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viernes, 17 de agosto de 2018

Perdiendo la guerra antes de la primera batalla



Queridos lectores:

Después de tantos años escribiendo sobre la crisis global de recursos y los problemas de sostenibilidad en los que está inmersa y a los que se verá abocada nuestra sociedad industrial, se ha podido comprobar que tanto el discurso de quienes alertamos sobre el peligro que representa esta crisis como el discurso de los que defienden que no hay ningún peligro a la vista y que solo somos una pandilla de alarmistas han ido evolucionando considerablemente.

Por la parte de los que ponemos el acento en la escasez de recursos, y particularmente en el peak oil, nos hemos encontrado con que para preservar el actual sistema en marcha se han comenzado a utilizar recursos de tan baja calidad que nunca deberían haber sido considerados. Estamos hablando principalmente del petróleo ligero de roca compacta (light tight oil, LTO) que se extrae mediante la técnica del fracking y de las arenas bituminosas de Canadá (no considero los abundantes pero también poco rentables petróleos extrapesados de Venezuela, en vista del particular y cada vez más acentuado desafortunado descenso a los infiernos del país caribeño). El incremento en la producción de esos petróleos de baja calidad y nula rentabilidad ha llevado a una progresiva descapitalización de las empresas del sector, que empezó ya en 2011 pero que se ha ido acentuando con los relativamente bajos precios del petróleo de los últimos cuatro años. ¿Ha sido superado el fantasma del peak oil? Ni mucho menos, ya que los problemas siguen siendo los mismos: el petróleo crudo convencional hace más de 10 años que llegó a su máximo y continúa su lento declive, y aún contando con los diversos sucedáneos de inferior calidad la producción total de hidrocarburos líquidos crece muy poco, con riesgo evidente de empezar su declive terminal en cualquier momento si no lo ha comenzado ya. La amenaza del peak oil está más viva que nunca. 

Y sin embargo en la prensa económica se apresuran a dar por enterrado el concepto: ¿Dónde está, dicen, la debacle que anunciaban los agoreros del peak oil? ¿Dónde está, se regodean, esa catástrofe malthusiana que consideraban inevitable esos ignorantes de la teoría económica? Por supuesto, tales afirmaciones son una falacia de hombre de paja: no sé cuántas veces habré dicho que yo no creo que vayamos a precipitarnos en el apocalipsis, que en todo caso un colapso es un proceso, no un instante, y que como tal proceso puede ser detenido sin tener que acabar en la extinción completa de la Humanidad (de hecho, yo creo que no seremos tan imbéciles como para seguir haciendo las cosas mal cuando sea indisimulable que las estamos haciendo mal), y que tenemos recursos y conocimientos técnicos y científicos de sobra para garantizarnos un futuro brillante y que el problema fundamental no es técnico sino hacer cambios sociales y organizativos que faciliten la transición. Da exactamente igual: en demasía he visto como se me tilda de agorero y catastrofista, se ponen en mi boca frases y conceptos que nunca he dicho, y se pone en solfa artículos míos en los que explicaba cuestiones complejas, descontextualizando completamente párrafos para hacer ver que decía una cierta cosa, ignorando partes más extensas de los mismos artículos donde se matizaba las afirmaciones hechas y se contextualizaban como "riesgos" o "tendencias actuales" que se tenían que corregir. Epítome de ese gusto por la descontextualización interesada es el post más visitado de este blog, "Un año sin verano", del cual estoy convencido que la mayoría no ha leído más que el título, y que en particular no entienden que el proceso en él descrito (la profundización de los meandros de la corriente de chorro polar) es completamente vigente y uno de los grandes problemas climáticos a día de hoy. "¿Año sin verano? ¡Pero si nos estamos muriendo de calor! Ése solo dice tonterías".

El problema de explicar cuestiones complejas es que el razonamiento no cabe en los 144 caracteres de un tweet. Lo que se está haciendo actualmente no tiene ningún sentido desde el punto de vista económico: grandes empresas que operan en suelo americano pierden miles de millones de dólares cada año desde hace 7 años. Sin embargo, tiene perfectamente sentido si lo que está en juego es la hegemonía de un sistema, aunque ésta no pueda mantenerse durante muchos años. Como explicábamos en "Eppur peak oil", la actual situación es de absoluta huida hacia adelante: debido a los altos costes es muy difícil sacarle rentabilidad a los yacimientos y explotaciones de hidrocarburos líquidos, y mientras el resto del mundo desinvierte del sector petrolero y se concentra en los yacimientos más rentables, en Norteamérica la inversión crece sin cesar, hasta llegar al absurdo actual de que Norteamérica concentra más del 50% de la inversión en exploración y desarrollo, mientras que solo produce el 20% del todo el petróleo mundial. Un sobreesfuerzo sobre todo por parte de los EE.UU. que empezo al final de la presidencia de Barack Obama, y que Donald Trump ha llevado al extremo y que ahora quiere empezar a cobrarse, a la manera tosca y grosera que él prodiga. Pero tiene cierta razón en sus demandas: si EE.UU. no hubiera aceptado la sangría económica y financiera de su industria petrolera, en la actualidad el sistema capitalista, tal y como aún lo entendemos hoy en día, habría acabado. Así que es lógico que reclame, a aquellos que lo defienden, que paguen el coste de mantenerlo en esta Unidad de Cuidados Intensivos.






Por supuesto, esta incongruencia no puede durar para siempre y solo puede acabar de manera drástica; y mucho más dura de lo que habría sido si desde 2014 hubiéramos aceptado que el petróleo fácil de explotar se había acabado, que necesitábamos cambiar nuestro sistema económico y social y hubiéramos, por fin, comenzado a hacer los cambios perennemente aplazados.

Desde el campo de los poderes económicos, los economistas clásicos y la mayoría de los actores políticos, el hecho de que en 2014 no nos estrelláramos contra el muro de la falta de petróleo asequible les ha llevado a una absurda autocomplacencia acrítica. En vez de comprender el proceso subyacente (que Norteamérica estaba extendiendo un crédito petrolero a todo el mundo, que las empresas americanas, al usar yacimientos tan malos -las arenas bituminosas del Canadá, el LTO del fracking-, en el fondo nos lo estaban financiando porque ellas perdían dinero), nuestros líderes y expertos nos han hablado de una transición a una nueva era energética de la cual no hay signos visibles. ¿Cuántas veces habremos oído en estos últimos diez años que la revolución del coche eléctrico era inminente, para comprobar año tras año que las cantidades vendidas son absolutamente marginales? ¿Cómo es que quienes critican la falta de fiabilidad de los pronósticos sobre la fecha del peak oil - al fin y al cabo, una realidad física inexorable y de la cual, aunque su momento sea incierto, los indicios se acumulan - no se dan cuenta de las promesas incumplidas por el sector del coche eléctrico? ¿Cómo es que se ignora repetidamente el desastroso balance financiero del paradigma del coche eléctrico, Tesla, una máquina de perder dinero desde su creación?


