto ni departamento de ecología si no quieren que le expliquen cuatro verdades, aunque me parece que ya de suyo este señor no frecuenta mucho ningún lugar donde se enseñen o tan solo se comprendan las Ciencias Naturales.

Todo lo que hasta aquí he relatado es mi visión personal y sin duda sesgada sobre lo que ha pasado este último año. Ha sido muy triste, y desagradable: yo a Emilio le consideraba un colega y un amigo, y ahora me ha quedo meridianamente claro que no es ninguna de las dos cosas. Pero con respecto a lo sucedido me gustaría ahora dejar de lado el qué y centrarme en el por qué. Por qué ha pasado esto. Y en particular, por qué exactamente están Emilio Santiago et al haciendo lo que hacen. Obviamente yo no puedo conocer sus razones últimas, pero hay ciertos detalles muy reveladores de la verdadera ideología de estas personas, manifestados en sus escritos y en sus actos.

Emilio Santiago presume de trabajar en el ámbito de la ecología política. A mi personalmente el término "ecología política" nunca me ha gustado, porque la ecología es una disciplina bien diferente y en realidad de lo que trata la ecología política son cuestiones de justicia ambiental. Y en esto ya se observa una interesante anomalía en los intereses reales de Emilio Santiago: una cuestión clave cuando se discute sobre justicia ambiental es los abusos del extractivismo sobre el Sur global. En particular, una cuestión que está emergiendo con cada vez más fuerza es cómo la loca carrera de Europa por conseguir hacer "su" transición renovable implica altos grados de destrucción ambiental en el sur del planeta, en la búsqueda masiva de los escasos materiales que son necesarios para esa transición. Cuando se le ha señalado a Emilio Santiago o a otro de sus iguales estos problemas tienen una clara tendencia a mirar hacia otro lado, a "confiar" en que se mejorarán las técnicas extractivistas para disminuir el impacto ambiental y social y, cosa interesante, a decir que nosotros tenemos que ocuparnos de los problemas de aquí, y que ahora la clave es conseguir nosotros hacer nuestra transición (mención aparte merece que también desdeñan la oposición desde el territorio a la implantación de los macroparques renovables). Es decir, su pensamiento tiene un reconocible tufo de nacionalismo del más rancio, desdeñando o ignorando el mal que se hace en otros lados o incluso aquí en pos de "hagamos España grande de nuevo". En ese sentido, da vergüenza ajena ver cómo manosean el término "ecología política" para justificar sus alharacas: hace unos meses celebraron en Barcelona un "gran encuentro de ecología política en España", al que aparte de nuestros héroes acudieron personajes de diverso pelaje. Del mundo académico solo fue, hasta donde yo sé, el ínclito Eloy Sanz; por supuesto no participó ni un ecólogo ni una ecóloga (lamentable para un encuentro de "ecología", por más "política" que fuera). Y para haberse hecho en Barcelona podrían haber contado con alguno de los interesantes académicos de la Ciudad Condal; obviamente no hablo de mi, que además soy el demonio con cuernos, pero podrían haber contado con Jordi Solé (coordinador del proyecto MEDEAS y alguien con mucho conocimiento sobre las transiciones ecológicas), o con alguna de las personas que trabajan en temas de economía ecológica o justicia ambiental, y que son referencia en Europa, como Joan Martínez-Alier, Mario Giampietro o Giorgos Kallis, por poner solo algunos ejemplos. Pero no. Era un evento de ellos y para ellos, en los que no se buscaba saber más, sino justificarse mejor y de paso posicionarse políticamente (la mayoría de los asistentes eran personas del ámbito de la política).

Otra de las claves del pensamiento de Emilio Santiago es el posmodernismo, que en sus versiones más extremas se ha convertido en una corriente tóxica de pensamiento que defiende un subjetivismo de la realidad hasta extremos enfermizos. El posmodernismo afirma que cualquier construcción humana es subjetiva y fruto de la realidad cultural en la que se haga, y de esa manera, en las visiones posmo más radicales hasta la ciencia es una construcción cultural y por tanto opinable. Que la ciencia es un fruto de la cultura es algo conocido y evidente: el entorno cultural condiciona tanto los sujetos de estudio en la actividad científica como los métodos de estudio que se aplican. Pero el relativismo llega hasta cierto punto: en Ciencias Naturales, la aplicación del método científico busca garantizar la reproductividad de los resultados observados, y con todas las salvedades y limitaciones que tiene cualquier conocimiento humano es algo bastante más objetivo de lo que los radicales posmo quisieran aceptar. Yo siempre digo que un cierto escepticismo es bueno, pero un exceso de él es puro cinismo: yo a los radicales posmo les invitaría a saltar por la ventana de un quinto piso, porque al fin y al cabo la Ley de la Gravedad es solamente un constructo cultural. Obviamente no lo harán, lo cual demuestra el absoluto cinismo de sus posiciones: posmodernos, sí, pero no idiotas.

El posmodernismo de Emilio Santiago le ha llevado por derroteros bien curiosos. Sin tener la más mínima idea de física, biología, química, geología o ingeniería se permite la ligereza de juzgar la bondad o falta de acierto de las posiciones en ciertos debates académicos en función de su aceptación cultural. Para Emilio Santiago, que Mark Jacobson y toda su red publiquen 180 artículos demostrando que la transición energética al 100% renovable es factible, fácil y económicamente rentable es prueba suficiente de que la cosa es así, porque a ellos opone la veintena larga de artículos publicados por investigadores españoles en los que se describen las deficiencias y limitaciones que aquejan a ese modelo de transición. Rizando el rizo, se cuestiona Santiago Muiño sobre la anomalía que representa que en España se pueda estar haciendo una investigación puntera sobre este tema "y no en otros países", demostrando un complejo de inferioridad ibérico habitual en las tascas de este país pero que no es de recibo en alguien que trabaja en una institución académica. 

