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miércoles, 31 de diciembre de 2025

Decimosexto año de este blog


Queridos lectores:

Hace unos días, una periodista que me entrevistó me explicó que había comentado en la redacción que me iba a entrevistar, y que varias personas le preguntaron si iba a llegar el apocalipsis que llevo tanto tiempo anunciando y que nunca llega. Obviamente, quien dice eso es un necio que nunca ha leído nada de lo que he escrito ni ha ido a una de mis conferencias. Resulta especialmente ridículo decir esas cosas teniendo en cuenta, por ejemplo, este artículo que escribí hace 12 años, allá por 2013, cuando aún no llevaba tres años de singladura en este blog. Léalo, por favor, si es Vd. de la opinión de que yo soy un profeta del apocalipsis, ya que a lo mejor lo que sucede es que el que es un profeta del apocalipsis es Vd., querido lector, si así pensaba.

Porque, tal y como explicaba en aquel artículo, incluso si estuviéramos en un proceso de colapso lo que veríamos sería una degradación gradual a través de los años y las décadas, un progresivo irse haciendo más pobre mientras vamos siguiendo con nuestra vida cotidiana. Y lo cierto es que después de los 16 años que llevo haciendo divulgación, resulta difícil negar que, efectivamente, nos vamos haciendo más pobres. Resulta difícil negar que hay cada vez más inestabilidad en el mundo. Resulta difícil negar que cada vez hay mayores problemas de suministro, de muchas cosas, en regiones cada vez mayores del mundo. Resulta difícil negar que hay una belicosidad creciente. Resulta difícil negar, en suma, que todas las cosas que anticipábamos hace 12 años están efectivamente sucediendo.

Y, sin embargo, a pesar de la clamorosa evidencia, y a pesar de que yo siempre he dicho que el objetivo de esta divulgación es intentar evitar los peores escenarios, y que es posible seguir escenarios mucho mejores, y que de hecho es eso lo que debemos pretender... a pesar de eso, sigue habiendo un empecinamiento malsano y tóxico en considerar que divulgar esta situación y buscar soluciones es "catastrofista", como si no fuera suficientemente catastrofista la evolución que estamos siguiendo.

También es verdad que ésta actitud es muy española. Aquí en España se está produciendo un proceso de degradación, de gentrificación, de destrucción de la clase media,... pero aún así las condiciones de vida aquí son bastante buenas para la mayoría de la población. Sin embargo, estoy convencido de que una buena parte de mis lectores del otro lado del Atlántico no estarán tan de acuerdo con que las cosas estén yendo bien. Y es que, como siempre, no nos acordamos de Santa Bárbara hasta que truena. En fin... 

Comienzo con estas reflexiones en éste, el último post del año, en el que generalmente analizo el devenir del blog, de esta bitácora que comencé hace casi 16 años. Vemos su pasado, presente y futuro.

Pasado: 

El año 2025 ha sido un año bastante turbulento, sobre todo en cuestiones geopolíticas. La segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU. ha venido de la mano de un programa de reforma radical del estado norteamericano y de sus relaciones con el mundo. Desde los despidos masivos, la agresiva política migratoria, los aranceles y los planes de paz impuestos a terceros países, Donald Trump ha irrumpido como un elefante en una cacharrería y ha puesto todo patas arriba. Al mismo tiempo, la escasez de diésel y gasolina se está haciendo cada vez más patente en Bolivia sobre todo, pero progresivamente también en otros países de América Latina, y también en África. Entre tanto, Alemania profundiza su crisis industrial y Francia su crisis política. En el plano ambiental, la temperatura global ha bajado un poco con respecto al máximo de 2024, pero el promedio de todo 2025 se va a mantener por encima de los +1,4 ºC respecto a los niveles preindustriales, y con la perspectiva de que en 2026, si viene de nuevo El Niño, podamos llegar a +1,7 ºC. El año 2025 acaba también con una buena colección de eventos extremos, aunque afortunadamente esta vez España no ha salido tan mal parada, aunque la persistencia de fuertes tormentas incluso en invierno no es demasiado buen augurio.

Mucho han cambiado las cosas desde que empecé. Ahora escribo bastantes menos posts cada año: no porque no haya temas interesantes e importantes que tratar, sino porque ahora tengo aún menos tiempo. El tipo de divulgación que hago ha ido cambiando. Entonces escribía mucho más, ahora doy muchas más conferencias (115 este año, aparte de una cantidad simplemente incalculable de entrevistas en medios diversos - solo la semana del apagón dí 60). Lo que sí que he intentado este año - y casi he conseguido - es que al menos se publicase un post al mes. Cerramos este año con 23 posts (contando éste), lo cual es mejor que los tres últimos años y espero que en 2026 podamos aumentar un poco más la cantidad, y escribir al menos dos posts al mes. También hay que decir que el blog ya no tiene posts invitados, fundamentalmente porque el mayor contribuyente, Beamspot aka Guillem Planisi, ahora tiene su propio substack.

El tipo de estadísticas del blog que calculaba cada año ha dejado de tener sentido. En los últimos dos meses se está produciendo una cantidad masiva de entradas en el blog, principalmente desde Singapur y desde EE.UU., las cuales seguro que están originadas por motores de búsqueda que alimentan inteligencias artificiales. Gracias a eso, la cantidad de visitas se ha multiplicado casi por 4 y en pocas semanas hemos sobrepasado ya los 18 millones de páginas vistas. En fin, como digo, estos números se han desvirtuado mucho y tiene poco sentido darlos. Sí que tiene cierta gracia ver cómo queda el ránking histórico de posts más visitados: en primer lugar, "Un año sin verano", con 126.000 visualizaciones; después, "Digamos alto y claro: esta crisis económica no acabará nunca", con 117.000; "El pico del diésel", con 89.500; "La España buena y la España mala", con 72.200; "Tus vecinos no se conformarán con un YA OS LO DIJE", con 71.500; "El por qué de un llamamiento", con 60.300; "Eres un pringao", con 59.900; "La tormenta negra", con 57.000; "La espiral", con 56.8000, y "Fracking: rentabilidad energética, económica y ecológica", con 55.200. No hay grandes cambios con respecto al año pasado, y ninguno de los posts en el top 10 (o ni siquiera del top 20) es de este año. El blog ya está en una fase de madurez y por tanto su evolución es más bien lenta.

Presente:

Mi cuenta en X está prácticamente inactiva (no la cierro para que los trolls no se apropien de mi nombre de usuario). Ahora uso sendas cuentas en Mastodon y Bluesky, aunque en ninguna de las dos tengo el nivel de actividad que llegué a tener en su día en twitter. Últimamente doy más charlas relacionadas con los proyectos de plantas de biogás y biomasa, ahora que los proyectos de Renovable Eléctrica Industrial están empezando a perder protagonismo. En cuanto a mi propia actividad de investigación, estoy muy metido en el análisis de los cambios de la circulación profunda del océano en los océanos polares, y particularmente en los cambios de la AMOC en los últimos años, usando datos de teledetección, algo muy novedoso; aparte de alguna pequeña sorpresa que estoy preparando. Sigo siendo el blanco de críticas absurdas y maliciosas por parte de algunos actores políticos y sociales, pero todo dentro de la anormalidad habitual.

Futuro:

El año que comienza se adivina intenso también en charlas, aunque voy a intentar moderar su número porque quiero priorizar mi trabajo de investigación y algunas cuestiones familiares importantes; espero por tanto no superar las 60 charlas en el conjunto del año. Al mismo tiempo, voy a esforzarme para intentar sacar un par de posts al mes, sobre todo en temas de actualidad. Podrán seguir la actualidad de mi actividad en las redes sociales.

2026 es un año de transición hacia lo que se adivina como la fase de descenso acelerado de nuestra sociedad. Al mismo tiempo, la obsesión malsana por el biogás y la biomasa promete incrementar enormemente los niveles de conflictividad social actuales. Y encima, con un riesgo creciente de eventos extremos muy graves, sobre todo si al final empieza un nuevo El Niño. Como siempre, les recomiendo que permanezcan en la sintonía de este blog.

Y por acabar, les deseo un Feliz y Venturoso 2026. Cuídense mucho ahí fuera, y nos veremos por aquí. 

Salu2.