El gran problema de la visión convencional de la economía y de la sociedad, de la manera de ver y hacer que es la mayoritaria entre nuestros líderes políticos, económicos y sociales, es que intentan ajustar los hechos observados a sus deseos o a sus objetivos, dando una interpretación a las cosas que pasan que cuadra con esa idea, y en ningún caso haciendo un análisis crítico basado en el estudio de los datos técnicos objetivos. Por ejemplo, si hubiera una mínima comprensión de qué es lo que realmente significa el coche eléctrico se comprendería por qué no es viable como un medio de transporte masivo. Sin embargo, si hay un rasgo dominante en nuestros líderes es la total ausencia de análisis técnico, en buena medida porque mayoritariamente provienen del mundo jurídico y del económico -  y no olvidemos que la escuela económica mayoritaria no es una ciencia, sino otra cosa.

Es en este contexto que se tiene que entender el discurso oficial sobre la necesaria transición energética. A pesar de la pobre comprensión del problema de los recursos, lo que sí se ha conseguido, tras años de esfuerzo de divulgación, y sobre todo a la luz de los últimos acontecimientos climáticos, es que los líderes mundiales entiendan lo que significa el Cambio Climático (o así lo hacen ver). Pero todo su discurso está plagado de loas a las "energías limpias", que sustituirán de manera simple y dulce a las sucias "energías no renovable", con la ayuda de las palabras mágicas "ahorro" y "eficiencia". Todo el actual devenir en el mundo de la energía se interpreta como una respuesta a las intenciones expresadas por los Gobierno en materia de "transición hacia el futuro 100% renovable", cuando en realidad los Gobiernos se han plegado siempre y se pliegan aún ahora a los intereses de los grandes agentes económicos y a la hora de la verdad prima la lógica del beneficio económico frente al ambiental - en el caso de los Gobiernos, atrapados por la amenaza de la "destrucción del empleo". Lo cierto es que, si uno analiza con cuidado los cambios que se operan en el sector energético, la lógica no es en absoluto la de disminuir las emisiones de CO2 - las cuales siguen desbocadas, como muestra el aumento imparable de su concentración en la atmósfera. ¿Cómo se concilia el triunfalismo del discurso político con la realidad de que sus políticas tienen un impacto nulo en la principal variable que dicen querer controlar?



Un buen ejemplo de esa lógica tramposa que nada tiene que ver la intención de disminuir las emisiones de CO2 a la atmósfera la tenemos en Alemania y su muy cacareada Energiewende. Tras años de aplicación de esta política de penetración masiva de fuentes de energía renovable, Alemania no ha disminuido sus emisiones de CO2, sino que las ha aumentado. ¿La razón? Alemana ha aprovechado el despliegue renovable para ir cerrando centrales nucleares (una fuente de energía decadente y con el pico del uranio acechando), y si lo ha necesitado ha recurrido al carbón nacional (de peor calidad y que emite más CO2 por caloría producida al quemar). Toda una contradicción del discurso raramente señalada.





Otro hecho que muestra lo absurdo del discurso oficial es que justamente las fuentes de hidrocarburos líquidos que han evitado que nos estrellemos ya contra el peak oil (arenas bituminosas y LTO) emitan en su producción grandes cantidades de gases de efecto invernadero (y de poco sirve decir que eso es culpa de EE.UU. y Canadá, pues el mercado del petróleo está globalizado y lo que permite a Norteamérica explotar esos recursos es que Europa no disminuye significativamente su consumo de petróleo).

Aún otro ejemplo de la inconsistencia absoluta entre el discurso oficial y la realidad subyacente es la actual campaña en contra el automóvil de diésel. Dependiendo del país, la producción de partículas contaminantes por la quema de diésel directamente atribuibles a los automóviles representan entre el 10% y el 14% del total, siendo mucho más importantes las partículas que desprenden los camiones, maquinaria pesada en general, barcos y, dependiendo del país, la calefacción de gasoil. Sin embargo, son los automóviles de diésel los que están en el punto de mira por el problema de salud que suponen las partículas emitidas (el cual, por cierto, es conocido desde hace décadas y no es ahora peor, sino en realidad un poco mejor, que hace años). La realidad subyacente a ese repentino furor punitivo contra el automóvil privado de diésel es el pico del diésel, del cual hemos hablado con anterioridad (y el cual revisitaremos en un post próximo, en el cual quedará más evidenciado que nunca). Falta diésel y hay cierta urgencia por deshacerse de los consumidores más prescindibles, para ganar, ¿qué? ¿Cinco años? ¿Dos? Lo que sea, con tal de seguir huyendo hacia adelante, hacia la nada.

Y por el lado de las energías renovables, el momento es pésimo para quienes creen a pies juntillas que son la solución sencilla a nuestro problema energético, el parche que necesitamos poner para que todo siga igual que antes. Sin entrar a discutir de sus limitaciones (que serán evidentes más pronto que tarde), hace un par de meses recibimos la sorprendente noticia de que China congelaba su inversión en energía solar. El cambio es significativo, porque China lideraba hasta el año pasado la inversión mundial en esta tecnología.



El actual frenazo en seco implica que China dejará de invertir un 40% en energía solar (atención, no en eólica, donde se mantiene) de lo que tenía previsto, y aún así continuará siendo el líder mundial este año. Aún es pronto para saber qué pasará, pero no se puede descartar que China acabe siguiendo el patrón de caída de inversión en energía renovable (y no solo solar) que siguieron con anterioridad España:


Italia:



o Alemania:



¿Cómo se explica la repetición de un patrón de pérdida de inversión en una energía que, se supone del discurso oficial, tiene que sustituir nuestro consumo energético? De nuevo, la razón es económica, y es que la introducción de cada vez más fuentes renovables implica un aumento de costes infraestructurales no siempre explicados, pero que están presentes y son bien reales. Y a diferencia de la industria petrolera de los EE.UU., la industria en general de Europa (y probablemente de China) no quiere subvencionar de manera general esa energía a todo el mundo.

