Queridos lectores,
Últimamente mi hija se ha aficionado a ver una serie de dibujos animados que se llama "Phineas y Ferb" (en realidad en casa la única que ve la tele es ella). Se emite en un conocido canal de entretenimiento infantil, y tiene la virtud de incluir guiños divertidos -sin necesidad de ser picantes o escabrosos- a los adultos que seguramente están acompañando a los niños. Buena estrategia, por cierto, porque así al final los padres fomentan que sus hijos vean aquellas series que también son divertidas para ellos. En fin, el argumento de esta serie es bastante simple: en los suburbios de Nueva York y mientras sus padres están fuera de casa dos hermanastros ocupan el verano en construir los más inverosímiles y grandiosos artilugios (una montaña rusa que atraviesa la ciudad, un cohete espacial,...) mientras que su hermana mayor trata en vano de delatarles delante de su madre - fracasando siempre porque las creaciones de sus hermanos, no importa cómo sean de colosales, siempre desaparecen, generalmente como resultado de una trama paralela que enfrenta a un malvado científico y la mascota de la familia (inverosímilmente, un ornitorrinco) que es en realidad un agente secreto. La serie, por supuesto, es muy fantasiosa y la construcción del día es una excusa para desarrollar una trama ingeniosa y divertida. Sin embargo, esta serie en particular ilustra mejor que ninguna otra el grave problema de comprensión de la naturaleza que tiene nuestra sociedad.
El trasfondo de la serie es que dos chavales de los suburbios, ingeniosos y decididos, pueden ejecutar en un tiempo récord cualquier proyecto que les venga en gana, no importa cuán desmesurado sea. Está, por supuesto, la cuestión del dinero (la acción suele comenzar con la descarga de varios camiones y la típica frase gancho), pero se sobreentiende que los chicos, fruto de sus inventos anteriores, posiblemente dispondrán de grandes fondos, aunque en realidad se suele hablar poco de dinero en esta serie que, no olvidemos, es para niños. Por supuesto que es una licencia para hacer más ágil la narrativa de cada capítulo (que dura sólo 12 minutos, así que entenderán la premura). Sin embargo, es ése tipo de programa el que sirve para prefigurar los arquetipos que configuran la narrativa de la sociedad, y es lo que explica por qué nos encontramos tan a menudo con actitudes tan cerriles de tecnooptimismo.
La razón de fondo de la imposibilidad de hacer lo que consiguen los dos chavales americanos en un día no es el elevado coste económico de tal montaje (el cual la mayoría de la gente no sabría no ya cuantificar sino estimar su orden de magnitud) sino el coste energético de la proeza. Aquí hay dos dimensiones a tener en cuenta. Por un lado, la material: cuanto más acero, madera, tornillos, remaches, cristal, etc que se requieran se necesitará consumir la energía de transportarlos (ya no entraremos aquí en la que se necesita para extraer las materias primas y procesarlas), colocarlos y fijarlos. Pero hay también otra dimensión, la temporal. Y es que la cantidad de energía necesaria aumenta a medida que disminuye el tiempo requerido para la construcción. Aquí de nuevo interviene el factor entropía: como ya explicamos en el post dedicado a esa magnitud física, a medida que la temperatura de un sistema aumenta se hace más probable que nos desviemos del estado concreto al cual queremos converger. Usamos aquí "temperatura" en un sentido lato, queriendo decir tanto agitación térmica como también los movimientos mecánicos que no van en la dirección de la creación o mantenimiento del sistema objetivo (como los balonazos que deformaban las rejas del patio del colegio en aquel post). La cuestión es que el trabajo de Phineas y Ferb no requiere sólo de una gran energía, pero también de una gran potencia (ya que la tarea tiene que concluir en una mañana), y más potencia implica más entropía: piensen simplemente que si vamos aumentando el número de camiones que entran y salen, aparte de que se obstaculicen unos a otros, haremos cada vez más probable que choquen. Así pues, al aumentar la potencia necesitamos consumir aún más energía ya sea para compensar los desperfectos que pueda causar este consumo acelerado o bien para establecer más mecanismos de control y maquinaria sofisticada para hacer más difícil esa dispersión. El crecimiento de la cantidad de energía necesaria para ejecutar una tarea en menos tiempo va mucho más deprisa de lo que se acorta el plazo para ejecutar la obra: piensen, por ejemplo, en la montaña rusa que montan en el primer episodio, que cruza toda la ciudad: incluso desplegando un ejército de hombres y maquinaria sería imposible, con nuestros medios de hoy en día, ejecutar tal proeza, y sólo podría conseguirse si prácticamente cada palmo de la instalación fuese adjudicado a una cuadrilla y ésta trabajase con tal grado de precisión que el empalme de su parte con la de los otros fuese perfecta y al mismo tiempo sus máquinas no estorbasen a las de los demás.