A la tesis de Emilio Santiago resulta muy fácil oponer tres argumentos. Primero, en Ciencias Naturales, cuando hay una controversia, la cuestión no se dirime por una especie de votación artículos a favor - artículos en contra. Lo que hay que hacer es examinar con detalle la cuestión, entender cuáles son los motivos de las posibles discrepancias y resolverlas, y eso es así porque no hay múltiples verdades, sino una sola, que puede ser la de un bando, la del otro o la de ninguno de los dos y ser más compleja. Solo el trabajo detallado y la concienzuda aplicación del Método Científico nos llevará a la verdad, a veces tras largos años. Segundo, desconozco los complejos que puede arrastrar Santiago Muiño por su propia actividad en su particular campo de investigación, pero estaría bien que se informara un poco y se enterara de que España es hoy en día un país puntero en múltiples campos de investigación, sobre todo en el ámbito de las Ciencias Naturales. Y tercero, la ofuscación de Emilio Santiago por defender sus posiciones hace que ni se haya molestado en comprobar la literatura científica. En este momento hay un cuerpo creciente de artículos científicos mostrando los múltiples problemas asociados a este modelo de transición energética, publicados por centros de investigación de todo el mundo. Añadir que la reputación de Mark Jacobson ha quedado muy comprometida después del artículo de refutación que escribieron Christopher Clack y otros 20 académicos, al que Jacobson inverosímilmente contestó poniéndole un pleito a Clack y a la Academia Nacional de Ciencias y que le acabó costando a la institución de Jacobson, la Universidad de Stanford, 10 millones de dólares cuando la demanda se consideró improcedente. Quizá también conviene recordar que Jacobson tiene una importante participación económica en una empresa de instalación y gestión de energías renovables y que por tanto tiene un más que evidente conflicto de intereses.

Una de las cosas más cómicas que le he oído a Santiago Muiño a lo largo de los años es el cuestionamiento de la proximidad del peak oil (de nuevo tomado por él como una "anomalía ibérica"), justo en el momento en que nos empieza a azotar con fuerza. La caída de la inversión en upstream de los últimos años garantiza que la producción no va a poder remontar:

 

y más en un contexto en el que muchas compañías como Exxon y Mobil anuncian sustanciosas caída de beneficios (bien es cierto, viniendo de un 2022 en el que el precio del petróleo tocó los 132$/barril). Por más que los medios intentan hacer creer que la producción de petróleo ha llegado a máximos históricos, lo cierto es que la única categoría de hidrocarburos que se asimilan a petróleo que crece son los líquidos de gas natural, que sólo se parecen al petróleo en que sirven para producir plásticos pero no combustibles líquidos.


Y eso mientras ya se anuncia el declive del fracking en los EE.UU. y la caída de producción se va asentando en el resto del mundo. Y es que, por más posmodernos que nos pongamos, los coches van a seguir necesitando gasolina y diésel para funcionar...

Pero ya ha quedado claro que la realidad física del mundo donde vivimos no le interesa a Emilio Santiago y sus compañeros de travesía. Como he explicado al principio del post, una parte muy destacada de la actividad de estas personas durante el último año ha sido el acoso y el desprestigo de los académicos del Estado español (del CSIC, de la Universidad de Valladolid, de la Universidad de Zaragoza, de la Universidad de Barcelona...) que somos críticos con el modelo de transición renovable. Particularmente destacable es la obsesión de Emilio Santiago conmigo, haciendo referencias continuas a mi persona en incontables artículos, siempre para poner de manifiesto mis errores tanto técnicos (qué sabrá él...) como políticos (de nuevo, qué sabrá él, por más que se crea). Yo hasta el día de hoy no había escrito ni una línea sobre esta persona, y espero sinceramente no volver a hacerlo nunca más; pero él me tiene continuamente en su boca y me temo que ahí seguiré. Yo hice un esfuerzo para conseguir una tregua, llamando a un debate amplio sobre el modelo renovable, pero la respuesta fue con el típico tono arrogante, arrogándose para ellos la elección del qué se podía discutir y el qué no.

Complementariamente a este continuo, infundado e inmoral acoso a los académicos que expresan sus dudas sobre la panacea del Green New Deal, hay otro rasgo interesante del pensamiento político de Santiago Muiño. En una conferencia reciente en León, una persona del público (que luego me informaron que tenía vinculación con este colectivo) me preguntó sobre qué pensaba de la afirmación de Emilio Santiago Muiño de que no se debe decir la verdad a la población, porque eso causa parálisis por culpa del miedo que generan las malas noticias sobre la crisis climática y demás crisis de sostenibilidad. Mi respuesta a esta pregunta es que a mi me causa repugnancia que alguien se crea en el derecho de ocultar información a la población y tomar decisiones "por su bien". Máxime cuando me parece de una soberbia sin límites creerse facultado para tomar esas decisiones sin consultarlo a nadie, y no te digo nada si éstas nacen de un enfoque posmo de la realidad. Desde entonces, y viendo repetida la exposición de este enfoque en alguna entrevista que le han hecho, entiendo que una de las cosas que le molesta particularmente a Santiago Muiño es que esos académicos disidentes divulguemos esa información que él considera que, cierta o no, es mejor ocultar. Eso también explica su enfermiza obsesión conmigo, porque yo soy una persona que he conseguido alcanzar cierta visibilidad en esa divulgación. Lo que me parece ya alucinante es que el Sr. Santiago Muiño se crea en el derecho de intentar reprimir la divulgación de la información, de momento con los limitados medios que tiene pero que estoy seguro que si tuviera responsabilidades de gobierno no dudaría en usar métodos más ejecutivos (y expeditivos).

Así pues, sinteticemos las bases del pensamiento cálido de Emilio Santiago Muiño y sus afines: nacionalismo a ultranza, defensa de un Estado fuerte, relativismo en los aspectos técnicos supeditada a la propia visión (fuertemente ideológica) de cómo se debe hacer la transición, acoso y represión del pensamiento disidente por todos los medios posibles, ocultación de la verdadera situación a la población y toma de decisiones por un élite autoescogida y autoproclamada.

Esto tiene un nombre muy claro: ecofascismo. Los postulados ideológicos en los que se basa el pensamiento de Santiago Muiño son los mismos que los del ecofascismo. Él simplemente ha encontrado una coartada narrativa para justificarlo. El libro de Emilio Santiago, en el que él sintentiza y presenta de manera ordenada estas ideas, será probablemente el Mein Kampf del ecofascismo ibérico.