Así pues, el discurso oficial, sustentado en energías renovables, ahorro y eficiencia, hace aguas por todos los lados. Eso no le ha importado a quienes lo sustentan desde las diversas instancias, incluidas las gubernamentales. Cuentan con la ventaja de que no hay la misma actitud crítica para con ellos como la que hay con el diminuto sector de divulgadores del peak oil, entre otras cosas porque los medios de comunicación se alinean, ausentes de sentido crítico, con esos postulados a pesar de que sean una y otra vez desmentidos por la realidad. Es lógico, es más aceptable para el sistema económico actual decir que vamos a cambiar todo para que todo siga igual, aunque no pase, que decir que no vamos a poder seguir igual, aunque haya alternativas de menos consumo y sin capitalismo (ya que cuestionar el capitalismo es, en nuestra sociedad, una obscenidad).

¿Y qué pasa con el Cambio Climático? La realidad es que poco o nada estamos haciendo, en realidad, para combatirlo. Pero sigue ahí. Es un enemigo real y temible, un peligro que amenaza con retroalimentarse de manera formidable por culpa de la bomba de metano oculta en el permafrost siberiano y en los clatratos de los lechos marinos, pero nadie está haciendo nada real contra él. Es un enemigo atroz, uno que este año podría arruinar las cosechas de media Europa, el que pronto nos podría empujar a las Guerras del Hambre; y mientras simulamos pertrecharnos para librar batalla contra él, en realidad remoloneamos y no hacemos nada útil, absolutamente nada útil. La concentración de CO2 sigue subiendo, nuestro sistema energético sigue basado en la quema de combustibles fósiles y los puntos que no debíamos rebasar siguen siendo sistemáticamente rebasados. Es el enemigo sangriento, implacable, el que ya nos está comenzando a dar lucha sin cuartel, pero nosotros seguimos ahí, sin hacer nada, sin emprender políticas reales para combatirlo. ¿Por qué? Porque en realidad nuestra motivación, como sociedad, es no dañar nuestro insostenible e impostergable sistema económico, y por eso caminamos hacia nuestra destrucción. Para mayor ironía, en el momento en que la crisis climática sea más aguda será cuando la crisis energética ya no será disimulable, y entonces nos faltarán los recursos para hacer lo que necesitaremos hacer, para luchar contra el monstruo que hemos creado.

Repitámoslo una vez más: no tiene por qué ser así. Tenemos medios y capacidad para hacer frente a esta guerra que la Humanidad ha desatado contra nuestro hábitat, contra lo que nos mantiene con vida. En realidad no es tan difícil: comienza por dejar de destruirlo. Los que se niegan a intentar hacer estos cambios, son los auténticos catastrofistas. Son ellos los que se empeñan en que perdamos la guerra antes siquiera de librar la primera batalla.



Salu2.
AMT

martes, 18 de febrero de 2014

La Gran Disonancia





- ¿Qué tal? ¿A casa con los niños, no? Siempre te veo con tus hijos por ahí, muy bien, tú...

Nos habíamos encontrado saliendo de la estación de trenes y ambos andábamos rápido, pensando en llegar a casa y hacer las tareas del final de la tarde, probablemente.

- Siempre que no estoy trabajando estoy con mis hijos - le dije yo.

- Eso está muy bien - me contestó él - Son aún muy pequeños, ¿no? Pero en seguida crecen y antes de lo que te das cuenta ya están en la Universidad...

Yo esbocé una sonrisa entre triste y cansada y le dije:

- No sé si mis hijos irán a la Universidad.

Él debió pensar que bromeaba e insistió un poco, delante de lo cual yo le dije, un poco más firme:

- No creo que mis hijos vayan a la Universidad.

Tal actitud por mi parte es, obviamente, discrepante; disonante con el sentir social, se podría decir. Que yo, que tengo formación universitaria superior, no dé por hecho que mis hijos también tendrán formación universitaria, no deja de ser algo peor que una excentricidad: es una subversión del orden natural de las cosas y una barbaridad. Y sin embargo, mi manera de ver las cosas es perfectamente coherente con lo que veo en mi entorno: elevadas tasas de paro (26%) que se disparan cuando hablamos del paro entre los más jóvenes (más del 50% de los menores de 25 años que quieren trabajar no lo consiguen), una situación económica embarrada, un alto endeudamiento público y privado que hacen presagiar una lenta recuperación económica, una progresiva disminución de los salarios públicos y privados... y todo ello antes de tener en cuenta que la falta de recursos naturales garantiza que esta crisis no acabará nunca. No malinterpreten mis palabras: no es que yo desee que mis hijos no vayan a la Universidad; es que no sé si para cuando ellos tengan que tomar esa decisión lo considerarán conveniente, amén de que no sé si para entonces mi poder adquisitivo me permitirá costeárselo. Más aún: es que creo que será difícil que pase tal cosa. Por supuesto que si ellos quieren y yo puedo lo intentaremos, pero albergo muchas dudas sobre ese posible futuro. Dudas fundadas en los más de seis años de crisis que llevamos a las espaldas y en mi conocimiento sobre nuestro inexorable declive energético; declive que no implica necesariamente la destrucción de la clase media, pero sí que la implica nuestra falta de reacción ante el mismo.

Así pues, mi falta de fe en un futuro brillante (falta de fe en realidad que motiva la escritura de este blog, en la esperanza de que al final me equivoque sobre mis pobres perspectivas respecto a la raza humana y podamos revertir la situación) es una postura perfectamente lógica y racional. Peor aún: es la postura más lógica y racional que se puede tomar, a la vista de los datos y la pobre ejecución de políticas para combatir la crisis que hemos visto hasta ahora. Por tanto, ese optimismo implícito que la mayoría proyecta sobre el futuro (aceptando que hay una crisis, pero a pesar de ello haciendo planes de futuro continuistas, con hijos yendo a la Universidad o comprándose un pisito) es en realidad disonancia cognitiva social, colectiva, aunque tal disonancia es curiosamente el comportamiento socialmente aceptable, y el mío el inadaptado.

Esta Disonancia Cognitiva Colectiva no es, por supuesto, algo nuevo, sino que está en el fundamento mismo de nuestro sistema económico, comenzando por la intrínseca psicopatía de la teoría  económica convencional en sus diversas variedades. Que nuestro sistema necesite de un crecimiento indefinido de su consumo de recursos que no sólo son escasos sino además agotables, llegando al despilfarro de los mismo como verdadera esencia del valor económico en nuestros días, y que la destrucción del ecosistema, de nuestro hábitat y la degradación del medio ambiente en general sea lo socialmente respetable, muestra no sólo su carácter lunático y suicida, sino lo profundamente desequilibrado e injusto que es (pues muchas veces se externalizaban a otros países los desequilibrios de esta mala praxis, hasta que se ha llegado a la época en la que no queda más remedio que internalizarlos aquí). Y a pesar de la evidencia contundente de los hechos, denunciar las barbaridades que se cometen en nombre de nuestro sistema económico es considerado socialmente como infantil o incluso inadaptado. 