AMT 

viernes, 21 de septiembre de 2018

Distopía X: buenas vibraciones




Bajaba por las escaleras y ya casi estaba en la calle. Con prisa, como siempre. Tenía que buscar un taxi, para ir al aeropuerto o a la estación, ya no me acuerdo; sé que me iba, una vez más, de viaje de trabajo. Acababa de salir de mi casa y allí mismo, en el portal, me estaban esperando. No, no es cierto: acababan justo de llegar, porque se estaban bajando del coche cuando yo aparecí.

En seguida vi a mi hermana Marcela. No lloraba, pero sin duda había estado llorando hasta hacía quizá unos segundos. Al verme, vino corriendo hacia mi y me abrazó. Yo estaba perplejo: no esperaba verla allí, porque ella vivía muy lejos; pero al ver a otros miembros de mi familia comprendí al instante que ellos la habían traído y que debía ser un asunto importante.

Abracé a mi hermana y le di un beso en la cabeza, casi en la coronilla. Los años habían pasado para ella, igual que para mi, pero seguía teniendo un cabello muy bonito. Mi hermana pequeña, mi pobre hermanita.

Tuve que contener el llanto. No había sido un buen hermano con ella. No quiero decir cuando éramos pequeños: cuando éramos niños y vivíamos juntos y felices, ella lo era todo para mi y yo lo era todo para ella. Pero todo era más fácil cuando éramos niños. Habíamos crecido, yo tenía un trabajo importante, obligaciones, una familia... Y ella también. Bueno, tenía.

La abracé con fuerza. Cuando su familia murió, de aquella manera tan terrible, yo la llamé en seguida. Le dije palabras de consuelo y aliento que me sonaron a huecas y manidas - ¿por qué no era capaz de decir cosas que no sonaran a sandeces mil veces repetidas? -, y escuché su llanto con el corazón encogido. El día del funeral tenía una reunión muy importante en la otra punta de Europa - un contrato con muchos ceros - pero lo cancelé todo y allí estuve. Mi mano sobre su hombro, mis hombros como su pañuelo. Todos iban de negro, todo era negro y oscuro en aquel día que tuvo el poco decoro de ser resplandeciente. El contraste hacía parecer que vivíamos en blanco y negro, y así siempre ha sido mi ánimo recordando cosas tristes, en blanco y negro. Mientras descendían los ataúdes yo me acordaba de su marido - un hombre admirable y cariñoso-, de sus preciosos hijos - mis sobrinos- . Dolía recordar. Miré a mi mujer y a mis hijos y me di cuenta, no por primera vez pero quizá sí con mayor intensidad que nunca, de lo dichoso que yo era.

Después, no sé explicarlo. A nadie le gusta mirar al fondo de un pozo oscuro. Yo quería a Marcela y le llamaba a menudo, me forzaba a llamarla porque sentía que se lo debía. Quizá se me notaba demasiado que lo hacía forzado, pero de verdad quería ayudarla. Me había puesto un recordatorio en la agenda del móvil y, estuviera donde estuviera, cada viernes a la misma hora la llamaba. Como el que hace un servicio de guardia. Casi mecánicamente.

Ella se desasió suavemente de mis brazos y de mi sentimiento de culpabilidad. Marcela sabía mucho de culpabilidad. ¿Cuántas veces se habría culpado de no haber estado allí? No podía reprocharse haber sobrevivido al accidente donde los demás perecieron porque ni siquiera estaba allí en ese momento, y eso, en vez de hacerle sentir menos culpable, le hacía sentírselo más. Porque hubiera querido tener la oportunidad de morir con sus seres queridos, aunque al final la (mala) suerte le hubiera hecho sobrevivir. Pero es que ni siquiera tuvo la opción de morir con ellos cuando tocó. Llevaba un año así, mi hermana, y aún seguía muerta en vida, recibiendo mis vacías llamadas cada semana, sin que estuviera claro quién consolaba a quién de la ausencia de felicidad.

Marcela me miró a los ojos y me dijo:

- Ya no puedo soportarlo más. Voy a vibrar.

Yo la miré con estupor, no entendiendo - o no queriendo entender - qué me decía. Alcé los ojos y mi mujer me devolvió una mirada significativa. Volví a mirar a mi hermana, a los ojos, después de habérselos rehuido durante un año.

- Ellos dicen - y ladeó ligeramente la cara mientras que con un leve movimiento del hombro designaba a nuestros familiares detrás de ella - que debería primero hablar contigo. Que tú entiendes mucho más de estas cosas, y que siempre das consejos sensatos, - de repente, sentí su penetrante mirada apabullando a la mía - y hace mucho que no me das uno. Así que por eso he venido.

Hay momentos en la vida de una persona en los que ésta ha de saber exactamente lo que debe hacer. Son cosas que pasan rápido, en los que no hay mucho tiempo para decidirse, pero en los que lo que se decida será crucial. Por eso es tan importante saber reconocer esos momentos cuando llegan. Y no son muchos: quizá tres o cuatro en toda una vida, pero son de los que la definen enteramente. Yo en aquel momento no supe que mi hermana me necesitaba - porque ya lo sabía, desde hacía un año -, sino que esa vez tenía que ayudarle de verdad. Que tenía que comprometerme. Lo comprendí en un segundo, lo acepté en otro. Algo cambió dentro de mi y ella sin duda lo vio en mis ojos.

- Te quedarás con nosotros, Marcela. - y recalcándolo con la pausa -  Todo el tiempo que haga falta. Yo me tengo que ir de viaje ahora, por dos días, pero buscaré información y haré un par de llamadas. No hagas nada por el momento. Por favor.

Mi petición debió sonarle a mi hermana como una súplica, pero también como algo que ella estaba necesitando oír. Asintió, sacudiendo rápidamente la cabeza varias veces. Yo le di un beso en la frente y volviéndome a mi mujer le pedí que no le quitara el ojo de encima. Después, con un gesto rápido pedí un taxi y me fui de allí.

Vibrar. Había oído hablar de "vibrar", pero siempre como algo lejano, algo que hacen los otros, y siempre referido a gente marginal. Recordaba haber leído un texto en un semanario, titulado algo así como "¿Tiempos vibrantes?". Todo tenía que ver con un medicamento para combatir la depresión o algo así, que se llamaba Vibr. De ahí lo de "vibrar", "tomar Vibr". El tipo de simplificación lingüística que tanto gusta a la gente común.

Ya en el taxi busqué información y me descargué documentación relevante de bases de datos de referencia - porque, efectivamente, si algo se me daba bien era cribar, buscar y relacionar información - y me pasé la mitad del viaje del avión revisando los documentos del contrato que iba a firmar y la otra mitad estudiando el Vibr. Antidepresivo, ansiolítico, de la familia de las anfetaminas. Efecto neurotóxico, degeneración neuronal contrastada incluso a dosis moderadas si se produce una larga exposición, alta adictividad, síndrome de abstinencia que requiere tratamiento de choque para evitar los efectos más adversos - incluyendo paradas cardíacas... Vamos, que estaba claro que se trataba de una mierda de cuidado. Pero lo más sorprendente es que había sido aprobado como medicamento para uso en humanos (con seguimiento por especialista, eso sí). Muy recomendado para duelos patológicos - como seguro habían catalogado a mi hermana gente mucho más patológica que ella, gente incapaz de saber lo que es el amor y su pérdida.

Que el Vibr (nombre comercial del medicamento, cuyo principio activo tenía un nombre acabado en "mina" tan largo que podría rellenar él solo un crucigrama) fuese un medicamento era todavía más sorprendente después de leer los pocos ensayos clínicos que se habían hecho con él, todos ellos en terapias compasivas. El alarmante número de muertes prematuras con respecto al control se habían atribuido al mal estado basal de los pacientes (¿y para qué coño tenían entonces el grupo de control, si no era para ajustar ese parámetro?). No hacía falta ser un gran experto en salud pública - yo no lo soy - para saber que a la luz de esos estudios el Vibr no debía haber sido aprobado como medicamento. Pero había sido aprobado, unos seis meses atrás, por vaya Vd. a saber que oscuros intereses económicos.

Después de contrastar la evidencia científica, me entretuve a leer algunos reportajes en prensa generalista. Lo que leía parecía realmente un relato de ciencia ficción, con ciertos puntos comunes en todos los artículos (seguramente, el fabricante había marcado ciertas pautas de guión cuando "contrató" esos "publirreportajes"). El Vibr era el nuevo medicamento milagroso contra la depresión. Los testimonios de los pacientes atestiguaban como todas sus preocupaciones y angustias habían desaparecido, y cómo volvían a ser miembros productivos y perfectamente integrados en la sociedad. Pura basura, pensé.

