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miércoles, 3 de agosto de 2011

Positivismo, simbolismo, pensamiento positivo y pensamiento mágico

El rótulo dice en catalán: "Apretar para parar una guerra"

Queridos lectores,

Un rasgo característico de la sociedad occidental que hace más difícil intentar explicar una mala noticia como la que constituye la llegada del Peak Oil es el excesivo recurso al llamado pensamiento positivo (estaba pensando en poner un enlace aquí para explicar lo que es el pensamiento positivo, pero lo cierto es que internet está lleno de ejemplos, elija el lector el suyo). Según los abogados del pensamiento positivo, si uno decide tomar una actitud positiva en la vida y de cada situación es capaz de ver el lado positivo, entonces su situación personal mejorará inexorablemente. Lo contrario también sería cierto: si uno es un cenizo, entonces las cosas le irán cada vez peor. 

Lo cierto es que hay parte de razón en estos enunciados; así, si uno se esfuerza por conseguir algo es más probable que lo consiga que si asume que fracasará, y en este último caso la actitud  pesimista actúa como profecía autocumplida. Sin embargo, no se debe llevar demasiado lejos esta actitud, porque en vez de adoptar una actitud razonablemente proactiva y tomar las riendas de la propia vida se cae en un extremo pernicioso, el del pensamiento mágico. El pensamiento mágico consiste en creer que por el simple hecho de desear algo este algo se cumplirá. El pensamiento mágico en adultos es una expresión de infantilismo o de trastorno mental, ya que se basa en la incapacidad de comprender un mundo complejo y en el deseo irracional de que sea controlable de una manera simple, con palabras o acciones sencillas. Evolutivamente el pensamiento mágico es seguramente un gran paso adelante, porque introduce la idea clave de causalidad que permite empezar a comprender los mecanismos que rigen el mundo, aunque yerre en la atribución de las causas que corresponden a los efectos. Sin embargo, con el surgimiento de la Ciencia y, sobre todo, del método científico hemos aprendido cómo discernir qué es causa, qué es efecto y qué no está relacionado - no es casualidad que quienes se alejan de la Ciencia caen en la magia, la superstición y la superchería.


Y curiosamente en nuestra sociedad tan tecnificada el pensamiento mágico es rey, hasta el punto de que no lo reconocemos aunque nos asalte cada día en los detalles más nimios. Quizá parte del problema venga de nuestra relación con la tecnología, y quizá en parte de la necesidad sistémica de que los ciudadanos sean ignorantes y acríticos, que dejen de ser ciudadanos para ser meros consumidores... seguro que los comentaristas encuentras otras múltiples razones que añadir a éstas. Lo divertido del caso es que el pensamiento mágico suele introducirse a través del pensamiento positivo, llevándolo hasta un extremo absurdo del cual vemos ejemplos cada día en la televisión. Para añadir escarnio al insulto, en ocasiones se designa al pensamiento positivo por "positivismo", cuando el positivismo es prácticamente lo contrario (una escuela de pensamiento que afirma que el único conocimiento verdadero es el científico). A veces me pregunto si tal confusión no es precisamente buscada, un intento más de prostituir conceptos y confundir a la población...

