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domingo, 6 de abril de 2025

Crónicas de La Caída - Abril de 2025


Queridos lectores:

En vista del curso de los acontecimientos que se están sucediendo a escala global, inauguro con este post lo que me temo que acabará siendo una serie de ellos, con capítulos de regularidad seguramente arbitraria y que se irán extendiendo a lo largo de los próximos años. La temática de todos estos posts será ir haciendo un retrato de los procesos que van a llevar a nuestra sociedad al proceso irreversible de descenso energético y material que sabíamos que era inevitable por razones geológicas, pero que probablemente se va a ver acelerado en algunos momentos por las decisiones políticas. Para mi es muy difícil decir si acelerar el proceso de descenso energético y material es algo bueno o malo: por un lado, es positivo por la disminución de los problemas ambientales y porque deja disponibles recursos que pueden hacer más y mejor falta después; pero por el otro, acelerar el descenso va a comportar problemas sociales muy graves que si no son bien gestionados pueden acabar siendo peores aún, incluso causar el colapso de algunas sociedades. A este complejo proceso, en el que nos moveremos entre el colapso y la adaptación, es a lo que he denominado (a falta de mejor ingenio a estas horas del día) La Caída.

Pero vayamos con las cuestiones del momento.

La atención de los medios de comunicación occidentales está centrada en los nuevos aranceles que acaba de aprobar la administración Trump. Aranceles para los que Trump y los suyos han buscado grotescas e inverosímiles explicaciones, pero la realidad de los cuales es mucho más prosaica, como de hecho ha quedado claro en algunas declaraciones de miembros de su gabinete: el objetivo es reducir el déficit comercial de los EE.UU., idealmente hasta que sea cero. Es por eso que los aranceles son diferentes para cada país o región, ya que son proporcionales al déficit comercial que los EE.UU. tienen con cada uno de ellos si éste supera el 10%, y para los que están por debajo les impone un arancel mínimo del 10% (incluso a los países con los que tiene superávit). Hay algunas excepciones curiosas a estos aranceles universales, la más notable la de Rusia, con la excusa de que las sanciones aún en vigor han reducido el comercio estadounidense con los rusos a prácticamente cero - un ejercicio de hipocresía que muestra una vez más cómo Trump ha llegado a un acuerdo de mutua comprensión con Putin. Es también notable que en este cálculo se fijan solo en bienes tangibles, excluyendo los servicios, ya que estos últimos  arrojan una balanza positiva para los EE.UU. y diluirían los aranceles calculados.

Los efectos de esta aplicación universal de aranceles no se han hecho esperar. EE.UU. es el mayor importador (y también el segundo mayor exportador) de mercancías del mundo, por un valor de 3,2 billones de dólares el año 2024. Una cifra más que considerable, dado que el comercio mundial representa unos 33 billones de dólares, de los cuales unos 24 billones son importaciones  de bienes tangibles. Por tanto, las importaciones de los Estados Unidos representan el 13% de todas las importaciones del mundo, y por eso mismo el impacto de estos aranceles universales por ese país va a tener un efecto devastador sobre la economía mundial. Algunos analistas apuntan a unas pérdidas en el comercio de alrededor de 1,6 billones de dólares, que es aproximadamente el superávit comercial global; pero es demasiado pronto para saber con certeza el efecto final, porque obviamente a los aranceles impuestos por EE.UU. habrá una respuesta de magnitud similar por parte de los países afectados.

De manera inmediata, aparte de hundir las bolsas, los aranceles van a provocar una gran inflación en los EE.UU., por lo menos en los bienes de importación, y por diversos efectos dicha inflación podría contagiarse al resto del mundo. Al tiempo, va a producirse un descenso generalizado de la actividad económica en todo el mundo, y eso va a llevar a una considerable reducción del consumo de materias primas y, por tanto, caídas notables en el precio de las mismas y particularmente en el de la energía (como se está viendo ahora mismo con la caída del precio del petróleo). Sin embargo, la carestía de los bienes de consumo y la más que probable desinversión en nuevos yacimientos (o inclusive en mantenimiento de los actuales) van a originar que la producción de petróleo y otras materias primas que están empezando sus curvas de descenso (uranio, cobre, plata) aceleren su caída productiva. Eso quiere decir que en un plazo de unos meses, un par de años a lo sumo, lo que vamos a ver es lo contrario: que el precio de las materias primas repuntará con fuerza.

