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domingo, 25 de julio de 2021

De fanáticos y perdedores


Queridos lectores:

En los 11 años que llevo haciendo divulgación sobre el problema del peak oil me he encontrado en numerosas ocasiones con ataques, más que críticas, dirigidas contra las personas que hablamos de este tema y de la crisis energética en general. La naturaleza de estos ataques, siempre descarnados y frecuentemente groseros y maleducados, ha ido evolucionando con el paso de los años, y siempre han ido dirigidos a evidenciar las razones ocultas e inconfesables que según nuestros detractores nos mueven a los peakoilers a hablar de estos temas. Como podrán comprobar si leen los comentarios del blog de hace unos años,  a mi en particular me han acusado de estar a sueldo de las petroleras, del lobby del carbón, del lobby nuclear y, posteriormente, del lobby renovable. Hace diez años me decían que era un imbécil porque en modo alguno iba a escasear el petróleo; hoy en día, me dicen que soy un imbécil por decir que no se puede sustituir plenamente toda la energía fósil por renovable, y que aún la que se sustituya va a ser con muchas dificultades. Como ven, lo único que ha permanecido inmutable es que soy un imbécil, aunque al final se esté cumpliendo que nos vamos a ver obligados a dejar el petróleo (los más ingenuos pensarán que lo dejamos "porque queremos", "por nuestro compromiso con el planeta" y esas cosas, y no porque su producción decae ya inexorablemente).

Pero, volviendo a la naturaleza de los ataques que sufrimos quienes decimos que el decrecimiento energético y material  es inevitable, y como quiera que aparentemente ya no queda ningún lobby más al que pudiera gustarle lo que decimos, algo que me estoy encontrando ahora y que es relativamente nuevo es el calificativo de "fanático".

Este giro de guión, este paso de ser acusado de estar vendido a algún interés económico a ser tildado de poco menos de adorador del demonio y seguidor de un culto milenarista, es en realidad muy revelador sobre el punto al que ha llegado nuestra sociedad y la dificultad de digerir noticias que no le gustan.

Desde una visión salvajemente capitalista, todas las relaciones en la sociedad, las humanas incluidas, están mediadas por la consecución del propio interés. Por tanto, cuando un colectivo de personas, mayoritariamente con perfiles profesionales del ámbito de la ciencia y la ingeniería, comienzan a decir algo que descuadra con los intereses identificados como mayoritarios, se asume que lo hacen por una razón económica, que están a sueldo de alguien, que trabajan para una industria. En definitiva, que dicen lo que dicen porque esperan conseguir un beneficio económico con ello. Esto permite rápidamente apartar ciertas ideas nocivas para el interés de uno, porque "no son independientes", "están condicionadas por tal o cual lobby". A decir verdad, este tipo de situaciones pasa tan frecuentemente que desdeñar ciertas ideas porque parecen interesadas es una reacción bastante lógica.

El problema comienza cuando se evidencia que el discurso que contraria no puede comportar ningún beneficio económico. En suma, lo que contamos los peakoilers es que nos estamos quedando sin petróleo desde 2018 (sin diésel desde antes, desde 2015) y que ninguna fuente podrá substituir de manera plena al petróleo. Que estamos abocados al descenso energético y a la escasez de todo tipo de materiales (como la que ya está empezando). Que se necesita planificar correctamente la transición, la cual tendrá que ser más rápida de lo previsto. Y que el modelo de transición que se plantea hoy en día, basado en el uso masivo de combustibles fósiles, dependiente de multitud de materiales y orientado a la producción de electricidad, simplemente no es viable ni ahora ni en el largo plazo.

Sobre todo la gente que está muy metida en el tema de la transición energética actual ve estas objeciones como un "no a todo" (sin darse cuenta de que lo es "a todo lo que se plantea", no a todo lo que se podría plantear). Resulta tentador desdeñar estas críticas atribuyéndolas a un interés económico espurio, como siempre se había hecho, pero teniendo en cuenta la barbaridad que decimos los peakoilers eso tampoco cuadra. Así que hay que buscar otro motivación, una razón que permita descalificarnos e ignorar nuestras objeciones. Podría intentar alegarse ignorancia, pero eso es difícil si la gente que decimos esto tenemos un perfil técnico. Por tanto, es así como llegamos a lo de "fanáticos".

Yo encuentro curioso que personas con responsabilidad política o provenientes también del mundo académico se queden conformes con esa explicación. Ven científicos, ingenieros, profesores, técnicos, etc que les están diciendo que esta transición no es posible y la explicación a tales críticas es que toda esa gente, tan formada, con tanto conocimiento, simplemente son unos fanáticos. Por supuesto, en seguida en el barco del fanatismo se meten otras cargas por la cara y según convenga: apocalípticos morbosos (deseáis el fin del mundo), románticos de los viejos tiempos (idealizáis épocas pasadas), fascistas encubiertos (defendéis una imposición dictatorial), ecolojetas reaccionarios (estáis en contra del progreso con vuestra locura por la Pacha Mama), etc, etc.

Todo en vez de mirar la verdad a la cara. Todo en vez de intentar entender por qué gente tan formada se mete en este agujero. Todo en vez de mirar la motivación real.

La motivación real de los peakoilers es que somos unos perdedores.

Lo sabemos desde el día mismo que empezamos a hacer divulgación. Yo lo sé desde el mismo momento que creé el blog. Sabía a lo que venía: yo he venido aquí a perder.

Pase lo que pase, los peakoilers perderemos.

Nosotros, simplemente, hemos visto un riesgo muy grande al cual la sociedad, estúpidamente, sin ningún argumento racional, ha decidido no mirar, porque no le gusta lo que ve. Dado que entendemos muy bien la situación, sabemos que no se está tomando ninguna decisión racional para encarar esto. Toda la respuesta es emocional. Todo la euforia "de progreso" es infundada. La hemos analizado una y otra vez. Sabemos que no tiene sentido. Sabemos que está abocada al fracaso. Sabemos que podría causar el colapso de la civilización.

Y, delante de eso, tomamos una decisión. La de intentar alertar, la de intentar hacer pedagogía. Con la intención de evitar los peores escenarios. Con la intención de que se pueda corregir el rumbo, al menos parcialmente. Con la intención de minimizar los daños.

Y sabiendo que, pase lo que pase, vamos a perder.

Porque si al final conseguimos que se tomen medidas correctoras, y lo peor no pasa; o si estábamos completamente equivocados, y lo peor se sortea sin mayor sobresalto, quedaremos como los imbéciles que somos. Perderemos.

Y si no se toman medidas correctoras y al final sobreviene lo peor, a despecho de cuanto esfuerzo hagamos, también perderemos porque todos, como sociedad, perderemos, y tus vecinos no se conformarán con un "ya os lo dije".

No hay nada bueno a sacar de ser un peakoiler. Hagas lo que hagas tú, personalmente, ya has perdido. Incluso si no haces nada ya has perdido, porque vivirás sabiendo que toda la miseria que viene se podía haber evitado. Más de una vez he visto comparar la epifanía que sobreviene cuando uno comprende qué es el peak oil con tomar la pastilla roja de la película Matrix. Yo siempre digo que hay una diferencia importante: esta pastilla, en vez de darte superpoderes, te da subpoderes. Eres más débil que antes. Eres, ya para siempre, un perdedor.

