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domingo, 25 de julio de 2021

De fanáticos y perdedores


Queridos lectores:

En los 11 años que llevo haciendo divulgación sobre el problema del peak oil me he encontrado en numerosas ocasiones con ataques, más que críticas, dirigidas contra las personas que hablamos de este tema y de la crisis energética en general. La naturaleza de estos ataques, siempre descarnados y frecuentemente groseros y maleducados, ha ido evolucionando con el paso de los años, y siempre han ido dirigidos a evidenciar las razones ocultas e inconfesables que según nuestros detractores nos mueven a los peakoilers a hablar de estos temas. Como podrán comprobar si leen los comentarios del blog de hace unos años,  a mi en particular me han acusado de estar a sueldo de las petroleras, del lobby del carbón, del lobby nuclear y, posteriormente, del lobby renovable. Hace diez años me decían que era un imbécil porque en modo alguno iba a escasear el petróleo; hoy en día, me dicen que soy un imbécil por decir que no se puede sustituir plenamente toda la energía fósil por renovable, y que aún la que se sustituya va a ser con muchas dificultades. Como ven, lo único que ha permanecido inmutable es que soy un imbécil, aunque al final se esté cumpliendo que nos vamos a ver obligados a dejar el petróleo (los más ingenuos pensarán que lo dejamos "porque queremos", "por nuestro compromiso con el planeta" y esas cosas, y no porque su producción decae ya inexorablemente).

Pero, volviendo a la naturaleza de los ataques que sufrimos quienes decimos que el decrecimiento energético y material  es inevitable, y como quiera que aparentemente ya no queda ningún lobby más al que pudiera gustarle lo que decimos, algo que me estoy encontrando ahora y que es relativamente nuevo es el calificativo de "fanático".

Este giro de guión, este paso de ser acusado de estar vendido a algún interés económico a ser tildado de poco menos de adorador del demonio y seguidor de un culto milenarista, es en realidad muy revelador sobre el punto al que ha llegado nuestra sociedad y la dificultad de digerir noticias que no le gustan.

Desde una visión salvajemente capitalista, todas las relaciones en la sociedad, las humanas incluidas, están mediadas por la consecución del propio interés. Por tanto, cuando un colectivo de personas, mayoritariamente con perfiles profesionales del ámbito de la ciencia y la ingeniería, comienzan a decir algo que descuadra con los intereses identificados como mayoritarios, se asume que lo hacen por una razón económica, que están a sueldo de alguien, que trabajan para una industria. En definitiva, que dicen lo que dicen porque esperan conseguir un beneficio económico con ello. Esto permite rápidamente apartar ciertas ideas nocivas para el interés de uno, porque "no son independientes", "están condicionadas por tal o cual lobby". A decir verdad, este tipo de situaciones pasa tan frecuentemente que desdeñar ciertas ideas porque parecen interesadas es una reacción bastante lógica.

El problema comienza cuando se evidencia que el discurso que contraria no puede comportar ningún beneficio económico. En suma, lo que contamos los peakoilers es que nos estamos quedando sin petróleo desde 2018 (sin diésel desde antes, desde 2015) y que ninguna fuente podrá substituir de manera plena al petróleo. Que estamos abocados al descenso energético y a la escasez de todo tipo de materiales (como la que ya está empezando). Que se necesita planificar correctamente la transición, la cual tendrá que ser más rápida de lo previsto. Y que el modelo de transición que se plantea hoy en día, basado en el uso masivo de combustibles fósiles, dependiente de multitud de materiales y orientado a la producción de electricidad, simplemente no es viable ni ahora ni en el largo plazo.

Sobre todo la gente que está muy metida en el tema de la transición energética actual ve estas objeciones como un "no a todo" (sin darse cuenta de que lo es "a todo lo que se plantea", no a todo lo que se podría plantear). Resulta tentador desdeñar estas críticas atribuyéndolas a un interés económico espurio, como siempre se había hecho, pero teniendo en cuenta la barbaridad que decimos los peakoilers eso tampoco cuadra. Así que hay que buscar otro motivación, una razón que permita descalificarnos e ignorar nuestras objeciones. Podría intentar alegarse ignorancia, pero eso es difícil si la gente que decimos esto tenemos un perfil técnico. Por tanto, es así como llegamos a lo de "fanáticos".

Yo encuentro curioso que personas con responsabilidad política o provenientes también del mundo académico se queden conformes con esa explicación. Ven científicos, ingenieros, profesores, técnicos, etc que les están diciendo que esta transición no es posible y la explicación a tales críticas es que toda esa gente, tan formada, con tanto conocimiento, simplemente son unos fanáticos. Por supuesto, en seguida en el barco del fanatismo se meten otras cargas por la cara y según convenga: apocalípticos morbosos (deseáis el fin del mundo), románticos de los viejos tiempos (idealizáis épocas pasadas), fascistas encubiertos (defendéis una imposición dictatorial), ecolojetas reaccionarios (estáis en contra del progreso con vuestra locura por la Pacha Mama), etc, etc.

Todo en vez de mirar la verdad a la cara. Todo en vez de intentar entender por qué gente tan formada se mete en este agujero. Todo en vez de mirar la motivación real.

La motivación real de los peakoilers es que somos unos perdedores.

Lo sabemos desde el día mismo que empezamos a hacer divulgación. Yo lo sé desde el mismo momento que creé el blog. Sabía a lo que venía: yo he venido aquí a perder.

Pase lo que pase, los peakoilers perderemos.

Nosotros, simplemente, hemos visto un riesgo muy grande al cual la sociedad, estúpidamente, sin ningún argumento racional, ha decidido no mirar, porque no le gusta lo que ve. Dado que entendemos muy bien la situación, sabemos que no se está tomando ninguna decisión racional para encarar esto. Toda la respuesta es emocional. Todo la euforia "de progreso" es infundada. La hemos analizado una y otra vez. Sabemos que no tiene sentido. Sabemos que está abocada al fracaso. Sabemos que podría causar el colapso de la civilización.

Y, delante de eso, tomamos una decisión. La de intentar alertar, la de intentar hacer pedagogía. Con la intención de evitar los peores escenarios. Con la intención de que se pueda corregir el rumbo, al menos parcialmente. Con la intención de minimizar los daños.

Y sabiendo que, pase lo que pase, vamos a perder.

Porque si al final conseguimos que se tomen medidas correctoras, y lo peor no pasa; o si estábamos completamente equivocados, y lo peor se sortea sin mayor sobresalto, quedaremos como los imbéciles que somos. Perderemos.