La procedencia de Santiago Muiño mantiene confundidas a algunas personas en el mundo ambiental, activista y político, que creen que Emilio Santiago sigue siendo uno de los suyos y una referencia legítima en las discusiones sobre la transición ecológica. Lo triste, por duro que sea de aceptar, es que ya no lo es. Él escogió un camino más fácil que cree que le dará más poder, aunque para ello tenga que sacrificar sus amigos y sus ideas.

 

Salu2.

AMT

P. Data: Al final, por más paciencia que se tenga, llega un momento en el que hay que decir basta. Basta ya de atropellos y abusos.


viernes, 31 de enero de 2020

¿Seremos ecofascistas?

Queridos lectores:

El maestro Beamspot nos ofrece esta semana un análisis nada cómodo, nada agradable, sobre cómo se está manipulando el problema (real) del Cambio Climático para imponer una política de exclusión social y de favorecimiento de los intereses de las clases dominantes. Un ensayo en tono muy iconoclasta, no para todos los gustos, pero ciertamente interesante.

Les dejo con Beamspot.

Salu2.
AMT

¿Seremos Ecofascistas? 



 


En los últimos meses se está dando mucha relevancia al cambio climático, con manifestaciones, huelgas estudiantiles y protestas de variada índole, con un nombre relevante por encima de todos: Greta Thumberg.

Se comenta mucho en las redes sociales cómo esta niña de 16 años ha sido invitada a una reunión de la ONU, al foro de Davos, y en otras partes, donde básicamente ha ido leyendo la cartilla a la flor y nata de la diplomacia, las finanzas y el poder político.

Hasta la han nombrado para premio Nóbel de la Paz, que al final no se ha llevado.

Muchos creen, esperan, que sea la fuerza que lleve adelante toda una revolución para frenar, todos juntos, el cambio climático. Ciertamente, los movimientos Fridays For Future (FFF) y Extinction/Rebellion (XR), están captando portadas y muchos minutos en los noticiarios.

Algunos se han extrañado que últimamente se ataca mucho, cada vez más a Greta.

Lo verdaderamente extraño… es que se extrañen.

Obviamente, los que no están de acuerdo (¿en qué? esa es una clave que veremos adelante) no se iban a quedar de brazos cruzados.

Entre los que la atacan, figuran muchos youtubers, una eco-comunista de afilada pluma como es Cory Morningstar, Trump (¿cómo no?), Emmanuel Macron (eso ya es más raro), y otras figuras políticas de renombre.

Pero al menos ha servido para abrir el debate sobre ‘hacer algo para frenar el cambio climático’ y una mayor concienciación para actuar.

Eso me comentaba un compañero de trabajo, camino del concesionario a comprarse un muy ecologista SUV.

Otro, me comentaba que lo que hay que hacer es contratar todos la electricidad a una comercializadora de renovables. Claro que éste ya tiene su SUV y bien que cruza la península varias veces al mes. Justo los fines de semana que no coge un avión para irse a alguna parte.



Así van las ventas de coches por tipo. Habida cuenta que los pesados e inestables SUV son los más contaminantes a la par del tipo con mejores márgenes de beneficio, el clima no sale beneficiado, precisamente.



Esos son dos grandes ejemplos de la concienciación que se estila.

Y es que esos que atacan a la Thunberg, o, mejor dicho, al movimiento que tiene detrás, lo tienen fácil. Muy fácil.

Veamos un par de ejemplos notorios.

El primero se produce justo tras la publicación de ‘Venusianos’: justamente se propone en Alemania, y posteriormente en la reunión del G7 (a petición de Alemania, casualmente), la subida  del IVA a todas las carnes. La propuesta no es menor pues del valor reducido que tiene ahora (depende del país), al valor más alto, que en España se situaría al 21%, y creo recordar que al 19% en ese país que tanto gusta de las salchichas, los schnitzel, el leberkäse y otras comidas muy cárnicas.

Al rato salieron críticas a la propuesta por parte de Der Links (La Izquierda), y además, también y en la misma línea, por AfD (Alternativa por Alemania, digamos que de ‘derechas derechas’). Ambos decían algo que al que esto escribe y suscribe, le parece acertado: que eso iba a mermar y dañar mucho a la población más necesitada, que es la que llega justa a fin de mes, y a quiénes esa subida no les viene precisamente a mejorar su situación.


”No es acerca de privarse de todo. Es acerca de crear algo mejor… Podemos imaginarnos cómo mantener nuestros estilos de vida y la salud del planeta si lo hacemos correctamente.” Cámeron Díaz.
Claro que sí, guapi. Los 8000 millones de habitantes del planeta podemos mantener tu ritmo de vida sin fastidiar el planeta.

Si mencionamos que la idea era destinar esas recaudaciones a ‘mejorar el cuidado’ de los animales, pongamos por ejemplo Wagyu, Kobe, entonces la cosa parecía ‘más noble’.

Ciertamente, los de izquierdas son aquellos que deberían vigilar por la igualdad y que las leyes favorezcan a los que tiene menor poder adquisitivo mientras limitan los beneficios de los que tienen más poder adquisitivo.

Que el nacionalista AfD apoye la misma idea puede llevar a pensar en una nueva coalición social-nacionalista (¿o será al revés?). Desde luego, algo de razón llevan.

Tanto es así, que cierta corresponsal española de gran reputación, en la rueda de prensa en la que el G7 explicó precisamente estas intenciones, notó y publicó en Twitter que en dicha rueda de prensas se agasajó a todos los corresponsales con un suculento banquete a base, fundamentalmente, de cárnicos. Pueden consultar el video que se hizo viral aquí.

Un claro indicativo de cuáles son sus intenciones, ¿no les parece?

Una segunda noticia, está más publicada, va sobre una cumbre sobre el clima en Sicilia, donde 300 “celebrities” estaban invitadas para hablar de cómo concienciar a la población de la necesidad de actuar contra el cambio climático.