Es por eso que nuestros detractadores no nos comprenden. Porque elegimos perder a nivel personal, con la esperanza de intentar salvar algo a nivel colectivo, a nivel local, quizá solamente a nivel familiar. Sacrificamos nuestra vida, nuestra carrera y nuestro buen nombre intentando salvar algo que vale más: las vidas de otras personas.

Por eso no nos entienden. Porque, contra la lógica del beneficio directo que impulsa el discurso hegemónico de esta sociedad, elegimos la pérdida propia en beneficio de un bien mayor. Porque elegimos perder para ganar algo más valioso que nosotros mismos. Por eso nos consideran fanáticos, pero en realidad somos perdedores por amor al prójimo. 

Salu2.

AMT 

viernes, 4 de julio de 2014

Consideraciones sobre el apocalipsis (y IV)



CONSIDERACIONES SOBRE EL APOCALIPSIS IV

Por Edgardo F. (Parroquiano)

Leemos mal el mundo y después decimos que nos engaña
  (Rabindranath Tagore)

Al final del día, un último argumento subyace en nosotros y juega un papel sutil pero firme, a la hora de descartar la posible generación de un evento apocalíptico, incluso contra lo que la propia experiencia nos señala,…es lo que llamo el argumento moral. Reducido a la frase que no repetimos en voz alta, pero que nos acompaña como un mantra, como punto final en todas nuestras reflexiones: El hombre no sería capaz de destruir el mundo…ya un poco más específicamente: Nuestros gobernantes nunca permitirían la destrucción del planeta… sí, tal cual, y nos quedamos tranquilos en esa convicción que es también deseo y plegaria: aceptamos que nuestras elites pueden ser un poco pérfidas y mezquinas, pero nunca tanto como para llevarnos a todos a la debacle. El argumento, la frase, deja ver algunas verdades tranquilizadoras y otras no tanto, algunas perspectivas objetivas y otras simple proyección de nuestros miedos. Una verdad objetiva es que, en efecto, nosotros hombres de a pie, no tenemos ninguna posibilidad de destruir el mundo; tranquilizador, si este se destruye será por la responsabilidad de otros no nuestra (no, no es ironía). Lo malo es que, como contrapartida, nos obligamos aceptar otra verdad y es que tampoco tenemos ninguna posibilidad de mejorarlo ni cambiarlo. Al mundo lo define y lo cambia el poder y quien lo detenta; luego, no seremos responsables de la destrucción futura de esta sociedad, e igualmente, no tenemos ni las energías y ni la potencia para cambiar su curso ya trazado. Lo cierto es que nuestro destino, mediato e inmediato, está en manos de nuestros gobernantes,  esos mismos que nos están llevando, hoy, a una debacle de proporciones…apocalípticas. Pero aun sabiéndolo, confirmándolo en el día a día y en cada noticia, salimos de nuestros hogares y decimos y repetimos: Noooo, nuestros gobernantes no podrían destruir el mundo.  A la luz de todo lo consignado en los capítulos anteriores la realidad pone en evidencia la  trampa en la afirmación: No, no podrían destruir nuestro mundo… pueden si destruir Mali, Libia, Afganistán y Siria… ahora más cerca del barrio Ucrania. ¿Pero no España?, ¿pero no Chile o Argentina? Pero no a ellos mismos o su propia nación? Pueden matar un millón en Irak, trescientos mil en Libia, ciento cincuenta mil en Siria, mil en Ucrania, ¿pero no en Francia, no en España,  no en Alemania? …alguien me puede explicar de dónde nace tamaña certeza? Hasta ayer - si ayer- cualquier ucraniano hubiese dicho en este Blog  “si, destruirán Túnez, pero no Kiev”. Nuevamente, por sanidad mental, una parte nuestra, ajena a la lógica y posiblemente a una realidad objetiva, negará el Apocalipsis mientras este no termine haciéndose presente en las puertas de mi ciudad.
Pero si la consigna es “nuestros gobernantes jamás permitirían la destrucción del mundo” lo primero que debemos preguntarnos certeramente es ¿Quiénes son nuestros gobernantes?. La mejor respuesta, a mí parecer, la da Aldous Huxley en la novela “Viejo muere el Cisne”, en el contexto de una conversación de un científico viejo y algo cínico con su pupilo joven e idealista (que propone como máximo ejemplo de altruismo su participación en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española):
—Pero aquellos muchachos de allá de España —exclamó—. Usted no los conoció, señor Propter. Eran maravillosos; verdaderamente lo eran. Siempre generosos con uno, y bravos y leales y... todo cuanto pueda decirse. —Luchó con la insuficiencia de su vocabulario, temiendo darse demasiada importancia con palabras bombásticas y petulantes—. No vivían para sí mismos; eso se lo puedo asegurar, señor Propter. —Miró de hito en hito al anciano de un modo casi suplicante, como implorando que lo creyera—. Vivían para algo mucho más grande que ellos mismos; algo como eso de que habla usted ahora, ¿comprende?; algo que no era sólo personal.
—Y ¿qué me dice usted de los muchachos de Hitler? —preguntó el señor Propter—. ¿Qué de los muchachos de Mussolini? ¿Qué de los de Stalin? ¿Supone usted acaso que no son exactamente tan generosos entre sí, tan leales para con su causa y tan firmemente convencidos de que es la suya la causa de la justicia, de la verdad, de la libertad, del derecho y del honor? —Miró a Pedro inquisitivamente; pero Pedro no dijo nada—. El que las personas posean un montón de virtudes —continuó el señor Propter—, nada prueba respecto a la bondad de sus acciones. Se pueden tener todas las virtudes: es decir, todas menos las dos que realmente importan, cuales son el discernimiento y la compasión; se pueden tener todas las demás, y, con todo y con ello, seguir siendo completamente un hombre malo. Mire lo que sucede con el Satán de Milton, por ejemplo. Denodado, fuerte, generoso, leal, prudente, temperado, dispuesto al sacrificio. Y concedamos asimismo a los dictadores el crédito que merecen; algunos de entre ellos son casi tan virtuosos como Satán. Admitamos que no tanto, pero le van muy cerca. Por eso son capaces de hacer tanto mal. (…)Los escribas y fariseos, en último análisis, no son en nada mejores que los publicanos y pecadores. A menudo son en realidad mucho peores. Y esto por diversas razones. Gozando de la buena opinión de los demás, adquieren una buena opinión de sí mismos, y nada hay que confirme tan eficazmente el egotismo como la propia buena opinión. Además, los publicanos y los pecadores no son otra cosa que animales humanos, que carecen de la suficiente energía o dominio propio para ser muy dañosos. Mientras que los escribas y fariseos poseen todas las virtudes, menos las únicas dos que importan, e inteligencia bastante para comprender todo lo que no sea la verdadera naturaleza del mundo. Los publicanos y pecadores no hacen sino fornicar, hartarse y emborracharse. Los que hacen la guerra, aquellos que reducen a sus semejantes a la esclavitud, los que matan y torturan y dicen embustes en nombre de sus sagradas causas, en una palabra, los verdaderamente malvados no son jamás publicanos y pecadores. No; éstos son los hombres virtuosos y respetables que poseen los más refinados sentimientos, los mejores cerebros y los más nobles ideales.