Y si no se toman medidas correctoras y al final sobreviene lo peor, a despecho de cuanto esfuerzo hagamos, también perderemos porque todos, como sociedad, perderemos, y tus vecinos no se conformarán con un "ya os lo dije".

No hay nada bueno a sacar de ser un peakoiler. Hagas lo que hagas tú, personalmente, ya has perdido. Incluso si no haces nada ya has perdido, porque vivirás sabiendo que toda la miseria que viene se podía haber evitado. Más de una vez he visto comparar la epifanía que sobreviene cuando uno comprende qué es el peak oil con tomar la pastilla roja de la película Matrix. Yo siempre digo que hay una diferencia importante: esta pastilla, en vez de darte superpoderes, te da subpoderes. Eres más débil que antes. Eres, ya para siempre, un perdedor.

Es por eso que nuestros detractadores no nos comprenden. Porque elegimos perder a nivel personal, con la esperanza de intentar salvar algo a nivel colectivo, a nivel local, quizá solamente a nivel familiar. Sacrificamos nuestra vida, nuestra carrera y nuestro buen nombre intentando salvar algo que vale más: las vidas de otras personas.

Por eso no nos entienden. Porque, contra la lógica del beneficio directo que impulsa el discurso hegemónico de esta sociedad, elegimos la pérdida propia en beneficio de un bien mayor. Porque elegimos perder para ganar algo más valioso que nosotros mismos. Por eso nos consideran fanáticos, pero en realidad somos perdedores por amor al prójimo. 

Salu2.

AMT 

martes, 18 de mayo de 2021

Algunas preguntas incómodas

Carta abierta a los responsables políticos de la Transición Ecológica, tanto en España como en Europa.

Antonio Turiel, Investigador Científico del CSIC.  

 

Estimados Sres., estimadas Sras.:

Me dirijo a Vds. con la intención de plantear una serie de cuestiones que me parecen relevantes, respecto al actual esfuerzo para la realización de una Transición Ecológica que debe conseguir la descarbonización total de España y de Europa para el año 2050. De acuerdo con lo que he leído sobre el tema, incluyendo la propia Ley de Cambio Climático y Transición Energética, hay en los planes anunciados ciertos puntos oscuros que, por su gran relevancia, creo que convendría aclarar.

Dado lo extenso de los puntos a tratar, me permitirán que vaya directamente al grano. Éstas son las cuestiones:


1.- Es conocido que se necesita una gran cantidad de materiales críticos para el gran despliegue de los sistemas energéticos renovables que se pretende hacer, y también se sabe que no hay suficiente para permitir ese despliegue a escala mundial ¿Contemplan Vds. un plan alternativo, en caso de que al final los materiales escaseen? En suma, ¿existe un Plan B para la Transición Energética?

El tema de la escasez de materiales críticos para la transición renovable es muy conocido desde hace bastante tiempo. Hace unos días, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) sacó un informe sobre estos materiales, en el cual se mostraban algunas cosas curiosas. La más destacada, estas gráficas, sobre todo la de la derecha.

Como pueden ver, se prevé que, de aquí a 2040, la extracción anual de litio se multiplique por 42, la de grafito por 25, la de cobalto por 21, la de níquel por 19 y la de tierras raras por 7. Fíjense que no es que la AIE diga que eso es lo que va pasar: lo que dice es que eso es lo que se necesita que pase, lo que es muy distinto. Pero, ¿es ese incremento posible? La propia AIE tiene sus dudas, y entre sus 6 recomendaciones (obviamente, a los países de la OCDE) nos encontramos que se debe fomentar el reciclaje (complicado, porque alguna de estas materias se usa de tal manera que son difíciles de reciclar) y que, si acaso, se constituyan "reservas estratégicas para hacer frente a posibles interrupciones del suministro". En definitiva: mejor acaparar ahora estos materiales, no sea que después ya no vengan.

Volviendo a la cuestión de si tal incremento es posible, hay muchos estudiosos que tienen claro que no. Entre ellos, Alicia Valero y su padre Antonio Valero, de la Universidad de Zaragoza, que llevan años estudiando el tema. La siguiente imagen es una diapositiva de una presentación reciente de Alicia Valero.

Resulta que las reservas conocidas de muchos materiales son menores que la demanda esperada hasta 2050, y atención que incluye otros metales "más corrientes" que no estaban en la gráfica de la AIE, como la plata, el cobre, el plomo, el platino o el zinc, entre otros. Quizá la AIE se ha dado cuenta ahora de que hay un problema, pero en realidad los científicos lo saben desde hace tiempo. Por ejemplo, hay un artículo reciente del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid que muestra que no se puede pretender mantener el actual modelo de movilidad basándose en fuentes renovables y vehículos eléctricos.

En todo caso, no quiero discutir aquí si va a haber o no esa escasez, ni tan siquiera si realmente las renovables pueden hacer todo lo que se dice.  El caso es que hay una duda razonable de si los planes anunciados pueden llevarse a cabo, y eso lleva a mi pregunta. 

 La pregunta real es si tienen un Plan B. Si tienen una alternativa, por si esto falla. Una salvaguarda. Ésa es la pregunta. ¿La tienen o no? Porque si no la tienen, la cuestión que se suscita es otra: Vale, y si este plan falla, entonces, ¿qué? ¿Nos vamos al garete? En definitiva: ¿es éste un modelo de administración responsable si no se tiene en cuenta un riesgo tan evidente?

Seguramente la tentación es decir que la ciencia y la innovación permitirán mejorar la eficiencia en el uso de los materiales. A lo cual yo les digo: perdonen, pero no pueden dar eso por asumido, porque como no sea así nos estrellamos. De nuevo, no es un modelo de administración razonable.

Quizá la otra tentación es decir que si hay problemas podremos ralentizar la transición energética hasta que la tecnología avance lo suficiente (como si eso estuviera garantizado), estirando un poco más el uso de los combustibles fósiles gracias a una implantación masiva de sistemas de captura de CO2 (suponiendo que éstos realmente se puedan implantar de manera masiva y eficaz). Si van por ahí, les recordaré esta gráfica del último informe de la AIE que nos dice que, gracias a la desinversión de las petroleras desde 2014, de aquí a 2025 la producción de petróleo puede caer hasta un 50%.


De hecho, por culpa de este descenso ahora mismo ya escasea el plástico y cada día escasean más cosas: acero laminado, aluminio, cobre, chips...