El evento se realizó gracias a 114 jets privados, un puñado de cruceros de lujo tamaño portaaviones que gastan tanto bunker o fuel oil extrapesado (y sulfurado) con unas emisiones de 3,3 toneladas de CO2 por hora, y un número indeterminado de helicópteros, limunsinas o Maseratis ‘prestados’ por la organización para que sus invitados pudiesen pasearse por la isla y disfrutar de las magníficas vistas sin desmerecer su status en el lujoso complejo de Verdura Resort cercano al parque arqueológico de Selinunte, patrimonio mundial de la UNESCO.




Villa Verdura Resort. Todo un alarde de austeridad en pos del bien del planeta. ¿Ejemplo a seguir?

De esta noticia, justo al contrario que la del G7, hay muchas noticias en Internet. Al menos, en Google me salen un porrón, tal vez porque Google era el organizador de dicho evento, como los pasados 7 eventos.

Evidentemente, el hecho que el príncipe Henry, Enrique para los amigos, diese su charla descalzo, también tendremos que agradecerle que dijera que solamente quiere tener 2 hijos, hace que todos estos detallitos que he mencionado sobre los Maseratis, yates y jets privados sea una pequeño detalle aceptable. Se ve que el clima va a dejar de cambiar porque su Alteza Real Henry no se calce los pies un día.

En resumen: una parte importante del ‘cambio climático’ es postureo, farándula, pose, moda…… y sobretodo, impuestos.

Sí, sí, I-M-P-U-E-S-T-O-S.  cuya orientación no trata de castigar al que emite CO2, el productor industrial de carne, sino al consumidor. No hay manera de saber fácilmente si el G7 aprobó la idea de cobrarnos impuestos por consumir carne, un consumo que NO emite CO2, ya que éste lo emite la producción industrial de la misma.

Ante la propuesta de comer ‘carne vegana’ deberíamos ser críticos y contrastar tanto por que ha recibido tanto apoyo por parte de los mass media, como que hay de verdad en las críticas que reciben incluso desde informes del IPCC.

Tal vez la realidad nos la evidencie algunos de los accionistas que hay tras esos Unicornios, entre otros encontraríamos a Al Gore (y muchos secuaces) y la defensa de cuyos intereses ha conseguido hacer subir las acciones de empresas como Beyond Meat e Impossible Foods más de un 20% sin que exista ninguna seguridad de que sea comida saludable y ni si quiera que su uso generalizado ayudara a mejorar el clima del planeta.  Los movimientos realizados por esos “inversores” creo que ya son un indicativo de por dónde van los tiros.

Una de las principales críticas se centra en lo llamativo que resulta que los nutricionistas defiendan que comamos el mínimo posible de comidas procesadas, y que nos centremos en hacernos nosotros mismos la comida. Pero esos Unicornios lo que hacen, precisamente, es vender comida ultraprocesada, con muchos ingredientes producidos industrialmente. Esa “carnes veganas” son todo lo contrario de lo que representa una ensalada de vegetales. Es más, la fabricación, el procesado y transporte también emite CO2, así que está por ver realmente que ganancias comporta semejante comida.

Otras críticas se centran en el contenido de Organismos Modificados Genéticament (OMG o GMO), que no hay garantías sobre lo saludables o poco saludables que resulta la ingesta de estos alimentos o su calificación como “fake food”.

Otra cara del mismo proceso es la sustitución del azúcar de las bebidas, que se dice que es malísimo, por edulcorantes procesados que también son productos “refinados” y que aunque se venden como saludables en realidad no son garantía de nada. Pero mientras tanto ya tenemos un nuevo impuesto transversal e “igualitario”, es decir que pagan por igual ricos y pobres.

En resumen, se trata de diferentes maneras de conseguir una población más controlable a través de técnicas de control de la alimentación de la población que son sobradamente conocidas por los expertos en sectas.

Que la dieta vegana es desequilibrada y requiere de suplementos como la vitamina B12 debido a la falta de ciertos nutrientes, es de sobras conocido. Nuestro organismo no está genéticamente adaptado a estas dietas.

Las personas con acceso a un nivel inferior de proteínas son mucho más controlables y a ello se pretende llegar mediante la renuncia voluntariamente al consumo de ciertos alimentos, y en favor de los alimentos producido por determinados sectores alimenticios, resuena en mi cabeza el escándalo de la dieta “Ma.Pi”. Y al mismo tiempo que se incrementa el control sobre la población también se incrementa la presión fiscal indirecta, normalizando la aceptación voluntaria de impuestos que son cualquier cosa menos proporcionales al nivel de ingresos.

Con esta munición, es lógico que los partidarios de Greta vean cómo cada vez la atacan más y más duramente.

Pues lo siento. Tal y cómo ya escribió Antonio Turiel, Greta es irrelevante. No se trata de ella. Ese despilfarro de ideas comentado no lo ha creado ella.

Greta es irrelevante.

Esos que atacan a Greta son irrelevantes.

La cumbre de Sicilia es irrelevante.

El IPCC es irrelevante.

El consenso científico es irrelevante.

El Cambio Climático es irrelevante.

Sí, sí. El Cambio Climático es irrelevante.

Lo realmente relevante, lo muy muy realmente relevante, es QUE HACEMOS ANTE ELLO.

Podemos volver de nuevo sobre la pregunta ¿Hay un cambio climático?

Creo que la gran mayoría de la población está de acuerdo con ello. Yo particularmente lo estoy.

¿Ese cambio climático es creado por el hombre?

Ahí ya hay más desacuerdo, aunque personalmente creo que la fracción del cambio debida al ser humano está entre el 60 y el 80%, pero la seguridad que tengo en esa figura es bajísima.

En cualquier caso, esto es relativamente irrelevante. Hay mucha gente que cree que la participación humana es inferior, aunque pocos que digan que es nula.

A falta de datos fiables, y el IPCC no está precisamente muy claro en este punto (no hay demostración física ni científica ni matemática de qué % exacto es debido a nosotros), este punto creo que tiene que quedar como ‘provisional’.

Pero lo dicho, es irrelevante. No debería serlo, pero lo es.

Es irrelevante porque de lo que se trata, de lo que va todo el movimiento de Greta, así como el de la mayoría de sus detractores, NO es de Cambio Climático.



Das Wetter über Alles.

ESTO VA DE CONTROL, DE AUTORITARISMO Y DE IMPOSICIÓN

Imponer. De esa palabra precisamente se deriva el término impuesto(s).

