jueves, 8 de agosto de 2013

Muerto por su propia espada


Queridos lectores,

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional (uno de los garantes del préstamo que apuntala el Reino de España, por si no lo sabían) planteó su receta para ayudar a España a crear empleo. El FMI plantea un gran acuerdo entre la patronal y los trabajadores de modo que los trabajadores aceptarían una reducción de salarios del 10% nominal y al tiempo la patronal aceptaría crear más empleo. La medida vendría acompañada de una reducción de las cotizaciones a la seguridad social del 1,7% que se compensarían con una posterior subida del IVA. Según las simulaciones del FMI, si se hacen estos cambios mientras aumenta el empleo y disminuye la inflación, el poder adquisitivo de los hogares no disminuirá.

Fíjense que no se está planteando una receta para sacar a España de la recesión ni de la crisis económica que ya dura seis años; su análisis apunta a una subida del PIB del 5% en cinco años (un magro 1% anual) y consiguiendo el milagro de aumentar la población ocupada un 7% (recuerden que en España la tasa de paro es de un escalofriante 26% de la población activa). Y digo milagro porque es conocido que en España no se ha creado empleo en las últimas décadas más que cuando el crecimiento del PIB ha sido al menos del 2% anual. El FMI parece confiar en que las reformas en marcha y las que proponen llevarán a un cambio estructural tan importante que cambiarán esa característica de nuestra economía.

Pero fijémonos en la letra no tan pequeña: de acuerdo con el escenario que se plantea el FMI los precios se tendrían que reducir un 5% en dos años. Dado que se habla de una reducción nominal del salario del 10% eso implicaría una reducción del salario en términos reales de sólo el 5%, así que esta deflación no es un detalle menor sino un aspecto clave para poder mantener el consumo y así impulsar la actividad económica (recuperar el crecimiento económico, que es la única idea que hay para poder salir de la crisis). Pero, ¿cómo podrían disminuir los precios, si justamente estamos en un escenario de restricción creciente en el acceso a nuestra principal fuente de energía, el petróleo? En realidad sólo hay una manera realmente accesible para que los precios bajen: por medio de la caída del consumo que probablemente se acabará materializando al agravarse la crisis (aunque eso no garantiza que los precios bajen). Y en el momento oportuno, después de los dos primeros años de implantación de este plan, llegaría la subida del IVA (que no se cuantifica pero se deja claro que se haría por la vía de subir el tipo reducido al general, 11 puntos nada menos, en los productos más básicos, lo cual perjudica especialmente a la población con menor nivel de renta).

Después de lo expuesto más arriba está claro lo que va a pasar: si el FMI presiona suficientemente al Gobierno español (y por lo que se ve va por buen camino) y éste acaba implementando esta reforma, se acabaría suscribiendo un gran pacto entre la patronal y los sindicatos y por lo pronto los salarios se reducirían un 10%... pero la inflación seguiría creciendo, lo cual echa al traste el resto del escenario del FMI. Las medidas propuestas agravarían aún más la situación de los trabajadores pero a cambio, al reducirse los costes salariales, darían un poco de oxígeno a las empresas... sobre el papel. Porque si algo evidencia algunas de las medidas que se están tomando en muchos países occidentales para combatir esta crisis es que hay un cierto grado de esquizofrenia corporativa, puesto que los que toman estas medidas no entienden que los trabajadores también son consumidores, y que si reduces el salario a los trabajadores estás reduciendo la renta disponible a los consumidores que tienen que comprar esos mismos productos y servicios que están produciendo. Por tanto, las empresas no mejorarían sus balances, y no contratarían más personal, mientras el consumo continuaría cayendo y la crisis agravándose. Así pues que las medidas del FMI no sólo no reducirían el paro sino que lo acabarían aumentando y acelerarían la decadencia de España dentro de esta crisis que, de todos modos, no acabará nunca.

En realidad nada de esto es nuevo: hace unos diez años el FMI propuso las mismas recetas para sacar a Argentina de su profunda crisis económica de entonces. El país andino aplicó como un buen alumno todas las recetas punto por punto y como consecuencia se sumió en la crisis más grave de las últimas décadas y una de las más graves de sus historia, de donde sólo pudo salir unos cuantos años después gracias al aumento de sus exportaciones (y por lo que parece no de manera duradera).


Con todo, a mi lo que me parece más destacable de la medida que pretende aplicar el FMI es que contiene una cierta dosis de chantaje emocional al trabajador, que creo que se usará mucho para tratar de hacer tragar esta reforma. De manera implícita se está haciendo una apelación a la solidaridad entre los trabajadores: si tú renuncias al 10% de tu sueldo y otros ocho trabajadores hacen lo mismo podríamos contratar a otro trabajador más. En suma, dado que el trabajo se ha vuelto un bien precioso y cada vez más escaso lo que se propone resuena con una idea que planea en el debate político desde hace 40 años: el reparto del trabajo. Para algunos sectores políticos de izquierda el debate sobre el reparto del trabajo puede parecer pasado de moda y hasta cierto punto reaccionario: en vez de buscar la reducción de horas de trabajo a cambio del mismo sueldo - aumentando así la retribución por hora - lo que pretende el reparto del trabajo es compartir el trabajo disponible entre los trabajadores, pero sin aumentar la retribución por hora. Se tiene que tener en cuenta que, en términos reales, los salarios en España llevan prácticamente estancados desde hace 20 años, como muestran los datos de la Comisión Europea:



Se puede argüir además que el pequeño repunte del salario medio real que rompe la tendencia al principio de la crisis (2007-2009) se debe a que la destrucción de empleo era más intensa en los sectores de menor valor añadido y de menor retribución salarial durante esos años; y ahora mismo la tendencia es a una disminución del salario, incluso sin la receta del FMI. Este fenómeno de estancamiento de los salarios no es exclusivo de España, sino que es un fenómeno generalizado en el mundo occidental, y que seguramente tiene que ver con el estancamiento relativo de la cantidad de petróleo per cápita (gráfica cortesía de Jean Laherrère, republicada por Ugo Bardi en Cassandra's legacy):

 
Serie histórica de petróleo per cápita (mundial) y posibles escenarios para su evolución a partir de 2012


A pesar de las reticencias históricas al concepto, el reparto del trabajo se vuelve una necesidad en un mundo sin crecimiento económico (pues es ya imposible) mientras se diseña un nuevo modelo económico capaz de lidiar con el no crecimiento (y el forzado decrecimiento inicial). En ese sentido el reparto del trabajo es una herramienta indispensable para conseguir estabilizar nuestro sistema, aunque no es ni puede ser la única medida a tomar (para una discusión en profundidad sobre cómo hacer la transición hacia una economía de estado estacionario y las medidas a tomar para llegar a ella, las cuales incluyen el reparto del trabajo, pueden consultar la página del Centro para el Avance de la Economía del Estado Estacionario - en inglés).


Desgraciadamente, no es ni mucho menos eso lo que nos propone el FMI: no se habla de repartir el trabajo, sino de repartir el salario trabajando lo mismo. Nadie habla de una reducción del tiempo de trabajo proporcional a la reducción de sueldo; sólo de trabajar por menos y suponer que los empresarios, al disminuir sus costes salariales, contratarán a más gente. No se ve el motivo por el que debería pasar tal cosa, puesto que como es natural sólo se contratará más si hay más trabajo para hacer, es decir, si aumenta la producción como consecuencia del aumento del consumo (lo cual, ya lo hemos dicho, es harto improbable). Así que el FMI no piensa en absoluto en impulsar un cambio estructural, sólo en favorecer la viabilidad de las empresas reduciendo sus costes.

Cuenta el Antiguo Testamento que el primer rey de Israel, Saul, se suicidó arrojándose sobre su propia espada, incapaz de soportar la vergüenza de la derrota de su ejército contra los filisteos. Lo que se les está pidiendo a los trabajadores españoles es que consumen su suicidio como clase media arrojándose sobre una de sus armas más poderosas: la compartición del trabajo. Arma que bien usada podría sentar las bases del nuevo modelo productivo que se necesita.


Salu2,
AMT


lunes, 5 de agosto de 2013

Arde Egipto

Queridos lectores,

Hoy se incorpora otra pluma al elenco de autores contribuyentes a este blog. Vicent Ortega ha hecho  un análisis muy interesante de la situación de Egipto, en la línea de otras contribuciones anteriores de Gail Tverberg y Heading Out, aportando nuevos datos muy significativos. Las conclusiones son realmente preocupantes.