No tuve mucho más tiempo para pensar en el Vibr desde que aterricé, pero aquella noche, al llegar al hotel, llamé a un viejo amigo, un compañero de la escuela con el que había compartido décadas de singladura en la vida, y que en aquel entonces era un alto cargo del Ministerio de Sanidad.

Tras los saludos cordiales y las bromas de rigor, le solté a bocajarro, con la familiaridad que daba los años que hacía que nos conocíamos y nos apreciábamos:

- Manuel, ¿qué me puedes contar del Vibr?

Él calló dos segundos, y me respondió, con tono apresurado:

- ¿No estarás pensando en tomar esa mierda?

No podía verle la cara, pero intuí que se estaba arrepintiendo de su precipitación. Alguien que aspira a ser Secretario de Estado algún día no puede decir palabras como "mierda", y menos referidas al producto estrella de un pagador de campañas electorales.

- No, tranqui, Manuel. Se trata de un allegado. Lo estaba considerando y me ha consultado. No sabía nada de ese... medicamento, pero con lo que llevo leído me hago una idea clara. Gracias por tu tiempo, me has ayudado mucho.

Manuel no dijo nada más, pero por la confianza que había entre nosotros no hacía falta decir nada más. Yo ya sabía lo que necesitaba saber, y él sabía que yo nunca le pondría en evidencia. Así funciona la amistad.

Acto seguido llamé a mi mujer. Le resumí la situación:

- María, el Vibr es una sustancia peligrosísima, muy adictiva y de seguro mortal en como mucho unos pocos años si se toma con regularidad. No quita la depresión, te convierte en un zombi. Bajo ningún concepto permitas a Marcela que la tome.

María asintió.

- Creo que lo mejor es que se quede con nosotros, por una temporada - proseguí.

- Por todo el tiempo que necesite - me dijo María - Como si quiere quedarse a vivir con nosotros. Los niños la adoran, y es una persona dulce y buena, yo también quiero que se quede.

- Te quiero, María.

- Lo sé - me dijo, y yo me imaginé la sonrisa pícara que siempre ponía al decirme eso.

Al cabo de dos días volví a casa, y todo volvió a aquella cosa que llamamos normalidad pero que no lo es, sino más bien el frenopático frenesí de nuestra vida habitual. Marcela se fue integrando en nuestra rutina diaria y yo agradecí muchas veces que estuviera allí, sobre todo los días que María o yo faltábamos.

Pasaron los años. El Vibr pasó de ser un medicamento marginal a ser la gran estrella. Se empezaba a usar no solo para tratar la depresión, sino la ansiedad y los trastornos de conducta, e incluso los déficits de atención en niños. Yo me llevaba las manos a la cabeza, pero como en muchos otros temas, al igual que la mayoría, miraba a otro lado y continuaba con mi quehacer. Al fin y al cabo, no era una cosa que me afectase a mi personalmente.

Hubo un momento en el que la verdad del Vibr quedó completamente expuesta. Quien comenzaba a tomar Vibr ya no lo podía dejar, había muy pocos casos de personas que intentaran desintoxicarse, de éstos había menos que sobrevivieran al "mono" y los que lo conseguían quedaban con secuelas terribles de por vida. Muchos de ellos acababan recayendo. Además, las estadísticas mostraban que desde que se comenzaba a tomar Vibr hasta que sobrevenía la muerte solían pasar unos 5 años. De hecho, nadie llegaba a los 6, aunque había bastante gente que moría bastante antes, sobre todo, justamente, la gente más deprimida. Los periódicos se llenaron de reportajes denunciando la situación de los "vibrantes" (así se llamaba a los consumidores de Vibr, siguiendo con la misma bromita), sobre todo cuando eran terminales. Ya no era tan raro encontrarse algún vibrante por la calle. Los podías reconocer por su porte. De alguna manera, parecía como si alguien tirase de sus hilos: eran demasiado complacientes, demasiado tranquilos, demasiado moderados. Nunca nada les molestaba, eran amables hasta la náusea. Así eran todos, aunque los vibrantes "terminales" eran más lentos, menos reactivos. Su amabilidad se iba trocando progresivamente en indiferencia. En una ocasión yo mismo me había encontrado un joven muy delgado, demacrado y sucio, sentado inmóvil en un banco, con la mirada perdida y toda la pose típica de un vibrante: era un terminal. Deduje que ya no se tomaba la molestia ni de comer. Ni siquiera de buscar un lugar adecuado para hacer sus necesidades. Duró un par de días, llegué a ver el momento en el que se lo llevaron en una ambulancia.

Pensé que al quedar expuesto el horror del Vibr habría una reacción popular y que se exigiría su prohibición primero en la calle y luego en el Parlamento. Pero no fue así. De repente, todos los medios de comunicación comenzaron a publicar estudios (quizá sería más apropiado decir "el estudio", porque en realidad todos eran el mismo, mil veces repetido), en el que se "demostraba" que aunque era cierto que el Vibr te mataba "generalmente en 5 años" las personas que tomaban Vibr hubieran "en media muerto antes de 5 años si no hubieran tomado el Vibr". Así pues, la idea central de estudio es que se trataba de personas igualmente condenadas, a las que el Vibr les concedía una mejor calidad de vida y que además durante ese "período de gracia" que les concedía el Vibr "eran miembros productivos y valiosos de nuestra sociedad", lo que ilustraban con gráficas sobre las mejoras de productividad y descenso de morbilidad (porque los vibrantes iban mucho menos al médico y mucho más al trabajo).

Yo estaba convencido de que, una vez expuesta la verdad y viendo la baja calidad de los argumentos a favor del Vibr, el destino del medicamento estaba sellado. Pero, para mi sorpresa, la sociedad entera se tragó el sapo, y el Vibr continuó siendo socialmente aceptable. Crecidos sin duda por el éxito de su campaña de márketing, los productores de Vibr consiguieron rizar aún más el rizo, y difundir la idea de que cuando el médico te recetaba Vibr es que sin duda ya estabas "en media" condenado y que por tanto tomar Vibr era la mejor opción, porque los pocos años que te quedaban de vida no serías una carga para tus seres queridos e incluso con tu esfuerzo y trabajo mejorarías la pensión que les dejarías. Y la sociedad volvió a tragarse el sapo. Yo me indigné delante de lo que pasaba. Pero no lo exterioricé de ninguna manera: fue una indignación interior. Después, como en muchos otros temas, al igual que la mayoría, miré para otro lado y continué con mi quehacer. Al fin y al cabo, no era una cosa que me afectase a mi personalmente.

Fue más o menos en aquel entonces que coincidí por primera vez con un vibrante en el avión, en uno de mis múltiples viajes. Se trataba de una mujer, de mediana edad. Ella notó que yo me había sobresaltado al darme cuenta de que era vibrante, y me hizo un razonado y ponderado análisis de por qué había tomado la decisión de hacerse vibrante. Al fin y al cabo, con la edad que tenía le quedaban pocos años en la empresa, y corría el riesgo de que la echaran antes. Al volverse vibrante, había demostrado su compromiso con la empresa, que a cambio le garantizaba el contrato por cinco años y una buena pensión. Sus hijos ya habrían acabado la Universidad "para cuando ella dejara de vibrar" (juro que lo dijo de esa manera; a mi se me revolvió el estómago) y con su aportación podrían comenzar una próspera y fructífera vida. Yo pensé en refutarle una a una todas las falacias lógicas de lo que había dicho, pero al mirarla a los ojos desistí. Era obvio que ya estaba condenada. Qué sentido tenía, por tanto, polemizar. Yo no soy de naturaleza morbosa, e intuía que si argüía con ella acabaría exaltándome y poniéndome en evidencia. Así que callé y miré, literalmente, hacia otro lado. A ella mi posición, moral e incluso física, le pareció natural y respetó todo el viaje mi muro de silencio. Salí de aquel avión con la cabeza como un bombo y con tortícolis.

