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domingo, 9 de agosto de 2015

Mi colapso y yo: bancarrota inevitable

Irrepetible viñeta del inimitable Forges.


Queridos lectores,

La tranquilidad financiera en España del año 2014 y la del 2015 (salvo el atragantón de la crisis griega, finalmente solucionada de forma conveniente para los que creen que el BAU es la única alternativa) me hicieron albergar esperanzas de que los problemas en el CSIC quedarían en suspenso hasta que la siguiente e inevitable oleada recesiva a escala mundial, un jalón más de esta crisis que no acabará nunca, destroce la precaria recuperación económica española. Sin embargo, el discurso oficial, triunfalista en lo económico, que se realiza en este año electoral en España se compadece muy mal con el trato que está recibiendo la ciencia pública (la privada es casi inexistente). Y tenía que ser en este verano que, una vez más, tuviéramos que verle de cerca los dientes al lobo; más cerca que nunca pero al tiempo mejor disfrazado debajo de una piel de cordero de pulcritud administrativa y transparencia en la gestión, con la que será presentado a la opinión pública cuando seamos presa de sus inevitables dentelladas. Vivimos una campaña de destrucción premeditada del tejido científico español que será presentada como el resultado de nuestros errores, los de los científicos, y como un necesario saneamiento de una gestión negligente e ineficiente.

Les pongo brevemente en los antecedentes generales de esta situación: después del primer susto del año 2012 y pasar un annus horribilis el 2013, el año 2014 supuso una tregua relativa, en la que en realidad el CSIC seguía una pendiente descendente, particularmente en ingresos competitivos y en personal. Pero por fin los gastos del CSIC se equipararon prácticamente con sus ingresos, gracias a la drástica reducción de personal (un 30%) y a otros ajustes, y a que el Gobierno dejó de reducirnos su aportación directa al ritmo del 10% anual (aunque tampoco la aumentó). La viabilidad de la institución parecía a salvo, aunque las caídas de ingresos de contratos con la industria y proyectos todavía proyectaban ciertos nubarrones sobre el futuro. Pero lo peor estaba por venir...

A principios de 2014 el Ministro de Economía, Luis de Guindos, anunciaba que se realizaría una auditoría completa al sistema de ciencia español, tanto de la parte científica (con la ayuda de expertos internacionales) como de la económica (a cargo de una empresa que resultó adjudicataria de la licitación asociada). Tal interés por auditar las cuentas de la ciencia española, anunciada a bombo y platillo, no deja de ser curiosa por dos motivos. Uno, porque las cuentas de proyectos y contratos ya se auditan regularmente, y no una sino dos veces (la primera por parte de las instituciones que ejecutan el proyecto o contrato, puesto que somos administración pública, y la segunda por parte de la institución que concede la subvención, en el caso de los proyectos). Y dos, porque tampoco hay tanto dinero en juego si se compara con otras actividades financiadas con fondos públicos mucho más lucrativas (por ejemplo, la financiación competitiva captada por el CSIC cada año, unos 150 millones de euros, equivale al coste de construcción de unos 10 kilómetros del AVE Madrid-Barcelona). 

En fin, el caso es que cuando se publicitó que se realizaría una auditoría a "la ciencia española" se resaltó mucho que habría expertos internacionales y que se la compararía con otros cinco países. Los resultados de esa parte de la auditoría ya se conocen, al igual que el resultante informe (bastante sensato) con recomendaciones para mejorar el sistema de ciencia español. Se habló bastante menos del precio que tenía la adjudicación a la empresa auditora del contrato para fiscalizar las cuentas. Y lo que no he visto publicado en ninguna parte es una interesante cláusula de ese contrato de adjudicación: la empresa auditora se quedará con el 40% del dinero que consiga demostrar que está "mal justificado".

Qué se considera "mal justificado" es el aspecto clave del embrollo actual. Con el incentivo perverso que da ese 40% del dinero que la empresa se embolsa se buscan los tres pies al gato, en algunos casos solicitando justificaciones ya imposibles en proyectos acabados hace más de 10 años. Por ejemplo, te pueden preguntar si realmente ese investigador fue a aquel congreso: si no tienes un documento que lo acredite (requerimiento no usual hace unos años), la página web donde se anunciaba su ponencia ya no existe y el investigador no tuvo la precaución de guardar las actas del congreso con su contribución impresa en ellas, seguramente está en un problema. También puede pasar que te pregunten por qué tal investigador fue a tal reunión si su nombre no figura en la lista de los investigadores del proyecto, a pesar de que su participación en él fue decisiva y que en realidad sí se le comunicó su incorporación al Ministerio pero no con el formulario al uso. Llegando ya al paroxismo del absurdo, pueden preguntarte cuánto te costó en realidad el taxi que cogiste para ir a aquel aeropuerto o el precio del billete del tren de cercanías, porque 10 años después la tinta del ticket ya se ha borrado, y dado que no puedes justificar un coste concreto te reclaman toda la cantidad. Y que no haya un problema administrativamente más complejo y de mayor cuantía: si es así, date por perdido. En ésas estamos.

