Mostrando entradas con la etiqueta efectos no-lineales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta efectos no-lineales. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de abril de 2016

Por qué la finitud de los recursos lleva a cambios abruptos en el comportamiento económico



Queridos lectores,

En más de una ocasión hemos comentado en este blog que la llegada a los límites de crecimiento económico desencadena un comportamiento de todo el sistema económico que se caracteriza por su fuerte no linealidad. Esta expresión (no linealidad) es muy habitual entre los físicos, particularmente entre los físicos estadísticos, pero no lo es tanto entre el común de los ciudadanos, e incluso algunos de los que la usan no siempre entienden exactamente qué se quiere decir con ella. Pero para entender qué es lo que ha pasado hasta ahora y qué es lo que está pasando ahora mismo y, más importante, por qué esta pasando lo que está pasando y por qué se desvía tanto de nuestras expectativas, creo que es importante aclarar qué es lo que se entiende por comportamiento lineal, casi lineal y fuertemente no lineal, y por qué todos ellos son cosas en realidad naturales y previsibles, al menos fuera de las hojas Excel de algunos economistas que tienen una visión demasiado simplista de lo que es la realidad.

Un comportamiento perfectamente lineal es el que se describe con una línea recta. 





En una recta, cuando decimos que la cantidad A crece (o decrece) linealmente con respecto a las variaciones de la cantidad B lo que decimos es que a iguales incrementos de B se producen iguales incrementos de A, da igual en qué punto de la recta estemos. Más aún, que si el incremento de B se multiplica por 2 (o por cualquier otro número) el incremento de A asociado también se multiplicará por 2 (o por el número que se haya multiplicado el incremento de B). 

En el mundo real hay muchísimas cosas que tienen un comportamiento lineal o muy cercano al comportamiento lineal. Por ejemplo, si yo sé que para ir de casa al colegio caminando de la manera habitual tardo 10 minutos, rápidamente infiero que para ir a casa al colegio y volver caminando del mismo modo tardaré 20 minutos, pues en suma hago dos veces el trayecto (del mismo modo, si hiciera ese trayecto un número N de veces tardaría N veces 10 minutos). Otro ejemplo doméstico común: si para hacer la paella en casa tengo comprobado que con 6 cacitos de arroz comemos los 4 que vivimos en mi casa, si mañana recibiremos 8 invitados (y así junto a los de casa seremos 12 a comer, es decir, 3 veces los que somos habitualmente) ya sé que tendré que emplear 18 cacitos de arroz (es decir, 3 veces más arroz). El lector podrá proponer infinidad de ejemplos similares, fruto de contingencias cotidianas en las que uno tiene necesidad de estimar cuánto tiempo le va a llevar a hacer una cosa, cuánta cantidad necesita de algo, cuánto obtendrá de algo, etc. Este tipo de situaciones es tan común que ha dado pie a definir una regla sencilla para efectuar sin equivocarse estos cálculos, la regla de tres. Es tan común la aplicación de esta regla (es decir, asumir que las relaciones entre las variables son lineales) que a menudo, cuando se pretende argumentar que de una cosa se sigue inexorablemente otra por analogía a la relación que tienen otras dos cosas se dice "por la misma regla de tres que de A se sigue B, de C se ha de seguir D".

Por supuesto no todas las relaciones entre dos cantidades cualquiera son lineales, pero la inercia de la regla de tres es tan fuerte que muchas veces se aplica de manera acrítica, sin pararse a pensar si tiene sentido. Un ejemplo que yo suelo poner para hacer ver que la nolinealidad es mucho más importante de lo que creemos en situaciones de lo más común es el siguiente: imaginemos que vamos en un coche a 40 km/h y apretamos el freno, observando que el coche se detiene por completo tras recorrer 10 metros. Ahora imaginemos que vamos a 80 km/h y apretamos el freno exactamente de la misma manera, ejerciendo por tanto exactamente la misma fuerza de frenado. ¿Cuántos metros cree que recorrerá ahora el coche antes de detenerse por completo? La lógica de la omnipresente regla de tres lleva a casi todo el mundo a decir que el coche recorrerá 20 metros (si vamos el doble de rápido el coche necesitará el doble de distancia para frenar). La respuesta correcta sería 40 metros, debido a que la energía cinética va como el cuadrado de la velocidad. Afortunadamente en el mundo real a esas velocidades el aire desplazado por el avance del coche estará ya en régimen turbulento y la fuerza de frenado de ese aire ayudará a nuestro apurado conductor a frenar en una distancia más sensata aunque sin duda superior a 20 metros (de todos modos, si es Vd. demasiado aficionado a aplicar la regla de tres en todas las situaciones le recomiendo no conducir en la Luna). En cualquier caso, el ejemplo ilustra cómo fiarnos demasiado de la regla de tres nos puede llevar al desastre.

Por suerte o por desgracia, en muchos casos la tendencia a linearizar excesivamente una realidad no siempre tan lineal no funciona tan mal incluso en aquellos casos en los que la relación entre las dos variables no sea lineal, siempre que esta relación no lineal sea lo suficientemente suave (en términos más matemáticos, que sea diferenciable) y que no queramos extenderla demasiado lejos. Ello es debido al Teorema de Valor Medio, que establece que cualquier función suave puede ser aproximada alrededor de cualquier punto por una recta sin cometer un error demasiado grande siempre que no nos vayamos demasiado lejos del punto inicial.



Este es el caso, por ejemplo, del crecimiento porcentual que tan caro es para los economistas cuando hablan del PIB. Para valores pequeños del incremento anual del PIB, el error cometido por asumir que la curva de evolución del PIB se comporta como una línea recta no es demasiado grande en los primeros años. Por ejemplo, la curva que hay encima de este párrafo representa la comparación entre un crecimiento anual porcentual del 3% (línea roja) respecto a una aproximación lineal (línea verde) durante 10 años. Como ven, incluso después de 10 años el error cometido por la aproximación lineal es inferior al 4%. Por tanto, aplicar nuestra lógica intuitiva de la regla de tres al caso del crecimiento exponencial no es una cosa descabellada durante ciertos períodos de tiempo (por ejemplo, diez años). 

Sin embargo, esta lógica de la linearización de aquello que no es lineal nos puede traer disgustos inesperados por culpa de nuestra impericia matemática. Cuando algo es no lineal, esa falta de linealidad se tiene que acabar manifestando tarde o temprano y si no tenemos cuidado puede hacerlo de forma desastrosa. Tomando de nuevo la curva de crecimiento del 3% de la última gráfica, si en vez de quedarnos con los 10 primeros años la miramos a 100 años vista el resultado es ciertamente impactante.




La desviación entre ambas curvas ya no puede ser considerada pequeña, como ven. Si con la curva verde queríamos aproximar el crecimiento del PIB, ese crecimiento muchísimo más rápido de la curva roja sería seguramente visto como una ventaja (por supuesto dejando de lado toda externalidad), pero si lo que queríamos anticipar era la evolución de la deuda externa de nuestro país creo que es evidente que la cosa no tiene ya tanta gracia.  