El objetivo para nada disimulado de estos aranceles que ha implantado Donald Trump es conseguir la relocalización en tierras estadounidenses de las fábricas que marcharon hacia la China y otros lugares con mano de obra más barata. Lo cual, como han señalado algunos analistas, es un poco absurdo, no solo por el tema de la competitividad económica, sino porque los EE.UU. pretenden ser una potencia exportadora y al mismo tiempo mantener al dólar como divisa de reserva (esto es, como moneda de uso obligatorio en todo el planeta para la adquisición de algunos bienes, como por ejemplo el petróleo). Obviamente, hacer las dos cosas  a la vez es claramente contradictorio: si los EE.UU. tuvieran superávit comercial, eso querría decir que sus compradores tendrían que gastar sus dólares para comprar los bienes americanos y por tanto no lo tendrían para la adquisición de materias primas que se denominan en dólares. Para los EE.UU., que el dólar sea moneda de reserva les beneficia porque les permite financiar sus déficits (simplemente imprimiendo más) y exportar la inflación. Pero el coste de esos privilegios es la desindustrialización y un déficit constante en la balanza comercial. A la administración Trump le preocupa sobre todo lo primero, porque hace su país más dependiente del exterior y con menos empleos de media y baja cualificación para mantener empleada a la masa de su clase media.

¿Cómo cuadrar entonces el círculo de querer reindustrializarse y al tiempo conservar el privilegio de contar con la divisa de reserva? La administración Trump ya ha pensado en eso también, pues son conscientes de la contradicción en términos: según dicen, estarían dispuestos a rebajar los aranceles si los beneficios comerciales de los otros países se utilizan en inversiones productivas en los EE.UU. Es una solución perfecta para los EE.UU., pero desgraciadamente desde el punto de vista del resto del mundo rima bastante bien con extorsión.

Obviamente el plan de Trump puede fracasar ya que  tiene enormes riesgos, entre otros que la nueva situación fuerce a los BRICS a acelerar su plan de establecer una divisa comercial alternativa, y también que el comercio mundial se reconfigure dejando bastante al margen a los EE.UU. Por lo pronto, eso sí, el Día de la Liberación Económica norteamericano nos envía a una recesión económica de caballo a nivel mundial. En la desorientada Europa, la combinación de la imposición americana con el inmoral y desnortado plan de rearme puede ser económicamente mortal. Europa corre un riesgo existencial y podría acabar disgregándose por culpa de la agitación social que puede emerger en medio de este caos. De esta caída. De La Caída.

Muchas otras cosas están teniendo lugar, al margen de las maquinaciones y evoluciones de Trump y los suyos. En este momento hay una profunda crisis de combustibles que está afectando a América Latina y a África. ¿La razón? La dificultad de mantener la producción de diésel, como sabemos. A la espera de la nueva edición del tradicional post sobre el pico del diésel, he tomado los datos de la Joint Oil Data Initiative y replicado la gráfica de los valores mensuales de diésel y gasoil producido por las refinerías del mundo (a partir de abril de 2023 no hay datos de Rusia, así que uso como valor constante 1,7 millones de barriles diarios para ese país, que está en la franja alta de variación de su producción en los últimos años). La gráfica resultante (hasta diciembre de 2024) es la siguiente:

 