Es tan profunda la psicopatía que nos inculca nuestro sistema que la gente ya ha llegado a aceptar sin pestañear la mayor de las aberraciones posibles, que es la de arrebatarle el futuro a los hijos. La prédica general es que tenemos que preocuparnos sólo por el presente, aún cuando eso implique competir con los hijos o incluso destruir su futuro. En algunos ocasiones me encuentro que, cuando uno habla de la gravedad del Cambio Climático o de la crisis de los recursos (y particularmente del peak oil) a veces alguien dice, para tranquilizarse delante de noticias tan inquietantes: "Afortunadamente de eso tendrán que preocuparse nuestros hijos o nuestros nietos"; a mi siempre me recorre un escalofrío la espalda al oír tales cosas, pues para mi mi vida son mis hijos (a veces cuando alguien me pregunta por qué me complico la vida haciendo esto digo que tengo dos buenos motivos para ello). Es, de nuevo, otro aspecto de la Gran Disonancia en la que vive abotargada nuestra sociedad, y quizá el peor: la despreocupación por la descendencia. En la cultura que precedió a este erial moral, limitada e ignorante como era, y en la mayoría de las ocasiones atávicamente injusta, se tenía como valor social la preservación de al menos una parte de la descendencia (aunque no más fuera por el propio interés). Con el progreso material y social los hijos pasaron a ser de una inversión de futuro a una verdadera causa de alegría y de continuidad de la propia existencia más allá de la inexorable muerte de cada uno. Pero algo se torció en ese camino de progreso y ahora hemos llegado a la demencia actual, en la que por no privarnos de un pequeño placer adicional somos capaces de inmolar a nuestros propios hijos. Antes los padres daban un empujoncito a los hijos; se ve que ahora también, pero hacia atrás.


El grado de conformismo con las múltiples contradicciones de nuestro sistema económico es tan elevado que, a pesar de lo infructuoso de intentar mantener un sistema exponencialmente creciente en su consumo material y de energía en particular, se pone el énfasis en encontrar más materia y más energía para alimentar a la bestia, siendo el crecimiento por el crecimiento el fin último, en vez de darnos cuenta de que lo que hace falta es replantear el problema.




Y así cuando hablamos de crisis energética lo habitual es que los interlocutores informados se centren meramente en la búsqueda de nuevas fuentes de energía, lo cual no es más que otra forma de la Gran Disonancia: incluso si consiguiéramos duplicar nuestra disponibilidad de energía, si mantuviéramos un ritmo de crecimiento del consumo energético adecuado (como la media histórica, el 2,9% anual) nos encontraríamos que tras meramente un par de décadas volvería a faltarnos energía: prácticamente un suspiro en términos históricos a pesar de la hazaña que supondría duplicar la energía consumida respecto a los niveles actuales. Y como explicaba Tom Murphy, para poder seguir creciendo a ese ritmo adecuado en menos de 400 años tendríamos que absorber toda la radiación del Sol que llega a la Tierra, en 1.300 años tendríamos que absorber toda la energía emitida por el Sol y en 2.500 años (algo menos del tiempo que ha pasado desde la fundación de Roma) tendríamos que absorber toda la radiación de todas las estrellas de toda nuestra galaxia. En realidad hay límites infranqueables anteriores: en "sólo" 450 años el calor disipado por nuestras máquinas haría hervir los océanos. Está claro por tanto que nuestra loca carrera en pos de la energía ilimitada está condenada a acabar en unas pocas generaciones, fajada por límites que ni el más iluso puede pensar que son franqueables, y sin embargo incluso personas muy inteligentes se dejan llevar por la Gran Disonancia Colectiva y son fácil presa de la nouvelle du jour, de una nueva promesa de energía ilimitada bien publicitada por los medios de comunicación, exageraciones que nunca se acaban de materializar en la práctica (la última de las cuales podría ser la noticia de un gran logro en la National Ignition Facility, según la cual se habría conseguido por primera vez que una reacción de fusión nuclear por confinamiento inercial produjese más energía que la consumida - nada más lejos de la realidad, como ya se explicó cuando el experimento salió a la luz el pasado Octubre: en realidad la energía producida es un 1% de la energía consumida por los láseres, cosa que pocos medios han reportado correctamente).

La Astucia de la Idea de Hegel se ha convertido para nuestra desgracia en la Necedad de la Idea; el inconsciente colectivo es más inconsciente que nunca. La Gran Disonancia lleva a cerrar los ojos, a veces apretándolos como hacen los niños, delante de realidades incómodas y de decisiones inaplazables. Es muy difícil combatir esta Gran Disonancia, que lo impregna todo, que nos impregna a todos, en la que se nos ha adoctrinado a todos. Estos días me he sorprendido viendo como un par de autores de la blogsfera, cuyo trabajo y esfuerzo divulgativo en los ámbitos de la Ciencia y de la Economía, respectivamente, aprecio y admiro, me critican a mi personalmente por la divulgación que hago, en ocasiones con descalificaciones un tanto gruesas pero no por ello menos genéricas. No hay tal cosa como la crisis energética, vienen a decir; exagero, me dejo llevar por teorías de la conspiración, no tengo ni idea de Física o de Geología; mis datos son de fuentes dudosas (pero yo no sé qué fuentes mejores que las mías pueden manejar ellos); que en realidad el fracking está cambiando el mundo, que EE.UU. produce más petróleo que nunca (depende de a qué llames petróleo, claro está) o bien que los reactores reproductores van a proporcionarnos energía nuclear infinita (qué más da que en 60 años de experimentación sólo se hayan construido una decena de prototipos con infinidad de problemas; esta tecnología la tenemos a la vuelta de la esquina, como la de la fusión, como el coche eléctrico...). Una y otra vez la misma ceguera, la misma falta de perspectiva, el conocimiento somero de lo que pasa que no resiste el más mínimo análisis crítico que sé de sobras que estas personas podrían hacer si le dedicaran tan sólo una tarde. Pero no sólo no se ve: hay un deseo inconsciente de no ver, un terror implícito a lo que se podría ver, a que se tambalearan los cimientos de nuestras cómodas convicciones. Es mejor pensar que la escasez de energía no tiene nada que ver con la presente crisis económica, a pesar de que según EuroStat en la Europa de los 28 el consumo de energía primaria haya caído más de un 8% entre 2006 y 2012:



Es mejor no mirar demasiado dentro de los detalles y confiar en que todo se va a solucionar. Del mismo modo, es mejor pensar que con el tema del Cambio Climático se está exagerando su importancia, y creer que las graves alteraciones climáticas que estamos viviendo este invierno (sobre todo en el Atlántico Norte, en los EE.UU. y en Japón) no tienen nada que ver con la inestabilización de la Corriente de Chorro Polar fruto del debilitamiento de la misma a consecuencia del calentamiento del Ártico (cuestión que por cierto expliqué en el post  Un año sin verano y que me granjeó no pocas críticas de quienes me acusaron de decir que en 2013 no habría verano - y que obviamente sólo leyeron el título).