Así, pues, ¿hay plan B? Porque a lo mejor tenemos que implementarlo urgentemente...

 

2.- Incluso asumiendo que España consiguiera asegurarse suficientes materiales para hacer "su" transición, ¿es una buena apuesta a largo plazo, teniendo en cuenta de aquí 20-30 años las nuevas instalaciones renovables acabarán su vida útil y entonces será imposible reemplazarlas?

Tengamos en cuenta que muchos materiales son de difícil reciclaje por la manera en que se usan. En la electrónica de más altas prestaciones, las tierras raras que se usan y metales como el oro y la plata entran en cantidades muy pequeñas, típicamente en aleaciones con concentración de traza. El diseño de esos circuitos no está pensado para el reaprovechamiento. Algo similar le pasa a las placas fotovoltaicas: la concentración de materiales como la plata y la forma en la que están hechos los paneles no favorecen su recuperación. En el caso de los aerogeneradores, reaprovechar el cobre y el núcleo magnético o inductivo es mucho más simple; pero en su caso el problema es la degradación de los metales con el paso del tiempo, y también la dificultad para reemplazar el hormigón armado (recordemos que la arena que se usa para hacer cemento empieza a escasear) y para el reciclaje de las aspas (que es posible, pero que hasta ahora masivamente lo que se hace es enterrarlas). 

¿Tiene por tanto sentido que lo apostemos todo a un sistema que quizá solo se pueda usar durante esos 20 ó 30 años, para luego dejar a la sociedad inerme para gestionar lo que venga después? ¿Volveremos a recurrir al comodín de "el progreso tecnológico lo resolverá", cosa que no podemos saber si pasará? ¿Nos vamos a arriesgar a condenar a nuestros hijos? 


3.- La instalación de los sistemas renovables es posible consumiendo grandes cantidades de combustibles fósiles, tanto en la extracción de materiales, su elaboración, el transporte, la instalación, el mantenimiento, etc. No se instalan parques renovables usando energía renovable; quizá hacer eso ni siquiera es posible. ¿No se han parado a pensar que el modelo que se propone solo puede funcionar si hay combustibles fósiles?

Éste es un de los problemas más serios del modelo propuesto: nadie se ha planteado seriamente que todo el proceso de elaboración, transporte y despliegue use solo energía renovable. ¿Es ni tan siquiera posible? Algunos autores, como Gail Tverberg, consideran los modernos sistemas de energía renovable meras extensiones de los combustibles fósiles: solo pueden dar energía si hay combustibles fósiles disponibles. Una de las dificultades para que se pueda cerrar el ciclo de "producción de energía renovable - uso de la misma para generar más" es la complejidad (y coste energético) de los procesos, y la gran cantidad de materiales que se requieren. En un escenario de rápido declive de la cantidad de petróleo disponible, eso haría que la energía renovable producida con este modelo también decreciera en un determinado plazo. Por tanto, nos arriesgamos a que en un plazo breve de tiempo este modelo de renovable dejara de servir. ¿De verdad que es eso lo que queremos? 


4.- El nuevo modelo pretende substituir los combustibles fósiles por electricidad renovable, pero los combustibles fósiles mayoritariamente no se usan de manera eléctrica. Aquí hay un salto al vacío tecnológico enorme, teniendo en cuenta que 1) en España tenemos ya mucha más capacidad instalada de la estrictamente necesaria para garantizar el consumo; 2) en los países avanzados, la electricidad representa poco más del 20% del consumo de energía final y electrificar ese casi 80% restante parece difícil; 3) el consumo de electricidad cae en España desde 2008. ¿No tendría sentido que se concentran los esfuerzos en ver cómo aprovechar la electricidad, más que en producir más? ¿O quizá mirar cómo producir con renovables otras formas de energía que no sean electricidad?

En España la potencia media equivalente al consumo eléctrico de 2008 fue de 32 GW, y ha ido disminuyendo hasta los 30 GW de 2019. Eso, con una potencia instalada de 108 GW. Incluso contando con un cierto grado de redundancia para tener en cuenta el factor de planta, es una cantidad excesiva, que ahora se quiere incrementar en otros 58 GW de aquí al 2030.


Eso sin contar con la gran dificultad de convertir todo el consumo energético en 100% eléctrico, un problema que aqueja a todas las economías avanzadas. De hecho, lo que se suele ver es que la electricidad es una energía secundaria que de alguna manera sigue al consumo general de energía: sube si éste sube y baja cuando éste baja (aunque no ciertamente en el mismo porcentaje y a menudo con un cierto lag o retraso, que puede ser de años). Y es que la electricidad es una forma de energía muy especializada y de alto valor añadido, pero solamente útil para cierto usos.

Incluso sin pretender que toda la energía sea eléctrica, intentar que al menos toda la electricidad sea 100% renovable es ya un gran desafío. En primer lugar, se necesitan sistemas de respaldo para cubrir la intermitencia de las renovables (que no siempre luce el Sol, o que a veces no sopla viento). Para hacer ese respaldo renovable, se puede recurrir a la hidroelectricidad, pero ésta tiene un cierto margen y tampoco lo puede cubrir todo (se necesita el agua embalsada también para otros usos) o aprovechar la acumulación de los excedentes renovables cuando éstos se producen (usando, por ejemplo, bombeo inverso o hidrógeno verde), pero éstos también son limitados. La otra opción para conseguir electricidad de respaldo es las interconexiones de larga distancia, por ejemplo de ámbito continental, porque sobre la escala de un continente se puede compensar mucho la intermitencia, ya que en todo momento algún lado de Europa soplará el viento o lucirá el Sol (excepto de noche). Pero aquí chocamos con el segundo problema de la electricidad renovable: la estabilidad de la red. La instalación de muchos sistemas de generación eléctrica, que entran y salen continuamente del sistema y que están distribuidos sobre un territorio muy amplio y lejos de los centros de consumo genera inestabilidad de la red. Resulta que en Europa usamos corriente alterna con una frecuencia de 50 ciclos por segundo, pero con tanta generación intermitente y distribuida mantener esa frecuencia es hoy en día un hito: de hecho, el pasado 8 de enero una inestabilidad originada en Croacia se propagó por toda Europa y estuvo a punto de tumbar toda la red. Y poner más y más sistemas renovables conectados a la red incrementa el riesgo de inestabilidad. Se podría compensar instalando sistemas de estabilización en la red, pero nadie quiere hacer frente a este sobrecoste, que además tendría que ir creciendo con el número de sistemas enganchados. En Australia se está planteando prohibir que se conecten más sistemas fotovoltaicos a la red eléctrica.