Como pueden comprobar, después del bache de la COVID la gráfica recupera la tendencia decreciente que comenzó ya en 2018, con fuertes variaciones mensuales pero con un comportamiento tendencial fuertemente decreciente, situándose en la actualidad alrededor de un 12% por debajo de los máximo de producción del período meseta que se extendió de 2015 a 2017. Este faltante de diésel no se está distribuyendo homogéneamente entre todos los países del planeta, y así, mientas en la UE no falta diésel, su escasez es particularmente aguda ahora mismo en Bolivia, y en ese país está afectando gravemente al transporte por carretera y a la minería, y en última instancia a la producción y distribución de alimentos: los problemas de desabastecimiento son tan graves en ciertos departamentos que han llevado a muchas personas a emigrar a Perú. No solo es Bolivia: los problemas de carestía e incluso escasez de van repitiendo por toda la región, con mayor o menor intensidad: Colombia, Venezuela, Cuba e incluso en algunos momentos en Argentina. El problema también es bastante grave y generalizado en África: Nigeria, Níger, Sudáfrica, Malawi, Zambia, Mozambique... En muchos casos, la escasez de combustible se ve acompañada con cortes del suministro eléctrico, por el recurso que se hace en algunos países a la electricidad generada consumiendo diésel y fueloil. Por si todo lo anterior fuera poco, la recurrencia de eventos extremos, con intensidades y frecuencias de repetición nunca antes vistas, está asolando medio mundo y exacerbando la penuria de zonas ya afectadas por los otros problemas (por ejemplo, las lluvias torrenciales en Bolivia). Rara es la semana en la que no se produce un gran evento de ámbito regional, desde la cadena de tornados que sacude en este momento los estados centrales de EE.UU. o las inundaciones récord en el centro del país, hasta las olas de calor (en Brasil o en Rusia, por ejemplo), pasando por la formación de borrascas completamente anómalas. Ahora mismo, por ejemplo, el vórtice polar amenaza con desplazarse a Europa Oriental y podría matar a los árboles que están comenzando su floración primaveral. El clima está entrando en una situación caótica, mientras la temperatura media del planeta no baja de los +1,7ºC con respecto a la media preindustrial. Pero nadie habla de este caos, ya que todo la atención está centrada en las decisiones de unos pocos hombres al otro lado del Atlántico. De hecho, muchas de estas otras noticias, que pueden desencadenar procesos de escasez que marcarán los próximos años, están pasando completamente desapercibidos. Y, lo que es peor, no se toman medidas efectivas para adaptarnos a ellos o mitigarlos.

La gran ironía de la situación actual es que el plan arancelario de Trump, con su efecto devastador sobre el comercio mundial, va a originar sin duda una disminución de la degradación ambiental, comenzando por una reducción del consumo de combustibles fósiles. Ésas son las paradojas de La Caída. 

En todo caso, prepárense, porque las próximas semanas y meses prometen ser moviditos. Nos veremos por aquí.

Salu2.

AMT

jueves, 10 de noviembre de 2016

El colapso social



Queridos lectores,

Había pensado inicialmente titular este post "Causas y consecuencias de la victoria de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses: la perspectiva energética", para dar una cierta continuidad a los posts que en su día escribí sobre Grecia y el Reino Unido. Sin embargo, creo que será más interesante hacer que este artículo verse sobre un fenómeno de alcance mucho más global. Pero antes de pasar a esa escala, analicemos qué ha sucedido en EE.UU.