La enorme divergencia que se observa en el caso anterior, como siempre, tiene que ver con la falta de comprensión que tiene el ser humano de las implicaciones de la función exponencial, como dice la famosa frase de Albert Barlett. Nuestra tendencia a linearizar lo que no es lineal puede acabar muy mal cuando se trata de estimar el comportamiento del interés compuesto, ya que se marra y por mucho la estimación de lo que va a pasar y eso puede costar caro; pero con todo ése no es el peor de los efectos no lineales. Como ahora mostraré, la situación puede ser incluso más dramática cuando los recursos disponibles son finitos.

El siguiente ejemplo es un arquetipo de "falsa estrategia ganadora" que se suele explicar en teoría de juegos. Imagínese que un día le llega un conocido y le dice que tiene una estrategia para apostar en el casino y ganar siempre. Su truco, nos cuenta nuestro aprendiz de truhán, es tan bueno que no depende del juego, funcionará con cualquiera. La idea es la siguiente:  

Imaginemos que en un determinado juego de azar la probabilidad de ganar es p. Ese valor p está entre 0 (que quiere decir que es imposible ganar) y 1 (que quiere decir que la victoria es segura); seguramente, para el beneficio del casino, p estará más cerca de 0 que de 1. Para simplificar esta discusión, consideraremos que si ganamos el casino nos da el doble de lo que gastamos en la apuesta, con lo que la ganancia neta es una cantidad igual a la apostada (recuperamos la apuesta y ganamos un tanto igual). Si perdemos, no recuperamos nada de dinero. Lo que nos propone nuestro amigo es que adoptemos el siguiente procedimiento:

1.- Fijamos la cantidad a apostar en un valor inicial C (depende de lo osados que seamos, puede ser un euro, mil o un millón).
 

2.- Hacemos nuestra apuesta.
 

3.- Si ganamos (probabilidad p) nos embolsamos la ganancia y volvemos al punto 1.
 

4.- Si perdemos (probabilidad 1-p), doblamos la cantidad a apostar y volvemos al punto 2.

Con este método, nos dice, cada vez que completemos la cadena (cada vez que volvamos al punto 1), habremos ganado una cantidad de dinero exactamente igual a C. Eso es lo que este individuo nos dice, pero nosotros sabemos suficiente de matemáticas para comprobarlo, así que hagámoslo.

Comienzo por la apuesta inicial de C. Si gano la apuesta (una proporción p de las veces) habré ganado C. Si pierdo (una proporción 1-p de las veces) habré perdido C. Supongamos que he perdido, así que estoy en ese 1-p de las veces; en ese caso voy y apuesto 2C. Si gano (p(1-p) de las veces) gano 2C, pero tengo que descontar C que había perdido en la primera apuesta, así que de manera neta gano C, con lo que se confirma lo que nos decía nuestro amigo. Si pierdo ( (1-p)^2 de las veces) ya llevo perdidos C+2C=3C. Imaginemos que estoy en ese (1-p)^2 de veces en los que he perdido por segunda vez. Ahora voy y apuesto 4C. Si gano (p(1-p)^2 de las veces) gano 4C, y descontando los 3C que llevaba perdidos de las dos apuestas anteriores gano de manera neta C, confirmando nuevamente lo que dice nuestro colega. Si pierdo ((1-p)^3 de las veces) acumulo otros 4C de pérdidas, que con los 3C que ya llevaba se convierte en 7C. Y así sucesivamente. Resulta fácil comprobar que, si voy por la apuesta n-ésima ya habré gastado (2^(n-1)-1) C, estaré apostando 2^(n-1) C y si gano (cosa que pasará el p(1-p)^(n-1) de las veces) ganaré 2^(n-1) C, con lo que descontando las pérdidas me quedará un rendimiento de C, en tanto que si pierdo (cosa que pasará el (1-p)^n de las veces) mis pérdidas serán ya del (2^n-1) C. En la apuesta n-ésima, por tanto, con una probabilidad (1-p)^n habré perdido (2^n-1) C, pero en cambio con una probabilidad 1-(1-p)^n habré ganado C. Dado que p es un número positivo más pequeño que 1, 1-p también es más pequeño que 1 y por tanto (1-p)^n es cada vez más pequeño, cayendo a un ritmo exponencial con el número de veces que hemos ensayado esta estrategia. Por ejemplo, para p=0,1 (es decir, un juego en el que sólo tenemos un 10% de probabilidades de ganar) nos encontramos que después de 10 jugadas siguiendo esta estrategia de apuestas tenemos un 65% de probabilidades de haber ganado una cantidad de dinero igual a C, y sólo un 35% de haber perdido, eso sí, mucho dinero. Con 20 jugadas las probabilidades de haber triunfado son ya del 88% y con 40 jugadas habremos ganado el 98,6% de las veces. Eventualmente, si apostamos el tiempo necesario (si el número de intentos tiende a infinito, que dicen los matemáticos) conseguiremos ganar una cantidad C con el 100% de probabilidades.
 
Así pues que nuestro amigo tenía razón: apostando como él dice, si reiteramos tantas veces como sea necesario tenemos asegurado que ganaremos una cantidad de dinero igual a la que apostamos. Sin embargo, hay algo que no cuadra aquí: los casinos del mundo no están quebrando, que nosotros sepamos, y sí que sabemos de gente que se ha arruinado por jugar y jugar en los casinos. Debe haber, por tanto, una falacia lógica en este razonamiento. Y efectivamente la hay: todo el razonamiento expuesto más arriba sólo tiene sentido si la cantidad de recursos (en este caso, el capital disponible) es infinita. En el momento que, como pasa en el mundo real, uno dispone de una cantidad finita de dinero para apostar la estrategia expuesta más arriba es una receta para el desastre asegurado. Fíjense que, si en 10 apuestas no hemos conseguido estar en ese 65% de veces en los que habremos ganado C llevaremos unas pérdidas acumuladas de 1023 C (sí, 1023 veces la apuesta inicial). Si tras 20 apuestas estamos aún en ese 12% de veces en las que no habremos triunfado nuestras pérdidas serán de más de un millón de veces la apuesta inicial C. Tras 40 apuestas, si tenemos la desgracia de estar en ese 1,4% de veces en los que aún no hemos ganado nuestras pérdidas serán astronómicas: un billón de billones (10^24) de veces C. Incluso si la apuesta inicial fuera de un euro, estamos hablando de una cantidad que es decenas de miles de veces más grande que el PIB actual de todos los países de la Tierra juntos: ésa es la magia de la función exponencial (porque, sí, esta estrategia de apuesta es exponencial). Se puede demostrar (aunque ahorraré los pesados detalles al lector) que si p es menor que 0,5 esta estrategia de apuesta lleva a la bancarrota asegurada si uno no dispone de una cantidad infinita de dinero; y debido al crecimiento exponencial de la deuda, el tiempo para llegar a esa bancarrota no es excesivamente prolongado, sino que va como el logaritmo del capital disponible. Para los que tiene algún recuerdo de la estadística elemental baste decir que si uno calcula la esperanza matemática (la media teórica, en definitiva) de las ganancias esperadas tras haber apostado n veces, con las cifras que daba más arriba, ésta es simplemente [1-(1-p)^n] C - (1-p)^n (2^n-1) C = C [1-(1-p)^n 2^n]= C {1- [2(1-p)]^n}. Así que la clave reside en si el factor 2(1-p) es más grande que 1 (en cuyo caso las pérdidas crecen y crecen) o en si es más pequeño que 1 (en cuyo caso las ganancias acaban compensando las pérdidas). También lo podemos formular directamente en términos de la probabilidad p de ganar: la clave es por tanto si 2p es más grande que 1 (en cuyo caso acabaremos ganando) o más pequeño que 1 (en cuyo caso las pérdidas crecerán exponencialmente con el tiempo).  Por tanto, si el juego es tal que tenemos menos del 50% de probabilidades de ganar, entonces nos vamos a arruinar seguro y además muy rápido; si la probabilidad de ganar es mayor del 50% entonces nos vamos a forrar, aunque más lentamente; y si es exactamente del 50% no vamos a ganar ni perder. Como pueden imaginar, no hay ningún juego del casino donde la probabilidad de ganar sea superior al 50%.