Ésta es la visión general. Particularicemos para mi instituto,  el Instituto de Ciencias del Mar, uno de los mayores institutos del CSIC. A principios del mes de Julio, en una reunión general de los investigadores del centro, el Director nos comunicó que teníamos 10 días de plazo para abonar una cantidad de varios centenares de miles de euros cuya devolución por errores de justificación nos exigía, mediante requerimiento, el Ministerio de Hacienda; una situación que sin duda se estaría repitiendo en muchos institutos del CSIC. Desde que fui jefe de departamento (un breve - y poco fructífero para mis compañeros - período que acabó a principios de 2013) tengo cierta idea del estado de cuentas del centro, y de acuerdo con mis (completamente heurísticas) estimaciones la cantidad que nos requieren es aproximadamente igual a los ahorros que nos quedan en el centro... 

Quizá podamos evitar la bancarrota este año, pero me parece inevitable que caigamos en ella el año que viene. Una de las cantidades cuya devolución exige el Ministerio la ha originado la actividad de investigación de mi propio grupo, fruto de un convenio de cooperación con la Universitat Politècnica de Catalunya. En su momento se firmó este convenio, aprobado por las máximas instancias del CSIC y de la UPC, y en las justificaciones anuales de los gastos del proyecto se informó al Ministerio de Educación (la entidad financiadora) sobre el uso del dinero, con todas las facturas detalladas y presentadas, incluyendo las de los gastos ejecutados por la UPC en virtud de ese convenio. Pero, diez años más tarde, ha resultado que se tenía que haber solicitado una autorización previa y expresa al Ministerio de Hacienda. Ninguna de las altas instancias que firmaron el convenio repararon en ese detalle, ni tampoco el Ministerio de Educación, que aceptó los informes anuales sin poner reparos. Y ahora que el dinero escasea el Ministerio le reclama al CSIC ese dinero mal justificado, y el CSIC se lo reclama a mi instituto. ¿Y a quién se lo puede reclamar mi instituto? De momento la administración de mi centro se ha puesto a rebuscar en todos los rincones y hemos abonado el dinero reclamado en el plazo previsto, pero no tenemos garantías de que todos los gastos pendientes de ejecución del resto de año se puedan hacer de la manera prevista...

Habrán notado que este último año he escrito bastante menos en este blog. Aparte de mi trabajo de investigación, me he pasado el año haciendo mil equilibrios para asegurar la continuidad de mi grupo de investigación. Y tras muchas peripecias la continuidad parecía asegurada, hasta que este iceberg ha aparecido justo delante de nuestra proa. Lo peor es que sé que el año que viene habrá nuevos requerimientos (en particular, otro y de mayor cuantía originado por mi propio grupo) y ahí sí que la bancarrota está asegurada.

La bancarrota de un instituto del CSIC no es algo que esté previsto en la manera de funcionar del CSIC. Para empezar, los institutos no tienen entidad jurídica propia, sino que en cierto modo son departamentos o subdivisiones administrativas del organismo. Su autonomía presupuestaria es limitada: ciertas parte de la contabilidad se llevan localmente, pero hay otros aspectos (sueldos del personal fijo y funcionario, dotación de infraestructuras generales) que se fijan desde la organización central en Madrid. Como no está prevista la bancarrota, el problema se planteará cuando nos encontremos ante la imposibilidad de pagar algunos gastos. Al final, estos gastos serán asumidos por la organización central (pues jurídicamente es el único ente existente) y ésta de algún modo asumirá la gestión del centro y forzará una serie de cambios estructurales: venta de equipos, no renovación de contratos o incluso despidos, etc. La cosa, por supuesto, se desarrollará de una forma previsiblemente penosa, con cruces de reproches y de acusaciones entre investigadores, la administración de mi instituto y la organización central del CSIC. En suma, entre las víctimas de una disposición que sin duda será legal, pero que también es profundamente injusta.

Viendo como van las cosas, estoy convencido de que la mayoría de la población española, harta de oír día sí y día también, acerca de los continuos casos de corrupción, aceptará la versión que se precocinará desde los medios de que el problema de fondo es algo parecido a la corrupción pero en los "medios científicos", usando en su provecho la creciente indignación popular contra el enriquecimiento personal ilícito. Nadie entrará a indagar que aquí no se ha enriquecido nadie; se repetirá  hasta la saciedad en las pantallas de las televisiones el caso más doloso que se pueda encontrar, y con una opinión pública convenientemente moldeada se aplicarán, implacables, más y más recortes, destrozando lo poco que se pueda mantener en pie. Doy por hecho los despidos masivos, el cierre de algunos centros y en general el agostamiento de los que sobrevivan, donde los funcionarios que queden intentarán mantener la actividad al mínimo para evitar meterse en más problemas administrativos mientras sueñan en jubilarse o en marcharse a otras tierras menos montaraces. La caída en picado del dinero competitivamente captado por el sistema de ciencia español se mostrará como un ejemplo de la mala praxis de los científicos y una justificación para reducir aún más los fondos públicos destinados a la ciencia. 