Quizá mi memoria me falla o me reinventa la escena, pero yo juraría que lo siguiente pasó justo al volver de aquel viaje, quizá justo después de ese incómodo vuelo. Llegué a casa con ganas de pasar unos días tranquilo con la familia cuando Marcela se presentó delante de mi. A su lado estaba mi hija mayor, Clara. Yo no entendía nada de esa representación, hasta que Marcela abrió la mano y me enseñó una pastilla azul, que tenía unas letras grabadas: "VIBR". Nunca antes había visto una. La miré espantado, pensando que quizá había sucumbido por fin, pero la realidad era más horrible. "He encontrado esto en la mochila de Clara", anunció Marcela, y su voz se le quebraba de la angustia. Yo miré a mi hija con cara de pavor. Pero, no, Clara no era vibrante. Al menos no aún. No sabía cuántas pastillas hacían falta para volverse vibrante, aunque sí que sabía que te enganchaban desde la primera.

- Lo siento, papá - dijo Clara entre lágrimas - Pero, tranquilo, no la he probado. Me la ofrecieron unas chicas en el cole, y se pusieron tan pesadas con que la tenía que probar que al final la cogí para que se callaran. Pero no me he tomado ninguna, te lo juro.

La creía. Es verdad que quería creerla, pero de algún modo sabía que me decía la verdad. Era mi hija, al fin y al cabo.

- Clara - le dije, con la voz más calmada que pude articular - ¿tú sabes lo que hace ESO?

- Todo el mundo habla de ello, papá. Los chicos dicen que sirve para divertirse, para quitarte todos los malos rollos.

- ¿Y tú sabes que ESO mata?

- Sí, bueno, todo el mundo sabe que el Vibr te mata en cinco años si lo tomas a menudo, pero los chicos dicen que si tomas solo uno a la semana no te pasa nada malo y te lo pasas todo mucho mejor...

- Clara, una a la semana es exactamente la dosis que se administra a los vibrantes. Una a la semana, justamente. - no pude evitar recalcarlo.

Me quedé mirando a mi hija. Estaba furioso. Era evidente que el Vibr era una tentación para ella: una chica de 16 años, buena estudiante pero, como los de su generación, un poco perezosa, siempre quejándose de lo mucho que se le exige... La oferta de un paraíso artificial era demasiado tentadora, estaba claro.

No era culpa de ella. Era culpa mía. Por no haberle transmitido unas ideas claras sobre aquel veneno. Por no haber estado más tiempo en casa, ayudándole a levantar su carga, apoyándola, dándole ánimo. Mi hija había estado a punto de caer en la trampa, justo delante de mis narices. Miré a Marcela con los ojos en lágrimas  y como pude musité:

- Gracias. Eres lo mejor que le ha pasado a esta familia.

- Ésta también es mi familia.

Los tres nos abrazamos llorando.

Cancelé todas mis citas de aquella semana y me pedí los días. En menos de una semana cambié a mis hijos de colegio y de instituto. No fue difícil encontrar a dónde llevarlos: en sus páginas webs las nuevas (y caras) instituciones anunciaban: "Espacio libre de Vibr" y detallaban sus estrictos controles para evitar que sus alumnos cayeran en tal destructiva adicción. Yo ni imaginaba que hubiera colegios que hicieran tal tipo de publicidad. La sociedad había cambiado, adaptándose al Vibr.

Por supuesto, el nuevo colegio de Juan, mi hijo pequeño, y el instituto de Clara, la mayor, eran bastante más caros que el colegio público y el instituto público a los que iban antes. Afortunadamente, tanto yo como mi mujer éramos "profesionales de éxito", así que nos lo podíamos permitir, aunque a mi el tufo clasista que destilaba todo aquello me molestaba. Pero estaba claro que el Vibr corría a sus anchas en los centros públicos incluso en primaria. Leyendo informes confidenciales que me pasó Manuel (ya subsecretario de Estado) vi que hasta el 25% de los estudiantes de bachillerato eran vibrantes. Gente que ya ni optaba por ir a la Universidad, porque era malgastar el poco tiempo que les quedaba.

La reacción gubernamental a la cada vez más desatada epidemia del Vibr no fue exactamente como yo me la hubiera esperado. A la vista de que cada vez había más niños huérfanos, se amplió enormemente el Estado del Bienestar, de modo que la sanidad y la educación públicas eran totalmente gratuitos, y se establecían programas de acogida hasta la Universidad para los huérfanos del Vibr (afortunadamente, los hijos de adictos no desarrollaban ninguna adicción per se). La única condición que se pedía a los alumnos huérfanos era que demostraran su valía académica; si lo hacían así, podrían llegar a donde quisieran. Siempre me pregunté qué pasaba con los que no daban la talla. Además, a mi me sorprendía tanta generosidad del Estado, y no entendía de dónde salían los recursos para mantener el sistema en marcha. Años antes tal desarrollo del Estado del Bienestar se habría considerado excesivamente oneroso. ¿Qué había cambiado? 

Cada vez entendía menos el mundo, y cada vez me hastiaba más. En el avión, el número de vibrantes hacía tiempo que había superado al de no vibrantes. De hecho, los que no vibramos no soportábamos hablar con los vibrantes: era algo exasperante. Un vibrante parece hablar con lógica y razón, pero en sus argumentos se transluce siempre una falta de apego por las cosas. En el fondo, a un vibrante todo le da igual, con lo que realmente no tiene ninguna preferencia. Un vibrante no tiene ninguna visión de cómo debería ser la sociedad, se adapta a la que haya, y nada, por más aberrante que sea, le parece una injusticia social; para él o ella es un simple hecho que debe ser tenido en cuenta, pero nunca es algo que desee cambiar para mejorar porque un vibrante no desea nada.

Por eso, después de varias experiencias desagradables hablando con vibrantes, había comenzando a pagar más por los billetes premium "no vibrante". Éramos una casta aparte, una minoría amedrentada, refugiados en la parte delantera del avión para poder salir de él cuanto antes, precipitadamente incluso, delante de la masa informe que paciente y obedientemente esperaba detrás de nosotros para salir de manera ordenada, marcial.

Y entonces pasó. El Gobierno presentó un proyecto de Ley sobre el consumo obligatorio de sustancias reguladoras del comportamiento. Yo no me lo podía creer cuando lo leía en el diario. Me descargué el documento y dediqué el resto del día a leerlo, a analizarlo con cuidado. Después, llamé a Manuel.

- Sabía que me ibas a llamar - fue lo primero que me dijo - No podemos hablar por teléfono. Quedaremos en el Café Central a las siete. Sé puntual, a las ocho ya me habré marchado.

Algo en la voz de Manuel sonaba a despedida. Algo iba rematadamente mal.

Llegué al Café Central a las siete menos cuarto. Me senté en nuestra mesa, y me tomé pausadamente el café con leche que un solícito camarero me trajo en seguida. A las siete en punto Manuel entró en el café, pidió un coñac y se sentó directamente en mi mesa.

- ¿Qué está pasando, Manuel? - dije yo, sin más preámbulos.

- Más respeto, joven, que está Vd. hablando con el nuevo Ministro de Sanidad - me soltó él. No me dejó tiempo ni para asombrarme - Pago por los numerosos servicios prestados, supongo. También, porque ya no les queda nadie medianamente formado y que no vibre.

- ¿Has redactado tú la nueva ley? - dije, y mi voz quizá sonó un poco más alta de lo que debería.

Se sonrió amargamente.

- He luchado con todas mis fuerzas, durante años, para evitar que esa ley viera la luz. ¿Tan poco me conoces? Pero esto viene de arriba. De muy arriba. De bastante más arriba que el Presidente. Es algo global y concertado.

Yo callé, asimilando lo que me decía Manuel. Él aprovechó mi silencio para quitarse una enorme losa de encima.

- ¿Sabes todas las veces que me has preguntado de dónde salía el dinero para pagar el nuevo Estado del Bienestar? Pues del Vibr. No de la venta del Vibr, claro está: el Vibr no cuesta nada de fabricar, y se vende a un precio tirado. Pero el Vibr paga con creces. El Vibr ha disminuido enormemente las cargas sociales, y la productividad se ha disparado. ¿Sabías que parte del programa de ayudas al ciudadano lo pagan las propias empresas, para las que sale mucho más rentable el nuevo sistema que el anterior? No, claro que no lo sabes, porque lo guardamos en secreto. 

Manuel apuró su coñac, yo mi silencio.