La aparición del factor 2p no es casual: en cualquier juego de azar la ganancia ha de compensar las pérdidas para que el juego resulte rentable al jugador: como en este juego que hemos discutido se dobla la apuesta realizada, es por eso que aparece el 2. Si en este juego te dieran una cantidad N de veces tu apuesta inicial, el factor crítico sería que Np sea más grande que 1. Da igual la estrategia de apuesta que se adopte, uno no puede cambiar si el juego es rentable o no; lo que modifica la manera de apostar es a qué ritmo se gana o se pierde dinero en él. Y la estrategia exponencial es especialmente amplificadora. Lo interesante de este caso es que la estrategia exponencial, ese "doblar la apuesta", es una estrategia ganadora si los recursos son infinitos, pero desde el momento en que uno dispone de recursos finitos no sólo el juego es perdedor independientemente de la estrategia de apuesta, sino que justamente la más exitosa en caso de disponer de recursos infinitos (la exponencial) se vuelve la más desastrosa.

El ejemplo que acabo de discutir no está  tan alejado de la realidad como podría parecer. Seguramente el lector es consciente de que la estrategia de "doblar la apuesta" es el mismo principio que opera en los casos de ludopatía o afición al juego: el ludópata acaba dilapidando su patrimonio y malgastando el dinero que le prestan amigos y familiares en renovar sus apuestas, ya que "la mala racha va a pasar y ahora viene mi momento de ganar", lo que en esencia es "doblar la apuesta" a la espera de que por mera estadística las cartas vendrán bien dadas la siguiente vez. Es un poco menos evidente que se trata del mismo principio que ha operado y opera en la creación de burbujas financieras, en las cuales el exceso de apalancamiento (capital que se pide prestado a otros para amplificar la ganancia de un negocio) acaba amplificando no las ganancias sino las pérdidas. En las burbujas financieras, la denominada "exuberancia irracional" de los mercados significa que se apuesta de manera exponencial sobre el crecimiento de un mercado que, a juicio de los que así apuestan, sólo puede crecer y crecer por siempre jamás. Obviamente, tal cosa no es así y tarde o temprano se agota el número de inversores dispuestos a invertir, y como que de todas maneras no hay ningún negocio tan bueno como para poder resistir un ritmo exponencial de inversión de manera indefinida, llega un momento (aunque no sea evidente ni para las firmas de inversión que trabajan de esa manera y sólo puede evidenciarse siguiendo los flujos de capital entre los diversos actores) en el que por fuerza se está pagando a los inversores más antiguos con el capital que están invirtiendo los inversores nuevos. Si esto le recuerda a una estafa piramidal, también conocida como esquema de Ponzi, es porque es lo mismo, aunque (al menos en ocasiones) sobrevenga de manera inadvertida para los que juegan a este juego. Y dado que en el fondo es un esquema de apuesta exponencial, de "doblar la apuesta", como en el ejemplo que discutíamos antes la finitud de los recursos lleva a un colapso abrupto, a una no linealidad fuerte, como la que se muestra en la siguiente figura:

Transición de fase de orden 0


Este tipo de transición de fase, de cambio brusco, de no linealidad en suma, es el único que suelen evocar la mayoría de los economistas las pocas veces que se avienen a discutir sobre la finitud de los recursos. En las pocas ocasiones que se entra en esa discusión, lo que consideran estos economistas es que puede llegar a producirse un "exceso de inversión en capacidad productiva" y que como consecuencia algunas compañías no recuperen su inversión y puedan llegar a quebrar. Proyectando la misma idea a la escasez de recursos naturales en general y al peak oil en particular, estos economistas piensan en la escasez de recursos en términos de "todo o nada", en términos de "crecimiento o carencia absoluta" y creen que es posible agotar completamente los recursos en un plazo de tiempo determinado. Como consecuencia de esta creencia, el modelo mental de lo que esperan de la evolución económica si los recursos son finitos es el de la gráfica de arriba, un diente de sierra afilado: antes de la caída, se crece siempre a buen ritmo y después de ella todo ha colapsado. Este tipo de colapso abrupto, en el que nada indica que se vaya a terminar el suministro de la materia prima imprescindible hasta que ésta se agota por completo, es completamente excepcional (alguna rara vez puede ser observado en el caso concreto de alguna compañía que invierte de manera absurda y quiebra) y por supuesto no describe en absoluto lo que pasa en la economía a gran escala; sin embargo, ésa es la idea que tienen muchos economistas en la cabeza cuando se les habla de recursos finitos. Dado que obviamente no es eso lo que se observa ni en la producción de materias primas ni mucho menos en la evolución de la economía, este grupo de economistas curiosamente nos reprochan a los que hablamos del problema del agotamiento de los recursos que utilicemos un modelo nada realista, cuando en realidad no lo utilizamos nosotros sino que nace de sus propios prejuicios e ignorancia sobre la cuestión.

Algunos economistas un poco más ilustrados se dan cuenta de que la Naturaleza no da saltos y que cuando se trata de proceso colectivos es muy excepcional encontrarse situaciones de transición tan salvaje como en el caso anterior. Aunque estos otros economistas siguen teniendo en la cabeza la idea de que el agotamiento de los recursos se produce debido a la extracción total de los mismos en un tiempo bien delimitado, creen que las fuerzas del mercado podrían detectar la llegada a ese momento de agotamiento y de algún modo compensarlo parcialmente, reservando algo de la materia prima en situación comprometida para poder usarlo en los momentos posteriores a la transición. De ese modo, la forzada transición se vendría suavizada y el cambio no sería tan binario (del "todo" del crecimiento al "nada" del colapso) sino que el cambio sería más suave, de manera análoga a lo que describe la siguiente curva:


Transición de fase de orden superior



Aunque un poco más sensato que el caso anterior, este tipo de modelo mental tampoco es demasiado realista, pues esencialmente sólo modifica el comportamiento en un entorno más o menos extenso del momento de la transición, y excluyendo esa zona en definitiva estamos en la misma situación que en el caso del "diente de sierra": una fase inicial en la que el crecimiento sube vigoroso, y una fase terminal en la que no hay nada, el recurso se ha agotado por completo y todo ha colapsado. Como obviamente no se observa nada parecido, la conclusión es espuriamente la misma del caso anterior: no hay ningún problema de finitud de recursos.