Les dejo con Vicent.

Salu2,
AMT


Egipto, bomba maltusiana






Las particularidades geográficas de Egipto, determinadas por las crecidas de un gran río como es el Nilo en mitad del desierto del Sahara, capaz de disuadir de un ataque a cualquier vecino hostil, contribuyeron al desarrollo de una de las primeras y más deslumbrantes civilizaciones que jamás haya conocido la humanidad. Sin embargo, este país de ilustre pasado se encuentra actualmente ante una encrucijada de solución compleja, y que puede desembocar fácilmente en una guerra civil. No voy pues a hablar de la historia de este magnífico pueblo, si no que me limitaré a realizar una mirada sobre la situación actual y sobre unos datos alarmantes deben invitarnos a la reflexión.


Demografía
Los historiadores estiman que la población egipcia fluctuó a lo largo de su historia marcada por el contexto histórico, los problemas políticos, climáticos o bélicos. 

Así pues el número de ciudadanos egipcios ha sufrido sus naturales altos y bajos, pasando del millón de personas del Imperio antiguo, a los dos durante el período de Ramsés II, y alcanzando su cénit durante la época del imperio romano en que se alcanzaron los diez millones de habitantes. Posteriormente, ya fuera por las continuas guerras, invasiones, colapsos o problemas económicos de diversa índole la población retrocedería hasta alcanzar un mínimo de 2.5 millones.

Egipto se adentraría así en la edad contemporánea (la edad de los combustibles fósiles) con una población que rondaba por aquel entonces los 4 millones, y que a principios del siglo XX, gracias a la revolución industrial aumentaría a los 11.3 millones. Esta población continuará aumentando estimulada por los logros tecnológicos, la energía barata y un contexto de paz relativa, hasta alcanzar los 33.300.000 habitantes durante el año 1970. Este mismo año, por poner un ejemplo, España tenía una población de 33.956.04.Es decir, que España y Egipto contaban con poblaciones similares hace apenas 40 años.

Sin embargo Egipto pasa por ser hoy el 15º país más poblado del mundo con sus 83 millones de habitantes, ya que ha multiplicado su población por tres en los últimos 50 años.




Si vemos la pirámide demográfica, Egipto cuenta además con un gran número de habitantes en torno a los 25 años, es decir, su ímpetu demográfico (potencial de procreación) es más que significativo, hecho que sumado a una esperanza de vida que actualmente ronda los 70 años, nos hace pensar que durante las próximas décadas la población egipcia continuará creciendo a un ritmo vertiginoso.



Tierras arables.

Lo más preocupante para cualquier observador avezado es constatar como el país Africano ha superado con creces su capacidad de carga, hecho que se produce tanto por el ya comentado crecimiento descontrolado de la población, como por el límite que fija la tierra arable disponible, y más aún cuando Egipto es un país que nace y vive por y para un río, el Nilo, cercado por el desierto del Sahara que restringe de modo significativo su posible expansión agrícola.

La escasez de agua y la excesiva urbanización que conlleva la concentración de la mayor parte de su población, es decir 60 millones de personas en los 30.000 kilómetros cuadrados de zona fértil que cercan la cuenca del Nilo (sólo el 3% de la superficie de Egipto), merman significativamente su ya depauperada capacidad de autosuficiencia alimentaria.

Por tanto a nadie debe sorprender que la superficie de tierra cultivable per cápita en Egipto sea una de las más bajas del mundo, entre 0.03 y 0.06 hectáreas por habitante. En España, valga la comparación, la tierra arable per cápita es de 0.27 hectáreas por habitante, es decir, entre 5 y 10 veces superior a la de un ciudadano egipcio.

Ante una situación de por sí complicada, pues han perdido la capacidad de autosuficiencia alimentaria, la solución pasa necesariamente por obtener el capital necesario del exterior, y que le garantice acceder a los productos básicos mediante el endeudamiento, el comercio o el turismo.
 


Balanza comercial, petróleo y trigo.
El exceso de población de Egipto ha generado por tanto un endémico déficit comercial estructural, donde las importaciones de productos alimenticios siguen teniendo un peso decisivo. Su saldo negativo se ha compensado en el pasado reciente por los ingresos del turismo, el Canal de Suez y las exportaciones de petróleo.

Sin embargo hace relativamente poco un parámetro esencial en la difícil ecuación del estado norafricano ha variado de modo determinante, Egipto pasó sobre el año 2007-2008 de exportador a importador neto de crudo.

Este hecho ha generado una serie de devastadores efectos en cadena que conllevarán de modo casi inevitable al colapso del país.



La escasez energética está afectando al turismo, pues la carga y transporte de pasajeros se ve condicionado por el acceso de camiones, buses y minibuses al diesel. En Luxor por poner un ejemplo, conductores de autobús pueden pasar hasta dos días esperando en línea debido a la escasez de carburante, provocando el malestar de los turistas al dejar a muchos pasajeros varados.

Los conductores de autobús a menudo se ven obligados a acudir al mercado negro, y así obtener el diesel necesario con que mover sus máquinas a precios exorbitantes.

Además la falta de diesel preocupa a unos agricultores que dependen del mismo para hacer funcionar sus equipos de riego y cosechadores. Algunas panaderías que producen el “baladí”, pan, han tenido que dejar de trabajar debido al encarecimiento de los cereales.

La crisis energética ha provocado pues una desestabilización del país que pone en riesgo tanto la industria del el turismo como la agricultura autóctona. A la coyuntura del país se le suma el alza de los cereales y los carburantes en unos mercados internacionales convulsos por la actual crisis.

Egipto se ve por tanto inmerso en una endémica banca rota que no le permite importar el trigo que necesita; siendo como es el mayor importador mundial de este cereal. Sin combustible no funciona ni el turismo, ni la agricultura ni la industria, y sin comida surge el hambre que provoca revueltas y puede degenerar en una guerra civil que acrecentará más si cabe sus problemas económicos.












 




Conclusión

Estos hechos acarrean en la actualidad cambios políticos en un país sumergido en una zona geoestratégica convulsa, tanto por su cercanía a Israel, como por ser centro de una red de regímenes árabes represivos que tanto británicos como estadounidenses han apoyado tácitamente (el control de la zona desde principios del siglo XX ha permitido mantener el control del petróleo barato), o por el control del Canal de Suez (a través del cual se transportan el 14 % de los productos que mueven la economía mundial y el 26% del petróleo de importación).

Los movimientos sociales que se conocieron como primavera árabe, y que se nos mostraron en los medios de comunicación como una aspiración legítima a la democracia, obedece en realidad a una causa tan trivial como el hambre. El depuesto dictador Mubarak, la posterior caída del gobierno formado por los hermanos musulmanes o el golpe de estado militar han sido causados en última instancia por la falta de petróleo barato. La situación actual del país es prebélica, y amenaza con convertir el oriente medio y norte de África en un auténtico polvorín.

Egipto ha entrado en su particular era de las consecuencias, como ya dijera Churchill, y las tensiones actuales que se han precocinado durante año están explosionando al compás del encarecimiento de los alimentos provocado por el cambio climático, la disminución progresiva de la tierra agrícola, la competencia con los biocombustibles y muy especialmente por la dependencia de los combustibles fósiles en la conocida como agricultura industrial.

Mientras las causa no se analicen en profundidad, los problemas serán recurrentes y la crisis se perpetuará tanto en el país africano como en el resto de países que se encuentran en una situación similar (y estos países son legión). Este hecho conllevará inevitablemente al colapso y la pérdida de población de estos estados hasta recuperar su capacidad de carga.

Somos testigos del desmoronamiento de un estado cuyas soluciones pasan necesariamente por la solidaridad internacional, y el control demográfico. En nuestras manos está actuar, más aún, tenemos la obligación moral de actuar mediante la información, el cambio de mentalidad, y la búsqueda conjunta de soluciones que nos preparen hacia un futuro que cada día se nos hace más cercano y oscuro.


Vicent Ortega Bataller.