Un ejemplo de ese tipo de pensamiento positivo que acaba siendo mágico, y en el que espero que los lectores reconozcan tantas y tantas iniciativas que nos rodean hoy en día, nos lo brinda otra vez la localidad en la cual resido. Hará un par de años, quizá más, apareció adosado a una pared del Ayuntamiento el interruptor que ven en la foto de arriba, junto con un cartel que dice: "Apretar para parar una guerra". La verdad es que nunca supe a qué respondía tal montaje; supongo que debe ser algún tipo de performance artística que contaría con el beneplácito del consistorio. Por lo menos, en contraste con lo que describía en el post anterior, esta obra de arte tendría seguramente un presupuesto modesto. Lo que me llamó la atención la primera vez que lo vi fue la ligereza tan estúpida y occidental con la que se trataba un tema tan grave como la guerra. Como si porque alguno de nosotros, apretando un interruptor, tuviéramos el poder de parar alguna guerra en algún rincón ignoto del planeta. Ya me imagino que la intención del creador de este montaje sería más bien hacernos reflexionar sobre la necesidad de tomar una parte activa para detener tantas y tantas guerras que están teniendo lugar en este mundo sin que nuestra opulenta sociedad de aquí se aperciba en absoluto, pero el simbolismo, por más interesante que sea en sí, no puede substituir a la acción. ¿Cuántas veces hemos vistos campañas bienintencionadas como ésta, pidiéndonos firmar o ejecutar de alguna otra forma poco onerosa y de escaso compromiso personal alguna acción de descargo de nuestra conciencia? Estamos tan acostumbrados a estas cosas, tan alienados, que llegamos a creer que estas actividades de pensamiento positivo tienen por sí mismas un efecto real (pensamiento mágico) y no sólo eso sino que además ésta es la única manera de reaccionar delante de estos problemas que nos transcienden en su enormidad. Acaba siendo un recurso facilón: alguien organiza no se sabe muy bien qué, pero que suena a comprometido, a positivo, y como borregos hacemos eso y sólo eso. Es cómodo y es nuevamente una delegación de nuestra ineludible responsabilidad personal a una autoridad demiúrgica infalible, omnisciente y benevolente.


Pero, hablando de simbolismos, hubo otra cosa que me llamó la atención, que sucedió unos pocos meses más tarde. Y es que el embellecedor exterior y el propio mecanismo del interruptor habían desaparecido, como refleja la foto que muestro arriba. No sé si algún vándalo lo arrancó, o si el Ayuntamiento decidió desmontarlo por algún motivo tras un plazo prudencial (aunque me llamó la atención que no lo terminaran de desmantelar completamente, eliminando rótulo y todo). El caso es que en la actualidad es un símbolo mejor que el anterior, porque muestra al tiempo de lo arriba comentado la inutilidad del gesto, vacío, sin mecanismo ya.


En el post anterior algún comentarista mencionaba que la actuación del Ayuntamiento de Figueres con la cubierta fotovoltaica de la Plaça de Catalunya era la correcta porque por lo menos apostaba por las renovables. Aparte de que es dudoso de que esa concreta actuación sea realmente una apuesta por la energía renovable (léanse los comentarios del post, que los hay notables y muy bien documentados), el problema es de nuevo conferirle demasiado poder a los símbolos. Los símbolos conceptualizan y sintetizan realidades vastas, complejas; de algún modo las resumen, al igual que la palabra "vaca" resume nuestro conocimiento sobre las características de ese mamífero, resumen que ya no hace falta repetir porque nuestro oyente, que comparte nuestro código, ya conoce. El problema comienza cuando se pervierten los símbolos y se pretende hacer creer que tienen un contenido que no es real. Pensar que cualquier cosa que suene a inversión en energía renovable es correcto porque en este momento de escasez energética lo que necesitamos son medios renovables es engañarse, y mucho; esas ideas pueden acabar siendo los coletazos mortales de una sociedad industrial que no es capaz de reponerse a la llegada del Peak Oil. No basta con invertir en energías renovables, hay que hacerlo con sentido y con intención de resolver problemas, no de agravarlos dilapidando los escasos recursos que nos quedan. Puestos a abusar de los símbolos, me quedo con este otro interruptor, que se encuentra en un edificio de la Rambla:



En catalán el letrero dice "Apretar para olvidar"




Lástima que como con su hermano del Ayuntamiento el mecanismo del interruptor también haga tiempo que se perdió.