Como ya saben los lectores asiduos de este blog, en la realidad la finitud de los recursos no se manifiesta por un agotamiento total de los mismos en un espacio concreto de tiempo, sino por una tendencia a la caída de la producción que puede alargarse durante décadas. En esta fase de agotamiento, por razones meramente físicas y geológicas la producción irá decayendo, a un ritmo que acaba siendo bastante significativo cuando se contempla en la escala de décadas, pero que no lo es tanto si miramos los datos a meses o semanas vista. Desde un punto de vista matemático la materia prima no llega nunca a agotarse, aunque las cantidades que se acaban produciendo de ella al pasar el tiempo llegan a ser tan pequeñas que no son significativas; en la práctica la materia prima deja de ser relevante para la sociedad que la utiliza al cabo de unas cuantas décadas y su producción podría llegar a interrumpirse simplemente por la falta de interés social en ella. El modelo de curva de producción para esta materia (que acaba traduciéndose de una u otra manera en la evolución económica), cuando se observa en la escala de décadas, es algo semejante a la curva que sigue a estas líneas:


Transición de fase de orden elevado



La estructura de la curva no tiene por qué ser simétrica, pudiendo suceder que la fase inicial de crecimiento sea más rápida o más lenta que la posterior de decrecimiento; sin embargo, tanto la fase de expansión como la de contracción son exponenciales: al principio los porcentajes de variación anuales son bastante constantes y positivos, y al final son también bastante constantes pero negativos. Ese tipo de curva, a la Hubbert, es una idealización de la situación real: los factores sobre el terreno (económicos, políticos, sociales) hacen que la evolución real, tanto de la producción de la materia prima como de la economía, sea algo más complicado y por tanto la evolución real podrá tener fases de valores mayores o menores que los que indica la curva ideal. Sin embargo, en el largo plazo las leyes naturales acaban dominando los deseos de los hombres e inexorablemente la curva real se encontrará por debajo de la ideal, aunque muy cerca de ella si somos lo suficientemente prudentes.

Al margen de que una curva de producción tipo Hubbert es más compleja que el resto de modelos discutidos en este post, hay algo que tiene en común con el ejemplo de las apuestas, y es que una estrategia de inversión exponencial lleva rápidamente al desastre garantizado en cuanto la ganancia no compensa la inversión, es decir, en cuando comienza el declive del recurso. Una situación que, por lo que parece, es la que está pasando ya con el petróleo y que puede llevarnos a precipitarnos mucho más rápido en el abismo de la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Es por ello crucial hacer un análisis correcto de la situación para evitar agravarla innecesariamente, simplemente porque estamos siguiendo la misma estrategia de inversión de siempre sin comprender que ahora mismo puede ser muy dañina.

La gestión de una situación tan compleja como la actual, en la que el petróleo parece haber llegado a su máximo productivo histórico y está comenzando un declive que se va a ver acelerado debido a los errores de inversión (excesiva de 2011 a 2014 con el espejismo del fracking, demasiado escasa de 2015 hasta el momento actual por culpa de la caída de precios asociada a la contracción de la demanda), requiere un análisis serio para comenzar. Para hacer tal análisis se puede necesitar tiempo, se debe necesitar compilar los datos y estudiarlos con cuidado, qué duda cabe, sin aceptar ninguna posición de antemano pero sin descartar tampoco ninguna hipótesis de antemano, aunque ésta contradiga un paradigma económico, el actual, que se acepta a veces como si fuera un dogma religioso incuestionable.

Pero un análisis serio no puede basarse en una negación infantil de los hechos y los datos que nos muestran que hay un problema serio y agravándose en el mercado del petróleo. Un análisis serio tiene que superar las habituales actitudes condescendientes y paternalistas de los economistas de cabecera hacia quienes explicamos serenamente el problema de los recursos y tratamos de proponer soluciones, aunque éstas se separen de lo aceptado por la ortodoxia económica. Si como muestran los datos la producción de hidrocarburos líquidos en los EE.UU. ha caído ya un 10% en el último año, si las autoridades rusas dan por descontado el declive de su propia producción en los próximos años, y si comienzan a acumularse los indicios de que Araba Saudita ha llegado a su propio peak oil, no puede ser que se siga tachando de catastrofistas a quienes simplemente enunciamos estos datos, y que para descalificarnos sumariamente y no correr el riesgo de pensar en cosas incómodas se nos etiquete atribuyéndonos actitudes madmaxistas que, como tantas veces he explicado, no tenemos. 

Aquí, señores y señoras, se trata de datos, se trata de ciencia y se trata de buscar soluciones técnicas a un desafío de primer orden de magnitud. Como también he escrito numerosas veces, el futuro de la Humanidad puede incluso ser brillante, si nos decidimos a tomar las riendas de la situación y actuar en consecuencia. Pero hay que hacerlo. 

Salu2,
AMT

P. Data: Gracias a Rafa, cuyas amenas conversaciones en el tren han inspirado este post.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

Las Guerras del Hambre

Imagen de http://www.sodahead.com/united-states/how-do-you-feel-about-this-image/question-3134627/?link=ibaf&q=&imgurl=http://images.sodahead.com/polls/0/0/3/1/3/4/6/2/7/war-hunger-86207110181.jpeg . 
La pancarta dice: "¿No podemos dar de comer a los pobres pero podemos financiar una guerra?"


Queridos lectores,

Hay un temor que me atormenta desde hace meses. Bueno, más que temor es una certeza. La certeza de que estamos viviendo los últimos meses antes de un estallido de escala planetaria, en el que las múltiples contradicciones de nuestro sistema económico y de explotación de recursos no podrán ser soslayadas o evitadas por más tiempo y que romperán con toda su intensidad, haciendo que el descenso por el lado derecho de la curva de Hubbert sea más abrupto que lo que nos marca la idealizada previsión inicial. Varias crisis se están desarrollando ahora mismo, pero nuestra atención está fijada en la crisis económica que sufrimos cada uno en nuestro país respectivo (sin ver que todos los países están en similar situación), mientras que nuestros medios de comunicación prácticamente sólo tienen ojos para la crisis financiera (puesto que ésta es la que más interesa al gran capital, quien es a la postre quien posee y financia estos medios). Y todas las demás crisis que se están desarrollando pasan por completo ignoradas, cuando en realidad están más conectadas de lo que pensamos con nuestras más cercanas preocupaciones. De todas esas otras crisis ignoradas, hoy destacaré tres que forman una cadena lógica de ominosas implicaciones para nuestro futuro: la crisis energética, la crisis climática (incidiendo en el problema del agua) y la crisis de los alimentos.

No hablaré aquí una vez más sobre la crisis energética, al menos no per se. Prácticamente todo el blog está dedicado a esta temática y los lectores habituales ya conocen los aspectos fundamentales de la misma (y para los lectores sobrevenidos recomiendo la lectura del prontuario sobre el peak oil y el post "Mensaje en una botella"). A estas alturas sabemos ya que, debido a la conexión entre economía y energía y a que estamos a las puertas de un declive energético severo, esta crisis no acabará nunca.