John Ralston Saul (Los bastardos de Voltaire) planteó, en un ejemplo más contemporáneo, la misma situación: señaló algo así: Lawrence , Einstein, Szilard, entre otros, después de la explosión nuclear de Álamo Gordo enviaron una carta a Harry S. Truman reprochando el posible uso que se la daría a la bomba … no, ellos no estaban de acuerdo. Señala Saul : no obstante ellos, los firmantes, sabían desde el inicio de la investigación de que iba todo aquello, conocían muy bien los fines y objetivos, y ayudaron conscientemente a conseguirlos; luego, moraleja: creerse bueno no implica serlo.
En este punto  la distinción anterior elite v/s hombre de la calle es importante. El que nosotros nos creamos más buenos de lo que realmente somos no importa mucho, el daño que esa falsa creencia pueda traer consigo está, como mucho, circunscrito a nuestras familias, compañeros de trabajo, vecinos y amigos; muy probablemente, ese daño se manifieste sino de maneras, para el mundo, inocuas; chismes, pelambres, malos comentarios, miradas hoscas o una que otra palabra soez  a sus espaldas…nada. Pero el que aquel, que tiene poder para movilizar cien mil hombres armados, mil tanques y mil aviones, tenga un alto concepto de sí mismo es peligroso, porque como Huxley lo dice: Los que hacen la guerra, aquellos que reducen a sus semejantes a la esclavitud, los que matan y torturan y dicen embustes en nombre de sus sagradas causas, en una palabra, los verdaderamente malvados no son jamás publicanos y pecadores. No; éstos son los hombres virtuosos y respetables que poseen los más refinados sentimientos, los mejores cerebros y los más nobles ideales.
Nuevamente “¿Quiénes constituyen nuestras elites?” Para intentar contestar esa pregunta recurriré a la lucida y lúdica clasificación que de las personas, hizo  Carlo María Cipolla, historiador y economista italiano en su breve “Teoría sobre la estupidez”, quien dividió  a las personas en cuatro categoría:
  1. Los inteligentes: se hacen bien a sí mismo y a los demás.
  2. Incautos o sacrificados: hacen bien a los demás, provocándose un daño asimismo.
  3. Los malvados: se hacen bien así mismos, provocando un daño en los demás.
  4. Los estúpidos: se hacen daño a él mismo y a los demás.
Aquí vuelvo a enlazar a nuestras elites con un eventual evento apocalíptico; a saber:
A excepción de ciertas personas a las que podemos considerar “accidentes”, el 99% de las personas que conforman  nuestras elites pertenecen a uno de estos dos últimos grupos: o son estúpidos o son malvados, muy probablemente muchos, o todos ellos, se muevan en un arco de grado mayores y menores de ambas características. Y aquí tampoco realizo un juicio moral. El juicio es objetivo y refrendado en las personas y sus acciones…en todo el mundo...si antaño, y desde siempre el poder ha estado reñido con la bondad, hoy parece estarlo con la bondad y la inteligencia. Lo curioso es que, por mucho que despotricamos en contra de nuestras elites, íntimamente nos negamos a hacer el juicio objetivo de lo que verdaderamente son y lo que buscan; máxime cuando, en el día a día, no guardan mucho las formas para indicárnoslo. Lo anterior, lo estimo un mecanismo de sobrevivencia; por mucho que blasfememos en contra de nuestras elites, inconscientemente no nos queda sino considerarlas como las depositarias de todas las virtudes que a nosotros, hombre de a pie, nos faltan… y ese es un error que nos será fatal. Decía Tiberio de su sobrino Calígula “Tendrá todos mis defectos y ninguna de mis virtudes”…así la elite tiene todos nuestros defectos y claramente ninguna de nuestras virtudes.  
Si aceptamos la hipótesis que nuestra elites está conformada mayoritariamente por hombres malvados, podemos estar tranquilos, nuestro futuro es la esclavitud. Efectivamente las elites gestionaran el colapso, no por bondad, no por altruismo, ni siquiera por sed de poder (o más poder); lo gestionaran de manera que sean otros los sacrificados y no ellos.  Administraran la escasez, la pronunciaran, la minimizaran según sea conveniente a sus intereses, cual es el interés de cualquier elite… la supervivencia propia y de sus privilegios. Ya creo posible esta hipótesis, la creo lógica, deshumanizadamente racional, las elites en sus distintas vertientes están constituidas por tipos inteligentes que en el ámbito en que les toque actuar, a nivel nacional o internacional, económico , militar o diplomático, religioso o político, no harán nada lo suficientemente estúpido como para que las coloque en peligro.  No habrá guerra nuclear, ni un colapso financiero mundial, la elite chilena no hará nada que desestabilice a la elite argentina, como la española no pondrá en aprietos a la francesa o alemana (por acá decimos que “entre bueyes no hay cornadas”). No veremos un hongo nuclear, pero moriremos en ciudades y países convertidos en guetos de miseria y desolación.  En este punto la lógica individual con la que actuemos pueden ser dos, a) somos parte de esa elite y por tanto, estamos a salvo de los males futuros pues no nos alcanzaran ; b) más probablemente nos toque actuar desde una lógica un poco más resignada y perversa...siempre habrá alguien más desechable que nosotros , los sirios , los libios , los ucranianos , los pobres , los gitanos , los griegos , los venezolanos, los marroquíes, siempre se podrá matar a alguien mas robar su recursos y ese alguien no seré, de momento, yo. Lo paradójico, con lo terrible que resulta esta perspectiva, es que es la única que, efectivamente, nos aleja de un evento apocalíptico. Irónicamente también implica aceptar, como relativamente cierta, esa previsión de futuro que pregonan los conspiranoicos en cuanto hay en marcha un plan mundial, más o menos tácito, o expreso, para instaurar un Nuevo Orden Mundial (o asegurar el Viejo Orden Mundial diría alguien), que contempla deshacerse de todos aquellos elementos inútiles o peligrosos (personas , grupos  e incluso países) quedando todos los demás reducidos a una condición de semi esclavitud…de otra manera no se gestiona la gran exclusión.