Tal y como yo lo veo, el sistema científico español seguirá una curva de colapso y degeneración paralela a la que seguirá la sociedad en su conjunto. A mi me parece natural que si los recursos son menguantes lo tengan que ser para todas las áreas de la actividad económica y social, y la ciencia no iba a ser una excepción. Además, como la ley de los rendimientos decrecientes también se aplica a los frutos de la ciencia, y la simple búsqueda del conocimiento no ha sido nunca del agrado de los gestores, es también lógico y natural que se trate a la actividad científicamente públicamente subvencionada como un lujo (no en vano repetidamente los adalides del libre mercado dicen que la ciencia debería autofinanciarse). Puesto que la ciencia no es per se un sector productivo y sus retornos no siempre son burdamente  monetarizables (y los que sí que lo son llevan muchos años para materializar el beneficio) es natural que, en época de escasez, sea un sector donde preferentemente se quiera recortar la asignación de recursos. Sin embargo, la ciencia tiene cierta aura de respeto social en España: la de científico se encuentran entre las profesiones mejor valoradas, y delante de los muchos problemas de mera viabilidad económica, social y ambiental a los que se enfrenta España muchas veces se oyen voces reclamando un mayor y mejor asesoramiento científico. Por eso mismo, para acometer los inevitables recortes en esta actividad en la que no creen nuestros gobernantes, y que muchas veces resulta incómoda para los intereses económicos dominantes, se hace necesario no sólo recortar los fondos asignados a la ciencia, sino hacerlo de tal manera que se extienda una mancha de desprestigio sobre ella, para que así la ciudadanía no exija que no se atropelle al sistema científico español sino que, al contrario, convertida en turbamulta, jalee el linchamiento hacia el cual se nos está llevando. Ésta es, a mi parecer, la explicación más plausible para lo que está pasando.

Cuando uno escribe sobre el cenit de nuestra sociedad, sobre el inevitable y progresivo declive de la civilización industrial, uno tiende a hacerlo en abstracto, en tercera persona, explicando aquello que pasa sin verse realmente a uno mismo como actor de los penosos procesos que describe. Y sin embargo tarde o temprano esos mismos procesos de decadencia y declive tienen que alcanzarle a uno, a su lugar de trabajo, a su renta disponible, a sus condiciones de vida. Por eso no puedo decir que me sorprenda nada de lo que pasa, de lo que nos pasa, de lo que me pasa... pero me apena ver la forma tan mezquina que va tomar el descenso particular de mi sector. Muchas veces digo que el decrecimiento de nuestra sociedad es inevitable, y que lo único que podemos escoger es si pilotamos el proceso y lo hacemos lo más humano y soportable posible, o bien si dejamos que evolucione espontáneamente y se desarrolle de manera caótica y posiblemente dejándonos en un nivel inferior al que de otro modo podríamos conseguir. Hemos escogido todos, pero particularmente mis colegas científicos, no pilotar este proceso: éstas son las lamentables consecuencias. Quizá lo que más me duele, después de todo, es cargar con la parte del oprobio colectivo que probablemente se nos asignará a los científicos, no por mi, sino por la vergüenza que podrían llegar a sentir mis hijos.


Salu2,
AMT

jueves, 31 de julio de 2014

Mi colapso y yo: descendiendo, poco a poco



Queridos lectores,

Vivimos un año de tregua en el CSIC. Después de la crítica situación del año pasado, que nos situó a un paso de la quiebra, el Gobierno nos "rescató" (del problema presupuestario que el propio Gobierno había originado) en el último momento y con esos 70 millones extra pudimos mantener la actividad y compensar parte de nuestras deudas. Parte, que no todas, porque de ser un organismo muy puntual en el pago hemos pasado a tener una cierta (aunque no muy grande) demora en el pago a proveedores; eso supone una cierta deuda corriente que puede ser mantenida indefinidamente en ese estado en tanto en cuanto los ingresos (y los gastos asociados, pues no somos una entidad con ánimo de lucro) se mantengan.

Justamente mantener los ingresos es uno de los nubarrones que se están formando en nuestro horizonte.