Salu2,
AMT

domingo, 3 de abril de 2011

Nuestra relación con la tecnología


Queridos lectores,

Debido a la incorporación de un creciente número de lectores de diversas procedencias al blog, y a la extensión que está cogiendo el mismo después de tan sólo un año, durante los últimos tiempos se está produciendo una discusión y rediscusión de conceptos de los que ya se había hablado en posts anteriores (aunque justo es reconocer que no siempre con la extensión que posiblemente requieren). Este proceso es normal, y no se puede culpar a los nuevos lectores de llegar a media discusión cuando justamente lo que se pretende es ir extendiendo ésta a toda la sociedad. Afortunadamente, una de las ventajas que tiene un sistema dinámico como es un blog es el de poder ir enlazando a conceptos discutidos con anterioridad sin tener que cortar el discurso actual; así, por ejemplo, cada vez que escribo por primera vez en un post la expresión "Peak Oil" suelo enlazar, como ahora, un artículo de la wikipedia que explica el concepto, o bien nuestro prontuario en la web del OCO (a falta, como me han hecho notar, de tener un texto de presentación más específico que espero poder redactar con calma un día de estos, Dios y mis compromisos mediante). Es por ello que animo encarecidamente a los lectores, aunque ello requiera muchos minutos de lectura, a permanecer atentos a las fracciones del texto marcadas con el color de hipervínculos, a seguirlos si el texto de enlace refiere a un concepto que les parezca importante, sea éste referido a los problemas de una sociedad completamente eléctrica, los problemas prácticos que plantea la separación entre lo factible y lo rentable, cómo resolver el dilema de si debemos reaccionar ya o no delante de la amenaza del Peak Oil, por qué la crisis actual no acabará nunca (dentro de nuestro paradigma, se entiende) o cómo podría sobrevenir el final de la economía o de la democracia (dejando al margen ensayos más pornográficos - y probablemente por eso más populares - sobre qué pinta tiene un colapso y cuál sería el peor escenario posible si todo conspirara en nuestra contra, nuestra estupidez incluida). Cada texto enlazado enlaza a su vez a otros, propios y ajenos, y al final hacerse una idea global puede requerir horas y horas de lectura, lo cual descorazona a muchos lectores que, malcriados por la sociedad del "todo ya", del impulso infantil, no conceden valor al esfuerzo y a la introspección. Sin embargo, ¿qué sentido tiene ponerse a discutir sobre temas complejos, pretendiendo que su solución vendrá de una idea que se nos ha ocurrido tras reflexionar sobre ello unos pocos minutos? Es probable que las soluciones obvias ya hayan sido analizadas y descartadas por muchas personas muy capaces que llevan años estudiando el tema, y aunque eso no impide que una ocurrencia personal y súbita pueda tener valor, antes de lanzarse a porfiar sobre sus méritos es mejor hacer un poco de búsqueda bibliográfica y ver si ya fue analizada y qué problemas se han identificado hasta la fecha en su detrimento. Cuando uno hace ese esfuerzo de análisis técnico muchas veces se acaba dando cuenta de que no exite una conspiración entre políticos corruptos y corporaciones satánicas para destruir el mundo (con ellos dentro, tal es su maldad que no les importa irse también al garete), sino que simplemente las leyes de la Física, con la Termodinámica como brazo ejecutor, están impidiendo milagros como el motor de agua o el aprovechamiento de la energía del punto cero, y están limitando severamente la implementación de Reactores Reproductores Rápidos y el aprovechamiento del torio que tendrían que llevarnos a una era de renacimiento nuclear (y eso sin contar que no es electricidad lo que más necesitamos, sino los otros usos de la energía).

Comienza a haber en la sociedad una percepción creciente de que la crisis económica en la que estamos inmersos va para largo (esto es lo primero que me dijo el taxista que me llevó el viernes a la estación de Madrid-Chamartín), e incluso algunos barruntan que de hecho no puede acabar. Algunos menos también empiezan a intuir que la escasez de energía es la pieza clave en este puzzle, en parte porque casi sin querer los medios de comunicación mainstream van sacando más noticias sobre el tema, relacionadas mayoritariamente con la necesidad de economizar energía o de buscar nuevas fuentes. Esa preocupación societaria todavía un poco amodorrada que está posiblemente trayendo algunos nuevos lectores aquí hace que en seguida muchos de ellos, todavía infectados por el pensamiento mágico del tecnooptimismo que domina nuestra sociedad, reaccionen delante de las desagradables conclusiones que emergen de algunos análisis aquí presentados y se lancen al contraataque, intentando más imponer que demostrar que existen muchas soluciones que en nuestro derrotismo (en ocasiones se insinúa "ecologeta") no hemos considerado. Esta reacción también la encuentro normal, porque uno de los vicios del partidismo instalado en nuestro sistema político lleva a ver siempre que por encima de las razones ponderadas existe un interés "de partido" y que no existen argumentos universales, sino afiliación a la opción A o a la B, sin posibilidad de no alineación (y alienación). Por tanto, todos los argumentos que se presentan en una discusión (y no sólo aquí, en todas partes) siempre son sospechosos, y nunca verdaderamente objetivos. Y es curioso ver cómo todo el mundo se lanza a proponer tal o cual opción, sin primero plantearse si realmente entiende una pregunta que ya fue respondida aquí: qué es la energía.