Referencias

http://crashoil.blogspot.fr/2012/09/las-guerras-del-hambre.html

http://mondediplo.com/blogs/tunisia-egypt-and-the-protracted-collapse-of-the
Referencias

http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Egypt_demography.png

https://es.wikipedia.org/wiki/Egipto

http://es.wikipedia.org/wiki/Demograf%C3%ADa_de_Egipto

http://politikon.es/2011/02/14/10-graficas-sobre-egipto/

http://conocegipto.blogspot.fr/p/productos-de-importacion-y-exportacion.html

http://www.spain-noticias.com/noticias-internacionales/diesel-escasez-provoca-la-ira-y-la-ansiedad-en-egipto/

http://fluidos.eia.edu.co/hidraulica/articuloses/historia/suez/suez.html









viernes, 2 de agosto de 2013

Crisis de nuestros padres




Queridos lectores,

Seguramente algunos de Vds., los más jóvenes, han tenido en más de una ocasión alguna conversación en la que los miembros de mayor edad de su familia critican, de manera genérica aunque a veces personalizando en Vds., el ansia de tener más y más de la gente de hoy en día; y la contraponen con la vida más austera y de mejores valores morales con la que ellos vivieron de jóvenes. Este tipo de conversaciones ya se daba hace años, pero ahora con la crisis se han incrementado en frecuencia puesto que cuando uno cae en una crisis que se prolonga mucho, como la actual, se empieza lógicamente a cuestionar las bases de todo en busca de una posible salida. Hay incluso un texto que ha hecho fortuna en las redes sociales y que yo ya me he encontrado un par de veces, en el que se critica con bastante gracia la hipocresía de la sociedad actual respecto a las cuestiones ambientales cuando las generaciones de nuestros mayores eran, efectivamente, mucho más sostenibles sin tanto pavoneo (pueden leer una transcripción aquí).

La constatación obvia de que nuestros padres y abuelos vivían de una manera más simple, más sostenible y más sensata que nosotros no debe sin embargo llevarnos a un cierto simplismo de naturaleza moralizante. Puesto que muchas veces, basándose en esa mayor austeridad de antaño, se pretende colegir una cierta superioridad moral de los valores de aquella época, y ahí radica el error esencial. Porque lo que es erróneo en nuestro sistema basado en el consumo y el despilfarro ya era erróneo en la época de nuestros predecesores, por la simple razón de que este sistema que ahora nos lleva al desastre es el mismo sistema de entonces. Exactamente el mismo. La única diferencia entre entonces y ahora es que nos encontramos en un punto diferente de su curva de evolución.

Es conocido que la psique humana tiende a modelar la realidad por estados (visión estática), cuando por lo general se describe mejor por procesos (visión dinámica).  Ningún punto de nuestra vida es un momento invariable, sino que siempre se están produciendo cambios; sin embargo, si éstos son lo suficientemente lentos nuestro cerebro tiende a abstraer las variables que caracterizan el momento ("En aquella época no había televisión, los niños sólo tenían un juguete, la ropa te duraba durante años") y a tomarlas como constantes, fijas durante ese período que conservamos, simplificado e idealizado, en nuestra memoria. Lo malo de esta manera de ver las cosas es que creemos que lo que caracteriza un determinado momento es su estado (los bienes que se poseían entonces, el patrón de consumo de la población en aquel momento) cuando con nuestro sistema igual o más importante es su evolución (a qué ritmo aumenta o disminuye el consumo, se expande o contrae la masa monetaria o la disponibilidad de crédito, etc). Dicho de otro modo: porque nuestro cerebro funciona en modo diapositiva no nos damos cuenta de que para entender qué pasa hace falta ver la película.

Una de esas frases típicas que reflejan la incomprensión del momento y del sistema podría ser del estilo de la siguiente: "No hace falta esta locura y despilfarro; por ejemplo, en 1960 no consumíamos lo que se consume ahora, gastábamos mucho menos petróleo, y la verdad es que no vivíamos mal. Había que trabajar mucho, eso sí; lo que le pasa es que la gente ahora no quiere trabajar". Quien formula esta frase no se da cuenta de que no podemos volver a 1960 simplemente adoptando el modo de vida y el patrón de consumo de 1960 y así "no vivir del todo mal aunque fuera trabajando mucho" porque lo que hacía de 1960 un momento vibrante y con empleo no era en realidad la riqueza de entonces, sino más bien el crecimiento de entonces (fíjense en las gráficas siguientes, sacadas de la web Politikon.es).



La gráfica de abajo nos da la visión estática (nivel del PIB en cada momento) mientras que la de arriba nos aporta una visión más dinámica (variación anual del PIB). Incluso después de varios años de crisis nuestro PIB en paridad de poder de compra es unas cinco veces mayor (sí, ¡cinco veces!) que el PIB en 1960. Sin embargo, si miramos a la variación del PIB per cápita vemos una historia muy diferente entre la década de los 60 del siglo pasado y los últimos años. Ahora estamos en una situación de decrecimiento forzado porque esta crisis no acabará nunca, con lo que en vez de aumentar las oportunidades de empleo y de inversión, en vez de tener la economía vibrante de los 60, tenemos la situación contraria: contracción, destrucción, parálisis. Encima, ahora la población es mayor, con lo que en realidad a mismo nivel del PIB la relación per cápita sería inferior, y para mantener el nivel de entonces hace falta un mayor PIB. Tenemos que pensar, también, que en realidad los salarios disminuyen en términos reales desde principios de los 80, con lo que aunque la renta media haya aumentado la renta típica (es decir, la que tiene la mayoría de la gente, los asalariados) lleva disminuyendo desde hace 30 años. Como vemos, uno idealiza el pasado, sobre todo porque en esa época uno era joven, las oportunidades menudeaban y todo le parecía maravilloso.

La prueba más clara de que el discurso colectivo de entonces no es moralmente superior al de ahora se ve en la España de ahora con la recomendación insistente de "invertir los ahorros" para "comprar un pisito" que hace unos años e incluso aún hoy solían hacer los padres al hijo que llega a la edad de emancipación. Más de un padre ha reprendido al hijo que acaba de estrenar su trabajo mileurista y eventual porque cuando él era joven se sacrificó para poder comprar el piso familiar y que lo que el hijo tiene que hacer es exactamente lo mismo. Con ese discurso está claro que el padre asume que las variables macroeconómicas de entonces y de ahora son las mismas, y que por tanto los únicos factores importantes para conseguir el fin soñado son la capacidad de sacrificio y el esfuerzo de su hijo (hay un hilo en burbuja.info que explica muy bien este colosal error de concepto). Esta presión social, ejercida desde todos los estratos pero también desde el de esa generación anterior que se cree moralmente superior, ha contribuido a que una gran masa de trabajadores se estrelle contra la burbuja inmobiliaria más grande de Europa, y que acaben empeñados de por vida, cuando no deshauciados.

Va siendo hora de que nos sacudamos ciertos atavismos morales judeo cristianos, que nos llevan a reprender al que sufre las consecuencias como si éstas fueran culpa suya y sólo suya, pues el problema es de valores morales e incumbe a toda la sociedad. Como hemos visto, el problema comenzó hace tiempo, poco en escalas históricas (poco menos de dos siglos) pero mucho en escalas humanas (unas seis generaciones). La relación entre las sucesivas generaciones se podría asimilar al juego del globo de agua: los jugadores forman una fila y se van pasando un globo que cada vez está más lleno de agua que le llega por una manguera a la que está conectado. Nadie discute las reglas del juego, nadie discute su moralidad; todo el mundo aguanta el globo el tiempo que le toca y se lo pasa al siguiente. En algún momento a un pobre idiota le revienta el globo y acaba empapado, por pura casualidad; a alguien tenía que pasarle y fue a él.

Curiosamente yo estoy bastante de acuerdo en que esta crisis es una crisis de valores, y que sólo cambiando los valores saldremos de ellos. Pero esta crisis de valores empezó hace mucho y para superarla no hay que mirar al pasado reciente sino hacia el futuro; no hay ninguna persona viva que haya vivido en un sistema diferente al actual, y eso ha demolido todos los valores tradicionales de respeto a los límites naturales salvo en algunas zonas rurales, más "atrasadas". Por eso hay que precaverse frente a las recetas simplistas de los más populistas, que dicen querer volver a los buenos y viejos valores, pero que en realidad sólo intentan retroceder puestos en la cadena de los que inflan el globo, y no se cuestionan dejar de inflarlo. Porque además por desgracia el globo ya reventó y ni eso es posible.