Difícil con una cantidad de personal decreciente: partiendo de algo más de 14.000 trabajadores en 2008, el CSIC cuenta ahora con unos 11.000. Se cubren sólo el 10% de las plazas de investigadores que se jubilan, pero las de personal de administración o de los servicios técnicos no se cubren en absoluto. Al descender los ingresos por proyectos los becarios se van, algunos sin haber acabado la tesis, otros acabándola rápidamente y con la misma celeridad marchándose al extranjero. Los posts-docs (una persona pertenece a esa categoría indefinida desde que termina el doctorado hasta que consigue un contrato o plaza que permita llamarle de otra manera) huyen también en masa (en mi instituto a veces se reúnen en corrillos para comentar a dónde se van unos y otros). Y últimamente son los propios investigadores de plantilla los que se van; compañeros míos, asqueados por la indolencia y la mediocridad de nuestro sistema, son un día tentados por una buena oferta en el extranjero y tras dudarlo un poco (o no) aceptan dejar atrás esta miseria e irse, por ejemplo, de jefe de departamento en una prestigiosa universidad americana. Los que se van son, obviamente, los más brillantes y que no tienen ataduras sentimentales (¿de qué otro tipo podrían ser?) con España. Sin ser yo mismo nada del otro jueves, el año pasado recibí una propuesta formal para irme a Francia que decliné cortésmente aunque no cerré la puerta del todo, pues nunca se sabe si aquí las cosas se complicarán tanto como para que realmente no me interese irme.

Pero, ¿qué está pasando? Si nos rescataron y si el Estado ha aumentado su dotación al CSIC este año, ¿por qué se produce este declive de actividad? Para entenderlo, hay que entender cómo funciona la financiación de la ciencia en España.


La actividad científica en el sector público en España se financia de diversas maneras, siguiendo un esquema perfectamente asimilable al de otros países occidentales. Podemos decir que la financiación consta de cuatro vías principales, ordenadas por su importancia económica.

La primera de estas vías consiste en los sueldos del personal fijo en las instituciones de investigación y en las universidades, y algunos gastos de infraestructura elementales. Eso permite tener una actividad investigadora muy básica, pero lógicamente no paga nuevo equipamiento ni reactivos ni personal en formación o especializado ni campañas de campo.

La segunda vía de ingresos es a través de las convocatorias públicas de proyectos de investigación: las diferentes administraciones, desde las autonómicas hasta las europeas, sacan periódicamente convocatorias; los investigadores elaboran sus ideas sobre qué merece ser investigado y por qué creen que se debe investigar; preparan un dossier, típicamente de varias decenas de páginas de extensión, que envían a la agencia financiadora; la agencia financiadora los hace evaluar por expertos externos y finalmente unos pocos proyectos resultan escogidos y son financiados, a veces por medio de subvenciones a fondo perdido, a veces pagando un porcentaje de los gastos presupuestados y a veces - las menos - como créditos reembolsables. Con este dinero se puede comprar todo el material que hace falta para investigar, contratar personal en formación o especializado que no hay en el centro, se mantienen laboratorios, etc. Siguiendo la práctica contable común en todo Occidente y reconocida por las administraciones financiadoras, una parte del dinero recibido (generalmente el 20%) se usa para cubrir los costes indirectos (los servicios de administración, la luz y el agua, el teléfono, el mantenimiento de la infraestructura). Estos costes indirectos son fundamentales para mantener los centros de investigación en marcha, ya que sin ellos los servicios indispensables para el mantenimiento de la actividad dejarían de funcionar y todo se pararía (e.g., si no pagamos la luz o si no reparamos equipos e incluso edificios).

La tercera vía de financiación es a través de contratos con empresas. Algunas veces las empresas tienen necesidad de realizar ciertos estudios previos al inicio de alguna actividad pero no tienen capacidad técnica para hacerlo y recurren a los científicos. Al ser centros públicos no existe beneficio empresarial y nuestros precios son relativamente bajos, pero obviamente no podemos ofrecer servicios que ya los ofrezcan otras empresas porque sería competencia desleal. Al ser un trabajo por encargo, aquí el científico no decide qué estudiar, pero eso no sustrae interés al trabajo realizado. También aquí se cobran costes indirectos.

Y la cuarta vía consiste en los convenios con la Administración, que funcionan de manera similar a los contratos con empresas aunque se paga bastante menos porque a fin de cuentas los científicos de las instituciones públicas forman parte de la Administración.

Cabe mencionar una quinta vía, la de la explotación de los resultados de la investigación (patentes, transferencia del conocimiento) pero las estructuras administrativas españolas son muy rígidas y sacar provecho de esta vía requiere un esfuerzo ímprobo que no siempre se consigue llevar a buen puerto (afortunadamente la cosa va evolucionando lenta aunque positivamente); todavía hoy, el peso de esta vía de financiación es pequeño y en no pocas ocasiones los beneficios de la explotación de los resultados de la investigación, que el sistema de ciencia española genera en mucha mayor medida de lo que muchos creen, los acaba capitalizando una empresa ajena al sistema científico y en ocasiones sin haber contribuido en absolutamente nada al desarrollo explotado.