Imponer. No discutir.

Imponer, no dar explicaciones.

Imponer, no consensuar. Por mucho que hablen de consenso.

Imponer, no dialogar.

Imponer, no evaluar diferentes opciones ni las repercusiones de dichas opciones.

Imponer, no evaluar los costes tanto económicos como sociales.

Imponer, pese a quién le pese, e independientemente de la opinión de la mayoría.

Imponer, nunca escuchar ni aceptar discrepancias.

Unos quieren imponer unas cosas. Otros defienden que se mantenga el orden impuesto (que, de hecho, es algo más flexible).

Pero nadie dialoga (a los españoles nos debería sonar y mucho).

En realidad, nada nuevo.

Anteriormente ya hemos visto algunos de los caminos utilizados para ejercer el control e imponer ideas de forma autoritaria, pero se nos ha pasado por alto una que tiene siglos de vida documentada.

El uso de niños en un debate para conmover a la audiencia y lograr que el público se deje llevar más por las emociones que por la razón. LA PEDOFRASTIA.



Un talante muy dialogante, sosegado, maduro, adulto, tranquilo. Un gran ejemplo.


El uso de la pedofrastia es generalizado en el ejercicio del poder, (nunca va a entrar en el código penal, visto que quienes lo usan, los beneficiarios son precisamente los que hacen las leyes) y el control de la población, y recientemente  se puede ver por ambos lados: la Thumberg, claramente la víctima, es un gran ejemplo, prácticamente calcado del de la Cumbre de Río 1992, de la que se recuerda el discurso, pero no las previsiones que se hicieron entonces, ni de contrastarlas.

Pedofrastia que también se puede ver y casi tocar en gran parte de vídeos de youtubers jóvenes donde se ataca a Greta, con más o menos fundamento, muchas veces además de forma denostable, ataques ad hominem realmente feos, y que están dirigidos al público joven. Es decir, videos pedofrastas, perpetradores de pedofrastia.

¿Qué hay de raro en que se devuelva el ataque con la misma moneda? Ambos lados están al mismo nivel. A ninguno de los dos les interesa el debate realmente, ni el razonamiento, no quieren que la cosa salga del ámbito de los sentimientos y por ello usan a las víctimas más indefensas que hay: los niños.

Saben bien lo que hacen. Este truco, como hemos dicho, tiene siglos.

Y dos objetivos: el primero, llegar a los adultos, especialmente a los padres y abuelos, al corazón, que es el órgano que está más cerca de la cartera.

Visto que algunos personajes escriben sobre esto y encima dicen claramente que hay que incentivar que los colegios ‘eduquen’ a los niños en ‘esos valores’ (los de la cuerda del que escribe, y eso vale por ambos lados), es una clara alusión al adoctrinamiento infantil. Ese es el segundo objetivo.

Eso es tan viejo como la pedofrastia. Casi que es lo mismo, sólo que perpetrado por un cierto tipo particular de personas.

Pero si nos centramos solamente en el canal, los niños y la pedofrastia, también nos quedaremos en lo irrelevante. Una segunda capa de irrelevancia que ya les va bien.

Algunos participantes del foro ya han apuntado hacia el objetivo concreto, lo relevante. El uso del lenguaje (visual y oral principalmente) centrado en la forma en que se dicen las cosas, y el cómo se dicen, en este caso, mucho más que en el contenido del mensaje, que simplemente son ordenes concretas que no se aceptarían dichas de otra forma o modo.

De nuevo, y como no, en ambos lados por igual.

Estas técnicas de expresión, muchas de ellas claramente presentes en el lenguaje comercial, de la publicidad, de la venta a domicilio, de las técnicas de márquetin y de algunas otras más ocultas, tampoco son nuevas.

El hecho de ensalzar unas razones claramente morales (que es el único adjetivo aplicable) por encima de otras, articula una base ideológica sobre la cual esa ‘moral última’ o ‘moral superior’ está por encima de cualquier otra cosa.

Eso da permiso, justificación a hacer cosas que de otra manera serían inmorales, inaceptables.

Pongamos por ejemplo a ‘educar’ a nuestros hijos a que, si hace falta, denuncien a sus padres por ‘actos inmorales’, como no reciclar. Ok Boomer.

Eso va directamente a cultivar las diferencias morales, la distinción entre ‘buenos’ y ‘malos’ en base a esa moral última.

Esto fomenta claramente, y como primer paso, la ‘etiquetación’, la discriminación en base a esa etiqueta de ‘buenos’ y ‘malos’, la eliminación de los ‘malos’ del diálogo.

Maniqueísmo puro y duro. Maniqueísmo de base biológica que enlaza con el tribalismo ancestral. Y que afinando un poco más podríamos conceptualizar como de ‘política identitaria’.

 

POLITICA INDENTITARIA

¿Qué es la “política identitaria”?

Como sabéis, trabajo en una fábrica que hace componentes electrónicos para la automoción.

Y voy a contaros un secreto. Pssssst, no se lo contéis a nadie.

El negocio de mi trabajo, el objetivo secreto secretísimo de la multinacional para la que curro, es vender tantos productos electrónicos de la automoción como sea posible.

Resulta que todos los coches llevan de estos productos, como llevan el climatizador, el sistema de audio, asientos, puertas, ventanas y ruedas.

Es más: los coches eléctricos llevan mucha más electrónica, y encima más cara.

Así que a la empresa en la que trabajo, secretamente, le interesa vender cochepilas más que otro tipo de coche.

A mí también me interesa que estos entren y que nos den productos de estos a fabricar. Va en ello mi sueldo.

Lo dicho. Trabajo en el sector de la automoción. Esto me identifica como pro-coches.

Ergo, por definición, por ‘identidad’, yo estoy en contra del cambio climático.

Por supuesto, soy varón, blanco, hetero, europeo, español para más señas, de mediana edad y de clase media – alta, aunque sea un ‘soldado raso’.

Por tanto, según la política identitaria, soy machista, racista, homófobo, elitista, colonialista, retrógrado casposo – conservador, y burgués.


La foto robot de mi DNI según la política identitaria. Aplica a casi la mitad de la población. Sin embargo, no cuadra con las estadísticas de voto. ¿Manipulación?