Otra crisis de la que de tanto en tanto se ha escrito en este blog es la crisis ambiental, y en particular los aspectos asociados el cambio climático. No es el tema de este blog (si quieren amplia y rigurosa información sobre este tema, mi blog de referencia personal es Usted no se lo cree). Hay cada vez más indicios de que los efectos de cambio climático a escala global asociados a la actividad humana se están amplificando y acelerando, y en ese sentido este verano ha sido pródigo en tales efectos. A principios de Julio supimos que la capa superficial de hielo de prácticamente toda Groenlandia se había fundido en cuestión de cuatro días (ven los mapas de la superficie afectada por la fusión superficial de los días 8 y 12 de Julio):



Numerosos medios dieron cuenta de este hecho, aunque los errores de comunicación fueron abundantes. Así, en algunos medios se dijo que toda Groenlandia se había fundido (cosa absurda, porque el nivel de los mares habría subido de manera inmediata unos 7 metros) y en otros, más comedidos, que esa capa fundida había acabado toda en el mar (en realidad, la mayoría volvió a congelarse en el mismo sitio). Esto dio pábulo a algunos elementos del negacionismo climático a desplegar su artillería y, no pudiendo negar los datos (vienen directamente de observaciones de la NASA), afirmaron que tal tipo de fenómenos pasan regularmente e insinuaron que tales efectos son normales puesto que hace 123 ya pasó algo similar, basándose en que la nota de la NASA afirmaba que no se había visto algo así en 123 años. En realidad las primeras observaciones (obviamente in situ y no por satélite en aquella época) datan de hace 123 años, con lo que en realidad la afirmación de la NASA es que no hay registros históricos de un deshielo de esa magnitud. De hecho, es fácil deducir que hacía mucho tiempo, como mínimo unos siglos, que no se había producido tal cosa, simplemente viendo el efecto que causó la pequeña parte del agua que sí que llegó a los ríos. Supongo que en los anales de Groenlandia deben tener constancia de las riadas que se han llevado sus puentes por delante...

La cuestión del deshielo superficial en Groenlandia no es un asunto menor. Durante las horas o días que la capa superficial fue líquida dejó expuesto el hielo más antiguo, que es de color oscuro y absorbe más la radiación, con lo que parte de ese hielo también se habrá fundido. Una parte de ese agua se habrá filtrado hasta la roca (que está a unos 2.000 metros por debajo de la superficie del hielo, tal es el espesor medio de la capa helada) y ahí contribuirá a las charcas de agua que lubrican el movimiento de las lenguas glaciares, acelerando la caída de icebergs al mar; además, se habrán creado más grietas en toda la extensión del manto helado. En suma, el colapso de la capa de hielo de Groenlandia se ha acelerado. Sigue siendo un proceso lento, que requerirá de siglos, pero estos eventos pueden haber acortado tal plazo sensiblemente.

Este mismo verano la extensión del hielo ártico ha llegado a un mínimo histórico. Miren la siguiente gráfica, descargada de la web del National Snow and Ice Data Center:




Lo que ven son las gráficas del área que ocupa la capa helada que flota sobre el Oceáno Ártico. La curva negra continua representa la media 1979-2000. La franja gris que la rodea nos da una idea de la variabilidad de esa superficie durante esos 21 años (en ese período hubo años con mayor y con menor deshielo que esa media de la curva negra, y la franja gris nos da una idea de las diferencias en ese período). Como es natural, cada año la extensión del hielo es menor durante el verano en el Hemisferio Norte y mayor durante el invierno. La curva de trazos representa el peor año del que se tenía registro: 2007. Durante ese año, una serie de factores climatológicos adversos y algunas coincidencias hicieron que la capa de hielo ártica se redujese a niveles nunca vistos. La curva en azul representa la evolución de esa superficie en lo que llevamos de año. Este año no ha habido tales factores climatológicos, pero aún así la cobertura de hielo se ha reducido aún más que en 2007. Encima, se sospecha que el hielo del Ártico cada vez es más joven y delgado. Si el proceso continúa su progresión, en el peor escenario posible podríamos ver el Ártico libre de hielo algún verano hacia 2020.

Aparte de estos fenómenos tan extremos, ha habido multitud de otros fenómenos que indican un agravamiento de la indeseable tendencia al calentamiento. Estos otros fenómenos, tomados aisladamente, no son en absoluto inequívocos signos del cambio global antropogénico, pero la conjunción de todos ellos lo hacen más verosímil ya que son justamente el tipo de cosas que deberían suceder como corolario: sucesivas olas de calor en Europa y en España, sequía en amplias zonas de los EE.UU. y de Europa (España incluida), etc. Otros efectos menos linealmente relacionables con el cambio climático deberían de producirse, también. Por ejemplo, el progresivo deshielo del Ártico debilita la circulación del brazo norte de la Gran Cinta Transportadora oceánica, lo que hará que a Europa llegue menos calor y humedad y que por tanto los inviernos tiendan a ser más secos y fríos (y consecuentemente que el rendimiento agrícola baje). Es por ello preferible hablar de "Cambio climático" y no "Calentamiento global", porque aunque efectivamente la temperatura media del planeta está subiendo y el planeta en su conjunto se está calentando, el clima es el resultado de una respuesta compleja a muchos factores y en algunas zonas se pueden producir, por efectos como el descrito, fases de enfriamiento relativo a escala regional. Nada cambia la gravedad del problema, pero dada la constatada necedad del ser humano para comprender problemas de gran escala espacial y temporal, y la actuación decidida de grandes grupos de presión con campañas contrarias, conviene evitar que se confunda a la opinión pública con argumentos ridículos y banalizantes, tipo el primo de Rajoy. Resultaría chocante, de no saber cómo funcionan estas cosas, que justamente en este año en que los signos de calentamiento global son tan evidentes se está haciendo un esfuerzo intenso de propaganda para minimizar los problemas y para confundir a la población. Aunque en realidad se repiten los argumentos de siempre, a falta de otros mejores, al tiempo que se abandonan algunos que ya se han visto fracasados delante de la opinión pública (como aquella afirmación de que "los glaciares en realidad avanzan"). Y se asegura, por ejemplo, que "variabilidad climática siempre la ha habido, son efectos naturales" ignorando el hecho de que los registros paleoclimáticos no muestran nunca un evento de la actual amplitud (el doble que cualquier otra conocida) y rapidez (décadas en vez de siglos o milenios), y mucho menos a escala global, cuando además la actual variación se correlaciona perfectamente con el aumento de concentración de CO2 en la atmósfera. También, en vista de que la batalla del Ártico está perdida, hay una corriente negacionista que argumenta que por el contrario todo va bien en la Antártida, hasta el punto de que la superficie del mar cubierta de hielo aumenta en el hemisferio sur. Y sí, sí que aumenta, en la misma medida que el volumen de hielo continental disminuye (en suma, se ve como positivo el hecho de que el Océano Antártico esté más lleno de icebergs provenientes del deshielo acelerado de la Antártida). Eso sin contar con que el hielo que está cayendo al mar cada vez es más antiguo.

Nadie puede estar seguro de a qué velocidad se desarrollarán los peores efectos del cambio climático, máxime cuando hasta la propia Agencia Internacional de la Energía reconocía en su último informe anual que tan pronto como en 2015 podríamos pasar un punto de inflexión o no retorno, después del cual la evolución del cambio climático será incontrolable e irrefrenable. Sin embargo, es muy probable que algunos de los efectos más indeseables asociados al cambio climático ya se están manifestando, y en particular querría destacar uno cuyo potencial desestabilizante para las sociedades humanas es muy grande: la crisis del agua potable, a veces denominado pico del agua (o peak water).