Tenemos una curiosa relación con nuestra tecnología. El hombre de campo de hace cien o doscientos años no necesitaba grandes estudios para comprender la tecnología que le rodeaba. Tenía la azada, a la cual se le daba la forma curvada adecuada para penetrara mejor y removiera la tierra de forma adecuada. Tenía el molino que trituraba la simiente o exprimía la aceituna. Tenía la rueca para hilar, la vela para iluminar, el lápiz o la pluma para escribir los pocos que sabían hacerlo. Todos los objetos que usaba en su día a día tenían una función precisa y un mecanismo trivial, donde sólo cabía mejorar la eficiencia a través de un diseño más optimizado. Sin embargo, nosotros nos movemos en un mundo en el nuestra comprensión de la tecnología cotidiana es limitada o nula. Usamos ordenadores para escribir o leer estos escritos, pero no entendemos el funcionamiento de su circuitería, ni tan siquiera conocemos cómo funciona el monitor donde aparecen. Llamamos por teléfonos móviles que son capaces de negociar rápidamente con las antenas cercanas su ancho de banda para la transmisión de nuestra voz y nuestros datos. Conducimos coches que no seríamos capaces de reparar, aunque tuviéramos las herramientas, si se averiasen. Nuesto día a día está lleno de magia, de una suspensión de la capacidad crítica de preguntarse: "¿y cómo funcionará esto?". Esta suspensión del razonamiento crítico llega al paroxismo cuando contemplamos o nos explican el funcionamiento de nuestras grandes instalaciones: desde las estaciones de transformación hasta una central eléctrica, desde un avión hasta los barcos y los trenes. Nuestra vida está llena de cosas que funcionan sin que sepamos por qué. Y encima son muy eficientes. Esta gran eficiencia, unida al halo de misterio que siempre envuelve a la tecnología, nos llena de asombro y nos deleita, pero produce un efecto perverso: renunciamos a nuestra reponsabilidad sobre la ejecución de la tecnología, delegamos de manera absoluta nuestra supervisión a otras personas, siempre no identificadas y en ocasiones de hecho inexistentes. Y las consecuencias de tal actitud pueden ser catastróficas.

Hace unas semanas, todavía era invierno, iba en el tren hacia mi lugar de trabajo. En un momento alcé la vista y vi la imagen con la que abro este post. En el monitor del interior del vagón se mostraba la hora, el destino, un rótulo rodante con las estaciones en las que teníamos que pasar y la temperatura en el exterior del tren. Como siempre. Sin embargo algo llamó mi atención y me hizo sonreir. "Vaya", pensé, "parece que hoy sí que hace frío". El monitor mostraba una temperatura de -47 grados centígrados. Obviamente, a pesar de lo intempestivo de la hora en el Alt Empordà no sufrimos temperaturas tan gélidas en ningún momento del año; simplemente, el sensor de temperatura exterior daba una lectura errónea, quizá porque se habría estropeado, o porque estaba sucio o cubierto de hielo. Quizá la lectura era correcta y lo que funcionaba mal era la transmisión. La verdad es que no tengo ni idea de qué era exactamente lo que estaba fallando, porque lo desconozco todo sobre la tecnología que la compañía de trenes RENFE utiliza para medir la temperatura exterior, lo único que puedo saber a ciencia cierta es que el dato era completamente erróneo; fuera estaríamos quizá a cero grados, pero a -47...