Los valores que necesitamos para reconstruir la sociedad tienen sus raíces en nuestro pasado un poco más distante, cien o doscientos años de antigüedad, pero no son aquellos mismos valores. Los valores de la época preindustrial necesitan ponerse al día, porque sería también muy necio creer que todos los valores de una época predemocrática y dominada por la superstición y el beatismo puedan o deban ser transplantados tal cual hoy en día. Como digo, tenemos que construir el futuro, rescatando de manera crítica aquellos valores del pasado más distante y al tiempo salvando nuestro conocimiento técnico y nuestro convencimiento moral actuales, más allá de la hipocresía de nuestros días.

Tenemos que encarar este problema seriamente, sin soberbia y sin una mirada simplista y autocomplaciente del pasado. Sólo se puede salir con recetas nuevas, con una mejor comprensión de qué es el hombre y cómo se relaciona con su entorno, entendiendo al fin que el hombre no tiene ningún derecho divino para avasallar ilimitadamente a la Naturaleza


Salu2,
AMT

martes, 30 de julio de 2013

Previsión y responsabilidad

Imagen de Público.es

Queridos lectores,

El día 24 de Julio de 2013 un tren Alvia que viajaba desde Madrid descarriló unos pocos kilómetros antes de llegar a la estación de Santiago de Compostela. El tren iba ocupado por 240 pasajeros; murieron 79 y varias decenas resultaron heridos de diversa consideración. Las autoridades han atribuido la responsabilidad de este siniestro al maquinista, puesto que la curva donde se accidentó tiene limitada la velocidad a 80 Km/h, pero el tren entró en ella a 190 Km/h. Y es verdad: en última instancia dependía del maquinista que el tren entrase a la velocidad correcta en aquella curva. Lo que las autoridades no quieren entrar a discutir abiertamente es si es lógico que un punto tan crítico como esa curva dependa del factor humano, sobre todo si se tiene en cuenta que los trenes modernos son sistemas muy controlados, con multitud de sistemas de señalización y de emergencia que pueden parar un tren si no circula a la velocidad adecuada, y máxime cuando se trata de un trayecto pensado para que los trenes circulen en algunas secciones a velocidad alta (antes de la curva había una recta de 20 Km en la que el tren tiene que circular a 220 Km/h, y después viene un túnel justo antes de la fatídica curva). De hecho lo lógico es que en un punto tan complicado los sistemas de balizado de la vía hubieran disparado los frenos del tren si no se entraba en cada tramo a la velocidad correcta; incluso, que hubiese una cierta gradualidad en la transición, en vez de haber un enlace directo de la vía de gran velocidad (que no AVE) a la curva, que debe ser transitada mucho más lentamente y que usa otro sistema de señalización. Quienes tienen conocimientos técnicos sobre lo que ha pasado me han comentado que, aparte de la vía, el propio tren no llevaba activados los sistemas adecuados para poder aprovechar los sistemas seguridad más capaces. Pero, al margen de la discusión técnica de qué es exactamente lo que ha pasado, hay algo que es evidente: es absurdo dejar todo al factor humano si las consecuencias de un error son tan fatales y si una sencilla actuación de seguridad completamente estándar (instalar algunas balizas más, hacer una preseñalización de la curva) hubieran evitado el desastre. Se ha insistido mucho en que este maquinista en particular (un hombre con 30 años de experiencia en la compañía y 10 como maquinista, y cuyo nombre no voy a reproducir aquí por un respeto que los medios no han sido capaces de tener) había pasado muchas veces por el mismo punto, así que su error no era excusable. Pero es que justamente es al contrario. A pesar de lo absurdo de hacer una bajada de velocidad tan salvaje en tan breve lapso, seguramente este maquinista se aprendió que este punto era el complicado, el que "tenía truco" de todo el trayecto. Yo me imagino a ese maquinista el primer día que tuvo que hacer aquel trayecto. Pasó una vez  sin problemas, la adrenalina a tope porque sabía que ése era el punto conflictivo, y tuvo éxito y llegó sin novedad. Al día siguiente volvió a pasar y ya sabía que si lo hacía bien no pasaría nada, en tensión pero un poco más relajado. Y luego pasó otra vez, y luego otra, y así a lo largo de meses. Pero el ser humano se habitúa, se confía y un día, por confiarse demasiado, por creer que la situación está más controlada de lo que está, sobreviene el desastre. Piénsenlo. El maquinista tenía que entrar a 80 Km/h viniendo de una recta en la que va a 220 Km/h. Tiene unos cuatro kilómetros, con un túnel antes de la curva, para adaptar la velocidad. Seguramente usaba el túnel o alguna otra referencia (un puente, se comenta) como referencia: cuando lo vea comienzo a frenar (puesto que ese punto no está automatizado: todo dependía de él). Otro día vio que podía apurar un poco más y esperar a que el túnel o el puente se vean un poco más grandes. Piensen esto: a 220 Km/h se necesitan sólo 30 segundos para recorrer dos kilómetros y  posiblemente se necesitan otro par de kilómetros, otros 30 segundos, para reducir la velocidad; son básicamente 30 segundos para reaccionar. El  maquinista se despista. Está pensando quizá en sus problemas de cada día; quizá mira el panel porque hay quizá alguna luz roja, algún sistema que no acaba de ir bien pero que no es crítico; está pensando en la boda de un hijo o en el bautizo de un nieto; o simplemente piensa que está en otro tramo de la vía, porque no encuentra sus referencias paisajísticas en ese momento (aquí encontrarán una descripción del accidente bastante diferente a la de los medios de comunicación). No importa demasiado qué exactamente fue lo que le pasó al maquinista: tiene un cerebro humano que opera con tiempos humanos, con ritmos de proceso humanos; por más entrenado que esté, no es una máquina. Pensaba que aún faltaba más para llegar al túnel o al puente y para cuando se quiere dar cuenta ya está allí. Acciona los frenos, pero aún así entra a 190 Km/h en la curva, y el tren descarrila. ¿Creen Vds. que es lógico cargar toda la culpa en él? Obviamente el maquinista falló, pero este fallo pudo ser posible porque todo un sistema que cuesta miles de millones de euros dependía en ese punto de una única persona y de 30 segundos. 

Durante los próximos meses veremos como RENFE anuncia mejoras en la vía y en los sistemas de seguridad; se insistirá en que es un fallo humano, un hecho aislado, pero al tiempo para tranquilizar a la opinión pública se "reforzarán los sistemas de seguridad". Son muchos los implicados en las deficiencias que han hecho posible esta desgracia, en todos los estamentos que tienen que ver con el mundo ferroviario, y por ello todo el mundo prefiere mirar para otro lado y acusar al cabeza de turco, el chivo que expíe todas las culpas colectivas. Sí, fue un error humano, pero un error que por pura estadística se tiene que producir de tanto en tanto. La clave, aquello de lo que jamás se hablará, es que es una obligación de los poderes públicos anticipar los problema y tomar las medidas correctoras correspondientes, especialmente cuando no son relativamente muy costosas. Es la obligación de los poderes públicos prevenir, y no simplemente lamentar la desgracia cuando pasa. ¿Cómo se ha llegado aquí? En el caso de RENFE y de ADIF, hay varias razones: malas praxis asentadas durante años (como lo es cargar tamaña responsabilidad sobre los hombros de los maquinistas), cierto nivel de corrupción, falta de inversión en mantenimiento/actualización de las vías y sistemas, dejadez, falta de costumbre en la depuración seria de responsabilidades (España es un país sólo epidérmicamente democrático), etc. Nada ha sido anticipado, y muy poco corregido. Hay una dejación de obligaciones en aquellos que debían supervisar y vigilar.