Lo mejor sería ir aprovechando la electricidad localmente, pero entonces nos encontramos con el problema del aprovechamiento para ese casi 80% de usos no eléctricos. Es aquí donde se debería estar incidiendo seriamente, pero lo que se hace es simbólico. ¿Qué sentido tiene dar por hecho que nos conviene tener más electricidad, teniendo en cuenta todo lo dicho arriba? ¿Para qué va a servir, si no hay demanda posible para tanto?

5.- Para intentar cubrir con renovables ese casi 80% de la energía final actualmente no eléctrico actualmente, la gran apuesta es utilizar el hidrógeno producido a partir de electricidad renovable, o hidrógeno verde. El hidrógeno, sin embargo, no es la panacea y sus problemas originales no han sido resueltos. ¿Por qué va a solucionar ahora el hidrógeno nada, conociendo como conocemos sus limitaciones?

Hace algunas semanas asistí a una conferencia telemática organizada por el Club de Roma sobre el hidrógeno verde. En un momento de sinceridad, uno de los ponentes dijo que hace unos 20 años se había intentado introducir el hidrógeno como el combustible del futuro y se había fracasado; que hacía 10 años se había intentado de nuevo y que tampoco se había conseguido; y que esperaba que ahora, a la tercera, fuera la vencida. Esta reflexión es bastante interesante, porque refleja muy crudamente el problema que no se quiere ver. Y es que, ¿por qué tendría que funcionar una solución energética basada en el hidrógeno? Nos negamos a aceptar que es una mala solución, e insistimos sobre ella una y otra vez, pero no por ello se va a convertir en una buena solución. Damos por descontado que el progreso tecnológico conseguirá superar los problemas del hidrógeno, pero no comprendemos que a lo mejor esos problemas no se pueden superar porque dependen de principios inviolables de la Física o la Química.

Recordemos, una vez más, cuáles son los inconvenientes del hidrógeno:

  • El hidrógeno no es una fuente de energía: En la actualidad la mayoría del hidrógeno se consigue mediante el procesamiento químico del gas natural u otros hidrocarburos, con desprendimiento de dióxido de carbono, pero el objetivo es pasarse al "hidrógeno verde", que es el que se obtiene haciendo pasar una corriente eléctrica por una cubeta de agua, lo cual rompe la molécula de este líquido (electrolisis) y separa el hidrógeno del oxígeno, sin otras emisiones. El problema es que se necesita consumir electricidad para producir el hidrógeno; el hidrógeno es un sitio donde guardar energía, pero no una fuente de energía. Técnicamente es lo que se denomina un vector energético.
  • El rendimiento del proceso es bajo: Centrándonos en el hidrógeno verde, las mejores plantas de electrolisis consiguen un rendimiento del 70%, es decir, que el 30% de la energía se pierde y no se acumula en las moléculas de hidrógeno producidas. Pero este mejor rendimiento solo se produce en condiciones ideales y con plantas muy sofisticadas y caras; en condiciones más realistas, el rendimiento ronda el 50%, y el otro 50% simplemente se pierde.
  • El rendimiento de los motores de hidrógeno es bajo: Si se quiere el hidrógeno para motores, se puede quemar directamente en un motor de gasolina pero entonces se aprovecharía solo entre el 15% y el 20% de la energía del hidrógeno (es decir, solo entre el 7,5% y el 10% de la energía eléctrica inicial). Incluso usando pilas de combustible de las más eficientes (y haciendo más complejo el motor, porque se requiere una batería además) el rendimiento ronda el 50% (es decir, solo el 25% de la energía eléctrica inicial). Por comparación, un motor eléctrico tiene rendimientos que están sistemáticamente por encima del 75% o del 80%. Se podría decir que el hidrógeno se quiere solo para producir calor (por tanto, rendimiento del 50% sobre la energía eléctrica inicial), sobre todo industrial, pero lo cierto es que también se necesita hidrógeno para sustituir al diésel en la flota de camiones y maquinaria pesada.
  • El hidrógeno tiene que estar almacenado a alta presión: Al ser un gas, para conseguir una densidad energética en volumen aceptable el hidrógeno tiene que estar a una alta presión, generalmente de 750 atmósferas (enorme: es la presión a 7.500 metros de profundidad en el mar) para tener una densidad energética que es solo la mitad de la del gas natural a la presión habitual. Estas altas presiones implican, primero, un esfuerzo para comprimirlo (otro gasto energético adicional), segundo, usar recipientes de paredes densas (más costosos) y tercero, que se tenga que refrigerar previamente a la compresión para evitar que la temperatura suba mucho (más gasto energético). Y por no hablar del peligro que supone una grieta o un impacto medianamente fuerte en el depósito.
  • El hidrógeno se escapa de los recipientes: Al ser una molécula tan pequeña, el hidrógeno se escapa con facilidad de cualquier recipiente, incluso en uno de paredes densas y especialmente bien sellado. Pérdidas de entre el 2 y el 3% diario son normales, lo cual implica que el hidrógeno tiene que ser producido para ser consumido en el plazo de pocos días.
  • El hidrógeno corroe el acero: En los depósitos y conducciones de acero al carbono, el hidrógeno forma hidruros que acaban fragilizándolos hasta que se rompen. La solución es recubrirlos con unas películas especiales que se llaman liners, pero que no están exentas de problemas (aguantan mal los contrastes térmicos y los esfuerzos mecánicos) y que para mayor ironía se fabrican con petróleo.

En la práctica, las pérdidas energéticas de convertir electricidad a hidrógeno para cualquier uso energético son bastante  grandes, yendo del 50% de producir hidrógeno para ser quemado inmediatamente hasta pérdidas superiores al 95% si se tiene que almacenar a presión para ser consumido unos días más tarde en un motor de un camión.

En una conferencia reciente, yo presenté unos números sencillos comparando el consumo de energía del sector del transporte en Europa con la producción de energía eléctrica renovable que se necesitaría para que pudiera funcionar con hidrógeno, asumiendo el máximo y mejor rendimiento (pilas de combustible con platino, hidrógeno producido prácticamente para consumir, despreciando las pérdidas por refrigeración y compresión, etc). La conclusión es que Europa debería multiplicar su producción eléctrica renovable por 3,5. En condiciones mucho más realistas, no sería de extrañar que esa multiplicación fuera por 4, 5 o un factor todavía mayor; pero en todo caso, ese 3,5 ya supone un reto de gran envergadura... y solamente para mantener el transporte. Y ese reto es probablemente imposible, porque aquí no hemos incorporado los límites de las renovables, pero siguen existiendo.