- Mucha gente con escasa formación muere cuando aún es joven y altamente productiva en sus trabajos poco cualificados. No dan costes, solo beneficios. Y la mano de obra para esos menesteres no falta. Regulamos el flujo migratorio procedente de países mucho menos desarrollados con precisión quirúrgica. Los trabajadores menos cualificados son siempre jóvenes. ¿Has visto cómo vibra el Café Central?

Yo le miré extrañado, y de golpe lo vi. Todos los camareros. Jovencísimos, serviciales. Todos vibrantes. Un escalofrío me recorrió la espalda.

- Por supuesto, en las categorías superiores el reemplazo no es tan rápido - prosiguió Manuel - No nos sobra gente cualificada y preparada como tú - y alzó su copa como si brindase por mi. - Por eso se han dado muchos incentivos adecuados para evitar que la gente más valiosa cayese en el Vibr. 

- Pero, Manuel, ¿qué narices es esto? - fue todo lo que acerté a decir

- Lo sabes de sobra, pero no lo quieres aceptar - dijo Manuel, suavemente, con una sonrisa triste - Al final, más que ser un gran negocio para las farmacéuticas, el Vibr es y siempre ha sido un experimento de control social a gran escala, que resultaba muy idóneo para adaptarse a un mundo donde los recursos comienzan a escasear y el medio ambiente está muy desestabilizado. Gracias al Vibr, el consumo global está siguiendo una curva de suave descenso, un decrecimiento controlado y pilotado. Y todo el mundo participa de este descenso contento y colaborando. Es lo que tiene que ser.

- Pero, con la nueva propuesta ...

- Con la nueva Ley nos adaptamos a una fase de descenso más rápido - la mirada de Manuel se perdía en el fondo de su copa - Solo podrá permitirse no ser vibrante la gente excepcional. Como tú. Por eso te lo estoy contando: para que quede alguna memoria de esto. ¿Sabes? Este descenso no durará para siempre, y hará falta alguien que sepa pararlo, que accione los frenos cuando hayamos bajado ya lo suficiente y antes de estrellarnos.

- Es una locura...

- Locura o no, es cosa hecha - dijo Manuel, y de un trago apuró su copa -  La mitad del Congreso es vibrante. Sálvate tú. - y tras decir esto se levantó y se fue. 

Yo me quedé allí aún un par de minutos, estupefacto, asimilando la nueva realidad. Después recordé que estaba rodeado de vibrantes y me inundó una sensación de ahogo; me levanté de un salto y salí por la puerta. Llevaba andados ya unos metros cuando me di cuenta de que no había pagado. Tampoco Manuel. De manera instintiva saqué de mi cartera un billete, como una torpe excusa, como para parar la acusación de gorrón del camarero que había salido apresuradamente detrás de mi y cuya mano intuía que iba a posarse sobre mi hombro. Pero ningún camarero me seguía. Fue entonces cuando lo comprendí. A los vibrantes les da igual, no tienen ninguna preferencia. La sociedad se mantenía solo por costumbre, solo por apariencia. Los vibrantes ya estaban perdidos y no lucharían por nada.

Llamé a mi mujer, a Marcela y a mis hijos y quedé con todos ellos en casa. Tenía que hablar con ellos, esa misma noche. 
 
Marcela improvisó algo para picar y lo dispuso en la mesa a la que nos sentamos todos. Yo la presidía. Qué poco me ha gustado siempre tener que presidir nada. Pero en esa ocasión tenía que hacerlo. Y lo haría.

- Supongo que ya sabéis por qué os he llamado - dije.

- La nueva ley - dijo Clara.

- Con la que nos van a matar a todos - dijo Juan.

Su madre frunció levemente el ceño, reprendiéndole.

- Así es, para matarnos - dije yo, y María se me quedó mirando boquiabierta. Si yo, que siempre le quitaba hierro a las cosas, decía eso, es que la situación era grave.

- Con la nueva ley - proseguí - será obligatorio consumir Vibr "para mejorar la productividad" si no se consiguen cumplir ciertos objetivos, que dependerán fundamentalmente de la edad y del nivel de formación. Lo que cuenta, básicamente, es cuánto ganas. Así se va a valorar a las personas: por lo que ganen.

Miré a Marcela:

- Tú, Marcela, con tus clases y tus artesanías, no llegas al salario mínimo. A tu edad, que casi es la mía, se te obligará a tomar Vibr desde que entre en vigor la ley, pasado mañana.

Miré a mi mujer:

- Tú, María, eres una empleada cualificada. De momento no tendrás que tomar Vibr. Pero cuando cumplas los 55 años revisarán de nuevo tu expediente y tu salario tendría que prácticamente haberse duplicado con respecto a lo que es ahora, y estoy seguro de que eso no va a pasar. Así que no vas a llegar a jubilarte. Lo siento.

Miré a mis hijos:

- Vosotros vais a la Universidad, así que estáis exentos de tomar Vibr hasta los 30 años. Puede parecer mucho tiempo, pero no es tanto. A los 30 años tendréis que tener trabajo y vuestro salario deberá ser por lo menos 4 veces el salario mínimo. De acuerdo con las estadísticas, lo más probable es que uno de los dos no lo logréis. A los 35 años vuestro salario debería ser 6 veces el salario mínimo. Será muy difícil que el que sobreviva de los dos lo consiga, pero si trabaja como un animal quizá lo logre. A los 40 años, el salario del que aún quede debería ser 12 veces el salario mínimo. A tenor de las estadísticas, incluso teniendo en cuenta que pertenecéis al 10% más privilegiado de la sociedad, tenéis - el de vosotros que sobreviva - un 5% de posibilidades de lograrlo. Para llegar a los 45 años, un 1 por mil. Yo creo que podemos dar por seguro que no vais a conocer a vuestros nietos.

Todos me miraban desolados, encajando el golpe.

- En cuanto a mi - dije yo para acabar - soy demasiado importante para ellos, y aunque mi salario no es tan extraordinario han hecho un capítulo especial para gente como yo. Yo llegaré a jubilarme, a los 70 si el cuerpo me aguanta. Después, me dejarán dos años para que ordene mis cosas, y después podré elegir entre suicidarme o el Vibr. Valga la redundancia.

- ¿Qué vamos a hacer, papá? - dijo Clara, angustiada

Miré mi cara reflejada en el espejo del comedor. Tantos años de trabajo duro y mala vida me habían dejado una cara que era un cruce entre Papa Noel y George Clooney. Con más del primero que del segundo. Me reí, literalmente, de mi cara.

Me puse de pie. Me dolía un poco la espalda, sentí mis huesos cansados de tanto trajinar, de tanto viajar aquí y allá, de tantas reuniones. Tanto esfuerzo para llegar a este punto ¡Qué idiotez! ¡Qué inmensa insensatez, la de la raza humana!

Un segundo para pensarlo, otro para decidirlo. Saqué de mi bolsillo el billete del Café Central, y lo dejé con un fuerte manotazo sobre la mesa.

- Ahora, Clara, - dije, con voz potente - ahora iremos a la guerra.

Antonio Turiel
Septiembre de 2018



sábado, 24 de febrero de 2018

El viento frío



Queridos lectores,

En primer lugar, quisiera disculparme por el inusual y no anunciado receso de dos semanas que me he tomado en el blog. Hace aproximadamente ese tiempo me avisaron del hospital, ya que por fin me iban a efectuar la operación de hernia umbilical de la que llevaba pendiente hacía un año, y desde ese momento no he tenido tiempo disponible para nada. Los días previos a la intervención los dediqué a arreglar mis papeles (y suerte tengo de contar con un equipo competente y capaz que ha acabado mis tareas mucho mejor de lo que lo habría hecho yo mismo) y después de la operación poca cosa más he podido hacer. Solo me he operado dos veces en mi vida. Tras la primera - hace cuatro años - una gran complicación casi me mata y obligó a una segunda intervención de urgencia y a muchos días de baja. En esta ocasión, una pequeña complicación - la hernia era más grande de lo esperado - me ha retenido un par de días en el hospital y ha hecho un poco más penosos los primeros días de la recuperación. Pero ahora por fin empiezo a estar mejor y al menos tengo el humor de sentarme delante de este teclado de nuevo. Y lo cierto es que se me acumula una multitud de temas muy urgentes y perentorios que querría tratar en las próximas semanas, dado que hay muchos signos de aceleración en la crisis global de sostenibilidad en la que está inmersa nuestra civilización. Hoy querría hablar de algunos aspectos sociales, dejando para otros días la discusión de cambios muy profundos y peligrosos que se están produciendo en la explotación de algunas materias primas.