Resulta paradójico que en un planeta cuya superficie es en más de tres cuartas partes agua se pueda hablar del pico del agua. Por supuesto el problema no es que haya suficiente agua, sino que haya suficiente agua potable como para cubrir las necesidades humanas. El agua es un recurso renovable, pero cualquier recurso renovable tiene una tasa máxima de extracción a partir de la cual se comporta como no renovable, y encima aquí nos interesa un subconjunto del total, que es el agua potable. Y es que para que el agua sea potable se tiene que preservar no contaminada durante todo su proceso de acumulación natural, y además se tiene que respetar su ritmo de recuperación. Nada de eso hacemos. Nuestro natural desprecio a los efectos de la contaminación industrial, unido a nuestra incapacidad de gestionar la abundancia, y también -aunque en menor medida- el aumento de población, nos han llevado a esta curiosa situación, en la que múltiples países se ven amenazados por problemas relacionados con la falta de agua (pueden ver algunos ejemplos siguiendo este enlace). De todo el cúmulo global de desdichas que acarrea la pérdida de acceso a tan precioso líquido quiero concentrare en dos países que serán determinantes para nuestro futuro: Arabia Saudita y los EE.UU.

En Arabia Saudita, se lo crean o no, el pico del suministro de agua terrestre se alcanzó a principios de los 90 (como muestra este gráfico extraído de la wikipedia):



Arabia Saudita ha compensado esta declinación utilizando agua de desalinizadoras, hasta el punto de que actualmente representa el 50% del consumo de agua del país. Estas desalinizadores utilizan mucha energía eléctrica, la cual en ese país se genera principalmente consumiendo petróleo y gas dada su gran disponibilidad, aunque eso hace que el consumo interno particularmente de petróleo se esté acelerando, como muestra el siguiente gráfico generado usando las herramientas de Flujos de Energía:





El imparable aumento del consumo interno saudí está llevando a la muy alarmante conclusión de que el país dejará de exportar petróleo hacia 2030 (tema del que se deducen multitud de otras conclusiones poco agradables y al que volveremos en un post próximo). La otra gran fuente de agua en Arabia Saudita son sus acuíferos, de los cuales Arabia Saudita ha dependido durante años para, aunque les parezca increíble por ser un país desértico, producir su propio trigo e incluso exportarlo. Por supuesto tal delirio no podía continuar por siempre (a ritmos de explotación de hace unos años el acuífero quedaría agotado hacia este mismo año) y Arabia Saudita ha tenido que cambiar radicalmente su política agraria, importando en la actualidad el 100% de los alimentos que consume.

Desgraciadamente Arabia Saudita  necesita el agua para algo más que el consumo humano y agrícola: para mantener su producción de petróleo, una conexión que muchas veces deliberadamente se ignora pero que se vuelve crítica cuando se habla de pozos muy maduros que únicamente pueden mantener sus niveles productivos por el continuo esfuerzo de inyectar vapor de agua a presión (y eso hace que en el otrora grandioso Gawhar ahora salga más agua que petróleo). Prueba del gigantesco esfuerzo que está haciendo Arabia Saudita para mantener la producción de ese maduro campo petrolífero es este mapa de explotación que he sacado del enlace anterior:


Mapa extraído de la web The Oil Drum, http://theoildrum.com. Los puntos rojos representan pozos de extracción de petróleo, con importantes ramificaciones (fractura horizontal). La pléyade de puntos azules son pozos de inyección de agua. Los puntos amarillos son pozos de control u observación.


Tal ingente cantidad de agua podrá venir de las desaladoras, con gran coste energético y aumentando el consumo del país, en el caso de los yacimientos más cercanos a la costa; pero tendrá forzosamente que salir del acuífero en los pozos más interiores, en tanto que su nivel no baje demasiado, y cuando esto pase tendrá que ser bombeada desde la costa. Por supuesto no es preciso usar agua dulce, también se puede usar agua salada directamente, pero eso aumenta la corrosión y la formación de depósitos de sal, acortando la vida útil de las instalaciones, y en algunos casos acortando la vida útil de los yacimientos mismos (por la acumulación de sal en los estratos profundos). Sumen a eso que el país probablemente se está volviendo cada vez más árido por culpa del cambio climático, con lo que en un futuro nada lejano todo el agua para todos los usos tendrá que provenir del mar, con aumento ingente de costes económicos y energéticos. Y ahora recuerden que, como ya discutimos, los enormes programas de beneficencia que mantiene Arabia Saudita suponen un coste tan grande a la casa de Saud que no puede permitir que el precio del barril baje de los 90$ (lo que está por encima del límite que soporta la economía mundial, unos 80$). Tantas dificultades combinadas en un solo sitio hacen que la situación futura de Arabia Saudita sea no solo incierta, sino extremadamente peligrosa. En el momento que algún factor falle todo el país se puede derrumbar como un castillo de naipes.

En EE.UU. el problema del pico del agua es también un tema central, como muestra la importancia que le han concedido los medios. También EE.UU. tiene su gran acuífero en curso de agotamiento: el acuífero de Olgallala, un auténtico mar subterráneo que se estima que contiene unos 313 kilómetros cúbicos y del cual dependen el 27% de los regadíos de ese país. Sin embargo, a ritmos de explotación actual el acuífero podría quedar seco, según las estimaciones más pesimistas, en unos 20 años más. Por si eso fuera poco, EE.UU. se está enfrentando a su peor sequía desde el Dust Bowl de los años 30 (en realidad, probablemente ahora los índices son peores que entonces), como ilustra el siguiente mapa:





También en los EE.UU. se revela una conexión fuerte entre energía y uso del agua. En los EE.UU. se presume de que se ha conseguido aumentar la producción de petróleo e invertir la tendencia de las últimas décadas gracias a la aportación de los petróleos no convencionales, sobre todo los muy publicitados petróleos de esquisto, y que incluso los EE.UU. podrían volver a ser un país exportador. Nada más lejos de la realidad, como nos muestra un análisis de Gail Tverberg en su blog "Our finite world": en realidad, lo que ha llevado a revertir la tendencia son los escasamente útiles (en términos de energía neta) biocombustibles. Las cosas son en realidad peores: los petróleos de esquisto son los que están permitiendo enjugar el fiasco del gas de esquisto (de la explotación de cual son un subproducto), pero sólo mientras el precio del petróleo se mantenga elevado, y al precio de exportar miseria al resto del mundo abusando de que el dólar es una divisa de reserva. Mantener la quimera energética tiene además un alto coste en términos de agua: el sistema de fractura hidráulica usado para la extracción del petróleo y gas de esquisto requiere de grandes cantidades de agua (de acuerdo con el Departamento de Energía de los EE.UU., de 1 a 3 barriles de agua por barril de petróleo), compitiendo con otros usos. Otro problema conocido de la explotación de los esquistos es que el método de fractura hidráulica contamina los acuíferos con multitud de sustancias tóxicas y contaminantes. Este problema, una vez generado, persistirá durante mucho tiempo pero no se manifiesta inmediatamente. En aquellas zonas donde se extienda más esta práctica, la contaminación del fracking será un factor más de degradación ambiental. La crisis de la contaminación del fracking se desarrollará en los EE.UU. durante las próximas décadas, lo cual es crítico dada su importancia en el mercado mundial del cereal. Pero en un plazo más inmediato de tiempo, la grave sequía y las dificultades para conseguir más agua fósil (acuífero) en los EE.UU., uno de los principales productores cerealísticos del mundo, incide en el peor momento posible en la tercera de las crisis que quiero comentar hoy, y que es la que con mayor probabilidad va a desencadenar una ola destructiva global en el corto plazo: la crisis de los alimentos.