Evidentemente, haga lo que haga, me guste lo que me guste, diga lo que diga o escriba, opine lo que opine, o vote lo que yo vote, por identidad, me corresponde votar a Vox.

Y si no lo voto (como es el caso), entonces peor: soy un traidor a mi identidad.

Que casi la mitad de casi todos los países (excluyamos el Vaticano) sean hombres, importa un pimiento.

Que la mayoría de españoles, más de la mitad, sean de clase media, importa un higo.

Que la mayoría de españolas y españoles seamos heterosexuales, importa un rábano (o un higo, según el género que cada cual guste).

Que sea un ‘soldado raso’ no importa un carajo. Ese es el concepto de ‘identidad política’.

No puedes hacer nada para escapar de ella… excepto la obediencia y seguimiento ciego de los preceptos de aquellos que la aplican.

Eres culpable hasta que obedezcas se demuestre lo contrario, es decir que acates la disciplina.

Siempre habrá alguna etiqueta o identificación que te hará ‘culpable’ o ‘malo’.

Otra cosa parecida ocurre con los términos, conceptos y valores ‘morales’ de la ‘escala de valores’ de la ‘doctrina’ sobre el Cambio Climático.

Dichos conceptos son deliberadamente difusos, indefinidos, genéricos, inconcretos, imprecisos. Eso permite la libre interpretación por parte de los que dirigen.

Cambio climático: Como estar “contra” el Cambio Climático si el clima cambia de un día para otro!!

Crisis Climática: Aplicar un concepto suficientemente abstracto para poder diluir la culpa entre todos. Ahora ya la culpa de la crisis no la tiene el capitalismo, ni si quiera los políticos; el problema, “la crisis”, es de origen climático; NOS AFECTA A TODOS Y TODOS SOMOS CORRESPONSABLES:

Emergencia climática: El problema, la crisis no permite reflexionar, hay que actuar. URGENCIA!! PRISA!! Lo contrario de lo que el razonamiento impondría.

Migraciones climáticas: Los migrantes ya no son económicos o políticos, son climáticos y como todos somos culpables todos estamos obligados a acogerlos con los brazos abiertos.

Escépticos del cambio climático: malos malosos, malditamente malvados.

Negacionista: aquel que se niega a aceptar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad de la doctrina. Dan igual los hechos, son irrelevantes.


”Pero yo nunca he dicho que necesitamos matar, descartar o desmantelar el capitalismo para combatir el cambio climático”. Esto lo cambia todo, ¿no?

Fascismo: todo sistema político que no me gusta, que no es el mío.

Fascista: todo aquel ser que no opina lo mismo que yo, y que no atiende a razones y no se ‘doblega’ ante la evidente superioridad de mi credo-dogma-ideología-gusto-orden, todo aquel que es capaz de discutirme, independientemente de que tenga o no razón.

Aplicar esos conceptos difusos permite reinterpretarlos y adecuarlos a los cambios y gustos del poder establecido.

Este mismo léxico, además, tiene otro tipo de armas arrojadizas verbales que podríamos definir como ‘matapensamientos’.

No sólo se trata de léxico en sí, pero se basan también en la identidad política y se aplica para impedir el razonamiento del adversario. Para impedir entrar en el debate.

Unos cuantos han salido ya en la lista anterior.

¿Que no apoyas el rango de medidas contra el cambio climático que yo propongo? Eres un negacionista climático (y por eso te mereces lo peor).

¿Que tienes un diésel? Eres un criminal, un homicida (y por eso te mereces lo peor).

¿Que te parece que Greta es un producto comercial? Eres un fascista sin corazón (y por eso te mereces lo peor).

¿Que crees que hay que poner límites al uso industrial y las emisiones? Eres un marxista redomado.

¿Que eres europeo? Entonces eres un racista contra las razas indígenas de otras regiones del mundo.

¿Que me pones en evidencia porque soy una celebrity de esas que va en jet privado a un evento contra el cambio climático? Eres un fascista envidioso (y por eso te mereces lo peor).

Como eres ‘malo’, ninguno de tus argumentos y razones importará ya. Simplemente, se olvida y así la fe del que lo lanza cual conjuro, queda debidamente protegida contra todo aquello que le pueda causar una duda, una ‘crisis de fe’.

Como diría un periodista “No dejes que la realidad te estropee un buen titular” que traducido al marketing político pasaría a un “No dejes que los hechos se opongan a tu ideología”

Así resulta que, si como yo, crees que hay un cambio climático, que hay mucho que hacer, que sólo llegaremos a paliarlo, no a revertirlo, y que las soluciones que se promueven (cochepilas, renovables eléctricas intermitentes, gentrificación de los cascos antiguos de las grandes ciudades sufragados por todos nosotros), especialmente las impositivas, no son el camino adecuado, entonces eres un ecofascista (y por tanto, me merezco lo peor).

Y aquí llego al punto al que quería llevarles a todos ustedes, pacientes lectores que han sido tan valientes de leer hasta aquí.

Y es que todo lo que estoy diciendo es viejo y probado, demostrado, utilizado e historiografiado. Se usó extensivamente hace ahora un siglo en Europa, y posteriormente en parte de Asia.

Nazismo, comunismo, Jemeres Rojos, Grandes saltos hacia adelante, fascismo. Todos ellos usaron, sin excepción, estas técnicas. Incluyendo la de la prisa: hay que actuar, no es tiempo de pensar, ya, ya, ya. La casa está en llamas. Corre, actúa.

Obedece. Paga. Acata.

Shock. Histeria.

Ario/otra raza, o comunista/cualquier otra ideología económica, proletario/kulak, chino/uigur (si, y eso es actual), etc. Hay gran cantidad de ‘etiquetas’ o ‘identidades’ que se han usado, pero todos estos han aplicado exactamente el mismo tipo de técnicas.

La situación hoy en día aplica exactamente al tema del cambio climático. Y a muchos más.

Se está forzando la radicalización de la población. Se la obliga a sentir en vez de a razonar, pasando por encima del pensamiento, el diálogo, la planificación y la crítica.

Se exacerba la necesidad de los adolescentes de pertenencia a un grupo o ‘tribu’ para acentuar los sentimientos tribales. Incluso de volverse contra sus padres (“Ok Boomer”).