Viñera de Ramón en elpais.com. 17 de Febrero de 2014


Volviendo a la conversación con la que abría el post, hace tiempo que he encontrado una manera adecuada de compensar lo abrupto y socialmente inaceptable de mis respuestas.

- Lo único que me importa es que mis hijos sean felices.

- Sí - me dijo tras unos segundos - para ser felices no hace falta que vayan a la Universidad - y tras una breve pausa - y en realidad eso es lo que importa.

Y es que en este momento de crisis e incertidumbre como el actual, en el que en el fondo más de uno percibe en su fuero interno que la melodía social es quizá una horrible cacofonía, una posición tan disonante como la mía puede hacerse aceptar simplemente apelando a los valores sencillos, primarios, básicos. La felicidad, el bienestar no material. Una melodía sencilla para escapar de tanto ruido.

Quizá lo que necesitamos no es complicar los discursos, sino simplificarlos.

Antonio Turiel, Febrero de 2014.
 

lunes, 29 de abril de 2013

La venda en los ojos

 
Queridos lectores,

Javier Pérez me ha hecho llegar una lúcida reflexión sobre nuestros mecanismos de disonancia cognitiva colectivos. Atención a la última gráfica: esclarecedora.

Salu2, 
AMT

Por qué no queremos saber nada. Información y bienestar.


Si nos ponemos a buscar un buen libro que leer, probablemente el más breve, que cumple además la condición de ser uno de los más antiguos, es el Eclesiastés. Los hay más antiguos e igual de buenos, pero no tan breves. Los hay igual de breves, pero no tan buenos.
    Dependiendo de la traducción, hay un párrafo del Eclesiastés en el que se afirma que el número de los necios es infinito. Pues bien: se quedó corto.
    Bromas aparte,  no es esa la cita que yo buscaba, sino esta otra, concretamente de Eclesiastés 1:18: “Donde hay mucho conocimiento, hay mucho dolor. Donde hay mucha ciencia, hay mucho sufrimiento”
    Así de antigua, como veis, es nuestra preferencia por esconder la cabeza, tirar para adelante, y no saber nada. El hombre convertido en vaca, que pasta, rumia y muge sólo de vez en cuando, es el ideal de felicidad. Y quizás sea cierto; tal vez la simplificación nos haga más felices y la inconsciencia nos permita vivir más tranquilo, pero algunos nos preguntamos si ese es el camino que bajó al mono del árbol, o justamente el contrario.
No hay discusión posible: el deseo de olvidarnos de todo y esconder la cabeza está ahí y es ancestral. Con el tiempo hemos disfrazado, o aderezado, ese mismo impulso con mil teorías psicológicas, pero la esencia central es la misma: la lucidez es fuente de angustia, y comer del árbol de conocimiento te convierte en culpable y te destierra del Paraíso. Por algo uno de los nombres del Demonio es Lucifer, que significa el portador de la luz, nada menos…
    Pero tranquilos, que no me voy a poner teológico ni estáis leyendo mi examen de ingreso en la escuela de telepredicadores. Mi única intención con estas citas es ilustrar la antigüedad y carácter antropológico del problema.
    El hecho de que la información disponible sea mayor en nuestros días no implica que nuestra naturaleza haya variado de modo que estemos dispuestos a aceptar esa información, y aún menos a integrarla. Nuestra mente es la que es y  cambia a una velocidad que nada tiene que ver con lo que sería necesario para los nuevos usos que le damos. Lo cierto, nos pongamos como nos pongamos, es que somos un producto evolutivo capaz de dominar un cierto grado de complejidad, prever acciones y reacciones de una manera limitada, y asumir riesgos hasta un punto muy concreto y  de muy baja escala. Y ahí, precisamente, en los sesgos de nuestra mente, es donde podemos buscar la raíz de este gran problema que nos conduce a no querer saber nada.
Algunos ya lo habréis oído antes, pero una buena manera de ilustrar lo que es la confianza en el  futuro y en las posibilidades de la tecnología, es la vida de un pavo. Un pavo cualquiera.
El pavo nace en una granja, o en una incubadora industrial. Mira a su alrededor, y no ve a nadie. Entonces un bicho enorme y feísimo lo atrapa, y está seguro de que se lo comerá, con plumas y todo, y en ese mismo instante. Pero no se lo come, sino que lo mete en una jaula con otros muchos pavitos como él, y allí, hacinado, esperando morir en cualquier momento, pasa unas cuantas horas con el corazón acelerado, mientras una fuerza exterior parecida a un terremoto, lo lanza a veces contra las paredes de su prisión o contra sus compañeros de infortunio. Y la pesadilla dura hasta que se ve al aire libre, en un lugar donde pasan muchos monstruos peludos y grandotes.
Después de un tiempo horrible, el bicho enorme vuelve a agarrarlo, por las patas y por el cuello, y el pavo vuelve a despedirse de la vida. Pero no: lo meten en un sitio oscuro y luego lo agitan durante un rato en un lugar ruidoso, hasta que lo dejan en un corral, donde hay otros animales parecidos a él, pero más grandes, y a los que oye llamar gallinas.
¿Cual es en ese momento la confianza del pavo en el futuro? NINGUNA. Esos somos nosotros en las épocas convulsas, en el año mil, en los momentos de varias pestes y guerras consecutivas…
Pero el pavo consigue sobrevivir a aquel día de horror, y el segundo día es un poco menos malo. El bicho enorme y horrible le da de comer por la mañana, y aparta a las gallinas que le molestan. Incluso impide que el perro, otro monstruo espantoso, se acerque a él.
Y el tercer día es un poco mejor, porque se empieza a acostumbrar a su nuevo hogar.
Y poco a poco el pavo va creciendo, siempre bien alimentado y bien cuidado. Y su confianza en el futuro crece al mismo tiempo que va creciendo él. Porque vive tranquilo, sin sobresaltos, y se ha hecho el más grande y orgulloso del corral. Lo tratan mejor que a nadie y las gallinas ni se atreven a acercarse.
Su optimismo y su confianza en el futuro y en sus propias fuerzas crecen sin parar.
¿Y cual es el día de mayor fuerza, confianza y optimismo en el futuro del pavo? La víspera de Nochebuena, por supuesto…
    No parece muy tranquilizador, ¿verdad?
Pero no se trata sólo de reacciones biológicas. También hay mucha gente interesada en hacer disminuir la información asumida, limitando cualquier conato de preocupación. Desde los grandes centros comerciales, que eliminan las ventanas y los relojes de su diseño, para evitar que la gente vea que está lloviendo o que se le está haciendo tarde, los que manejan cualquier tipo de gestión tienen como primera norma evitar la ansiedad de sus administrados.
    Y no es mala fe, sino algo completamente normal. Cualquier gerente competente, trabaje en una empresa o en un gobierno, sabe que existe un umbral de ansiedad a partir del cual la gente pierde los estribos y se vuelve irracional. Y cuando la gente se vuelve irracional las pérdidas se multiplican, las suyas y las de todos.
    Los políticos democráticos temen a sus electores y saben que decirles la verdad puede cerrarles cualquier camino hacia la reelección. Los economistas temen a los pánicos bancarios y bursátiles, con sus profecías autocumplidas y sus hundimientos producidos por la simple falta de confianza en los mercados. Hasta los militares temen a la desmoralización de sus tropas, que induzca una rápida retirada por la escasa voluntad de luchar. Todo, como veis, induce a matar al mensajero que no se avenga a traer buenas noticias o, como poco, a callarse la puñetera boca.
    Para ilustrar lo que sucede, no hay como mostrar un ejemplo gráfico. Quizás así comprendamos a los que nos enfrentamos los que hemos decidido no dar la espalda al problema de la escasez de energía barata.
El gráfico muestra la evolución del índice bursátil Dow Jones entre 1920 y 1940. Echadle un ojo, o mejor aún, miradlo detenidamente. ¿No encontráis nada raro?
En 1929 llega el crack bursátil y la gran Depresión. Eso ya lo sabíamos todos. De 1929 a 1932 se acentúa la caídas, hasta los mismísimos infiernos, con pérdidas superiores al 80% y un desánimo terrorífico.
Pero lo que casi nadie suele ver en esta gráfica es que la segunda Guerra Mundial comienza en septiembre de 1939, ¡y a nadie parece importarle un carajo!
En marzo de 1938 los nazis orquestan una extraña fusión con Austria, o más bien su invasión . ¿Baja la bolsa? No demasiado. Sólo un poco. ¿A quién le importa? En noviembre de 1938 los nazis ocupan los sudetes checos. ¿Y la bolsa? Baja un poquito, pero nada importante. ¿Y en 1939? En 1939 ya no se trataba de malas vibraciones, sino de una guerra enorme ya declarada. Los alemanes y los rusos, coordinadamente, invaden Polonia. Inglaterra y Francia declaran la guerra inmediatamente a Alemania, pero como no se declara también la guerra a Rusia, todo el mundo lo interpreta como una especie de cachondeo para quedar bien, y la bolsa ni se inmuta. Esa es, por supuesto, una de las explicaciones que he leído. Hay ocho o diez más, pero la conclusión no varía.
Si la gente consiguió quitarle importancia a una guerra ya declarada, todo para poder seguir pensando que las cosas irían bien y no pasaría nada, ¿qué puñetas esperamos que digan de la advertencia de que el fin del petróleo barato supondrá un gran desastre?
Y no es derrotismo: es un baño de realidad.
Javier Pérez (www.javier-perez.es)