Extrapolándolo al caso de España, no resulta creíble que pudiéramos producir aquí todo el hidrógeno que se necesitaría ya tan solo para mantener todo el sistema de transporte en pie. Y eso sin contar con todo el gasto de combustible que implica nuestro estilo de vida pero que no se computa aquí (por ejemplo, esos cargueros que llegan cargados de mercancías fabricadas en China).

¿Alguien se ha parado a mirar estos problemas con detenimiento y objetividad? ¿O solamente se han limitado a sumar cantidades en un fichero Excel, contando que todo lo que se necesite va a estar ahí porque se necesita? ¿Alguien se ha parado a pensar que quizá el hidrógeno no da, ni de lejos, para mantener el actual estado de cosas? ¿Alguien se ha planteado que quizá no es la solución?

6.- Dado que el hidrógeno que se puede producir domésticamente no puede cubrir nuestras necesidades, ¿de dónde lo vamos a sacar? ¿Vamos a intentar explotar la producción de otros países, típicamente de África?

Porque al final es de esto de lo que estamos hablando. Sabiendo que no podremos producir suficiente hidrógeno para poder mantenerlo todo en pie, dado el bajo rendimiento del proceso y los límites a la producción renovable, la idea seguramente es ir a apropiarse del hidrógeno que produce otro. Por ese motivo Alemania está en la presa del río Inga en el Congo. Y por ese motivo el tren de hidrógeno, mucho más ineficiente que el eléctrico, está ahora en boga: para sacar corriendo el hidrógeno de países que tienen vías de tren pero no catenaria.

Ese modelo de explotación colonial tiene no pocos riesgos y muchas fragilidades, aparte de otras cuestiones de índole moral. Pero además, el colonialismo se puede ejercer a muchas escalas. Colonialismo energético del centro contra la periferia, dentro de nuestro país. Pero también desde otros países, y más concretamente Alemania, contra nuestro país.

Este modelo colonial probablemente nos lo aplicarán a nosotros en beneficio de Alemania; el Gobierno federal alemán ya dice que espera que los países europeos con mayor potencial renovable le aporten su hidrógeno. Es decir, que la energía renovable captada aquí se convertiría en hidrógeno, con enormes pérdidas, para después irse en un tren de hidrógeno fabricado por Siemens hasta Frankfort o Munich. Señores y señoras representantes políticos de mi país, ¿habían pensado en esto? ¿Están seguros de que es el hidrógeno lo que tenemos que producir, si no nos da para nosotros mismos y encima nos lo quieren quitar?

7.- Por todo lo expuesto más arriba, me resulta evidente que nos hacen falta modelos alternativos para el aprovechamiento de la energía renovable, modelos mucho más locales y eficientes que garanticen la riqueza del país. El caso es que existen, pero no se debaten, no se contemplan. ¿No creen que se debería invertir, si cabe un pequeño esfuerzo, en ver cuánto podrían dar de sí?

A principios del siglo XX, proliferaban en Cataluña las colonias textiles. Se aprovechaba la fuerza hidráulica de los ríos para producir algo de electricidad de consumo local, y la fuerza mecánica del agua servía en muchos casos para accionar directamente los telares, con un rendimiento mucho mejor que poner un generador eléctrico en un extremo y un motor eléctrico en el otro. Con este sistema se mantuvieron también fundiciones y otras industrias; en todos los casos, aprovechando la energía de manera más eficiente que si se usase electricidad y, lo que es más importante, generado riqueza y empleo localmente. La energía mecánica no es como los electrones o el hidrógeno: no se puede exportar a grandes distancias. La energía de aquí se queda aquí.

Con todo el conocimiento y desarrollo técnico del último siglo, podríamos hacer eso mismo y mucho mejor. Aprovechando el Sol directamente para calentar, fundir, transformar. Aprovechando la fuerza mecánica del agua y del viento para mover, trabajar, forjar. Aprovechando las plantas, cultivadas y silvestres, herbáceas y árboles, para obtener reactivos y materiales. Produciendo también algo de electricidad para cuando fuera necesario, pero sin obsesionarse con producir solo electricidad. Produciendo también algo de hidrógeno para cuando fuera necesario, pero sin obsesionarse con mantener una ingente flota de camiones y maquinaria pesada con él. Siendo más eficientes. Alcanzando un mejor equilibrio con la naturaleza, disminuyendo nuestro impacto ambiental, adaptándonos a los ritmos del planeta, dependiendo lo justo de materiales que llegan de lejos, con instalaciones a una dimensión más humana y más fáciles de reparar y mantener, creando riqueza y empleo localmente, descarbonizando plenamente nuestra actividad.

¿Por qué no?

Repito.

¿Por qué no? 

 ¿Qué sentido tiene que esto ni se considere, ni se analice, ni se estudie siquiera someramente? ¿Qué sentido tiene que nos empeñemos en un modelo megalomaníaco, tremendamente destructivo y contaminante que, encima, ni siquiera es posible, cuando podríamos tener una alternativa mucho más razonable que ni nos dignamos en estudiar?

¿Por qué no?

¿Por qué nos vamos a condenar a un modelo insostenible e imposible que va a fracasar, cuando puede haber una alternativa viable y mucho menos costosa? Seguro que habrá muchas dificultades, pero la mayor ahora mismo es ni siquiera comenzar a trabajar sobre esta posibilidad

Yo les pregunto, y les preguntaré una y otra vez: 

¿Por qué no?

**************************************************

Agradeciendo de antemano la atención recibida, resto expectante por conocer su respuesta a estas, tan apremiantes, cuestiones.

Saludos cordiales.

Antonio Turiel.

18 de mayo de 2021.


miércoles, 20 de junio de 2018

Si yo fuera presidente



Queridos lectores:

Mi último post ha llevado a algunos lectores a plantearse lo deseable que sería que yo tuviera, de algún modo, acceso las instancias del poder español para poder influir en la política energética o incluso económica e industrial de nuestro país, ya fuera como asesor, alto cargo o incluso como ministro. Yendo aún más allá, un lector me ha propuesto que haga el ejercicio de compilar qué medidas propondría en el caso de encabezar yo mismo la planificación ejecutiva, simplificando esta proposición en "si fuera presidente".