Salvando las distancias (porque aquí no morirá nadie, al menos no directamente) similar problema de escasa o nula capacidad de anticipación la estamos viviendo los que trabajamos para el CSIC. Como explicaba hace unos días, estamos viviendo el colapso de la institución por la rápida disminución de la parte de presupuesto que le viene del Estado, que no pueden ser compensadas por los ingresos de otras fuentes. No ha habido un plan de reestructuración del CSIC que se haya comunicado desde los Ministerios que han decidido su progresiva asfixia económica; solamente una aportación decreciente y un "apáñatelas como puedas". Desde los equipos rectores del CSIC que han tenido que capear con estos problemas en estos cuatro años de recortes no se ha planteado, tampoco, ningún plan de reconversión o reestructuración; simplemente, el CSIC ha vivido de los ahorros que tenía mientras éstos han durado, esperando un cambio de tendencia que no sólo no ha llegado sino que ha ido a peor. Así, nuestros ahorros se acabaron en Noviembre de 2012 y desde entonces el CSIC ha ido intentando hacer cuadrar la imposible ecuación de cumplir con los compromisos adquiridos (y abonados) y al tiempo pagar los gastos corrientes. En el momento actual la actividad investigadora está al ralentí - como por desgracia estoy viviendo en mi propio centro - y así estará hasta el 30 de Septiembre, momento para el cual el Gobierno nos debería rescatar con 75 millones para que la actividad pueda volver a la normalidad. No va a pasar tal cosa: el Gobierno nos dará 50 millones, con los que seguiremos al ralentí hasta el 31 de Diciembre. Yo he hecho algunas previsiones simples de cuál va a ser la situación financiera del año que viene y, con los pocos datos de los que dispongo, el escenario que veo más probable es que pasemos de los 100 millones de déficit estructural de este año a un déficit cercano ya  a los 250 millones el año que viene, que veo inevitable si no hay un -poco probable- cambio de rumbo del Ministerio y no nos amplían el presupuesto significativamente (al menos 100 millones). Piensen que el CSIC tiene un presupuesto anual de de 600 millones aproximadamente, de los cuales 150 millones vinieron de contratos con empresas y proyectos en el año en curso, así que el déficit que podríamos llegar a tener ya el año que viene nos situaría en una situación de "quiebra", es decir, en la incapacidad de cumplir nuestros compromisos. Todo esto es previsible y en realidad simple de prever. Delante de esta dura y complicada realidad, las medidas que se toman tanto desde el Ministerio como desde la Presidencia del CSIC son simples parches, una huida hacia adelante mientras nos acercamos a nuestro destino final (liquidación de activos, despidos y prejubilaciones masivas, incumplimientos de compromisos, cierre de centros y venta de inmuebles y material de laboratorio, y finalmente suspensión total de la actividad y excedencia forzosa del personal funcionario). Hace un año anticipábamos en este blog muchos de los problemas que luego se han ido presentando; hace seis meses explicábamos que íbamos a una situación de déficit estructural de al menos 100 millones al año, con una deuda acumulada rápidamente creciente y una inviabilidad de funcionamiento a medio plazo; y hace dos semanas explicaba las medidas de choque que se han tenido que tomar simplemente para aguantar hasta Septiembre. A este paso en Diciembre  haré un nuevo post explicando la penuria con la que acabamos este año y antes del verano de 2014 les comunicaré que mi centro y otros muchos habrán tenido que cerrar por no poder hacer frente a sus costes de funcionamiento. Todo esto es previsible; una sencilla prospección sobre las cifras te lo muestra claramente, si lo quieres mirar. Delante de esto, ¿qué medidas proactivas están tomando las administraciones al mando? Ninguna. Se elude cualquier responsabilidad y se deja pudrir la situación, de manera similar que se está haciendo con tantas otras áreas públicas afectadas por los recortes (las más visibles Sanidad y Educación, pero en realidad lo son todas). En suma, antes hay improvisación que previsión, en parte porque es la cultura de este país (España) pero en parte porque nuestro diseño de sistema está basado en el crecimiento y nadie quiere tomar planes de contingencia para un decrecimiento continuo (y de hecho permanente).


Otro ejemplo muy español de la falta de previsión o, más bien, de la falta de implementación de medidas correctoras conocida la previsión, es el caos que se está viviendo en el margo regulatorio del sistema eléctrico español, que hace una semana lo comentamos con cierto nivel de detalle. Dejando al margen los agravios comparativos, los ataques a ciertos sistemas de generación y la tendencia gubernamental a favorecer a las grandes empresas del sector lo cierto y verdad es que este sector, tan crítico económica y socialmente que por ello mismo no es libre y está sometido a regulación específica, sufre de una continua improvisación legislativa. No se hacen un diseño a largo plazo, un planteamiento fundamental consensuado con todo el parlamento para darle la necesaria estabilidad a este sector fundamental; en su lugar, se improvisa decreto tras decreto en función de las deficiencias y las ocurrencias de cada momento y se van dando bandazos: lo que un día se pone en exceso al día siguiente se puede dejar en defecto. En este caso, la falta de capacidad de prever tiene consecuencias que cuestan literalmente miles de millones de euros.

Los ejemplos de esta falta de capacidad de previsión son legión: se permite edificar en zonas inundables, se conceden ayudas fiscales al alquiler o a la compra de vivienda que favorecen abusos y burbujas, se desregula o abandona la supervisión del sector financiero, y así un largo etcétera.

Son varios los factores que explican por qué los poderes públicos toman una actitud más reactiva (reaccionando a los problemas) que proactiva (anticipando los problemas y desactivándolos antes que exploten). Uno de ellos es la visibilidad: un trabajo de anticipación bien hecho no se ve, porque simplemente los problemas no suceden; desde un punto de vista político tiene mejor rendimiento reaccionar enérgicamente una vez que se producen los problemas. Está también el problema de la corrupción: a veces interesa más dejarse llevar por el viento favorable, no oponiéndose a ciertos lobbies y recibiendo beneficios económicos por ello, y dentro de esto cuando éramos ricos (o creímos serlo) era más rentable crear problemas y luego cobrar por corregirlos. Está, también, la cuestión del anumerismo, de la cual ya hablamos en su momento: si uno carece de un mínimo conocimiento técnico, si no se es capaz de entender los órdenes de magnitud implicados es imposible dar una respuesta coherente a los problemas y mucho menos posible es anticiparlos. Y por supuesto, está la cuestión de que nadie quiere ser un aguafiestas y decir que quizá ha llegado el momento de apagar la luz justo en el momento de apogeo de la fiesta.

El Peak Oil también entra dentro de la categoría de problemas que necesitan ser anticipados, que requieren de introspección y análisis antes de poder dar una respuesta coherente y capaz, y posiblemente es de los problemas más graves a los que tiene que hacer frente esta sociedad. ¿Y qué es lo que hacemos para anticiparlo, para adaptarnos? Pues de acuerdo con algunos medios nos congratulamos de que cierre The Oil Drum, página de referencia en información sobre el Peak Oil, como si el hundimiento de este proyecto sin ánimo de lucro demostrase que no existe el Peak Oil y así seguir promocionando la última burbuja financiera mientras se intenta tapar las noticias que claramente muestran que lo es: resulta curioso ver cómo el fracaso de la explotación del shale gas en Polonia pasa completamente con sordina en los medios españoles, a pesar de que varias compañías americanas han abandonado los proyectos en ese país por falta de rentabilidad, o cómo se bloquea toda la información sobre la progresiva quiebra e inviabilidad económica de los pozos en EE.UU., paraíso del fracking, a pesar de la extensiva documentación que sitios como shalebubble.org han compilado y se sigue planteando el problema del fracking como una oposición entre una industria rentable y los recelos ambientales cuando en realidad sabemos que el fracking no es rentable.

Ser previsor, anticipar y corregir proactivamente los problemas, no está bien visto en esta sociedad del beneficio rápido y del consumo ilimitado. La persona previsora es vista como el empollón, el aguafiestas, el amargado; resumido en una palabra que define más a la sociedad que la formula que a la persona que la recibe: el perdedor. Una sociedad que en pocas generaciones ha abandonado los que fueron sus valores fundamentales durante siglos. Hace no tanto, y así lo refleja nuestra literatura, el hombre previsor era el héroe de la narrativa colectiva, en tanto que el disoluto y manirroto era la vergüenza y el oprobioso. Ya en el Nuevo Testamento se habla de aprovechar los talentos, o se pone el ejemplo del hijo pródigo como el de mala gestión. Sin irnos a textos bíblicos tenemos la vieja fábula de la cigarra y la hormiga, escrita por Esopo y revisitada muchos siglos más tarde, que es uno de los relatos de referencia que incluso hoy se usa para modelar nuestra narrativa, cuando justamente hoy se desdeña la voz de la sabiduría y de la experiencia cuando sus consejos no van en la dirección de una cierta concepción de lo que es el progreso, una visión del progreso que se cree invencible pero que no es más que un mito.