Vamos con la otra hipótesis. Supongamos que nuestras elites no son malvadas, son simplemente tontas o estúpidas ( Un viejo axioma filosófico establece: No se le debe atribuir a la maldad, lo que puede ser explicado por la estupidez) ¿es esta razón para quedarnos más tranquilos?, ¿es más tranquilizador que el botón nuclear esté en manos de un tipo inteligente pero cruel, que no desencadenará una guerra nuclear porque no está dispuesto a privar al mundo de su propia existencia, a que esté en manos de un hombre de inteligencia mediocre, expuesto a los vicios del ego y pasiones simplonas, sin defensa a ellos, como un barco en medio de una tormenta? Ufffff, la elección es difícil, los primeros solo nos ofrecerán cadenas, los segundos que volemos todos por los aires, he ahí a nuestras elites. Si son malvados, Ucrania (para tomar un ejemplo contemporáneo) será políticamente diseccionada, y repartida. Aceptamos que Putin y Obama (por simplificar  el ejemplo) obedecen a un plan, tácito o expreso, preconcebido, cuya única premisa es no ponerse a ellos mismos (y a quienes representan) en peligro…pero el frio del pueblo en el próximo invierno ucraniano, las barricadas de Maidan y sus muertos, quienes fueron no importan, nunca importaron ni lo harán. Pero si no es así, si no son malvados, y en realidad se trata que nuestros líderes son simplemente una conjunción accidental y circunstancial de personalidades, de ambición desmedida, egos desproporcionados e inteligencias promedio; bueno entonces la tragedia cualquiera sea su carácter  está, sin duda, asegurada y servida…y si no es ahí será en otro lugar.          
Pero vamos más allá. Aun podríamos tener suerte y suponer que nuestras elites no son, ni malvadas ni necias, sino simplemente prácticas, pragmáticas. En tal caso llegaremos al mismo lugar al que nos llevarían los malvados pero esta vez justificado moralmente: era nuestro deber actuar como lo hicimos, la historia nos absolverá…y si, la historia siempre absuelve al que vence y sobrevive…sin importar los medios… se vence para escribir la historia.
Resumiendo, mi lógica (mi lógica, y lo hago presente porque no es una verdad objetiva, es una perspectiva personal que puede ser más o menos compartida)  dice que las posibilidades de una catástrofe apocalíptica, solo tiene dos o tres causas relativamente efectivas, ciertas, que las pudieran causar; todas ellas con su centro, su probable génesis y eventual mitigación de riesgo, en un solo y único elemento…el hombre…más particularmente en las elites, que son las que controlan, efectivamente, sus potenciales causas y que pueden apurar o ralentizar su desencadenamiento. Ese factor de corrección, nosotros hombre de a pie, aun en contra de las pruebas, en contra de la historia, y en contra de lo que esas mismas elites nos demuestran día a día, terminamos otorgándole un valor en positivo… y solo son nuestros buenos deseos. Vemos cotidianamente como nuestras elites nos están llevando por ignorancia o planificadamente, por acción y por omisión, al desastre; eligiendo la mayoría de las veces, ya me atrevería decir deliberadamente la peor opción. Si al abismo a se va marchando o bailando hemos elegido ambas. Y aquí quiero tomar como siguiente nexo lo planteado por Antonio en su post Apocalipsis No, “El atractivo principal de la narrativa apocalíptica es que ofrece una salida a una civilización que ha llegado a un punto muerto, a una imposibilidad de continuar por el mismo camino que venía. Todos somos capaces de ver cosas que no funcionan en nuestro entorno, en lo que percibimos como "sociedad", en nuestro país, en nuestro estado. Sólo cuando demasiadas cosas negativas se acumulan empieza a parecer deseable destruirlo todo y empezar de cero, intentando no volver a cometer los mismos errores del pasado, borrando todo aquello que se hizo mal.”. Creo que efectivamente ahí está el peligro mayor en la probabilidad de generar un evento apocalíptico, esa definición concentra los elementos que se están desencadenando, ya no como meros argumentos, sino como una realidad. El apocalipsis tiene que ver en último término con el fin de la esperanza en el sistema que declina. Esperanza, es lo que separa la Segunda Guerra Mundial, sus 60 millones de muertos y su media Europa en ruinas, del Apocalipsis. Hoy esa misma guerra seria, efectivamente, el apocalipsis… ¿porqué? Porque ya no quedan fuerzas para reconstruir, ni interés, ni –en último termino- energía. Hemos llegado a un punto muerto, porque cuando, en nuestras mentes, se plantea como atractivo la disolución del sistema es que nuestros actos, conscientes o inconscientes, apuntan a tal situación. Y lo llamamos desgano, depresión, apatía, rabia, desesperación locura, enfermedad, en todos los caso se trata de posturas contrarias a la construcción. Y no puede ser de otro modo, también ese es nuestro último reducto contra las elites, estúpidas o malvadas que nos llevan a una esclavitud o a una “destrucción contralada” (sic), es nuestro último acto de rebelión y dignidad.
Al final del día todos hemos caído en la trampa, nosotros el pueblo, por fuerza; nunca tuvimos elección frente a un futuro siempre amañado en su favor por el poder y los poderosos, las elites porque así lo quisieron. Porque ( oh, buenas o malas noticias) las elites, para hacernos caer en esa trampa, han primero debido caer en la suya, en la sutil, pero no menos fatal trampa de hacernos creer -y creer ellos mismos- que el Caos, como un negocio, como una empresa, como un banco, como un país, como el poder, es gestionable. No, el caos atiende su propia esencia, atiende nada mas a sí mismo y el mismo es solo destrucción. El camino de destrucción gestionada que nos ofrece la elite como última puerta de salida, como último tren al futuro, es falso, y como ningún otro argumento histórico, letalmente peligroso.  El caos y la destrucción no es ni predecible ni manejable, no es gestionable y lo que estamos haciendo todos, los unos porque no tenemos opción, los otros porque creen servirse de ella, es tomar por cierta esa última ilusión: creer que podemos manejar la destrucción…mucha debe ser nuestra desesperación  o nuestro miedo…mucha debe ser la estupidez y la soberbia de nuestras elites.
He aquí los elementos que  nos llevan directo, y con mucha más rapidez de lo que creemos, o esperamos, a la tormenta perfecta; al centro mismo de ese Maelstrom que esconde su secreto en el abismo y la oscuridad. Y nosotros, en la cubierta de este bajel cósmico, asustados como si fuese la primera vez que enfrentamos este trance… pero el remolino que todo lo engulle ha estado ahí desde el principio de los tiempos, y este barco ya ha surcado más de una vez sus corrientes para hundirse en la nada… solo para nosotros la historia aparenta ser nueva y no es así…ya hemos estado aquí antes y seguiremos aquí después, en otros ojos y otros cuerpos, en los ojos de nuestros padres y nuestros hijos, mismos a quienes debemos el enfrentar esta última tempestad con dignidad y decisión, con alegría y fortaleza. 