sábado, 5 de noviembre de 2011

Huyendo de la realidad

Imagen de chemtrails sacada de Pakouss blog, http://infopakous.blogspot.com/
 
Queridos lectores,

Tengo una batería grande de temas que quiero tratar en los próximos posts, batería que se densificará con la publicación la semana que viene del nuevo World Energy Outlook de la Agencia Internacional de la Energía (del cual intentaré dar una primera valoración lo más inmediatamente posible: atentos a partir del miércoles). Sin embargo, he sentido la necesidad de escribir un post retomando la idea del cénit (siempre provisional) de la estupidez humana que apuntaba Ugly Youth en un comentario a mi post, y al hilo de una discusión en Facebook sobre la manida cuestión de los chemtrails, sobre la que también en algún momento se me ha llegado a preguntar en este blog. Sé que con este post no ganaré amigos, pero creo que en momentos de confusión como el actual, y otros más confusos que vendrán, es importante mirar a nuestro mundo con sentido común y con humildad. Sentido común para no buscar explicaciones complicadas a lo que bien parece responder a una dinámica más simple, y humildad para reconocer la pequeñez e irrelevancia del ser humano, por más que se crea entronizado por su tecnología y su ciencia en la silla de un dios menor.

Para quien no sepa de que va esta historia de los chemtrails la resumiré brevemente (aparte del enlace a la wikipedia que acabo de poner): resulta que desde algún tiempo algunas personas se han fijado en unas curiosas estelas que dejan algunos aviones al pasar. A pesar de que se insiste en que tales estelas se producen por condensación del vapor de agua (dependiendo de la humedad relativa del aire, la temperatura de las alas del avión, la potencia de empuje de los reactores, etc), los chemtraileros creen que en realidad son una especie de fumigación de la población con sustancias químicas que garantizan el control mental de la masa por parte de la oligarquía dominante. A partir de aquí se organiza todo un discurso de teoría de la conspiración y de malvados illuminati que conspiran en provectas cavernas para nuestro mal. Lo malo de toda esta rocambolesca historia es que no se sostiene por ningún lado.

En primer lugar, si el objetivo es dispersar una sustancia para que sea absorbida por la población, hay métodos más seguros y estables para hacerlo. Por ejemplo, con el suministro de agua potable. Las grandes ciudades del mundo civilizado (supongo que en el Tercer Mundo no hace falta control mental, teniendo como se tiene el control de las armas) tienen sus plantas de potabilización del agua en las que sería fácil añadir el ingrediente sorpresa querido, sea éste pentotal sódico o haloperidol. Además, sería mucho más fácil regular las dosis que llegan a la población y controlar su dispersión, y en las plantas de depuración de aguas residuales hacer desaparecer las pruebas sospechosas.