Salu2,
AMT

miércoles, 24 de julio de 2013

Seguir el rastro


Queridos lectores,

Gabriel Anz ha escrito otra interesante pieza, comparando nuestra situación actual a la de un rastreador que debe interpretar lo que le rodea, en un ambiente lleno de estímulos que muchas veces nos confunden aunque más por nuestros prejuicios que por su objetividad. Una interesante reflexión.

Les dejo con Gabriel.
Salu2,
AMT

Aprendiendo de los “rastreadores”


Nací y me crié en el campo y en muchas ocasiones me encontré siguiendo rastros de algún animal herido, de gente que ingresó al predio para robar alguna oveja, vaca o caballo, cazar algún ciervo o guanaco, o simplemente sacar leña o frutas silvestres.

En términos generales, se podría decir que es una habilidad que ya pocos desarrollan, salvo detectives, arqueólogos, paleontólogos, historiadores  (todos con la asistencia de mucha tecnología) y la gente que todavía queda viviendo en y del campo. Días atrás, hurgando en Internet, descubrí que en España hay gente dedicándose a recuperar estas prácticas, aunque más no sea por placer y/o competencias… me pareció interesante y seguramente habrá gente en otros países haciendo lo mismo.

Lejos estoy de considerarme un buen rastreador, porque cuando me comparo con descendientes de Mapuches u otras personas avezadas en el tema, me siento un perfecto torpe. Pero así y todo me defiendo bastante bien y me resulta una actividad divertida y de gran desafío, pues se requiere de mucha paciencia, capacidad de observación, imaginación y deducción.

Básicamente se trata de la capacidad de reconstruir hechos ocurridos en algún momento del pasado, a partir de escasísimos elementos. Y hay gente que es realmente sorprendente. Los bosquimanos en el Kalahari se han destacado por ello. He visto gente reconocer a sus caballos –sexo incluido- por el tamaño de los cascos, por la forma de pisar y de dejar las marcas en la tierra, por la forma de dejar sus deyecciones, etc. Cierta vez se me había escapado herida una cierva (la cacé para ahumar su carne) y estuve casi 2 días siguiéndola… deduje que el impacto de la bala había dado en el blanco y específicamente había afectado alguna zona del sistema respiratorio (sin llegar a ser letal), por el tamaño y color de las gotitas de sangre (la sangre mezclada con aire se vuelve más espumosa y rosada, y al respirar/resollar, esparce las gotas de sangre de una forma diferente a que si la herida fuera en otras zonas del cuerpo del animal). También supe que no estaban afectados los pulmones, porque de estarlo, seguramente hubiera habido algún pedacito del órgano lastimado junto con las gotitas de sangre, debido a su consistencia más granulosa. En ocasiones y según el terreno, simplemente los rastros parecen esfumarse… y se retoma su curso encontrándose apenas una minúsculo gota de sangre o de saliva en la hebra de un pasto, o un pelo enredado en una rama, o vegetación apenas aplastada, etc. Finalmente la encontré muerta, no sin la horrible sensación que me produce haberle ocasionado tal sufrimiento.

Y como normalmente trato de hacer, quiero comparar estas habilidades, con la habilidad perdida en la gran mayoría de las personas del mundo moderno para interpretar la realidad que nos rodea y deducir y “unir puntos” en base a pocos elementos. Como quien dice, “leer entre líneas”. Y me parece importante, porque en un Era de superabundancia de información, donde la realidad parece que se nos la muestra procesada de acuerdo a intereses de unos pocos, se hace necesario recuperar la habilidad de conjeturar lo que pasa en base a las propias observaciones y no en base a las que nos imponen los medios masivos de información o por la apreciación superficial de los hechos. Y como en otras oportunidades, voy a valerme de unas anécdotas recientes.

Hace algo más de 1 mes, un puma se acercó a las casas, corrales y galpones de forma bastante inusual para estos tímidos felinos, y así atacar mis 5 ovejas, 1 carnero y 1 capón. En un lapso de 5 días, me mató las 5 ovejas (preñadas) para solo cortarles la yugular, beberse la sangre e irse, pues evidentemente estaba cebado. Las 2 últimas las mató dentro de un corral, para lo cual tuvo que saltar la cerca de casi 2 metros de altura. A la mañana temprano fui a verlas y una de ellas estaba todavía moribunda, con un violento salpicón de sangre contra la pared trasera de ladrillos del gallinero.

No encontraba rastros ni indicios claros de la causa (al menos para mí). Y de haberlos sabido “leer” desde el principio, lo cual me hubiera permitido tomar las medidas adecuadas, la historia con mis ovejas de seguro hubiera sido otra. Pero como no tuve la capacidad suficiente y me dejé engañar por falsas apreciaciones, al punto de llamar al veterinario para que me confirmara si la causa por la que estaban muriendo era una clostridiosis (virus letal y de alta propagación). Pero resultó que luego de un largo interrogatorio telefónico por parte del mismo veterinario, el tratamiento que tenía que aplicar consistía en aplicar antibiótico contra una neumonía. Mientras mi empleado, descreído de los profesionales y por su escasa cultura, al no encontrar respuestas, atribuyó las muertes al “chupa-cabras”. ¡Todos meando bien afuera del inodoro por no saber mirar!

Finalmente llamé a un hombre conocido por sus habilidades de rastreador, para que me eche una mano. Recorrimos los lugares de los siniestros y finalmente, dentro del corral, entre los rastros de las ovejas y viejos rastros de vacas, encontró un único y poco claro rastro de puma. Esto quedó confirmado, cuando encontró también un leve y reciente rasguño en una de las tablas de la cerca de madera, por donde había ingresado. Cuando esta posibilidad cobró fuerza, se me hicieron evidentes otros rastros y las formas de matar. Hasta el momento las escasas señas de algún animal interviniendo en los hechos, se circunscribían a algunos perros del vecindario… poco experimentados y sin necesidad real de comida.

Hoy, gracias a este experimentado hombre, tenemos un mapa bastante preciso de sus movimientos. El mismo rastro (por su tamaño y forma de pisar) lo vio no hace tanto en un campo vecino. Y según las recomendaciones, hasta ahora me resisto a cazarlo con una jauría de perros entrenados para ello, pues prefiero hacer un trabajo más quirúrgico. Pero a medida que pasan los días y no damos con el puma, veo que tendré que aceptar la propuesta.

Y como con este hombre compartimos varias noches de cacería buscándolo, resultó que lo conoció a mi abuelo en sus años mozos. Entre toneladas de anécdotas camperas, también hablamos de cuestiones de la vida, de política y de la situación del país y del mundo… Un hombre que apenas tiene educación primaria y sorprende por su práctica y sabidurías. Un hombre que con la misma capacidad de observación y deducción con la que encontró la causa de la muerte de mis ovejas, también analiza y discierne las causas de los problemas por los que está pasando la humanidad… sin saber de física, ni energías, ni matemáticas ni nada de tanta complejidad. Mucho sentido común y saber por donde hay que mirar.

Creo que la gran mayoría todavía camina por el mundo sin saber ver lo que pasa; incapaces de construir la realidad por no saber ver los “rastros”. Por mi experiencia en la administración de campos, puedo decir que los mejores puesteros que he tenido (recorredores de determinadas áreas dentro del campo) fueron aquellos que “no se les escapaba ningún rastro”. Leyendo el suelo, deduciendo y conjeturando, veían mucho más de lo que había pasado o estaba pasando, que siendo ocasionales observadores del paisaje y del entorno en el instante presente… En el primer caso se valen de rastros dejados a lo largo de varios días/semanas y complejas asociaciones, mientras que en el segundo, se trata de la observación de una instantánea, que de no dar justo con el hecho, es imposible inferir qué pudo haber pasado algunos minutos antes de estar allí presente.