Como saben, el candidato republicano Donald Trump ha ganado las elecciones presidenciales de 2016 en los EE.UU., pasando muy por delante de la candidata demócrata Hillary Clinton. La victoria es tan abultada (a la hora que esto escribo, Trump se asegura 290 de los votos electorales, frente a los 228 se su contrincante, aunque el porcentaje de voto sea muy similar y de hecho ligeramente mayor para Clinton) que parece mentira que no se reflejara en las encuestas. La campaña electoral ha sido terriblemente atípica: la nominación de Trump fue ya sorpresiva y levantó ampollas, pero la victoria en las primarias del tupé más famoso del mundo después del de Tintín fue clara. Sin embargo, en las últimas semanas la campaña se había vuelto auténticamente esperpéntica, con muchos episodios de guerra sucia. Por el lado de Trump, se aireó convenientemente comentarios del Sr. Trump de hace más de 10 años, comentarios tremendamente desagradables y denigrantes pero que eran bien conocidos (se grabaron en un programa de radio, aunque no fueran emitidos); por el lado de Clinton, los problemas asociados a la filtración de sus emails y algunos wikileaks comprometedores, que mostraban una personalidad prepotente y con ciertos rasgos psicopáticos. A pesar de la enorme asimetría entre unas y otras acusaciones (que Trump es un grosero y un zafio, aparte de un ególatra, es algo conocido desde el principio, en tanto que las acusaciones sobre Clinton eran mucho más graves y fundadas), muchas voces en el partido republicano presionaron para que Trump renunciara, e incluso aceptaban la inevitable derrota frente a Clinton. Dada la negativa de éste a renunciar, las encuestas de los principales medios anunciaban una holgada victoria de la Clinton, que al final se ha acabado convirtiendo en una holgada derrota. ¿Qué ha pasado aquí?

A posteriori el análisis es simple, pues el fenómeno lleva meses de recorrido y quién ha querido verlo lo había visto desde hacía mucho tiempo (vean, por ejemplo, este lúcido análisis de John Michael Greer de enero pasado).  La cosa parece clara: la mayoría de los trabajadores de los EE.UU. no se están beneficiando de la tan cacareada recuperación económica, sino más bien al contrario: cada vez viven peor, con menos dinero y más penuria, y la amenaza constante de quedarse en el paro. De manera machacona los medios de comunicación repiten las consignas que recogen los puntos de vista de la élite del país, que allí como aquí culpabilizan a los excluidos por su exclusión mientras venden una fantasía según la cual los bravos y decididos "emprenden" y que si no nadas en la abundancia es culpa tuya. Tal sermón de los rectores de la Santa Iglesia del Perpetuo Crecimiento acaba siendo insultante para las humildes y honradas gentes que viven en el mundo real y trabajan de sol a sol para vivir en la frontera de la indigencia, cuando no por debajo de ella. Sobre todo porque, a la vista de todos, las élites se corrompen y aceptan favores, a cambio de desviar fondos públicos (fruto directo e indirecto del sudor de los trabajadores) para apuntalar grandes empresas que generan poco empleo y para pagar retribuciones obscenas a sus cuadros directivos, los cuales a menudo nutren y se nutren de la élite política. Y toda esa corrupción y desvíos de fondos pasa allí como pasa aquí, y en realidad en todo el mundo occidental. Así que la gran masa de trabajadores siente cada vez más resentimiento con unas élites cada vez más insensibles con su sufrimiento, y al final deciden optar por salirse de las opciones preestablecidas: en vez de optar por el mal A o el mal B, deciden escoger el mal C, que al igual que el A o el B será malo para ellos (lo cual no es novedad) pero también lo será para las élites, y ahí reside su atractivo. Si los votantes de EE.UU. han preferido a Donald Trump no es porque sean mayoritariamente misóginos o xenófobos; muchos lo serán, sin duda, pero lo que les atrae del discurso demagógico del Sr. Trump es la promesa de un futuro mejor; como mínimo, si no porque les dé algo mejor a ellos, porque les promete algo peor para las élites.

No cabe esperar que el Sr. Trump vaya a hacer algo significativamente diferente a lo que han hecho sus predecesores, entre otras cosas porque todo el entramado de poder de las élites no permite implementar fácilmente cambios sustanciales. En añadidura, la gran crisis global que lleva ya muchos meses gestándose acabará de explotar durante su mandato y su capacidad de maniobra será reducida, y bastante tendrá con evitar que la implosión económica se le lleve por delante. Donald Trump es tan sólo el síntoma de la enfermedad, y no su cura. Una enfermedad simple y comprensible: las clases trabajadoras se sienten cada vez menos representadas y más traicionadas por las élites tanto políticas como económicas. Y en tanto que los sistemas políticos occidentales continúen siendo democráticos es previsible una cada vez mayor desafección de las clases populares respecto al discurso y los intereses de la élite, y que vayan optando por opciones de voto cada vez más radicales y previsiblemente populistas.