miércoles, 2 de julio de 2014

Consideraciones sobre el apocalipsis (III)


CONSIDERACIONES SOBRE EL APOCALIPSIS III


Por Edgardo F. (Parroquiano)

“Hay dos maneras de llegar al desastre; una pedir lo imposible, la otra retrasar lo inevitable”
Francisco Cambó

    Entonces, después de descartar todo lo risible, todo lo imposible y casi todo lo improbable, quedamos aun en descartar las dos causas que más nos han acercado, históricamente, a un posible Apocalipsis… la guerra y el hambre, entendidas actualmente, ambas, como una probable (o improbable) crisis financiera mundial y crisis o guerra nuclear. Pero, ¿las podemos descartar tan livianamente como hemos descartados todas las otras causas probables? Por de pronto, para la generación de cualquiera de ellas, no requieren de ninguna conjunción  especial de elementos, son parte de la historia misma del hombre. Sí, lo que habría que definir es que otro elemento necesitan para convertirse en un Evento Apocaliptico y si ese o esos elementos están actualmente presentes. Para lo anterior observemos, primeramente, ¿porque las descartamos?, ¿en que nos basamos o en que nos apoyamos? Y nuevamente haciendo un análisis racional de los argumentos de descarte, he llegado a la conclusión (nuevamente pido el ejercicio de flexibilidad  a los lectores) que los argumento son básicamente de dos o tres órdenes; a saber: un argumento  histórico (“nunca antes ha sucedido”); un argumento material (“nuestra sociedad es demasiado compleja como para colapsar repentinamente”) y en ultimo termino moral (“nadie quiere la destrucción del mundo” o “nuestros gobernantes no están tan  desquiciados como para llevarnos a un Apocalipsis”) veamos la fuerza y veracidad, al menos teórica, de cada uno de ellos, y comencemos por el lugar común para descartar un apocalipsis; esto es el Argumento Histórico
1) Argumento Histórico. El primer argumento que se nos viene a la cabeza y que nos da tranquilidad al plantearnos lo probable de un potencial evento apocalíptico es que aquel “nunca ha sucedido antes”; argumento tranquilizador, con la lógica irreductible de la concisión. En efecto, nunca antes se ha desencadenado un evento bélico, económico o sanitario, con características tales de expansión, velocidad y nivel destructivo que nos permitan tenerlo por temible y cierto. Guerras, hambrunas y plagas han existido desde siempre, acompañando por el borde del camino el desarrollo y evolución de la humanidad, acorralando pero dejando una salida, hiriendo pero nunca matando. La Peste Negra, la Primera y Segunda Guerra Mundial están ahí, como vivos recordatorios de que la naturaleza, y la mas de las veces el hombre, siempre pueden arrear a este corral cósmico a alguna de las cuatro jacas apocalípticas. Pero la pregunta es: ¿hay razones para temer que algunos de estos fenómenos, históricamente cotidianos, se convierta, hoy, en un evento apocalíptico? Porque, si bien es cierto que nunca ha sucedido antes no es menos cierto que nunca antes nos hemos encontrado en este punto de la historia. Luego, para responder la pregunta anterior, lo probable hoy de un evento apocalíptico  es necesario preguntarnos primero: en relación a los dos fenómenos mencionados, hambruna mundial (colapso financiero mundial) y guerra mundial. (Crisis nuclear), ¿Dónde nos encontramos hoy?
a) Crisis financiera mundial: Cuando hablo de los efectos de un colapso financiero mundial, me refiero derechamente a la posibilidad que sectores importantes de la población que actualmente accede de manera relativamente fácil y simple a abrigo, techo y comida, pueda, de un momento a otro,  no cubrir esas necesidades básicas. ¿Podemos tranquilamente suponer que la estructura de nuestra sociedad actual no es el caldo de cultivo de una crisis que implique un retroceso brutal, ya no en derechos de tercera o cuarta generación- el derecho a diversión, a un seguro médico, a unas vacaciones en el Caribe, o ver futbol por cable los domingos junto a un buen asado y unas cervezas- sino de derechos básicos de alimentos, vivienda y abrigo?… y sin embargo, no son estos últimos los que nos preocupan. Damos por descontado que esas necesidades simples, como son techo, comida y abrigo, son y serán cubiertos naturalmente por nuestra sociedad. Es tan simple la necesidad que obviamos lo complejo del mecanismo que las satisface y eso es un peligro de raciocinio que puede ser fatal; al respecto, ¿dónde nos encontramos hoy? Bien, para responder voy a tomar como punto de partida la realidad occidental, que entre país y país puede tener por cierto matices de variación, pero que, en esencia, es casi idéntica, en casi todos ellos  Veamos.
Primer punto: Somos miles de millones  (vaya que novedad)  inmersos en estructuras sociales complejas… pero la verdad es que somos miles de  millones y eso, extrañamente, no nos dice nada. Lo anterior, aunque una contrastación histórica nos dice que las situaciones de carencias, alimentarias en este caso, históricamente se han dado, primero: con cantidad menores de población, segundo: con menos nivel de necesidades por satisfacer y tercero: con un sistema de satisfacción de necesidades mucho más simple. Entonces, ¿de dónde se sostiene la lógica contraria?, esto es que sociedades más complejas, con mayor cantidad de individuos y variables, con más necesidades que satisfacer estén menos afectas o sean menos propensas a la posibilidad de una crisis estructural… La respuesta es falaz: en su propia complejidad. Lo anterior es como suponer que un equilibrista que hace malabarismo con una torre de 100 copas no colapsará porque es mucho más diestro y talentoso que uno que solo fue capaz de hacer malabarismo con 10 copas y que ya colapsó ¿Se sostiene la lógica del raciocinio?  No sé, quizá el primer malabarista sea bueno de verdad, muy posiblemente mejor que segundo, pero lo único que eso nos indica es que se obligó a tomar en cada movimiento un riesgo mayor, y que las consecuencias de un traspié del primero serán infinitamente más brutales que si tropieza el segundo. Existe un error de proyección brutal en relación con las necesidades básicas; hacemos participe, por extensión, de la simpleza de la necesidad y su forma de satisfacción inmediata (tengo hambre, entonces como) con el mecanismo o proceso que conecta la necesidad (hambre) con el producto concreto que la satisface (comida).  
Observemos con detenimiento el equilibrio de nuestra sociedad, de nuestra estructura económica, o si se quiere de nuestra estructura de satisfacción de necesidades. La misma es inversamente proporcional al orden de importancia de esas necesidades. Durante gran parte del desarrollo  de la  humanidad (y hasta recién un siglo) las necesidades, su importancia, y las personas y recursos destinadas a satisfacerlas eran coherentes. Esa coherencia se dio tanto desde la perspectiva de las fases de la actividad económica, en donde importantes grupos de población participaban de las fases, de producción y distribución, con muy pocos consumidores netos (me refiero al holgazán, no, no moral sino económico, aquel que recibe el producto sin participar de ningún modo en su producción). Coherencia también en las actividades desarrolladas; nuevamente, importantes núcleos de la población, o de la estructura social, giraban en torno a actividades primarias (extractivas) secundarias (productivas y fabriles) e incluso terciarias (distributivas, comercio). La cantidad de parásitos (económicos) era menor, nobleza, burgueses, corredores de bolsa, millonarios de la especulación fue siempre menor. Necesidades y población fueron dos pirámides que superpuestas históricamente coincidieron; muchas personas para satisfacer las necesidades importantes y pocas para aquellas menos importantes (visto claro desde la función de supervivencia) Ahora, no obstante, tenemos dos pirámides invertidas y enfrentadas, ambas, por uno de sus vórtices Pocos, muy pocos, de los habitantes son capaces de generar comida, muy pocos participan del proceso que debe alimentar a muchos, esto tiene dos perspectivas; una de ellas, claramente reconocible, de eficiencia, sin duda un orgullo de lo positivamente complejo de las metas del ser humano, pero la otra es diametralmente brutal y preocupante.  