La actualidad está colmada de huellas que indican lo que está pasando con la realidad energética, ecológica, económica, social, etc. Pero estamos distraídos o miramos muy superficialmente. Acabo de vivirlo en la presentación de la candidatura a intendente de mi ciudad y la de diputado y senador a nivel nacional (por el mismo partido), a la que yo fuera invitado por el primero. Con el candidato a intendente, viejo conocido de la familia y exitoso empresario, hombre de bien y bien intencionado -doy fe- tuve ya algunos intentos de introducirlo en el tema de la crisis energética, sin ningún resultado alentador. Acabo de intentar aproximarlo al tema nuevamente, de forma más contundente, pero ante la falta de respuestas infiero que no le interesa mi postura o sigue siendo incapaz de verla. Y eso que durante la presentación que comentara recién, abrí la rueda de preguntas interrogando al candidato a diputado, ex-secretario de energía de la provincia y escritor de un par de libros sobre Shale Gas y Petróleo, acerca de si se conocía ya la TRE (Tasa de Retorno Energético) de la formación “Vaca Muerta”, que se supone es el tercer yacimiento de petróleo y gas de esquisto a nivel mundial, con el cual se espera recuperar el autoabastecimiento energético de Argentina. Con humildad comenzó su respuesta esperando poder responder a mi pregunta… Continuó explicando que se trata de una formación más densa que el cemento y que yace a unos 3.000 m de profundidad. Terminó su alocución diciendo que las dificultades y desafíos son enormes y que la TRE es “negativa” (expresión errónea) y que en el actual contexto económico y político, las condiciones no son las adecuadas, motivo por el cual decidió comprometerse políticamente. Yo no entiendo como YPF y Chevrón firman acuerdos para su explotación conjunta, si de movida ya se sabe que la TRE es inferior a 1 (uno). ¿Qué otros intereses hay en juego? Y tal vez, lo que podría considerarse más grave, ¿saben o sabe el candidato a diputado –profesional en temas energéticos- lo que realmente significa la TRE? ¿Comprenderá/n que llegado a ciertos límites físicos y termodinámicos, ya no hay dinero que pueda revertir el proceso de caída en la extracción de dichos hidrocarburos? ¿No pueden ver que la corrupción, la falta de inversiones, las incoherencias en las tomas de decisiones, etcétera, podrían tener como causa a la ya menguante energía neta, que hace que se resienta y debilite el andamiaje del sistema económico, político y social? Y volviendo al hilo central del Post, también me llamó la atención no encontrar a nadie entre los más de 100 invitados, que fuera capaz de siquiera vislumbrar la profundidad e implicancias de mi pregunta y por sobre todo… las de su respuesta; que a pesar de las fisuras, fue clara y contundente. Pésimos observadores, desastrosos atando cabos, nulos en sentido común… en definitiva, muy malos “rastreadores”… ¡la evidencia enfrente de los ojos y nadie capaz de ver lo esencial!

Saludos,

Gabriel Anz


lunes, 22 de julio de 2013

El fin del sueño fotovoltaico



Queridos lectores,

Alarma y preocupación ha causado el anuncio de la próxima publicación del último Decreto Ley en España que, una vez más, regula el sector eléctrico (no llevo la cuenta, pero si no me equivoco es el séptimo en poco más de un año) y que incide especialmente en el sector de generación renovable y más particularmente en la generación fotovoltaica. Regular por Decreto Ley debería ser una excepción, pero en la España de la excepción en la que vivimos se ha convertido en norma. A pesar de las peculiaridades del caso español lo que está pasando nos da algunas lecciones de alcance global y por ello he creído que merecía la pena dedicarle un post extenso. Seguramente habrán leído sobre algunas de las claves de este problema tan embarullado. Les resumiré algunas aquí, aunque tengan en cuenta que el que esto escribe no es un experto en todos los intríngulis de este vodevil tan español y por tanto la información que ahora les daré es muy somera.

La causa principal de las barbaridades que se están haciendo ahora es el denominado déficit de tarifa. En 2003 el Gobierno español (del PP) aprobó un sistema para evitar que el precio de la luz subiera demasiado deprisa y que al mismo tiempo se compensara a las compañías eléctricas por una serie de costos adicionales que el Reino de España les reconocía como deuda del Estado, dando lugar a lo que se conoce como déficit tarifario o diferencia entre lo que las compañías ingresan y lo que deberían ingresar para poder compensar esos costes reconocidos (que no forzosamente reales). Resulta que en España el mercado eléctrico está fuertemente regulado y no se puede vender la electricidad por encima de un precio tope que fija el Gobierno (aunque éste lo puede revisar y revisa continuamente, al alza de hecho). Los costes que quedan englobados de ese cajón de sastre que se ha llamado déficit tarifario incluyen un batiburrillo de conceptos muy diferentes, con la única característica en común que en todos ellos resulta muy discutible el reconocimiento que hace el Reino de España de esos costes. Someramente, este déficit de tarifa incluye:

  • La mal llamada moratoria nuclear, que teóricamente es una compensación que paga desde los años 80 el Reino de España a las compañías que apostaron por la energía nuclear y que tuvieron que detener grandes inversiones en marcha al decidir el Gobierno que no daría más licencias de apertura de centrales nucleares debido, según reza la mitología del sector, a la oposición social que despiertan  por el miedo a accidentes nucleares después del accidente de Three Mile Island en los EE.UU. en 1979, y después reforzado por el de Chernóbil en la URSS en 1986.
    La realidad, como muestra la gráfica de la derecha (que proviene del Atomic Industrial Forum; gracias a Pedro Prieto por la indicación), es que el número de encargos de nuevas plantas durante la década de los 70 (antes de ninguna moratoria, por tanto) llegó a su máximo en 1973, coincidiendo con el embargo de petróleo. Y es que, en realidad la energía nuclear es una extensión de los combustibles fósiles, como ya discutimos; lo cual, traducido a román paladino significa que sin petróleo barato no hay energía nuclear rentable. El pago de la moratoria nuclear es, en realidad, una manera de compensar a la industria por no poner en marcha un negocio que en realidad no podrían rentabilizar pero haciendo creer que si no lo arrancan es por razones legislativas.

  • Otro tipo de coste reconocido por España es el asociado al cambio del sistema de retribución de la generación eléctrica para adaptarlos a las normas del mercado europeo, siguiendo directivas de obligado cumplimiento. Son los llamados Costes de Transición a la Competencia. Estos incluyen varios conceptos, pero esencialmente son un pago del Estado a las compañías eléctricas para compensarles por una disminución de ingresos al cambiar el sistema de tarifación. Antes de 1997 en España se pagaba el kilovatio·hora consumido en función de los costes de su generación, mientras que con el sistema de subasta que se estableció posteriormente la potencia necesaria en cada momento se va tomando de las fuentes más baratas primero, y el precio de todos los kilovatio·hora en el mercado mayorista lo fija el del más caro y último que entra en cada momento. Esto ha dado lugar a que a algunas centrales muy amortizadas y que entran a coste casi cero (y por tanto su energía siempre es consumida) se las pague un diferencial muy sustancioso (windfall profits o ganancias caídas del cielo), pero otras centrales más caras puedan arrojar pérdidas. Esto afectaba sobre todo a centrales de gas de ciclo combinado, que se construyeron masivamente para sustituir a las térmicas de carbón en cumplimiento con los compromisos que obligaban a España con el Protocolo de Kyoto, y que se vieron perjudicadas por la entrada en tromba de la eólica primada. Sin embargo, como algunos autores señalan, estos costes están más que generosamente pagados desde hace tiempo.
  • El último coste contribuyente al déficit de tarifa que quiero destacar hoy es el que corresponde a la prima de generación renovable. Los actuales sistemas de generación eléctrica renovable no son rentables, en principio porque la tecnología no ha evolucionado aún lo suficiente para que lo sean. Para incentivar su implantación y que se pueda ir progresando en su desarrollo tecnológico el Estado español ha decidido que la producción de origen renovable englobada dentro del régimen especial (básicamente, eólica, fotovoltaica y solar de concentración) reciba una prima, de manera que se puede vender más barata que su coste real. Esta prima no fue asumida directamente por el Estado sino que se cargó al déficit de tarifa, y en algunos años ha sido uno de los mayores contribuyentes al aumento del mismo, sobre todo la fotovoltaica ya que está bastante más primada que la eólica (la cual está prácticamente a punto de no necesitar prima alguna). El problema de este sistema de primas es que ha favorecido abusos; en un momento los incentivos fueron tan suculentos que se creó una verdadera burbuja especulativa en torno a la fotovoltaica y no pocos abusos y estafas (por ejemplo, algunas instalaciones que producían electricidad incluso de noche; las primas eran tan altas que compensaba conectar grupos electrógenos de diésel y sus usuarios fueron tan torpes de no apagarlos cuando no había sol). Ha sido un sector que fue propicio al pelotazo de enriquecimiento rápido y al fraude y por eso ahora es el más duramente (y seguramente en exceso) castigado.