Cualquiera que haya seguido la actualidad española de los últimos días habrá visto signos muy preocupantes de retroceso en algunas libertades fundamentales: raperos condenados a prisión por sus (ciertamente desagradables e inapropiadas) rimas, libros que llevan años en las estanterías secuestrados por orden de un juez a causa de un par de frases más o menos discutibles, censura de obras de arte en las que se denuncia la puesta en prisión de personas por sus acciones políticas no violentas (y no hablo solo de las cuatro personas vinculadas al reciente episodio separatista catalán)... y todo ello mientras cada día es más notorio y escandaloso el entramado de corrupción que afecta a altas instancias del Estado y también a la de comunidades autónomas como la de Cataluña (pues no hay que olvidar que la corrupción en España no ha sido cosa solamente del Estado central). No quiero detenerme en la anécdota concreta de cada caso, ni en analizar hasta qué punto es o no pertinente la denuncia o la alarma de cada circunstancia: mucho se ha escrito en los medios generalistas sobre estos temas, cada uno desde su particular óptica, y la discrepancia de opiniones es enorme, hasta el punto de que parecería que hay gente que vive en mundos diferentes. Pero muy poco me interesa a mi profundizar en esos aspectos. Lo que realmente me interesa analizar es cuál es la causa última de toda esta agitación, más allá de las causas inmediatas y obvias.

Que, a raíz de los convulsos meses finales de 2017 en los que el movimiento independentista catalán lanzó un órdago al Estado español, se ha producido un movimiento de reacción es España es algo más que evidente. A algunos esta reacción les parece algo positivo, por lo que tiene de reivindicación del orgullo patrio español. Sin embargo, juntamente con este incremento del patriotismo español (constitucional o de cualquier otro tipo) está resurgiendo una visión totalitaria de la diversa realidad española, una idea-fuerza demasiado simplista de lo que en realidad es algo mucho más complejo. Y es en aras de esta simplificación conceptual que se están tomando medidas muy restrictivas. Peor aún, como reacción a lo que se ha percibido como un ataque continuo a "lo español", se está aceptando una rápida pérdida de libertades públicas e individuales, sacrificadas en aras de ese sentido de urgencia en la defensa del interés nacional.

Lo cierto y verdad es que la defensa de lo español no necesita movimientos tan extremos y tan restrictivos. Peor aún, adoptar puntos de vista demasiado estrechos es contraproducente, pues genera una reacción contraria de todos lo que se sienten agraviados. En realidad, la mejor manera de defender lo español es convertirlo en un proyecto inclusivo y atractivo, que respete las diferentes opiniones pero en el cual todos los que somos españoles nos podamos sentir a gusto.

Sin embargo, no es una casualidad que se produzca justo ahora esta involución, esta imposición paulatina de restricciones que comienzan siendo una más que defensa, imposición, de una cierta idea de lo que es España y acaba siendo una persecución de ideas que discrepan de una cierta visión que se dice "común" o "sensata". Porque lo que está pasando no solo le está pasando a España, es un fenómeno generalizado en Occidente, aunque no se esté manifestando con la misma intensidad en todas partes. Hay lugares, como Hungría, donde el giro nacionalista es aún más fuerte y por eso se reivindican a sí mismos como guardianes de las esencias de la Cristiandad Europea (como otrora hiciera la España de Franco); y otros lugares, como Francia, donde la deriva es aún lenta aunque perceptible en el descontento social de ver que el líder que se eligió hace menos de un año aplica precisamente aquellas reformas que propuso al ser elegido. En todos los casos, sin embargo, lo que hay es un crecimiento de la intolerancia social, un aumento de la autocensura delante de los patrones bienpensantes que insensiblemente se imponen, y un auge del autoritarismo.

Nada de esto es nuevo ni inesperado. Las sociedades sometidas al descenso material y energético al que estamos inexorablemente abocados son presa fácil del autoritarismo y el populismo. Como ya explicamos en su momento, en un futuro próximo Europa probablemente optará por la guerra como medio de garantizarse el suministro de aquellos recursos que considere esenciales, pero para poder mantener un frente exterior, que será costoso en vidas y recursos, será necesario mantener un férreo control interior. Ir allanando al disidiencia, ir amoldando los discursos a una retórica hipernacionalista, vacía pero estúpidamente triunfal, prepara el camino que Europa parece querer seguir en los próximos años.

Volviendo al caso de España, no es una casualidad que todos estos movimientos se producen con uno de los Gobiernos más débiles que hemos conocido en la reciente democracia, sostenido como está por una minoría parlamentaria (el gobernante PP más el partido de nuevo cuño Ciudadanos) a la que el partido socialista deja hacer, más o menos, con su abstención. El complejo laberinto catalán y cómo lo ha gestionado han hecho que el Gobierno no tenga suficientes apoyos para aprobar los presupuestos generales de este año, y eso lleva, más que a una prórroga, a una sensación de interinidad, de tiempo intermedio hasta que se fragüe una nueva mayoría (como el ascenso de Ciudadanos en las encuestas parece augurar). Y en medio de esta parálisis institucional, que se intenta camuflar con el flamear de banderas, miles de jubilados de toda España se han lanzado a la calle para protestar por lo exiguo de las pensiones. Lo que ha terminado de crispar el ánimo de los pensionistas es lo muy reducido del último aumento de su retribución, cuando llevamos tres años de pánfilo triunfalismo económico (España es el país la UE que más crece) que no se ve acompañado por una mejora objetiva de las rentas más bajas. Y eso, en un país donde muchas familias dependen de lo que puedan aportar sus mayores para poder salir adelante, es un peligroso detonante social.

Todo el precario equilibro social se edifica sobre la poco distribuida recuperación económica. La posibilidad de que se produzca pronto una nueva recesión no entra obviamente en los cálculos de nadie, a pesar de que sigue siendo algo muy probable y particularmente este año. Si en una situación de relativa bonanza (al menos para las grandes cifras de negocios) se producen estos retrocesos sociales, ¿qué pasará cuando venga la siguiente recesión? ¿Estallarán revueltas en las calles? ¿Se adoptarán medidas aún más represivas?

No solo la sociedad, también la meteorología está alterada. Estos días estamos sufriendo una continua intrusión de masas de aire frío septentrional que están barriendo Europa y que están consiguiendo que este invierno sea digno de tal nombre. Mientras los medios generalistas reciben las repetidas olas de frío con epítetos a todas luces exagerados si uno mira las hemerotecas de hace 20 o 30 años, pocos miran más al norte y se fijan en que esas masas de aire frío que bajan a nuestras latitudes dejan detrás una anomalía de temperatura, un incremento de hasta 30 grados centígrados en algunas zonas del Círculo Polar Ártico, que no presagian nada bueno. De manera análoga, ese viento frío que ahora azota nuestra sociedad es fruto de un ardiente vacío que queda detrás y al cual pocos miran.

Salu2,
AMT

martes, 13 de junio de 2017

España ante el colapso


Queridos lectores,

En el post anterior discutíamos cómo una eventual secesión de Cataluña podría acelerar el colapso de España (posiblemente aderezado con la secesión de más territorios, como comentábamos hace tiempo). Un colapso temprano y precipitado como el que sobrevendría es lógicamente percibido como algo negativo por nuestras élites, por todo por lo que les supondría de pérdida de poder tanto político como económico, y la final y efectiva desintegración de nuestro sistema económico. Justamente por eso, dado su carácter destructivo e inestable (ahora más que insostenible), un colapso rápido de nuestro sistema económico evitaría profundizar más en la degradación ambiental y también en el agotamiento de recursos básicos para nuestra supervivencia futura, ya que cuando los combustibles fósiles avancen en su declive terminal será el medio natural el que, como habitualmente a lo largo de la Historia, nos proveerá de los recursos que necesitemos.