Se apela a las conversaciones con un elevado tono y carga emocional para incitar al ‘cerebro reptiliano’, a los sentimientos, a las partes más primitivas de nuestro sistema nervioso, a que actúen, a que tomen una decisión binaria, maniquea: eres presa o depredador, come o huye, blanco o negro, bueno o malo.

Si después es necesario, el sistema nervioso superior y más avanzado, ya racionalizará y buscará los argumentos para dar soporte a una decisión que se ha tomado en un nivel mucho más primitivo, antiguo, ancestral.

La neurociencia actual explica unos conocimientos que tienen siglos y que se han ido mejorando y perfeccionando con la tecnología y el conocimiento, la psicología, pero que no son nuevos.

Se está aplicando una doctrina comunicativa que pretende radicalizar y atrapar a la sociedad entre dos fuegos cruzados, ambos radicales, ambos minoritarios.

¿Cuál es la sorpresa? Me preguntaran algunos.

Pues que una mayoría de población no se siente representada ni por los secuaces de Greta ni por sus detractores. De hecho, la mayoría piensa como yo, que sí que hay un cambio climático, que nos estamos cargando el planeta, y que hay que hacer algo, pero que el planteamiento no nos parece el correcto, las soluciones, las imposiciones carecen de lógica.

Que nos suban el IVA de la carne que los mismos políticos dan a los periodistas (¿sería eso entonces un tipo de soborno?) mientras nos dicen al populacho que comamos gusanos e insectos, tal y como recomienda la FAO.

Que nos crujan a impuestos por tener un coche, aunque sea uno de segunda mano, o un modesto Dacia, mientras que subvencionan y dan privilegios a aquellos que pueden permitirse un Tesla de 80.000€. Pagarles la electricidad mientras están aparcados en una plaza en la que no podemos poner nuestro coche sin pagar, probablemente ni podemos siquiera acercarnos, mientras además de la electricidad gratis, también tienen la plaza gratis durante todo el día. Peajes gratis. Eso a alguien que gana una pasta gansa para gastarla en cochazos que son de lujo y que están en el 12.5% (el octavo) superior de los coches vendidos por precio.

No nos parece lógico ni razonable.

Que se demuestre que en Noruega la aplicación de estos privilegios no hace otra cosa que bombear dinero de las clases pobres, que tienen que ir en transporte público a un trabajo, pero que llegan tarde porque su carril bus está lleno de cochepilas, de sus jefes que llevan el cochepilas de turno.

Que un país donde el 25% de mayor poder adquisitivo tiene 17 veces más coches que el 25% inferior, y que hace que se adopten políticas que les permiten dejar de mezclarse con el populacho, ya sea en los transportes públicos u en otros servicios. Una élite que una vez se compra ese segundo o tercer coche, el utilitario eléctrico (que mayormente es comprado por quién ya tiene uno o dos térmicos), con el que hace un 40% del kilometraje como mucho olvida al resto de la población y solamente se ocupa de como preservar sus privilegios.

Hace ya tiempo que vengo diciendo que esto del cochepilas, y también el autoconsumo, las renovables eléctricas intermitentes, y ahora ese plan de reurbanizar las almendras centrales de las grandes ciudades con el dinero de todos para el privilegio de unos pocos, con la excusa del cambio climático, se ha convertido en una lucha de clases encubierta y favorecida precisamente por aquellos que, dicen, luchan por la igualdad y la reducción de las diferencias de clase y de salariales, la ‘izquierda del cava y el caviar’.





Como de costumbre, hacen lo contrario de lo que predican.

El viejo lema de las instituciones religiosas “Haced lo que os digo, no lo que hago”. Hipocresía en estado puro.

Una hipocresía que se está interiorizando por los que estamos en el lado que ‘recibe’ los varapalos mientras nos gritan que somos ‘malos’. Los soldados “rasos” formamos esa mayoría que cada vez se siente menos identificada con ninguno de los mensajes (activistas climáticos y negacionistas). Somos esa mayoría que está empezando a despertar del sueño y las falsas promesas del sistema.

Por eso, de momento, la gente se cansa de que la insulten a la cara, que le tomen el pelo, que los juzguen por el grupo en el que se mueven y no por su valía personal. Una mayoría cada vez más desafecta que está cansada de que la acusen, la insulten, la humillen, la idioticen, y encima le enciendan el odio.

Todo esto cansa, y causa desapego. La polarización funciona…-- durante un tiempo. Pero estar permanentemente enfrentándose es cansino, agotador. Y mentalmente muy muy peligroso.

Una moda que no tiene mucho recorrido mientras se tenga la barriga llena. Algo que deja a una gran mayoría desamparada políticamente, y que generalmente es causante del desapego político y de la abstención.

Una moda que, sin embargo, se vuelve muy peligrosa cuando las estrecheces empiezan a arreciar. Una moda que exige que cada vez se sea más y más radical para seguir forzando la radicalización. De ahí el despegue de Vox en las últimas elecciones.

Hace ya mucho tiempo empecé a escribir una serie sobre el discurso del sistema, de la que se han publicado ya las dos primeras partes, y desde entonces estoy enfrascado en la tercera, la mayor, la que explica precisamente todo esto.

Uno de los objetivos de escribir, es que me ayuda mucho a aclararme las ideas, dejar aparcado a un lado el sentimiento, mientras pongo a trabajar las partes más evolucionadas del cerebro, que son precisamente las facultades que hacen falta a la hora de escribir.

Ayuda a pensar, a aclarar las cosas.

Enfrascado en ese ‘mensaje’, en ese discurso, cada día que pasa me doy cuenta de lo extenso y enrevesado que es. Y entre las cosas que he ido descubriendo, está una obvia, que más o menos entendí justo en las mismas fechas en que uno de mis referentes, John Michael Greer, publicaba exactamente el mismo desenlace: este movimiento ambientalista es una moda que en pocos años va a pasar.

Igual que el monofuturo en el que hasta ahora hemos creído, y que vemos cómo se va desvaneciendo.

Justo antes que se conociese el caso del Google Camp y sus 114 jets privados.