Esto no había pasado nunca antes. Entendámonos: sí que ha habido gente que ha especulado con lo beneficioso que sería que yo o alguien con un perfil como el mío fuera asesor ministerial o incluso que ostentase un cargo de relevancia, y también se me ha pedido en algún momento que propusiera un plan de futuro (cosa que en realidad ya hice, al menos en líneas generales). Lo que no me habían planteado nunca es que diseñase lo que en esencia es un plan de gobierno transicionista. Lo interesante de este ejercicio no sería tanto la parte idealista (los objetivos deseables que se quieren perseguir en el largo plazo) sino la parte pragmática (qué medidas se podrían y se deberían implementar, teniendo en cuenta de dónde venimos y cómo funcionan las cosas ahora mismo). La cuestión no es menor, porque es muy fácil hacerse los exquisitos y decir "esto es lo que hace falta" (por otra parte, lo obvio: cerrar ciclos en el uso de materiales, no consumir energía fósil, favorecer la reparación ambiental, garantizar una vida digna a todo el mundo, preservar la democracia), pero es tremendamente difícil proponer un plan realmente ejecutable que parta de donde realmente estamos y nos lleve a esa soñada y quizá utópica Ítaca (o que al menos se muestre una vía realista por dónde avanzar de veras hacia ella). En el post "Una propuesta de futuro" sintetizaba algunas características lógicamente necesarias es una sociedad estable que se hubiese adaptado a los límites biofísicos; pero en modo alguno proponía cómo se debía llegar a ese estado, mediante qué medidas podríamos conseguir tal objetivo. Por no discutir, ni siquiera comentaba si ese objetivo era alcanzable, o si se podría llegar a él de manera no traumática.

Una propuesta verdaderamente programática tiene el inconveniente obvio de que puede ser fácilmente atacada por sus más que probables deficiencias técnicas. Yo tengo mis propias limitaciones, y al entrar en ciertos detalles, y más particularmente en los múltiples que escapan a mi conocimiento y entendimiento, cometeré errores, algunos de muy grueso calibre, por los cuales podría ser de manera fundada y objetiva atacado con dureza. Por tanto, el ejercicio de un verdadero diseño programático no debería ser jamás abordado por una sola persona, sino por un colectivo más o menos amplio y diverso, con múltiples conocimientos y especializaciones pero que comparta una visión y un objetivo. Es por eso que siempre he sido reacio a diseñar un programa de gobierno, porque aparte del toque de arrogancia que supone implica también una cierta enajenación onanista, la de creerse capaz de tocar todos los instrumentos de una orquesta para interpretar una sinfonía uno solo. Teniendo todo esto en cuenta, les ruego que tomen las propuestas que presentaré más abajo no como un verdadero programa a implementar ya, sino como un punto inicial de discusión, un punto de partida para comenzar a hablar, un mero borrador que necesita forzosamente ser corregido y extendido para que realmente pudiera llegar a ser algo parecido a un programa de gobierno.

Pero, antes de detallarles ese esbozo de programa de transición energética y ecológica fruto de mi ocurrencia (y que, como he dicho, será demasiado banal, pero espero que al menos sirva para empezar una discusión), déjenme que les explique primero por qué no puedo ser, en ningún caso, presidente, ni ministro, ni nada.
  • Porque rechazo los Estados: A lo largo de estos años de discusión sobre los problemas del sostenibilidad de nuestra sociedad me he labrado una imagen de pensador incómodo, por decir lo menos. Lo que realmente me inhabilita para ejercer cualquier cargo de responsabilidad política es que mi perfil es excesivamente radical para ser aceptable. No hablo aquí de mis presuntas simpatías con el independentismo catalán (de las que alguno me ha acusado por razón de mis posts a lo largo de estos años y particularmente los cuatro o cinco que publiqué el año pasado - y eso a pesar de haber repetido prácticamente cada vez que yo no deseo la independencia de Cataluña). No. Lo que verdaderamente me hace incompatible con cualquier cargo en la administración del Estado son, precisamente, mis críticas al Estado mismo. Como he explicado, el Estado supone una concentración del poder administrativo que favorece y entra en colusión con el capitalismo (semejante cuestión, por cierto, pasa también con el comunismo). Ello lleva a una gran interferencia del poder económico en la toma de decisiones y hace muy difícil adoptar resoluciones que realmente vayan a la raíz de los problemas (esto es, que sean radicales, justamente). Y es que la concentración de un poder tan grande en un grupo humano tan reducido aboca, inevitablemente, al distanciamiento del pueblo. Si tuvieron ocasión de verlo y se fijaron bien, durante la reciente moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno español, justo en el momento en el que éste ganó la votación se puso en marcha todo un complejo mecanismo de protección y, sobre todo, de protocolo que automáticamente lo catapultó a una distancia prácticamente sideral. Los gobernantes, por razón de cómo funciona el Estado, en el mismo momento de ser investidos son encapsulados en una invisible pero extraordinariamente tenaz vaina que impide que vuelvan a percibir con claridad qué es lo que pasa en el exterior. Tal cosa no es accidental, sino consustancial a cómo funciona el Estado. El Estado es un macroorganismo y como tal una de sus funciones primordiales es su autopreservación. Acceder a los mandos del Estado implica ascender al monte Olimpo y por fuerza de ello mismo dejar de ver a los hombres y mujeres que penan y se retuercen allá abajo. Por más pragmático que yo quisiera ser, no podría nunca aceptar trabajar en la administración del Estado; desde luego no a ese nivel.  