Teóricamente, si se detuviera el actual sistema de distribución de alimentos, cantidades importantes de la población mundial moriría de hambres en días o semanas; lo anterior, no solo porque no tendrán los medios (tierra y semillas) sino porque no tendrán los conocimientos ni la forma de adquirirlos…aquí me pongo de ejemplo; yo llevo 7 años en el campo y no podría hacer crecer ni una hilera de choclos sin la ayuda de mis vecinos, campesinos de toda la vida. Luego, y aquí está el problema, esta estructura económica ha sido verdaderamente y aterradoramente prolífica a la hora de parir bufones, cortesanas y mercachifles; o sea todos aquellos que no producimos nada, sino que, desde una perspectiva de satisfacción de necesidades básicas, propias y del resto, solo vendemos humo. Visto desde lo esencial la realidad es evidentemente frágil, algunas estructuras y procesos literalmente penden de un hilo, y nuevamente, a modo de ejemplo, pondré a mi propio país, Chile:1)  Chile está constituido por 3 zonas geográficas claramente diferenciadas; una de ellas, la zona Norte, es solo desierto. Sí, desierto en el cual, salvo productos específicos como limones y aceitunas, no se producen alimentos. Sin embargo, actualmente, en esa zona viven 1.500.000 personas, TODAS las cuales dependen de la cadena de distribución de alimentos que nacen del petróleo barato para derechamente vivir. Una escasez del mismo o una subida repentina, no incidiría solamente en la obtención de servicios esenciales, sino derechamente en la posibilidad de aprovisionarse de alimentos; empero, se construye, edifica y planifica como si las puertas de los supermercados  fueran a estar siempre abiertas. Un millón y medio de personas viviendo en una zona geográfica donde no se producen alimentos ni para el 10% de ellos. Otro ejemplo: después del cobre, la gran actividad productiva es la agricultura a escala industrial, y la exportación particularmente de frutas y verduras y vinos, actividades concentradas mayoritariamente en la zona central  de Chile, de clima mediterráneo. Es una actividad de ciclo anual, la cosecha de febrero, marzo y abril implica que la fruta debe despacharse en cuestión de días, se corta, se embala y a los puertos, de ahí al mundo; dos millones de personas dependen directa e indirectamente de esa actividad para su sustento anual. Conocedores de esa situación, los algo más de 3000 estibadores y cargadores de los puertos (privados) votaron el paro en marzo… 3000 colocando en jaque la economía doméstica de dos millones. Vuelvo al argumento material de la negación del Apocalipsis, cual es que vemos tal complejidad en las estructuras sociales y económicas, que simplemente estimamos que estructuras tan complejas (o una superestructura tan compleja) no pueden colapsar. Edificios se levantan día tras día, millones de vehículos salen de sus hogares al trabajo, se cierran miles de negocios, cientos de millones de actos y actividades, todas interrelacionadas se realizan con una precisión tal, que permite que otras tantas también se desarrollen… un organismo firme no puede sino morir de viejo, por  desgaste, por la decadencia continua y natural de sus piezas y componente. Pero se nos olvidan un par de cosas, la primera es que a veces cuerpos jóvenes y lozanos mueren producto de un trombo, de la simple oclusión de una vena en el cerebro o el corazón. Nuestro sistema social y económico, cada día más, está cruzado de esas “venitas”, interconectadas, algunas a nivel comunal,  otras a  nivel provincial, nacional, continental y mundial. La segunda, nuestro cuerpo no es ni firme, ni joven, ni lozano… ni siquiera sano. Está actualmente sometido a presiones y enfermedades, anestesiado en sus dolores por la morfina del crédito y, a la vez, sobrestimulado en su rendimiento por la cocaína de los hidrocarburos; la descompensación será brusca y brutal, quizá no termine en la muerte es verdad,  pero bien puede terminar en una apoplejía.
b) Guerra Nuclear: Observando con cuidado y con una perspectiva objetiva de la historia, para el caso de la negación de una guerra nuclear la falacia de los argumentos es también evidente: el hombre no sería capaz de destruir el mundo Nunca antes ha sucedido y no sucederá es el corolario del argumento histórico. Nuevamente nos encontramos con un axioma falaz cual es “como no ha sucedido antes es imposible que suceda ahora”; así conectamos, artificialmente, un hecho fijado en el pasado, para asegurar un hecho presente y más ingenuamente futuro. Amén de la poca lógica que de por si contiene la conexión anterior; el verdadero problema es que incluso ese pasado lo leemos mal. Un breve recorrido objetivo por la historia bélica del mundo, en forma y fondo, y descubriremos que si no hemos destruido el mundo antes, no ha sido por falta de empeño sino, simplemente -y digámoslo con todas sus letras- porque nunca antes tuvimos la capacidad técnica para hacerlo.  Veamos. Históricamente, desde que los hiscos derrotaron a los egipcios, con la introducción del hierro y de los carros como material de combate -pasando por los míticos espejos ustorios con que Arquímedes rechazo el desembarco romano en Siracusa (213 a.c.), los germanos derrotando a los mismos romanos gracias a la introducción del estribo (batalla de Adrianapolis 378 d.c), la pólvora, el Sr. Colt, el gas mostaza, los aviones caza, el napalm, Álamo Gordo, y un largo etc. etc.-  la técnica ha estado, igualmente, al servicio del desarrollo del hombre como a su destrucción y quizá muchas más veces al servicio de lo segundo que de lo primero. No nos equivoquemos en este punto, si a pesar de las guerras, el hombre y el mundo siguen aquí es porque, técnicamente, no ha existido la posibilidad de juntar la energía suficiente como destruir el mundo, así de sencillo. Dicho de otro modo hasta la Segunda Guerra Mundial al hombre le resultaba más oneroso, energéticamente hablando, reunir la energía suficiente para autodestruirse, que irse a casa y plantar un huerto. Incluso la destrucción requiere de ciertos grados de acumulación de energía, probablemente y generalmente menores que la construcción pero más que otras actividades  (EJ: se requiere más personas para hacer una casa que para echarla abajo, cierto, pero se requiere menos energía en plantar un pequeño jardín que botar paredes de piedra)… eso nos ha salvado. Pero con las bombas nucleares ese paradigma desaparece; por primera vez en la historia el esfuerzo realizado y el daño posible contiene a favor de este ultimo una disparidad atroz ( Ej: en el caso de los misiles Minuteman, dos personas, dos vueltas de llave, un clic = desaparece una ciudad)…así, si antes, para destruir una ciudad a cañonazos, debías primero extraer , refinar y procesar el acero, fundir los cañones y balas, movilizar animales, hombres, comida, y luego darte el tiempo de necesario para disparar una y otra vez hasta que no quedara piedra sobre piedra (el puro esfuerzo proyectado seguro salvó a más de una ciudad) ahora, eso mismo, lo puede hacer un solo hombre en 15 minutos. De hecho en la antigüedad, reyes y emperadores se jugaban su reino y su vida en peak bélicos de confrontación energética, alineaban cincuenta mil hombres por un lado cincuenta mil por otro y al final del día la mitad vencida terminaba muerta, dos o tres batallas como esas y teníamos un campeón;  la mas de las veces la población civil y las ciudades solo eran un botín que cambiaba de mano, y la suerte corrida no era la de los vencidos sino la de cualquier esclavo. Hoy sin embargo la disparidad entre esfuerzo realizado y daño provocado es monstruosa, literalmente con un “clic” se puede pulverizar una ciudad (el sueño mojado del poder). No obstante, insistimos en ver  esa facilidad como una ventaja de no sé de qué tipo (Pregunta: si tuvieran que elegir entre vivir en una ciudad a la que le puede caer un pepino nuclear apretando una tecla y otra, en que para lo mismo, alguien debería cargar la bomba por cuatro mil kilómetros ¿cuál elegirían?…exacto, lo fácil hace las cosas más fáciles no más difíciles). Por último, que el hombre no se puede resistir a la tentación de utilizar lo que ha creado, incluyendo bombas nucleares, lo confirma la historia…las bombas nucleares ya han sido usadas en la guerra, no una sino dos veces (Hiroshima, Nagasaki)… Las  historia dice que se iniciaran nuevas  guerras y que en estas se utilizaran, llegado el momento, todo los medios disponibles, porque siempre ha sido así… luego, el argumento de los que creen que el hombre podría, hoy, ir  a la guerra, y no usar las armas nucleares, no es en modo alguno histórico -de hecho de hacerle caso a la lógica belicista refrendada por la historia la utilización de armas nucleares debería estar asegurada- el  argumento para negar esto último es moral y es el último reducto de los que aún creen en el hombre y su destino. 