Pero, bien, imaginemos que por la razón que sea la dispersión ha de ser aérea. Dispersar sustancias desde aviones a reacción que vuelan a cientos de metros de altura no parece una idea muy inteligente. Quizá habrán notado que cuando se fumigan plantaciones o se intenta apagar incendios se usan aeronaves de hélice -avionetas o helicópteros-, que son capaces de volar más cerca del objetivo, para evitar que se disperse demasiado la carga - y fíjense que en el caso de la extinción de incendios estamos hablando de una sustancia muy densa, el agua. ¿Por qué? Porque si lanzamos cualquier sustancia no sólida desde una altura de centenares de metros su dispersión a medida que se acerque a la tierra será muy complicada y caótica. Resulta que los primeros metros (pongamos los primeros 100 metros) desde el suelo hasta la atmósfera forma la denominada capa límite, en la cual la velocidad del viento tiene que irse adaptando desde los mayores valores de las capas superiores hasta el valor nulo que tiene exactamente en contacto con la superficie. Dependiendo de la estructura topográfica y de la rugosidad del suelo hay una zona de dispersión, esta capa límite, donde la velocidad del viento no sólo va disminuyendo sino que va variando rápidamente de dirección, siguiendo un patrón en espiral si la topografía es plana; y si la topografía es más complicada seguirá un patrón bastante más complejo que puede extenderse unos cuantos metros por encima de los tejados de los edificios. ¿O es que no han notado nunca, los días de fuerte viento, los remolinos que se forman en las grandes avenidas? ¿O cómo el viento sopla del Este cuando van por una calle y al girar la esquina sopla del Norte? ¿No han visto jamás el caprichoso vagar de un papel o una bolsa de plástico? Pues eso mismo pasa por encima de los tejados de las casas, sólo que de forma más violenta debido a la mayor fuerza del viento. Y eso sin contar con lo caro que deben ser
todos esos vuelos de fumigación. Si lo que se quiere es gasear a la población, instale Vd. unos pequeños dispersores en lo alto de las azoteas de algunos edificios en las zonas más transitadas, o disemínelo a través de las chimeneas de ciertos edificios, y tendrá el mismo efecto de forma más discreta y controlada. Por otro lado, para qué querrán controlarnos con los exóticos chemtrails si ya está la más prosaica pero perfectamente efectiva televisión.

Claro está, todos esos métodos no tienen la vistosidad de los chemtrails, que nos hacen imaginarnos una lucha a brazo partido contra el Doctor No, como si fuéramos justicieros vengadores a la James Bond (y ya puestos a soñar, con una buena Úrsula Andress entre los brazos). En el fondo, los proponentes de los chemtrails escogen una narrativa heroica, de lucha denodada contra un poder demoníaco, omnisciente y casi omnipotente, tras cuya derrota se establecerá un nuevo orden; nada nuevo, pues, respecto a las viejas historias de un Hermes que espada en mano le corte la cabeza al monstruo de los cien ojos. No hemos progresado mucho desde el helenismo, por lo que se ve.


Esta narrativa es en todo análoga a la de los defensores de las energías libres (de hecho, suelen ser las mismas personas). Ya comentamos aquí lo absurdo e infundado de las energías libres (por cierto que en inglés free energy es un término ambiguo, que tanto quiere decir energía libre como energía gratis, que en el fondo es lo que se pretende para seguir viviendo a todo trapo como hasta ahora); lo interesante ahora es ver cómo los mecanismos psicológicos son los mismos que en el caso de los chemtrails, y eso explica el por qué de que los afiliados a estas dos teorías coincidan. Los dos grupos anteriores también coinciden frecuentemente con los defensores de la gran conspiración mundial de los illuminati y el Nuevo Orden Internacional. No conozco todos los detalles de esta teoría de la conspiración en particular, pero en esencia es que hay una casta oculta de ricos y poderosos que forman un consejo que toma decisiones para regir el destino del mundo, y que tienen un demoníaco plan para someternos a todos a una esclavitud sin fin. En realidad, esta proposición es también bastante absurda: es obvio que los más ricos y poderosos conspiran para preservar su situación de privilegio, e influyen de manera ilegítima sobre nuestros representantes políticos, subvirtiendo lo que significa la democracia; pero lo hacen a la vista de todos, sin esconderse y, en el fondo, sin avergonzarse, porque en algunos casos hasta creen que es lo mejor, si no lo correcto; y no les hace falta una mesa de roble en una caverna oscura presidida por una cabeza de macho cabrío para actuar de esta manera. Por otro lado, aunque algunos de estos poderosos tengan sus planes para anticipar el caos que se viene, dudo que todos coincidan en el diagnóstico de los problemas y en las soluciones a aplicar. Y en última instancia no es obvio que se puedan salir con la suya, ya que queda siempre la incertidumbre del factor humano: ¿serán siempre fieles su milicias ejecutoras? ¿cumplirán siempre los líderes políticos las directrices marcadas? ¿se mantendrá el pueblo siempre sometido? La Historia demuestra que es imposible tenerlo todo atado y bien atado. Pero, de nuevo, la narrativa heroica de la lucha contra estos grandes malvados que nos han robado nuestra merecida prosperidad pasada, y que recuperaremos si les derrotamos, es mucho más atractiva que la ramplona y mediocre realidad.

Los economistas y los políticos también caen, curiosamente, en la misma práctica de autoengaño, buscando un discurso más atractivo que realista; por ejemplo, se habla de recuperar la senda del crecimiento aunque la realidad es que esta crisis económica no acabará nunca; de aceptar sacrificios ahora en pro de esa prosperidad futura cuando, en realidad, cada ajuste nos aboca al colapso catabólico; de planes de rescate necesarios para arrancar la economía cuando en realidad sirven para tapar los agujeros de los grandes bancos; de políticas de fomento del empleo que en realidad son la degradación de las condiciones laborales de los trabajadores; etc. Y es que, de nuevo, nuestros líderes buscan una narrativa heroica, en la que gracias a su tesón y sentido del Estado consiguen que todo vuelva a la situación anterior, es decir, al crecimiento sin fin.


Por contraste con esta manera de discurrir, la narrativa del Oil Crash es mucho más gris. No es negra como muchas veces se dice. El Oil Crash no es el fin de la Humanidad; no, desde luego, si no queremos que así sea. El Oil Crash no es la narrativa del apocalipsis; pero lo que sí que es el Oil Crash es una narrativa de la humillación. Porque consiste en aceptar que el ser humano tiene límites, que por una vez no va a poder ganar. Y eso al Homo Invictus surgido de la Revolución Industrial, que ha prosperado indefinidamente desde hace dos siglos, le resulta difícil de tragar. Ése es el problema en realidad con el Oil Crash: la soberbia del hombre moderno. Es mejor para nuestro ego creer que hay un hombre malvado que lo controla todo a aceptar que la situación escapa al control del hombre, aunque sea uno abyecto. Lo malo de la narrativa heroica es que no sólo es errónea, es que nos aboca al desastre. Y si de narrativas se trata, consideremos una alternativa...