Como digo, estas vías de captación de recursos son completamente análogas en España y fuera de España. Contrariamente a la percepción de gente ajena a este mundo, la menguante ciencia española no "vive enganchada de la subvención pública", porque los proyectos de las convocatorias competitivas de la Administración requieren un gran esfuerzo, primero para obtenerlos y después para gestionarlos, ya que se han de cumplir escrupulosamente unos objetivos marcados - y si no se cumplen hay penalizaciones muy importantes. Además, cada vez el peso económico de los trabajos por encargo es mayor y cada vez lo será más. Ciertamente hay investigadores y profesores universitarios maleados que son pequeños tiranuelos de sus reinos de taifas donde reina el amiguismo, pero justamente por su mala praxis estas personas son muy poco competitivas ya que no se rodean de los mejores profesionales ni son ellos mismos buenos profesionales, y por tanto sus posibilidades de captar financiación pública y privada es muy escasa por comparación con la que consiguen los investigadores abnegados que trabajan con verdadera pasión y dedicación en su campo.

En realidad, lo que es anómalo de España con respecto a otros países occidentales es que fuera del sector público hay muy poca investigación. En la mayoría de los casos, las empresas que usan tecnología la importan de fuera, y cuando necesitan una investigación ad hoc recurren al sector público. Las empresas en España promueven poco y financian escasamente la actividad científica, con algunas notables excepciones.

En fin, todo lo antedicho es el típico proemio gigantesco que hago en los posts de la serie "Mi colapso y yo" para que un lector casual que no sepa de dónde viene esto pueda ubicarse en el complicado panorama de lo que significa hacer ciencia hoy en España (el lector interesado podrá encontrar los posts anteriores de la serie aquí: 1, 2, 3 y 4 - y de propina uno que no tiene que ver con el CSIC pero sí con mi colapso). Pero vayamos al asunto.


Siendo como es nuestra principal vía de financiación externa, necesitamos captar más dinero en proyectos para empezar a enjugar nuestra deuda, con los dineros que puedan sobrar de los costes indirectos.



A malas, necesitamos captar como mínimo tanto dinero como veníamos captando para poder mantener todas las complejas infraestructuras que tenemos con los costes indirectos. Al crecer durante estos años, hemos creado un Leviatán que nos es muy útil en nuestro trabajo pero es muy costoso de mantener, y no querríamos empezar a desmontarlo, sobre todo porque cuesta mucho más construir que destruir.

¿Y qué está pasando?

Pasa que los ingresos por proyectos decaen. Me consta que se han concedido menos proyectos este año, o al menos la cantidad total de dinero concedida ha sido inferior. Sé que en mi instituto la cosecha de este año ha sido bastante mala, como un 40% de lo que se solía conseguir, y eso que mi centro es un centro de alto nivel con buenas ratios de éxito. No sé que habrá pasado en el contexto de todo el CSIC pero me temo que la cosa no ha ido bien. Los presupuestos de este año para el CSIC ya anticipaban una considerable reducción de los ingresos por proyectos y me temo que las peores previsiones se han cumplido. Tendremos que esperar hasta el balance del final de año para saber si algunos ingresos extra que anhelamos se han materializado al fin o no y ver hasta qué punto compensan el bajón tremendo de nuestra principal fuente de financiación externa.


¿Por qué están bajando los ingresos por proyectos? Pues porque la dotación efectiva del Plan Nacional español es cada vez inferior (no lo es nominalmente porque se contabilizan tanto subvenciones como créditos, pero la mayoría de los créditos no se ejecutan y por tanto nadie los usa: es un dinero que el Estado dice destinar a la I+D pero lo hace con un instrumento sin demanda y por tanto al final se lo ahorra, pero se pretende hacer creer que se puso ese dinero sobre la mesa simplemente porque se presupuestó). Un rápido vistazo a la lista de proyectos concedidos nos muestra que las asignaciones típicas son aparentemente inferiores a las de otros años. En algunos tipos de proyecto, como los Explora, el dinero destinado por el Ministerio representa sólo el 4% del dinero solicitado en las propuestas presentadas por los investigadores, lo cual anticipa un porcentaje de éxito aproximadamente igual, lo cual la convierte en la convocatoria más difícil del ámbito europeo.


Fuera de España tenemos los proyectos del Horizonte 2020 (de infausta evocación en este blog), el sucesor del 7º Programa Marco de la Comisión Europea para financiar la investigación en el espacio europeo. Sin embargo, los problemas presupuestarios nacionales no son exclusivos de España y eso ha empujado a muchos investigadores europeos a refugiarse en estas convocatorias, llevando a situaciones no vistas anteriormente en las que las probabilidades de éxito de una propuesta en algunas convocatorias llegan a ser sólo del 5%. Pero tenemos que intentarlo.