lunes, 30 de junio de 2014

Consideraciones sobre el apocalipsis (II)



CONSIDERACIONES SOBRE EL APOCALIPSIS II  

Por Edgardo F. (Parroquiano)


                                                   Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue
Heráclito


Al final del día me he quedado con 3 alternativas para un posible evento apocalíptico y que corresponden a las de probable génesis humana. Crisis o guerra nuclear, colapso financiero mundial y crisis sanitaria. Por alguna razón, llámese simple ignorancia o sentido común, estas tres, aunque cada una en distinta medida, me hacen ruido. Por de pronto una prevención, yo no soy ni economista, ni científico, ni, en último término, estratega militar; por lo tanto, el desarrollo analítico de estas tres situaciones son las de una persona común y corriente. Invito, por lo mismo, a quienes tienen los pergaminos para un estudio y análisis más exhaustivo y cabal de alguna de ellas, a complementar y eventualmente confirmar o subvertir las afirmaciones que “desde la calle” realiza este servidor. Bueno, comenzare por la que, estimo, tiene menos asidero de realidad de las 3; a saber:   
1) Crisis sanitaria: Entiendo este posible (que no probable) Evento Apocalíptico, como el desarrollo de una peste, epidemia o pandemia mortal que en un plazo acotado de tiempo (días, semanas meses) puede extenderse por extensas áreas geográficas y siempre con un alto índice de mortalidad. Es la que,  desde mi sentido común, considero como la más improbable. Aunque los virus, las enfermedades y las  pandemias existen, algunas de ellas con el carácter de cotidianas e inclusive altamente ominosas, la posibilidad de que un agente patógeno pueda, en poco tiempo, infectar y matar partes importantes de la población de uno o más continente y de esa manera tener el carácter de Evento A. es más bien improbable, más cerca de la fantasía hollywoodense (Guerra Mundial Z, Amenaza de Andrómeda, Epidemia) que de una realidad mínimamente objetiva. Desconozco lo que guardan los laboratorios militares y/o civiles repartidos en el mundo, pero, en efecto, la imagen cinematográfica de un centro de comando bajo tierra, en el que mandos militares y civiles observan en una pantalla como una gran mancha roja les muestra cómo se expande un virus mortal por el mundo  mientras “el jovencito y la reportera” buscan una cura, está más cerca de la distorsionada imagen que también Hollywood nos ha impuesto sobre los científicos, tipos locos y maquiavélicos que esperan una oportunidad para satisfacer su sed de poder esparciendo el caos y la muerte por el globo . Es cierto que la ciencia no es neutra;  el 99% de armas nucleares, biológicas químicas o simplemente convencionales no surgieron por generación espontánea. Tras ellas hay miles de horas de trabajo en laboratorios; pero que un científico loco pueda destruir la mitad de la población esparciendo un virus mortal, que los hay, es estirar demasiado el argumento. Y si bien el descarte no es absoluto, lo veo como un escenario muy poco probable. Sin mucho más que agregar, reitero la invitación a alguien con más conocimiento en estos temas, de suyos técnicos, para que ahonden en la temática planteada. Por ahora prosigo.
Entonces, al final del día, me  voy quedando con las últimas dos: Crisis o guerra nuclear y colapso financiero mundial, a las cuales les quiero prestar un poco más de atención. Permítanme, primero, realizar algunas apreciaciones generales sobre las mismas ¿Porque me parecen merecedoras de atención? Bueno, porque precisamente ambas engloban fenómenos que a) son reales. Evidentemente lo son las guerras en general y particularmente, en estas últimas dos  décadas, las guerras por recursos energéticos. Por su parte la realidad de las crisis económicas es incuestionable, aunque solo reparemos en ella cuando nos toca directamente el bolsillo (Por ahí hay un viejo chiste de economistas que refleja muy bien esta situación, dice “Crisis económica es cuando tu vecino se queda sin trabajo, depresión económica es cuando tú te quedas sin trabajo”) y  b)  porque ambas tienen conexión directa con el fenómeno del peak oíl y el declive energético.
Vistas desde una cierta perspectiva ambos fenómenos –guerra y crisis económica-  son las caras de una misma moneda. Por un lado las sociedades organizadas en macro sistemas (países, continentes, alianzas regionales de países, ej: Mercosur, Unión Europea, ALCA.) cada día estarán más dispuestos a tomar medidas drásticas (o si se quiere dramáticas), por acceder a niveles de energía que les permitan mantenerse cohesionadas. Actualmente dichas acciones han pasado sin pundonor, del ámbito económico y diplomático, (Mercosur, UE, Alca, Nafta, Aladi; Ocde, UNASUR, Pacto Andino)  al ámbito militar, (Irak, Afganistán, Libia, Siria, Sudan, Mali, Rep. Centroafricana y, ya más cerquita de vuestro barrio, Ucrania). Recordemos que la energía  es la sangre que mantiene viva a una sociedad y, en un tiempo y espacio determinado, la que posibilita su crecimiento, su desarrollo y mantenimiento; en último término su supervivencia. En ese contexto no debemos hacernos ninguna ilusión, la utilización del conflicto diplomático y comercial por sobre el militar, estará, como ha estado, supeditado a su simple eficiencia, no a un altruismo pacifista…por esa misma razón en la misma medida en que la energía decline, la guerra, como medio de ultima ratio será cada vez más frecuente, seductor y lamentablemente necesario (No hay  nada nuevo bajo el sol, dice el refrán…excepto lo que ha olvidado…si la historia no miente, Luis XIV hizo gravar esta leyenda en sus cañones “ultima ratio regum”, “este es el último argumento de los reyes”). Hacerse de recursos energéticos que le permitan atomizar o mitigar el efecto que esa misma falta de energía necesariamente provoca a nivel interno: la desintegración. El fenómeno interno de desintegración (des-cohesión), entendida como caos y desorden social se combate energéticamente excluyendo del reparto de energía a todos los sectores sociales que se consideren prescindibles. Así, clases medias y bajas tendrán, por tanto, menos salud y educación cuantitativa y de peor calidad, menos ayudas sociales, menos seguridad y justicia, en definitiva menos Estado y más mercado…la afirmación no es ideológica, el mercado es la forma (más menos) “civilizada” en que se aplica la  ley del más fuerte. Lo anterior, en términos energéticos, es un axioma simple: la mayor cantidad de energía posible para el menor número de personas posible. Así se está dibujando  naturalmente el futuro cercano. En este punto, una crisis mundial con carácter de Evento Apocalíptico, producto de una guerra o crisis nuclear, o un colapso financiero mundial, seria naturalmente el acelerante de un proceso necesario para la sobrevivencia de sistema o alguno de sus componentes –sociales, económicos o políticos- en tiempos del peak oil.