Delante del desafío independentista catalán, desde España sólo se ha sabido dar una respuesta autoritaria y poco abierta a la negociación. Eso, por supuesto, ha espoleado el sentimiento nacionalista e independentista entre una buena parte de la población catalana, ya bastante avivado por los muchos años de agravios en la gestión de la cosa pública que muchas veces miraba a Cataluña como un recurso a explotar y cuyas demandas simplemente se ignoraban. Esa visión extractivista de la periferia que sostienen las élites españolas no se ha dado, por supuesto, sólo hacia Cataluña (durante mi infancia y adolescencia en León, no pocas veces pude escuchar críticas hacia el hipercentralismo, y contra el desdén respecto a las necesidades de los que vivíamos "en provincias"), pero siendo Cataluña un territorio más rico en lo económico y con una cultura y lengua propia en lo cultural es en ese territorio que se ha podido hilvanar un relato más consistente que en otros lugares, un relato que describe el extractivismo centralista de un conflcito de "ellos contra nosotros" (cosa nada fácil de hacer en un lugar como León, por ejemplo, pues tal distinción está lejos de ser evidente). Pero teniendo en cuenta, precisamente, la historia común de Cataluña con España, la disgregación del territorio de Cataluña no es ni mucho menos el único ni necesariamente el más probable de los escenarios en el corto plazo para España.

Cuando escribo estas líneas, el Govern de la Generalitat ha anunciado ya la fecha y pregunta del referéndum que dicen querer realizar el próximo otoño para preguntar a la población de Cataluña sobre la continuidad de esta hoy comunidad autónoma en el seno de España. El Gobierno de España está en una posición de esperar acontecimientos, y es seguro que en cuanto el Govern firme la primera ley o decreto con la que pretenda dar cobertura legal al referéndum y al proceso de autodeterminación, el Gobierno de España comience a recurrir todas esas disposiciones legales ante las instancias jurídicas... españolas, pues, ¿en qué otro lugar podría hacer tal cosa? Pero si justamente éste es un conflicto de legitimidad, y no de legalidad, la respuesta no podría ser más errónea. Pues al final de ese camino sólo queda una salida: si, de acuerdo con la vía que ya ha utilizado anteriormente y que previsiblemente utilizará en el futuro, el Gobierno español consigue que se consideren ilegales todos esos actos de la Generalitat, el paso siguiente e inevitable es la aplicación del código penal español; y en caso de resistencia tendrá que ser usando el monopolio legítimo de la violencia que le da el ser un Estado. Pero, justamente, lo que está en cuestión es la legitimidad, y este choque de legitimidades sólo puede terminar, de proseguir por ese camino, en violencia, violencia legítima contra ilegítima, al decir de unos, o al revés, al decir de los otros (quizá para reclamar el monopolio de la violencia legítima es por lo que el ejecutivo catalán ha incluido de manera alambicada la palabra "Estado" en la pregunta del referéndum). Para el ejecutivo español, la celebración del referéndum es un casus belli absoluto, pues saben de sobras que el resultado del mismo podría perfectamente ser un "sí" a la independencia (las tornas están bastante igualadas, pero la intransigencia española y el grado de corrupción de las altas magistraturas españolas no ayudan demasiado a la causa del "no"). Desde la perspectiva centralista y extractiva del gobierno de Madrid, la eventual secesión de Cataluña es completamente inaceptable, de ahí su completa y rotunda negativa a la celebración del referéndum, usando complicadas perífrasis para intentar justificar que lo más democrático "es no votar".

Mis amigos independentistas están convencidos de que la presión internacional obligará a España a negociar, y que en realidad el proceso de secesión de Cataluña llevará el tiempo, años, que se requiere para hacer efectiva una separación de esta complejidad. Por mi parte, con un pie a un lado y otro de la frontera que separa Cataluña de lo que aún se puede llamar "el resto de España", estoy convencido de que la respuesta española será el uso de la fuerza. Los más enardecidos en el campo nacionalista catalán están deseando que las imágenes de la represión española salten a los noticiarios de los principales países europeos y que al final el clamor de la denominada "comunidad internacional" obligue al Gobierno español a detener la violencia, y como consecuencia a aceptar que no le queda otra que negociar con el separatismo catalán. Que se llegue a tal situación o no depende, fundamentalmente, de los pros y contras económicos de tal secesión, sin olvidar que la eventual separación de Cataluña de España daría brío renovado a tantos movimientos separatistas en Europa,
hasta ahora bastante acallados, desde Escocia hasta la Padania, desde Córcega a Baviera, desde Bretaña hasta Euskadi. 

Aunque no se puede descartar la "salida negociada" a la crisis, creo que, para desgracia de quienes creen en una salida de Cataluña relativamente poco traumática,  los vientos de la Historia hace tiempo que han cambiado en Europa y soplan ahora de proa. Pues hace tiempo que Europa, que en otro tiempo se llenó la boca de "respeto a los derechos humanos", ha caído en una espiral belicista y autoritaria, imparable sin una revolución de base. Una Europa que ignoraría el clamor catalán aunque fuera reprimido a sangre y fuego. Y la razón de este giro deshumanizante radica, a mi entender, en la estrategia de las élites europeas para abordar la escasez de recursos naturales que viene.

El problema de la escasez de recursos naturales, que es sobre el que gravita todo este blog, es conocido desde hace mucho tiempo por las élites europeas. Numerosos son los documentos de trabajo que lo recogen, e incontables las reuniones de diversas comisiones, con asistencia de expertos, donde el tema se ha tratado. Todo es conocido sobradamente, y aunque a veces hay destellos de tecnooptimismo infundado, confiando en la tecnología extractiva del día, lo cierto que es nuestras élites son mucho más conscientes de la magnitud del problema de lo que quieren reconocer públicamente. En los últimos tiempos se ha utilizado el espejismo del coche eléctrico como un elemento discursivo tranquilizador de las clases medias mayoritarias en Occidente, a pesar de que las propias élites son más que conscientes de que el coche eléctrico es una quimera y que no va a la raíz del problema, que es la progresiva disminución de la cantidad de energía que va a llegar a Europa durante las próximas décadas. En todo caso, las élites europeas hace tiempo que saben perfectamente cuál es el camino a seguir, y la elección de Trump en los EE.UU. empuja con más fuerza a Europa a seguir ese camino: el del autoritarismo dentro de sus fronteras y de la guerra fuera.

Los últimos movimientos de Donald Trump en los EE.UU. hacen cada vez más evidente algo que ya señalamos aquí hace tiempo: los EE.UU. están tendiendo a desviar fondos para rescatar a su industria extractiva (fundamentalmente, la petrolera), que está en franca bancarrota. La idea es que, a base de desviar recursos públicos para apuntalarla (indirectamente vía reducción de impuestos, directamente vía subvenciones y rescates), se consiga que los recursos fósiles estadounidenses sean explotados. EE.UU. tiene la suerte (desde el punto de vista de sus élites extractivas) de contar con abundantes recursos autóctonos de combustibles fósiles, pero aquellos de mayor calidad hace tiempo que están en retroceso, y lo que le va quedando es de una calidad tan baja y es tan difícil de explotar que ha llevado a numerosísimas empresas a la quiebra durante la última década, tanto en el sector del carbón como en el del gas y, por supuesto, el del petróleo. Se alude continuamente a que los bajos precios actuales son los que causan esta debacle, cuando se sabe perfectamente que en el período con los precios medios del petróleo más altos de la historia la industria perdía dinero a manos llenas (y obviamente mucho más ahora mismo). Por otra parte, y a pesar de la frecuente alusión al militarismo de Trump, sus acciones son generalmente más dirigidas a un cierto repliegue táctico que no al avance militar. Es en este contexto que se tienen que entender las declaraciones de Trump al poco de tomar posesión de su cargo: los aliados tienen que asumir el coste económico de las aventuras militares en el exterior, pues EE.UU. se ha cansado de hacer el trabajo sucio pro bono. Y es que, en la visión de los halcones que ahora sobrevuelan Washington, EE.UU. tiene recursos para ir tirando durante una temporada larga, aunque eso suponga la reducción de prestaciones sociales y que una parte importante de su población se hunda en la Gran Exclusión, en tanto que los recursos que puede conseguir manu militari en el exterior resultan ser mucho más caros y menos rentables. En suma, EE.UU. no necesita recurrir a las armas para garantizarse durante las próximas décadas un cierto grado de bienestar (menor que el actual, pero aún considerable), mientras que el beneficio de las guerras exteriores no paga en absoluto sus costes. Pero ésa no es, en absoluto, la situación de Europa.