  • Porque rechazo el sistema de partidos de las democracias liberales: Si el Estado es un macroorganismo que busca autoperpetuarse, una cosa semejante pasa con los partidos políticos. Hay personas cuya carrera profesional se ha desarrollado íntegramente dentro de un determinado partido político. Llegado el momento, esas personas acceden a cargos públicos significativos, y cuando la alternancia de poder les deja fuera de ellos su principal obsesión es tener un trabajo, tener de qué comer. Esto fuerza dinámicas a veces muy viciosas en los partidos, de manera que cuando alguien es desalojado de una administración se va a un cargo más o menos espurio de otra administración que aún controla su partido, y se queda ahí a la espera de tiempos mejores. De ahí la necesidad del propio sistema de partidos de multiplicar sin sentido ni necesidad el número de administraciones, de modo que cada partido siempre controle una porción adecuada de las mismas y así se pueda mantener la élite administrativa de cada partido que sirve para asumir rápidamente el poder cuando corresponde. Eso mismo hace que haya una especial tolerancia mutua entre los partidos cuando se discuten determinados temas, ya que en esto todos comparten intereses, y al final a nadie le interesa agitar demasiado el avispero, no sea que todos salgan malparados. Por todo ello, las estructuras de partido son siempre, independientemente de su signo político nominal, muy conservadoras y tienden a mantener lo esencial del statu quo. Por eso mismo, abordar una serie de reformas muy radicales, necesarias para hacer el cambio necesario, es algo completamente imposible dada la dinámica de los partidos políticos. Es por eso que los discursos transicionistas de los partidos, incluso los nominalmente más progresistas, tienen un exceso de tecnicismo jurídico y una falta prácticamente absoluta de medidas pragmáticas, la cual camuflan con absurdas odas al tecnooptimismo. Y por tanto, yo no me avendría a trabajar con un partido político, sabiendo como sé que forzosamente, más pronto que tarde, acabaría en una confrontación total con él por culpa de sus inconfesables aunque comprensibles intereses.
  • Porque el coste social a pagar es inasumible políticamente: Incluso si un partido político, de manera monolítica, asumiese la titánica tarea de emprender una transición ecológica en serio; incluso si fueran capaces de superar la presión de los lobbies económicos (ejercidos bien directamente sobre ellos, bien sobre los resortes no siempre controlables del Estado) y pusieran al Estado a su servicio en vez de estar ellos al servicio del Estado; e incluso si todos los cargos del partido asumieran la importancia de la meta a conseguir aunque ello les acabe suponiendo estar en el paro, al final habría una última barrera que en la actualidad veo prácticamente infranqueable: el rechazo social a las medidas que serían necesarias. Particularmente porque el resto de partidos, con sus estructuras convencionales que engarzan perfectamente con las estructuras convencionales del Estado, se dedicarían día y noche a hacer propaganda en contra de cualquier medida de calado que se quisiera tomar, y contando como contarían con el apoyo de los grandes medios de comunicación (que están controlados por los poderes económicos que están en colusión con la estructura orgánica del Estado) tendrían mucha más fuerza y predicamento sobre la población que ese Gobierno tan convencido con la transición ecológica. Y lo más probable es que la gente aceptase mucho mejor el discurso de la oposición que el del Gobierno, porque frente la promesa de sacrificios y dificultades ahora para tener un futuro incierto después, aunque con posibilidades de mantener algo digno, la gente preferiría sin duda el mensaje de que todo va a ir bien con el Gobierno de la oposición, que se recuperará la prosperidad perdida, "España primero" y "hagamos España grande de nuevo". La barrera de potencial social a superar es enorme y haría falta una energía inaudita para emprender esa transición. Simplemente, hasta que la sociedad española no sufra con fuerza los embates de varias recesiones fuertes seguidas es harto improbable que sea mínimamente receptiva a un discurso de verdadera transición. Por todo ello, es completamente imposible que yo intentase implementar un programa que mi propio gobierno y la oposición sabrían que es completamente suicida y por tanto ineficaz, y que de hecho acabaría haciendo más mal que bien, ya que las ideas transicionistas quedarían estigmatizadas como "causantes de miseria" (no olvidemos que hace no tanto un conseller catalán rebautizaba la expresión "reparto de la riqueza", tan cara a los movimientos más de izquierda actuales, como "reparto de la miseria", en un eficaz ejercicio de antipropaganda).
  • Porque me gusta mi trabajo actual: Personalmente, no me veo muy capaz para la tarea de ser presidente del gobierno, pero lo que hago lo hago potablemente bien y me gusta, qué demonios. Me gusta mi investigación y son un friki de las ecuaciones: cada uno tiene sus defectos.