Es obvio que la serie no quiere ni tiene por qué hilar tan fino, pero, como digo, ilustra bien los males de nuestra sociedad. Porque la energía es algo completamente transparente a la sociedad. No vemos el jardín de Phineas y Fer ocupado por gigantescas cubas de combustible que habrían de proveer toda la maquinaria pesada que tendrían que operar. No vemos las decenas de grúas que se tendrían que usar para levantar todos esos pesos, o los centenares de excavadoras que se requerirían para explanar el terreno. En aras del espectáculo se obvia la prosaica necesidad de los medios materiales que se requieren.
La energía es un fluido mágico e invisible que sirve para moverlo todo, sin el cual nada funcionaría y sin embargo tenemos tan interiorizada su disponibilidad ilimitada y a buen precio que no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestras expectativas dependen de que se mantenga tal estado de cosas. Cuando comenzamos a hablar de los problemas de la energía con alguien desinformado es común que la persona evoque la "solución energética" más de su gusto, ya sea nuclear de fusión o fisión, las energías renovables en su conjunto o alguna opción en particular, la economía del hidrógeno o los biocombustibles. Tal "solución" es esencialmente la promesa de que un determinado desarrollo de laboratorio, que al decir de tal o cual diario generalista ha sido un éxito, acabará llevándonos al lógico El Dorado de la energía sin límites. Dejando al margen la cuestión de que el consumo de energía simplemente no puede crecer sin cesar en un planeta finito, está la cuestión no menor de que todos esos ensayos de laboratorio suelen asumir la abundancia energética bien directamente (por la energía que consume el propio proceso de fabricación) o indirectamente (por la abundancia de determinadas materias primas que en realidad sólo son explotables gracias al petróleo barato - ya discutimos el caso del neodimio como un ejemplo más de la acallada guerra por las tierras raras). De algún modo los autores reconocen el bajo rendimiento energético de su solución (medido por la Tasa de Retorno Energético o TRE) cuando dicen que su tecnología aún no es rentable, que sale demasiado cara (recordemos que la rentabilidad económica siempre es menor que la energética). Por supuesto los esforzados investigadores esperan que el progreso tecnológico vaya abaratando costes, pero aquí de nuevo el acento se pone en la cuestión económica y no en la energética, y así el desarrollo tecnológico tiende como norma general a disminuir la TRE, no a aumentarla. En definitiva, ni siquiera los investigadores que trabajan en este tipo de problemas suelen ser conscientes que parten de la premisa de que la energía es abundante y barata, lo cual hace dramáticamente inútiles sus propuestas de cara al futuro que se nos plantea.