Europa dispone de escasos recursos fósiles propios, los que hay están muy explotados (petróleo y gas del Mar del Norte, carbón en Alemania y Reino Unido) y se están usando todo lo que se puede (véase, por ejemplo, el recurso creciente al carbón nacional en Alemania, en medio de su famosa y muy publicitada pero poco conocida Energiewende). Para Europa, continuar con algo parecido a la sociedad industrial actual implica conseguir fuera de sus fronteras los recursos fósiles y el uranio que necesita para mantener sus fábricas en marcha. Pero, ay, el mundo en su conjunto ya está muy explotado, y aunque las cantidades de recursos que quedan por explotar son aún vastísimas, ya no dan para satisfacer el voraz apetito de tantos comensales; encima, los que se han unido más recientemente al banquete reclaman con fuerza (y con razón) su parte. A Europa, que hasta ahora había confiado en el denominado "libre mercado" como vía principal para garantizarse el acceso a esos recursos, no le queda ya más remedio que ir a la guerra para asegurarse que estas materias van a donde deben ir. Así se metió Francia en la guerra de Malí y por motivos similares en la de Siria, y así se irán metiendo progresivamente las potencias europeas en otras guerras, en ocasiones contratando los servicios mercenarios del ejército de los EE.UU., el cual su presidente ha puesto a disposición del mercado. En esencia, EE.UU. no va ayudar a Europa a salir de su pozo, sino que se va a centrar en no caer él mismo en esa sima; pero si los europeos quieren contratarles, pues perfecto: a fin de cuentas, el estadounidense es el ejército mejor pertrechado del mundo y de hacer la guerra saben un rato largo.

No falta demasiado tiempo para que las restricciones que imponen la escasez de recursos comiencen a manifestarse indisimulablemente en Europa en general y en España en particular. De momento, Europa adopta un plan de abandono nada progresivo y sí muy agresivo de los coches de diésel, con el aliento del pico del diésel en el cogote. El problema que plantea la caída de la producción de diésel, más temprana y más precipitada que la del petróleo, era algo que se podía haber anticipado hace años, pero la doctrina neoliberal que impera en el pensamiento económico hoy en día hace imposible hablar de mecanismos de ajustes entre oferta y demanda diferentes de los de un mercado presuntamente libre y eficiente. De la misma manera, se empieza a hablar de manera abierta de que los milennials tendrán menos coches y recorrerán menos kilómetros, y que la fórmula de movilidad del futuro que adoptarán estas nuevas generaciones de jóvenes decididos son la compartición de vehículos y el redescubrimiento de lo local, toda una loa a hacer de la necesidad virtud. Por la misma razón, la imposibilidad de los países occidentales de incrementar su consumo de petróleo por el estancamiento, si no declive, de la producción mundial, y la competencia de otras regiones por esos mismos recursos, se vende bajo el falaz discurso del "pico de demanda" o peak demand (cosa que sabemos que los datos no sustentan mínimamente). Estamos viendo que el relato colectivo que poco a poco se va haciendo permear, en el que las sociedades occidentales van siendo lentamente adoctrinadas, es uno en el que se aceptan como decisiones razonables de consumidores concienciados y responsables lo que no es más que una imposición externa, una imposibilidad de seguir creciendo en nuestro consumo, una necesidad de adaptarse a un mundo con límites.


No todo va a ser tan sencillo; la publicidad o propaganda tiene una efectividad muy grande, pero no ilimitada. Al recurrir a recursos con Tasas de Retorno Energético (TRE) cada vez más bajas, una proporción cada vez mayor de la población tendrá que trabajar en la mera producción de energía y mucha gente se verá reducida a la mera subsistencia. De hecho, el intento de mantener un sistema económico orientado a la producción y al consumo a pesar de la evidencia creciente de la escasez de recursos lleva a plantearse graves dilemas sobre el futuro del orden social, y en última instancia sobre la viabilidad o incluso el interés de mantener este sistema económico y productivo. Dada la inercia mental y social de las élites, que ven cualquier posible cambio como una amenaza a su status quo, lo más probable es que intenten mantener a ultranza el sistema actual, usando para ello los resortes de la violencia legítima de los Estados, los cuales ya hace tiempo que han cooptado (¿a quién se le oculta que los Estados legislan y ejecutan más en favor de las grandes corporaciones que de los ciudadanos de a pie?). Por eso, a medida que una proporción mayor de la población caiga en la semiesclavitud y la exclusión, simplemente para mantener lo que se pueda mantener de la sociedad industrial, será necesario usar cada vez dosis mayores de represión y legislación cada vez más autoritaria, eventualmente llegando a la supresión de derechos civiles hoy en día considerados irrenunciables e inalienables.

¿Cómo queda España en este contexto? Teniendo en cuenta el seguidismo cerril que hacen nuestras élites de las élites europeas, y que en Europa el escenario que se prefigura es el del autoritarismo y el belicismo, lo más probable es que España acabe embarcándose en aventuras militares en el exterior, de la mano de sus aliados, al tiempo que incrementa la presión interior para reprimir la disidencia. No debemos olvidar que en Francia el estado de emergencia (que se prolonga ya desde hace dos años) permitió una represión violenta de los grupos ecologistas que quisieron manifestarse contra la farsa de los acuerdos de la cumbre sobre el clima de París, en diciembre pasado. En España tenemos ya una ley, denominada por muchos "mordaza", que permite a la policía perseguir y encausar a personas que osen fotografiarlos por la calle, o incluso simplemente protestar verbalmente por abusos patentes de la autoridad. Tal y como están las cosas, no debería extrañarnos ver dentro de unos años una misión militar europea con la participación de España a Argelia o algún otro país norteafricano (o incluso más al sur), intervención que será jaleada por los medios de comunicación sin duda.

El gran problema de las guerras como método de asegurarse recursos es que solamente el pillaje tiene un retorno energético y económico suficientemente bueno. Pero asegurarse el flujo de recursos minerales, particularmente petróleo, implica un gran esfuerzo de control sobre el terreno, pues las minas se han de mantener abiertas y los pozos bombeando, y eso tiene un coste y un desgaste enorme, como se ha visto con la intervención militar de los EE.UU. en Irak. Sin ese control férreo, la producción del país "liberado" cae en picado en medio del colapso social y la lucha abierta entre facciones dirigidas por señores de la guerra. Como ejemplo próximo en el espacio y en el tiempo, fíjense en la situación de Libia, actualmente dividida en dos grandes facciones y decenas de otras más pequeñas, y donde la producción de petróleo pasó de los 1,6 millones de barriles diarios en la época de Gadafi a los poco más de 200.000 de ahora mismo, la mayoría de los cuales usados para engrasar el conflicto interno, que tiene todos los visos de enquistarse ad eternum. Por tanto, las campañas militares que emprenderá España junto con sus igualmente desesperados aliados europeos serán costosísimas en términos económicos y humanos, y sus costes no serán compensados por los beneficios conseguidos. Beneficios, además, que serán cada vez repartidos entre menos, lo cual acrecentará el descontento social en España (y por ende en Europa), y eso obligará a más autoritarismo y más represión.

A la larga, después quizá de una o dos décadas de campañas militares ruinosas, probablemente después de un desastre militar (pues el propio ejército se resentirá después de años de restricciones también en su presupuesto), el Estado español colapsará, de manera rápida, dramática y probablemente violenta. En ese proceso de colapso, todas las nacionalidades reprimidas aflorarán con fuerza, con lo cual lo más probable es que la nación española se disgregue en al menos media docena de nuevas naciones. Este escenario de colapso tardío, cuando procesos similares estarán teniendo lugar en Europa, es mucho peor que un escenario de colapso rápido y relativamente temprano que proporcionaba la secesión de Cataluña que comentábamos en el post anterior, entre otras cosas porque la probabilidad de que muchas de las nuevas naciones acaben en un régimen de tipo feudal será más elevado. Por eso, no es evidente que la más que previsible represión del separatismo catalán sea el mejor camino por el que pueda transitar España.

En cuanto a mi, y reflexionando en todo lo que arriba he expuesto, creo que quizá dentro de unos meses tenga que pasarme una temporada en el campo, en la masía, recluido y alejado del fragor de lo que pase 150 kilómetros más al sur (esta distancia sí que me la sé), a esperar que las aguas se calmen. Ojalá que cuando eso suceda lo que nos encontremos no sea un cenagal.


Salu2,
AMT