Ahora bien, las verdades muchas veces son solo un asunto de perspectivas. La verdad del Apocalipsis no escapa a ello… Alguno de nosotros lo esperamos en diez años, otros en cien, otros tantos lo creen improbable… ¿Y si alguien nos dijera que este ya llegó?, ¿qué tan cierta sería esa información? No hemos visto desatarse la tercera guerra mundial; los mercados no se han desplomado, ni lo ha hecho el dólar: La gente no corre a saquear los supermercados, ni se montan barricadas en las esquinas; ¿será que aquí, todavía, los rascacielos ocultan las llamas, los trajes a los uniformes, los maletines a las armas, las bocinas y motores a los disparos? ¿Existe, objetivamente, una realidad menos tranquilizadora a la ahora de ponderar lo probable de un evento apocalíptico?
Actualmente en el mundo existen, algo así ,como 12 conflictos de alta intensidad (aquellos con más de 1000 muertos al año) y 40 conflictos  de baja intensidad  (menos de 1000 muertos al año) cuyas poblaciones involucradas suman sobradamente 300 millones para el primer segmento (Afganistán, Somalia, Siria, México, Irak, Libia, Sudan del Sur, entre otros); mientras que los conflictos de baja intensidad suman 1.200 millones de personas como población involucrada, y desarrollados en extensa zonas del Asia Central y Meridional, gran parte de África, casi todo Medio Oriente. En esas mismas zonas la economía de subsistencia, de sobrevivencia, y la disolución del aparato estatal campea en mayor o menor grado. Lo anterior, ya sea producto del estado de conflicto surgido en el tiempo presente en algunos casos, y, en otros, porque siempre han vivido así. Digamos, para ser objetivos, que el estado actual en que se encuentran sumidas las poblaciones de esas regiones, no tiene  que ver con un solo elemento, sino que con la convergencia de muchos factores, económicos, sociales, históricos, políticos, etc. No quiero ahondar demasiado en el tema, que es solo parte del argumento del tema central, al que luego vuelvo;  aunque estimo que todos sabemos a quienes nos estamos refiriendo, países y/o naciones con economías pobres y primarias, religiones volitiva y materialmente influyentes, estructuras estatales que existen de manera muy tenue, o son simplemente los últimos retazos de civilidad en medio del caos.  Pero, ¿por qué coloco sobre la mesa estos datos en particular? Porque, a la luz de estos someros datos, quiero dejar en evidencia que cuando decimos que no creemos posible la existencia de un evento apocalíptico, en el corto o mediano plazo, estamos realmente  diciendo que “no creemos que un fenómeno de los que efectivamente puedan provocarlo harán que las condiciones económicas y sociales propias de lo que conocemos como  apocalipsis y en la cual se encuentran actualmente sumidas una cuarta parte de la humanidad nos alcancen dentro de un plazo racionalmente prudente”. No, no me pierdo, el argumento no es ningún caso moral, ni debe serlo; si 500 millones de habitantes europeos vivieran sin sanidad, sin educación, sin un gobierno central, sin alcantarillado, criando animales en su casa y cultivando sus patios para sobrevivir, nadie dudaría que se trata de un apocalipsis en regla. Sin embargo, el que 1000 millones de personas, en África y Asia, padezcan, actualmente, la misma situación,  ni siquiera está en nuestro horizonte intelectual al momento de plantearnos la posibilidad de un apocalipsis como algo eventualmente real…y ahí está la trampa… NATURALMENTE actuamos eliminando de nuestro campo de visión todo aquello que nos es desagradable o contradictorio. Claramente esta forma de pensar no está condicionada ni por nuestra maldad ni por nuestra indolencia, sino por un simple y necesario mecanismo de defensa y supervivencia. Natural y cotidianamente, tendemos a considerar como inexistente lo que no es evidente, o aun más, lo que siendo evidente y desagradable no podemos eliminar o cambiar, ej: la pobreza. Si esas condiciones se dan  en comunidades o países que están en las antípodas del globo mayor razón para pensar que son inexistentes. PERO, hay una diferencia del porte de una montaña entre afirmar que las armas de destrucción masiva no existen pero pueden  existir, a  afirmar que existen pero que no serán disparadas. Y nosotros aunque aceptamos, racionalmente, como verdadera la segunda frase del axioma, vivimos cotidianamente como si la cierta fuera la primera…y eso es peligroso. Lo mismo sucede con lo que consideramos condiciones de vida apocalípticas, las pensamos como si no existieran y pudieren en algún momento existir, pero la verdad es que existen, son reales y no  un escenario hipotético o de pura fantasía alarmista.  Están a 1000, a 5000 a 10.000 kilómetros, en sociedades, regiones o países que las han padecido desde siempre (Afganistán, África subsahariana) hasta países que han caído ellas en apenas los últimos 10 o 5 años o meses (Libia, Siria…Ucrania). Debemos, entonces, hacernos cargo de esa realidad, aunque no sea la nuestra, porque ello nos permitirá hacer la pregunta correcta  cual es ¿cuánto podría demorar aquella parte de la población mundial que no vive actualmente las condiciones que definen un apocalipsis en caer en ellas? y ¿qué evento podría desencadenar o acelerar dicha situación? Y aquí llegamos a  uno de los puntos centrales de este pequeño ensayo, esto es preguntarnos si las actuales condiciones sociales, culturales, políticas y económicas en que desarrollamos nuestras vidas se mantendrán el tiempo suficiente, y en el espacio suficiente, como para permitirnos no tener que preocuparnos por la velocidad del cambio
Permítanme una reflexión seria, he creído descubrir que para cada uno de nosotros ese tiempo suficiente, ese plazo racional y prudente en el que pudiera sobrevenir un Evento Apocalíptico, siempre considera, como tiempo medio para que NO se manifieste, lo que nos queda por vivir. Así, aunque parezca gracioso, aceptamos de buen grado, en teoría, que destruyan -o se destruya-  el mundo en los próximos treinta años, pero no aceptamos que lo puedan hacer en dos o tres. Y también el elemento espacial cae en ese relativismo cómodo. Al final, lo que verdaderamente decimos y esperamos del futuro, es que se desencadene el apocalipsis en todo el globo… lo negaremos si no se desencadena en nuestro  país y el tiempo que a mí me queda de vida
Así, la mayoría de las personas estima que no, que no hay razones de peso como para preocuparnos por un cambio brusco e inmediato de nuestras condiciones de vida. En lo que refiere a los dos hipótesis finales de trabajo (Guerra nuclear o Crisis financiera mundial) ambas son descartadas rápidamente, tal y como se hizo con todas las anteriores. El ciudadano medio cree, firmemente, que no habrá guerra nuclear, ni un catastrófico colapso económico mundial, y nos ganamos el adjetivo de racionales y prudentes. Como contrapartida aquellos que estiman que esas, u otras causas, que pueden provocar un Apocalipsis son inminentes y se concretaran en algún momento del futuro inmediato, los llamamos apocalípticos.  Si  además, le agregan la llegada de los Annunakis  les damos el mote de frikis y si auguran que el Apocalipsis llega producto de la implantación del NWO los motejamos de conspiranoicos… y nos reímos un poco y muy orondos nos quedamos con la certeza que nuestro futuro seguirá igual, levemente direccionado al vacío, a ese largo declinar que nos resigna y nos da tranquilidad…pero, ¿es así?, ¿tenemos razones para tener, incluso por esperanza, la amarga certeza del  lánguido  menguar?