Algunas convocatorias de proyectos europeos, como las del Programa Life, no dan la financiación por adelantado sino que reembolsan los gastos una vez ejecutados. Esto supone un problema para unos centros con cada vez menos remanentes de tesorería con los que absorber esos gastos hasta que lleguen los ingresos. Pero, por otro lado, no concurrir a esas convocatorias, aparte de no cumplir con nuestra misión de investigar, implica dejar de percibir esos imprescindibles costes indirectos que necesitamos para mantener en marcha la maquinaria...

En fin, caen los ingresos de proyectos y nuestra tercera vía de financiación, los contratos con empresa, están también en retroceso. La situación ha pasado de ser complicada a nivel de todo el CSIC a empezar a ser complicada a nivel de cada centro. Es un proceso lento pero difícil de revertir, cuyas consecuencias no se dejarán sentir con intensidad hasta dentro de un año o dos.

 Y eso que de momento estamos tranquilos porque mantenemos la primera vía de financiación, la de los sueldos e infraestructura básica. ¿Se mantendrá esta vía mucho tiempo o empezará a retroceder en un futuro previsiblemente no muy lejano? De momento se mantiene la ficción de que empieza una recuperación económica duradera en España. Hacia finales de este año o principios del que viene será evidente que lo que viene es una recesión global del estilo de la de 2008, aún no sabemos si más o menos intensa. Será entonces cuando probablemente me tocará escribir el siguiente capítulo de esta serie.


Salu2,
AMT


P. Data: Por lo pronto las próximas semanas tengo dos importantes obligaciones que me alejarán relativamente del blog. La más relacionada con el tema de este post es dedicarme a escribir algunas propuestas para intentar conseguir financiación con la que mantener mi equipo, en primera instancia, y ayudar a mi centro gracias a los costes indirectos, en segundo término. La segunda pero no menos importante, dedicarle al menos unos días a mi familia y visitar a mis seres queridos, a los que hace tan sólo tres meses pensé que no volvería a ver. La publicación en The Oil Crash continuará en Agosto, pero saldrán menos artículos. La situación se normalizará hacia Septiembre, confiando que pueda conciliarla los numerosísimos compromisos que tengo en este final de año.



martes, 29 de julio de 2014

Sacando patatas



Queridos lectores,

El otro día estuve en el huerto recogiendo patatas. Este año hemos tenido el huerto bastante desatendido porque, a pesar de que yo no lo frecuento, mi prolongada baja médica ha impedido a los demás ir; así, el primer día que yo fui había cañota casi tan alta como yo. El caso es que con considerable retraso recogimos las patatas, y aún el otro día recogimos las del último trozo que nos faltaba por cosechar. La verdad es que el experimento involuntariamente casi permacultural no salió mal del todo y la verdad es que recogimos muchas patatas y con muy buena pinta; tenemos más que de sobras para pasar todo el invierno las tres familias que las comemos (tiemblo de pensar qué haremos cuando los melones y las sandías estén maduros).

Hay varias maneras de recoger las patatas. La que usamos nosotros es la de largar la azada perpendicular a la hilera, clavarla hondo y barrer hacia tí mismo. Es un poco pesado, un método de fuerza bruta, pero así sale como el 80% de las patatas que recogemos. Para recoger más patatas removemos la tierra con las manos o incluso vamos escarbándola con los pies, y así sale el 20% restante. No puedes usar azadas u otros aperos cortantes porque cortarías las patatas y las echarías a perder (mi primera largada de azada no fue lo suficientemente larga, a pesar de que la tiré como un metro más allá de la hilera, y al recoger corté por la mitad y limpiamente una patata bien hermosa).

La tarea de recoger patatas es bastante dura, así que uno debe hacer una apropiada economía de fuerzas y medios. Después de la primera extracción, la más masiva, uno hace una o como mucho dos repasadas de la tierra; lo que no haya salido entonces se queda en la tierra. Dependiendo de cuánto hayan profundizado y se hayan extendido las raíces de la mata de patata esas patatas nunca recuperadas puede ser muy pocas o bastantes más, quizá el 5% o hasta el 10% de todas las patatas que había.

Sin duda hay gente de campo con más experiencia, tino y maña que nosotros que conseguirán sacar más patatas, pero siempre te queda la duda de cuántas se han quedado ahí abajo y la seguridad de que se habrán quedado algunas. Es concebible usar algún método de cultivo industrial para aumentar el rendimiento, pero éstos implican un gran consumo de energía, medios y dineros y si hiciéramos las cuentas detalladas de la TRE de las patatas veríamos que no salen a cuenta. Y mucho menos en mi pequeño huerto.

A fin de cuentas, sólo son patatas. Por lo que vale una patata, tanto da que se queden unas pocas ahí abajo. A fin de cuentas, sólo las queremos para comer, pero ya tenemos bastante comida y no tenemos por qué molestarnos por un pequeño porcentaje que costaría gran esfuerzo recuperar.