El índice de los precios de los alimentos de la FAO es un buen indicador de la carestía de los alimentos en el mundo. Este indicador se genera agregando el precio de diversos alimentos clave muestreados en diversos países del mundo (en realidad, en los principales mercados del mundo). El siguiente gráfico nos muestra su evolución durante las dos últimas décadas:



El índice de precios de los alimentos de la FAO lleva anormalmente alto desde el primer pico de precios de petróleo, en 2008, momento en el que se desencadenaron disturbios en decenas de países. En 2011 llegó a su máximo histórico (es una serie corta, en todo caso, puesto que el año de referencia es 1990) y desde entonces el índice ha disminuido un poco. Poco, en realidad, para muchos países donde su economía está deteriorándose rápidamente como consecuencia de la nueva ola recesiva. Pero es que además se espera que la cosecha de los EE.UU. sea mucho menor este año por culpa de la sequía que comentábamos más arriba. No es la única presión sobre el mercado de los alimentos. Al margen de los factores locales (sequía también en Europa, fuegos en Rusia, plagas en África...) está siempre la cuestión de los biocombustibles (recordemos que en 2010 el 6,5% de la producción de grano cereal y el 8% de la producción de aceite vegetal del mundo se destinó a la fabricación de biocombustibles). En un momento en que los precios permanecen altos y amenazan escalar en cualquier momento, organizaciones como Oxfam hacen un llamamiento por aplacar la sed de biocombustibles de Occidente y particularmente de Europa. EE.UU. no queda al margen de este problema; los años precedentes el país americano destinó el 43% de su producción de maíz para producir bioetanol, y si este año intentase mantener la misma cantidad absoluta el porcentaje sería mayor, dejando poco maíz disponible para otros usos (total, para tener una TRE ridícula, del orden de 1).

Y es aquí que las piezas del macabro puzzle empiezan a encajar, de manera fatal para nosotros. Un reciente estudio del MIT ha encontrado una significativa correlación entre altos precios del petróleo y el estallido de revueltas, como ilustra la gráfica principal del trabajo:



En la gráfica se sitúan, sobre el eje temporal, los episodios de revueltas en todo el mundo, independientemente de su causa aparente, y estos episodios, marcados como líneas de trazos rojos, se superponen sobre la gráfica del índice de precios de los alimentos. Ya sabemos que la existencia de tal correlación no implica causalidad (precios y revueltas pueden, ambos, responder a una tercera causa, o bien pueden haber más causas que no siempre ocurren concurrentemente pero que en la serie dada sí), aunque tal conexión suena a razonable. Tan razonable que un diario conservador español, ABC, se ha hecho eco de este estudio,  e invoca el hambre como la causa más probable de las actuales revueltas antiamericanas en los países musulmanes y de las del año pasado. Lo verdaderamente curioso es que este estudio del MIT tiene casi dos años.

Por la misma época que el estudio del MIT yo escribí el post "Revueltas del hambre, antesala del caos". En aquel ensayo yo iba un poco más lejos. Asociaba la mal llamada "Primavera árabe" de principios del 2011 con la súbita subida de precios de los alimentos, fruto de la escalada del petróleo ya que el Norte de África y Oriente Medio son muy dependientes de la importación de alimentos, sobre todo de países con sistemas de agricultura industrializada,  los cuales consumen grandes cantidades de energía, y en particular petróleo (recuerden que de acuerdo con el profesor David Pimentel, por cada caloría de alimento que le llega al plato a un occidental se han consumido 10 calorías de combustibles fósiles). Por lo que veo, ahora se empieza a reconocer que la causa inmediata de estas revueltas no es la implantación de twitter, facebook y demás redes, ni el lógico deseo de democracia, sino una causa más banal y que es más fuerte que la capacidad represora de los gobiernos: el hambre. Hace falta comprender que nuestra sistema económico y su estructura productiva nos está llevando a una situación de carestía de alimentos irremediable y seguramente permanente, tal y como señala Jeremy Grantham en su última carta a sus inversores. Y aunque de manera cínica podríamos pensar que que la crisis alimentaria sólo un problema de países pobres, que no se pueden permitir pagar sus alimentos, en realidad nos pone en un peligro inminente a los países occidentales. Porque la lista de los países principalmente afectados por su dependencia alimentaria exterior incluye a los mayores productores de petróleo del mundo, comenzando por Arabia Saudita.

Tenemos, pues, que además de la crisis económica y la financiera  hay tres crisis graves y profundas: la energética, la del agua (exponente del cambio climático) y la de los alimentos. Tres crisis que interactúan entre sí. Cada una de estas crisis sigue diferentes ritmos, pero el agravamiento de una de ellas conlleva el agravamiento de las otras: faltando energía vamos a métodos de extracción más agresivos, que liberan más CO2, consumen más agua y contaminan más, agravando el cambio climático, la disponibilidad de agua potable y la producción de alimentos. El avance del cambio climático restringe el acceso al agua y agrava la crisis de alimentos, y al hacer las condiciones de vida más duras se requiere de más energía. La falta de alimentos conducirá a estallidos sociales a escala global, a revueltas, a caídas de gobiernos y de estados, reduciendo el acceso global a la energía, llevando a soluciones energéticas más peligrosas, y al acaparamiento y mala gestión del agua. En principio, los efectos más negativos de estos procesos llevarán de años a décadas en realizarse, en observarse con toda su intensidad. Pero hay un factor extra que puede acelerarlo todo: el acaparamiento de tierras.

En un mundo donde las oportunidades de negocio comienzan a escasear, donde ya no quedan grandes minas por explotar, el nuevo Eldorado de la inversión internacional, la última frontera, resulta ser la primera, lo primero a lo que el hombre le puso precio en la Revolución Neolítica: la tierra cultivable. Compañías transnacionales occidentales, compañías estatales de los países del Golfo Pérsico y China se han lanzado desde hace más de una década a acaparar tierras de cultivo a gran escala y por todo el mundo: África, Asia, Sudamérica, y ya más recientemente Europa. El problema es especialmente grave en África: el 5% de todas las tierras cultivables ya está en manos de estas compañías. En muchos casos, estas compañías se aprovechan de la débil protección legal que tienen los agricultores tradiconales que han cultivado esas tierras durante generaciones. Con la cooperación de Gobiernos nacionales o locales corruptos, de la noche a la mañana los agricultores se ven desposeídos del pobre sustento que da de comer, en muchos casos, a varias familias. En otros países el comportamiento de estas compañías es más "civilizado", aunque el resultado es el mismo. El problema del acaparamiento de tierras es un drama de intensidad planetaria, que sin embargo pasa con sordina en todos los medios de comunicación occidentales, quizá como una breve reseña ocasional en la sección de "Sociedad". ¿Y para qué quieren todas estas compañías tantas tierras? En algunos casos (países del Golfo Pérsico o China), para asegurar su propia seguridad alimentaria; así, gracias a los petrodólares, estos países están exportando el hambre que pasarían en sus insostenibles territorios. En otros casos, para incrementar la producción global de biocombustibles, principalmente soja ya que lo que más se necesita ahora mismo es diésel; y eso aunque la Tasa de Retorno Energético de la soja sea muy baja (por lo que se ve, por debajo de 2) y no se justifique su producción como biocarburante de no ser por las enormes subvenciones que dan Europa y los EE.UU., y la obligatoriedad de que los carburantes comercializados tengan un porcentaje de biocombustible en la mezcla. Y en algunos otros casos, las compañías acaparan las tierras simplemente porque son activos que se revalorizan; es decir, las compran no con intención de cultivarlas, sino para especular.