Tenemos que entender una cosa: la tecnología no es un sustituto de la energía. Con la tecnología podemos hacer un mejor aprovechamiento de la energía, pero tal mejora tiene límites que se suelen encontrar más pronto que tarde (hace poco hemos discutido los de las máquinas térmicas, y otros límites similares aquejan a las demás tecnologías, ya sea nuclear, eólica o fotovoltaica, por poner tres ejemplos). Cuando se constata este problema, una de las respuestas usuales es comparar el progreso en tecnología energética al progreso en tecnología informática: si en tan poco tiempo hemos podido progresar tanto a nivel de computación, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo con la energía? Se trata de un caso más de extrapolación excesiva, y es que si se mira bien las tecnologías energéticas son hoy en día poco más sofisticadas de lo que lo eran hace un siglo La generación eléctrica en las plantas térmicas, independientemente de la tecnología, consiste en hacer hervir una olla de agua para que el vapor resultante mueva una turbina, y eso es así aún cuando el combustible usado sea nuclear (en cierta ocasión, en un discurso sobre los retos de la energía del futuro, el Secretario de Estado de Energía de los EE.UU., Steven Chu, dijo que si Thomas Alva Edison reviviera sería capaz de reconocer una central eléctrica). En suma, que el discurso de progreso tecnológico imparable basado en el ingenio a la Phineas y Ferb no es válido en muchos casos, y en particular en el caso de las tecnologías energéticas. En otros casos, el optimista de turno pone sobre la mesa los buenos números de rendimiento de una determinada fuente de energía, asumiendo así que es eficiente. Sin embargo, el cálculo de la TRE engloba todo el ciclo de vida de la fuente en cuestión, y la inclusión de materiales raros que hacen más eficiente un aerogenerador o una central nuclear puede conseguir aumentar la energía generada en la operación, pero a costa de consumir más energía que la de esa ganancia simplemente para producir esa materia prima crítica de la nueva tecnología. De nuevo, sin hacer un cálculo de TRE no es posible saber si la tecnología sale realmente rentable en términos energéticos. Tendemos a pensar, por último, que es normal y fácil tener planchas de acero y lingotes de aluminio, tanto cemento y cables de cobre como queramos y así con tantas materias primas de uso industrial. Sin embargo, en el progresivo marasmo económico en el que estamos cayendo esos materiales se venderán menos, se cerrarán fábricas, la producción disminuirá y por tanto se encarecerá, hasta el punto que algunas nuevas tecnologías propuestas no serán ya rentables. Sin un consumo a escala masiva muchos de nuestros proyectos de futuro simplemente no tienen sentido porque dejan de aprovechar los beneficios de la economía de escala.
En suma, asumimos que la tecnología salvará cualquier obstáculo, siendo igual las limitaciones de la energía. A crear esta visión han contribuido mucho los economistas, que han desarrollado una bella teoría sobre la utilización de los recursos que, por supuesto, no incorpora límites. De hecho no deja de ser chocante que cuando se discute sobre las limitaciones energéticas de nuestro futuro los primeros que te empiezan a hablar de soluciones tecnológicas maravillosas aunque no las comprendan son los economistas. Todo antes de aceptar que hay límites, que no sólo de ingenio industrial se vive, que la economía no puede crecer siempre, y que esta crisis no acabará nunca.
Salu2,
AMT
Es obvio que la serie no quiere ni tiene por qué hilar tan fino, pero, como digo, ilustra bien los males de nuestra sociedad. Porque la energía es algo completamente transparente a la sociedad. No vemos el jardín de Phineas y Fer ocupado por gigantescas cubas de combustible que habrían de proveer toda la maquinaria pesada que tendrían que operar. No vemos las decenas de grúas que se tendrían que usar para levantar todos esos pesos, o los centenares de excavadoras que se requerirían para explanar el terreno. En aras del espectáculo se obvia la prosaica necesidad de los medios materiales que se requieren.
La energía es un fluido mágico e invisible que sirve para moverlo todo, sin el cual nada funcionaría y sin embargo tenemos tan interiorizada su disponibilidad ilimitada y a buen precio que no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestras expectativas dependen de que se mantenga tal estado de cosas. Cuando comenzamos a hablar de los problemas de la energía con alguien desinformado es común que la persona evoque la "solución energética" más de su gusto, ya sea nuclear de fusión o fisión, las energías renovables en su conjunto o alguna opción en particular, la economía del hidrógeno o los biocombustibles. Tal "solución" es esencialmente la promesa de que un determinado desarrollo de laboratorio, que al decir de tal o cual diario generalista ha sido un éxito, acabará llevándonos al lógico El Dorado de la energía sin límites. Dejando al margen la cuestión de que el consumo de energía simplemente no puede crecer sin cesar en un planeta finito, está la cuestión no menor de que todos esos ensayos de laboratorio suelen asumir la abundancia energética bien directamente (por la energía que consume el propio proceso de fabricación) o indirectamente (por la abundancia de determinadas materias primas que en realidad sólo son explotables gracias al petróleo barato - ya discutimos el caso del neodimio como un ejemplo más de la acallada guerra por las tierras raras). De algún modo los autores reconocen el bajo rendimiento energético de su solución (medido por la Tasa de Retorno Energético o TRE) cuando dicen que su tecnología aún no es rentable, que sale demasiado cara (recordemos que la rentabilidad económica siempre es menor que la energética). Por supuesto los esforzados investigadores esperan que el progreso tecnológico vaya abaratando costes, pero aquí de nuevo el acento se pone en la cuestión económica y no en la energética, y así el desarrollo tecnológico tiende como norma general a disminuir la TRE, no a aumentarla. En definitiva, ni siquiera los investigadores que trabajan en este tipo de problemas suelen ser conscientes que parten de la premisa de que la energía es abundante y barata, lo cual hace dramáticamente inútiles sus propuestas de cara al futuro que se nos plantea.