Este fallo anecdótico en el monitor revela muchas cosas sobre nuestra actitud hacia la tecnología. De entrada, el que diseño el sistema no consideró importante implementar una revisión de los valores registrados, de modo que si la lectura fuera considerada muy errónea no fuese volcada en la pantalla; al fin y al cabo, ese dato se ofrece como cortesía para el viajero, y no importa demasiado si está mal. En suma, la persona en la que hemos confiado para que diseñe el sistema que nos proveerá el dato no ha creído importante prevenirnos en contra de ese por lo demás inocuo error. Por otro lado, esta misma persona no ha considerado que el fallo fuese digno de ser reportado para su análisis y corrección (viajé varios días en trenes que daban ese valor erróneo, no sé si siempre fue el mismo tren). Esto es menos inocuo, porque los problemas del sensor de temperatura pudieran ser síntomas de algo más grave, particularmente si el fallo se produce por un error en el subsistema de transmisión, que pudiera tener luego otros fallos más importantes; por ejemplo, al anunciar las estaciones de parada, cosa que por cierto efectivamente suele fallar y ya es menos inocuo. Por otra parte, la empresa que fabrica el sistema defectuoso seguramente reciclará la tecnología empleada y la venderá para multitud de otras aplicaciones, y en algunos casos el error de funcionamiento puede causar problemas de mayor importancia; y justamente no me extrañaría encontrarme que para publicitar su eficacia esta compañía se jactase de tener a RENFE como cliente que le encarga y sigue encargando estos dispositivos.


Lo curioso es que como usuario asiduo que soy de RENFE puedo reportar un sinnúmero de fallos que suelen producirse, sobre todo en el material rodante más reciente, el cual introdujeron hace menos de dos años. Calefacción/aire acondicionado excesivos o inexistentes, cubiertas que se desencajan y dejan a la vista amasijos de cables, retretes que echan agua, puertas que no se abren... pequeños detalles sin mucha importancia, hasta que en el verano de 2009 se dieron todos ellos a la vez, un día que la catenaria había caído y el tren, que salió con 3 horas de retraso, llevaba tres o cuatro veces su pasaje normal en una tórrida tarde de Agosto con 40 grados centígrados en los andenes de Barcelona Sants. Al llegar a cada estación el maquinista se tenía que bajar del tren para volver a encajar una puerta que no cerraba sola... Afortunadamente, nadie se cayó del tren, éste no descarriló y a nadie le dio una lipotimia; pero a mi me dio mucho qué pensar. Los que íbamos en aquel tren (que poco después fue retirado para dar paso a los nuevos convoyes, que han empezado a hacer aguas antes que los antiguos) habíamos delegado nuestra responsabilidad a "ellos", los que se ocupan de las cosas, y asumimos que no nos podía pasar nada malo ya que nunca permitirían que nada malo pasara. La verdad es que podían haber pasado muchas cosas bastante desagradables que se evitaron gracias entre otros motivos a la pericia del maquinista (que evitaba dar acelerones o frenazos bruscos, aunque eso implicara ir más lento en algunos momentos).


El problema que tiene la tecnología es que nos mueve a ponernos en situaciones en las que nuestro instinto de animal nos dice que salgamos corriendo, que huyamos, mientras que nuestra razón de adultos nos dice: "no seas crío, no hay nada de qué preocuparse, lo tienen todo calculado". El problema, como observo en los trenes de RENFE y en otros muchos contextos, es que con la degradación económica se está primando más que nunca la reducción de los costes por encima de cualquier otra consideración. ¿O no fue en suma la reducción de costes lo que llevó al pésimo diseño de la central nuclear Fukushima que agravó los problemas del terremoto y ulterior tsunami? Y nuestra ciega fe en esa tecnología que no comprendemos, de la que no sabemos si está actuando correcta o erróneamente porque no sabemos qué hace, esa fe en la que nos han adoctrinado, hace que en vez de huir nos concentremos en el peor lugar posible, aumentando inimaginablemente los estragos humanos producidos. Si no entendemos que la tecnología es un fruto humano y que como tal está expuesta a los condicionantes que atormentan a los humanos, comenzando por la penuria económica y terminando por la impericia y la mezquindad, entonces estamos tontamente aumentando nuestra exposición al riesgo.


Reflexión hoy que el Brent está ya a 119$ por barril: ¿son los técnicos al cargo competentes y responsables para abordar el peligro que supone el Peak Oil? ¿Podemos fiarnos de sus criterios técnicos? ¿Seguirlos como borregos no nos lleva también al matadero del fallo técnico "imprevisto" pero previsible?


Salu2,
AMT