Como decimos, el fenómeno es global: en todo el opulento mundo occidental vemos manifestaciones del creciente espacio que ocupan las opciones que se reclaman rupturistas con el sistema, que atacan de manera abierta a las élites ("la casta", se suele decir en España), y que propugnan un cambio radical de las relaciones económicas y sociales de modo que se pueda recuperar la prosperidad perdida, ese contrato social que favoreció, durante las décadas de expansión económica, el establecimiento del llamado "Estado del Bienestar". Y mientras no se produzca una vuelta al anterior status quo, la animadversión de las masas contra las élites será cada vez mayor y las soluciones que irán surgiendo serán cada vez más radicales y eventualmente violentas.

Aunque la configuración de un sistema social más igualitario y con un mejor reparto de la riqueza sin duda favorece la cohesión social, no es la desigualdad del reparto de la renta la que ha favorecido este cambio tan abrupto de la percepción social. Simplemente, porque la desigualdad del reparto de la renta siempre ha existido, en cualquier escala histórica que se quiera mirar, por lo menos desde la Edad Antigua. Lo que realmente ha cambiado es un descenso relativamente rápido desde unos niveles de renta bastante elevados para amplios estratos de la sociedad occidental. Ciertamente, los niveles actuales son aún más elevados que los que se disfrutaban en Occidente hace tan solo 4 ó 5 décadas, pero no venimos del vacío sino que tenemos un pasado. Y si nuestros padres y abuelos pudieron aceptar unas condiciones más precarias con la esperanza de conseguir una vida mejor para sus hijos, en la actualidad lo que se ofrece de manera poco disimulada son unas condiciones cada vez peores y menos garantizadas: ya comentamos que es mucho más difícil adaptarse a un mundo en decrecimiento que a uno en crecimiento. Si de golpe desapareciera toda la población occidental y fuera reemplazada por población de los denominados países emergentes, aceptarían la situación actual y la considerarían un privilegio, incluso sabiendo que el descenso era inevitable. Es justo esta generación criada en la fase creciente la que tiene más dificultades para aceptar el decrecimiento, sobre todo con el modelo de gestión que se propone desde la élite. Y es por eso que la batalla es aquí y ahora: la generación de nuestros hijos ya habrá crecido en la costumbre de decrecer y para ellos aceptar lo que se da porque "es lo que hay" será algo natural. Por eso es tan importante decidir aquí y ahora cuál es el modelo de decrecimiento que vamos a adoptar, es por eso que es tan urgente abrir públicamente este debate antes de que por la vía de hecho se adopten falsas soluciones aún más devastadoras de la mano de caudillos surgidos por aclamación popular.

Porque ésta es la cuestión de fondo, la que no se quiere discutir pero está en la base de todo lo que está pasando: que estamos decreciendo porque es algo inevitable, algo que es consecuencia de la imposibilidad de continuar expandiendo la base energética y material de nuestra economía. Y si no podemos consumir más energía y más materiales, aún cuando podamos mantener un nivel muy alto, nuestro sistema económico-social tiende a colapsar, pues necesita que el consumo siga creciendo. De otro modo nuestro sistema entra en barrena, entra en una crisis, en la que ya estamos desde 2008, que no acabará nunca, no dentro de este paradigma económico.