Los sucesivos Gobiernos españoles (primero del PP, luego del PSOE, luego otra vez del PP) no han hecho realmente nada para acabar con este déficit tarifario, y en particular en un punto que sería fundamental: no reconocer ciertos costes como costes reales o, en todo caso, como costes que deba de asumir el Estado. Para complicar más las cosas, esta deuda avalada por el Estado está titulizada, es decir, las compañías eléctricas han emitido pagarés y otros productos de deuda derivados (con lo cual los que adquieren del derecho de cobrar la deuda original son otros), haciendo del problema una maraña intextrincable que nadie osa desenredar y que actualmente representa nada menos que 26.000 millones de euros (el 2,6% del PIB oficial de España, aunque si lo comparamos con el PIB real superaría el 3,25%). Dada la complejidad estructural del déficit de tarifa, según al lobby que perteneces cargas contra uno de sus elementos como si fuera el todo; así, algunos critican las primas a las energías renovables mientras que otros denuncian el cinismo de las primas implícitas a la energía nuclear y a los ciclos combinados. Si quieren profundizar más en el tema, aquí les dejo un artículo muy detallado (aunque no exento de ciertas cuestiones opinables) y otro más sencillo y objetivo.


Miremos el problema ahora desde una perspectiva diferente: España tiene 108 Gw de potencia eléctrica instalada para cubrir una demanda que equivale a una potencia media de 32 GW y cuyo pico máximo de consumo, de unos 45 Gw, se consiguió en el verano de 2008. Desde entonces, el consumo eléctrico está en una tendencia a la baja, punteada con algún pequeño repunte desmentido por bajadas posteriores. Se consume cada vez menos electricidad porque la electricidad no sustituye otros usos no eléctricos.

Los 108 Gw de potencia instalada pueden parecer una barbaridad para cubrir una demanda de 32 Gw en media con máximos de 45 Gw, pero se tiene que tener en cuenta la capacidad de carga de las centrales eléctricas, que varía de unas tecnologías a otras (del 85% de la nuclear al 15-20% de la eólica). Con todo, a España le sobra un 40% de capacidad de generación eléctrica y la tendencia es a que le sobre cada vez más por la caída del consumo: de ahí que hace unas semanas se hablase de cerrar centrales de ciclo combinado, y ahora se aseste este golpe a todo el sector y especialmente al de la generación fotovoltaica.

Nos hemos creído el discurso de la curva de aprendizaje de las energía renovables y hemos dado por descontado que el progreso tecnológico es algo inevitable. Sin embargo, todo apunta a que el progreso tecnológico está limitado por diversas variables, entre ellas la disponibilidad de capital, la disponibilidad de fuentes de energía abundantes y baratas (buena TRE),  los límites físicos (energía que llega del Sol, densidad de energía por superficie y rendimiento máximo de las placas) y que el producto que se genera (en este caso, electricidad) siempre tiene mercado (cuando en realidad el mercado eléctrico esta saturado). Todas estas variables están en nuestra contra en este caso, pero el discurso del sector continúa siendo el de que tenemos que seguir la curva de aprendizaje. Siendo incapaces de comprender y adaptarnos al momento histórico que estamos viviendo, la gran noticia del momento es que los paneles fotovoltaicos han bajado de precio un 80% durante los dos últimos años y esto se saluda como una demostración de que al final el progreso tecnológico ha llegado. En realidad tal bajada de precio (que no de coste energético, aunque ya sabemos que algunos defensores de la opción fotovoltaica no entienden el concepto de TRE, entre otros) obedece a que se está inundando el mercado con paneles fotovoltaicos chinos a precio por debajo del de fabricación. La situación es por supuesto coyuntural y responde mayormente a la quiebra del mayor fabricante de placas fotovoltaicas del mundo, la china Suntech, que favorece que se liquiden paneles a precio de saldo desde hace meses. Teniendo en cuenta que tras la burbuja de comienzos del siglo XXI el sector de manufactura de placas fotovoltaicas está sufriendo en los últimos años una severa reestructuración (el escándalo de Solyndra sigue haciendo daño al sector), la llegada de placas chinas a bajo coste está incrementando enormemente el número de bancarrotas durante 2012 y 2013 (lean aquí una lista bastante larga de bajas), incluyendo la gallega T-Solar. Por eso no poca gente ha considerado la última agresión por parte del Gobierno español al sector fotovoltaico como una demostración de la influencia intolerable del lobby eléctrico, ahora que se demostraba que la tecnología estaba llegando a la viabilidad y la rentabilidad.


Nada más lejos de la realidad. La TRE de la fotovoltaica sigue siendo muy baja, alrededor de 5 para instalaciones domésticas y de 2 para instalaciones industriales (huertos solares), y eso continúa haciendo de esta tecnología una opción de baja rentabilidad energética. Sin embargo, factores coyunturales del mercado como los actuales pueden hacer interesante su implantación sobre todo para particulares, puesto que en realidad el precio de venta de la placa no representa el coste real (económico y energético) de su producción y ahora mismo es un buen negocio comprarlas y producir parte de tu propia electricidad. Esto llevaría a disminuir aún más la facturación de las compañías eléctricas, que están comenzando a sentir los efectos de la crisis, y posiblemente es la razón de algunas de las nuevas medidas: después de haber aprobado el anterior Gobierno un decreto que por fin regulaba el autoconsumo en España hace un año y medio, el nuevo decreto que prepara el Gobierno actual impondrá un peaje tal a los excedentes eléctricos generados por las instalaciones domésticas que hace completamente disuasorio el autoconsumo. La medida, poco lógica desde el punto de vista ambiental (al menos aparentemente) y de soberanía energética tiene todo el sentido para proteger un mercado, el eléctrico, que está en contracción (aunque de momento sea bastante leve). Por si eso fuera poco el nuevo decreto incentiva el derroche de electricidad, al rebajar los costes por consumo y aumentar los costes fijos. De nuevo, uno puede entender el por qué de tales medidas si se da cuenta de que el sector se está contrayendo y el consumo baja. Pero hay todavía medidas más gravosas para el sector de generación industrial: un nuevo impuesto del 7% junto con otras limitaciones envía a la mayoría de las instalaciones fotovoltaicas industriales a pérdidas y a sus promotores, en muchos casos pequeños empresarios, a la ruina. Las instalaciones comprometidas pasarían al banco malo, el SAREB, que gestiona los activos tóxicos de la banca española, y de ese modo bajaría también la capacidad de producción eléctrica española, lo cual resulta de nuevo conveniente para mejorar las cuentas de las compañías eléctricas.

Nadie apunta al problema principal, la disminución del consumo de electricidad, como la causa última de tanto desatino.  Los que sufren los golpes de estas medidas atrabiliarias, porque sólo ven que el Gobierno se pliega a los intereses de las grandes compañías y se dedican a combatir en su pequeña parcela del problema; y las grandes compañías prefieren ver la caída de consumo eléctrico como una consecuencia más de esta crisis que se resolverá por sí sola cuando ésta pase, sin darse cuenta de que esta crisis no acabará nunca. De fondo hay otra cuestión a la que nadie quiere mirar, y es que la cada vez más acusada escasez de petróleo no está siendo compensada por un aumento del consumo de electricidad. Como hemos explicado muchas veces, no es electricidad lo que necesitamos y la electricidad no puede suplir lo que realmente queremos; peor aún, la mayoría de la gente, cuando se les pregunta por la energía, creen que fundamentalmente consumimos energía eléctrica sin darse cuenta de que en el caso de España la energía eléctrica sólo representó en 2011 el 21% de toda la energía final consumida (en contraste el petróleo fue más del 50%). Faltando petróleo como ya comienza a faltar baja el consumo de otras fuentes y formas de energía, como el gas natural y la electricidad, porque el petróleo gobierna la actividad económica y sin él ésta simplemente no es posible. Mitos recurrentes como el del coche eléctrico y el de hidrógeno mantienen adormecida a una sociedad que cree que la batalla se está librando por la liberalización del sector eléctrico y no por la mera supervivencia. Ciertamente en el caso concreto de España se ganaría mucho teniendo un mercado eléctrico más abierto y menos controlado por un oligopolio de facto. Sin embargo, mientras los pequeños luchan contra los grandes están perdiendo de vista que en realidad los dos bandos pierden, que todos estamos perdiendo. Estamos perdiendo la batalla de la energía, y ni siquiera nos estamos dando cuenta.

Salu2,
AMT