Vemos, por tanto, que la respuesta a los complejos problemas que se nos plantean es una única: más BAU. ¿Escasean los alimentos? Acaparamos tierras y las cultivamos de manera industrializada, a pesar de la evidente insostenibilidad, no ya a largo plazo, sino también a corto en un escenario de altos precios del petróleo. ¿Falta agua? La desalamos masivamente (abocando la salmuera resultante al mar y desequilibrando los ecosistemas costeros) o la transportamos grandes distancias (esquilmando los recursos hídricos de otras zonas), todo ello con gran consumo de materiales y energía. ¿Se deshiela el Ártico y Groenlandia? Fantástico: podemos entrar a saco a por sus recursos mineros. Pero el planteamiento BAU es extraordinariamente cortoplacista; tan cortoplacista que es incapaz de ver que sus propuesta no pueden mantenerse siquiera unos pocos años, quizá ni siquiera unos pocos meses. Y prepara un escenario de pesadilla al cual avanzamos a ritmo exponencial.
 
Es obvio en qué va a acabar todo esto, dónde va a haber la ruptura. Todos estos movimientos repercuten disminuyendo la disponibilidad de alimentos para la mayoría de la población del planeta, porque su acceso está acaparado directamente o indirectamente (agua, precio, ...) y el producto resultante se dirige a unos mercados concretos y restringidos: Occidente, países del Golfo, China... Pero los alimentos no son una commodity más; no estamos hablando de restringir el acceso a un i-phone o un coche. ¿Cuánto tiempo creemos que podemos mantener esta situación? ¿De verdad creemos que la gente se dejará de morir de hambre? ¿Que aceptarán ver morir de hambre a sus hijos y a sus padres?

Jeremy Grantham lo dice claramente en la carta trimestral a sus inversores: Bienvenidos a Distopía. Un nuevo mundo donde los problemas alimentarios son estructurales, recurrentes y empeoran con el tiempo. Donde la sobreexplotación de los acuíferos lleva a su salinización y a volver las tierras baldías; donde el exceso de roturación industrial y del uso de fertilizantes industrial degrada la capa viva del suelo, amenazando con desertificar las tierras de cultivo. Donde los altos precios de los alimentos harán que la mayoría de la población del mundo no tenga acceso a una cantidad mínima de alimentos. Un mundo donde la violencia y los grandes movimientos migratorios, a una escala sin precedentes, serán la norma. Bienvenidos a un mundo dominado por las guerras del hambre.

En su libro "Colapso: Por qué algunas sociedades perduran y otras desaparecen", Jared Diamond dedica un capítulo al desastre de Ruanda de los años 90 del siglo pasado. Y la conclusión que parece emerger es sencilla: más que el odio racial (en proporción a su población, murieron tantos hutus como tutsis, en realidad), lo que impulso el genocidio fue la falta de recursos, el hambre. El libro recoge una frase, pronunciada por un maestro tutsi, que lo resume muy bien: "Las personas cuyos hijos tenían que ir andando descalzos a la escuela mataron a las personas que podían comprar zapatos para los suyos". Es previsible que, a medida que el hambre se extienda con mayor fuerza por el mundo, estallen más revueltas, más conflictos y más guerras civiles. No crean que la primavera árabe ha terminado con los problemas de Túnez, Egipto, Libia... Esos países, y sus vecinos, no han alcanzado la estabilidad, y no la alcanzarán en un futuro próximo, porque su problema esencial no es ya la falta de libertad o las desigualdades sociales, sino su incapacidad para alimentar de manera adecuada a su población. Y si que haya revueltas en Uganda o Mozambique nos trae al pairo en nuestro acomodado Occidente, nos importará bastante más cuando millones de inmigrantes de múltiples procedencias golpeen las puertas de nuestras casas, buscando no un futuro mejor, sino simplemente un futuro, no morirse de hambre. Pero cuando esa misma inestabilidad afecte a países cuyo subdesarrollo ha sido conveniente para nosotros, porque así nos han exportado a bajo precio sus materias primas, y especialmente cuando esas revueltas afecten a productores principales de petróleo, entonces comenzará la guerra. En Occidente y en Oriente la maquinaria propagandística bien engrasada después de décadas de convencer de lo contrario de lo que pasa (fumar es bueno, el cambio climático es un proceso natural, el libre mercado es la solución a todos los problemas, el progreso humano es imparable, se están tomando las medidas para acabar la crisis, esta crisis acabará pronto, vivimos en el mejor de los mundos posibles...) se empleará a fondo para convencernos que las revueltas que en todas partes estallarán contra las empresas occidentales que acaparan el sustento en los países expoliados son en realidad ataques terroristas perpetrados por peligrosos extremistas. Y cuando algún gran productor de petróleo sucumba en medio de sus contradicciones internas, nuestras tropas irán a una guerra de ocupación que se disfrazará como "consenso internacional para restablecer el sistema legal anteriormente vigente", retórica parda para camuflar que no se pretende restaurar una democracia que, obviamente, antes no había (ni siquiera he tenido que inventarme esas expresiones: fueron las mismas que se usaron para justificar la intervención de las potencias occidentales cuando Irak invadió Kuwait en 1991).

Todo este caos, todas estas guerras, sólo agravarán la situación y el hambre. ¿Cuántas guerras a la vez podrá mantener Occidente? ¿Cuántos países tendrá que ocupar para poder saciar su sed de petróleo? Además, como ha demostrado Libia, las guerras hacen que la producción se deteriore, por falta de mantenimiento de las instalaciones, daños directos que reciben, falta de nueva inversión - en un momento crítico como éste, en el que para mantenernos tenemos que invertir como si no hubiera mañana-, etc. Hemos acumulado tanta tensión y tantas contradicciones en el entramado global que a partir del momento que los problemas superen un umbral crítico, un nivel suficientemente elevado, se producirá una avalancha de problemas que por fuerza nos tiene que arrastrar en el fango de la Historia. Al final, en los propios países occidentales estallarán revueltas por la falta de alimento a la que nos creíamos inmunes porque pensábamos que siempre los podríamos pagar (de momento sólo los caídos de la Gran Exclusión saben que el hambre aquí no es una quimera). Probablemente serán las Guerras del Hambre las que pondrán de rodillas a la civilización occidental.

Por todo eso comprenderán que me resulta difícil de creer que nuestra evolución vaya a ser tan buena como los mejores planes que ponemos sobre el papel. Planes que se basan en una evolución suave y progresiva de las condiciones, cosa hoy por hoy imposible dada toda la tensión acumulada, la retroalimentación entre todos los factores negativos y la determinación suicida del BAU.

No nos queda mucho tiempo. Puede que meses, quizá años, antes de que el estallido del hambre global, el rugido de rabia de la Humanidad humillada, nos acabe por arrastrar al caos. Aún estamos a tiempo de revertir la situación, si al menos somos conscientes de ella.

Salu2,
AMT