Historia de los tres leñadores: Hubo una vez tres leñadores que tenían sus casas, con sus huertos y sus gallinas, en la vega de un caudaloso río. La tierra era fértil, el agua pura y los bosques proporcionaban madera en abundancia. La vida era simple pero desahogada. Un día salieron como siempre de buena mañana a buscar leña al bosque, y al volver encontraron sus propiedades devastadas. Las puertas de las casas estaban reventadas y el interior completamente lleno de barro; los huertos removidos y  muchas verduras habían desaparecido; y algunas gallinas habían muerto y otras vagaban dispersas por el bosque cercano.


Los leñadores estaban consternados. Aquél había sido un buen valle y una buena tierra, poco poblada y generosa con sus habitantes; no conocían los robos y apenas la violencia. ¿Qué había podido pasar? Tras observar que los destrozos se prodigaban por todo el valle, todo el mundo concluyó que la causa de la destrucción había sido una repentina avenida del río, la cual afortunadamente les había pillado lejos de las casas. Sin embargo, en más de doscientos años de historia no se había visto nunca una avenida de tal magnitud, con lo que los leñadores no sabían a qué atenerse, si se volvería a repetir o no. Así que cada uno de ellos se puso a reflexionar por separado sobre cuáles habían sido las causas y como prevenirlas de cara al futuro.


El leñador de la vega baja llevaba tiempo observando que el leñador de la vega alta se había hecho poco a poco con el control de muchos predios, que había comprado a bajo precio de otros leñadores a los que había embaucado con mil y una tretas. Además, razonaba, el leñador de la vega alta estaba cortando cada vez  más leña en el bosque, según él porque tenía buenos clientes en la ciudad. Concluyó el leñador de la vega baja que el leñador de la vega alta había construido una presa río arriba, que dejaba embalsar y que después dejaba ir el agua de golpe para arrasarlo todo; inclusive su propiedad, para no parecer sospechoso, pero como él tenía cada vez más terrenos fuera de la vega estos destrozos le perjudicaban menos que a los demás. Por eso, seguía su razonamiento, cuando había venido el agua alta no le pilló en casa: porque estaba río arriba reventando la presa. Su ruin plan era evidente: pretendía arruinarle a él y al leñador de la vega media para quedarse con sus tierras por cuatro chavos. Decidió por tanto el leñador de la vega baja que no quitaría el ojo al leñador de la vega alta, y que sólo dormiría en su casa cuando lo hiciera aquél. Con el tiempo, el leñador de la vega baja encontró más y más hechos que cuadraban más allá de cualquier duda con su interpretación de los hechos, y su actitud con cualquiera que presentaba objeciones se volvió más agresiva, especialmente con la actitud del leñador de la vega media, del cual ya no sabía si era tonto de no ver lo evidente o es que estaba en realidad conchabado con el leñador de la vega alta.


El leñador de la vega alta había perdido mucho dinero con la inesperada avenida. Todas sus propiedades lindaban con el río, y todas habían resultado gravemente dañadas, pero como tenía mucho aún le quedaba bastante como para vivir holgadamente. Le había costado mucho llegar a tener su posición actual, y le parecía mentira que el trabajo duro de tantos años se pudiera echar a perder por un capricho de la naturaleza, un evento brutal que se había presentado por primera vez en doscientos años que se supiera, porque no había registros anteriores y, quien sabe, quizá hacía más de mil años que no se veía una cosa así. El caudal del río estaba, después del incidente, en los niveles habituales y en nada se distinguía el río del que había visto tantos años. Además, con el aporte de sedimentos aluviales sus tierras empezaron a producir más que lo que habían producido antes. Llegó a la conclusión de que la avenida del río había sido un hecho fortuito, un evento raro que sólo se da una vez cada ciertas generaciones, y que de hecho había aportado cosas positivas, como por ejemplo que otros leñadores le habían vendido sus tierras muy bien de precio. En el fondo, razonaba, la suerte está del lado de los audaces y el aluvión era una gran oportunidad. Se convenció, en fin, de que las cosas iban de maravilla y que no había nada que temer del futuro.


El leñador de la vega media era un hombre paciente y observador, taciturno. Le gustaba quedarse largas horas en el porche de su casa mirando el río, el bosque, las montañas... o perderse paseando por el bosque, hasta el punto de conocer cada árbol, cada piedra, cada pequeño arroyo... Hacía tiempo que veía que los inviernos eran cada vez más crudos en la montaña, donde de un año para otro se acumulaba más nieve, a juzgar por lo blancas que se veían las cumbres. Además, se habían talado demasiados árboles a la vera del río y daba la impresión de que la tierra ya no absorbía tan bien el agua del río cuando éste se salía de su cauce. Se lo había comentado al leñador de la vega alta, pero éste le dijo que exageraba y que él estaba consiguiendo muchos beneficios vendiendo buena madera en la ciudad, y que en el fondo lo que pasaba es que le envidiaba. Se lo comentó al leñador de la vega baja, pero éste estaba demasiado pendiente en seguir al leñador de la vega alta y siempre iba a talar donde estuviera aquél y no atendía a otras razones. Concluyó el leñador de la vega media que en los años siguientes, cuando llegara el deshielo, podría venir alguna otra avenida, incluso mayor que la que les había destrozado sus casas y haciendas, y decidió que lo más razonable era moverse a tierras un poco más altas. Le costó mucho esfuerzo y mucho tiempo moverse hacia el interior. Primero se llevó el huerto, y dormía en un vivac al lado de él. Los otros leñadores se reían de él, pensando que era un excéntrico al dormir al raso cuando tenía una bonita casa al lado del río. Después hizo un corral para las gallinas, pero al principio se tenían que guarecer con él en su vivac, y siempre estaba lleno de plumas y le llamaban "cara de pollo". Con el tiempo fue construyéndose una casa nueva, viviendo con gran austeridad para poder comprar los enseres y herramientas que necesitaba; los otros le señalaban y le llamaban mendigo.


Terminó su casa justo para ver desde una distancia segura cómo pasaban flotando por el río crecido los cadáveres del de la vega baja y del de la vega alta.

Salu2,
AMT