Durante los largos años que ya llevamos de esta crisis, que en realidad tiene mucho de crisis energética no reconocida, no pocos han teorizado sobre cómo se tiene que manifestar una crisis energética centrándose en aspectos meramente económicos, tomando éstos en completo aislamiento en el cual transcurre el hecho económico. Pero eso no tiene nada que ver con cómo pasan las cosas en el mundo real. Si la cantidad total de energía anualmente disponible en el planeta Tierra deja de crecer (punto al que todavía no hemos llegado pero al que nos estamos acercando), entonces el PIB de todo el globo, tan estrechamente ligado al consumo de energía, deja de crecer. Y el día que la cantidad de energía disponible en la Tierra disminuya, entonces el PIB agregado de todas las naciones del mundo comenzará un imparable descenso que durará décadas. Los prestidigitadores económicos continuarán insistiendo en que se puede, gracias al ingenio humano, seguir creciendo consumiendo menos energía, pero es una falacia: como muestran los datos y ya hemos discutido aquí, la única desmaterialización que se puede producir es la de la clase media. Su destrucción, vaya. Así que no es de sorprender que en estos años de progresiva ralentización del consumo energético global a quien le haya tocado recibir el peso de la crisis sea justamente a las clases trabajadoras, y que sean éstas las que estén propiciando el maremoto político que estamos viviendo, desde Grecia hasta EE.UU. pasando por el Reino Unido, Hungría o Polonia, y quién sabe si mañana Francia, Alemania o España.

Y si esto ha pasado mientras la producción total de energía en el mundo aún subía, aunque fuera más lentamente, y mientras la producción del sector energético más crítico y más afectado, el de los hidrocarburos líquidos (llamados, en abuso de notación, "petróleo", como si todos lo fueran) estaba aún llegando a su cenit, ¿qué creen que pasará ahora que todo indica que ya hemos comenzado el descenso de la producción de todos los líquidos del petróleo? ¿Qué pasará cuando la lógica del beneficio inmediato, que causó una gran descapitalización del sector de los hidrocarburos en los últimos años, conlleve una caída rápida, irreversible y sin precedentes de la producción por razón de la excesivamente fuerte caída de la inversión? Nuestros despistadísimos expertos energéticos continúan hablando del milagro del fracking y la quimera de la independencia energética de los EE.UU. cuando estamos a punto de presenciar un colapso sin precedentes del sector. Un colapso que se va a dar en un contexto de precios bajos, no altos, contrariamente a lo que dice la ortodoxia económica, porque no han entendido qué significa entrar en la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Mientras la clase media se desintegra, como consecuencia inevitable del descenso energético y el mantenimiento de las políticas actuales, nuestros expertos siguen esperando la llegada de una señal de precios que no va a venir por donde ellos esperan: para cuando el precio del petróleo se vuelva a disparar (algo que inevitablemente va a suceder en los próximos años) será ya demasiado tarde: algo se habrá roto para siempre. ¿El qué?, se preguntarán. Pues el tejido social que sustenta este sistema económico. El fin del contrato implícito entre las élites y las masas, lo que implica el colapso social. Un colapso del cual la Humanidad sólo ha demostrado ser capaz de salir por tres vías: mediante el aislacionismo totalitario (hacia lo que parece tender el Reino Unido y quizá el EE.UU de Trump), hacia el militarismo predatorio (el camino que más tiempo ha seguido EE.UU. y el que parece ser el preferido de Europa, y sobre el que España tendrá que definirse) o hacia la movilización popular en busca de la resiliencia y la simplicidad voluntaria - el camino más difícil e imposible mientras se siga la ortodoxia económica dogmática actual.

¿Se preguntaban qué era el Oil Crash? El Oil Crash era esto: no precios altos, sino el colapso social. Aunque en realidad lo que estamos viviendo es sólo el comienzo.

Salu2,
AMT 

P. Data: Por cierto que precisamente en las próximas semanas se proyectará en diversas localidades de España el documental "Decrecimiento" de los hermanos Picazo; quizá es el momento de llevar a ver su proyección a ese familiar que aún cree que lo que le explica son cuentos de terror para niños.