El ejemplo de las patatas ilustra a la perfección una idea bien conocida en economía, la ley de los retornos decrecientes. Es decir, a medida que se avanza en la explotación económica de un sistema, conseguir el mismo incremento de producción conlleva un coste (económico, energético, de tiempo) cada vez mayor, y de hecho este coste se dispara muy rápidamente. La razón es simple de entender: la primera fracción del recurso explotado es la que es más fácil de acceder; son las patatas más someras o, en un símil que se usa a menudo, es la fruta más grande y que cuelga de las ramas más bajas. A medida que esta fracción se agota, uno tiene que profundizar más e ir más al detalle. Ha de ir a buscar lo que ya no es tan grande ni está tan accesible, ha de incrementar su esfuerzo y rebuscar la tierra en busca de esas patatas más pequeñas y más enterradas, o, en el símil del frutal, ha de buscar la fruta que cuelga de ramas más altas y escondidas y la que tiene menor calibre. Hay que hacer un esfuerzo mucho mayor para obtener una cantidad comparable a la que se extrajo en primer término. Y a medida que el recurso se explota más y más el rendimiento es cada vez menor. Introducir técnicas masivas de explotación y más tecnología ayuda sin duda a mejorar los rendimientos, pero también es bien conocido que una vez que la explotación llega a su madurez los retornos decrecientes son inevitables al margen de cuánta energía o tecnología uno aplique en la explotación.

Resulta curioso que, siendo como es la ley de los retornos decrecientes un principio básico y bien conocido en economía, haya tanto economista que insiste en que este problema no sucede con el petróleo, al margen de la evidencia empírica y de los principios secularmente conocidos que he expuesto arriba con el ejemplo de las patatas y que son completamente de sentido común. Por tomar un ejemplo reciente, los autores de Politikon aluden a las reservas y a la tecnología como vías de escape a los retornes decrecientes de la producción de petróleo, y a pesar de la contundente réplica que les envié desde esta página aún han vuelto sobre los mismos argumentos. Bueno, en realidad peores argumentos, porque para mayor abundamiento caen en la trampa de asimilar "todos los líquidos" con "petróleo", consecuencia de la grave confusión que originó la Agencia Internacional de la Energía al introducir esa nomenclatura (como explica Kurt Cobb) y que lleva a pensar a los desinformados que se trata de sustancias fungibles (intercambiables) cuando no lo son. En el caso del petróleo, los economistas "especialistas" en el sector insisten en las reservas de petróleo, cuando la clave es la producción. El rendimiento del petróleo está asociado a su producción, no a sus reservas, del mismo modo que mi cosecha de patatas está asociada a cuántas extraigo al final, no a cuántas había en el campo. Y justamente la ley de los retornos decrecientes nos dice que siempre quedará una fracción que no merecerá la pena extraer. En este momento las reservas que nos quedan de petróleo son, en su mayor parte, petróleo que será poco rentable o incluso antieconómico porque su rendimiento es muy pequeño. No es que técnicamente sea imposible extraerlo; igual que yo podría sacar todas las patatas de mi campo si cribase con cuidado toda la tierra, se podría técnicamente extraer ese petróleo restante (que es mucho: un 65% del petróleo en un yacimiento convencional - recurso - no se recupera nunca) si es preciso minando toda la roca almacén, arrancándolo gota a gota. Obviamente, con un gasto economómico y energético astronómico, que convierten tal empresa en absurda. Y esa limitación energética y económica es de tipo fundamental: la tecnología puede producir aumentos marginales del rendimiento, algún relativamente pequeño porcentaje, pero no conseguirá cambiar sustancialmente la situación. Pero los "analistas" insisten en las reservas porque son conscientes de una gran diferencia entre el petróleo y las patatas: las patatas volverán a salir el año que viene (si las planto, claro) en tanto que el petróleo tiene sólo un viaje de ida. Así pues, centran su discusión en el aspecto que más ansiedad les causa (que el petróleo es un recurso no renovable, a diferencia de mis renovables patatas), sin tener en cuenta que al margen de su agotabilidad el petróleo está también sometido a la ley de los retornos decrecientes, y todos los indicios a nuestra disposición muestran que ya estamos en una fase de retornos demasiado bajos para mantener nuestra sociedad en marcha.


Para los granjeros de hace dos o tres siglos, esas patatas extra que se quedaban en la tierra podrían ser la diferencia entre la vida y la muerte en los años de malas cosechas. Para nuestra sociedad ávida de petróleo que dilapida crematísticamente para mantener una sociedad de consumo simplemente inviable ese petróleo marginal y residual que ahora nos afanamos en producir es, también, la diferencia entre su vida y su muerte. Insistamos una vez más: no es el fin del mundo, y no es la diferencia entre la vida y muerte de las personas, sino sólo la de una manera estúpida de entender el mundo. Si sabemos elegir en este momento podremos evitar las consecuencias más adversas.


Salu2,
AMT

miércoles, 14 de abril de 2010

Jazztel


Mis habituales lectores me disculpen, pero hoy me voy a dirigir a otro colectivo.