En fin, después de todas estas consideraciones formuladas en negativo, déjenme que por fin formule algo en positivo: mi programa de gobierno para un proyecto real de transición ecológica.
  • Información: Para poder planificar cualquier escenario de transición es fundamental contar con información completa y de calidad. A pesar de todo el trabajo que yo he hecho hasta ahora, mi acceso a la información real es muy limitado. Con los datos que tengo se pueden ver las grandes tendencias, pero faltan muchos detalles relevantes. Detalles que, es de esperar, sí que están accesibles a instancias gubernamentales. No se trata tanto de determinar fechas exactas como de saber cuál es la disponibilidad real de recursos y los problemas que se pueden plantear en su abastecimiento. 
  • Equipo: En general, los equipos ministeriales se suelen caracterizar por contener un exceso de juristas y economistas y una falta de científicos. Hay múltiples razones para este desbalance: la falta de interés de los científicos por el trabajo administrativo mientras que ésa es justamente una de las salidas principales de los primeros; la enorme burocratización de los Estados, dada su complejidad, que favorece justamente más a juristas y economistas, etc. Pero dada la complejidad y alcance de los problemas a tratar, y el hecho de que la ciencia económica actual tiene más dogma que de ciencia, se hace fundamental incorporar una mucho mayor cantidad de perfiles científicos, como mínimo para que haya una comprensión de la naturaleza real de los problemas. De todos modos seguiría siendo absolutamente necesario contar con juristas y economistas en los equipos, para poder implementar adecuadamente las medidas y para dotarlas correctamente, pero la intervención de estos expertos debería ser mayoritariamente en el nivel técnico, y no necesariamente en el decisorio. 
  • El dilema eléctrico: Asumiendo que ya se tienen todos los datos y tras meses de trabajo se deberían empezar a implementar el plan de transición. Una de las cosas que me resulta más llamativa cuando asisto a reuniones y congresos sobre la transición energética es que se pone mucho énfasis en incrementar la producción energética renovable en forma de electricidad mientras hay una comparativamente mucha menor discusión en el incremento del uso de la electricidad, cuando es justamente la dificultad de electrificar todos los usos industriales de la energía el principal escollo ahora mismo. Con 108 Gw de potencia instalada, en España hay capacidad eléctrica de sobras para incrementar el consumo de electricidad, si tan solo hubiera un mayor uso. Pero no lo hay, y eso no es casual: de manera parecida a lo que pasa con otros países occidentales, la electricidad representa en España, dependiendo del año, entre el 21 y el 23% de toda la energía final consumida, y lo que realmente es difícil es electrificar ese casi 80% de usos energéticos no eléctricos. Una parte significativa de ese consumo no eléctrico es el petróleo en el transporte, pero ése no es el final de la historia, ni mucho menos. Es hora ya de dejar de centrarse en el coche eléctrico, pues es una pista falsa y un sumidero de recursos, sin utilidad alguna. Por el contrario, hay que poner el mayor esfuerzo en ver cómo se electrifica toda la industria, teniendo en cuenta además que muchos materiales vienen de fuera. Y en los casos en los que la electrificación no sea posible o rentable, se tienen que explorar con seriedad los usos no eléctricos de las renovables. Se podría llegar incluso, llegado el caso, a sacrificar determinadas actividades en pro de una mayor resiliencia.
  • Plan de ajuste duro y real en el uso de recursos no renovables: A pesar de que a menudo se llenan la boca con grandilocuentes afirmaciones, lo cierto es que el actual diseño de las políticas industriales no contempla un plan proactivo de sustitución de los combustibles fósiles o de otros materiales cuya disponibilidad se va a ver comprometida en los próximos años. Todo la planificación, desde la I+D hasta la implementación y mantenimiento, se hace sobre la base de que habrá siempre energía y materiales en la cantidad necesaria para abordar las necesidades de cada momento, haciéndolo siempre de la misma manera. Esta actitud tiene muchísimos peligros, en particular, que nos puede llevar a una decadencia imparable de las infraestructuras que ya no podremos mantener. Por tanto, un cambio radical en la política de uso de fuentes de energía no renovables y de materiales es imprescindible, a pesar de que puede ser muy impopular - y por eso mismo debe ser muy bien pensado, en particular por lo que se refiere al ritmo de implementación. El uso de determinados materiales debe ser directamente prohibido, y el de otros severamente limitado, quizá con una cierta progresividad pero en todo caso de pocos años de duración. Se debe hacer un rediseño absoluto de la actividad industrial, obligando a que los productos puedan ser reciclados y/o reutilizados al 100%, y aquello que no cumpla este criterio debe ser directamente prohibido. Todo esto obligará a cambios drásticos en los hábitos y prácticas de producción y de consumo, hasta el punto que determinadas actividades económicas deberían ser no solo abandonadas, sino que la comercialización de esos productos provenientes del extranjero debería ser prohibida - lo cual, por supuesto generaría un montón de problemas. 
  • Relaciones exteriores: La implantación de todas estas medidas originaría muchos problemas para España en el ámbito internacional. En particular, la introducción de medidas para limitar el comercio de ciertas materias y productos de ellos derivados tendría que ser progresiva, haciendo mucha pedagogía en los foros internacionales, pero aún con los gobiernos que dicen apostar más seriamente por la transición ecológica habría muchos problemas y malos entendidos. Ése es uno de los obstáculos más graves de una transición real, y es que es muy difícil implementarla en un país solo. Aparte de los problemas comerciales, las medidas a implementar forzarían la exclusión o, como mínimo, la marginación de España en los mercados financieros internacionales, con lo que el plan de transición debería incluir una previsión sobre cómo hacer frente a todos los cambios necesarios sin tener que recurrir a financiación ajena (con el agravante que algunos de los cambios implicarían una disminución de la actividad económica y por tanto de la recaudación). En algún momento se tendría que plantear qué hacer con la deuda, y en particular qué parte se va a pagar y qué parte no se pagará, lo cual llevará aún más tropiezos. Otro tema sensible, como se evidencia en las discusiones de estos días pero que lleva años prolongándose, es el de la acogida o rechazo de la masa humana que intenta escapar de la miseria y la muerte en el sur, principalmente en África. Darse cuenta de que son precisamente las relaciones de dominio establecidas desde Occidente las que favorecen la pobreza y la guerra en esas zonas (cuando no la acción militar directa, como en Malí, Libia o Siria) requerirá grandes dosis de paciencia y pedagogía; en particular, hacer entender que la clave está en no destruir aquellos países para no verse en el brete de tener que acoger a todos los que hemos desplazados. Y todo esto, dado que España pertenece a la Unión Europea, será muchísimo más difícil porque lo que se pretende contradice políticas comunes fijadas desde Bruselas. Precisamente lo primero que daría enormes dolores de cabeza en nuestra relación con la UE sería las medidas que afectan a la deuda y a los objetivos de déficit. Los más radicales apostarían, por supuesto, por abandonar la UE; aunque se podría también intentar reformarla desde dentro. Sea como sea sería en este capítulo donde más esfuerzo se tendría que hacer, sin que yo vea claro el cómo ni a qué ritmo.
  • Políticas sociales e inversión en obra pública: Dos aspectos muy ligados desde hace tiempo pero que lo están aún más en una situación de disminución de ingresos. Las mayores empresas españolas dependen de que se ejecute un gran volumen de obra pública, y no van a aceptar de grado que se releguen o abandonen grandes inversiones en infraestructuras, a pesar de que estas infraestructuras son ya obsoletas o serán directamente inútiles de aquí unos años (pensemos, por ejemplo, en las nuevas vías de circunvalación de las grandes ciudades o los proyectos de ampliación de puertos, aeropuertos y autopistas). Lo cierto es que con menores ingresos será necesario ser más selectivo con respecto a en qué invertir, y aunque las políticas sociales sean más importantes desde el punto de vista de la cohesión social, las grandes empresas constructoras dan trabajo directa e indirectamente a mucha gente y tienen por ello una gran capacidad de presión. Ser capaz de proponer un plan de reconversión realista y acordado, haciendo comprender la necesidad del mismo antes que permitir un descenso desordenado, será uno de los pilares de este período. Mantener al tiempo un nivel alto de prestaciones sociales para evitar que crezca por el otro lado el descontento social será el otro pilar. Conseguir ambos será conseguir la cuadratura del círculo.

Aunque quedan muchos otros aspectos por tratar, estos son, a mi juicio, los temas más prioritarios a abordar en el primer período de 5 a 10 años. Como ven, las dificultades que plantean el contexto doméstico e internacional del cual partimos son enormes, y máxime en el contexto del mantenimiento de una superestructura estatal. Quizá justamente las transformaciones que se tienen que hacer no sean posibles desde un Estado como el actual, o quizá hace falta un cambio revolucionario, principalmente a nivel de la concienciación ciudadana. Sea como sea, los próximos años nos irán proporcionando más información sobre la factibilidad de lo que propongo y sobre si es realista plantearse estas cosas. En todo caso, ésa no será labor mía. Lo que no querría es que algunas personas, en su absurdo empeño de atacar cualquier cosa que suene a un cambio que no les gusta (por más inevitable que sea) tomen trozos de este post fuera de contexto en su afán por atacar sin sentido, en vez de hacer lo que verdaderamente se debería hacer, que es entrar en el fondo de la cuestión y discutir cómo hacer de veras la transición ecológica.

Salu2.
AMT