Tenemos que entender una cosa: la tecnología no es un sustituto de la energía. Con la tecnología podemos hacer un mejor aprovechamiento de la energía, pero tal mejora tiene límites que se suelen encontrar más pronto que tarde (hace poco hemos discutido los de las máquinas térmicas, y otros límites similares aquejan a las demás tecnologías, ya sea nuclear, eólica o fotovoltaica, por poner tres ejemplos). Cuando se constata este problema, una de las respuestas usuales es comparar el progreso en tecnología energética al progreso en tecnología informática: si en tan poco tiempo hemos podido progresar tanto a nivel de computación, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo con la energía? Se trata de un caso más de extrapolación excesiva, y es que si se mira bien las tecnologías energéticas son hoy en día poco más sofisticadas de lo que lo eran hace un siglo La generación eléctrica en las plantas térmicas, independientemente de la tecnología, consiste en hacer hervir una olla de agua para que el vapor resultante mueva una turbina, y eso es así aún cuando el combustible usado sea nuclear (en cierta ocasión, en un discurso sobre los retos de la energía del futuro, el Secretario de Estado de Energía de los EE.UU., Steven Chu, dijo que si Thomas Alva Edison reviviera sería capaz de reconocer una central eléctrica). En suma, que el discurso de progreso tecnológico imparable basado en el ingenio a la Phineas y Ferb no es válido en muchos casos, y en particular en el caso de las tecnologías energéticas. En otros casos, el optimista de turno pone sobre la mesa los buenos números de rendimiento de una determinada fuente de energía, asumiendo así que es eficiente. Sin embargo, el cálculo de la TRE engloba todo el ciclo de vida de la fuente en cuestión, y la inclusión de materiales raros que hacen más eficiente un aerogenerador o una central nuclear puede conseguir aumentar la energía generada en la operación, pero a costa de consumir más energía que la de esa ganancia simplemente para producir esa materia prima crítica de la nueva tecnología. De nuevo, sin hacer un cálculo de TRE no es posible saber si la tecnología sale realmente rentable en términos energéticos. Tendemos a pensar, por último, que es normal y fácil tener planchas de acero y lingotes de aluminio, tanto cemento y cables de cobre como queramos y así con tantas materias primas de uso industrial. Sin embargo, en el progresivo marasmo económico en el que estamos cayendo esos materiales se venderán menos, se cerrarán fábricas, la producción disminuirá y por tanto se encarecerá, hasta el punto que algunas nuevas tecnologías propuestas no serán ya rentables. Sin un consumo a escala masiva muchos de nuestros proyectos de futuro simplemente no tienen sentido porque dejan de aprovechar los beneficios de la economía de escala.
En suma, asumimos que la tecnología salvará cualquier obstáculo, siendo igual las limitaciones de la energía. A crear esta visión han contribuido mucho los economistas, que han desarrollado una bella teoría sobre la utilización de los recursos que, por supuesto, no incorpora límites. De hecho no deja de ser chocante que cuando se discute sobre las limitaciones energéticas de nuestro futuro los primeros que te empiezan a hablar de soluciones tecnológicas maravillosas aunque no las comprendan son los economistas. Todo antes de aceptar que hay límites, que no sólo de ingenio industrial se vive, que la economía no puede crecer siempre, y que esta crisis no acabará nunca.
Salu2,
AMT