Querido Operario/a de una empresa de servicios que trabaja para Jazztel,

Tengo que decirle que hace ya tiempo que superé el umbral de saturación con las llamadas para ofrecerme no sé que servicio presuntamente ventajoso de Jazztel. En su día (hará mas de un año y medio) ya le expliqué a algún compañero tuyo que dadas las circunstancias de donde vivo y que posiblemente me mudaré pronto a un sitio donde no sé si podrían darme servicio (y más con esta crisis) no puedo ni tan siquiera considerar la oferta. Es igual. Las llamadas han seguido impenitentes y al final me he hartado de explicarme. Como recibo llamadas que me importan de muchas procedencias, a veces incluso con identidad oculta (quien me llama ha de preservar su identidad y a veces se le olvida desactivar esta función al llamarme) no tengo un modo simple de filtrar las llamadas. He seguido varias estrategias para intentar aplacar este rollo que no cesa (que me perdone Miguel Hernández). Primero intenté que anotasen en la base de datos que el futurible cliente no estaba interesado, sin éxito. Después, durante un tiempo les pedía que esperasen un momentito y metía el inalámbrico en un cajón, con el afán de hacerles perder tiempo y así hacerles perder dinero, a ver si a las malas entendían que no tenía interés en su oferta. Últimamente, como ya me llaman contínuamente, les digo que no pueden ser ellos, les explico sucintamente la situación y les digo que por favor dejen de acosarme. Les recuerdo, además, que de acuerdo con una resolución del Congreso de los Diputados del año pasado, si durante la conversación les pido -como ipso facto hago- que me retiren de su base de datos tienen la obligación legal de hacerlo; pero como la española no es una sociedad que haya asimilado los usos de la democracia recibo a veces excusas de lo más tonto, como que ponga una reclamación, como que son muchos, como que ya se lo anotan y ya, la última vez, el operador me reconoció que no puede modificar la base de datos (es decir, la empresa no tiene previsto aplicar la legalidad vigente). Y ahora, en fin, quiero probar otra cosa. No conseguiré que cesen las llamadas, pero quizá consiga que me sean útiles. ¿Y cómo, se preguntará Vd.? Pues intentando incrementar el nivel de conciencia societaria sobre el alcance de la crisis que se avecina. No la que tenemos, no; la que se avecina.

En el curso de estos años he comprobado que cada vez me llaman más frecuentemente, hasta el extremo actual, en que me llaman mañana y noche cada día (porque no puede ser que siempre que estoy en casa me pillen). Es un hecho evidente de que no son capaces de gestionar su base de datos; por fuerza a largo plazo quienes queden en ella serán los que no están interesados, a los que con su contumaz insistencia innecesariamente encabronan contra Jazztel, dañando la imagen de la compañía. Una actitud tan suicida y destructiva, a la vez de insistente, sólo puede revelar desesperación. No es de extrañar: la cotización bursátil de Jazztel está a la baja, la crisis hace poco probable que la gente quiera comprometerse a pagar otra cuota mensual, y las malas perspectivas de negocio hacen imposible el despliegue de la red propia de Jazztel. Téngalo claro: está Vd. montando un caballo perdedor. No sé cuál es su régimen laboral, pero si va Vd. a comisión la saturación actual del marketing telefónico sólo va a conseguir que pase Vd. la jornada laboral oyendo exabruptos, finalizando pocos contratos y por ende cobrando poco dinero, hasta que le pongan en la calle. No creo que dure Vd. mucho en esta compañía: durante el último año y medio me han llamado no menos de 40 operadores (no le exagero, créame) y todos eran diferentes; no me puedo creer que todos sigan trabajando para Jazztel. Plantéese cuál será su futuro.

Ya que estamos metidos en harina, permítame que me presente, más allá de la ficha con nombre y teléfono que tiene Vd. Me llamo, ya lo sabe, Antonio Turiel Martínez (ahórrense el María, sólo lo usan mis más allegados). Soy Científico Titular (sí, mire, es una profesión) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Trabajo en el área de Recursos Naturales y aunque mi campo de investigación es la oceanografía por satélite, últimamente dedico bastante tiempo a documentar e informar sobre la llegada del cenit de producción del petróleo y de otros recursos naturales y sobre su impacto sobre la economía y la sociedad. Nuestra sociedad global tiene frente a ella un reto colosal, que destierra la idea de crecimiento económico y que, desde luego, hace que los planes empresariales de Jazztel no sean más que papel mojado.

Si he conseguido picar un poco su curiosidad, le ruego que lea las noticias de este blog, comenzando por la primera (pinche aquí). Si tiene la paciencia de leer, quizá empiece a comprender. Y puede que así se replantee su propia vida y actividad. No evitaré que me acosen con las llamadas, pero quizá me ayudará a prevenir a más personas de que un cambio es necesario.

Saludos cordiales,

Antonio