Todos aquellos que tienen dificultades para llegar a fin de mes y ven como la factura de la luz no para de crecer, por gentileza de las renovables (¿pero, no iban a bajar dicha factura?), que la carne se pone por las nubes y les cuesta llega la barriga de sus hijos, a los que ven cómo los adoctrinan, mientras se quitan de encima un coche por el que no conseguirán ni un duro por ser ‘sucio’, y que no tienen claro que coche comprarse porque no pueden permitirse uno ‘limpio’, mientras sospechan que los ‘sucios’ que aún se venden podrían quedar obsoletos legalmente en breve, mientras el coste de mantenimiento los hace casi tan prohibitivos como los ‘limpios’.

Gente que ve como el transporte público sigue denostado y cada vez sale más caro. Gente que vive de un turismo que ven cómo cada día que pasa está más amenazado, y que son más del 20% de la población asalariada.

Gente que vemos (incluso llevamos años diciendo) que el cochepilas no va a sustituir el coche normal, que la gente va a ir a pie o en patinete chino, y que el futuro de la automoción europea está más negro que el petróleo, y que somos el 10% de la población asalariada.

Gente que se dedica al transporte y ven como, tarde o temprano, el hecho que generen el 60% de NOx y muchas emisiones de CO2 les va a pasar factura, a la vez que la economía se enfría. Otro 5% de empleos. Cabe añadir aquí transportes portuarios (el 7.6% de NOx de Barcelona) y aeroportuarios.

Un 35% de gente que ve peligrar su futuro laboral antes que su futuro medioambiental. Algunos vamos a tener que elegir entre morir de hambre ahora porque no pueden pagar una comida nutritiva porque contamina o morir por ‘calentamiento global’ dentro de 20, 30, 40 años (ni el IPCC dice que el cambio en 10 años sea catastrófico), van a tomar una decisión.

Ciertamente, en España nadie se muere de hambre. Y dudo que eso suceda en 20 años. Pero no hace falta llegar a extremos para que la gente se conciencie que el futuro, este presunto ‘futuro verde’, no es para ellos.

Hace más de cien años, el premio Nobel Svante Arrhenius (creo que pariente de Greta, por cierto) ya avisó que los efectos secundarios de la sociedad, nominalmente las emisiones de CO2, podían pasar factura en el futuro.

Ciertamente, los efectos secundarios que se obviaron en su momento por ser negligibles en frente de los beneficios son los que nos han llevado aquí.

Efectos secundarios que también tienen las renovables, como por ejemplo el impacto ambiental de la hidroeléctrica, o la eólica. Problemas de intermitencia. Efectos secundarios que los partidarios minimizan igual que hicieron en su momento con el tema de los combustibles fósiles.

Problemas secundarios, físicos, medioambientales, económicos, sociales, que muchos que los que nos hallamos atrapados en el fuego cruzado, pedimos que se nos explique cómo no nos van a llevar a otra situación similar en el futuro.

Problemas que, al denunciarlos, nos sitúan no en el lado de los negacionistas (no pueden, creemos en el cambio climático), sino en el de los eco-fascistas, a ojos de aquellos de defienden, intentan imponer, cierto tipo de ‘soluciones’.

Problemas que están empezando a calar en esa mayoría de la población que no es radical ni en uno ni en otro sentido.

Problemas que nos conciencian que hay más de un futuro posible, y que tanto unos como otros bandos se están montando su Bizancio mientras nos empujan al resto hacia Somalia.

Esa concienciación es lo que me está sorprendiendo. Y sin embargo, ni es rápida, ni gratis. El costo es brutal.

La mejor manera de acabar con una causa, es defenderla por las razones equivocadas.




Cuando este asunto pase de moda, dejará un poso positivo, pero también una herida negativa que no cicatrizará.

El poso positivo es que la gente empieza a tener claro que para cualquier acción diaria, hay que tener en cuenta el medio ambiente, el planeta, la sostenibilidad. Que la sociedad actual es insostenible.

Y que es muy necesario el pensarse bien, muy bien, estudiar a fondo, un debate adulto, sobre cómo debe ser esa sociedad del futuro.

Un poso que será la base de otra sociedad, todavía por ver, muy lejos de las generaciones actuales, en otro momento de la historia. Otra sociedad posible, que surja de las ruinas de esta, tras hacer tabula rasa de la sociedad actual, que morirá por las heridas que va acumulando día a día, autoinfligidas.

Y es que el discurso del sistema lo que está haciendo es sembrar líneas de falla, líneas de fractura, rupturas y descosidos en el tejido social.

El ambientalismo es uno más, como lo es también el conflicto de moda en la península ibérica.





Va prendiendo fuegos, radicalizaciones, sentimientos negativos, resentimientos.

Amplían el catálogo de fuegos para que cada uno de nosotros escoja el suyo.

Fuegos que van ardiendo lentamente en nuestro interior, esperando a que caiga el próximo varapalo económico, alimentados ya por un crecimiento anémico, sectorial, de múltiples velocidades, por barrios y clases sociales.

Un crecimiento que es un reflejo de una TRE cada vez más baja, de un problema físico, termodinámico, de retornos y recursos decrecientes, que nos aboca, queramos o no a un decrecimiento económico generalizado.

Una situación que favorece estos fuegos que son convenientemente atizados por unos grupos aspirantes al poder y que no tienen ningún escrúpulo en hacer lo que sea para obtenerlo. Fuegos que no apagan aquellos que están en el poder que constatan que el teatrillo social para mantenerse en su puesto es cada vez más difícil de mantener.

Fuegos que se avivan por el uso y abuso del poder por parte de aquellos que lo tienen, sin miramientos ni escrúpulos, para mantenerse en el poder y alejar a los pretendientes que lo acosan, sin importarles lo más mínimo aquellos que estamos por debajo: somos deplorables, carne de cañón, generadores de prole que acaban con ‘sus’ recursos. Irrelevantes como personas, como el cambio climático. Neomalthusianismo.

Fuegos que se avivarán a medida que la economía vaya fallando.

Fuegos que prenderán a lo grande cuando alguien apriete el gatillo.

Fuegos que atizan el odio.

Sembrad odio y recogeremos cadáveres.





Deseo equivocarme.

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